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Plutarch (plutarch)Diss 1 · spanish-geminiMore by Plutarch (plutarch)
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Original / primary: Spanish Gemini
1
Aceptar el abrazo de la amistad, honrarla, buscarla, acogerla y cultivarla— algo que resultará útil y fructífero para muchos, tanto en el ámbito privado como en el público— es propio de personas amantes de la belleza, de ciudadanos y de filántropos, y no, como algunos creen, de ambiciosos. Al contrario, es ambicioso y pusilánime quien huye y teme ser escuchado, o quien es servil y adulador con los que están en el poder. Pues,¿ qué dice un hombre adulador y necesitado de filosofía?¿ Acaso debo convertirme en Simón el zapatero o en Dionisio el maestro de gramática, en lugar de Pericles o Catón, para que alguien converse conmigo y se siente a mi lado como Sócrates con aquellos príncipes? Aristón de Quíos, al ser criticado por los sofistas por conversar con todos los que lo deseaban, dijo que ojalá también las fieras entendieran palabras que incitaran a la virtud;¿ y nosotros vamos a evitar relacionarnos con los poderosos y gobernantes como si fueran animales salvajes e indómitos? El discurso de la filosofía no es un escultor que, como dice Píndaro, hace estatuas que permanecen inmóviles sobre el mismo pedestal, sino que quiere hacer activos, prácticos y animados a aquellos a quienes toca; infunde impulsos dinámicos, juicios que conducen a lo útil, propósitos amantes de la belleza, y un espíritu y grandeza acompañados de mansedumbre y seguridad, mediante los cuales los hombres políticos se relacionan con más entusiasmo con los superiores y poderosos. Pues, si un médico es amante de la belleza, curará con más gusto un ojo que ve por muchos y protege a muchos, y un filósofo cuidará con más entusiasmo de un alma que ve que se preocupa por muchos y que debe pensar, ser sensata y actuar con justicia por muchos. Pues incluso si alguien fuera experto en la búsqueda y canalización de aguas, como cuentan de Heracles y de muchos de los antiguos, no se alegraría de cavar pozos en un rincón remoto junto a la roca de Corax, esa famosa Aretusa de los porquerizos, sino de descubrir manantiales inagotables para una ciudad, para campamentos, para las plantaciones de los reyes y para sus arboledas. Escuchamos, pues, a Homero llamar a Minos confidente del gran dios; esto es, como dice Platón, su interlocutor y discípulo. Pues no consideraban dignos de ser discípulos de los dioses a personas privadas, ni a los que se quedan en casa, ni a los ociosos, sino a los reyes, de quienes, al nacer en ellos la prudencia, la justicia, la bondad y la magnanimidad, todos los que los trataban iban a beneficiarse y disfrutar. Dicen que el eringio, cuando una cabra lo toma en su boca, hace que ella misma y el resto del rebaño se detengan, hasta que el cabrero se acerca y lo retira; tal es la agudeza que tienen las emanaciones de este poder, que se extiende como el fuego a lo que está cerca y se dispersa. Y, ciertamente, el discurso del filósofo, si toma a un solo particular que se complace en la inactividad y se limita a sí mismo, como con un compás y una distancia geométrica, a las necesidades del cuerpo, no se difunde hacia otros, sino que, tras haber creado calma y tranquilidad en ese individuo, se marchita y desaparece con él. Pero si se apodera de un hombre que es gobernante, político y activo, y lo llena de nobleza, beneficia a muchos a través de uno, como Anaxágoras al relacionarse con Pericles, Platón con Dión y Pitágoras con los principales de los itálicos. Catón mismo navegó desde el ejército para ver a Atenodoro, y Escipión hizo llamar a Panecio cuando el senado lo envió a observar la insolencia y el buen orden de los hombres, como dice Posidonio.¿ Qué debía decir entonces Panecio? Si fueras Batón, Polideuces o cualquier otro particular que desea huir de los asuntos de las ciudades, analizando silogismos en algún rincón con tranquilidad y arrastrando a filósofos, te habría recibido con gusto y convivido contigo; pero puesto que eres hijo de Emilio Paulo, el dos veces cónsul, y nieto de Escipión el Africano, el que venció a Aníbal el cartaginés,¿ no voy a conversar contigo?
2
Decir que hay dos discursos, uno interno, regalo del gobernante Hermes, y otro expresado, propio del mensajero y técnico, es algo trasnochado y debe quedar sujeto a aquello de« esto ya lo sabía antes de que naciera Teognis». Pero lo que no molestaría es que el fin tanto del discurso interno como del expresado es la amistad, el primero hacia uno mismo y el segundo hacia otro. Pues el que termina en la virtud a través de la filosofía proporciona al hombre un ser acorde consigo mismo, irreprochable ante sí mismo y lleno de paz y benevolencia hacia sí mismo; no hay sedición ni disputa funesta en sus miembros, ni pasión que desobedezca a la razón, ni lucha de impulso contra impulso, ni oposición de un razonamiento contra otro, ni, como en la frontera entre el que desea y el que se arrepiente, algo áspero, turbulento y placentero, sino que todo es benévolo, amistoso y hace que cada uno alcance la mayor cantidad de bienes y se alegre consigo mismo. Píndaro dice que la Musa del discurso expresado no es amante de la ganancia ni trabajadora, y creo que tampoco lo es ahora, sino que, por falta de cultura y mal gusto, el Hermes común se ha vuelto mercenario y asalariado. Pues no es que Afrodita se enfureciera con las hijas de Propeto porque fueron las primeras en tramar amores para seducir a los jóvenes, mientras que Urania, Calíope y Clío se alegran de los que corrompen el discurso por dinero. Pero a mí me parece que las obras y dones de las Musas son más amistosos que los de Afrodita, pues incluso la fama, que algunos hacen el fin del discurso, fue amada como principio y semilla de la amistad; más aún, en general, la mayoría sitúa la gloria en la benevolencia, pensando que no solo elogiamos a quienes amamos. Pero estos, como Ixión persiguiendo a Hera resbaló hacia la nube, así, en lugar de la amistad, suponen un ídolo engañoso, pomposo y errante. Pero el que tiene juicio, si se mueve en la política y en las acciones, necesitará tanta gloria cuanta fuerza le da para las acciones el ser creído; pues no es agradable ni fácil beneficiar a quienes no quieren, y el ser creído hace que quieran; pues, al igual que la luz es más un bien para los que ven que para los que no son vistos, así lo es la gloria para los que la perciben o para los que no son ignorados. El que se ha alejado de los asuntos públicos y vive consigo mismo, y sitúa el bien en la tranquilidad y la inactividad, abraza la gloria popular y abierta que está en las multitudes y teatros, tal como Hipólito, siendo puro, abraza a Afrodita desde lejos, pero él mismo tampoco desprecia la de los hombres sensatos y notables; no busca la riqueza, la gloria de mando y el poder en las amistades, pero tampoco huye de estas cuando acompañan a un carácter moderado; pues tampoco busca a los jóvenes bellos y hermosos, sino a los dóciles, ordenados y amantes del aprendizaje; ni la belleza que conlleva juventud, gracia y esplendor intimida al filósofo, ni ahuyenta y expulsa de los dignos de cuidado. Así pues, estando presente una dignidad de mando y poder en un hombre moderado y distinguido, no se abstendrá de querer y amar, ni temerá ser llamado cortesano y adulador; pues los que huyen de Cipris sufren tanto como los que la persiguen en exceso; y lo mismo ocurre con los que tienen una amistad hacia la gloria y el mando. Por tanto, el filósofo inactivo no huirá de tales personas, y el político se aferrará a ellas, sin molestar a quienes no quieren, ni ocupando sus oídos con conversaciones inoportunas y sofísticas, sino alegrándose con los que quieren, conversando, pasando el tiempo y conviviendo con entusiasmo.
3
« Y siembro un campo de doce días de camino en la región berecintia». Si este no solo fuera amante de la agricultura sino también filántropo, habría sembrado con más gusto el que puede alimentar a tantos que aquel pequeño terreno de Antístenes, que apenas habría bastado para que Autólico luchara; si te hubiera preguntado, me abstengo de hacer girar el mundo entero. Y sin embargo, Epicuro, al situar el bien en lo más profundo de la tranquilidad, como en un puerto sin oleaje y silencioso, dice que hacer el bien no solo es más hermoso, sino también más agradable que recibirlo. Pues nada es tan fértil para la alegría como la gratitud; pero fue sabio al poner a las Gracias los nombres de Aglaya, Eufrósine y Talía; pues lo que se regocija y se alegra en el que da la gracia es más abundante y más puro. Por eso, a menudo se avergüenzan de recibir el bien, pero siempre se regocijan de hacerlo; y hacen el bien a muchos los que hacen buenos a aquellos que muchos necesitan; y, por el contrario, los que siempre corrompen a gobernantes, reyes o tiranos, los difamadores, sicofantes y aduladores, son expulsados y castigados por todos, como si no echaran veneno en una sola copa, sino en una fuente que fluye públicamente, de la que ven que todos beben. Así pues, al igual que se ríen de los aduladores de Calias, a quienes ni el fuego, ni el hierro, ni el bronce impiden ir a cenar, según Eupolis; a los amigos y conocidos del tirano Apolodoro, de Falaris y de Dionisio los apaleaban, los torturaban y los quemaban, los hacían impuros y malditos, como si aquellos dañaran a uno, pero estos a muchos a través de uno, el gobernante; así, los que se relacionan con particulares hacen que esos mismos sean para ellos inofensivos, inofensivos y afables, pero el que elimina un carácter malvado de un gobernante o dirige su juicio hacia donde debe, en cierto modo filosofa públicamente y corrige el bien común, por el cual todos se rigen. Las ciudades conceden respeto y honor a los sacerdotes, porque piden los bienes a los dioses no solo para sí mismos, sus amigos y familiares, sino en común para todos los ciudadanos; y sin embargo, los sacerdotes no hacen a los dioses dadores de bienes, sino que invocan a los que ya son tales; pero los que se relacionan con los gobernantes los hacen más justos, más moderados y más entusiastas en hacer el bien, por lo que es natural que se alegren más.
4
A mí me parece que también un fabricante de liras fabricaría una lira con más gusto y entusiasmo, al saber que quien la poseerá va a amurallar la ciudad de los tebanos como Anfión, o a detener la sedición de los lacedemonios encantándola y consolándola como Tales; y un carpintero, de igual modo, al crear un timón, se alegraría al saber que este gobernará el buque insignia de Temístocles luchando por Grecia, o el de Pompeyo combatiendo contra los piratas.¿ Qué crees entonces que piensa el filósofo sobre el discurso, al saber que el hombre político y gobernante que lo reciba será un beneficio común administrando justicia, legislando, castigando a los malvados y aumentando a los sensatos y buenos? A mí me parece que incluso un hábil constructor naval fabricaría con más gusto un timón al saber que este gobernará el Argo, que es objeto de preocupación para todos; y un carpintero no fabricaría con tanto entusiasmo un arado o un carro como los ejes en los que Solón iba a grabar sus leyes. Y, ciertamente, los discursos de los filósofos, si se inscriben firmemente en las almas de los hombres gobernantes y políticos y las dominan, adquieren la fuerza de leyes, con la cual Platón navegó a Sicilia, esperando convertir sus doctrinas en leyes y obras en los asuntos de Dionisio, pero encontró a Dionisio como un libro palimpsesto ya lleno de manchas y que no soltaba el tinte de la tiranía, que tras mucho tiempo era difícil de teñir y difícil de lavar; pero hay que aferrarse a los discursos buenos mientras aún están en su apogeo.

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