0
Asceticon magnum. CAPÍTULOS DE LAS REGLAS EXTENSAS. 1. Sobre el orden y la secuencia de los mandamientos del Señor. 2. Sobre el amor a Dios, y que la inclinación y la fuerza hacia los mandamientos del Señor son naturales en los hombres. 3. Sobre el amor al prójimo. 4. Sobre el temor de Dios. 5. Sobre la imperturbabilidad de la mente. 6. Que es necesario vivir en soledad. 7. Sobre la necesidad de vivir con personas de ideas afines con el propósito de agradar a Dios; y que es difícil y peligroso vivir como solitario. 8. Sobre la renuncia. 9. Sobre el hecho de que no se debe ceder a los parientes según la carne lo que pertenece a uno mismo. 10. Sobre a quiénes se debe recibir en la vida según Dios, y cuándo o cómo. 11. Sobre los esclavos. 12. Cómo se debe recibir a los que viven en pareja. 13. Que el ejercicio del silencio es útil para los que son introducidos. 14. Sobre los que se han comprometido a sí mismos con Dios y luego intentan retractarse de su compromiso. 15. Sobre la acogida y educación de los niños, y sobre el compromiso de las vírgenes. 16. Sobre la templanza. 17. Que también se debe ser templado en la risa. 18. Que se debe probar de todo lo que se nos sirve. 19. Cuál es la medida de la templanza. 20. Cuál es el modo de recibir los alimentos. 21. Cómo se debe comportar uno respecto a los asientos y los lugares donde recostarse en el momento de las comidas o cenas. 22. Cuál es el vestido apropiado para un cristiano. 23. Sobre el cinturón. 24. Sobre el modo de comportarse unos con otros. 25. Que es terrible el juicio para el superior que no reprende a los que pecan. 26. Sobre confiar al superior todo, incluso los secretos del corazón. 27. Que también el superior debe ser amonestado por los que sobresalen en la hermandad, si alguna vez se equivoca. 28. Cómo deben comportarse todos respecto al desobediente. 29. Sobre el que trabaja con altivez o murmuración. 30. Con qué disposición debe el superior cuidar de los hermanos. 31. Que se debe aceptar el servicio del superior. 32. Cómo se debe comportar uno respecto a los parientes según la carne. 33. Cuál es el modo de conversar con un hermano. 34. Cómo deben ser los que administran las necesidades en la hermandad. 35. Si es necesario que se formen varias hermandades en la misma aldea. 36. Sobre los que se retiran de la hermandad. 37. Si se debe descuidar el trabajo con el pretexto de las oraciones y la salmodia, y cuáles son los momentos adecuados para la oración, y primero si se debe trabajar. 38. Qué oficios convienen a nuestra profesión. 39. Cómo se debe realizar la venta de los productos del trabajo, y cómo viajar. 40. Sobre los asuntos en las asambleas. 41. Sobre la autoridad y la obediencia. 42. Con qué propósito y con qué disposición deben trabajar los que trabajan. 43. Cómo deben ser los superiores y cómo deben guiar a los que están con ellos. 44. A quiénes se debe permitir viajar, y cómo interrogarlos al regresar. 45. Que debe haber alguien más después del superior que pueda cuidar de los hermanos en su ausencia o cuando esté ocupado. 46. Sobre no ocultar un pecado, ni el de un hermano ni el propio. 47. Sobre los que no aceptan las normas establecidas por el superior. 48. Que no se debe ser curioso sobre las gestiones del superior, sino atender al propio trabajo. 49. Sobre las disputas en la hermandad. 50. Cómo se debe reprender al superior. 51. Cómo se debe corregir la falta del que ha pecado. 52. Con qué disposición se deben aceptar las correcciones. 53. Cómo los maestros de los oficios corregirán a los niños que cometen faltas. 54. Sobre que los superiores de la hermandad deben confiarse mutuamente sus asuntos. 55. Si es conforme al propósito de la piedad utilizar los servicios de la medicina. REGLAS EXTENSAS DEL PADRE NUESTRO ENTRE LOS SANTOS BASILIO, ARZOBISPO DE CESAREA DE CAPADOCIA, SEGÚN PREGUNTA Y RESPUESTA. PREGUNTA 1. Sobre el orden y la secuencia de los mandamientos del Señor. Puesto que la razón nos ha dado autoridad para preguntar, antes que nada necesitamos ser instruidos sobre si existe un orden y una secuencia en los mandamientos de Dios, de modo que uno sea el primero, otro el segundo, y así sucesivamente; o si todos están vinculados entre sí y todos son de igual valor respecto al principio, de modo que sea libre para quien quiera, como en un círculo, comenzar por donde desee. RESPUESTA. Vuestra pregunta es antigua y fue expuesta hace tiempo en los Evangelios, cuando el doctor de la ley se acercó al Señor y dijo: Maestro,¿ cuál es el primer mandamiento en la ley? Y el Señor respondió: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu fuerza, y con toda tu mente. Este es el primero y gran mandamiento. El segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. El Señor mismo, pues, impuso el orden a sus mandamientos: definiendo como primero y mayor el mandamiento sobre el amor a Dios; y como segundo en orden, y semejante a aquel, o más bien complementario del anterior y dependiente de él, el mandamiento sobre amar al prójimo; de modo que, a partir de lo dicho y de otras cosas semejantes que se encuentran en las Escrituras inspiradas por Dios, es posible comprender el orden y la secuencia en todos los mandamientos del Señor.
2
Sobre el amor a Dios, y que la inclinación y la fuerza hacia los mandamientos del Señor son naturales en los hombres. Por tanto, háblanos primero sobre el amor a Dios. Pues hemos oído que es necesario amar, pero buscamos aprender cómo se puede lograr esto. RESPUESTA. El amor a Dios no necesita ser enseñado. Pues no hemos aprendido de otro a disfrutar de la luz y a aferrarnos a la vida, ni nadie nos enseñó a amar a quienes nos engendraron o nos criaron. Así pues, o incluso mucho más, el aprendizaje del deseo divino no viene de fuera; sino que, junto con la constitución del ser vivo— del hombre, digo—, se ha implantado en nosotros una semilla de razón que tiene desde dentro los principios de la afinidad hacia el amor. La escuela de los mandamientos de Dios, al recibir esto, es natural que lo cultive con cuidado, lo alimente con conocimiento y lo lleve a la perfección por la gracia de Dios. Por eso nosotros también, habiendo aceptado vuestro celo como necesario para el propósito, con la ayuda de Dios y con vuestra colaboración en las oraciones, nos esforzaremos por despertar la chispa del deseo divino oculta en vosotros, según la fuerza que nos ha sido dada a través del Espíritu. Sin embargo, hay que saber que este es un logro, pero en potencia es capaz de activar y abarcar todo mandamiento. Pues el que me ama, dice el Señor, guardará mis mandamientos; y de nuevo, que en estos dos mandamientos cuelgan toda la ley y los profetas. Y no intentaremos ahora recorrer el discurso con precisión( pues así podríamos pasar por alto todo el discurso sobre los mandamientos al rodearlo por partes), sino que, en la medida en que sea proporcionado y apropiado para nuestro propósito actual, os recordaremos el amor que debemos a Dios, diciendo primero esto: que de todos los mandamientos que nos han sido dados por Dios, hemos recibido también de Él las fuerzas para cumplirlos, para que ni nos desanimemos como si se nos exigiera algo demasiado nuevo, ni nos enorgullezcamos como si aportáramos algo más de lo que se nos ha dado. Y a través de estas fuerzas, actuando recta y apropiadamente, completamos piadosamente la vida según la virtud; pero al corromper su energía, nos dejamos arrastrar hacia la maldad. Y esta es la definición de maldad: el uso perverso y contrario al mandamiento del Señor de las cosas que nos han sido dadas por Dios para el bien; así como, por el contrario, la virtud buscada por Dios es el uso de ellas desde una buena conciencia según el mandamiento del Señor. Siendo esto así, diremos lo mismo sobre el amor. Habiendo recibido, pues, el mandamiento de amar a Dios, poseemos la fuerza amorosa implantada inmediatamente en nuestra primera creación; y la prueba no es externa, sino que uno mismo podría aprender esto por sí mismo y en sí mismo. Pues somos deseosos de lo bello por naturaleza, aunque a cada uno le parezca bello algo distinto; y tenemos afecto por lo afín y familiar sin necesidad de enseñanza, y cumplimos voluntariamente toda benevolencia hacia nuestros benefactores.¿ Qué es, pues, más admirable que la belleza divina?¿ Qué concepto de la magnificencia de Dios es más agradable?¿ Qué deseo del alma es tan agudo e insoportable como el que nace de Dios en el alma purificada de toda maldad, y que dice desde una disposición verdadera: Estoy herida de amor? Los destellos de la belleza divina son totalmente inefables e indescriptibles; la palabra no los representa, el oído no los recibe. Aunque hables de los rayos del lucero del alba, de la claridad de la luna o de la luz del sol, todo es indigno en comparación con la gloria, y queda más atrás en la comparación con la luz verdadera que lo que la noche profunda y la sombría oscuridad están respecto al mediodía más puro. Esta belleza es invisible para los ojos carnales, pero comprensible solo para el alma y la mente, si es que ha iluminado a alguno de los santos, y les ha dejado el aguijón del deseo insoportable, quienes, angustiados por la vida aquí, decían:¡ Ay de mí, que mi peregrinación se ha prolongado!¿ Cuándo vendré y me presentaré ante el rostro de Dios?; y aquello: Deseo partir y estar con Cristo, que es mucho mejor; y aquello: Mi alma tuvo sed de Dios, el fuerte, el viviente; y: Ahora despides a tu siervo, Señor. Como si esta vida fuera una prisión, así de difícilmente retenibles eran en sus impulsos aquellos a quienes el deseo divino tocó sus almas. Quienes, por tener una sed insaciable de la contemplación de la belleza divina, hacían oración para que la contemplación de la dulzura del Señor se extendiera por toda la vida eterna. Así, pues, los hombres son naturalmente deseosos de lo bello. Pero lo bello y amable por excelencia es el bien. Y Dios es bueno; y todo desea el bien; por tanto, todo desea a Dios. De modo que lo que se logra por libre elección también existe en nosotros naturalmente, al menos en aquellos cuyos pensamientos no han sido distorsionados por la maldad. Por tanto, se nos exige como una deuda necesaria el amor a Dios, que para el alma carente de él es lo más insoportable de todos los males. Pues la alienación y el alejamiento de Dios es más insoportable y pesado para quien lo padece que los castigos esperados en la gehenna, así como la privación de la luz lo es para el ojo, aunque no haya dolor, y para el ser vivo la privación de la vida. Y si existe un afecto natural de los hijos hacia los que los engendraron, y esto lo demuestra tanto la relación de los irracionales como la disposición de los hombres en la primera edad hacia sus madres, no parezcamos más irracionales que los niños, ni más salvajes que las fieras, comportándonos sin afecto y como extraños hacia quien nos creó; a quien, aunque no supiéramos por su bondad cómo es, por el solo hecho de haber sido creados por Él, estamos obligados a amar y querer sobremanera, y a estar colgados de su memoria continuamente, como los niños de sus madres. Pero el benefactor es superior a los amados naturalmente. Y esto no es un rasgo solo de los hombres, sino una pasión de casi todos los animales, la afinidad hacia quienes les han dado algún bien. Conoció, dice, el buey a su dueño, y el asno el pesebre de su señor. Y lejos esté de decirse de nosotros lo siguiente: que Israel no me conoció, y el pueblo no me comprendió. Pues sobre el perro, y muchos otros animales semejantes,¿ qué necesidad hay de decir cuánta benevolencia muestran hacia quienes los alimentan? Y si elegimos naturalmente la benevolencia y el cariño hacia los benefactores, y soportamos todo esfuerzo en retribución de lo que hemos recibido,¿ qué palabra puede alcanzar dignamente los dones de Dios? Que son tantos en multitud que escapan a la numeración; y tan grandes en magnitud y tales, que bastaría uno solo para hacernos responsables de toda gratitud hacia quien lo dio. Pasaré por alto, pues, las otras cosas que, aunque por sí mismas sobresalen en magnitud y gracia, al ser superadas por las mayores, como las estrellas por los rayos solares, ofrecen su gracia más tenue. Pues no hay tiempo, habiendo dejado las que sobresalen, para medir la bondad del benefactor a partir de las menores. Callen, pues, los amaneceres del sol y los ciclos de la luna, las mezclas de los aires, los cambios de las estaciones, el agua de las nubes y la otra de la tierra, el mar mismo, la tierra entera, lo que crece de la tierra, lo que habita en las aguas, los géneros en el aire, las innumerables diferencias de los animales, todo lo ordenado para el servicio de nuestra vida. Pero aquello no es posible pasarlo por alto ni queriendo, y es totalmente imposible para quien tiene una mente sana y razón callar la gracia; pero decir algo más digno es más imposible aún: que Dios, habiendo creado al hombre a imagen y semejanza de Dios, y habiéndolo hecho digno de su propio conocimiento, y habiéndolo adornado con la razón por encima de todos los animales, y habiéndole permitido disfrutar de las inefables bellezas del paraíso, y habiéndolo establecido como señor de todo lo que hay en la tierra, y luego, habiendo sido engañado por la serpiente y caído en el pecado, y a través del pecado en la muerte, y lo que es digno de esto, no lo pasó por alto; sino que primero dio la ley como ayuda, puso ángeles para la custodia y el cuidado, envió profetas para la reprensión de la maldad y la enseñanza de la virtud, cortó los impulsos de la maldad con amenazas, despertó el celo por los bienes con promesas, manifestó el fin de ambos muchas veces en diferentes personas para amonestación de los demás, y a pesar de todo esto y de cosas semejantes, no se apartó de los que persistían en la desobediencia. Pues no fuimos abandonados por la bondad del Señor, ni cortamos su amor hacia nosotros, habiendo ultrajado al benefactor por la insensibilidad de los honores; sino que fuimos llamados de la muerte, y fuimos vivificados de nuevo por el mismo Señor nuestro Jesucristo. En quien también el modo del beneficio tiene un mayor asombro: Pues existiendo en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo. Y tomó nuestras debilidades, y cargó con nuestras enfermedades, y fue herido por nosotros, para que por su llaga nosotros fuéramos sanados; y nos redimió de la maldición, haciéndose maldición por nosotros, y soportó la muerte más deshonrosa, para que nos devolviera a la vida gloriosa. Y no se contentó solo con vivificar a los que estaban muertos, sino que también otorgó la dignidad de la divinidad, y preparó descansos eternos, que superan todo concepto humano por la magnitud de la alegría.¿ Qué, pues, devolveremos al Señor por todo lo que nos ha devuelto? Pero Él es tan bueno que ni siquiera exige retribución, sino que se contenta solo con ser amado por lo que ha dado. Cuando llego a pensar en todo esto( para decir mi propia pasión), caigo en un estremecimiento y en un éxtasis terrible, no sea que por falta de atención de la mente, o por la ocupación en cosas vanas, habiendo caído del amor de Dios, me convierta en oprobio para Cristo. Pues el que ahora nos engaña, y mediante los señuelos mundanos se esfuerza con todo artificio por hacernos olvidar al benefactor, saltando sobre nosotros para la perdición de nuestras almas y pisoteándonos, presentará entonces nuestro desprecio como oprobio al Señor, y se jactará de nuestra desobediencia y apostasía; él, que ni nos creó, ni murió por nosotros, pero aun así nos tuvo siguiéndolo en la desobediencia y en el descuido de los mandamientos de Dios. Este oprobio contra el Señor, y esta jactancia del enemigo, me parece más pesado que los castigos en la gehenna, ser materia de jactancia para el enemigo de Cristo y ocasión de altivez contra el mismo que murió y resucitó por nosotros, a quien por esto mismo somos deudores en mayor medida, como está escrito. Y sobre el amor a Dios, baste esto. Pues el propósito, como dije antes, no es decir todo— pues es imposible—, sino despertar en los capítulos una breve memoria que siempre despierte el deseo divino en las almas.
3
Sobre el amor al prójimo. Sería consecuente tratar sobre el segundo mandamiento en orden y en fuerza. RESPUESTA. Que la ley es cultivadora y nutricia de las fuerzas que existen en nosotros como semillas, lo hemos dicho en los discursos anteriores; pero puesto que se nos ha ordenado amar al prójimo como a nosotros mismos, aprendamos si también tenemos fuerza para el cumplimiento de este mandamiento de parte de Dios.¿ Quién, pues, no sabe que el hombre es un ser vivo manso y social, y no solitario ni salvaje? Pues nada es tan propio de nuestra naturaleza como el comunicarnos unos con otros, y necesitar unos de otros, y amar a los de nuestra misma especie. De lo que el Señor mismo nos dio las semillas de antemano, de eso mismo busca los frutos, diciendo: Un mandamiento nuevo os doy, que os améis unos a otros. Y queriendo despertar nuestra alma hacia este mandamiento, no exigió como prueba de sus discípulos señales y poderes paradójicos( aunque también les otorgó la energía de estos en el Espíritu Santo); sino,¿ qué dice? En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis amor unos con otros. Y así, en todas partes, une estos mandamientos de tal manera que traslada a sí mismo el bien hecho al prójimo. Pues tuve hambre, dice, y me disteis de comer, y lo demás. Luego añade que: En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis. Por tanto, a través del primero es posible lograr también el segundo; y a través del segundo volver de nuevo al primero; y amando al Señor, amar consecuentemente también al prójimo. Pues el que me ama, dijo el Señor, guardará mis mandamientos. Y este, dice, es mi mandamiento, que os améis unos a otros, como yo os he amado; y amando de nuevo al prójimo, cumplir el amor a Dios, recibiendo Él mismo la gracia hacia sí mismo. Por eso, el fiel siervo de Dios, Moisés, mostraba tanto amor hacia los hermanos que elegía ser borrado del libro de Dios en el que estaba escrito, si no se perdonaba al pueblo el pecado. Y Pablo se atrevió a orar por ser anatema de Cristo por sus hermanos, sus parientes según la carne, queriendo ser él mismo un intercambio por la salvación de todos, a imitación del Señor; sabiendo a la vez que era imposible que fuera alienado de Dios quien, por el amor a Él, renunciaba a la gracia de Dios por el mayor de los mandamientos, y que por esto iba a recibir mucho más de lo que había dado. Sin embargo, que los santos llegaron hasta esta medida del amor al prójimo, lo dicho es prueba suficiente.
4
Sobre el temor de Dios. RESPUESTA. Para los que apenas son introducidos en la piedad, la iniciación a través del temor es más útil, según la recomendación del sapientísimo Salomón, que dijo: Principio de la sabiduría, el temor del Señor; pero para vosotros, como quienes han superado la infancia en Cristo, y ya no necesitan leche, sino que pueden perfeccionar al hombre interior con el alimento sólido de los dogmas, se necesita de los mandamientos más capitales, en los cuales se logra toda la verdad del amor en Cristo, guardándose, claro está, de que la abundancia de los dones de Dios no sea causa de una condena más pesada para vosotros, al haberos comportado con ingratitud hacia el benefactor. Pues a quien mucho le confiaron, dice, más le exigirán.
5
Sobre la imperturbabilidad de la mente. RESPUESTA. Sin embargo, hay que saber esto: que no podemos lograr la observancia de ningún otro mandamiento, ni el amor mismo a Dios, ni el amor al prójimo, si nuestras mentes se distraen de vez en cuando en otras cosas. Pues no es posible perfeccionar un arte o una ciencia si uno se traslada de vez en cuando a otra; ni tampoco superar una sola, si no se conocen las cosas propias del fin. Pues es necesario que las acciones sigan al propósito, ya que nada de lo que se hace según la razón se logra a través de cosas ajenas. Pues ni el fin de la herrería puede lograrse a través de las obras de la alfarería, ni las coronas atléticas se logran a partir del celo por tocar la flauta; sino que para cada fin se busca el esfuerzo propio y armonizante. De modo que también el ejercicio de la complacencia a Dios según el Evangelio de Cristo se logra para nosotros en la retirada de las preocupaciones del mundo y en la total alienación de las distracciones. Por eso el Apóstol, aun siendo el matrimonio permitido y digno de bendición, contrapuso las ocupaciones que provienen de él a las preocupaciones por Dios, como si estas no pudieran coexistir, diciendo: El no casado se preocupa de las cosas del Señor, cómo agradar al Señor; pero el casado se preocupa de las cosas del mundo, cómo agradar a su mujer. Así también el Señor testificaba a sus discípulos después de la disposición sincera e imperturbable, diciendo: Vosotros no sois de este mundo. Y por el contrario, testificó que el mundo es incapaz de recibir el conocimiento de Dios, ni de contener al Espíritu Santo; pues dice: Padre justo, y el mundo no te conoció; y: El Espíritu de la verdad, que el mundo no puede recibir. Es necesario, pues, que se rompan las cadenas del apego a la vida para quien va a seguir verdaderamente a Dios; y esto se logra a través de la retirada total y el olvido de las antiguas costumbres. Pues si no nos extrañamos a nosotros mismos, tanto del parentesco carnal como de la comunión de vida, trasladándonos como a otro mundo a través de la relación, según el que dijo: Pues nuestra ciudadanía existe en los cielos, es imposible que logremos el propósito de la complacencia a Dios, habiendo dicho el Señor de manera definitiva que: Así, todo el que de vosotros no renuncia a todas sus posesiones, no puede ser mi discípulo. Habiendo hecho esto, conviene guardar con todo cuidado el propio corazón, para no expulsar el concepto sobre Dios, ni manchar la memoria de sus maravillas con fantasías de cosas vanas; sino, a través de la memoria continua y pura, llevar consigo el concepto santo de Dios impreso en nuestras almas, como un sello indeleble. Pues así logramos el amor a Dios, que a la vez despierta hacia la realización de los mandamientos del Señor, y es conservado por ellos mismos hacia lo duradero e infalible. Y esto lo muestra el Señor, a veces diciendo: Si me amáis, guardad mis mandamientos, y a veces, que: Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, y aún más persuasivamente: Como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor. De lo cual nos enseña a dirigir siempre el celo hacia el trabajo propuesto, poniendo la voluntad del que manda como un objetivo, tal como dice en otro lugar, que: He descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del Padre que me envió. Pues así como las artes en la vida, habiéndose propuesto ciertos objetivos propios, armonizan consecuentemente las acciones particulares con ellos; así también, estando puesto un solo límite y regla para nuestras obras, el hacer los mandamientos de manera agradable a Dios, es imposible que se logre la precisión de la obra de otra manera si no se realiza según la voluntad del que la ha dado. Y en el celo preciso por la voluntad de Dios respecto a la obra, existirá la unión con Dios a través de la memoria. Pues así como el herrero en el trabajo, si se da el caso, del hacha, recordando al que se la ha dado, y llevándolo en la mente, piensa en esa forma y tamaño, y dirige el trabajo hacia la voluntad del que lo ha propuesto( pues si se olvida, hará otra cosa, o algo distinto de lo que se propuso); así también el cristiano, dirigiendo toda energía, pequeña o mayor, hacia la voluntad de Dios, a la vez adorna la acción con la precisión, y preserva el concepto del que manda, y cumple lo dicho: Veía al Señor delante de mí continuamente, porque está a mi derecha, para que no sea movido. Y logra aquello que fue ordenado: Ya sea que comáis o bebáis, o hagáis cualquier cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios. Pero al corromper en el trabajo la precisión del mandamiento, es evidente que es débil en la memoria de Dios. Recordando, pues, la voz del que dijo:¿ No lleno yo el cielo y la tierra?, dice el Señor; y aquello: Dios que se acerca soy yo, y no Dios desde lejos; y aquello: Donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy en medio de ellos; se debe realizar toda energía, como hecha bajo los ojos del Señor, y todo concepto, como supervisado por Él. Pues así también el temor duradero existirá, odiando la injusticia, según lo escrito, la soberbia y la arrogancia y los caminos de los malvados, y el amor se perfecciona, cumpliendo lo dicho por el Señor, que: No busco mi voluntad, sino la voluntad del Padre que me envió, estando el alma en una seguridad continua de que tanto las buenas acciones son aceptables para el juez y árbitro de nuestra vida, como las que tienen la disposición contraria reciben de allí mismo la condena. Y creo que con esto se logra también que ni siquiera los mandamientos del Señor se hagan para agradar a los hombres. Pues nadie en la seguridad de la presencia del superior se vuelve hacia el inferior; sino que, aunque suceda que lo que se hace sea aceptable y agradable para la persona más gloriosa, y para la más humilde parezca indeseable y censurable, poniendo en mayor valor la aceptación del que sobresale, desprecia la censura del inferior. Y si ante los hombres es así,¿ el alma que verdaderamente está sobria y sana, en la seguridad de la presencia de Dios, se volverá alguna vez hacia las glorias de los hombres, dejando de hacer algo para agradar a Dios?¿ O descuidará los mandamientos de Dios y servirá a la costumbre humana, o será dominada por una prevención común, o será avergonzada por los cargos? Tal era la disposición del que dijo: Me contaron los transgresores sus habladurías, pero no como tu ley, Señor; y de nuevo: Y hablaba de tus testimonios delante de reyes, y no me avergonzaba.
6
Sobre la necesidad de vivir en soledad. RESPUESTA. Contribuye a que el alma no se distraiga el vivir en soledad en cuanto a la morada. Pues el tener la vida mezclada con aquellos que se comportan sin temor y con desprecio hacia la observancia precisa de los mandamientos es perjudicial, como lo demuestra la palabra de Salomón, que nos enseña:« No seas compañero de un hombre iracundo; ni te juntes con un amigo colérico, no sea que aprendas sus caminos y tomes lazos para tu alma». Y lo que dice el Señor:« Salid de en medio de ellos y apartaos», conduce a lo mismo. Por tanto, para que no recibamos incitaciones al pecado ni por los ojos ni por los oídos, y para que no nos habituemos a él de manera inadvertida, y para que no permanezcan en el alma, como ciertos sellos y caracteres, las cosas vistas y oídas para ruina y perdición, y para que podamos perseverar en la oración, vivamos primero en soledad en cuanto a la morada. Pues así podríamos superar el hábito anterior, en el que vivimos de manera ajena a los mandamientos de Cristo( y no es pequeña esta lucha, superar el propio hábito; pues un hábito consolidado a través de un largo tiempo adquiere la fuerza de la naturaleza), y podremos borrar las manchas del pecado mediante la oración laboriosa y el estudio constante de los deseos de Dios; estudio y oración que es imposible realizar en medio de tantas cosas que distraen el alma y producen ocupaciones mundanas. Y el pasaje:« Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo»,¿ cuándo podría alguien cumplirlo estando en medio de estas cosas? Pues es necesario que nosotros, habiéndonos negado a nosotros mismos y habiendo tomado la cruz de Cristo, sigamos así a él. Y la negación de sí mismo es el olvido total de las cosas pasadas y el apartamiento de los propios deseos, lo cual es dificilísimo de lograr viviendo en la costumbre indiferente, por no decir que es totalmente inalcanzable. Pero también la convivencia con tal vida es un obstáculo para tomar la cruz de uno mismo y seguir a Cristo. Pues la preparación para la muerte por Cristo, y la mortificación de los miembros que están sobre la tierra, y el estar dispuesto de manera resuelta ante todo peligro que nos sobrevenga por el nombre de Cristo, y el no tener apego a la vida presente, esto es tomar la cruz de uno mismo; para lo cual vemos que la costumbre de la vida común nos pone grandes obstáculos. Y además de todas las otras muchas cosas, el alma que mira hacia la multitud de los que transgreden la ley, primero no tiene tiempo para darse cuenta de sus propios pecados y para quebrantarse a sí misma mediante el arrepentimiento por sus faltas; y en la comparación con los peores, adquiere cierta fantasía de logro; luego, por los ruidos y las ocupaciones que la vida común suele producir, al ser arrancada del recuerdo más digno de Dios, no solo se priva de regocijarse y alegrarse en Dios, y de deleitarse en el Señor, y de endulzarse con sus palabras, de modo que pueda decir:« Me acordé de Dios y me alegré», y«¡ Cuán dulces son a mi paladar tus palabras, más que la miel a mi boca!», sino que también se habitúa al desprecio y al olvido total de sus juicios, de lo cual no podría sufrir mal mayor ni más destructivo.
7
Sobre el deber de vivir con los que tienen el mismo propósito de agradar a Dios; y sobre que es difícil y a la vez peligroso vivir solo. Puesto que la palabra nos ha convencido de que es peligroso vivir con aquellos que tienen una actitud de desprecio hacia los mandamientos del Señor, pedimos aprender si es necesario que el que se ha retirado de ellos viva solo por sí mismo, o que viva con hermanos que tienen el mismo sentir y que han elegido el mismo propósito de piedad. RESPUESTA. Considero que la convivencia de muchos en un mismo lugar es mucho más útil para muchas cosas. En primer lugar, porque ninguno de nosotros es autosuficiente para las necesidades del cuerpo, sino que nos necesitamos mutuamente en la provisión de lo necesario. Pues así como el pie tiene una fuerza, pero carece de otra, y sin la ayuda de los demás miembros no encuentra ni su propia actividad posible o autosuficiente para su subsistencia, ni tiene consuelo de lo que le falta; así también en la vida solitaria, lo que tenemos se vuelve inútil y lo que falta queda sin consuelo, habiendo determinado el Dios creador que nos necesitemos unos a otros, como está escrito, para que también nos unamos unos a otros. Sin esto, tampoco la palabra del amor de Cristo permite que cada uno busque lo suyo. Pues el amor, dice, no busca lo suyo. Pero la vida solitaria tiene un solo propósito: el cuidado de las necesidades de cada uno. Y esto es manifiestamente contrario a la ley del amor, que el Apóstol cumplía, no buscando su propio beneficio, sino el de muchos, para que se salven. Además, en la separación, tampoco cada uno reconocerá fácilmente su propia falta, al no tener a quien lo reprenda y lo corrija con mansedumbre y compasión. Pues la reprensión, incluso de un enemigo, podría a menudo producir el deseo de curación en el sensato; pero la curación de una falta se logra con conocimiento por parte de quien ha amado sinceramente. Pues el que ama, dice, educa diligentemente. Lo cual es difícil de encontrar en la soledad, al no haberse unido previamente en la vida; de modo que le sucede a él aquello que se dijo:«¡ Ay del solo, porque si cae, no hay quien lo levante!». Y los mandamientos, por parte de muchos en un mismo lugar, se cumplen fácilmente, pero por parte de uno solo ya no; pues en la ejecución de uno se impide el otro. Por ejemplo, en la visita al enfermo, la acogida del extranjero, y en la distribución y comunión de las necesidades( y especialmente cuando los servicios se hacen a larga distancia), el afán por las obras; de modo que por esto se omite el mandamiento más grande y tenaz para la salvación: ni el hambriento es alimentado, ni el desnudo es vestido.¿ Quién, pues, elegiría preferir la vida ociosa y estéril a la fructífera y realizada según el mandamiento del Señor? Y si todos los que hemos sido llamados en una misma esperanza de la vocación somos un solo cuerpo, teniendo como cabeza a Cristo, y cada uno somos miembros los unos de los otros, si no nos unimos por acuerdo hacia la armonía de un solo cuerpo en el Espíritu Santo; y cada uno de nosotros elige la soledad, no sirviendo a la economía según lo que es agradable a Dios para el bien común, sino satisfaciendo la propia pasión de complacencia propia;¿ cómo podemos, estando separados y divididos, salvar la relación y el servicio de los miembros entre sí, o la sumisión a nuestra cabeza, que es Cristo? Pues no es posible ni alegrarse con el que es glorificado, ni sufrir con el que sufre, en la distancia de la vida, al no poder cada uno, como es natural, conocer las cosas del prójimo. Además, como uno solo no basta para recibir todos los dones espirituales, sino que, según la proporción de la fe en cada uno, al producirse la provisión del Espíritu, en la comunión de la vida, el don propio de cada uno se vuelve común a los que conviven. Pues a uno se le da palabra de sabiduría, a otro palabra de conocimiento, a otro fe, a otro profecía, a otro dones de sanidades, y lo siguiente; de los cuales cada uno no tiene lo que recibe más por sí mismo que por los demás. De modo que es necesario en la vida comunitaria que la energía del Espíritu Santo en uno pase a todos a la vez. El que vive por sí mismo, pues, tiene quizás un don, y lo hace inútil por la ociosidad, habiéndolo enterrado en sí mismo; lo cual, qué peligro tiene, lo saben todos los que han leído los Evangelios; pero en la convivencia de muchos, disfruta también del suyo, multiplicándolo mediante la distribución, y cosecha los de los demás como propios. Y la vida en un mismo lugar tiene también más bienes, que no es fácil enumerarlos todos. Pues para la observancia de los bienes que nos han sido dados por Dios, la soledad es más útil, y para la guardia de la asechanza exterior del enemigo, es más seguro el despertar por parte de los que están vigilantes, si alguna vez le sucediera a uno dormirse en aquel sueño que lleva a la muerte, el cual se nos enseñó a pedir a Dios que no nos suceda, diciendo:« Ilumina mis ojos, no sea que duerma en la muerte»; y para el que peca, el retiro es más fácil, al avergonzarse de la condena que se produce por parte de muchos en acuerdo, de modo que le encajaría a él:« Basta a tal persona este castigo, el de la mayoría»; y para el que logra el éxito, la seguridad es grande tanto en la prueba de los muchos como en el consentimiento de la obra. Pues si por boca de dos o tres testigos se establecerá toda palabra, es evidente que mucho más firmemente se confirmará el que realiza la obra buena en el testimonio de los muchos. Pero un peligro acompaña a la vida monástica además de los dichos. Primero y mayor, el de la complacencia propia. Pues no teniendo a nadie que pueda probar su obra, pensará haber llegado a la perfección del mandamiento; luego, al haber encerrado siempre la disposición sin ejercitarla, ni conoce sus propias carencias, ni reconoce el progreso en las obras, al haber eliminado toda materia de la ejecución de los mandamientos. Pues¿ en qué demostrará la humildad, no teniendo a nadie ante quien demostrarse más humilde?¿ En qué la compasión, estando cortado de la comunión de los muchos? Y para la paciencia,¿ cómo se ejercitará, no resistiendo nadie a sus deseos? Y si alguien dice que basta la enseñanza de las divinas Escrituras para la corrección de las costumbres, hace algo semejante al que aprende a construir, pero nunca construye, y al que se le enseña la herrería, pero no elige llevar a la práctica las enseñanzas. A quien le diría el Apóstol:« No los oidores de la ley son justos ante Dios, sino que los hacedores de la ley serán justificados». Pues he aquí que el Señor, por exceso de filantropía, no se contentó solo con la enseñanza de la palabra, sino que, para entregarnos precisa y claramente el ejemplo de la humildad en la perfección del amor, él mismo se ciñó y lavó los pies de los discípulos.¿ A quién, pues, lavarás?¿ A quién curarás?¿ De quién serás el último, viviendo tú por ti mismo? Y lo bueno y agradable, la convivencia de los hermanos en un mismo lugar, que el Espíritu Santo compara con el ungüento que destila de la cabeza del sumo sacerdote,¿ cómo se cumplirá en la vida en soledad? Estadio, pues, de lucha, y camino de progreso, y ejercicio continuo, y estudio de los mandamientos del Señor, es la convivencia de los hermanos en un mismo lugar; teniendo como propósito la gloria de Dios según el mandamiento de nuestro Señor Jesucristo que dijo:« Así brille vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos»; y conservando el carácter de los santos relatados en los Hechos, sobre quienes está escrito:« Todos los que creían estaban juntos y tenían todas las cosas en común; y de nuevo: La multitud de los que habían creído tenía un solo corazón y una sola alma; y ni uno solo decía que era suyo algo de lo que poseía, sino que todas las cosas les eran comunes».
8
Sobre la renuncia. Si es necesario renunciar primero a todo, y así acercarse a la vida según Dios. RESPUESTA. Puesto que nuestro Señor Jesucristo, después de una fuerte demostración a través de muchas cosas, dice a todos:« Si alguno viene a mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame»; y de nuevo:« Así pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todas sus posesiones, no puede ser mi discípulo»; consideramos que el mandato se extiende a más cosas, cuya alienación es necesaria. Pues renunciamos ante todo al diablo, y a las pasiones de la carne, los que hemos renunciado a las cosas ocultas de la vergüenza, y a los parentescos corporales, y a las amistades de los hombres, y al hábito de vida que lucha contra la precisión del Evangelio de la salvación. Y lo que es más necesario que esto, uno renuncia a sí mismo al despojarse del viejo hombre con sus obras, el que se corrompe según los deseos del engaño. Y renuncia también a todos los apegos del mundo, que pueden obstaculizar el propósito de la piedad. Por tanto, tal persona considerará como verdaderos padres a los que lo engendraron en Cristo Jesús a través del Evangelio, como hermanos a los que recibieron el mismo Espíritu de adopción, y prestará atención a todas las posesiones como ajenas, lo cual es, apego. En una palabra, para quien por Cristo todo el mundo ha sido crucificado, y él mismo al mundo,¿ cómo puede aún ser partícipe de las preocupaciones del mundo? Puesto que nuestro Señor Jesucristo lleva al extremo tanto el odio del alma como la negación de sí mismo a través de lo que dice:« Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz»; y entonces añade:« Y sígame»; y de nuevo:« Si alguno viene a mí, y no odia a su padre, y a su madre, y a su mujer, y a sus hijos, y a sus hermanos, y a sus hermanas, y aun a su propia alma, no puede ser mi discípulo». De modo que la renuncia perfecta está en lograr el desapego incluso hacia el vivir mismo, y en tener la sentencia de muerte, para no confiar en sí mismo; pero comienza desde la alienación de las cosas exteriores, como, posesiones, gloria vana, hábito de vida, apego a las cosas inútiles, tal como los santos discípulos del Señor nos mostraron, Santiago y Juan, dejando a su padre Zebedeo, y la barca misma, toda la fuente de la vida; Mateo, levantándose del mismo despacho de impuestos, y siguiendo al Señor, no dejando solo las ganancias que estaban en el despacho, sino también despreciando los peligros que iban a seguirle tanto a él como a los suyos por parte de la autoridad, al dejar incompletos los asuntos del despacho. Y para Pablo, el mundo entero estaba crucificado, y él al mundo. Así, el que está fuertemente poseído por el deseo de seguir a Cristo ya no puede volverse hacia nada de esta vida, ni hacia el afecto de padres o parientes, cuando es contrario a los mandamientos del Señor( pues entonces tiene tiempo también para aquello:« Si alguno viene a mí, y no odia a su padre, y a su madre, y lo demás»); ni hacia el temor humano, de modo que por él se retraiga de algo de lo conveniente, lo cual lograron los santos, diciendo:« Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres»; ni hacia la risa de los de fuera por las cosas buenas, de modo que sea vencido por su desprecio. Y si alguien quisiera conocer más precisa y claramente el tono unido al deseo de los que siguen al Señor, recuerde al Apóstol relatando sus propias cosas para nuestra enseñanza, y diciendo:« Si alguno parece confiar en la carne, yo más: circuncidado al octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos, según la ley fariseo, según el celo perseguidor de la Iglesia, según la justicia que está en la ley, hecho irreprensible; pero las cosas que para mí eran ganancias, las he tenido por pérdida por causa de Cristo. Pero ciertamente, también tengo todas las cosas por pérdida por causa de la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús mi Señor, por quien lo perdí todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo». Pues si( para decir algo audaz, pero verdadero), si a las cosas más desechables del cuerpo, y despreciables, y de las que más nos apresuramos a la alienación, a estas comparó los privilegios legales dados por Dios por un tiempo, como obstáculos del conocimiento de Cristo, y de la justicia en él, y de la conformación a su muerte,¿ qué podría decir uno sobre las cosas consideradas por los hombres?¿ Y qué necesidad hay de confirmar la palabra con nuestros razonamientos y con los ejemplos de los santos? Siendo posible exponer las palabras mismas del Señor, y a través de ellas avergonzar al alma temerosa, testificando clara e irrefutablemente al decir:« Así pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todas sus posesiones, no puede ser mi discípulo»; y en otro lugar, después de:« Si quieres ser perfecto», diciendo primero:« Ve, vende tus posesiones, y da a los pobres; y entonces añade: Ven, sígueme». Y la parábola del mercader es clara para todo sensato que conduce a esto. Pues es semejante, dice, el reino de los cielos a un hombre mercader, que busca buenas perlas, que habiendo encontrado una perla de gran valor, fue y vendió todo lo que tenía, y la compró. Pues es claro que la perla de gran valor ha sido tomada para la semejanza del reino celestial, al cual la palabra del Señor muestra que es imposible que lleguemos, si no renunciamos a todas las cosas que poseemos a la vez, tanto riqueza, como gloria, como linaje, y cualquier otra cosa de las que son muy deseadas por muchos, para el intercambio de él. Además, sin embargo, también es imposible que se logre lo que se busca cuando la mente se divide en diferentes cuidados, declaró el Señor, diciendo:« Nadie puede servir a dos señores»; y de nuevo:« No podéis servir a Dios y a mamón». Un solo tesoro, pues, el celestial, debemos elegir, para que en él tengamos el corazón. Pues donde, dice, está tu tesoro, allí estará también tu corazón. Si, pues, nos dejamos alguna posesión terrenal y alguna riqueza corruptible, al estar la mente enterrada aquí como en algún lodo, es necesario que el alma sea invisible a Dios, y hacia el deseo de los bienes celestiales y de los bienes que nos están reservados en las promesas, inmóvil; cuya posesión es imposible que logremos, si no nos lleva un deseo libre de distracciones y más vehemente hacia su petición, y alivia el esfuerzo por ellos. Es, pues, la renuncia, como la palabra mostró, una disolución de las ataduras de esta vida material y temporal, una libertad de los deberes humanos, preparándonos más aptos para comenzar el camino hacia Dios. Una fuente sin obstáculos de la posesión y uso de las cosas de gran valor, más que el oro y la piedra preciosa. Y, en resumen, una traslación del corazón humano hacia la vida en el cielo, de modo que pueda decir:« Pues nuestra ciudadanía existe en los cielos». Y, lo más grande, un principio de la semejanza hacia Cristo, quien por nosotros se hizo pobre, siendo rico; la cual si no lográramos, es imposible que alcancemos la vida según el Evangelio de Cristo.¿ Pues cuándo, o el quebrantamiento del corazón, o la humildad de pensamiento, o la liberación de la ira, y de la tristeza, y de las preocupaciones, y, en resumen, de las pasiones destructivas del alma, puede lograrse en la riqueza y en las preocupaciones mundanas, en el apego y en la costumbre de las otras cosas? En general, a quien ni siquiera se le permite preocuparse por las cosas necesarias, como alimento y vestido,¿ qué palabra le permite estar sujeto como con espinas malvadas a las preocupaciones de la riqueza, que impiden la fructificación de la semilla sembrada por el agricultor de nuestras almas?; diciendo nuestro Señor:« Estos son los que fueron sembrados entre espinas, los que por las preocupaciones y la riqueza y los placeres de la vida son ahogados, y no llevan fruto».
10
Si es necesario recibir a todos los que se acercan, o a quiénes; y si recibirlos de inmediato, o tras prueba, y cuál es esta. RESPUESTA. Puesto que el filántropo Dios y Salvador nuestro Jesucristo proclama y dice:« Venid a mí, todos los que estáis cansados y cargados, y yo os haré descansar»; no es sin peligro rechazar a los que se acercan al Señor a través de nosotros, y que desean someterse a su yugo suave, y a la carga de los mandamientos, que nos alivia hacia el cielo. Sin embargo, tampoco es necesario permitir que pisen con pies sucios la dignidad de las enseñanzas; sino que, así como nuestro Señor Jesucristo preguntó al joven que se acercó sobre la vida anterior, y habiendo aprendido que se había logrado, ordenó cumplir lo que aún faltaba para la perfección, y entonces permitió seguir; así, evidentemente, también nos conviene conocer la vida pasada de los que se acercan; y a aquellos en quienes ya se ha logrado algo, entregarles las enseñanzas más perfectas, pero a los que se trasladan de una vida malvada, o que han comenzado desde la indiferencia hacia la vida precisa del conocimiento de Dios, es necesario examinarlos, qué clase de carácter tienen; si no son inconstantes, y fáciles de mover ante los juicios. Pues es sospechoso el cambio fácil de tales personas, quienes, al no beneficiarse a sí mismos, se vuelven también causa de daño para otros, reteniendo reproches y mentiras, y blasfemias malvadas de nuestra obra. Puesto que todo se logra con cuidado, y el temor de Dios supera todo tipo de carencias del alma, tampoco de estos se debe desesperar de inmediato, sino que es necesario llevarlos a los ejercicios convenientes, tomando prueba de su juicio con tiempo y esfuerzos laboriosos, para que, si encontramos algo firme en ellos, los recibamos sin peligro; pero si no, estando fuera, sean enviados; de modo que la prueba sea sin daño para la hermandad. Pero es necesario probar también si alguien, habiendo sido sorprendido en pecados, confiesa sin vergüenza las cosas ocultas de la vergüenza, y se vuelve acusador de sí mismo; a la vez que avergüenza y se aparta de los colaboradores de sus obras malvadas, según el que dijo:« Apartaos de mí, todos los que hacéis la iniquidad»; y adquiere seguridad para sí mismo para la vida siguiente, para no caer más en pasiones semejantes. Pero el modo común de prueba en todos es si están dispuestos sin vergüenza hacia toda humildad, de modo que acepten incluso las artes más viles, si la palabra aprueba que su ejecución es útil. Y cuando, a través de todo examen, cada uno sea demostrado por los que son capaces de investigar tales cosas con conocimiento, como algún utensilio útil para el Señor, y listo para toda obra buena, sea contado entre los que se han consagrado al Señor. Pero especialmente al que se apresura desde alguna vida más ilustre hacia la humildad según la semejanza de nuestro Señor Jesucristo, es necesario determinar alguna de las cosas que parecen ser ignominiosas ante los de fuera, y observar si se presenta a sí mismo ante Dios como un trabajador sin vergüenza con toda seguridad.
11
Sobre los siervos. RESPUESTA. Cuantos siervos que están bajo yugo se refugian en las hermandades, tras ser amonestados y mejorados, es necesario enviarlos de vuelta a los señores, según la semejanza del bienaventurado Pablo, quien, habiendo engendrado a Onésimo a través del Evangelio, lo envió de vuelta a Filemón, habiendo convencido a uno de que el yugo de la esclavitud, realizado de manera agradable al Señor, lo constituye digno del reino de los cielos; y habiendo exhortado al otro no solo a dejar la amenaza contra él, recordando al verdadero Señor que dijo:« Si perdonáis a los hombres sus ofensas, también vuestro Padre celestial perdonará vuestras ofensas», sino también a tener una disposición más bondadosa hacia él, al escribir:« Pues quizás por esto se separó por un tiempo, para que lo recibas eternamente, ya no como siervo, sino más que siervo, como hermano amado». Sin embargo, si el señor resultara ser malo, ordenando cosas ilegales, y forzando al siervo hacia la transgresión del mandamiento del verdadero Señor, nuestro Señor Jesucristo, es necesario luchar para que el nombre de Dios no sea blasfemado por aquel siervo que ha hecho algo que no agrada a Dios. Y la lucha se logra o bien en que aquel siervo sea preparado para la paciencia de los sufrimientos que se le infligen, para obedecer a Dios antes que a los hombres, como está escrito, o en que los que lo han recibido asuman como agrada a Dios las pruebas que se les infligen por causa de él.
12
Sobre cómo se debe recibir a quienes viven en matrimonio. RESPUESTA. También a quienes, viviendo en matrimonio, se acercan a tal género de vida, se les debe interrogar si lo hacen de común acuerdo, conforme al mandato del Apóstol( pues dice:« No dispone de su propio cuerpo»); y así, ante varios testigos, recibir al que se acerca. Pues nada es más preferible que la obediencia a Dios. Pero si una de las partes disiente y se opone, preocupándose menos de la complacencia ante Dios, que se recuerde al Apóstol cuando dice:« Dios nos ha llamado en paz»; y que se cumpla el mandato del Señor al decir:« Si alguno viene a mí y no aborrece a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos y lo demás, no puede ser mi discípulo». Pues nada es más preferible que la obediencia a Dios. Nosotros, por nuestra parte, hemos conocido en muchos casos y muchas veces que, mediante una oración intensa y un ayuno incesante, el propósito de la vida en castidad ha prevalecido, haciendo el Señor que aquellos que hasta el final se resistían, se sometan a menudo por necesidad corporal al consentimiento del recto juicio.
13
Que el ejercicio del silencio es útil para los que se inician. RESPUESTA. El ejercicio del silencio es bueno para los que se inician. Pues, al mismo tiempo, ofrecerán una prueba suficiente de su templanza al dominar la lengua, y en el sosiego aprenderán intensa y concentradamente de aquellos que usan el lenguaje con conocimiento, cómo se debe preguntar y responder a cada uno. Pues existe un tono de voz, una mesura en el discurso, una oportunidad en el momento y una propiedad en las palabras, propia y distintiva de los piadosos, que no es posible aprender si no se desaprenden las costumbres adquiridas; el silencio, a la vez que produce el olvido de lo anterior mediante la inactividad, proporciona tiempo libre para el aprendizaje de los bienes. De modo que, a menos que una necesidad propia para el cuidado de la propia alma y para la exigencia ineludible del trabajo que se tiene entre manos, o alguna pregunta de este tipo que se plantee, apremie a hablar, se debe vivir en silencio, exceptuando, claro está, la salmodia.
14
Sobre los que se han comprometido ante Dios y luego intentan quebrantar su compromiso. RESPUESTA. Sin embargo, a cada uno de estos que ha sido admitido en la hermandad y luego ha quebrantado su compromiso, se le debe considerar como alguien que ha pecado contra Dios, ante quien y en quien depositó el compromiso de sus pactos. Pues dice:« Si alguien peca contra Dios,¿ quién intercederá por él?». Quien se ha consagrado a Dios y luego ha saltado hacia otra vida, se ha convertido en sacrílego, habiéndose robado a sí mismo y habiendo arrebatado a Dios su ofrenda. Para tales personas es razonable que ya no se abra la puerta de los hermanos, ni siquiera si se presentaran de paso por una simple necesidad de refugio. Pues el canon apostólico es claro al ordenarnos apartarnos de todo el que vive desordenadamente y no mezclarnos con él, para que se avergüence.
15
Desde qué edad se debe permitir que se comprometan ante Dios y cuándo considerar firme el compromiso de virginidad. RESPUESTA. Dado que el Señor dice:« Dejad que los niños vengan a mí», y el Apóstol alaba al que desde la infancia ha aprendido las Sagradas Escrituras, y a su vez ordena criar a los hijos en la disciplina y amonestación del Señor, juzgamos que todo tiempo, incluso el de la primera infancia, es apto para la acogida de los que se acercan; a los que están privados de padres los recibimos por nuestra cuenta, para llegar a ser, según el celo de Job, padres de huérfanos; a los que están bajo la tutela de sus padres, los recibimos cuando son presentados por ellos mismos ante muchos testigos, para no dar ocasión a quienes buscan ocasión, sino para que toda boca injusta de los que hablan blasfemias contra nosotros sea silenciada. Por tanto, se debe recibir según este principio, pero no conviene que sean contados y registrados inmediatamente en el cuerpo de los hermanos, para que los reproches derivados de sus fracasos no se atribuyan a la vida según la piedad; sino que deben ser criados en toda piedad como hijos comunes de la hermandad, y deben estar separados tanto los hogares como la dieta para los niños varones y para las hembras, de modo que no se produzca en ellos ni familiaridad ni audacia excesiva hacia los mayores, y que, por la rareza del encuentro, se conserve el respeto hacia los que los guían; ni que, a partir de las correcciones aplicadas a los más perfectos por los descuidos en sus deberes, si alguna vez llegara a ocurrir que se distrajeran, se engendre en ellos, de forma oculta, una facilidad para los pecados o una soberbia, al ver a menudo a los mayores tropezar en aquello en lo que ellos mismos tienen éxito. Pues no difiere en nada del niño por edad quien es niño en su mente. De modo que no es de extrañar que a menudo se encuentren las mismas pasiones en ambos. Tampoco que, en aquello en que por la edad se mantiene lo apropiado para los mayores, los jóvenes, por la convivencia, se vuelvan prematuramente descarados. Por tanto, debido a esta administración y a la restante seriedad, se debe separar la vivienda de los niños y de los más perfectos. Y, al mismo tiempo, la casa de los ascetas no tendrá ruido durante el estudio de las enseñanzas, que es necesario para los jóvenes. Pero que las oraciones sean comunes tanto para los niños como para los mayores, las que están establecidas durante el día; pues para los niños hay un hábito de contrición a partir del celo de los más perfectos, y para los que guían no es pequeña la ayuda en las oraciones que proviene de los niños; pero que se asignen a los niños estudios particulares, dietas durante el sueño y la vigilia, y el momento, medida y calidad de la alimentación, de manera apropiada. Y que se encargue de tales personas a quien aventaja por edad, que tiene experiencia sobre los demás y que tiene testimonio de paciencia; de modo que, con compasión paternal y con palabra experta, se corrijan los pecados de los jóvenes, aplicando a cada falta las curaciones propias, de modo que lo mismo contenga la reprensión del pecado y se convierta en un ejercicio de impasibilidad para el alma. Por ejemplo,¿ se enfureció contra su igual? Que sea obligado a curar a este y a servirle en proporción a su atrevimiento. Pues el hábito hacia la humildad extirpa, por así decirlo, lo irascible del alma, ya que la soberbia es la que, en la mayoría de los casos, nos produce la ira.¿ Tocó alimentos fuera de tiempo? Que esté sin comer la mayor parte del día.¿ Fue condenado por comer sin medida o de forma indecorosa? Que, siendo excluido de los alimentos durante el tiempo de la comida, sea obligado a ver a los demás comiendo con conocimiento, de modo que sea castigado con la abstinencia y aprenda la seriedad.¿ Soltó una palabra ociosa, un insulto al prójimo, una mentira o cualquier otra cosa de las prohibidas? Que sea corregido con el vientre y con el silencio. Y es necesario que el estudio de las letras sea apropiado al propósito; de modo que usen nombres de las Escrituras, y en lugar de fábulas se les narren las historias de las obras prodigiosas, y se les eduque con las sentencias de los Proverbios, y se les propongan premios por la memoria de nombres y hechos, de modo que, con alegría y relajación, recorran el propósito sin dolor y sin tropiezos. Y la atención de la mente, y el hábito de no distraerse, podrían darse fácilmente en tales personas mediante la correcta guía, si fueran interrogados continuamente por los supervisores sobre dónde tienen la mente y qué revuelven en sus pensamientos. Pues la sencillez de la edad y su falta de malicia, y su incapacidad para la mentira, confiesan fácilmente los secretos del alma; pero para no ser atrapado continuamente en lo prohibido, tal persona evitaría los pensamientos absurdos y se llamaría a sí misma continuamente al orden, temiendo la vergüenza de las reprensiones. Por tanto, siendo el alma aún moldeable y tierna, y como cera fácil de ceder, fácilmente impresa por las formas de quienes se aplican a ella, debe ser conducida desde el principio a todo ejercicio de bienes; de modo que, al añadirse la razón y al llegar el hábito de discernimiento, exista una carrera a partir de los elementos iniciales y de los modelos de piedad transmitidos, aportando la razón lo útil y produciendo el hábito la facilidad para el éxito. Entonces también se debe admitir el compromiso de virginidad, como ya firme, y que ocurre por opinión y juicio propios después de la culminación de la razón; tras lo cual se dan honores y castigos a los que pecan o a los que tienen éxito por parte del justo juez según el mérito de las obras. Y se debe tomar como testigos de la decisión a los que presiden las iglesias, de modo que a través de ellos la santificación del cuerpo sea consagrada a Dios como una ofrenda, y sea una confirmación de lo ocurrido mediante el testimonio. Pues dice:« Por boca de dos o tres testigos se establecerá toda palabra». Pues así también el celo de los hermanos tendrá el carácter de irreprochable, y para los que se han comprometido ante Dios y luego intentan quebrantar su compromiso, no quedará ocasión para la desvergüenza. Pero el que no acepte la vida en virginidad, como no pudiendo preocuparse de las cosas del Señor, que sea liberado ante los mismos testigos. Al que se ha comprometido, tras mucha investigación y examen, que es apropiado permitirle realizar por sí mismo durante muchos días, para no parecer que algo se hace por arrebato de nuestra parte, así ya se debe recibir y hacer partícipe de la hermandad, compartiendo casa y dieta con los más perfectos. Lo que se nos pasó decir, no es inoportuno añadirlo ahora: que, debido a que algunas de las artes deben practicarse desde la infancia, cuando algunos de los niños parezcan aptos para el aprendizaje, no prohibimos que pasen el día con los maestros del arte; pero de noche los trasladamos necesariamente con sus iguales, con quienes es necesario que también compartan la comida.
17
Que se debe tener templanza también con la risa. RESPUESTA. Lo que es pasado por alto por la mayoría es digno de no poca vigilancia para los que se ejercitan. Pues el ser dominado por una risa desenfrenada e incontrolable es signo de incontinencia, de no tener los movimientos bajo control y de que el alma no tiene reprimida su ligereza mediante una razón precisa. Pues hasta una sonrisa alegre, que muestra la expansión del alma, no es impropio, en la medida en que solo muestra lo escrito:« Con el corazón alegre, el rostro florece»; pero soltar carcajadas con la voz y que el cuerpo se agite involuntariamente, no es propio de quien tiene el alma bajo control, ni del que es probado, ni del que se domina a sí mismo. Este tipo de risa, rechazado también por el Eclesiastés como algo que trastorna sobremanera la estabilidad del alma, dice:« A la risa dije: es desvarío»; y:« Como el sonido de las espinas bajo la olla, así es la risa de los necios». Y el Señor, aunque parece haber soportado las pasiones necesarias de la carne y cuantas llevan testimonio de virtud, como el cansancio y la compasión por los afligidos, no usó la risa en ninguna parte, según la historia de los Evangelios, sino que incluso lamenta a los que están dominados por ella. Pero que no nos engañe la homonimia de la risa. Pues es habitual en la Escritura llamar a menudo risa a la alegría del alma y a la disposición alegre por los bienes, como dice Sara:« Dios me ha hecho reír»; y:« Bienaventurados los que lloráis ahora, porque reiréis»; y lo que está escrito en Job:« Llenará de risa una boca verdadera». Pues todos estos nombres se han tomado en lugar de la alegría por el regocijo según el alma. De modo que el que está por encima de toda pasión, y no sufre ni emite ninguna irritación por el placer, sino que está dispuesto de forma templada e incesante hacia todo disfrute dañino, es el perfecto continente; y tal persona, evidentemente, también está libre de todo pecado. Hay veces en que incluso de las cosas permitidas y necesarias para vivir hay que abstenerse, cuando la abstinencia se administra para beneficio de nuestros hermanos. Como el Apóstol:« Si la comida escandaliza a mi hermano», dice,« no comeré carne jamás». Y teniendo autoridad del Evangelio para vivir, no usó la autoridad, para no dar ningún obstáculo al Evangelio de Cristo. Por tanto, la templanza es la eliminación del pecado, la alienación de las pasiones, la mortificación del cuerpo hasta de las mismas pasiones y deseos naturales, el principio de la vida espiritual, el precursor de los bienes eternos, que desvanece en sí misma el aguijón del placer. Pues el placer es el gran cebo del mal, por el cual los hombres somos sobremanera propensos al pecado; por el cual toda alma es arrastrada hacia la muerte como por un anzuelo. De modo que quien no se afemina ni se doblega por él, mediante la templanza ha logrado toda huida de los pecados. Pero si huyó de la mayoría, pero es dominado por uno, tal persona no es continente; al igual que el que está molesto por una sola pasión corporal no está sano; y el que es dominado por uno, aunque sea cualquiera, no es libre. Por tanto, las demás virtudes, al ser practicadas en lo oculto, rara vez se manifiestan a los hombres; pero la templanza hace conocido al que la posee desde el mismo encuentro. Pues así como la obesidad y el buen color caracterizan al atleta, así el cuerpo endurecido y la palidez que florece de la templanza muestran al cristiano que es verdaderamente un atleta de los mandamientos de Cristo; venciendo en la debilidad del cuerpo a su enemigo y demostrando el poder en los combates de la piedad, según lo dicho:« Cuando soy débil, entonces soy fuerte». Cuán grande es la ganancia de ver solo al continente, que apenas y poco a poco toca lo necesario, y que paga a la naturaleza como una carga pesada, y que se molesta por el tiempo de la ocupación en torno a esto, y que salta rápidamente de la mesa hacia el celo de las obras. Pues creo que ni siquiera al desenfrenado en torno al vientre le afectaría tanto ninguna palabra del alma, ni le llevaría a la transformación, como la sola convivencia con el continente. Y esto es, al parecer, el comer y beber para gloria de Dios; de modo que también en la mesa brillen nuestras buenas obras para que sea glorificado nuestro Padre que está en los cielos.
18
Que se debe probar de todo lo que se nos pone delante. RESPUESTA. Sin embargo, es necesario añadir también esto: que la templanza es indispensable para los atletas de la piedad para el castigo del cuerpo; pues« todo el que lucha, se abstiene de todo». Pero para no coincidir con los enemigos de Dios, los que tienen cauterizada su propia conciencia y por eso se abstienen de alimentos que Dios creó para ser tomados con acción de gracias por los fieles, se debe tocar de cada cosa, cuando se presente el momento, tanto como para mostrar a los que ven que« todo es puro para los puros» y que« toda criatura de Dios es buena y nada es desechable si se toma con acción de gracias»; pues es santificada por la palabra de Dios y por la oración; pero guardando aun así el propósito de la templanza: dedicándose a lo más sencillo y necesario para vivir hasta la necesidad, y evitando en esto lo dañino de la saciedad, pero absteniéndose por completo de lo que es para el placer. Pues así cortaremos la pasión de los amantes del placer, y curaremos, en lo que de nosotros depende, a los que tienen cauterizada su propia conciencia, y nos liberaremos a nosotros mismos de la sospecha en ambos sentidos. Pues,¿ por qué, dice, mi libertad es juzgada por otra conciencia? La templanza muestra al que ha muerto con Cristo y ha mortificado sus miembros que están sobre la tierra. Esta sabemos que es madre de la prudencia, precursora de la salud, que elimina suficientemente los obstáculos para la fructificación de los bienes en Cristo; si, según la voz del Señor, las preocupaciones de este siglo, los placeres de la vida y los deseos por lo demás ahogan la palabra y se vuelve infructuosa. Esta también la evitan los demonios, habiéndonos enseñado el mismo Señor que« este género no sale sino con oración y ayuno».
19
Cuál es la medida de la templanza. RESPUESTA. En cuanto a las pasiones del alma, hay una sola medida de templanza: la alienación total de lo que conduce al placer destructivo; pero en cuanto a los alimentos, así como las necesidades son unas para unos y otras para otros, según las edades, las ocupaciones y la constitución del cuerpo, así también la medida del uso es diferente, y el modo. De modo que es imposible que todos los que están en el ejercicio de la piedad sean abarcados por una sola regla; pero, habiendo definido la medida para los que están sanos entre los que se ejercitan, dejamos que la variación hacia lo que corresponde a cada uno sea hecha con criterio por los encargados de la administración. Pues no es posible abarcar en la palabra lo particular, sino solo lo que depende de la enseñanza común y general. Pues el consuelo de los enfermos mediante los alimentos, o el del que está cansado por trabajos intensos, o el del que se prepara para un esfuerzo, como un viaje o cualquier otra cosa de las penosas, los supervisores lo administrarán siempre según la razón de la necesidad, siguiendo al que dijo:« Se repartía a cada uno según tenía necesidad». Por tanto, no es posible legislar el mismo momento de comida para todos, ni el modo, ni la medida; sino que el propósito común sea el cumplimiento de la necesidad. Pues el llenarse en exceso el vientre y el cargarse con alimentos es digno de maldición, habiendo dicho el Señor:«¡ Ay de vosotros los que estáis llenos ahora!»; y el mismo cuerpo lo prepara inútil para las actividades, propenso al sueño y más dispuesto a los daños. Sin embargo, tampoco se debe hacer del placer el fin de la comida, sino la necesidad para vivir, rechazando lo desenfrenado del placer. Pues servir a los placeres no es otra cosa que hacer de su propio vientre un dios. Puesto que nuestro cuerpo, al vaciarse y fluir continuamente, necesita el llenado( por eso también son naturales los apetitos de comida), la recta razón del uso de los alimentos dicta el llenado de lo vaciado para la constitución del ser vivo, ya sea que la carencia sea de alimento seco o líquido. Por tanto, lo que sea que nos libere de la necesidad sin complicaciones, eso debe ser ofrecido. Esto lo demuestra el mismo Señor en lo que agasajaba a las multitudes cansadas para que no desfallecieran en el camino, como está escrito. Pues, pudiendo intensificar el milagro en el desierto con la invención del lujo, les preparó una comida tan sencilla y sin complicaciones, de modo que fueran panes de cebada y una parte de pescado sobre el pan. Y sobre la bebida ni siquiera hizo mención, como si el agua, que es natural para todos y suficiente para las necesidades, estuviera presente; a menos que para alguien, por enfermedad, tal bebida fuera dañina, como para rechazarla según el consejo de Pablo a Timoteo. Y todas las cosas que tienen un daño evidente deben ser rechazadas. Pues es incoherente elegir los alimentos por la constitución del cuerpo y, a través de los mismos alimentos, combatir de nuevo contra el cuerpo e impedirle el servicio del mandamiento. Esto mismo es también un modelo para nosotros de acostumbrar a nuestra alma a huir de lo dañino, aunque tenga placer. Sin embargo, se debe preferir de todas formas lo más fácil de conseguir, de modo que no nos compliquemos con el pretexto de la templanza con cosas más valiosas y costosas, aliñando los alimentos con condimentos preciosos; sino elegir lo que en cada lugar es fácil de obtener, sencillo y listo para el uso de la mayoría, usando de lo importado solo lo más necesario para la vida; como aceite y cosas similares, y si algo es apto para el consuelo necesario de los enfermos, y esto si existe sin complicaciones, ruidos y distracciones.
20
Cuál es el modo de la acogida en los alimentos. RESPUESTA. La vanagloria, el deseo de agradar a los hombres y el hacer algo por exhibición están prohibidos en absoluto a los cristianos en todo asunto; donde incluso el que hace el mandamiento mismo para ser visto por los hombres y glorificado, pierde la recompensa por él. Pero para los que han aceptado todo tipo de humildad por el mandamiento del Señor, debe ser evitado con exceso todo modo de vanagloria. Y puesto que vemos que los de fuera se avergüenzan de la humildad de la pobreza y se esfuerzan por toda abundancia de alimentos y lujo cuando reciben a algún huésped, temo que también a nosotros nos toque el mismo vicio en lo oculto y seamos reprendidos por avergonzarnos de la pobreza bienaventurada por Cristo. Por tanto, así como no es decoroso para nosotros procurarnos de fuera vajillas de plata, cortinas de púrpura, lechos blandos o cubiertas transparentes, así tampoco buscar alimentos muy diferentes de nuestra dieta. Pues el correr nosotros investigando lo que no se busca para la necesidad, sino lo que se ha buscado para el miserable placer y la destructiva vanagloria, no solo es vergonzoso y discordante con el propósito que nos hemos propuesto, sino que también tiene un daño no pequeño cuando los que viven en el lujo, y definen la bienaventuranza por los placeres del vientre, nos ven a nosotros también girando en torno a las mismas preocupaciones en las que ellos están obsesionados. Pues si el lujo es malo y debe ser evitado, nunca es elegible para nosotros. Pues nada de lo condenado puede ser apto para el momento. Los que viven en el derroche, se ungen con los primeros perfumes y beben el vino filtrado, son acusados por la Escritura. Y por el derroche, la viuda, viviendo, se dice que está muerta. El rico fue privado del paraíso por el lujo de aquí.¿ Qué tenemos, pues, nosotros con los lujos?¿ Ha llegado alguno de los huéspedes? Si es hermano y tiene el mismo propósito de vida, reconocerá la mesa propia. Pues lo que dejó en casa, eso encontrará entre nosotros.¿ Pero está cansado del viaje? Le añadimos tanto como para consolar el cansancio.¿ Ha venido otro de la vida de fuera? Que aprenda mediante las obras lo que la palabra no le convenció, y que reciba un modelo y ejemplo de la autosuficiencia en los alimentos. Que le queden recuerdos de la mesa de los cristianos y de la pobreza sin vergüenza por Cristo. Pero si no presta atención, sino que se ríe, no nos molestará una segunda vez. Nosotros, cuando vemos a algunos de los ricos, que ponen el disfrute de lo agradable entre los primeros bienes, gemimos grandemente por ellos, porque, consumiendo toda la vida en la vanidad y habiendo divinizado sus placeres, al recibir en esta vida la parte de los bienes, no se dan cuenta de que, mediante el lujo de aquí, se dirigen hacia el fuego preparado y el ardor que hay en él. Y si alguna vez tenemos ocasión, no dudamos en exponer esto incluso a ellos mismos. Pero si nosotros mismos fuéramos a caer en lo mismo y, según la fuerza que tenemos, buscar lo que es para el placer y prepararnos para la exhibición, temo que parezcamos estar edificando lo que destruimos y, por lo que juzgamos a otros, nos juzguemos a nosotros mismos, habiendo usado la vida de forma fingida y transformándonos de una manera u otra, a menos que cambiemos también nuestras vestiduras cuando nos encontremos con los soberbios. Pero si esto es vergonzoso, mucho más vergonzoso es transformar nuestra mesa por causa de los que viven en el lujo. La vida del cristiano es de un solo modo, teniendo un solo propósito: la gloria de Dios. Pues« ya sea que comáis, ya sea que bebáis, o cualquier cosa que hagáis, hacedlo todo para la gloria de Dios», dice Pablo, que habla en Cristo. Pero la vida de los de fuera es de muchos modos y variada, transformándose de una manera u otra para agradar a los que se encuentran. De modo que también tú, transformando la mesa de tu hermano con multitud de alimentos y complicaciones para el placer, acusas su amor al placer y derramas sobre él reproches de glotonería mediante lo que preparas, reprendiendo su sensualidad en torno a esto.¿ O no es cierto que muchas veces, al observar el tipo y el modo de la preparación, hemos adivinado quién es el esperado o qué es? El Señor no alabó a Marta, que se distraía en mucho servicio; sino que dijo:« Te preocupas y te turbas por muchas cosas; pero pocas son necesarias, o una sola»; pocas, evidentemente, las necesarias para la preparación, y una, el propósito, para que se cumpla la necesidad. Y no ignoras qué alimento puso el mismo Señor ante los cinco mil. Y la oración de Jacob a Dios:« Si me das», dice,« pan para comer y ropa para vestirme»; no:« Si me das lujo y lujo».¿ Y qué dice el sapientísimo Salomón?« No me des riqueza ni pobreza; ordéname lo necesario y suficiente, para que, al saciarme, no me vuelva mentiroso y diga:¿ Quién me ve?; o, al empobrecerme, robe y jure por el nombre de mi Dios»; definiendo la riqueza como la saciedad y la pobreza como la carencia total de lo necesario para vivir; y mediante la autosuficiencia, mostrando lo que es a la vez sin carencias y sin complicaciones para la necesidad. Pero la autosuficiencia es diferente para cada uno según la constitución del cuerpo y la necesidad para lo propuesto. Pues para uno es necesaria más comida y más fuerte por el trabajo, y para otro más fina y ligera, y todo lo adecuado por la debilidad; pero para todos en común, lo más sencillo y fácil de conseguir. Sin embargo, en todo es necesario el cuidado y la moderación, sin que en ninguna parte sobrepasemos nuestros límites de la necesidad; sino que este sea el límite de la acogida: lo que se busca por la necesidad de cada uno de los que se hospedan. Pues, como dice,« usando este mundo, y no abusando de él». Y el abuso es el gasto por encima de la necesidad.¿ No tenemos dinero? Que no lo tengamos.¿ No están llenos nuestros almacenes? Pues nuestra comida es diaria; la vida es por las manos.¿ Por qué, pues, malgastamos la comida dada por Dios a los que tienen hambre en los placeres de los que viven en el lujo? Pecando por ambos lados, intensificando a estos las aflicciones de la carencia y a aquellos los daños de la saciedad.
21
Cómo se debe estar en torno a los asientos y las recostaduras en el momento de las comidas o cenas. RESPUESTA. Puesto que es un mandato del Señor, que nos acostumbra en todas partes a la humildad, el ocupar el último lugar incluso cuando estamos recostados en las comidas, es necesario que el que se ha esforzado por hacer todo según el mandamiento no pase por alto tampoco este mandato. Si, pues, algunos mundanos se recuestan con nosotros, es apropiado que nos convirtamos en un modelo para ellos para no exaltarse ni buscar lo primero. Pero donde todos se reúnen con el mismo propósito, para dar en todo momento la prueba de su humildad, el ocupar el último lugar según el mandato del Señor corresponde a cada uno; pero el volver a disputar contenciosamente por esto es reprobable, como destructivo del buen orden y causa de ruido. Y el estar incesantemente unos con otros, y la lucha por esto, nos hará iguales a los que disputan por los primeros puestos. Por lo cual es necesario también aquí, conociendo y esforzándonos por lo que nos es apropiado, permitir al que recibe también el orden de la recostadura, tal como el Señor supuso, diciendo que corresponde al dueño de casa la disposición sobre esto. Pues así nos soportaremos unos a otros en amor, haciendo todo decorosamente y con orden; y no mostraremos que practicamos la humildad para exhibición ante muchos o de forma demagógica mediante la incesante y fuerte contradicción; sino que más bien mediante la obediencia lograremos la humildad. Pues mayor es la impresión de soberbia por la contradicción que por el primer puesto, cuando lo aceptamos por mandato.
22
¿ Cuál es el atuendo apropiado para el cristiano? RESPUESTA. El discurso anterior ya ha demostrado que la humildad es necesaria, así como la sencillez y la frugalidad en todas las cosas, y el bajo costo, de modo que las ocasiones de distracción que surgen de las necesidades corporales sean pocas para nosotros. Por lo tanto, el discurso sobre el atuendo debe seguir esos mismos objetivos. Pues si nos corresponde esforzarnos por ser los últimos de todos, es evidente que, también en esto, lo último es lo más preferible. Pues así como los ambiciosos buscan para sí la gloria a través de la vestimenta, esforzándose por ser observados y envidiados por el lujo de sus ropas, así, evidentemente, a quien ha rebajado su vida hasta lo último mediante la humildad, le corresponde elegir también en esto lo último de todo. Pues así como los corintios son reprendidos en el banquete público por avergonzar con su lujo a quienes no tienen, así, evidentemente, también en el uso común y evidente de las vestimentas, el atavío que supera al de la mayoría avergüenza, por así decirlo, al pobre mediante la comparación. Y diciendo el Apóstol:' No altivos, sino asociándoos con los humildes', que cada uno se examine a sí mismo:¿ cuál semejanza es más apropiada para los cristianos, la de quienes habitan en los palacios y visten ropas suaves, o la del ángel y heraldo de la venida del Señor, de quien no ha surgido ninguno mayor entre los nacidos de mujer? Me refiero a Juan, el hijo de Zacarías, cuyo atuendo era de pelos de camello. Y los santos de antaño también anduvieron con pieles de oveja y de cabra. El Apóstol expuso el objetivo del uso con una sola palabra al decir:' Teniendo sustento y abrigo, estaremos satisfechos con esto', ya que solo necesitamos el abrigo; pero no la variedad, ni el adorno que proviene de ella, que nos hace caer en una vanidad prohibida, por no decir algo peor. Pues estas cosas fueron introducidas más tarde en la vida por una curiosa vanidad. También es claro el primer uso de los abrigos, que Dios mismo dio a quienes los necesitaban. Pues dice:' Dios les hizo túnicas de piel'. Porque para cubrir la desnudez, bastaba tal uso de las túnicas. Pero dado que entra en juego otro objetivo, el de abrigarse mediante los abrigos, es necesario que el uso apunte a ambos: tanto a cubrir nuestra desnudez como a ser protección contra el daño de los aires. Puesto que, incluso entre estos, algunos son muy útiles y otros menos, es consecuente preferir aquellos que pueden servir para más necesidades, de modo que el principio de la falta de posesiones no se vea perjudicado en nada; y que no tengamos unas cosas preparadas para la exhibición y otras para el uso doméstico; y que estas, a su vez, sean unas para el día y otras para la noche; sino idear la posesión de una sola cosa que pueda bastarnos para todo, tanto para el atuendo decoroso durante el día como para el necesario durante la noche. De esto resulta que también compartimos el aspecto entre nosotros, y que el cristiano lleva, por así decirlo, un carácter distintivo incluso por el atuendo. Pues las cosas que tienden a un mismo objetivo, en su mayoría, son iguales entre sí. Es útil también que el distintivo de la vestimenta proclame a cada uno y testifique de antemano la profesión de la vida según Dios; de modo que es consecuente que los que nos encuentran nos exijan también la práctica. Pues lo impropio y lo indecoroso no se manifiesta de la misma manera en los comunes que en aquellos que prometen grandes cosas. Pues a un ciudadano, o a cualquiera de los comunes, que da o recibe golpes en público, o que profiere palabras indecorosas, o que vive en tabernas, y que comete otras indecencias similares, uno no lo observaría fácilmente, aceptando que lo que sucede es consecuente con la elección general de su vida; pero a quien está en una profesión de rigor, todos lo vigilan incluso si pasa por alto algo de sus deberes, y se lo reprochan como una afrenta, haciendo lo que se ha dicho:' Volviéndose, os desgarrarán'. De modo que la profesión a través del aspecto es, por así decirlo, una pedagogía para los más débiles, para que, incluso contra su voluntad, se abstengan de las cosas viles. Así pues, como hay algo propio del soldado en el atuendo, y otra cosa del senador, y otra de otro, de lo cual se conjeturan, en la mayoría de los casos, sus dignidades, así debe haber también alguna propiedad del cristiano que, a partir de la vestimenta, conserve lo decoroso y consecuente con la modestia transmitida por el Apóstol; quien ordena a veces que el obispo sea decoroso, y a veces ordena que las mujeres estén en un atavío decoroso, entendiéndose, evidentemente, lo decoroso según el objetivo propio del cristianismo. El mismo discurso tengo también sobre el calzado: de modo que lo que no es curioso, lo más fácil de obtener y lo que basta para el objetivo de la necesidad, eso debe ser elegible en cada momento.
23
Sobre el cinturón. RESPUESTA. La necesidad del cinturón, siendo necesaria, la demuestran también los santos anteriores: Juan, ciñendo sus lomos con un cinturón de piel, y Elías aún antes. Pues está escrito, como algo propio del hombre:' Un hombre velludo, y un cinturón de piel alrededor de sus lomos'. Y Pedro también se muestra usando un cinturón, como es claro por las palabras del ángel que le dice:' Cíñete y átate tus sandalias'. Y el bienaventurado Pablo también parece haber usado un cinturón, según la profecía de Ágabo sobre él. Pues dice:' Al hombre de quien es este cinturón, así lo atarán en Jerusalén'. Y Job también es ordenado por el Señor a ceñirse. Pues como símbolo de cierta valentía y de preparación para las obras, dice:' Cíñete, pues, como un hombre tus lomos'. Y es claro que para todos los discípulos del Señor era habitual el uso del cinturón, a quienes se les prohibía tener bronce en sus cinturones. Además, quien va a trabajar por sí mismo necesita estar ágil y sin impedimentos para los movimientos. De modo que también necesita un cinturón, mediante el cual la túnica se ajustará al cuerpo; y lo abrigará más al envolverlo por todas partes, y le preparará la libertad para los movimientos. Puesto que también el Señor, cuando se preparaba para el servicio de los discípulos, tomó una toalla y se ciñó. Sobre la cantidad de las vestimentas no necesitamos decir nada, habiendo sido esto examinado suficientemente por nosotros en el discurso sobre la falta de posesiones. Pues si al que tiene dos túnicas se le ordena compartir con el que no tiene, es evidente que la posesión de más por cuenta propia está prohibida. Por lo tanto, a aquellos a quienes se les prohíbe tener dos túnicas,¿ qué corresponde legislar sobre el uso?
24
Habiendo sido transmitidas estas cosas suficientemente para nosotros, sería consecuente que aprendiéramos sobre el modo de la convivencia entre nosotros. RESPUESTA. Diciendo el Apóstol:' Que todo se haga decorosamente y con orden', consideramos que es una convivencia decorosa y ordenada en la unión de los fieles aquella en la que se preserva el principio de los miembros del cuerpo; de modo que uno ejerza la función del ojo, al que se le ha confiado el cuidado común tanto en la prueba de lo sucedido como en la previsión y consideración de lo que sucederá; y otro la del oído o la mano, tanto en la escucha como en la acción de lo que corresponde, y así sucesivamente cada uno de cada uno. Por lo tanto, hay que saber que, así como en los miembros no es sin peligro para cada miembro descuidar lo que le corresponde, o no usar al otro para lo que fue creado por Dios creador( pues si la mano o el pie no obedecieran a la guía del ojo, la una se ocupará necesariamente de cosas destructivas para la ruina del todo, y el otro tropezará o será llevado a precipicios; o si el ojo se cerrara para no ver, es necesario que él mismo se destruya junto con los otros miembros que sufren lo dicho); así tampoco es sin peligro para el que está al frente la negligencia al ser juzgado por todos, ni para el que obedece es inofensivo y sin daño la desobediencia; y es más peligroso al escandalizar a otros. Pero que cada uno, pues, en su propio lugar, demostrando la diligencia en el esfuerzo y cumpliendo el mandato del Apóstol que dice:' En la diligencia no seáis perezosos', tenga la alabanza de la prontitud; pero en la negligencia, lo contrario, es decir, la desaprobación y el' ay'. Pues dice:' Maldito todo el que hace las obras del Señor con negligencia'.
25
Que es temible el juicio para el que está al frente si no reprende a los que pecan. RESPUESTA. Por lo cual, el que ha sido confiado con el cuidado común, como debiendo dar cuenta por cada uno, debe estar así dispuesto; sabiendo que, si uno de los hermanos cae en pecado, sin que él le haya advertido previamente el derecho de Dios, o si habiendo caído persiste sin haber sido enseñado el modo de la corrección, su sangre será reclamada de sus manos, como está escrito; y sobre todo, si no pasa por alto por ignorancia algo de lo que agrada a Dios, sino que, por adulación al comportarse con los males de cada uno, relaja el rigor de la vida. Pues dice:' Los que os llaman bienaventurados os engañan y perturban el camino de vuestros pies'. Y el que os perturba llevará el juicio, quienquiera que sea. Por lo cual, para que no suframos esto, debemos seguir el canon apostólico en la conversación con los hermanos. Pues dice:' Ni jamás estuvimos en palabra de adulación, como sabéis; ni en pretexto de codicia, Dios es testigo; ni buscando gloria de los hombres, ni de vosotros, ni de otros'. Por lo tanto, el que está limpio de estas pasiones, tal vez realizaría la guía sin error, siendo gratificante para sí mismo y salvífica para los que siguen. Pues el que no practica el no ser molesto para los que pecan por causa de algunas honras humanas para ser agradable y complaciente con ellos, verdaderamente en amor, con franqueza, embajará la palabra sin adulterarla y sinceramente, no eligiendo en nada falsear la verdad; de modo que le encajen también las cosas dichas a continuación:' Sino que nos hicimos amables en medio de vosotros, como si una nodriza abriga a sus propios hijos, así deseándoos, nos complacemos en compartir con vosotros no solo el Evangelio de Dios, sino también nuestras propias almas'. El que no está así es un guía ciego, que se precipita a sí mismo y arrastra a los que siguen. Cuán gran mal es ser causa de error en lugar de guía para el hermano, es posible observar por lo dicho. Y esto es señal de que también el mandamiento del amor es inalcanzable; pues ningún padre pasa por alto que su propio hijo esté a punto de caer en un hoyo, o si ha caído, lo abandona en la caída.¿ Y cuánto más terrible es abandonar a una alma que cae en la profundidad de los males a la perdición, qué necesidad hay de decirlo? Por lo tanto, es responsable ante la hermandad de velar por sus almas y preocuparse por la salvación de cada uno, como quien va a dar cuenta; y preocuparse hasta tal punto que demuestre el esfuerzo por ellos incluso hasta la muerte, no solo según el principio común del amor del Señor hacia todos:' Que uno ponga su alma por sus amigos', sino según el principio propio del que dijo:' Deseándoos, nos complacemos en compartir con vosotros no solo el Evangelio de Dios, sino también nuestras propias almas'.
26
Sobre que todo, incluso lo oculto del corazón, debe ser confiado al que está al frente. RESPUESTA. Es necesario que cada uno de los subordinados, si ha de demostrar un progreso digno de mención y llegar a estar en el hábito de la vida según los mandamientos de nuestro Señor Jesucristo, no guarde ningún movimiento del alma oculto para sí mismo, ni deje salir ninguna palabra sin haberla examinado, sino que desnude lo oculto del corazón a los que han sido confiados con el cuidado compasivo y comprensivo de los hermanos débiles. Pues así se confirma lo loable, y lo reprobable será digno de la corrección adecuada; y de tal ejercicio conjunto, mediante la adición poco a poco, nos llegará la perfección.
27
Que también el que está al frente debe ser recordado por los que sobresalen en la hermandad, si alguna vez se equivoca. RESPUESTA. Y así como el que está al frente es responsable de guiar en todo a la hermandad, así también corresponde a los demás, si alguna vez se sospecha alguna falta sobre el que está al frente, recordárselo. Pero para que no se disuelva el buen orden, corresponde permitir el recordatorio a los que sobresalen tanto en edad como en prudencia. Si, pues, hay algo digno de corrección, hemos beneficiado al hermano, y a nosotros mismos a través de aquel que es, por así decirlo, el canon de nuestra vida y que debe refutar nuestro desvío con su rectitud, enderezándolo hacia lo recto; pero si algunos se perturban en vano sobre él, habiéndose convencido mediante la revelación de lo que no se sospechaba con verdad, se liberan del juicio sobre él.
28
Cómo deben estar dispuestos todos respecto al desobediente. RESPUESTA. Sin embargo, con el que está dispuesto con pereza hacia la obediencia de los mandamientos del Señor, primero todos deben compadecerse como de un miembro enfermo, y mediante las propias exhortaciones el que está al frente debe intentar corregir su enfermedad; pero si persiste en la desobediencia y no acepta la corrección, debe reprenderlo con más severidad ante toda la hermandad, y con toda exhortación aplicarle los remedios; y si no se avergüenza después de mucha amonestación, ni se cura a sí mismo en las obras, como quien es destructor de sí mismo, según el proverbio, con muchas lágrimas y lamentos, pero, sin embargo, como un miembro corrompido y totalmente inútil, según la imitación de los médicos, cortarlo del cuerpo común. Pues también ellos, cualquier miembro que encuentren atrapado por una enfermedad incurable, para que el daño no se derrame mucho por el continuo corromper lo que está al lado, acostumbran a extirparlo con cortes y cauterizaciones. Lo cual también a nosotros nos es necesario hacer con los que se enemistan o impiden los mandamientos del Señor, según el mandato del Señor mismo que dice:' Si tu ojo derecho te escandaliza, sácalo y échalo de ti'. Pues la filantropía en tales casos es similar a la bondad sin educación de Elí, con la cual, al usarla con sus hijos contra lo que agrada a Dios, es reprendido. Por lo tanto, es traición a la verdad, y conspiración contra el bien común, y hábito hacia la indiferencia de los males, la bondad fingida hacia los que obran mal, no cumpliéndose ya lo escrito:'¿ Por qué no llorasteis más bien, para que sea quitado de en medio de vosotros el que hizo esta obra?'; y sucediendo necesariamente lo que se añade, que' un poco de levadura fermenta toda la masa'. A los que pecan, dice el Apóstol, repréndelos delante de todos; y añade la causa inmediatamente, diciendo:' Para que también los demás tengan temor'. En general, el que no acepta la corrección que le es aplicada por el que está al frente, es discordante incluso consigo mismo. Pues si no acepta someterse y defiende su propia voluntad,¿ qué hace con él?¿ Por qué se inscribe a sí mismo como su guía de su propia vida? Habiendo aceptado una vez ser contado en el cuerpo de la hermandad, si es juzgado para ser un vaso de servicio, incluso si el mandato parece estar por encima de sus fuerzas, arrojando el juicio sobre el que manda más allá de las fuerzas, que demuestre la obediencia y la sumisión hasta la muerte, recordando al Señor, que se hizo' obediente hasta la muerte, y muerte de cruz'. El encabritarse y contradecir tiene prueba de muchos males, enfermedad de fe, duda de esperanza, hinchazón y soberbia de carácter. Pues nadie desobedece sin haber condenado primero al que aconsejó, ni el que cree en las promesas de Dios, y tiene firme en ellas la esperanza, aunque sean penosas las cosas ordenadas, se mostrará reacio a ellas; sabiendo que' no son dignos los sufrimientos del tiempo presente en comparación con la gloria venidera que se ha de revelar'. Y el que está convencido de que el que se humilla a sí mismo será exaltado, demuestra mayor prontitud de la expectativa del que ordenó, sabiendo que' la momentánea levedad de la tribulación produce un peso eterno de gloria en exceso sobre exceso'.
29
Sobre el que trabaja con altivez o murmuración. RESPUESTA. Sin embargo, la obra del que ha murmurado o ha sido encontrado en altivez no debe mezclarse con la obra que realizan los humildes de corazón y contritos de espíritu, y en absoluto debe ser consumida entre los piadosos. Porque lo que es alto entre los hombres es abominación ante Dios. Y otro mandato del Apóstol, que dice:' Ni murmuréis, como algunos de ellos murmuraron, y perecieron por el destructor'; y el,' No por tristeza, o por necesidad'. Por lo tanto, la obra de tales es inaceptable, como sacrificio con defecto; lo cual no es santo mezclar con la obra de los demás. Pues si los que ofrecían fuego extraño al altar experimentaron tanta ira,¿ cómo no es peligroso aceptar una obra de una disposición enemiga a Dios en la economía de los mandamientos? Pues dice:'¿ Qué participación hay entre la justicia y la iniquidad?¿ O qué parte tiene el fiel con el infiel?'. Por lo cual dice:' El inicuo que me sacrifica un becerro es como el que mata a un perro; y el que ofrece flor de harina, como el que sacrifica sangre de cerdo'. De donde es necesario alienar de la hermandad las obras del perezoso y del contradictor. Y de esta parte deben cuidar con rigor los que están al frente, para que ni ellos mismos corrompan el dogma del que dijo:' El que camina en camino irreprochable, este me servía; no habitaba en medio de mi casa el que hace soberbia'; ni edifiquen al que mezcla el pecado con el mandamiento y contamina la obra con la pereza del esfuerzo o la altivez de la ganancia, a persistir en el desvío mediante lo que ellos mismos aceptan, no permitiéndole llegar a la conciencia de sus propios males. Por lo tanto, también el que está al frente debe estar convencido de que no estar al frente del hermano según el principio le acarrea una ira pesada e inexorable; pues su sangre será reclamada de sus manos, como está escrito; y el subordinado debe estar tan preparado como para no ser reacio a ningún mandato, ni siquiera al más difícil, convencido de que el salario es grande en los cielos. Por lo tanto, que la esperanza de la gloria alegre al que obedece, para que en toda alegría y paciencia se haga la obra del Señor.
30
Con qué disposición deben cuidar de los hermanos los que están al frente. RESPUESTA. Que la dignidad no enaltezca al que está al frente, para que no caiga él mismo de la bienaventuranza de la humildad, o incluso hinchado caiga en el juicio del diablo; sino que esté convencido de esto, que el cuidado de la mayoría es un servicio de más. Así pues, el que sirve a muchos heridos, y limpia las supuraciones de cada una de las heridas, y aplica los remedios según la propiedad de la dolencia subyacente, no toma el servicio como ocasión de altivez, sino más bien de humildad, de angustia y de lucha; así también, y mucho más, el que ha sido confiado con curar las debilidades de la hermandad, como servidor de todos, y como quien va a dar cuenta por todos, debe pensar y angustiarse. Pues de este modo se logrará para él el objetivo, diciendo el Señor:' Si alguien quiere ser el primero entre vosotros, sea el último de todos, y servidor de todos'.
31
Que se debe aceptar el servicio del que está al frente. Sin embargo, los muchos deben aceptar también el servicio corporal que es aplicado por los que parecen sobresalir en la hermandad. Pues el principio de la humildad somete al mayor a servir, y muestra que para el menor el ser servido no es inapropiado. Pues el ejemplo del Señor nos guía hacia esto, quien no se desdeñó de lavar los pies de sus propios discípulos, y los otros no se atrevieron a oponerse a esto. Pero también Pedro, que por mucha piedad no aceptó al principio, cambió inmediatamente a sí mismo hacia la obediencia, habiendo sido enseñado el peligro de la desobediencia. Por lo tanto, no hay temor para el subordinado de que se disuelva para él el objetivo de la humildad al ser servido alguna vez por el mayor. Pues el servicio es aplicado por causa de la enseñanza, y más bien de un ejemplo activo, que por una necesidad a menudo necesaria. Por lo tanto, en la obediencia y en la imitación debe demostrarse lo humilde. Y que no se oponga, en aspecto de humildad, haciendo obra de soberbia y arrogancia. Pues la contradicción muestra lo autoritario y lo insumiso. Por lo tanto, tiene prueba de hinchazón y desprecio, y no de humildad y de la obediencia en todas las cosas. Por lo cual es necesario obedecer al que dijo:' Soportándoos unos a otros en amor'.
32
Cómo se debe estar dispuesto respecto a los parientes según la carne. RESPUESTA. Sin embargo, los que han sido aceptados una vez en la hermandad no deben ser permitidos por el que está al frente a distraerse hacia nada; ni bajo pretexto de visita de parientes alejarse de los hermanos y llevar una vida sin testigos, ni permitírseles tener preocupaciones en el cuidado de los parientes según la carne. Pues en general, el discurso desaprueba que se diga' lo mío' y' lo tuyo' en la hermandad; pues dice:' La multitud de los que creyeron tenían un solo corazón y una sola alma; y ni uno solo decía que era suyo algo de lo que poseía'. Por lo tanto, los padres o hermanos según la carne de alguien, si viven según Dios, que sean tratados por todos los que están en la hermandad como padres o parientes comunes. Pues quienquiera que haga, dice el Señor, la voluntad de mi Padre que está en los cielos, este es mi hermano y hermana y madre. Y juzgamos que el cuidado de estos corresponde al que está al frente de la hermandad. Pero si están enredados en la vida común, no tenemos ninguna palabra común con ellos, los que nos hemos esforzado por lograr lo decoroso y lo que es propio para el Señor sin distracción. Pues además de no proporcionarles ningún beneficio, todavía llenamos nuestra propia vida de disturbios y confusión, y atraemos ocasiones de pecados. Pero tampoco es consecuente aceptar a los que vienen a visitar a los que fueron sus parientes, a los que desprecian los mandamientos de Dios y menosprecian la obra de la piedad, como a los que no aman al Señor que dijo:' El que no me ama no guarda mis palabras'.¿ Qué participación hay entre la justicia y la iniquidad?¿ O qué parte tiene el fiel con el infiel? Y que sobre todo se debe esforzar de toda manera en quitar de los que aún están en el ejercicio de los logros las ocasiones para pecar, de las cuales la mayor es el recuerdo de la vida anterior, no sea que sufran lo dicho:' Se volvieron con sus corazones a Egipto'; lo cual sucede en la conversación continua de los parientes según la carne en la mayoría de los casos. En general, no se debe permitir ni a parientes ni a extraños traer palabras a los hermanos, si no estamos convencidos sobre ellos de que hacen las conversaciones para la edificación y el perfeccionamiento de las almas. Pero si hubiera necesidad de palabra hacia los que han caído una vez juntos, que se haga por los que han sido confiados con el don de la palabra, como quienes tienen poder con conocimiento para decir y escuchar para la edificación de la fe; enseñando claramente el Apóstol que el poder de la palabra no está presente en todos, sino que el don pertenece a pocos, mediante los cuales dice:' A uno, pues, le es dado por el Espíritu palabra de sabiduría, a otro palabra de conocimiento'; y en otro lugar:' Para que sea capaz de exhortar en la sana doctrina, y de reprender a los que contradicen'.
33
Cuál es el modo de la convivencia con las hermanas. RESPUESTA. El que ha renunciado una vez al matrimonio renunciará, evidentemente, mucho antes a las preocupaciones que, dice el Apóstol, preocupan al que se ha casado, cómo agradar a su mujer, y se purificará a sí mismo por completo de toda preocupación que se hace por agradar a la mujer, temiendo el juicio del que dijo que' Dios dispersó los huesos de los que agradan a los hombres'. De modo que ni siquiera soportará encontrarse con un hombre para agradar; pero por causa de la diligencia debida a cada uno por el prójimo según el mandamiento de Dios, cuando la necesidad lo exija, vendrá a la convivencia. Sin embargo, no se debe permitir la convivencia simplemente a los que quieren, ni todo momento es adecuado para ella, ni todo lugar. Pero si hemos de llegar a ser, según el mandato del Apóstol, irreprochables tanto para judíos, como para griegos, y para la Iglesia de Dios, y hacer todo decorosamente y con orden, y todo para edificación, es necesario que la persona, y el momento, y la necesidad, y el lugar sean elegidos decorosamente; mediante todo lo cual toda sospecha de maldad y toda sombra será expulsada, y la prueba de seriedad y templanza aparecerá de toda manera a los que han sido probados para verse unos a otros, y deliberar sobre lo que agrada a Dios tanto según la necesidad corporal como el cuidado de las almas. Y que no sean menos de dos por cada parte; pues una sola persona es vulnerable a la sospecha, por no decir algo más y más débil para la confirmación de lo dicho, declarando claramente la Escritura que' sobre dos y tres se establece toda palabra'; ni más de tres, para que no se impida la diligencia del esfuerzo que se hace por el mandamiento de nuestro Señor Jesucristo. Pero si hubiera necesidad de decir o escuchar algo que pertenece a alguno de los otros en la hermandad en privado, que no vengan ellos mismos a conversación entre sí; sino que los ancianos elegidos sirvan a las ancianas elegidas lo que viene de ellos, y así mediante la mediación de estos se cumpla la necesidad de la palabra. Y que la misma buena orden se guarde no solo en mujeres hacia hombres, o hombres hacia mujeres, sino también en los de la misma raza hacia los de la misma raza. Estos, pues, que estén con la otra piedad y seriedad en todas las cosas, y prudentes tanto para preguntar como para responder, fieles y sensatos para la economía de lo dicho, y cumpliendo lo de:' Administrará sus palabras en juicio', de modo que también para los que les confían se cumpla la necesidad, y exista la certeza sobre lo que se mueve en ellos. Y que sirvan también a las necesidades del cuerpo otros, y ellos mismos con prueba, que sobresalgan en edad y que sean serios en aspecto y carácter, para no herir la conciencia de nadie hacia una sospecha mala. Pues¿ por qué mi libertad es juzgada por otra conciencia?
34
¿ Qué clase de personas deben ser los encargados de las necesidades en la hermandad? RESPUESTA. Incluso entre los que administran las necesidades en cada orden, habrá ciertamente algunos capaces de imitar a los que en los Hechos hacían lo que se dice:« Se repartía a cada uno según su necesidad»; cuidando mucho tanto de ser compasivos y pacientes con todos, como de no dar a nadie sospecha de parcialidad o favoritismo hacia algunos, conforme al mandato del Apóstol que dice:« No hagas nada por favoritismo», ni tampoco de contienda, la cual el mismo Apóstol rechaza por ser impropia de los cristianos al decir:« Si alguien parece ser contencioso, nosotros no tenemos tal costumbre, ni las Iglesias de Dios»; pues por estas cosas, la necesidad es sustraída a aquellos con quienes se tiene contienda, mientras que se excede con aquellos a quienes se está inclinado. Lo primero es odio a los hermanos, y lo segundo es favoritismo, algo sumamente reprobable, de lo cual se rompe la concordia de la hermandad nacida del amor, y entran en su lugar sospechas malvadas, celos, disputas y desidia ante el trabajo. Por tanto, es necesario que los que administran las necesidades en la hermandad estén totalmente libres de favoritismo y contienda, debido a lo dicho y a muchas otras cosas semejantes que ocurren. Deben, en efecto, ser conscientes de tal disposición y mostrar tanto ellos como los que realizan el otro trabajo para el servicio de los hermanos, un celo tal como si no sirvieran a hombres, sino al mismo Señor, quien por su gran bondad considera como hecha a sí mismo la honra y el celo hacia los que le están consagrados, y promete por ello la herencia del reino de los cielos. Pues dice:« Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis». Y, por el contrario, conocer el peligro de la negligencia, recordando al que dijo:« Maldito todo el que hace la obra del Señor con negligencia». Porque no solo son expulsados del reino, sino que reciben aquella sentencia terrible y temible del Señor contra tales personas:« Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles». Y si los que prestan el cuidado y el servicio encuentran tal recompensa por su celo y esperan tal juicio por su negligencia,¿ cuánto esfuerzo necesitan los que reciben el servicio para demostrar que son dignos de la denominación de hermanos del Señor? A través de la enseñanza del Señor, que dice:« Porque cualquiera que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano, y hermana, y madre». Puesto que quien no se propone la voluntad de Dios como objetivo de toda su vida, de modo que incluso en la salud demuestre el esfuerzo del amor mediante el celo de las obras del Señor, y en la enfermedad muestre toda paciencia y longanimidad con alegría, corre peligro; primero y más importante, porque se ha alienado del Señor y de la parte de sus hermanos, al haberse separado por no hacer la voluntad de Dios; y segundo, porque se atreve a participar indignamente de lo preparado para los dignos. Por lo cual es necesario también en esto recordar al Apóstol que dice:« Y como colaboradores, os exhortamos a que no recibáis en vano la gracia de Dios»; y que los llamados al lugar de hermanos del Señor no ultrajen tal gracia de Dios, ni traicionen tan gran dignidad por la negligencia de los mandamientos de Dios, sino que obedezcan más bien al mismo Apóstol que dice:« Os ruego yo, el prisionero en el Señor, que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados».
35
¿ Si es necesario que en la misma aldea se formen varias hermandades? RESPUESTA. El modelo de los miembros llevados a muchos nos explica útilmente lo propuesto. Puesto que la razón mostró que para que el cuerpo futuro esté bien y razonablemente ajustado para toda actividad, se necesitan ojos, lengua y los demás órganos, que son necesarios y principales, y es difícil y raro encontrar un alma capaz de ser ojo para muchos. Pues si la precisión busca al superior de la hermandad como alguien previsor, que tiene suficiencia en la palabra, sobrio, compasivo y que busca los mandamientos de Dios con corazón perfecto,¿ cómo es posible encontrar a varios así en la misma aldea? Y si alguna vez sucediera que se encontraran dos o tres, lo cual no es fácil ni lo hemos conocido nunca, es mucho mejor que estos compartan el cuidado y alivien el esfuerzo; de modo que, en la ausencia del otro, o por ocupación, o en otras circunstancias, como sucede que el superior se separa de la hermandad, el otro esté para consuelo de la ausencia; o si no es esto, que vaya a otra hermandad que necesite quien la guíe. Y la experiencia de los asuntos externos puede ayudarnos mucho para el objetivo propuesto. Así pues, como los expertos en los oficios comunes tienen celos hacia sus competidores, ya que el asunto mismo, de forma oculta, tiende a producir contiendas, así sucede también en la mayoría de los casos en este tipo de vida. Pues comenzando por competir en el bien y esforzarse por superarse unos a otros, ya sea en la hospitalidad, o en el aumento del número de los que practican la ascesis, o en otras obras semejantes, al avanzar caen en rivalidades. Luego, a los hermanos que llegan de visita les sucede una gran duda y dificultad en lugar de descanso, al dividir su pensamiento sobre a quiénes deben acudir; pues la preferencia es dolorosa, y es imposible satisfacer a ambos, especialmente cuando están de paso; y a los que desde el principio se acercan a vivir juntos les causarán mucha angustia sobre a quiénes deben elegir como superiores de su propia vida, y ciertamente, al elegir a unos, desaprobarán a los otros. Por tanto, sucede inmediatamente que se dañan desde el principio por la soberbia, no formándose para el aprendizaje, sino acostumbrándose a ser jueces y examinadores de la hermandad. Puesto que, por tanto, no hay ningún bien confesado en la división de las viviendas, y los inconvenientes son tantos, separarse unos de otros es totalmente desfavorable. Y si sucediera que algo ya ha sido tomado, es necesario apresurarse hacia la corrección, y especialmente después de la experiencia de los daños. Y persistir en la decisión es una contienda clara. Pues si alguien parece ser contencioso, dice el Apóstol, nosotros no tenemos tal costumbre, ni las Iglesias de Dios.¿ Pues por qué dirán que se impide la unión?¿ Acaso por necesidades? Pero son mucho más abundantes en la comunión, pudiendo un solo candil, un solo hogar y todas esas cosas bastar para todos. Pues es necesario, si alguna otra cosa, perseguir también la facilidad en esto de todas las maneras, reduciendo las posesiones de lo necesario a lo mínimo. Además, también de los que traen las necesidades de fuera a la hermandad, en la división se necesita más, mientras que en la convivencia, la mitad. Pero cuán difícil es encontrar a un hombre que no deshonre el nombre de Cristo, sino que haga el encuentro con los de fuera en los viajes digno de la profesión, es conocido por vosotros antes de mis palabras. Además, los que persisten en la separación,¿ cómo pueden edificar a los que están en la vida común, o exhortándolos a la paz, si fuera necesario, o a los otros mandamientos, proporcionando sospechas malvadas contra sí mismos por no estar unidos? Y además de esto, oímos al Apóstol escribiendo a los Filipenses:« Completad mi gozo, sintiendo lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una sola cosa, no haciendo nada por rivalidad o vanagloria, sino con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a sí mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros».¿ Qué mayor demostración de humildad, pues, que el que los superiores de la hermandad se sometan unos a otros? Pues si son iguales en los dones espirituales, es mejor la lucha conjunta. Así pues, como nos mostró el mismo Señor, enviándolos de dos en dos; y el uno de ellos elegirá ciertamente con alegría estar sometido al otro, recordando al Señor que dice:« El que se humilla a sí mismo será ensalzado». Pero si sucede que uno es menor y el otro superior, es más útil que el más débil sea acogido por el más fuerte.¿ Y cómo no es una clara desobediencia al mandato apostólico, que dice:« No mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros»? Pues considero que no es posible lograr esto en la división, cuando cada orden se apropia del cuidado de los que están con ellos y se aliena del cuidado de los otros, lo cual, como dije, se opone claramente al mandato apostólico. Y siendo los santos en los Hechos a menudo testificados, sobre quienes está escrito, a veces que:« La multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma»; y a veces que:« Todos los que habían creído estaban juntos y tenían todas las cosas en común»; es evidente que no había ninguna separación en todos, ni cada uno vivía bajo su propia autoridad, sino que todos eran administrados bajo un solo y mismo cuidado; y esto en un total de cinco mil en número, en quienes quizás no eran pocas las cosas que, según el juicio humano, parecían impedir la unión. Donde los que se encuentran en cada aldea están tan disminuidos,¿ qué razón permite que se separen unos de otros? Ojalá fuera posible que no solo los reunidos en la misma aldea estuvieran así, sino que también más hermandades, establecidas en diferentes lugares, fueran edificadas bajo un solo cuidado de los que pueden administrar las cosas de todos sin parcialidad y sabiamente en la unidad del espíritu y en el vínculo de la paz.
36
Sobre los que se retiran de la hermandad. RESPUESTA. A los que una vez han convenido entre sí la vida en común, no les es posible retirarse sin más; porque el no persistir en lo acordado tiene dos causas: o el daño derivado de la convivencia, o la inestabilidad de la mente del que cambia. Por tanto, el que se separa por ser dañado no debe ocultar la causa para sí mismo, sino que debe reprender el daño, según el modo transmitido por el Señor, que dice:« Si tu hermano peca, ve, repréndelo entre ti y él solo», y lo siguiente. Y si se corrige lo que se busca de él, ha ganado a los hermanos y no deshonra su comunión; pero si ve que ellos persisten en el mal y no aceptan la corrección, lo mostrará a los que son capaces de juzgar tales cosas; y después del testimonio de los más, entonces que se separe. Y no se separará de hermanos, sino de extraños, comparando el Señor al que persiste en el mal con un pagano y un publicano. Pues dice:« Sea para ti tal persona como el pagano y el publicano». Pero si por propia ligereza salta de la unión de los hermanos, que cure su propia debilidad, o si no lo acepta, que sea inaceptable para las hermandades. Pero si por un mandamiento del Señor otro es atraído a otro lugar, tales personas no se separan, sino que cumplen una administración. Pero la razón no admite otra causa de separación de hermanos; primero, porque el nombre de nuestro Señor Jesucristo que los reunió es deshonrado; luego, porque ni la conciencia de cada uno podrá estar pura hacia el otro, sino que estarán bajo sospecha mutua. Y esto se opone claramente al mandato del Señor que dice:« Si presentas tu ofrenda ante el altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y ve; reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda». PREGUNTA 37: Si se debe descuidar el trabajo por causa de las oraciones y la salmodia, y cuáles son los tiempos adecuados para la oración, y primero, si se debe trabajar. RESPUESTA. Diciendo nuestro Señor Jesucristo:« Digno», no simplemente cada uno, ni como sea, sino« el obrero es de su alimento»; y ordenando el Apóstol trabajar y esforzarse con las propias manos en lo bueno, para que tengamos que compartir con el que tiene necesidad, que es necesario trabajar con celo es evidente por sí mismo. Pues no se debe considerar el objetivo de la piedad como pretexto de ociosidad, ni como evasión del esfuerzo, sino como motivo de lucha, y de trabajos más abundantes, y de paciencia en las aflicciones, para que también a nosotros nos sea posible decir:« En trabajo y fatiga, en vigilias más abundantemente, en hambre y sed»; no solo porque tal conducta nos es útil para el castigo del cuerpo, sino también por el amor al prójimo, para que Dios proporcione a través de nosotros la suficiencia también a los hermanos débiles, según el modelo dado por el Apóstol en los Hechos, que dice:« En todo os he mostrado que, trabajando así, es necesario socorrer a los débiles»; y de nuevo:« Para que tengáis que compartir con el que tiene necesidad»; para que seamos dignos de oír:« Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber». Y cuánto mal es el de la ociosidad,¿ qué es necesario decir, cuando el Apóstol ordena claramente que el que no trabaja, tampoco coma? Como pues es necesario para cada uno el alimento diario, así es necesario también el trabajo según la capacidad. Pues no en vano Salomón escribió en alabanza:« No comió el pan de la ociosidad». Y de nuevo el Apóstol sobre sí mismo, que:« Ni comimos de balde el pan de nadie, sino que trabajamos con fatiga y trabajo, de noche y de día»; aunque teniendo autoridad, al anunciar el Evangelio, de vivir del Evangelio. Y el Señor también unió la ociosidad con la maldad, diciendo:« Siervo malo y perezoso». Pero también el sabio Salomón no solo alaba al que trabaja mediante lo mencionado, sino que también reprende al perezoso mediante la comparación con los animales más pequeños, diciendo:« Ve a la hormiga, oh perezoso». De modo que es necesario temer que esto nos sea presentado también en el día del juicio, exigiendo el que nos dio la fuerza para trabajar, el trabajo correspondiente a la fuerza. Porque dice:« A quien le confiaron mucho, más le pedirán». Y puesto que algunos, con el pretexto de las oraciones y la salmodia, rehúsan los trabajos, es necesario saber que, si bien en otras cosas cada una tiene su tiempo propio, según el Eclesiastés que dice:« Todo tiene su tiempo»; para la oración y la salmodia, así como también para otras muchas, todo tiempo es adecuado, de modo que mientras se mueven las manos hacia los trabajos, a veces también con la lengua, cuando esto sea posible, y más bien útil para la edificación de la fe; si no, con el corazón en salmos e himnos y cánticos espirituales alabar a Dios, como está escrito, y cumplir la oración entre el trabajo: dando gracias al que dio tanto la fuerza de las manos para los trabajos, como la sabiduría de la mente para la adquisición del conocimiento, y al que concedió la materia, tanto la que está en las herramientas, como la que subyace a los oficios, cualesquiera que estemos trabajando; orando para que las obras de nuestras manos sean dirigidas hacia el objetivo de la complacencia ante Dios. Así logramos también la estabilidad en el alma, cuando en cada actividad pedimos a Dios el éxito del trabajo, y cumplimos la acción de gracias al que dio el poder actuar, y guardamos el objetivo de la complacencia ante él, como se ha dicho antes. Pues si esto no es así,¿ cómo puede suceder que coincidan las cosas dichas por el Apóstol, tanto el« Orad sin cesar», como el« Trabajando de noche y de día»? No obstante, puesto que la acción de gracias en todo tiempo está ordenada por ley, y ha sido mostrada como necesaria para nuestra vida según la naturaleza y la razón, no se deben pasar por alto los tiempos establecidos de las oraciones en las hermandades, que hemos elegido necesariamente, teniendo cada uno una recordación propia de los bienes de Dios: el amanecer, para que los primeros movimientos del alma y de la mente sean ofrendas a Dios, y no tomar ninguna otra cosa en cuidado, antes de alegrarse con el pensamiento de Dios, como está escrito:« Me acordé de Dios y me alegré»; ni mover el cuerpo hacia el trabajo, antes de hacer lo dicho:« A ti oraré, Señor; por la mañana oirás mi voz; por la mañana me presentaré ante ti y miraré»; de nuevo, a la hora tercia levantarse a la oración, y reunir a la hermandad, aunque otros estén repartidos en otros trabajos; y recordados del don del Espíritu, dado a los apóstoles a la hora tercia, adorar todos unánimemente, para que sean dignos también ellos de la recepción de la santificación, y pidiendo su guía y enseñanza para lo conveniente, según el que dice:« Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí; no me eches de delante de tu presencia, y no quites de mí tu santo Espíritu; devuélveme el gozo de tu salvación, y confírmame con un espíritu dirigente»; y en otro lugar:« Tu buen Espíritu me guiará por tierra recta»; y así de nuevo ocuparse de los trabajos. Y aunque estén lejos por la naturaleza de los trabajos o de los lugares, deben necesariamente cumplir allí cada una de las cosas acordadas en común, sin dudar; porque dice el Señor:« Dondequiera que estén dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». Y a la hora sexta juzgamos necesaria la oración a imitación de los santos, que dicen:« Tarde y mañana y al mediodía contaré y anunciaré, y oirá mi voz»; y para ser librados de un percance y del demonio del mediodía, junto con el salmo nonagésimo que se dice. La hora nona nos es transmitida por los mismos apóstoles en los Hechos como necesaria para la oración, relatando que:« Pedro y Juan subían al templo a la hora de la oración, la novena». Completado el día, la acción de gracias por las cosas dadas o logradas en él, y la confesión de las cosas pasadas, si ha ocurrido alguna falta voluntaria o involuntaria, o incluso oculta, ya sea en palabras, o en obras, o en el corazón mismo, expiando nosotros a Dios por todas ellas mediante la oración. Pues es de gran beneficio la revisión de lo pasado para no caer de nuevo en lo mismo. Por eso dice:« Lo que decís en vuestros corazones, en vuestros lechos arrepentíos». Y de nuevo, al comenzar la noche, la petición de que nuestro descanso sea sin tropiezos y libre de fantasías; diciéndose también en esta hora necesariamente el salmo nonagésimo. La medianoche nos la han transmitido Pablo y Silas como necesaria para la oración, como muestra la historia de los Hechos, diciendo:« A medianoche Pablo y Silas oraban y cantaban himnos a Dios»; y el Salmista diciendo:« A medianoche me levantaba para confesarte por los juicios de tu justicia». Y de nuevo es necesario levantarse a la oración antes del amanecer, para no ser sorprendidos por el día en sueño y lecho, según el que dice:« Se adelantaron mis ojos al amanecer para meditar tus palabras». Ninguno de cuyos tiempos debe ser pasado por alto por los que se proponen vivir deliberadamente para la gloria de Dios y de su Cristo. Y considero que la diferencia y variedad en las oraciones y salmodias a las horas señaladas es útil, también por el hecho de que en la monotonía a menudo el alma se desanima y se distrae; mientras que en la alternancia y la variedad de la salmodia y del discurso sobre cada hora, su deseo se renueva y se renueva su sobriedad.
38
Habiendo mostrado suficientemente la razón tanto que la oración es indispensable, como que el trabajo es necesario, es consecuente que seamos enseñados qué oficios convienen a nuestra profesión. RESPUESTA. Definir específicamente ciertos oficios no es fácil, debido a que se buscan unos en unos lugares y otros en otros, según la particularidad de los lugares y la idoneidad de las actividades en cada región; pero es posible esbozar la elección de estos con una razón común: todos los que conservan la paz y la tranquilidad de nuestra vida, sin necesitar mucha actividad para la adquisición de la materia propia, ni mucho esfuerzo para la venta de lo producido, ni los que nos causan encuentros indecentes o dañinos con hombres o mujeres; sino que en todo debemos considerar que el objetivo propio para nosotros es la sencillez y la austeridad, huyendo de servir a los deseos insensatos y dañinos de los hombres, mediante la elaboración de lo que ellos buscan. Pero en el tejido, debemos aceptar lo que está integrado en la costumbre de la vida, no lo que es ideado por los libertinos para la caza y trampa de los jóvenes. Del mismo modo, también en la zapatería, sirvamos a los que buscan lo necesario para la necesidad mediante el oficio. La construcción, la carpintería, la herrería y la agricultura, son en sí mismas necesarias para la vida, y proporcionan mucha utilidad, y según la razón propia no son rechazables para nosotros; excepto cuando alguna vez nos causan disturbios, o rompen la unidad de la vida de los hermanos, entonces debemos evitarlas por necesidad; prefiriendo los oficios que nos mantienen la vida sin distracciones y cercana al Señor, y que no apartan a los que perseveran en la ascesis de la piedad ni del tiempo de salmodia, ni de oración, ni del resto del buen orden. Puesto que, cuando no hay ningún daño por parte de ellos para la vida principal, son preferibles a muchos, y especialmente la agricultura, que tiene por sí misma la adquisición de lo necesario, y libra a los que trabajan de la mucha distracción y del ir y venir de arriba abajo, solo si, según el modo que dijimos, no nos trae disturbios y confusiones ni de vecinos ni de convivientes.
39
Cómo se debe realizar la venta de lo que proviene del trabajo, y cómo viajar. RESPUESTA. Se debe procurar no vender lo que proviene de los trabajos muy lejos, ni exponerse a sí mismos por causa de la venta. Pues es más decorosa la permanencia en un solo lugar, y más útil tanto para la edificación mutua como para la conservación precisa de la vida diaria, de modo que es preferible elegir incluso reducir algo del valor, que viajar fuera de los límites por una pequeña ganancia. Pero si la experiencia muestra que esto es imposible, elegir lugares y ciudades de hombres piadosos, para que el viaje no nos sea infructuoso, y en las ferias señaladas que se reúnan más hermanos juntos, llevando cada uno lo que proviene de su propio trabajo. Y emprender el viaje en común, de modo que también el camino se realice con salmos y oraciones y la edificación mutua; y una vez llegados al lugar, elegir las mismas posadas tanto por el cuidado mutuo, como para que ningún tiempo de oración, ni diurno ni nocturno, se nos escape, y pasar los encuentros con los difíciles y codiciosos de forma más inofensiva estando con más personas que solo. Pues los más violentos rehúsan tener muchos testigos de las injusticias.
40
Sobre las actividades en las asambleas. RESPUESTA. Pero la razón no muestra que las compras que se hacen en los lugares de los mártires sean propias para nosotros. Pues no por otra causa conviene a los cristianos aparecer en los lugares de los mártires o en los lugares cercanos a ellos, sino por causa de la oración y para que, al llegar a la memoria de la firmeza de los santos por la piedad hasta la muerte, seamos incitados al celo semejante; recordando la ira más temible del Señor, que, aunque siempre y en todas partes es manso y humilde de corazón, como está escrito, solo contra los que vendían y compraban en el templo levantó el azote, como si el comercio transformara la casa de oración en cueva de ladrones. No obstante, porque otros, habiéndose adelantado, corrompieron la costumbre que prevalecía sobre los santos, y en lugar de orar unos por otros, y con más personas adorar y llorar ante Dios, y propiciarlo por los pecados, y dar gracias por los beneficios, y edificar mediante la palabra de la exhortación, lo cual supimos que se guardaba aún en nuestra memoria, en lugar de esto hacen del tiempo y del lugar mercado, feria y comercio común, no conviene que nosotros los sigamos ya, y confirmemos lo absurdo con la comunión del hecho; sino imitar las asambleas relatadas en los Evangelios sobre nuestro Señor Jesucristo, y cumplir lo ordenado por el Apóstol como contribuyente a tal modelo. Pues escribe así:« Cuando os reunáis, cada uno de vosotros tiene salmo, tiene enseñanza, tiene revelación, tiene lengua, tiene interpretación; hágase todo para edificación».
41
Sobre la autoridad y la obediencia. RESPUESTA. En las artes mismas que han sido permitidas, no debe permitirse a cada uno hacer lo que tiene o lo que desea aprender, sino aquello para lo que se haya comprobado que es apto. Pues quien se ha negado a sí mismo y ha depuesto todas sus voluntades propias, no hace lo que quiere, sino lo que se le enseña. Ciertamente, la razón tampoco permite que quien ha confiado una vez su propia administración a otros elija por sí mismo lo que le conviene; ellos, según lo que reconozcan como apto en nombre del Señor, lo destinarán a ello. Puesto que quien elige una tarea según su propia inclinación, presenta una acusación contra sí mismo: primero, de complacencia propia; después, porque se ha sentido atraído por la ocupación ya sea por gloria mundana, por esperanza de ganancia o por algo semejante, o bien prefiere lo más ligero por pereza y negligencia. Estar en esto es prueba de que aún no se ha liberado de la malicia de las pasiones. No se ha negado a sí mismo quien desea ejecutar sus propios impulsos, ni ha renunciado a las cosas del mundo si todavía está agitado por la ganancia y la gloria. Tampoco ha mortificado sus miembros que están sobre la tierra quien no soporta el esfuerzo en las obras; más bien, presenta una prueba de obstinación contra sí mismo al considerar que su propio juicio es más preciso que el examen de la mayoría. Por tanto, si alguien posee un arte que no es reprobado por la comunidad, no debe abandonarlo; pues es propio de una mente inestable y de una voluntad insegura despreciar lo presente. Si no lo posee, que no lo tome por sí mismo, sino que acepte lo que ha sido aprobado por los mayores, para que en todo conserve la docilidad. Y así como se demostró que permitirse a sí mismo es impropio, así también no aceptar lo que ha sido aprobado por otros es algo reprobable. Pero incluso si alguien posee un arte, si su uso no agrada a la hermandad, que lo deseche prontamente, demostrando que no está apasionadamente apegado a nada de lo que hay en el mundo. Porque hacer las voluntades de los pensamientos es propio de quien no tiene esperanza, según la palabra del Apóstol; mientras que la docilidad en todo es digna de aceptación, pues el mismo Apóstol elogia a algunos porque se dieron a sí mismos primero al Señor, y luego a nosotros por la voluntad de Dios. Sin embargo, es necesario que cada uno se aplique a su propio trabajo, que se ocupe de él con deseo y, como si Dios estuviera mirando, que lo cumpla sin reproche con diligencia incansable y cuidado más atento, para que tenga la confianza de decir siempre:' He aquí, como los ojos de los siervos miran a las manos de sus señores, así nuestros ojos miran al Señor nuestro Dios'; y no saltar de una cosa a otra. Pues nuestra naturaleza no puede realizar muchas ocupaciones a la vez; y realizar una con esmero es más útil que tocar muchas de manera incompleta. Porque la división en más cosas y el paso de una a otra, además de no perfeccionar ninguna de las obras, demuestra una ligereza de carácter, ya sea preexistente o que se adquiere. Pero si alguna vez surge la necesidad, es consecuente que quien es apto ayude también en otros artes. Y ni siquiera esto por sí mismo, sino si alguna vez es llamado, no haciéndolo nosotros de forma prioritaria, sino según la circunstancia; como ocurre con los miembros del cuerpo, cuando, al flaquear el pie, nos apoyamos en la mano. Y de nuevo, así como saltar por cuenta propia es inconveniente, así no aceptar lo que se ha ordenado es digno de acusación, para que ni se alimente la pasión de la obstinación, ni se disuelva el límite de la obediencia y la docilidad. El cuidado de las herramientas corresponde primordialmente al artesano de cada trabajo; pero si alguna vez sucede que algo es pasado por alto, como bien común de todos, que sea digno del cuidado debido por parte de quienes lo vieron primero. Pues aunque su uso sea particular, lo útil que proviene de ellas es común. Porque despreciar las cosas del otro arte como si no fueran asunto propio es prueba de alienación. Tampoco conviene que quienes manejan los artes reclamen la propiedad de las herramientas, de modo que no permitan al superior de la hermandad usarlas para lo que quiera, o que se permitan a sí mismos venderlas o intercambiarlas, o deshacerse de ellas de cualquier otro modo, o incluso adquirir otras además de las existentes; pues quien una vez juzgó no ser dueño ni de sus propias manos, sino que confió a otro la administración de su actividad,¿ cómo podría tal persona actuar de manera consecuente, siendo dueña de las herramientas del arte y usándolas con pretensión de propiedad?
42
Con qué propósito y con qué disposición deben trabajar los que trabajan. RESPUESTA. Sin embargo, es necesario saber que el que trabaja no debe trabajar para servir a sus propias necesidades a través de las obras, sino para cumplir el mandamiento del Señor, que dijo:' Tuve hambre y me disteis de comer', y lo que sigue. Pues preocuparse por uno mismo está totalmente prohibido por el Señor, al decir:' No os preocupéis por vuestra alma qué comeréis, ni por vuestro cuerpo qué vestiréis'; y al añadir:' Porque todas estas cosas buscan las naciones'. Por tanto, el propósito que debe estar ante cada uno en el trabajo es el servicio a los necesitados, no su propia necesidad. Pues así evitará el crimen del egoísmo y recibirá la bendición de la fraternidad del Señor, que dice:' En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis'. Y que nadie piense que nos oponemos a la palabra del Apóstol, que dice:' Para que trabajando coman su propio pan'. Pues esto se ha dicho contra los desordenados y ociosos; como preferible a la vida en la ociosidad es que cada uno al menos se sirva a sí mismo y no se convierta en carga para otros.' Pues oímos', dice,' que algunos andan entre vosotros desordenadamente, no trabajando nada, sino entrometiéndose; a tales, pues, mandamos y exhortamos que, trabajando con sosiego, coman su propio pan'. Y lo de' trabajando noche y día para no ser carga a nadie' conduce al mismo sentido; el Apóstol, por fraternidad, se somete a trabajos superiores a lo ordenado para la eliminación de los desordenados. Pero es propio de quien se apresura hacia la perfección trabajar de noche y de día, para tener qué compartir con el que tiene necesidad. Puesto que quien espera en sí mismo, o en quien ha asumido el cuidado de las necesidades, y pone su propia labor o la del compañero como fundamento suficiente para vivir, en la medida en que puso su esperanza en el hombre, corre el peligro de caer bajo la maldición que dice:' Maldito el hombre que pone su esperanza en el hombre, y apoyará la carne de su brazo, y de parte del Señor se apartará su alma'; la palabra, mediante' quien pone su esperanza en el hombre', prohíbe esperar en otro; mediante' y apoyará la carne de su brazo', prohíbe confiar en sí mismo; y llama a ambos apostasía del Señor, y trae el fin de ambos:' Porque será como el tamarisco en el desierto; y no verá cuando vengan los bienes'; demostrando la palabra que esperar en sí mismo o en cualquier otro es apartarse del Señor.
43
El modo sobre los trabajos nos ha sido transmitido suficientemente; a menos que seamos enseñados a descubrir algo más por las cosas mismas. Pero necesitamos que se aclare cómo deben ser los superiores de la hermandad, o cómo deben guiar a los que están con ellos. RESPUESTA. Se ha dicho, como en resumen, también sobre esta parte; pero puesto que, haciendo bien, deseáis que esta parte sea aclarada más( porque tal como sea lo que supervisa y gobierna, tal suele ser, en la mayoría de los casos, lo que es gobernado), es necesario no pasarla por alto. Es necesario, pues, que el superior, recordando la orden del Apóstol que dice:' Sé ejemplo de los fieles', ofrezca su propia vida como muestra evidente de todo mandamiento del Señor, de modo que no deje a los enseñados ninguna ocasión para considerar el mandamiento del Señor como imposible o despreciable. Primero, pues, lo que es primero, en el amor de Cristo debe alcanzar la humildad de tal manera que, incluso estando él en silencio, el ejemplo de sus obras esté ante todos como más fuerte que cualquier palabra para la enseñanza. Pues si este es el límite del cristianismo, la imitación de Cristo en la medida de la encarnación, según lo que corresponde a la vocación de cada uno, los que han sido confiados con la guía de muchos deben hacer avanzar a los que aún son más débiles mediante su propia mediación hacia la semejanza de Cristo, según el bienaventurado Pablo que dice:' Sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo'. Por tanto, es necesario que ellos, siendo los primeros en alcanzar la medida de la humildad transmitida por nuestro Señor Jesucristo, se conviertan en un modelo preciso.' Aprended de mí', dice,' que soy manso y humilde de corazón'. Que la mansedumbre de carácter y la humildad de corazón caractericen al superior. Pues si el Señor no se avergonzó del servicio de sus propios siervos, sino que aceptó ser servidor de la tierra y del barro que Él mismo formó y modeló en hombre(' Pues yo estoy', dice,' en medio de vosotros como el que sirve'),¿ qué debemos hacer nosotros para considerar que alcanzamos su imitación ante nuestros iguales? Esto, pues, debe existir en tal medida en el superior. Después, que sea compasivo y que soporte con paciencia a los que por inexperiencia faltan en algo de sus deberes, no callando ante los pecados, sino soportando mansamente a los que se rebelan y aplicándoles las curaciones con toda compasión y mesura. Y es capaz de encontrar el modo de terapia adecuado a la pasión, no reprendiendo con obstinación, sino amonestando y educando en mansedumbre, como está escrito, sobrio en las cosas presentes, previsor de las futuras, capaz de luchar junto a los fuertes, y de cargar con las debilidades de los débiles, y capaz de hacer y decir todo para la edificación de los que están con él; no tomando la protección para sí mismo, sino habiendo sido aprobado por los que sobresalen en las otras hermandades, y habiendo dado prueba suficiente de su carácter en la vida pasada.' Pues estos también', dice,' sean probados primero, luego sirvan, siendo irreprensibles'. Así, que tal persona sea permitida la protección, y que defina el buen orden para la hermandad, haciendo la distribución de las obras según lo que cada uno es apto.
44
A quiénes se debe permitir las ausencias; y cómo examinarlos al regresar. RESPUESTA. Que permita la ausencia a quien pueda realizarla sin daño para su propia alma y con provecho para los que se encuentra. Pues si no está presente el apto, es mejor soportar toda aflicción y estrechez hasta la muerte en la carencia de lo necesario, que pasar por alto un daño al alma confesado por causa de un consuelo corporal. Pues' me es bueno', dice el Apóstol,' morir antes que alguien vacíe mi gloria'; y esto en las cosas bajo autoridad;¿ cuánto más en las cosas según el mandamiento? Aunque la ley del amor tampoco deja esto sin consuelo. Pues si sucede que no está presente en una hermandad el que es enviado de forma apta, los cercanos suplirán lo que falta, haciendo las ausencias comunes e inseparables unos de otros, de modo que los débiles en el alma, o incluso los frágiles en el cuerpo, sean salvados junto con los más fuertes en tal comunión, estableciendo esto desde lejos el que ha sido confiado, para que no se encuentre el consuelo sin recursos por el tiempo de la estrechez ante la necesidad misma. Después del regreso, que examine al ausente: cuáles fueron las acciones, qué clase de hombres fueron sus encuentros; cuáles fueron las palabras que tuvo con ellos; cuáles fueron los pensamientos de su alma; si vivió y cumplió cada día y cada noche en el temor de Dios, o si en algún lugar se desvió y alteró algo de lo establecido, ya sea cediendo a las circunstancias externas o deslizándose por su propia negligencia. Y que lo realizado correctamente sea confirmado con aceptación; y lo errado sea corregido con la enseñanza mesurada y experta. Pues así los que viajan serán más sobrios por el cuidado de la rendición de cuentas, y nosotros pareceremos no descuidar su vida ni siquiera en el tiempo de la separación. Y la historia de los Hechos transmite que esto era habitual entre los santos, enseñándonos cómo Pedro, al regresar a Jerusalén, rinde cuentas a los de allí sobre la palabra de la comunión con los gentiles; y cómo Pablo y Bernabé, al llegar y reunir a la Iglesia, anunciaron todo lo que Dios hizo con ellos; y de nuevo, que toda la multitud callaba y escuchaban a Bernabé y a Pablo explicando todo lo que Dios hizo. Sin embargo, es necesario saber que las correrías, los negocios y las ganancias mercantiles deben ser evitados por todos los medios por las hermandades.
45
Que debe haber, además del superior, alguien más que pueda cuidar de los hermanos en su ausencia o ocupación. RESPUESTA. Puesto que sucede a menudo que, ya sea por enfermedad del cuerpo, por necesidad de ausencia o por alguna otra circunstancia, el superior se separa de la hermandad, que haya también otro, tras su examen y el de otros capaces de examinar, elegido para esto, para que, estando aquel ausente, suceda en el cuidado de los hermanos, de modo que también para los presentes las exhortaciones de la palabra provengan de uno; pero que la hermandad no adopte en la ausencia del superior alguna forma democrática para la disolución del canon y del buen orden transmitido; sino que se guarden las cosas aprobadas tras examen para gloria de Dios, y que también para los extranjeros que llegan haya quien responda con sensatez, para que tanto los que buscan la palabra sean edificados dignamente según el asunto, como que no se avergüence lo común de la hermandad. Pues que todos salten por igual a la palabra es causa de alboroto y señal de desorden; el Apóstol no permitió que ni siquiera los que fueron dignos del don de la enseñanza hablaran más de uno a la vez, por lo cual dice:' Si a otro le es revelado, el primero calle'; y de nuevo, reprobando lo absurdo de tal desorden al decir:' Si, pues, se reúne toda la Iglesia en un mismo lugar, y todos hablan en lenguas, y entran indoctos o incrédulos,¿ no dirán que estáis locos?'. Y si por ignorancia el extranjero dirige las preguntas a otro, aunque el preguntado personalmente sea capaz de responder sin carencias, sin embargo, por causa del buen orden, que él mismo calle, pero que indique al que ha sido confiado esta parte, como hicieron los apóstoles ante el Señor, para que el uso de la palabra sea ordenado y decoroso. Pues si en la curación de los cuerpos no es para cualquiera usar el hierro sobre los enfermos, sino para quien ha asumido el arte, y con largo tiempo, y experiencia, y práctica de las obras, y enseñanza de los expertos;¿ qué razón tiene que los que se encuentran salten a la curación mediante la palabra? En la cual incluso lo más pequeño pasado por alto trae el mayor daño. Pues entre aquellos donde ni siquiera la distribución de pan está permitida a cualquiera, sino que tal servicio corresponde a uno, al confiado tras examen,¿ cómo no será mucho más necesario que el alimento espiritual sea ofrecido a los que piden de manera elegida y observada por uno de los más capaces? De modo que no es de la obstinación de cualquiera juzgar a Dios el que fue preguntado, al atreverse así y como sea a la respuesta, sino no indicar al que ha sido encargado de la administración de la palabra, quien, por ser un administrador fiel y prudente, fue elegido para distribuir en el tiempo el alimento espiritual, y administrar sus palabras en juicio, como está escrito. Y si algo escapa al que debe responder, y otro lo descubre, que no salte inmediatamente a la corrección, sino que proponga en privado lo que se le ocurrió. Pues de esto surge ocasión de exaltación contra los que sobresalen para los inferiores, de modo que, aunque alguien responda útilmente, si no es de manera debida, es culpable de las penas del desorden.
46
Sobre no ocultar pecados al hermano o a sí mismo. RESPUESTA. Todo pecado debe ser referido al superior, ya sea por el mismo que pecó, o por los que lo conocieron, si ellos mismos no pueden curarlo, según lo ordenado por el Señor. Pues la malicia silenciada es una enfermedad oculta en el alma. Así pues, como no llamaríamos benefactor al que encierra en el cuerpo las cosas mortales, sino más bien al que mediante dolor y punción lo saca a la luz, para que o bien mediante el vómito deseche lo que daña, o bien, en general, mediante la manifestación de la pasión, sea conocido el modo de la terapia; así, evidentemente, ocultar el pecado es colaborar con el que enferma hacia la muerte. Pues' aguijón', dice,' de la muerte es el pecado'. Mejores son las reprensiones que la amistad oculta. Que nadie oculte a otro, para que no se convierta en fratricida en lugar de hermano, ni él mismo a sí mismo. Pues quien no se cura a sí mismo en sus obras, dice, es hermano del que se daña a sí mismo.
47
Sobre los que no aceptan lo establecido por el superior. RESPUESTA. Al que no acepta lo aprobado por el superior, es necesario que contradiga abierta o privadamente, si tuviera alguna razón fuerte según la voluntad de las Escrituras, o que, habiendo callado, haga lo ordenado. Pero si él mismo se avergüenza, que use a otros mediadores para esto, para que, si el mandato fuera contra la Escritura, se libere tanto a sí mismo como a los hermanos del daño; si se demostrara que fue hecho según la razón debida, que se libere a sí mismo de un juicio vano y peligroso. Pues' el que duda', dice,' si come, es condenado; porque no es por fe'; y que no cause a los más sencillos ningún desliz de desobediencia. Pues' conviene', dice el Señor,' que se cuelgue una piedra de molino alrededor de su cuello, y sea arrojado al mar, antes que escandalice a uno de estos pequeños'. Pero si algunos persisten en la desobediencia, criticando en secreto, pero no publicando la tristeza, como causantes de duda para la hermandad, y desestabilizando la seguridad hacia los mandamientos, y maestros de desobediencia y rebeldía, que sean expulsados de la hermandad.' Pues expulsa', dice,' al pestilente del concilio, y saldrá con él la contienda'; y de nuevo:' Quitad al malvado de entre vosotros mismos'. Porque un poco de levadura leuda toda la masa.
48
Que no se debe entrometer en las administraciones del superior, sino atender al propio trabajo. RESPUESTA. Para que nadie caiga fácilmente en tal pasión de duda hacia el daño propio y de los otros, debe guardarse esto en general en la hermandad: que nadie desde el principio se entrometa en las administraciones del superior, ni sea curioso sobre lo que se hace, fuera de los más cercanos al superior en grado y sensatez; a quienes también tomará necesariamente para el consejo y reflexión sobre las cosas comunes, obedeciendo a la exhortación del que dijo:' Haz todo con consejo'. Pues si hemos confiado a él la administración de nuestras almas, como quien dará cuenta a Dios, es totalmente irracional desconfiar sobre las cosas más insignificantes, y llenarse a sí mismo de sospechas absurdas contra el hermano, y dar ocasión a los otros. Por lo cual, para que esto no suceda, que cada uno permanezca en lo que fue llamado; y habiéndose entregado por completo al cuidado de lo que le corresponde, que no se entrometa en las otras administraciones, imitando a los santos discípulos del Señor, ante quienes, aunque el asunto de la samaritana podía llevar a sospecha, sin embargo,' nadie', dice,' dijo:¿ Qué buscas, o qué hablas con ella?'
49
Sobre las disputas en la hermandad. RESPUESTA. Sobre las disputas en la hermandad, cuando algunos están en desacuerdo sobre algún asunto, no deben oponerse unos a otros con contienda, sino reservar el juicio a los más capaces. Para que ni se confunda el orden, preguntando todos, y siempre, ni surja ocasión de disputa y palabrería, es necesario que haya uno que haya sido probado, capaz de proponer a la hermandad para examen común las cosas que algunos dudan, o de remitirlo al superior. Pues la discusión de lo buscado será así más consecuente y experta. Pues si cada asunto necesita ciencia y experiencia, mucho más en tales cosas. Y si nadie permitiría el uso de herramientas a los inexpertos, mucho más se debe permitir el manejo de las palabras a los capaces; quienes serán capaces de discernir el lugar, el tiempo y el modo de las preguntas, oponiéndose sin contienda y con prudencia, y escuchando con sensatez, para guardar con precisión las soluciones de lo buscado para la edificación de lo común.
50
Cómo se debe reprender al superior. RESPUESTA. Pero que el superior tampoco aplique las reprensiones a los que han pecado con pasión. Pues reprender al hermano con ira y furor no es liberarlo del pecado, sino envolverse a sí mismo en faltas. Por lo cual dice:' Educando con mansedumbre a los que se oponen'; ni ser severo en lo que él mismo sea pasado por alto, y en lo que vea a otro ser despreciado, mostrar la bondad hacia el que pecó; sino más bien disgustarse entonces por el mal. Pues así evitará la sospecha del egoísmo, y dará prueba de no odiar al que pecó, sino de apartarse del pecado, por la diferencia de sí mismo hacia el otro. Haciendo diferencia de indignación, no la dicha, sino la contraria, es evidente que no se indigna ni por Dios ni por el peligro del que pecó, sino por su propia ambición o deseo de mando. Pues es necesario, mostrando celo por la gloria de Dios que es deshonrada en la transgresión del mandamiento, y teniendo compasión de fraternidad por la salvación del hermano que está en peligro en el pecado( porque' el alma que peca, ella morirá'), moverse ante todo pecado como contra pecado, y mostrar con la severidad de la venganza el ardor de la disposición.
51
De qué modo se debe corregir la falta del que pecó. RESPUESTA. Y que aplique las correcciones a los apasionados según el modo de la terapia, no enfureciéndose con los enfermos, sino luchando contra la enfermedad, y poniéndose frente a las pasiones, y curando la dolencia del alma mediante una conducta más penosa, si fuera necesario; por ejemplo, la vanagloria mediante mandatos de prácticas de humildad; la ociosidad en el hablar mediante el silencio; el sueño desmedido mediante la vigilia en las oraciones; la ociosidad del cuerpo mediante los trabajos; la comida impropia mediante el ayuno; la murmuración mediante el aislamiento, de modo que ni elija que alguno de los hermanos trabaje con él, ni mezcle el trabajo que proviene de él con los de otros, como se ha dicho antes, a menos que aparezca liberado de la pasión mediante el arrepentimiento sin vergüenza. Y entonces, aceptar el trabajo realizado en la murmuración; ni siquiera así para el servicio del uso de los hermanos, sino administrándolo para otra necesidad. Y la razón de esto ha sido demostrada suficientemente antes.
52
Con qué disposición se debe aceptar las correcciones. RESPUESTA. Y así como dijimos que el superior debe aplicar las curaciones a los enfermos sin pasión, así de nuevo es necesario que los curados no reciban las correcciones con enemistad, ni consideren tiranía el cuidado aplicado a ellos por compasión para la salvación del alma. Pues es vergonzoso que los que enferman de los cuerpos confíen tanto en los médicos que, aunque corten, aunque quemen, y aflijan con medicinas amargas, los consideren benefactores; y que nosotros, ante los curadores de nuestras almas, cuando mediante una conducta penosa nos procuran la salvación, no tengamos la misma disposición, diciendo el Apóstol:'¿ Y quién es el que me alegra sino el que es entristecido por mí?'; y de nuevo:' He aquí que esto mismo de ser entristecidos según Dios,¡ cuánta diligencia produjo en vosotros!'. De modo que, mirando hacia el fin, es necesario juzgar benefactor al que nos causa la tristeza según Dios.
53
Cómo los maestros de los artes corregirán a los niños que fallan. RESPUESTA. Sin embargo, es necesario que también los que enseñan los artes, en cuanto a lo que los que aprenden pecan contra el arte mismo, reprendan la falta por sí mismos, y corrijan los errores. Pero en cuanto a los pecados que son acusaciones de la perversión del carácter, como desobediencias y contradicciones, y negligencia en las obras, o ociosidad en el hablar, o mentira, o cualquier otra cosa de las prohibidas a los piadosos, es necesario llevarlos ante el supervisor del buen orden común para reprenderlos, de modo que por él se invente también la medida y el modo de la curación de los pecados. Pues si la reprensión es terapia del alma, no es de cualquiera reprender, como tampoco curar, a menos que el superior mismo se lo permita tras un examen más profundo.
54
Sobre que los superiores de la hermandad deben confiar unos a otros sus asuntos. RESPUESTA. Es bueno que a veces se haga un concilio en ciertos tiempos y lugares determinados de los encargados de las hermandades; en los cuales se confiarán unos a otros tanto las cosas que sucedieron contra la razón, como las dificultades de los caracteres, y cómo dispusieron a cada uno, de modo que lo que alguna vez fue hecho erróneamente por alguien sea revelado dignamente de crédito por el juicio de muchos, y lo que fue realizado correctamente sea confirmado por el testimonio de la mayoría.
55
Si usar las cosas de la medicina es según el propósito de la piedad. RESPUESTA. Así como cada uno de los artes ha sido otorgado por Dios como ayuda para nosotros ante la debilidad de la naturaleza, por ejemplo la agricultura, puesto que no bastan las cosas que nacen espontáneamente de la tierra para el consuelo de las necesidades; y el tejido, puesto que es necesario que las cosas de los abrigos sean confirmadas en mayor número
56
¿ Es lícito para los cristianos hacer uso de la medicina con miras a la piedad? RESPUESTA. Así como cada una de las artes nos ha sido otorgada por Dios como una ayuda para la debilidad de nuestra naturaleza— por ejemplo, la agricultura, puesto que lo que brota espontáneamente de la tierra no basta para aliviar nuestras necesidades; la tejeduría, puesto que es indispensable el uso de vestiduras tanto por decoro como para protegernos de las inclemencias del aire; y, de igual modo, la arquitectura—, así también ocurre con la medicina. Puesto que nuestro cuerpo, sujeto a las pasiones, está expuesto a diversas lesiones, tanto a las que sobrevienen desde el exterior como a las que se originan en el interior a causa de los alimentos, y se ve aquejado por excesos y carencias, el arte de la medicina ha sido permitido por Dios, quien administra toda nuestra vida, al proponer la eliminación de lo superfluo y la adición de lo que falta, como un modelo de la curación del alma. Pues, así como si estuviéramos en el paraíso de la delicia no habríamos necesitado de la previsión ni del esfuerzo agrícola, de igual modo, si estuviéramos en la impasibilidad según el don de la creación anterior a la caída, no habríamos necesitado de nada de lo que la medicina ofrece para nuestro alivio. Pero, así como después de ser desterrados a este lugar y de escuchar:« Con el sudor de tu rostro comerás tu pan», establecimos el arte de la agricultura mediante la larga experiencia y el trabajo en la tierra para aliviar los pesares derivados de la maldición, habiéndonos Dios concedido la inteligencia y la comprensión de este arte; así también, puesto que se nos ordenó volver a la tierra de la que fuimos tomados y fuimos unidos a una carne dolorosa, condenada a la corrupción por causa del pecado y, por ello, sometida a estas afecciones, se nos proporcionó también el socorro que la medicina ofrece a los enfermos, al menos en la medida necesaria. Pues las hierbas que son apropiadas para cada una de las afecciones no brotaron espontáneamente de la tierra, sino que, evidentemente, fueron producidas por la voluntad del Creador con miras a nuestro beneficio. Por tanto, la naturaleza que se encuentra en las raíces, en las flores, en las hojas, en los frutos o en los jugos, o todo lo que se ha descubierto en los minerales o en el mar como apropiado para el beneficio de la carne, es semejante al hallazgo de lo que se come y se bebe; pero lo que es rebuscado, curioso, lo que causa gran distracción y lo que, por así decirlo, desvía toda nuestra vida hacia el cuidado de la carne, debe ser rechazado por los cristianos. Y debemos esforzarnos por usar el arte, si fuera necesario, de tal manera que no pongamos en él toda la causa de la salud o de la enfermedad, sino que recibamos su uso para la gloria de Dios y como modelo del cuidado de las almas. En la ausencia de los remedios de la medicina, no debemos poner toda nuestra esperanza de alivio de los pesares en este arte, sino saber que Dios o no permitirá que seamos tentados más allá de lo que podemos soportar, o bien, como hizo el Señor en aquel entonces— a veces aplicando barro y ordenando lavarse en Siloé, y otras veces bastándole solo su voluntad al decir:« Quiero, sé limpio»—, así también en nuestro caso, a veces nos toca invisiblemente desde lo oculto cuando comprende que esto es provechoso para nuestras almas, y otras veces se complace en que usemos ayudas materiales para nuestras afecciones, haciendo que, mediante la prolongación de la curación, permanezca el recuerdo de la gracia, o bien proporcionando, como dije, un modelo para el cuidado del alma. Pues, así como en la carne es necesaria la eliminación de lo extraño y la adición de lo que falta, así también en nuestra alma debemos administrar lo extraño y adquirir lo que es conforme a la naturaleza. Porque Dios hizo al hombre recto y nos creó para buenas obras, a fin de que caminemos en ellas. Y así como allí soportamos incisiones, cauterizaciones y la ingestión de fármacos amargos para la curación del cuerpo, así también aquí debemos aceptar los instrumentos del discurso que reprende y los amargos fármacos de las amonestaciones para la curación del alma. Esto es lo que el discurso profético reprocha a los que no han sido instruidos al decir:«¿ No hay resina en Galaad?¿ O no hay médico allí?¿ Por qué no ha subido la curación de la hija de mi pueblo?». Y el hecho de esperar la curación de las afecciones crónicas tras un largo tiempo y mediante remedios a la vez dolorosos y diversos es una señal de que también debemos corregir los pecados del alma mediante una oración laboriosa, una penitencia prolongada y una disciplina penosa, la que el discurso nos sugiera como suficiente para la curación. Por tanto, no debemos evitar todo beneficio de la medicina solo porque algunos no hacen buen uso de ella. Pues, así como no debemos rechazar todas las artes juntas porque los intemperantes, entregados a los placeres, usan la cocina, la panadería o la tejeduría para idear deleites, excediendo el límite de lo necesario, al contrario, debemos refutar mediante su uso correcto lo que ellos corrompen. Así también, en el caso de la medicina, no es razonable difamar la gracia de Dios por un mal uso. Pues tener la esperanza de la propia salud en manos de los médicos es propio de bestias— lo cual vemos que padecen algunos de los desdichados, que no se abstienen de llamarlos salvadores—, y evitar por completo sus beneficios es propio de gente contenciosa. Pero, así como Ezequías no consideraba la masa de higos como la causa primera de la salud, ni atribuía a ella la causa de la curación del cuerpo, sino que añadía a la gloria de Dios la acción de gracias por la creación de los higos, así también nosotros, al recibir los golpes de parte de Dios, quien administra nuestra vida de manera buena y prudente, pedimos primero de Él el conocimiento de la razón por la cual envía los azotes, y luego tanto la liberación de los dolores como la paciencia, para que, junto con la tentación, nos proporcione también la salida, a fin de que podamos soportarla. Y una vez que se nos ha dado la gracia de la curación, ya sea mediante el vino y el aceite, como en el caso del que cayó en manos de los salteadores, o mediante los higos, como en el caso de Ezequías, la recibimos con gratitud. Y no habrá diferencia para nosotros si el cuidado de Dios nos llega de lo invisible o a través de algo corporal, lo cual a menudo nos conduce de manera más eficaz a la conciencia de la gracia del Señor. Muchas veces, al caer en enfermedades para nuestra educación, hemos sido condenados a soportar como parte de esa educación la curación mediante remedios penosos. Por tanto, la recta razón no nos dicta rechazar ni incisiones, ni cauterizaciones, ni los dolores de fármacos fuertes y penosos, ni ayunos, ni medidas precisas de dieta, ni la abstinencia de lo que nos corrompe; siempre que( repito) se preserve el objetivo del beneficio del alma, siendo instruida esta en su propio cuidado a modo de ejemplo. Pero existe un peligro no menor de que la mente caiga en la vanidad, pensando que toda afección requiere de los remedios de la medicina. Pues no todas las enfermedades son de naturaleza física, ni provienen de una dieta descuidada o de otros principios corporales, para los cuales a veces vemos que la medicina es útil. Pues muchas veces las enfermedades son también azotes por los pecados, enviados para la conversión. Pues dice:« Al que ama el Señor, disciplina»; y:« Por esto hay entre vosotros muchos enfermos y débiles, y muchos duermen. Si nos juzgáramos a nosotros mismos, no seríamos juzgados. Pero al ser juzgados por el Señor, somos disciplinados, para que no seamos condenados con el mundo». Por tanto, a quienes se encuentran en tal estado, les conviene estar en calma, dejar de lado las prácticas médicas y soportar lo que se les envía, una vez que reconozcamos nuestras faltas, según el que dijo:« Soportaré la ira del Señor, porque he pecado contra Él», y mostrar la corrección haciendo frutos dignos de arrepentimiento, y recordar al Señor que dijo:« Mira, has sido sanado; no peques más, para que no te suceda algo peor». A veces sucede también por petición del maligno, como cuando el bondadoso Señor permite que el gran atleta descienda con él al combate, abatiendo su soberbia mediante la extrema paciencia de sus siervos; lo cual aprendimos que sucedió en el caso de Job. O también, aquellos que pueden perseverar hasta la muerte en los dolores son presentados por Dios como ejemplo para los que no soportan el sufrimiento; como Lázaro, quien, estando cubierto de tales llagas, no está escrito en ninguna parte que pidiera nada al rico ni que se quejara de lo que le sucedía; por lo cual obtuvo el descanso en el seno de Abraham, como quien recibió sus males en su vida. Encontramos también otra causa de enfermedades que sobrevienen a los santos, como en el caso del Apóstol. Pues, para que no pareciera exceder el límite de la naturaleza humana y para que nadie pensara que él tenía algo extraordinario en su constitución física( lo cual les sucedió a los licaonios, que traían guirnaldas y toros), permanecía constantemente con la enfermedad para mostrar la naturaleza humana.¿ Qué ganancia, pues, obtendrían tales personas de la medicina?¿ Y no sería más bien un peligro, al distraerse de la recta razón hacia el cuidado del cuerpo? Sin embargo, para aquellos que han acumulado la enfermedad por una dieta perversa, debe usarse la curación del cuerpo como un modelo y ejemplo para el cuidado del alma, como se ha dicho anteriormente. Pues la abstinencia de lo que daña, según el discurso médico, es también provechosa para nosotros, así como la elección de lo útil y la observancia de los mandamientos. Y que el mismo cambio de la carne, de la enfermedad a la salud, sea un consuelo para no desesperar de que el alma, tras los pecados, pueda volver a su propia integridad mediante el arrepentimiento. Por tanto, no debemos evitar el arte por completo, ni es consecuente poner en él todas las esperanzas. Pero, así como usamos la agricultura, pero pedimos a Dios los frutos; y confiamos el timón al piloto, pero oramos a Dios para salvarnos del mar; así también, al introducir al médico, cuando la razón lo permite, no nos apartamos de la esperanza en Dios. Y a mí me parece que el arte contribuye no poco a la templanza. Pues veo que corta los deleites, condena la hartura y rechaza la variedad de la dieta y la curiosa invención de condimentos por ser perjudiciales; y, en suma, llama a la necesidad madre de la salud, de modo que, también en esto, el consejo que proviene de ella no nos es inútil. Por tanto, ya sea que usemos los preceptos de la medicina o que los rechacemos, según alguna de las razones expuestas anteriormente, que se preserve el objetivo de agradar a Dios, que se administre el beneficio del alma y que se cumpla el mandato del Apóstol, que dice:« Ya sea que comáis, ya sea que bebáis, o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios».