De disciplina et bono pudicitiae
Choose a text
id="mobileReaderAuthor" class="mobile-reader-author" href="/authors/auctor-incertus" aria-label="More works by Auctor incertus">
—
⋯
Original / primary: Spanish Gemini
1
He omitido algunas partes de mis deberes, mientras me esfuerzo siempre, y sobre todo en los tratados cotidianos sobre los evangelios, por proporcionarles a veces, por medio del Señor, incrementos de fe y de conocimiento. Pues,¿ qué otra cosa puede hacerse más útil en la iglesia del Señor, qué puede encontrarse más adecuado a los deberes del obispo, que el que los creyentes, mediante la doctrina de los señores insinuada y comunicada por él mismo, puedan llegar al reino de los cielos prometido? Ciertamente, este es el negocio cotidiano y deseado de mi obra y de mi ministerio, que, aunque ausente, me esfuerzo por obtener y trato de devolverles mi presencia a través de mis cartas. Mientras los interpelo en la fe con las alocuciones enviadas según mi costumbre, los convoco para que, solidificados por la firmeza de la raíz evangélica, permanezcáis siempre armados contra todas las batallas del diablo. No me creeré ausente si estoy seguro. Sin embargo, todas las cosas que se exponen útilmente y que definen o prometen el estado de la vida eterna en los tratados, solo son fructíferas si se ayudan para el provecho de la obra con las fuerzas de la indulgencia divina. No solo pronunciamos palabras que provienen de las fuentes sagradas de las Escrituras, sino que con las mismas palabras unimos oraciones y votos al Señor, para que tanto a nosotros como a vosotros nos abra los tesoros de sus sacramentos y nos otorgue fuerzas para cumplir todo lo que conocemos. Pues es un peligro mayor haber conocido la voluntad del Señor y haber cesado en la obra de la voluntad de Dios.
2
Aunque, por tanto, os exhorte siempre, como sabéis, a muchos asuntos y a los preceptos de la amonestación divina— pues,¿ qué otra cosa deseada o mayor puede haber para mí que el que seáis perfectos en todo en el Señor?—, os amonesto, sin embargo, a que mantengáis principalmente los claustros de la pudicia, lo cual ya hacéis: sabiendo que sois templo del Señor, miembros de Cristo, morada del Espíritu Santo, elegidos para la esperanza, consagrados para la fe, destinados a la salvación, hijos de Dios, hermanos de Cristo, consortes del Espíritu Santo, sin deber ya nada a la carne, de la cual habéis renacido por el agua y la pudicia, más allá de la voluntad que debemos querer que sea nuestra: que se preste también por la redención, para que no pueda corromperse lo que ha sido consagrado por Cristo. Pues si el apóstol proclama a la iglesia como esposa de Cristo, os ruego,¿ cuánta pudicia se exige, donde la iglesia debe presentarse entre los matrimonios como esposa virgen? Y yo, ciertamente, salvo lo que me propuse amonestaros brevemente, creo que podría haber expuesto alabanzas a la pudicia bastante amplias y ricas; pero consideré superfluo alabarla más tiempo ante quienes la cultivan. Pues vosotros la adornáis mientras la practicáis y exponéis sus muchas alabanzas al ejercitarla. Habéis sido su adorno, mientras que ella también es el vuestro, debiendo ser prestado el decoro mutuo recíprocamente. Ella os sugiere la disciplina de las buenas costumbres, vosotros le prestáis a ella el ministerio de las obras santas. Pues también ella, cuánto y qué podía, apareció a través de vosotros, y ella misma demostró y enseñó qué es lo que vosotros queréis, acoplados en uno los dos bienes de los mandatos y de las cosas, para que nada pareciera mutilado si hubieran faltado o los preceptos a los ministerios o los ministerios a los preceptos.
3
La pudicia es el honor de los cuerpos, el adorno de las costumbres, la santidad de los sexos, el vínculo de los matrimonios, la fe del linaje, el baluarte del pudor, la fuente de la castidad, la paz de la casa, la cabeza de la concordia. La pudicia es solícita por no agradar a nadie más que a sí misma; la pudicia es siempre recatada, mientras es madre de la inocencia; la pudicia siempre se adorna solo con el pudor, bien consciente de su propia belleza, si desagrada a los malvados. La pudicia no busca adornos, ella misma es su propio decoro. Esta nos encomienda al Señor, nos conecta con Cristo; esta expulsa todas las batallas ilícitas de los deseos de los miembros, introduce la paz en nuestros cuerpos, siendo ella misma bienaventurada y haciendo bienaventurados a todos aquellos en quienes se digna habitar, a la cual nunca pueden acusar, ni siquiera quienes no la tienen; es venerable incluso para sus enemigos, mientras la admiran mucho más quienes no pueden conquistarla. Pero así como esta virtud es siempre probada en los hombres y debe ser buscada por las mujeres, así su enemiga, la impudicia, debe ser siempre detestada; volviendo obsceno escarnio a sus ministros, sin perdonar ni a los cuerpos ni a las almas. Pues, habiendo derrotado las propias costumbres, somete a todo el hombre bajo el triunfo de la libido; halagadora al principio, para dañar más mientras agrada, agotando la riqueza con el pudor, enemiga de la continencia, llegando frecuentemente a la sangre de las codicias, rabia funesta, incendio de la conciencia buena, madre de la impenitencia, ruina de la mejor edad, contumelia del linaje, conquistando la fe de la sangre y de la familia, insertando hijos propios en afectos ajenos, introduciendo en testamentos ajenos una prole de linaje desconocido y corrupto. La cual, ardiendo a menudo fuera del sexo, mientras no se contiene dentro de lo permitido, piensa que se le ha satisfecho poco, a menos que busque también en los cuerpos de los hombres no un placer nuevo, sino que busque monstruos extraordinarios y portentosos contra la misma naturaleza, de hombres a través de hombres.
4
Pero, en efecto, la pudicia ocupa el primer lugar en las vírgenes, el segundo en los continentes, el tercero en los matrimonios; pero en todos es gloriosa con sus grados. Pues también mantener la fe de los matrimonios es una alabanza entre tantas batallas del cuerpo, y haber establecido un límite a la continencia en el matrimonio es de una virtud mayor, mientras se rechazan incluso las cosas lícitas. Ciertamente, haber guardado la santidad desde el útero y haberse mantenido niño hasta la vejez en toda su edad es, sin duda, de una potencia admirable; a menos que el no conocer las leyes halagadoras del cuerpo sea más de felicidad, y haber vencido las ya conocidas sea de virtud, de tal manera, sin embargo, que también esta virtud provenga de la casa de Dios, aunque se muestre en los miembros de los hombres.
5
La pudicia, hermanos, tiene preceptos antiguos.¿ Por qué digo antiguos? Porque fueron instituidos con los mismos hombres. Pues por eso existe de su varón y de su mujer, para que no conozca a otro fuera del mismo, y por eso la mujer fue devuelta al varón, para que, suplido lo que le había sido arrebatado, no busque nada ajeno. Así también dice: serán dos en una sola carne, para que vuelva a uno lo que había sido uno, para que la separación sin retorno no preste ocasión a otro. De ahí que también el apóstol proclamara al varón como cabeza de la mujer, para que probara la pudicia mediante la unión de los dos. Pues así como la cabeza de otro no puede ser apta para los miembros, así tampoco los miembros no suyos para una cabeza ajena; pues la cabeza conviene a sus miembros y los miembros a su cabeza, ambos se adhieren en mutua concordia por una hebilla natural, para que, al surgir alguna discordia, no se rompiera el pacto de la alianza divina por la división de los miembros. Añade, sin embargo, y dice: porque quien ama a su mujer, se ama a sí mismo. Pues nadie tiene odio a su propia carne, sino que la nutre y la cuida, así como Cristo a la iglesia. Gran prescripción de la caridad con la pudicia a partir de esto, si las esposas deben ser amadas por sus maridos, así como Cristo amó a la iglesia, y así las esposas deben amar a sus maridos, como la iglesia ama a Cristo.
6
Esta sentencia, cuando Cristo dijo que la mujer no debe ser despedida sino por adulterio, al ser interrogado, dio tanto honor a la pudicia. De aquí nació aquella sentencia: no permitiréis vivir a las adúlteras. De aquí dice el apóstol: esta es la voluntad de Dios, que os abstengáis de la fornicación. De aquí dice también aquello: que los miembros de Cristo no deben ser unidos a los miembros de una meretriz. De aquí es entregado a Satanás para la destrucción de la carne quien, pisoteado el derecho de la pudicia, ejerce los vicios de la carne. De aquí, merecidamente, los adúlteros no poseen el reino de los cielos, de aquí es que dice que todo pecado está fuera del cuerpo, que solo el adúltero peca contra su propio cuerpo; de aquí las demás autoridades de los preceptos que ahora no es necesario recordar todas ante vosotros, especialmente porque las conocéis y las practicáis frecuentemente, las cuales, aunque no estén descritas, sin embargo, no podéis ser quejosos de ellas. Pues el adúltero no tiene excusa ni pudo tenerla, porque era lícito tomar esposa.
7
Pero así como para las matronas están prescritos derechos que están tan unidos que no pueden ser arrancados de ahí, la virginidad y la continencia, en cambio, están fuera de todo derecho: nada pertenece a la virginidad sobre las leyes de los matrimonios, con su altura trasciende a todas, si algunos hombres depravados se atreven a superar las leyes. La virginidad se iguala a los ángeles; si, en verdad, buscamos, incluso los excede, mientras lucha en la carne y obtiene la victoria incluso contra la naturaleza, lo cual no tienen los ángeles.¿ Qué otra cosa es la virginidad sino una gloriosa meditación de la vida futura? La virginidad no es de ningún sexo, la virginidad es una infancia perseverante, la virginidad es el triunfo de los placeres, la virginidad no tiene hijos, pero lo que es más, tiene el desprecio de los hijos, no tiene fecundidad pero no tiene orfandad, feliz porque está fuera del dolor del parto, pero más feliz está fuera de la calamidad de la muerte de los hijos.¿ Qué otra cosa es la virginidad sino una libertad suelta? No tiene marido como señor. La virginidad está suelta de todos los afectos, no está dedicada a los matrimonios, no al siglo, no a los hijos. No puede temer la persecución, mientras puede provocarla desde la seguridad.
8
Pero como los preceptos de la pudicia nos han sido expuestos brevemente, pongamos ya un ejemplo de pudicia. Pues se aprovecha más cuando se llega al hecho presente, ni se duda de la virtud cuando lo que se prescribe se sanciona también con ejemplos. El ejemplo de la pudicia comenzó con José. Adolescente hebreo, generoso por su padre, más generoso por su inocencia, por envidia de las revelaciones, arrebatado por sus hermanos ismaelitas, había llegado a la casa de un hombre egipcio. Por su obediencia, inocencia y toda la fe de su servidumbre, había provocado en su señor un ánimo fácil y benevolente hacia sí, cuya cara y tanto el discurso liberal como la edad eran adecuados para todos. Pero esa generosidad fue aceptada por la esposa del señor de una manera distinta a la que convenía; en una parte secreta de la casa y sin testigos, siendo el escondite adecuado para los crímenes, la mujer incontinente pensó que podía superar la pudicia del adolescente con la impudicia, unas veces con promesas, otras con amenazas. Y cuando fue retenido por sus vestiduras debido a que intentaba la huida por la audacia de tan gran crimen, dejando las mismas vestiduras y habiendo de tener la sinceridad del cuerpo desnudo como testigo de su inocencia, la mujer impúdica no dudó en añadir una calumnia al crimen de su propia impudicia; y ante los demás y ante su marido, cálida y ferviente, despreciado su deseo, se quejó con dolor simulado de que el adolescente hebreo había intentado inferirle una violencia que ella misma había intentado imponer. El ardor marital, ignorante de las cosas y gravemente inflamado por la acusación de la esposa, se incendia. El joven púdico, en verdad, porque no mezcló su conciencia con el delito, es empujado a lo profundo de la cárcel. Pero la pudicia no está sola en la cárcel; pues Dios está con José y los culpables son entregados en su mano, porque él mismo había sido inocente. Además, disolvió lo oscuro de los sueños, porque el espíritu velaba en la tentación, y es liberado de las cadenas por el Señor. Quien en la casa había sido menor con peligro, fue hecho señor de la casa real sin peligro; devuelto a su generosidad, recibió el fruto de la pudicia y de la inocencia, siendo juez Dios, de quien lo había merecido.
9
Pero no menos, por la parte opuesta, surge para nosotros otro ejemplo de pudicia de la continencia de las mujeres. Fue, como leemos, Susana, hija de Helcías, esposa de Joaquín, de hermosísima cara, más hermosa por sus costumbres. A esta no la recomendaba ninguna especie para el decoro; pues era sencilla. La pudicia la había adornado y, con la pudicia, la sola naturaleza. A esta, dos de los ancianos habían comenzado a desearla, sin memoria ni del temor divino ni de su edad ya marchita por los años; así los llamaba la llama de la libido recurrente en el ardor de la juventud transcurrida; los ladrones de la pudicia confiesan el amor, pero lo odiaban. A la que resistía le amenazan con calumnias, se dicen acusadores de adulterio por el voto del adulterio. Entre los dos escollos de la libido, pedía ayuda al Señor, porque no podía resistir con las fuerzas del cuerpo. Y el Señor escuchó a la pudicia que clamaba a él desde el cielo, y cuando era llevada al castigo oprimida por la iniquidad, vio la venganza liberada de los enemigos. Dos veces victoriosa y, en su peligro, tan funestamente rodeada tantas veces, evitó tanto la libido como la muerte. Será infinito si prosigo con más ejemplos; estoy contento con estos dos, especialmente porque la pudicia ha sido defendida con todas las fuerzas por ellos.
10
No pudo ablandarlos la memoria involuntaria de la sangre generosa que en algunos es ministra de la licencia de la lascivia, no el decoro del cuerpo y la figura de los miembros aptamente colocados que sugiere a menudo que, como una flor cierta de la edad que va a pasar rápidamente, se alimente con la ocasión del placer extendido, no los primeros años de la edad verde y más madura, cuando la sangre aún ruda y hirviente enciende las llamas de la naturaleza y, movidos en las médulas, los incendios ciegos van hacia el verdadero remedio incluso a través del peligro del pudor; no cualquier ocasión de escondites y segura sin ningún testigo, que para algunos se piensa que es la mayor fuerza de admitir el crimen, mientras la impunidad ocurre a las deliberaciones; no la necesidad puesta por la autoridad de los que mandan y en la temeridad de los participantes y socios, género por el cual se rompen a menudo incluso los consejos rectos; no los premios mismos y la bondad, no las acusaciones, no las amenazas, no las penas, no las muertes: nada tan salvaje, tan duro, tan triste, como haber caído del alto grado de la pudicia. Dignos del premio de tan gran juez divino, de los cuales uno fue ilustrado casi por el trono real, la otra, dotada con la concordia del marido, fue redimida por la muerte de sus enemigos. Estos son y ejemplos similares a estos los que siempre debemos poner ante nuestros ojos, meditar sobre ellos día y noche.
11
Nada deleita tanto al ánimo fiel como la conciencia íntegra del pudor inmaculado. Haber vencido al placer es el mayor placer; ni hay mayor victoria que la que se obtiene sobre las codicias. Quien venció al enemigo fue más fuerte, pero por otro; quien reprimió la libido fue más fuerte que sí mismo; quien postró al enemigo externo golpeó a un enemigo; quien deprimió la codicia superó a un enemigo doméstico. Todo mal se vence más fácilmente que el placer, porque aquel, sea lo que sea, es horrible, este es halagador. Nada se oprime tan difícilmente como lo que se arma a través de él. Quien quita las codicias también quitó los miedos; pues de las codicias vienen los miedos. Quien venció las codicias triunfó sobre el pecado, quien venció las codicias mostró que el mal del género humano yace bajo sus pies, quien venció las codicias se dio a sí mismo una paz perpetua, quien venció las codicias se devolvió a sí mismo la libertad, lo cual es incluso para los ingenuos lo más difícil. Debemos, pues, meditar, hermanos, como enseñan las cosas, siempre sobre la pudicia; para que sea más fácil, no consiste en artes. Pues la voluntad es la que la consuma, la cual, si no fuera impedida, estaría lejos. Es nuestra; así, no debe ser adquirida, sino fomentada la que es nuestra.
12
Pues,¿ qué otra cosa es la pudicia sino una mente honesta dada para la custodia del cuerpo, para que el pudor devuelto a los sexos, marcado por la severidad, guardara la fe del linaje sobre la prole incorrupta? A la pudicia, en cambio, hermanos, le competen y son conocidos en primer lugar el pudor divino y la santa meditación de los preceptos y un ánimo propenso a la fe y una mente atónita ante la sagrada religión; después, ver que no haya nada en sí esculpido más allá de la medida, producido más allá de la honestidad, nada pródigo, nada teñido con arte, nada halagador para irritar o detener los ojos. No es púdica la que afecta mover el ánimo de otro incluso estando a salvo la castidad del cuerpo. Lejos estén aquellas a quienes la belleza no se adorna, sino que se prostituye. Pues la solicitud por la belleza es indicio tanto de mala mente como de deformidad. Que la naturaleza de los cuerpos sea libre y no se infiera violencia a las obras divinas. Siempre es miserable la que no se agrada a sí misma tal como es.¿ Por qué se cambia el color de los cabellos?¿ Por qué se sofocan las extremidades de los ojos?¿ Por qué la cara se convierte por artes en una forma distinta?¿ Por qué, finalmente, se consulta al espejo, sino porque se teme que no sea ella misma? Que el aderezo también de la mujer púdica sea púdico; que la fiel no conozca el adulterio ni en los colores. Entrelazar oro en las vestiduras es como corromper las vestiduras por su precio.¿ Qué hacen los metales rígidos entre los hilos delicados de la trama? Sino para que opriman los hombros fluidos y muestren infelizmente la lujuria de un ánimo que se jacta.¿ Qué cuando los cuellos son oprimidos y escondidos por piedras peregrinas, cuyos precios exceden incluso sin artes el calendario de cualquiera? No se adorna la mujer, sino que se muestran los vicios de la mujer.¿ Qué cuando los dedos cargados con tal oro ni pueden entrar ni salir?¿ Acaso el uso lo exige o se muestra la vana pompa de los patrimonios? Negocio maravilloso, las mujeres delicadas para todo son más fuertes que los hombres para las cargas de los vicios.
13
Pero para repetir lo que había comenzado, la pudicia debe ser cultivada siempre tanto por hombres como por mujeres, debe ser guardada con toda custodia dentro de sus límites. Rápidamente se pone en peligro sobre la naturaleza del cuerpo en el cuerpo, mientras la arrebata consigo la carne que siempre está en caída. Pues, bajo el pretexto de la naturaleza que siempre urge a los hombres a los afectos, por los cuales se reparan las ruinas del género caído, engañando con el halago del placer, no conduce a la prole a la continencia de la unión legítima, sino que la arroja al crimen. Por tanto, contra estas insidias de la carne, con las cuales el diablo se inserta tanto como socio como guía, se debe luchar con todo género de virtud. Que se asuman, según el apóstol, las obras de Cristo y, en cuanto pueda el ánimo, se recoja del consorcio de la carne, se separe todo sentido del cuerpo, los vicios se castiguen siempre para que sean odiados, se ponga ante los ojos este deforme y abatido pudor del pecado, la penitencia misma con sus llantos, que es la deshonesta contestación de los crímenes cometidos. Nada se considere curiosamente en los rostros ajenos. Que el discurso sea breve y sobrio, la risa, pues es signo de un ánimo fácil y relajado; pues que el contacto se retire, incluso el honesto. Nada se permita al cuerpo, donde se debe evitar cualquier vicio del cuerpo. Piénsese cuán honesto es haber vencido al deshonor, cuán deshonesto haber sido vencido por el deshonor.
14
Debe decirse también que el adulterio no es placer, sino mutua contumelia; ni puede deleitar lo que mata tanto al alma como al pudor. Que el ánimo coaccione los estímulos de la carne, que refrene el ímpetu del cuerpo. Pues recibió esta potestad, para que los miembros sirvieran a su imperio, y como un auriga legítimo y perfecto, que los ímpetus de la carne que se levantan más allá de las metas concedidas del cuerpo, los refleje con las riendas de los preceptos celestiales, para que, más allá de sus términos, este carro del cuerpo arrebatado no arrastre consigo al mismo auriga hacia su peligro. Pero entre estas cosas, más aún, antes de estas, contra las turbas y todos los vicios se debe pedir ayuda desde los campamentos divinos; pues solo es potente Dios, quien se dignó hacer a los hombres y proporcionar plenas ayudas a los hombres. Yo he dictado pocas cosas, puesto que no es mi propósito escribir volúmenes, sino transmitir una alocución. Vosotros mirad las Escrituras, buscad para vosotros ejemplos mayores de esta cosa a partir de los mismos preceptos. Hermanos carísimos, estad bien.
Variation units
Dual references show Vulgate ↔ LXX loci for each oracle block. Selected-witness order follows the left compare column (or primary version).