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Expositio propositionum ex Epistola ad Romanos
Augustine of HippoRoma 1 · spanish-geminiMore by Augustine of Hippo
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Original / primary: Spanish Gemini
1
Libro único.
1
Estos son los sentidos en la Epístola a los Romanos del apóstol Pablo. Primero que nada, para que cada uno entienda que en esta Epístola se trata la cuestión de las obras de la Ley y de la gracia.
2
PROPOSICIÓN PRIMERA. [ROM. cap. 1, V. 4.]
2
En cuanto a lo que dice: Según el Espíritu de santificación por la resurrección de los muertos, esto es, porque recibieron el don del Espíritu después de su resurrección; menciona la resurrección de los muertos porque en él todos hemos sido crucificados y hemos resucitado.
3
II. [Ib. I, 11.]
3
En cuanto a lo que dice: Para impartirles un don espiritual; es decir, el amor a Dios y al prójimo, para que, por la caridad de Cristo, no envidiaran en absoluto a los gentiles llamados al Evangelio.
4
III. [Ib. I, 18.]
4
En cuanto a lo que dice: Se revela la ira de Dios desde el cielo sobre toda impiedad, etc., también dice Salomón sobre los sabios del mundo: Si pudieron saber tanto como para estimar el siglo, ¿cómo no encontraron más fácilmente al Señor y Creador del mundo mismo? Pero a quienes reprende Salomón, no conocieron al Creador a través de la criatura; a quienes reprende el Apóstol, sí lo conocieron, pero no le dieron gracias, y diciendo ser sabios, se hicieron necios y cayeron en la adoración de simulacros. Pues que los sabios de los gentiles podían encontrar al Creador, lo mostró manifiestamente el mismo apóstol cuando hablaba con los atenienses. Pues tras haber dicho: Porque en él vivimos, nos movemos y existimos, añadió: Como también dijeron algunos de los vuestros. Con esta intención reprende primero la impiedad de los gentiles, para probar a partir de ella que los convertidos también pueden alcanzar la gracia. Pues es injusto que sufran el castigo de la impiedad y no reciban el premio de la fe.
5
IV. [Ib. I, 21.]
5
En cuanto a lo que dice: Conociendo a Dios, no lo glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, este es el origen del pecado, del cual se dijo: El principio de todo pecado es la soberbia. Si hubieran dado gracias a Dios, quien había dado esta sabiduría, no se habrían atribuido nada a sus propios pensamientos. Por lo cual fueron entregados por el Señor a los deseos de su corazón, para que hicieran lo que no convenía.
6
V. [Ib. I, 24.]
6
En cuanto a lo que dice: Los entregó, se entiende que los abandonó a los deseos de su corazón. Dice que recibieron de Dios la recompensa mutua, al ser entregados a los deseos de su corazón.
7
VI. [Ib. I, 28, 29.]
7
En cuanto a lo que finalmente dice: Dios los entregó a una mente reprobada, etc., repletos, dice, de toda iniquidad, se da a entender que lo que ahora menciona, es decir, los crímenes, pertenece al hacer daño. Arriba, en cambio, hablaba de las corrupciones que se llaman vicios, de las cuales se llega a los crímenes; puesto que cualquiera que sigue la dulce perniciosa de los vicios, mientras intenta eliminar a las personas que le estorban, procede al crimen. Así está distinguido también aquel lugar en la Sabiduría de Salomón, donde, tras haber enumerado los vicios anteriores, dice: Acechemos al justo pobre, puesto que nos es inútil, etc.
8
VII-VIII. [Ib. I, 32; II, 1.]
8
En cuanto a lo que dice: No solo quienes hacen estas cosas, sino también quienes consienten a los que las hacen, significa que, cualesquiera que sean las cosas que hicieron, no fue a la fuerza, sino que, al consentir a las malas acciones, aprueban también aquellas que hicieron; y por eso, sobre los pecados ya consumados, dice: Por lo cual eres inexcusable, oh hombre, todo el que juzgas. Pero al decir todo, entra ya para mostrar no solo al gentil, sino también al judío que, según la Ley, quería juzgar a los gentiles.
9
IX. [Ib. II, 5.]
9
En cuanto a lo que dice: Atesoras para ti ira en el día de la ira, habla de la ira de Dios en todas partes como venganza. Por eso dice del justo juicio de Dios. Debe notarse, sin embargo, que la ira de Dios se menciona también en el Nuevo Testamento: lo cual, cuando los hombres que se oponen a la Ley antigua lo leen en el Antiguo, piensan que debe ser censurado; siendo que Dios, ciertamente, no está sujeto a perturbaciones como nosotros, según dice Salomón: Tú, Señor de las virtudes, juzgas con tranquilidad. Pero la ira, como se ha dicho, se pone en el sentido de venganza.
10
X. [Ib. II, 15.]
10
En cuanto a lo que dice: Dando testimonio su conciencia, habla según aquello del apóstol Juan donde dice: Amadísimos, si nuestro corazón nos reprende, mayor es Dios que nuestra conciencia, etc.
11
XI. [Ib. II, 29.]
11
En cuanto a lo que dice: En espíritu, no en la letra, esto es, que la Ley se entienda según el espíritu, no según lo que tiene la letra: lo cual ciertamente les sucedió a aquellos que recibieron la circuncisión más carnal que espiritualmente.
12
XII. [Ib. II, 29.]
12
En cuanto a lo que dice: Cuya alabanza no viene de los hombres, sino de Dios, le conviene lo que dice: El que es judío en secreto.
13
XIII-XVIII. [Ib. III, 20.]
13
En cuanto a lo que dice: Porque ninguna carne será justificada por la Ley ante él; pues por la ley es el conocimiento del pecado, y otras cosas similares, que algunos piensan que deben objetarse como afrenta a la Ley, deben leerse con suficiente cuidado, para que ni la ley parezca desaprobada por el Apóstol, ni se le quite al hombre el libre albedrío. Por tanto, distingamos estos cuatro grados del hombre: antes de la Ley, bajo la Ley, bajo la gracia, en paz. Antes de la Ley, seguimos la concupiscencia de la carne: bajo la Ley, somos arrastrados por ella: bajo la gracia, ni la seguimos ni somos arrastrados por ella: en paz, no hay concupiscencia de la carne. Antes de la Ley, pues, no luchamos; porque no solo codiciamos y pecamos, sino que también aprobamos los pecados: bajo la Ley luchamos, pero somos vencidos; pues confesamos que son malas las cosas que hacemos, y al confesar que son malas, ciertamente no queremos hacerlas, pero como aún no hay gracia, somos superados. En este grado se nos muestra cómo yacemos, y mientras queremos levantarnos y caemos, somos afligidos más gravemente. De ahí que aquí se diga: La Ley entró para que abundara el delito. De ahí también lo que ahora se ha puesto: Pues por la Ley es el conocimiento del pecado. Pues no es la eliminación del pecado; porque el pecado se quita solo por la gracia. Buena es, pues, la Ley, porque prohíbe lo que debe prohibirse y manda lo que debe mandarse. Pero cuando cada uno piensa que puede cumplirla con sus propias fuerzas, no por la gracia de su Libertador, esa presunción no le sirve de nada: más aún, le daña tanto que es arrebatado por un deseo de pecado más vehemente, y en los pecados se encuentra también como prevaricador. Pues donde no hay Ley, tampoco hay prevaricación. Así pues, yaciendo, cuando cada uno se reconoce incapaz de levantarse por sí mismo, implore la ayuda del Libertador. Viene, pues, la gracia que perdona los pecados pasados, ayuda al que lo intenta, otorga la caridad de la justicia y quita el miedo. Cuando esto sucede, aunque ciertos deseos de la carne, mientras estamos en esta vida, luchan contra nuestro espíritu para llevarlo al pecado, el espíritu, al no consentir a estos deseos, puesto que está fijo en la gracia y la caridad de Dios, deja de pecar. Pues no pecamos en el deseo perverso mismo, sino en nuestro consentimiento. Para esto vale lo que dice el mismo apóstol: No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal para obedecer a sus deseos. Pues de aquí muestra que existen deseos, a los cuales, al no obedecer, no permitimos que el pecado reine en nosotros. Pero como estos deseos nacen de la mortalidad de la carne, que arrastramos del primer pecado del primer hombre, de donde nacemos carnalmente, estos no terminarán a menos que, mediante la resurrección del cuerpo, hayamos merecido aquella mutación que se nos promete, donde habrá paz perfecta, cuando seamos constituidos en el cuarto grado. Y se dice paz perfecta porque nada nos resistirá al no resistir nosotros a Dios. Esto es lo que dice el Apóstol: El cuerpo ciertamente está muerto a causa del pecado, pero el espíritu es vida a causa de la justicia. Si, pues, el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros; el que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos, vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros. El libre albedrío, pues, fue perfecto en el primer hombre, pero en nosotros, antes de la gracia, no hay libre albedrío para no pecar, sino solo para no querer pecar. La gracia, en cambio, hace que no solo queramos hacer el bien, sino que también podamos; no con nuestras fuerzas, sino con la ayuda del Libertador, quien nos otorgará también la paz perfecta en la resurrección, la cual paz perfecta sigue a la buena voluntad. Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad.
14
XIX. [Ib. III, 31.]
14
En cuanto a lo que dice: ¿Luego invalidamos la Ley por la fe? De ninguna manera; sino que confirmamos la Ley, es decir, la afianzamos. Pero ¿cómo debía afianzarse la Ley, sino por la justicia? La justicia, empero, que es por la fe; porque aquellas mismas cosas que no podían cumplirse por la Ley, se cumplieron por la fe.
15
XX. [Ib. IV, 2.]
15
En cuanto a lo que dice: Si Abraham fue justificado por las obras, tiene de qué gloriarse, pero no ante Dios; esto es, porque Abraham, sin la Ley, mientras no busca la gloria por las obras de la Ley, como si cumpliera la Ley con sus propias fuerzas, cuando aún no se había dado tal Ley, esa gloria es de Dios, no suya. Pues no fue justificado por mérito propio como por obras, sino por la gracia de Dios mediante la fe.
16
XXI. [Ib. IV, 4.]
16
En cuanto a lo que dice: Pero al que obra, el salario no se le cuenta según la gracia, sino según la deuda, dijo cómo los hombres dan el salario a los hombres. Pues Dios dio por gracia, porque dio a los pecadores para que por la fe vivieran justamente, es decir, obraran bien. Lo que, por tanto, obramos bien habiendo recibido ya la gracia, no debe atribuirse a nosotros, sino a aquel que nos justificó por la gracia. Pues si quisiera devolver el salario debido, devolvería el castigo debido a los pecadores.
17
XXII. [Ib. IV, 5.]
17
En cuanto a lo que dice: Quien justifica al impío, esto es, hace piadoso al impío, para que de ahí en adelante permanezca en la misma piedad y justicia; porque fue justificado para que sea justo, no para que piense que le está permitido pecar.
18
XXIII. [Ib. IV, 15.]
18
En cuanto a lo que dice: Pues la Ley obra la ira, significa venganza, y pertenece a aquel grado cuando uno está bajo la Ley.
19
XXIV. [Ib. IV, 17.]
19
En cuanto a lo que dice: Ante Dios a quien creyó, significó que la fe en el hombre interior está a la vista de Dios; no en la ostentación de los hombres, como es la circuncisión de la carne.
20
XXV. [Ib. IV, 20.]
20
En cuanto a lo que dice sobre Abraham: Dando gloria a Dios, está puesto contra aquellos que buscaban su propia gloria por las obras de la Ley ante los hombres.
21
XXVI. [Ib. V, 3.]
21
En cuanto a lo que dice: Y no solo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, y lo demás, conduce gradualmente hasta la caridad de Dios; la cual caridad, al decir que la tenemos por el don del Espíritu, muestra que todas aquellas cosas que podríamos atribuirnos a nosotros mismos, deben atribuirse a Dios, quien se dignó dar la gracia por el Espíritu Santo.
22
XXVII-XXVIII. [Ib. V, 13.]
22
En cuanto a lo que dice: Pues hasta la Ley el pecado estaba en el mundo, debe entenderse hasta dónde vendría la gracia. Pues se dijo contra aquellos que piensan que los pecados pudieron ser quitados por la Ley. Dice, empero, el Apóstol que los pecados fueron manifestados por la Ley, pero no quitados, cuando dice: Pero el pecado no se imputaba cuando no había Ley. Pues no dijo: no existía; sino: no se imputaba. Tampoco cuando se dio la Ley fue quitado; sino que comenzó a imputarse, es decir, a aparecer. No pensemos, pues, que se dijo hasta la Ley como si ya bajo la Ley no hubiera pecado: sino que se dijo hasta la Ley para que cuentes todo el tiempo de la Ley hasta el fin de la Ley, que es Cristo.
23.1
XXIX. [Ib. V, 14.]
23.1
En cuanto a lo que dice: Pero reinó la muerte desde Adán hasta Moisés, incluso en aquellos que no pecaron a semejanza de la prevaricación de Adán, se distingue de dos maneras: o bien, reinó la muerte a semejanza de la prevaricación de Adán; porque también los que no pecaron, murieron por el origen de la mortalidad de Adán. O ciertamente, reinó la muerte también en aquellos que no pecaron a semejanza de la prevaricación de Adán, sino que pecaron antes de la Ley: para que se entienda que pecaron a semejanza de la prevaricación de Adán aquellos que recibieron la Ley; porque también Adán pecó al recibir la ley del precepto. Ciertamente, también lo que se dijo, hasta Moisés, debe entenderse como todo el tiempo de la Ley. Adán, empero, es llamado figura del futuro, pero a la inversa: para que, como por él vino la muerte, así por nuestro Señor venga la vida.
23.2
[ Ib. V, 15- 19.]
23.2
En cuanto a lo que dice: Pero no es como el delito, así también el don, el don sobresale de dos maneras: o porque la gracia abunda mucho más, porque ciertamente por ella se vive eternamente; mientras que por la muerte de Adán la muerte reinó temporalmente: o porque por la condenación de un solo delito la muerte de muchos se hizo por Adán; pero por nuestro Señor Jesucristo, por la donación de muchos delitos, se dio la gracia para la vida eterna. La otra diferencia la explica diciendo: Y no es como por un solo pecador, así también el don. Pues el juicio ciertamente vino de uno para condenación: pero la gracia vino de muchos delitos para justificación. Por tanto, de uno, que se dijo, se sobreentiende: delito; porque sigue: pero la gracia vino de muchos delitos. Por tanto, esta es la diferencia, que en Adán un solo delito fue condenado, pero por el Señor muchos fueron perdonados. Lo que sigue, pues, mantiene ambas diferencias, para que se explique así: Si por el delito de uno reinó la muerte por uno, mucho más los que reciben la abundancia de la gracia y de la justicia reinarán en vida por uno, Jesucristo. Lo que dijo, pues, reinarán mucho más, pertenece a la vida eterna: lo que dijo, reciben la abundancia de la gracia, pertenece a la donación de muchos delitos. Tras explicadas estas diferencias, vuelve a la forma de donde había comenzado, cuyo orden había suspendido cuando decía: Como por un solo hombre entró el pecado en este mundo, y por el pecado la muerte. A lo cual vuelve ahora cuando dice: Por tanto, como por el delito de uno vino a todos los hombres la condenación; así también por la justificación de uno vino a todos los hombres la justificación de vida. Pues como por la desobediencia de un solo hombre muchos fueron constituidos pecadores; así también por la obediencia de uno muchos serán constituidos justos. Esta es la figura del futuro Adán, de la cual había comenzado a hablar arriba, y habiendo interpuesto algunas de sus diferencias, había diferido el orden, al cual volviendo ahora concluyó, diciendo: Por tanto, como por el delito de uno a todos los hombres, etc.
24
XXX. [Ib. V, 20.]
24
En cuanto a lo que dice: La Ley entró para que abundara el delito, con el mismo verbo significó suficientemente que los judíos no sabían con qué dispensación se dio la Ley. Pues no se dio para que pudiera vivificar; porque la gracia vivifica por la fe: sino que se dio la Ley para mostrar con cuántos y cuán estrechos vínculos de pecados estaban constreñidos aquellos que presumían de sus propias fuerzas para cumplir la justicia. Así abundó el pecado, cuando la concupiscencia se hizo más ardiente por la prohibición, y a los que pecaban contra la ley se les añadió el crimen de prevaricación. Lo cual entiende quien considera el segundo grado en aquellos cuatro grados.
25
XXXI. [Ib. VI, 1, 2.]
25
En cuanto a lo que dice: ¿Qué diremos, pues? ¿Permaneceremos en el pecado para que la gracia abunde? De ninguna manera. ¿Cómo viviremos en él los que hemos muerto al pecado? De aquí muestra que se hizo que los pecados pasados fueran perdonados, y que en ello sobreabundó la gracia, para que los pecados pasados fueran remitidos. Por tanto, cualquiera que todavía busca aumentos de pecado para sentir un aumento de gracia, no entiende que está haciendo que la gracia no obre nada en él. Pues la obra de la gracia es que muramos al pecado.
26
XXXII-XXXIV. [Ib. V, 6.]
26
En cuanto a lo que dice: Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente, para que el cuerpo del pecado fuera invalidado, se refiere a aquello que se dijo por Moisés: Maldito todo el que colgare de un madero. Pues la crucifixión del viejo hombre fue significada en la cruz del Señor, así como la instauración del nuevo hombre fue significada en la resurrección. Es manifiesto, empero, que según él actuamos el viejo hombre, que es el maldito: por quien nadie duda que se dijo pecado también del Señor, porque cargó con nuestros pecados, y se hizo pecado por nosotros, y condenó el pecado por el pecado. ¿Qué es, empero, invalidar el cuerpo del pecado? Él mismo lo expuso: Para que no sirvamos más al pecado. Y aquello que dice: Si hemos muerto con Cristo, esto es, si hemos sido crucificados con Cristo. Pues dice en otro lugar: Los que son de Cristo Jesús, crucificaron su carne con sus vicios y concupiscencias. No maldijo, pues, Moisés al Señor, sino que profetizó lo que mostraría su crucifixión.
27
XXXV. [Ib. VI, 14.]
27
En cuanto a lo que dice: Pues el pecado no se enseñoreará de vosotros: pues no estáis bajo la Ley, sino bajo la gracia, ciertamente pertenece ya a aquel tercer grado, donde el hombre ya sirve con la mente a la Ley de Dios, aunque sirva con la carne a la ley del pecado. Pues no obedece al deseo del pecado, aunque todavía las concupiscencias soliciten y provoquen al consentimiento, hasta que sea vivificado también el cuerpo y sea absorbida la muerte en victoria. Porque, pues, no consentimos a los deseos perversos, estamos en la gracia, y el pecado no reina en nuestro cuerpo mortal: y absolutamente desde aquel lugar donde dice: ¿Cómo viviremos en él los que hemos muerto al pecado?, describe a aquel que está constituido bajo la gracia. Pero aquel de quien se enseñorea el pecado, aunque quiera resistir al pecado, todavía está bajo la Ley, no todavía bajo la gracia.
28
XXXVI. [Ib. VII, 2.]
28
En cuanto a lo que dice: Pues la mujer casada está ligada por la ley al marido mientras vive; pero si su marido muere, queda libre de la ley del marido, etc., debe advertirse que esta semejanza difiere en esto de la cosa por la cual ha sido empleada, en que aquí dice que el marido muere, y la mujer se casa con quien quiere, libre ciertamente de la ley del marido: allí, en cambio, cuando constituye al alma como mujer, y al marido como las pasiones de los pecados, que obran en los miembros para llevar fruto a la muerte, esto es, para que de tal matrimonio nazca una prole digna; y la Ley que se dio no para quitar el pecado, o para la liberación del pecado, sino para mostrar el pecado antes de la gracia; por lo cual se hizo que los puestos bajo la Ley fueran arrebatados por un deseo más vehemente de pecar, y pecaran aún más por prevaricación: cuando, pues, también allí hay tres cosas, el alma como mujer, las pasiones de los pecados como marido, y la Ley como la ley del marido, no dice allí, sin embargo, que el alma sea liberada al morir los pecados, como al morir el marido; sino que el alma misma muere al pecado, y es liberada de la Ley, para ser de otro marido, esto es, de Cristo, cuando ha muerto al pecado, aunque todavía como si viviera el pecado mismo: lo cual sucede cuando, permaneciendo todavía en nosotros deseos y ciertos incitamientos a pecar, no obedecemos, sin embargo, ni consentimos, sirviendo con la mente a la ley de Dios; porque hemos muerto al pecado. Morirá, empero, también el pecado, cuando se haya hecho la reformación del cuerpo en la resurrección, de la cual dice después: Vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el Espíritu que habita en vosotros.
29
XXXVII. [Ib. VII, 8, 13.]
29
En cuanto a lo que dice: Pero tomando ocasión, el pecado obró en mí por el mandamiento toda concupiscencia, debe entenderse que no toda era la concupiscencia antes de que fuera aumentada por la prohibición. Pues la concupiscencia se aumenta por la prohibición cuando falta la gracia del que libera: por eso no es todavía toda antes de que sea prohibida; cuando, empero, ha sido prohibida, desistiendo, como dijimos, la gracia, tanto crece la concupiscencia que así se hace toda en su género, es decir, consumada, que incluso se hace contra la Ley, y acumula crimen por prevaricación. En cuanto a lo que dice: Pues sin la Ley el pecado estaba muerto, no dijo estaba muerto porque no exista, sino porque está oculto: lo cual manifiesta en lo que sigue, cuando dice: Pero el pecado, para que aparezca pecado, me obró la muerte por lo bueno. Pues buena es la Ley; pero sin la gracia solo muestra los pecados, no los quita.
30
XXXVIII. [Ib. VII, 9, 10.]
30
En cuanto a lo que dice: Yo, empero, vivía alguna vez sin la Ley, debe entenderse: me parecía vivir; porque antes del mandamiento el pecado estaba oculto. Y lo que dice: Pero al venir el mandamiento, el pecado revivió; yo, empero, morí, debe entenderse: el pecado comenzó a aparecer; yo, empero, conocí que estaba muerto.
31
XXXIX. [Ib. VII, 11.]
31
En cuanto a lo que dice: Pues el pecado, tomando ocasión por el mandamiento, me engañó, y por él me mató, se dijo por esto, porque el fruto del deseo prohibido es más dulce. De donde también cualesquiera pecados que se hacen ocultamente, son más dulces: aunque esta dulzura sea mortífera. De ahí es que, ante Salomón, sentada la mujer con imagen de doctrina falaz, e invitando a que vengan a ella los insensatos, se escribe que dice: Comed gustosos panes ocultos, y bebed dulce agua furtiva. Esa dulzura es la ocasión del pecado encontrada por el mandamiento: la cual, cuando se apetece, ciertamente engaña, y se convierte en mayores amarguras.
32
XL. [Ib. VII, 13.]
32
En cuanto a lo que dice: ¿Lo que es bueno, pues, se me hizo muerte? De ninguna manera: sino el pecado, para que aparezca pecado, me obró la muerte por lo bueno, aquí muestra evidentemente que lo que había dicho arriba: Pues sin la Ley el pecado estaba muerto, lo había dicho porque está oculto: puesto que ahora dice que no aquel bien, es decir, la Ley, se le hizo muerte, sino que el pecado obró la muerte por el bien de la Ley, es decir, para que apareciera el pecado que estaba oculto sin la Ley. Pues entonces cada uno se conoce muerto, cuando no puede cumplir aquello que confiesa que ha sido mandado rectamente; y peca más por el crimen de prevaricación que si no fuera prohibido. Esto es lo que dice en lo que sigue: Para que se haga sobremanera pecador o pecado por el mandamiento: lo cual antes del mandamiento era menos; porque donde no hay ley, tampoco hay prevaricación.
33
XLI. [Ib. VII, 14.]
33
En cuanto a lo que dice: Sabemos que la Ley es espiritual, yo, empero, soy carnal, muestra suficientemente que la Ley no puede ser cumplida sino por los espirituales, tales como los hace la gracia de Dios. Pues cada uno, hecho semejante a la Ley misma, cumple fácilmente lo que manda; ni estará bajo ella, sino con ella: ese es, empero, quien ya no es capturado por los bienes temporales, ni es aterrorizado por los males temporales.
34
XLII. [Ib. VII, 14.]
34
En cuanto a lo que dice: Vendido bajo el pecado, debe entenderse que cada uno, al pecar, vende su alma al diablo, habiendo recibido como precio la dulzura de la voluptuosidad temporal. De donde también nuestro Señor Redentor es llamado así, porque de este modo como se ha dicho, estábamos vendidos.
35
XLIII. [Ib. VII, 15, 13.]
35
En cuanto a lo que dice: Pues lo que obro, lo ignoro, puede parecer a los menos inteligentes que es contrario a aquella sentencia con la que dijo: El pecado, para que aparezca pecado, me obró la muerte por lo bueno. ¿Cómo, pues, aparece, si se ignora? Pero ignoro, se dijo en este lugar de tal modo que se entienda: no apruebo. Pues como las tinieblas no se ven, sino que se sienten por comparación con la luz; esto es, empero, sentir las tinieblas, lo que es no ver: así también el pecado, porque no es iluminado por la luz de la justicia, no se distingue por el entendimiento, así como se dijo que las tinieblas se sienten al no ver. Y a esto pertenece lo que se dice en el Salmo: ¿Quién entiende los delitos?
36
XLIV. [Ib. VII, 19, 20.]
36
En cuanto a lo que dice: Pues no hago lo que quiero; sino que hago lo que no quiero. Si, empero, hago lo que no quiero, consiento a la Ley, porque es buena, ciertamente la Ley es defendida de toda acusación: pero debe cuidarse que nadie piense que por estas palabras se nos quita el libre albedrío de la voluntad, lo cual no es así. Pues ahora se describe al hombre puesto bajo la Ley antes de la gracia. Pues entonces es vencido por los pecados, mientras intenta vivir justamente con sus propias fuerzas sin la ayuda de la gracia liberadora de Dios. En el libre albedrío, empero, tiene el creer al Libertador, y recibir la gracia, para que ya, liberando y ayudando aquel que la da, no peque; y así deje de estar bajo la Ley, sino con la Ley o en la Ley, cumpliéndola por la caridad de Dios, lo cual no podía por el miedo.
37
XLV-XLVI. [Ib. VII, 23-25.]
37
En cuanto a lo que dice: Veo otra ley en mis miembros, que repugna a la ley de mi mente, y me cautiva bajo la ley del pecado, que está en mis miembros, llama ley del pecado a aquella por la cual cada uno, implicado por la costumbre carnal, es constreñido. Dice que esta repugna a la ley de su mente, y que lo cautiva bajo la ley del pecado: de donde se entiende que se describe a aquel hombre que todavía no está bajo la gracia. Pues si la costumbre carnal repugnara solo, y no cautivara, no habría condenación. Pues en esto está la condenación, en que obedecemos y servimos a los deseos carnales perversos. Si, empero, existen, y no faltan tales deseos, no obedezcamos, sin embargo, a ellos; no somos cautivados, y ya estamos bajo la gracia, de la cual hablará cuando haya exclamado e implorado la ayuda del Libertador, para que pueda por la gracia la caridad, lo que por la Ley no podía el miedo. Pues dijo: ¡Infeliz hombre de mí, quién me librará del cuerpo de esta muerte? Y añadió: La gracia de Dios por Jesucristo nuestro Señor. Después comienza a describir al hombre constituido bajo la gracia: que es el tercer grado de aquellos cuatro que distinguimos arriba. A este grado pertenece ya lo que añade inmediatamente: Así que yo mismo sirvo con la mente a la Ley de Dios, pero con la carne a la ley del pecado: porque aunque existan deseos carnales, ya no sirve consintiendo para hacer el pecado, quien, constituido bajo la gracia, sirve con la mente a la Ley de Dios, pero con la carne a la ley del pecado. Llama, empero, ley del pecado a la condición mortal por la transgresión de Adán, por la cual nos hicimos mortales. Pues de esta lacra de la carne solicita la concupiscencia carnal, y según esta dice en otro lugar: Éramos también nosotros por naturaleza hijos de ira, como también los demás.
38
XLVII. [Ib. VIII, 1.]
38
En cuanto a lo que dice: Ninguna condenación hay, pues, ahora para los que están en Cristo Jesús, muestra suficientemente que no hay condenación si existen deseos carnales, sino si no se les obedece para pecar. Lo cual sucede a aquellos que están constituidos bajo la Ley, no todavía bajo la gracia. Pues los constituidos bajo la Ley no solo tienen la concupiscencia que repugna, sino que también son llevados cautivos cuando le obedecen. Pero no sucede esto a aquellos que sirven con la mente a la Ley de Dios.
39
XLVIII. [Ib. VIII, 3, 4.]
39
En cuanto a lo que dice: «Pues lo que era imposible a la Ley, en lo cual se debilitaba por la carne, Dios envió a su Hijo en semejanza de carne de pecado, y por el pecado condenó el pecado en la carne, para que la justicia de la Ley se cumpliera en nosotros, que no caminamos según la carne, sino según el espíritu», enseña manifiestamente que los mismos preceptos de la Ley no se cumplieron por eso, aunque debían cumplirse, puesto que aquellos a quienes se dio la Ley antes de la gracia, estaban entregados a los bienes carnales, y deseaban adquirir la bienaventuranza a partir de ellos, ni temían, sino cuando sobrevenía la adversidad con tales bienes; y por eso, cuando aquellos bienes temporales se turbaban, se apartaban fácilmente de los preceptos de la Ley. Se debilitaba, pues, la Ley al no cumplir lo que mandaba; no por su culpa, sino por la carne, esto es, aquellos hombres que, apeteciendo los bienes carnales, no amaban la justicia de la Ley, sino que anteponían a ella las comodidades temporales. Por eso nuestro Libertador, el Señor Jesucristo, al asumir la carne mortal, vino en semejanza de carne de pecado. Pues a la carne de pecado le es debida la muerte. Pero aquella muerte del Señor fue de dignación, no de deuda: y sin embargo, esto también llama el Apóstol pecado, la asunción de la carne mortal, aunque no pecadora, por eso porque la inmortal la hace como pecado cuando muere. Pero por el pecado, dice, condenó el pecado en la carne. Pues eso hizo la muerte del Señor, para que no se temiera la muerte, y por ello ya no se apetecieran los bienes temporales, ni se temieran los males temporales, en los cuales estaba aquella prudencia carnal, en la cual no podían cumplirse los preceptos de la Ley. Destruida y quitada esta prudencia en el hombre dominico, se cumple la justicia de la Ley, cuando no se camina según la carne, sino según el espíritu. De donde se dijo verdaderamente: No vine a abrogar la Ley, sino a cumplirla. La plenitud, pues, de la Ley es la caridad. Y la caridad es de aquellos que caminan según el espíritu. Pues esta pertenece a la gracia del Espíritu Santo. Cuando, pues, no había caridad de la justicia, sino miedo, la Ley no se cumplía.
40
XLIX. [Ib. VIII, 7.]
40
En cuanto a lo que dice: «Porque la prudencia de la carne es enemiga de Dios; pues no está sujeta a la Ley de Dios, ni tampoco puede», muestra lo que quiso decir con «enemiga», para que nadie pensara que alguna naturaleza, que Dios no creó, ejercía enemistades contra Dios como si fuera un principio adverso. Por tanto, se llama enemigo de Dios a quien no obedece a su Ley, y esto por la prudencia de la carne, es decir, cuando desea los bienes temporales y teme los males temporales. Pues la definición de prudencia suele explicarse en el deseo de los bienes y en evitar los males. Por eso, el Apóstol llama acertadamente prudencia de la carne a aquella por la cual se buscan como grandes bienes estas cosas que no permanecen con el hombre, y se teme que se pierdan estas cosas que, en algún momento, han de perderse. Ahora bien, tal prudencia no puede obedecer a la Ley de Dios. Pero se obedece a la Ley cuando esta prudencia ha sido extinguida, para que le suceda la prudencia del espíritu, por la cual nuestra esperanza no está en los bienes temporales, ni nuestro temor en los males. Pues la misma naturaleza del alma tiene la prudencia de la carne cuando busca las cosas inferiores, y la prudencia del espíritu cuando elige las superiores; del mismo modo que la misma naturaleza del agua se congela con el frío y se disuelve con el calor. Así, pues, se ha dicho: «La prudencia de la carne no está sujeta a la Ley de Dios, ni tampoco puede»; del mismo modo que se diría correctamente que la nieve no puede calentarse, pues no puede; pero cuando, al aplicar calor, se disuelve y el agua se calienta, ya nadie puede llamarla nieve.
41
L. [Ib. VIII, 10.]
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En cuanto a lo que dice: «El cuerpo, ciertamente, está muerto a causa del pecado, pero el espíritu es vida a causa de la justicia», el cuerpo se llama muerto porque es mortal. Pues, por su misma mortalidad, la indigencia de las cosas terrenales inquieta al alma y excita ciertos deseos a los cuales no obedece para pecar quien ya sirve con su mente a la Ley de Dios.
42
LI. [Ib. VIII, 11.]
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En cuanto a lo que dice: «Si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesucristo de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó a Jesucristo de entre los muertos vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros», demuestra ya el cuarto grado de aquellos cuatro que distinguimos anteriormente. Pero este grado no se encuentra en esta vida. Pues pertenece a la esperanza con la que aguardamos la redención de nuestro cuerpo, cuando este ser corruptible se revista de incorrupción y este ser mortal se revista de inmortalidad. Allí la paz es perfecta, porque el alma no sufre ninguna molestia del cuerpo, ya vivificado y transformado en una cualidad celestial.
43
LII. [Ib. VIII, 15, 16.]
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En cuanto a lo que dice: «Pues no habéis recibido el espíritu de servidumbre para el temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción de hijos, en el cual clamamos: ¡Abba, Padre!», se distinguen clarísimamente los tiempos de los dos Testamentos. Pues aquel pertenece al temor, mientras que el Nuevo pertenece a la caridad. Pero se pregunta: ¿cuál es el espíritu de servidumbre? Pues el espíritu de adopción de hijos es, ciertamente, el Espíritu Santo. Por tanto, el espíritu de servidumbre en el temor es aquel que tiene el poder de la muerte; porque, por ese mismo temor, durante toda su vida, eran reos de servidumbre quienes actuaban bajo la Ley, no bajo la gracia. Y no es de extrañar que lo recibieran por la divina providencia quienes buscaban los bienes temporales, no porque la Ley y el mandamiento sean suyos. Pues la Ley es santa, y el mandamiento es santo, justo y bueno; pero aquel espíritu de servidumbre no es, ciertamente, bueno, el cual reciben quienes no pueden cumplir los preceptos de la Ley dada mientras sirven a los deseos carnales, sin haber sido aún asumidos por la gracia del Libertador en la adopción de hijos. Porque el mismo espíritu de servidumbre no tiene a nadie bajo su poder, a menos que le haya sido entregado por el orden de la divina providencia, distribuyendo la justicia de Dios a cada uno lo suyo. Este poder lo había recibido el Apóstol cuando dice de algunos: «A quienes entregué a Satanás para que aprendan a no blasfemar»; y de nuevo de otro: «Ya he juzgado», dice, «entregar a tal hombre a Satanás para la destrucción de la carne, a fin de que el alma sea salva». Por tanto, quienes aún no están bajo la gracia y, constituidos bajo la Ley, son vencidos por los pecados para obedecer a los deseos carnales, y aumentan con la prevaricación la culpa de sus crímenes, han recibido el espíritu de servidumbre, es decir, el espíritu de aquel que tiene el poder de la muerte. Pues si entendiéramos por espíritu de servidumbre el propio espíritu del hombre, empezaría a entenderse también el espíritu de adopción como transformado para mejor. Pero como recibimos el Espíritu Santo como espíritu de adopción, lo cual muestra manifiestamente cuando dice: «El mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu», resta que entendamos por espíritu de servidumbre aquel al que sirven los pecadores; para que, del mismo modo que el Espíritu Santo libera del temor de la muerte, así el espíritu de servidumbre, que tiene el poder de la muerte, mantenga a los reos con el terror de esa misma muerte, a fin de que cada uno se convierta al auxilio del Libertador, incluso contra la voluntad del mismo diablo, que desea tenerlo siempre bajo su poder.
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LIII. [Ib. VIII, 19-23.]
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En cuanto a lo que dice: «Pues la expectación de la criatura aguarda la revelación de los hijos de Dios. Porque la criatura fue sometida a la vanidad no por su voluntad, etc.», hasta lo que dice: «Y nosotros mismos gemimos en nuestro interior, aguardando la adopción, la redención de nuestro cuerpo», debe entenderse de tal manera que no pensemos que hay sentido de dolor y gemido en los árboles, las hierbas, las piedras y otras criaturas de este tipo; pues este es el error de los maniqueos; ni pensemos que los ángeles santos están sometidos a la vanidad, y creamos de ellos que serán liberados de la servidumbre de la corrupción, cuando ciertamente no han de perecer; sino que pensemos en toda criatura en el hombre mismo sin ninguna calumnia. Pues no puede haber criatura alguna, a no ser o espiritual, que sobresale en los ángeles; o animal, que aparece suficientemente incluso en la vida de las bestias; o corporal, que puede ser vista o tocada; pero toda ella está también en el hombre, porque el hombre consta de espíritu, alma y cuerpo. Por tanto, la criatura aguarda la revelación de los hijos de Dios, todo lo que ahora en el hombre sufre y está sujeto a la corrupción, es decir, aquella manifestación de la que dice el mismo apóstol: «Pues habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios; cuando aparezca Cristo, vuestra vida, entonces también vosotros apareceréis con él en gloria». Dice también Juan: «Amadísimos, ahora somos hijos de Dios y aún no ha aparecido lo que seremos; pero sabemos que cuando aparezca, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es». Esta revelación de los hijos de Dios aguarda, pues, la criatura que en el hombre está ahora sometida a la vanidad, mientras está entregada a las cosas temporales, que pasan como una sombra. De donde también se dice en el Salmo: «El hombre se ha hecho semejante a la vanidad; sus días pasan como una sombra». De esta vanidad habla también Salomón cuando dice: «Vanidad de vanidades, y todo es vanidad; ¿qué abundancia tiene el hombre en todo su trabajo con que se afana bajo el sol?». De la cual dice también David: «¿Hasta cuándo amaréis la vanidad y buscaréis la mentira?». Dice que la criatura fue sometida a la vanidad no por su voluntad, puesto que esta sujeción es penal. Pues el hombre no fue condenado voluntariamente de la misma manera que pecó voluntariamente; la cual condenación, sin embargo, no fue impuesta a nuestra naturaleza sin esperanza de reparación. Y por eso dice: «Por causa de aquel que la sometió en esperanza; porque también la misma criatura será liberada de la servidumbre de la corrupción a la libertad de la gloria de los hijos de Dios»; es decir, incluso ella, que es solo criatura, aún no agregada por la fe al número de los hijos de Dios; pero, sin embargo, en aquellos que habían de creer, veía el Apóstol lo que dice, que la criatura será liberada de la servidumbre de la corrupción, para que no sirva a la corrupción, a la cual sirven todos los pecadores. Pues al pecador se le dijo: «Morirás de muerte». Será liberada, sin embargo, a la libertad de la gloria de los hijos de Dios, es decir, para que también ella llegue a la libertad de la gloria de los hijos de Dios por la fe; la cual fe, cuando no estaba en ella, era llamada solo criatura. Y a ella se refiere lo que sigue: «Pues sabemos que la criatura gime y sufre dolores de parto hasta ahora». Pues aún había quienes habían de creer que también en espíritu estaban sujetos a trabajosos errores. Pero para que nadie pensara que se había dicho solo de su trabajo, añade también sobre los que ya habían creído. Pues aunque en espíritu, esto es, en la mente, servían a la Ley de Dios, sin embargo, porque en la carne se sirve a la ley del pecado, mientras sufrimos las molestias y solicitudes de nuestra mortalidad, por eso añadió diciendo: «Y no solo ellos, sino también nosotros, que tenemos las primicias del espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro interior, aguardando la adopción, la redención de nuestro cuerpo». Pues esta adopción, que ya se ha hecho en los que han creído, se ha hecho en el espíritu, no en el cuerpo. Pues aún no ha sido reformado el cuerpo en aquella transformación celestial, como el espíritu ya ha sido transformado por la reconciliación de la fe, convertido de los errores a Dios. Por tanto, también en los que han creído se aguarda aún aquella manifestación que sobrevendrá en la resurrección del cuerpo; la cual pertenece a aquel cuarto grado, donde habrá una paz totalmente perfecta y un descanso eterno, sin que ninguna corrupción nos resista por ninguna parte, ni nos moleste ninguna aflicción.
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LIV. [Ib. VIII, 26, 27.]
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En cuanto a lo que dice: «Asimismo, también el Espíritu ayuda a nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos», es manifiesto que habla del Espíritu Santo; lo cual es claro en lo que sigue, donde dice: «Porque intercede por los santos según Dios». Nosotros, pues, no sabemos qué hemos de pedir como conviene, por dos razones: porque aquello que esperamos que será futuro, y hacia donde tendemos, aún no aparece; y en esta misma vida muchas cosas pueden parecernos prósperas que son adversas, y adversas las que son prósperas. Pues también la tribulación, cuando le ocurre al siervo de Dios para prueba o enmienda, parece a veces inútil a los menos inteligentes; pero si se refiere a aquello que se dijo: «Danos auxilio en la tribulación; y vana es la salvación del hombre», se entiende que Dios nos ayuda frecuentemente desde la tribulación; y en vano se desea la salvación, que a veces es adversa, cuando implica al alma con el deleite y el amor de esta vida. De ahí es también aquello: «Encontré tribulación y dolor, e invoqué el nombre del Señor». Pues cuando dice «encontré», significa que es útil; pues no nos alegramos rectamente de haber encontrado, sino lo que buscábamos. Por tanto, no sabemos qué hemos de pedir como conviene. Pues Dios sabe tanto lo que nos conviene en esta vida como lo que ha de dar después de esta vida. Pero el mismo Espíritu intercede con gemidos inenarrables. Dice que el Espíritu gime porque nos hace gemir con caridad, incitando el deseo de la vida futura; como dice: «El Señor vuestro Dios os prueba para saber si le amáis», es decir, para haceros saber. Pues a Dios no se le oculta nada.
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LV. [Ib. VIII, 28-30.]
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En cuanto a lo que dice: «A los que llamó, a esos también justificó», puede mover y preguntarse si todos los que han sido llamados son justificados. Pero en otro lugar leemos: «Muchos son los llamados, pero pocos los elegidos». Sin embargo, como también los mismos elegidos son, ciertamente, llamados, es manifiesto que no son justificados sino los llamados, aunque no todos los llamados, sino aquellos que han sido llamados según el propósito, como dijo anteriormente. Pero el propósito de Dios debe entenderse, no el de ellos. Él mismo, sin embargo, expone qué es «según el propósito» cuando dice: «Porque a los que antes conoció, también los predestinó a ser conformes a la imagen de su Hijo». Pues no todos los que han sido llamados han sido llamados según el propósito; pues este propósito pertenece a la presciencia y a la predestinación de Dios; ni predestinó a nadie, sino a quien conoció que habría de creer y seguir su vocación, a quienes también llama elegidos. Pues muchos no vienen cuando han sido llamados; pero nadie viene que no haya sido llamado.
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LVI. [Ib. VIII, 29.]
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En cuanto a lo que dice: «Para que sea el primogénito entre muchos hermanos», enseña suficientemente que nuestro Señor debe entenderse de una manera como unigénito y de otra como primogénito. Pues donde se le llama Unigénito, no tiene hermanos, y es naturalmente Hijo de Dios, el Verbo en el principio, por quien fueron hechas todas las cosas. Pero según la asunción del hombre y la dispensación de la encarnación, por la cual se dignó llamarnos también a nosotros, no naturalmente hijos, a la adopción de hijos, se le llama primogénito con la adición de hermanos. Pues donde se le llama primero, no es ciertamente solo, sino con hermanos que han de seguir en aquello en lo que él se adelantó. De donde también en otro lugar le llama primogénito de entre los muertos, para que él mismo tenga la primacía. Pues la resurrección de los muertos para que ya no mueran, antes de él no hubo ninguna; después de él, sin embargo, es la de muchos santos, a quienes no se avergüenza de llamar hermanos por la misma comunicación de la humanidad.
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LVII. [Ib. VIII, 35.]
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En cuanto a lo que dice: «¿Quién nos separará de la caridad de Cristo? ¿La tribulación? ¿O la angustia? ¿O la persecución?, etc.», depende de la sentencia anterior, donde dice: «Si, no obstante, padecemos con él, para que también seamos glorificados; pues estimo que los padecimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria futura que ha de revelarse en nosotros». Pues a esa misma exhortación está dirigida toda la intención de este lugar, para que aquellos a quienes habla no se quebrantaran por las persecuciones si vivieran según la prudencia de la carne, por la cual se desean los bienes temporales y se temen los males temporales.
49
LVIII. [Ib. VIII, 38.]
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En cuanto a lo que dice: «Pues estoy seguro», y no dijo: «Pues opino»; sostuvo con plena fe que ni la muerte alguna, ni la vida temporal prometida, ni las demás cosas siguientes pueden apartar al creyente de la caridad de Dios. Nadie, pues, separa, ni quien amenaza con la muerte; porque quien cree en Cristo, aunque muera, vivirá; ni quien promete la vida; porque él da la vida eterna. Pues la promesa de la vida temporal debe ser despreciada en comparación con la eterna. Ni el ángel separa, porque «aunque un ángel», dice, «descendiera del cielo y os anunciara algo distinto de lo que habéis recibido, sea anatema». Ni el principado, es decir, el contrario, porque él mismo se despojó de estos principados y potestades, triunfando sobre ellos en sí mismo. Ni las cosas presentes ni las futuras, es decir, las temporales, ya sea las que deleitan, o las que oprimen, o las que dan esperanza, o las que infunden temor. Ni la virtud; y aquí debe entenderse la virtud contraria, según la cual dice: «Nadie arrebatará los vasos del fuerte, a menos que primero haya atado al fuerte». Ni la altura, ni la profundidad. Pues frecuentemente la vana curiosidad de aquellas cosas que no pueden ser encontradas, o que incluso se encuentran en vano, ya sea en el cielo o en el abismo, separa de Dios, a menos que venza la caridad, la cual invita a los hombres a las cosas espirituales ciertas, no por la vanidad de las cosas que están fuera, sino por la verdad que está dentro. Ni otra criatura. Lo cual puede entenderse de dos maneras: o la criatura visible, porque también nosotros, es decir, el alma, somos criatura, pero invisible; de modo que haya dicho esto, que no nos separa otra criatura, es decir, el amor de los cuerpos; o ciertamente porque no nos separa otra criatura de la caridad de Dios, por el hecho de que no hay otra criatura entre nosotros y Dios que se oponga y nos excluya de su abrazo. Pues por encima de las mentes humanas que son racionales, ya no hay criatura, sino Dios.
50
LIX. [Ib. IX, 5.]
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En cuanto a lo que dice: «De quienes son los padres y de quienes es Cristo según la carne», y añadió: «El cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos», recomienda la fe más plena, porque confesamos a nuestro Señor tanto como hijo del hombre según la asunción de la carne, como Dios, Verbo en el principio, según la eternidad, bendito sobre todas las cosas por los siglos. Pero los judíos, puesto que solo sostuvieron una parte de esta confesión, son refutados por el Señor. Pues cuando les preguntó de quién decían que era hijo Cristo, respondieron: de David. Esto, sin embargo, es según la carne. Pero de su divinidad, de que es Dios, no respondieron nada. Por eso el Señor les dice: «¿Cómo, pues, David en espíritu le llama Señor?». Para que entendieran que solo habían confesado esto, que Cristo es hijo de David; pero que habían callado esto, que Cristo es Señor del mismo David. Pues aquello es según la asunción de la carne, esto según la eternidad de la divinidad.
51
LX. [Ib. IX, 11-13.]
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En cuanto a lo que dice: «Pues no habiendo aún nacido, ni habiendo hecho nada bueno o malo, para que el propósito de Dios según la elección permaneciera, no por las obras, sino por el que llama, se le dijo: El mayor servirá al menor, como está escrito: Amé a Jacob, pero aborrecí a Esaú», mueve a algunos a pensar que el apóstol Pablo ha eliminado el libre albedrío de la voluntad, con el cual merecemos a Dios con el bien de la piedad o le ofendemos con el mal de la impiedad. Pues dicen que antes de cualquier obra, ya sea buena o mala, de dos que aún no habían nacido, Dios amó a uno y aborreció al otro. Pero respondemos que esto se hizo por la presciencia de Dios, por la cual conoce incluso de los que aún no han nacido cuál será cada uno. Pero para que nadie diga: «Entonces Dios eligió las obras en aquel a quien amó, aunque aún no existían, porque preveía que serían futuras»; lo cual, si eligió las obras, ¿cómo dice el Apóstol que la elección no se hizo por las obras? Por tanto, debe entenderse que las obras buenas se hacen por la caridad, y que la caridad está en nosotros por el don del Espíritu Santo, como dice el mismo apóstol: «La caridad de Dios ha sido derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado». Por tanto, nadie debe gloriarse de las obras como si fueran suyas, las cuales tiene por el don de Dios, cuando la misma caridad obra el bien en él. ¿Qué eligió, pues, Dios? Pues si da el Espíritu Santo a quien quiere, por quien la caridad obra el bien, ¿cómo eligió a quién dárselo? Pues si es sin mérito alguno, no hay elección; pues todos son iguales antes del mérito, ni puede llamarse elección en cosas totalmente iguales. Pero puesto que el Espíritu Santo no se da sino a los que creen, Dios no eligió las obras que él mismo otorga cuando da el Espíritu Santo para que obremos el bien por la caridad, sino que eligió la fe. Porque a menos que cada uno crea en él y permanezca en la voluntad de recibir, no recibe el don de Dios, es decir, el Espíritu Santo, por quien, derramada la caridad, pueda obrar el bien. Por tanto, Dios no eligió las obras de nadie en su presciencia, las cuales él mismo ha de dar, sino que eligió la fe en su presciencia; de modo que a quien previó que habría de creer en él, a ese mismo eligió para darle el Espíritu Santo, para que, obrando el bien, alcanzara también la vida eterna. Pues dice el mismo apóstol: «El mismo Dios que obra todo en todos». Pero en ninguna parte se ha dicho: «Dios cree todo en todos». Por tanto, lo que creemos es nuestro; pero lo que obramos bien es de aquel que da el Espíritu Santo a los que creen en él. Este ejemplo, sin embargo, fue objetado a ciertos judíos que creyeron en Cristo y se gloriaban de las obras antes de la gracia, y decían que ellos mismos habían merecido la gracia del Evangelio por sus buenas obras precedentes; cuando las buenas obras no pueden existir en nadie a menos que haya recibido la gracia. Pero la gracia es que la vocación se anticipe al pecador, cuando sus méritos no han precedido, sino para la condenación. Pero si el llamado ha seguido al que llama, lo cual ya está en el libre albedrío, merecerá también el Espíritu Santo, por quien pueda obrar el bien; en el cual, permaneciendo (lo cual es, no obstante, del libre albedrío), merecerá también la vida eterna, que no puede ser corrompida por ninguna mancha.
52
LXI. [Ib. IX, 11-15.]
52
En cuanto a lo que dice: «Tendré misericordia de quien tenga misericordia, y me compadeceré de quien me compadezca», de aquí se muestra que no hay iniquidad ante Dios; lo cual pueden decir algunos cuando oyen: «Antes de que nacieran, amé a Jacob, pero aborrecí a Esaú». Pues tendré misericordia, dice, de quien tenga misericordia. Pues primero Dios tuvo misericordia de nosotros cuando éramos pecadores, para llamarnos. De quien, pues, tendré misericordia, dice, para llamarlo, tendré misericordia aún de él cuando haya creído. ¿Cómo, pues, aún, sino para que dé el Espíritu Santo al que cree y pide? Dado el cual, se compadecerá de quien se haya compadecido, es decir, para que lo haga misericordioso, por lo cual pueda obrar el bien por la caridad. Nadie, pues, se atreva a atribuirse a sí mismo lo que obra misericordiosamente; porque Dios le dio la caridad por el Espíritu Santo, sin la cual nadie puede ser misericordioso. Por tanto, Dios no eligió a los que obran bien, sino más bien a los que creen, para que él mismo los haga obrar bien. Pues nuestro es creer y querer, pero suyo es dar a los que creen y quieren la facultad de obrar bien por el Espíritu Santo, por quien la caridad de Dios es derramada en nuestros corazones, para hacernos misericordiosos.
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LXII. [Ib. IX, 15-21.]
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En cuanto a lo que dice: «Por tanto, no es del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia», no elimina el libre albedrío de la voluntad; sino que dice que nuestro querer no es suficiente, a menos que Dios ayude, haciéndonos misericordiosos para obrar el bien por el don del Espíritu Santo, refiriendo esto a lo que dijo anteriormente: «Tendré misericordia de quien tenga misericordia, y me compadeceré de quien me compadezca». Porque ni podemos querer si no somos llamados; y cuando después de la vocación hemos querido, no basta nuestra voluntad y nuestro curso, a menos que Dios dé fuerzas a los que corren y los conduzca a donde llama. Es manifiesto, pues, que no es del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia, el que obremos el bien; aunque allí esté también nuestra voluntad, que por sí sola nada podría. De donde sigue también el testimonio sobre el suplicio del Faraón, cuando dice la Escritura sobre el Faraón: «Porque para esto te he levantado, para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado en toda la tierra». Pues como leemos en el Éxodo, el corazón del Faraón fue endurecido para que no se moviera ante señales tan evidentes. Que, por tanto, entonces el Faraón no obedeciera a los preceptos de Dios, ya venía del suplicio. Pero nadie puede decir que aquel endurecimiento del corazón le ocurrió al Faraón sin merecimiento, sino por juicio de Dios que retribuye a su incredulidad la pena debida. No se le imputa, pues, esto, que entonces no obedeciera, puesto que con el corazón endurecido no podía obedecer; sino porque se mostró digno de que se le endureciera el corazón por su infidelidad anterior. Pues así como en aquellos a quienes Dios elige, no las obras sino la fe inicia el mérito, para que por el don de Dios obren el bien; así en aquellos a quienes condena, la infidelidad y la impiedad inician el mérito de la pena, para que por la misma pena obren también el mal; como también el mismo apóstol dice más arriba: «Y puesto que no probaron tener a Dios en su conocimiento, los entregó Dios a un sentido reprobado, para que hagan lo que no conviene». Por lo cual concluye así el Apóstol: «Por tanto, tiene misericordia de quien quiere, y endurece a quien quiere». Pues de quien tiene misericordia, le hace obrar el bien; y a quien endurece, le deja para que obre el mal. Pero también aquella misericordia se atribuye al mérito precedente de la fe, y esta obduración a la impiedad precedente; para que obremos tanto el bien por el don de Dios como el mal por el suplicio; aunque, sin embargo, no se le quite al hombre el libre albedrío de la voluntad, ya sea para creer en Dios y que nos alcance la misericordia, ya sea para la impiedad y que nos alcance el suplicio. Traída esta conclusión, introduce la cuestión como de un contradictor. Pues dice: «Me dirás, pues: ¿Por qué todavía se queja? Pues ¿quién resiste a su voluntad?». A cuya inquisición responde ciertamente de tal manera que entendamos que a los hombres espirituales, y que ya no viven según el hombre terreno, pueden estar patentes los primeros méritos de la fe y de la impiedad, cómo Dios, presciente, elige a los que han de creer y condena a los incrédulos; no eligiendo a unos por las obras, ni condenando a otros por las obras; sino otorgando a la fe de los primeros que obren el bien, y endureciendo la impiedad de los segundos al abandonarlos, para que obren el mal. El cual entendimiento, como dije, está patente a los espirituales, pero está lejos de la prudencia carnal, refuta así al que pregunta, para que entienda que debe deponer primero al hombre de barro, para que merezca investigar estas cosas por el espíritu. Por tanto, dice: «Oh hombre, ¿quién eres tú para responder a Dios? ¿Acaso dice el barro al que lo modeló: ¿Por qué me hiciste así? ¿O no tiene poder el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honor y otro para deshonra?». Mientras seas barro, dice, y pertenezcas a la masa de barro, aún no conducido a las cosas espirituales, para que seas espiritual juzgando todas las cosas y no seas juzgado por nadie, debes abstenerte de tal inquisición y no responder a Dios. Cuyo consejo, quien desee saber, es necesario que primero sea recibido en su amistad; lo cual no puede suceder sino a los espirituales, que ya llevan la imagen del hombre celestial; pues dice: «Ya no os llamaré siervos, sino amigos; porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he hecho saber». Mientras, pues, seas vaso de barro, debe ser quebrantado esto mismo en ti primero con aquella vara de hierro, de la que se dijo: «Los regirás con vara de hierro, y como vaso de alfarero los quebrantarás»; para que, corrompido el hombre exterior y renovado el interior, puedas, arraigado y fundado en la caridad, comprender la anchura, la longitud, la altura y la profundidad, y conocer también la ciencia de la caridad de Dios que sobrepasa todo conocimiento. Ahora, pues, cuando de la misma masa Dios hace unos vasos para honor y otros para deshonra, no es cosa tuya discutir, quienquiera que vivas aún según esta masa, es decir, que piensas con sentido terreno y carnalmente.
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LXIII. [Ib. IX, 22.]
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En cuanto a lo que dice: «Soportó con mucha paciencia los vasos de ira, que están preparados para la perdición», de aquí significó suficientemente que el endurecimiento del corazón que se hizo en el Faraón vino de los méritos de una impiedad superior oculta; la cual, sin embargo, Dios soportó pacientemente hasta que fuera conducido a aquel tiempo en el que procediera oportunamente contra él la venganza, para corrección de aquellos a quienes había decidido liberar del error y conducir a su culto llamándolos con piedad, prestando auxilio a sus oraciones y gemidos.
55
LXIV. [Ib. IX, 24, 25.]
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En cuanto a lo que dice: «A quienes también nos llamó, no solo de entre los judíos, sino también de entre los gentiles; como también dice en Oseas: Llamaré pueblo mío al que no era mi pueblo, etc.», conduce el propósito de toda esta disputa a esto: que, puesto que enseñó que es por la misericordia de Dios que obramos el bien, los judíos no se gloríen como si fuera por las obras, quienes, al haber recibido el Evangelio, pensando que debía atribuirse a sus méritos, no querían que se diera a los gentiles; de cuya soberbia ya deben desistir, entendiendo que si no somos llamados por las obras, sino por la misericordia de Dios para que creamos, y a los que creen se les otorga que obren el bien, no debe envidiarse a los gentiles esa misericordia, como si hubiera un mérito preferente de los judíos, el cual no existe.
56
LXV. [Ib. IX, 27.]
56
En cuanto a lo que dice: «Isaías, sin embargo, clama por Israel: Si el número de los hijos de Israel fuera como la arena del mar, el resto será salvo», muestra cómo Dios es la piedra angular, uniendo en sí ambos muros. Pues el testimonio del profeta Oseas fue dicho por los gentiles: «Llamaré pueblo mío al que no era mi pueblo, y amada a la que no era amada»; y el testimonio de Isaías fue dicho por Israel: «Porque el resto será salvo», para que ellos mismos sean contados en la descendencia de Abraham, los que creyeron en Cristo; así hace concordes a ambos pueblos, según también el testimonio del Señor que dice en el Evangelio sobre los gentiles: «Tengo otras ovejas que no son de este redil, a las cuales debo traer; y habrá un solo rebaño y un solo pastor».
57
LXVI. [Ib. X, 1.]
57
En cuanto a lo que dice: «Hermanos, la buena voluntad de mi corazón y la oración a Dios se hace por ellos para su salvación»; de aquí empieza ya a hablar de la esperanza de los judíos, para que tampoco los gentiles se atrevan a ensoberbecerse contra los judíos; pues así como la soberbia de los judíos debía ser refutada como de quienes se gloriaban de las obras, así también debe salirse al paso a los gentiles, para que no se ensoberbezcan como si fueran preferidos a los judíos.
58
LXVII. [Ib. X, 8-10.]
58
En cuanto a lo que dice: «Cerca está la palabra en tu boca y en tu corazón; esta es la palabra de fe que predicamos: porque si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo. Pues con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se hace confesión para salvación»; todo este lugar se refiere a aquello que dijo anteriormente: «Pues el Señor hará una palabra consumadora y abreviadora sobre la tierra». Pues, eliminados los innumerables y múltiples sacramentos con los que el pueblo judío era oprimido, por la misericordia de Dios se hizo que llegáramos a la salvación mediante la brevedad de la confesión de fe.
59
LXVIII. [Ib. X, 19.]
59
En cuanto a lo que dice, según el testimonio de Moisés: «Yo os provocaré a celos con un no pueblo; os irritaré con una nación insensata», al decir «nación insensata», explicó lo que había dicho con «no pueblo», como si ni siquiera debiera llamarse pueblo a lo que es insensato. Sin embargo, dice que el pueblo judío debe ser irritado por la fe de este, porque ellos alcanzaron lo que estos rechazaron. O, ciertamente, «en un no pueblo, en una nación insensata», porque, aunque todo el pueblo que adoraba a los ídolos era una nación insensata, al creer, depuso su gentilidad. De donde proviene también aquello: «Si, pues, el incircunciso guarda las justicias de la Ley, ¿no será su incircuncisión tenida por circuncisión?». Para que el sentido sea este: Yo os llevaré a celos con aquel que se ha hecho no pueblo, al deponer la gentilidad mediante la fe de Cristo, cuando había sido una nación insensata por adorar a los ídolos.
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LXIX. [Ib. XI, 11.]
60
En cuanto a lo que dice: «¿Ha rechazado Dios a su pueblo? De ninguna manera. Porque también yo soy israelita, del linaje de Abraham, de la tribu de Benjamín», esto se refiere a lo que dijo anteriormente: «No es posible que la palabra de Dios haya fallado». Pues no todos los que son de Israel son israelitas; ni por ser linaje de Abraham son todos hijos; sino que «en Isaac te será llamada descendencia»: para que, del mismo pueblo de los judíos, sean contados como descendencia aquellos que creyeron en el Señor. De esto mismo dice también arriba: «Un resto será salvo».
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LXX. [lb. XI, 11.]
61
En cuanto a lo que dice: «Digo, pues, ¿han tropezado para caer? De ninguna manera. Pero por su delito la salvación llegó a los gentiles», no dice esto porque no hayan caído, sino porque su caída no fue vana, ya que redundó en la salvación de los gentiles. Por tanto, no tropezaron de tal modo que cayeran, es decir, que cayeran solamente, como si fuera solo para su castigo; sino que esto mismo, el hecho de que cayeran, aprovechó a los gentiles para la salvación. Luego, comienza a partir de este lugar a encomiar al pueblo de los judíos, incluso por el mismo hecho de su infidelidad, para que los gentiles no se enorgullezcan; porque incluso la caída de los judíos resulta tan valiosa para la salvación de los gentiles: sino que los gentiles deben cuidarse más de no caer ellos mismos mientras se enorgullecen.
62
LXXI. [Ib. XII, 20, 14, 17.]
62
En cuanto a lo que dijo: «Si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber; pues haciendo esto, amontonarás ascuas de fuego sobre su cabeza», a muchos puede parecer que repugna a aquella sentencia en la que el Señor manda que amemos a nuestros enemigos y oremos por los que nos persiguen: o incluso a esta que el mismo apóstol dijo arriba: «Bendecid a los que os persiguen; bendecid y no maldigáis»; y de nuevo: «No devolviendo a nadie mal por mal». ¿Cómo ama alguien a aquel a quien da comida y bebida precisamente para amontonar ascuas de fuego sobre su cabeza, si las ascuas de fuego significan en este lugar algún castigo grave? Por lo cual, debe entenderse que esto se dijo para que provoquemos al arrepentimiento de su acción a quien nos ha dañado, cuando le hacemos el bien. Pues estas ascuas de fuego valen para la combustión, es decir, para la contrición del espíritu, que es como la cabeza del alma, en la cual se quema toda malicia cuando el hombre se transforma para mejor mediante el arrepentimiento, como son aquellas ascuas de las que se dice en los Salmos: «¿Qué se te dará, o qué se te añadirá para la lengua dolosa? Saetas de poderoso agudas, con ascuas devastadoras».
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LXXII. [Ib. XIII, 1.]
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En cuanto a lo que dice: «Toda alma esté sometida a las potestades superiores; porque no hay potestad que no provenga de Dios», aconseja rectísimamente para que nadie, por el hecho de haber sido llamado a la libertad por su Señor y haberse hecho cristiano, se ensoberbezca y no crea que debe guardar su orden en el camino de esta vida, y piense que no debe estar sometido a las potestades superiores a las que, por el momento, se ha confiado el gobierno de las cosas temporales. Pues como consistimos en alma y cuerpo, y mientras estamos en esta vida temporal usamos también de las cosas temporales como subsidio para pasar esta vida, es necesario que, en aquella parte que pertenece a esta vida, estemos sometidos a las potestades, es decir, a los hombres que administran las cosas humanas con algún honor. Pero en aquella parte en la que creemos en Dios y somos llamados a su reino, no debemos estar sometidos a ningún hombre que desee destruir en nosotros aquello mismo que Dios se dignó donar para la vida eterna. Si alguien, pues, piensa que, por ser cristiano, no debe pagar tributo o impuesto, o que no debe mostrar el honor debido a las potestades que cuidan de estas cosas, incurre en un gran error. Asimismo, si alguien piensa que debe estar sometido de tal modo que crea que quien sobresale en alguna sublimidad para administrar las cosas temporales tiene poder incluso sobre su fe, cae en un error mayor. Pero debe guardarse este modo que el mismo Señor prescribe: que devolvamos al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios. Pues aunque seamos llamados a aquel reino donde no habrá potestad de este tipo, mientras caminamos en este trayecto, hasta que lleguemos a aquel siglo donde se produce la evacuación de todo principado y potestad, toleremos nuestra condición por el orden mismo de las cosas humanas, no haciendo nada simuladamente, y en esto mismo obedeciendo no tanto a los hombres como a Dios, que ordena estas cosas.
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LXXIII. [Ib. XIII, 3, 4.]
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En cuanto a lo que dice: «¿Quieres no temer a la potestad? Haz el bien y tendrás alabanza de ella», puede mover a algunos cuando piensan que los cristianos a menudo han sufrido persecución por parte de estas potestades. ¿Acaso no hacían el bien, puesto que no solo no fueron alabados por estas potestades, sino que incluso fueron castigados y muertos? Deben considerarse, pues, las palabras del Apóstol. No dice: «Haz el bien y la potestad te alabará»; sino que dice: «Haz el bien y tendrás alabanza de ella». Pues ya sea que apruebe tu buena acción, ya sea que te persiga, tendrás alabanza de ella; bien cuando la hayas ganado para el obsequio de Dios, bien cuando hayas merecido la corona con su persecución. Esto también se entiende en lo que sigue, cuando dice: «Pues es ministro de Dios para ti para bien», incluso si para sí es para mal.
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LXXIV. [Ib. XIII, 5.]
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En cuanto a lo que dice: «Por tanto, estad sometidos por necesidad», esto vale para que entendamos que es necesario que estemos sometidos por causa de esta vida, no resistiendo si quisieran quitarnos algo de las cosas temporales sobre lo cual se les ha dado potestad; las cuales, puesto que pasan, por eso también esta sujeción debe establecerse no en bienes que parecen permanentes, sino en los necesarios para este tiempo. Sin embargo, puesto que dijo: «Estad sometidos por necesidad», para que nadie se hiciera sometido a tales potestades sin un ánimo íntegro y pura dilección, añadió diciendo: «No solo por la ira, sino también por la conciencia»: es decir, no solo para evitar la ira, lo cual puede hacerse incluso simuladamente, sino para que en tu conciencia estés seguro de que lo haces por amor a aquel a quien estuviste sometido por mandato de tu Señor, quien quiere que todos sean salvos y lleguen al conocimiento de la verdad. Y esto, en efecto, cuando lo decía el Apóstol, trataba de las mismas potestades. Esto es lo que aconseja a los siervos en otro lugar: «No sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres»: para que, en esto mismo de que están sometidos a sus señores, no los odien ni deseen ganárselos con falacias.
66
LXXV. [Ib. XIII, 8, 10.]
66
En cuanto a lo que dice: «Pues el que ama al prójimo, ha cumplido la Ley», muestra que la consumación de la Ley está puesta en la dilección, es decir, en la caridad. De ahí que también el Señor diga que toda la Ley y todos los Profetas penden de esos dos preceptos, es decir, en la dilección de Dios y del prójimo. De donde también él mismo, que vino a cumplir la Ley, donó la dilección mediante el Espíritu Santo, para que lo que antes el temor no podía cumplir, la caridad lo cumpliera después. De ahí es también aquello del mismo apóstol: «La plenitud de la Ley es la caridad»; y aquello: «El fin del precepto es la caridad de corazón puro, y de buena conciencia, y de fe no fingida».
67
LXXVI. [Ib. XIII, 11.]
67
En cuanto a lo que dice: «Y esto conociendo el tiempo, que es ya hora de levantarnos del sueño», apunta a lo que se dijo: «He aquí ahora el tiempo aceptable, he aquí ahora el día de la salvación». Pues se significa el tiempo del Evangelio y aquella oportunidad de hacer salvos a los que creen en Dios.
68
LXXVII. [Ib. XIII, 14.]
68
En cuanto a lo que dice: «Y no hagáis provisión de la carne en los deseos», muestra que no debe culparse la provisión de la carne cuando se proveen aquellas cosas que valen para la necesidad de la salud corporal. Pero si es para deleites superfluos y lujos, de modo que cada uno se goce en aquellas cosas que desea con la carne, es reprendido rectamente, porque hace provisión de la carne en los deseos. Puesto que el que siembra en su carne, de la carne segará corrupción, es decir, el que se goza en los deleites carnales.
69
LXXVIII. [Ib. XIV, 1-3.]
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En cuanto a lo que dice: «Recibid al débil en la fe, no en las disputas de pensamientos», dice esto para que recibamos a quien es débil en la fe, y sostengamos su debilidad con nuestra firmeza, y no juzguemos sus pensamientos, es decir, como si nos atreviéramos a emitir sentencia sobre el corazón ajeno, que no vemos. Por eso sigue y dice: «Uno ciertamente cree comer de todo: pero el que es débil, coma legumbres». Porque en aquel tiempo, muchos ya firmes en la fe, y sabiendo según la sentencia del Señor que no contaminan las cosas que entran en ellos, sino las que salen, tomaban los alimentos indiferentemente con la conciencia a salvo: algunos, en cambio, más débiles, se abstenían de carnes y de vino, para no caer, aunque fuera sin saberlo, en aquellas cosas que se sacrificaban a los ídolos. Pues toda carne inmolada se vendía entonces en el mercado, y los gentiles libaban de las primicias del vino a sus simulacros, y hacían ciertos sacrificios en los mismos lagares. Manda, pues, el Apóstol tanto a los que usaban tales alimentos con la conciencia a salvo, que no desprecien la debilidad de aquellos que se abstenían de tales comidas y bebida: como a aquellos débiles, que no juzguen como contaminados a los que no se abstenían de carnes y bebían vino. A esto vale lo que dice consecuentemente: «El que come, no desprecie al que no come; y el que no come, no juzgue al que come». Pues los firmes despreciaban contumazmente a los más débiles, y los débiles juzgaban temerariamente a los firmes.
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LXXIX. [Ib. XIV, 4.]
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En cuanto a lo que dice: «¿Tú quién eres que juzgas al siervo ajeno?», dice esto para que, en aquellas cosas que pueden hacerse tanto con buen ánimo como con malo, dejemos el juicio a Dios, y no nos atrevamos a emitir sentencia sobre el corazón de otro, que no vemos. Pero en aquellas cosas que se comprenden de tal modo que es manifiesto que no pueden hacerse con ánimo bueno y casto, no se desaprueba si juzgamos. Por tanto, esto que dice sobre las comidas, porque se ignora con qué ánimo se hace, no quiere que seamos jueces, sino Dios: pero sobre aquel nefando estupro, donde alguien había tenido a la mujer de su padre, mandó que debía ser juzgado. Pues no podía aquel decir que había cometido tan inmenso flagicio con buen ánimo. Por tanto, cualesquiera hechos que se manifiestan de tal modo que no puede decirse: «Lo hice con buen ánimo», deben ser juzgados por nosotros; cualesquiera, en cambio, que se hacen de tal modo que es incierto con qué ánimo se hacen, no deben ser juzgados, sino reservados al juicio de Dios: como está escrito: «Las cosas ocultas son para Dios; las que son manifiestas, serán para vosotros y para vuestros hijos».
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LXXX. [Ib. XIV, 5, 6.]
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En cuanto a lo que dice: «Uno ciertamente juzga días alternos, otro en cambio juzga todo día», dejando aparte entretanto una mejor consideración, no me parece dicho sobre dos hombres, sino sobre el hombre y Dios. Pues el que juzga días alternos es el hombre: pues puede juzgar hoy una cosa y mañana otra: es decir, que a quienquiera que hoy haya condenado como malvado convicto o confeso, mañana lo encuentre bueno cuando se haya corregido; por el contrario, cuando a alguien justo haya alabado hoy, mañana lo encuentre depravado. El que, en cambio, juzga todo día es Dios; porque no solo sabe cómo es cada uno, sino también cómo será cada día. Por tanto, «Cada uno abunde en su propio sentido», dice: es decir, cuanto se ha concedido al intelecto humano, o a cada hombre, tanto se atreva a juzgar. «El que aprecia», dice, «el día, para el Señor lo aprecia»: es decir, porque esto mismo que juzga bien el día presente, lo aprecia para el Señor. Esto es, pues, juzgar bien respecto al día, que sepas que no debe desesperarse de su corrección en el futuro, de cuya culpa manifiesta hayas juzgado en el presente.
72
LXXXI. [Ib. XIV, 22, 16.]
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En cuanto a lo que dice: «Bienaventurado el que no se juzga a sí mismo en lo que aprueba», debe referirse sobre todo a lo que dijo arriba: «No sea, pues, blasfemado nuestro bien». Esto es también lo que dice ahora antes de esa sentencia: «Tú, la fe que tienes, tenla para contigo mismo ante Dios»: para que, puesto que es buena esta fe con la que creemos que todas las cosas son puras para los puros, y en esa fe nos aprobamos, usemos bien de ese mismo bien nuestro; no sea que, cuando hayamos abusado de ese bien para tropiezo de los hermanos débiles, pequemos contra los hermanos; y en ese mismo bien nos juzguemos, cuando escandalizamos a los débiles, en el cual bien nos aprobamos cuando la misma fe nos agrada.
73
LXXXII. [Ib. XV, 8, 9.]
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En cuanto a lo que dice: «Digo, pues, que Cristo Jesús fue ministro de la circuncisión, por la verdad de Dios, para confirmar las promesas de los padres, pero que los gentiles glorifiquen a Dios por su misericordia», dice esto para que los gentiles entiendan que el Señor Cristo fue enviado a los judíos, y no se enorgullezcan. Pues al rechazar los judíos lo que fue enviado a ellos, sucedió que el Evangelio fuera predicado a los gentiles: lo cual también se escribe manifiestísimamente en los Hechos de los Apóstoles, cuando dicen los Apóstoles a los judíos: «A vosotros primero era necesario que se predicara la palabra; pero puesto que os juzgasteis indignos, he aquí que nos convertimos a los gentiles». Según los mismos testimonios del Señor también, cuando dice: «No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel»; y de nuevo: «No es bueno echar el pan de los hijos a los perros». Lo cual, si los gentiles lo consideran bien, entienden que, por esa fe suya con la que ya creen que todas las cosas son puras para los puros, no deben insultar a aquellos, si acaso hubiera algunos débiles de la circuncisión que, por la comunicación de los ídolos, no se atrevan a tocar carnes en absoluto.
74
LXXXIII. [Ib. XV, 16.]
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En cuanto a lo que dice: «Para que sea ministro de Cristo Jesús en los gentiles, consagrando el Evangelio de Dios, para que la oblación de los gentiles sea aceptable, santificada en el Espíritu Santo», se entiende esto: que los gentiles sean ofrecidos a Dios como sacrificio aceptable, cuando, creyendo en Cristo, son santificados mediante el Evangelio: como también dice arriba: «Os ruego, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que presentéis vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios».
75
LXXXIV. [Ib. XVI, 17, 18.]
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En cuanto a lo que dice: «Os ruego, hermanos, que estéis atentos a los que causan disensiones y escándalos, fuera de la doctrina que vosotros aprendisteis», se entiende que habla de aquellos de quienes también escribió a Timoteo, diciendo: «Como te rogué que te quedaras en Éfeso, cuando iba a Macedonia, para que denunciaras a algunos que no enseñaran otra cosa, ni atendieran a fábulas y genealogías interminables, que producen cuestiones más que la edificación de Dios, que es en la fe»; y a Tito: «Pues hay muchos no sometidos, vaniloquios y seductores de la mente, que son mayormente de la circuncisión; a quienes es necesario refutar; que subvierten casas enteras, enseñando lo que no conviene, por causa de lucro torpe: dijo uno de ellos, su propio profeta: Los cretenses siempre mentirosos, malas bestias, vientres perezosos». Pues a esto se refiere lo que también dice aquí: «Pues estos no sirven a Cristo Señor, sino a su vientre»: de quienes dice en otro lugar: «Cuyo Dios es el vientre».

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