Against Timarchus
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Original / primary: Spanish Gemini
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Jamás he denunciado a ninguno de los ciudadanos, atenienses, ni les he causado daño alguno en sus rendiciones de cuentas; al contrario, creo haberme comportado con moderación en cada uno de estos aspectos. Sin embargo, al ver que la ciudad sufre graves perjuicios por el hecho de que este Timarco se dirija a la asamblea contraviniendo las leyes, y al ser yo mismo víctima de una denuncia calumniosa( cuyo modo expondré a medida que avance el discurso),
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he considerado que sería una de las mayores vergüenzas no prestar auxilio a la ciudad entera, a las leyes, a vosotros y a mí mismo. Sabiendo que él es culpable de lo que acabáis de oír leer al secretario hace un momento, le he interpuesto esta docimasia. Y, como parece, atenienses, los discursos que suelen pronunciarse en los juicios públicos no son falsos: las enemistades privadas corrigen, en efecto, muchas de las cuestiones públicas.
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Por tanto, en este proceso global, resultará que ni la ciudad, ni las leyes, ni vosotros, ni yo somos responsables de la situación de Timarco, sino él mismo. Pues las leyes le prohibieron, por haber vivido vergonzosamente, dirigirse a la asamblea; un mandato que, a mi juicio, no es difícil, sino muy sencillo. Y a mí, si hubiera sido sensato, le habría bastado con no difamarme. Espero, pues, haber hablado con moderación sobre estos puntos.
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No ignoro, atenienses, que lo que voy a decir a continuación ya lo habréis oído a otros; pero me parece que es el momento de que yo también utilice el mismo argumento ante vosotros. Es un hecho aceptado por todos los hombres que existen tres formas de gobierno: tiranía, oligarquía y democracia. Las tiranías y las oligarquías se gobiernan según el carácter de quienes están al mando, mientras que las ciudades democráticas se rigen por las leyes establecidas.
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Sabed bien, atenienses, que las leyes preservan los cuerpos y la constitución de los estados democráticos, mientras que la desconfianza y la guardia armada preservan los de los tiranos y los oligarcas. Por tanto, los oligarcas y quienes viven bajo una constitución desigual deben vigilar a quienes intentan subvertir el orden mediante la fuerza, mientras que vosotros, que poseéis una constitución igualitaria y legal, debéis vigilar a quienes hablan o viven contra las leyes; pues de ahí obtendréis vuestra fuerza, cuando seáis bien gobernados y no seáis subvertidos por quienes infringen la ley.
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Yo creo que nos corresponde, cuando legislamos, procurar establecer leyes que sean buenas y beneficiosas para el Estado, y una vez legislado, obedecer las leyes establecidas y castigar a quienes no las obedecen, si es que queremos que los asuntos de la ciudad marchen bien. Considerad, atenienses, cuánta previsión tuvo respecto a la templanza aquel Solón, el antiguo legislador, así como Dracón y los legisladores de aquellos tiempos.
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En primer lugar, legislaron sobre la templanza de nuestros hijos y establecieron explícitamente qué debe practicar el niño libre y cómo debe ser educado; en segundo lugar, sobre los adolescentes; y en tercer lugar, sucesivamente, sobre las demás edades, no solo sobre los ciudadanos particulares, sino también sobre los oradores. Y, tras redactar estas leyes, os las confiaron y os nombraron sus guardianes.
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Deseo, pues, utilizar ahora ante vosotros el mismo método de exposición que el legislador utilizó con las leyes. Primero, expondré ante vosotros las leyes que existen sobre el buen orden de vuestros hijos; después, las relativas a los adolescentes; y, en tercer lugar, las de las demás edades, no solo sobre los particulares, sino también sobre los oradores; pues así es como supongo que mis argumentos serán más fáciles de comprender. Al mismo tiempo, deseo, atenienses, exponer primero ante vosotros cómo son las leyes de la ciudad y, después, contrastarlas con la conducta de Timarco; pues encontraréis que ha vivido de manera contraria a todas las leyes.
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El legislador, en efecto, parece desconfiar incluso de los maestros, a quienes confiamos por necesidad a nuestros propios hijos, aquellos cuyo sustento depende de la templanza, mientras que la indigencia proviene de lo contrario; y establece explícitamente, primero, a qué hora debe ir el niño libre a la escuela, luego con cuántos niños debe entrar y cuándo debe salir,
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y prohíbe a los maestros abrir las escuelas y a los entrenadores las palestras antes de que salga el sol, y ordena cerrarlas antes de que se ponga, al considerar que la soledad y la oscuridad son motivo de la mayor sospecha. También regula quiénes deben ser los jóvenes que asisten y qué edad deben tener, qué magistratura se encargará de ellos, el cuidado de los pedagogos, los Museos en las escuelas y las Hermaias en las palestras, y, finalmente, la asistencia de los niños a los coros cíclicos.
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Ordena, en efecto, que el corego que vaya a gastar su propio patrimonio en beneficio de vosotros tenga más de cuarenta años, para que, al estar ya en la edad de mayor templanza, trate así con vuestros hijos. Se os leerán, pues, estas leyes, para que sepáis que el legislador consideró que el niño bien educado será un hombre útil para la ciudad cuando crezca; pero cuando la naturaleza del hombre recibe desde el principio una educación perversa, consideró que de los niños mal educados saldrían ciudadanos semejantes a este Timarco. Lee estas leyes para ellos.
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Leyes: Que los maestros de los niños abran las escuelas no antes de la salida del sol y las cierren antes de la puesta del sol. Y que no esté permitido a quienes superan la edad de los niños entrar donde están los niños, a menos que sea hijo del maestro, hermano o marido de su hija; si alguien entra contraviniendo esto, que sea castigado con la muerte. Y que los gimnasiarcas no permitan en las Hermaias que nadie que esté en edad de participar lo haga de ninguna manera; si lo permite y no lo expulsa del gimnasio, que el gimnasiarca sea responsable ante la ley de corrupción de libres. Que los coregos nombrados por el pueblo tengan más de cuarenta años.
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Después de esto, atenienses, legisla sobre delitos que, aunque graves, ocurren, creo, en la ciudad; pues a partir de que alguien cometiera lo que no debía, los antiguos establecieron las leyes. La ley dice explícitamente que, si un padre, hermano, tío, tutor o, en general, cualquiera de los señores alquila a alguien para ejercer la prostitución, no permite que haya denuncia contra el niño mismo, sino contra el que alquiló y el que fue alquilado, contra el primero por haber alquilado y contra el segundo porque, dice, se alquiló. Ha establecido penas iguales para ambos, y que no sea obligatorio para el niño, una vez que alcance la pubertad, mantener al padre ni proporcionarle vivienda si ha sido alquilado para prostituirse; pero, cuando muera, que lo entierre y cumpla con los demás ritos acostumbrados.
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Considerad, atenienses, qué bien está hecho. Mientras vive, le priva del beneficio de la procreación, tal como aquel le privó a él de la libertad de expresión, pero cuando muere, en un momento en que el beneficiado no siente el bien que recibe, pero la ley y la divinidad son honradas, ordena enterrarlo y cumplir con los demás ritos acostumbrados.¿ Y qué otra ley estableció como guardiana de vuestros hijos? La de proxenetismo, imponiendo las mayores penas si alguien ejerce el proxenetismo con un niño o una mujer libre.¿ Y qué otra?
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La de ultraje( hybris), que abarca en un solo capítulo todos estos casos; en ella está escrito explícitamente que, si alguien ultraja a un niño( y ultraja, sin duda, quien se alquila), a un hombre o a una mujer, ya sea de los libres o de los esclavos, o si comete algo ilegal contra alguno de ellos, ha establecido que existan denuncias por ultraje y ha fijado una pena, lo que debe sufrir o pagar. Lee la ley.
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Ley: Si algún ateniense ultraja a un niño libre, que el señor del niño denuncie ante los tesmotetes, fijando la pena. Aquel contra quien el tribunal dicte sentencia, que sea entregado a los Once y ejecutado el mismo día. Si la sentencia es pecuniaria, que pague en los once días siguientes al juicio, si no puede pagar al instante; y hasta que pague, que sea encarcelado. Son responsables de estos cargos también quienes cometen delitos contra los cuerpos de los esclavos.
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Quizás alguien se sorprenda al oír de repente por qué se añadió en la ley de ultraje esta palabra: la de los esclavos. Pero si lo examináis, atenienses, encontraréis que es lo mejor de todo; pues el legislador no se preocupó por los esclavos, sino que, queriendo acostumbraros a manteneros muy alejados del ultraje a los libres, añadió que no se ultraje ni siquiera a los esclavos. En general, en una democracia, consideró que quien ultraja a cualquiera no es apto para participar en el gobierno.
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Y recordad también conmigo, atenienses, que aquí el legislador aún no se dirige al cuerpo mismo del niño, sino a quienes rodean al niño: padre, hermano, tutor, maestros y, en general, a los señores; pero cuando alguien es inscrito en el registro de los demos, conoce las leyes de la ciudad y ya es capaz de razonar sobre lo que es bueno y lo que no, ya no se dirige a otro, sino a él mismo, Timarco.
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¿ Y qué dice? Si algún ateniense se prostituye, dice, que no le sea permitido ser uno de los nueve arcontes, porque, creo, es una magistratura que lleva corona, ni ejercer un sacerdocio, como si su cuerpo no estuviera puro, ni que actúe como abogado en nombre del Estado, ni que ejerza magistratura alguna jamás, ni dentro ni fuera del país, ni por sorteo ni por elección;
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ni que sea heraldo, ni embajador, ni que juzgue a los embajadores, ni que denuncie calumniosamente por dinero, ni que dé su opinión jamás ni en el consejo ni en el pueblo, aunque sea el más hábil orador de los atenienses. Y si alguien hace algo contra esto, ha establecido denuncias por prostitución y ha impuesto las mayores penas. Lee también esta ley para ellos, para que sepáis qué leyes existen para vosotros, tan bellas y sensatas, y cómo Timarco, siendo como sabéis que es, se ha atrevido a dirigirse a la asamblea.
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Ley: Si algún ateniense se prostituye, que no le sea permitido ser uno de los nueve arcontes, ni ejercer un sacerdocio, ni actuar como abogado en nombre del pueblo, ni ejercer magistratura alguna, ni dentro ni fuera del país, ni por sorteo ni por elección, ni ser enviado como heraldo, ni dar su opinión, ni entrar en los templos públicos, ni ser coronado en las coronaciones comunes, ni caminar dentro del ágora más allá de los aspersorios. Y si alguien hace algo contra esto, una vez condenado por prostitución, que sea castigado con la muerte.
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Esta ley la estableció sobre los adolescentes que cometen faltas contra sus propios cuerpos; las que os leyó hace poco, sobre los niños; y las que voy a mencionar ahora, sobre los demás atenienses. Pues, una vez terminadas estas leyes, consideró de qué manera debemos deliberar nosotros, reunidos en las asambleas, sobre los asuntos más importantes.¿ Y por dónde empieza? Leyes, dice, sobre el buen orden. Empezó primero por la templanza, como si, donde hay mayor buen orden, esa ciudad fuera a ser la mejor gobernada.
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¿ Y cómo ordena a los proedros gestionar los asuntos? Una vez que se ha realizado la purificación y el heraldo ha pronunciado las oraciones tradicionales, ordena a los proedros que sometan a votación previa los asuntos sobre los ritos sagrados tradicionales, los heraldos, las embajadas y los asuntos sagrados, y después de esto, el heraldo pregunta:¿ Quién de los mayores de cincuenta años desea hablar? Y cuando todos ellos han hablado, entonces ordena que hable el ateniense que quiera, de entre los que tienen permitido hacerlo.
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Considerad, atenienses, qué bien está hecho. El legislador no ignoraba, creo, que los ancianos están en la plenitud de su buen juicio, pero que la audacia empieza a faltarles debido a la experiencia de los asuntos. Queriendo, pues, acostumbrar a los que mejor piensan a que sean ellos los que hablen obligatoriamente sobre los asuntos, puesto que no puede nombrar a cada uno por su nombre, los invita a la tribuna y los exhorta a dirigirse a la asamblea abarcándolos bajo la denominación de toda su edad. Al mismo tiempo, enseña a los más jóvenes a respetar a los ancianos, a hacer todo en segundo lugar y a honrar la vejez, a la que todos llegaremos, si es que sobrevivimos.
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Y tan sensatos eran aquellos antiguos oradores, Pericles, Temístocles y Arístides, el que tiene un nombre opuesto al de este Timarco, que lo que ahora todos hacemos por costumbre, hablar con la mano fuera del manto, entonces parecía algo audaz y evitaban hacerlo. Y creo que os mostraré una gran prueba de esto con hechos. Pues sé bien que todos habéis navegado a Salamina y habéis visto la estatua de Solón, y vosotros mismos podríais testificar que Solón está erigido en el ágora de los salaminios con la mano dentro del manto. Esto es, atenienses, un recordatorio y una imitación de la postura de Solón, de la manera en que él mismo hablaba al pueblo de los atenienses.
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Considerad, atenienses, cuánto difiere Solón de Timarco y de aquellos hombres que mencioné hace poco. Ellos se avergonzaban de hablar con la mano fuera, mientras que este, no hace mucho, sino hace poco tiempo, arrojó su manto y se puso a practicar el pancracio desnudo en la asamblea, estando tan mal y vergonzosamente dispuesto su cuerpo por la embriaguez y la vileza que los sensatos se cubrieron el rostro, avergonzados por la ciudad, si es que utilizamos tales consejeros.
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Al comprender esto, el legislador señaló explícitamente quiénes deben dirigirse a la asamblea y quiénes no deben hablar ante el pueblo. Y no expulsa de la tribuna a quien no tiene antepasados que hayan sido estrategos, ni a quien ejerce algún oficio para procurarse el sustento necesario, sino que a estos los acoge especialmente, y por eso pregunta a menudo:¿ Quién desea hablar?
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¿ Y a quiénes no consideraba que debían hablar? A los que han vivido vergonzosamente; a estos no les permite dirigirse a la asamblea.¿ Y dónde lo manifiesta? En la docimasia de los oradores, dice: si alguien habla ante el pueblo habiendo golpeado a su padre o a su madre, o no manteniéndolos, o no proporcionándoles vivienda, a este no le permite hablar.¡ Por Zeus, qué bien, como yo mismo digo!¿ Por qué? Porque si alguien es vil con aquellos a quienes debe honrar igual que a los dioses,¿ qué se puede esperar de él para con los extraños y para con toda la ciudad?¿ Y a quiénes prohibió hablar en segundo lugar? O a los que no han realizado las campañas,
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dice, que no han realizado las campañas que se les ordenaron, o que han arrojado el escudo, hablando con justicia.¿ Por qué? Hombre, para la ciudad por la que no pones las armas o por cobardía no eres capaz de defenderla, no te consideres digno de aconsejarla.¿ A quiénes se dirige en tercer lugar? A los que se han prostituido, dice; pues al que ha vendido su propio cuerpo para el ultraje, lo consideró capaz de vender fácilmente también los asuntos comunes de la ciudad.¿ A quiénes se dirige en cuarto lugar?
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A los que, dice, han dilapidado el patrimonio paterno o aquello de lo que sean herederos; pues al que ha administrado mal su propia casa, lo consideró capaz de tratar los asuntos comunes de la ciudad de manera semejante, y no le pareció posible al legislador que el mismo hombre fuera vil en privado y honesto en público, ni consideró que el orador debiera subir a la tribuna habiéndose preocupado antes de los discursos, pero no de su propia vida.
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Y consideró que lo que dice un hombre noble y bueno, aunque se diga de manera muy pobre y sencilla, es útil para los oyentes; pero que lo que dice un hombre vil, que ha utilizado su propio cuerpo de manera ridícula y ha dilapidado vergonzosamente el patrimonio paterno, no será provechoso para los oyentes, aunque se diga muy bien.
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A estos, pues, los expulsa de la tribuna, a estos les prohíbe dirigirse a la asamblea. Y si alguien, contraviniendo esto, no solo habla, sino que también calumnia y se comporta con desenfreno, y la ciudad ya no puede soportar a tal hombre, dice que cualquier ateniense que tenga derecho a ello puede interponer una docimasia, y ordena que vosotros decidáis sobre estos asuntos en el tribunal; y ahora yo vengo ante vosotros conforme a esta ley.
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Esto está legislado desde hace mucho; pero vosotros añadisteis una nueva ley después del hermoso pancracio que este practicó en la asamblea, avergonzados por el hecho, para sortear en cada asamblea una tribu que presida la tribuna.¿ Y qué ordenó quien propuso la ley? Ordena que los miembros de la tribu se sienten para ayudar a las leyes y a la democracia, como si, si no enviáramos a buscar ayuda contra quienes han vivido así, ni siquiera pudiéramos deliberar sobre los asuntos más importantes.
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Pero no sirve de nada, atenienses, intentar expulsar a tales hombres de la tribuna con gritos; pues no se avergüenzan; hay que deshabituarlos mediante castigos; pues solo así podrían ser tolerables. Se os leerán, pues, las leyes que existen sobre el buen orden de los oradores. Pues la ley sobre la presidencia de las tribus, este Timarco y otros oradores semejantes, reunidos, han escrito que no es adecuada, para que les sea permitido vivir y hablar como ellos quieran.
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Leyes: Si algún orador habla en el consejo o en el pueblo no sobre el asunto propuesto, o no por separado sobre cada uno, o dos veces sobre lo mismo, o injuria, o habla mal de alguien, o interrumpe, o, mientras se tratan los asuntos, se levanta y habla de algo que no está en la tribuna, o incita, o arrastra al presidente, que los proedros tengan autoridad, una vez terminada la asamblea o el consejo, para inscribir una multa de hasta cincuenta dracmas por cada delito ante los recaudadores. Y si es merecedor de una pena mayor, que impongan hasta cincuenta dracmas y lo presenten ante el consejo o ante la primera asamblea. Y cuando se realicen las convocatorias, que juzguen. Y si es condenado mediante votación secreta, que los proedros lo inscriban ante los recaudadores.
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Habéis oído las leyes, atenienses, y sé bien que os parecen buenas. Sin embargo, que estas leyes sean útiles o inútiles depende de vosotros; pues si castigáis a los que delinquen, las leyes serán para vosotros buenas y vigentes, pero si los dejáis libres, serán buenas, pero ya no vigentes.
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Deseo, como propuse, una vez que he hablado sobre las leyes, contrastar a continuación la conducta de Timarco, para que sepáis cuánto difiere de vuestras leyes. Os pido, atenienses, que me perdonéis si, obligado a hablar sobre prácticas que por naturaleza no son buenas, pero que han sido realizadas por él, me veo llevado a decir alguna palabra que sea semejante a las acciones de Timarco.
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Pues no podríais censurarme justamente si dijera algo claramente queriendo instruiros, sino mucho más a él, si resulta que ha vivido tan vergonzosamente que es imposible para quien relata lo que él ha hecho hablar como él mismo desea, a menos que pronuncie también algunas de tales palabras. Pero me cuidaré de hacerlo tanto como pueda.
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Considerad, atenienses, con cuánta moderación voy a tratar a este Timarco. Pues yo, lo que ha cometido contra su propio cuerpo siendo niño, lo dejo pasar, y que esto sea como lo de los Treinta o lo anterior a Euclides, o cualquier otra prescripción que haya existido; pero sobre lo que ha cometido ya siendo consciente, siendo adolescente y conociendo las leyes de la ciudad, sobre eso haré mis acusaciones y os pido que os toméis en serio.
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Pues este, lo primero de todo, cuando dejó de ser niño, se sentaba en el Pireo en la consulta médica de Eudico, con el pretexto de ser aprendiz del oficio, pero en realidad habiendo decidido venderse a sí mismo, como el hecho mismo demostró. A todos los mercaderes, extranjeros o ciudadanos nuestros que en aquellos tiempos utilizaron el cuerpo de Timarco, los omitiré voluntariamente, para que nadie diga que soy demasiado minucioso en todo; pero sobre aquellos en cuyas casas ha estado deshonrando su propio cuerpo y la ciudad, trabajando por dinero en esto mismo que la ley prohíbe hacer o incluso dirigirse a la asamblea, sobre eso haré mis discursos.
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Hay un tal Misgolas, hijo de Naucratis, atenienses, del demo de Colito, un hombre por lo demás noble y bueno, a quien nadie podría reprochar nada, pero que en este asunto se ha mostrado extraordinariamente interesado, y que siempre suele tener consigo citaristas o citaristas. Digo esto no por vulgaridad, sino para que sepáis quién es. Este, al darse cuenta de los motivos por los que este Timarco frecuentaba la consulta médica, tras gastar algo de dinero, lo levantó y lo tuvo consigo, siendo joven, de buen cuerpo, vil y apto para el asunto que aquel deseaba realizar y este sufrir.
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Y esto no dudó en hacerlo, sino que lo soportó este Timarco, no careciendo de nada de lo necesario; pues su padre le dejó un patrimonio muy grande, que este ha dilapidado, como mostraré a medida que avance el discurso; pero hizo esto siendo esclavo de los placeres más vergonzosos, la glotonería, el lujo en las cenas, las flautistas, las cortesanas, los dados y los demás placeres, por los cuales ningún hombre noble y libre debe dejarse dominar. Y no se avergonzó este impuro de abandonar la casa paterna y vivir con Misgolas, no siendo amigo de su padre ni de su misma edad, sino con un extraño, mayor que él y desenfrenado en estos asuntos, siendo él joven.
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Muchas otras cosas ridículas ha hecho Timarco en aquellos tiempos, pero hay una que también quiero contaros. Era la procesión de las Dionisias en la ciudad, y en ella participaban tanto Misgolas, que lo había acogido, como Fedro, hijo de Calias, de Esfeto. Habiendo acordado Timarco participar con ellos, los otros se ocupaban de los preparativos, pero él no aparecía. Irritado por el asunto, Misgolas lo buscó con Fedro, y al serles comunicado, lo encontraron en una casa de alquiler cenando con unos extranjeros. Tras amenazar Misgolas y Fedro a los extranjeros y ordenarles que lo siguieran a la cárcel, porque corrompían a un adolescente libre, los extranjeros, asustados, se fueron dejando lo que habían preparado.
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Y que digo la verdad, lo saben todos los que en aquellos tiempos conocían a Misgolas y a Timarco. Por lo cual me alegro mucho de que el juicio sea contra un hombre que no es desconocido para vosotros, ni conocido por nadie más que por la práctica misma sobre la que vais a votar. Pues sobre los asuntos desconocidos quizás corresponde al acusador presentar pruebas claras, pero sobre los asuntos aceptados no creo que sea una gran tarea acusar; pues solo corresponde recordar a los oyentes.
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Yo, pues, aunque el asunto es aceptado, puesto que estamos en un tribunal, he redactado un testimonio para Misgolas que es verdadero, pero no ignorante, según me convenzo a mí mismo. Pues el nombre mismo de la acción que realizaba con él no lo escribo, ni he escrito nada más que sea perjudicial según las leyes para quien testifica la verdad; pero lo que es conocido para vosotros, seguro para quien testifica y no vergonzoso, eso he escrito.
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Si Misgolas quiere venir aquí y testificar la verdad, hará lo justo; pero si prefiere ser citado a juicio antes que testificar la verdad, vosotros comprended el asunto en su totalidad. Pues si el que lo hizo se avergüenza y prefiere pagar mil dracmas al Estado antes que mostrar su rostro ante vosotros, y el que lo sufrió se dirige a la asamblea, sabio es el legislador que expulsa de la tribuna a los que son tan viles.
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Y si, por casualidad, obedece, pero se vuelve hacia lo más desvergonzado, hacia el jurar en falso sobre las verdades, como devolviendo favores a Timarco y haciendo una demostración a otros de que sabe bien cómo ocultar tales cosas, primero cometerá una falta contra sí mismo, y luego no servirá de nada. Pues he redactado otro testimonio para los que conocen que este Timarco abandonó la casa paterna y vivió con Misgolas, intentando realizar un asunto difícil, creo; pues no necesito presentar a mis amigos como testigos, ni a los enemigos de ellos, ni a los que no conocen a ninguno de nosotros, sino a los amigos de ellos.
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Y si, por casualidad, los convencen de no testificar, lo cual no creo; y si no, al menos no a todos; eso es algo que nunca podrán hacer: quitar la verdad, ni la fama que hay en la ciudad sobre Timarco, que no he preparado yo para él, sino él mismo para sí. Pues así debe ser pura la vida de un hombre sensato, de modo que ni siquiera admita la sospecha de una acusación vil.
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Deseo decir también esto de antemano, si Misgolas obedece a las leyes y a vosotros. Hay naturalezas de hombres que difieren mucho de las demás en cuanto a la apariencia de la edad; pues algunos, siendo jóvenes, son precoces y parecen mayores, mientras que otros, habiendo pasado mucho tiempo, son completamente jóvenes. Y de estos hombres es Misgolas. Pues resulta ser de mi misma edad y compañero de efebía, y tenemos cuarenta y cinco años; y yo tengo tantas canas como veis, pero él no.¿ Por qué digo esto de antemano? Para que, al verlo de repente, no os sorprendáis y supongáis algo así en vuestra mente:¡ Por Heracles, pero este no difiere mucho de aquel! Pues, al mismo tiempo, la naturaleza del hombre es así, y al mismo tiempo, cuando él era adolescente, se acercaba a él.
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Y para no perder tiempo, primero llámame a los que conocen que este Timarco vivía en la casa de Misgolas, luego lee el testimonio de Fedro, y finalmente toma el testimonio de Misgolas mismo, si es que, temiendo a los dioses, avergonzándose de los que lo saben, de los demás ciudadanos y de vosotros los jueces, quiere testificar la verdad. Testimonios: Misgolas, hijo de Nicias, del Pireo, testifica. Timarco, el que se sentaba en la consulta médica de Eudico, estuvo en mi trato, y según mi conocimiento anterior, no dejé de tenerlo en gran estima hasta ahora.
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Si, pues, atenienses, este Timarco hubiera permanecido con Misgolas y no hubiera ido a otro, habría actuado con más moderación, si es que algo de esto es moderado, y yo no me habría atrevido a acusarlo de nada más que de lo que el legislador proclama, de haberse prostituido solamente; pues el que hace esto con uno, y realiza la acción por dinero, me parece culpable de esto mismo.
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Y si, tras haberos recordado, os muestro, omitiendo a estos salvajes, Cedónides, Autoclides y Tersandro, y hablando de aquellos en cuyas casas ha sido acogido, que no solo se ha prostituido por dinero con Misgolas, sino también con otro y luego con otro, y que ha ido de este a aquel, ya no parecerá que solo se ha prostituido, sino(¡ por Dioniso, no sé cómo podré abarcar todo el día!) que también se ha entregado a la prostitución; pues el que hace esto al azar y con muchos, y por dinero, me parece culpable de esto mismo.
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Puesto que Misgolas, pues, se cansó del gasto y lo despidió de su lado, después de esto lo recoge Anticles, hijo de Calias, del demo de Euónimo. Este, por tanto, está ausente en Samos con los clerucos; pero contaré lo que sucedió después. Pues cuando este Timarco se separó de Anticles y de Misgolas, no se amonestó a sí mismo, ni se dedicó a ocupaciones mejores, sino que pasaba el día en la casa de juego, donde se coloca el tablero, se enfrentan los gallos y se juega a los dados; pues creo que algunos de vosotros ya lo habéis visto, y si no, al menos habéis oído hablar de ello.
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De los que frecuentaban este lugar hay un tal Pittalaco, un hombre que es esclavo público de la ciudad. Este, que disponía de dinero y lo vio en aquel lugar, lo recogió y lo tuvo consigo. Y este ser abominable no se sintió molesto por ello, a pesar de que iba a deshonrarse ante un hombre que es esclavo público de la ciudad; al contrario, lo único que consideró fue si encontraría un patrocinador para su propia vileza, pero de lo noble o de lo más vergonzoso nunca tuvo la menor preocupación.
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Y he oído que este hombre ha cometido tales faltas y tales ultrajes contra el cuerpo de Timarco, que yo, por Zeus Olímpico, no me atrevería a deciros; pues lo que este no se avergonzaba de hacer en la práctica, yo, al decirlo claramente ante vosotros, no soportaría vivir. Por los mismos tiempos en que este estaba con Pittalaco, llega aquí desde el Helesponto Hegesandro, sobre quien sé bien que desde hace tiempo os extrañáis de que no lo mencione; tan evidente es lo que voy a decir.
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Llega este Hegesandro, a quien conocéis mejor que yo. Sucedió que entonces, habiendo navegado hacia el Helesponto como tesorero de Timómaco de Acarnas, el que fue estratego, llegó aquí habiendo disfrutado, según se dice, de la ingenuidad de aquel, con no menos de ochenta minas de plata; y en cierto modo no fue el menos responsable de la desgracia de Timómaco.
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Estando en tal abundancia y frecuentando a Pittalaco, que era compañero de juego, y habiéndolo visto allí por primera vez, se sintió atraído, lo deseó y quiso llevárselo consigo, y de alguna manera consideró que era cercano a su propia naturaleza. Primero, pues, habló con Pittalaco suplicándole que se lo entregara; y como no lo convencía, lo aborda a él mismo, y no gastó muchas palabras, sino que lo convenció de inmediato; pues incluso para el asunto mismo es terrible la inocencia y la facilidad de persuasión, de modo que incluso por estas mismas cosas sería razonablemente odiado.
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Y cuando se hubo separado de Pittalaco y fue recogido por Hegesandro, Pittalaco, creo, estaba dolorido por haber gastado en vano, según pensaba, tanto dinero, y sentía celos de lo que sucedía. Y frecuentaba la casa. Cuando les molestaba, considerad la gran fuerza de Hegesandro y Timarco; pues habiéndose emborrachado alguna vez ellos mismos y otros, cuyos nombres no quiero decir,
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entrando de noche en la casa donde vivía Pittalaco, primero destrozaban los utensilios y los arrojaban a la calle, algunos astrágalos, bozales y otros instrumentos de juego, y mataron a las codornices y a los gallos que el tres veces desgraciado hombre amaba, y finalmente, atando al propio Pittalaco a la columna, lo azotaron con los azotes propios de los hombres durante tanto tiempo que incluso los vecinos se dieron cuenta de los gritos.
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Al día siguiente, indignado en extremo por el asunto, Pittalaco va desnudo al ágora y se sienta en el altar de la Madre de los Dioses. Habiéndose reunido una multitud, como suele suceder, Hegesandro y Timarco, temiendo que su vileza fuera proclamada ante toda la ciudad( pues se acercaba una asamblea), corren hacia el altar, ellos mismos y algunos de sus compañeros de juego,
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y rodeándolo, le suplicaban a Pittalaco que se levantara, diciendo que todo el asunto había sido una borrachera, y este mismo, no todavía, por Zeus, tan molesto en su aspecto como ahora, sino aún útil, acariciando la barba del hombre y diciendo que haría todo lo que a aquel le pareciera bien. Finalmente lo convencen de levantarse del altar, con la promesa de que obtendría algo de justicia. Y cuando se fue del ágora, ya no le prestaron atención.
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Llevando pesadamente su ultraje, el hombre presenta una demanda contra cada uno de ellos. Y cuando se juzgaba, considerad la gran fuerza de Hegesandro: a un hombre que no le había hecho ningún daño, sino que al contrario había sido perjudicado, y que no le pertenecía, sino que era un esclavo público de la ciudad, lo llevaba a la esclavitud diciendo que era suyo. Pittalaco, al encontrarse en toda clase de males, se postra ante un hombre muy honrado. Hay un tal Glaucón de Colargos; este lo libera hacia la libertad.
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Después de esto, presentaron demandas. Con el paso del tiempo, confiaron la resolución del asunto a Diopites de Sunio, que era del mismo demo que Hegesandro y que ya alguna vez lo había utilizado cuando estaba en edad. Habiendo tomado el asunto, Diopites lo posponía, complaciendo a estos, de tiempo en tiempo.
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Cuando Hegesandro subía a vuestra tribuna, cuando también se oponía a Aristofonte de Azinia, antes de que amenazara con presentarle en el pueblo esta misma acusación que yo a Timarco, y cuando Crobilo, su hermano, hablaba ante el pueblo, y en general estos se atrevían a aconsejaros sobre los asuntos griegos, allí mismo Pittalaco, habiéndose reprochado a sí mismo y calculado quién era él y contra quiénes luchaba, actuó con prudencia( pues hay que decir la verdad): mantuvo la calma y se dio por satisfecho con no añadir ningún mal nuevo. Allí, pues, habiendo ganado esta hermosa victoria sin esfuerzo, Hegesandro tenía consigo a este Timarco.
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Y que digo la verdad, todos lo sabéis; pues¿ quién de vosotros ha ido alguna vez al mercado y no ha visto los gastos de estos?¿ O quién, habiéndose topado con las comitivas y peleas de estos, no se ha sentido molesto por la ciudad? Pero, sin embargo, puesto que estamos en un tribunal, llama para mí a Glaucón de Colargos, el que liberó a Pittalaco hacia la libertad, y lee los otros testimonios.
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Testimonios: Glaucón, hijo de Timeo, de Colargos, testifica. Yo liberé hacia la libertad a Pittalaco, que era llevado a la esclavitud por Hegesandro. Tiempo después, habiendo venido a mí Pittalaco, dijo que quería resolver los asuntos con Hegesandro, habiendo enviado a alguien a él, para retirar las demandas, tanto la que él mismo había interpuesto contra Hegesandro y Timarco, como la que Hegesandro tenía contra él por la esclavitud. Y se resolvieron. Igualmente, Anfístenes testifica. Yo liberé hacia la libertad a Pittalaco, que era llevado a la esclavitud por Hegesandro, y lo siguiente.
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Por tanto, también os llamaré al propio Hegesandro. He escrito para él un testimonio más decoroso que el suyo, pero un poco más claro que el de Misgolas. No ignoro que se negará y perjurará.¿ Por qué, pues, lo llamo al testimonio? Para mostraros qué clase de hombres produce esta ocupación, cómo desprecian a los dioses, menosprecian las leyes y tienen indiferencia hacia toda vergüenza. Llama para mí a Hegesandro.
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Testimonio: Hegesandro, hijo de Difilo, de Estiria, testifica. Cuando navegué desde el Helesponto, encontré a Timarco, hijo de Arizelo, frecuentando a Pittalaco el jugador, y a partir de ese conocimiento, traté a Timarco con el mismo trato con el que anteriormente a Leodamante.
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No ignoraba que menospreciaría el juramento, hombres atenienses, sino que incluso os lo advertí. Y aquello también es evidente, que puesto que ahora no quiere testificar, pronto estará presente en la defensa. Y nada, por Zeus, es sorprendente; pues subirá aquí, creo, confiando en su propia vida, un hombre noble y bueno y enemigo de los malvados, y que no conoce quién era Leodamante, sobre el cual hicisteis ruido cuando se leía el testimonio.
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Acaso me dejaré llevar a decir algo más claro de lo que es mi propia naturaleza? Decidme, por Zeus y los demás dioses, hombres atenienses, quien se deshonró a sí mismo ante Hegesandro,¿ no os parece que se ha prostituido ante un prostituto?¿ O qué excesos de vileza no creemos que cometen al emborracharse y estar solos?¿ No creéis que Hegesandro, al defenderse de las acciones famosas con Leodamante, que todos vosotros conocéis, dará órdenes arrogantes, como si con los excesos de este pareciera haber hecho cosas moderadas?
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Pero, sin embargo, veréis que de manera muy insistente y retórica, él mismo y su hermano Crobilo, saltando aquí mismo, dirán que esto que yo digo es de mucha necedad, y exigirán que yo presente testigos que testifiquen explícitamente dónde lo hacía, cómo lo hacía, o quién lo vio, o cuál era el modo, diciendo, creo, una cosa desvergonzada,
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pues yo no supongo que seáis tan olvidadizos como para no recordar las leyes que hace poco oísteis leer, en las cuales está escrito que si alguien alquila a alguno de los atenienses para esta acción, o si alguien se alquila a sí mismo, es responsable de las mayores y mismas penas.¿ Quién es, pues, tan desgraciado hombre que quisiera testificar claramente tal testimonio, del cual le resulta, si testifica la verdad, demostrar que él mismo es responsable de las penas extremas?
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Por tanto, queda que el que lo ha sufrido lo confiese. Pero por esto es juzgado, porque habiendo hecho esto contra las leyes, habla ante el pueblo.¿ Queréis, pues, que dejemos el asunto completo y no lo investiguemos? Por Poseidón, entonces viviremos bien en la ciudad, si lo que nosotros mismos sabemos de hecho que sucede, si alguien no viene aquí y nos lo testifica clara y desvergonzadamente, por eso lo olvidaremos.
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Considerad también por ejemplos; y quizás será necesario que los ejemplos sean parecidos a las costumbres de Timarco. Veis a estos que están sentados en las casas, los que confesadamente realizan la acción. Estos, sin embargo, cuando se encuentran ante esta necesidad, al menos por vergüenza se protegen algo y cierran las puertas. Si alguien os preguntara a vosotros que vais por el camino qué hace ahora el hombre, diríais inmediatamente el nombre de la acción, sin ver, ni saber quién era el que había entrado, sino conociendo la elección de la ocupación del hombre, y reconocéis el asunto.
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Por tanto, de la misma manera os corresponde a vosotros examinar también sobre Timarco, y no mirar si alguien lo vio, sino si se ha realizado la acción por este. Pues, por los dioses,¿ qué hay que decir, Timarco?¿ Qué podrías decir tú mismo sobre otro hombre juzgado por esta acusación?¿ O qué hay que decir cuando un joven, habiendo dejado la casa paterna, pasa la noche en casas ajenas, con un aspecto diferente al de los demás, y cena cenas costosas sin contribuir, y tiene flautistas y cortesanas de las más costosas, y juega a los dados, y él mismo no paga nada, sino que otro paga por él?
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¿ Acaso esto necesita adivinación?¿ No es evidente que es toda necesidad que el que ordena tales órdenes a algunos, él mismo a cambio de esto prepare algunos placeres para los que gastan el dinero por adelantado? Pues no tengo, por Zeus Olímpico, de qué manera más eufemística mencionar las acciones realizadas por ti de forma ridícula.
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Observad, si queréis, el asunto también a partir de algunos ejemplos políticos, y especialmente de estos que ahora tenéis entre manos. Ha habido votaciones en los demos, y cada uno de nosotros ha dado su voto sobre el cuerpo, quién es verdaderamente ateniense y quién no. Y yo, cuando me presento ante el tribunal y escucho a los que compiten, veo que siempre lo mismo prevalece entre vosotros. Pues cuando el acusador dice:
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Hombres jueces, los del demo condenaron a este habiendo jurado, sin que ningún hombre acusara ni testificara, sino ellos mismos sabiéndolo, inmediatamente hacéis ruido como si no le correspondiera al juzgado la ciudad; pues nada creo que necesite para vosotros de palabra ni de testimonio, lo que uno sabe claramente por sí mismo.
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Vamos, pues, por Zeus, si, al igual que sobre el linaje, así también sobre esta ocupación hubiera sido necesario dar un voto sobre Timarco, si es responsable o no, y el asunto se juzgara en el tribunal, y se presentara ante vosotros como ahora, y no fuera permitido por la ley o el decreto ni a mí acusar ni a este defenderse, y este heraldo que ahora está junto a mí os preguntara el pregón de la ley: la piedra perforada, para quien le parece que Timarco se ha prostituido, y la llena, para quien no,¿ qué habríais votado? Sé exactamente que lo habríais condenado.
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Si alguien de vosotros me preguntara:¿ tú qué sabes si nosotros lo habríamos condenado? Diría: porque habéis hablado con franqueza conmigo y habéis conversado. Y cuándo y dónde cada uno, yo os lo recordaré: cuando este suba a la tribuna; y el consejo, cuando deliberaba el año pasado. Pues si mencionaba la reparación de muros o de una torre, o cómo alguien era llevado a alguna parte, inmediatamente gritabais y os reíais, y vosotros mismos decíais el nombre de las obras que sabéis que le corresponden.
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Y dejaré pasar la mayoría de las cosas antiguas, pero quiero recordaros las que sucedieron en la misma asamblea, cuando yo presenté esta acusación a Timarco. Pues cuando el consejo del Areópago hacía su presentación ante el pueblo según el decreto que este había dicho sobre las viviendas en la Pnyx, el que hablaba de parte de los areopagitas era Autólico, que ha vivido, por Zeus y Apolo, de manera hermosa, solemne y digna de aquel consejo;
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y cuando, al avanzar el discurso, dijo que el consejo desaprueba la propuesta de Timarco, y sobre esta soledad y el lugar en la Pnyx no os extrañéis, hombres atenienses, si Timarco tiene más experiencia que el consejo del Areópago, hicisteis ruido allí y dijisteis que Autólico decía la verdad; pues él es experimentado.
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Habiendo ignorado vuestro ruido, Autólico, habiéndose puesto muy serio y tras una pausa, dijo: nosotros, sin embargo, hombres atenienses, los areopagitas, ni acusamos ni nos defendemos, pues no es nuestra costumbre, pero tenemos tal indulgencia con Timarco: este quizás, dijo, pensó que en esta tranquilidad se producía un pequeño gasto para cada uno de vosotros. De nuevo, ante la tranquilidad y el pequeño gasto, un ruido mayor venía de vosotros con risas.
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Y cuando mencionó los solares y los pozos, ni siquiera podíais conteneros. Allí es cuando pasa Pirandro para reprenderos, y preguntó al pueblo si no se avergonzaban de reír estando presente el consejo del Areópago. Vosotros lo expulsabais suponiendo: sabemos, Pirandro, que no hay que reír ante estos; pero tan fuerte es la verdad, que prevalece sobre todos los razonamientos humanos.
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Este testimonio supongo que os ha sido testificado por el pueblo de los atenienses, al cual no le conviene ser condenado por falso testimonio. Por tanto, es absurdo, hombres atenienses, si sin que yo diga nada vosotros mismos gritáis el nombre de las obras que sabéis que le corresponden, y cuando yo lo digo, lo habéis olvidado, y sin haber juicio sobre el asunto habría sido condenado, pero habiendo prueba, será absuelto.
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Y puesto que mencioné las votaciones y las políticas de Demófilo, quiero decir también otro ejemplo sobre esto. Pues este mismo hombre también anteriormente realizó una política similar. Acusó a algunos que, al parecer, intentaban sobornar a la asamblea y a los demás tribunales, como ahora Nicóstrato; y sobre esto, algunos juicios han tenido lugar, y otros aún están pendientes.
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Vamos, pues, por Zeus y los dioses, si se hubieran vuelto a la misma defensa que Timarco ahora y los que hablan a su favor, y exigieran explícitamente que alguien testificara sobre la acusación o que los jueces no creyeran; toda necesidad había, por este discurso, de que testificara el uno, cómo sobornaba, y el otro, cómo era sobornado, estando propuesta para cada uno la pena de muerte por la ley, como aquí, si alguien alquila a alguno de los atenienses para ultraje, y de nuevo si alguno de los atenienses se alquila voluntariamente para la deshonra del cuerpo.
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¿ Hay alguien que hubiera testificado, o acusador que hubiera intentado hacer tal demostración del asunto? Ciertamente no.¿ Qué entonces?¿ Fueron absueltos los juzgados? Por Hércules, puesto que fueron castigados con la muerte, habiendo cometido un pecado mucho menor, por Zeus y Apolo, que este hombre; aquellos, al menos, los desgraciados, no pudiendo defenderse de la vejez y la pobreza a la vez, los mayores males entre los hombres, recurrieron a estas desgracias, pero este no queriendo contener su propia vileza.
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Si, pues, este juicio fuera en una ciudad extranjera, yo os habría exigido que fuerais mis testigos, los que mejor sabéis que digo la verdad; pero si el juicio es en Atenas, y vosotros mismos sois jueces y testigos de mis palabras, a mí me corresponde recordar, y a vosotros no desconfiar de mí. Pues también me parece que este Timarco, hombres atenienses, no se ha esforzado solo por sí mismo, sino también por los otros que han hecho lo mismo que él.
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Pues si esta acción será, como suele suceder, a escondidas y en soledades y en casas privadas, y el que mejor sabe, habiendo deshonrado a alguno de los ciudadanos, si testifica la verdad, será responsable de las mayores penas, y el juzgado, habiendo sido testificado por su propia vida y la verdad, exigirá no ser juzgado por lo que se sabe, sino por los testimonios, la ley y la verdad han sido destruidas, y se ha mostrado un camino claro por el cual los que cometen los mayores crímenes serán absueltos.
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¿ Pues quién de los ladrones o de los adúlteros o de los asesinos, o de los que cometen los mayores crímenes, pero lo hacen a escondidas, pagará la pena? Pues también de estos, los que son atrapados en flagrante, si confiesan, son castigados inmediatamente con la muerte, pero los que se esconden y lo niegan son juzgados en los tribunales, y la verdad se encuentra a partir de las probabilidades.
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Utilizad, pues, como ejemplo al consejo del Areópago, el tribunal más preciso de los que hay en la ciudad. Pues a muchos ya he visto en este consejo que han hablado muy bien y han presentado testigos y han sido condenados; y ya sé de algunos que han hablado muy mal y tienen un asunto sin testigos y han ganado. Pues no solo por la palabra ni por los testimonios, sino por lo que ellos mismos saben y han examinado, dan el voto. Por eso este consejo sigue teniendo buena reputación en la ciudad.
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De la misma manera, pues, hombres atenienses, haced también vosotros este juicio. Primero, que nada sea para vosotros más creíble que lo que vosotros mismos sabéis y estáis convencidos sobre este Timarco, después considerad el asunto no a partir del presente, sino a partir del tiempo pasado. Pues las palabras dichas en el tiempo pasado sobre Timarco y sus ocupaciones se decían por la verdad, pero las que se dirán en este día, por el juicio, por causa de vuestro engaño. Dad, pues, el voto al tiempo más largo y a la verdad y a lo que vosotros mismos sabéis.
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Sin embargo, un logógrafo, el que le prepara la defensa, dice que me contradigo a mí mismo. Pues no le parece posible que el mismo hombre se haya prostituido y haya consumido los bienes paternos; pues dice que haber pecado contra el cuerpo es de un niño, pero haber consumido los bienes paternos es de un hombre. Además, dice que los que se deshonran a sí mismos cobran salarios por la acción; maravillándose, pues, va por ahí y contando maravillas por el ágora, si el mismo se ha prostituido y ha consumido los bienes paternos.
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Y si alguien ignora cómo es esto, intentaré aclararlo más claramente con el discurso. Pues mientras duraba la hacienda de la heredera con la que se casó Hegesandro, el que tiene a este, y el dinero que vino teniendo de la estancia con Timómaco, estaban en mucha lascivia y abundancia; pero cuando esto se había perdido y se había jugado a los dados y se había gastado en comida, y este se hizo mayor, y nadie le daba ya nada, como es natural, y la naturaleza abominable e impía siempre deseaba lo mismo, y por exceso de incontinencia ordenaba una orden tras otra,
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y se llevaba al hábito cotidiano, allí ya se volvió a consumir la hacienda paterna. Y no solo la consumió, sino, si es posible decirlo, también la bebió. Pues ni vendió cada uno de los bienes por su valor, ni podía esperar lo más ni lo que convenía, sino que lo vendía por lo que encontraba en el momento; tan apresurado estaba por los placeres.
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Pues a este le dejó el padre una hacienda, de la cual otro incluso habría hecho liturgias, pero este ni para sí mismo pudo conservarla: una casa detrás de la ciudad, una finca en Sfeto, y en Alopece otra propiedad, y además nueve o diez esclavos artesanos del oficio de zapatero, de los cuales cada uno le llevaba a este dos óbolos de tributo al día, y el jefe del taller tres óbolos; además de esto, una mujer que sabía trabajar el lino y llevar trabajos finos al ágora, y un hombre bordador, y algunos que le debían dinero, y muebles.
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Y que digo la verdad, aquí, por Zeus, clara y explícitamente os presentaré a los testigos que testifican; pues no hay peligro, como allí, ni vergüenza alguna para el que testifica la verdad. Pues la casa en la ciudad la vendió este a Nausícrates el poeta cómico, y después la compró de Nausícrates Cleaineto el maestro de coro por veinte minas; la finca la compró de él Mnesiteo de Mirrinunte, un terreno grande, pero terriblemente asilvestrado por este;
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la propiedad en Alopece, que estaba a once o doce estadios de la muralla, suplicando y rogando la madre, según me entero, que la dejara y no la vendiera, sino que, si no otra cosa, al menos la dejara para ser enterrada, ni siquiera de esta propiedad se abstuvo, sino que también la vendió por dos mil dracmas. Y de las criadas y los esclavos no dejó a ninguno, sino que los ha vendido todos. Y que no miento sobre esto, yo presentaré testimonios de cómo se los dejó el padre, y este, si no dice que los ha vendido, que presente los cuerpos de los esclavos.
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Y que también prestó dinero a algunos, que habiendo cobrado este ha gastado, presentaré como testigo a Metágenes de Sfeto, quien le debía a aquel más de treinta minas, y lo que quedaba al morir el padre, se lo pagó a este siete minas. Y llama para mí a Metágenes de Sfeto. Y antes que todos, lee el testimonio de Nausícrates, el que compró la casa; y toma todos los otros sobre los que mencioné en el mismo.