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Principia dialecticae
Augustine of HippoDial 1 · spanish-geminiMore by Augustine of Hippo
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Original / primary: Spanish Gemini
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CAPÍTULO PRIMERO.— Sobre las palabras simples.
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La dialéctica es la ciencia de razonar bien. Razonamos, sin embargo, mediante palabras. Por tanto, las palabras son o simples o compuestas. Son simples aquellas que significan una sola cosa: como cuando decimos hombre, caballo, discute, corre. No te sorprendas de que "discute", aunque esté compuesto de dos elementos, se numere entre las simples. Pues la cosa se aclara mediante la definición. Se ha dicho, en efecto, que es simple aquello que significa una sola cosa. Por tanto, incluimos en esta definición lo que no incluimos cuando decimos "hablo". Pues, aunque sea una sola palabra, no tiene una significación simple, ya que significa también a la persona que habla. Por ello, ya está sujeta a verdad o falsedad; pues puede ser negada y afirmada. Así pues, toda primera y segunda persona del verbo, aunque se enuncie por separado, se contará entre las palabras compuestas, que no tienen una significación simple. Puesto que quienquiera que diga "camino", hace que se entienda tanto la acción de caminar como a sí mismo, que es quien camina. Y quienquiera que diga "caminas", de igual modo significa tanto la cosa que se hace como a quien la hace. Pero, en cambio, quien dice "camina", no significa otra cosa que la acción de caminar misma. Por lo cual, la tercera persona del verbo siempre se contará entre las simples; y todavía no puede ser afirmada ni negada, a menos que sean tales palabras a las que necesariamente se adhiere la significación de la persona por el uso del habla, como cuando decimos "llueve" o "nieva"; aunque no se añada quién llueve o quién nieva, sin embargo, como se entiende, no puede contarse entre las simples.
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CAPÍTULO II.— Palabras compuestas.
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Las palabras compuestas son aquellas que, conectadas entre sí, significan varias cosas, como cuando decimos "el hombre camina", o "el hombre que se apresura hacia el monte camina", y si hay algo semejante. Pero de las palabras compuestas, unas comprenden una sentencia, como las que se han dicho; otras no la comprenden, sino que esperan algo; como esas mismas que hemos dicho, si sustraes la palabra que se ha puesto, "camina"; pues aunque las palabras sean compuestas, "el hombre que se apresura hacia el monte", todavía la oración queda pendiente. Separadas, pues, estas palabras que no completan la sentencia, restan aquellas palabras compuestas que comprenden una sentencia: de estas, a su vez, hay dos especies. Pues o bien la sentencia se comprende de tal modo que queda sujeta a ser verdadera o falsa, como es "todo hombre camina", o "todo hombre no camina", y si hay algo de este tipo. O bien la sentencia se completa de tal modo que, aunque realice el propósito del ánimo, no puede ser afirmada ni negada: como cuando ordenamos, cuando deseamos, cuando maldecimos, y cosas semejantes. Pues si alguien dice "ve a la villa", o "ojalá vaya a la villa", o "que los dioses lo pierdan", no puede ser argüido de que mienta, ni creído de que diga la verdad. Pues no ha afirmado ni negado nada: por tanto, tales sentencias tampoco entran en cuestión ni requieren un disputador.
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CAPÍTULO III.— Qué sentencias son simples y cuáles compuestas.
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Pero aquellas que se requieren son o simples o compuestas. Son simples las que se enuncian sin ninguna copulación de otra sentencia: como es aquello que decimos, "todo hombre camina". Son compuestas aquellas sobre cuya copulación se juzga: como es, "si camina, se mueve". Pero cuando se hace juicio sobre la conjunción de sentencias, se hace tanto tiempo hasta que se llega a la suma. La suma, en cambio, es lo que se concluye de lo concedido. Lo que digo es tal: quien dice "si camina, se mueve", quiere probar algo, para que, concedido esto, le reste decir que es verdad que camina: y que se siga la suma, que ya no puede ser negada, esto es, que se mueve: la cual, a su vez, no puede ser concedida, esto es, que no camine. De nuevo, si de este modo quiere decir "este hombre camina", es una sentencia simple: la cual, si yo la concediere, y añadiere otra que espera algo para la compleción de la sentencia: "quienquiera, sin embargo, que camina, se mueve". Y esta también, si la concediere, de esta unión de sentencias, aunque enunciadas y concedidas por separado, se sigue aquella suma que ya necesariamente debe ser concedida, esto es, "por tanto, este hombre se mueve".
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CAPÍTULO IV.— Subdivide las sentencias compuestas.
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Establecidas, pues, brevemente estas cosas, consideremos las partes por separado. Pues las primeras dos son, una sobre aquellas que se dicen simplemente, donde está como la materia de la dialéctica; la otra sobre aquellas que se dicen compuestas, donde ya aparece como la obra. La que trata sobre las simples se llama "sobre el hablar". Aquella, en cambio, que trata sobre las compuestas, se divide en tres partes. Pues, separada la conjunción de palabras que no completa la sentencia, aquella que completa la sentencia de tal modo que todavía no crea una cuestión ni requiere un disputador, se llama "sobre el elocuente". Aquella, en cambio, que completa el sentido de tal modo que se juzga sobre las sentencias simples, se llama "sobre el proloquio". Aquella que comprende la sentencia de tal modo que se juzga sobre la misma copulación, hasta que se llega a la suma, se llama "sobre la suma de los proloquios". Expliquemos, pues, estas partes por separado con mayor diligencia.
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CAPÍTULO V.— Cómo se trata sobre las cosas, las palabras, los dicibles y las dicciones en la lógica. Difieren el dicible y la dicción.
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La palabra es el signo de cada cosa, que puede ser entendido por el oyente y proferido por el hablante. La cosa es cualquier cosa que se entiende, se siente o permanece oculta. [Pues se conocen las cosas corporales, se entienden las espirituales; pero Dios mismo y la materia informe permanecen ocultos. Dios es lo que no es cuerpo, ni es animal, ni es sentido, ni es intelecto, ni es algo que pueda ser pensado. La materia informe es la mutabilidad de las cosas mutables, capaz de todas las formas.] Signo es también lo que se muestra a sí mismo al sentido y, además de sí mismo, muestra algo al ánimo. Hablar es dar un signo con voz articulada. Y llamo articulada a lo que puede ser comprendido por letras. Pero todas estas cosas que han sido definidas, si han sido definidas correctamente y si hasta aquí las palabras de la definición debían ser seguidas por otras definiciones, lo indicará aquel lugar en el que se trata la disciplina de definir. Ahora, lo que apremia, recíbelo atento. Toda palabra suena. Pues cuando está por escrito, no es una palabra, sino un signo de la palabra. Ciertamente, al inspeccionar las letras el lector, ocurre al ánimo lo que prorrumpe con la voz. ¿Pues qué otra cosa son las letras escritas sino que se muestran a sí mismas a los ojos y, además de sí mismas, muestran las voces al ánimo? Puesto que también hace poco dijimos que es signo lo que se muestra a sí mismo al sentido y, además de sí mismo, muestra algo al ánimo: lo que leemos, pues, no son palabras, sino signos de palabras. Pero así como abusamos de la letra, cuando es la parte mínima de la voz articulada, para llamar letra incluso cuando la vemos escrita; aunque sea totalmente muda y no sea ninguna parte de la voz, sino que aparezca como signo de una parte de la voz: así también se llama palabra cuando está escrita, aunque el signo de la palabra de la voz significante no resplandezca. Por tanto, como había empezado a decir, toda palabra suena. Pero lo que suena, nada tiene que ver con la dialéctica. Pues se trata sobre el sonido de la palabra cuando se pregunta o se advierte con cuánta disposición de vocales se suaviza o se abre por concurrencia; asimismo, si se anuda por la interposición de consonantes o se vuelve áspera por su acumulación; y de cuántas y cuáles sílabas consta, donde el ritmo poético y el acento son tratados por los gramáticos solo con el negocio de los oídos. Y, sin embargo, cuando se disputa sobre estas cosas, no está fuera de la dialéctica: pues esta es la ciencia de disputar. Pero las palabras son signos de las cosas cuando obtienen fuerza sobre ellas; y de las palabras, aquellas sobre las que aquí se disputa. Pues como no podemos hablar sobre las palabras sino mediante palabras, y cuando hablamos no hablamos sino sobre algunas cosas, ocurre al ánimo que las palabras son signos de las cosas de tal modo que no dejan de ser cosas. Cuando, pues, la palabra procede de la boca, si procede por sí misma, esto es, para que se pregunte o se dispute algo sobre la palabra misma, es una cosa ciertamente sujeta a disputa y cuestión. Pero la cosa misma se llama palabra. Cualquier cosa, sin embargo, que el ánimo siente a partir de la palabra, no el oído, y que es mantenida incluida en el ánimo mismo, se llama dicible: cuando, en cambio, la palabra procede no por sí misma, sino para significar alguna otra cosa, se llama dicción. La cosa misma, en cambio, que ya no es palabra, ni concepción de la palabra en la mente, ya sea que tenga una palabra con la que pueda ser significada, ya sea que no la tenga, no se llama otra cosa que cosa por su nombre propio. Estos cuatro, pues, deben mantenerse distintamente: palabra, dicible, dicción, cosa. Lo que dije "palabra", es palabra y significa palabra. Lo que dije "dicible", es palabra; y sin embargo no significa palabra, sino lo que se entiende en la palabra y se contiene en el ánimo. Lo que dije "dicción", es palabra, pero tal que ya se significan aquellas dos cosas a la vez, esto es, la palabra misma y lo que se hace en el ánimo mediante la palabra. Lo que dije "cosa", es palabra, que significa cualquier cosa que reste, además de aquellas tres que han sido dichas. Pero veo que estas cosas deben ser ilustradas con ejemplos. Haz, pues, que un niño sea interrogado por un gramático de este modo: "Arma, ¿qué parte de la oración es?". Lo que se dijo, "Arma", se dijo por sí mismo, esto es, la palabra por la palabra misma: las demás cosas, en cambio, lo que dijo "qué parte de la oración es", no se dijeron por sí mismas, sino por la palabra que se dijo "arma", ya sea sentidas por el ánimo o proferidas con la voz. Pero cuando son sentidas por el ánimo, antes de la voz son dicibles; cuando, en cambio, por aquello que dije, prorrumpieron en la voz, se hicieron dicciones. El "arma" mismo, que aquí es palabra, cuando fue pronunciado por Virgilio, fue una dicción: pues no fue proferido por sí mismo, sino para que con él se significaran o las guerras que llevó a cabo Eneas, o el escudo, o las demás armas que Vulcano fabricó para Eneas. Las guerras o armas mismas, en cambio, que fueron llevadas a cabo o ingeridas por Eneas; las mismas, digo, que cuando se llevaban a cabo y existían, se veían, y que si ahora estuvieran presentes, podríamos señalar con el dedo o tocar, las cuales, aunque no se pensaran, no por ello sucede que no hayan existido: las mismas, pues, por sí mismas no son palabras, ni dicibles, ni dicciones; sino que son cosas, que ya se llaman cosas por su nombre propio. Debemos, pues, tratar en esta parte de la dialéctica sobre las palabras, sobre las dicciones, sobre los dicibles, sobre las cosas: en todas las cuales, como en parte se significan palabras y en parte no palabras (pues no hay nada sobre lo que no sea necesario disputar con palabras); por tanto, se disputa primero sobre estas, mediante las cuales se concede disputar sobre las demás. Por tanto, cualquier palabra, excepto el sonido, sobre el cual se disputa bien, pertenece a la facultad de la dialéctica, no a la disciplina dialéctica. Como las defensas de Cicerón son ciertamente de la facultad retórica, pero no se enseña la retórica misma mediante ellas.
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CAPÍTULO VI.— Sobre el origen de la palabra. De dónde se dijo la palabra. Opinión de los estoicos sobre el origen de la palabra.
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Por tanto, toda palabra, debido a lo que suena, llama a cuestión cuatro cosas necesarias: su origen, su fuerza, su declinación, su ordenación. Se pregunta sobre el origen de la palabra cuando se pregunta de dónde se dice así: cosa, en mi opinión, demasiado curiosa y no demasiado necesaria. Ni me ha placido decir esto porque a Cicerón también le parezca lo mismo; aunque ¿quién necesita autoridad en una cosa tan clara? Pero si ayudara mucho explicar el origen de la palabra, sería inepto abordarlo, pues perseguirlo es ciertamente infinito. ¿Pues quién podría encontrar por qué se dijo algo, de dónde se dijo así? A esto se añade que, al igual que la interpretación de los sueños, así el origen de las palabras se predica según el ingenio de cada uno. Pues he aquí que alguien piensa que las palabras mismas se dijeron por el hecho de que golpean el oído, por así decirlo: "No", dice otro, "sino porque golpean el aire". Pero nuestra disputa no es grande. Pues ambos traen el origen de este vocablo de "golpear". Pero, de repente, un tercero, mira qué riña provoca. Pues, dice, como debemos hablar la verdad y sea odiosa, juzgándolo la naturaleza misma, la mentira; la palabra fue llamada así por "verdad". Ni faltó un cuarto ingenio. Pues hay quienes piensan que la palabra fue dicha por "verdad", pero habiendo observado suficientemente la primera sílaba, no se debe descuidar la segunda. Pues cuando decimos "palabra" (verbum), dicen, su primera sílaba significa "verdad" (verum), la segunda "sonido". Esto, en cambio, quieren que sea un "bombo". De donde Ennio dijo "sonido de pies", "bombo de pies": y los griegos "βοάσαι" (gritar); y Virgilio, "Reboan las selvas". Por tanto, la palabra fue dicha como por "verdad" y "bramido" (boando), esto es, por "verdad" y "sonando". Lo cual, si es así, este nombre prescribe ciertamente que no mintamos cuando hacemos una palabra: pero temo que los mismos que dicen estas cosas mientan. Por tanto, ya te pertenece a ti juzgar si debemos pensar que la palabra fue dicha por "golpear", o solo por "verdad", o por "verdad" y "bramido": o más bien no preocuparnos de dónde fue dicha; puesto que entendemos lo que significa. Sin embargo, quiero que aceptes brevemente que este lugar ha sido notado sobre el origen de las palabras, para que no parezca que hemos omitido ninguna parte de la obra emprendida. Los estoicos suponen, a quienes Cicerón ridiculiza en este asunto, que no hay ninguna palabra cuya razón cierta no pueda ser explicada. Y porque de este modo fue fácil sugerir, si dijeras que esto es infinito; con qué palabras hayas interpretado el origen de otra palabra; que de nuevo se debe buscar de ti su origen hasta que se llegue a que la cosa concuerde con el sonido de la palabra con alguna semejanza, como cuando decimos "el tintineo del bronce", "el relincho de los caballos", "el balido de las ovejas", "el clangor de las trompetas", "el chirrido de las cadenas". Pues percibes que estas palabras suenan de tal modo como las cosas que son significadas por estas palabras. Pero porque hay cosas que no suenan; en estas vale la semejanza del tacto, como si tocan el sentido suave o ásperamente, la suavidad o aspereza de las letras, como toca el oído, así les engendró nombres. Y el mismo "suave" (lene), cuando lo decimos, suena suavemente. ¿Quién, asimismo, no juzgaría que la aspereza es áspera incluso por el nombre mismo? Es suave a los oídos cuando decimos "voluptas" (placer): es áspero cuando decimos "crux" (cruz). Así las cosas mismas afectan, tal como se sienten las palabras. "Mel" (miel), cuán suavemente toca el gusto la cosa misma, tan suavemente toca el oído el nombre. "Acre" (agrio), en ambos es áspero: "lana" y "vepres" (zarzas), tal como se oyen las palabras, así se tocan aquellas. Creyeron que estos eran como los cunas de las palabras, para que el sentido de las cosas concordara con el sentido de los sonidos. De aquí procedió la licencia de nombrar hacia la semejanza de las cosas mismas entre sí: como cuando, por ejemplo, "crux" (cruz) fue dicha por ello, porque la aspereza de la palabra misma concuerda con la aspereza del dolor que la cruz causa: "crura" (piernas), sin embargo, no por la aspereza del dolor, sino porque por su longitud y dureza son entre los demás miembros más semejantes al leño de la cruz, fueron llamadas así. De ahí se llegó a la abusión, para que se usurpe no tanto lo semejante a la cosa, sino como lo vecino. ¿Pues qué semejanza hay entre la significación de "pequeño" (parvum) y "minuto" (minutum), cuando puede ser pequeño lo que no solo no es nada minuto, sino que incluso ha crecido algo? Decimos, sin embargo, por cierta vecindad, "minuto" por "pequeño". Pero esta abusión del vocablo está en poder del que habla: pues tiene "pequeño", para que no se diga "minuto". Aquello pertenece más a lo que queremos mostrar, que cuando se dice "piscina" en los baños, en la cual no hay nada de peces, ni tiene nada semejante a los peces, parece, sin embargo, dicha por los peces debido al agua, donde hay vida para los peces. Así el vocablo no fue trasladado por semejanza, sino usurpado por cierta vecindad. Lo cual, si alguien dijera que los hombres se hacen semejantes a los peces nadando, y de ahí nació el nombre de "piscina"; es estúpido refutar esto, puesto que ninguna de las dos cosas repugna a la cosa, y ambas permanecen ocultas. Aquello, sin embargo, sucede bien, que con un ejemplo ya podemos dilucidar qué dista el origen de la palabra, que se arrebata de la vecindad, de la que se conduce por semejanza. De aquí se hizo una progresión hasta lo contrario. Pues se piensa que "lucus" (bosque sagrado) fue dicho porque apenas luce; y "bellum" (guerra), porque la cosa no es "bella"; y el nombre de "foedus" (pacto), porque la cosa no es "foeda" (fea): lo cual, si fue dicho por la fealdad del cerdo, como algunos quieren, vuelve, pues, a aquella vecindad, cuando lo que se hace es nombrado por aquello mediante lo que se hace. Pues también esa vecindad se extiende ampliamente y se corta por muchas partes. O por la eficiencia, como esto mismo por la fealdad del cerdo, mediante el cual se hace el pacto; o por el efecto, como "puteus" (pozo), porque su efecto es la bebida, se cree que fue dicho; o por lo que contiene, como "urbem" (ciudad), quieren que sea llamada por "orbe" (círculo), porque suele ser conducida con el arado en lugar auspiciado: de cuya cosa también Virgilio hace mención, donde Eneas designa la ciudad con el arado: o por lo que es contenido, como si alguien afirmara que "horreum" (granero) fue nombrado por "hordeum" (cebada) cambiada la letra d; o por abusión, como cuando decimos "cebada" y allí se guarda trigo; o el todo por la parte, como con el nombre de "mucro" (punta), que es la parte superior de la espada, llaman a toda la espada; o la parte por el todo, como "capillus" (cabello) como si fuera "capitis pilus" (pelo de la cabeza). ¿A qué más me llevaré? Cualquier otra cosa que pueda ser enumerada, verás que el origen de la palabra está contenido o por la semejanza de las cosas y los sonidos, o por la semejanza de las cosas mismas, o por vecindad, o por lo contrario, lo cual no podemos perseguir ciertamente más allá de la semejanza del sonido; pero esto no siempre podemos, ciertamente. Pues son innumerables las palabras cuya razón no puede ser dada: o no existe, como yo opino; o permanece oculta, como los estoicos sostienen. Mira, sin embargo, un poco, cómo piensan que se llega a aquellas cunas de las palabras, o más bien a la cepa y hasta al semillero, más allá del cual prohíben buscar el origen, ni si alguien quisiera, puede encontrar nada. Nadie duda que las sílabas en las que la letra V ocupa el lugar de consonante, como están en estas palabras, "venter" (vientre), "vafer" (astuto), "velum" (velo), "vinum" (vino), "vomis" (reja de arado), "vulnus" (herida), emiten un sonido grueso y como válido. Lo cual aprueba también la costumbre de hablar, cuando a ciertas palabras las sustraemos para que no carguen el oído. Pues de ahí es que decimos "amasti" (amaste) más gustosamente que "amavisti" (amaste), y "abiit" (se fue); no "abivit"; y de este modo innumerables. Por tanto, cuando decimos "vis" (fuerza), el sonido de la palabra, como se ha dicho, concuerda como válido con la cosa que es significada. Ya de aquella vecindad por lo que hacen, esto es, porque son violentas, pueden parecer dichas "vincula" (vínculos), y "vimen" (mimbre) con el que algo sea vinculado. De ahí "vites" (vides), porque cuelgan de los adminículos con los que son vinculadas por nexos. De aquí también por semejanza, Terencio llamó "vietum" (encorvado) al anciano encorvado. De aquí "terra" (tierra), que es flexuosa y trillada por los pies de los caminantes, se dice "via" (camino). Si, sin embargo, "via", que es trillada por la fuerza de los pies, se cree que fue dicha, el origen vuelve a aquella vecindad. Pero hagamos que sea dicha por semejanza de la vid o del mimbre, esto es, por la flexión: me pregunta, pues, alguien, por qué se dijo "via": respondo, por la flexión, porque los antiguos dijeron "vietum" (encorvado) como flexionado, como encorvado: de donde llaman "vietos" a los maderos de las ruedas porque son rodeados por el llanto. Persigue preguntar de dónde se dice "vietum" flexionado: y aquí respondo, por semejanza de la vid. Insiste y exige de dónde es ese nombre de "vid": digo porque vence aquellas que ha comprendido. Escudriña el "vincire" (vincular) mismo, de dónde fue dicho: diremos, por "vi" (fuerza). Requerirá por qué "vis" (fuerza) es llamada así: se devuelve la razón, porque con sonido robusto y válido la palabra concuerda con la cosa que es significada. Más allá de lo cual no tiene qué requerir. De cuántos modos, sin embargo, el origen de las palabras se varíe por la corrupción de las voces, es inepto perseguirlo: pues es tanto largo como menos necesario que aquellas cosas que han sido dichas.
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CAPÍTULO VII.— Sobre la fuerza de la palabra.
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Ahora, consideremos brevemente la fuerza de las palabras, cuanto la cosa lo permite. La fuerza de la palabra es aquella por la que se conoce cuánto vale: vale, sin embargo, tanto cuanto puede mover al oyente. Además, mueve al oyente o según sí misma, o según lo que significa, o de ambos modos comúnmente. Pero cuando mueve según sí misma, o pertenece solo al sentido, o al arte, o a ambos. El sentido, en cambio, es movido o por naturaleza o por costumbre. Es movido por naturaleza en el hecho de que se ofende si alguien nombra al rey Artajerjes, o se deleita cuando oye a Euríalo. ¿Pues quién, aunque no haya oído nada ciertamente sobre estos hombres, de quienes son esos nombres, no juzgaría, sin embargo, que en aquel hay una aspereza máxima y en este una suavidad? El sentido es movido por costumbre cuando se ofende al oír algo: pues aquí no importa nada para la suavidad o insuavidad del sonido; pero, sin embargo, las penetraciones de los oídos pueden mover, ya sea que reciban los sonidos que pasan por sí mismos como huéspedes conocidos o desconocidos. El auditor es movido por el arte cuando, enunciada la palabra para él, atiende qué parte de la oración es, o si ha recibido alguna otra cosa en estas disciplinas que se enseñan sobre las palabras. Pero, en cambio, se juzga sobre la palabra a partir de ambos, esto es, tanto del sentido como del arte, cuando la razón nota lo que los oídos miden, y el nombre se pone así; como se dice "optimus" (óptimo): tan pronto como una sílaba larga y dos breves de este nombre golpean el oído, el ánimo reconoce inmediatamente por el arte el pie dáctilo. Mueve, en cambio, el sentido no según sí misma, sino según lo que la palabra significa, cuando, recibido el signo mediante la palabra, el ánimo no contempla otra cosa que la cosa misma de la cual es signo lo que recibió: como cuando, nombrado Agustín, no es pensado otra cosa que yo mismo por aquel a quien soy conocido: o cualquier hombre ocurre a la mente, si acaso este nombre lo oyó quien me ignora, o quien conoce a otro que se llame Agustín. Cuando, sin embargo, la palabra mueve al oyente a la vez según sí misma y según lo que significa; entonces se advierte a la vez tanto lo enunciado mismo como lo que es enunciado por él. ¿De dónde sucede, pues, que no se ofende la castidad de los oídos cuando oye "había lacerado con la mano, el vientre, el pene, los bienes patrios"; pero se ofendería si la parte obscena del cuerpo fuera llamada con nombre sórdido y vulgar? En esto, en cambio, la deformidad de ambos ofendería al sentido y al ánimo, si aquella torpeza de la cosa que fue significada no fuera cubierta por el decoro de la palabra significante, siendo la misma cosa de la cual ambos son vocablos: como no es otra la meretriz, pero parece, sin embargo, de otro modo con aquel atuendo con el que suele estar ante el juez, de otro modo con el que yaciera en el dormitorio del lujurioso. Como, pues, aparece que es tanta y tan múltiple la fuerza de las palabras, que brevemente hemos tocado sumariamente por el tiempo; nace aquí una duplicidad a partir de la consideración del sentido: en parte para explicar la verdad, en parte para guardar el decoro, de los cuales lo primero pertenece mayormente al dialéctico, lo segundo al orador. Pues aunque ni a la disputa le convenga ser inepta, ni a la elocuencia le sea oportuno ser mentirosa; sin embargo, en aquella a menudo, y hasta casi siempre, el deseo de aprender desprecia las delicias de oír, y en esta la multitud más inexperta arbitra que lo que se dice con ornato, también se dice verdaderamente. Por tanto, como aparece qué es lo propio de cada uno, es manifiesto que tanto el disputador, si tiene alguna cura de deleitar, debe ser rociado con color retórico; como el orador, si quiere persuadir la verdad, debe ser fortalecido con nervios y huesos como dialécticos, los cuales la naturaleza misma no pudo sustraer a nuestros cuerpos ni a la firmeza de las fuerzas, ni permitió que estuvieran expuestos a la ofensa de los ojos. Por tanto, ahora, para juzgar la verdad, lo que la dialéctica profesa, veamos a partir de esta fuerza de las palabras, de la cual hemos esparcido ciertas semillas, qué impedimentos nacen.
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CAPÍTULO VIII.— Lo oscuro y lo ambiguo. Diferencias de lo oscuro y lo ambiguo. Tres géneros de oscuros.
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Impide al auditor ver la verdad en las palabras, o la oscuridad o la ambigüedad. Entre lo oscuro y lo ambiguo hay esta diferencia: que en lo ambiguo se muestran varias cosas, de las cuales se ignora cuál debe ser preferiblemente aceptada; en lo oscuro, en cambio, no aparece nada, o poco que sea atendido. Pero donde es poco lo que aparece, lo oscuro es semejante a lo ambiguo: como si alguien, iniciando un camino, fuera recibido por algún lugar de dos caminos, o de tres, o incluso, por así decirlo, de muchos caminos, pero por la densidad de la niebla no resplandezca nada de los caminos que hay: por tanto, primero es retenido de avanzar por la oscuridad. Pero cuando las nieblas han comenzado a aclararse un poco, se ve algo, que es incierto si es camino o color propio y más nítido de la tierra: esto es lo oscuro semejante a lo ambiguo. Aclarado el cielo cuanto sea suficiente para los ojos, ya la deducción de todos los caminos es clara; pero por cuál se debe avanzar, no se duda por oscuridad, sino por ambigüedad. Asimismo, hay tres géneros de oscuros: uno es el que está abierto al sentido, pero cerrado al ánimo; como si alguien viera una granada pintada, que ni la haya visto nunca, ni haya oído en absoluto cómo sería; no es de los ojos, sino del ánimo, que no sabe de qué cosa sea la pintura. El otro género es donde la cosa estaría abierta al ánimo, si no estuviera cerrada al sentido, como es un hombre pintado en las tinieblas: pues cuando aparezca a los ojos, el ánimo no dudará en nada que es un hombre pintado. El tercer género es en el que incluso al sentido se esconde, lo cual, sin embargo, si fuera jugado, no por ello emergería más al ánimo: cuyo género es el más oscuro de todos, como si un inexperto fuera obligado a reconocer aquella granada pintada incluso en las tinieblas. Refiere ahora el ánimo a las palabras, de las cuales han sido constituidas estas semejanzas. Pon a cualquier gramático, convocados los discípulos, y hecho silencio, habiendo dicho con voz suprimida: "Temetum" (vino): lo cual, dicho por él, los que estaban cerca oyeron suficientemente; los que estaban más lejos, poco; los que, en cambio, remotísimamente, no fueron alcanzados por ninguna voz en absoluto. De estos, en cambio, algunos sabían, aquellos ciertamente que por no sé qué azar estaban más lejos, qué era "temetum"; a los restantes les estaba totalmente oculto: todos eran impedidos por la oscuridad. Y aquí ya percibes todos aquellos géneros de oscuridades. Pues los que no dudaban nada por el oído, padecían aquel primer género, al cual es semejante la granada para los ignorantes, pero pintada a la luz. Los que conocían la palabra, pero por los oídos habían recibido poco o nada la voz; trabajaban con aquel segundo género, al cual es semejante la imagen de un hombre, pero no en lugar conspicuo, sino totalmente tenebroso. Los que, en cambio, no solo estaban expertos de la voz, sino también de la significación de la palabra; estaban envueltos por la ceguera del tercer género, que es totalmente el peor. Lo que, sin embargo, se dijo, que cierto oscuro es semejante a lo ambiguo, puede ser percibido en aquellos para quienes la palabra era ciertamente conocida, pero no habían percibido ninguna voz en absoluto, o no del todo cierta. Todos los géneros oscuros de hablar, pues, evitará quien use voz cuanto sea suficiente clara, ni con boca impedida, y palabras muy conocidas. Mira ahora en el mismo ejemplo del gramático, cuán lejos de otro modo impide la ambigüedad que la oscuridad de la palabra. Haz, pues, que aquellos que estaban presentes hayan recibido suficientemente por el sentido la voz del maestro, y que él haya enunciado la palabra que fuera conocida por todos; como, por ejemplo, haz que haya dicho "Magnus" (grande), y después haya callado: atiende qué incertidumbre padecen, oído este nombre. ¿Qué si va a decir: "¿Qué parte de la oración es?"? ¿Qué si va a preguntar sobre los metros, cuál es el pie? ¿Qué si va a interrogar sobre historia, como, por ejemplo, "¿cuántas guerras llevó a cabo el gran Pompeyo?"? ¿Qué si, por gracia de recomendar poemas, va a decir: "Magnus y casi solo poeta Virgilio"? ¿Qué si, para reprender la negligencia de los discípulos, prorrumpe después en estas palabras: "Magnus (gran) torpor os ha invadido por el estudio de la disciplina"? ¿Ves, removida la niebla de la oscuridad, que aquello que se dijo arriba como que ha emergido el lugar de muchos caminos? Pues esto uno que se dijo, "magnus", es nombre, y es pie coriambo, y es Pompeyo, y es Virgilio, y es el torpor de la negligencia. Y si hay alguna otra cosa o innumerables no conmemoradas, que, sin embargo, pueden ser entendidas mediante esta enunciación de la palabra.
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CAPÍTULO IX.-- Dos géneros de ambigüedades.
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Por tanto, los dialécticos han dicho con toda razón que toda palabra es ambigua. Y no debe inquietar lo que Hortensio calumnia ante Cicerón de este modo: Dicen que escuchan las ambigüedades con agudeza y las explican con claridad; asimismo, dicen que toda palabra es ambigua, ¿cómo, pues, explicarán las ambigüedades con ambigüedades? Pues esto es como llevar una luz apagada a las tinieblas. Dicho con facilidad y astucia, ciertamente. Pero esto es lo que Antonio dice a Escévola ante el mismo Cicerón: En fin, para que parezca que hablas con elocuencia ante los sabios y con verdad ante los necios. Pues, ¿qué otra cosa hace Hortensio en aquel pasaje, sino que, con la agudeza de su ingenio y la gracia de su discurso, como con una copa pura y dulce, nubla la vista a los ignorantes? Pues lo que se dijo, que toda palabra es ambigua, se dijo de las palabras individuales. Las ambigüedades se explican mediante la discusión, y nadie, por supuesto, discute con palabras aisladas. Nadie, pues, explicará palabras ambiguas con palabras ambiguas. Y, sin embargo, como toda palabra es ambigua, nadie explicará una palabra ambigua sino con palabras, pero también con conjuntos que ya no son ambiguos. Pues, como si se dijera: Todo soldado es bípedo, no se seguiría de ello que toda la cohorte estuviera compuesta de soldados bípedos. Así, cuando digo que toda palabra es ambigua, no digo que lo sea la sentencia ni la discusión, aunque estas se tejan con palabras. Por tanto, toda palabra ambigua no se explicará con una discusión ambigua. Veamos ahora los géneros de ambigüedades. Los cuales son, en primer lugar, dos: uno en aquellas cosas que también se dicen; otro que causa duda solo en aquellas que se escriben. Pues si alguien oyera "acies" (filo/ejército), y si alguien lo leyera, podría tener incertidumbre, a menos que por el contexto se aclare si se ha dicho o escrito sobre un ejército, sobre el filo de un arma o sobre la mirada de los ojos. Pero, en verdad, si alguien encuentra escrito, por ejemplo, "leporem", y no aparece en qué sentido se ha puesto, sin duda dudará si la penúltima sílaba de esta palabra debe alargarse, por venir de "lepos" (gracia), o si debe abreviarse, por venir de "lepus" (liebre). Ambigüedad que, ciertamente, no sufriría si recibiera el caso acusativo de este nombre por la voz del que habla. Pero si alguien dijera que el que habla pudo haber pronunciado mal, el oyente ya no se vería impedido por la ambigüedad, sino por la oscuridad. Sin embargo, de aquel género que es similar a la ambigüedad, porque una palabra mal pronunciada en latín no arrastra al que piensa hacia diversos sentidos, sino que lo impulsa hacia lo que aparece. Como, pues, estos dos géneros distan mucho entre sí, el primer género se divide a su vez en dos: pues todo lo que se dice puede entenderse de varias maneras, ya sea que esas varias cosas se contengan en un solo vocablo y una sola interpretación, o que se contengan solo en un vocablo, pero se expliquen mediante diversas explicaciones. Aquellas cosas que una definición puede incluir se llaman unívocas; a aquellas, en cambio, que es necesario definir de manera diversa bajo un mismo nombre, se les da el nombre de equívocas. Consideremos, pues, primero las unívocas, para que se ilustre con ejemplos cómo este género ya ha sido aclarado. Cuando decimos "hombre", decimos tanto al niño como al joven, como al anciano, tanto al necio como al sabio, tanto al grande como al pequeño, tanto al ciudadano como al extranjero, tanto al urbano como al rústico, tanto al que ya fue como al que ahora es, tanto al que está sentado como al que está de pie, tanto al rico como al pobre, tanto al que hace algo como al que está ocioso, tanto al que se alegra como al que se lamenta o a ninguno de los dos. Pero en todas estas dicciones no hay nada que, así como ha recibido el nombre de hombre, no se encierre también en la definición de hombre: pues la definición de hombre es: animal racional, mortal. Por tanto, nadie puede decir que "animal racional mortal" es solo el joven, y no también el anciano y el niño, etc., o que es solo el sabio, y no también el necio; al contrario, tanto estos como los demás que se han enumerado, así como están contenidos en el nombre de hombre, también lo están en su definición: pues ya sea niño, necio, pobre o incluso alguien que duerme, si no es un animal racional mortal, tampoco es hombre. Pero es hombre; por tanto, es necesario que esté contenido en esa definición. Y sobre los demás, ciertamente, no hay ambigüedad: pero sobre el niño pequeño o el necio, o el absolutamente fatuo, o sobre el que duerme, o el ebrio, o el loco, se puede dudar cómo pueden ser animales racionales, aunque pueda defenderse, pero para quienes se apresuran a otras cosas es largo. Para lo que se trata, basta con esto: que esa definición de hombre no es correcta a menos que contenga a todo hombre y nada más que al hombre. Estos son, pues, los unívocos, que no solo se encierran en un solo nombre, sino también en una sola definición del mismo nombre: aunque también pueden distinguirse entre sí por nombres y definiciones propios. Pues los nombres diversos, niño, adolescente, rico y pobre, libre y esclavo, y cualquier otra diferencia que haya, tendrán también sus propias definiciones entre sí: pero así como para ellos un nombre común es hombre, así "animal racional mortal" es una definición común única.
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CAPÍTULO X.-- La ambigüedad varía según los equívocos.
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Veamos ahora los equívocos, en los cuales la perplejidad de las ambigüedades crece casi hasta el infinito: intentaré, sin embargo, distinguirlos en géneros ciertos. Tú juzgarás si esta facultad sigue mi intento. Por tanto, de las ambigüedades que provienen de los equívocos, hay en primer lugar tres géneros: uno por el arte, otro por el uso, el tercero por ambos. Digo "por el arte" ahora, debido a los nombres que se imponen a las palabras en las disciplinas del lenguaje. Pues de una manera se define qué es equívoco entre los gramáticos, y de otra entre los dialécticos; y, sin embargo, esto único que digo, "Tulio", es nombre, es pie dáctilo y es equívoco. Por tanto, si alguien me exigiera que defina qué es Tulio, respondo con la explicación de cualquier noción. Pues puedo decir correctamente: Tulio es un nombre con el que se significa cierto hombre, un gran orador, que siendo cónsul reprimió la conjuración de Catilina. Observa sutilmente que he definido el nombre mismo: pues si tuviera que definir al propio Tulio, quien si viviera podría ser señalado con el dedo, no diría: Tulio es un nombre con el que se significa un hombre; sino que diría: Tulio es un hombre, y así añadiría lo demás. También podría responder: Este nombre, Tulio, es un dáctilo, que consta de estas letras: pues es necesario indicar que tiene esas letras. Pues es lícito decir: Tulio es una palabra mediante la cual se equivocan entre sí todas las cosas con esta misma, que se han dicho arriba, y cualquier otra que pueda encontrarse. Pero digo: Cuando, pues, este nombre que he dicho, Tulio, me ha sido lícito definirlo de tantas maneras según los vocablos de las artes, ¿por qué dudamos que existe un género de ambigüedades que provienen de los equívocos, que merecidamente puede decirse que ocurre por el arte? Pues hemos dicho que equívocas son aquellas cosas que no pueden ser contenidas por una sola definición, así como tampoco por un solo nombre. De donde ahora hay un segundo género, que recordamos que proviene del uso del habla. Llamo "uso" ahora a aquella palabra por la cual conocemos las palabras. Pues, ¿quién buscaría y recogería palabras por las palabras mismas? Por tanto, imagina ahora a alguien que escucha de tal manera que le sea conocido que no se pregunta nada sobre las partes de la oración, ni sobre los metros, ni sobre ninguna disciplina de las palabras: sin embargo, todavía puede verse impedido por la ambigüedad de los equívocos cuando se dice "Tulio". Pues con este nombre puede significarse tanto él mismo, que fue un gran orador, como su imagen pintada o estatua, y el códice en el que se contienen sus escritos, y si hay algo de su cadáver en su sepulcro. Pues decimos con razones diversas: Tulio liberó a la patria de la ruina; y, Tulio está de pie, dorado, en el Capitolio; y, Tulio, debes leerlo todo; y, Tulio está sepultado en este lugar: pues es un solo nombre, pero todas estas cosas deben explicarse con definiciones diversas. Este es, pues, el género de equívocos en el que ya no surge ninguna ambigüedad sobre la disciplina de las palabras, sino sobre las cosas mismas que se significan. Pero si confunde al oyente o al lector con ambas cosas, ya sea lo que se dice por el arte o por el uso del habla, ¿no se contará correctamente un tercer género? Cuyo ejemplo aparece más claramente en la sentencia, como si alguien dijera: Muchos escribieron en metro dactílico, como es Tulio: pues aquí es incierto si Tulio se ha puesto como ejemplo del pie dáctilo o del poeta dactílico: lo primero se acepta por el arte, lo segundo por el uso del habla. Pero también ocurre en palabras simples, aunque el gramático solo pronuncie la voz de esta palabra ante los discípulos que escuchan, como hemos mostrado arriba. Como, pues, estos tres géneros difieren entre sí por razones manifiestas, el primer género se divide a su vez en dos. Pues todo lo que causa ambigüedad de palabras por el arte, en parte puede ser ejemplo para sí mismo, en parte no puede. Pues cuando defino qué significa el nombre, puedo suponer esto mismo como ejemplo, que digo que el nombre es, ciertamente, un nombre: pues por esta ley se declina por casos diciendo "nomen, nominis, nomini", etc. Asimismo, cuando defino qué significa "dáctilo", esto mismo puede ser ejemplo: pues cuando decimos "dáctilo", pronunciamos una sílaba larga y luego dos breves. Pero, en verdad, cuando se define qué significa el adverbio, esto mismo no puede decirse como ejemplo: pues cuando decimos "adverbio", esta misma pronunciación es un nombre. Así, según otra noción, el adverbio es, ciertamente, un adverbio y no es un nombre; según otra, en cambio, el adverbio no es un adverbio, porque es un nombre. Asimismo, el pie crético, cuando se define qué significa, no puede ser esto mismo como ejemplo: pues esta misma pronunciación, cuando decimos "crético", consta de una primera sílaba larga y luego dos breves; pero lo que significa es una sílaba larga, una breve y una larga: así también aquí, según otra noción, "crético" no es otra cosa que crético y no es dáctilo; según otra, en cambio, "crético" no es crético, porque es dáctilo. El segundo género, pues, que ya se ha dicho que pertenece al uso del habla debido a las disciplinas de las palabras, tiene dos formas. Pues se dice que los equívocos provienen o de la misma fuente o de una diversa. Llamo "de la misma fuente" cuando se contienen bajo un solo nombre y no bajo una sola definición, pero emanan de una misma fuente, por así decirlo, como es esto, que Tulio puede entenderse como hombre, estatua, códice y cadáver: ciertamente no pueden estas cosas concluirse en una sola definición, pero sin embargo tienen una sola fuente, a saber, el hombre verdadero mismo, del cual es aquella estatua, aquel libro y aquel cadáver. De diversa fuente, como cuando decimos "nepos" (nieto/derrochador), significa de fuente muy diversa al hijo del hijo y al lujurioso. Mantengamos, pues, estas cosas distinguidas, y de ahí aquel género que llamo de la misma fuente, en qué se divide a su vez: pues se divide en dos, de los cuales uno ocurre por traslación, el otro por declinación. Llamo traslación cuando, por semejanza, un nombre se hace para muchas cosas, como Tulio, y se dice tanto de aquel en quien hubo gran elocuencia como de su estatua. O por el todo, cuando se nombra una parte, como cuando el cadáver de aquel puede llamarse Tulio: o por la parte el todo, como cuando decimos "techos" por casas enteras. O del género la especie: pues los romanos llaman principalmente "verbos" a aquello con lo que hablamos; pero, sin embargo, se llaman propiamente verbos aquellos que declinamos por modos y tiempos: o de la especie el género; pues aunque los estudiantes se llamen no solo propiamente, sino también primitivamente aquellos que aún están en la escuela; todos, sin embargo, los que viven en las letras usurpan este nombre. O del agente el efecto, como "Cicerón" es el libro de Cicerón: o del efecto el agente, como "terror", porque causó terror. O de lo que contiene lo contenido, como "casa" se dice también de los que están en la casa: o a la inversa, como "castaño" se dice del árbol que también es el fruto: o si se puede encontrar cualquier otra cosa que, por así decirlo, se nombre por traslación desde la misma fuente. Ves, según creo, qué causa la ambigüedad en las palabras. Aquellas cosas, en cambio, que pertenecen a la misma fuente y que decimos que son ambiguas por condición de declinación, son tales. Haz, por ejemplo, que alguien haya dicho "pluit" (llueve). Y estas deben definirse de manera diversa, ciertamente. Asimismo, cuando dice "scribere" (escribir), es incierto si se ha pronunciado en infinitivo activo o en imperativo pasivo. "Homo" (hombre), aunque sea un solo nombre y una sola pronunciación, sin embargo, se hace una cosa del nominativo y otra del vocativo. Es más, la pronunciación de la palabra "doctius" y "docte" también es diversa. "Doctius" es una cosa cuando decimos "doctius mancipium" (esclavo más docto); otra cuando decimos "doctius illo disputavit" (disputó más doctamente que él). Por declinación, pues, ha surgido la ambigüedad: pues llamo "declinación" ahora a cualquier cosa que ocurra al flexionar las palabras, ya sea por voces o por significaciones. Aquí "doctus" y "docte" se ha flexionado solo por voces; aquí "homo" y "homo", solo según las significaciones. Pero desmenuzar y seguir este género de ambigüedades es casi infinito. Por tanto, haber notado el lugar mismo hasta aquí habrá sido suficiente, especialmente para tu ingenio. Mira ahora aquellas que provienen de diversa fuente: pues ellas mismas se dividen todavía en dos formas principales, de las cuales una es la que ocurre por la diversidad de las lenguas; como cuando decimos "iste" (ese), esta sola voz significa una cosa entre los griegos y otra entre nosotros. Género que, sin embargo, no todos conocen: pues no es evidente para cualquiera, a menos que conozca las lenguas o que discuta sobre las lenguas. La otra forma es la que causa ambigüedad en una sola lengua, pero por la diversa fuente de aquellas cosas que se significan con un solo vocablo, cual es aquello que pusimos arriba sobre el nieto. Lo cual a su vez se divide en dos: o bajo el mismo género de parte de la oración, como el nombre "nepos", cuando significa al hijo del hijo y cuando al lujurioso; o bajo géneros diversos, como se dijo por Terencio: "¿Cómo sabes, pues, eso si no has hecho la prueba?"; pero también "istuc" es pronombre, "istuc" es adverbio. Ya de ambos, es decir, del arte y del uso de las palabras, lo que habíamos puesto como tercer género en los equívocos, pueden existir tantas formas de ambigüedades cuantas habíamos puesto en los dos superiores. Queda, pues, aquel género ambiguo que se encuentra solo en los escritos. Del cual hay tres especies: pues tal ambigüedad se hace o por el espacio de las sílabas, o por el acento, o por ambos. Por el espacio, como cuando se escribe "venit" (viene/vino), es incierto sobre el tiempo, debido al espacio oculto de la primera sílaba. Por el acento, como cuando se escribe "pone" (pon/detrás), si es de lo que es "pono" (poner), o como se dijo: "Pone sequens, namque hanc dederat Proserpina legem" (poniendo lo siguiente, pues Proserpina había dado esta ley), es incierto debido al lugar latente del acento. Pero se hace por ambos, como dijimos arriba sobre "leporem"; pues no solo debe alargarse, sino que también debe acentuarse la penúltima sílaba de esta palabra, si se ha derivado de lo que es "lepos", no de lo que es "lepus".

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