1
AUSONIO AL LECTOR, SALUD. Ausonio fue mi padre, y yo llevo el mismo nombre: he escrito quién soy, cuál es mi escuela, mi linaje, mi hogar y mi patria, para que tú, buen hombre, quienquiera que seas, me conozcas y, una vez conocido, me honres con memoria agradecida. La patria de mi padre es Vasates; la estirpe de mi madre, por parte de padre, es la de los eduos, y su madre era de los tarbelos de Dax; yo mismo nací en Burdeos: el origen de mi linaje se divide entre cuatro antiguas ciudades. De aquí se extendió ampliamente mi parentesco; que muchos tomen sus nombres de nuestra casa, como les plazca: a otros les agradan los nombres derivados, a nosotros nos complacen los que provienen del tronco original, no como parientes, sino como originarios; pero vuelvo a mi relato. Mi padre se dedicó a la medicina, la única de las disciplinas que ha dado dioses. Yo volqué mi estudio a la gramática y pronto, en la medida suficiente, también a la retórica. No es que no frecuentara los foros, pero me atraía más el cuidado de la enseñanza, y merecí el nombre de gramático, no tan grande, ciertamente, como para que mi gloria pudiera eclipsar a Emilio, a Escauro o a Probo de Berito, pero sí lo suficiente como para mirar a muchos de mis compatriotas, nombres aquitanos, comparado con ellos, aunque no subordinado. Tras haber transcurrido tres décadas, abandoné la labor docente municipal, pues fui llamado a acudir a los palacios áureos de Augusto para enseñar como gramático a la descendencia de Augusto, y pronto también como retórico; y, puesto que no tengo una confianza vana ni una gloria de juicio poco sólido, cedo, sin embargo, ante maestros de mayor fama, siempre que nadie haya tenido un discípulo mejor. Alcides tuvo a Atlante y el Eácida a Quirón— aquel casi engendrado por Júpiter, este hijo de Júpiter—, y tuvieron a Tesalia y Tebas como sus hogares: pero este mío reina en todo su orbe. De él fui compañero, cuestor y, cumbre de los honores, prefecto de las Galias, de Libia y del Lacio; y, habiendo obtenido antes las fasces y la curul latina, fui cónsul, con un colega posterior. Este es, pues, Ausonio: pero no desprecies que yo mismo me proponga como patrón para mis poemas.
2
AUSONIO A SIAGRIO. Así como habitas la sede de mi corazón, querido Siagrio, y como otro yo habitas el Ausonio común: así también serás mencionado en mi libro, de modo que no haya diferencia alguna entre si es tuyo o mío.
3
Teodosio Augusto a su padre Ausonio, salud. El amor que siento por ti y la admiración por tu ingenio y tu erudición, que son inmensamente grandes, me han llevado, queridísimo padre, a dejar de lado la costumbre habitual de los príncipes y a enviarte un discurso familiar escrito de mi propia mano, pidiéndote, no por derecho real, sino por el de aquel afecto privado que nos une, que no permitas que me vea privado de la lectura de tus escritos, los cuales conocí hace tiempo y, olvidados ya con el paso de los años, vuelvo a desear; no solo para recordar lo que ya es conocido, sino también para recibir aquello que se menciona añadido por la célebre fama, lo cual tú, que me amas, compartirás gustoso desde el almacén de tus archivos, siguiendo el ejemplo de los mejores autores, a quienes mereciste igualar: ellos entregaban sus obras a Octaviano Augusto cuando este detentaba el poder, componiendo muchas cosas sin fin en su honor. No sé si él los admiró tanto como yo a ti, pero ciertamente no los quería más. Adiós, padre.
4
A MI SEÑOR Y DE TODOS, TEODOSIO AUGUSTO, TU AUSONIO. Si la rubia Ceres ordena al agricultor entregar semillas a la tierra, si Gradivo ordena al caudillo tomar las armas, si Neptuno ordena soltar del puerto la nave desarmada: es tan lícito confiar como ilícito dudar, por más que el mar enfurecido se encrespe y la tierra esté cruda para las semillas, y la mano no sea lo bastante apta para la guerra; no dudes nada ante un buen autor. Los mortales buscan consejo, tú cumple con certeza las órdenes de un dios. Augusto me ordena escribir y reclama mis poemas casi rogando: en el halago se esconde la fuerza del imperio. No tengo ingenio, pero César lo ha ordenado: lo tendré.¿ Por qué negaría que puedo, si él piensa que puedo? Él mismo despierta mis fuerzas inválidas y ayuda al mismo tiempo a quien ordena: basta con que mi obediencia sea suficiente. No es seguro contradecir a un dios. A menudo se alaba la demora del pudor, siempre que dudes frente a un igual. Es más, los poemas que no fueron ordenados hace tiempo que intentan brotar;¿ quién no querría ser el libro de César, para no cargar con un bardo indigno y cien tachaduras, que siempre deben cambiarse con una nota peor? Tú solo recuerda, padre romano, que tú mismo lo ordenaste, y en mis faltas concédete a ti mismo el perdón.