Quo genere cultus SS. Martyres venerandi sunt
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Original / primary: Spanish Gemini
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Sobre qué tipo de culto deben ser venerados los santos mártires
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El pueblo cristiano celebra las memorias de los mártires con solemnidad religiosa, tanto para estimular su imitación como para asociarse a sus méritos y ser ayudado por sus oraciones; pero de tal manera que no erigimos altares a ninguno de los mártires, sino al mismo Dios de los mártires, aunque sea en las memorias de los mártires. Pues, ¿qué obispo, al estar presente en los lugares de los cuerpos santos, ha dicho alguna vez ante el altar: Te ofrecemos a ti, Pedro, o a Pablo, o a Cipriano? Sino que lo que se ofrece, se ofrece a Dios, que coronó a los mártires, junto a las memorias de aquellos a quienes coronó; para que, por la advertencia de los mismos lugares, surja un mayor afecto para aumentar la caridad, tanto hacia aquellos a quienes podemos imitar como hacia aquel con cuya ayuda podemos hacerlo. Honramos, pues, a los mártires con ese culto de amor y sociedad con el que también se honra en esta vida a los santos hombres de Dios, cuyo corazón sentimos que está preparado para tal pasión por la verdad evangélica; pero a ellos con tanta mayor devoción cuanto más seguros estamos tras haber superado todas las incertidumbres; cuanto más confiadamente los proclamamos vencedores en una vida ya más feliz que luchando todavía en esta. Pero aquel culto que en griego se llama λατρεία, y que en latín no puede decirse con una sola palabra, puesto que es una servidumbre debida propiamente a la divinidad, ni lo rendimos ni enseñamos que deba rendirse a nadie más que al único Dios. Y como a este culto pertenece la oblación del sacrificio (de donde se llaman idólatras quienes lo ofrecen también a los ídolos), de ninguna manera ofrecemos tal cosa ni mandamos que se ofrezca a ningún mártir, ni a ninguna alma santa, ni a ningún ángel, y quienquiera que caiga en este error es reprendido por la sana doctrina, ya sea para que se corrija o para que se evite. Incluso los mismos santos, ya sean hombres o ángeles, no quieren que se les exhiba lo que saben que se debe al único Señor. Esto apareció en Pablo y Bernabé, cuando los licaonios, conmovidos por los milagros que se hicieron a través de ellos, quisieron sacrificarles como a dioses: pues, rasgando sus vestiduras, confesando y persuadiendo de que no eran dioses, prohibieron que se les hiciera tal cosa. Apareció también en los ángeles, como leemos en el Apocalipsis, donde el ángel prohíbe que se le adore y dice a quien lo adora: Soy consiervo tuyo y de tus hermanos, adora al Señor. Estas cosas las exigen claramente para sí los espíritus soberbios, el diablo y sus ángeles, como en todos los templos y ritos sagrados de los gentiles. Cuya semejanza se expresó también en algunos hombres soberbios: como tenemos consignado en la memoria sobre ciertos reyes de Babilonia. De donde el santo Daniel soportó a sus acusadores y perseguidores, porque, habiéndose propuesto el edicto del rey de que nadie pidiera nada a ningún dios sino solo al rey, fue sorprendido adorando y suplicando a su Dios, es decir, al único y verdadero Dios: pero quienes se embriagan en las memorias de los mártires, ¿cómo pueden ser aprobados por nosotros, cuando la sana doctrina los condena, incluso si lo hicieran en sus propias casas? Pero una cosa es lo que enseñamos, otra lo que toleramos, otra lo que se nos manda prescribir, otra lo que se nos ordena enmendar, y hasta que enmendemos, estamos obligados a tolerar; una es la disciplina de los cristianos, otra la lujuria de los ebrios o el error de los débiles, sin embargo, incluso en esto mismo distan mucho las culpas de los ebrios y de los sacrílegos. Pues es mucho menor pecado volver ebrio de los mártires que sacrificar a los mártires incluso en ayunas. Dije sacrificar a los mártires, no dije sacrificar a Dios en las memorias de los mártires: lo cual hacemos frecuentísimamente, con aquel rito, al menos, con el que se mandó que se sacrificara en la manifestación del Nuevo Testamento: lo cual pertenece a aquel culto que se llama λατρεία y se debe al único Dios.[ Por consiguiente, el verdadero sacrificio, que se debe al único Dios verdadero, cuyo altar solo Cristo llenó, los demonios, imitados en las víctimas de los animales, lo reclaman arrogantemente para sí, de donde dice el Apóstol: Lo que sacrifican los gentiles, lo sacrifican a los demonios y no a Dios, no culpando lo que se ofrecía, sino porque se ofrecía a ellos. Los hebreos, en cambio, en las víctimas de animales que ofrecían a Dios de muchas y variadas maneras, como era digno de tan gran asunto, celebraban la profecía de la futura víctima que Cristo ofreció. De donde ya los cristianos celebran la memoria del mismo sacrificio consumado con la sacrosanta oblación y participación del cuerpo y la sangre de Cristo.] La carne y la sangre de este sacrificio se prometían antes de la venida de Cristo mediante la semejanza de las víctimas; en la pasión de Cristo se devolvían mediante la verdad misma; después de la ascensión de Cristo se celebra la memoria mediante el sacramento.