Apocolocyntosis
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Original / primary: Spanish Gemini
1
Quiero dejar constancia de lo que sucedió en el cielo antes del 13 de octubre, en el año nuevo, al comienzo de un siglo felicísimo. No se dará lugar ni al rencor ni al favor. Esto es la pura verdad. Si alguien pregunta cómo lo sé, primero, si no quiero, no responderé.¿ Quién va a obligarme? Sé que me hice libre desde que murió aquel que había hecho realidad el verdadero proverbio de que uno debe nacer rey o necio. Si me place responder, diré lo que me venga a la boca.¿ Quién ha exigido nunca a un historiador que preste juramento? Sin embargo, si fuera necesario presentar un testigo, que se lo pregunten a aquel que vio a Drusila subir al cielo: el mismo dirá que vio a Claudio haciendo el camino con pasos desiguales. Quiera o no, le es necesario ver todo lo que sucede en el cielo: es el inspector de la Vía Apia, por donde sabes que tanto el divino Augusto como Tiberio César fueron a los dioses. Si le preguntas a él, te lo contará a solas: nunca hablará delante de muchos. Pues desde que juró en el senado que vio a Drusila ascender al cielo y nadie le creyó por tan buena noticia, afirmó con palabras solemnes que no denunciaría lo que hubiera visto, aunque hubiera visto matar a un hombre en medio del foro. De él traigo lo que entonces escuché, cosas ciertas y claras, así le sea él salvo y feliz.
2
Ya Febo había acortado el nacimiento de la luz con un camino más breve, y crecían los tiempos del oscuro sueño, y ya la victoriosa Cintia aumentaba su reino, y el deforme invierno arrancaba los gratos honores del rico otoño, y, ordenado envejecer a Baco, el vendimiador tardío cosechaba las raras uvas. Creo que se entiende mejor si digo: era el mes de octubre, el día 13 de octubre. No puedo decirte la hora exacta, será más fácil ponerse de acuerdo entre filósofos que entre relojes, sin embargo, estaba entre la sexta y la séptima. Dirás con demasiada rusticidad:« Como todos los poetas, no contentos con describir el orto y el ocaso, hasta inquietan el mediodía,¿ vas a pasar así por alto una hora tan buena?». Ya Febo había dividido el orbe con su carro y, más cerca de la noche, sacudía las cansadas riendas, conduciendo la luz desviada por un camino oblicuo.
3
Claudio comenzó a expirar y no podía encontrar el final. Entonces Mercurio, que siempre se había deleitado con su ingenio, aparta a una de las tres Parcas y dice:«¿ Por qué, mujer cruelísima, permites que un hombre miserable sea atormentado?¿ Y que nunca cese su suplicio tan prolongado? Es el sexagésimo cuarto año desde que lucha con el alma.¿ Por qué envidias esto a él y a la república? Permite que los astrólogos digan alguna vez la verdad, ellos que, desde que se hizo príncipe, lo entierran todos los años, todos los meses. Y, sin embargo, no es extraño si se equivocan y nadie conoce su hora; pues nadie pensó nunca que hubiera nacido. Haz lo que debe hacerse: entrégalo a la muerte, que reine mejor en el palacio vacío». Pero Cloto, dijo, por Hércules, yo quería añadirle un poquito de tiempo, mientras donaba la ciudadanía a estos pocos que quedan( pues había decidido ver a todos los griegos, galos, hispanos y británicos vestidos con la toga), pero puesto que place que queden algunos extranjeros como semilla y tú así lo ordenas, que se haga. Abre entonces su cajita y saca tres husos: uno era de Augurino, otro de Baba, el tercero de Claudio. A estos, dijo, ordenaré que mueran en un solo año con breves intervalos de tiempo, y no lo enviaré sin compañía. Pues no conviene que aquel que hace poco se veía seguido por tantos miles de hombres, tantos precediéndolo, tantos rodeándolo, sea de repente abandonado solo. Se contentará con estos compañeros por ahora. Dice esto y, envolviendo los hilos en el huso infame, cortó los tiempos reales de la vida estúpida. Pero Láquesis, ceñida la cabellera, adornados los cabellos, coronando su frente y su pelo con el laurel de Pieria, toma los hilos blancos de un vellón níveo para ser gobernados por su mano feliz, los cuales, al ser estirados, asumieron un nuevo color. Las hermanas admiran las tareas: la lana vil se transforma en metal precioso, los siglos dorados descienden por el hermoso hilo. Y no hay medida para ellos, estiran los vellones felices y se alegran de llenar sus manos, son dulces tareas. Por sí misma se apresura la obra y sin ningún esfuerzo descienden los hilos suaves por el huso girado. Superan los años de Titono, superan los de Néstor. Febo está presente y ayuda con su canto y se alegra de lo futuro, y alegre ahora mueve el plectro, ahora ministra las tareas. Detiene a las atentas con su canto y engaña el trabajo. Y mientras alaban demasiado la cítara y los cantos fraternales, las manos hilaron más de lo habitual, y la obra alabada trascendió los destinos humanos.« No los cortéis, Parcas», dice Febo,« que venza los tiempos de la vida mortal aquel, semejante a mí en rostro y semejante en belleza, ni menor en canto ni en voz. Prestará siglos felices a los cansados y romperá los silencios de las leyes. Cual Lucifer disipando las estrellas que huyen o cual surge Héspero al volver los astros, cual cuando por primera vez Aurora, disueltas las tinieblas, introdujo rubicunda el día, el Sol contempla el orbe lúcido y agita los primeros ejes desde la cárcel: tal está presente César, tal verá ya Roma a Nerón. Arde el rostro nítido con fulgor suave, y la hermosa nuca con el cabello derramado». Esto dijo Apolo. Pero Láquesis, que ella misma favorecía al hombre hermosísimo, lo hizo con mano llena, y dona a Nerón muchos años de los suyos. A Claudio, en cambio, todos ordenan enviarlo fuera de casa entre alegrías y aclamaciones. Y él, ciertamente, exhaló el alma, y desde entonces dejó de parecer que vivía. Expiró, sin embargo, mientras escuchaba a los comediantes, para que sepas que no sin causa los temo. Su última voz escuchada entre los hombres fue esta, tras haber emitido un mayor sonido por aquella parte con la que hablaba más fácilmente:«¡ Ay de mí, creo que me he cagado!». Si lo hizo, no lo sé: ciertamente, lo cagó todo.
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Lo que sucedió después en la tierra es superfluo relatarlo. Pues lo sabéis perfectamente, y no hay peligro de que se borre de la memoria lo que la alegría pública imprimió: nadie se olvida de su propia felicidad. Lo que sucedió en el cielo, escuchad: la fe quedará en manos del autor. Se anuncia a Júpiter que ha llegado alguien de buena estatura, bien canoso; no sé qué amenaza, pues mueve la cabeza continuamente; arrastra el pie derecho. Preguntó de qué nación era: respondió no sé qué con sonido perturbado y voz confusa; no entendía su lengua, ni era griego ni romano ni de ninguna nación conocida. Entonces Júpiter ordena a Hércules, que había recorrido todo el orbe de la tierra y parecía conocer todas las naciones, que vaya y explore de qué hombres era. Entonces Hércules, a primera vista, ciertamente se perturbó, como quien no temió ni siquiera todos los monstruos. Al ver el rostro de nuevo género, el andar inusitado, la voz de ningún animal terrestre sino tal como suele ser la de las bestias marinas, ronca y enredada, pensó que le había llegado el decimotercer trabajo. Al mirar con más diligencia, le pareció casi un hombre. Se acercó, pues, y, lo que fue facilísimo para un grecuelo, dijo:«¿ Quién y de dónde eres entre los hombres, dónde está tu ciudad y tus padres?». Claudio se alegra de que haya allí hombres filólogos, espera que habrá algún lugar para sus historias. Por tanto, él mismo, con un verso homérico, indica que es César, diciendo:« El viento que me trajo de Ilión me acercó a los Cicones». Pero el verso siguiente era más verdadero, igualmente homérico:« Allí destruí la ciudad y los perdí a ellos». Y había engañado a Hércules, nada astuto,
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si no hubiera estado allí la Fiebre, que, habiendo dejado su templo, había venido sola con él: a todos los demás dioses los había dejado en Roma.« Este», dijo,« cuenta puras mentiras. Yo te digo, que viví con él tantos años: nació en Lugdunum, ves al conciudadano de Marco. Lo que te cuento, nació a la decimosexta piedra de Viena, galo germano. Por tanto, lo que debía hacer un galo, tomó Roma. Yo te garantizo que nació en Lugdunum, donde Licinio reinó muchos años. Tú, en cambio, que has pisado más lugares que cualquier mulero de alquiler, deberías conocer a los lugdunenses, y que hay muchos miles entre el Janto y el Ródano». Se enfurece en este punto Claudio y se irrita con todo el murmullo que puede. Qué decía, nadie lo entendía, pero él ordenaba que llevaran a la Fiebre, con aquel gesto de la mano suelta y, para esto solo, suficientemente firme, con el que solía decapitar hombres, había ordenado que le cortaran el cuello. Pensarías que todos eran sus libertos: hasta tal punto nadie lo cuidaba. Entonces Hércules dijo:« Escúchame, tú, deja de desvariar. Has venido aquí, donde los ratones roen el hierro. Más rápido la verdad, no sea que te sacuda las tonterías. Y para que fuera más terrible, se vuelve trágico y dice:' Expón pronto, de dónde naciste, para que no caigas a tierra muerto por este palo; esta maza a menudo mató a reyes feroces.¿ Qué suenas ahora con el habla incierta de la voz?¿ Qué patria, qué gente produjo tu cabeza móvil? Explícate. Yo, ciertamente, buscando los reinos lejanos del rey de tres cuerpos, de donde desde el mar Hespérico traje a la ciudad de Ínaco el ganado noble, vi el monte que domina dos ríos, que Febo ve siempre con el orto opuesto, donde el Ródano inmenso fluye con corriente muy rápida, y el Arar, dudando hacia dónde dirige sus cursos, baña en silencio sus riberas con aguas tranquilas.¿ Es esa la tierra nutricia de tu espíritu?'». Esto lo dijo con bastante valentía y fuerza, no obstante, no está en sus cabales y teme el golpe de un necio. Claudio, al ver a un hombre valiente, olvidado de sus tonterías, comprendió que nadie en Roma había sido igual a él, pero que allí no tenía la misma gracia: que el gallo en su estercolero es el que más puede. Por tanto, en cuanto se pudo entender, pareció decir esto:« Yo, fortísimo de los dioses Hércules, esperaba que me fueras a ayudar ante los demás, y si alguien me hubiera pedido un testigo, te iba a nombrar a ti, que me conoces perfectamente. Pues si recuerdas, yo era quien ante tu templo te administraba justicia todos los días en los meses de julio y agosto. Tú sabes cuántas miserias sufrí allí, cuando escuchaba a los abogados día y noche, en los cuales, si hubieras caído, por muy fuerte que te parezcas, habrías preferido limpiar las cloacas de Augías: mucho más estiércol saqué yo. Pero puesto que quiero
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No es de extrañar que hayas irrumpido en la curia: nada está cerrado para ti. Solo dinos, qué clase de dios quieres que sea este.¿ Puede ser un dios epicúreo?« Ni él tiene asunto alguno ni se lo proporciona a otros».¿ Estoico?¿ Cómo puede ser' redondo', como dice Varrón,' sin cabeza, sin prepucio'? Hay algo en él del dios estoico, ya veo: no tiene ni corazón ni cabeza. Si, por Hércules, hubiera pedido este beneficio a Saturno, cuyo mes celebró todo el año, príncipe saturnalicio, no lo habría obtenido, y mucho menos de Júpiter, a quien, en cuanto de él dependió, condenó por incesto. Pues mató a Silano, su yerno, porque prefirió llamar Juno a su hermana, la más festiva de todas las muchachas, a la que todos llamaban Venus.«¿ Por qué», dice,« pues pregunto, a su hermana?». Necio, estudia: en Atenas está permitida la mitad, en Alejandría todo. Porque en Roma, dices,« los ratones lamen las muelas».¿ Este nos va a corregir las curvas? No sabe qué hace en su dormitorio,¿ y ya escruta las regiones del cielo? Quiere ser dios:¿ es poco que tiene un templo en Britania, que los bárbaros lo adoran y le rezan como a un dios para obtener un necio propicio?
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Por fin le vino a la mente a Júpiter que a los senadores privados que permanecen dentro de la curia no les está permitido dar su opinión ni discutir.« Yo», dijo,« padres conscriptos, os había permitido preguntar, vosotros habéis hecho puras chozas. Quiero que guardéis la disciplina de la curia. Este, sea lo que sea,¿ qué pensará de nosotros?». Tras ser despedido, el primero en ser preguntado por su opinión es el padre Jano. Él había sido designado cónsul para las calendas de julio por la tarde, hombre astuto como pocos, que siempre ve hacia adelante y hacia atrás. Él dijo muchas cosas con elocuencia, porque vivía en el foro, que el notario no pudo seguir, y por eso no las refiero, para no poner con otras palabras lo que fue dicho por él. Dijo muchas cosas sobre la grandeza de los dioses: que no se debe dar este honor al vulgo.« Antaño», dijo,« era una gran cosa hacerse dios: ahora habéis hecho de la fama una farsa. Por tanto, para no parecer que doy mi opinión sobre la persona y no sobre el asunto, opino que nadie después de este día se haga dios de entre los que comen el fruto del campo, o de entre los que alimenta la tierra dadora de vida. Quien, contra este decreto del senado, haya sido hecho, llamado o pintado dios, que sea entregado a los Larvas y que en el próximo espectáculo, entre los nuevos gladiadores, sea azotado con varas». El siguiente en ser preguntado por su opinión es Diespiter, hijo de Vica Pota, también él cónsul designado, un cambista: se sostenía con este oficio, solía vender ciudadanías. A este se acercó bellamente Hércules y le tocó la oreja. Opina, pues, en estos términos:« Puesto que el divino Claudio toca con su sangre al divino Augusto y no menos a la divina Augusta, su abuela, a quien él mismo ordenó que fuera diosa, y supera de lejos a todos los mortales en sabiduría, y es del interés de la república que haya alguien que pueda con Rómulo' devorar nabos hirvientes', opino que el divino Claudio sea dios desde este día, de tal manera que, como el que antes que él fue hecho con el mejor derecho, y que ese asunto sea añadido a las metamorfosis de Ovidio». Las opiniones eran variadas, y parecía que Claudio ganaba la votación. Pues Hércules, que veía que su hierro estaba en el fuego, corría ahora aquí, ahora allá, y decía:« No me envidies, mi asunto está en juego; después, si tú quisieras algo, haré lo mismo a cambio; una mano lava la otra».
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Entonces el divino Augusto se levantó para decir su opinión en su lugar, y disertó con suma elocuencia:« Yo», dijo,« padres conscriptos, os tengo por testigos de que, desde que me hice dios, no he dicho ni una palabra: siempre hago mis asuntos. Pero no puedo disimular más, y contener el dolor, que el pudor hace más grave.¿ Para esto traje la paz por tierra y mar?¿ Para esto reprimí las guerras civiles?¿ Para esto fundé la ciudad con leyes, la adorné con obras, para que— qué decir, padres conscriptos, no encuentro: todas las palabras están por debajo de la indignación. Hay que recurrir, pues, a aquella opinión de Mesala Corvino, hombre elocuentísimo, da vergüenza el imperio. Este, padres conscriptos, que os parece que no puede ni espantar una mosca, mataba a los hombres tan fácilmente como un perro se agacha. Pero¿ qué voy a decir de tantos y tales hombres? No hay tiempo para llorar las desgracias públicas mirando las males domésticos. Por tanto, omitiré aquellas, relataré estas; pues incluso si mi hermana no sabe griego, yo lo sé: la rodilla está más cerca que la espinilla. Este que veis, escondiéndose durante tantos años bajo mi nombre, me devolvió este favor, que mató a dos Julias, mis bisnietas, a una con el hierro, a otra con el hambre; a un tataranieto, L. Silano. Verás, Júpiter, si en causa mala, ciertamente en la tuya, si vas a ser justo. Dime, divino Claudio,¿ por qué condenaste a cualquiera de estos, a quienes mataste, antes de conocer la causa, antes de escuchar?¿ Dónde suele hacerse esto? En el cielo no se hace. He aquí Júpiter, que reina tantos años, a uno, Vulcano, le rompió la pierna, a quien arrojó agarrándolo del pie desde el umbral divino, y estuvo enfadado con su esposa y la colgó:¿ acaso la mató? Tú a Mesalina, de quien yo era tío abuelo igual que tú, la mataste.' No lo sé', dices.¡ Que los dioses te traten mal! Hasta tal punto es más vergonzoso eso, que no lo supiste, que el hecho de que mataste. A C. César no dejó de perseguirlo muerto. Aquel había matado a su suegro: este también a su yerno. Gayo prohibió que al hijo de Craso lo llamaran Magno: este le devolvió el nombre, le quitó la cabeza. Mató en una sola casa a Craso, a Magno, a Scribonia, a los Tristiones, a Asarion, nobles, sin embargo, a Craso, ciertamente, tan necio que incluso podía reinar.¿ A este queréis hacer dios ahora? Mirad su cuerpo nacido con los dioses enfadados. En resumen, que diga tres palabras rápido, y que me lleve como esclavo.¿ Quién adorará a este dios?¿ Quién creerá? Mientras hagáis tales dioses, nadie creerá que vosotros sois dioses. En suma, padres conscriptos, si me he comportado honestamente entre vosotros, si a nadie respondí más claramente, vengad mis injurias. Yo, por mi opinión, opino esto:» y así leyó desde la tablilla:« puesto que el divino Claudio mató a su suegro Apio Silano, a sus dos yernos Magno Pompeyo y L. Silano, al suegro de su hija Craso Frugi, hombre tan semejante a él como un huevo a otro huevo, a Scribonia, suegra de su hija, a su esposa Mesalina y a los demás cuyo número no pudo ser calculado, me place que se proceda severamente contra él, que no se le dé dispensa de ser juzgado, y que sea exportado cuanto antes, y que salga del cielo dentro de treinta días, del Olimpo dentro del tercer día». Se procedió a pie a esta opinión. Y sin demora, el Cilenio lo arrastra con el cuello torcido a los infiernos, de donde dicen que nadie vuelve.
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Mientras descienden por la vía sacra, Mercurio pregunta qué significa aquel concurso de hombres, si era el funeral de Claudio. Y era el más hermoso de todos y con cuidado gasto, claramente para que supieras que se enterraba a un dios: tal multitud de trompeteros, corneteros, de todo género de músicos, tal concierto, que incluso Claudio podía oír. Todos alegres, joviales: el pueblo romano caminaba como libre. Ágaton y pocos abogados lloraban, pero claramente de corazón. Los jurisconsultos procedían de las tinieblas, pálidos, delgados, apenas teniendo alma, como quienes entonces precisamente revivían. Uno de ellos, al haber visto a los abogados juntando las cabezas y deplorando sus fortunas, se acerca y dice:« Os lo decía: no siempre serán las Saturnales». Claudio, al ver su funeral, comprendió que estaba muerto. Con un enorme canto fúnebre se cantaba en anapestos:« Derramad llantos, emitid lamentos, que resuene el foro con triste clamor: ha caído el hombre de mente hermosa, como no hubo otro más fuerte en todo el orbe. Él podía vencer a los veloces en carrera apresurada, él podía derribar a los rebeldes partos y seguir a Persia con armas ligeras, y tensar con mano segura la cuerda, que fijaba a los precipitados con pequeña herida, y las espaldas pintadas del medo fugaz. Él ordenó a los británicos más allá de las orillas del mar conocido y a los brigantes de escudos azules dar el cuello a las cadenas romúleas y al mismo Océano temblar ante las nuevas leyes del hacha romana. Llorad al hombre, como no hubo otro que pudiera aprender causas más rápido, escuchada solo una parte, a menudo ni siquiera esa.¿ Quién escuchará ahora los pleitos todo el año? Ya te cederá el lugar, dejando el asiento, quien da leyes al pueblo silencioso, que posee las cien ciudades de Creta. Golpead vuestros pechos con palmas tristes, oh abogados, género venal. Y vosotros, poetas, llorad, los nuevos, y vosotros, en primer lugar, los que preparasteis grandes ganancias con el cubilete sacudido».
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Claudio se deleitaba con sus alabanzas, y deseaba mirar más tiempo. Taltibio de los dioses le echa mano y lo arrastra con la cabeza cubierta, para que nadie pueda reconocerlo, por el campo de Marte, y entre el Tíber y la vía cubierta desciende a los infiernos. Ya se le había adelantado por el atajo el liberto Narciso para recibir a su patrón, y al venir, nítido, como estaba del baño, se encuentra con él y dice:«¿ Qué hacen los dioses entre los hombres?».« Más rápido», dice Mercurio,« y anuncia que venimos». Dicho esto, Narciso vuela. Todo es cuesta abajo, se desciende fácilmente. Por tanto, aunque era gotoso, en un momento de tiempo llegó a la puerta de Dite, donde yacía Cerbero o, como dice Horacio, la bestia de cien cabezas. Se perturba un poco— estaba acostumbrado a tener una perra blanquecina entre sus delicias— al ver aquel perro negro, velludo, ciertamente no el que querrías que te encontrara en las tinieblas, y con gran voz Claudio dice:« Vendrá». Con aplausos proceden cantando:« Hemos encontrado, alegrémonos». Este era C. Silio, cónsul designado, Junco, pretoriano, Sex. Traulo, M. Helvio, Trogo, Cotta, Vetio Valente, Fabio, caballeros romanos, a quienes Narciso había ordenado llevar. En medio de esta multitud de cantantes estaba Mnester, el pantomimo, a quien Claudio había hecho menor por causa de la belleza. Hacia Mesalina— pronto se extendió el rumor de que Claudio había venido— vuelan: los primeros de todos los libertos Polibio, Mirón, Harpócras, Amfeo, Feronacto, a quienes Claudio, para no estar desprevenido en ninguna parte, había enviado antes. Luego los dos prefectos Justo Catonio y Rufrio Polión. Luego los amigos Saturnino Lusio y Pedo Pompeyo y Lupo y Celer Asinio, consulares. Por último, la hija de su hermano, la hija de su hermana, yernos, suegros, suegras, todos claramente consanguíneos. Y formada la columna, se encuentran con Claudio. Al verlos Claudio, exclama:« Todo lleno de amigos,¿ cómo habéis venido aquí vosotros?». Entonces Pedo Pompeyo:«¿ Qué dices, hombre cruelísimo?¿ Preguntas cómo?¿ Pues quién otro nos envió aquí sino tú, asesino de todos tus amigos? Vamos a juicio, yo te mostraré aquí las sillas».
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Lo lleva al tribunal de Éaco: él juzgaba según la ley Cornelia que fue promulgada sobre los sicarios. Pide que reciba su nombre; edita la acusación: senadores asesinados 35, caballeros romanos 221, los demás tantos como la arena y el polvo. No encontró abogado. Por fin procede P. Petronio, su antiguo compañero, hombre elocuente en lengua claudiana, y pide la abogacía. No se le da. Acusa Pedo Pompeyo con grandes clamores. El patrón comienza a querer responder. Éaco, hombre justísimo, lo prohíbe, y lo condena tras haber escuchado solo una parte y dice:« Si sufriera lo que hizo, la justicia sería recta». Se hizo un silencio enorme. Todos estaban estupefactos, atónitos por la novedad del asunto, negaban que esto se hubiera hecho nunca. A Claudio le parecía más injusto que nuevo. Sobre el género de pena se discutió mucho, qué debía sufrir él. Había quienes decían que Sísifo había cargado bastante tiempo, que Tántalo moriría de sed si no se le socorría, que alguna vez debía frenarse la rueda del miserable Ixión. No plugo a ninguno de los antiguos que se diera la misión, no fuera que incluso Claudio esperara algo semejante. Plugo que debía constituirse una nueva pena, idear para él un trabajo inútil y una apariencia de alguna codicia sin efecto. Entonces Éaco ordena que juegue a los dados con un cubilete agujereado. Y ya había comenzado a buscar los dados que siempre huían y no lograr nada.
15
Pues cuantas veces iba a lanzar con el cubilete resonante, el dado huía por el fondo retirado. Y cuando se atrevía a lanzar los dados recogidos, siempre semejante a lanzar y siempre pidiendo, engañaron la fe: el dado falaz se desliza por entre los mismos dedos con continuo robo. Así, cuando ya se tocan las cumbres del monte más alto, los pesos inútiles ruedan por el cuello de Sísifo. Apareció de repente C. César y comenzó a pedirlo en servidumbre; presenta testigos, que lo habían visto siendo azotado por él con látigos, varas, bofetadas. Es adjudicado a C. César; César lo dona a Éaco. Él lo entregó a Menandro, su liberto, para que estuviera en las investigaciones.