De differentiis topicis
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Original / primary: Spanish Gemini
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LIBRO PRIMERO.
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Toda la razón del discurso, que los antiguos peripatéticos llamaron lógica, se divide en dos partes: una de invención y otra de juicio. Y aquella parte que purifica y prepara el juicio, llamada por ellos analítica, puede ser denominada por nosotros resolutoria. Aquella, en cambio, que suministra la facultad de invención, es llamada tópica por los griegos y local por nosotros. Sobre aquella parte que es maestra del juicio, se discutirá en otro momento. Ahora, el propósito es revelar cuáles son los lugares, cuáles sus diferencias y a qué silogismos son aptos. Y esto no parece que deba hacerse de manera simple y uniforme, sino que debe transmitirse una doble partición: una extraída de los volúmenes griegos y otra tomada de los Tópicos de M. Tulio. Y en esto debe establecerse, para la perfección de la especulación, que se explique en qué modos difiere cada división, en qué concuerdan y de qué manera una puede incluir a la otra sucesivamente; y ahora no nos detendremos en los detalles, sino que discutiremos sobre toda la división en común, reuniendo solo las definiciones, ejemplos y diferencias de los lugares de los cuales nacen los argumentos. Los detalles, según la calidad de la obra, han sido expuestos con mayor diligencia, ya sea en los ocho volúmenes en los que vertimos los Tópicos de Aristóteles a la lengua latina, o en los siete en los que nos esforzamos por dar luz a los Tópicos de M. Tulio con una exposición plena. Allí, pues, todo está expuesto en sus partes propias y claras; aquí, en cambio, lo que en otros lugares fue revelado por partes, se trata mediante una especulación común. No solo es nuestro cuidado exponer los lugares dialécticos, sino también los retóricos, y en qué difieren estos entre sí y de los dialécticos, para que, propuestos todos los lugares por todas partes con plena consideración y notadas sus diferencias entre sí y sus puntos comunes, se compare la abundancia de argumentos y pueda haber una clara distinción de los lugares. Por tanto, para que todo conste con razones claras, hay que comenzar un poco más arriba. La proposición es un discurso que significa algo verdadero o falso; como si alguien dijera que el cielo es voluble, esto se llama tanto enunciación como proloquio. La cuestión es una proposición llevada a la duda y a la ambigüedad, como si alguien preguntara si el cielo es voluble. La conclusión es una proposición aprobada por argumentos, como si alguien probara que el cielo es voluble a partir de otras cosas. La enunciación, ciertamente, ya sea que se diga solo por sí misma o que se aporte para probar otra cosa, es una proposición: si se pregunta sobre ella, es una cuestión; si ella misma es aprobada, es una conclusión. Por tanto, la proposición, la cuestión y la conclusión son lo mismo, pero difieren en el modo dicho anteriormente. El argumento es la razón que da fe a una cosa dudosa. Pero no es lo mismo argumento y argumentación: pues la fuerza del pensamiento y la razón que se encierra en el discurso cuando se prueba algo ambiguo se llama argumento; la elocución misma del argumento se llama argumentación. De donde resulta que el argumento es la virtud, la mente y el sentido de la argumentación; la argumentación, en cambio, es la explicación del argumento a través del discurso. El lugar, por su parte, es la sede del argumento, o aquello de donde se extrae un argumento conveniente para la cuestión propuesta. Siendo esto así, la naturaleza de cada uno debe tratarse con mayor diligencia, y debe hacerse su división por especies, miembros y figuras, como hemos dicho. Y primero se debe discutir sobre la proposición. Dijimos que esta es un discurso que contiene verdad o falsedad. De esta hay dos especies: una, la afirmación; otra, la negación. Afirmación, si alguien expresa así: el cielo es voluble. Negación, si alguien pronuncia así: el cielo no es voluble. De estas, unas son universales, otras particulares, otras indefinidas, otras singulares. Universales, ciertamente, como si alguien propusiera así: todo hombre es justo, ningún hombre es justo. Particulares, en cambio, si alguien dice de este modo: algún hombre es justo, algún hombre no es justo. Indefinidas, de este modo: el hombre es justo, el hombre no es justo. Singulares, en cambio, son las que proponen un individuo o algo singular, como Catón es justo, Catón no es justo; pues Catón es un individuo y singular. De estas, llamamos a unas predicativas y a otras condicionales. Las predicativas son las que se proponen simplemente, es decir, a las que no se añade ninguna fuerza de condición, como si alguien dijera simplemente que el cielo es voluble. Pero si se le añade una condición, se hace de dos proposiciones una condicional, de este modo: si el cielo es redondo, es voluble. Pues aquí la condición hace que se entienda que el cielo es voluble solo si es redondo. Puesto que, por tanto, unas proposiciones son predicativas y otras condicionales, llamamos términos a las partes de las predicativas: estos son el predicado y el sujeto. Llamo términos a las palabras y nombres con los que se conecta la proposición, como en aquella proposición en la que decimos: el hombre es justo, llamamos a estos dos nombres, es decir, justo y hombre, partes de la proposición; también llamamos términos a aquellos de los cuales uno es sujeto y el otro predicado. El sujeto es el término que es menor, el predicado, en cambio, el que es mayor, como en aquella proposición en la que se dice: el hombre es justo, el hombre es ciertamente menor que justo. Pues la justicia no puede estar solo en el hombre, sino también en las sustancias corpóreas y divinas. Y por eso el término justo es mayor, y el hombre menor, de donde resulta que el hombre es el término sujeto y justo el predicado. Puesto que las proposiciones simples de este tipo tienen un término predicado y otro sujeto, la proposición ha sido llamada predicativa por el privilegio del mayor. A menudo sucede, sin embargo, que estos términos se encuentran iguales entre sí de este modo: el hombre es risible, pues tanto el hombre como lo risible son cada uno un término sujeto igual al otro; pues ni lo risible se extiende más allá del hombre, ni el hombre más allá de lo risible. Pero en estos es necesario que ocurra esto: que si los términos son desiguales, el mayor siempre se predique del sujeto; si son iguales, ambos se digan de sí mismos mediante una predicación convertida; pero que el menor se predique del mayor, no ocurre en ninguna proposición. Puede suceder, sin embargo, que las partes de las proposiciones que llamamos términos se encuentren no solo en nombres, sino en discursos. Pues a menudo un discurso se predica de un discurso, de este modo: Sócrates con Platón y sus discípulos trata sobre la razón de la filosofía. Este discurso, que es: Sócrates con Platón y sus discípulos, es el sujeto. Aquel, en cambio: trata sobre la razón de la filosofía, es el predicado. A veces, de nuevo, el nombre es el sujeto y el discurso el predicado, de este modo: Sócrates trata sobre la razón de la filosofía; pues aquí Sócrates es el único sujeto; el discurso con el que decimos: trata sobre la razón de la filosofía, es el predicado. Sucede también que se suponga un discurso y se predique un vocablo simple, de este modo: la semejanza de Sócrates con las sustancias superiores y divinas es la justicia; pues aquí el discurso mediante el cual se expresa, la semejanza de Sócrates con las sustancias superiores y divinas, es el sujeto, y la justicia es el predicado. Pero sobre proposiciones de este tipo hemos discutido con mayor diligencia en los comentarios que escribimos sobre el libro Περὶ ἑρμηνείας de Aristóteles. Las partes de las proposiciones condicionales, que los griegos llaman hipotéticas, son proposiciones simples, de las cuales aquella parte que se dice primero se llama antecedente, y la que se dice después, consecuente, como en esta proposición que dice: si es redondo, es voluble. Ser redondo antecede, ser voluble sigue. De estas también hay unas condicionales simples y otras conjuntadas: las simples son las que tienen proposiciones predicativas en sus partes, como en la que dijimos anteriormente: si es redondo, es voluble. Pues es redondo y es voluble, ambas, divididas y tomadas por separado, son predicativas. De las conjuntadas, en cambio, hay una múltiple diferencia, sobre las cuales hemos tratado con la mayor diligencia en los volúmenes que compusimos sobre los silogismos hipotéticos. De las proposiciones hipotéticas simples hay cuatro diferencias: o bien constan de dos afirmativas categóricas, como si es redondo, es voluble, pues ambas son afirmativas; o de dos negativas, como si el cielo no es redondo, no es voluble; pues no ser redondo y no ser voluble, ambas son negaciones; o de una afirmativa y una negativa, como si es cuadrado, no es voluble; pues ser cuadrado es una afirmación, no ser voluble es una negación; o de una negativa y una afirmativa, como si no es redondo, es estable, no ser redondo es una negación, ser estable es una afirmación. De las proposiciones, también, unas son conocidas por sí mismas y cuya prueba no puede encontrarse, otras que, aunque la mente del oyente las apruebe y consienta en ellas, pueden ser aprobadas por otras superiores. Y aquellas de las cuales no hay prueba se llaman máximas y principales, porque es necesario que aquellas que no rechazan ser demostradas sean aprobadas por estas. Es, pues, una proposición máxima, como esta: Si de iguales quitas iguales, lo que queda es igual. Pues esto es tan conocido por sí mismo que no puede haber otra cosa más conocida por la cual pueda ser aprobado. Estas proposiciones, al llevar en sí mismas su propia fe por naturaleza, no solo no necesitan de un argumento ajeno para su fe, sino que suelen ser también el principio de prueba para las demás. Por tanto, las proposiciones conocidas por sí mismas, de las cuales nada es más conocido, se llaman indemostrables, máximas y principales. Aquellas, en cambio, que aunque sean aprobadas por el juicio del oyente, tienen sin embargo algo naturalmente más conocido a partir de lo cual, si se hace una cuestión sobre ellas, toman fe como de algo ajeno, estas se llaman demostrables, menores y posteriores. Y sobre las proposiciones, esto baste. La cuestión, en cambio, es una proposición dudosa, en la que es necesario considerar casi lo mismo que se dijo hace poco sobre la proposición. Pues unas son simples y otras compuestas. Las simples son como aquellas que descienden de una proposición simple, de este modo, como si se preguntara si el cielo es voluble. Pues esta viene de la proposición que dice que el cielo es voluble. Y si toma inicio de una proposición condicional compuesta, que es si el cielo es redondo, es voluble, será condicional y compuesta de este modo; pues esta toma principio de la proposición condicional que es: si el cielo es redondo, es voluble: la cuestión, por tanto, es a veces predicativa y a veces condicional. De donde resulta que las partes de la cuestión son las mismas que se dijo anteriormente que eran las proposiciones. Las cuestiones predicativas, por tanto, tienen predicado y sujeto, como en aquella en la que se duda si el cielo es voluble. Pues voluble es el predicado y cielo el sujeto. Pues voluble es un término mayor que cielo. Pues el cielo no puede decirse que sea el único voluble. La cuestión que es conjuntada tendrá como partes lo que se predica y lo que se sujeta, lo que antecede y lo que sigue, como en la que dice: si el cielo es redondo, es voluble. Antecede ser redondo, sigue ser voluble. Siendo esto así, en la cuestión predicativa se duda si el predicado inherente al término sujeto. En las cuestiones hipotéticas, en cambio, solo se pregunta si aquello que sigue acompaña a la cosa que precede, que es lo que se propone como consecuente. Todo lo que se dijo sobre las proposiciones predicativas, es decir, que unas son universales, otras particulares, otras indefinidas, otras singulares, puede decirse casi lo mismo en la cuestión predicativa. Pues la cuestión solo difiere de la proposición en que la proposición, ya sea enunciada simplemente o probando otra cosa, es un discurso que significa algo verdadero o falso. La cuestión, en cambio, aunque es un discurso, es una proposición dudosa. Añadida, pues, la duda, conviene que lo que se considera en la proposición se trate también en la cuestión. De la cuestión hay dos especies: una que es llamada tesis por los dialécticos; esta es de tal tipo que pregunta y discute sobre una cosa desnuda de otras circunstancias, tales como las que los dialécticos toman principalmente para la disputa, como: ¿es el placer el sumo bien? ¿debe contraerse matrimonio? esta es llamada por nosotros proposición o propuesto. La otra, en cambio, que es llamada hipótesis por los griegos, es llamada causa por nosotros; esta cuestión está implicada por personas, tiempos, hechos y otras circunstancias; es de este modo: ¿Debe Cicerón ser enviado al exilio en un tiempo dudoso de la república, porque sin orden del pueblo mató a ciudadanos romanos? De esta doble cuestión es necesario que haya otras subdivisiones, y la tesis se atribuye a los filósofos, la hipótesis a los oradores. Pero daré las divisiones de aquella cuestión que es hipótesis más adelante; ahora trataré sobre la división de la tesis, que se divide en cuatro especies. Pues en toda cuestión dialéctica predicativa se duda si lo que se predica es inherente a lo que es sujeto; cuando se propone que algo es inherente a alguien, eso o será mayor que aquello de lo que se predica y se sostiene que le es sustancialmente inherente; o será mayor que él, pero no se predicará de su sustancia; o le será igual y se predicará en su sustancia; o le será igual, pero no contendrá en absoluto su sustancia. Pues que prediquemos lo que es menor de lo que es mayor, no ocurre en ninguna proposición. Pero si lo que se propone en la cuestión es tal que es mayor que el sujeto y se predica de la sustancia del sujeto, será género: pues todo género es mayor que aquello de lo que se predica y se dice de su sustancia, como animal del hombre. Pero si fuera mayor, pero no se predicara de su sustancia, será accidente, como blanco al hombre. Pero si fuera igual, pero sustancial, será la definición del sujeto, como animal racional mortal al hombre: pues esto se convierte y muestra la razón del sujeto, es decir, la sustancia del hombre. Pero si fuera igual, pero separado de la razón de la sustancia, será propio: como risible al hombre. Por tanto, las cuestiones dialécticas simples se hacen sobre el género, sobre el accidente, sobre la definición o sobre lo propio. Pueden hacerse también cuestiones sobre la diferencia cuando se pregunta si los cuerpos celestes son racionales o no, o cuando se duda si esa es la diferencia entre el tirano y el príncipe, que este tomó el imperio por las leyes, aquel oprime al pueblo con una dominación violenta. Pero es lo mismo preguntar sobre la diferencia que si se dudara sobre el género. Pues la diferencia será constitutiva o divisiva: pero si fuera constitutiva, obtiene casi el lugar del género, como racionalidad al hombre; o si los cuerpos celestes viven por razón, también a los cuerpos celestes. Pero si fuera divisiva, se considera como especie, pues toda especie es con una diferencia divisible. Pero si usamos la diferencia a veces en lugar del género y a veces en lugar de la especie, no puede dudarse que, cuando se pregunta sobre ella, se duda sobre el género; pero puede suceder que algo sea llevado a la contienda por comparación, como cuando se duda si la fortaleza es mejor que la justicia. Pero esta cuestión debe ponerse en la duda del accidente. Pues a la comparación no viene nada más que el accidente, pues solo este recibe más y menos. De nuevo, puede hacerse contienda sobre lo que es lo mismo, como si es lo mismo lo útil que lo honesto. Pero aquí la cuestión debe agregarse a la definición: pues de las cosas cuya definición es la misma, ellas mismas también son las mismas; pero de las cuales la razón de la sustancia es diversa, ellas mismas también son diversas. Por tanto, se dice correctamente que las cuestiones dialécticas simples son cuatro especies, sobre las cuales se ha dicho suficientemente. Ahora, pues, hay que tratar sobre las cuestiones condicionales, de las cuales una consta de dos afirmativas, otra de dos negativas, otra de afirmación y negación, otra de negación y afirmación. Si, pues, la proposición condicional consta de dos afirmaciones, se pregunta si la afirmación sigue a la afirmación; pero si la proposición conjuntada consta de dos negaciones, está en disputa si la negación acompaña a la negación; pero si se copula de afirmación y negación, o de negación y afirmación, se duda si la negación acompaña a la afirmación, o la afirmación a la negación. Y primero debe hacerse la división de aquella cuestión en la que se disputa si la afirmación sigue a la afirmación, la cual no escapa a la división de las cuestiones predicativas. Pues que algo preceda y otra cosa siga, suele suceder en casi aquellas cosas que mencioné hace poco. Pues la especie sigue al género, o la diferencia, o la definición, o lo propio, o el accidente inseparable. Asimismo, la especie sigue a lo propio y a la definición, lo propio sigue a la diferencia y a la definición, y la definición sigue a lo propio o a la diferencia, de este modo: pues si es hombre, es animal; y si es hombre, es racional; y si es hombre, es animal racional mortal; y si es hombre, es risible; si es etíope, es negro. Si es risible, es hombre; si es animal racional mortal, es hombre. Si es risible, es racional; si es risible, es animal racional mortal; si es animal racional mortal, es risible o bípedo. Además de esto, a veces el efecto sigue a la causa, a veces la causa sigue al efecto. El efecto a la causa así: si el sol está presente, brilla. El efecto a la causa de este modo: si algo se ha quemado, el fuego estuvo presente; o así: si se ve el sol, brilla. Asimismo, las partes siguen al todo, como si la casa está íntegra, el techo, las paredes y los cimientos consisten. El modo también sigue al nombre principal, como si la justicia es buena, lo que es justamente, es bueno. El nombre principal también sigue al modo, como si lo que es justamente, es bueno, la justicia es buena. Los accidentes también acompañan a lo que es sujeto, como si es blanco, es cuerpo. Siendo esto así, en la condicional simple copulada de dos afirmaciones, debe hacerse casi aquella división de la cuestión, que se dude sobre el género, o sobre la diferencia, o sobre la especie, o sobre lo propio, o sobre la definición, o sobre el accidente, o sobre la causa y el efecto, o sobre el todo y las partes, o sobre el modo y el nombre principal. Y esto debe entenderse sobre aquella cuestión que, siendo hipotética simple, se une sin embargo de dos afirmativas. En las mismas diferencias es necesario que consistan también aquellas cuestiones que vienen de aquellas proposiciones que constan de ambas negaciones. Pues si no es género, no es especie. Asimismo, si no es diferencia, o definición, o propio, no será especie. Y sobre las demás que se dijeron anteriormente, debe considerarse del mismo modo. Pues cualquier cosa que antecede para que otra siga, si lo que sigue no ha sido, tampoco es aquello que antecede. De aquellas cuestiones, en cambio, que constan de afirmación y negación, la división es casi que se contienen en géneros diversos, o en especies diversas, o en contrarios, o en privación y hábito; pues para que la negación siga a la afirmación, o se pone un género diverso, para que lo que es diverso de él sea negado de este modo: si es hombre, no es blancura; o si es sustancia, no es cualidad; o si se proponen especies diversas bajo el mismo género de este modo: si es hombre, no es caballo; o si contrarios, como si es blanco, no es negro; o si privaciones, como si es ciego, no ve; y finalmente en todas, cualesquiera que no sean las mismas, sucede que, si una es, la otra no es. De modo que la negación acompañe a la afirmación propuesta, o serán géneros diversos, o especies diversas, o contrarios, o privantes, o de cualquier otro modo incompatibles entre sí. Pero que la afirmación siga a la negación, que era la cuarta diferencia de la proposición condicional, no puede suceder, sino en aquellos contrarios que carecen de medio y de los cuales es necesario que uno siempre esté presente, de este modo: si no es día, es noche; si no hay tinieblas, hay luz. Hecha, pues, la división de las cuestiones predicativas y condicionales, parece que debe añadirse además que toda cuestión se extrae de la razón del discurso, o de la especulación natural, o de la moral: de la razón del discurso de este modo, si la afirmación y la negación son especies de la enunciación; de la natural así, si el cielo es redondo; de la moral así, si la virtud basta por sí sola para la felicidad. Además, toda cuestión es simple o compuesta: simple, cuantas veces se divide por afirmación y negación, de modo que sea necesario afirmar el todo a uno y negar al otro, de este modo: si el cielo es redondo o no, pues esta parte de la cuestión mantiene la afirmación, la otra la negación. Pues cuando uno defiende que es, afirma, pero el otro niega, cuando sostiene que no es. La cuestión compuesta es la que se distrae en varias afirmaciones, de este modo, si el cielo es redondo, o cuadrado, o largo, o de cualquier otra forma: pues aquí es necesario probar varias afirmaciones, que defienden cosas diversas. Y sobre la cuestión, en cuanto pertenecía al negocio presente, se ha dicho suficientemente. La conclusión, en cambio, es una proposición aprobada por argumentos, sobre la cual se pueden decir casi las mismas cosas que sobre la proposición. Las cuales, puesto que han sido explicadas diligentemente arriba, parece que debe tratarse a continuación sobre el argumento. El argumento es la razón que da fe a una cosa dudosa. Es necesario que esta sea siempre más conocida que la cuestión: pues si las cosas desconocidas se prueban por las conocidas, y el argumento prueba una cosa dudosa, es necesario que lo que se aporta para la fe de la cuestión sea más conocido que la cuestión misma. De todos los argumentos, unos son probables y necesarios, otros probables y no necesarios, otros son necesarios pero no probables, otros ni probables ni necesarios. Probable, en cambio, es lo que parece a todos, o a la mayoría, o a los sabios, y de estos a todos, o a la mayoría, o a los más conocidos y principales, o lo que parece a cada artífice según su propia facultad, como al médico sobre medicina, al gobernador sobre gobernar naves, además de aquello que parece a aquel con quien se conversa, o al mismo que juzga, en lo cual no importa si el argumento es verdadero o falso, si solo mantiene verosimilitud. Necesario, en cambio, es lo que, como se dice, es así y no puede ser de otra manera; es probable y necesario, como esto: si se añade algo a cualquier cosa, el todo se hace mayor. Pues nadie disentirá de esta proposición, y es necesario que sea así. Probables y no necesarios son aquellos con los que la mente del oyente se conforma fácilmente, pero no mantienen la firmeza de la verdad, como esto: si es madre, ama a su hijo. Necesarios y no probables son aquellos que es necesario que sean así como se dicen, pero el oyente no consiente fácilmente en ellos, como es esto: que el eclipse de sol sucede por el objeto del cuerpo lunar. Ni necesarios ni probables son aquellos que no consisten ni en la opinión de los hombres ni en la verdad, como esto: que Diógenes tiene cuernos; puesto que cada uno tiene lo que nunca perdió. Los cuales ni siquiera pueden llamarse argumentos, pues los argumentos dan fe a una cosa dudosa. De estos, en cambio, no hay fe que esté constituida ni en la opinión de los hombres ni en la verdad. Sin embargo, se puede decir que ni siquiera aquellos son argumentos que, siendo necesarios, no son aprobados en absoluto por los oyentes. Pues si hay fe en una cosa dudosa, la mente del oyente debe ser obligada por aquellas cosas con las que él mismo se conforma, para que pueda acceder también a la conclusión que aún no prueba. Pero si el que juzga no prueba las cosas que solo son necesarias y no probables, es necesario que ni siquiera pruebe lo que se concluye de una razón de este tipo. Por tanto, sucede que las razones de este tipo, que solo son necesarias y no probables, no son argumentos. Pero no es así, y esta interpretación no mantiene correctamente la inteligencia de la probabilidad. Pues aquellos son probables a los que se añade el consentimiento espontánea y voluntariamente, es decir, que se aprueban tan pronto como se escuchan. Aquellos, en cambio, que son necesarios y no probables, se demuestran antes por otros argumentos probables y necesarios, y conocidos y creídos, se llevan a la fe de otra cosa sobre la que se duda, como son las especulaciones, es decir, los teoremas que se consideran en geometría. Pues los que se proponen allí no son tales que la mente del que aprende acceda a ellos espontáneamente, sino que, puesto que se demuestran por otros argumentos, conocidos y sabidos aquellos también, se llevan a la fe de otras especulaciones. Por tanto, los que no son probables por sí mismos, sino necesarios, para aquellos oyentes a quienes aún no se han demostrado, no pueden ser argumentos para aprobar otra cosa; para aquellos, en cambio, que por razones anteriores han tomado fe de aquellos con los que no se conformaban, pueden ser llamados a argumento si dudan de algo. Pero porque todo el artificio se contiene en cuatro facultades de discurso, debe decirse qué argumentos sabe usar cada una, para que aparezca evidentemente a qué disciplina se prepara la abundancia de lugares. Por tanto, toda la razón del discurso está sujeta a cuatro facultades, y como a sus artífices, es decir, al dialéctico, al orador, al filósofo, al sofista. De los cuales, el dialéctico y el orador se mueven en la naturaleza común de los argumentos. Pues ambos, ya sean necesarios o no, siguen sin embargo argumentos probables. A estos, pues, sirven aquellas dos especies de argumento, que son probable y necesario, probable y no necesario. El filósofo, en cambio, y el demostrador, trata solo sobre la verdad, y si son probables o no, no importa, con tal de que sean necesarios. Este también usa estas dos especies de argumento, que son probable y necesario, necesario y no probable. Es evidente, pues, en qué disiente el filósofo del orador y del dialéctico en su propia consideración, a saber, en que a aquellos se les propone la probabilidad, a este la verdad. La cuarta especie de argumento, que enseñamos arriba que ni siquiera debe llamarse correctamente argumento, suele atribuirse a los sofistas. La intención de los Tópicos es demostrar la abundancia de argumentos verosímiles. Pues designados los lugares de los cuales se extraen los argumentos probables, es necesario que se haga abundante y copiosa la materia de discurso. Pero puesto que (como se dijo arriba) de los argumentos probables unos son necesarios, otros no necesarios, cuando se extraen los lugares de los argumentos probables, sucede que también se enseñan los de los necesarios. De donde resulta que esta facultad se prepara principalmente para los oradores y dialécticos, pero en segundo lugar para los filósofos. Pues en lo que se buscan todos los argumentos probables, se ayudan los dialécticos y oradores; en lo que, en cambio, se enseñan los probables y necesarios, se suministra abundancia a la demostración de la filosofía. No solo, pues, el dialéctico y el orador, sino también el demostrador y el hacedor de la verdadera argumentación tiene lo que puede asumir de los lugares puestos, cuando esta tradición contiene también los principios de los necesarios dentro de los lugares de los argumentos probables. Aquellos argumentos, en cambio, que son necesarios pero no probables, y aquel último género, es decir, ni probable ni necesario, está separado de la consideración de la obra propuesta, a menos que a veces se utilicen ciertos lugares sofísticos para ejercitar al lector. Por lo cual, la utilidad y la intención de los tópicos han quedado reveladas por igual. Pues con estos aumenta tanto la facultad de decir como la investigación de la verdad. Pues lo que el conocimiento de los lugares ayuda a los dialécticos y oradores, presta abundancia al discurso mediante la invención; lo que, en cambio, entrega la doctrina de los lugares necesarios a los filósofos, ilustra de algún modo el camino de la verdad. Por lo cual, debe investigarse y escudriñarse más la disciplina, y una vez percibida con conocimiento, debe fortalecerse con el uso y el ejercicio. Pues la consideración de los lugares promete algo grande, a saber, los caminos de la invención. Lo cual, ciertamente, aquellos que son expertos en esta razón lo deputan solo al ingenio, y no entienden cuánto se busca en esta consideración que reduce a arte la fuerza y el poder de la naturaleza. Pero hasta aquí sobre esto. Ahora expliquemos sobre lo restante.
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LIBRO SEGUNDO.
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LIBRO SEGUNDO.
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Todo lo que se ha expuesto en la serie del volumen anterior parecerá, quizás a algunos menos eruditos, superfluo en cierto modo y como dependiente. Pues cuando leen el título de los libros sobre las diferencias tópicas, omitiendo los grados de la doctrina, atienden inmediatamente al fin de la obra. A mí, sin embargo, me parece necesario aquello que, si no se conoce de antemano, el ánimo del que aprende no puede llegar a lo ulterior; y estos mismos que ahora consideran superflua toda la disputa del primer volumen, si lo leen todo y examinan con la mente y la razón la trabazón de la obra, dejarán ciertamente de juzgar como superfluo lo que verán necesariamente colocado en una parte de la obra. Y baste esto hasta aquí. Pero puesto que se ha dicho suficientemente sobre lo que expusimos antes, es decir, sobre la proposición, la cuestión, la conclusión y el argumento, tratemos ahora de la argumentación. La argumentación es la explicación del argumento mediante el discurso. De esta hay dos especies: una que es el silogismo y otra que se llama inducción. El silogismo es un discurso en el que, habiendo establecido y concedido ciertas cosas, es necesario que algo distinto de lo que se ha concedido se siga por esas mismas cosas concedidas. El segundo libro de aquellos en los que escribimos la institución sobre los silogismos categóricos contiene plenamente la razón de esta definición. Pero, por facilidad de intelecto, expondremos lo mismo brevemente con un ejemplo. Sea, pues, este silogismo: todo hombre es animal, todo animal es sustancia, luego todo hombre es sustancia. Todo esto, pues, es un discurso en el que, habiendo establecido y concedido ciertas cosas, es decir, dos proposiciones que son: todo hombre es animal y todo animal es sustancia, por esas mismas cosas que se han concedido, se produce algo distinto, a saber, lo que es la conclusión: luego todo hombre es sustancia. Pues por las proposiciones que se han concedido, se infiere necesariamente la consecuencia de la conclusión. Estas proposiciones son: todo hombre es animal y todo animal es sustancia, y de ellas se produce algo distinto de lo que son las mismas cosas concedidas. Pues se concluye: luego todo hombre es sustancia, lo cual es muy diferente tanto de la proposición que dice: todo hombre es animal, como de la que propone: que todo animal es sustancia. De los silogismos, unos son predicativos, que se llaman categóricos, otros condicionales, que llamamos hipotéticos. Y los predicativos son los que se conectan a partir de todas las proposiciones predicativas, como el que anoté arriba a modo de ejemplo, pues se teje con todas las proposiciones predicativas. Los hipotéticos, en cambio, son aquellos cuyas proposiciones se conectan mediante una condición, como este: si es de día, hay luz; pero es de día, luego hay luz; pues la primera proposición mantiene esta condición, ya que solo hay luz si es de día. Y por eso este silogismo se llama hipotético, es decir, condicional. La inducción, en cambio, es el discurso mediante el cual se hace una progresión de lo particular a lo universal, de este modo: Si en el gobierno de las naves el piloto no se elige por suerte, sino por arte; si en el gobierno de los caballos el auriga no se asume por el evento de la suerte, sino por la recomendación del arte; si en la administración de la república no es la suerte la que hace al príncipe, sino la pericia de gobernar, y se buscan cosas similares en muchas otras, de las cuales se infiere que también en toda cosa que alguien quiera que sea regida y administrada seriamente, no acomoda un rector por suerte, sino por arte. Ves, pues, cómo el discurso corre a través de las cosas singulares para llegar a lo universal. Pues cuando hubo reunido que no por suerte, sino por arte, se rigen la nave, el carro y la república, como si en las demás cosas también se comportara así el asunto, concluye lo que era universal de este modo: que también en todas las cosas no debe anteponerse un príncipe guiado por la suerte, sino por el arte. A menudo, sin embargo, una particularidad recogida de muchos demuestra algo particular distinto, como si alguien dijera así: Si ni en las naves, ni en los carros, ni en los campos se anteponen rectores por suerte, tampoco en los asuntos públicos deben ser conducidos los rectores por suerte. Este género de argumentación suele ser sumamente probable, aunque no tenga la misma firmeza que el silogismo. Pues el silogismo desciende de lo universal a lo particular, y hay en él, si se teje con proposiciones verdaderas, una verdad firme e inmutable. Pero la inducción tiene probabilidad, pero a veces carece de verdad, como en esta: Quien sabe cantar es cantor, y quien sabe luchar es luchador, y quien sabe edificar es edificador. De estas muchas recogidas con razón similar se puede inferir: quien sabe el mal es malo, lo cual no procede. Pues el conocimiento del mal no puede faltar al bueno, ya que la virtud se ama a sí misma y desprecia lo contrario, ni podría evitar el vicio si no lo conociera. Por tanto, de estos dos principios y géneros de argumentar, se descubren otros dos modos de argumentación, uno supeditado al silogismo y otro a la inducción; en los cuales es fácil considerar que aquel toma su inicio del silogismo y aquel otro de la inducción, sin que, sin embargo, este llene el silogismo ni aquel la inducción. Estos son el entimema y el ejemplo. El entimema es, ciertamente, un silogismo imperfecto, es decir, un discurso en el que, sin haber establecido antes todas las proposiciones, se infiere una conclusión apresurada, como si alguien dijera así: el hombre es animal, luego es sustancia. Pues omitió la otra proposición en la que se propone: todo animal es sustancia. Por tanto, puesto que el entimema se esfuerza por probar de lo universal a lo particular, es como similar al silogismo; pero porque no utiliza todas las proposiciones que convienen al silogismo, se aparta de la razón del silogismo, y por eso se le llama silogismo imperfecto. El ejemplo también se acopla a la inducción con razón similar y disiente de ella. Pues el ejemplo es lo que, mediante una proposición particular, se esfuerza por mostrar algo particular de este modo: Es necesario que Catilina sea muerto por el cónsul Tulio, puesto que Graco fue muerto por Escipión. Pues se ha aprobado que Catilina debe ser eliminado por Cicerón, porque Graco fue muerto por Escipión. La interposición de las personas señala que ambas cosas son particulares y no universales de los singulares. Puesto que, por tanto, una parte se aprueba por otra parte, lo que llamamos ejemplo mantiene una semejanza con la inducción. Pero porque no recoge muchas partes con las que realizarlo, se aparta de la inducción. Así, pues, hay dos especies principales de argumentar, una que se llama silogismo y otra que se llama inducción. Bajo estas, como manando de ellas, el entimema y el ejemplo. Todas las cuales se deducen del silogismo y reciben fuerzas del silogismo; pues ya sea entimema, inducción o ejemplo, recibe la fuerza y la fe máxima del silogismo, lo cual ha sido demostrado en los Analíticos Primeros, que tradujimos de Aristóteles. Por lo cual, basta con discurrir sobre el silogismo como principal y que contiene las demás especies de argumentación. Resta ahora abrir qué es el lugar. Pues el lugar es la sede del argumento. La fuerza de cuya definición resolveré en pocas palabras. Pues la sede del argumento puede entenderse en parte como la proposición máxima y en parte como la diferencia de la proposición máxima. Pues como hay otras proposiciones que, al ser conocidas por sí mismas, no tienen nada más por lo que demostrarse, y estas se llaman máximas y principales, y hay otras cuya fe suplen las primeras y máximas proposiciones, es necesario que, de todas las que se dudan, aquellas mantengan la prueba más antigua, las cuales pueden dar fe a otras de tal manera que no pueda encontrarse nada más conocido que ellas mismas. Pues si el argumento es lo que da fe a una cosa dudosa, y esto debe ser más conocido y probable que aquello que se prueba, es necesario que todas las máximas den fe a los argumentos, las cuales son tan conocidas por sí mismas que no necesitan de prueba ajena. Pero una proposición de este tipo a veces está contenida dentro del ámbito del argumento, y a veces, puesta fuera, suple y perfecciona las fuerzas del argumento. Un ejemplo de tal argumento, que contiene una proposición máxima, es de este tipo. Sea la cuestión de si es mejor el reino que el consulado, diremos pues: El reino es más duradero que el consulado, siendo ambos un bien; pero lo que es un bien más duradero es mejor que lo que es de poco tiempo; luego el reino es mejor que el consulado. A esta argumentación, pues, se le ha insertado la proposición máxima, es decir, el lugar, a saber: los bienes más duraderos son de mejor mérito que los que son de poco tiempo. Pues esto es tan conocido que no necesita de prueba extrínseca, y él mismo puede ser prueba para otros. Y por eso esta proposición contiene toda la prueba, y cuando de ahí nace el argumento, rectamente se llama lugar, es decir, sede del argumento. Pero para que la proposición máxima puesta fuera aporte fuerzas al argumento, sea tal ejemplo. Sea el propósito demostrar que el envidioso no es sabio. El envidioso es quien se aflige por los bienes ajenos; el sabio, en cambio, no se aflige por los bienes ajenos; luego el envidioso no es sabio. En esta argumentación, pues, la proposición máxima no parece incluida, pero la máxima misma suministra fuerzas a la argumentación. Pues la fe para este silogismo proviene de la proposición por la cual conocemos que, de aquellos cuya definición es diversa, ellos mismos también son diversos. Pues está en la definición del envidioso consumirse por los bienes ajenos, lo cual, como no ocurre en el sabio, por eso el sabio se separa del envidioso. Es, pues, de un modo el lugar (como se ha dicho) la proposición máxima, universal, principal, indemostrable y conocida por sí misma, que en las argumentaciones, ya sea puesta entre las mismas proposiciones o extrínsecamente, suministra, sin embargo, fuerza a los argumentos y a las proposiciones. Por eso las proposiciones universales y máximas se han llamado lugares, porque ellas son las que contienen las demás proposiciones, y por ellas se hace la conclusión consecuente y ratificada. Y así como el lugar contiene en sí la cantidad del cuerpo, así estas proposiciones que son máximas contienen dentro de sí toda la fuerza de las posteriores y la consecuencia de la conclusión misma, y de un modo el lugar, es decir, la sede del argumento, se llama la proposición máxima y principal que suministra fe a las demás. De otro modo, en cambio, se llaman lugares las diferencias de las proposiciones máximas, las cuales, ciertamente, se deducen de aquellos términos que están constituidos en la cuestión, sobre los cuales se debe discurrir a continuación. Pues como hay muchas proposiciones que se llaman máximas, y estas son disímiles entre sí, cualesquiera que sean las diferencias en que discrepan entre sí, a todas ellas las llamamos lugares. Pues si las mismas proposiciones máximas son lugares de los argumentos, es necesario que las diferencias de ellas sean lugares de los argumentos. Pues la sustancia de cada cosa consiste en sus propias diferencias, como la del hombre en la racionalidad, que es su diferencia. Y estos lugares que son diferencias de las proposiciones existen más universales que las mismas proposiciones, como la racionalidad es más universal que el hombre. Y por eso se descubre que estos lugares que están puestos en las diferencias son menos numerosos que las mismas proposiciones de las que son diferencias. Pues todo lo que es más universal sucede que siempre es menos numeroso. Y por eso pueden caer fácilmente bajo la ciencia, cuyo número no es tan grande como para que se escapen rápidamente de la memoria del que aprende. Pero cuáles son estas diferencias se producen mejor por división. En las cuestiones predicativas, en cambio, un término se llama sujeto y el otro predicado. Pues en las cuestiones predicativas no se busca otra cosa sino si el predicado inherente al sujeto. Y si constara que inherente, se busca si inherente de tal modo como género, o accidente, o como propio, o como definición. Pues si se muestra que no inherente, no queda nada de la cuestión. Pues lo que no inherente, en absoluto puede inherir ni como accidente, ni como definición, ni como género, ni como propio. Pero si constara que inherente, resta la cuestión de cuál de los cuatro modos de inherencia sea. Pero solo el inherir pertenece mayormente al accidente, pues cuando no inherente ni como género, ni como definición, ni como propio, pero inherente sin embargo, es necesario que inherente como accidente. Siendo esto así, debe hacerse la división de aquellos lugares que constituimos en la diferencia de las proposiciones máximas. Pero corriendo por cada uno de ellos aparecerá más manifiestamente con el ejemplo que las proposiciones máximas distan de sus diferencias. Pues daremos ejemplo por cada uno de las cuestiones, argumentos, proposiciones máximas y principales, lugares y sus diferencias. Todos los lugares, pues, es decir, las diferencias de las proposiciones máximas, es necesario que se deduzcan o de aquellos términos que están puestos en la cuestión, a saber, el predicado y el sujeto, o que se asuman extrínsecamente, o de los medios de estos que se mueven entre ambos. Pero de aquellos lugares que se deducen de los términos sobre los cuales se duda en la cuestión, el modo es doble: uno, ciertamente, de su sustancia, y otro, en cambio, de aquellos que siguen a su sustancia. Estos, en cambio, que son de la sustancia, consisten solo en la definición. Pues la definición muestra la sustancia, y la definición es la demostración íntegra de la sustancia. Pero aclaremos lo que decimos con ejemplos, para que toda la razón de las cuestiones, o de las argumentaciones, o de los lugares se aclare. Pues bien, que se busque si los árboles son animales, y hágase un silogismo de este tipo: el animal es sustancia animada sensible; el árbol, en cambio, no es sustancia animada sensible; luego el árbol no es animal. Esta es una cuestión sobre el género, pues se busca si los árboles deben ponerse bajo el género de los animales. El lugar que consiste en la proposición universal es este: a quien no conviene la definición del género, no es especie de aquel cuya es esa definición. La diferencia superior del lugar, que no obstante se llama lugar a partir de la definición. Ves, pues, cómo toda la duda de la cuestión ha sido tratada por la argumentación del silogismo mediante proposiciones convenientes y congruentes, que guardan su fuerza de la primera y máxima proposición, a saber, de aquella que niega ser especie a quien no conviene la definición del género, y la misma proposición universal ha sido extraída de la sustancia de uno de aquellos términos que están colocados en la cuestión, como el animal, es decir, de su definición que es sustancia animada sensible. Así, pues, habiendo conmemorado brevemente y de forma sucinta las diferencias de los lugares en las demás cuestiones, es necesario percibir la propiedad de cada uno con la agilidad de un ánimo vigilante. Pero de este lugar que se deduce de la sustancia hay un modo doble: pues en parte los argumentos se deducen de la definición y en parte de la descripción. Pero la definición difiere de la descripción en que la definición toma el género y las diferencias, la descripción cierra la inteligencia del sujeto, con ciertos accidentes que producen una propiedad, o con diferencias sustanciales agregadas además del género conveniente. Pero estas definiciones que se hacen a partir de los accidentes, aunque parecen no demostrar de ninguna manera la sustancia, sin embargo, puesto que a menudo se ponen en lugar de la verdadera definición que demuestra la sustancia, aquellas pruebas que se toman de la descripción también parecen asumirse del lugar de la sustancia; de esto, pues, sea tal ejemplo. Pues que se busque si la blancura es sustancia, aquí se busca si la blancura se supone a la sustancia como género. Decimos, pues: sustancia es lo que puede ser sujeto a todos los accidentes; la blancura, en cambio, no está sujeta a ningún accidente; luego la blancura no es sustancia. El lugar, es decir, la proposición máxima, es la misma que la anterior. Pues de quien la definición o descripción no conviene a lo que se dice ser especie, no es género de aquel que se pretende ser especie. Pero la descripción de la sustancia no conviene a la blancura, luego la blancura no es sustancia. La diferencia superior del lugar es a partir de la descripción, que hace tiempo colocamos en la razón de la sustancia. Hay también definiciones que no se deducen de la sustancia de la cosa, sino de la significación del nombre, y así se aplican a la cosa sobre la que se busca: como si se buscara si se debe estudiar filosofía, la argumentación será tal: La filosofía es amor a la sabiduría, nadie duda que se debe estudiar esto, luego se debe estudiar filosofía; pues aquí no la definición de la cosa, sino la interpretación del nombre dio el argumento, del cual Tulio también se sirvió en el Hortensio en la defensa de la misma filosofía, y se llama en griego ὀνοματικός ὅρος, y en latín interpretación del nombre. Y sobre estos argumentos que se asumen de la sustancia de los términos puestos en la cuestión, hemos expuesto (creo) con ejemplos claros. Ahora hay que hablar de aquellos que siguen a la sustancia de los términos. La diversidad de estos es múltiple, pues son muchas las cosas que se adhieren a las sustancias singulares. De estas, pues, que acompañan a la sustancia de cualquiera, suelen deducirse los argumentos, o del todo, o de las partes, o de las causas, ya sean eficientes, o materia, o forma natural, o fin, y hay una causa eficiente que mueve y opera para que algo se explique. La materia, en cambio, de la que se hace algo, o en la que se hace. El fin, por lo que se hace. Hay también entre esos lugares los que se toman de aquellas cosas que siguen a la sustancia, o de los efectos, o de las corrupciones, o de los usos, o, además de todos estos, de los accidentes comunes. Siendo esto así, examinemos primero aquel lugar que se hace del todo. El todo suele decirse de dos modos, o como género, o como aquello que íntegro consta de muchas partes. Y aquel que es todo como género, de este modo a menudo suministra argumentos a las cuestiones, como si fuera la cuestión de si la justicia es útil, se hace el silogismo: toda virtud es útil, la justicia es virtud, luego la justicia es útil. Esta es una cuestión sobre el accidente, es decir, si la utilidad le sucede a la justicia. El lugar es el que consiste en la proposición máxima: lo que está presente al género está presente a la especie. El lugar superior de este es del todo, es decir, del género, a saber, la virtud, que es el género de la justicia. De nuevo, sea la cuestión de si las cosas humanas son regidas por la Providencia, diremos: si el mundo es regido por la Providencia, y los hombres son partes del mundo, luego las cosas humanas son regidas por la Providencia. Cuestión sobre el accidente, lugar: lo que conviene al todo, eso conviene también a la parte. El lugar supremo es del todo, es decir, del íntegro que consta de partes: eso, en verdad, es el mundo, que es el todo para los hombres. De las partes también nacen argumentos de dos modos, o bien de las partes del género que son especies, o del íntegro, es decir, del todo cuyas partes solo se llaman con nombre propio, y sobre estas partes que son especies, de este modo sea la cuestión: si la virtud es hábito de una mente bien constituida. La cuestión es sobre la definición, es decir, si hábito de una mente bien constituida es la definición de la virtud. Haremos, pues, la argumentación a partir de las especies así: Si la justicia, la fortaleza, la moderación y la prudencia son hábitos de una mente bien constituida, y estas cuatro se sujetan a la virtud como a un género, luego la virtud es hábito de una mente bien constituida, proposición máxima. Pues lo que está presente en las partes singulares, es necesario que esté presente en el todo. El argumento, en cambio, es de las partes, es decir, de las partes del género, que se llaman especies: pues la justicia, la fortaleza, la modestia y la prudencia son especies de la virtud. Asimismo, de aquellas partes que se dicen ser partes del íntegro; sea la cuestión de si la medicina es útil, esta está constituida en la duda del accidente, diremos: si es útil eliminar las enfermedades, conservar la salud y curar las heridas, la medicina es útil; pero es útil eliminar las enfermedades, conservar la salud y curar las heridas, luego la medicina es útil. A menudo, sin embargo, una sola parte cualquiera vale para que conste la firmeza de la argumentación, de este modo, como si se dudara de alguien si ha sido hecho libre; si mostramos que ha sido manumitido por censo, o por testamento, o por vindicta, se ha mostrado que ha sido hecho libre, y estas eran partes de dar la libertad. Como de nuevo si se dudara si es una casa, lo que se contempla desde lejos, diremos que no lo es: pues le falta o el techo, o las paredes, o los fundamentos; de nuevo se ha hecho el argumento a partir de una parte. Es lícito, sin embargo, mirar el todo y las partes no solo en las sustancias, sino también en el modo, en los tiempos, en las cantidades, en el lugar. Pues aquello que decimos, siempre es todo en el tiempo. Aquello que decimos, a veces es parte en el tiempo. De nuevo, si proponemos algo simplemente, es todo en el modo; si con adición, se hace alguna parte en el modo. Asimismo, si decimos todas las cosas en cantidad, decimos el todo. Si hemos extraído algo de la cantidad, ponemos la parte de la cantidad. Del mismo modo también en el lugar, lo que está en todas partes, es conocido que lo que está en algún lugar, es parte. De todos estos, sin embargo, se deben estos ejemplos comunes: del todo a la parte según el tiempo: si Dios siempre es, y ahora es; de la parte al todo según el modo: si el alma se mueve de algún modo, y se mueve simplemente, se mueve cuando se irrita, luego universal y simplemente se mueve. De nuevo del todo a las partes en cantidad: si Apolo es verdadero vate en todas las cosas, será verdadero que Pirro supere a los romanos. De nuevo en el lugar: si Dios está en todas partes, luego también está aquí. Sigue el lugar que se llama de las causas. Hay, en verdad, muchas causas que o prestan y producen el principio del movimiento, o reciben las formas de las especies sujetas, o por ellas se hace algo, o lo que es forma de cualquiera. El argumento, pues, de la causa eficiente, como si alguien quisiera mostrar la justicia natural, diga: la congregación de los hombres es natural, la justicia, en cambio, hizo la congregación de los hombres, luego la justicia es natural. Cuestión sobre el accidente, proposición máxima: de quienes las causas eficientes son naturales, ellas mismas también son naturales. Lugar de las causas eficientes: pues lo que es causa de cada cosa, eso produce aquella cosa de la que es causa. De nuevo, si alguien contendiera que los moros no tienen armas, dirá que por eso no usan armas, porque les falta el hierro. Proposición máxima, donde falta la materia, falta también lo que se produce de la materia. Lugar de la materia: ambos, en verdad, es decir, de las eficientes y de la materia, se llaman con un nombre: causa. Pues igualmente lo que produce y lo que recibe el acto del que opera son causas de la cosa que se produce. De nuevo del fin, sea el propósito así, si la justicia es buena, hágase tal argumentación: si ser bienaventurado es bueno, y la justicia es buena, pues este es el fin de la justicia, que si alguien viva según la justicia, sea conducido a la bienaventuranza. Proposición máxima: cuyo fin es bueno, él mismo también es bueno. Lugar del fin: también de aquello que es forma de cualquiera, así que Dédalo no pudo haber volado, puesto que no tenía alas por forma natural. Proposición máxima: cada cosa puede tanto cuanto su forma natural se lo permitió. Lugar de la forma: de los efectos, en cambio, y de las corrupciones y de los usos de este modo; pues si la casa es buena, la construcción de la casa es buena, y al contrario, si la construcción de la casa es buena, la casa es buena. De nuevo si la destrucción de la casa es mala, la casa es buena, y si la casa es buena, la destrucción de la casa es mala. Y si montar a caballo es bueno, el caballo es bueno, y si el caballo es bueno, montar a caballo es bueno. Es, pues, el primer ejemplo de las generaciones, que puede llamarse también de los efectos; el segundo de las corrupciones; el tercero de los usos: la proposición máxima de todos: cuya efeción es buena, él mismo también es bueno, y viceversa; cuya corrupción es mala, él mismo también es bueno, y viceversa; y cuyo uso es bueno, él mismo también es bueno, y viceversa. Los argumentos de los accidentes comunes se hacen siempre que se toman aquellos accidentes que no pueden o no suelen dejar al sujeto, como si alguien dijera de este modo: Al sabio no le pesará, pues el arrepentimiento acompaña al hecho malo. Lo cual, porque no conviene en el sabio, tampoco el arrepentimiento. Cuestión sobre el accidente. Proposición máxima: A quien no le inherente algo, tampoco puede inherirle aquello que es su consecuente; lugar de los accidentes comunes. Habiendo, pues, despachado estos lugares que se asumen de los mismos términos puestos en la cuestión, ahora hay que hablar de aquellos que, aunque puestos extrínsecamente, suministran, sin embargo, argumentos a las cuestiones. Estos, en verdad, son o del juicio de la cosa, o de los similares, o de lo mayor, o de lo menor, o de la proporción, o de los opuestos, o de la transunción. Y aquel lugar que mantiene el juicio de la cosa es de este tipo: como si dijéramos que es aquello que todos o la mayoría juzgan. Y estos, ya sean sabios, o profundamente eruditos según cada una de las artes. Un ejemplo de esto es que el cielo es voluble, lo cual así juzgaron los sabios y los astrólogos más doctos. Cuestión sobre el accidente. Proposición máxima: lo que parece a todos o a la mayoría o a los hombres sabios, no debe ser contradicho. Lugar del juicio de la cosa. De los similares, en cambio, de este modo: si se dudara si es propio del hombre ser bípedo, diremos: de manera similar está presente al caballo ser cuadrúpedo, como al hombre ser bípedo; pero no es propio del caballo ser cuadrúpedo; luego no es propio del hombre ser bípedo. Cuestión sobre lo propio. Proposición máxima: si lo que está presente de manera similar no es propio, tampoco aquello sobre lo que se busca puede ser propio. Lugar de los similares. Este, en verdad, se divide en dos, pues esta semejanza consiste o en la cualidad o en la cantidad; pero en la cantidad se llama paridad, es decir, igualdad, en la cualidad semejanza. De nuevo de aquello que es más: si se buscara si la definición de animal es lo que puede moverse por sí mismo, diremos así: más conviene que la definición de animal sea lo que viva naturalmente que lo que pueda moverse por sí mismo; pero no es esta la definición de animal lo que vive naturalmente; luego tampoco aquella que parece ser menos, lo que puede moverse por sí mismo, debe pensarse que es la definición de animal. Cuestión sobre la definición. Proposición máxima: si lo que parece más estar presente no está presente, tampoco estará presente lo que parecerá estar menos presente. Lugar de aquello que es más. De los menores, en cambio, de modo inverso. Pues si la definición de hombre es animal gressible bípedo, cuando eso parece ser menos definición de hombre que animal racional mortal, y la definición de hombre sea la que dice otra cosa gressible bípedo, la definición de hombre será animal racional mortal. Cuestión sobre la definición. Proposición máxima: si lo que parece menos estar presente está presente, estará presente lo que parecerá estar más presente. Muchas son, sin embargo, las diversidades de los lugares que suministran argumentos de aquello que es más y menos, los cuales hemos perseguido más diligentemente en la exposición de los Tópicos de Aristóteles. Asimismo de la proporción, como si se buscara si los magistrados deben ser elegidos por suerte en las ciudades, digamos que de ninguna manera. Porque ni siquiera en las naves el piloto es nombrado por suerte, pues hay proporción. Pues como se comporta el piloto respecto a la nave, así el magistrado respecto a la ciudad. Este lugar, en cambio, dista de aquel que se deduce de los similares. Pues allí una cosa se compara con cualquier otra. En la proporción, en cambio, no hay semejanza de cosas, sino una cierta comparación de relación. Cuestión sobre el accidente. Proposición máxima: lo que sucede en cada cosa, es necesario que suceda en su proporcional. Lugar de la proporción. De los opuestos, en cambio, el lugar es múltiple. Pues cuatro se oponen entre sí de modos, o bien como contrarios se miran constituidos en lugar adverso, o como privación y hábito, o como relación, o como afirmación y negación. Las distinciones de los cuales han sido conmemoradas en aquel libro que fue escrito sobre las Diez Categorías, de estos nacen argumentos de este modo. De los contrarios, si se buscara si es propio de la virtud ser alabada, diré que de ninguna manera, porque tampoco del vicio ser vituperado. Cuestión sobre lo propio. Proposición máxima: los contrarios convienen a los contrarios. Lugar de los opuestos, es decir, del contrario. De nuevo, que esté puesto en la cuestión si es propio de los que tienen ojos ver. Diré que no, pues sucede que los que ven, otros también son ciegos. Pues en aquellos en los que hay hábito, en los mismos también podrá haber privación, y lo que es propio no puede apartarse del sujeto. Y puesto que al venir la ceguera se va la visión, se convence de que no es propio de los que tienen ojos ver. Cuestión sobre lo propio. Proposición máxima: donde la privación puede estar ausente, el hábito no es propio. Lugar de los opuestos según el hábito y la privación. De nuevo, que esté propuesto en la cuestión si es propio del padre ser procreador. Diré que parece rectamente, porque es propio del hijo ser procreado: pues como se comporta el padre respecto al hijo, así el procreador respecto al procreado. Cuestión sobre lo propio. Proposición máxima: los propios de los opuestos referidos entre sí, también ellos se refieren entre sí. Lugar de los opuestos relativos. Asimismo, que esté propuesto en la cuestión si es propio del animal moverse. Niéguese, porque tampoco es propio del inanimado no moverse. Cuestión sobre lo propio. Proposición máxima: que los propios opuestos deben ser de los opuestos. Lugar de los opuestos según la afirmación y la negación. Pues moverse y no moverse se oponen entre sí según la afirmación y la negación. De la transunción se hace de este modo, cuando de aquellos términos en los que está constituida la cuestión, la duda se transfiere a otra cosa más conocida, y de su prueba se confirman aquellas cosas que están puestas en la cuestión, como Sócrates, cuando buscaba qué podía ser la justicia en cada uno, trasladó todo el tratado a la magnitud de la república, y de lo que allí realizaba, confirmó que valía también en los singulares. El cual lugar quizás parecerá ser del todo. Pero puesto que no inherente a aquellos términos sobre los que se propone, sino que se asume una cosa puesta fuera solo porque parece más conocida, por eso este lugar ha sido llamado con vocablo conveniente de transunción. Se hace, en verdad, esta transunción también en el nombre siempre que la argumentación se transfiere de un vocablo oscuro a uno más conocido, de este modo, como si se buscara si el filósofo envidia, y fuera desconocido qué significa el nombre de filósofo. Diremos al vocablo, transfiriendo el más conocido no envidiar, porque sea sabio. Pues es más conocido el vocablo de sabio que el de filósofo. Y sobre estos lugares que se asumen extrínsecamente, se ha dicho claramente. Ahora se disputará sobre los medios. Los lugares medios, en cambio, se toman o del caso, o de los conjugados, o naciendo de la división. El caso es la inflexión de algún nombre principal en adverbio, como de justicia se inflexiona justamente. El caso, pues, es de justicia lo que decimos justamente. Conjugados, en cambio, se dicen los que fluyeron deducidos de lo mismo de modo diverso, como de justicia justo, justo. Estos, pues, se dicen conjugados entre sí y con la misma justicia, de todos los cuales están a mano los argumentos. Pues si lo que es justamente es bueno, y lo que es justo es bueno, y si quien es justo es bueno, y la justicia es buena. Estos, pues, siguen según la semejanza del nombre propio. Lugares medios, en cambio, se llaman, porque si se busca sobre la justicia, y los argumentos se deducen del caso o de los conjugados, no parecen ser traídos ni de la misma sustancia propiamente, ni conjuntamente, ni de aquellos que están puestos extrínsecamente, sino de sus casos, es decir, deducidos de ellos mismos por una leve mutación. Con razón, pues, estos lugares se colocan medios entre aquellos que se deducen de ellos mismos y aquellos que están puestos extrínsecamente. Resta el lugar de la división que se trata de este modo: Toda división se hace o por negación, o por partición. Por negación se hace como si alguien pronunciara así: todo animal o tiene pies o no tiene. Por partición, en cambio, como si alguien dividiera: todo hombre o es sano, o enfermo. Se hace, en cambio, toda división o del género en especies, o del todo en partes, o de la voz en significaciones propias, o del accidente en sujetos, o del sujeto en accidentes, o del accidente en accidentes. Las razones de todos los cuales he explicado más diligentemente en aquel libro que compuse sobre la división. Y por eso de allí se pidan ejemplos congruentes para el conocimiento de todos estos. Se hacen, en cambio, las argumentaciones por división, tanto por aquella segregación que se hace por negación, como por aquella que se hace por partición. Pero los que usan estas divisiones, o contienden por razonamiento directo, o conducen a algo imposible e inconveniente, y así asumen de nuevo lo que habían dejado. Lo cual cualquiera conocerá más fácilmente si ha dedicado esfuerzo a los analíticos anteriores. Sin embargo, tales ejemplos de estos prestarán conocimiento por el presente. Sea propuesto en la cuestión si hay algún origen del tiempo. Lo cual quien quiera negar, lo afirmará sin duda con razonamiento de que de ninguna manera ha nacido, y lo mostrará con razonamiento directo de este modo: El tiempo o tiene origen, o no. Pero puesto que el mundo es eterno (pues concédase eso por un poco por causa del argumento), y el mundo no pudo ser sin tiempo, el tiempo también es eterno. Pero lo que es eterno carece de origen, luego el tiempo no tiene origen. Pero si se deseara mostrar lo mismo por imposibilidad, se dirá de este modo: El tiempo o tiene origen, o no. Pero si el tiempo tiene origen, no fue siempre. El tiempo, en cambio, tiene origen, luego hubo cuando no hubo tiempo. Pero haber sido es significación del tiempo, luego hubo tiempo cuando no hubo tiempo, lo cual no puede suceder. No hay, pues, ningún principio del tiempo. Pues habiendo puesto que comenzó el principio de alguno, sucede algo inconveniente e imposible, haber sido tiempo cuando no hubo tiempo. Se vuelve, pues, a la otra parte, que carece de origen. Pero esta, que es la división por negación, cuando se toman cualesquiera argumentos por ella, no puede ser que ambos sean, lo cual se divide por afirmación y negación. Por tanto, quitado uno, permanece el otro, puesto el otro, se quita el restante, y se llama este lugar de la división medio entre aquellos que suelen deducirse de él mismo y aquellos que se asumen extrínsecamente. Pues cuando se busca si hay algún origen del tiempo, se asume ciertamente que hay origen, y de ella por propia consecuencia se hace el silogismo de imposibilidad y mentira sobre la cosa misma que se busca. Concluido lo cual se vuelve a lo anterior que es necesario que sea verdadero. Puesto que aquello que le es opuesto se produce a algo imposible e inconveniente. Por tanto, puesto que suele hacerse el silogismo de la misma cosa sobre la que se busca, el lugar se deduce como de ellos mismos, puesto que, en verdad, no permanece en él, sino que vuelve al opuesto, se asume como extrínsecamente. Por eso este lugar de la división se coloca medio entre ambos. Pero, en verdad, los que se asumen de la partición son de modo doble: a veces, en efecto, las cosas que se dividen pueden ser al mismo tiempo, como si dividiéramos la voz en significaciones, todas pueden ser al mismo tiempo, como cuando decimos abrazo significa o acción, o pasión, puede significar ambas al mismo tiempo. A veces, como por modo de negación, las cosas que se dividen no pueden ser al mismo tiempo, como o es sano o es enfermo. Se hace, en cambio, el razonamiento en el modo anterior de división, tanto porque a todos está presente lo que se busca o no está presente, como en verdad porque a alguno está presente o no está presente porque a otros está presente o de ninguna manera. Ni trabajaremos más tiempo en explicar estos, si los analíticos anteriores o los Tópicos de Aristóteles hubieran instruido el ánimo diligente del lector. Pues si se buscara si el perro es sustancia, y el interlocutor hiciera esta división: Perro es nombre o de animal ladrador, o de bestia marina, o de astro celeste, y demostrara por cada uno que el perro ladrador es sustancia, y que la bestia marina y el astro también pueden suponerse a la sustancia, ha mostrado que el perro es sustancia. Y este, en verdad, parecerá haber traído argumentos de los mismos propuestos en la cuestión. Pero en tales silogismos: o es sano, o es enfermo; pero es sano, luego no es enfermo; pero no es sano, luego es enfermo. O así, pero es enfermo, luego no es sano; o así, pero no es enfermo, luego es sano, el silogismo se ha asumido de aquellos que son extrínsecos, es decir, de los opuestos. Por eso todo este lugar de la división se dice ser medio entre ambos, el cual, si está constituido en la negación, de algún modo ciertamente se asume de ellos mismos, pero de algún modo viene de los exteriores. Si, en verdad, los argumentos se deducen de la partición, ahora ciertamente de ellos mismos, ahora en verdad prestan abundancia de los exteriores. Y de los griegos, en verdad, de Temistio, escritor diligente y lúcido, y que todo lo revoca a la facilidad de la inteligencia, tal parece ser la partición de los lugares. Siendo esto así, brevemente debo conmemorar la división de los lugares, para que no se muestre que ha quedado nada fuera de ella que no se pruebe incluido dentro de ella. Pues sobre lo que se duda en cualquier cuestión, eso se afirmará con argumentos de tal manera que estos o se tomen de ellos mismos que están constituidos en la cuestión, o se deduzcan extrínsecamente, o se busquen como puestos en el confín de estos. Y fuera de esta definición no se puede encontrar nada más. Pero si el argumento se toma de ellos mismos, es necesario que se tome o de su sustancia, o de aquellos que la siguen, o de aquellos que acontecen inseparablemente, o se adhieren a ellos, y no pueden o no suelen separarse y desunirse de su sustancia. Cualesquiera, en verdad, que se deducen de su sustancia, estos o están en la descripción, o en la definición, y fuera de estos de la interpretación del nombre. Los que, en verdad, siguen a aquellos como conteniendo la sustancia, son tales que, o del género, o de la diferencia, o del íntegro, o de las especies, o de las partes, asisten en lugar alrededor de aquellas cosas que se indagan. Asimismo o de la causa, o eficientes, o de la materia, o de la forma, o del fin, o del efecto, o de las corrupciones, o de los usos, o de las cantidades, o del tiempo, o de los modos. Lo que, en verdad, propiamente se llama accidente inseparable o adherente, eso se numerará en los accidentes comunes. Y fuera de estos, en verdad, no se puede encontrar otra cosa que pueda estar presente a cada uno. Puestos así, examinemos ahora aquellos lugares que hace tiempo pronunciábamos que se asumen extrínsecamente. Pues aquellas cosas que se asumen extrínsecamente no están tan separadas y disyuntas que no miren de algún modo como desde una región a aquellas cosas que se buscan. Pues también las semejanzas y los opuestos se refieren sin duda a aquellas cosas a las que son similares u opuestos, aunque por derecho y orden parezcan colocados extrínsecamente. Son, en verdad, estos: semejanza, oposición, mayor, menor, juicio de la cosa. En la semejanza, en efecto, se contiene tanto la semejanza de la cosa como la razón de la proporción. Pues todas las cosas mantienen semejanza. Los opuestos, en verdad, consisten en los contrarios, en las privaciones, en las relaciones, en las negaciones. La comparación, en cambio, de lo mayor a lo menor es una cierta disimilitud de los similares. Pues la discreción de las cosas similares por sí mismas hace lo mayor y lo menor. Pues lo que está disyunto por toda cualidad y toda razón, eso de ninguna manera podrá compararse. De los argumentos, en verdad, del juicio de la cosa, ofrecen como testimonio y son lugares inartificiales, y completamente disyuntos, no buscando tanto la cosa como el juicio y la opinión. El lugar de la transunción, en verdad, consiste ahora en la igualdad, ahora en verdad en la comparación de lo mayor o menor. Pues o hacia lo que es similar, o hacia lo que es mayor o menor, se hace la transunción de los argumentos y de las razones. Estos lugares, en verdad, que predijimos que están mezclados, nacen o de los casos, o de los conjugados, o de la división. En todos los cuales se guarda la consecuencia y la repugnancia. Pero aquellos que se deducen de la definición, o del género, o de la diferencia, o de las causas, suministran fuerzas y orden mayormente a los silogismos demostrativos, los restantes a los verosímiles y dialécticos. Y estos lugares que están mayormente en la sustancia de aquellos sobre los que se duda en la cuestión, miran a los silogismos predicativos y simples, los restantes, en verdad, a los hipotéticos y condicionales. Habiendo despachado, pues, los lugares y habiéndolos aclarado diligentemente tanto por la definición como por la luz de los ejemplos, parece que se debe decir cómo estos lugares son diferencias de las proposiciones máximas, y eso brevemente, pues el asunto no necesita de larga disputa. Pues todas las proposiciones máximas o contienen la definición, o la descripción, o la interpretación del nombre, o el todo, o las partes, o el género, o las especies, o las demás cosas por las que difieren entre sí las proposiciones máximas. Pues en lo que son máximas no difieren, sino en que estas vienen de la definición, aquella en verdad del género, otras vienen de otros lugares, y por esto con razón difieren, y estas se dicen sus diferencias. Pero puesto que la división de Temistio ha sido aclarada, pasemos ahora a la división de M. Tulio.
2
Todo lo que se ha expuesto en la serie del volumen anterior parecerá, quizás, a algunos eruditos, superfluo en cierto modo y como dependiente. Pues, al leer el título de los libros sobre las diferencias tópicas, omitiendo los grados de la doctrina, atienden inmediatamente al fin de la obra. A mí, sin embargo, me parece necesario aquello que, si no se conoce de antemano, el ánimo del que aprende no puede llegar a lo ulterior; y aquellos que ahora consideran superflua toda la discusión del primer volumen, si leen todo y examinan con la mente y la razón la trabazón de la obra, dejarán ciertamente de juzgar como superfluo lo que verán necesariamente colocado en una parte de la obra. Y esto baste hasta aquí. Pero puesto que se ha hablado suficientemente de lo que antes expusimos, es decir, de la proposición, la cuestión, la conclusión y el argumento, tratemos ahora de la argumentación. La argumentación es la explicación del argumento mediante el discurso. De esta hay dos especies: una que se llama silogismo y otra que se llama inducción. El silogismo es un discurso en el que, habiéndose puesto y concedido ciertas cosas, es necesario que resulte algo distinto de aquello que se ha concedido, por el hecho mismo de que se ha concedido. El segundo libro de aquellos en los que escribimos la institución sobre los silogismos categóricos contiene plenamente la razón de esta definición. Pero, por facilidad de intelecto, expondremos lo mismo brevemente con un ejemplo. Sea, pues, este silogismo: todo hombre es animal, todo animal es sustancia, luego todo hombre es sustancia. Todo esto, pues, es un discurso en el que, habiéndose puesto y concedido ciertas cosas, es decir, dos proposiciones que son: todo hombre es animal y todo animal es sustancia, por el hecho mismo de que se han concedido, se produce algo distinto, a saber, lo que es la conclusión: luego todo hombre es sustancia. Pues mediante las proposiciones que se han concedido, se infiere necesariamente la consecuencia de la conclusión. Estas proposiciones son: todo hombre es animal y todo animal es sustancia, y de ellas se produce algo distinto de lo que se ha concedido. Pues se concluye: luego todo hombre es sustancia, lo cual es muy diferente tanto de la proposición que dice: todo hombre es animal, como de la que propone que todo animal es sustancia. De los silogismos, unos son predicativos, que se llaman categóricos, otros condicionales, que llamamos hipotéticos. Y los predicativos son aquellos que se conectan a partir de todas las proposiciones predicativas, como el que anoté arriba a modo de ejemplo, pues se teje con todas las proposiciones predicativas. Los hipotéticos, en cambio, son aquellos cuyas proposiciones se conectan mediante una condición, como este: si es de día, hay luz; es de día, luego hay luz; pues la primera proposición mantiene esta condición, ya que solo hay luz si es de día. Y por eso este silogismo se llama hipotético, es decir, condicional. La inducción, en cambio, es un discurso mediante el cual se hace una progresión desde los particulares a los universales, de este modo: Si en el gobierno de las naves no se elige al timonel por suerte, sino por arte; si en el gobierno de los caballos el auriga no se asume por el evento de la suerte, sino por la recomendación del arte; si en la administración de la república no es la suerte la que hace al príncipe, sino la pericia de moderar, y se buscan cosas similares en muchas otras, de las cuales se infiere que también en toda cosa que alguien quiera que sea regida y administrada gravemente, no acomoda un rector por suerte, sino por arte. Ves, pues, cómo el discurso corre a través de las cosas singulares para llegar a lo universal. Pues cuando hubo reunido que no por suerte, sino por arte, se rigen la nave, el carro y la república, concluye lo que era universal como si en las demás cosas también se diera el caso, de este modo: que también en todas las cosas no debe anteponerse un príncipe guiado por la suerte, sino por el arte. A menudo, sin embargo, la particularidad reunida de muchos demuestra algo particular, como si alguien dijera así: Si ni en las naves, ni en los carros, ni en los campos se anteponen rectores por suerte, tampoco en los asuntos públicos deben ser guiados los rectores por la suerte. Este género de argumentación suele ser muy probable, aunque no tenga la misma firmeza que el silogismo. Pues el silogismo desciende desde los universales a los particulares, y en él, si se teje con proposiciones verdaderas, hay una verdad firme e inmutable. Pero la inducción tiene probabilidad, pero a veces carece de verdad, como en esta: Quien sabe cantar es cantor, y quien sabe luchar es luchador, y quien sabe edificar es edificador. De las cuales, reunidas muchas por razón similar, se puede inferir: quien sabe el mal es malo, lo cual no procede. Pues el conocimiento del mal no puede faltar al bueno, ya que la virtud se ama a sí misma y desprecia lo contrario, ni podría evitar el vicio si no lo conociera. Por tanto, de estos dos como principios y géneros de argumentar, se descubren otros dos modos de argumentación, uno supeditado al silogismo y otro a la inducción; en los cuales es fácil considerar que aquel toma su comienzo del silogismo y este de la inducción, aunque ni este llene el silogismo ni aquel la inducción. Estos son el entimema y el ejemplo. El entimema es, en efecto, un silogismo imperfecto, es decir, un discurso en el que, no habiéndose establecido antes todas las proposiciones, se infiere una conclusión apresurada, como si alguien dijera así: el hombre es animal, luego es sustancia. Pues omitió la otra proposición en la que se propone: todo animal es sustancia. Por tanto, puesto que el entimema se esfuerza por probar desde los universales a los particulares, es como un silogismo; pero como no utiliza todas las proposiciones que convienen al silogismo, se aparta de la razón del silogismo, y por eso se le llama silogismo imperfecto. El ejemplo también se acopla a la inducción por una razón similar y disiente de ella. Pues el ejemplo es lo que, mediante un particular propuesto, se esfuerza por mostrar algo particular de este modo: Es necesario que Catilina sea muerto por el cónsul Tulio, puesto que Graco fue muerto por Escipión. Pues se ha aprobado que Catilina debe ser muerto por Cicerón, porque Graco fue muerto por Escipión. La interposición de personas designa que ambos son particulares y no universales de singulares. Puesto que, por tanto, una parte se aprueba por una parte, lo que llamamos ejemplo mantiene una semejanza con la inducción. Pero como no reúne muchas partes con las que realizarlo, se aparta de la inducción. Así, pues, hay dos especies principales de argumentar, una que se llama silogismo y otra que se llama inducción. Bajo estas, sin embargo, como manando de ellas, el entimema y el ejemplo. Los cuales, ciertamente, todos se deducen del silogismo y reciben fuerzas del silogismo; pues ya sea entimema, inducción o ejemplo, recibe la fuerza y la fe máxima del silogismo, lo cual ha sido demostrado en los Analíticos Primeros, que tradujimos de Aristóteles. Por lo cual, es suficiente discurrir sobre el silogismo como principal y que contiene las demás especies de argumentación. Resta ahora abrir qué es el lugar. Pues el lugar es la sede del argumento. Resolveré en pocas palabras cuál es la fuerza de esta definición. Pues la sede del argumento puede entenderse en parte como la proposición máxima y en parte como la diferencia de la proposición máxima. Pues como hay otras proposiciones que, al ser conocidas por sí mismas, no tienen nada más por lo que demostrarse, y estas se llaman máximas y principales, y hay otras cuya fe suplen las primeras y máximas proposiciones, es necesario que, de todas las que se dudan, aquellas mantengan la prueba más antigua, que pueden dar fe a otras de tal manera que no se pueda encontrar nada más conocido que ellas mismas. Pues si el argumento es lo que da fe a una cosa dudosa, y debe ser más conocido y probable que aquello que se prueba, es necesario que a todos los argumentos les otorgue fe aquella máxima que es tan conocida por sí misma que no necesita de prueba ajena. Pero una proposición de este tipo a veces está contenida dentro del ámbito del argumento, y a veces, puesta fuera, suple y perfecciona las fuerzas del argumento. Un ejemplo de este argumento, que mantiene una proposición máxima, es de este tipo. Sea la cuestión de si es mejor el reino que el consulado, diremos así: El reino es más duradero que el consulado, puesto que ambos son buenos; pero lo que es más duradero es de mejor mérito que lo que es de poco tiempo; luego el reino es mejor que el consulado. A esta argumentación, pues, se le ha insertado una proposición máxima, es decir, un lugar, a saber: los bienes más duraderos son de mejor mérito que los que son de poco tiempo. Pues esto es tan conocido que no necesita de prueba extrínseca, y él mismo puede ser prueba para otros. Y por eso esta proposición contiene toda la prueba, y cuando de ahí nace el argumento, rectamente se llama lugar, es decir, sede del argumento. Pero para que la proposición máxima puesta fuera aporte fuerzas al argumento, sea tal el ejemplo. Sea propuesto demostrar que el envidioso no es sabio. El envidioso es quien se aflige por los bienes ajenos; el sabio, en cambio, no se aflige por los bienes ajenos; luego el envidioso no es sabio. En esta argumentación, pues, la proposición máxima no parece estar incluida, pero la misma máxima suministra fuerzas a la argumentación. Pues este silogismo tiene fe a partir de la proposición mediante la cual conocemos que aquellos cuya definición es diversa, ellos mismos también son diversos. Pues está en la definición del envidioso consumirse por los bienes ajenos, lo cual, puesto que no se da en el sabio, por eso el sabio se separa del envidioso. Es, pues, de un modo el lugar (como se ha dicho) la proposición máxima, universal, principal, indemostrable y conocida por sí misma, que en las argumentaciones, ya sea puesta entre las mismas proposiciones o extrínsecamente, suministra, sin embargo, fuerza a los argumentos y a las proposiciones. Por eso las proposiciones universales y máximas se han llamado lugares, puesto que ellas son las que contienen las demás proposiciones, y mediante ellas se hace la conclusión consecuente y ratificada. Y así como el lugar contiene en sí la cantidad del cuerpo, así estas proposiciones que son máximas mantienen dentro de sí toda la fuerza de las posteriores y la consecuencia de la misma conclusión, y de un modo el lugar, es decir, la sede del argumento, se llama proposición máxima y principal que suministra fe a las demás. De otro modo, en cambio, se llaman lugares las diferencias de las proposiciones máximas, que ciertamente se deducen de aquellos términos que están constituidos en la cuestión, de los cuales se debe discurrir a continuación. Pues como hay muchísimas proposiciones que se llaman máximas, y estas son disímiles entre sí, por cualesquiera diferencias que discrepen entre sí, a todas ellas las llamamos lugares. Pues si las mismas proposiciones máximas son lugares de los argumentos, es necesario que las diferencias de ellas sean lugares de los argumentos. Pues la sustancia de cada uno consiste en sus propias diferencias, como la del hombre en la racionalidad, que es su diferencia. Y estos lugares que son diferencias de las proposiciones existen más universales que las mismas proposiciones, como la racionalidad es más universal que el hombre. Y por eso se descubre que estos lugares que están puestos en las diferencias son menos numerosos que las mismas proposiciones de las que son diferencias. Pues todo lo que es más universal siempre resulta ser menos numeroso. Y por eso pueden caer fácilmente bajo la ciencia, cuyo número no es tan grande como para que se escapen rápidamente de la memoria del que aprende. Cuáles son estas diferencias se producen mejor mediante la división. En las cuestiones predicativas, sin embargo, un término se llama sujeto y otro predicado. Pues en las cuestiones predicativas no se busca otra cosa sino si el predicado inherente al sujeto. Lo cual, si consta que está presente, se busca si está presente de tal manera como género, o accidente, o como propio, o como definición. Pues si se muestra que no está presente, no queda nada de la cuestión. Pues lo que no está presente, no puede estar presente en absoluto ni como accidente, ni como definición, ni como género, ni como propio. Pero si consta que está presente, resta la cuestión de cuál sea el modo de inherencia de los cuatro. Pero solo el estar presente pertenece mayormente al accidente, pues cuando no está presente ni como género, ni como definición, ni como propio, pero está presente, es necesario que esté presente como accidente. Siendo esto así, debe hacerse la división de aquellos lugares que constituimos en la diferencia de las proposiciones máximas. Pero corriendo por cada uno de ellos, aparecerá más manifiestamente con el ejemplo que las proposiciones máximas distan de sus diferencias. Pues daremos, mediante un ejemplo, las cuestiones, los argumentos, las proposiciones máximas y principales, los lugares y sus diferencias. Todos los lugares, pues, es decir, las diferencias de las proposiciones máximas, o es necesario que se deduzcan de aquellos términos que están puestos en la cuestión, a saber, el predicado y el sujeto, o que se asuman extrínsecamente, o los medios de estos que se mueven entre ambos. Pero de aquellos lugares que se deducen de aquellos términos sobre los que se duda en la cuestión, el modo es doble: uno ciertamente de su sustancia, otro, en cambio, de aquellos que siguen a su sustancia. Estos, en cambio, que son de la sustancia, consisten solo en la definición. Pues la definición muestra la sustancia, y la demostración íntegra de la sustancia es la definición. Pero expongamos lo que decimos con ejemplos, para que la razón de todas las cuestiones, o argumentaciones, o lugares se disuelva. Pues bien, búsquese si los árboles son animales, y hágase un silogismo de este tipo: el animal es sustancia animada sensible; el árbol, en cambio, no es sustancia animada sensible; luego el árbol no es animal. Esta es una cuestión sobre el género, pues se busca si los árboles deben ponerse bajo el género de los animales. El lugar que consiste en la proposición universal es este: a quien no le conviene la definición del género, no es especie de aquel de quien es esa definición. La diferencia superior del lugar, que no obstante se llama lugar a partir de la definición. Ves, pues, cómo toda la duda de la cuestión ha sido tratada por la argumentación del silogismo mediante proposiciones convenientes y congruentes, que guardan su fuerza de la primera y máxima proposición, a saber, de aquella que niega que sea especie aquello a lo que no le conviene la definición del género, y la misma proposición universal se ha extraído de la sustancia de uno de aquellos términos que están colocados en la cuestión, como el animal, es decir, de su definición, que es sustancia animada sensible. Así, pues, habiendo conmemorado brevemente y de forma estricta las diferencias de los lugares en las demás cuestiones, es necesario percibir la propiedad de cada uno con la alacridad de un ánimo vigilante. Pero este lugar que se deduce de la sustancia tiene un modo doble: pues en parte los argumentos se deducen de la definición y en parte de la descripción. Pero la definición difiere de la descripción en que la definición toma el género y las diferencias, la descripción cierra la inteligencia del sujeto, agregando ciertas propiedades, ya sean accidentes eficientes o diferencias sustanciales, además del género conveniente. Pero estas definiciones que se hacen a partir de los accidentes, aunque parecen no mostrar de ninguna manera la sustancia, sin embargo, puesto que a menudo se ponen en lugar de la verdadera definición, que muestra la sustancia, aquellas pruebas que se toman de la descripción también parecen asumirse del lugar de la sustancia; y de esto sea tal el ejemplo. Búsquese, pues, si la blancura es sustancia, aquí se busca si la blancura se supone a la sustancia como género. Decimos, pues: sustancia es lo que puede ser sujeto para todos los accidentes; la blancura, en cambio, no está sujeta a ningún accidente; luego la blancura no es sustancia. El lugar, es decir, la proposición máxima, es la misma que la anterior. Pues de quien la definición o descripción no conviene a lo que se dice ser especie, no es género de lo que se afirma ser especie. Pero la descripción de la sustancia no conviene a la blancura, luego la blancura no es sustancia. La diferencia del lugar es superior a partir de la descripción, que hace poco colocamos en la razón de la sustancia. También hay definiciones que no se deducen de la sustancia de la cosa, sino de la significación del nombre, y así se aplican a la cosa sobre la que se busca: como si se buscara si se debe estudiar filosofía, la argumentación será tal: La filosofía es amor a la sabiduría, nadie duda que se debe estudiar esto, luego se debe estudiar filosofía; pues aquí no la definición de la cosa, sino la interpretación del nombre dio el argumento, del cual Tulio también se sirvió en el Hortensio en la defensa del uso de la misma filosofía, y se llama en griego ὀνοματικός ὅρος, y en latín interpretación del nombre. Y sobre estos argumentos que se asumen de la sustancia de los términos puestos en la cuestión, hemos expuesto con ejemplos claros (según creo). Ahora debemos hablar de aquellos que siguen a la sustancia de los términos. La diversidad de estos es múltiple, pues son muchas las cosas que se adhieren a las sustancias singulares. De estas, pues, que acompañan a la sustancia de cualquiera, suelen deducirse los argumentos, o del todo, o de las partes, o de las causas, ya sean eficientes, o materia, o forma natural, o fin, y hay una causa eficiente que mueve y obra para que algo se explique. La materia, en cambio, de la que se hace algo, o en la que se hace. El fin, por lo que se hace. También hay entre ellos lugares que se toman de aquellas cosas que siguen a la sustancia, o de los efectos, o de las corrupciones, o de los usos, o además de todos estos, de los accidentes comunes. Siendo esto así, inspeccionemos primero aquel lugar que se hace del todo. El todo suele decirse de dos modos, o como género, o como aquello que íntegro consta de varias partes. Y aquel que es todo como género, de este modo a menudo suministra argumentos a las cuestiones, como si fuera la cuestión de si la justicia es útil, se hace el silogismo: toda virtud es útil, la justicia es virtud, luego la justicia es útil. Esta es la cuestión sobre el accidente, es decir, si la utilidad le sucede a la justicia. El lugar es aquel que consiste en la proposición máxima: lo que está presente al género está presente a la especie. El lugar superior de este es del todo, es decir, del género, a saber, la virtud, que es el género de la justicia. De nuevo, sea la cuestión de si las cosas humanas son regidas por la Providencia, diremos: si el mundo es regido por la Providencia, y los hombres son partes del mundo, luego las cosas humanas son regidas por la Providencia. Cuestión sobre el accidente, lugar: lo que conviene al todo, eso conviene también a la parte. El lugar supremo es del todo, es decir, del íntegro que consta de partes: eso, en efecto, es el mundo, que es el todo para los hombres. También de las partes nacen argumentos de dos modos, pues o de las partes del género que son especies, o del íntegro, es decir, del todo, cuyas partes solo se llaman con nombre propio, y sobre estas partes que son especies, la cuestión se hace de este modo: si la virtud es hábito de la mente bien constituida. La cuestión es sobre la definición, es decir, si hábito de la mente bien constituida es la definición de la virtud. Haremos, pues, la argumentación a partir de las especies así: Si la justicia, la fortaleza, la moderación y la prudencia son hábitos de la mente bien constituida, y estas cuatro se sujetan a la virtud como a un género, luego la virtud es hábito de la mente bien constituida, proposición máxima. Pues lo que está presente en las partes singulares, es necesario que esté presente en el todo. El argumento, en cambio, es de las partes, es decir, de las partes del género, que se llaman especies: pues la justicia, la fortaleza, la modestia y la prudencia son especies de la virtud. Asimismo, de aquellas partes que se dicen ser partes del íntegro; sea la cuestión de si la medicina es útil, esta está constituida en la duda del accidente, diremos: si es útil expulsar las enfermedades, conservar la salud y curar las heridas, la medicina es útil; pero es útil expulsar las enfermedades, conservar la salud y curar las heridas, luego la medicina es útil. A menudo, sin embargo, también una sola parte cualquiera vale para que la firmeza de la argumentación conste, de este modo, como si se dudara de alguien si se ha hecho libre; si mostramos que fue manumitido ya sea por censo, por testamento o por vindicta, se ha mostrado que se ha hecho libre, y estas eran las partes de dar la libertad. Como de nuevo si se duda si es una casa, lo que se mira desde lejos, diremos que no lo es: pues le falta o el techo, o las paredes, o los cimientos; de nuevo se ha hecho el argumento a partir de una sola parte. Es lícito, sin embargo, mirar el todo y las partes no solo en las sustancias, sino también en el modo, en los tiempos, en las cantidades y en el lugar. Pues aquello que decimos, siempre es todo en el tiempo. Aquello que decimos, a veces es parte en el tiempo. De nuevo, si proponemos algo simplemente, es todo en el modo; si con adición, se hace alguna parte en el modo. Asimismo, si decimos todas las cosas en la cantidad, decimos el todo. Si hemos extraído algo de la cantidad, ponemos la parte de la cantidad. Del mismo modo también en el lugar, lo que está en todas partes, es conocido que lo que está en algún lugar, es parte. Pero de todas estas cosas se deben estos ejemplos comunes, del todo a la parte según el tiempo: si Dios siempre es, también ahora es, de la parte al todo según el modo; si el alma se mueve de algún modo, también se mueve simplemente, pero se mueve cuando se irrita, luego universal y simplemente se mueve. De nuevo del todo a las partes en la cantidad: si Apolo es verdadero adivino en todas las cosas, será verdadero que Pirro supere a los romanos. De nuevo en el lugar: si Dios está en todas partes, luego también está aquí. Sigue el lugar que se llama de las causas. Pero hay muchas causas que o suministran y efectúan el principio del movimiento, o reciben las formas de las especies sujetas, o por ellas se hace algo, o lo que es forma de cualquiera. El argumento, pues, de la causa eficiente, como si alguien quisiera mostrar la justicia natural, diga: la congregación de los hombres es natural, la justicia, en cambio, hizo la congregación de los hombres, luego la justicia es natural. Cuestión sobre el accidente, proposición máxima: cuyas causas eficientes son naturales, ellas mismas también son naturales. Lugar de las causas eficientes: pues lo que es causa de cada cosa, eso efectúa la cosa de la que es causa. De nuevo, si alguien sostuviera que los moros no tienen armas, dirá que no usan armas en absoluto porque les falta el hierro. Proposición máxima, donde falta la materia, también falta lo que se efectúa de la materia. Lugar de la materia: pero ambos, es decir, de las eficientes y de la materia, se llaman con un solo nombre de la causa. Pues igualmente lo que efectúa y lo que recibe el acto del que obra son causas de la cosa que se efectúa. De nuevo del fin, sea propuesto así, si la justicia es buena, hágase la argumentación tal: si ser feliz es bueno, también la justicia es buena, pues este es el fin de la justicia, que si alguien viva según la justicia, sea conducido a la felicidad. Proposición máxima: cuyo fin es bueno, él mismo también es bueno. Lugar del fin: también de aquello que es forma de cualquiera, así que Dédalo no pudo volar, puesto que no tenía alas por forma natural. Proposición máxima: cada cosa puede tanto cuanto su forma natural se lo permitió. Lugar de la forma: de los efectos, en cambio, de las corrupciones y de los usos de este modo; pues si la casa es buena, también la construcción de la casa es buena, y al contrario, si la construcción de la casa es buena, la casa es buena. De nuevo si la destrucción de la casa es mala, la casa es buena, y si la casa es buena, la destrucción de la casa es mala. Y si montar a caballo es bueno, el caballo es bueno, y si el caballo es bueno, montar a caballo es bueno. Pero el primer ejemplo es de las generaciones, que puede llamarse lo mismo de los efectos; el segundo de las corrupciones; el tercero de los usos: de todos, la proposición máxima: cuya efectuación es buena, él mismo también es bueno, y al contrario; cuya corrupción es mala, él mismo también es bueno, y al contrario; y cuyo uso es bueno, él mismo también es bueno, y al contrario. Los argumentos se hacen de los accidentes comunes cuantas veces se toman aquellos accidentes que no pueden o no suelen dejar al sujeto, como si alguien dijera de este modo: Al sabio no le pesará, pues el arrepentimiento acompaña al hecho malo. Lo cual, porque no conviene al sabio, tampoco el arrepentimiento. Cuestión sobre el accidente. Proposición máxima: A quien no le está presente algo, tampoco le puede estar presente aquello que es su consecuente; lugar de los accidentes comunes. Habiendo, pues, despachado estos lugares que se asumen de los mismos términos puestos en la cuestión, ahora debemos hablar de aquellos que, aunque puestos extrínsecamente, suministran, sin embargo, argumentos a las cuestiones. Estos, en cambio, son o del juicio de la cosa, o de los similares, o del mayor, o del menor, o de la proporción, o de los opuestos, o de la transunción. Y aquel lugar que mantiene el juicio de la cosa es de este tipo: como si dijéramos que es lo que juzgan todos o la mayoría. Y estos, o los sabios, o los profundamente eruditos según cada una de las artes. Un ejemplo de esto es que el cielo es voluble, lo cual así juzgaron los sabios y los astrólogos más doctos. Cuestión sobre el accidente. Proposición máxima: lo que parece a todos, o a la mayoría, o a los hombres sabios, no debe ser contradicho. Lugar del juicio de la cosa. De los similares, en cambio, de este modo: si se duda si es propio del hombre ser bípedo, diremos: de manera similar está presente en el caballo ser cuadrúpedo, como al hombre ser bípedo; pero no es propio del caballo ser cuadrúpedo; luego no es propio del hombre ser bípedo. Cuestión sobre lo propio. Proposición máxima: si lo que está presente de manera similar no es propio, tampoco aquello sobre lo que se busca puede ser propio. Lugar de los similares. Este, en cambio, se divide en gemelo, pues esta semejanza o consiste en la cualidad, o en la cantidad; pero en la cantidad se llama paridad, es decir, igualdad, en la cualidad semejanza. De nuevo de lo que es más: si se busca si la definición de animal es lo que puede moverse por sí mismo, diremos así: más conviene que la definición de animal sea lo que viva naturalmente que lo que pueda moverse por sí mismo; pero esta no es la definición de animal, lo que viva naturalmente; luego tampoco aquella que parece ser menos, lo que puede moverse por sí mismo, debe pensarse que es la definición de animal. Cuestión sobre la definición. Proposición máxima: si lo que parece estar más presente no está presente, tampoco estará presente lo que parecerá estar menos presente. Lugar de lo que es más. De los menores, en cambio, de modo inverso. Pues si la definición de hombre es animal gressible bípedo, puesto que eso parece ser menos definición de hombre que animal racional mortal, y la definición de hombre es aquella que dice animal gressible bípedo, la definición de hombre será animal racional mortal. Cuestión sobre la definición. Proposición máxima: si lo que parece estar menos presente está presente, estará presente lo que parecerá estar más presente. Pero hay muchas diversidades de lugares que suministran argumentos de lo que es más y menos, los cuales hemos perseguido más diligentemente en la exposición de los Tópicos de Aristóteles. Asimismo de la proporción, como si se busca si los magistrados deben ser elegidos por suerte en las ciudades, diremos que de ninguna manera. Porque ni siquiera en las naves se antepone el gobernador por suerte, pues hay proporción. Pues como se comporta el gobernador respecto a la nave, así el magistrado respecto a la ciudad. Este lugar, en cambio, dista de aquel que se deduce de los similares. Pues allí una cosa se compara con cualquier otra. En la proporción, en cambio, no hay semejanza de cosas, sino una cierta comparación de relación. Cuestión sobre el accidente. Proposición máxima: lo que sucede en cada cosa, es necesario que suceda en su proporcional. Lugar de la proporción. De los opuestos, en cambio, el lugar es múltiple. Pues cuatro se oponen entre sí de modos, o bien como contrarios se miran constituidos en lugar adverso, o como privación y hábito, o como relación, o como afirmación y negación. Cuyas discreciones han sido conmemoradas en aquel libro que fue escrito sobre las Diez Predicamentos, de estos nacen argumentos de este modo. De los contrarios, si se busca si es propio de la virtud ser alabada, diré que de ninguna manera, porque tampoco del vicio ser vituperado. Cuestión sobre lo propio. Proposición máxima: los contrarios convienen a los contrarios. Lugar de los opuestos, es decir, del contrario. De nuevo, sea puesto en la cuestión si es propio de los que tienen ojos ver. Diré que no, pues sucede que los que ven, otros también son ciegos. Pues en aquellos en los que está el hábito, en ellos mismos también podrá estar la privación, y lo que es propio no puede apartarse del sujeto. Y puesto que al venir la ceguera se va la vista, se convence de que no es propio de los que tienen ojos ver. Cuestión sobre lo propio. Proposición máxima: donde la privación puede estar ausente, el hábito no es propio. Lugar de los opuestos según el hábito y la privación. De nuevo sea propuesto en la cuestión si es propio del padre ser procreador. Diré que parece rectamente, porque es propio del hijo ser procreado: pues como se comporta el padre respecto al hijo, así el procreador respecto al procreado. Cuestión sobre lo propio. Proposición máxima: los propios de los opuestos referidos entre sí, ellos mismos también se refieren entre sí. Lugar de los opuestos relativos. Asimismo sea propuesto en la cuestión si es propio del animal moverse. Niéguese, porque tampoco del inanimado es propio no moverse. Cuestión sobre lo propio. Proposición máxima: que los propios opuestos de los opuestos deben ser. Lugar de los opuestos según la afirmación y la negación. Pues moverse y no moverse se oponen entre sí según la afirmación y la negación. De la transunción se hace de este modo, cuando de aquellos términos en los que está constituida la cuestión, la duda se transfiere a otra cosa más conocida, y de su prueba se confirman aquellas cosas que están puestas en la cuestión, como Sócrates, cuando buscaba qué podía ser la justicia en cada uno, transfirió todo el tratado a la magnitud de la república, y de lo que allí efectuaba, confirmó que valía también en los singulares. Quién lugar quizás parecerá ser del todo. Pero puesto que no se adhiere a aquellos términos sobre los que se propone, sino que se asume una cosa puesta fuera solo porque parece más conocida, por eso este lugar ha sido llamado con nombre conveniente de transunción. Pero esta transunción se hace también en el nombre cuantas veces la argumentación se transfiere de un vocablo oscuro a uno más conocido, de este modo, como si se buscara si el filósofo envidia, y sea desconocido qué significa el nombre de filósofo. Diremos al vocablo, transfiriendo el más conocido: no envidia, porque es sabio. Pues es más conocido el vocablo de sabio que el de filósofo. Y sobre estos lugares que se asumen extrínsecamente, se ha hablado claramente (según creo), ahora se disputará sobre los medios. Pero los lugares medios se toman o del caso, o de los conjugados, o nacidos de la división. El caso es la inflexión de algún nombre principal en adverbio, como de justicia se inflecta justamente. El caso, pues, es de justicia aquello que decimos justamente. Pero se llaman conjugados los que fluyeron deducidos de lo mismo de modo diverso, como de justicia justo, justamente. Estos, pues, se dicen conjugados entre sí y con la misma justicia, de los cuales todos están a mano los argumentos. Pues si lo que es justamente es bueno, y lo que es justo es bueno, y si quien es justo es bueno, y la justicia es buena. Estos, pues, siguen según la semejanza del nombre propio. Pero se llaman lugares medios, puesto que si se busca sobre la justicia, y los argumentos se deducen del caso o de los conjugados, no parecen ser traídos ni de la misma sustancia propiamente, ni conjuntamente, ni de aquellos que están puestos extrínsecamente, sino de sus casos, es decir, deducidos de ellos mismos por una cierta mutación leve. Con razón, pues, estos lugares se colocan medios entre aquellos que se deducen de ellos mismos y aquellos que están puestos extrínsecamente. Resta el lugar de la división que se trata de este modo: Toda división se hace o por negación, o por partición. Por negación se hace como si alguien pronunciara así: todo animal o tiene pies o no tiene. Por partición, en cambio, como si alguien dividiera: todo hombre o es sano, o enfermo. Pero toda división se hace o del género en especies, o del todo en partes, o de la voz en significaciones propias, o del accidente en sujetos, o del sujeto en accidentes, o del accidente en accidentes. Cuyas razones todas las expliqué más diligentemente en aquel libro que compuse sobre la división. Y por eso de ahí se busquen ejemplos congruentes para el conocimiento de todas estas cosas. Pero las argumentaciones se hacen mediante la división, tanto por aquella segregación que se hace por negación, como por aquella que se hace por partición. Pero los que usan estas divisiones, o contienden por razonamiento directo, o conducen a algo imposible e inconveniente, y así asumen de nuevo lo que habían dejado. Lo cual cada uno conocerá más fácilmente si ha dedicado esfuerzo a los analíticos primeros. Sin embargo, tales ejemplos de estos prestarán conocimiento por el presente. Sea propuesto en la cuestión si hay algún origen del tiempo. Lo cual quien quiera negar, ciertamente lo afirmará con razonamiento que de ninguna manera ha nacido, y lo mostrará con razonamiento directo de este modo: El tiempo o tiene origen, o no. Pero puesto que el mundo es eterno (pues concédase eso por un poco por causa del argumento), pero el mundo no pudo ser sin tiempo, el tiempo también es eterno. Pero lo que es eterno carece de origen, luego el tiempo no tiene origen. Pero si se desea mostrar lo mismo por imposibilidad, se dirá de este modo: El tiempo o tiene origen, o no. Pero si el tiempo tiene origen, no fue siempre. Pero el tiempo tiene origen, luego fue cuando no fue tiempo. Pero haber sido es significación del tiempo, luego fue tiempo cuando no fue tiempo, lo cual no puede suceder. Luego no hay ningún principio del tiempo. Pues puesto que comenzara el principio por alguno, sucede algo inconveniente e imposible, haber sido tiempo cuando no hubiera sido tiempo. Se vuelve, pues, a la otra parte, que carece de origen. Pero esta, que es la división por negación, cuando se toman cualesquiera argumentos mediante ella, no puede suceder que ambos sean, lo que se divide por afirmación y negación. Por tanto, quitado uno, permanece el otro, puesto el otro, se quita el restante, y este lugar de la división se llama medio entre aquellos que suelen deducirse de él mismo y aquellos que se asumen extrínsecamente. Pues cuando se busca si hay algún origen del tiempo, se asume ciertamente que hay origen, y de ella, mediante la propia consecuencia, se hace el silogismo de imposibilidad y mentira sobre la misma cosa que se busca. Concluido lo cual, se vuelve a lo anterior que es necesario que sea verdadero. Puesto que aquello que le es opuesto se produce a algo imposible e inconveniente. Por tanto, puesto que el silogismo suele hacerse de la misma cosa sobre la que se busca, el lugar es como deducido de ellos mismos, puesto que, sin embargo, no permanece en él, sino que vuelve a lo opuesto, se asume como extrínsecamente. Por eso este lugar de la división se coloca medio entre ambos. Pero los que se asumen de la partición son de modo doble: pues a veces las cosas que se dividen pueden ser al mismo tiempo, como si dividiéramos la voz en significaciones, todas pueden ser al mismo tiempo, como cuando decimos abrazo, o significa acción, o pasión, puede significar ambas al mismo tiempo. A veces, como en el modo de la negación, las cosas que se dividen no pueden ser al mismo tiempo, como o es sano o enfermo. Pero el razonamiento se hace en el primer modo de división, tanto porque a todos está presente lo que se busca o no está presente, como porque a alguno está presente o no está presente porque a otros está presente o de ninguna manera. Ni trabajaremos más tiempo en explicar estas cosas, si los analíticos primeros o los Tópicos de Aristóteles han instruido el ánimo diligente del lector. Pues si se busca si el perro es sustancia, y el interlocutor hace esta división: Perro es nombre o de animal ladrador, o de bestia marina, o de astro celeste, y demuestre por cada uno que el perro ladrador es sustancia, que también la bestia marina y el astro pueden suponerse sustancia, ha mostrado que el perro es sustancia. Y este, ciertamente, parecerá haber traído los argumentos de los mismos propuestos en la cuestión. Pero en tales silogismos: o es sano, o enfermo; pero es sano, luego no es enfermo; pero no es sano, luego es enfermo. O así, pero es enfermo, luego no es sano; o así, pero no es enfermo, luego es sano, el silogismo se ha tomado de aquellos que son extrínsecos, es decir, de los opuestos. Por eso todo este lugar de la división se dice ser medio entre ambos, que si está constituido en la negación, de algún modo ciertamente se asume de ellos mismos, pero de algún modo viene de los exteriores. Si, en cambio, los argumentos se deducen de la partición, ahora ciertamente de ellos mismos, ahora, en cambio, prestan abundancia de los exteriores. Y de los griegos, ciertamente, de Temistio, escritor diligentísimo y lúcido, y que revoca todo a la facilidad de la inteligencia, tal parece ser la partición de los lugares. Siendo esto así, debo conmemorar brevemente la división de los lugares, para que no se muestre que ha quedado nada fuera de ella que no se pruebe incluido dentro de ella. Pues sobre lo que se duda en cualquier cuestión, se afirmará con argumentos de tal manera que o se tomen de ellos mismos los que están constituidos en la cuestión, o se deduzcan extrínsecamente, o se investiguen como puestos en el confín de estos. Y fuera de esta definición no se puede encontrar nada fuera. Pero si el argumento se toma de ellos mismos, es necesario que se tome o de su sustancia, o de aquellos que siguen a ella, o de aquellos que acontecen inseparablemente, o se adhieren a ellos, y no pueden o no suelen separarse y desunirse de su sustancia. Pero cualesquiera que se deducen de su sustancia, estos o están en la descripción, o en la definición, y además de estos, de la interpretación del nombre. Pero los que siguen a ellos como conteniendo la sustancia, son tales que asistan alrededor de lo que se investiga, ya sea en lugar de género, o de diferencia, o de íntegro, o de especies, o de partes. Asimismo, o de causa, o eficientes, o de materia, o de forma, o de fin, o de efectos, o de corrupciones, o de usos, o de cantidades, o de tiempo, o de modos. Pero lo que propiamente se llama accidente inseparable o adherente, eso se numerará en los accidentes comunes. Y además de estos, no se puede encontrar otra cosa que pueda estar presente en cada uno. Puestos así, inspeccionemos ahora aquellos lugares que hace poco pronunciábamos que se asumían extrínsecamente. Pues aquellas cosas que se asumen extrínsecamente no están tan separadas y disyuntas que no miren de algún modo como desde una cierta región a las cosas que se buscan. Pues también las semejanzas y los opuestos se refieren sin duda a aquellas cosas a las que son semejantes u opuestas, aunque por derecho y orden parezcan colocadas extrínsecamente. Son, pues, estas: semejanza, oposición, mayor, menor, juicio de la cosa. Pues en la semejanza se contiene tanto la semejanza de la cosa como la razón de la proporción. Pues todas las cosas mantienen la semejanza. Los opuestos, en cambio, consisten en contrarios, en privaciones, en relaciones, en negaciones. La comparación, en cambio, del mayor al menor es una cierta disimilitud de los similares. Pues la discreción de las cosas por sí similares hace el mayor y el menor. Pues lo que está disyunto por toda cualidad y toda razón, de ninguna manera podrá compararse. Pero del juicio de la cosa, los argumentos que son, ofrecen como testimonio y son lugares inartificiales, y totalmente disyuntos, no buscando tanto la cosa como el juicio y la opinión. Pero el lugar de la transunción consiste ahora en la igualdad, ahora en la comparación de mayor o menor. Pues o hacia lo que es semejante, o hacia lo que es mayor o menor, se hace la transunción de los argumentos y razones. Estos lugares, en cambio, que predijimos que estaban mezclados, nacen o de los casos, o de los conjugados, o de la división. En todos los cuales se guarda la consecuencia y la repugnancia. Pero aquellos argumentos que se deducen de la definición, o género, o diferencia, o causas, suministran fuerzas y orden mayormente a los silogismos demostrativos, los restantes a los verosímiles y dialécticos. Y estos lugares que están mayormente en la sustancia de aquellos sobre los que se duda en la cuestión, miran a los silogismos predicativos y simples, los restantes, en cambio, a los hipotéticos y condicionales. Despachados, pues, los lugares y aclarados diligentemente tanto por la definición como por la luz de los ejemplos, parece que se debe decir cómo estos lugares son diferencias de las proposiciones máximas, y eso brevemente, pues la cosa no necesita de larga discusión. Pues todas las proposiciones máximas contienen o definición, o descripción, o interpretación del nombre, o todo, o partes, o género, o especies, o las demás por las que difieren entre sí las proposiciones máximas. Pues en que son máximas no difieren, sino en que estas vienen de la definición, aquella en cambio del género, otras vienen de otros lugares, y por esto difieren por derecho, y estas se llaman sus diferencias. Pero puesto que la división de Temistio ha sido aclarada, pasemos ahora a la división de M. Tulio.
3.1
LIBRO TERCERO.
3.1
Que tratemos las diferencias de los lugares de manera múltiple y variada no debería parecer extraño a los ingenios diligentes, pues es manifiesto que cada cosa puede ser dividida a menudo por muchas diferencias y en diversas figuras de división. Pues dado que no una, sino muchas diferencias comprenden a menudo las cosas singulares, es necesario que, según la variedad de las diferencias, se produzca también una diversidad de divisiones, como cuando ahora reunimos esas diferencias de los números, porque unos son pares y otros impares, y ahora, en cambio, porque unos son primeros e incompuestos, y otros segundos y compuestos. El tenor de la disciplina geométrica muestra también que la partición de los triángulos se hace de muchas maneras. Sin embargo, en todo esto debe observarse que no se deje nada fuera en ninguna forma de división, y que no se añada nada superfluo más allá de lo necesario; por lo cual, ¿qué debería parecer extraño si, habiendo dado antes las diferencias de los lugares según Temistio, ahora extraemos otras diversas según M. Tulio? Una vez propuesta brevemente su partición y explicada con ejemplos convenientes, conmemoraré entonces finalmente en qué difiere o en qué concuerda con la división expuesta anteriormente, y cómo una encierra a la otra. Pues cuando M. Tulio propuso que toda la facultad lógica, a la que llamó razón diligente de discurrir, tiene dos partes, una de invención y otra de juicio; y cuando definió que los lugares son las sedes del argumento de las cuales, ciertamente, se extraen los argumentos, y que el argumento es la razón que da fe a una cosa dudosa, hizo la división de todos los lugares de este modo. De estos lugares, dice, en los que están incluidos los argumentos, unos residen en el mismo asunto de que se trata, otros se asumen extrínsecamente. Hizo, pues, dos especies de lugares, pues propuso que unos residen en los mismos términos de las cuestiones, y otros se asumen extrínsecamente. Y a aquellos que residen en los mismos términos de los que se trata, los divide con tal partición. En el mismo, dice, ya sea desde el todo, ya desde sus partes, ya desde la nota, ya desde aquellas cosas que de algún modo están afectadas hacia aquello de lo que se trata. Extrínsecamente, en cambio, se dicen aquellas cosas que están ausentes y lejos, disjuntas. Después de esto, dividió el lugar que se deduce de los efectos en miembros convenientes, de este modo: pues, dice, unos son conjugados, otros del género, otros de la forma, otros de la semejanza, otros de la diferencia, otros de lo contrario, otros de los conjuntos, otros de los antecedentes, otros de los consecuentes, otros de los repugnantes, otros de las causas, otros de los efectos, otros de la comparación de los mayores, menores o iguales. De todos ellos debe tocarse brevemente la naturaleza y ponerse ejemplos. Por tanto, de aquellos lugares que residen en el mismo asunto de que se trata, dijo que el primero es desde el todo. El todo de cada cosa, sin embargo, consiste en la definición. Pues toda definición se iguala a la cosa que define; y si cada cosa es un todo (pues nada puede ser íntegro si no es un todo), es necesario que también sea un todo por la definición, es decir, que encierre toda la sustancia de la cosa que define. La definición, en efecto, es la oración que designa el ser de cada cosa. De esta se deduce el argumento de tal modo que la cuestión sea si los árboles también son animales. Diré: El animal es una sustancia animada sensible; el árbol no es una sustancia animada sensible; concluiré: Por tanto, los árboles no son animales. Cuestión de género. Proposición máxima: De donde falta la definición, de allí falta también aquello que se define. Lugar desde la definición. Las partes, en cambio, son aquellas cuya reunión constituye el todo. También se llaman partes aquellas que dividen el todo, y estas suelen llamarse especies o formas. De estas se toma el argumento de este modo. De estas partes, cuya conjunción compone el todo, de este modo: si hubiera duda sobre si el alma es corpórea, dividiremos el alma como en estas tres partes, que sea vegetativa, sensible o inteligible, pero esto mismo, ni vegetar, ni sentir, ni entender es corporal. Y como ninguna parte del alma es corporal, se ha demostrado que el alma no es en absoluto corporal. Cuestión de género, es decir, si el alma está sujeta al cuerpo como a un género, argumento desde las partes. Proposición máxima: De donde faltan las partes, falta también el todo. Lugar desde las partes que conjuntan el todo. Asimismo, desde aquellas partes que dividen el todo de este modo: que esté en cuestión si el alma se mueve según el lugar. Diré que los movimientos según el lugar son tres especies: crecimiento, disminución, permutación; pero el alma ni crece, ni disminuye, ni pasa de un lugar a otro, por tanto, no se mueve. Cuestión de accidente. Proposición máxima, la misma que la anterior, lugar desde las partes que dividen el todo. El argumento desde la nota es cuantas veces se busca fe para una cosa dudosa desde la interpretación del nombre, de este modo, como si se dudara si la filosofía es un bien. Diremos: La filosofía es amor a la sabiduría, pero esto es un bien, por tanto, la filosofía es un bien. Aquí, pues, no definimos la cosa, sino que revelamos el nombre mediante la definición. Cuestión de género. Proposición máxima: Que la cosa se declara por la interpretación del nombre. Lugar desde la notación. Los conjugados son aquellos que se flexionan desde el mismo nombre, como de justicia, justo, justamente. De estos se toma el argumento de tal modo que, si se pregunta si reír es gozar. Diremos: Si la risa es gozo, también reír es gozar. Cuestión de accidente. Proposición máxima: Que la naturaleza de los conjugados es la misma. Lugar desde los conjugados. El género es lo que se predica de muchos que difieren en especie en cuanto a qué es. De este se deduce el argumento de tal modo que, si se pregunta si el alma es un número que se mueve a sí mismo, como le plació a Jenócrates. Diremos: El alma es sustancia, pero el número no es sustancia, por tanto, el alma no es número. Cuestión de definición, lugar desde el género. Proposición máxima: Aquellas cosas cuyos géneros son diversos, ellas mismas también son diversas. La forma es lo que se predica de muchos que difieren en número en cuanto a qué es. De esta se hace el argumento de este modo, como si se pregunta si el color está en un sujeto, lo aprobaremos con esto, puesto que lo blanco o lo negro están en un sujeto, deduciendo ciertamente desde la especie al género. Cuestión de género. Pues estar o no estar en un sujeto significa accidente o sustancia, que son los primeros géneros de las cosas. Proposición máxima: Que en las formas se observan las propiedades de los géneros. Lugar desde la forma. La semejanza es la misma cualidad de cosas diferentes. De esta se juzga que se hace el argumento de tal modo que, si se pregunta si los gobernantes deben ser dados a las ciudades por sorteo o por elección, se niegue, puesto que ni siquiera en un barco se elige al rector experto por sorteo, sino por elección. El barco es semejante a la ciudad, y el gobernador al magistrado. Cuestión de accidente, lugar desde lo semejante. Proposición máxima: Sobre las cosas semejantes el juicio es el mismo. Asimismo, desde la diferencia, como si se pregunta si el rey es lo mismo que el tirano. Diremos que en absoluto, pues en el rey hay piedad, justicia, mansedumbre; en el tirano todas las cosas son diversas. Cuestión de definición, lugar desde la diferencia. Proposición máxima: De las cosas diferentes no es el mismo juicio. Los contrarios, en cambio, a los que Cicerón llama así, se dividen de cuatro modos: o son adversos, como blanco, negro; o privativos, como justicia, injusticia; o relativos, como señor, esclavo; o negativos, como vivir, no vivir. De todos estos se deducen los argumentos de este modo. Desde los adversos: si la salud es buena, la enfermedad es mala; desde los privativos: si huimos de la injusticia, sigamos la justicia; desde los relativos: quien quiera ser padre, tenga un hijo; desde los negativos: no me acusas de haber hecho lo que defiendes que no he hecho. Cuestiones sobre accidentes. Proposición máxima: En los adversos, privativos y negativos, los contrarios no pueden convenir entre sí, mientras que en los relativos, los relativos no pueden existir sin sí mismos. Lugar desde los contrarios, que mejor se llamarían opuestos. Los adjuntos son aquellos que ocupan un lugar limítrofe, de tal modo que también en los tiempos, ya sea que antecedan, como el encuentro al amor; ya sea que se adhieran a la cosa a la que están adjuntos, como el ruido de los pies al caminar; ya sea que sigan, como la trepidación de la mente a un crimen atroz. Estos no son necesarios, pero ocurren frecuentemente. Pues ni quien se ha encontrado ha amado de todas las maneras, y quien no se ha encontrado cae en el amor con una sola mirada; y al caminar alguien puede no haber ruido de pies, y al no caminar los pies pueden hacer ruido, si permaneciendo en un mismo lugar mueve los pies; y alguien puede trepidar cuando no ha hecho nada atroz, y no trepidar quien lo ha hecho: de estos se deducirá el argumento, ya sea cuando se sospeche que alguien ama porque hubo un encuentro previo, o que alguien caminó a un lugar cuando se escuchó el ruido de los pies, o que ha cometido un crimen atroz quien vemos trepidar, y en estos, cuestiones sobre accidentes, lugar desde los adjuntos. Proposición máxima: Que desde los adjuntos se sopesan los adjuntos. Los antecedentes, en cambio, son aquellos en los que, una vez puestos, es necesario que inmediatamente siga otra cosa, como cuando decimos: si es hombre, es animal. Ni en estos la razón de los tiempos, ni la necesidad de las cosas es variable, sino que, tan pronto como se ha dicho lo que antecede, lo acompaña lo que es subsiguiente. Este lugar, sin embargo, está constituido totalmente en la condición. Pues puesta la condición, si es antecedente, es necesario que sea lo que sigue, de este modo: Si ha parido, ha cohabitado con un varón; el antecedente es haber parido, el consecuente haber cohabitado con un varón: pues ni se pregunta qué es antes en el tiempo y qué después; y a menudo estos varían de tal modo que lo que es posterior en el tiempo parece ser antecedente en la proposición, como que haber parido es posterior a haber cohabitado. Sin embargo, si ha parido, de todas maneras ha cohabitado con un varón, y siendo esto precedente y puesto primero, es necesario que se entienda aquello. A veces, en cambio, son simultáneos, como: si el sol ha salido, es de día; a veces es primero lo que precede y posterior lo que sigue, como: si es arrogante, es odioso, pues de la arrogancia cada uno se vuelve odioso. Desde el antecedente, pues, se toma el argumento: si ha parido, ha cohabitado con un varón; tomo lo que antecede, pero ha parido; concluyo lo que sigue, por tanto, ha cohabitado con un varón. Desde los consecuentes tomo de este modo lo que sigue, pero no ha cohabitado con un varón, concluyo lo que antecede, por tanto, no ha parido. La cuestión es sobre el accidente, lugar desde los antecedentes y consecuentes. Proposiciones máximas: Puesto el antecedente, lo acompaña lo que es subsiguiente; eliminado el consecuente, se elimina lo que antecede. Los repugnantes, en cambio, son las consecuencias de los contrarios, como vigilar y dormir son contrarios, roncar está adjunto a los que duermen. Roncar, pues, y vigilar son repugnantes, de estos se hace el argumento de este modo: ¿Entonces dirías que vigila quien ronca? Cuestión de accidente, argumento desde los repugnantes. Proposición máxima: Que los repugnantes no pueden convenir entre sí. La causa es eficiente, la cual, precediendo a cualquier cosa, la produce, no siempre en el tiempo, sino por propiedad de la naturaleza, como el sol al día. De esta se toma el argumento de este modo: ¿Por qué dudas que es de día cuando ves que el sol está en el cielo? Cuestión de accidente: pues que sea de día le sucede al aire, es decir, es debido a que el sol es lúcido; argumento desde las causas eficientes. Proposición máxima: Donde está la causa, de allí no puede faltar el efecto. El efecto es lo que produce la causa. De este se toma el argumento de este modo: ¿Acaso dudas que amó a quien raptó? Cuestión de accidente, argumento desde los efectos. Proposición máxima: Donde está el efecto, la causa no puede faltar, como no faltó el amor que fue la causa por la que raptó, lo cual es el efecto. La comparación del mayor, en cambio, es cuantas veces lo que es menor se compara con lo mayor. De este lugar se toma el argumento de este modo: Si quien persiguió a la patria con la guerra finalmente mereció el perdón de los ciudadanos, ¿por qué no habría de merecerlo también quien fue llevado al exilio por haber movido una sedición? Cuestión de accidente, argumento desde la comparación del mayor. Proposición máxima: Lo que vale en la cosa mayor, que valga en la menor. La comparación del menor es cuantas veces la cosa mayor se compara con la menor; y de ella se toma el argumento de este modo: Si Escipión, siendo particular, mató a Cayo Graco, que debilitaba moderadamente el estado de la república, ¿por qué los cónsules no habrían de perseguir a Catilina, que desea devastar el orbe de la tierra con matanza e incendio? Cuestión de accidente, argumento desde la comparación del menor. Proposición máxima: Lo que vale en la cosa menor, que valga en la mayor. Los iguales son aquellos que son de la misma cantidad, y la igualdad es siempre semejanza de cantidad. De esta se hace el argumento de este modo: Si alguien desea alabar a Demóstenes, ¿por qué vituperaría a Tulio? Cuestión de accidente, argumento desde la comparación de los iguales. Proposición máxima: Que el juicio de los iguales es el mismo. Resta aquel lugar que dijo que se asume extrínsecamente, este se apoya en el juicio y en la autoridad, y es totalmente probable, sin contener nada necesario. Probable, sin embargo, es lo que parece a todos, o a la mayoría, o a los doctos y sabios, y entre estos a los claros y preeminentes, o a aquellos que han alcanzado pericia según cada arte, como al médico en la medicina, al geómetra en la geometría. De este lugar es tal el argumento, como si dijera: Es difícil hacer la guerra con los cartagineses, puesto que lo dijo P. Escipión Cornelio Africano, quien a menudo lo había experimentado. Este lugar, en cambio, se dice que está constituido extrínsecamente, puesto que no se toma de aquellos términos que han sido predicados o sujetos, sino que viene de un juicio puesto extrínsecamente; este también se llama inartificial y falto de arte, puesto que el orador no se fabrica aquí el argumento para sí mismo, sino que usa testimonios realizados y puestos. Explicadas, pues, las diferencias de M. Tulio con las que él mismo separó las proposiciones máximas, que dijimos que son los lugares, me parece que debe tratarse brevemente la partición expuesta anteriormente, para que aquellas cosas que parecen semejantes sean segregadas de sí mismas por una razón congruente. Pues el lugar desde el todo parece semejante al que es desde la nota, pues ambos están constituidos en la definición. Pues la interpretación del nombre es una cierta definición del nombre mismo. Pero esa es su mayor diferencia, porque el lugar desde el todo define la cosa; el que es desde la nota, en cambio, no define la cosa, sino que interpreta el nombre. Diversas, en efecto, son la cosa y el nombre. Pues este significa, aquella es significada. Asimismo, el lugar desde la enumeración de las partes parece ser semejante al que es desde la forma. Pues también la forma es una parte, y quien divide el género enumera las partes, y no puede hacerse de otro modo el argumento desde la forma si no se divide desde el género; pues la forma no puede tomarse en absoluto si no es mediante la división. Pero aquí también hay mucha diferencia: pues la enumeración de las partes es necesario que divida las partes totales, y que asuma todas ellas para la fe de la argumentación, ya sean esas partes, ya sean esas especies, de modo que el género se apruebe ciertamente por las especies, pero el todo por las partes. En la forma, en cambio, basta para demostrar lo que se dice sobre el género una cualquiera. Asimismo, el lugar desde lo contrario y los repugnantes parece ser semejante, pero tiene diferencia, porque los contrarios se oponen a sí mismos por sus frentes primeras. Los repugnantes, en cambio, se prueban adversos entre sí mediante la conjunción de los contrarios, como dormir y vigilar son inmediatamente contrarios entre sí. Roncar, en cambio, repugna a la vigilancia por el hecho de que se conjuga con el sueño. Los adjuntos, en cambio, y los antecedentes y los consecuentes son como limítrofes. Pero distan en que en los adjuntos no hay ninguna necesidad, mientras que en los antecedentes y consecuentes hay la máxima; en los adjuntos, en cambio, los tiempos valen demasiado. Pues lo que es adjunto, suele preceder a la cosa, o estar con ella en un mismo tiempo, o seguir después. Pero en los antecedentes nada de esto hay, sino que, sin tener en cuenta la razón del tiempo, tan pronto como ha habido un antecedente, es necesario que haya un consecuente, y si no hubiera un consecuente, es necesario que el antecedente perezca. Y sobre los lugares de M. Tulio se ha dicho suficientemente, volvamos ahora a la división de Temistio, para que expliquemos brevemente cómo las particiones expuestas anteriormente pueden consentir entre sí, y primero, ciertamente, reunamos las diferencias de toda la partición de manera común. La división superior enseñó que hay lugares de Temistio que están en los mismos términos de los que se trata, otros que se asumen extrínsecamente, otros que se mueven entre ambos, de modo que aquí se entienda una triple división. Pero la división de M. Tulio muestra los lugares de manera doble. Pues propone que unos residen en el mismo asunto de que se trata, otros que se asumen extrínsecamente. Este, pues, aplicó y conjugó todos aquellos lugares que Temistio propuso como medios a aquellos que están constituidos en los mismos términos de los que se trata, y de manera común tal es la diferencia de las divisiones, la cual aparecerá más claramente si seguimos cada una. Aquellos lugares, pues, que están puestos en los términos sobre los que se duda en la cuestión, en la partición anterior Temistio los puso tanto en la sustancia como en la consecuencia de la sustancia. En la sustancia están la definición, la descripción, la interpretación del nombre. Las consecuencias de la sustancia, en cambio, son el género, el todo, la especie, la parte, la causa eficiente, la materia, la forma, el efecto, la corrupción, el fin, el uso, y comúnmente los accidentes. Aquellos, en cambio, que se asumen extrínsecamente, los separó tanto en el juicio, como en la semejanza, como en la comparación de la cantidad, como en la oposición, como en la proporción, como en la transunción. Los que puso entre ambos, en cambio, los constituyó en los casos, los conjugados y la división. Pero M. Tulio puso aquellos que están en el mismo asunto de que se trata, tanto desde el todo, como desde sus partes, como desde la nota, como desde aquellas cosas que de algún modo están afectadas hacia aquello de lo que se trata. Dividió, en cambio, las mismas cosas que están afectadas con una partición múltiple, pero segregó extrínsecamente solo el juicio, y más partes de aquellas que en la división de Temistio están puestas como consecuencias de la sustancia. E igualmente numeró los lugares medios entre los afectados. En una división tan variada es necesario que ambas no convengan entre sí en la misma parte. Esto, en efecto, puede suceder en todas las cosas divididas de manera múltiple, como si alguien dividiera las formas de los triángulos así: de los triángulos unas son formas equiláteras, otras que tienen solo dos lados iguales, otras, en cambio, unidas con lados totalmente desiguales. De nuevo, que sea esta división: que alguien diga que unas tienen un ángulo recto, que se llaman ortogonias, otras que digan que están contenidas por tres ángulos agudos, que son oxigonias, otras que tienden a un ángulo obtuso, que son ambligonias. Es necesario, pues, que ambas convengan entre sí por una razón de partes diversa. Pues lo que es ortogonio, siempre está contenido o por dos lados iguales, o por tres desiguales. Pero lo que es ambligonio, está contenido o por dos lados iguales, o por tres desiguales. Pero lo que es oxigonio, está contenido o por tres lados iguales, o por dos desiguales. De nuevo, lo que es equilátero siempre es oxigonio, pero lo que está contenido por dos lados iguales puede ser ortogonio, ambligonio u oxigonio. Lo que, en cambio, está contenido por tres lados desiguales, es necesario que sea ortogonio o ambligonio. Según este modo, pues, ordenando desde el principio por igual toda la división de M. Tulio y de Temistio, mostremos que están cerradas recíprocamente, en las cuales todas debe estar presente la memoria de los ejemplos y de la inteligencia expuesta anteriormente. Dispongamos, pues, toda la división de Temistio, y después de esta que se subordine la partición tuliana, para que aquellas cosas que deben decirse se aclaren más abiertamente puestas ante los ojos.
3.2
División de Temistio.
6
Medios.
6
División de M. Tulio.
9.1
Extrínsecamente.
9.1
Descritas así estas cosas, expliquemos ahora cómo la división de Marco Tulio conviene con la partición de Temistio. El lugar, pues, que Cicerón dijo que es desde el todo, Temistio propuso que es desde la sustancia. Pues ambos consisten en la definición, ya sea que esta sea sustancial o una descripción. El lugar desde la enumeración de las partes puesto desde los Tópicos de Cicerón es el mismo que en la división de Temistio fue nombrado entre los medios desde la división. Pues cuantas veces nos esforzamos en demostrar que algo es o no es, si tomamos la fe desde la enumeración de las partes, eso debe hacerse necesariamente desde la división. La división, en cambio, precedió o de las formas o de las partes, aunque el lugar que fue colocado por Temistio entre los medios desde la división, es puesto por Cicerón en el tratamiento del género. Pues dice Tulio cuando hablaba sobre el género de este modo: Se trata también cómodamente esta argumentación, que se toma desde el género, cuando persigues las partes desde el todo, de este modo: si es dolo malo, cuando se hace otra cosa y se simula otra, es lícito enumerar de qué modos se hace eso, después incluir en alguno de ellos aquello que argumentas que fue hecho con dolo malo. Este género de argumento suele parecer especialmente firme. El lugar de Tulio desde la notación es aquel que es el de Temistio desde la interpretación del nombre. El lugar desde los conjugados es común, Temistio lo colocó entre los medios. M. Tulio lo puso desde el género, Temistio desde el todo. El de Cicerón desde la forma, el de Temistio desde la parte, es decir, la especie. Desde la semejanza es ciertamente común, a no ser que M. Tulio comprenda bajo ella la proporción. El de M. Tulio desde la diferencia, puede entenderse en la división de Temistio desde el todo o desde la parte: desde el todo, ciertamente, si es una diferencia constitutiva de la que se toma el argumento, desde la parte, en cambio, si es divisible. Desde lo contrario es el mismo lugar que en Temistio fue dicho desde los opuestos y constituido extrínsecamente. Desde los adjuntos es aquel que en la partición de Temistio se dice desde los accidentes comunes, nombrado entre las consecuencias de la sustancia. Desde los antecedentes y consecuentes el lugar se esparce de manera múltiple. Pues tanto la definición como la descripción pueden anteceder a la cosa y seguirla. E igualmente la interpretación del nombre: asimismo la especie antecede, el género sigue. También la causa eficiente antecede y sigue el efecto; al efecto, en cambio, lo sigue la materia. También los accidentes comunes, si son inseparables, es necesario que sigan. También los conjugados se anteceden o se siguen entre sí, por tanto, este lugar está mezclado con muchos, y es diverso no tanto por las cosas de todas las demás como por el tratamiento. Pues la misma condición de la consecuencia hace otro lugar, cuando la misma condición de la consecuencia esté puesta en la definición, o en la descripción, o en la forma, o en la causa, o en las demás. Los repugnantes, en cambio, se agregan a los opuestos, los eficientes a las causas eficientes o los efectos de la materia son semejantes a aquel lugar que Temistio puso desde el fin; pues el efecto de las causas es el fin. Desde la comparación del mayor o menor es el mismo lugar que en Temistio se pone entre los lugares extrínsecos desde el mayor y el menor. Desde la comparación de las partes debe pensarse que está entre aquellos que se deducen desde lo semejante. Pues se ha dicho que en la cantidad la semejanza es la paridad. Resta el lugar común a ambos, que está colocado extrínsecamente, el cual Cicerón, al igual que Temistio, propuso que es desde el juicio de la cosa. Y la división de M. Tulio pudo incluir la partición superior de Temistio de tal modo, lo cual es lícito observar en la descripción puesta: División tuliana. División de Temistio. Desde el todo. Desde la sustancia. Desde la enumeración de las partes. Desde la división. Desde la notación. Desde la interpretación del nombre. Desde los conjugados. Desde los conjugados. Desde el género. Desde el género o desde el todo. Desde la forma. Desde la parte o especie. Desde la semejanza. Desde lo semejante. Desde la diferencia. Desde el todo o desde la parte. Desde lo contrario. Desde los opuestos. Desde los adjuntos. Desde los accidentes comunes. Desde los antecedentes. Desde los consecuentes. Desde la definición o descripción, o interpretación, o especie, o causa, o materia, o accidentes comunes, o conjugados. Desde los repugnantes. Desde los opuestos. Desde los eficientes. Desde las causas. Desde los efectos. Desde el fin. Desde la comparación de los mayores. Desde el mayor. Desde la comparación de los menores. Desde el menor. Desde la comparación de los iguales. Desde los semejantes. Desde la autoridad. Desde el juicio de la cosa.
9.2
Toda la partición de los lugares de M. Tulio parece concluida en la división de Temistio de la fórmula de la descripción superior. Ahora, la división de Temistio debe reducirse a la división de M. Tulio. De la cual, ciertamente, una gran parte conviene con la de Cicerón, como enseña también la descripción anterior. Lo que, en cambio, sobra de la división de Temistio, si se refiere al orden de la partición tuliana, se muestra con un fácil compendio cómo las particiones se reducen recíprocamente entre sí. Pues a la división continua de M. Tulio habían convenido desde los lugares de Temistio en la descripción superior estos: el de Cicerón ciertamente desde el todo, el de Temistio desde la sustancia. Desde la enumeración de las partes de Cicerón, desde la división de Temistio. Desde la notación de Cicerón, desde la interpretación del nombre de Temistio. Desde los conjugados, común a ambos. Desde el género de Cicerón, desde el todo de Temistio. Desde la forma de Cicerón, desde la parte, es decir, la especie de Temistio. Desde la semejanza, común. Desde la diferencia de Cicerón, desde el todo o desde la parte de Temistio. Desde lo contrario de Cicerón, el mismo en Temistio desde los opuestos. Desde los adjuntos de Cicerón, el mismo lo puso Temistio desde los accidentes comunes. Desde los antecedentes y consecuentes, mezclados con muchos. Desde los repugnantes de Cicerón, el mismo es dicho por Temistio desde los opuestos. Desde los eficientes de Cicerón, desde las causas de Temistio. Desde los efectos de Tulio, desde el fin de Temistio. Desde la comparación del mayor y menor de M. Tulio, los mismos son desde el mayor y menor de Temistio. Desde la comparación de las partes de Cicerón, desde los semejantes de Temistio. Puesto que, pues, la división plena de M. Tulio se adapta a algunos miembros de la división temistiana, no puede ser que los miembros de la división temistiana no se reduzcan inmediatamente a los convenientes de la tuliana. Por lo cual, si queda algo en la división de Temistio que no parezca haber sido adscrito a la fórmula superior, podremos adaptarlo a la división plena de M. Tulio. Pues las divisiones están conjuntadas recíprocamente por una alternancia mutua. Restan, sin embargo, de los lugares de Temistio estos: desde los usos, desde los efectos, y las corrupciones, y la proporción, y la transunción. De los cuales, ciertamente, el de los usos, si el uso de alguna cosa es siempre eficiente, debe adaptarse a aquel lugar de Cicerón que se llama desde los eficientes. Pero si el uso mismo es efectuado, debe aplicarse a aquel lugar de Cicerón que se llama desde los efectos. Desde los efectos, en cambio, si ciertamente el efecto efectúa algo, es desde las causas eficientes; si, en cambio, el efecto mismo demuestra algo pleno y acabado, ese lugar es el que Tulio dijo desde los efectos. Desde las corrupciones, en cambio, puede decirse desde los eficientes. Pues cuando toda generación efectúa algo, es decir, forma una sustancia, la corrupción, a su vez, ella misma también efectúa algo, es decir, despoja y priva de la forma sustancial, como la muerte hace la disolución del cuerpo. Desde la proporción, en cambio, es el mismo que Tulio dijo desde los semejantes, pues la semejanza de muchos en muchas cosas es proporción. La transunción, en cambio, si ciertamente es hacia los mayores, es el lugar desde la comparación de los mayores; si, en cambio, hacia los menores, es el lugar desde la comparación de los menores; y si hacia los iguales, es el lugar desde la comparación de los iguales. Y en la reducción de todos estos, tal ejemplo de descripción es suficiente. Y sobre los lugares dialécticos, en cuanto la razón de la obra propuesta lo exige, hemos explicado. Ahora, en cambio, parece que debe decirse sobre los retóricos qué son, o en qué parecen discrepar de los dialécticos, para cuya plena disputa reservemos el espacio íntegro del cuarto volumen.
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LIBRO CUARTO.
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LIBRO CUARTO.
10
Si un examinador diligente inspecciona el título de esta obra, al escribir nosotros sobre las diferencias tópicas, no deberá esperar de nuestra parte solo que expongamos las diferencias entre los lugares dialécticos y los retóricos, sino, mucho más, que separemos los lugares dialécticos de los retóricos, lo cual consideramos que podemos abordar con mayor eficacia si tomamos el inicio de la discusión a partir de la naturaleza misma de las facultades. Pues, una vez mostrada la semejanza y disimilitud entre la dialéctica y la retórica, es necesario que deduzcamos las comunidades y discrepancias de los lugares que sirven a dichas facultades a partir de las formas de las facultades mismas. La facultad dialéctica, por tanto, considera solo la tesis. La tesis, en efecto, es una cuestión sin circunstancias. La retórica, en cambio, trata y diserta sobre hipótesis, es decir, sobre cuestiones incluidas en una multitud de circunstancias. Las circunstancias son: quién, qué, dónde, cuándo, por qué, cómo, con qué medios. Por otra parte, si la dialéctica toma alguna vez circunstancias para la discusión, como una persona o un hecho, no lo hace principalmente, sino que transfiere toda su fuerza a la tesis sobre la que diserta. La retórica, en cambio, si asume una tesis, la arrastra hacia la hipótesis, y cada una trata su propia materia, pero asume la de la otra para apoyarse con una facultad más propensa en su propia materia. Además, la dialéctica está constreñida por la interrogación y la respuesta. La retórica, en cambio, recorre el asunto propuesto mediante un discurso continuo. Asimismo, la dialéctica utiliza silogismos perfectos. La retórica se contenta con la brevedad de los entimemas. También marca una diferencia el hecho de que el retórico tiene un juez distinto al adversario, que discute entre ambos. Para el dialéctico, en cambio, dicta sentencia aquel que es el adversario. Pues del adversario se extrae la respuesta, como una especie de sentencia, mediante la sutileza de la interrogación. Siendo esto así, toda su diferencia se constituye en la materia, en el uso o en el fin: en la materia, porque la tesis y la hipótesis están sujetas a ambas; en los usos, porque una discute mediante interrogación y la otra mediante discurso continuo, o porque una se complace en silogismos íntegros y la otra en entimemas; en el fin, porque una intenta persuadir al juez y la otra intenta extorsionar lo que quiere del adversario. Conocido esto, enumeraremos un poco más adelante tanto las cuestiones retóricas que se sitúan en las constituciones como los lugares de género propio. Ahora me parece que debemos tratar brevemente, por un momento, sobre toda la facultad, una obra grande y difícil. Pues no es fácil considerar con cuánta afinidad se une el arte retórico a sí mismo, y apenas puede advertirse de oído, ni es fácil de hallar. Sobre la tradición de este asunto no hemos recibido nada de los antiguos preceptores. Pues prescriben sobre cada cosa, sin esforzarse por lo común. Abordemos esta parte vacía de la doctrina como podamos. Diremos, pues, sobre el género del arte, las especies, la materia, las partes, el instrumento, las partes del instrumento, la obra, el oficio del actor y el fin, y después de esto, sobre las cuestiones y los lugares. Por lo cual, lo que debe especularse en común, tomemos de aquí el inicio de la disertación. El género de la retórica es, pues, la facultad. Las especies son tres: judicial, demostrativa y deliberativa, y es evidente que el género es lo que hemos dicho. Las especies son las que hemos conmemorado anteriormente, puesto que en ellas está toda la facultad de la retórica. En el género judicial de las causas es íntegra; asimismo en el demostrativo o deliberativo. Pero estos son géneros de causas. Pues todas las causas, ya sean especiales o individuales, caen bajo uno de estos tres géneros, como bajo el judicial las especiales, tales como las de lesa majestad o concusión. Bajo el deliberativo, en cambio, cualesquiera causas que tengan consulta: como si tomas especialmente sobre la guerra o la paz, o individualmente sobre la guerra de Pirro o la paz. Del mismo modo también en las demostrativas, cualesquiera que vengan a la alabanza o al vituperio, especialmente, como la alabanza de un hombre fuerte, o individualmente, como la alabanza de Escipión, se ponen bajo la demostración. La materia de esta facultad es toda cosa propuesta para la dicción. Casi siempre es una cuestión civil. En ella, las especies que vienen de la retórica toman para sí la materia como ciertas formas, y la mantienen informada con una triple figura, lo cual quedará claro más adelante, de modo que la cuestión civil, que aún estaba informe según las especies, al recibir el fin, quede sujeta a cada una de las especies de la retórica. Como cuando la cuestión civil, aún informe, recibe de la judicial el fin de lo justo, la misma cuestión civil queda constituida en el género judicial. Cuando toma de la deliberativa lo útil o lo honesto, entonces la misma cuestión civil queda constituida en el género deliberativo de causas. Si toma de la demostración lo bueno, entonces se convierte en una cuestión civil demostrativa. Las especies vienen de la retórica a la materia porque ninguna facultad puede operar de otro modo en su materia que si aplica sus partes. Pues estando ausentes todas sus partes, la retórica misma también está ausente. Pero puesto que se ha hablado de las especies de la retórica, dado que son géneros de causas, son tales que, de todos los asuntos que están constituidos en la cuestión civil, al recibir el fin de lo justo, el judicial es el género; de todos los que están constituidos en la cuestión civil y han recibido el fin de lo honesto o lo útil, el deliberativo es el género; de todos los que, puestos en la cuestión civil, han tomado solo el fin de lo honesto o lo bueno, el demostrativo es el género. Pero hasta aquí sobre esto. Ahora debemos ocuparnos de las partes de la retórica. Las partes de la retórica son cinco: invención, disposición, elocución, memoria y pronunciación. Se llaman partes porque, si algo de esto faltara al orador, la facultad es imperfecta; y por eso, lo que forma la facultad oratoria universal, es justo llamarlo partes de su facultad. Pero como estas partes son de la facultad retórica y componen toda la facultad retórica, es necesario que, donde esté la retórica íntegra, las partes mismas también sigan en sus especies propias; por tanto, todas las partes de la retórica estarán en las especies de la retórica. Por lo cual también se aplican al tratamiento de estos asuntos civiles que son informados por las dichas especies de la retórica; por tanto, la invención, la disposición, la elocución, la memoria y la pronunciación convienen igualmente en el asunto judicial, en el deliberativo y en el demostrativo. Puesto que casi toda facultad utiliza un instrumento para hacer lo que puede, habrá también algún instrumento de la facultad retórica; este es el discurso, que en parte se ocupa del género civil y en parte no. Hablamos ahora de aquel discurso que tiene alguna cuestión, o que se acomoda al fin de resolver la cuestión; el discurso que se ocupa del género civil recorre continuamente; el que no está en causas civiles se explica mediante interrogación y respuesta. Pero el primero se llama retórica, el segundo dialéctica, que difiere de lo anterior en esto: primero, que aquella considera la hipótesis civil y esta la tesis; después, que aquella se realiza mediante un discurso continuo y esta mediante un discurso entrecortado, y que el discurso retórico tiene un juez además del adversario, mientras que la dialéctica utiliza al mismo juez que al adversario. Este discurso retórico tiene, pues, seis partes: proemio, que es el exordio, narración, partición, confirmación, reprehensión y peroración, que son partes del instrumento de la facultad retórica; y puesto que la retórica está en todas sus especies, estarán en ellas. Y no solo estarán, sino que administrarán lo que realizan. Por tanto, en el género judicial de las causas es necesario el orden del proemio, la narración y los demás, y son necesarios en el demostrativo y el deliberativo. La obra de la facultad retórica es enseñar y mover, lo cual se administra, no obstante, con casi los mismos seis instrumentos, es decir, las partes del discurso. Las partes de la retórica, puesto que son partes de la facultad, son también ellas mismas facultades. Por lo cual, ellas también utilizarán las partes del discurso como instrumentos para la parte, y para que operen con ellas, estarán en ellas. Pues en los exordios, si no están las cinco partes de la retórica dichas, para que invente, disponga, elocute, recuerde y pronuncie, el orador no hace nada. Del mismo modo, casi todas las demás partes del instrumento son vanas si no tienen todas las partes de la retórica. El ejecutor de esta facultad es el orador, cuyo oficio es hablar de manera adecuada para la persuasión. El fin, sin embargo, está tanto en él como en el otro. En él, haber hablado bien, es decir, haber hablado de manera adecuada para la persuasión; en el otro, haber persuadido. Pues si algo impide al orador persuadir, habiéndose cumplido el oficio, el fin no se ha alcanzado, pero aquel que estuvo contiguo y emparentado con el oficio se alcanza al realizar el oficio; aquel que está contenido fuera, a menudo no se alcanza, sin embargo, no ha vaciado de honor a la retórica contenta con su fin: estas cosas están tan mezcladas que la retórica está en las especies, y las especies están en las causas. Las partes de las causas se dicen estados, que también se pueden llamar con otros nombres, tanto constituciones como cuestiones; los cuales se dividen tal como la naturaleza de las cosas también está dividida. Pero desde el principio, nos ordenamos las diferencias de las cuestiones: puesto que las cuestiones retóricas están todas envueltas en circunstancias, o se ocupan de la controversia de algún escrito, o toman el inicio de la contención de la cosa misma fuera del escrito. Y aquellas que están en el escrito pueden hacerse de cinco modos. Uno, cuando este defiende las palabras del escritor y aquel la intención: y esto se llama escrito y voluntad. De otro modo, si las leyes disienten entre sí con cierta contrariedad, las cuales, cuando se defienden desde la parte adversa, hacen controversia: y este se llama estado de ley contraria. Tercero, cuando el escrito sobre el que se contiende encierra una intención ambigua: esto se llama ambigüedad por su propio nombre. Cuarto, cuando de lo que está escrito se entiende otra cosa no escrita: lo cual, porque se investiga mediante el razonamiento y cierta consecuencia del silogismo, se llama razonamiento o silogismo. Quinto, cuando un discurso está escrito cuya fuerza y naturaleza no se aclara fácilmente a menos que se descubra mediante una definición: esto se llama fin o inscripción. No es nuestra obra demostrar que todos ellos difieren entre sí, sino del retórico; pues proponemos estas cosas para que sean especuladas por los doctos, no para que sean aprendidas por los rudos, aunque hemos disertado de paso sobre su diferencia en los comentarios de los Tópicos. Las diferencias de aquellas constituciones que están puestas fuera del escrito en la contención de las cosas mismas se separan de tal manera que la naturaleza de las cosas mismas también es diversa. Pues en toda cuestión retórica se duda si es, qué es, cuál es, y además de esto, si puede ejercerse el juicio por derecho o por costumbre. Pero si el hecho o la cosa que se intenta es negada por el adversario, la cuestión es si es, y se llama constitución conjetural. Pero si consta que el hecho ocurrió, pero se ignora qué es lo que se hizo, puesto que su fuerza debe mostrarse mediante definición, se llama constitución definitiva. Pero si consta que es y se conviene sobre la definición de la cosa, pero se indaga cuál es, entonces, porque se duda a qué género debe someterse, se llama cualidad general. En esta cuestión se ocupa la razón de la cualidad, la cantidad y la comparación. Pero puesto que la cuestión es sobre el género, es necesario que esta constitución se distribuya en varios miembros según la forma del género. Pues toda cuestión general, es decir, cuando se pregunta sobre el género, la cualidad y la cantidad del hecho, se distribuye en dos partes. Pues o se pregunta sobre la cualidad de lo propuesto en el pasado, o en el presente, o en el futuro. Si es en el pasado, se llama constitución judicial. Si mantiene la cuestión del tiempo presente o futuro, se llama negocial. La judicial, cuya investigación mira al pasado, se separa en dos partes: o la fuerza de la defensa está en el hecho mismo, y se llama cualidad absoluta, o se asume desde fuera, y se llama constitución asuntiva. Pero esta se deriva en cuatro partes: o se concede el crimen, o se remueve, o se refiere, o, lo que es lo último, se compara. Se concede el crimen cuando no se introduce ninguna defensa del hecho, sino que se pide perdón. Esto puede hacerse de dos modos: si suplicas o si purgas. Suplicas cuando no has traído ninguna excusa; purgas cuando la culpa del hecho se atribuye a aquellos a quienes no se puede resistir ni evitar, y sin embargo no son personas, pues eso caería en otra constitución. Estos son la imprudencia, el azar y la necesidad. Se remueve el crimen cuando se transfiere de aquel que es acusado a otro. Pero la remoción del crimen puede hacerse de dos modos: si se remueve la causa o el hecho. La causa se remueve cuando se sostiene que algo se hizo por potestad ajena. El hecho, cuando se demuestra que otro pudo o debió hacerlo. Y esto vale especialmente en estos casos si se intenta contra nosotros una acción de ese nombre, porque no hicimos lo que se debía hacer. Se refiere el crimen cuando se sostiene que el crimen se cometió justamente contra alguien, puesto que aquel contra quien se cometió fue a menudo injurioso y mereció sufrir lo que se intenta. La comparación es cuando, por algo mejor o más útil, se defiende el hecho que el adversario argumenta que se cometió. De todas estas cosas hay diferencias propias, y por eso las divisiones más minuciosas que los libros escritos de los retóricos contienen más diligentemente al enseñar y explicar estas cosas. Pero baste con que hayamos tomado esto de M. Tulio. Pues toda la intención de la obra se apresura hacia otra cosa. Sobre todas estas cosas debe inspeccionarse esto ahora. Pues M. Tulio demuestra que las constituciones son partes de las causas en el lugar donde lucha contra Hermágoras, diciendo que si las partes del género de la causa no pueden considerarse rectamente, mucho menos se considerarán partes de la causa las partes rectas. Pero toda constitución es parte de la causa, designando que las constituciones son partes de la causa. Por lo cual hay mucha cuestión sobre el asunto, pues ¿cómo se pensaba que eran partes de la causa? Pues si son partes como especies, ¿cómo puede ser que en una causa haya varias constituciones? Pues las especies están inmezcladas entre sí. Pero vienen a la causa muchas constituciones, por tanto no son partes de las causas como los estados de especie. Aquello también de que ninguna especie ayuda a otra especie opuesta a sí misma para la sustancia, pero la constitución confirma a la constitución para la fe. Y tampoco puede ser que sean como partes del todo de las causas, pues ningún compuesto puede ser todo e íntegro a partir de una parte. Y en la causa, una constitución es idónea para constituir la causa. ¿Qué debe decirse, pues? El camino está abierto a la razón. Pues no se dice que sea parte de la causa aquella constitución que viene a controversia y que el estado constituye, especialmente cuando el estado que se añade a la causa, una vez firmada ya una constitución, no es principal, sino accidente, y en un asunto ocurren tantas controversias como constituciones, pero tantas causas como controversias. Y aunque un asunto las contenga, las causas varían inmezcladas entre sí: como quien vio a un joven salir de un lupanar, poco después vio a su esposa salir del mismo lugar, acusa al joven de adulterio: aquí hay un asunto, esto es lo que se trata, pero dos causas: una conjetural, si niega haberlo hecho; otra definitiva, si dice que el concúbito en el lupanar no puede considerarse adulterio. Pero ni el estado conjetural es parte de la misma controversia para el que niega, ni la definición para el que define; pues contiene toda la causa. Llamo causa, no generalmente, sino a la controversia formada por alguna constitución. Pero las partes de la constitución de la causa general son de este modo: pues si toda causa fuera conjetural y no se encontrara otro estado, el estado conjetural no sería parte de la causa, sino que la causa misma sería sin duda conjetura; pero puesto que todas las causas se mantienen en parte por conjetura, en parte sin ella, en parte por cualidad, en parte por traslación, la constitución es parte de la causa, no de la que informa al mantenerla, sino de la que divide la general, de la cual, ciertamente, como cortando algún miembro, cada constitución hace el suyo. Son, pues, partes como especies las constituciones de la causa general, no de la que cada una manteniendo haya informado. Por tanto, el género de la retórica es la facultad. Las especies de la retórica son tres: judicial, demostrativa, deliberativa. La materia, en cambio, es la cuestión civil, que se llama causa; las partes de esta materia, las constituciones. Las partes de la retórica, invención, disposición, elocución, memoria, pronunciación. El instrumento, el discurso; las partes del instrumento, exordio, narración, partición, confirmación, reprehensión, peroración. La obra es enseñar y mover; el actor es el orador; el oficio, hablar bien; el fin, tanto haber hablado bien como persuadir: toda la retórica está en las especies. Pero las especies informan toda la materia de tal manera que, a su vez, reclaman todo para sí, lo cual puede entenderse de esto, puesto que todas las partes de la materia las tienen las especies individuales. Pues en la judicial encontrarás cuatro constituciones, y en la deliberativa y demostrativa podrías encontrar las mismas cuatro. De donde se muestra que, si todas las partes de la causa general, que es la cuestión civil, tienen especies individuales, y la causa misma son todas las partes, la causa, es decir, la cuestión civil, es reclamada por las especies a su vez toda, del modo en que la voz llega al mismo tiempo a los oídos de muchos con sus partes íntegras, es decir, los elementos, pues al mismo tiempo toda la causa pasa a diversas especies con sus partes. Pero cuando las especies han venido a la materia, es decir, a la cuestión civil, y la han obtenido con sus partes, traen consigo también la facultad misma de la retórica. Por tanto, las partes de la retórica también estarán en las constituciones individuales. Pero la materia traída trae consigo su instrumento, trae, pues, consigo el discurso, y este sus partes propias, y habrá en el tratamiento de las constituciones exordio, narración y lo demás. Pero cuando el instrumento haya venido a la cuestión civil, trae también consigo su obra; enseñará, pues, y persuadirá en toda constitución. Pero estas no podrán venir por sí mismas, a menos que haya quien las mueva como artífice y arquitecto. Este es el orador, quien, cuando haya accedido a la causa, hará su oficio; hablará, pues, bien en todo género de causas y en toda constitución, hará también el fin, tanto que haya hablado bien en toda constitución como que haya persuadido. Sobre cada una, pues, hemos tratado ahora en común. Sobre cada una por separado después, si será conveniente, disertaremos. Y hasta aquí esto. Ahora debemos tratar sobre la invención. Pues primero dimos los lugares dialécticos, ahora presentamos los retóricos, que es necesario que vengan de los atributos de la persona y del asunto. La persona es la que es llamada a juicio, cuyo dicho o hecho es reprendido. El asunto es el hecho o dicho de la persona, por el cual es llamada a juicio. Por tanto, en estos dos se constituye toda la partición de los lugares: pues las cosas que tienen ocasión de reprehensión, las mismas, a menos que se inclinen totalmente a la parte inexcusable, suministran copia de defensa: pues de los mismos lugares consiste toda acusación y defensa. Si, pues, la persona es llamada a juicio y no se reprende ningún hecho o dicho, no podrá haber causa. Y tampoco puede traerse a juicio ningún hecho o dicho si la persona no existe; por tanto, en estos dos se ocupa toda la razón de los juicios, es decir, en la persona y en el asunto. Pero (como se ha dicho) la persona es la que es llamada a juicio, el asunto es el hecho o dicho de la persona, por el cual el reo es establecido; la persona, pues, y el asunto no pueden sugerir argumentos. Pues la cuestión es sobre ellos mismos. Pero aquello sobre lo que se duda no puede dar fe a la duda. El argumento, en cambio, era la razón que da fe a la cosa dudosa; pero dan fe al asunto aquellas cosas que están atribuidas a las personas y a los asuntos. Y si alguna vez la persona da fe al asunto, como si se creyera que Catilina sintió contra la república, puesto que la persona está denotada por la torpeza de los vicios, entonces no da fe al asunto en lo que es persona y es llamada a juicio, sino en lo que recibe cierta cualidad de los atributos de la persona. Pero para que el orden de las cosas se aclare más, creo que debemos hablar de las circunstancias. Las circunstancias son las que, al convenir, hacen la sustancia de la cuestión. Pues a menos que haya quien lo haya hecho, y qué haya hecho, y la causa por la que lo hizo, el lugar, el tiempo en que lo hizo, el modo y también las facultades, si faltan, la causa no se mantendrá. Estas circunstancias, pues, las divide Cicerón en dos, de modo que la circunstancia que es quién, la pone en los atributos de la persona. Las demás circunstancias, en cambio, las constituye en los atributos del asunto. Y la primera de las circunstancias, la que es quién, puesto que la atribuye a la persona, la corta en once partes: nombre como Verres, naturaleza como bárbaro, modo de vida como amigo de los nobles, fortuna como rico, estudio como geómetra, azar como exiliado, afección como amante, hábito como sabio, consejo, hechos y discursos, aquellas cosas que están fuera de aquel hecho y dicho que ahora se llama a juicio. Las demás circunstancias, que son qué, por qué, cómo, dónde, cuándo, con qué auxilios, las pone en los atributos del asunto; qué y por qué, diciendo que son continentes con el asunto mismo; constituyendo el porqué en la causa: pues esa es la causa de cada hecho, por la cual se hizo. El qué, en cambio, lo corta en cuatro partes: en la suma del hecho, como el parricidio, de aquí se toma mayormente el lugar de la amplificación; antes del hecho, como excitado tomó la espada; mientras se hace, golpeó vehementemente; después del hecho, lo enterró en un lugar oculto. Como todas estas cosas son hechos, sin embargo, puesto que pertenecen al asunto gestionado sobre el que se pregunta, no son aquellos hechos que se numeraron en los atributos de la persona; pues aquellos, puestos fuera del asunto sobre el que se trata, informando a la persona, prestan fe a aquel asunto sobre el que se versa la intención; estos hechos, en cambio, que son continentes con el asunto mismo, pertenecen al asunto mismo sobre el que se pregunta. Las últimas cuatro circunstancias, en cambio, las pone Cicerón en la gestión del asunto, que es la segunda parte de los atributos a los asuntos; y la circunstancia que es cuándo, la divide en tiempo, como lo hizo de noche, y en ocasión, como durmiendo todos; la circunstancia que es dónde, dice lugar, como lo hizo en el dormitorio, cómo, en cambio, de las circunstancias el modo, como lo hizo a escondidas. La circunstancia con qué auxilios, la llama facultad, como con mucho ejército. De estos lugares, aunque la discreción es clara por la naturaleza de las circunstancias, nosotros, sin embargo, lo haremos más benévolamente si mostramos más abundantemente sus diferencias entre sí. Pues cuando de las circunstancias, M. Tulio ha puesto que unas son continentes con el asunto mismo, otras en la gestión del asunto. Y en las continentes con el asunto mismo enumeró aquel lugar que llamó mientras se hace, por la significación misma de la proferencia, este lugar, mientras se hace, parece ser el mismo que el que está en la gestión del asunto. Pero no es así, porque mientras se hace es aquello que se admite en ese tiempo mientras se perpetra el crimen, como golpeó. En la gestión del asunto, en cambio, están aquellas cosas que contienen antes del hecho, mientras se hace y después del hecho que se gestionó. Pues en todas se indaga el tiempo, el lugar, la ocasión, el modo, la facultad. Por otra parte, mientras se hace es el hecho con el que se administró el asunto; lo que está en la gestión del asunto, pues, no son hechos, sino adherentes al hecho. Pues nadie convendría en que el tiempo, la ocasión, el lugar, el modo, la facultad son hechos, sino (como se ha dicho) son igualmente adherentes a cualquier hecho, y de ninguna manera lo abandonan, porque están sujetos por cierta relación a lo mismo que se gestionó, el asunto. Asimismo, aquellas cosas que están en la gestión del asunto pueden ser sin aquellas que son continentes con el asunto mismo. Pues puede entenderse el lugar, el tiempo, la ocasión, el modo y la facultad de cualquier hecho, aunque nadie lo haga, lo que podría hacerse en ese lugar, o tiempo, o ocasión, o modo, o facultad. Por tanto, aquellas cosas que están en la gestión del asunto pueden ser sin aquellas que son continentes con el asunto mismo, pero aquellas no pueden ser sin estas. Pues el hecho no podrá ser fuera del lugar, tiempo, ocasión, modo y facultad, y estas cosas que constan en los atributos de la persona y del asunto, como en los lugares dialécticos aquellas que se adhieren en ellos mismos, sobre los cuales se pregunta. Las demás, en cambio, que o están adjuntas al asunto o siguen al asunto gestionado, son tales como en los lugares dialécticos aquellas que, según Temistio, en parte siguen a la sustancia de la cosa, en parte son extrínsecas, en parte se versan en los medios; según Cicerón, en cambio, están numeradas entre los afectos, o puestas extrínsecamente. Pues están adjuntas al asunto, dan fe igualmente a la cuestión, afectadas de algún modo a aquello sobre lo que se pregunta, y mirando al asunto sobre el que se trata. Pues siete circunstancias se numeraron en los atributos de la persona o del asunto. Estas, cuando comienzan a compararse y a venir como a relación, si ciertamente se refiere a lo que contiene, o a lo que es contenido, se hace o especie o género. Pero si se refiere a lo que dista más lejos de él, lo contrario; y si se refiere a su fin y salida, es el evento. Del mismo modo también se comparan a los mayores, menores e iguales. Y en absoluto tales lugares se consideran en aquellas cosas que son hacia algo, pues mayor y menor, o semejante, o igualmente grande, o dispar sucede a las circunstancias que se numeraron en los atributos del asunto y de la persona: como mientras las circunstancias mismas se comparan a otras, se hace de ellas argumento del dicho o hecho que se arrastra a juicio. Pero distan de los superiores, porque los lugares superiores o contenían hechos, o se adherían a los hechos de tal manera que no pueden separarse, como el lugar, el tiempo y lo demás que no abandonan el asunto gestionado; estas, en cambio, que están adjuntas al asunto no se adhieren al asunto mismo, sino que suceden a las circunstancias, y entonces finalmente prestan argumento cuando vienen a la comparación. Pero los argumentos se toman no de la contrariedad, sino de lo contrario, y no de la semejanza, sino de lo semejante, para que aparezca que el argumento no se toma de la relación, sino de los adjuntos al asunto, y que esos son adjuntos al asunto que están afectados al asunto mismo sobre el que se trata. La consecuencia, en cambio, que es la cuarta parte de aquellas cosas que están atribuidas a los asuntos, ni está en las cosas mismas que no abandonan la sustancia de las cosas, ni se repite de la comparación, sino que o antecede al hecho gestionado o también lo sigue. Y todo este lugar es extrínseco: pues primero se pregunta en él qué es lo que se hizo, con qué nombre conviene llamarlo, en lo cual no se trabaja sobre la cosa, sino sobre el vocablo; quiénes después son los autores de ese hecho, y los comprobadores de la invención, y los rivales: todo eso fluye del juicio, y de cierto testimonio puesto extrínsecamente para subsidio del argumento; después también cuál es la ley, costumbre, pacto, juicio, sentencia, artificio de esa cosa. Después se pregunta si por su naturaleza suele ocurrir comúnmente, o insolentemente y raramente; si los hombres acostumbraron a comprobar y defender eso con su autoridad en estos casos, y lo demás que suele seguir a un hecho similar inmediatamente o con intervalo, que es necesario que, puestas extrínsecamente, tiendan más a la opinión que a la naturaleza misma de las cosas. Por tanto, en estos cuatro se puede dividir lo atribuido a los asuntos, de modo que sean en parte continentes con el asunto mismo, que se ha dicho arriba que son hechos; en parte en la gestión del asunto, que hace tiempo mostramos que no son hechos, sino adherentes a los hechos; en parte adjuntos al asunto. Estos (como se ha dicho) en parte se ponen en relación, en parte siguen al asunto gestionado, la fe de estos se toma extrínsecamente. Y sobre los lugares retóricos se ha dicho suficiente: ahora debe explicarse qué semejanza tienen estos con los dialécticos, o qué diversidad, lo cual, cuando lo haya mostrado idónea y convenientemente, se cumplirá la intención de la obra propuesta. Primero, tanto que en los lugares dialécticos (como le place a Temistio) hay otros que se adhieren en ellos mismos sobre los que se pregunta, otros se asumen extrínsecamente, otros, en cambio, están situados en medio entre ambos: así también en los lugares retóricos, otros consisten en las personas y el asunto, sobre los cuales se lucha desde la parte adversa, otros, en cambio, extrínsecamente, como estos que siguen al asunto gestionado, otros, en cambio, medios. De los cuales, los más próximos al asunto son estos que de las circunstancias restantes se consideran en la gestión del asunto. Aquellos, en cambio, que se colocan en los adjuntos al asunto, ellos mismos también están puestos entre los lugares medios, puesto que miran al asunto sobre el que se trata con cierta afección; o si alguien dijera que aquellas cosas que están atribuidas a las personas, o que son continentes con el asunto mismo, o que se consideran en la gestión del asunto, son similares a estos lugares que se arrastran de ellos mismos en la dialéctica sobre los que se duda en la cuestión, pero ponga la consecuencia del asunto extrínsecamente, y los adjuntos los constituya entre ambos. Pero a la división de Cicerón se hace similar de este modo. Pues aquellas cosas que son continentes con el asunto mismo, o aquellas que se consideran en la gestión del asunto, se adhieren en ellos mismos sobre los que se pregunta; aquellas, en cambio, que están adjuntas, se ponen entre los afectos; pero aquellas que siguen al asunto gestionado, están colocadas extrínsecamente. O si alguien pensara que aquellas cosas que son continentes con el asunto mismo se adhieren en ellos mismos, pero que los afectos son aquellas cosas que están en la gestión del asunto o adjuntas al asunto, extrínsecamente, en cambio, aquellas que siguen al asunto gestionado. Ya son claras aquellas comunidades, que los lugares se versan casi en ambas facultades, como el género, la parte, la semejanza, lo contrario, lo mayor y lo menor. Sobre las comunidades se ha dicho suficiente. Aquellas diferencias son que los dialécticos son aptos también para las tesis; los retóricos solo se asumen para las hipótesis, es decir, para las cuestiones informadas por circunstancias; pues así como las facultades mismas están distinguidas por su universalidad y particularidad, así también sus lugares están discretos por su ámbito y contracción. Pues el ámbito de los dialécticos es mayor, y puesto que están fuera de las circunstancias, que hacen las causas singulares, no solo son útiles para las tesis, sino que también cierran y abarcan los argumentos que están puestos en las hipótesis, y sus lugares que constan de las circunstancias. Por tanto, sucede que el retórico siempre sale de los lugares dialécticos, el dialéctico puede estar contento con los suyos. Pues el retórico, puesto que trata las causas de las circunstancias, tomará argumentos de las mismas circunstancias, que es necesario que sean confirmados por los universales y simples, que son los dialécticos. El dialéctico, en cambio, que es anterior, no necesita del posterior, a menos que alguna vez ocurra una cuestión de persona, como cuando al dialéctico le ocurre una causa incluida en circunstancias para probar su tesis, entonces finalmente utiliza los lugares retóricos. Por tanto, en los lugares dialécticos, si sucede así, los argumentos se toman del género, es decir, de la naturaleza misma del género. Pero en los retóricos, de aquel género que allí es el género sobre el que se trata, y no de la naturaleza del género, sino de la cosa del género, ciertamente la misma que es el género. Pero para que progrese, la razón depende de que la naturaleza del género ha sido conocida antes: como si se dudara si alguien estuvo ebrio, se dirá, si queremos refutar, que no lo estuvo, puesto que ninguna lujuria le precedió. Por eso, sin duda, porque como la lujuria es una especie de género de la ebriedad, cuando no hubo ninguna lujuria, tampoco hubo ebriedad. Pero esto depende de lo otro. Pues cuando no hubo lujuria, la ebriedad no pudo ser. De la naturaleza del género se demuestra lo que la razón dialéctica suministra. Pues de donde el género está ausente, de allí también es necesario que la especie esté ausente, puesto que el género no abandona a la especie; y sobre los semejantes, y sobre los contrarios del mismo modo, en los cuales es máxima la disimilitud entre los lugares retóricos y dialécticos. Pues la dialéctica investiga los argumentos de las cualidades mismas, la retórica de las cosas que reciben la cualidad. Como el dialéctico del género, es decir, de la naturaleza misma del género, el retórico de aquella cosa que es el género; el dialéctico de la semejanza, el retórico de lo semejante, es decir, de aquella cosa que tomó la semejanza. Del mismo modo aquel de la contrariedad, este de lo contrario. Expedidas, pues, todas las cosas que propusimos arriba, creo que debe añadirse aquello que M. Tulio, los Tópicos que editó a C. Trebacio, perito en derecho, no disertó del modo en que se pueda disputar sobre ellos, sino cómo se deducirían los argumentos de la facultad retórica, lo cual hemos expedido más diligentemente en estos comentarios que fueron escritos por nosotros sobre los Tópicos del mismo Cicerón. Pero de qué modo se dispute sobre estas razones dialécticas, se ha expedido en estos comentarios que escribimos sobre los Tópicos de Aristóteles traducidos por nosotros.
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Si un examinador diligente inspeccionara el título de la obra, dado que escribimos sobre las diferencias tópicas, no debería esperar de nosotros solo que expongamos las diferencias entre los lugares dialécticos o incluso los retóricos, sino mucho más que separemos los lugares dialécticos de los retóricos, lo cual consideramos que podemos abordar con mayor eficacia si tomamos el inicio de la discusión desde la propia naturaleza de las facultades. Pues, una vez mostrada la semejanza y disemejanza entre la dialéctica y la retórica, es necesario que deduzcamos las comunidades y discrepancias de los lugares que sirven a dichas facultades a partir de las formas de las facultades mismas. La facultad dialéctica, por tanto, considera solo la tesis. La tesis, en efecto, es una cuestión sin circunstancias. La retórica, en cambio, trata y diserta sobre las hipótesis, es decir, sobre cuestiones incluidas en una multitud de circunstancias. Las circunstancias, por su parte, son: quién, qué, dónde, cuándo, por qué, cómo, con qué medios. A su vez, la dialéctica, si alguna vez toma circunstancias, como una persona o un hecho, para la discusión, no lo hace principalmente, sino que transfiere toda su fuerza a la tesis sobre la que diserta. La retórica, en cambio, si asume una tesis, la arrastra hacia la hipótesis, y cada una trata su propia materia, pero asume la de la otra para apoyarse en una facultad más propensa en su propia materia. A su vez, la dialéctica está constreñida por la interrogación y la respuesta. La retórica, en cambio, recorre el asunto propuesto mediante un discurso continuo. Asimismo, la dialéctica utiliza silogismos perfectos. La retórica se contenta con la brevedad de los entimemas. También marca una diferencia el hecho de que el retórico tiene un juez distinto al adversario, que dirime entre ambos. Para el dialéctico, en cambio, dicta sentencia aquel que es el adversario. Pues del adversario se extrae la respuesta, como una especie de sentencia, mediante la sutileza de la interrogación. Siendo esto así, toda su diferencia se constituye en la materia, en el uso o en el fin: en la materia, porque la tesis y la hipótesis son materia sujeta a ambas; en los usos, porque esta diserta mediante interrogación y aquella mediante discurso continuo, o porque esta se complace en silogismos íntegros y aquella en entimemas; en el fin, porque esta intenta persuadir al juez y aquella intenta extorsionar lo que quiere del adversario. Conocido esto de antemano, un poco más adelante enumeraremos tanto las cuestiones retóricas que se sitúan en las constituciones como los lugares de género propio. Ahora me parece que debe tratarse brevemente sobre toda la facultad, una obra grande y difícil. Pues no se puede considerar fácilmente con qué parentesco se une la retórica a sí misma, y apenas puede advertirse de oídas, y mucho menos es fácil de hallar. Sobre la transmisión de este asunto no hemos recibido nada de los antiguos preceptores. Pues enseñan sobre cada cosa, sin esforzarse por lo común. Abordemos esta parte vacía de la doctrina, como podamos. Diremos, pues, sobre el género de la técnica, las especies, la materia, las partes, el instrumento y las partes del instrumento, la obra y el oficio del actor y el fin, y después de esto, sobre las cuestiones y los lugares. Por lo cual, lo que debe observarse en común, tomemos de aquí el inicio de la disertación. El género de la retórica es, por tanto, la facultad. Las especies son tres: judicial, demostrativa y deliberativa, y es evidente que el género es lo que hemos dicho. Las especies, en cambio, son las que hemos mencionado anteriormente, puesto que en ellas está toda la facultad de la retórica. En el género judicial, las causas son íntegras; asimismo en el demostrativo o deliberativo. Pero estos son géneros de causas. Pues todas las causas, ya sean especiales o individuales, caen bajo uno de estos tres géneros, como bajo el judicial las especiales, como las de lesa majestad o concusión. Bajo el deliberativo, en cambio, cualesquiera causas que tengan consulta: como si tomas especialmente sobre la guerra o la paz, pero si individualmente, sobre la guerra de Pirro o la paz. Del mismo modo también en las demostrativas, cualesquiera que vengan a la alabanza o al vituperio, especialmente, como la alabanza de un hombre fuerte, pero individualmente, como la alabanza de Escipión, se ponen bajo la demostración. La materia de esta facultad es, ciertamente, toda cosa propuesta para la dicción. Casi siempre es una cuestión civil. Hacia esta, las especies que vienen de la retórica toman para sí la materia como ciertas formas, y la mantienen informada con una figura triple, lo cual quedará claro más adelante, de modo que la cuestión civil, que hasta entonces era informe según las especies, se haga, una vez aceptado el fin, sujeta a cada una de las especies de la retórica. Como cuando la cuestión civil, aún informe, ha recibido de la judicial el fin de lo justo, la misma cuestión civil se hace constituida en el género judicial. Cuando, en cambio, ha tomado de la deliberativa lo útil o lo honesto, entonces la misma cuestión civil se hará constituida en el género deliberativo de causas. Si, en cambio, ha tomado de la demostración lo bueno, entonces se hace una cuestión civil demostrativa. Vienen, sin embargo, las especies desde la retórica hacia la materia, debido a que cualquier facultad no puede operar en su materia de otro modo que si aplica sus partes. Pues estando ausentes todas sus partes, la retórica misma también está ausente. Pero puesto que se ha hablado de las especies de la retórica, dado que son géneros de causas, son de tal modo que, de todos los asuntos que están constituidos en la cuestión civil, una vez aceptado el fin de lo justo, el judicial sea el género; de todos los que están constituidos en la cuestión civil y han recibido un fin honesto o útil, el deliberativo sea el género; de todos los que, puestos en la cuestión civil, han tomado solo el fin de lo honesto o de lo bueno, sea el género demostrativo. Pero hasta aquí sobre esto. Ahora hay que proveer sobre las partes de la retórica. Pues las partes de la retórica son cinco: invención, disposición, elocución, memoria y pronunciación. Se llaman partes, sin embargo, porque si algo de esto faltara al orador, la facultad es imperfecta; y por eso es justo llamar partes de su facultad a aquellas que forman la facultad oratoria universal. Pero estas partes, puesto que son de la facultad retórica y componen toda la facultad retórica, es necesario que, donde esté la retórica íntegra, las partes mismas también sigan en sus propias especies; por tanto, todas las partes de la retórica estarán en las especies de la retórica. Por lo cual también se aplican al tratamiento de estos asuntos civiles que son informados por las dichas especies de la retórica; por tanto, la invención, la disposición, la elocución, la memoria y la pronunciación convienen igualmente en el asunto judicial, en el deliberativo y en el demostrativo. Puesto que casi toda facultad utiliza un instrumento para hacer lo que puede, habrá también algún instrumento de la facultad retórica; este, sin embargo, es el discurso, que en parte se ocupa del género civil y en parte no. Hablamos ahora de aquel discurso que tiene alguna cuestión, o que se acomoda al fin de resolver la cuestión; aquel discurso que se ocupa del género civil recorre continuamente; aquel, en cambio, que no está en las causas civiles, se explica mediante interrogación y respuesta. Pero la primera se llama retórica, la segunda dialéctica, la cual difiere de la anterior: primero, porque aquella considera la hipótesis civil y esta la tesis; después, porque aquella se realiza mediante un discurso continuo y esta mediante un discurso entrecortado, y porque el discurso retórico tiene un juez además del adversario, mientras que la dialéctica utiliza al mismo juez que al adversario. Este discurso retórico, por tanto, tiene seis partes: proemio, que es el exordio, narración, partición, confirmación, reprehensión y peroración, que son partes del instrumento de la facultad retórica; y puesto que la retórica está en todas sus especies, también estarán en ellas. Y no estarán más bien que administrarán las mismas cosas que realizan. Por tanto, también en el género judicial de causas es necesario el orden del proemio, de la narración y de los demás, y son necesarios en el demostrativo y en el deliberativo. La obra de la facultad retórica es enseñar y mover, lo cual se administra, no obstante, casi con los mismos seis instrumentos, es decir, las partes del discurso. Las partes de la retórica, puesto que son partes de la facultad, son también ellas mismas facultades. Por lo cual, ellas también utilizarán las partes del discurso como instrumentos para la parte, y para que operen con ellos, estarán en ellos. Pues en los exordios, si no están las cinco partes de la retórica dichas, para que encuentre, disponga, elocuencie, recuerde y pronuncie, el orador no hace nada. Del mismo modo también las restantes partes del instrumento, si no tienen todas las partes de la retórica, son en vano. El ejecutor de esta facultad, sin embargo, es el orador, cuyo oficio es hablar de manera adecuada para la persuasión. El fin, en cambio, está tanto en él mismo como en el otro. En él mismo, haber hablado bien, es decir, haber hablado adecuadamente para la persuasión; en el otro, en cambio, haber persuadido. Pues si algunas cosas impiden al orador persuadir, una vez hecho el oficio, el fin no se ha conseguido, pero aquel que estaba contiguo y emparentado con el oficio, se consigue al realizar el oficio; aquel, en cambio, que se contiene fuera, a menudo no se consigue, y sin embargo, no vació de honor a la retórica contenta con su fin: estas cosas están mezcladas de tal modo que la retórica está en las especies, y las especies están en las causas. Las partes de las causas, sin embargo, se dice que son los estados, que también se pueden llamar con otros nombres, tanto constituciones como cuestiones; los cuales se dividen de tal modo que la naturaleza de las cosas también está dividida. Pero desde el principio, nos ordenamos las diferencias de las cuestiones: puesto que todas las cuestiones retóricas están envueltas en circunstancias, o se ocupan en la controversia de algún escrito, o toman el inicio de la contención de la cosa misma fuera del escrito. Y aquellas que están en el escrito pueden hacerse de cinco modos. Uno, cuando este defiende las palabras del escritor y aquel la intención: y esto se llama escrito y voluntad. De otro modo, si las leyes disienten entre sí por cierta contrariedad, las cuales, cuando las defienden desde la parte adversa, hacen controversia: y este se llama estado de ley contraria. Tercero, cuando el escrito sobre el que se contiende cierra una intención ambigua: esto se llama ambigüedad por su propio nombre. Cuarto, cuando de lo que está escrito se entiende otra cosa no escrita: lo cual, porque se investiga mediante el razonamiento y cierta consecuencia del silogismo, se llama razonamiento o silogismo. Quinto, cuando el discurso está escrito, cuya fuerza y naturaleza no se aclara fácilmente a menos que sea descubierta por definición: este se llama fin o inscripción. No es de nuestra obra demostrar que todos estos difieren entre sí, sino del retórico; pues proponemos que estas cosas sean observadas por los doctos, no aprendidas por los rudos, aunque hemos disertado sobre su diferencia de paso en los comentarios de los Tópicos. Las diferencias de aquellas constituciones que están puestas fuera del escrito en la contención de las cosas mismas se separan de tal modo que la naturaleza de las cosas mismas también es diversa. Pues en toda cuestión retórica se duda si es, qué es, cuál es, y además de esto, si puede ejercerse juicio por derecho o por costumbre. Pero si el hecho o la cosa que se intenta es negada por el adversario, la cuestión es si es, y se denomina constitución conjetural. Pero si constara que el hecho ocurrió, pero se ignorara qué es lo que se hizo, puesto que su fuerza debe mostrarse por definición, se llama constitución definitiva. Pero si constara que es y se conviniere sobre la definición de la cosa, pero se inquiriera cuál es, entonces, porque se duda a qué género debe ser sujeto, se denomina cualidad general. En esta cuestión, sin embargo, se ocupa la razón tanto de la cualidad como de la cantidad y de la comparación. Pero puesto que la cuestión es sobre el género, es necesario que esta constitución se distribuya en varios miembros según la forma del género. Pues toda cuestión general, es decir, cuando se pregunta sobre el género, la cualidad y la cantidad del hecho, se distribuye en dos partes. Pues o se pregunta sobre la cualidad de lo propuesto en el pasado, o en el presente, o en el futuro. Si en el pasado, se denomina constitución judicial. Si mantiene la cuestión del tiempo presente o futuro, se dice negocial. La judicial, cuya inquisición mira al pasado, se separa en dos partes: o bien la fuerza de la defensa está en el hecho mismo, y se denomina cualidad absoluta, o se asume extrínsecamente, y se dice constitución asuntiva. Pero esta se deriva en cuatro partes: o se concede el crimen, o se remueve, o se refiere, o, que es lo último, se compara. Se concede el crimen cuando no se introduce ninguna defensa del hecho, sino que se pide perdón. Eso puede hacerse de dos modos: si suplicas o si purgas. Suplicas cuando no has traído ninguna excusa; purgas cuando la culpa del hecho se atribuye a aquellos a quienes no se puede resistir ni evitar, y sin embargo no son personas, pues eso caería en otra constitución. Estas son, en efecto, imprudencia, azar y necesidad. Se remueve el crimen cuando se transfiere de aquel que es perseguido a otro. Pero la remoción del crimen puede hacerse de dos modos: si se remueve la causa o el hecho. La causa se remueve cuando se sostiene que algo se hizo por potestad ajena. El hecho, cuando se demuestra que otro pudo o debió hacerlo. Y estas valen sobre todo en esto, si se intenta contra nosotros una acción de ese nombre, porque no hicimos lo que se debía hacer. Se refiere el crimen cuando se sostiene que el delito fue cometido justamente contra alguien, puesto que aquel contra quien se cometió fue a menudo injurioso y mereció sufrir lo que se intenta. La comparación es cuando, por causa de algo mejor o más útil, se defiende el hecho que el adversario arguye que fue cometido. De todas estas cosas hay diferencias propias, y por eso las divisiones más minuciosas que los libros escritos por los retóricos para enseñar y explicar estas cosas contienen más diligentemente. Pero baste con que hayamos tomado esto de M. Tulio. Pues toda la intención de la obra se apresura hacia otra cosa. Sobre todas estas cosas debe observarse de este modo. Pues M. Tulio demuestra que las partes de las causas son constituciones en aquel lugar donde se esfuerza contra Hermágoras, diciendo que si las partes de las causas de género no pueden ser consideradas rectamente, mucho menos las partes de las causas de parte serán consideradas rectamente. Toda constitución es parte de la causa, designando que las constituciones son partes de la causa. Por lo cual hay mucha cuestión sobre el asunto, pues ¿cómo se pensaba que eran partes de la causa? Pues si son partes como especies, ¿cómo puede ser que en una causa haya varias constituciones? Pues las especies están mezcladas entre sí. Pero vienen a la causa muchísimas constituciones, por tanto no son partes de las causas como especies de estado. Aquello también de que ninguna especie ayuda a otra especie opuesta a sí misma para la sustancia, pero la constitución confirma a la constitución para la fe. Y tampoco puede ser que sean como partes del todo de las causas, pues ningún compuesto puede ser todo e íntegro a partir de una parte. Y en la causa, una constitución es idónea para constituir la causa. ¿Qué debe decirse, pues? El camino está abierto a la razón. Pues no se dice que la constitución sea parte de la causa que viene a controversia y que el estado constituye, cuando especialmente el estado que se añade a la causa, una vez firmada ya una constitución, no es principal, sino accidente, y en un asunto ocurren tantas controversias cuantas son las constituciones, pero cuantas controversias, tantas causas. Y aunque un asunto las contenga, las causas varían sin mezclarse entre sí: como quien vio a un joven saliendo de un lupanar, poco después vio a su esposa saliendo del mismo lugar, acusa al joven de adulterio: aquí hay un asunto, esto es lo que se trata, pero las causas son dos: una conjetural, si niega haberlo hecho; otra definitiva, si dice que en el lupanar el concúbito no puede ser considerado adulterio. Pero ni el estado conjetural es parte de la misma controversia para el que niega, ni la definición para el que define; pues contiene toda la causa. Llamo causa, sin embargo, no generalmente, sino a la controversia formada por alguna constitución. Las partes de la causa general son las constituciones de este modo: pues si toda causa fuera conjetural, y no se encontrara otro estado, el estado conjetural no sería parte de la causa, sino que la causa misma sería sin duda conjetura; pero puesto que todas las causas se mantienen en parte por conjetura, en parte por fin, en parte por cualidad, en parte por traslación, la constitución es parte de la causa, no de aquella que informa al mantenerla, sino de aquella que divide la general, de la cual, ciertamente, cortando algún miembro como si fuera suyo, cada constitución lo hace suyo. Por tanto, las constituciones son partes como especies de la causa general, no de aquella que cada una, al mantenerla, haya informado. Por lo cual, el género de la retórica es la facultad. Las especies de la retórica, en cambio, son tres: judicial, demostrativa, deliberativa. La materia, en cambio, es la cuestión civil, que se llama causa; las partes de esta materia, las constituciones. Las partes de la retórica, invención, disposición, elocución, memoria, pronunciación. El instrumento, el discurso; las partes del instrumento, exordio, narración, partición, confirmación, reprehensión, peroración. La obra es enseñar y mover; el actor es el orador; el oficio, hablar bien; el fin, tanto haber hablado bien como persuadir: toda la retórica está, en efecto, en las especies. Las especies, sin embargo, informan toda la materia de tal modo que, sin embargo, a su vez se reclaman todo para sí, lo cual puede entenderse a partir de esto, puesto que todas las partes de la materia las tienen las especies individuales. Pues en la judicial encontrarás cuatro constituciones, y en la deliberativa y demostrativa podrías encontrar las mismas cuatro. De donde se muestra que, si todas las partes de la causa general, que es la cuestión civil, tienen especies individuales, y la causa misma es todas las partes, la causa, es decir, la cuestión civil, es reclamada a su vez por las especies toda entera del mismo modo que la voz llega al mismo tiempo a los oídos de muchos con sus partes íntegras, es decir, los elementos, pues al mismo tiempo toda la causa pasa a diversas especies con sus partes. Pero cuando las especies han venido a la materia, es decir, a la cuestión civil, y la han obtenido con sus partes, traen consigo también la facultad misma de la retórica. Por lo cual también las partes de la retórica estarán en las constituciones individuales. Pero la materia traída trae consigo su instrumento, trae por tanto consigo el discurso, y este sus partes propias, y habrá en el tratamiento de las constituciones exordio, narración y lo demás. Pero cuando el instrumento haya venido a la cuestión civil, trae también consigo su obra; enseñará, por tanto, y persuadirá en toda constitución. Pero estas no podrán venir por sí mismas, a menos que haya quien las mueva como artífice y arquitecto. Este, sin embargo, es el orador, quien, cuando haya accedido a la causa, hará su oficio; hablará, pues, bien en todo género de causas, y en toda constitución, hará también el fin, tanto que haya hablado bien en toda constitución, como que haya persuadido. Sobre cada una, pues, hemos tratado ahora en común. Sobre cada una, en cambio, por separado después, si será conveniente, disertaremos. Y hasta aquí esto. Ahora hay que tratar sobre la invención. Pues primero dimos los lugares dialécticos, ahora presentamos los retóricos, los cuales es necesario que vengan de los atributos de la persona y del negocio. La persona es la que es llamada a juicio, cuyo dicho o hecho es reprendido. El negocio es el hecho o dicho de la persona, por el cual es llamada a juicio. Por tanto, en estos dos está constituida toda la partición de los lugares: pues las cosas que tienen ocasión de reprehensión, las mismas, a menos que se inclinen totalmente hacia una parte inexcusable, suministran abundancia de defensa: pues de los mismos lugares consiste toda acusación y defensa. Si, por tanto, la persona es llamada a juicio, y no se reprende ningún hecho o dicho, no podrá haber causa. Y tampoco puede traerse a juicio ningún hecho o dicho si la persona no existe; por tanto, en estos dos se ocupa toda la razón de los juicios, es decir, en la persona y en el negocio. Pero (como se ha dicho) la persona es la que es llamada a juicio, el negocio es el hecho o dicho de la persona, por el cual se establece como reo; la persona, por tanto, y el negocio no pueden sugerir argumentos. Pues la cuestión es sobre ellos mismos. Pero sobre qué cosas se duda, esas no pueden hacer fe a la duda. El argumento, en cambio, era la razón que hace fe a la cosa dudosa; hacen fe al negocio, sin embargo, aquellas cosas que están atribuidas a las personas y a los negocios. Y si alguna vez la persona hiciera fe al negocio, como si se creyera que Catilina sintió contra la república, puesto que la persona está denotada por la torpeza de los vicios, entonces no hace fe al negocio en el hecho de que es persona y es llamada a juicio, sino en el hecho de que recibe cierta cualidad de los atributos de la persona. Pero para que el orden de las cosas se aclare más, creo que debe decirse sobre las circunstancias. Las circunstancias son las que, al convenir, efectúan la sustancia de la cuestión. Pues a menos que haya quien lo haya hecho, y qué haya hecho, y la causa por la que lo hizo, el lugar, el tiempo en que lo hizo, el modo también y las facultades si faltan, la causa no se mantendrá. Estas circunstancias, por tanto, Cicerón las divide en dos, de modo que la circunstancia que es quién, la pone en los atributos de la persona. Las restantes circunstancias, en cambio, las constituye en los atributos del negocio. Y la primera de las circunstancias, aquella que es quién, puesto que la atribuye a la persona, la corta en once partes: nombre como Verres, naturaleza como bárbaro, modo de vida como amigo de los nobles, fortuna como rico, estudio como geómetra, azar como exiliado, afección como amante, hábito como sabio, consejo, hechos y discursos, aquellas cosas que están fuera de aquel hecho y dicho que ahora se llama a juicio. Las restantes circunstancias, en cambio, que son qué, por qué, cómo, dónde, cuándo, con qué auxilios, las pone en los atributos del negocio; diciendo que qué y por qué son continentes con el negocio mismo; constituyendo el por qué en la causa: pues esa es la causa de cada hecho, por la cual se hizo. Qué, en cambio, lo corta en cuatro partes: en el resumen del hecho, como el asesinato del padre, de aquí se toma mayormente el lugar de la amplificación; antes del hecho, como excitado arrebató la espada; mientras se hace, golpeó vehementemente; después del hecho, lo sepultó en un escondite. Las cuales, aunque todas son hechos, sin embargo, puesto que pertenecen al negocio gestado sobre el que se pregunta, no son aquellos hechos que fueron numerados en los atributos de la persona; pues aquellos, puestos fuera del negocio sobre el que se trata, informando a la persona, prestan fe a aquel negocio sobre el que se versa la intención; estos, en cambio, hechos que son continentes con el negocio mismo, pertenecen al negocio mismo sobre el que se pregunta. Las últimas cuatro circunstancias, sin embargo, Cicerón las pone en la gestión del negocio, que es la segunda parte de los atributos a los negocios; y aquella circunstancia, que es cuándo, la divide en tiempo, como lo hizo de noche, y en ocasión, como durmiendo todos; aquella circunstancia, que es dónde, la llama lugar, como lo hizo en el dormitorio, cómo, en cambio, de las circunstancias el modo, como lo hizo a escondidas. Con qué auxilios, la circunstancia, la llama facultad, como con mucho ejército. De cuyos lugares, aunque la distinción es clara por la naturaleza de las circunstancias, nosotros, sin embargo, lo haremos más benévolamente si mostramos más abundantemente sus diferencias entre sí. Pues cuando de las circunstancias, M. Tulio ha puesto que unas son continentes con el negocio mismo, otras en la gestión del negocio. Y en las continentes con el negocio mismo enumeró aquel lugar que llamó mientras se hace, por la misma significación de la proferencia, este lugar, mientras se hace, parece ser el mismo que el que está en la gestión del negocio. Pero no es así, porque mientras se hace es aquello que se admite en ese tiempo mientras se perpetra el crimen, como golpeó. En la gestión del negocio, en cambio, están aquellas cosas que contienen antes del hecho, y mientras se hace, y después del hecho que se ha gestado. Pues en todas se inquiere tiempo, lugar, ocasión, modo, facultad. A su vez, mientras se hace es el hecho con el que se administró el negocio; las que están, por tanto, en la gestión del negocio, no son hechos, sino cosas adherentes al hecho. Pues nadie convendría en que el tiempo, la ocasión, el lugar, el modo, la facultad sean hechos, sino (como se ha dicho) son igualmente adherentes a cualquier hecho, y de ninguna manera lo abandonan, porque están sujetos por cierta relación a lo mismo que se ha gestado, el negocio. Asimismo, aquellas que están en la gestión del negocio pueden existir sin aquellas que son continentes con el negocio mismo. Pues puede entenderse tanto el lugar, como el tiempo, la ocasión, el modo y la facultad de cualquier hecho, aunque nadie lo haga, lo que podría hacerse en ese lugar, o tiempo, o ocasión, o modo, o facultad. Por tanto, aquellas que están en la gestión del negocio pueden existir sin aquellas que son continentes con el negocio mismo, pero aquellas no pueden existir sin estas. Pues el hecho no podrá ser fuera del lugar, tiempo, ocasión, modo y facultad, y estas cosas que consisten en los atributos de la persona y del negocio, como en los lugares dialécticos aquellas que se adhieren en ellos mismos, sobre los cuales se pregunta. Las restantes, en cambio, que o están adjuntas al negocio o siguen al negocio gestado, son tales cuales en los lugares dialécticos aquellas que según Temistio en parte siguen a la sustancia de la cosa, en parte son extrínsecas, en parte se ocupan en los medios; según Cicerón, en cambio, están numeradas entre los afectos, o puestas extrínsecamente. Pues están adjuntas al negocio, hacen fe igualmente a la cuestión, afectas de algún modo a aquello sobre lo que se pregunta, y mirando al negocio sobre el que se trata. Pues siete circunstancias han sido numeradas en los atributos de la persona o del negocio. Estas, cuando comienzan a compararse, y a venir como a una relación, si ciertamente se refiere a lo que contiene, o a lo que es contenido, se hace o especie, o género. Pero si se refiere a lo que dista más lejos de él, contrario; y si se refiere a su fin y salida, es evento. Del mismo modo también se comparan a mayores, menores e iguales. Y en absoluto tales lugares se consideran en aquellas cosas que son hacia algo, pues mayor y menor, o semejante, o igualmente grande, o dispar sucede a las circunstancias que han sido numeradas en los atributos del negocio y de la persona: de modo que mientras las circunstancias mismas se comparan a otras, se haga de ellas argumento del dicho o hecho que se arrastra a juicio. Difieren, sin embargo, de los superiores, porque los lugares superiores o contenían hechos, o se adherían a los hechos de tal modo que no pueden separarse, como lugar, tiempo y lo demás que no abandonan al negocio gestado; estas, en cambio, que están adjuntas al negocio no se adhieren al negocio mismo, sino que suceden a las circunstancias, y entonces prestan argumento cuando vienen a la comparación. Se toman los argumentos, sin embargo, no de la contrariedad, sino de lo contrario, y no de la semejanza, sino de lo semejante, para que aparezca que el argumento no se toma de la relación, sino de los adjuntos al negocio, y que esos son adjuntos al negocio, los cuales están afectos al negocio mismo sobre el que se trata. La consecuencia, en cambio, que es la cuarta parte de aquellas que han sido atribuidas a los negocios, ni está en las cosas mismas que no abandonan la sustancia de las cosas, ni se repite de la comparación, sino que o antecede a la cosa gestada, o también la sigue. Y este lugar entero es extrínseco: pues primero se inquiere en él qué es lo que se hizo, con qué nombre conviene llamarlo, en lo cual no se trabaja sobre la cosa, sino sobre el vocablo; quiénes después son los autores de ese hecho, y los comprobadores de la invención, y los rivales: eso todo fluye desde el juicio, y de algún modo desde el testimonio puesto extrínsecamente para subsidio del argumento; después también cuál es la ley, costumbre, pacto, juicio, sentencia, artificio de esa cosa. Después se pregunta si por su naturaleza suele ocurrir comúnmente, o insolentemente y raramente; si los hombres han solido comprobar y defender eso con su autoridad en estas cosas, y lo demás que suelen seguir a algún hecho similar inmediatamente o con intervalo, las cuales es necesario que, puestas extrínsecamente, tiendan más a la opinión que a la naturaleza misma de las cosas. Por tanto, en estas cuatro se puede dividir los atributos a los negocios, de modo que sean en parte continentes con el negocio mismo, que se ha dicho arriba que son hechos; en parte en la gestión del negocio, que hace tiempo mostramos que no son hechos, sino adherentes a los hechos; en parte adjuntos al negocio. Estos (como se ha dicho) en parte se ponen en relación, en parte siguen al negocio gestado, la fe de estos se toma extrínsecamente. Y sobre los lugares retóricos se ha dicho bastante: ahora hay que explicar cuál es su semejanza con los dialécticos, o cuál la diversidad, lo cual, cuando lo haya mostrado idónea y convenientemente, se cumplirá la intención de la obra propuesta. Primero, tanto que en los lugares dialécticos (como le place a Temistio) hay otros que se adhieren en ellos mismos sobre los que se pregunta, otros se asumen extrínsecamente, otros, en cambio, están situados en medio entre ambos: así también en los lugares retóricos, otros consisten en las personas y en el negocio, sobre los cuales se lucha desde la parte adversa, otros, en cambio, extrínsecamente, como estos que siguen al negocio gestado, otros, en cambio, medios. De los cuales, los más próximos al negocio son estos que se consideran de las circunstancias restantes en la gestión del negocio. Aquellos, en cambio, que se colocan en los adjuntos al negocio, ellos también están puestos entre los lugares medios, puesto que miran al negocio sobre el que se trata con cierta afección; o si alguien dijera que aquellas cosas que están atribuidas a las personas, o que son continentes con el negocio mismo, o que se consideran en la gestión del negocio, son semejantes a estos lugares que se traen en la dialéctica desde ellos mismos sobre los que se duda en la cuestión, pero ponga la consecuencia al negocio extrínsecamente, y constituya los adjuntos entre ambos. A la división de Cicerón, sin embargo, se hace semejante de este modo. Pues aquellas cosas que son continentes con el negocio mismo, o aquellas que se consideran en la gestión del negocio, se adhieren en ellos mismos sobre los que se pregunta; aquellas, en cambio, que están adjuntas, se ponen entre los afectos; pero aquellas que siguen al negocio gestado, están colocadas extrínsecamente. O si alguien pensara que aquellas cosas que son continentes con el negocio mismo se adhieren en ellos mismos, pero que los afectos son aquellos que están en la gestión del negocio o adjuntos al negocio, extrínsecamente, en cambio, aquellos que siguen al negocio gestado. Ya son claras aquellas comunidades, porque los lugares se ocupan casi en ambas facultades, como género, como parte, como semejanza, como contrario, como mayor y menor. Sobre las comunidades se ha dicho bastante. Las diferencias son que los dialécticos son aptos también para las tesis; los retóricos se asumen solo para las hipótesis, es decir, para las cuestiones informadas por circunstancias; pues así como las facultades mismas están distinguidas entre sí por universalidad y particularidad, así también sus lugares están discretos por amplitud y contracción. Pues el de los dialécticos es de mayor amplitud, y puesto que están fuera de las circunstancias, que hacen las causas singulares, no solo son útiles para las tesis, sino también para los argumentos que están puestos en las hipótesis, y cierran y abarcan sus lugares que consisten de las circunstancias. Por tanto, sucede que el retórico siempre sale de los lugares dialécticos, el dialéctico puede estar contento con los suyos. Pues el retórico, puesto que trata las causas desde las circunstancias, tomará los argumentos de las mismas circunstancias, los cuales es necesario que sean confirmados por los universales y simples, que son los dialécticos. El dialéctico, en cambio, que es anterior, no necesita del posterior, a menos que alguna vez haya ocurrido una cuestión de persona, como cuando, siendo incidente al dialéctico para probar su tesis una causa incluida en circunstancias, entonces finalmente utilice los lugares retóricos. Por tanto, en los lugares dialécticos, si así sucede, los argumentos se toman del género, es decir, de la naturaleza misma del género. Pero en los retóricos, de aquel género, que allí es el género sobre el que se trata, y no de la naturaleza del género, sino de la cosa del género, es decir, de la misma que es género. Pero para que progrese, la razón depende de esto, que la naturaleza del género ha sido precognocida antes: como si se dudara si alguien estuvo ebrio, se dirá, si quisiéramos refutar, que no lo estuvo, puesto que ninguna lujuria le precedió. Por eso, sin duda, porque como la lujuria es como un cierto género de la ebriedad, cuando no hubo lujuria, tampoco hubo ebriedad. Pero esto depende de otro. Pues cuando no hubo lujuria, la ebriedad no pudo ser. Se demuestra desde la naturaleza del género, lo cual suministra la razón dialéctica. Pues de donde el género está ausente, de allí también es necesario que la especie esté ausente, puesto que el género no deja a la especie; y sobre los semejantes, ciertamente, y sobre los contrarios del mismo modo, en los cuales hay la máxima disemejanza entre los lugares retóricos y dialécticos. Pues la dialéctica investiga los argumentos desde las cualidades mismas, la retórica desde las cosas que reciben la cualidad. Como el dialéctico desde el género, es decir, desde la naturaleza misma del género, el retórico desde aquella cosa que es género; el dialéctico desde la semejanza, el retórico desde lo semejante, es decir, desde aquella cosa que ha tomado la semejanza. Del mismo modo aquel desde la contrariedad, este desde el contrario. Por tanto, habiendo expedido todas las cosas que propusimos arriba, creo que debe añadirse aquello que M. Tulio editó en los Tópicos que publicó para C. Trebacio, perito en derecho, no disertó del modo en que se pueda disputar sobre ellos mismos, sino de cómo se deducirían los argumentos de la facultad retórica, lo cual hemos expedido más diligentemente en estos comentarios que han sido escritos por nosotros sobre los Tópicos del mismo Cicerón. De qué modo, en cambio, se dispute sobre estas razones dialécticas, ha sido expedido en estos comentarios que escribimos sobre los Tópicos de Aristóteles traducidos por nosotros.