On the Choreutes
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Original / primary: Spanish Gemini
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Lo más grato, señores jueces, para un ser humano es no verse envuelto en ningún peligro que afecte a su integridad física, y cualquiera que rece, pediría esto; pero si, en efecto, uno se viera obligado a correr riesgos, que al menos se cumpla esto, que yo considero lo más importante en un asunto de esta índole: que uno mismo sea consciente de no haber cometido falta alguna, sino que, si llegara a ocurrir una desgracia, esta suceda sin maldad ni deshonra, y más por azar que por injusticia.
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Y todos elogiarían las leyes que existen sobre tales asuntos como las más bellas y santas que se hayan establecido. Pues, en primer lugar, son las más antiguas de esta tierra y, además, son siempre las mismas para los mismos casos, lo cual es la mayor señal de que las leyes están bien establecidas; pues el tiempo y la experiencia enseñan a los hombres lo que no está bien. De modo que no debéis aprender de los argumentos del acusador si las leyes son buenas o no, sino de las leyes aprender sobre los argumentos de estos, si os instruyen de manera correcta y legal o no.
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El litigio es, pues, de la mayor importancia para mí, que estoy en peligro y siendo perseguido; sin embargo, considero que también para vosotros, los jueces, es de gran valor juzgar correctamente los procesos por homicidio, sobre todo por respeto a los dioses y a la piedad, y después también por vosotros mismos. Pues sobre un mismo asunto solo hay un juicio; y si este es sentenciado incorrectamente, es más poderoso que la justicia y la verdad.
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Pues es necesario, si vosotros dictáis sentencia condenatoria, que alguien que no es homicida ni responsable del hecho tenga que sufrir el juicio y, por ley, ser excluido de la ciudad, de los templos, de las competiciones y de los sacrificios, que son las cosas más importantes y antiguas para los hombres. Pues la ley tiene tal fuerza que, incluso si alguien mata a alguien sobre quien tiene autoridad y no hay quien lo castigue, temiendo lo establecido y lo divino, se purifica a sí mismo y se abstiene de lo que se ha dicho en la ley, esperando así actuar de la mejor manera.
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Pues la mayor parte de la vida de los hombres reside en las esperanzas; y al ser impío y transgredir lo relativo a los dioses, uno se privaría a sí mismo incluso de la esperanza, que es el mayor bien para los hombres. Y nadie se atrevería ni a transgredir el juicio dictado, confiando en que no es responsable del hecho, ni tampoco, siendo consciente de haber cometido tal acto, a no someterse a la ley; pero es necesario ser vencido en el juicio contra la verdad, y por la verdad misma, incluso si no hay quien castigue.
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Precisamente por estas razones, las leyes, los juramentos, los sacrificios preliminares, las proclamaciones y todo lo demás que se realiza en los juicios por homicidio son muy diferentes a los de otros casos, porque los hechos mismos, sobre los cuales recaen los peligros, son de la mayor importancia para ser juzgados correctamente; pues, juzgados correctamente, son un castigo en favor del agraviado, pero condenar por homicida a quien no es culpable es un error y una impiedad tanto hacia los dioses como hacia las leyes. Y no es igual que el acusador acuse incorrectamente a que vosotros, los jueces, juzguéis incorrectamente. Pues la acusación de aquel no tiene un fin definitivo, sino que está en vosotros y en el juicio; pero lo que vosotros juzguéis incorrectamente, no hay a quién apelar para deshacer la acusación.
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Yo, por mi parte, señores, no tengo la misma opinión sobre la defensa que los acusadores sobre la acusación. Pues ellos dicen que emprenden la persecución por causa de la piedad y de la justicia, pero han construido toda la acusación por causa de la calumnia y el engaño, lo cual es lo más injusto que existe entre los hombres; y no habiendo probado si he cometido alguna injusticia, quieren castigarme justamente, sino que, calumniándome, incluso si no he cometido ninguna injusticia, quieren multarme y expulsarme de esta tierra.
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Yo, en cambio, considero que primero debo responder sobre el hecho mismo y relataros todo lo sucedido; después, sobre las otras cosas que estos acusan, si es de vuestro agrado, desearé defenderme. Pues considero que esto me traerá honor y beneficio, y a los acusadores y a los que me hostigan, vergüenza; pues, en efecto, es terrible, señores; mientras les era permitido,
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si yo hubiera cometido alguna injusticia contra la ciudad, ya sea en la coregía o en otras cosas, al demostrarlo y probarlo, habrían podido castigar a un enemigo y beneficiar a la ciudad; en ese caso, ninguno de ellos fue capaz de probar que este hombre, ante vuestra multitud, hubiera cometido injusticia alguna, ni pequeña ni grande; pero en este litigio, persiguiendo por homicidio y siendo la ley así, acusar sobre el hecho mismo, traman contra mí componiendo discursos falsos y calumniando lo relativo a la ciudad. Y a la ciudad, si es que es agraviada, le asignan una acusación en lugar de un castigo, mientras que ellos mismos, de quien dicen que la ciudad es agraviada, pretenden obtener justicia por su cuenta.
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Y, sin embargo, estas acusaciones no son dignas ni de gratitud ni de crédito. Pues ni siquiera hacen la acusación en el lugar donde la ciudad habría obtenido justicia si hubiera sido agraviada, de modo que sea digno de gratitud para la ciudad; ni tampoco, quien no acusa de otras cosas que de las que persigue en un asunto de esta índole, es más digno de creerle que de desconfiar de él. Yo casi conozco vuestra opinión, que ni condenaríais ni absolveríais por otra razón más que por el hecho mismo; pues esto es justo y santo. Comenzaré desde ahí.
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Cuando fui nombrado corego para las Targelias y me tocó Pantacles como maestro y la tribu Cecrópida además de la mía, es decir, la Erecteida, ejercí la coregía lo mejor que pude y con la mayor justicia. Y, en primer lugar, preparé el lugar de ensayo más adecuado en mi propia casa, en el cual también ensayaba cuando era corego en las Dionisias; después, reuní al coro lo mejor que pude, sin multar a nadie, ni tomando prendas por la fuerza, ni enemistándome con nadie, sino como resultaba más grato y adecuado para ambos: yo ordenaba y pedía, y ellos enviaban de buena gana y queriendo.
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Y cuando llegaron los muchachos, primero tuve ocupaciones que me impedían estar presente y ocuparme; pues me sucedía que tenía asuntos con Aristión y Filino, que yo consideraba de gran importancia, una vez que los había denunciado, demostrar correcta y justamente ante el Consejo y los demás atenienses. Yo, pues, prestaba atención a esto, y designé para ocuparse, si algo necesitara el coro, a Fanóstrato, miembro del demo de estos que me acusan, y pariente mío, a quien he dado a mi hija, y le pedí que
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se ocupara lo mejor posible; además de esto, a dos hombres, uno de la Erecteida, Ameinias, a quien los propios miembros de la tribu votaron para reunir y ocuparse de la tribu en cada ocasión, pareciendo ser un hombre honesto, y el otro..., de la Cecrópida, quien siempre suele reunir a esta tribu; además, un cuarto, Filipo, a quien se le había ordenado comprar y gastar si el maestro o cualquier otro de estos indicaba algo, para que los muchachos fueran coreografiados lo mejor posible y no carecieran de nada debido a mi ocupación.
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Así estaba establecida la coregía. Y si miento en algo de esto por buscar una excusa, es posible para el acusador probarlo en el segundo discurso lo que quiera decir. Pues así es, señores: muchos de los que están aquí presentes conocen estos hechos con precisión, escuchan al que ha prestado juramento y me prestan atención a lo que respondo, a quienes desearía parecer que yo mismo soy fiel al juramento y persuadiros, diciendo la verdad, de que me absolváis.
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Primero, pues, os demostraré que ni ordené al muchacho beber el fármaco, ni le obligué, ni se lo di, ni estuve presente cuando lo bebió. Y no digo esto con tanta fuerza por este motivo, para ponerme a mí mismo fuera de la acusación y llevar a otro a la acusación; ciertamente no yo, salvo el azar, que creo que para muchos otros hombres es la causa de morir; lo cual ni yo ni nadie más sería capaz de evitar que no suceda lo que debe suceder a cada uno.
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Se ha testificado, pues, señores, sobre el asunto lo que os prometí; y de estos mismos hechos es necesario observar lo que estos juraron y lo que yo, quiénes son más veraces y fieles al juramento. Ellos juraron que yo maté a Diodoto al planear su muerte, y yo que no maté, ni actuando con la mano ni planeándolo.
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Ellos acusan a partir de esto, como si fuera culpable quien ordenó al muchacho beber el fármaco, o le obligó, o se lo dio; yo, a partir de estos mismos hechos de los que ellos acusan, demostraré que no soy responsable; pues ni ordené, ni obligué, ni di; y además añado que no estuve presente cuando bebía. Y si dicen que comete injusticia quien ordenó, yo no cometo injusticia; pues no ordené. Y si dicen que comete injusticia quien obligó, yo no cometo injusticia; pues no obligué. Y si dicen que quien dio el fármaco es el culpable, yo no soy culpable; pues no lo di.
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Acusar y mentir es posible para quien quiera; pues cada uno es dueño de esto; sin embargo, que sucedan cosas que no sucedieron y que cometa injusticia quien no la comete, no creo que esté en los discursos de estos, sino en la justicia y en la verdad. Pues cuantas cosas se hacen a escondidas y planeadas para la muerte, de las cuales no hay testigos, es necesario sobre tales asuntos hacer el juicio a partir de los discursos mismos, tanto del acusador como del que responde, y buscar e indagar incluso sobre lo pequeño de lo que se dice, y votar sobre los hechos conjeturando más que sabiendo con certeza;
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donde, en primer lugar, los propios acusadores admiten que la muerte del muchacho no ocurrió por premeditación ni por preparación, y después, que todos los hechos ocurrieron abiertamente y ante muchos testigos, tanto hombres como muchachos, libres y esclavos, a partir de los cuales, si alguien hubiera cometido alguna injusticia, sería lo más evidente, y si alguien acusara a quien no comete injusticia, sería lo más fácil de probar.
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Es digno de considerar, señores, ambas cosas, tanto la opinión de los adversarios como de qué manera se acercan a los hechos. Pues desde el principio, estos no actúan de la misma manera hacia mí que yo hacia ellos.
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Pues Filócrates, este que está aquí, subió a la Heliea de los tesmotetes, el día que el muchacho era llevado a enterrar, y dijo que yo había matado a su hermano en el coro, obligándole a beber un fármaco. Cuando este decía esto, yo subí al tribunal y dije a los mismos jueces que Filócrates no me presentaba la ley justamente, acusándome y calumniándome ante el tribunal, cuando iba a tener litigios contra Aristión y Filino al día siguiente y al otro, por cuya causa decía estos discursos;
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lo que, sin embargo, acusaba y calumniaba, sería fácilmente probado como falso. Pues los que eran conscientes eran muchos, libres y esclavos, jóvenes y mayores, en total más de cincuenta, quienes conocían tanto los discursos dichos sobre la bebida del fármaco como los hechos realizados y todo lo sucedido.
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Y dije esto en el tribunal, y le desafié inmediatamente entonces, y de nuevo al día siguiente ante los mismos jueces, y le ordené ir tomando a cuantos testigos quisiera ante los presentes, diciéndole a cada uno por su nombre, para preguntarles y probarles, a los libres como es debido a los libres, quienes por sí mismos y por la justicia habrían dicho la verdad y lo sucedido, y a los esclavos, si le pareciera que decían la verdad al preguntarles, y si no, estaba dispuesto a entregarlos para ser torturados, tanto a todos los míos, y si ordenaba a algunos de los ajenos, aceptaba convencer al dueño para entregárselos para ser torturados de la manera que quisiera.
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Y mientras yo desafiaba y decía esto en el tribunal, donde los mismos jueces y otros muchos particulares estaban presentes como testigos, ni entonces en el momento ni después en todo el tiempo quisieron jamás acudir a esta justicia, sabiendo bien que esta prueba no resultaría contra mí para ellos, sino para mí contra ellos, porque no acusaban nada justo ni verdadero.
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Sabed, señores, que estas necesidades son las más fuertes y grandes de entre los hombres, y las pruebas a partir de estas son las más claras y fieles sobre la justicia, donde hubiera muchos libres que fueran conscientes, y hubiera esclavos, y fuera posible obligar a los libres con juramentos y garantías, que para los libres son lo más grande y de mayor valor, y fuera posible a los esclavos con otras necesidades, por las cuales, incluso si están a punto de morir al denunciar, sin embargo se ven obligados a decir la verdad; pues la necesidad presente para cada uno es más fuerte que la que va a ser en el futuro.
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Para todo esto, pues, desafié a estos, y de donde es necesario que un ser humano averigüe la verdad y la justicia, era posible para ellos averiguar, y no quedaba ninguna excusa. Y yo, que tengo la acusación y cometo injusticia, como dicen estos, estaba dispuesto a ofrecerles la prueba más justa contra mí mismo; pero los que acusan y dicen ser agraviados eran ellos los que no querían probar si habían sufrido alguna injusticia.
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Y si yo, cuando estos desafiaban, no hubiera querido presentar a los presentes, o si me hubieran pedido esclavos no hubiera querido entregarlos, o hubiera evitado cualquier otro desafío, habrían hecho de esto mismo las mayores pruebas contra mí de que la acusación era verdadera; pero como, al desafiar yo, estos eran los que evitaban la prueba, es justo para mí, supongo, que este mismo hecho se convierta en prueba contra ellos de que no era verdadera la acusación que hacen contra mí.
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Sé también esto, señores, que si los testigos que estuvieron presentes hubieran testificado contra mí a favor de estos, habrían usado esto mismo como lo más fuerte y habrían mostrado esta garantía como la más clara, los testigos que testifican en contra; pero testificando estos mismos, que lo que yo digo es verdad, y lo que estos dicen no es verdad, os enseñan a desconfiar de los testigos que testifican a mi favor, y dicen que debéis creer en los discursos que ellos mismos dicen, los cuales, si yo los dijera sin testigos, dirían que son falsos.
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Y, sin embargo, es terrible si los mismos testigos serían fieles testificando a favor de estos, pero serán infieles testificando a mi favor. Y si no hubieran estado presentes testigos en absoluto, y yo los presentara, o no presentara a los presentes, sino a otros, razonablemente los discursos de estos serían más fieles que mis testigos; pero donde admiten que estuvieron presentes testigos, y yo presento a los presentes, y desde el primer día tanto yo mismo como todos los testigos somos evidentes diciendo lo mismo que ahora ante vosotros,¿ de dónde, señores, hay que hacer creíble lo verdadero o increíble lo no verdadero, sino a partir de tales cosas?
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Donde alguien enseñara con un discurso sobre los hechos, pero no presentara testigos, alguien podría decir que estos discursos carecen de testigos; donde presentara testigos, pero no mostrara pruebas similares a los que testifican, alguien podría decir lo mismo, si quisiera.
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Yo, pues, os muestro los discursos verosímiles, y los testigos que concuerdan con los discursos, y los hechos con los testigos, y pruebas a partir de los hechos mismos, y además de esto, las dos más grandes y fuertes: estos mismos siendo probados por sí mismos y por mí, y yo siendo absuelto tanto por estos como por mí mismo;
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donde, queriendo yo ser probado sobre lo que estos acusaban, no querían probar si habían sufrido alguna injusticia, me estaban absolviendo, supongo, y ellos mismos se convirtieron en testigos contra sí mismos de que no acusaban nada justo ni verdadero. Y, sin embargo, si además de mis propios testigos presento a los mismos adversarios como testigos,¿ a dónde más hay que ir o de dónde hay que demostrar para ser absuelto de la acusación?
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Considero, pues, que tanto por lo dicho como por lo demostrado, señores, votaríais justamente por mi absolución, y que todos sabéis que no tengo nada que ver con esta acusación. Pero para que aprendáis aún mejor, por este motivo diré más, y os demostraré que estos acusadores son los hombres más perjuros e impíos, y dignos no solo de ser odiados por mí, sino también por todos vosotros y por los demás ciudadanos por causa de este juicio.
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Pues estos, el primer día que murió el muchacho, y al día siguiente que estaba expuesto, ni siquiera ellos consideraban acusarme ni que hubiera cometido injusticia alguna en este asunto, sino que estaban conmigo y conversaban; pero el tercer día que el muchacho era llevado a enterrar, en ese día ya estaban persuadidos por mis enemigos, y se preparaban para acusar y proclamar que me excluyera de los ritos legales.¿ Quiénes eran, pues, los que les persuadieron?¿ Y por qué causa se mostraron dispuestos a persuadirles? Pues es necesario que también os enseñe esto.
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Iba a acusar a Aristión, a Filino, a Ampelino y al subsecretario de los tesmotetes, con quien robaban juntos, sobre lo cual denuncié ante el Consejo. Y para ellos, a partir de los hechos realizados, no había ninguna esperanza de escapar— tales eran las injusticias—; pero al persuadir a estos de que me denunciaran y proclamaran que me excluyera de los ritos legales, pensaron que esto sería para ellos la salvación y la liberación de todos los asuntos. Pues la ley es así,
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cuando alguien denuncia un juicio por homicidio, que se excluya de los ritos legales; y yo no podría perseguir estando excluido de los ritos legales, y ellos, al no perseguir yo, que había denunciado y conocía los hechos, iban a escapar fácilmente y no dar cuenta ante vosotros de lo que habían cometido. Y esto no lo tramaron primero contra mí Filino y los otros, sino también contra Lisístrato anteriormente, como vosotros mismos habéis oído.
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Y estos entonces estaban dispuestos a denunciarme inmediatamente al día siguiente que el muchacho era enterrado, antes de purificar la casa y hacer lo establecido, habiendo guardado este mismo día en el que iba a ser juzgado el primero de ellos, para que no pudiera perseguir a ninguno de ellos ni denunciar ante el tribunal las injusticias;
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pero cuando el rey les leyó las leyes y les mostró los plazos de que no era posible denunciar y llamar a las citaciones que debían, y yo, llevando a los que tramaban esto ante el tribunal, los condené a todos, y fueron multados con lo que vosotros sabéis, y estos, por cuya causa recibían dinero, no pudieron beneficiarles en nada, entonces sí, acercándose a mí mismo y a mis amigos, pedían reconciliarse, y estaban dispuestos a dar cuenta de lo cometido.
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Y yo, persuadido por mis amigos, me reconcilié con estos en la ciudad ante testigos, quienes nos reconciliaban junto al templo de Atenea; y después de esto estaban conmigo y conversaban en los templos, en el ágora, en mi casa, en la suya propia y en otros lugares por todas partes.
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Lo último,¡ oh Zeus y todos los dioses!, Filócrates mismo, este que está aquí, en el consejo, de pie conmigo en la tribuna, tocándome, conversaba, llamándome este por mi nombre, y yo a él, de modo que pareció terrible al Consejo, cuando se enteró de que me habían proclamado que me excluyera de los ritos legales por estos, a quienes veía conmigo el día anterior estando y conversando.
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Observad y recordad también para mí, señores; pues esto no solo os lo demostraré con testigos, sino también a partir de los hechos mismos que estos han realizado, fácilmente conoceréis que digo la verdad. Y primero, lo que acusan del rey y dicen que por mi celo no quiere denunciar el juicio, esto mismo será prueba contra ellos mismos de que no dicen la verdad.
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Pues era necesario que el rey, una vez denunciado, hiciera tres audiencias preliminares en tres meses, y llevar el juicio el cuarto mes, como ahora; y le quedaban dos meses de su magistratura, Targelión y Esciroforión. Y ni podía llevarlo por sí mismo, ni es posible entregar un juicio por homicidio, ni ningún rey ha entregado jamás en esta tierra. Lo que, pues, no le era posible ni llevar ni entregar, tampoco consideraba denunciar contra vuestras leyes.
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Y que no les cometía injusticia, la mayor señal: pues Filócrates, este que está aquí, sacudía y calumniaba a otros de los responsables, pero a este rey, a quien dicen que ha cometido cosas terribles y atroces, no vino a acusarlo ante las rendiciones de cuentas. Y, sin embargo,¿ qué mayor prueba os podría demostrar que esta, de que no era agraviado ni por mí ni por aquel?
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Y cuando este rey entró, pudiendo ellos desde el primer día comenzando el mes de Hecatombeón durante treinta días seguidos denunciar a quien quisieran, no denunciaron a ninguno; y de nuevo el mes de Metagitnión comenzando desde el primer día pudiendo ellos denunciar a quien quisieran, tampoco entonces denunciaron, sino que dejaron pasar también veinte días de este mes; de modo que todos los días fueron para ellos más de cincuenta con este rey, en los cuales pudiendo denunciar no denunciaron.
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Y todos los demás a quienes con el mismo rey el tiempo no les permite, estos, conociendo todas las leyes, viéndome a mí siendo consejero y entrando en el consejo— y en el consejo mismo hay un templo de Zeus Consejero y Atenea Consejera y los consejeros al entrar rezan, de los cuales yo era uno, que haciendo lo mismo, y entrando en todos los demás templos con el consejo, y sacrificando y rezando por esta ciudad, y además de esto habiendo sido prítano toda la primera pritanía excepto dos días, y haciendo sacrificios y sacrificando por la democracia, y votando y diciendo opiniones sobre las cosas más grandes y de mayor valor para la ciudad, era evidente—;
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y estos estando presentes y residiendo, pudiendo denunciar y excluirme de todo esto, no consideraron denunciar; y, sin embargo, eran suficientes para recordar y considerar, si es que eran agraviados, ambas cosas, tanto por ellos mismos como por la ciudad.¿ Por qué, pues, no denunciaban? Por lo que estaban conmigo y conversaban; pues estaban conmigo no considerando que fuera homicida, y no denunciaban por este mismo motivo, no creyendo que yo hubiera matado al muchacho ni que fuera responsable del homicidio, ni que tuviera nada que ver con este asunto.
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Y, sin embargo,¿ cómo podrían ser hombres más atroces o más ilegales? Quienes, lo que ellos mismos no se persuadieron, eso pretenden persuadiros a vosotros, y lo que ellos mismos juzgaron con hechos, eso os ordenan condenar; y los demás hombres prueban los discursos con los hechos, pero estos buscan con los discursos hacer increíbles los hechos.
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Y, sin embargo, si no hubiera dicho ni demostrado ni presentado testigos de ninguna otra cosa, sino que os hubiera demostrado esto, que estos, donde recibían dinero contra mí, acusaban y proclamaban, donde no había quien diera, estaban conmigo y conversaban, eran suficientes incluso estos mismos hechos, al escucharlos, para absolver y considerar a estos los más perjuros e impíos de todos los hombres.
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Pues estos,¿ qué juicio no juzgarían o qué tribunal no engañarían o qué juramentos no se atreverían a transgredir? Quienes incluso ahora, habiendo recibido treinta minas contra mí de los recaudadores, de los vendedores, de los agentes y de los subsecretarios que les servían de subsecretarios, expulsándome del consejo, juraron tales juramentos, que siendo prítano, al enterarme de que hacían cosas terribles y atroces, los llevé ante el consejo, y enseñé cómo es necesario, buscando, perseguir el hecho.
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Y ahora dan cuenta de lo que han cometido ellos mismos y los que sirvieron de intermediarios y ante quienes se depositó el dinero, y los hechos realizados han quedado claros, de modo que ni aunque estos quieran negarlo serán fácilmente capaces; así se han realizado sus asuntos.
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¿ Qué tribunal, pues, no vendrían a engañar, o qué juramentos no se atreverían a transgredir estos hombres más impíos? Quienes incluso sabiendo que vosotros sois los jueces más piadosos y justos de los griegos, también ante vosotros han venido a engañar si pudieran, habiendo jurado tantos juramentos.