1.P1
Yo, que antaño compuse poemas con entusiasmo floreciente, me veo obligado,¡ ay!, a entonar tristes modos. Ved cómo las Musas, de cabellos revueltos, me dictan qué escribir y cómo mis elegías bañan mi rostro con lágrimas verdaderas. Ningún terror pudo vencerlas, al menos, para que no acompañaran mis pasos como compañeras. La gloria de mi feliz y lozana juventud consuela ahora mis penas de anciano afligido. Pues ha llegado, apresurada por los males, una vejez inesperada, y el dolor ha ordenado que la edad tome su curso. Las canas se derraman prematuramente sobre mi cabeza y la piel laxa tiembla en mi cuerpo agotado.¡ Feliz la muerte de los hombres que no se entromete en los años dulces y que a menudo llega cuando se la llama en la aflicción!¡ Ay, con qué oído sordo se aparta de los miserables y se niega cruelmente a cerrar los ojos que lloran! Mientras la fortuna, poco fiable, me engañaba con sus bienes ligeros, la triste hora casi había sumido mi cabeza en el abismo. Ahora que ha cambiado su rostro nublado por uno falaz, la vida impía prolonga sus ingratas demoras.¿ Por qué, amigos, me llamasteis feliz tantas veces? Quien ha caído, no estaba en un peldaño estable.
1.M1
Mientras meditaba esto conmigo mismo en silencio y consignaba mi lamentable queja con el oficio de la pluma, me pareció ver a una mujer de pie sobre mi cabeza, de rostro muy venerable, ojos ardientes y perspicaces más allá de la capacidad común de los hombres, de tez viva y vigor inagotable, aunque estaba tan llena de años que de ningún modo se creería de nuestra edad, de estatura de ambigua distinción. Pues a veces se contenía a la medida común de los hombres, y otras veces parecía golpear el cielo con la cima de su cabeza; y cuando levantaba más su cabeza, penetraba incluso el cielo y frustraba la mirada de los hombres que la observaban. Sus vestidos estaban hechos con hilos finísimos, de sutil artificio y materia indisoluble, los cuales, como supe después por ella misma, había tejido con sus propias manos. Una especie de calígine de antigüedad descuidada los cubría, como suele ocurrir con las imágenes ahumadas. En el borde inferior de estos se leía una Π griega, y en el superior una θ, entretejidas. Y entre ambas letras se veían unos grados marcados a modo de escalera, por los cuales se ascendía del elemento inferior al superior. Sin embargo, manos de algunos violentos habían desgarrado este mismo vestido y se habían llevado las partículas que cada uno pudo. En su mano derecha llevaba unos libros, y en la izquierda un cetro. Cuando vio a las Musas poéticas junto a mi lecho dictando palabras a mis llantos, conmovida por un momento e inflamada con ojos severos, dijo:¿ Quién ha permitido que estas meretrices escénicas se acerquen a este enfermo, que no solo no alivian sus dolores con remedios, sino que además los alimentan con dulces venenos? Pues estas son las que matan la cosecha rica en frutos de la razón con las espinas infructuosas de los afectos y acostumbran las mentes de los hombres a la enfermedad, no las liberan. Pero si vuestras halagos atrajeran a algún profano, como es habitual entre vosotros, pensaría que es menos molesto, pues en nada se dañarían nuestras obras.¿ Pero a este, nutrido en los estudios eleáticos y académicos?¡ Idos más bien, Sirenas dulces hasta la perdición, y dejad que sea curado y sanado por mis Musas! Ante esta reprimenda, aquel coro, más triste, bajó la mirada al suelo y, confesando su vergüenza con rubor, salió tristemente del umbral. Yo, cuya vista estaba nublada por las lágrimas y no podía distinguir quién era esta mujer de tan imperiosa autoridad, quedé estupefacto y, con la mirada fija en la tierra, comencé a esperar en silencio qué iba a hacer a continuación. Entonces ella, acercándose más, se sentó en el extremo de mi lecho y, mirando mi rostro grave por el duelo y abatido por la tristeza hacia el suelo, se quejó con estos versos sobre la perturbación de nuestra mente.
1.P2
¡ Ay, en qué profundo abismo se hunde la mente, embotada y, abandonada por su propia luz, tiende a ir hacia las tinieblas externas, cuantas veces, acrecentada por los soplos terrenales, crece en inmensa preocupación! Esta, que antaño, libre, solía recorrer los caminos etéreos con el cielo abierto, contemplaba las luces del sol rosado, visitaba los astros de la gélida luna y, cualquiera que fuera la estrella que ejerciera sus diversos cursos errantes girando por sus órbitas, la tenía comprendida y vencida con números. Incluso investigaba las causas de por qué los sonoros soplos agitan las llanuras del ponto, qué espíritu hace girar la estable esfera, o por qué el astro que va a caer en las olas hesperias surge del orto rutilante, qué templa las plácidas horas de la primavera, para que adorne la tierra con flores rosadas, quién dio que el otoño, fértil en el año pleno, fluya con uvas cargadas, acostumbrada a escudriñar y a devolver las diversas causas de la naturaleza latente. Ahora yace con la luz de la mente agotada y, oprimida por pesadas cadenas, llevando el rostro inclinado por el peso, se ve obligada,¡ ay!, a contemplar la estúpida tierra.
1.M2
Pero es tiempo, dijo, de medicina más que de queja. Entonces, con los ojos totalmente fijos en mí:¿ Eres tú, dijo, aquel que, nutrido antaño con nuestra leche, educado con nuestros alimentos, habías llegado al vigor de un ánimo varonil? Y sin embargo, te habíamos proporcionado tales armas que, si no las hubieras arrojado antes, te protegerían con una firmeza invicta.¿ Me reconoces?¿ Por qué callas?¿ Has enmudecido por vergüenza o por estupor? Preferiría que fuera por vergüenza, pero, como veo, te ha oprimido el estupor. Y cuando vio que no solo estaba callado, sino completamente mudo y sin habla, acercó suavemente su mano a mi pecho y dijo: No hay peligro; padece letargo, la enfermedad común de las mentes engañadas. Se ha olvidado un poco de sí mismo; recordará fácilmente, si es que nos ha conocido antes. Para que pueda hacerlo, limpiemos un poco sus ojos, nublados por la nube de las cosas mortales. Dijo esto y secó mis ojos, que rebosaban llanto, con un pliegue de su vestido.
1.P3
Entonces, disipada la noche, las tinieblas me abandonaron y a mis ojos volvió el vigor anterior, como cuando, al amontonarse los astros con el impetuoso Céfiro, el cielo se detiene con lluvias nubosas. El sol se oculta y, sin que aún lleguen los astros al cielo, la noche se derrama desde arriba sobre la tierra; si el Bóreas, emitido desde la cueva tracia, la golpea y descorre el día cerrado, Febo brilla y, con su luz repentinamente vibrada, hiere los ojos asombrados con sus rayos.
1.M3
No de otra manera, disueltas las nubes de la tristeza, bebí el cielo y recuperé la mente para reconocer el rostro de quien me curaba. Así pues, cuando bajé los ojos hacia ella y fijé mi mirada, reconozco a mi nodriza, la Filosofía, en cuyos lares había vivido desde la adolescencia.¿ Y por qué, dije, has venido tú, oh maestra de todas las virtudes, descendiendo desde el cardo superior a estas soledades de nuestro exilio?¿ Acaso para que tú también seas agitada conmigo como reo por falsas acusaciones?¿ Acaso, dijo ella, te abandonaría, alumno, y no compartiría contigo el trabajo, repartiendo la carga que has soportado por la envidia de mi nombre? Y sin embargo, no era lícito para la Filosofía dejar sin compañía el camino del inocente;¿ acaso temería mi propia acusación y me horrorizaría como si hubiera ocurrido algo nuevo?¿ Acaso crees que es la primera vez que la sabiduría es atacada por peligros ante costumbres malvadas?¿ Acaso no luchamos a menudo en grandes combates contra la temeridad de la estupidez incluso entre los antiguos, antes de la edad de nuestro Platón, y, estando él presente, su maestro Sócrates mereció la victoria de una muerte injusta conmigo presente? Cuando después la turba epicúrea y estoica y los demás, cada uno por su parte, intentaban arrebatar su herencia y me arrastraban a mí, que reclamaba y me resistía, como si fuera parte del botín, desgarraron el vestido que yo había tejido con mis manos y, habiendo arrebatado trozos de él, se fueron creyendo que me había cedido totalmente a ellos. En los cuales, puesto que se veían algunos rastros de nuestro hábito, la imprudencia, creyendo que eran mis familiares, pervirtió a algunos de ellos por el error de la multitud profana. Pero si no conoces ni la huida de Anaxágoras, ni el veneno de Sócrates, ni los tormentos de Zenón, puesto que son extranjeros, al menos pudiste conocer a los Canios, a los Sénecas, a los Soranos, cuya memoria no es ni muy antigua ni poco célebre. A quienes nada más arrastró a la ruina sino que, instruidos en nuestras costumbres, parecían muy distintos a los estudios de los malvados. Por tanto, no hay nada que admirar si en este mar de la vida somos agitados por las tormentas que nos rodean, a quienes esto es lo que más se propone: desagradar a los peores. Cuyo ejército, aunque es numeroso, debe ser despreciado, puesto que no es regido por ningún líder, sino que es arrastrado al azar y por todas partes por el error que se desboca. Si alguna vez, formando batalla contra nosotros, se vuelve más fuerte, nuestra líder retira sus tropas a la fortaleza, mientras que ellos se ocupan en saquear equipajes inútiles. Pero nosotros, desde arriba, nos reímos de quienes arrebatan las cosas más viles, seguros de todo el tumulto furioso y protegidos por esa muralla a la que no es lícito que aspire la estupidez que avanza.
1.P4
Quienquiera que, sereno en una vida compuesta, ha puesto el Hado bajo sus pies orgullosos y, mirando ambas fortunas, recto, ha podido mantener un rostro invicto, no lo moverá la rabia ni las amenazas del ponto que agita el oleaje desde el fondo, ni cuantas veces el Vesubio, errante, retuerce fuegos humeantes al romperse sus hornos, ni el camino del rayo ardiente que suele herir las torres altas.¿ Por qué los miserables admiran tanto a los tiranos crueles que se enfurecen sin fuerzas? Ni esperes algo ni temas, habrás desarmado la ira del impotente. Pero quienquiera que, temeroso, se asusta o desea algo que no es estable ni dueño de sí mismo, ha arrojado el escudo y, movido de su lugar, teje la cadena por la que pueda ser arrastrado.
1.M4
¿ Sientes esto, dijo, y se deslizan en tu ánimo, o eres un asno ante la lira?¿ Por qué lloras, por qué te deshaces en lágrimas? Habla, no lo ocultes en tu mente. Si esperas la labor de quien te cura, es necesario que descubras la herida. Entonces yo, reuniendo fuerzas en mi ánimo:¿ Acaso necesita aún advertencia y no destaca por sí misma la aspereza de la fortuna que se enfurece contra nosotros?¿ Acaso no te mueve la misma apariencia del lugar?¿ Es esta la biblioteca que tú misma habías elegido como sede más segura para ti en nuestros lares?¿ En la que, sentada a menudo conmigo, discurrías sobre la ciencia de las cosas humanas y divinas? Tal era el hábito y tal el rostro cuando escudriñaba contigo los secretos de la naturaleza, cuando me describías con el radio los caminos de los astros, cuando formabas nuestras costumbres y la razón de toda la vida según los ejemplos del orden celestial.¿ Estos son los premios que te devolvemos por obedecerte? Y sin embargo, tú sancionaste esta sentencia por boca de Platón: que las repúblicas serían felices si les sucediera que las rigieran los estudiosos de la sabiduría o que sus rectores estudiaran la sabiduría. Tú advertiste por boca del mismo hombre que esta es la causa necesaria para que los sabios se encarguen de la república, para que, no quedando abandonados los timones de las ciudades a ciudadanos malvados y flagiciosos, no traigan peste y ruina a los buenos. Siguiendo, pues, esta autoridad, lo que había aprendido de ti entre los secretos del ocio, deseé trasladarlo al acto de la administración pública. Tú y el dios que te insertó en las mentes de los sabios sois testigos de que no me llevó a la magistratura sino el estudio común de todos los bienes. De ahí, con los malvados, graves e inexorables discordias y, lo que tiene la libertad de conciencia, la ofensa siempre despreciada de los más poderosos por defender el derecho.¡ Cuántas veces salí al encuentro de Conigasto, que atacaba las fortunas de cualquier débil, cuántas veces aparté a Trigüila, prefecto de la casa real, de una injusticia iniciada y ya casi perpetrada, cuántas veces protegí a los miserables, a quienes la avaricia de los bárbaros, siempre impune, acosaba con infinitas calumnias, interponiendo mi autoridad ante los peligros! Nadie me arrastró nunca del derecho a la injusticia. Me dolió que las fortunas de los provinciales fueran arruinadas tanto por rapiñas privadas como por tributos públicos, no de otra manera que a quienes lo padecían. Cuando en tiempo de amarga hambre una grave e inexplicable coempción parecía haber postrado a la provincia de Campania por la escasez, emprendí el combate contra el prefecto del pretorio por razón del bien común, contendí con el conocimiento del rey y logré que no se exigiera la coempción. A Paulino, varón consular, cuyas riquezas los perros palatinos ya habían devorado con esperanza y ambición, lo arranqué de las mismas fauces abiertas. Para que la pena de una acusación prejuzgada no atrapara a Albino, varón consular, me opuse a los odios del delator Cipriano.¿ Parece que he exacerbado discordias suficientemente grandes contra mí? Pero debí estar más seguro entre los demás, que por amor a la justicia no me reservé nada entre los cortesanos para estar más seguro.¿ Pero por qué delatores fuimos golpeados? Cuyo Basilio, antaño expulsado del ministerio real, fue obligado por la necesidad de dinero ajeno a la delación de nuestro nombre. Pero cuando la censura real decretó que Opilión y Gaudencio fueran al exilio por innumerables y múltiples fraudes, y ellos, no queriendo obedecer, se protegían con la defensa de los templos sagrados, y esto fue conocido por el rey, dictó: que si no salían de la ciudad de Rávena antes del día prescrito, fueran expulsados marcados en la frente.¿ Qué parece que se puede añadir a esta severidad? Y sin embargo, en ese día, por los mismos delatores, fue aceptada la delación de nuestro nombre.¿ Qué, pues?¿ Nuestras artes merecieron esto?¿ O la condena previa hizo justos a aquellos acusadores?¿ Acaso la fortuna no se avergonzó de nada, si no de la inocencia acusada, al menos de la vileza de los acusadores?¿ Pero buscas el resumen del crimen del que se nos acusa? Se dice que hemos querido que el senado estuviera a salvo.¿ Deseas el modo? Se nos acusa de haber impedido que el delator presentara documentos con los que hiciera al senado reo de majestad.¿ Qué opinas, pues, oh maestra?¿ Negaremos el crimen para no ser una vergüenza para ti? Pero quise y nunca dejaré de querer.¿ Confesaremos? Pero la obra de impedir al delator cesó.¿ O llamaré impiedad haber deseado la salvación de aquel orden? Él, ciertamente, con sus decretos sobre mí, había hecho que esto fuera una impiedad. Pero la imprudencia, que siempre miente a sí misma, no puede cambiar los méritos de las cosas, ni considero lícito, según el decreto socrático, haber ocultado la verdad o haber concedido la mentira. Pero, sea como sea, lo dejo a tu juicio y al de los sabios. La serie y verdad de este asunto, para que no pueda ocultarse a la posteridad, la he confiado también a la pluma y a la memoria. Pues,¿ qué importa hablar de las cartas compuestas falsamente en las que se me acusa de haber esperado la libertad romana? Cuyo fraude habría quedado patente si se nos hubiera permitido usar la confesión de los mismos delatores, lo cual tiene las mayores fuerzas en todos los negocios. Pues,¿ qué libertad queda que pueda esperarse?¡ Y ojalá pudiera alguna! Habría respondido con la palabra de Canio, quien, cuando se decía que era consciente de la conjuración hecha contra él por Cayo César, hijo de Germánico, dijo:' Si yo lo hubiera sabido, tú no lo habrías sabido'. En lo cual el dolor no ha embotado tanto nuestros sentidos como para que me queje de que los impíos hayan tramado cosas malvadas contra la virtud, sino que admiro vehementemente lo que han esperado haber logrado. Pues querer cosas peores quizás haya sido nuestra debilidad, pero poder contra la inocencia lo que cada malvado haya concebido, ante la mirada de dios, es parecido a un monstruo. De donde no sin razón uno de tus familiares preguntó:' Si existe dios, dijo,¿ de dónde los males?¿ Y de dónde los bienes, si no existe?'. Pero habría sido lícito que los hombres nefarios, que buscan la sangre de todos los buenos y de todo el senado, quisieran ir a destruirnos también a nosotros, a quienes habían visto defender a los buenos y al senado.¿ Pero acaso merecíamos lo mismo de los padres? Recuerdas, creo, puesto que tú misma, presente, dirigías siempre lo que yo iba a decir o hacer, recuerdas, digo, en Verona, cuando el rey, ávido de la ruina común, se movía a trasladar al orden senatorial el crimen de majestad delatado contra Albino, cómo defendí la inocencia del senado con cuánta seguridad de mi propio peligro. Sabes que expongo esto y es verdad y que nunca me he jactado de ello en alabanza propia. Pues disminuye de algún modo el secreto de la conciencia que se aprueba, cuantas veces uno recibe el precio de la fama mostrando el hecho. Pero ves qué resultado ha tenido nuestra inocencia; por los premios de la verdadera virtud sufrimos las penas de un falso crimen.¿ Y de qué crimen la confesión manifiesta ha tenido jueces tan concordes en la severidad que no haya sometido a algunos, ya sea por el error del ingenio humano o por la condición de la fortuna, incierta para todos los mortales? Si se dijera que quisieron incendiar los templos sagrados, si degollar a los sacerdotes con espada impía, si tramar la muerte contra todos los buenos, la sentencia, sin embargo, habría castigado al presente, al confeso o al convicto. Ahora, a casi quinientas millas de distancia, mudos e indefensos, somos condenados a muerte y proscripción por el estudio demasiado inclinado hacia el senado.¡ Oh, que nadie pueda ser convicto de un crimen similar! Cuya dignidad vieron incluso aquellos que delataron el reato, los cuales, para oscurecerla con la mezcla de algún crimen, mintieron que yo había contaminado mi conciencia con el sacrilegio por ambición de dignidad. Y sin embargo, tú, inserta en nosotros, expulsabas todo deseo de las cosas mortales de la sede de nuestro ánimo y bajo tus ojos no era lícito que hubiera lugar para el sacrilegio. Pues inculcabas diariamente en mis oídos y pensamientos aquel pitagórico' sigue a dios'. Y no convenía que yo buscara las protecciones de espíritus vilísimos, a quien tú formabas en esta excelencia para hacerme semejante a dios. Además, el penetral inocente de la casa, el grupo de los amigos más honestos, el suegro también santo y tan venerable como tú misma, nos defienden de toda sospecha de este crimen. Pero, oh impiedad, ellos sí toman fe de ti sobre un crimen tan grande y por esto mismo pareceremos haber sido afines al maleficio, porque estamos imbuidos de tus disciplinas, instruidos en tus costumbres. Así, no es suficiente que tu reverencia no me haya servido de nada, si no que además tú seas lacerada por mi ofensa. Pero, en verdad, a nuestros males se añade este cúmulo, que la estimación de la mayoría no mira los méritos de las cosas, sino el resultado de la fortuna, y juzga que solo han sido previstas aquellas cosas que la felicidad ha recomendado. Por lo que sucede que la buena estimación abandona primero que nada a los infelices. Qué rumores de los pueblos ahora, qué sentencias tan disonantes y múltiples, me pesa recordar. Solo diré esto: que la última carga de la fortuna adversa es que, mientras se le atribuye algún crimen a los miserables, se cree que han merecido lo que sufren. Y yo, ciertamente, expulsado de todos los bienes, despojado de dignidades, manchado en mi estimación, sufrí el suplicio por un beneficio. Pero me parece ver las nefarias oficinas de los malvados rebosantes de gozo y alegría, a cada uno de los más perdidos amenazando con nuevos fraudes de delaciones, a los buenos yaciendo postrados por el terror de nuestro peligro, a cada uno de los flagiciosos incitado a atreverse al crimen por la impunidad y a realizarlo por los premios, mientras que los inocentes están privados no solo de seguridad, sino incluso de la misma defensa. Por tanto, apetece exclamar:
1.P5
Oh, creador del orbe estrellado, que, apoyado en el trono perpetuo, haces girar el cielo con rápido torbellino y obligas a los astros a sufrir la ley, para que ahora la luna, brillante con el cuerno lleno, oculte a las estrellas menores con todas las llamas de su hermano, ahora, pálida con el cuerno oscuro, pierda sus luces más cerca de Febo, y el que en el tiempo de la primera noche guía los fríos ortos de Héspero, cambie de nuevo las riendas acostumbradas, pálido ante el orto de Febo, Lucifer. Tú aprietas la luz con más breve demora en el frío del invierno que pierde sus hojas: tú, cuando llega el verano ferviente, divides las horas ágiles para la noche. Tu fuerza templa el año variado para que el Céfiro devuelva las hojas suaves que el soplo del Bóreas quita, y el Sirio queme las altas cosechas que vio Arturo. Nada deja suelto de la ley antigua la obra de su propia estación, gobernando todas las cosas con fin cierto, solo rechazas, rector, refrenar los actos de los hombres con modo merecido. Pues,¿ por qué la fortuna resbaladiza hace girar tantos cambios? Oprime a los inocentes con la pena nociva debida al crimen, pero las costumbres perversas residen en el trono elevado y los nocentes pisan los cuellos santos con injusto cambio. La virtud, oculta en tinieblas oscuras, yace clara y el justo ha llevado el crimen del inicuo. Nada dañan los perjurios, nada el fraude adornado con color mentiroso. Pero cuando ha placido usar las fuerzas, a quienes temen innumerables pueblos, se alegran de someter a los reyes supremos, oh, mira ya las tierras miserables, quienquiera que tejes los pactos de las cosas. Nosotros, hombres, parte de tan gran obra, somos sacudidos en el mar de la fortuna. Rector, comprime los rápidos flujos y, con el pacto con que riges el cielo inmenso, estabiliza las tierras firmes.
1.M5
Cuando hube ladrado esto con dolor continuado, ella, con rostro plácido y nada movida por mis quejas, dijo: Cuando te vi triste y llorando, al instante reconocí al miserable y exiliado. Pero cuán lejano era ese exilio, si tu discurso no lo hubiera revelado, no lo sabía. Pero tú, cuán lejos de la patria no has sido expulsado, sino que te has extraviado; y si prefieres que se te considere expulsado, tú mismo te has expulsado más bien. Pues eso, ciertamente, nunca habría sido lícito a nadie sobre ti. Pues si recuerdas de qué patria eres oriundo, no se rige por el imperio de la multitud, como antaño los atenienses, sino que hay un solo señor, un solo rey, que se alegra de la frecuencia de los ciudadanos, no de su expulsión; cuya suma libertad es ser guiado por sus riendas y obedecer a la justicia.¿ Acaso ignoras aquella ley antiquísima de tu ciudad, por la cual está sancionado que no es lícito exiliarse a quienquiera que haya preferido fundar su sede en ella? Pues quien está contenido por su muralla y defensa, no hay temor de que merezca ser exiliado. Pero quienquiera que haya dejado de querer habitarla, deja también de merecerlo. Así pues, no me mueve tanto la apariencia de este lugar como la tuya, ni busco tanto las paredes de la biblioteca adornadas con marfil y nitrilo como la sede de tu mente, en la que no coloqué libros, sino lo que da precio a los libros, las sentencias de mis libros de antaño. Y tú, ciertamente, sobre tus méritos para el bien común, dijiste cosas verdaderas, pero pocas para la multitud de lo realizado. Sobre la honestidad o falsedad de lo que se te objetó, recordaste cosas conocidas por todos. Sobre los crímenes y fraudes de los delatores, acertadamente pensaste que debían tocarse brevemente, porque son celebrados mejor y más abundantemente por la boca del pueblo que reconoce todas las cosas. Reprendiste también vehementemente el hecho del injusto senado. Te dolió también nuestra acusación, lloraste también los daños de la opinión dañada. Al final, el dolor contra la fortuna se encendió y te quejaste de que no se pagan premios iguales a los méritos. Al final, pusiste votos a la Musa cruel, como si la paz rigiera el cielo y también las tierras. Pero puesto que el tumulto de los afectos se ha abalanzado sobre ti y el dolor, la ira, el duelo te distraen de forma diversa, tal como estás ahora de mente, aún no te alcanzan remedios más fuertes. Así pues, usaremos por un momento otros más suaves, para que las cosas que se han endurecido en la hinchazón por las perturbaciones que influyen, se ablanden con un tacto más suave para recibir la fuerza de un medicamento más agudo.
1.P6
Cuando el grave astro de Cáncer arde con los rayos de Febo, entonces quien confió semillas abundantes a los surcos que las niegan, engañado por la fe de Ceres, que se dirija a los árboles de encina. Nunca, para recoger violetas, busques el bosque purpúreo cuando el campo, chirriando con los crueles aquilones, se ha erizado. Ni busques arrancar con mano ávida los sarmientos primaverales, si te place disfrutar de las uvas; Baco ha conferido sus dones más bien en otoño. Dios marca los tiempos adaptándolos a sus propios oficios y no permite que se mezclen los cambios que él mismo ha coartado. Así, lo que abandona el orden cierto por el camino precipitado, no tiene salidas alegres.
1.M6
Primero, pues,¿ me permites tocar y tentar el estado de tu mente con unas pocas preguntas, para que entienda cuál es el modo de tu curación? Tú, ciertamente, a tu arbitrio, dije, pregunta lo que quieras, como si fuera a responder. Entonces ella:¿ Crees, dijo, que este mundo es movido por casos temerarios y fortuitos, o crees que tiene algún régimen de razón? Y sin embargo, dije, no creería de ningún modo que cosas tan ciertas se muevan por temeridad fortuita, sino que sé que dios, el creador, preside su obra y nunca habrá día que me aparte de esta verdad de sentencia. Así es, dijo. Pues eso mismo cantaste hace poco, y deploraste que solo los hombres estuvieran exentos del cuidado divino. Pues sobre los demás, de que fueran regidos por la razón, no te movías.¡ Vaya! Admiro vehementemente por qué enfermas estando en una sentencia tan saludable. Pero escudriñemos más profundamente; conjeturo que falta algo. Pero dime, puesto que no dudas que el mundo es regido por dios,¿ adviertes también con qué timones es regido? Apenas, dije, conozco el sentido de tu pregunta, y mucho menos podría responder a lo investigado.¿ Acaso, dijo, me he equivocado en que falta algo por lo cual, como si hubiera una brecha en la muralla, la enfermedad de las perturbaciones se ha infiltrado en tu ánimo? Pero dime,¿ recuerdas cuál es el fin de las cosas, o hacia dónde tiende la intención de toda la naturaleza? Había oído, dije, pero el duelo ha embotado la memoria.¿ Y sin embargo sabes de dónde procedieron todas las cosas? Sé, dije, y respondí que de dios.¿ Y cómo puede ser que, conocido el principio, ignores cuál es el fin de las cosas? Pero estas costumbres de las perturbaciones, tal es su fuerza, que pueden mover al hombre de su lugar, pero no pueden arrancarlo y extirparlo totalmente de sí mismo. Pero querría que respondieras también a esto:¿ recuerdas que eres hombre?¿ Cómo no, dije, iba a recordar?¿ Podrás, pues, exponer qué es el hombre?¿ Preguntas esto o si sé que soy un animal racional y mortal? Lo sé y confieso que soy eso. Y ella:¿ No sabes que eres nada más? Nada. Ya sé, dijo, otra causa, o la mayor, de tu enfermedad; has dejado de conocer lo que eres. Por lo cual he encontrado plenamente tanto la razón de tu enfermedad como el acceso a la reconciliación de la salud. Pues puesto que te confundes por el olvido de ti mismo, te has dolido de ser exiliado y despojado de tus propios bienes. Puesto que ignoras cuál es el fin de las cosas, juzgas que los hombres malvados y nefarios son poderosos y felices. Puesto que has olvidado con qué timones es regido el mundo, estimas que estos cambios de las fortunas flotan sin rector— grandes causas no solo para la enfermedad, sino también para la muerte. Pero gracias al autor de la salud, porque la naturaleza aún no te ha abandonado del todo. Tenemos el mayor incentivo de tu salud: la verdadera sentencia sobre el gobierno del mundo, porque crees que está sometida no a la temeridad de los casos, sino a la razón divina. Por tanto, no temas nada; ya te habrá brillado desde esta mínima chispita el calor vital. Pero puesto que aún no es tiempo de remedios más firmes y consta que es la naturaleza de las cosas que caen que, cuantas veces se han arrojado, se visten con opiniones falsas, de las cuales surge la calígine de las perturbaciones que confunde aquella verdadera mirada, intentaré atenuar esto por un momento con fomentos suaves y mediocres, para que, apartadas las tinieblas de las afecciones falaces, puedas reconocer el esplendor de la verdadera luz.
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Las estrellas ocultas por nubes negras no pueden verter ninguna luz. Si el Noto turbulento, revolviendo el mar, mezclara el calor, la onda, hace poco vítrea y parecida a los días serenos, pronto, disuelto el cieno sórdido, se opone a la vista. Y el río que vaga descendiendo por los altos montes, a menudo se resiste por el obstáculo de la roca desprendida. Tú también, si quieres ver lo verdadero con luz clara, recorrer el camino por la senda recta, expulsa los goces, expulsa el temor y ahuyenta la esperanza, y que no esté presente el dolor. La mente está nublada y atada con riendas, donde estas reinan.