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De fide orthodoxa contra Arianos
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Original: 7005 Defiorc

345 CONFESSIO FIDEI.-- Credimus in Deum, Patrem omnipotentem, omnium visibilium et invisibilium factorem, et unum Dominum nostrum Jesum Christum, Filium Dei, natum de Patre unicum, hoc est, de substantia Patris: Deum de Deo, lumen de lumine, Deum verum de Deo vero, natum non factum: unius substantiae cum Patre, quod Graeci dicunt ὁμοούσιον; per quem omnia facta sunt, sive quae in coelo, sive quae in terra; qui propter nos homines, et propter nostram salutem descendit, et incarnatus est, et homo factus est, passus est, resurrexit tertia die, ascendit ad coelos, inde venturus est judicare vivos et mortuos: et Spiritum sanctum. Eos autem qui dicunt: Erat quando non erat, et priusquam nasceretur, non erat, et mutabilem, vel convertibilem esse Filium Dei; hos anathematizat catholica et apostolica Ecclesia, amen.

Spanish Gemini
1
345 CONFESIÓN DE FE.--
1
Creemos en Dios, Padre todopoderoso, creador de todas las cosas visibles e invisibles, y en un solo Señor nuestro Jesucristo, Hijo de Dios, nacido del Padre como único, esto es, de la sustancia del Padre: Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, nacido, no hecho: de una misma sustancia con el Padre, lo que los griegos llaman ὁμοούσιον; por quien todas las cosas fueron hechas, tanto las que están en el cielo como las que están en la tierra; quien por nosotros los hombres y por nuestra salvación descendió, se encarnó y se hizo hombre, padeció, resucitó al tercer día, ascendió a los cielos, y desde allí vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos: y en el Espíritu Santo. A aquellos, sin embargo, que dicen: "Hubo un tiempo en que no existía", y "antes de nacer no existía", y que el Hijo de Dios es mutable o convertible; a estos los anatematiza la Iglesia católica y apostólica, amén.
2.1
PRÓLOGO.--
2.1
Movido por el amor a la fe católica, hace tiempo que publiqué un opúsculo contra los arrianos, el cual, al habérselo dado a leer a un amigo, como le agradó, creyó que debía transcribirse. Le pedí encarecidamente que, ocultando por el momento el nombre del autor, lo leyera ante hombres doctos y prudentes, para que, si a alguien le inquietaba algo que pareciera estar puesto de más o de menos, pudiera ser enmendado con el consejo de muchos. Pues no hay nadie que se arrogue tan soberbiamente la suma de la doctrina celestial como para pensar que retiene todos los misterios claramente comprendidos, cuando el apóstol Pablo dice: "El que cree saber algo, aún no sabe cómo debe saber"; y "ahora vemos por un espejo, en enigma; entonces veremos cara a cara". Pero si, en verdad, a todos les pareciera que todo lo que allí estaba escrito era conforme a la fe verdadera, entonces él mismo no se negaría a quienes lo pidieran. Es evidente que así lo hizo. Y como la obra fue considerada digna, tanto para la confesión católica como para la respuesta herética, por el juicio de todos, muchos quisieron leerla o copiarla.
2.2
Pero no faltó quien, ya sea por celo de doctrina o por deber de caridad, revisara con mayor escrupulosidad lo que nosotros habíamos dicho; y dijera que ciertas cosas eran superfluas o ambiguas, las cuales podrían ser interpretadas por algunos de manera distinta a como yo las dije. Por consiguiente, he vuelto a exponer esas mismas cosas en este opúsculo con un lenguaje más sencillo, para mostrar la simplicidad de mi sentido y para eliminar el escrúpulo de los lectores.
2.3
Pues esto es lo que dicen que puede ser criticado: que donde pusimos la Palabra de Dios en nombre del Hijo, pensamos que debemos entender esta Palabra tal como los gramáticos la definen, como un aire golpeado por el aliento de la boca, inteligible al oído. Pero nosotros no conocemos la sabiduría de este mundo, que se destruye, sino aquella que proviene de Dios, la cual insinúa que la Palabra de Dios es Dios, cuando dice:" En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba ante Dios, y el Verbo era Dios. Todas las cosas fueron hechas por él, y sin él nada se hizo". Por lo cual confieso que me maravilla que se haya podido pensar tal cosa, como si nosotros negáramos la persona propia del Verbo, que es el Hijo. Nadie nombra a alguien de palabra a quien profesa con frecuencia que existe verdaderamente en su propia persona: pues¿ cómo habríamos confesado a un verdadero Hijo o a un verdadero Padre si no hubiéramos conservado verdaderamente la propiedad de las personas, tanto del Padre como del Hijo?
2.4
Pero porque dijimos el vocablo de un solo Dios, se piensa que hemos negado las personas. Y de aquí pareció verosímil lo que expusimos. Nosotros nombramos al Padre y al Hijo de tal manera que asignamos un solo Dios en estas personas y nombres. Además, el Padre y el Hijo, aunque se llamen con dos nombres, por razón y sustancia son uno; y cuando establezco al Padre y al Hijo, asigno la unidad del género.
2.5
347 Se ha estimado que todo esto puede entenderse como si estos vocablos estuvieran puestos entre el Padre y el Hijo de la misma manera que un nombre y un apellido, siendo sin embargo de una sola persona; aunque por los dichos anteriores o posteriores esta sospecha podría no haber sido admitida. Pues, habiendo dicho yo que el Hijo de Dios no nació de otra parte sino propiamente del Padre, todo del todo, íntegro del íntegro, perfecto del perfecto, y virtud consumada;¿ cómo pude poner al Padre mismo como el Hijo para sí mismo, y de este modo llamar a una sola persona con dos nombres? Máxime cuando en el mismo opúsculo condené esta secta, es decir, la sabeliana, y escribí sobre la distinción de las personas según el vocablo. Pues nadie puede decir" son uno" por una sola persona, ni referirse a la unidad de género, a menos que lo asigne a las personas.
2.6
¿ Quién de los católicos ignora que el Padre es verdaderamente Padre, el Hijo verdaderamente Hijo y el Espíritu Santo verdaderamente Espíritu Santo? Tal como el mismo Señor dice a sus apóstoles:" Id, bautizad a todas las gentes en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo". Esta es la Trinidad perfecta que consiste en la unidad, la cual, ciertamente, profesamos que es de una sola sustancia. Pues nosotros no hacemos división en Dios según la condición de los cuerpos, sino que, según la potencia de la naturaleza divina, que no está en la materia, creemos que las personas de los nombres existen verdaderamente y testificamos que hay unidad de divinidad.
2.7
Y no decimos que el Hijo de Dios es una extensión de alguna parte del Padre( como algunos han pensado), ni lo recibimos como una palabra sin realidad, como si fuera el sonido de una voz: sino que creemos que los tres nombres y las tres personas son de una sola esencia, de una sola majestad y potencia. Y por eso confesamos un solo Dios, porque la unidad de majestad prohíbe que se llame" dioses" con el vocablo de pluralidad.
2.8
En fin, nombramos al Padre y al Hijo católicamente, pero no podemos ni debemos decir que hay dos dioses; no porque el Hijo de Dios no sea Dios, sino más bien Dios verdadero de Dios verdadero: sino porque no conocemos al Hijo de Dios de otra parte que no sea del mismo Padre único, por lo cual decimos que hay un solo Dios. Pues esto transmitieron los profetas, esto los apóstoles, esto enseñó el mismo Señor cuando dice:" Yo y el Padre somos uno"." Uno" se refiere a la unidad de la divinidad, como dije:" somos" lo asigna a las personas. Pero también el Apóstol dice:" Uno es", dice," Dios Padre, de quien provienen todas las cosas: y nosotros en él: y un solo Señor Jesucristo, por quien son todas las cosas; y nosotros por él". Pero no en todos hay conocimiento.
2.9
Por lo cual, habiendo explicado estas palabras que causaban escrúpulo, no a mí, que sé lo que dije, sino a otros, creo que se ha eliminado la ocasión de una mala interpretación. Pues la profesión de fe es manifiesta, la persona consta con sus vocablos y se ha asignado una sola divinidad.
2.10
O si todavía hay algo en las palabras que parezca ambiguo para los lectores, las palabras deben compararse con el sentido, porque no es la simplicidad de las palabras, sino la obstinación de un mal entendimiento lo que huele a culpa. Pero cuando nuestro sentido concuerda con la verdad, las palabras también deben concordar con la razón más sincera. Por lo tanto, que el disputador académico se aleje de la simplicidad cristiana.
2.1.1
PRÓLOGO.-- CAPÍTULO PRIMERO.--
2.1.1
Ciertamente sabemos que muchas y graves herejías brotan de muchos, y como si fuera veneno, vierten el virus de su cáncer en lo más íntimo del pecho: pero aquellos pueden ser vencidos fácilmente o evitados fácilmente, cuyo consejo del pecho se revela en su primera proposición. Pero, en verdad, aquellos que tienen muchas cosas en común con nosotros pueden herir fácilmente a las mentes inocentes, dedicadas solo a Dios, mediante una sociedad fraudulenta, mientras defienden el virus de sus males a través de nuestros bienes. Pues nada puede ser más peligroso que estos herejes que, aunque corren íntegramente por todas partes, con una sola palabra, como si fuera una gota de veneno, infectan aquella fe pura y simple de la tradición dominical y, por consiguiente, apostólica.
2.1.2
Por lo cual debemos cuidarnos vehementemente de que algo de este tipo se insinúe ocultamente en nuestros sentidos o en nuestros oídos; porque nada empuja tanto a la muerte como violar la fe bajo el pretexto de la fe. Pues así como el yeso mezclado con agua finge ser leche por su color, así aquí se sugiere una tradición enemiga mediante una confesión verosímil. Por lo cual no se debe ponderar la semejanza de la confesión, sino el sentido de la mente, por el cual se afirma la confesión misma.
2.1.3
En fin, si prestan atención más diligente y cuidadosamente, por qué quisieron quitar el nombre de sustancia de la fe evangélica y apostólica, y de la tradición de los Padres 348, sin duda prueban que la herejía arriana ha sido abreviada en un compendio sutil, introducida al quitar este nombre. Y ciertamente no afirmo esto recogido por sospecha u opinión, ni asisto como un disputador académico, como ellos piensan, para retorcer los sentidos simples de las palabras con sutileza: sino para exponer a la luz del conocimiento lo que está retorcido y depravado, compuesto con un argumento tenue; para que la iniquidad conocida y descubierta pueda ser evitada más fácilmente por los hombres.
2.1.4
¿ Qué causa, pues, o qué razón existió para que lo que había sido transmitido a todas las Iglesias para ser enseñado y creído, y lo que nuestros Padres, varones apostólicos, purificados por el Espíritu Santo, establecieron con razón católica contra todas las herejías, y especialmente la arriana, como una especie de barrera de la verdad con la que obstruir todos los accesos de la doctrina pestífera, sea trabajado con gran esfuerzo por aquellos que están marcados con el elogio de la mancha arriana para ser quitado; sino para que puedan fingir que el Hijo de Dios es mutable y convertible, como si no hubiera consistido de la propia sustancia del Padre: a quien, como siempre han enseñado, y por lo cual a menudo han sido condenados, ahora ya pueden libre, segura e indudablemente transmitir e insinuar a las Iglesias, tanto el inicio desde el tiempo, como el origen desde la nada, y el nombre desde otro?
2.2.1
PRÓLOGO.-- CAPÍTULO II.--
2.2.1
Veis, pues, que ellos han puesto todo en su tratado, no por fe evangélica, sino por malignidad dolosa para seducir a los simples. Ya no debe ser tan sospechoso, sino manifiesto para todos, que ellos han puesto "Dios de Dios", como solía transmitir Arrio, de tal manera que sea hecho de Dios, no nacido de Dios. Si nació, es de una sola sustancia: si fue hecho, no es verdadero Hijo: y si no es verdadero Hijo, tampoco es verdadero Dios: o si es verdadero Dios y no es del Padre, son dos que tienen cada uno voluntades propias e imperios diversos: o si son uno solo por concordia y sociedad, sin embargo, no es verdadero en sustancia, como ya dije, no es Dios.
2.2.2
Así será Dios, como Moisés para el Faraón, por potestad, no por género: también el Hijo deberá ser creído tal como se dijo al pueblo por Isaías:" Engendré hijos y los exalté"; y en otro lugar:" Sois dioses y todos hijos del Altísimo". Pero también el primogénito será tenido de la misma manera que Israel fue llamado hijo primogénito por Dios. Y no menos el primogénito de toda la creación, como si fuera tenido por primogénito en el orden de las cosas hechas; para asignar de ahí una cierta serie a las cosas que crean el mundo.
2.2.3
Finalmente, habiendo suprimido el término ὁμοούσιον, es decir, de una misma sustancia, establecieron el ὁμοιούσιον, es decir, semejante a su creador; siendo una cosa la semejanza y otra la verdad. Pues también el hombre fue hecho a imagen y semejanza de Dios, y sin embargo no es Dios: ni debe creerse que el hombre ha existido como lo que es Dios. Así también quieren que el Hijo de Dios sea semejante, de modo que digan que es semejante desde otro lugar, no de la misma sustancia única, santa y bienaventurada del Padre. El cual, si no es de la sustancia del Padre, es ἐξ οὐκ ὄντων, es decir, de la nada, como el mismo Arrio sostuvo; pues, una vez suprimido el hecho de que es el Padre, de dondequiera que haya sido el Hijo, es necesario que tenga tanto un comienzo desde la nada como un origen en el tiempo: pues nada existe sin comienzo, excepto solo Dios.
2.2.4
De donde también el Hijo, como dice el mismo Señor: Yo y el Padre uno somos. Lo cual dijo para mostrar los nombres de dos personas en la majestad de una sola deidad, tal como también el Profeta, por voz de Dios: Eructó, dice, mi corazón una palabra buena, yo digo mis obras al rey. Ves, pues, que esta Palabra buena es el Hijo de Dios, a quien creemos nacido no de otro lugar sino del pecho paterno y, por así decirlo, del útero del corazón de Dios. Y por consiguiente lo llama rey, porque él mismo es rey de reyes: Dios Señor, a quien todas las obras divinas se someten, quien dijo: Todo lo que el Padre tiene, mío es.
2.2.5
Sobre esto también el Evangelista: En el principio, dice, era el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Todo fue hecho por él, y sin él nada se hizo. Por tanto, lo que estaba en el principio debe creerse que siempre ha existido: pero que no es de otro lugar sino de aquel que no tiene principio, es decir, del corazón del Padre; porque eructó, dice, mi corazón una palabra buena. Pues no dijo: En el principio fue hecho el Verbo; sino que en el principio, dice, era el Verbo. Cualquier principio que quieras asignar al Verbo, tendrás un prejuicio, porque dice que en el principio era.
2.2.6
349 No es que digamos que hay dos principios por la diversidad de las cosas, sino porque el Verbo, el Hijo, está siempre con el Padre y ha nacido del Padre. Y por consiguiente, aquel cuyo origen no tiene principio debe creerse sempiterno con el Padre; porque ni el Padre puede ser nombrado jamás sin el Hijo, ni el Hijo ser llamado sin el Padre: y por esto, siempre el Hijo, porque siempre el Padre.
2.2.7
Y Dios, dice, era el Verbo. Lo que es Dios, siempre es; no sea que, si no hubiera sido siempre, no pudiera ser el verdadero Dios, así como también en el nombre de Sofía, porque según el Apóstol él mismo es la Sabiduría del Padre. Yo, dice, salí de la boca del Altísimo. No es, pues, de otro lugar sino del Padre, porque siempre está con el Padre. Y por eso es llamada Sabiduría de Dios, para que nunca se crea que el Padre estuvo sin Sabiduría, esto es, sin su Hijo. Esta es aquella Sabiduría inefable que en Salomón es descrita como el principio de los caminos de Dios, ya sea creada, o engendrada, o hecha; a la cual, sin embargo, dice que fue creada de tal manera que muestra que siempre estuvo con Dios. Pues,¿ qué principio le darás a Dios para que puedas consignar un principio a la Sabiduría misma? Pues Dios no creó su Sabiduría de tal modo como si alguna vez hubiera estado sin Sabiduría: sino que, al decir el principio de sus caminos, muestra el principio del movimiento de alguna obra, para que la Sabiduría de Dios tenga este principio, que procedió de Dios para crear todas las cosas, tanto celestiales como terrestres, no que haya comenzado a existir en Dios. Fue creada, pues, la Sabiduría, o mejor dicho engendrada, no para sí misma, que siempre existía, sino para aquellas cosas que debían ser hechas por ella; para que, dado que no se podía saber cuánta y cuál era, su virtud y potencia fueran conocidas por el efecto de sus obras: para que lo que estimamos de las cosas creadas, lo temiéramos más cuando admiramos lo hecho.
2.2.8
Por lo demás, si tú dices que la Sabiduría fue creada de tal modo que entiendes al Hijo de Dios como una criatura, te sale al encuentro el Apóstol, condenando a aquellos que adoran a la criatura, diciendo: Por lo cual Dios los entregó a los deseos de su corazón en la impureza; para que afrenten sus cuerpos en sí mismos: los cuales cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a la criatura antes que al Creador, quien es Dios bendito por los siglos.
2.2.9
Esta es, digo, aquella Sabiduría de Dios que dice: Yo salí de la boca del Altísimo, creadora y hacedora del universo, es decir, el Hijo de Dios, por quien son todas las cosas y en quien son todas las cosas; porque como dijo el Apóstol: En él fueron constituidas todas las cosas en los cielos y en la tierra, visibles e invisibles, ya sean Tronos, o Dominaciones, o Virtudes, o Principados, o Potestades: todo fue creado por él y en él, y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas subsisten en él. De aquí también Salomón: Siendo una, dice, todo lo puede; y permaneciendo en sí misma, todo lo renueva, y a través de las naciones se traslada a las almas santas. Confirmando esto, el Apóstol dice que Cristo habita en el hombre interior; para que por aquel por quien desde el principio fueron hechas todas las cosas, por él también al final todas sean salvadas.
2.3.1
PRÓLOGO.-- CAPÍTULO III.--
2.3.1
Pero me dices que el ὁμοούσιον, es decir, el nombre de una misma sustancia, lo adoran por esto más que al Creador, observando ciertamente lo mismo que dijo el Apóstol: Para que en el nombre de Jesús toda rodilla se doble, de los celestiales, terrestres e infernales, y toda lengua confiese. Y Moisés: Adoren, dice, a él todos los ángeles de Dios. Y David: Todos los reyes lo adorarán. Lo cual ciertamente no se diría en las Escrituras, sino porque él mismo es el Verbo, el Hijo, artífice de todas las cosas.
2.3.2
Pero dices que no debe nombrarse el ὁμοούσιον, porque no está contenido en las divinas Escrituras. Pregunto yo también, hombre, que prohíbes esto: si no debe nombrarse porque no está escrito,¿ o porque no es lícito creerlo así?
2.3.3
Y si debe creerse así,¿ por qué no profesarse así? Pues con el corazón, dice el Apóstol, se cree para justicia: pero con la boca se hace confesión para salvación.
2.3.4
O si no debe nombrarse porque tampoco debe creerse así, ha prevalecido la afirmación de la mancha arriana, que negó que el Padre y el Hijo fueran de una misma sustancia; porque presenta al Hijo de Dios hecho unas veces de la nada, otras del Padre, pero de otra sustancia, cuando quiso, como quiso y de donde quiso; con tal de fingir que él existió de otro lugar y no de lo que es el Padre. A quien, aunque dice que es nacido, lo dice solo de palabra; 350 porque a su vez entiende que todo lo que es nacido es hecho, dado que también nosotros somos llamados engendrados por Dios, siendo evidente que somos hechura.
2.3.5
O si no eres arriano y reconoces al verdadero Hijo nacido del verdadero Padre, no hecho;¿ por qué no dices que él es una misma sustancia con el Padre? En vano temes, hombre, profesar lo que crees; y en vano crees, si no crees así, y merecidamente eres señalado como hereje. Y aunque hayas cambiado lo dicho, por lo cual se cree que prohibiste llamar al Hijo de Dios hechura; pero cuando añades: Como alguna de estas cosas que fue hecha; muestras abiertamente que no por esto no quisiste que se llamara hechura, como si no debiera entenderse hecho; sino que no quieres que sea hecho como alguna de estas cosas que fue hecha, sino, sin embargo, hecho. Pues de otro modo dices hecho, como una criatura perfecta, por quien fueron hechas todas las cosas; con tal de que entiendas que él mismo es hecho, aunque no de la misma manera que las demás.
2.3.6
Pero para volver a lo que dices, que en las divinas Escrituras no se encuentra el término ὁμοούσιον, es decir, de una misma sustancia, finge por ahora que es así, dado que dondequiera que se lee sustancia, se toma como cosa de Dios y no como Dios; aunque también profesas igualmente otra cosa que no está escrita, es decir, Dios de Dios, luz de luz:¿ qué dices a esto? O mantén todo conmigo, o omite todo. Pues si temes decir el término de una misma sustancia porque no está escrito, debes temer igualmente profesar Dios de Dios y luz de luz.
2.3.7
Pero yo pruebo que Dios de Dios, luz de luz, y el término de una misma sustancia están contenidos en las divinas Escrituras. Pues cuando el mismo Hijo de Dios, que es Dios, dice en su Evangelio: Yo salí del Padre; con derecho y mérito profesamos Dios de Dios, porque reconocemos que el Hijo de Dios, Dios verdadero, nació de Dios Padre, Dios verdadero. Pero no de ese género en que nosotros somos llamados dioses, o como Moisés fue llamado dios de Faraón; sino porque es verdadero Hijo, nacido del verdadero Padre; verdadera y confiadamente debe decirse Dios de Dios, y así luz de luz.
2.3.8
Que no está escrito, lo dices conmigo, pero no sientes en absoluto conmigo. Y porque está escrito del Padre: Dios es luz; y del Hijo: Era la luz verdadera, que ilumina a todo hombre que viene a este mundo; y: La luz brilla en las tinieblas, es decir, Cristo en el siglo; y las tinieblas no la comprendieron; es decir, aquellos hombres cuyo corazón está cegado por las tinieblas de la ignorancia, no reconocieron a Cristo, verdadero Dios y verdadero Hijo de Dios. Pero el mismo Señor dice: Yo soy la luz del mundo: quien me haya seguido, no andará en tinieblas; sino que tendrá la luz de la vida. Por tanto, porque el Padre es luz y el Hijo es luz, rectamente luz de luz.
2.3.9
Pero afirmas luz de luz como si del Padre, que es la verdadera luz, se hubiera hecho otra luz que no sea de la misma sustancia del Padre: sino que, como cualquier otra luz, aunque haya sido hecha por Dios, es sin embargo muy distinta de aquel que la hizo; y por eso dices luz de luz, no de la luz. Cuando, pues, he dicho esto, aunque no entiendas conmigo, sin embargo, de cualquier modo pronuncias lo mismo, aunque no esté escrito.¿ O no profesas conmigo igualmente el término de una misma sustancia, que crees que no está contenido en las Escrituras: a no ser porque allí tuviste cómo ocultar tus sentidos malignos con un fraude oculto en ambos; para que conmigo expresaras esto mismo con el sonido de la voz, pero sin embargo separaras lejos la inteligencia de lo dicho?
2.3.10
Al igual que aquellos herejes que niegan la resurrección de la carne, para engañar las almas de los sencillos, dicen:«¡ Ay de aquellos que no resucitan en la carne!». Pero si los cuestionaras sobre por qué dicen esto, sabiendo que ellos niegan por completo la resurrección de la carne, te dirán:«¡ Ay, ciertamente, de aquel que no haya sido bautizado en la carne, para que su alma, mientras está en el cuerpo, resucite de la muerte de sus delitos, como de un sepulcro de crímenes, mediante el bautismo!». Pues defienden la resurrección de la sola alma en la carne mediante la gracia del lavatorio vital; ya que excluyen la salvación de la carne misma. Y estos, mediante una confesión verosímil, seducen las mentes de los inocentes con un fraude oculto. Y así como suele suceder que una copa letal, templada con la dulzura de la miel, mata mediante una suavidad engañosa, así también este mal, al contaminar los sentidos de los oyentes con una cierta corrupción mediante el halago de los oídos, los infecta con el contagio del vicio adherente.
2.4.1
PRÓLOGO.-- CAPÍTULO IV.--
2.4.1
En efecto, incluso ahora podrían nombrar el ὁμοούσιον, al igual que las demás cosas, al menos de palabra, si tuvieran forma de pervertirlo hacia otra inteligencia con un sentido retorcido; pero al ver que se ven acorralados por este término, no quisieron que se hiciera mención alguna de él, para no creerlo al profesarlo, o parecer que lo profesaban al creerlo; excusándose con sutil ingenio, diciendo que o bien no estaba escrito, o que no se debía decir que Dios está en una sustancia, para que no se creyera que es corpóreo.
2.4.2
Pues Dios, dicen, hace que exista la sustancia, pero no que el mismo Dios sea considerado como estando en una sustancia; puesto que, afirman, toda sustancia admite contrarios. Pero Dios, que no puede admitir nada diverso, no debe ser llamado sustancia.
2.4.3
Te perdonaría si dijeras esto con sencillez, si quisieras conocer la razón de la cosa, si te acercaras a esta cuestión como un ignorante, si no fueras tú mismo quien siempre afirmaba que el Hijo de Dios procedía de otra sustancia o de la nada; pero siendo tú el mismo que, habiendo sido convicto de esto muchas veces, habiendo confesado muchas veces, habiendo negado muchas veces, has sido condenado más a menudo al cambiar de opinión; tú que incluso ahora, agitando todo con violencia, ambición y poder;¿ cómo crees que puedo perdonarte por retractarte frecuentemente de lo mismo? Pero para que esta perversidad no parezca condenada más por prejuicio que por examen, te responderé brevemente sobre esta oposición.
2.4.4
Prohíbes, pues, que se nombre la sustancia en Dios, como si todo lo que se llama sustancia fuera una cosa de un solo género.¿ O ignoras que las cosas celestiales consisten de una manera y las terrenales de otra; y que incluso entre las mismas cosas celestiales y mundanas existe una gran diferencia? Pues de una manera recibieron sus sustancias los ángeles y de otra las diversas virtudes de sus constituciones, tal como dice el Apóstol:« Una es la claridad del sol, otra la claridad de la luna, otra la claridad de las estrellas». Así también en este mundo, al igual que hay diversos géneros de cosas, también hay diversos cuerpos de seres vivos, y todos tienen la sustancia propia de su género, como dice el Apóstol:« No toda carne es la misma carne».
2.4.5
Si, por tanto, las cosas que fueron hechas por Dios tienen diversas cualidades de sus sustancias,¿ crees tú que en Dios hay una sustancia tal como la que tiene alguna de estas cosas que fue hecha para poder recibir contrarios? Lejos de nosotros.¿ Pues cuál es la sustancia de Dios? Aquello mismo que Dios es: simple, singular, puro, no mezclado con ninguna concreción, límpido, bueno, perfecto, bienaventurado, íntegro, totalmente santo.¿ O acaso piensas que lo que es Dios es algo vano y vacío? Pues decir esto es una blasfemia, que se considere vano a aquel por quien todas las cosas han consistido, que produjo todas las cosas con su palabra, las compuso con su razón, las perfeccionó con su virtud, y bajo cuyo asentimiento y mando todo es regido y todo sirve.
2.4.6
Y bien lees lo escrito sobre Dios:« Yo soy el que soy»; y:« El que es me envió». Y el mismo Salvador, el Señor, dice:« Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a quien enviaste, Jesucristo». Por tanto, Dios es su esencia en sustancia, cuyo conocimiento es la vida eterna, y que es tan grande que no puede ser expresado. El cual es estimado dignamente cuando se dice que es inestimable, quieras o no.
2.4.7
Por tanto, aquello mismo que es, es la sustancia de la cosa que se defiende que es; lo cual, sin embargo, como ya se ha dicho, cuán grande y cuál sea, no puede ser concebido por la mente, ni estimado por el sentido, ni definido por el ánimo; siempre que conste que es lo que se cree que es; de modo que de aquello mismo que Dios es, de ahí sea el Hijo, para que sea verdadero Hijo, y verdadero Padre en el Hijo, y el Hijo en el Padre. Esto será ὁμοούσιον, es decir, de una misma sustancia con el Padre, tal como el mismo Señor dice:« Yo en el Padre y el Padre en mí»; y:« Yo y el Padre somos uno»; y:« Yo salí del Padre»; y:« Quien me ve a mí, ve también al Padre».
2.4.8
No sin razón, porque el Hijo de Dios nació de Dios Padre; y por ello, por la unidad de sustancia y por la majestad de la deidad, son uno, tal como también profetizó Jeremías:«¿ Quién se mantendrá en la sustancia del Señor y verá la Palabra del Señor?». Y de nuevo:« Si se hubieran mantenido en mi sustancia y hubieran escuchado mis palabras, los habría apartado de sus pésimos estudios». Y en Salomón:« Mi sustancia es mi dulzura».
2.5.1
PRÓLOGO.-- CAPÍTULO V.--
2.5.1
Puesto que, por tanto, reconoces esta unidad de sustancia en el Padre y el Hijo no solo por autoridad profética, sino también evangélica, ¿cómo dices que el ὁμοούσιον no se encuentra en las divinas escrituras, como si el ὁμοούσιον fuera otra cosa que lo que dice: «Yo salí de Dios Padre»; y: «Yo y el Padre somos uno»: o lo que los profetas indicaban abiertamente sobre la sustancia de Dios?
2.5.2
Esta es, pues, la razón del nombre, para que creas en la unidad de sustancia en el Padre y el Hijo, aunque no puedas definir la cosa misma, que es inenarrable; para que, ya sea que digas luz de luz, o palabra de palabra, o espíritu de espíritu, o señor de señor; cualquier cosa que digas de él, creas sin embargo que el Padre y el Hijo son de una sola esencia: y de aquello mismo que es el Padre, entiendas al Hijo. Pues si hicieras alguna comparación en él con las cosas que se ven, por la misma disimilitud de las cosas no mostrarás la razón, sino que inducirás la altercación de las disputas, como aquel por cuya voz fue descrito:«¿ Con quién me compararéis?». Y por consiguiente, que baste creer que Dios, a quien nada puede ser asimilado, es sentido tal como él mismo quiso ser creído, no indicado.
2.5.3
En fin, si sobre esto mismo que profesas conmigo quisieras comparar alguna semejanza en Dios, no sé si lo que hayas comparado podrás definirlo con mayor claridad: por ejemplo, cuando dices luz de luz, si te ves obligado a explicarlo con una narración escrupulosa, pregunto:¿ cómo crees que es luz de luz?¿ Como una lámpara de otra lámpara, o como un sol de otro sol; para que bajo este ejemplo introduzcas dos lámparas o dos soles, como si fueran dos dioses?¿ O señalas como luz de luz el esplendor de la misma lámpara, o la claridad del sol que brilla del mismo sol, para que asimiles la figura del Hijo a la matriz de la luz del Padre, y muestres al Hijo como el esplendor de la claridad; lo cual el Profeta dijo de él:« Junto a ti está la fuente de la vida, y en tu luz veremos la luz»; o Salomón, cuando dice:« Es el candor de la luz eterna, y el espejo sin mancha de la majestad de Dios, e imagen de su bondad»; o el Apóstol aquí predicó que nuestro Salvador es la imagen del Dios invisible, por el hecho de que la imagen del sol es su propia luz, que procede del mismo sol.
2.5.4
Pero es largo decir cuántas cosas pueden responderse a esto, las cuales generan disputas, lo que el Apóstol prohíbe: puesto que consta que esa luz que es Dios no puede ser estimada, comprendida ni definida: ni verdaderamente puede compararse nada de estas cosas que están en este mundo con la majestad divina; porque nada de todas estas cosas que se ven o se dicen puede ser estimado con una semejanza digna según lo que Dios es, puesto que es mayor que los mismos intelectos y sentidos.
2.5.5
Por eso advirtió que creyeras en la divinidad de la sustancia y que reconocieras al verdadero Hijo del verdadero Padre: pero que no debieras indagar sobre la cualidad de la cosa; porque no puedes saber cuál o cuán grande sea. Pues esto es lo que predicaron los profetas y los apóstoles.
2.6.1
PRÓLOGO.-- CAPÍTULO VI.--
2.6.1
Finalmente, según nuestra capacidad, según nuestras fuerzas, según nuestra fe, consideremos qué es Dios y veamos si algo puede comparársele. Ciertamente, este es aquel de quien, cuando se habla, no puede hablarse; cuando se estima, no puede estimarse; cuando se compara, no puede compararse; cuando se define, crece por su propia definición. Él, que cubre el cielo con su mano, encierra en su puño todo el ámbito del mundo. Aquel a quien todas las cosas, en su totalidad, desconocen, y al temerlo, lo conocen. A cuyo nombre y virtud sirve este orbe, y la misma vicisitud momentánea de los elementos que se suceden entre sí lo atestigua. Mira, pues, si puede haber algo a lo que el Padre y el Hijo puedan compararse; porque tal es el Hijo, cual es el Padre; pues no se diría a sí mismo uno con el Padre, si no supiera que es tal cual es el Padre.
2.6.2
Existe una razón, que entre los griegos se denomina λόγος, que distingue las personas o los nombres entre el Padre y el Hijo; porque el mismo Hijo es llamado razón. Esta razón, sin embargo, es llamada con muchos nombres: a veces Verbo, a veces virtud, a veces sabiduría, a veces diestra, a veces brazo, a veces perla, a veces tesoro, a veces red, a veces arado, a veces fuente, a veces roca, a veces piedra angular, a veces cordero, a veces hombre, a veces becerro, a veces águila, a veces león, a veces camino, a veces verdad, a veces vida. Y así, siendo Dios todo en todos, para que a través de estos nombres se conozcan los misterios de las disposiciones divinas, no para que la misma majestad del Hijo de Dios sea mostrada propiamente definida.
2.6.3
¿ Qué es, pues, el Hijo respecto a lo que es el Padre? Otro, el mismo. Pues también por esto es llamado Verbo, porque procedió de la propia boca divina, y el Padre no ordenó ni hizo nada sin él. Es llamado virtud, porque verdaderamente es de Dios y siempre está con Dios, y toda la potestad del Padre consiste en él. Es llamado sabiduría, porque viniendo del corazón del Padre, reveló los arcanos celestiales a los creyentes. Es llamado diestra, porque por él fueron perfeccionadas todas las obras divinas. Es llamado brazo, porque por él todas las cosas son contenidas. Es llamado perla, para que nada sea tenido por más precioso que él. Es llamado tesoro, para que en él se reconozcan depositadas todas las riquezas y bienes de los reinos celestiales. Es llamado red, porque por él y en él, del mar del siglo, una diversa multitud de gentes es congregada en la Iglesia, como peces a través del agua del bautismo, donde se reconoce la distinción entre buenos y malos. Es llamado arado, porque bajo el signo de su cruz los corazones duros son sometidos, para que sean preparados para la semilla necesaria. Es llamado fuente de agua viva, porque de él los corazones sedientos son irrigados por la gracia del agua celestial. Es llamado roca, porque a los creyentes presta fortaleza, y a los incrédulos, dureza. Es llamado piedra angular, porque conteniendo en sí mismo a ambos muros, el del Antiguo y el del Nuevo Testamento, los unió como mediador. Es llamado cordero, para que se demuestre la inocencia y la pasión de Cristo. Es llamado hombre, porque según la carne se dignó nacer por nosotros los hombres. Es llamado becerro, porque por nuestra salvación soportó padecer. Es llamado águila, porque después de la venerable resurrección, como rey de las aves, vuela hacia la sede del Padre. Es llamado león, porque él es el rey de reyes, que quebrantó la muerte y al diablo con el poder de su virtud. Es camino, porque por él es el ascenso. Verdad, porque no conoce la mentira. Vida, porque él mismo vivifica todas las cosas.
2.6.4
¿ Ves, pues, cómo a través de estos nombres se prefiguran las significaciones tanto de las disposiciones como de las obras divinas, sin que, no obstante, el mismo Dios sea propiamente definido? Es, pues, el Padre Dios inmenso, eterno, incomprensible, inestimable. Es también su Hijo Dios y nuestro Señor, tan grande como lo es el Padre; pero no de otra parte que del Padre, porque, dice, del Padre salí, esto es, luz de luz.
2.7.1
PRÓLOGO.-- CAPÍTULO VII.--
2.7.1
Pero para que el hereje no tome de ello ocasión alguna, al establecer dos nombres o dos personas, esto es, del Padre y del Hijo, como si dijera dos dioses, tal como ellos fingen dos a partir de la diversidad: nosotros, en cambio, nombramos al Padre y al Hijo de tal manera que consignamos un solo Dios en estas personas y nombres. Allá ellos los filósofos, allá ellos los herejes discípulos de ellos, que se varían por la diversidad de las potestades: para nosotros, sin embargo, hay un solo Dios, el Padre, como dijo el Apóstol, de quien son todas las cosas y nosotros de él; y un solo Señor Jesucristo, Dios, Hijo de Dios, por quien son todas las cosas y nosotros por él.
2.7.2
Pues por dos,¿ qué otra cosa se entiende sino una sustancia dividida en partes por dos, y con los mismos nombres una naturaleza de actuar y mandar disociada, tanto en voluntad como en imperios dividida? Por lo demás, aunque el Padre y el Hijo son creídos como dos personas, por razón y sustancia, sin embargo, son uno. Pues la sociedad de los desiguales es ofensa de lo mejor, y en injuria de aquel que es verdadero Dios, no se compara otro que no es verdadero. Cuando, sin embargo, yo establezco al Padre y al Hijo, asigno la unidad del género; y si la divido en personas, las distinciones de las personas, no obstante, consignan de nuevo los mismos nombres en la unidad de sí mismos mediante el pacto de la ley natural.
2.7.3
De donde también el Hijo es tan grande como se verá que es el Padre, todo de todo, íntegro de íntegro, perfecto de perfecta y consumada virtud, como dice el Apóstol: En quien habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad. Pues también Jeremías, el más receptivo de los profetas, conociendo esta unidad de la divinidad en el Padre y el Hijo, dijo: Este es nuestro Dios, y no será reputado otro fuera de él; quien halló todo el camino de la prudencia y la dio a Jacob, su siervo, y a Israel, su amado. Después de esto fue visto en la tierra y conversó con los hombres. Y Isaías predica esto mismo diciendo: Esto dice el Señor Dios: Egipto se ha fatigado, y la negociación de los etíopes, y los sabeos, hombres excelsos, pasarán hacia ti, serán tus siervos y caminarán tras de ti encadenados con grillos, y te suplicarán; puesto que en ti está Dios, y no hay otro Dios fuera de ti; pues tú eres Dios.
2.7.4
Para que no pienses que he dicho esto con el mismo orgullo con que se dice que se comporta Sabelio, quien profesa que el mismo es el Padre y el mismo es el Hijo, no forzamos nosotros todo en una sola sentencia de tal manera que seamos atrapados por el fraude de otros herejes. Pero porque en el mismo nombre de las personas se reconoce una autoridad indiscreta, y el Hijo no es nombrado por género, sino personalmente a partir del Padre; por consiguiente, atribuimos todo al Padre, lo que es el Hijo; y todo al Hijo, lo que es el Padre. Nada parecerá no ser del Padre, lo que sea juzgado del Hijo; ni del Hijo, lo que sea defendido del Padre; porque la unidad de la majestad no permite que los dioses sean llamados con nombre plural; puesto que consta que el Padre y el Hijo son de una sola sustancia, de donde cada uno es llamado un solo Dios.
2.7.5
Temiendo esto ante todo, porque a menos que el Padre y el Hijo sean uno, la natividad interpolada recaería en envidia del autor; pues esto plugo a los herejes, que aquel Dios omnipotente, invisible, inmenso, degenerara en el Hijo, no solo en potestad, sino con la condición cambiada, como si el Padre no hubiera podido tener de sí mismo a uno tal cual es él mismo. Por consiguiente, defendemos al verdadero Hijo del verdadero Padre, que siempre fue y es de una sola sustancia con el Padre. Y esto es lo que los griegos llaman ὁμοούσιον, esto es, con uno, otro lo mismo; para que las personas se hicieran audibles nominalmente, y no para que los nombres separaran la sustancia.
2.8.1
PRÓLOGO.-- CAPÍTULO VIII.--
2.8.1
Pero para refutar todo el misterio de la herejía arriana, explicaré brevemente por qué no quieren que se crea que el Hijo es de la sustancia del Padre. Dicen, en efecto: Siendo Dios Padre omnipotente, invisible, inconvertible, inmutable, perfecto, siempre el mismo, eterno; el Hijo, en cambio, es visible, porque a menudo fue visto por los padres; y convertible y mutable, porque se mostró en diversas figuras: quien, si fuera de la sustancia del Padre, dicen, nunca podría suceder que antes de la asunción de la carne fuera visto como visible o mutable; sino que más bien habría permanecido en la igualdad en la que es el Padre, de cuya sustancia era; porque lo que es del Padre, debe creerse que no puede ser visto, ni cambiado, ni convertido.
2.8.2
Se añade a la causa que, cuando se deslizó en María, cuando llenó el útero de la Virgen, nació de ella algo distinto de lo que había venido. De donde ya, dicen, la sustancia corrompida cambia su estado, pierde el orden, siendo formado continuamente por esa misma inmutación de Dios en hombre, de espíritu en carne. Y, ciertamente, toda traslación es aniquilación de lo anterior. Y por esto dicen: Si el Hijo fuera de la sustancia del Padre, ya el Padre parecería menor que su sustancia, ya sea por tradición o por fin; y por consiguiente prefirieron creer que el Hijo es de otra sustancia, porque puede ser convertido, y cambiado, y visto; porque no es lícito creer esto de la sustancia del Padre.
2.8.3
Esta es la causa del error, este el origen de la herejía arriana; mientras no entienden la virtud de Dios, ni reconocen la disposición de tan gran sacramento, al comparar a Dios con condiciones humanas. A quienes primero debe responderse que el Hijo de Dios no fue visto como era Dios, sino como el hombre podía captar de Dios; después, que no es él mismo mutable y convertible por diversas figuras, sino que esto es propio de la potencia de Dios, que cuando se digna revelarse a cada uno, según quiere, cambia el hábito, no altera la sustancia; ni pierde la propiedad de la cualidad, sino que, según el mérito del que ve, aplica un temperamento de majestad; él, sin embargo, permanece el mismo, como siempre es, en la propiedad de su sustancia, como está escrito: Los cambiarás y serán cambiados; tú, en cambio, eres el mismo, y tus años no desfallecerán.
2.8.4
Pues aunque son muchas las cosas que se ven en este mundo, que se convierten de una cosa en otra, de modo que dejan de ser lo que eran y son lo que antes no habían sido; como el lodo cuando se figura en hombre, deja ya de ser lodo; o los peces, o las aves, cuando proceden del agua, ya no son agua, porque son otra cosa; como el barro del alfarero cuando se solidifica en vasija; como la piedra, cuando disuelta y cocida se convierte en cal; como la arena cuando se cambia en vidrio, y otras cosas que sería largo enumerar. Pero hay mucha diferencia, estúpido hereje, entre las cosas que fueron hechas y aquel que hizo todas las cosas como quiso. Las cosas que fueron hechas sirven a la condición asignada; quien, en cambio, hizo, es de su propia voluntad y de su propio derecho. Ni puede ser cambiado en otra cosa de lo que es, por alguien que lo obligue; sino que, según quiere y a quien quiere, se demuestra. Pues si los ángeles fueron vistos a menudo en figura de hombres, y sin embargo no son otra cosa que lo que saben ser, ni cambian su sustancia cuando toman la forma del cuerpo humano;¡ cuánto más el mismo Señor nuestro, que hizo todas las cosas, que a los mismos ángeles, para que pudieran hacer esto, se lo concedió por su institución!
2.8.5
A esto se añade que, como ya se ha dicho, aprobamos que el Hijo de Dios fue visto por los Padres de tal manera que no se veía en él todo lo que es Dios; sino que las disposiciones de las cosas futuras, que debían cumplirse en sus tiempos respectivos, eran vistas en él a través de una imagen. Pues,¿ quién pudo ver al Hijo de Dios antes de que asumiera la materia visible, como le plugo, o se dignara revestirse del mismo hombre?
2.8.6
Quien, aunque fue visto por Abraham, fue visto en forma de cuerpo humano, por lo cual, ciertamente, se mostraba que en los tiempos postreros habría de venir en hombre.
2.8.7
Jacob también en otro lugar es visto en un ángel, en otro lugar igualmente es visto en un hombre. Quien por eso se demostró en un ángel, para indicarse como mensajero del gran consejo; en un hombre, en cambio, con quien se describe que también luchó; para indicar especialmente la imagen de la futura lucha que habría de tener con Israel, cuando hubiera venido según el hombre. Pero para que creyera que era el Señor, con quien luchaba en tan gran combate bajo figura de hombre, Israel, esto es, el hombre que ve a Dios, recibió el nombre. Vi, dijo, a Dios cara a cara, y mi alma fue salvada. Y, ciertamente, había visto la figura de hombre que el Dios Hijo de Dios había revestido.
2.8.8
A Moisés se le apareció en la zarza en llama de fuego, para demostrar luz a los creyentes y juicio a los incrédulos; porque Cristo es salvación para los creyentes y castigo para los no creyentes, como dice el Apóstol: Para unos olor de vida para vida, para otros olor de muerte para muerte.
2.8.9
Precedía al pueblo de Israel en columna de nube durante el día, y durante la noche en columna de fuego, como guía del camino; para mostrar la gracia del bautismo a través de la nube, y el don del Espíritu Santo a través del fuego; porque el apóstol Pablo escribe que los Padres fueron bautizados en la nube, y los Hechos de los apóstoles declaran que el Espíritu es como fuego.
2.8.10
Ves, pues, por todas partes, hereje, que los caracteres de las divinas Escrituras fueron premostrados a los Padres en honor de Dios; no obstante, el mismo Dios, tal como es, no fue revelado propiamente. Finalmente, cuando Moisés oraba para ver puramente el rostro de Dios,¿ qué le dijo Dios inmediatamente? No podrás, dijo, ver mi rostro; pues no verá el hombre mi rostro y vivirá. Por el mismo hecho de que se niega el aspecto, se asigna la claridad, la cual, ciertamente, es tan grande como debe creerse, la cual se indica invisible. Cuando, pues, Moisés, quien ha ordenado y expresado tanto la situación del cielo como los órdenes del mundo y las vicisitudes de los elementos, y finalmente los ornamentos de todo el orbe; a quien el mismo Señor dio testimonio diciendo: No habrá entre los profetas como mi siervo Moisés, con quien hablé cara a cara, boca a boca; sin embargo, no pudo ver a Dios puramente. Digno, ciertamente, de toda profecía, pero no hasta el punto de poder contemplar a Dios, en cuanto era solamente hombre.
2.8.11
Y, ciertamente, defendemos todas estas palabras del Hijo, quien sabemos que habló con Moisés en el monte Sinaí, quien había venido del Padre para realizar y explicar las cosas; porque convenía que todas las cosas desde el principio fueran ordenadas, explicadas y permanecieran por él, para que esta razón principal de tener al Hijo constara. Y, sin embargo, la visión se acepta de tal manera que se veía habiendo asumido la disposición de alguna materia visible, como dije, a salvo, ciertamente, su invisibilidad, que la majestad interpuesta apartó de la vista de todos. Pues no fue revelado a los aspectos humanos de tal manera que toda la deidad apareciera en él; sino que, a modo de espejo, cuando encierra los rostros concebidos dentro de su luz como en una plena efigie de hombre; así, precediendo el fulgor de su majestad, se vio dentro de aquello que demostraba la imagen de la verdad, no al mismo Dios propiamente.
2.8.12
Así también cuando se dignó revestirse de hombre, no trajo menoscabo a la eternidad; para cambiar el espíritu en carne, sino para prestar al hombre asumido la inmortalidad y la eternidad de la vida celestial. Pues aunque el Apóstol dice que se anonadó a sí mismo: tomando forma de siervo, no aceptamos, ciertamente, que fuera anonadado de tal manera que el mismo Espíritu se hiciera otra cosa de lo que había sido; sino que, apartado por un tiempo el honor de su majestad, revistiera el cuerpo humano, con el cual, una vez asumido, se hiciera la salvación de las gentes. Pues así como el sol cuando es cubierto por una nube, su claridad es comprimida, no cegada; y aquella luz, que difundida por todo el orbe inunda todas las cosas con claro esplendor, es encerrada por un obstáculo muy pequeño de nube, no es quitada; así también aquel hombre a quien el Señor Jesús, nuestro Salvador, esto es, Dios y Hijo de Dios, revistió; sin embargo, no interceptó a Dios en él, sino que lo escondió.
2.8.13
Finalmente, cuando en el monte se hubo elevado un poco fuera del mismo hombre, los apóstoles, casi cegados por el fulgor de su luz, cayeron a tierra como hombres, peligrando su vida, si el Señor no los hubiera socorrido de nuevo como misericordioso, comprimido el honor de su majestad, según aquella sentencia: Nadie vio a Dios y vivió. Para que, pues, la claridad del sol, cuando no brilla hasta nuestros ojos, esté a salvo para sí; porque lo que no se ve, es de nuestra debilidad, cuyos ojos cubre la oscuridad de las nubes; así prueba que no se ocultó por detrimento propio de su fulgor; sino por beneficio de la carne, como dije, por cuya causa el Hijo de Dios soportó ser hijo del hombre.
2.8.14
Pues, ciertamente, del Espíritu de Dios concibió la Virgen, y lo que concibió, esto dio a luz, esto es, a Dios asociado a su hombre, como ya dije, tal como él mismo dijo: Lo que nace de la carne, carne es; y lo que nace del espíritu, espíritu es; porque Dios es espíritu, y de Dios nació. Como también el ángel dijo a la Virgen María: El Espíritu de Dios vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso lo que nacerá de ti santo, será llamado Hijo de Dios.
2.8.15
Ves, pues, que el mismo Espíritu, esto es, el Hijo de Dios, vino a la Virgen; y de allí procedió el Hijo de Dios y del hombre; y sin embargo, el Hijo de Dios no fue cambiado por el mismo vestido de la carne; sino que es el mismo en el hombre, que había sido antes del mundo con el Padre; por quien fueron hechas todas las cosas, y sin quien nada fue hecho, como dice el Evangelista: El mundo fue hecho por él, y el mundo no lo conoció.
2.8.16
Por lo demás, es de un demente creer que puede ser liberado por aquel que, para liberar, fue perdido; para nacer, fue oprimido; para recuperar la inmortalidad, pasó a la muerte. Pero lejos esté, hereje, que el sentido de tu iniquidad sea admitido por los católicos; nosotros, en efecto, creemos en el inmutable e inconvertible, Verbo y espíritu, esto es, el Hijo de Dios; quien cuando revistió al hombre, no cambió el estado, no perdió el orden, no inmutó la sustancia; sino que iluminó las inmundicias del mismo cuerpo con la luz eterna de su claridad; para que hacia nosotros, a través del camino de su cuerpo, redundara la luz del Espíritu Santo y la gracia de la vida eterna.
2.8.17
A quien, aunque creemos que padeció y fue sepultado, padeció aquel hombre a quien el Hijo de Dios asumió, a quien revistió, a quien llevó. Pero porque todo se refería al autor, lo que sea que aquel hombre padecía; por eso se juzga la muerte y la pasión del Señor; pues consta que es inmortal lo que es de Dios; del hombre, lo que es caduco.
2.8.18
Al tercer día también resucitó, no Dios en hombre, sino más bien el hombre en Dios.
2.8.19
Ascendió a los cielos, ofreció a su Padre aquel hombre, don gratísimo, se sentó a la diestra del Padre, según lo que está escrito: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra.
2.8.20
Nos envió el Espíritu Santo de su propia y misma sustancia, protector, santificador y conductor a la vida eterna, como está escrito por voz de Dios: Derramaré de mi Espíritu sobre mis siervos y mis siervas( Joel II, 29). Y de nuevo: El Espíritu de mí procederá. Y el mismo Señor y Salvador nuestro: De lo mío, dice, tomará; de aquello, ciertamente, que es el Hijo, porque también el Hijo es de aquello que es el Padre.
2.8.21
Desde allí, en tiempo prefijado, vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos; para devolver a los creyentes los premios, y a los no creyentes, en cambio, los suplicios.
2.8.22
Cuyo reino es eterno, inmortal; ni tiene principio, ni término; a quien es honor y gloria por los siglos de los siglos.
3
CONCLUSIÓN.--
3
Tú que lees esto, por Dios te ruego, no tuerzas la simplicidad del sentido hacia la ambigüedad, ni lo lleves a otra parte de lo que se ha dicho; porque nosotros confesamos al Padre como verdadero Padre, y al Hijo de Dios como verdadero Hijo de Dios, y creemos que el Espíritu Santo es verdaderamente Espíritu Santo; confesando tres personas de una sola sustancia y de una sola divinidad. Condenamos, en cambio, la secta de Sabelio y de Fotino, y también la de Arrio, y si hay alguna otra que venga contra la regla de la verdad. Abrazamos, en cambio, el tratado del sínodo niceno, guardándolo con todo el esfuerzo del ánimo y con toda la fe; pues sabemos que este tratado está opuesto contra todas las herejías con verdad invicta.

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