1
Te doy las gracias, emperador Augusto; si pudiera, incluso te las devolvería. Pero ni tu fortuna desea la compensación de una remuneración, ni la nuestra ofrece la capacidad de restituir; esa es la abundancia de los particulares, ser generosos entre sí: tus beneficios, al igual que superan en majestad, no reclaman reciprocidad. Por tanto, lo único que está en mi poder es darte las gracias: pero de tal modo que, como suele suceder ante Dios, sintiéndolo más profundamente de lo que se expresa con palabras. Y no en el lugar sagrado del oráculo imperial, lugar que, por su horror tranquilo y su pavor venerable, rara vez permite que el ánimo y el rostro sean los mismos que los tuyos; sino que doy gracias en todas partes, ya sea en silencio o hablando, ya sea en medio de la multitud o a solas conmigo mismo, tanto cuando estoy con voz como cuando me retiro a la meditación, en todo lugar, acto, hábito y tiempo. Y no es de extrañar que yo no establezca un límite para profesar tanta gratitud, cuando tú no sabes poner fin a tus honores. Pues,¿ qué lugar o qué día hay que no me recuerde a Julio o a una gratulación similar?¿ Que me recuerde?¡ Oh, qué inercia la de una expresión tan cobarde!¿ Qué lugar hay, impío, que no se agite e inflame con tus beneficios? Ninguno, digo, emperador Augusto, que no infunda la admirable imagen de tu veneración: ni el palacio, que tú, habiéndolo recibido terrible, lo hiciste amable; ni el foro y las basílicas, antaño llenos de negocios, ahora de votos realizados por tu salud: pues,¿ quién no tiene seguridad bajo tu mando? Ni la curia, alegre ahora por decretos honoríficos, antaño triste por ansiosas quejas; ni el espacio público, donde el encuentro de tantos que se alegran no permite a nadie congratularse solo; ni la casa, el lugar común, el secreto. El lecho mismo, destinado al descanso, está más tranquilo por la consideración de tus beneficios. El sueño, abolidor de todo, ofrece tus imágenes; pero este asiento de honor, la silla curul, gloriosa por las pompas del oficio imperial, en cuya cima me has puesto desde qué mediocridad, cada vez que pienso en ello, me veo superado por la magnitud y reducido al silencio, no cargado de beneficios, sino oprimido. Pues estás presente en todos los lugares, y ya no nos asombra la licencia de los poetas que dijeron que todo estaba lleno de Dios. Superas la esperanza, te anticipas a lo deseable, te adelantas a los votos: y cualquier rapidez de nuestro ánimo que aspire a la semejanza divina, es precedida por tus beneficios. Es más rápido para ti otorgar que para nosotros desear.
2
Doy, pues, las gracias, óptimo emperador, y si alguien atribuye este discurso mío, repetido tantas veces con las mismas palabras, a la pobreza del que habla, que intente seguir este mismo camino y no podrá proferir nada más elocuente. Pues las gracias no se dan por el boato de la majestad ni sin argumentos al emperador más valiente: testigo de ello es el límite del Danubio y del Rin, pacificado en un solo año; al más liberal: esto lo ostenta el rico ejército; al más indulgente: lo enseña la seguridad del error humano; al más consulto: lo prueba el Oriente ordenado por tal príncipe; al más piadoso: el testimonio más rico de esta alabanza es, en verdad, el padre consagrado a los honores divinos, el hermano adoptado como hijo para el imperio, el tío vindicado de la afrenta de la guerra, el hijo unido al padre en el colegio de la prefectura, el preceptor elegido para el consulado; podría recorrer todos tus títulos. Los que antaño dio la virtud, los que recientemente concedió la fortuna, los que todavía medita la indulgencia divina: llamaría Germánico por la rendición de los gentiles, Alamánico por la traslación de los cautivos, Sarmático por vencer y perdonar; conectaría todos los méritos de la virtud y los sobrenombres de la felicidad: pero esa es otra materia y está preparada para su propio secreto, cuando plazca indicar todo lo que sabemos de manera señalada y breve, y no seguirlo, como los que circunscriben el orbe de la tierra en el ámbito de una sola tabla con algún detrimento de la magnitud, pero sin pérdida de la verdad. Ahora, sin embargo, lo que es propio de este día, daré gracias por el consulado. Pero se adelantan también otras dignidades y estallan en voz de gratulación y se declaran deudoras de antemano. Veis cuántos grados se han acumulado en mi nombre debido a tus incrementos: por tu mérito, siendo tú y tu padre príncipes, la cuestura común y la prefectura, solo beneficio tuyo, que tampoco quiere congratularse con un gesto simple, más liberalmente dividida que unida: pues cuando poseemos ambos la totalidad, ninguno desea la parte separada.
3
Pero eso, como prometí hace poco, tendrá su secreto peculiar en sus números; este consulado mío ruega y suplica que permitas que su dignidad, la que has preferido a todas, se vuelva deudora solo de ti.¡ Cuántos grados ha encontrado también para sí mismo! Unido en honor con el clarísimo varón, mi colega, y preferido en la nominación, yo, cónsul, emperador Augusto, por tu regalo, sin haber sufrido los recintos ni el campo, sin sufragios, sin puntos, sin bolsas: yo que no he estrechado manos ni, confundido por el encuentro de los que saludan, he dejado de devolver sus nombres a los amigos o he impuesto nombres ajenos: yo que no he recorrido las tribus, no he adulado a las centurias, no he temblado ante las clases convocadas, no he depositado nada con un intermediario, no he pactado nada con un distribuidor. El pueblo romano, el campo de Marte, el orden ecuestre, las tribunas, los ovilia, el senado, la curia, todo para mí es un solo Graciano. Con mi derecho, Augusto máximo, puedo afirmar, con la gracia intacta de todos los que han llegado a este honor por diversa virtud y llegarán( pues cada uno tiene su propio ánimo, su propio mérito y su mente es consciente de sí misma), con mi derecho, digo, puedo afirmar que me parece estar separado de los demás. Hay quienes son atormentados por la inanidad de sus votos: yo no deseé; quienes son ejercitados por la ambición: yo no pedí; quienes presionan con asiduidad: yo no obligué; quienes se ofrecen por la ocasión: yo no estuve presente; a quienes agrada la opulencia: se opone la disciplina de los tiempos: yo no compré, ni puedo jactarme de continencia: no tuve. Solo intenté ofrecer una cosa, y esto mismo no puedo reclamarlo como mío: pues está puesto en tu opinión, si es que lo merecí.
4
Has hecho, sin embargo, y harás otros cónsules también, piadosísimo Graciano, pero no con la misma causa. Varones de gloria militar: pues tienen contigo, como siempre, el consorcio del trabajo y, a menudo, de la dignidad, con un colegio de virtud más antiguo que el de honor; varones de nobleza antigua: pues se da mucho a los nombres y la fama vale por el mérito; varones ilustres por su fe y probados en sus oficios: a quienes, aunque no los separo de mi número, sin embargo, en lo que respecta al camino del honor, los distribuyo por razón. Tú, Augusto, estableces este cuarto grado de un nuevo beneficio: diferirte a ti mismo para que otro sea adornado, referir los bienes de tu ánimo a la excelencia ajena y a la erudición de la naturaleza, que debes a Dios, a tu padre y a ti mismo, retorcerla hacia la eficacia de otro más gratamente que más verdaderamente; estas son tus palabras, escritas por ti para mí: que pagas lo que debes y que todavía debes mientras pagas;¡ oh, dicho de mente dorada y laminada!¡ oh, alimento de leche de un pecho blanquísimo!¿ Hay alguien tan parco en la ostentación de un beneficio?¿ Alguien profesa el peso de su gracia como la fuerza del mérito ajeno?¿ Alguien, finalmente, prefiere llamar precio a lo que concede, como si fuera ofrecido por un deudor, en lugar de don? Que compitan con esta sentencia aquellos antiguos oradores homéricos, Menelao con su discurso sutil y deductivo, el caudillo itacense como una granizada profunda, y Néstor, bañado en la elocuencia de miel, de la tercera edad: pero ni aquel hablará con más elegancia, que se recogió en la brevedad lacónica, ni aquel con más retorcimiento, que acumuló palabras con sentidos, ni este con más dulzura, cuya suave oración persuadió más acariciando que extorsionando; dices que pagas lo que debes y que deberás mientras pagas. Augusto joven, que el rector del cielo y del género humano te conceda esto, que, preferido a los antiguos, a quienes incluso has superado en la elegancia de esa sentencia, venzas a cada uno en lo propio: en Menelao la dignación regia, en Ulises la prudencia, en Néstor la vejez.
5
Alguien objetará: has obtenido eso, ciertamente, pero dime,¿ por qué mérito?¿ Por qué me cargas, escrutador? Nadie rinde cuentas de la felicidad; Dios y quien está próximo a Dios distribuye los dones con arbitrio silencioso y, desdeñoso de que el juicio de sus beneficios dependa de los hombres, prefiere haber dado un milagro de entre los súbditos.¿ Por qué mérito, dices? Yo no conozco ninguno, salvo que tú, piadosísimo emperador, dices que debes: y este deber se extiende ampliamente, ya sea que consideres esto como el interés de tu erudición, ya sea que busques la gloria de la liberalidad sin interés, ya sea que te descargues del peso de la promesa concebida, o que cumplas el fideicomiso de tu padre, o que, con magnanimidad celestial y ostentación suprimida, imites el don de Dios. Dices que debes,¿ a quién?¿ Cuándo?¿ En qué nombre? Lee el contrato, nombra al acreedor; que se comparen las tablas de lo aceptado y lo gastado: verás que la razón de esa suma pasa a otro; Dios comenzó a deberte por nosotros. Pero,¿ qué me debes a mí, gratísimo emperador? Pues tu humanidad permite que, además de las virtudes regias, seas alabado con apelación privada.¿ Qué me debes a mí? Y, por el contrario,¿ qué no te debo yo a ti?¿ Acaso lo que enseñé? Esto puedo retorcerlo más verdaderamente: que fui tenido por digno de enseñar; que tantos, excelentes en facundia y doctrina, fueron pasados por alto al inclinarse la dignación hacia mí, para que hubiera alguien a quien tú, en edad ya madura, ceñido a través de todos los grados de honores, promovieras con bondad apresurada; para que no parecieras temer que la vida me faltara mientras todavía te quedara algo que debieras prestar.
6
Cicerón, el consular, niega tener algo más que desear, pero yo, ya cónsul y anciano, confesaré todavía mi avidez: deseo verte más a menudo en este magistrado, Graciano, para que iguales tú solo los seis consulados de Valerio Corvino, los siete de C. Mario y los trece de tu homónimo Augusto. Tu edad y tu fortuna pueden ofrecerte más; pero yo soy más parco en el número, porque tú eres más liberal en el cargo: pues tú mismo te defraudas más a menudo de este honor para otorgárselo a otros. Pues sabes, emperador doctísimo( usaré de nuevo la alabanza privada), sabes, digo, que los diecisiete consulados de Domiciano, que él unió continuando por envidia de promover a otros, fueron tan ridiculizados en su avidez que esta página de sus fastos, o mejor dicho, de sus fastidios, lo hizo insolente y no pudo hacerlo feliz. Pero si para un príncipe la moderación de este honor debe ser templada y lo que se llama dorada,¿ qué moderación deben tener los hombres de estado privado, qué los ecuánimes, qué los que ya son ancianos hacia sí mismos? Yo, ciertamente, en lo que respecta a mis honores, he satisfecho mis votos: tú, sin embargo, emperador óptimo, tú piadosísimo, tú a quien no fatiga la liberalidad, salvo cuando cesa: tú, digo, indulgentísimo Graciano, como eres repentino e inesperado en tu ingenio para hacer el bien, todavía encontrarás algo que se me preste en este nombre.¿ Encontrarás? Sí. Entenderé que todos, así como tú mismo hiciste el orden de las nubes, así eres amigo de Dios, que ya se ha obtenido de ti lo que se desea, de quien obtenemos incluso lo que aún no deseamos.
7
Y de nuevo alguien añadirá, ya sea con libertad de palabra o con mayor libertad de pensamiento:¿ acaso no hubo hace tiempo y entre los antiguos muchos maestros de este tipo?¿ O eres tú el único preceptor de Augusto? Más bien, yo estoy unido a muchos por el oficio, pero con muy pocos estoy apartado por el ejemplo. No quiero tasar a los colegas de los tiempos de Constantino: los Césares eran enseñados. Tocaré tiempos superiores. El rico Séneca, aunque no cónsul, será acusado más rectamente de lo que será alabado por no haber educado la índole de Nerón, sino por haber armado su crueldad. Quintiliano, habiendo obtenido los ornamentos consulares a través de Clemente, parece haber tenido más bien los adornos del nombre que las insignias del poder. De qué modo Titiano, maestro, pero aquel glorioso, envejeció en la escuela municipal variando entre Besanzón y Lyon, no por edad, ciertamente, sino por vileza. Única es para mí la imitación de Frontón, que debe ser abrazada: a quien, sin embargo, el consulado adornó como maestro de Augusto de tal manera que la prefectura no lo rodeó. Pero,¿ de qué tipo fue aquel consulado? Ordinario, sufecto, con un espacio de dos meses interpuesto, consumido en la sexta parte del año; hay que buscar qué dejó aquel gran orador, bajo qué cónsules ejerció el consulado. He aquí otra cosa que alguien puede oponer:¿ te alzas, pues, glorioso a la cima de tan gran orador? A quien pregunte tales cosas responderé brevemente: no me comparo con Frontón, sino que prefiero a Graciano sobre Antonino. Celebran, ciertamente, estos días solemnes todas las ciudades en todas partes que viven bajo leyes, y Roma por costumbre, y Constantinopla por imitación, y Antioquía por lujo, y Cartago desceñida, y Alejandría, don del río: pero en Tréveris, por beneficio del príncipe y pronto con el mismo autor del beneficio, los lugares distan entre sí, los votos consienten, uno solo en boca de todos es Graciano, emperador por poder, vencedor por virtud, Augusto por santidad, pontífice por religión, padre por indulgencia, hijo por edad, ambos por piedad.
8
No puedo, por causa de la fe, mostrar las imágenes de mis antepasados, como dice Mario en Salustio, ni replicar un linaje descendido de héroes o un estema de dioses, ni riquezas desconocidas y patrimonios dispersos bajo reinos: sino decir, más que predicar, lo que es conocido: una patria no oscura, una familia de la que no hay que avergonzarse, una casa inocente, una inocencia no forzada, riquezas escasas, pero dilatadas por libros y letras, frugalidad sin suciedad, ingenio liberal, un ánimo no iliberal, sustento, vestido, mobiliario limpio, no espléndido: si alguien se digna compararme con aquellos antiguos cónsules( exceptuada la comparación de las virtudes guerreras, que entonces existían), que aparte la opulencia sin pretender derogar la industria. Pero puesto que hace tiempo que sucumbo a la materia al dar las gracias: tú, Graciano, sucede a mi oración. Tú, Graciano, que has obtenido este nombre por la fortuna de tal manera que nadie lo buscó más verdaderamente por ambición: pues ni Metelo fue llamado más justamente Pío, habiendo revocado a su padre que era impío y estaba exiliado; ni Sila fue llamado más justamente Félix, que era más feliz antes de ser llamado así; que tú, Graciano: a quien le pertenece este nombre y aquellos sobrenombres de Metelo y Sila. Tú, digo, Graciano, que has merecido esto no por hechos aislados, sino por una perpetua benignidad de hacer el bien: a quien, si no hubiera sido heredado del abuelo, todos se lo añadirían: tú mismo, digo, devuélveme la gracia por mí, tú y tus virtudes: la bondad, con la que eres prolífico hacia todos, perpetua hacia mí; la piedad, con la que temperas tu orbe, que pruebas al vengar a tu tío, acumulas al proteger a tu hermano, multiplicas al adornar a tu preceptor. Que dé gracias la clemencia que impartes al género humano; la liberalidad con la que enriqueces a todos; la fortaleza con la que vences, y esa mente dorada que has bebido del Dios común más que uno solo. Que den gracias también por mí las voces de todas las Galias, a cuyo prefecto has conferido esta honorificencia. Avanzo más allá, y esto porque dices que debes: que dé gracias, como mejor puede, esta voz que enseñé.
9
Hace tiempo, sin embargo, que sucumbo a la materia, tanto por el ánimo agradecido como por el discurso escaso, como se ha dicho arriba, y todavía no he rozado aquellas cosas que ni el más infante, a menos que fuera también el más impío, suprimiría, siendo eminentes por la fama y testificadas por el gozo de todos; cosas que, situadas por encima de mis fuerzas de decir, dudo en tocar, o por ser acusado del crimen de ingratitud o por ser culpado por la profesión de temerario: sin embargo, debiendo sufrir una de las dos cosas, prefiero ser reprendido por audacia que por malevolencia. Tú, Augusto venerable, presionado por una gran guerra, con tantos miles de bárbaros saltando como los que bordea la boca del Danubio, ejerces armado los comicios de mi consulado.¿ Estos tributos, porque se realizan en la ciudad de Sirmio, se llamarán centuriados, como si fuera en el campo de batalla?¿ O se llamarán pontificales, como antaño, tratados sin el arbitrio de la multitud por el colegio de sacerdotes? Así, más bien, así llámense los que tú, pontífice máximo, compartiste con Dios. No es de mi ingenio, piadosísimo emperador, inventar tales cosas. Son palabras de tus cartas: con las cuales amplificas ante mí la autoridad del sumo numen y de tu voluntad. Pues así hablas: cuando meditaba a solas conmigo mismo sobre la creación de los cónsules para el año, como me conoces y como debí hacer y como supiste que yo quería, referí mi consejo a Dios. Obedeciendo a su autoridad, te designé cónsul y te declaré y te nombré primero.¿ De qué orden es más lúcida esta oración?¿ Qué doctrina tan diligente para hablar con las palabras propias de los comicios y no mezclar nombres extranjeros con los vocablos de la costumbre antigua? Valed, por ahora. Las clases del pueblo y las prerrogativas de las tribus urbanas y las centurias llamadas por derecho.¿ Qué comicios fueron alguna vez más plenos que aquellos en los que Dios prestó el consejo y el emperador el obsequio?
10
Y ahora yo, piadosísimo emperador, para no ofender la cima del auditorio sagrado, tímido intérprete de tus dichos, recorro las palabras de tu divinidad con un leve pecado. Cuando, dices, meditaba sobre la creación de los cónsules para el año:¡ voz erudita y cuidado solemne! Meditaba conmigo mismo:¡ oh, profundidad de un secreto tan profundo! Tienes, pues, un consejero y no temes a un traidor, como me conoces:¿ qué puede decirse más familiarmente? Como debí hacer:¿ qué más constante? Como supe que querías:¿ qué puede decirse más halagador? Referí mi consejo a Dios.¿ Y cómo a solas, a quien está presente un consejo tan grande?¿ Acaso habrías deliberado más plenamente con el senado, con el orden ecuestre, con la plebe romana, con tu ejército y todas las provincias? Referí mi consejo a Dios. No para que, creo, tomaras uno nuevo, sino para que se hiciera más santo lo que querías, obedeciendo a su autoridad: ciertamente, como hiciste al consagrar a tu padre, al vengar a tu tío, al cooptar a tu hermano, te designé cónsul y te declaré y te nombré primero.¿ Quién te enseñó estas palabras? Yo no sabía unas tan propias y tan latinas. Designé y declaré y nombré. Esto no se hace temerariamente, tiene sus demoras, tal madura vacilación con grados distribuidos. Si yo mandara colgar estas cartas tuyas en todas las columnas y pórticos, desde donde puedan leerse desde el llano, a modo de edicto,¿ no seré honrado con tantas estatuas como páginas de libelos haya?
11
Pero me apresuro hacia cosas más halagadoras, pues habiendo partido de esta parte de las cartas dadas a mí, descendiste también a preguntar qué tipo de trabea se me enviaría, fatigaste con solicitud a todo el ministerio de tus largiciones.¿ No se me ha aplicado, pues, por ti un cuidado tan diligente, un cuidado tan feliz por mí, más allá del consulado? En Iliria se agitan las armas: tú, por mi causa, distribuyes a través de las Galias los vestidos de los decoros civiles, acorazado dispones los ornamentos de mi vestidura palmada mientras vas a romper la toga, en el campo de batalla y cuando vas a luchar más intensamente: felizmente y con buen augurio, pues este hábito, así como es del cónsul en la paz, así es del triunfador en la victoria. Es poco si preguntas qué tipo de trabea se me envía: ordenas que se saque ante ti, y no tienes por suficiente que los ministros de las largiciones cumplan según la costumbre: eliges tú mismo de entre muchos y, cuando has elegido, acompañas tus dones con el honor de las palabras. La palmada, dices, te envié, en la que el divino Constancio, nuestro padre, estuvo atento.¡ Dichoso yo, a cuyos insignias se presta tal cuidado! Esta es claramente, esta es la vestidura pintada, como se dice, no más por su oro que por tus palabras, pero hay mucho más en su ornato, que entiendo instruido por ti, pues el nombre de Augusto brilla doblemente en un solo hábito. Constancio se entreteje en el argumento de la vestidura, Graciano se siente en el honor del regalo.
12
Se añadió a un beneficio tuyo tan costoso un peso acumulado por la indagación de algunos; preguntado a quién designabas cónsul primero, dijiste que no había que dudar, y los que son buenos contigo no podían dudar, pero, sin embargo, habían levantado sus ánimos hacia este dicho, quienes gustosamente habrían creído que el clarísimo varón, mi colega, a quien la ocasión tenía presente, había sido preferido, aunque, fatigando, buscaban lo que habían entendido. Aquí tú, según se me ha anunciado, con ese pudor tuyo conocido, vacilaste un poco, no ambiguo de razón, sino condenando con el rostro y el rubor la duda de ellos, que acariciaban su estudio con el error de la interpretación. Luego, al instante, añadiste:¿ qué preguntáis sobre los dos cónsules designados, cuál es el orden de la nominación?¿ Acaso otro que el que estableció la prefectura?¡ Oh, feliz tu vergüenza, a la que esa razón popular ocurre tan prudentemente! Sabías otra cosa, Graciano, que decir: pero por la vergüenza de algunos no quisiste decirla. Este lugar es escabroso para mí y, por esa gloria que nunca apetecí, debe ser rechazado. Como he sido anunciado primero, es suficiente tener tu juicio: intérpretes, valed, de los méritos; y yo, sacratísimo emperador, no abrazo el grado de la nominación en un beneficio tenue; esta gloria no es desconocida para Cicerón: el pueblo romano, dice, me hizo pretor primero, cónsul primero; de su misma sentencia se entiende que es más encomiable parecer preferido a uno que a muchos, pues no hay, ciertamente, ninguna afrenta en el segundo, pero en dos hay gran gloria del preferido. Se cuenta esto de Alejandro de Macedonia, cuando había leído aquellos versos homéricos en los que, provocando Héctor, de entre los nueve caudillos que todos deseaban luchar, se decidía elegir uno por el evento de la suerte, donde en trémula contención de votos todo el ejército ruega a Júpiter óptimo máximo que permita que le toque en suerte Áyax o el hijo de Tideo o el mismo rey de las ricas Micenas, Agamenón: mataría, dijo, a aquel que me hubiera nombrado tercero.¡ Oh, magnanimidad del hombre más valiente! Nombrado tercero entre nueve, lo rechazaba; donde ciertamente aventajaría a más de los que estaría debajo.¡ Cuánta vergüenza cargaría aquí el posterior de dos! Pues hay en este número una elección llena de ardua dignación. Cuando entre todos los mortales dos son preferidos para ser cónsules, quien es antepuesto al otro, no es antepuesto a uno, sino a todos.
13
Sé que los oídos de los presentes esperan ahora y entiendo que en el rostro de todos sobresale lo que se concibe por el deseo de los ánimos, pues piensan que, cuando he libado las cosas que pertenecían a dar gracias, sumariamente y con hilo más tenue, como se dice, he deducido, debo también rozar algo sobre las alabanzas de tu majestad. Aunque haya dicho que he dejado de lado esa materia y la reservo para otro tiempo: no obstante, sin embargo, para tocar algo ahora, me exhortan con un gesto y casi con un murmullo. Por tanto, lo haré, ya que me obligan queriendo, pero separando las mayores, recordaré las más tenues, sin esperanza de ejecutarlo plenamente, sino para que todos entiendan que de las cosas que deben ser predicadas entre las familiares, se me debe pedir el conocimiento, a otros la dignidad, y no trataré de la excelencia, sino de lo cotidiano.
14
Nunca pasaste un día desde tu adolescencia sin haber adorado el numen de Dios, tanto reo de voto como absuelto al instante, con manos lavadas, mente pura, conciencia inmaculable y, lo que es en pocos, pensamiento sincero.¿ De quién, sin embargo, fue alguna vez una salida más auspiciosa o un caminar más modesto o una postura más contenida o un hábito familiar más decente o un militar más ceñido? En ejercitar el cuerpo,¿ quién incitó la carrera tan velozmente?¿ Quién despachó la palestra tan ágil?¿ Quién recogió el salto tan alto? Nadie lanzó los dardos con más fuerza, nadie disparó los proyectiles más frecuentemente o golpeó con más certeza lo destinado. Admirábamos al poeta que había dicho que los númidas eran desenfrenados, y al otro que lo había recogido de tal manera que dijera que en el montar a caballo los azotes y los preceptos eran de huida y los preceptos de detenerse. Esto era oscuro para nosotros que leíamos: te entendimos viéndote, cuando tensabas el arco y soltabas las riendas o incitabas con el azote al caballo que iba más perezosamente o con el mismo azote contenías la intemperancia. Quienes parecieron haberte enseñado esto, no lo hacen: más bien, quienes parecieron haber enseñado, ahora aprenden. En las comidas, sin embargo,¿ de qué sacerdote es más abstinente la ceremonia? En el vino,¿ de qué anciano es la mesa más frugal? En el cubierto de tu aposento, no hay altar de Vestal más santo, no hay lecho de pontífice casto ni pulvinar de flamen tan púdico. En los oficios de los amigos, no digo que devuelves lo igual: te adelantas. Y cuantas veces nos adelantamos en el obsequio, te sonrojas con un pudor tan deudor como debería estar en nosotros al ser prevenidos por el emperador. En aquella sede, sin embargo, como hablamos por costumbre, del consistorio, como yo siento, de tu sagrario, nadie de los superiores pensó jamás más profundamente lo que debía decirse, ni dispuso lo pensado con consultas, ni despachó lo dispuesto más maduramente.
15
Y diría algo sobre tus virtudes oratorias, si no temiera gratificarme. Pues ni Sulpicio fue más agudo en las contiones, ni la modestia del mayor Graco fue más encomiable, ni la autoridad de tu padre más grave;¡ qué tenor de voz, cuando pronuncias cosas incitadas; qué inflexión, cuando relajadas; qué temperamento, cuando dispensas ambas!¿ Qué orador dijo o, lo que es libre, pensó las cosas alegres más dulcemente, las elocuentes más cultamente, las que luchan más densamente, las densadas más glomerosamente? Quisiera, si la naturaleza de las cosas lo permitiera, Jenofonte ático, que vinieras a nuestro tiempo, tú, que prestaste el voto más que la historia para ejecutar las virtudes de Ciro: cuando decías, no cómo era, sino cómo debería ser, si ahora procedieras a estos tiempos, verías en nuestro Graciano lo que no habías visto en tu Ciro, pero deseabas. Y todas estas cosas, que he señalado acuminadas con ciertos puntos, si la facundia supliera por la voluntad, aunque no más copiosamente, las ejecutaría, sugiriendo la abundancia al estilo la magnitud de las cosas. Pero esta materia no es ni de este día ni de este, los que vais a decir las alabanzas de nuestro príncipe, tenéis como un seminario de donde completar las yugadas de vuestras oraciones. Yo he rozado estas cosas y, como todos saben, puedo parecer un intérprete secreto de un conocimiento familiar, no tanto predicando como revelando estas cosas domésticas. Y como dije estas cosas sobre las conocidas por mí y familiares dentro del aula, podría también recordar las celebradas fuera, si todos no conocieran todo y cada uno por separado, podría decir con igual brevedad que las anteriores: es del hombre más enmendado no hacer cosas de las que arrepentirse: pero tú nunca hiciste cosas de las que arrepentirse y siempre ofreciste perdón a los que se arrepienten; es hermoso ser indulgente con los que temen: pero tú, con edictos de perpetua bondad, sales al encuentro de todos para que no teman; es magnífico otorgar honores: tú enriqueciste a los honrados con liberalidad. Es loable que el emperador ofrezca accesos fáciles a los que interpelan y no se excuse por la ocupación: tú confirmas a los que dudan acercarse; y ya explicadas las quejas, para que no se silencie nada todavía, preguntas.
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Fue célebre el dicho de Tito César, que había perdido el día en el que no había hecho nada bueno; pero fue célebre porque lo había dicho el sucesor de Vespasiano, cuya excesiva parsimonia y austeridad apenas soportable había hecho admirable la lenidad del hijo. Tú, nacido de Valentiniano, cuya alta bondad, presente comidad, templada severidad fue, habiendo nacido y fundado el mejor estado de la república, entiendes que puedes ser lenísimo sin dispendio de la disciplina, y en verdad no prestas un bien alguno en un día: sino que multiplicas indulgencias singulares por cada momento de las horas,¿ o aquel uno de qué tipo es sobre los residuos de tributos condonados?¡ Lo que hiciste con qué acumulada bondad!¿ Qué emperador dio esto alguna vez a sus provincias con más ubera indulgencia, o previó con más cierta seguridad, o fortificó con prudencia al consultar? Lo había hecho también Trajano antaño, pero retenidas las partes, no tenía tanto deleite la porción de la deuda concedida, cuanta amargura subyacía de la guardada, y Antonino había sido indulgente, pero el sucesor del imperio, no del beneficio, envidió, quien reclamó desde los documentos y tablas del pueblo lo condonado. Tú ordenaste que todos los argumentos de reclamar ardieran públicamente, ver en sus foros cada una de las ciudades la conflagración del incendio saludable, ardían las estirpes de los fraudes antiguos: ardían las semillas de los futuros. Ya la ceniza se había mezclado con el polvo, ya el humo se había envuelto en las nubes: y todavía los deudores en las páginas quemadas veían los trazos de los ápices y las notas de los sestercios con la razón de su pequeña sustancia, temiendo que lo que recordaban haber leído, pudiera ser leído.¿ Qué puede ser, emperador Augusto, más indulgente, qué más consulto? Los bienes que prestas, haces que no sean caducos: los males que afinas, prevés que no puedan ser recidivos. Estos son los bienes de la indulgencia para los provinciales.¿ Qué aquellos para nuestro orden?¿ Qué aquellos para los soldados? La humanidad de los Antoninos fue conocida y ya antes la familiar de los Germánicos en la cohorte de amigos y legiones. Pero yo no quiero preceder tu benevolencia con la comparación de otros; abundan en ti aquellos ejemplos de bondad y virtud que la posteridad venidera desearía seguir y, si la naturaleza de las cosas lo permitiera, la antigüedad habría querido adscribirse a sí misma.
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Es necesario, sin embargo, comparar algo para que se pueda entender en qué superan nuestros bienes a los demás. Trajano solía visitar a sus amigos enfermos: hasta ahí hay que alabar su cortesía. Tú, en cambio, no solo sueles visitarlos, sino que proporcionas asistentes, preparas alimentos, distribuyes remedios, añades el gasto de las medicinas, consuelas a los afligidos y te alegras con los que se recuperan.¡ Por cuántos caminos avanzas a partir de una sola de tus virtudes humanas! Cuando, como sucede en la guerra común, ocurría alguna desgracia a las legiones, te vi recorrer las tiendas preguntando si estaban a salvo, tratar las heridas de los heridos y, para que se aplicaran los remedios salvadores y no se descuidara nada, insistir; vi a algunos que rechazaban la comida tomarla cuando tú la recomendabas, escuché palabras que pronunciabas para confirmar su salud y atender los deseos de cada uno: cargar las mochilas de estos en mulas de la corte, proporcionar a aquellos bestias de carga especiales, restaurar los servicios de los criados perdidos de otros, aliviar la pobreza de unos con tus gastos, cubrir la desnudez de estos con vestidos, hacerlo todo incansable y bondadosamente, con la mayor piedad y sin ninguna ostentación, ofrecerlo todo a los enfermos y no reprochar nada a los sanados. Por ello, al hacerte más querido para todos que nuestra propia salud, mereciste tener amigos obligados, prontos, devotos, fieles, que permanecerán por toda la eternidad, de tal clase que el afecto, más que la fortuna, los une. XVI II. Concluiré a continuación mi discurso, piadosísimo Augusto, más bien con el fin de mis palabras que de mi gratitud, pues esta es perpetua y, en un espacio inabarcable, ignora el límite de la meta; sin embargo, con un pequeño giro, y no lejos de ti, me dirigiré a Dios. Eterno progenitor de todas las cosas, tú mismo no engendrado, artífice y causa del mundo, más antiguo que el principio, más duradero que el fin, que has construido templos y altares para ti en las mentes penetrables de los iniciados, tú, que infundiste en Graciano, señor de las cosas humanas, tales semillas de nuestro amor, de modo que, sin volverse más lento en su partida, recordara al que dejaba atrás, iluminara al ausente y lo prefiriera a los presentes; y luego, porque no podía estar presente en los inicios de mi dignidad debido a la distancia de los lugares, acudiera a la solemnidad de la investidura del cargo, para que el deber no faltara a los beneficios.¿ Pues qué memoria de los antepasados ha imaginado jamás un recorrido de tanta rapidez, incluso en las audaces fábulas de los griegos? Pegaso, el alado, impulsado desde Licia, no pasó más allá de Cilicia. Cilaro y Arión envejecieron entre Argos y Nemea. Los mismos caballos de los Cástores, que es el viaje más largo, no lo recorren sino cambiando de jinete. Tú, Graciano, tantos límites del imperio romano, tantos ríos y lagos, tantos obstáculos de antiguos reinos, desde Tracia a través de todo el lado de Iliria, tan largo como es, Venecia, Liguria y la antigua Galia, las insuperables tierras de Recia, los vados del Rin, los caminos intransitables de los Secuanos, las extensiones de Germania, los recorres con un paso más rápido que la celeridad de mi discurso, sin descanso de ocio, ni siquiera con el regalo liberal del sueño o la comida, para que ilumines inesperadamente tus Galias, para que te anticipes a tu cónsul, aunque seas deseado, para que hagas más lenta a esa misma fama que suele preceder a los vientos. Esto, concedido a mi vejez y a este honor por ti, lo permitió aquel Dios supremo, testigo, árbitro y autor de tu imperio y de tus consejos, para que la silla curul, cuyo asiento adornarás frecuentemente, para que mi pretexta, teñida con la luz de tu púrpura, para que mi trabea, no más espléndida por su oro que por tu regalo, la cual la dignidad de tu discurso desde Iliria honró, las hicieras más ilustres ante las Galias, para que a tu cuestor, a tu prefecto del pretorio, a tu cónsul y, lo que aún antepones a todos mis títulos, a tu preceptor, a quien habías declarado con piadosa voz, preferido con justa razón, enriquecido con liberal generosidad, consagraras con los oficios de la dignidad augusta.