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De Vitioso Pudore
Plutarch (plutarch)Pudo 1 · spanish-geminiMore by Plutarch (plutarch)
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Original / primary: Spanish Gemini
1
Algunas de las plantas que brotan de la tierra son, por naturaleza, silvestres, estériles y perjudiciales para el crecimiento de las semillas y plantas cultivadas; sin embargo, los agricultores las toman como señales de que el terreno no es malo, sino fértil y rico. Así también, hay pasiones del alma que no son buenas, pero que son como brotes de una naturaleza buena, capaz de volverse cultivable mediante la razón. Entre estas incluyo la llamada timidez excesiva, que no es una señal despreciable, pero sí una causa de maldad. Pues quienes se sienten así a menudo cometen los mismos errores que los desvergonzados, con la diferencia de que en ellos está presente el dolor y la aflicción por lo que hacen mal, y no el placer que sienten aquellos. El descarado es insensible ante lo vergonzoso, mientras que el tímido es muy sensible incluso ante lo que parece vergonzoso. La timidez excesiva es, en efecto, una exageración de la vergüenza. Por eso se llama así, porque, en cierto modo, el rostro se turba y se descompone junto con el alma. Pues, así como definen la abatimiento como una tristeza que hace mirar hacia abajo, así llamaron timidez a la vergüenza que cede hasta el punto de no poder ni siquiera mirar a quienes piden algo. De ahí que el orador dijera que el desvergonzado no tiene pupilas en los ojos, sino prostitutas; y, por otra parte, el tímido muestra demasiado lo femenino y tierno de su alma a través de su mirada, disfrazando de vergüenza la mirada que los desvergonzados aprovechan. Catón decía que prefería a los jóvenes que se sonrojan antes que a los que palidecen, educando y enseñando correctamente a temer más al reproche que a la censura, y a la sospecha más que al peligro. No obstante, también hay que eliminar el exceso de quien es sospechoso ante el reproche y temeroso de los rumores, pues algunos a menudo temen tanto ser mal vistos como sufrir un daño; por miedo, se acobardaron y abandonaron lo bueno al no poder soportar la mala fama.
2
No hay que descuidar a quienes se encuentran en tal debilidad, ni tampoco elogiar esa disposición inmutable y rígida, en la que el espíritu audaz y frenético parece, dondequiera que se lance, el ímpetu perruno de Anaxarco; sino que hay que ingeniar una mezcla armoniosa de ambos, que elimine la desvergüenza del excesivamente rígido y la debilidad del excesivamente amable. Por ello, el tratamiento es difícil y la poda de tales excesos no está exenta de peligro; pues, así como el agricultor, al cortar un brote silvestre y degenerado, hunde sin miramientos la azada y arranca la raíz o aplica fuego, pero al acercarse a una vid que necesita poda, o a un manzano o un olivo, aplica la mano con cautela, temiendo cegar algo de lo que está sano; así el filósofo, al extirpar de la alma de un joven la envidia, brote degenerado y difícil de domesticar, o la avaricia prematura, o la desenfrenada búsqueda de placer, sangra, presiona, corta y deja una cicatriz profunda. Pero cuando aplica la razón para podar una parte tierna y delicada del alma, como es la timidez y la turbación, se cuida de no cortar inadvertidamente, junto con ellas, el sentido del pudor. Pues incluso las nodrizas, al frotar la suciedad de los bebés, a veces desgarran la piel y los lastiman. Por tanto, no se debe frotar la timidez de los jóvenes hasta dejarla en carne viva, volviéndolos indiferentes y demasiado inflexibles; sino que, al igual que quienes derriban casas contiguas a templos dejan y apuntalan las partes adyacentes y cercanas, así hay que mover la timidez temiendo arrastrar consigo lo que linda con el pudor, la amabilidad y la mansedumbre, bajo las cuales se ha ocultado y entrelazado, halagando al tímido como si fuera filántropo, cívico y de mente abierta, y no alguien insensible ni egoísta. De ahí que los estoicos distinguieran, incluso en el término, el avergonzarse y el ser tímido del pudor, para no dejar ni siquiera la homonimia como pretexto para dañar la pasión. Pero que nos permitan usar los nombres sin calumnias, o mejor aún, al estilo homérico; pues él mismo dijo:« el pudor, que daña mucho a los hombres y también los beneficia», y no sin razón mencionó primero lo que daña de él. Pues se vuelve beneficioso mediante la razón que elimina lo que sobra y deja lo moderado.
3
Lo primero, pues, que debe convencerse quien es forzado por una gran timidez es que está atrapado por una pasión perjudicial; y nada de lo perjudicial es bueno. Tampoco debe complacerse al ser halagado, siendo llamado elegante y alegre en lugar de serio, grande y justo, ni, como el Pegaso de Eurípides que« se encogía cediendo cuanto más quería Belerofonte», entregarse a quienes piden algo y humillarse junto con ellos, temiendo ser llamado duro e inflexible. Pues dicen que al egipcio Bocoris, que era por naturaleza severo, la diosa Isis le envió una serpiente que se enroscó alrededor de su cabeza y le daba sombra desde arriba, para que juzgara con justicia. Pero la timidez, que se impone a los débiles y cobardes, y que no tiene fuerza para negar ni contradecir nada, aparta a los jueces de la justicia, amordaza a los consejeros y obliga a decir y hacer muchas cosas que uno no desea. El más desconsiderado es siempre el amo de tal persona y la domina, forzando a quien siente pudor mediante la falta de pudor. De ahí que, como un terreno llano y blando, la timidez, al no poder rechazar ni apartar ninguna petición, es transitable para las pasiones y asuntos más vergonzosos. Pues esta es una mala guardiana de la edad juvenil, como decía Bruto, al no parecerle bien que se dispusiera de la belleza de quien no niega nada; y es una mala supervisora del tálamo y del gineceo, como dice la que se arrepiente ante el adúltero en Sófocles:« persuadiste, halagaste». De modo que la timidez, al corromper de antemano la templanza, entrega todo sin defensa, sin cerrojos y en pendiente a quienes la atacan. Y al ceder, conquistan a las naturalezas más viles, pero mediante la persuasión y la timidez, a menudo logran también a las amables. Dejo de lado los daños económicos causados por la timidez, al prestar a quienes no confían, avalar a quienes no quieren, elogiar lo que« garantiza, pero trae desgracias», y no poder usarlo contra los hechos.
4
A cuántos ha destruido esta pasión, uno no podría enumerarlo fácilmente. Pues el mismo Creonte, al decir a Medea:« es mejor para mí ahora enemistarme contigo, mujer, que ser blando y luego lamentarme mucho», razonó correctamente, pero él mismo, al ser vencido por la timidez y conceder un día a quien se lo pedía, perdió su casa. Algunos, incluso sospechando asesinatos y envenenamientos, se dejaron llevar. Así pereció Dión, no por ignorar que Calipo conspiraba, sino por sentir vergüenza de protegerse de un amigo y huésped. Así, Antípatro, hijo de Casandro, tras invitar a Demetrio a cenar y ser luego invitado por él al día siguiente, sintió vergüenza de desconfiar de quien le había confiado, y al ir, fue asesinado después de la cena. Poliperconte acordó con Casandro matar a Heracles, el hijo de Alejandro y Barsine, por cien talentos, y luego lo invitó a cenar. Como el joven sospechaba de la invitación y tenía miedo, y además ponía como pretexto que se sentía un poco mal, Poliperconte fue y le dijo primero:« hijo, imita la afabilidad y el amor por los amigos de tu padre, a menos que, por Zeus, nos temas como si estuviéramos conspirando». El joven, sintiendo vergüenza, lo siguió, y ellos, tras darle de cenar, lo estrangularon. No es ridículo, pues, como dicen algunos, ni estúpido, sino sabio lo de Hesíodo:« invitar al amigo a comer, pero dejar al enemigo». No te sientas tímido ante quien te odia ni lo halagues creyendo que es sincero; pues serás invitado al invitar y cenarás si das de cenar, como si entregaras la tintura que protege la desconfianza, ablandada por la vergüenza.
5
Como esta enfermedad es causa de muchos males, hay que intentar combatirla mediante el ejercicio, comenzando primero, como los que practican otras cosas, por las pequeñas y no muy difíciles de enfrentar; por ejemplo, en una cena alguien te ofrece beber hasta saciarse: no te sientas tímido ni te fuerces, sino deja la copa. De nuevo, otro te invita a jugar a los dados durante la bebida: no te sientas tímido ni temas ser objeto de burla; sino, como Jenófanes, cuando Laso de Hermíone, al no querer jugar con él, lo llamaba cobarde, admitió ser muy cobarde ante lo vergonzoso y falto de audacia. De nuevo, te has encontrado con un charlatán que te detiene y te rodea: no te sientas tímido, sino interrumpe, apresúrate y termina lo que tienes pendiente. Pues tales huidas y rechazos, al tener en las leves censuras el ejercicio de la falta de timidez, nos preparan para las mayores. Y aquí es bueno recordar lo de Demóstenes: cuando los atenienses estaban decididos a ayudar a Hárpalo y se preparaban contra Alejandro, apareció de repente Filóxeno, el estratega de los asuntos marítimos de Alejandro. Como el pueblo estaba atónito y en silencio por el miedo, Demóstenes dijo:«¿ qué harán al ver al sol los que no pueden mirar a la lámpara?». Pues¿ qué harás en asuntos grandes, cuando un rey se encuentre contigo o un pueblo te intimide, si no puedes rechazar una copa que te ofrece un conocido ni escapar del agarre de un charlatán, sino que te dejas pasear por un parlanchín, sin tener la fuerza para decir:« te veré luego, ahora no tengo tiempo»?
6
Y, ciertamente, el estudio y ejercicio de quien no es tímido ante los elogios en cosas pequeñas y leves tampoco es inútil. Por ejemplo, en un banquete, el citarista de un amigo canta mal o un actor comprado por mucho destroza a Menandro, y la mayoría aplaude y admira; no creo que sea difícil ni complicado escuchar en silencio y no aplaudir servilmente contra lo que parece. Pues si en esto no te controlas,¿ qué harás cuando un amigo lea un poema malo o presente un discurso escrito de forma estúpida y ridícula? Elogiarás, evidentemente, y te unirás a los gritos de los aduladores.¿ Cómo, pues, lo reprenderás cuando cometa errores en los asuntos?¿ Y cómo aconsejarás a alguien que actúa sin juicio sobre un cargo, un matrimonio o la política? Yo, por mi parte, ni siquiera acepto lo de Pericles, quien, ante alguien que le pedía dar un falso testimonio como amigo, y habiendo jurado, dijo:« soy amigo hasta el altar»; pues llegó demasiado lejos. Pero quien se ha ejercitado desde lejos en no elogiar contra su opinión a quien habla, ni aplaudir a quien canta, ni reírse de quien bromea sin gracia, no permitirá llegar hasta ese punto ni decir al que es tímido en esos casos:« jura por mí y testifica falsedades y declara contra la justicia».
7
Así también hay que resistir ante quienes piden dinero, ejercitándose en los casos que no son ni grandes ni difíciles de rechazar. Arquelao, el rey de los macedonios, al ser pedido en una cena una copa de oro por un hombre que no consideraba nada bueno salvo recibir, ordenó a su criado que se la diera a Eurípides, y mirando a aquel hombre dijo:« tú eres apto para pedir y no recibir, pero este es apto para recibir sin pedir», haciendo dueño de dar y favorecer al que juzga y no al que se siente tímido. Nosotros, a menudo, descuidamos a personas amables, cercanas y necesitadas, y hemos dado a otros que piden de forma constante e insolente, no queriendo dar, sino no pudiendo negar. Como Antígono el Viejo, molesto muchas veces por Bías, dijo:« dadle a Bías un talento y por necesidad»; aunque era el más afable y persuasivo de los reyes para rechazar tales cosas. Pues cuando un cínico le pidió una dracma, dijo:« ese regalo no es de rey»; y al replicar el otro:« dame entonces un talento», respondió:« ese presente no es de cínico». Diógenes, pues, pedía a las estatuas mientras recorría el Cerámico y, ante quienes se admiraban, decía que practicaba el fracasar. Nosotros, primero, debemos practicar con las cosas viles y ejercitarnos en las pequeñas, para negar a quienes piden sin que sea apropiado; para que podamos socorrer en fracasos mayores. Pues nadie, como dice Demóstenes, tras haber gastado lo presente en lo que no debe, tendrá abundancia de lo no presente para lo que debe. Y nos resulta una vergüenza multiplicada cuando fallamos en lo bueno, habiendo abundado en lo superfluo.
8
Y puesto que la timidez no es solo una mala y desconsiderada administradora del dinero, sino que también en asuntos mayores priva al razonamiento de lo conveniente; pues, estando enfermos, no llamamos al médico experto por vergüenza del conocido, y elegimos para nuestros hijos maestros que nos halagan en lugar de los buenos, y teniendo un juicio a menudo no dejamos hablar al útil y conocedor del mercado, sino que, por favorecer al hijo de algún allegado o pariente, le entregamos la causa; finalmente, se puede ver a muchos, incluso de los llamados filósofos, siendo epicúreos o estoicos, que no eligen ni juzgan, sino que se adhieren a los tímidos allegados y amigos. Vamos, pues, a ejercitarnos también en esto desde lejos, en los casos fortuitos y pequeños, acostumbrándonos a no usar ni al barbero ni al batanero por timidez, ni a alojarnos en una posada mala, habiendo una mejor, porque el posadero nos saludó muchas veces; sino, por costumbre, elegir lo mejor, aunque sea por poco; como los pitagóricos se cuidaban siempre de no poner el muslo izquierdo sobre el derecho, ni tomar el par en lugar del impar, siendo los otros iguales. Hay que acostumbrarse, también, al hacer un sacrificio, una boda o cualquier otra recepción similar, a no invitar al que saludó o corrió hacia uno, sino al benevolente y bueno; pues quien se haya acostumbrado y ejercitado así será difícil de capturar, o mejor dicho, totalmente inexpugnable en los asuntos mayores.
9
Sobre el ejercicio, esto es suficiente; de los razonamientos útiles, el primero es el que enseña y recuerda que a todas las pasiones y enfermedades que creemos huir mediante ellas les siguen males: a la ambición, la mala fama; a la búsqueda de placer, las penas; a la molicie, los trabajos; y a la rivalidad, las derrotas y condenas. Pero a la timidez le sucede, al huir ingenuamente del humo de la mala fama, arrojarse al fuego. Pues, al sentir vergüenza de contradecir a los que piden sin juicio, luego se sienten tímidos ante los que reclaman con justicia, y temiendo una leve censura, a menudo soportan una vergüenza confesada. Pues, al sentirse tímidos ante un amigo que pide dinero y no poder negarse, se deshonran al ser desenmascarados poco después, y tras haber prometido ayudar a algunos que tienen un juicio, luego, al sentirse turbados por los otros, se esconden y huyen. A muchos, la timidez, al encerrarlos en un compromiso desventajoso sobre el matrimonio de una hija o hermana, los obliga de nuevo a mentir al cambiar de opinión.
10
Pues el que dijo que todos los que habitan Asia sirven a un solo hombre por no poder decir una sola sílaba, no hablaba en serio, sino que bromeaba; pero a los tímidos, aunque no digan nada, les es posible, con solo levantar las cejas o bajar la cabeza, evitar muchas tareas no deseadas y absurdas. Pues Eurípides dice que el silencio es la respuesta para los sabios; pero corremos el riesgo de necesitarlo más ante los desconsiderados; puesto que a los amables se les puede consolar. Y hay que tener a mano y frecuentes los apotegmas de los hombres ilustres y buenos, y recordarlos ante los tímidos; como el de Foción ante Antípatro:« no puedes usarme como amigo y como adulador», y ante los atenienses que le pedían donar en una fiesta y aplaudían, dijo:« me avergüenzo de donar a ustedes y no pagar a este», señalando a Calicles, el prestamista; pues no es vergonzoso confesar la pobreza, como dice Tucídides, sino no evitarla con hechos es más vergonzoso. Pero el que por estupidez y molicie se siente tímido ante quien pide, decir:« no hay plata en las cuevas, extranjero»; y luego, como si entregara una prenda, la promesa,« está encadenado con grilletes no forjados de pudor». Perseo, al prestar dinero a uno de sus conocidos, hacía el contrato en el mercado y ante un banco, recordando evidentemente lo que dice Hesíodo:« incluso con un hermano, ríete y pon un testigo». Y al admirarse aquel y decir:«¿ así, Perseo, legalmente?», respondió:« sí, para que recupere amistosamente y no exija legalmente». Pues muchos, al principio, por timidez, renunciaron a la confianza, y luego usaron los medios legales con enemistad.
11
De nuevo, Platón, al dar a Helicon de Cícico una carta para Dionisio, lo elogió como amable y moderado, y luego añadió al final de la carta:« te escribo esto sobre un hombre, un animal por naturaleza voluble». Jenócrates, aunque era austero en su modo de ser, sin embargo, fue doblegado por la timidez y recomendó a Poliperconte mediante una carta a un hombre que no era bueno, como demostró el hecho; y al recibirlo el macedonio y preguntarle si necesitaba algo, pidió un talento; él se lo dio a aquel, pero a Jenócrates le escribió, aconsejándole examinar con más cuidado en el futuro a quienes recomienda. Jenócrates, pues, no lo sabía, pero nosotros, aun sabiendo muy bien quiénes son los malvados, entregamos cartas y dinero, dañándonos a nosotros mismos, no con placer como los que favorecen a las cortesanas y a los aduladores, sino disgustados y agobiados por la desvergüenza que nos trastorna y fuerza nuestro razonamiento. Pues si ante cualquier otra cosa, ante los tímidos es posible decir:« entiendo qué males voy a cometer», testificando falsedades o juzgando lo que no es justo o votando lo que no es conveniente o avalando a quien no va a pagar.
12
Por eso, de las pasiones, la de la timidez es la que más trae el arrepentimiento, no después, sino inmediatamente en lo que hace; pues al dar nos afligimos, al testificar nos avergonzamos, al defender nos deshonramos y al no proveer somos desenmascarados. Pues muchas cosas, por debilidad para contradecir y por prometer lo imposible a los que insisten, como recomendaciones en cortes y encuentros ante líderes, no queriendo ni teniendo la fuerza para decir:« el rey no nos conoce, busca a otros mejor», como Lisandro, tras haber chocado con Agesilao y siendo considerado el más poderoso ante él por su fama, no se avergonzaba de rechazar a los que se encontraban con él, ordenándoles ir a otros y probar con los que tenían más poder que él ante el rey. Pues no es vergonzoso no poder todo; pero, no pudiendo o no siendo aptos, aceptar tales cosas y forzarse, además de ser vergonzoso, es muy doloroso.
13
Desde otro principio: las cosas moderadas y apropiadas hay que hacerlas con entusiasmo para quienes las piden, no sintiéndose tímidos, sino voluntariamente; pero en las perjudiciales y absurdas, hay que tener siempre a mano lo de Zenón, quien, al encontrarse con un joven de sus conocidos caminando tranquilamente junto al muro, y al preguntar que huía de un amigo que le pedía testificar falsedades, dijo:«¿ qué dices, estúpido?¿ Él, siendo desconsiderado e injusto, no te teme ni se avergüenza, y tú no te atreves a enfrentarlo por lo justo?». Pues el que dijo:« ante el malvado, la maldad no es un arma inútil», enseña mal a imitar la maldad para defenderse; pero apartar a los que molestan descarada y sin timidez con la falta de timidez, y no favorecer lo vergonzoso a los desvergonzados por vergüenza, es algo que hacen correcta y justamente los que tienen juicio.
14
Además, ante los que intimidan, no es gran tarea resistir a los que no tienen fama, son humildes y no valen nada, sino que algunos incluso con risa y burla apartan a tales personas, como Teócrito, cuando dos personas le pedían prestado un estrígil en el baño, uno extranjero y otro un conocido ladrón, los rechazó a ambos con bromas diciendo:« a ti no te conozco, y a ti te conozco». Lisimaja en Atenas, la sacerdotisa de Polias, cuando los muleros que traían los objetos sagrados le pedían que vertiera, dijo:« pero temo que esto se vuelva una costumbre». Y Antígono, ante un joven, hijo de un capitán afable pero que él mismo era falto de audacia y blando, y que pedía ser ascendido, dijo:« ante mí, joven, hay honores por la valentía, no por la nobleza del padre».
15
Y, ciertamente, si el que intimida es ilustre y poderoso( quienes son los más difíciles de rechazar y apartar cuando se encuentran en juicios y votaciones), lo que hizo Catón siendo aún joven ante Catulo no parecería a nadie fácil, quizás ni necesario. Pues Catulo estaba en la mayor dignidad de los romanos y entonces tenía el cargo de censor, y subió ante Catón, que estaba asignado al tesoro público, para pedir por uno de los multados por él, y se volvió insistente con sus ruegos, forzándolo; hasta que, disgustado, aquel dijo:« es vergonzoso, Catulo, que tú, el censor, no quieras irte de aquí y seas arrastrado por mis subordinados»; y Catulo, avergonzado, se fue con ira. Pero observa si lo de Agesilao y lo de Temístocles es más amable y moderado. Pues Agesilao, al ser ordenado por su padre juzgar un juicio contra la ley, dijo:« padre, desde el principio fui enseñado a obedecer las leyes; por eso, ahora también te obedezco en no hacer nada ilegal». Y Temístocles, ante Simónides, que pedía algo injusto, dijo:« ni tú serías un buen poeta cantando fuera de tono, ni yo un buen gobernante juzgando contra la ley».
16
Aunque no es por la falta de medida del pie respecto a la lira, como decía Platón, que las ciudades y los amigos se enemistan y hacen y sufren lo peor, sino por la falta de medida respecto a lo legal y justo. Pero, aun así, algunos, guardando ellos mismos la precisión en melodías, letras y metros, exigen a otros en cargos, juicios y acciones que descuiden lo que está bien. Por eso, esto es lo que más hay que usar ante ellos. Si un orador se encuentra contigo juzgando o un demagogo aconsejando, acepta, si él comete un solecismo al proemiar o barbariza al narrar; pues no querrá, por lo que parece vergonzoso. A algunos, al menos, vemos que no soportan ni siquiera chocar una vocal con otra al hablar. A otro, de nuevo, que intimida entre los ilustres e ilustres, ordénale salir bailando por el mercado o torciendo el rostro; y si se niega, es tu momento de decir y preguntar:«¿ qué es más vergonzoso?¿ Solecizar y torcer el rostro, o romper la ley y violar el juramento y dar más al malvado que al bueno contra la justicia?». Además, como Nicóstrato el argivo, cuando Arquidamo lo invitaba con mucho dinero y el matrimonio con la mujer espartana que quisiera a traicionar Cromno, dijo que Arquidamo no había nacido de Heracles; pues aquel recorría matando a los malvados, mientras que este hacía malvados a los buenos; así también nosotros, ante alguien que pretende ser llamado noble y bueno, debemos decir, si fuerza e intimida, que no haga cosas impropias ni dignas de la nobleza y virtud que lo rodea.
17
Y ante los viles, hay que ver y considerar: si intimidarás al avaro para prestar un talento sin contrato, o al ambicioso para ceder la presidencia, o al amante del poder para que, siendo favorito, gane. Pues sería verdaderamente terrible que ellos permanecieran inflexibles, firmes e inmutables en sus enfermedades y pasiones, y nosotros, queriendo y afirmando ser amantes de lo bello, no nos controláramos, sino que nos trastornáramos y abandonáramos la virtud. Pues, si los que intimidan por fama y poder lo hacen, es absurdo que, adornando y engrandeciendo a otros, se deshonren ellos mismos y sean mal vistos; como los que favorecen en los juegos y se complacen en las votaciones, dando cargos y coronas a otros sin que les corresponda, se privan de su propia gloria y de lo bello; pero si vemos al que intimida por dinero,¿ cómo no parece terrible descuidar la propia gloria y virtud para que la bolsa de tal persona sea más pesada? Aunque a la mayoría les sucede esto y no se ocultan a sí mismos que cometen errores; como los que son obligados a beber las grandes copas, apenas y gimiendo y torciendo los rostros, cumplen lo ordenado.
18
Pero parece que la atonía del alma es como la constitución del cuerpo, mal adaptada tanto al calor como al frío; pues, al ser elogiados por los que intimidan, se ablandan y relajan totalmente, y ante las censuras y sospechas de los que fracasan, se muestran temerosos y cobardes. Hay que resistir ante ambos, sin ceder ni a los que asustan ni a los que halagan. Tucídides, como la envidia sigue necesariamente al poder, dice bien que se aconseja bien quien toma la envidia por las cosas más grandes; nosotros, considerando que no es difícil huir de la envidia, pero viendo que es totalmente imposible no caer en la censura ni ser doloroso para alguien de los que usan, aconsejaremos bien aceptando las enemistades de los desconsiderados antes que las de los que reclaman con justicia, si no servimos justamente a aquellos. Y, ciertamente, el elogio que viene de los que intimidan, siendo falso, hay que evitarlo totalmente, y no sufrir una pasión porcina, ofreciéndose por picazón y cosquilleo a ser usado fácilmente por el necesitado y rebajándose al inclinarse. Pues no se diferencian en nada de los que ofrecen las piernas a los que las tiran, los que entregan los oídos a los que halagan, sino que se trastornan y caen más vergonzosamente, unos soltando enemistades y castigos a hombres malvados para ser llamados compasivos, filántropos y comprensivos, y otros, al contrario, persuadidos por los que elogian a aceptar enemistades y acusaciones no necesarias ni sin peligro, como si fueran los únicos hombres y los únicos no adulados y, por Zeus, llamados bocas y voces. Por eso Bión comparaba a tales personas con ánforas, que se trasladan fácilmente por las asas. Como cuentan que Alexino, el sofista, decía muchas cosas viles en el paseo sobre Estilpón de Mégara; y al decir uno de los presentes:« pero si él te elogiaba hace poco», dijo:« por Zeus, es el mejor de los hombres y el más noble». Pero Menedemo, al contrario, al oír que Alexino lo elogiaba, dijo:« yo siempre censuro a Alexino; así que es un mal hombre, o por elogiar a un malvado, o por ser censurado por un bueno». Así era inmutable e invulnerable ante tales cosas y dominaba aquel consejo que el Hércules de Antístenes aconsejaba, ordenando a los hijos no tener gratitud con nadie que los elogie; esto no era otra cosa que no sentirse tímido ni adular a los que elogian. Pues basta, creo, lo de Píndaro, ante quien decía que lo elogiaba en todas partes y ante todos:« y yo te agradezco; pues hago que digas la verdad».
19
Lo que, pues, es útil para todas las pasiones, esto es lo que más deben hacer los tímidos, cuando, forzados por la pasión, cometen errores contra su opinión y se sienten turbados, recordarlo fuertemente, y poniendo las señales del mordisco y del arrepentimiento en sí mismos, recuperarlas y guardarlas por el mayor tiempo posible; pues, como los viajeros que tropiezan con una piedra o los timoneles que se vuelcan ante un cabo, si recuerdan, no solo esas, sino que también ante las similares siguen temblando y cuidándose, así los que presentan continuamente ante el arrepentido y mordido lo vergonzoso y perjudicial de la timidez, se recuperarán de nuevo en los casos similares y no se dejarán llevar fácilmente.

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