De quatuor virtutibus charitatis
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Original / primary: Spanish Gemini
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De las cuatro virtudes de la caridad
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El deseo de vuestra caridad nos exige el debido oficio de la palabra; pero son tantas las cosas que atemorizan y retraen nuestro ánimo que, si quisiéramos atender a vuestro deseo, no sería sin nuestro peligro. Pues, habiendo de hablar sobre la caridad, no podría pasar por alto en silencio qué bienes proceden de ella y cuáles la acompañan; pero, constreñido por las estrecheces del tiempo, ¿a dónde me dirigiré primero sino a las huellas de la misma santa caridad, y le suplicaré que me conceda decir algo digno de ella, con lo cual pueda tanto cumplir mi ministerio como saciar vuestro deseo? Entre las demás virtudes suyas, que conmemora el apóstol Pablo, dice que la caridad no tiene envidia, no obra mal, no se irrita, no piensa el mal; y, finalmente, comprende estas cuatro virtudes suyas en un breve discurso diciendo: Todo lo tolera, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. Sobre estas cuatro virtudes de la santa caridad conviene, pues, hablar a vuestra santidad, y deleita primeramente contemplar cómo los cuatro puntos cardinales del orbe, conteniéndolo, poseyeron todo el mundo. Busquemos, pues, si place, ejemplos de algunos santos, a saber, de aquellos que fueron poseídos por estas virtudes, y atribuyamos a cada uno de ellos cada una de estas virtudes, de modo que reconozcamos que todas están en todos, puesto que todo el que piadosamente tolera, rectamente cree, algo espera, y el que espera soporta, para no caer sin esperanza. Pero veamos ya quiénes son estos, cuya fe, en la medida en que somos ayudados desde arriba, podamos alcanzar. La virtud de la santa caridad que todo lo tolera brilló en el santo Noé: la que todo lo cree, en el santo Abraham: la que todo lo espera, en nuestros padres, es decir, en el pueblo de Israel, de donde el mismo Señor ha surgido; la que todo lo soporta, en la misma cabeza, nuestro Señor Jesucristo, que es la verdadera caridad que nunca cae. Y no crea vuestra caridad que los demás santos son ajenos a estas virtudes, los cuales, por la brevedad del tiempo y por el discurso emprendido, sabed que han sido omitidos de tal manera que, sin embargo, sepáis con toda certeza que todos están en Cristo y Cristo en todos. Pero veamos ya cómo el santo Noé poseyó la virtud de la caridad que todo lo tolera. Tan pronto como fue amonestado, se refugió en el madero y, tras la faz de los campos amenos, se recluyó angustiado en el arca: tolera el fragor del cielo, el estruendo desatado de las aguas y de las lluvias, y después de todo esto, él que solía gozar del consorcio de los hombres, se hace en cierto modo compañero de serpientes y fieras, y no se aterra este varón de que las fieras estén con él en el arca; más aún, allí la ferocidad reconoce su orden, porque la humanidad se reconoció a sí misma, y obedecen al hombre que manda, porque reconocen que el hombre obedece al Señor superior. Se mostró en Noé lo que Adán perdió al despreciar el precepto del Señor, y se demostró que los hombres pueden dominar incluso a las bestias si se someten a la obediencia del Creador. Este santo espera y tolera el fin del diluvio, y el arca no se abandona antes de que termine la causa de las fieras. El bueno tolera los males y, hasta que al final sean separados incluso corporalmente, permaneciendo dentro de corazón, no se separa corporalmente. Si eres un alma que deseas poseer la virtud de la caridad que todo lo tolera, deja el mundo, refúgiate en el madero de la cruz; no temas las tempestades y los torbellinos de este diluvio, no te hundirás si eres llevado por el madero. Sabe gobernar quien se dignó crear: tan solo mantente en la virtud de la caridad que todo lo tolera, que ninguna cosa te arranque del arca sólida, permanece bueno y tolera a los malos; pues es mejor que, puesto dentro, toleres a los malos por causa de los buenos, que salir fuera y perecer, abandonando tanto a los buenos como a los malos. Si, por tanto, hay fieras contigo, es decir, si hay contigo en la Iglesia quienes enseñan cosas depravadas, quienes sienten falsedades, herejes o cismáticos, o incluso los mismos malos católicos, que buscan devorar las almas a modo de fieras, que sean tolerados hasta el fin del siglo como el fin del diluvio. Aunque rujan, aunque rechinen los dientes y traten de romper la misma arca. No te aterrorices, terminado el diluvio, a ellos los arrebatará el bosque vano y espinoso, y a ti te recibirá la tierra fértil. Después del fin del siglo, los impíos serán arrebatados a las tinieblas exteriores, allí será el LLANTO Y EL RECHINAR de dientes, a los piadosos los recibirá la tierra de los vivientes. Pues el mismo santo Noé, después del fin del diluvio, ofreció sacrificio a Dios, pero de animales puros y no de impuros. Pues a la vez pudieron entrar en el arca animales puros e impuros; pero los malos no llegaron al sacrificio de Dios. Pero pasemos ya de aquí alguna vez para que podamos escudriñar lo demás. Proceda al medio aquel santo Abraham, y nos enseñe a poseer con su ejemplo la virtud de la caridad que todo lo cree; quien no dudó ante una sola vocación abandonar la patria, la sede, la casa, la familia. Todo se abandona para obedecer al Señor que manda. Sal, dice Dios, de tu parentela y de tu casa y ven a la tierra que yo te mostraré. Y este santo no pensó consigo mismo diciendo: ¿A dónde iré? ¿A quién me confiaré? ¿A qué tierra iré? Sino que, en cuanto oye, se levanta, corre, se apresura, acelera; no ve la tierra prometida, pero creyendo la retiene firmemente. Camina por el camino recto, y no se desvió con pasos errantes a otro lugar que al que debía, porque quien lo enviaba a una tierra desconocida, él, digo, quien enviaba, no lo abandonaba, ni él mismo lo engañó. Se devuelve la recompensa al que cree, llega a la tierra, se dilata, se multiplica, de pobre se hace rico, de innoble poderoso, se enriquece con todos los bienes y en él se cumple lo que el Señor prometió a sus discípulos en el Evangelio diciendo: Si alguien dejare casa o campo o padres por causa de mi nombre, en esta vida recibirá el céntuplo y en el siglo futuro conseguirá la vida eterna. Se acumula aún la recompensa de esta fe, y se promete un hijo al anciano. Está presente en él la virtud de la caridad que todo lo cree; oye, se exulta, ama más, recibe un hijo de una esposa estéril, a la que la esterilidad y la edad habían dejado privada de la esperanza de engendrar, y en él sostiene firmemente la bendición prometida a todas las naciones; pero aún la caridad lo prueba y, probado, lo recomienda, y muestra cómo no antepone nada a Dios. Lo llama el Señor desde el cielo diciendo: Abraham, Abraham, y él, como siervo obediente, dice: He aquí que estoy, y el Señor dice: Toma a tu hijo, aquel a quien amas, Isaac, y ve a la tierra alta, y lo ofrecerás en holocausto en uno de los montes que yo te diré. Ni siquiera ante esta orden se turba o se quiebra el siervo fiel. Pues está presente en él la virtud de la caridad que todo lo cree. Se levanta, va a casa, apareja el asno, corta la leña, toma la espada y el fuego, lleva consigo al muchacho y va al lugar. Ahora, atento, Isaac interroga al padre diciendo: Padre, dice, y él: ¿Qué es, hijo? Y el hijo: He aquí, dice, el fuego y la leña, ¿dónde está la oveja que vas a inmolar para el holocausto? Y el padre respondió: Dios proveerá para sí la oveja para el sacrificio, hijo. Veo en esto un sacramento grande y magno: otra cosa llevaba Abraham en el corazón y otra prometía al hijo, pero ni lo que prometía engañaba al hijo, ni ninguna debilidad había cambiado su corazón del propósito. ¿Qué más? Sigue el camino, ve el lugar de lejos y, dejando allí a sus criados, les dirige tales palabras diciendo: Sentaos aquí con el asno, yo y el muchacho iremos hasta allí, y cuando hayamos adorado, volveremos a vosotros. Oh santo Abraham, ¿qué es lo que dices, cuando otra cosa has de hacer con el muchacho? ¿Acaso te engañas a ti mismo o a los tuyos? No, dice, sino que lo que proféticamente digo o hago es la virtud de la caridad que permanece en mí, la cual todo lo cree, hace y dice. Pues la oigo sin estrépito de voz, hablando dentro al corazón y diciéndome: Tú, ciertamente, aunque creyendo que resucitará, llevas al muchacho a inmolar con voto pleno y perfecto, tu hijo no será quemado en este Sacrificio, porque la resurrección se reserva al Hijo de Dios. Con razón el apóstol Santiago, conmemorando la fe de este varón, dice: Creyó Abraham a Dios y le fue reputado a justicia y fue llamado amigo de Dios. Como sabemos, la conjunción de los ánimos hace a los amigos. De donde un sabio de este mundo dice: Querer y no querer lo mismo, esa es, en fin, la firme amistad. Por tanto, como sabemos, la conjunción de los ánimos hace a los amigos: pero cómo este santo unió su ánimo a Dios para ser llamado su amigo, agrada saberlo. Pues así como Dios Padre no perdonó a su único Hijo, así, mandando Dios que fuera inmolado para él el hijo que le había dado, él lo ofreció con corazón devoto. Pero veamos lo que sigue; pues nos deleita, con la ayuda del Señor, devolveros la noción plena de esta historia. Después de que, dejados los criados, el padre llegó con el hijo al lugar del sacrificio, construyó el altar, compuso la leña, depone los indicios humanos de la piedad paterna, se reviste de la devota constancia del sacerdote, saca la espada para matar al hijo. ¿Qué os parece, hermanos? Nada humano sentimos aquí: más bien todo lo reconocemos divino; pero también aquel hijo que poco antes buscaba la oveja, bajo un silencio inmenso sentía que tales cosas se hacían en él, y es hallado tan paciente, como si ya fuera él aquel que, como oveja, fue llevado a inmolar; y como cordero ante el que lo esquila, sin voz, así no abrió su boca. Oh, y tú, santo Isaac, indícanos el secreto tan grande de este silencio. Poco antes nada sentías que se hiciera en ti, y buscabas el carnero al padre; ¿ahora, en cambio, eres atado de manos, eres puesto en el altar, eres suspendido en cierto modo en la leña y ahora callas? Callo, dice. Di por qué, te ruego, para que sepamos. ¿Queréis saber, dice, por qué ahora callo? Porque llevo la figura de aquel que por voluntad pone su alma, no por necesidad. En este sacramento de la fe tan grande y místico, tanto el santo Abraham apareció probado, como el hijo fue liberado en el presente. Si eres un alma que deseas seguir las huellas de la fe de nuestro padre Abraham, sal de tu tierra y de tu parentela: deja a tu pueblo y la casa de tu padre, es decir, renuncia fielmente al diablo, a sus pompas y a sus ángeles, y sigue el camino recto que te lleve a la tierra en la que te enriquezcas, destaques y te hagas socio de Abraham. Pero cuando hayas hecho todo esto, si la virtud de la caridad que todo lo cree está en ti, aún te tentará y, probado, te coronará, exige de ti el sacrificio de tu amado. ¿Qué exige de ti? Lo que se le dijo a Abraham: Dame a tu unigénito amado. Te dice la sabiduría: Dame, hijo, tu corazón, él es el amado único; ¿qué temes ofrecer tu corazón? Ofrece el sacrificio de la contrición del corazón a tu Señor Dios, y di con el profeta: No te deleitarás en holocaustos. El sacrificio a Dios es un espíritu contrito, un corazón contrito y humillado, oh Dios, no lo despreciarás. Nada temas al ofrecer tal sacrificio, y te será acepto, y lo que ofrecieres permanecerá íntegro. Place ahora inspeccionar otra virtud de la caridad que todo lo supera, la cual reconocemos haber asignado anteriormente al pueblo de Israel y a nuestros padres. Pues la voz de esa virtud está en aquel verso profético: En ti esperaron nuestros padres, esperaron y los liberaste. Y ellos mismos son mandados a huir de Egipto, se les promete una tierra que mana leche y miel, pasan por el mar Rojo, llegan al desierto, los guiaba la esperanza de la caridad para que aprendieran a amar a Dios gratuitamente. Se devuelve a estos la recompensa de la fe; pues no puede no devolver quien se digna hacerse deudor. Después del desierto, mieles fluyeron de la roca; comieron el pan del cielo; no fueron privados de su deseo que esperaron, recibieron también la tierra de la promesa. Levántese el alma que ha sido comprendida por la virtud de esta caridad: huya de Egipto, es decir, del deseo de este siglo, diríjase al mar Rojo, a saber, el bautismo de Cristo; por eso rojo, porque purificado por la sangre de Cristo. Que persigan los enemigos, es decir, los pecados con su autor el diablo, como si desde Egipto con su rey Faraón enfurecieran, que sigan a los que huyen, ¿qué temes? Enfurecerán hasta el agua; tú entrarás, entrarán también ellos detrás de ti, pero el agua, vuelta atrás, será para ellos perdición, para ti aprovechará para la salvación. A ellos los anegará, a ti te lavará, a ellos condenará, a ti liberará. Después de esto recibirás miel de la roca con la que saciarás tu hambre y tu sed; pues la Roca era Cristo, de cuyos preceptos, como de fuentes de dulzura, te saciarás, gustarás también el pan, aquel a saber que dice: Yo soy el pan vivo que descendí del cielo. Gustarás y verás cuán suave es el Señor, y si en ti destaca la virtud de la caridad que todo lo espera, es necesario que pases por el desierto, es decir, que uses este mundo como no usándolo, y que sepas que eres peregrino en esta vida, si deseas entrar en la tierra de la promesa; esta tierra es de la que el profeta canta y dice: Creo ver los bienes del Señor en la tierra de los vivientes. Resta la última virtud de la caridad que todo lo soporta, y nunca cae. Sabemos que esta conviene a la misma cabeza nuestra, el Señor Jesucristo, y por eso se pone al final, puesto que el fin de la ley es Cristo. Pero cuántas cosas él mismo soportó por nosotros, creo que vuestra caridad no puede ignorarlo. Sin embargo, diré algo al respecto, si es que puedo decir algo dignamente de tanto. Primero aquello de que Dios es hombre, que el Verbo se hizo carne, que hizo muchos bienes y padeció males, que resucitó a los muertos y murió; que con aquella paciencia singular soportó al tentador diabólico, al discípulo traidor, que al mismo Judas, antes de ser traidor, lo soportó ladrón, y antes de la experiencia de las cadenas, de la cruz y de la muerte, no negó a sus labios dolosos el beso de la paz. Pero en la misma muerte, ¿cuántas cosas soportó? Soportó las llamas de los odios, las lenguas ministras del peor corazón. Gritaron los judíos: Crucifícalo, crucifícalo, y para que los judíos permanecieran reos, el inocente Hijo de Dios fue crucificado por ellos; es llevado a la cruz, es abofeteado quien es la palma de la victoria, es coronado de espinas quien vino a romper las espinas de nuestros pecados; es atado quien desata a los encadenados; es suspendido en el madero quien erige a los abatidos; es abrevado con vinagre la fuente de la vida, la disciplina es azotada, la salud es herida, la vida muere, la vida es matada por la muerte por un tiempo, para que por la vida sea matada la muerte perpetuamente. ¿Qué hicieron aquí los judíos en esta muerte de Cristo? Se exultaron como vencedores, y mientras temieron perder el reino terreno y caduco, no dudaron en matar al rey del cielo y de la tierra. Pero ni siquiera como pensaron, fueron vencedores. Pues si vencieron, ¿cómo perdieron el reino? ¿Cómo hasta ahora permanecieron siervos? Pues esta es la causa por la que Cristo fue matado por ellos. Pues dijeron entre sí los príncipes de los judíos, como narra el evangelista: Veis, dicen, que todo el mundo se ha ido tras él; si lo dejamos vivir, vendrán los romanos y nos quitarán tanto el lugar como el reino; y mataron a Cristo, y perdieron el lugar y el reino. ¿Qué os aprovechó, oh insensatos judíos, que cometierais tal crimen? ¿Acaso porque no quisisteis servir al Señor Cristo, como era debido, os hicisteis malos siervos de los buenos siervos de Cristo? Por ellos quebranta vuestra contumacia, por ellos disipa vuestros consejos, por ellos atribuye los crímenes sobre vuestras cabezas. El mismo Señor, en cambio, a quien vosotros matasteis, no quería que fuerais siervos, sino libres, cuando decía: Si el Hijo os liberare, entonces seréis verdaderamente libres; vosotros, en cambio, a Dios y Señor rey, y a la misma verdadera libertad, no solo la repudiasteis, sino que, deseando negarla, gritasteis: No tenemos rey sino al César. Pero ni siquiera en esto os gloriéis de que matasteis a Cristo, más bien se acabó con vosotros y no lo sabéis. Oíd al mismo Señor diciendo por el profeta: Yo dormí y tomé el sueño, llamando sueño a la muerte infligida por vosotros. Por lo demás, ¿qué clase de muerte pudo ser la tridua, especialmente la de aquel que por el mismo profeta dice en otro lugar: ¿Acaso el que duerme no añadirá que resucite? Yo, dice, dormí, yo que tengo potestad de poner mi alma, yo dormí, no porque enfurecisteis, no porque enloquecisteis; yo cumplí lo que quise, vosotros permanecisteis en el crimen. ¿Quién exige tantas cosas de nuestro Dios, hermanos, para nuestra redención y salvación, sino la caridad que nunca cae? Oh caridad que tienes grandes fuerzas, y bajaste a Dios del cielo; oh cara salud, oh santa y verdadera caridad que eres tan grande en la tierra, ¡cuán grande serás en los cielos! Que tanto puedes en esta lucha de la mortalidad aún solícita, ¡cuánto podrás en aquella paz perfecta y segura! Despierta, pues, toda alma cristiana, y si en ti destaca la virtud de la caridad que todo lo soporta, imita las huellas de tu Señor. Pues Cristo, dice el apóstol Pedro, padeció por vosotros dejándoos ejemplo para que sigáis sus huellas: y si él por ti descendió de la sede celestial a las terrenas, tú por ti huye de las terrenas, apetece las celestiales. Si el mundo es dulce, más dulce es Cristo; si el mundo es amargo, por ti todo lo soportó Cristo. Camino se te hizo el mismo salvador, levántate, camina, tienes a dónde; no te hagas perezoso; pero tal vez preguntas ¿a dónde? ¿Ves el camino y preguntas a dónde lleva este mismo camino? A la verdad y a la vida. Si amas la verdad, si amas la vida, y deseas llegar a la verdad y a la vida, no te desvíes del camino. Veo, dices, el camino y deseo caminar; pero es amargo: Pues estrecho y angosto es el camino que lleva a la vida; ¿Cristo pasó, y aún es áspero? Pasaron ancianos, pasaron jóvenes, pasaron doncellas que hicieron trillado para ti el camino que temes y horrorizas. Camina, pues, el camino seguro: camina, ¿qué temes en este camino? ¿La muerte? ¿Y temes la muerte tú que corres a la vida? Eres bueno; bien corres en esta vida. La muerte es para ti la puerta que te presenta, no la que te quite la vida. Camina, pues, el camino, más aún, el mismo que por ti se hizo camino, él mismo te guíe por sí mismo; pues él es el camino, la verdad y la vida. Di, pues, tú, oh alma fiel y piadosa, di segura, di y exclama verazmente con el profeta: Guíame, Señor, en tu camino, y caminaré en tu verdad: entonces llegaré seguro a ti, si hasta el fin no abandonare tu gracia. Estas cosas, hermanos amadísimos, que han sido dichas por el Señor de la misma caridad a vuestra santidad, que se adhieran de tal modo a vuestros sentidos y corazones, que la misma caridad encuentre en vosotros fruto de obra, no hojas de alabanza.