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De natura boni
Augustine of Hippoboni 1 · spanish-geminiMore by Augustine of Hippo
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Original / primary: Spanish Gemini
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CAPÍTULO PRIMERO.
1
Dios es el bien supremo e inmutable, del cual provienen todos los demás bienes, espirituales y corporales. Dios es el bien supremo, por encima del cual no hay nada; y, por tanto, es un bien inmutable; por eso es verdaderamente eterno y verdaderamente inmortal. Todos los demás bienes no son sino de Él, pero no de su misma esencia. Pues de Él es lo que es, aquello que Él mismo es; pero las cosas que fueron hechas por Él, no son lo que Él es. Y por esto, si solo Él es inmutable, todas las cosas que hizo, puesto que las hizo de la nada, son mutables. Pues es tan omnipotente que puede hacer bienes incluso de la nada, es decir, de lo que en absoluto no es, tanto grandes como pequeños, celestiales y terrenales, espirituales y corporales. Pero, puesto que es justo, no igualó a lo que engendró de sí mismo con aquello que hizo de la nada. Por tanto, como todos los bienes, ya sean grandes o pequeños, a través de cualquier grado de las cosas, no pueden existir sino por Dios; y como toda naturaleza, en cuanto es naturaleza, es un bien; toda naturaleza no puede existir sino por el sumo y verdadero Dios: porque todas las cosas, incluso las que no son bienes supremos, sino próximas al bien supremo, y a su vez todas las cosas, incluso los bienes últimos, que están lejos del bien supremo, no pueden existir sino por el mismo bien supremo. Todo espíritu, pues, incluso el mutable, y todo cuerpo, provienen de Dios: y esta es toda la naturaleza creada. Pues toda naturaleza es o espíritu o cuerpo. El espíritu inmutable es Dios: el espíritu mutable es naturaleza creada, pero mejor que el cuerpo: el cuerpo, en cambio, no es espíritu, a menos que se le llame espíritu de otro modo, como cuando se dice del viento, porque es invisible para nosotros y, sin embargo, su fuerza no se siente pequeña.
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CAPÍTULO II.
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Cómo esto puede bastar para corregir a los maniqueos. Pero respecto a aquellos que, al no poder entender que toda naturaleza, es decir, todo espíritu y todo cuerpo, es naturalmente buena, se dejan llevar por la iniquidad del espíritu y la mortalidad del cuerpo, y por ello intentan introducir otra naturaleza de espíritu maligno y cuerpo mortal que Dios no hizo: creemos que lo que decimos puede conducir a su entendimiento. Pues confiesan que todo bien no puede existir sino por el sumo y verdadero Dios: lo cual es verdad y, si quisieran advertirlo, basta para corregirlos.
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CAPÍTULO III.
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El modo, la especie y el orden son bienes generales en las cosas hechas por Dios. Nosotros, los cristianos católicos, adoramos a Dios, de quien provienen todos los bienes, ya sean grandes o pequeños; de quien es todo modo, grande o pequeño; de quien es toda especie, grande o pequeña; de quien es todo orden, grande o pequeño. Pues todas las cosas, cuanto más moderadas, especiosas y ordenadas son, tanto más buenas son ciertamente; cuanto menos moderadas, menos especiosas y menos ordenadas son, menos buenas son. Estos tres, pues, modo, especie y orden, por no hablar de los innumerables que se muestra que pertenecen a estos tres; estos tres, pues, modo, especie y orden, son como bienes generales en las cosas hechas por Dios, ya sea en el espíritu o en el cuerpo. Dios, por tanto, está por encima de todo modo de la criatura, por encima de toda especie, por encima de todo orden: y no está por encima por espacios de lugares, sino por una potencia inefable y singular, de la cual proviene todo modo, toda especie, todo orden. Donde estos tres son grandes, son grandes bienes; donde son pequeños, son pequeños bienes; donde no son nada, no hay bien alguno. Y, a su vez, donde estos tres son grandes, son grandes naturalezas; donde son pequeños, son pequeñas naturalezas; donde no son nada, no hay naturaleza alguna. Toda naturaleza, por tanto, es buena.
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CAPÍTULO IV.
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El mal es la corrupción del modo, de la especie o del orden. Por consiguiente, cuando se pregunta de dónde viene el mal, primero debe preguntarse qué es el mal: el cual no es otra cosa que la corrupción, ya sea del modo, de la especie o del orden natural. Por tanto, se llama naturaleza mala a la que está corrompida: pues la incorrupta es ciertamente buena. Pero incluso la misma corrompida, en cuanto es naturaleza, es buena; en cuanto está corrompida, es mala.
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CAPÍTULO V.
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La naturaleza de orden más excelente, incluso corrompida, es a veces mejor que una inferior, incluso incorrupta. Puede suceder, sin embargo, que cierta naturaleza que está ordenada de manera más excelente en cuanto a modo y especie natural, sea, aun corrompida, mejor todavía que otra incorrupta que está ordenada de manera inferior con menor modo y especie natural: como en la estimación de los hombres, según la cualidad que se percibe a la vista, es ciertamente mejor el oro corrompido que la plata incorrupta; y es mejor la plata corrompida que el plomo incorrupto. Así también, en las naturalezas más poderosas y espirituales, es mejor incluso el espíritu racional corrompido por la mala voluntad que el irracional incorrupto: y cualquier espíritu, incluso corrompido, es mejor que cualquier cuerpo incorrupto. Pues es mejor la naturaleza que, al estar presente en el cuerpo, le proporciona vida, que aquella a la que se le proporciona la vida. Por muy corrompido que esté el espíritu de vida que fue creado, puede proporcionar vida al cuerpo: y por esto es mejor que aquel, aunque sea incorrupto, el que está corrompido.
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CAPÍTULO VI.
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La naturaleza que no puede corromperse es el sumo bien; la que puede, es algún bien. Si la corrupción quitara todo modo, toda especie y todo orden a las cosas corruptibles, no quedaría ninguna naturaleza. Y por esto, toda naturaleza que no puede corromperse es el sumo bien, como lo es Dios. Toda naturaleza, en cambio, que puede corromperse, es también ella misma algún bien: pues la corrupción no podría dañarla sino quitando y disminuyendo lo que es bueno.
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CAPÍTULO VII.
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La corrupción de los espíritus racionales es, en parte, voluntaria y, en parte, penal. Dios concedió a las criaturas más excelentes, es decir, a los espíritus racionales, que si no quieren, no puedan ser corrompidos; es decir, si conservan la obediencia bajo el Señor su Dios y así se adhieren a su incorruptible belleza: pero si no quieren conservar la obediencia, puesto que queriendo son corrompidos en los pecados, sin querer son corrompidos en las penas. Pues Dios es un bien tal que a nadie que lo abandona le va bien: y en las cosas hechas por Dios, la naturaleza racional es un bien tan grande que no hay bien alguno por el cual sea feliz sino Dios. Los que pecan, por tanto, son ordenados en los castigos: cuya ordenación, como no conviene a su naturaleza, es por ello pena; pero como conviene a la culpa, es por ello justicia.
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CAPÍTULO VIII.
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La belleza del universo proviene de la corrupción y el perecimiento de las cosas inferiores. Las demás cosas, en cambio, que fueron hechas de la nada, que ciertamente son inferiores al espíritu racional, no pueden ser ni felices ni miserables. Pero como por su modo y especie también ellas son buenas, y no pudieron existir, por menores y mínimas que sean, sino por Dios, el bien supremo, han sido ordenadas de tal manera que las más débiles cedan ante las más fuertes, las menos válidas ante las más poderosas, y las menos potentes ante las más potentes, y así las cosas terrenales concuerden con las celestiales como subordinadas a las más excelentes. Se produce, sin embargo, en las cosas que mueren y suceden, una cierta belleza temporal en su género, de modo que ni siquiera las cosas que mueren, o dejan de ser lo que eran, afean o perturban el modo, la especie y el orden de la creación universal: así como un discurso bien compuesto es ciertamente hermoso, aunque en él las sílabas y todos los sonidos transcurran como naciendo y muriendo.
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CAPÍTULO IX.
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La pena establecida para la naturaleza que peca, para que sea rectamente ordenada. Qué clase de pena y cuánta se debe a cada culpa, es juicio divino, no humano: la cual, ciertamente, cuando se perdona a los convertidos, es gran bondad ante Dios; y cuando se paga lo debido, no hay iniquidad ante Dios: porque la naturaleza es mejor ordenada cuando sufre justamente en el castigo que cuando se regocija impunemente en el pecado. La cual, sin embargo, teniendo incluso así algún modo, especie y orden, en cualquier extremo es todavía algún bien: si estos se quitaran por completo, si se consumieran totalmente, entonces no habrá bien alguno, porque no quedará naturaleza alguna.
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CAPÍTULO X.
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Las naturalezas son corruptibles porque fueron hechas de la nada. Todas las naturalezas, por tanto, son corruptibles, y no serían naturalezas en absoluto si no fueran de Dios; ni serían corruptibles si fueran de Él, porque serían lo que Él mismo es. Por tanto, de cualquier modo, con cualquier especie, con cualquier orden que existan, es porque Dios es de quien fueron hechas: pero no son inmutables porque no hay nada de donde fueron hechas. Pues con sacrílega audacia se igualan la nada y Dios, si queremos que aquello que fue hecho por Él de la nada sea tal como lo que nació de Dios.
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CAPÍTULO XI.
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No se puede dañar a Dios, ni a otra naturaleza sino permitiéndolo Él. Por lo cual, no se puede dañar en absoluto a la naturaleza de Dios, ni se puede dañar injustamente a ninguna naturaleza bajo Dios: porque incluso cuando algunos dañan injustamente al pecar, se les imputa la voluntad injusta; pero la potestad por la que se les permite dañar no es sino de Dios, quien, incluso sin que ellos lo sepan, sabe qué deben sufrir aquellos a quienes permite que ellos dañen.
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CAPÍTULO XII.
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Todos los bienes provienen solo de Dios. Todas estas cosas tan claras, tan ciertas, si quisieran advertirlo quienes introducen otra naturaleza que Dios no hizo, no se llenarían de tantas blasfemias, de modo que pusieran tantos bienes en el mal supremo y tantos males en Dios. Pues basta, como dije arriba, para su corrección, si quisieran atender, lo que la verdad obliga a confesar incluso a los reacios, que todos los bienes, absolutamente todos, no provienen sino de Dios. No provienen, pues, los grandes bienes de uno y los pequeños bienes de otro: sino que tanto los grandes como los pequeños bienes no provienen sino del bien supremo, que es Dios.
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CAPÍTULO XIII.
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Los bienes individuales, ya sean pequeños o grandes, provienen de Dios. Enumeremos, pues, tantos bienes como podamos, que es digno atribuir a Dios como autor, y una vez eliminados estos, veamos si quedará alguna naturaleza. Toda vida, grande y pequeña; toda potencia, grande y pequeña; toda salud, grande y pequeña; toda memoria, grande y pequeña; toda virtud, grande y pequeña; todo intelecto, grande y pequeño; toda tranquilidad, grande y pequeña; toda abundancia, grande y pequeña; todo sentido, grande y pequeño; toda luz, grande y pequeña; toda suavidad, grande y pequeña; toda medida, grande y pequeña; toda belleza, grande y pequeña; toda paz, grande y pequeña; y si otras cosas semejantes pudieran ocurrir, y especialmente aquellas que se encuentran en todas partes, ya sean espirituales o corporales, todo modo, toda especie, todo orden, grande y pequeño, provienen del Señor Dios. Quien quiera usar mal todos estos bienes, pagará las penas según el juicio divino: pero donde no haya nada de esto en absoluto, no quedará naturaleza alguna.
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CAPÍTULO XIV.
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Los bienes pequeños, en comparación con los mayores, se llaman con nombres contrarios. Pero en todas estas cosas, cualesquiera que sean pequeñas, en comparación con las mayores se llaman con nombres contrarios: como en la forma del hombre, porque su belleza es mayor, en comparación con ella la belleza del mono se llama deformidad: y esto engaña a los imprudentes, como si aquello fuera bien y esto mal; ni observan en el cuerpo del mono el modo propio, la paridad de los miembros a ambos lados, la concordia de las partes, la custodia de la integridad y las demás cosas, que sería largo enumerar.
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CAPÍTULO XV.
15
En el cuerpo del mono existe el bien de la belleza, aunque sea menor. Pero para que se entienda lo que decimos, y se satisfaga a los demasiado lentos, o incluso se obligue a confesar la verdad a los pertinaces que se oponen a la verdad más evidente, que se les pregunte si la corrupción puede dañar el cuerpo del mono. Lo cual, si puede, para que se vuelva más feo; ¿qué disminuye, sino el bien de la belleza? De donde algo permanecerá tanto tiempo cuanto subsista la naturaleza del cuerpo. Por consiguiente, si al consumirse el bien se consume la naturaleza, entonces la naturaleza es buena. Así también llamamos al lento contrario del veloz: pero, sin embargo, el que no se mueve en absoluto, ni siquiera puede llamarse lento. Así llamamos a la voz grave contraria a la voz aguda, o a la áspera contraria a la melodiosa: pero si quitas por completo toda especie de voz, hay silencio donde no hay voz alguna: el cual silencio, sin embargo, por el mismo hecho de que no hay voz, suele oponerse como contrario a la voz. Así también lo lúcido y lo oscuro se dicen como dos contrarios: tienen, sin embargo, también las cosas oscuras algo de luz, de la cual si carecieran por completo, las tinieblas serían la ausencia de luz, así como el silencio es la ausencia de voz.
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CAPÍTULO XVI.
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Las privaciones en las cosas están ordenadas decentemente por Dios. Las cuales, sin embargo, incluso las privaciones de las cosas, están tan ordenadas en la universalidad de la naturaleza que, para quienes consideran sabiamente, no tienen sus turnos indecentemente. Pues Dios, al no iluminar ciertos lugares y tiempos, hizo las tinieblas tan decentemente como el día. Pues si nosotros, al contener la voz, interponemos decentemente el silencio al hablar; ¿cuánto más Él hace decentemente las privaciones de ciertas cosas, como perfecto artífice de todas las cosas? De donde también en el himno de los tres jóvenes, incluso la luz y las tinieblas alaban a Dios; es decir, engendran su alabanza en los corazones de quienes consideran bien.
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CAPÍTULO XVII.
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La naturaleza, en cuanto es naturaleza, no es mala. No es, pues, mala, en cuanto es naturaleza, ninguna naturaleza; sino que para cada naturaleza no hay mal sino ser disminuida en el bien. Lo cual, si se consumiera disminuyendo, así como no quedaría bien alguno, tampoco quedaría naturaleza alguna: no solo la que introducen los maniqueos, donde se encuentran tantos bienes que su excesiva ceguera es admirable; sino la que cualquiera pueda introducir.
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CAPÍTULO XVIII.
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La hyle, que los antiguos llamaban materia informe de las cosas, no es un mal. Pues ni siquiera aquella materia, que los antiguos llamaron hyle, debe llamarse mal. No me refiero a la que el maniqueo llama hyle con una vanidad dementísima, sin saber lo que dice, como formadora de los cuerpos: de donde se le dijo rectamente que introduce otro dios: pues nadie puede formar y crear cuerpos sino Dios; pues no son creados sino cuando subsiste en ellos modo, especie y orden, los cuales, que sean bienes y no puedan existir sino por Dios, creo que ya ellos mismos lo confiesan. Pero llamo hyle a cierta materia completamente informe y sin cualidad, de donde se forman estas cualidades que sentimos, como dijeron los antiguos. Pues de aquí también se llama silva en griego ὕλη, porque es apta para los que trabajan, no para que ella haga algo, sino de donde se haga algo. Ni esta hyle, por tanto, debe llamarse mal, la cual apenas puede pensarse, no por alguna especie, sino por la privación total de especie. Pues tiene ella misma capacidad de formas: pues si no pudiera captar la forma impuesta por el artífice, ni siquiera se llamaría materia. Además, si la forma es algún bien, de donde los que prevalecen en ella se llaman hermosos, así como de la especie especiosos, sin duda alguna es también algún bien la capacidad de la forma. Así como, porque la sabiduría es un bien, nadie duda de que sea un bien ser capaz de sabiduría. Y porque todo bien proviene de Dios; nadie debe dudar de que también esta materia, si es que existe, no proviene sino de Dios.
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CAPÍTULO XIX.
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Ser verdaderamente es propio de Dios. Magníficamente, pues, y divinamente, Dios nuestro dijo a su siervo: Yo soy el que soy; y: Dirás a los hijos de Israel: El que es me envió a vosotros. Pues verdaderamente Él es, porque es inmutable. Pues toda mutación hace que no sea lo que era: verdaderamente, pues, Él es, quien es inmutable; las demás cosas que fueron hechas por Él, recibieron de Él el ser según su modo. Para Él, pues, que es sumamente, no puede haber contrario sino lo que no es: y por esto, así como de Él es todo lo que es bueno, así de Él es todo lo que naturalmente es; puesto que todo lo que naturalmente es, es bueno. Toda naturaleza, pues, es buena, y todo bien proviene de Dios: toda naturaleza, por tanto, proviene de Dios.
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CAPÍTULO XX.
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El dolor no existe sino en las naturalezas buenas. El dolor, sin embargo, que algunos consideran el mal principal, ya sea en el alma o en el cuerpo, tampoco puede existir sino en las naturalezas buenas. Pues esto mismo que resiste para doler, de algún modo rehúsa no ser lo que era, porque era algún bien: pero cuando se le obliga a algo mejor, el dolor es útil; cuando a algo peor, es inútil. En el alma, pues, el dolor lo causa la voluntad que resiste a una potestad mayor: en el cuerpo, el dolor lo causa el sentido que resiste a un cuerpo más potente. Hay, sin embargo, males peores sin dolor: pues es peor regocijarse de la iniquidad que dolerse de la corrupción: sin embargo, incluso tal regocijo no puede existir sino por la obtención de bienes inferiores; pero la iniquidad es el abandono de los mejores. Asimismo, en el cuerpo es mejor la herida con dolor que la putrefacción sin dolor, que se llama especialmente corrupción: la cual no vio, es decir, no sufrió la carne muerta del Señor, como se había predicho en la profecía: No darás a tu santo ver la corrupción. Pues ¿quién niega que fue herido por la fijación de los clavos y golpeado por la lanza? Pero incluso la que propiamente llaman los hombres corrupción del cuerpo, es decir, la putrefacción misma, si todavía tiene algo que consumir profundamente, la corrupción crece disminuyendo el bien. Lo cual, si lo consumiera por completo, así como no habrá bien alguno, tampoco quedará naturaleza alguna, porque ya no habrá corrupción que corrompa; y por tanto, ni siquiera habrá putrefacción, porque donde esté, no estará en absoluto.
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CAPÍTULO XXI.
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Las cosas pequeñas se llaman modica por el modo. Por eso, ciertamente, las cosas pequeñas y exiguas se llaman ya en el uso común del lenguaje modica, porque en ellas ha quedado algún modo, sin el cual ya no serían modica, sino en absoluto nada. Aquellas, en cambio, que por su excesivo progreso se llaman inmoderadas, se culpan por esa misma nimiedad: pero, sin embargo, incluso ellas, bajo Dios, que dispuso todas las cosas en medida, número y peso, es necesario que sean contenidas de algún modo.
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CAPÍTULO XXII.
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Si el modo conviene de alguna razón a Dios mismo. Dios, sin embargo, no debe decirse que tiene modo, para que no se piense que se dice que tiene fin. Pero no por ello es inmoderado, Él de quien se atribuye el modo a todas las cosas, para que puedan existir de algún modo. Ni, a su vez, debe decirse que Dios es moderado, como si hubiera recibido el modo de alguien. Pero si decimos que Él es el modo supremo, tal vez decimos algo; si, sin embargo, en lo que decimos modo supremo, entendemos el bien supremo. Pues todo modo, en cuanto es modo, es bueno: de donde todas las cosas moderadas, modestas, modificadas, no pueden decirse sin alabanza; aunque bajo otro entendimiento pongamos el modo por el fin, y digamos que no hay modo donde no hay fin: lo cual a veces se dice con alabanza, como se dijo: Y de su reino no habrá fin. Podría decirse también: No habrá modo, para que se entendiera el modo como fin: pues quien reina sin modo, ciertamente no reina.
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CAPÍTULO XXIII.
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De dónde a veces se dice mal modo, mala especie, mal orden. Mal modo, pues, o mala especie, o mal orden, se dicen o porque son menores de lo que debieron ser, o porque no se acomodan a las cosas a las que deben acomodarse; para que se digan males, porque son ajenos e incongruentes: como si se dijera que alguien no actuó de buen modo, porque actuó menos de lo que debió, o porque actuó como no debió en tal cosa, o más de lo que convenía, o no convenientemente: para que esto mismo que se reprende, actuado de mal modo, no se reprenda justamente por otra cosa, sino porque no se ha guardado allí el modo. Asimismo, la especie mala se dice o en comparación con la más hermosa y bella, porque esta es una especie menor, aquella mayor, no en mole, sino en decoro; o porque no conviene a esta cosa a la que se ha aplicado, para que parezca ajena e inconveniente: como si un hombre desnudo caminara por el foro, lo cual no ofende si se ve en el baño. Similarmente, el orden se dice entonces malo, cuando el orden mismo se guarda menos: de donde no hay allí orden, sino más bien una mala inordinación, cuando o está menos ordenado de lo que debió, o no como debió. Sin embargo, donde hay algún modo, alguna especie, algún orden, hay algún bien y alguna naturaleza: donde, en cambio, no hay modo, ni especie, ni orden, no hay bien alguno, no hay naturaleza alguna.
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CAPÍTULO XXIV.
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Se prueba con testimonios de la Escritura que Dios es inmutable. Que el Hijo de Dios fue engendrado, no hecho. Estas cosas que nuestra fe tiene, y que la razón ha investigado de algún modo, deben ser fortalecidas con testimonios de las divinas Escrituras: para que quienes no pueden alcanzarlas con menor intelecto, crean a la autoridad divina y, por ello, merezcan entender. Quienes, en cambio, entienden, pero están menos instruidos en las Letras eclesiásticas, no piensen que nosotros exponemos estas cosas más por nuestro intelecto que porque estén en esos Libros. Así, pues, que Dios es inmutable, está escrito en los Salmos: Tú los cambiarás y serán cambiados; pero tú eres el mismo. Y en el libro de la Sabiduría sobre la misma Sabiduría: Permaneciendo en sí misma, renueva todas las cosas. De donde también el apóstol Pablo: Al invisible, incorruptible, solo Dios. Y el apóstol Santiago: Toda dádiva excelente y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en quien no hay cambio ni sombra de momento. Asimismo, que lo que engendró de sí mismo es lo que Él mismo es, así se dice brevemente por el mismo Hijo: Yo y el Padre uno somos. Que, en cambio, el Hijo no fue hecho, puesto que por Él fueron hechas todas las cosas; así está escrito: En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba ante Dios, y el Verbo era Dios; esto estaba en el principio ante Dios. Todas las cosas fueron hechas por Él, y sin Él nada fue hecho: es decir, no fue hecho nada sin Él.
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CAPÍTULO XXV.
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Aquel pasaje del Evangelio, Sin Él nada fue hecho, mal entendido por algunos. Pues no deben escucharse los delirios de los hombres que piensan que en este lugar debe entenderse nada como algo, y por ello piensan que se puede obligar a alguien a tal vanidad, porque el mismo nada está puesto al final de la sentencia. Por tanto, dicen, fue hecho; y por ello, porque fue hecho, el mismo nada es algo. Pues perdieron el sentido por el estudio de contradecir, ni entienden que no importa si se dice: Sin Él nada fue hecho; o: Sin Él no fue hecho nada: porque incluso si se dijera en ese orden, Sin Él no fue hecho nada; podrían, sin embargo, decir que el mismo nada es algo, porque fue hecho. Pues lo que en verdad es algo, ¿qué importa si se dice así: Sin Él fue hecha la casa; o: Sin Él la casa fue hecha: mientras se entienda que algo fue hecho sin Él, que algo es la casa? Así, porque se dijo: Sin Él nada fue hecho; puesto que nada ciertamente no es algo, cuando se dice verdadera y propiamente: ya sea que se diga: Sin Él nada fue hecho; o: Sin Él no fue hecho nada, o: nada fue hecho; no importa. ¿Quién querría hablar con hombres que, esto mismo que dije, No importa, pueden decir: Entonces importa algo, porque el mismo nada es algo? Estos, en cambio, que tienen sano el cerebro, ven la cosa más manifiesta, que se entiende esto mismo cuando dije, No importa, que se entendería si dijera, No importa nada. Pero estos, si le dicen a alguien: ¿Qué hiciste? y él responde que no hizo nada: es consecuente que le calumnien diciendo: Hiciste, pues, algo, porque no hiciste nada; pues el mismo nada es algo. Tienen, además, al mismo Señor poniendo esta palabra al final de la sentencia, donde dice: Y en oculto no hablé nada. Por tanto, que lean y callen.
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CAPÍTULO XXVI.
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Que las criaturas fueron hechas de la nada. Porque, pues, Dios hizo todas las cosas que no engendró de sí mismo, sino que hizo por su Verbo, no de aquellas cosas que ya eran, sino de aquellas que en absoluto no eran, esto es, de la nada, así dice el Apóstol: Que llama a las cosas que no son como si fueran. Más claramente está escrito en el libro de los Macabeos: Te ruego, hijo, mira al cielo y a la tierra, y todas las cosas que en ellos hay: mira y sabe que no eran, de las cuales nos hizo el Señor Dios. Y aquello que está escrito en el Salmo: Él dijo y fueron hechas: es manifiesto que no engendró estas cosas de sí mismo, sino que las hizo en su verbo y mandato. Lo que, en cambio, no es de sí mismo, ciertamente es de la nada. Pues no había otra cosa de donde hacer, de lo cual dice muy claramente el Apóstol: Porque de Él, y por Él, y en Él son todas las cosas.
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CAPÍTULO XXVII.
27
Que de Él y de su esencia no significan lo mismo. De Él, sin embargo, no significa lo mismo que de su esencia. Pues lo que es de su esencia, puede decirse de Él: pero no todo lo que es de Él, se dice rectamente de su esencia. De Él, pues, son el cielo y la tierra, porque Él los hizo: pero no de su esencia, porque no de su sustancia. Como si algún hombre engendrara un hijo y hiciera una casa, de él es el hijo, de él es la casa: pero el hijo es de su esencia, la casa es de tierra y madera. Pero esto porque es hombre, que no puede hacer algo incluso de la nada: Dios, en cambio, de quien son todas las cosas, por quien son todas las cosas, en quien son todas las cosas, no necesitaba ser ayudado en su omnipotencia por alguna materia que Él mismo no hubiera hecho.
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CAPÍTULO XXVIII.
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Que los pecados no provienen de Dios, sino de la voluntad de los que pecan. Cuando, sin embargo, oímos: Todas las cosas de Él, y por Él, y en Él; debemos entender ciertamente todas las naturalezas que naturalmente son. Pues no provienen de Él los pecados, que no guardan la naturaleza, sino que la vician, los cuales pecados la santa Escritura testifica de muchas maneras que provienen de la voluntad de los que pecan, especialmente en aquel lugar donde dice el Apóstol: ¿O piensas esto, oh hombre, que juzgas a los que hacen tales cosas, y las haces, que tú escaparás del juicio de Dios? ¿O desprecias las riquezas de su benignidad y paciencia y longanimidad, ignorando que la paciencia de Dios te lleva a la penitencia? Según la dureza, en cambio, de tu corazón y tu corazón impenitente, atesoras para ti ira en el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios, que pagará a cada uno según sus obras.
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CAPÍTULO XXIX.
29
Que Dios no es contaminado por nuestros pecados. Y, sin embargo, cuando todas las cosas que creó están en Dios, no lo contaminan los que pecan, de cuya sabiduría se dice: Alcanza todas las cosas por su limpieza, y nada contaminado incurre en ella. Pues conviene que, así como creemos que Dios es incorruptible e inmutable, así consecuentemente creamos también que es incontaminable.
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CAPÍTULO XXX.
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Que los bienes, incluso los mínimos y terrenales, provienen de Dios. Que, en cambio, Él mismo hizo también los bienes mínimos, esto es, los terrenales y mortales, se entiende sin duda en aquel lugar del Apóstol, donde hablando de los miembros de nuestra carne: Que si un miembro es glorificado, todos los miembros se alegran con él; y si un miembro padece, todos los miembros padecen con él; también dice allí esto: Dios puso los miembros, cada uno de ellos en el cuerpo como quiso: y: Dios templó el cuerpo, dando mayor honor a aquel a quien le faltaba, para que no hubiera escisiones en el cuerpo, sino que los miembros estuvieran solícitos unos por otros. Esto, en cambio, que el Apóstol alaba así en el modo, especie y orden de los miembros de la carne, lo encuentras en la carne de todos los animales, tanto de los mayores como de los menores; puesto que toda carne se cuenta entre los bienes terrenales y, por tanto, entre los mínimos.
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CAPÍTULO XXXI.
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Que castigar y perdonar los pecados pertenece igualmente a Dios. Asimismo, puesto que qué clase de pena y cuánta se debe a cada culpa es asunto del juicio divino, no del humano, está escrito así: ¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán inescrutables son sus juicios e investigables sus caminos! Asimismo, puesto que por la bondad de Dios se perdonan los pecados a los convertidos, el hecho mismo de que Cristo fuera enviado lo muestra suficientemente; quien no murió por nosotros en su naturaleza en la que es Dios, sino en la nuestra, que asumió de una mujer: esta bondad y amor de Dios hacia nosotros los proclama así el Apóstol: Dios, dice, demuestra su caridad en nosotros, porque siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros: mucho más ahora, justificados en su sangre, seremos salvos de la ira por él. Porque si, siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo; mucho más, reconciliados, seremos salvos en su vida. Pero puesto que incluso cuando se devuelve a los pecadores la pena debida, no hay iniquidad ante Dios, dice así: ¿Qué diremos? ¿Acaso es inicuos Dios, que inflige la ira? En un solo lugar, sin embargo, advirtió brevemente que tanto la bondad como la severidad provienen de él, diciendo: Mira, pues, la bondad y la severidad de Dios: hacia los que cayeron, ciertamente, la severidad; pero hacia ti la bondad, si permanecieres en la bondad.
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CAPÍTULO XXXII.
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Que incluso el poder de hacer daño proviene de Dios. Asimismo, puesto que incluso el poder de los que hacen daño no es sino de Dios, está escrito así, hablando la Sabiduría: Por mí reinan los reyes, y los tiranos por mí poseen la tierra. Dice también el Apóstol: Pues no hay potestad que no provenga de Dios. Y que esto sucede dignamente, está escrito en el libro de Job: El que hace reinar, dice, al hombre hipócrita, a causa de la perversidad del pueblo. Y sobre el pueblo de Israel dice Dios: Les di un rey en mi ira. Pues no es injusto que, al recibir los impíos el poder de hacer daño, tanto se pruebe la paciencia de los buenos como se castigue la iniquidad de los malos. Pues mediante el poder dado al diablo, Job fue probado para que apareciera justo, y Pedro tentado para que no presumiera de sí mismo, y Pablo abofeteado para que no se envaneciera, y Judas condenado para que se ahorcara. Por tanto, aunque Dios mismo hizo todas las cosas justamente mediante el poder que dio al diablo; sin embargo, no por estos hechos justos, sino por la inicua voluntad de hacer daño, que fue del propio diablo, se le devolverá el suplicio al final, cuando se diga a los impíos que hayan perseverado en consentir a su maldad: Id al fuego eterno, que preparó mi Padre para el diablo y sus ángeles.
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CAPÍTULO XXXIII.
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Que los ángeles malos no fueron creados malos por Dios, sino que se hicieron malos pecando. Pero puesto que los mismos ángeles malos no fueron creados malos por Dios, sino que se hicieron malos pecando, así dice Pedro en su Epístola: Porque si Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que, precipitándolos en las cárceles de la oscuridad del infierno, los entregó para ser guardados para el juicio para ser castigados. De aquí muestra Pedro que todavía se les debe la pena del juicio final, de la cual dice el Señor: Id al fuego eterno, que está preparado para el diablo y sus ángeles. Aunque ya hayan recibido penalmente este infierno, esto es, el aire inferior y oscuro como una cárcel: el cual, sin embargo, puesto que también se llama cielo, no aquel cielo en el que están los astros, sino este inferior cuyas nubes se aglomeran en su oscuridad, y donde vuelan las aves; pues también se llama cielo nublado, y se llaman aves del cielo: según esto, el apóstol Pablo llama a esos mismos ángeles inicuos, contra quienes luchamos viviendo piadosamente, siendo ellos envidiosos de nosotros, espíritus de maldad en las regiones celestiales. Lo cual, para que no se entienda de aquellos cielos superiores, dice abiertamente en otro lugar: Según el príncipe de la potestad de este aire, que ahora opera en los hijos de la desobediencia.
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CAPÍTULO XXXIV.
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El pecado no es el deseo de una naturaleza mala, sino el abandono de una mejor. Asimismo, puesto que el pecado o la iniquidad no es el deseo de naturalezas malas, sino el abandono de las mejores; así se encuentra escrito en las Escrituras: Toda criatura de Dios es buena: y por tanto, también todo árbol que Dios plantó en el paraíso es, ciertamente, bueno. Por tanto, el hombre no deseó una naturaleza mala cuando tocó el árbol prohibido: sino que, abandonando lo que era mejor, él mismo cometió el hecho malo. Pues el Creador es mejor que cualquier criatura que creó: cuyo mandato no debía ser abandonado para tocar lo prohibido, aunque fuera bueno; puesto que, abandonado lo mejor, se deseaba el bien de la criatura, lo cual se tocaba contra el mandato del Creador. No había, pues, plantado Dios un árbol malo en el paraíso; sino que él mismo era mejor, quien prohibía que fuera tocado.
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CAPÍTULO XXXV.
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El árbol prohibido a Adán, no porque fuera malo, sino porque es bueno para el hombre estar sometido a Dios. Pues para esto también lo había prohibido, para mostrar que la naturaleza del alma racional no debe estar en su propio poder, sino sometida a Dios, y guardar el orden de su salvación mediante la obediencia, y corromperlo mediante la desobediencia. De aquí que al árbol que prohibió tocar, lo llamara así, del conocimiento del bien y del mal: porque cuando lo hubiera tocado contra la prohibición, experimentaría la pena del pecado, y de ese modo conocería qué diferencia hay entre el bien de la obediencia y el mal de la desobediencia.
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CAPÍTULO XXXVI.
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Ninguna criatura de Dios es mala, sino que usarla mal es un mal. Pues ¿quién sería tan insensato como para pensar que debe vituperarse la criatura de Dios, especialmente la plantada en el paraíso; cuando ni siquiera las espinas y los abrojos, que la tierra produjo para el pecador en el trabajo de consumirse según la voluntad judicial de Dios, se vituperan rectamente? Pues tienen también tales hierbas su medida, y su especie, y su orden, que quienquiera que las considere sobriamente, las encontrará dignas de alabanza: pero para esa naturaleza, estos son males, la cual, por mérito del pecado, debía ser así reprimida. No es, pues, como dije, el pecado el deseo de una naturaleza mala, sino el abandono de una mejor; y por tanto, el hecho mismo es malo, no aquella naturaleza de la que se sirve mal el que peca. Pues es un mal usar mal de un bien. De donde el Apóstol reprende a ciertos condenados por el juicio divino, que adoraron y sirvieron a la criatura más que al Creador. Pues no reprende a la criatura; lo cual, quien lo hiciera, hace injuria al Creador: sino a aquellos que usaron mal del bien, habiendo abandonado lo mejor.
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CAPÍTULO XXXVII.
37
Dios usa bien de los males de los pecadores. Por consiguiente, si todas las naturalezas guardan su medida, y su especie, y su orden propio, no habrá ningún mal: pero si alguien quisiera usar mal de estos bienes, ni aun así vence la voluntad de Dios, quien sabe ordenar justamente incluso a los injustos; de modo que si ellos, por la iniquidad de su voluntad, hubieran usado mal de los bienes de él, él, por la justicia de su potestad, use bien de los males de ellos, ordenando rectamente en las penas a quienes se ordenaron perversamente en los pecados.
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CAPÍTULO XXXVIII.
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El fuego eterno que atormenta a los malos no es malo. Pues ni el mismo fuego eterno, que va a atormentar a los impíos, es una naturaleza mala, teniendo su medida y su especie y su orden, no depravado por ninguna iniquidad: sino que el tormento es malo para los condenados, a quienes es debido por sus pecados. Pues ni esta luz, porque atormenta a los que tienen los ojos enfermos, es una naturaleza mala.
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CAPÍTULO XXXIX.
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Se llama fuego eterno, no como Dios, sino porque es sin fin. Pero el fuego eterno, no es eterno como Dios, porque aunque sea sin fin, no es, sin embargo, sin principio; Dios, en cambio, es incluso sin principio. Además, porque aunque se aplique perpetuamente a los suplicios de los pecadores, es, sin embargo, una naturaleza mutable. Aquella es, en cambio, la verdadera eternidad, que es la verdadera inmortalidad; esto es, aquella suma inmutabilidad, que solo Dios tiene, quien no puede ser cambiado en absoluto. Pues una cosa es no ser cambiado, pudiendo ser cambiado; y otra, en cambio, no poder ser cambiado en absoluto. Así pues, como se dice que el hombre es bueno, no sin embargo como Dios, de quien se dijo: Nadie es bueno sino solo Dios; y como se dice que el alma es inmortal, no sin embargo como Dios, de quien se dijo: Quien solo tiene la inmortalidad; y como se dice que el hombre es sabio, no sin embargo como Dios, de quien se dijo: Al solo Dios sabio: así se dice que el fuego es eterno, no sin embargo como Dios, cuya sola inmortalidad es la verdadera eternidad.
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CAPÍTULO XL.
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Ni a Dios se le puede hacer daño ni a otro, sino por la justa ordenación de Dios. Siendo esto así según la fe católica y la sana doctrina, y la verdad clara para los que entienden, nadie puede hacer daño a la naturaleza de Dios, ni la naturaleza de Dios puede hacer daño injustamente a nadie, ni permite que nadie haga daño impunemente. Pues quien hace daño, dice el Apóstol, recibirá lo que hizo; y no hay acepción de personas ante Dios.
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CAPÍTULO XLI.
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Cuántos bienes ponen los maniqueos en la naturaleza del mal, y cuántos males en la naturaleza del bien. Lo cual, si los maniqueos quisieran pensarlo sin el pernicioso afán de defender su error, y con temor de Dios; no blasfemarían tan malvadamente introduciendo dos naturalezas, una buena a la que llaman Dios, otra mala a la que no hizo Dios: errando así, delirando así, o mejor dicho, enloqueciendo así, hasta el punto de no ver que, en lo que llaman naturaleza del sumo mal, ponen tantos bienes, donde ponen vida, potencia, salud, memoria, intelecto, templanza, virtud, abundancia, sentido, luz, suavidad, medidas, números, paz, medida, especie, orden; en lo que, en cambio, llaman sumo bien, tantos males: muerte, enfermedad, olvido, insipiencia, perturbación, impotencia, indigencia, estolidez, ceguera, dolor, iniquidad, deshonra, guerra, immoderación, deformidad, perversidad. Pues dicen que los príncipes de las tinieblas vivieron en su naturaleza, y que estuvieron salvos en su reino, y que recordaron y entendieron. Pues dicen que el príncipe de las tinieblas arengó de tal manera, que ni él mismo podría haber dicho tales cosas, ni haber sido escuchado por aquellos a quienes hablaba, sin memoria e intelecto: y que tuvo una templanza congruente con su ánimo y su cuerpo, y que reinó con virtud de potencia, y que tuvo abundancia de sus elementos y fecundidades, y que se sintieron mutuamente y sintieron la luz vecina, y que tuvieron ojos con los cuales contemplar aquella desde lejos; los cuales ojos, ciertamente, sin alguna luz no podían ver la luz, de donde rectamente también se llaman luces: y que disfrutaron de la suavidad de su voluptuosidad, y que estuvieron determinados por miembros y habitaciones medidos. Pues si no hubiera habido allí también alguna belleza, ni amarían sus matrimonios, ni sus cuerpos consistirían en la congruencia de sus partes: lo cual, donde no hubiera existido, no pueden hacerse las cosas que delirantemente dicen que se hicieron allí. Y si no hubiera habido allí alguna paz, no obedecerían a su príncipe. Si no hubiera habido allí medida, no harían otra cosa que comer, o beber, o enfurecerse, o cualquier otra cosa sin alguna sociedad: aunque ni ellos mismos, que hacían esto, estarían determinados por sus formas, si no hubiera habido allí medida: ahora, en cambio, dicen que hicieron tales cosas, que no pueden negar que en todas sus acciones tuvieron medidas congruentes para sí. Si, en cambio, no hubiera habido allí especie, ninguna cualidad natural subsistiría allí. Si no hubiera habido allí ningún orden, no unos dominarían y otros serían sometidos, no vivirían congruentemente en sus elementos, no tendrían, finalmente, sus miembros dispuestos en sus lugares, para poder hacer todas aquellas cosas que estos vanamente fabulan. Pero si no dicen que la naturaleza de Dios está muerta, ¿qué resucita Cristo según su vanidad? Si no dicen que está enferma, ¿qué cura? Si no dicen que está olvidada, ¿qué conmemora? Si no dicen que es insipiente, ¿qué enseña? Si no dicen que está perturbada, ¿qué reintegra? Si no ha sido vencida y capturada, ¿qué libera? Si no necesita, ¿a quién socorre? Si no ha perdido el sentido, ¿qué vegeta? Si no está cegada, ¿qué ilumina? Si no está en dolor, ¿qué recrea? Si no es inicua, ¿qué corrige mediante preceptos? Si no está deshonrada, ¿qué limpia? Si no está en guerra, ¿qué paz promete? Si no es inmoderada, ¿qué medida de ley impone? Si no es deforme, ¿qué reforma? Si no es perversa, ¿qué enmienda? Pues dicen que todas estas cosas son otorgadas por Cristo, no a aquella cosa que fue hecha por Dios, y depravada pecando por arbitrio propio; sino a la propia naturaleza; a la propia sustancia de Dios, que es lo mismo que Dios.
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CAPÍTULO XLII.
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Blasfemias de los maniqueos sobre la naturaleza de Dios. ¿Qué puede compararse con estas blasfemias? Nada en absoluto, pero si se consideran los errores de otras sectas perversas: si, en cambio, este error se compara consigo mismo desde otra parte, de la cual aún no hemos hablado, se convence de blasfemar aún mucho peor y más execrablemente contra la naturaleza de Dios. Pues dicen incluso que algunas almas, que quieren que sean de la sustancia de Dios y de la misma naturaleza en absoluto, que no pecaron espontáneamente, sino que fueron superadas y oprimidas por la gente de las tinieblas, a la que llaman naturaleza del mal, para cuya derrota descendieron no voluntariamente, sino por imperio del padre, son fijadas eternamente en un globo horrible de tinieblas. Así, según sus sacrílegos vaniloquios, Dios se liberó a sí mismo en una parte de un gran mal, y de nuevo se condenó a sí mismo en una parte, a la cual no pudo liberar del enemigo, y triunfó además como si el enemigo mismo hubiera sido vencido. ¡Oh malvada e increíble audacia, creer tales cosas sobre Dios, hablar tales cosas, predicar tales cosas! Lo cual, cuando intentan defenderlo, para caer en peores cosas con los ojos cerrados, dicen que la mezcla de la naturaleza mala hace esto, para que la buena naturaleza de Dios sufra tantos males: pues ella misma, ante sí misma, no pudo ni puede sufrir nada de esto. Como si de ahí debiera alabarse la naturaleza incorruptible, porque ella misma no se hace daño, y no porque nada puede hacérsele daño por nadie. Además, si la naturaleza de las tinieblas hizo daño a la naturaleza de Dios, y la naturaleza de Dios hizo daño a la naturaleza de las tinieblas; hay, pues, dos males que se hicieron daño mutuamente, y la gente de las tinieblas tuvo mejor ánimo, porque aunque hizo daño, lo hizo sin querer: pues no quiso hacer daño, sino disfrutar del bien de Dios. Dios, en cambio, quiso extinguirla, como delira Maniqueo muy abiertamente en la carta de su ruinoso Fundamento. Pues olvidado de lo que poco antes había dicho: Así, pues, están fundados sus esplendidísimos reinos sobre la tierra lúcida y beata, que por nadie jamás pueden ser movidos ni sacudidos; después dijo: Pero el Padre de la luz beatísima, sabiendo la gran ruina y vastedad que surgiría de las tinieblas, que amenazaba contra sus santos siglos, a menos que oponga algún numen eximio y preclaro y potente en virtud, con el cual supere y al mismo tiempo destruya la estirpe de las tinieblas, extinguida la cual se prepararía una paz perpetua para los habitantes de la luz. He aquí que temió la ruina y la vastedad que amenazaba a sus siglos. ¿Ciertamente estaban así fundados sobre la tierra lúcida y beata, que por nadie jamás podían ser movidos ni sacudidos? He aquí que por miedo quiso hacer daño a la gente vecina, a la cual intentó destruir y extinguir, para que se preparara una paz perpetua para los habitantes de la luz. ¿Por qué no añadió: Y un vínculo perpetuo? ¿Acaso aquellas almas que fija eternamente en el globo de las tinieblas no eran habitantes de la luz, de las cuales dice abiertamente que permitieron que se desviaran de su anterior naturaleza lúcida? donde también, sin querer, se vio obligado a decir que pecaron con libre voluntad, él que no quiere poner el pecado sino en la necesidad de la naturaleza contraria: en todas partes sin saber lo que habla, y como si él mismo estuviera ya incluido en el globo de las tinieblas que fingió, buscando por dónde salir y no encontrándolo. Pero que diga lo que quiera a los seducidos y miserables, por quienes es honrado mucho más que Cristo, para venderles a este precio fábulas tan largas y tan sacrílegas. Que diga lo que quiera, que incluya en el globo como en una cárcel a la gente de las tinieblas, y que fije por fuera a la naturaleza de la luz, a la cual prometía una paz perpetua por el enemigo extinguido: he aquí que la pena de la luz es peor que la de las tinieblas, la pena de la naturaleza divina es peor que la de la gente adversa. Pues aquella, aunque está dentro en las tinieblas, pertenece a su naturaleza habitar en las tinieblas: las almas, en cambio, que son lo mismo que Dios, no podrán ser recibidas, como dice, en aquellos reinos pacíficos, y serán alienadas de la vida y la libertad de la santa luz, y serán fijadas en el mencionado globo horrible: de donde también se adherirán, dice, a esas mismas cosas las almas que amaron, dejadas en el mismo globo de las tinieblas, adquiriéndose eso para sí por sus méritos. ¿Ciertamente no hay libre arbitrio de la voluntad? Ved cómo, enloqueciendo, ignora lo que dice, y hablando cosas contrarias a sí mismo, libra una guerra peor contra sí mismo que contra el dios de la propia gente de las tinieblas. Además, si las almas de la luz son condenadas porque amaron las tinieblas; es condenada injustamente la gente de las tinieblas, que amó la luz. Y la gente de las tinieblas, ciertamente, amó la luz desde el principio, la cual, aunque violentamente, quiso sin embargo poseer, no extinguir: la naturaleza de la luz, en cambio, quiso en la guerra extinguir las tinieblas; por tanto, vencida, las amó. Elegid lo que queráis: si por necesidad obligada para que amara las tinieblas, o por voluntad seducida. Si por necesidad, ¿por qué es condenada? si por voluntad, ¿por qué la naturaleza de Dios es sorprendida en tanta iniquidad? Si por necesidad la naturaleza de Dios fue obligada a amar las tinieblas, fue vencida, pues, no venció: si por voluntad, ¿por qué los miserables dudan ya en atribuir la voluntad de pecar a la naturaleza que Dios hizo de la nada, para no atribuirla a la luz que engendró?
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CAPÍTULO XLIII.
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Que los maniqueos atribuyen muchos males a la naturaleza de Dios antes de la mezcla del mal. ¿Qué, si mostramos también que, antes de la mezcla del mal, que creyeron dementísimamente haber sido fabulosamente fingida, hubo grandes males en la misma naturaleza de la luz, que dicen? ¿qué parecerá que puede añadirse a estas blasfemias? Pues allí hubo, antes de que se luchara, una dura e inevitable necesidad de luchar: he aquí ya un gran mal antes de que el mal se mezclara con el bien: que digan de dónde esto, cuando aún no se había hecho ninguna mezcla. Si, en cambio, no había necesidad, había, pues, voluntad: ¿de dónde también este mal tan grande, que Dios mismo quisiera hacer daño a su naturaleza, a la cual no podía hacérsele daño por el enemigo, enviándola cruelmente a ser mezclada, torpemente a ser purgada, inicuamente a ser condenada? He aquí cuánto mal de una voluntad perniciosa y nociva y inmensísima, antes de que se mezclara cualquier mal de la gente contraria. ¿Acaso por ventura no sabía que esto sucedería a sus miembros, que amarían las tinieblas y serían enemigas de la santa luz, como él mismo dice, esto es, no solo de su Dios, sino también del Padre del cual eran? ¿De dónde, pues, este mal de ignorancia tan grande en Dios, antes de que se mezclara cualquier mal de la gente contraria? Si, en cambio, sabía que esto sucedería, o había en él una crueldad sempiterna, si no le dolía nada de la futura contaminación y condenación de su naturaleza; o una miseria sempiterna, si le dolía: ¿de dónde también este mal tan grande de vuestro sumo bien antes de cualquier mezcla de vuestro sumo mal? La misma partícula, ciertamente, de su propia naturaleza, que es fijada en el vínculo eterno de aquel globo, si no sabía que esto le amenazaba, aun así había en la naturaleza de Dios una ignorancia sempiterna; si, en cambio, lo sabía, una miseria sempiterna: ¿de dónde este mal tan grande, antes de que se mezclara cualquier mal de la gente contraria? ¿Acaso por ventura se alegraba con gran caridad, porque por su pena se preparaba una paz perpetua para los demás habitantes de la luz? Quien ve cuán impío es decir esto, que lo anatematice. Pero si al menos hiciera esto de tal manera que ella misma no se hiciera enemiga de la luz, podría tal vez no como naturaleza de Dios, sino como algún hombre ser alabado, que por su patria quisiera sufrir algún mal, el cual ciertamente podría ser un mal temporal, no eterno: ahora, en cambio, dicen que esa fijación en el globo de las tinieblas es eterna, y no de cualquier cosa, sino de la naturaleza de Dios; y ciertamente era un gozo iniquísimo y execrable e inefablemente sacrílego, si la naturaleza de Dios se alegraba de que iba a amar las tinieblas y a ser enemiga de la santa luz. ¿De dónde este mal tan inmenso y malvado, antes de que se mezclara cualquier mal de la gente contraria? ¿Quién puede soportar una locura tan perversa y tan impía, atribuir tantos bienes al sumo mal, y tantos males al sumo bien, que es Dios?
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CAPÍTULO XLIV.
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Turpitudes increíbles ideadas por Maniqueo en Dios. Pero ya, que dicen que la misma parte de la naturaleza de Dios está mezclada por todas partes en los cielos, en las tierras, bajo las tierras, en todos los cuerpos, secos y húmedos, en todas las carnes, en todas las semillas de los árboles, de las hierbas, de los hombres, de los animales: no presente por la potencia de la divinidad sin ningún vínculo, incontaminablemente, inviolablemente, incorruptiblemente, para administrar y regir todas las cosas, lo cual nosotros decimos de Dios; sino atada, oprimida, contaminada, la cual dicen que es disuelta, liberada y purgada, no solo por el discurso del sol y de la luna, y las virtudes de la luz, sino también por sus Elegidos: este género de error más nefando, qué sacrílegas e increíbles turpitudes les sugiera, aunque no se las persuada, es horrible decirlo. Pues dicen que las virtudes de la luz se transfiguran en varones hermosos, y se oponen a las mujeres de la gente de las tinieblas; y que las mismas virtudes de la luz se transfiguran de nuevo en mujeres hermosas, y se oponen a los varones de la gente de las tinieblas; para que mediante su belleza inflamen la sucísima libido de los príncipes de las tinieblas, y de ese modo la sustancia vital, esto es, la naturaleza de Dios, que dicen que está atada en sus cuerpos, huya disuelta de sus miembros relajados por la misma concupiscencia, y sea liberada, acogida o purgada. Esto leen los infelices, esto dicen, esto oyen, esto creen, esto está puesto así en el libro séptimo de su Tesoro (así llaman los maniqueos a cierta escritura, donde están escritas estas blasfemias): Entonces aquel beato Padre, que tiene naves lúcidas, diversorios y habitáculos o magnitudes, por la clemencia insita en sí, presta ayuda, por la cual es despojada y liberada de los impíos retináculos y angustias y dolores de su sustancia vital. Por tanto, con su invisible asentimiento transfigura aquellas sus virtudes, que se tienen en esta clarísima nave, y las hace aparecer ante las potestades adversas, que están ordenadas en los singulares tractos de los cielos. Las cuales, puesto que consisten de ambos sexos, de varones y de mujeres, por eso ordena que las dichas virtudes aparezcan en parte con especie de muchachos impúberes ante el género adverso de las mujeres, en parte con forma de vírgenes lúcidas ante el género contrario de los varones: sabiendo que todas ellas, las potestades hostiles, por la letal y sucísima concupiscencia insita en sí, son capturadas facilísimamente, y son mancipadas a las mismas especies hermosísimas que aparecen, y de este modo disueltas. Sepan, además, que este mismo nuestro beato Padre es lo mismo que también sus virtudes, las cuales por causa necesaria transforma en la intemerata semejanza de muchachos y vírgenes. Usa, además, de estas como de armas propias, y mediante ellas cumple su voluntad. De estas virtudes divinas, en cambio, que se establecen a modo de matrimonio contra los géneros infernales, y que con alacridad y facilidad hacen en el mismo momento lo que han pensado, están llenas las naves lúcidas. Por tanto, cuando la razón lo ha pedido para que aparezcan a los varones las mismas santas virtudes, al instante demuestran también su efigie con el hábito de vírgenes hermosísimas. De nuevo, cuando se ha llegado a las mujeres, posponiendo las especies de vírgenes, muestran la especie de muchachos impúberes. Pero con esta visión decorosa crece el ardor y la concupiscencia de ellas, y de este modo se disuelve el vínculo de las pésimas cogitaciones de ellas, y el alma viva que se tenía en los miembros de ellas, relajada por esta ocasión, escapa, y se mezcla con su aire purísimo; donde las almas, profundamente abluidas, ascienden a las naves lúcidas, que están preparadas para sí para la vectación y para la transfretación a su patria. Aquello, en cambio, que todavía lleva las manchas del género adverso, desciende particuladamente por los estíos y calores, y se mezcla con los árboles y las demás plantaciones y con todas las siembras, y es infectado por diversos calores. Y de qué modo de esta gran y clarísima nave aparecen figuras de muchachos y vírgenes a las potestades contrarias, que habitan en los cielos, y que tienen naturaleza ígnea; y de este aspecto decoroso, la parte de la vida que se tiene en los miembros de ellas, relajada, es deducida por los calores a la tierra: del mismo modo también aquella altísima virtud, que habita en la nave de las aguas vitales, aparece en semejanza de muchachos y vírgenes santas por sus ángeles ante estas potestades, cuya naturaleza es fría y húmeda, y que están ordenadas en los cielos. Y ciertamente ante las que son mujeres, aparece en ellas la forma de muchachos: ante los varones, en cambio, la de vírgenes. Pero con esta mutación y diversidad de las personas divinas y hermosísimas, los príncipes de la estirpe húmeda y fría, varones o mujeres, son disueltos, y aquello que en ellos es vital huye: lo que, en cambio, ha residido, relajado, es deducido a la tierra por los fríos, y es mezclado con todos los géneros de la tierra. ¿Quién puede soportar esto? ¿quién puede creer esto, no digo que sea así, sino que siquiera pudo decirse? ¡He aquí los que temen anatematizar a Maniqueo que enseña, y no temen creer que Dios hace esto y sufre esto!
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CAPÍTULO XLV.
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Ciertas turpitudes nefarias creídas no inmerecidamente sobre los mismos maniqueos. Pero dicen que la misma parte mezclada y naturaleza de Dios es purgada por sus Elegidos, comiendo ciertamente y bebiendo, porque dicen que está atada en todos los alimentos; las cuales, cuando son asumidas por los Elegidos como santos para la refección del cuerpo comiendo y bebiendo, son disueltas, signadas y liberadas por su santidad. Y no atienden los miserables cuán incongruentemente se ha creído sobre ellos lo que en vano niegan, a menos que hayan anatematizado los mismos libros y hayan dejado de ser maniqueos. Pues si, como dicen, en todas las semillas está atada la parte de Dios, y es purgada por los Elegidos comiendo; ¿quién no crea dignamente que ellos hacen lo que leen en su Tesoro que se hace entre las virtudes de los cielos y los príncipes de las tinieblas; puesto que también dicen que sus carnes son de la gente de las tinieblas, y no dudan en creer y afirmar que en ellas está atada aquella sustancia vital, parte de Dios? La cual, ciertamente, si debe ser disuelta y purgada comiendo, como les obliga a confesar su funesto error; ¿quién no vea, quién no se horrorice, cuánta turpitud y cuán nefaria consecuencia se sigue?
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CAPÍTULO XLVI.
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Doctrina nefaria de la Epístola del Fundamento. Pues también dicen que Adán, el primer hombre, fue creado por ciertos príncipes de la gente de las tinieblas de tal manera que la luz fuera retenida para que no huyera de ellos. Pues en la epístola que llaman del Fundamento, cómo el príncipe de las tinieblas, a quien introducen como padre del primer hombre, habló y actuó ante los demás socios suyos, príncipes de las tinieblas, escribió así Maniqueo: Con inicuos comentarios, pues, dijo a los que estaban presentes: ¿Qué os parece esta máxima luz que surge? Contemplad de qué modo mueve el polo, sacude muchísimas potestades. Por lo cual, me es más justo que vosotros me otorguéis lo que tenéis de luz en vuestras fuerzas: así, ciertamente, fingiré la imagen de aquel grande que apareció glorioso, mediante la cual podremos reinar, liberados alguna vez de la conversación de las tinieblas. Oyendo esto, y deliberando mucho tiempo consigo mismos, pensaron que era justísimo ofrecer lo que se les pedía. Pues no confiaban en que retendrían la misma luz continuamente: de donde pensaron que era mejor ofrecerla a su príncipe, no desesperando en absoluto de que reinarían con el mismo pacto. De qué modo, pues, ofrecieron aquella luz que tenían, debe considerarse. Pues esto también está esparcido por todas las divinas escrituras y arcanos celestiales: pero para los sabios no es difícil en absoluto saber cómo fue dado: pues es conocido abierta y claramente por aquel que haya querido contemplar verdadera y fielmente. Puesto que la frecuencia de los que se habían reunido era promiscua, de mujeres ciertamente y de varones, los impulsó a que coitaran entre sí: en cuyo coito unos sembraron, otras quedaron grávidas. Pero los partos eran semejantes a los que habían engendrado, obteniendo muchísimas fuerzas de los padres como los primeros. Esto, tomándolo su príncipe como don principal, se alegró. Y así como también ahora vemos que sucede, que la naturaleza del mal, formatriz de los cuerpos, toma fuerzas de ahí para figurar: así también el dicho príncipe, tomando la prole de los compañeros, que tenía los sentidos, la prudencia, la luz de los padres procreada al mismo tiempo consigo en la generación, la comió; y tomadas muchísimas fuerzas de tal manjar, en el cual no solo había fortaleza, sino mucho más astucias y sentidos depravados de la fiera gente de los progenitores, evocó hacia sí a su propia cónyuge, que manaba de la misma estirpe de la que él era; y hecho el coito con ella, sembró, como los demás, la abundancia de los males que había devorado: añadiendo también él mismo algo de su cogitación y virtud, para que su sentido fuera el formador y descriptor de todas las cosas que había profuso; cuya compañera recibía estas cosas, como la tierra cultivada suele recibir la semilla. Pues en ella se construían y se entretejían las imágenes de todas las cosas, de las virtudes celestiales y terrenas, para que, lleno el orbe, obtuviera la semejanza de aquello que se formaba.
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CAPÍTULO XLVII.
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Obliga a perpetrar horribles torpezas. ¡Oh, monstruo criminal! ¡Oh, execrable perdición y ruina de las almas engañadas! Omito decir qué significa que la naturaleza de Dios sea ligada de este modo. Que al menos atiendan a esto los miserables engañados y envenenados por un error mortífero: si por el coito de hombres y mujeres se liga una parte de Dios, la cual profesan liberar y purgar al comerla, la necesidad de este error tan nefando les obliga a que no solo del pan, las legumbres y las frutas, que son lo único que parece que aceptan manifiestamente, sino que también de allí donde, por el concúbito, si se ha concebido en el útero de una mujer, puede quedar ligada, liberen y purguen la parte de Dios. Se dice que algunos confesaron hacer esto en juicio público, no solo en Paflagonia, sino también en la Galia, tal como lo escuché de cierto cristiano católico en Roma; y cuando se les preguntaba con qué autoridad de las Escrituras hacían tales cosas, respondieron que esto lo habían sacado de su Tesoro, lo cual mencioné hace poco. Sin embargo, cuando se les objeta esto, suelen responder que no sé qué enemigo suyo, de su propio número, es decir, de sus Elegidos, se separó, hizo un cisma y fundó una herejía tan sucia. De donde es manifiesto que, incluso si estos no lo hacen, quienesquiera que lo hagan, lo hacen a partir de sus propios libros. Que arrojen, pues, los libros si aborrecen el crimen que se ven obligados a cometer si conservan los libros; o, si no lo cometen, que intenten vivir más limpiamente en contra de sus propios libros. Pero ¿qué hacen cuando se les dice: "O purificad la luz de las semillas que podáis, para no rechazar aquello que afirmáis no hacer; o anatematizad a Maniqueo, quien, al decir que en todas las semillas hay una parte de Dios y que al cohabitar se liga, y que cualquier luz, es decir, de esa misma parte de Dios, que llegue a los alimentos de los Elegidos se purifica al comerla, veis lo que os persuade, ¿y dudáis aún en anatematizarlo?"? ¿Qué hacen, pregunto, cuando se les dice esto? ¿A qué evasivas recurren, cuando o bien debe ser anatematizada una doctrina tan nefanda, o bien debe cometerse una torpeza tan nefanda, en cuya comparación aquellos males que hace poco mencionaba como intolerables —que digan de la naturaleza de Dios que fue oprimida por la necesidad de hacer la guerra, que o bien estaba segura en una ignorancia sempiterna, o bien inquieta por un dolor y temor sempiternos, cuando le sobrevendría la corrupción de la mezcla y el vínculo de la condenación eterna, que finalmente, tras librarse la guerra, fue así cautivada, oprimida, contaminada, y que tras una falsa victoria quedará así fijada para siempre en un globo horrible y separada de la felicidad de su origen— parecen tolerables, cuando, si se consideran por sí mismos, no pueden ser soportados?
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CAPÍTULO XLVIII.
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Agustín ora por el arrepentimiento de los maniqueos. ¡Oh, gran paciencia tuya, Señor misericordioso y compasivo, paciente, lleno de misericordia y veraz; que haces salir tu sol sobre buenos y malos, y llueves sobre justos e injustos; que no quieres la muerte del pecador, sino que se convierta y viva; que, al castigar en parte, das lugar al arrepentimiento para que, abandonada la malicia, crean en ti, Señor; que con tu paciencia conduces a la penitencia, aunque muchos, según la dureza de su corazón y su corazón impenitente, atesoran para sí ira en el día de la ira y de la revelación de tu justo juicio, que retribuyes a cada uno según sus obras; que en el día en que el hombre se convierta de su iniquidad a tu misericordia y verdad, olvidas todas sus iniquidades: concédenos, danos, que por nuestro ministerio, con el cual quisiste que este error execrable y demasiado horrible fuera refutado, así como muchos ya han sido liberados, otros también lo sean, y ya sea por el sacramento de tu santo Bautismo, o por el sacrificio de un espíritu contrito y un corazón contrito y humillado, en el dolor de la penitencia, merezcan recibir la remisión de sus pecados y de sus blasfemias, con las cuales te ofendieron por ignorancia. Pues tanto vale tu misericordia prepotente, tu poder y la verdad de tu Bautismo, y las llaves del reino de los cielos en tu santa Iglesia, que no se debe desesperar ni siquiera de aquellos que, mientras viven en esta tierra por tu paciencia, aun sabiendo cuán gran mal es sentir o decir tales cosas sobre ti, se mantienen en esa maligna profesión por alguna costumbre o búsqueda de comodidad temporal y terrenal, si al menos, reprendidos por tus correcciones, huyen hacia tu inefable bondad y anteponen la vida celestial y eterna a todos los halagos de la vida carnal.

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