On His Return
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Original / primary: Spanish Gemini
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Si, ciudadanos, en cualquier otro asunto los que intervienen no parecieran tener todos la misma opinión, no lo consideraría nada sorprendente; sin embargo, donde es necesario que yo haga algún bien a la ciudad, o si algún otro quisiera ser peor que yo, considero que es lo más terrible de todo que a uno le parezca una cosa y a otro no, en lugar de a todos por igual. Pues si la ciudad es común a todos los que participan en la política, los bienes que le suceden a la ciudad son, supongo, también comunes.
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Este gran y terrible asunto está, pues, ante ustedes, al ver a unos actuando ya y a otros a punto de hacerlo; y me causa el mayor asombro por qué estos hombres se queman de tal manera si ustedes han de recibir algún bien de mí. Pues deben ser o los más ignorantes de todos los hombres o los más hostiles a esta ciudad. Si creen que, al irle bien a la ciudad, sus propios asuntos también irían mejor, son los más ignorantes al esforzarse ahora en contra de su propio beneficio;
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pero si no consideran que lo mismo les conviene a ellos y a su interés común, entonces serían hostiles a la ciudad; ellos, que cuando yo denuncié ante el Consejo asuntos secretos, de cuya realización no hay mayores beneficios para esta ciudad, y cuando yo presenté a los consejeros pruebas claras y firmes de ello, allí ni los que estaban presentes de entre estos hombres fueron capaces de demostrar si algo se decía incorrectamente, ni nadie más, y aquí, en cambio, ahora intentan calumniar.
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Esta es, pues, una señal de que no hacen esto por iniciativa propia— pues de inmediato se habrían opuesto entonces—, sino por otros hombres, tales como los hay en esta ciudad, que no aceptarían por ninguna cantidad de dinero que ustedes recibieran algún bien de mí. Y estos hombres mismos no se atreven a presentarse en público para insistir sobre esto, temiendo dar cuenta si resulta que no piensan bien respecto a ustedes; pero envían a otros, hombres tales que, acostumbrados ya a la desvergüenza, no les importa decir ni escuchar los mayores males.
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Y uno solo podría encontrar esto como algo fuerte en sus discursos: reprochar mis desgracias en todo momento, y esto ante quienes, supongo, lo saben mejor que ustedes, de modo que nada de esto les reportaría justamente honor alguno. Pero a mí, ciudadanos, y al primero que dijo esto, me parece que se ha dicho correctamente, que todos los hombres nacen para actuar bien y mal, y que el errar es, sin duda, una gran desgracia,
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y son los más afortunados los que menos erran, y los más sensatos los que más rápidamente cambian de opinión. Y esto no está repartido de modo que a unos les suceda y a otros no, sino que está en la naturaleza común de todos los hombres tanto errar en algo como actuar mal. Por lo cual, atenienses, si juzgaran humanamente sobre mí, serían hombres más comprensivos. Pues lo sucedido no es más digno de envidia que de compasión por mi parte;
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yo, que llegué a tal grado de desdicha, ya sea que deba decir por mi juventud y mi insensatez, o por el poder de quienes me persuadieron a caer en tal trastorno mental, que me vi en la necesidad de elegir uno de dos males gravísimos: o bien, al no querer denunciar a quienes hicieron esto, no solo temer por mí mismo, si debía sufrir algo, sino también matar a mi padre, que no era culpable de nada, junto conmigo— lo cual era necesario que le sucediera si yo no quería hacer esto—, o bien, al denunciar lo sucedido, salvarme yo mismo de morir, pero no convertirme en el asesino de mi propio padre.¿ Qué no se atrevería a hacer un hombre antes que esto?
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Yo, pues, de entre las opciones presentes, elegí aquellas que iban a traerme penas por el mayor tiempo, pero a ustedes la más rápida superación del mal que entonces los aquejaba. Recuerden en qué peligro y perplejidad se encontraban, y que tenían tanto miedo de ustedes mismos que ya ni siquiera salían al ágora, pensando cada uno de ustedes que sería arrestado. Que esto sucediera de tal manera, yo fui hallado teniendo una parte mínima de la culpa, pero que se detuviera, yo, siendo uno solo, fui el responsable.
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Y, sin embargo, el ser el más desdichado de los hombres no lo evito de ninguna manera, cuando, al ser conducida la ciudad a estas desgracias, nadie empezaba a ser más desdichado que yo, y al volver a cambiar hacia la seguridad, yo era el más miserable de todos. Pues, habiendo tantos males en la ciudad, era imposible que estos se curaran de otra manera que no fuera con mi deshonra, de modo que en aquello en lo que yo actuaba mal, en eso ustedes se salvaban. Es natural, pues, que reciban de ustedes gratitud, no odio, por esta desgracia.
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Y, sin embargo, yo entonces, al reconocer mis propias desgracias, a quien no sé si le faltó algún mal o deshonra, en parte por mi propia insensatez y en parte por la necesidad de los asuntos presentes, decidí que era más agradable actuar y vivir allí donde menos fuera a ser visto por ustedes. Pero cuando tiempo después me vino, como es natural, el deseo de aquella vida política y convivencia con ustedes, de la que me alejé hacia aquí, decidí que me convenía o haberme librado de la vida, o haber hecho a esta ciudad un bien tan grande que ustedes quisieran alguna vez que yo participara en la política con ustedes.
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Desde entonces, nunca escatimé ni mi cuerpo ni mis bienes donde fuera necesario arriesgarse; sino que inmediatamente entonces introduje para su ejército que estaba en Samos remeros, cuando los Cuatrocientos ya habían tomado el poder aquí, siendo Arquelao mi huésped paterno y dándome permiso para cortar y exportar a cuantos quisiera. Introduje a estos remeros y, pudiendo aceptar el precio de cinco dracmas por ellos, no quise cobrar más de lo que me costaron; e introduje grano y bronce.
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Y aquellos hombres, provistos de esto, vencieron después luchando en el mar contra los peloponesios y salvaron a esta ciudad, los únicos de entre los hombres en aquel tiempo. Si, pues, aquellos causaron grandes bienes a ustedes, yo no podría justamente tener una parte mínima de esta causa. Pues si a aquellos hombres no se les hubiera introducido entonces lo necesario, el peligro para ellos no era tanto sobre salvar Atenas como sobre no salvarse ni ellos mismos.
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Estando, pues, las cosas así, no resultó poco contra mi expectativa cómo estaban los asuntos aquí. Pues navegué de regreso como para ser elogiado por los de aquí, tanto por mi entusiasmo como por mi diligencia en sus asuntos; pero algunos de los Cuatrocientos, al enterarse de que yo había llegado, me buscaron de inmediato y, al atraparme, me llevaron ante el Consejo.
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Y de inmediato, acercándose a mí, Pisandro dijo:« Consejeros, yo denuncio ante ustedes a este hombre por haber introducido grano y remeros para los enemigos». Y contaba ya todo el asunto de cómo se había hecho. En aquel entonces, los que estaban en el ejército ya eran claramente de opinión contraria a los Cuatrocientos.
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Y yo— pues se producía un gran alboroto de los consejeros—, y cuando supe que iba a morir, de inmediato salto hacia el altar y me aferro a los objetos sagrados. Lo cual me fue de gran valor en aquel entonces; pues, teniendo yo reproches ante los dioses, estos parecen haberme compadecido más que los hombres, y queriendo ellos matarme, estos fueron los que me salvaron. Y las cadenas y los males que sufrí en mi cuerpo, cuántos y cuáles fueron, sería largo de contar.
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Donde, en efecto, más me lamenté a mí mismo; yo, que en aquello en lo que el pueblo parecía sufrir, yo a cambio de eso sufría males, y en aquello en lo que parecía haber recibido un bien de mí, de nuevo también por eso yo perecía. De modo que no tenía camino ni recurso alguno para tener confianza; pues hacia donde me volviera, por todas partes me parecía que se preparaba algún mal para mí. Pero, aun siendo las cosas así, al librarme, no hay otra tarea que yo considerara de mayor importancia que hacer algún bien a esta ciudad.
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Hay que ver, atenienses, cuánto difieren tales servicios. Pues, por un lado, cuantos de los ciudadanos, al gestionar sus asuntos, les procuran dinero,¿ qué otra cosa hacen sino darles lo que es suyo? Y, por otro lado, cuantos, al ser estrategas, realizan algún bien a la ciudad,¿ qué otra cosa hacen sino, junto con el sufrimiento y los peligros de sus propios cuerpos, y además con el gasto de los bienes comunes, hacerles algún bien si es que lo logran? En lo cual, si también cometen algún error, no son ellos mismos quienes pagan la pena de su propio error, sino ustedes por lo que ellos han errado.
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Pero, sin embargo, estos son coronados por ustedes y proclamados como hombres buenos. Y no diré que no justamente; pues es una gran virtud que alguien pueda hacer algún bien a su propia ciudad de cualquier manera. Pero, en cualquier caso, hay que reconocer que aquel sería un hombre de mucho mayor valor, quien, arriesgando sus propios bienes y su cuerpo, se atreviera a hacer algún bien a sus propios ciudadanos.
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Mis actos ya realizados para ustedes, casi todos ustedes los conocerían, pero los futuros y los que ya se están realizando, quinientos hombres de ustedes, el Consejo, los conocen en secreto. Quienes, supongo, es mucho más probable que cometan menos errores que si ustedes tuvieran que deliberar ahora mismo tras haber escuchado algo. Pues ellos, con calma, examinan sobre lo denunciado, y les es posible, si cometen algún error, tener una acusación y un discurso vergonzoso por parte de los demás ciudadanos; pero ustedes no tienen a otros de quienes puedan recibir una acusación;
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pues lo que es suyo está justamente en sus manos para disponerlo bien o mal, si así lo desean. Lo que, sin embargo, fuera de los secretos, me es posible decirles sobre lo que ya se ha hecho para ustedes, lo escucharán. Pues saben, supongo, cómo se les anunció que no iba a llegar grano de Chipre aquí; yo, pues, fui tal y tanto, que los hombres que planearon esto contra ustedes y lo ejecutaron se vieron frustrados en su propia intención.
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Y cómo se llevó a cabo esto, no es de ninguna utilidad que lo escuchen; pero esto quiero que sepan ahora, que las naves que están a punto de llegar a El Pireo cargadas de grano son catorce, y las restantes de las que zarparon de Chipre llegarán todas juntas no mucho después. Habría aceptado a cambio de cualquier cantidad de dinero estar en seguridad para decirles lo que también denuncié al Consejo en secreto, para que lo supieran de antemano.
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Pero ahora, aquello lo sabrán y se beneficiarán al mismo tiempo cuando se realice; ahora, atenienses, si quisieran concederme un favor pequeño y sin esfuerzo para ustedes y, a la vez, justo, esto sería para mí de gran placer. Y verán que es justo. Pues lo que ustedes mismos, al decidirlo y prometerlo, me dieron, pero después, persuadidos por otros, me quitaron, eso es lo que les pido, si quieren, y si no quieren, se lo reclamo.
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Veo que ustedes a menudo dan la ciudadanía y grandes regalos en dinero tanto a esclavos como a extranjeros de todo tipo, si resulta que hacen algún bien a ustedes. Y, sin embargo, ustedes dan esto pensando correctamente; pues así recibirían beneficios de la mayor cantidad de hombres. Yo, pues, solo les pido esto: el decreto que votaron cuando Menippo lo propuso, que yo tuviera inmunidad, devuélvanmelo. Se los leerá; pues aún ahora está inscrito en el Consejo.
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Decreto: este decreto que escucharon que votaron para mí, atenienses, después me lo quitaron para hacer un favor a otro. Persuádanse, pues, de mí, y dejen ya si a alguno de ustedes le ha surgido alguna calumnia en su mente sobre mí. Pues si, en todo lo que los hombres erran por su juicio, su cuerpo no es el culpable, mi cuerpo resulta ser el mismo todavía, el cual ha sido liberado de la culpa, y el juicio, en lugar del anterior, es ahora otro el que ha surgido. Ya no queda nada por lo que justamente me hayan calumniado.
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Y así como de la falta de entonces dijeron que era necesario, tomando las señales de los hechos como las más fiables, considerarme un hombre malo, así también, respecto a la buena voluntad de ahora, no busquen otra prueba que las señales que les resultan de los hechos actuales.
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Y me corresponde mucho más esto que aquello, y es más familiar por mi linaje. Pues no es posible que yo, al mentir, pase inadvertido para los más ancianos de ustedes, que el abuelo de mi padre, Leágoras, al estar en facción contra los tiranos a favor del pueblo, pudiendo él, al reconciliarse de la enemistad y convertirse en pariente político, gobernar la ciudad junto con aquellos hombres, prefirió más bien ser desterrado junto con el pueblo y sufrir males en el exilio antes que convertirse en traidor de ellos. De modo que a mí, incluso por los hechos de mis antepasados, me corresponde naturalmente ser demócrata, si es que ahora mismo resulto pensar algo. Por lo cual es natural que ustedes, si parezco ser un hombre bueno para ustedes, acepten con más entusiasmo mis actos.
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Y el que, habiéndome dado la inmunidad, ustedes me la quitaran, sepan bien que nunca me indigné; pues donde, por estos hombres, ustedes mismos fueron persuadidos a cometer los mayores errores contra ustedes mismos, de modo que cambiaron la democracia por la esclavitud, al establecer una tiranía,¿ qué podría alguien de ustedes sorprenderse si también respecto a mí fueron persuadidos a cometer algún error?
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Quisiera, sin embargo, que, así como en sus propios asuntos, una vez que obtuvieron el poder, anularon las decisiones de quienes los engañaron, así también, en aquello en lo que fueron persuadidos a juzgar algo desfavorable sobre mí, hicieran ineficaz su juicio, y que ni en esto ni en cualquier otra cosa sean nunca de la misma opinión que sus mayores enemigos.