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Sobre la fundación del monasterio de San Arnulfo de Metz
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Puesto que deseamos rememorar brevemente a aquellos con cuyo patrimonio la iglesia de San Arnulfo, que en tiempos antiguos era llamada iglesia de los santos apóstoles, ha reflorecido hasta el presente, parece conveniente relatar en pocas palabras cuya diligencia y santidad colocó aquí el primer altar. El relato de los antiguos, en efecto, ha transmitido a la posteridad que el bienaventurado Paciente, cuarto obispo de los metenses, fue discípulo del bienaventurado Juan, apóstol y evangelista; este bienaventurado apóstol, habiendo alcanzado un espacio de vida más prolongado mientras sus condiscípulos ya reinaban en el cielo, envió a muchos de sus alumnos a la mies del Señor por diversos lugares de las regiones. Entre ellos, al bienaventurado Paciente, que resplandecía con la luz de sus méritos, mientras por revelación divina se le encomendaba una obra semejante, él, sin duda, deseando la presencia de su maestro, se negaba a cumplirla a menos que pudiera obtener de algún modo la prenda de las reliquias de su cuerpo. El bienaventurado apóstol Juan, acogiendo la fe de su devoción, pidió al Señor que esto sucediera, por cuyo mandato toda la naturaleza cambia la fuerza de su propia ley. Hecha, pues, la oración y llamado a su fiel discípulo, extrayéndose un diente de la boca sin dolor, dijo: «Ten esto como prenda de mi amor. El autor de la piedad te concede también que, cuando estés cerca de la ciudad de Metz, a la cual eres destinado como doctor, hables plenamente la lengua de sus habitantes»: pues se dice que su lengua era el griego. Así como el bienaventurado Nicolás fue elevado al sumo grado del sacerdocio por revelación divina, así este santo Paciente, por la misma gracia, fue destinado por el apóstol Juan a regir la ciudad de Metz, viviendo aún en cuerpo su predecesor, el bienaventurado Félix, obispo de Metz.
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Sobre la primera consagración de la iglesia.
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El bienaventurado Paciente, pues, dotado con la consagración, la bendición y el insigne don de las reliquias de su amado Juan, emprende el viaje y, ordenándolo la clemencia suprema, se convierte en pastor de los metenses; él, dirigiendo su alma a la contemplación divina y a la oración, construyó y consagró una basílica a Dios y a su maestro, el apóstol Juan, fuera de los muros de la misma ciudad, hacia el sur, y la honró con el diente de aquel y con doce partículas de las vestiduras de los apóstoles, junto con otras prendas de los santos, e instituyó a quienes allí sirvieran a Dios; y, terminado el curso de sus trabajos, descansó allí en paz, en tiempos de los emperadores Antonino Pío y Adriano, en los días del papa Higinio.
3.1
Sobre el tiempo desde san Paciente hasta el tiempo de san Arnulfo.
3.1
Desde los tiempos de este santo hasta el bienaventurado Arnulfo transcurrieron quinientos años y más, sucediéndose en el intervalo veinticuatro obispos, aunque la iglesia estuvo vacante durante muchos años; desde el bienaventurado Arnulfo hasta el obispo de Metz Teoderico, quien fundó la iglesia de san Vicente, transcurrieron trescientos años y más, sucediéndose diecisiete obispos, cuyo último fue el dicho Teoderico. Este arrebató al bienaventurado Esteban bienes de la iglesia antes mencionada, es decir, de los santos apóstoles y del bienaventurado Arnulfo, y de Gorgia (la abadía de Gorze) y de santa Glodesinda, con los cuales restauró la misma iglesia de san Vicente, y extrajo de los cenobios de Gorgia y de san Arnulfo a ciertos monjes para que llevaran allí vida monástica y se dedicaran continuamente al servicio divino.
3.2
Hasta el día de hoy, reuniéndose allí cada año las iglesias conventuales, los canónigos, el clero y el pueblo, el obispo de la sede realiza la consagración de las palmas, y todos los presbíteros de toda la ciudad están obligados a acudir a la misma iglesia para la consagración de las palmas antes de que lleguen los canónigos, y deben enviar sus palmas para ser consagradas.
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En todo, el bienaventurado Paciente se adhirió al apóstol Juan.
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El santo Paciente, pues, fundador de la iglesia de los santos apóstoles, como hemos conocido por el relato vicario de nuestros predecesores, surgió de la ínclita estirpe de los griegos; así como brilló por su nobleza mundana, así también resplandeció por la gloria de sus riquezas en la región de Asia Menor. Esta región de Asia la recibió el amado evangelista del Señor, Juan, por disposición divina en su suerte de predicación, y la sometió al yugo de la fe. Pues mientras confirmaba con el fulgor de sus virtudes la claridad de sus palabras, muchísimos destinados a la vida, poderosos, ricos y humildes, compungidos por la gracia, obedecían a su doctrina. Así, entre otros insignes, también el bienaventurado Paciente se sometió a la fe de la obediencia, abandonó la pompa del mundo y se adhirió íntimamente al santo apóstol. Juan, cuando Cristo hubo cambiado el agua en vino en sus bodas, le siguió y abandonó el matrimonio carnal; Paciente, al escuchar de labios del mismo Juan la palabra de Dios, renuncia a los deleites del mundo. Juan se adhirió socialmente a Cristo en la resurrección de la hija del archisinagogo en la habitación; Paciente estuvo presente ante Juan cuando resucita al hijo de la viuda fiel. Juan estuvo presente en la transfiguración realizada en el monte por Cristo; Paciente estaba junto a Juan cuando, tras la conversión de dos nobles que habían renunciado a sus riquezas, los rescataba de la condenación eterna mediante la maravillosa reciprocidad del oro en las hojas. Juan estuvo junto a la cruz de Cristo; Paciente estuvo junto al mismo Juan cuando fue arrojado al aceite hirviendo. Cristo, vencida la muerte, encomendó a los discípulos la unión de su verdadera divinidad y su humanidad con un panal de miel; Juan, tras la libertad del exilio, elucidó por escrito a Paciente y a sus condiscípulos la sustancia inseparable del Padre y del Verbo.
5.1
Sobre la vida de san Amalario, su glorioso sepulcro y sus santos milagros.
5.1
Añadimos también a esta página el recuerdo del piadosísimo sacerdote Amalario, arzobispo de Tréveris, según se dice, quien se afirma que fue canciller de Carlomagno, cuyo venerable monumento se contempla en medio de la cripta situada bajo el monasterio. Su sepultura, en efecto, mientras se exponían los huesos de los demás al romperse los monumentos por causa de la construcción de un oratorio más augusto, no pudo ser alterada en absoluto por intervención divina. Finalmente, favoreciendo Dios la obra, se le pone fin; y he aquí que un hermano custodio de la iglesia, llamado Gregorio, es tocado quizás por un escrúpulo y, tomando algunos huesecillos de su sepulcro, se dispone a conocer el mérito del varón; al arrojarlos a las brasas ardientes, habrías visto cómo, cosa maravillosa de ver, retrocedían y, como si reclamaran con movimientos, los huesos del varón de Dios no se atrevían a tocarlos, porque, mientras vivió, extinguió prudentemente en sí la llama de los vicios con el rocío celestial. Aterrorizado por este signo, repone apresuradamente los huesos en el sepulcro. En la noche siguiente, mientras disfrutaba del don del descanso, se le aparece el varón de Dios con un sonido de pasos, desde la entrada izquierda de la cripta. Allí estaba tendido el mencionado hermano, y, sometido al castigo con temblor, le increpó duramente por haberse atrevido a inquietarlo. El monje es invadido, pues, por una molestia corporal, pero se alivia con una satisfacción digna.
5.2
No mucho tiempo después, el señor Adalberón, obispo de Metz y amigo fiel de nuestro lugar, tuvo el deseo de colocar para sí un mausoleo en la misma cripta. Lo cual se habría cumplido allí cuando se acercaba el fin de la vida del obispo. El mismo varón de Dios, Amalario, apareciéndose al hermano mencionado anteriormente, pregunta lo siguiente:«¿ Para quién se prepara el sepulcro junto a mí?». Y él dijo:« Para el obispo de Metz de piadosa memoria, Adalberón». A esto, el varón de Dios Amalario dijo:« Haz público esto entre el pueblo, porque, con la divinidad propicia, mientras esté cubierto de tierra aquí, nadie compartirá conmigo el sepulcro: pues aunque él haya notificado algo menor, el resultado del asunto lo comprobó: pues el obispo, aún vivo, al haber ordenado ser trasladado allí, por consejo de algunos fue impedido, y obtuvo sepultura en la basílica del Santo Salvador, construida augustamente por el mismo». Cuán tenido en cuenta es este Amalario ante la majestad de Dios se comprueba por la liberación de muchos febriles, lo cual omitimos decir por el momento; porque si hay fe, se realiza diariamente. Asimismo, las mujeres deben tener paz con sus maridos cuando vienen a suplicarle, y también los hombres creen ser socorridos a menudo mediante oraciones y misas.
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Cuando se cambió la orden, es decir, los canónigos regulares a la orden monástica, entonces Arbesto fue hecho primer abad en la iglesia de san Arnulfo.
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Yo, Arberto, monje de Gorze, os hago saber que Otón, por divina providencia emperador, y Adalberón, obispo de Metz, expulsados los canónigos regulares, me constituyeron abad de san Arnulfo. Por lo cual, encendidos por el aguijón de la furia como si hubieran sido expulsados de sus rentas paternas, algunos de ellos acudieron a nuestro señor mayor, es decir, a Otón, profiriendo una vana declamación sobre esto, que injustamente había arrebatado lo propio y como si fuera un lugar hereditario. Y cuando hube indicado todo lo que había hecho al mencionado señor, despreciando su razonamiento, como rey sabio y justo, para que en adelante no fueran molestados los que servían allí a Dios por las quejas de los envidiosos, entonces él mismo confirmó lo que yo había hecho con el testamento de la autoridad real, ordenando que nuestra iglesia sintiera lo mismo con igual consentimiento para la autoridad de la corroboración. Lo cual, ejecutándolo según el ardor del deseo, para que desde entonces permaneciera como establecimos con el consentimiento de nuestro duque, es decir, Otón, y de toda nuestra iglesia, corroboramos este precepto de confirmación escrito con nuestras propias manos, y lo dimos para ser corroborado tanto al mencionado duque como a nuestros coobispos y fieles, en el Señor y por el Señor, pidiendo humildemente a todos nuestros sucesores que, tal como definimos, quienes deseen tener por válidas sus propias definiciones, consientan también las nuestras. Por ello, yo, Arberto, asumo tal cuidado por el Señor, y por aquellos que me lo han rogado, es decir, el cuidado pastoral, para que me aproveche a mí y a los monjes eternamente. Este no tuvo la iglesia pastoral más que por dos años.
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Después de este, asumió el oficio el señor Ansteo.
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Y no es digno pasar en silencio al señor Ansteo, monje y abad gloriosísimo del monasterio de san Arnulfo. Este, en hábito secular, compañero del dicho padre y unido por la cadena de la sangre, habiendo dejado primero sus facultades y seguido también sus huellas, se transformó verdaderamente de archidiácono en pobre de Cristo, hecho monje. Este floreció tanto en sabiduría y elocuencia que, como de un excelente retor, fluían continuamente de él, cuando era necesario, las mieles de los sermones. También valió no poco en la pericia de la arquitectura. Este, hecho primero decano en el monasterio de Gorze, mostró con obra y ejemplo cuánto floreció en santidad y administración de las cosas. Exigiéndolo, pues, sus méritos, es hecho abad en el monasterio de san Arnulfo, después de Arberto, varón egregio, quien fue el primero en ser puesto al frente de ese lugar por el señor obispo Adalberón, habiendo sido apartados de allí los clérigos, para la orden regular de los monjes. Este Ansteo amplió con copiosas facultades el monasterio, que sufría mucha indigencia. Completó todas las habitaciones de los hermanos en el plazo de cuatro años. La abadía, prestando ayuda el señor obispo Adalberón, durante cuatro meses, lo cual es maravilloso de decir, si no lo hubiera impedido la disensión del reino, que existía entre Otón, entonces rey, después César, y su hijo Liudolfo, y su yerno Conrado. Sin embargo, el verano siguiente, con la ayuda de Cristo, terminó la obra comenzada, y no disminuía su destreza pastoral por los cuidados exteriores. Todos los domingos y fiestas principales cantaba misas públicamente, y cada miércoles en privado, con suma devoción y muchas lágrimas, en ayunos, en vigilias, en oraciones, en humildad, en el cuidado de los hermanos enfermos, en hospitalidad y en las demás obras de misericordia, fue clarísimo. Consumando, pues, su curso, al final de su santa perseverancia, terminados sus trabajos durante 16 años, el día anterior a la natividad de la Madre de Dios, con la concurrencia de hombres devotos, cumpliendo el señor y venerable obispo Adalberón el rito de las exequias, fue depositado en un sepulcro en la parte septentrional de la basílica, en el año del Señor 960.
8.1
Después del abad Ansteo segundo, los monjes de san Arnulfo eligieron a Juan como tercer abad.
8.1
Después de Ansteo, Juan asumió el oficio pastoral de san Arnulfo. En sus tiempos, del primer Otón, magnífico y famosísimo emperador, progenitor del segundo del mismo nombre, quien por la defensa de la santa Iglesia de Dios contra los sarracenos en Apulia libró una batalla digna de ser recordada por todos los siglos, era conde de palacio llamado Teuberto, floreciente en riquezas, varón muy esforzado en las cosas divinas y humanas, y conspicuo por toda bondad. Este había recibido de su esposa Ermentruda descendencia de sexo femenino; pero como faltaba la masculina, persistiendo frecuente en oraciones, pedía a Dios que le diera un hijo. Intentando esto, sucedió que un día se dirigió al monasterio de san Arnulfo por esa causa, y durante mucho tiempo, tendido en el suelo ante el sacrosanto altar, prolongó su oración. Juan, abad del mismo lugar, estaba inmóvil ante las puertas de la basílica hasta que saliera el conde palatino, quien, al alejarse de la iglesia, tras el saludo y los besos previos, dijo: «Alégrate, nobilísimo de los varones, y reconoce que tus oraciones han sido escuchadas por el Señor». Y cuando él, lleno de horror por la novedad del asunto, estaba allí venerando, preguntando de dónde lo sabía, él dijo: «He aprendido por revelación de Aquel a quien están patentes los secretos de las mentes que has merecido el hijo varón buscado desde hace mucho tiempo por la oración a Dios. Pues en breve habrá de ti, de casto matrimonio, un vástago varón, de nombre Benedicto, que ha de ser bendecido en todo por Aquel que llama a las cosas que no son como si fueran. Guárdate de cambiarle el nombre que dio Aquel que creó todo de la nada; y entrega al nacido al señor y santo Arnulfo para ser nutrido bajo un prepósito regular, cuyo propagador brillará algún día lejos y ampliamente». Aquel, crédulo ante las palabras del varón de Dios, regresó alegre a casa por la respuesta recibida. Mientras tanto, no habiendo pasado muchos días, la madre, a quien bajo el auspicio de Cristo había concebido, dio a luz prósperamente al hijo. El progenitor, en efecto, tomando al niño a escondidas de la madre junto con la nodriza, lo lleva al monasterio arriba dicho al abad Juan, pidiendo que sea hecho catecúmeno por él mismo. No se negó el varón santo, sino que lo que el conde había pedido, lo cumplió entonces en acto, y le impuso el nombre.
8.2
Cumplido esto, el conde introduce al niño envuelto en un manto púrpura en la iglesia y, poniéndolo sobre el altar, lo ofreció al señor y santo Arnulfo, estando presentes el abad y los hermanos. Tomado de allí por el abad, es devuelto a la nodriza para ser nutrido, y así es llevado a casa. Finalmente, recuperándose la matrona tras el malestar, cuando vio el momento oportuno, dijo a su marido:« Es tiempo, si place a vuestra excelencia, de que ordenéis que nuestra prole sea iniciada en los sacramentos de Cristo y tome el título del nombre de la línea de sus antepasados».« Esto se ha hecho hace muy poco», dijo el conde. Preguntando ella qué o por quién:« En el cenobio del bienaventurado Arnulfo», dijo,« por Juan, abad del mismo lugar, quien también ordenó que fuera llamado Benedicto». Entristecida la matrona, dijo:« Este nombre es adecuado solo para los monjes que renuncian al siglo, derivado de san Benito hacia ellos».« Esto», dijo el conde,« también él lo será en el transcurso del tiempo». Al oír esto, ella dijo:« No permita el Señor que tal infamia sea traída a nuestro linaje, que vea yo jamás al niño nacido de mí llevando el hábito de esta profesión». El conde, corrigiéndola suavemente y al mismo tiempo anunciando la profecía del varón de Dios, no solo la revocó de su intención, sino que también la hizo agradecida por el don concedido a ella por Dios. Este Juan, que es pastor de esta iglesia de san Arnulfo, brilló con muchos milagros. Ciertamente, obedecía sin demora la sujeción y obediencia a su abad cuando era de Gorze. El abad, sin embargo, estaba sujeto a los espirituales. Juan, abad de san Arnulfo, procuraba todas las cosas exteriores con previsión, siendo claustral, por consejo del señor abad de Gorze. A menudo decía esto el abad:« El hermano Juan nos indica con obras manifiestas con cuánto estudio de religión florece; y a su prior, para probar su humildad, observancia de ayunos, sabiduría y constancia, le he impuesto diversos oficios, ahora esto, ahora aquello: él, nunca contradiciendo, realiza cada cosa con todo estudio; tolera con suma paciencia las injurias y oprobios injustamente infligidos por algunos de nuestros hermanos. Verdaderamente es amigo de Cristo y discípulo de nuestro padre Benito...». Así el abad recomendaba frecuentemente a Juan ausente.
8.3
El bienaventurado Juan, pues, ferviente en el estudio de la religión, limpiaba a menudo las linternas de los hermanos,¡ qué humildad tan admirable! Cuando era semanario de cocina, él mismo transportaba agua sobre sus hombros, la vertía en las calderas y cocinaba la comida. A menudo, solo, vertiendo el niño el agua, mezclaba la harina de tres modios, fermentaba y de allí hacía panes. En las comidas, vestidos, lecho, en el desprecio de baños y medicinas, en el cuidado de los hermanos, en el estudio de las lecciones, era hallado verdaderamente santo. Imitaba en cuanto podía al santísimo Ambrosio en constancia, al bienaventurado Martín en humildad, a Juan Alejandrino en las larguezas de limosnas, y era sumamente esforzado en ejercer la justicia cuando se trataba de la causa del monasterio. En molinos, ríos, bodegas, rebaños, ganados, aves, era solícito y excelente adquisidor para el uso de los hermanos. Habiendo contratado maestros de diversas artes, rodeó el monasterio con un muro fortísimo. Refizo los talleres que amenazaban ruina por excesiva antigüedad; y no puedo expresar con palabras los mantos y cortinas blancas, ínfulas, tablas de oro, cálices en cada uno de los altares, cruces, ampollas, coronas y el púlpito donde se lee el Evangelio, y las demás cosas de oro, y diversas lámparas distinguidas por órdenes, y los demás beneficios.
8.4
Sucedió, sin embargo, en aquel tiempo que el obispo Adalberón retiró el beneficio acostumbrado a los hermanos de Gorze; pero, inspirando la gracia divina, vino a Gorze por insinuación de Juan, y les devolvió la villa que antiguamente pertenecía al derecho del monasterio, que se llama villa Warigis( Varengeville). Juan, sin embargo, fue al tirano Bosón, hijo de Ricardo, príncipe de los borgoñones, para que restituyera a los hermanos de Gorze las tierras que injustamente les había arrebatado; quien al principio le respondió con bastante soberbia y le impuso amenazas de muerte: pero el mismo Juan, no temiendo, sino contradiciendo varonilmente, tras muchos peligros de ladrones, que sin embargo no pudieron dañarle en nada, regresó a los claustros, y el tirano, inmediatamente apresado por una grave enfermedad, envió mensajeros a Gorze y restituyó todo lo arrebatado. El bienaventurado Juan hizo también muchas peticiones al obispo Adalberón, quien, aunque al principio no quería acceder, después, aterrorizado por visiones de san Pedro, cumplía todo. Después de esto, hay que saber que el rey sarraceno de las Españas envió sus legados al serenísimo emperador Otón, pidiendo amistad, pero describiendo muchas cosas contra la fe; a lo cual fue enviado el bienaventurado Juan, nuestro abad, para predicar el bautismo y cambiar el error. Este, en efecto, fue prudente en sus hechos; reprendió bien a los súbditos y les amonestó a que siempre guardaran la regla en todos los tiempos de su vida.
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Juan el joven sucedió después de Juan, cuarto en el gobierno.
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Juan, solicitado por los hermanos de san Arnulfo para que fuera su pastor, consintió benignísimamente. Inmediatamente, la fama de su lugar, ya célebre en todas partes, la nobleció tanto con el estudio de las letras que no solo de las ciudades cercanas, sino también de las partes de Sajonia y Baviera, de todas partes, confluían muchísimos a su magisterio, de los cuales supimos que algunos fueron elegidos después, tanto por el mérito de su vida como por la excelencia de su sabiduría, para el episcopado o para regir monasterios. Entre sus coetáneos, destacaba tanto por la elegancia de sus costumbres como por su capacidad de ingenio. Este, finalmente, Juan de piadosa memoria, entre los muchísimos ejercicios que realizó dentro del gimnasio de Sofía, compuso los responsorios de la bienaventurada virgen y mártir Lucía con auténtica modulación, y también la vida de la bienaventurada Glodesinda con el oficio nocturno. La vida, sin embargo, de su antecesor, el señor abad Juan, al intentar escribirla, la dejó imperfecta, arrebatado por una muerte prematura.