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Against Alcibiades
AndocidesSalcibiade 1 · spanish-geminiMore by Andocides
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Original / primary: Spanish Gemini
1
No solo en el presente reconozco lo arriesgado que es involucrarse en los asuntos políticos, sino que ya antes lo consideraba difícil, incluso antes de ocuparme de nada relacionado con los asuntos públicos. Considero que es propio de un buen ciudadano estar dispuesto a correr riesgos por la mayoría y no, por temor a enemistades personales, mantenerse al margen en lo que respecta a los asuntos públicos; pues, gracias a quienes se ocupan de sus asuntos privados, las ciudades no se vuelven más grandes, mientras que, gracias a quienes se ocupan de los asuntos públicos, se vuelven grandes y libres.
2
Por desear ser considerado uno de estos hombres de bien, me he visto envuelto en los mayores peligros, contando con ustedes, que son hombres nobles y dispuestos, gracias a lo cual me salvo, pero teniendo como enemigos a los más numerosos y terribles, por quienes soy difamado. La contienda actual, pues, no es por una corona, sino por ver si, sin haber cometido ninguna injusticia contra la ciudad, debo sufrir diez años de destierro; y los que competimos por este premio somos Alcibíades, Nicias y yo, de entre los cuales es inevitable que uno caiga en esta desgracia.
3
Es digno de reproche quien propuso la ley, que legisló en contra del juramento del pueblo y del Consejo; pues allí juran no desterrar, ni encarcelar, ni ejecutar a nadie sin juicio, mientras que en esta ocasión, sin que haya habido acusación, ni se haya concedido defensa, ni se haya votado en secreto, se exige que el ostracizado sea privado de la ciudad durante tanto tiempo.
4
Además, en tales circunstancias, quienes tienen compañeros y cómplices llevan ventaja sobre los demás; pues no juzgan los que han sido elegidos por sorteo, como en los tribunales, sino que todos los atenienses participan en este asunto. Además de esto, la ley me parece que peca tanto por defecto como por exceso; pues considero que este es un gran castigo para las ofensas privadas, pero una pena pequeña y sin valor para las públicas, cuando es posible castigar con multas, prisión y muerte.
5
Y además, si alguien es desterrado por ser un mal ciudadano, este no se detendrá al marcharse de aquí, sino que, dondequiera que habite, corromperá esa ciudad y conspirará contra esta no menos, sino incluso más y con mayor justificación que antes de ser expulsado. Creo también que sus amigos se entristecerán especialmente en este día y sus enemigos se alegrarán, sabiendo que, si por ignorancia destierran al mejor, la ciudad no sufrirá ningún bien por parte de este hombre durante diez años.
6
Es fácil reconocer también desde aquí que la ley es perversa; pues solo nosotros entre los griegos la usamos, y ninguna de las otras ciudades desea imitarla. Y, sin embargo, las mejores disposiciones son aquellas que resultan ser las más adecuadas tanto para la mayoría como para la minoría y que tienen más partidarios.
7
Sobre esto, pues, no sé qué más decir; de todos modos, no podríamos hacer nada más por el momento; pero les pido que sean jueces imparciales y comunes de nuestros discursos, que establezcan a todos los magistrados sobre estos asuntos y que no permitan ni a los que injurian ni a los que adulan fuera de lugar, sino que sean benévolos con quien desea hablar y escuchar, y severos con quien se comporta de manera insolente y alborotadora. Pues, tras escuchar cada uno de los hechos, deliberarán mejor sobre nosotros.
8
Me queda un breve discurso sobre el odio al pueblo y la sedición. Pues si no hubiera sido juzgado, escucharían razonablemente a los acusadores y para mí sería necesario defenderme de esto; pero dado que he sido absuelto tras cuatro juicios, ya no considero justo que se diga nada al respecto. Pues antes de ser juzgado no era fácil saber si las acusaciones eran falsas o verdaderas; pero una vez absuelto o condenado, el asunto tiene un final y está determinado cuál de las dos cosas es.
9
De modo que considero terrible que los condenados mueran con un solo voto y sus bienes sean confiscados, mientras que los que han vencido tengan que soportar de nuevo las mismas acusaciones, y que los jueces parezcan tener poder para destruir, pero no para salvar, especialmente cuando las leyes prohíben juzgar dos veces sobre lo mismo a la misma persona, y ustedes han jurado usar las leyes.
10
Por estas razones, dejando de lado lo que me concierne, deseo recordar la vida de Alcibíades. Y, sin embargo, me siento perdido por la multitud de sus faltas, sin saber por dónde empezar, ya que todas se interponen. Pues si fuera necesario hablar detalladamente sobre adulterios, rapto de mujeres ajenas y el resto de su violencia e ilegalidad, el tiempo presente no bastaría, y al mismo tiempo me ganaría la enemistad de muchos ciudadanos al hacer públicas sus desgracias. Pero demostraré lo que ha hecho contra la ciudad, contra sus allegados y contra los demás ciudadanos y extranjeros que se han cruzado en su camino.
11
En primer lugar, tras convencerlos de establecer desde el principio el tributo a las ciudades, el cual había sido fijado de la manera más justa por Arístides, siendo elegido para ello, él mismo, como décimo, lo duplicó para cada uno de los aliados, y mostrándose temible y poderoso, se procuró ingresos privados a partir de los públicos. Consideren cómo alguien podría causar males mayores que estos, si, siendo nuestra salvación total dependiente de los aliados, quienes admitidamente ahora están peor que antes, duplicara el tributo a cada uno.
12
De modo que, si consideran que Arístides fue un ciudadano bueno y justo, es apropiado considerar a este como el peor, ya que piensa lo contrario que aquel sobre las ciudades. Por tanto, debido a esto, muchos abandonan su patria, se convierten en fugitivos y se marchan a vivir a Turios. La enemistad de los aliados se hará evidente cuando tengamos nuestra primera guerra naval contra los lacedemonios. Yo considero que es un mal dirigente aquel que solo se ocupa del tiempo presente, pero no prevé el futuro, y aconseja lo más agradable para la multitud, dejando de lado lo mejor.
13
Me asombro de quienes están convencidos de que Alcibíades desea la democracia, un sistema político que parece haber elegido la igualdad, cuando ni siquiera lo ven desde sus propios asuntos, al observar su codicia y arrogancia, él que, habiéndose casado con la hermana de Calias por diez talentos, tras la muerte de Hipónico, quien era estratego en Delio, exigió otros tantos, diciendo que aquel había acordado que, cuando tuviera un hijo de su hija, añadiría esa cantidad.
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Y habiendo recibido una dote tan grande como nadie entre los griegos, fue tan insolente, introduciendo en la misma casa a cortesanas, tanto esclavas como libres, que obligó a su mujer, siendo muy sensata, a abandonarlo, acudiendo ante el arconte según la ley. Ahí es donde demostró más su poder; pues, tras convocar a sus compañeros, arrebató a la mujer del ágora y se la llevó por la fuerza, y demostró a todos que despreciaba a los magistrados, a las leyes y a los demás ciudadanos. No obstante, esto no fue suficiente, sino que también conspiró para darle una muerte secreta a Calias,
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para apoderarse de la casa de Hipónico, como él mismo acusaba ante todos ustedes en la asamblea; y entregó los bienes al pueblo, por si acaso moría sin hijos, temiendo que pudiera morir a causa de su fortuna. Pero, en realidad, no está desamparado ni es fácil de castigar, ya que, gracias a su riqueza, tiene muchos que lo ayudarán. Y, sin embargo, quien ultraja a su propia mujer y conspira para matar a su cuñado,¿ qué se debe esperar que haga este con los ciudadanos que se cruzan en su camino? Pues todos los hombres valoran a los suyos más que a los ajenos.
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Lo que es más terrible de todo es que, siendo así, pronuncia discursos como si fuera benevolente con el pueblo y llama a los demás oligárquicos y enemigos del pueblo. Y aquel que debería estar muerto por sus prácticas, es elegido acusador de los que han sido difamados por ustedes, y dice ser guardián de la constitución, sin pretender tener ni un poco más que cualquier otro ateniense; pero ha despreciado tanto a todos que ha continuado adulándolos en conjunto, mientras ultraja a cada uno por separado.
17
Él, que ha llegado a tal grado de audacia que, tras convencer a Agatarco el pintor de que fuera a su casa, lo obligó a pintar, y aunque este le suplicaba y le daba excusas verdaderas de que no podría hacer eso ya porque tenía contratos con otros, le amenazó con encarcelarlo si no pintaba muy rápidamente. Lo cual hizo; y no fue liberado hasta que, tras huir, se marchó al cuarto mes, burlando a los guardias, como si fuera de parte del rey. Es tan desvergonzado que, al acercarse, le reclamaba como si él fuera el ofendido, y no se arrepentía de lo que había hecho por la fuerza, sino que amenazaba porque había dejado el trabajo, y no había beneficio alguno ni de la democracia ni de la libertad; pues no menos que los esclavos confesos había estado encarcelado.
18
Me indigno al pensar que para ustedes no es seguro ni siquiera llevar a los malhechores a la cárcel, debido a que se ha establecido pagar mil dracmas a quien no obtenga la quinta parte de los votos; pero él, habiendo encarcelado y obligado a pintar durante tanto tiempo, no ha sufrido ningún mal, sino que, debido a esto, parece más solemne y temible. Y, en cuanto a las otras ciudades, acordamos en los tratados que no es lícito ni encarcelar ni atar a un hombre libre; y si alguien lo infringe, establecimos una gran multa por ello; pero habiendo hecho este tales cosas, nadie le impone ningún castigo, ni privado ni público.
19
Considero que la salvación para todos es obedecer a los magistrados y a las leyes; quien desprecia esto, ha destruido la mayor salvaguarda de la ciudad. Es terrible sufrir males incluso por parte de quienes ignoran lo justo, pero es mucho más difícil cuando alguien, conociendo lo que es correcto, se atreve a infringirlo; pues demuestra claramente, como este, que no es él quien sigue las leyes de la ciudad, sino que pretende que ustedes sigan sus propios modos.
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Recuerden a Taureas, quien era corego rival de Alcibíades en la categoría de niños. Cuando la ley ordenaba sacar a cualquier extranjero que compitiera entre los coreutas, sin que fuera lícito, intentó impedirlo, y ante ustedes y los demás griegos que observaban y ante todos los magistrados presentes en la ciudad, lo golpeó y lo expulsó, y aunque los espectadores se pusieron de parte de aquel y odiaban a este, de modo que elogiaban al coro de aquel y no querían escuchar al de este, no logró nada más;
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sino que los jueces, unos por miedo y otros por complacerlo, lo declararon vencedor, valorando menos el juramento que a este. Y me parece que los jueces se sometían razonablemente a Alcibíades, al ver que Taureas, habiendo gastado tanto dinero, era ultrajado, mientras que el que cometía tales ilegalidades era el más poderoso. Pero ustedes son los culpables, al no castigar a los que ultrajan, y al castigar a los que delinquen en secreto, mientras admiran a los que se comportan insolentemente de forma pública.
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Por tanto, las ocupaciones de los jóvenes no están en los gimnasios, sino en los tribunales, y los mayores hacen la guerra, mientras que los más jóvenes pronuncian discursos, usando como ejemplo a este, quien hace tales excesos en sus faltas que, tras haber expresado su opinión sobre los melios para que fueran esclavizados, habiendo comprado a una mujer de entre los cautivos, ha tenido un hijo de ella, quien ha resultado ser más ilegal que Egisto, de modo que ha nacido de los enemigos más acérrimos entre sí, y le sucede que, de los más allegados, unos han cometido los actos más extremos y otros los han sufrido.
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Es digno de exponer su audacia aún más claramente. Pues de esta mujer, a la que convirtió en esclava en lugar de libre, y cuyo padre y allegados mató, y cuya ciudad ha dejado en ruinas, tiene hijos, como si quisiera hacer a su hijo el mayor enemigo de sí mismo y de la ciudad; está sujeto a tantas necesidades de odiar. Pero ustedes, al ver tales cosas en las tragedias, las consideran terribles, pero al ver que ocurren en la ciudad, no les importa nada. Y, sin embargo, de aquellas no saben si han ocurrido así o si han sido inventadas por los poetas; pero estas, sabiendo claramente que han sido hechas de manera tan ilegal, las soportan con indiferencia.
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Además de esto, algunos se atreven a decir sobre él que nunca ha existido nadie igual. Yo considero que la ciudad sufrirá los mayores males por su causa, y que parecerá ser la causa de asuntos tan graves en el tiempo futuro que nadie recordará las ofensas anteriores; pues nada es inesperado para quien, habiendo preparado el comienzo de su vida de tal manera, ha hecho que el final sea aún más extremo. Es propio de hombres sensatos protegerse de los ciudadanos que se engrandecen demasiado, pensando que por tales personas se establecen las tiranías.
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Creo que él no negará nada de esto, sino que hablará de la victoria en Olimpia y se defenderá de todo menos de lo que se le ha acusado. Pero a partir de estos mismos hechos demostraré que es más conveniente que muera a que se salve. Se los relataré.
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Diomedes llegó a Olimpia llevando una yunta de caballos, poseyendo una fortuna moderada, deseando coronar a la ciudad y a su casa con lo que tenía, calculando que las competiciones hípicas se deciden en su mayoría por la suerte. Alcibíades, siendo ciudadano y no uno cualquiera, pudiendo influir ante los jueces de los eleos, le arrebató la yunta y compitió él mismo. Y, sin embargo,¿ qué habría hecho si alguno de sus aliados hubiera llegado con una yunta de caballos?
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Seguramente habría permitido rápidamente que compitiera contra él, él que, habiendo violentado a un hombre ateniense, se atrevió a competir con caballos ajenos, demostrando a los griegos que no se sorprendan si violenta a alguno de ellos, puesto que ni siquiera trata a los ciudadanos en igualdad, sino que, arrebatando a unos, golpeando a otros, encarcelando a otros y exigiendo dinero a otros, hace que la democracia no valga nada, pronunciando discursos de demagogo pero ofreciendo obras de tirano, habiendo comprendido que ustedes se preocupan por el nombre, pero descuidan el hecho.
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Y tanto se diferencia de los lacedemonios que ellos soportan ser derrotados incluso por aliados que compiten contra ellos, mientras que este ni siquiera por los ciudadanos, sino que ha dicho abiertamente que no permitirá que otros deseen algo. Luego, a partir de tales cosas, es inevitable que las ciudades deseen a nuestros enemigos y nos odien a nosotros.
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Y para demostrar que no solo ultrajaba a Diomedes, sino a toda la ciudad, pidió los objetos de la procesión a los jefes de la delegación, como si fuera a usarlos para la celebración de la victoria el día anterior al sacrificio, engañó y no quiso devolverlos, deseando usarlos el día siguiente antes que la ciudad, los aguamaniles y los incensarios de oro. Cuantos extranjeros no sabían que eran nuestros, al ver la procesión común después de la de Alcibíades, pensaban que nosotros usábamos los objetos de la procesión de este; pero cuantos oían de los ciudadanos o sabían de quién eran, se reían de nosotros, al ver a un solo hombre con más poder que toda la ciudad.
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Consideren también cómo dispuso la otra estancia en Olimpia. Los efesios le levantaron una tienda persa el doble de grande que la pública, los de Quíos le prepararon víctimas y provisiones para los caballos, y ordenó a los de Lesbos el vino y los demás gastos. Y es tan afortunado que, habiendo tenido a los griegos como testigos de su ilegalidad y soborno, no ha pagado ninguna pena, sino que todos los que han sido magistrados en una sola ciudad son responsables,
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mientras que él, que gobierna a todos los aliados y recibe dinero, no es responsable de nada de esto, sino que, habiendo hecho tales cosas, recibió la manutención en el Pritaneo, y además hace uso de una gran victoria, como si no hubiera deshonrado mucho más que coronado a la ciudad. Y si desean observar, encontrarán que algunos, tras hacer cada una de las cosas que este ha hecho a menudo, han dejado sus casas en ruinas en poco tiempo; pero este, practicando todo de la manera más costosa, posee el doble de fortuna.
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Y, sin embargo, ustedes consideran que los que ahorran y viven con precisión son codiciosos, juzgando incorrectamente; pues los que gastan grandes sumas y necesitan mucho son los más desvergonzados en su codicia. Y parecerá que hacen lo más vergonzoso si aman a este, que ha logrado esto con el dinero de ustedes, mientras que a Calias, hijo de Didimio, que venció con su cuerpo en todas las competiciones coronadas, lo desterraron sin mirar nada de esto, él que honró a la ciudad con sus propios esfuerzos.
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Recuerden también a los antepasados, cuán buenos y sensatos eran, quienes desterraron a Cimón por ilegalidad, porque convivió con su propia hermana. Y, sin embargo, no solo él era vencedor olímpico, sino también su padre Milcíades. Pero, aun así, no valoraban en nada las victorias; pues no lo juzgaban por las competiciones, sino por sus prácticas.
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Pero, en realidad, si hay que observar por linaje, a mí no me corresponde en absoluto este asunto— y no hay nadie que pueda demostrar que ninguno de los nuestros haya sufrido esta desgracia—, pero a Alcibíades sí, más que a todos los atenienses. Pues tanto el padre de su madre, Megacles, como su abuelo Alcibíades fueron desterrados dos veces ambos, de modo que no sufrirá nada sorprendente ni extraño al ser considerado digno de lo mismo que sus antepasados. Y, además, ni siquiera él mismo se atrevería a negar que aquellos, siendo los más ilegales de los demás, eran más sensatos y justos que este, puesto que de lo que este ha hecho, ni siquiera uno podría acusarlo dignamente.
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Creo que también quien propuso la ley tenía esta intención; al observar que los ciudadanos estaban a merced de los más poderosos que los magistrados y las leyes, puesto que no es posible obtener justicia privadamente de tales personas, estableció un castigo público en favor de los ofendidos. Yo, pues, he sido juzgado en el ámbito público cuatro veces, y privadamente no he impedido a nadie que deseara juzgarme; pero Alcibíades, habiendo hecho tales cosas, nunca se ha atrevido a someterse a ningún juicio.
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Pues es tan difícil que no lo castigan por las ofensas pasadas, sino que temen por las futuras, y a los que han sufrido males les resulta provechoso soportarlo, pero a este no le basta si no sigue haciendo lo que quiere en el futuro. Y, sin embargo, no creo, atenienses, que yo sea digno de ser ostracizado, pero no de morir, ni que, siendo juzgado, deba ser absuelto, pero sin juicio deba ser desterrado, ni que, compitiendo tantas veces y habiendo vencido, pueda parecer justamente que deba ser expulsado por aquellos motivos.
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Pero quizás corría peligro con una pequeña difamación o con acusadores mediocres o por enemigos comunes, pero no por los más fuertes tanto en hablar como en actuar, quienes mataron a dos de los que tenían la misma acusación que yo. Por tanto, no es justo expulsar a tales personas, a quienes, tras examinarlos muchas veces, encuentran que no han cometido ninguna injusticia, sino a los que no desean rendir cuentas a la ciudad sobre su vida.
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Me parece terrible que, si alguien pretendiera defender a los muertos diciendo que han perecido injustamente, no soportarían a quienes lo intentan; pero si alguien de los que han sido absueltos acusa de nuevo sobre la misma causa,¿ cómo no es justo tener la misma opinión sobre los vivos y los muertos?
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Es propio de Alcibíades no preocuparse él mismo por las leyes y los juramentos, y enseñar a ustedes a intentar infringirlos, y expulsar y matar a los demás sin piedad, mientras él suplica y llora lastimosamente. Y esto no me sorprende; pues ha hecho cosas dignas de muchos llantos; pero pienso a quiénes convencerá cuando suplique, si a los más jóvenes, a quienes ha difamado ante la multitud siendo insolente, destruyendo los gimnasios y actuando contra su edad, o a los mayores, con quienes no ha vivido de manera similar, sino que ha despreciado sus mismas prácticas.
40
Y no solo es digno de ocuparse de los que cometen ilegalidades para que paguen la pena, sino también de los demás, para que, al verlos, se vuelvan más justos y sensatos. A mí, pues, al expulsarme, dejarán a los mejores llenos de miedo, mientras que a este, al castigarlo, harán a los más insolentes más respetuosos con la ley.
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Deseo recordarles lo que he hecho. Pues yo, habiendo sido embajador en Tesalia, Macedonia, Molosia, Tesprotia, Italia y Sicilia, reconcilié a los que estaban en conflicto, hice aliados a los que eran convenientes y aparté a otros de los enemigos. Y, sin embargo, si cada uno de los embajadores hubiera hecho lo mismo, tendrían pocos enemigos y habrían adquirido muchos aliados.
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Sobre las liturgias no considero digno de mencionar, salvo en la medida en que gasto lo que se ordena no de los bienes públicos, sino de los privados. Y, sin embargo, he vencido en el concurso de hombres, en la antorcha y en las tragedias, sin golpear a los coregos rivales, ni avergonzarme si tengo menos poder que las leyes. Por tanto, considero que tales ciudadanos son mucho más convenientes para quedarse que para ser desterrados.

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