De divisione
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Original / primary: Spanish Gemini
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Sobre la división
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Sobre la división
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Qué grandes frutos aporta a los estudiosos la ciencia de dividir, y cuán honrada ha sido siempre esta noción en la disciplina peripatética, lo enseña tanto el libro sobre la división editado por Andrónico, un anciano muy diligente, como este mismo libro, aprobado por Plotino, filósofo muy serio, y retomado por Porfirio en sus comentarios al libro de Platón que se titula Sofista, y por el mismo autor, mediante esta obra, se ha alabado la utilidad de la introducción a las Categorías. Pues dice que será necesaria la pericia del género, la especie, la diferencia, lo propio y el accidente, tanto por otras muchas razones como por la utilidad que es máxima al partir. Por tanto, puesto que su uso es máximo y su doctrina facilísima, yo también, transmitiendo esto a oídos romanos, como casi todo lo demás, lo he redactado a modo de introducción, habiendo realizado sobre el mismo asunto una exposición competente y sutil, y con moderada brevedad, para que no se infunda en la mente de los lectores la ansiedad de un discurso truncado y de sentencias imperfectas; ni piense el inexperto, rudo e insolente ante lo nuevo que la locuacidad superflua de estas cosas posee las mentes de los oyentes; ni que ninguna envidia —lo cual es arduo por naturaleza y desconocido para los nuestros, pero para nosotros, digerido con gran trabajo y utilidad para los lectores— lo oscurezca con los mordiscos oblicuos de la detracción; y den más bien camino a los estudios, ya sea perdonando, ya sea incluso aprobando, antes que poner freno a las buenas artes mientras repudian con impudente obstinación todo lo que es nuevo. Pues ¿quién no vería que el defecto de las buenas artes vale muchísimo si en la mente de los hombres nunca existiera la desesperación por desagradar? Pero baste esto hasta aquí. Ahora debe dividirse el nombre mismo de la división, y según cada vocablo deben transmitirse las propiedades y partes de cada propósito. Pues la división se dice de muchas maneras. Existe, en efecto, la división del género en especies. Existe, a su vez, la división cuando el todo se divide en sus partes propias. Existe otra, cuando una voz que significa muchas cosas recibe una sección en sus significaciones propias. Además de estas tres, existe otra división que se dice que se hace según el accidente. De esta, sin embargo, hay un triple modo: uno cuando separamos el sujeto en accidentes, otro cuando dividimos el accidente en sujetos, el tercero cuando cortamos el accidente en accidentes: esto sucede así si parece que ambos están presentes en el mismo sujeto. Pero deben añadirse ejemplos de todas estas, hasta que resplandezca la razón de toda esta división. Dividimos el género en especies cuando decimos que de los animales unos son racionales, otros irracionales; de los racionales, unos mortales, otros inmortales. O cuando decimos que de los colores unos son blancos, otros negros, otros intermedios. Es necesario, sin embargo, que toda división del género en especies se haga o en dos partes, o en más. Pero no pueden existir especies infinitas del género, ni menos de dos. Por qué sucede esto, debe demostrarse más adelante. El todo se divide en partes cuantas veces resolvemos cada cosa en aquello de lo que está compuesto, como cuando digo que de la casa una cosa es el techo, otra la pared, otra el cimiento, y que el hombre se une por alma y cuerpo. Y cuando decimos que las partes del hombre son Catón, Virgilio, Cicerón y cada uno de los que, aunque sean particulares, sin embargo unen y componen la fuerza del hombre total. Pues ni el hombre es género, ni los hombres individuales son especies, sino partes por las que se une el hombre total. La división de la voz en sus significaciones propias se hace cuantas veces se abre una voz que significa muchas cosas, y se muestra su pluralidad de significación, como cuando digo perro, que es un nombre, y designa a este cuadrúpedo ladrador, y al celestial que brilla enfermizo junto al pie de Orión. Existe también otro perro marino, que creciendo hasta una inmoderada magnitud corporal, es llamado azul. Pero el modo de esta división es doble. Pues o bien un nombre significa muchas cosas, o bien un discurso ya compuesto por nombres y verbos; y el nombre, ciertamente, significa muchas cosas, como lo que propuse arriba. El discurso, en cambio, designa muchas, como: "Digo que tú, hijo de Éaco, puedes vencer a los romanos". Y la división del nombre a través de sus significaciones propias se denomina partición de la equivocidad, mientras que la distribución del discurso en sus significaciones propias es la discreción de la ambigüedad, que los griegos llaman ἀμφιβολίαν, de modo que el nombre que significa muchas cosas se predique como equívoco; y el discurso que designa muchas, como anfibológico y ambiguo. De aquellas cosas que se dividen según el accidente, la división del sujeto en accidentes es, como cuando decimos que de todos los hombres unos son negros, otros blancos, otros de color intermedio. Pues estos son accidentes para los hombres, no especies de hombres, y el hombre es el sujeto para ellos, no el género de ellos. La sección del accidente en sujetos sucede, como es que de todas las cosas que se buscan, unas están situadas en el alma, otras en los cuerpos. Pues para el alma y para el cuerpo lo que se busca es un accidente, no un género, y estas no son especies del bien que está situado en el alma y en el cuerpo, sino sujetos. La división del accidente en accidentes es, como que de todos los blancos, unos son duros, como la perla, otros líquidos, como la leche. Pues el licor, la blancura y la dureza son aquí accidentes. Pero lo blanco ha sido separado en duros y líquidos. Cuando, por tanto, decimos así, separamos el accidente en otros accidentes, pero este tipo de división siempre se permuta recíprocamente en la otra. Pues podemos decir que de las cosas que son duras, unas son negras, otras blancas, y a su vez de las que son líquidas, unas son blancas, otras negras. Pero estas, a su vez, las dividimos convertidas: de las que son negras, unas son líquidas, otras duras, y de las que son blancas, unas líquidas, otras, en cambio, duras. Difiere, sin embargo, este tipo de división de todas las que se han dicho arriba. Pues ni podemos partir la significación en voces, cuando la voz se discierne en significaciones propias. Ni las partes se dividen en el todo, aunque el todo se separe en partes, ni las especies se cortan en géneros, aunque el género se divida en especies. Que lo que se dijo arriba de que esta división se hace así, si ambos acontecieran estar presentes en el mismo sujeto, es claro si se examina con atención. Pues cuando decimos que de las cosas que son duras unas son blancas, otras negras, como la piedra y el ébano, es manifiesto que en el ébano están presentes ambas, tanto la dureza como la negrura. En las demás también lo encontrará el lector diligente. A aquellos, sin embargo, por quienes se busca la suma operación de la verdad, les debe ser entendido primero cuál es la propiedad de todas estas a la vez, y por qué diferencias se segregan entre sí una a una. Pues toda división de la voz, del género y del todo se denomina división por sí misma. Las tres restantes, en cambio, se ponen en la distribución del accidente. Por sí misma, sin embargo, es la diferencia de este tipo de división. Pues difiere la división del género de la división de la voz, en que la voz, ciertamente, se separa en significaciones propias. El género, en cambio, no se disjunta en significaciones, sino en ciertas procreaciones de sí mismo de algún modo, y el género es siempre el todo de su especie propia, como más universal en la naturaleza. La equivocidad, en cambio, se dice más universal en la cosa significada, el todo en la voz, no también el todo en la naturaleza. También de aquel modo se divide de la distribución de la voz, en que no tienen nada en común excepto solo el nombre las cosas que están bajo esa voz. Las que, en cambio, se colocan bajo el género, reciben tanto el nombre del género como la definición. Además, tampoco es la misma la distribución de la voz entre todos. Pues lo que entre nosotros se llama perro, siendo sus muchas significaciones en la lengua romana, quizás se predica simplemente en la bárbara; cuando las cosas que entre nosotros se llaman con un solo nombre, ellos quizás las signifiquen con más nombres. La división y distribución del género permanece la misma entre todos. De donde resulta que la división de la voz pertenece a la posición y a la costumbre, la del género, en cambio, a la naturaleza. Pues lo que es lo mismo entre todos, es de la naturaleza. De la costumbre, en cambio, es lo que se permuta entre algunos. Y estas, ciertamente, son las diferencias del género, de la distribución y de la voz. También la sección del género se separa de la distribución del todo, porque la división del todo se hace según la cantidad. Pues las partes que unen toda la sustancia se separan en acto, o por la razón del ánimo y el pensamiento. La distribución del género, en cambio, se perfecciona por la cualidad. Pues cuando haya colocado al hombre bajo el animal, entonces se ha hecho la división por cualidad. Pues qué clase de animal es el hombre, por eso mismo porque se forma por la cualidad. De donde, respondiendo qué clase de animal es el hombre, o responderá racional, o ciertamente mortal. Además, todo género es naturalmente anterior a sus especies propias, el todo, en cambio, es posterior a sus partes propias. Las partes que unen el todo anteceden a la perfección de su compuesto, unas solo por naturaleza, otras también por razón de tiempo. De donde resulta que resolvemos el género en lo posterior, el todo, en cambio, en lo anterior. De aquí también se dice verdaderamente aquello: si el género se destruye, inmediatamente perecen las especies. Si la especie ha sido destruida, el género no destruido consiste en la naturaleza. Lo contrario sucede en el todo. Pues si perece una parte del todo, no existirá el todo, cuya parte una haya sido destruida. Pero si el todo perece, las partes permanecen distribuidas, como si alguien hubiera quitado el techo de una casa íntegra, interrumpió el todo que antes fue. Pero destruido el techo, las paredes y los cimientos consistirán. Además, también el género es materia para las especies. Pues así como el bronce, recibida la forma, pasa a estatua, así el género, recibida la diferencia, pasa a especie. La multitud de las partes del todo, en cambio, es materia, la forma, en cambio, es la composición de esas mismas partes. Pues así como la especie consiste del género y la diferencia, así el todo consiste de las partes, de donde resulta que el todo difiere de cada una de sus partes por la composición misma de las partes, la especie, en cambio, del género, por la conjunción de la diferencia. Además, también la especie es siempre lo mismo que el género, como el hombre es lo mismo que el animal, y la virtud es lo mismo que el hábito. La parte, en cambio, no siempre es lo mismo que el todo. Pues ni la mano es lo mismo que el hombre, ni la pared lo mismo que la casa. Y en estas, ciertamente, que tienen partes disímiles, esto es claro. Pero no del mismo modo en las que son similares, como en una varilla de bronce, cuyas partes, porque son continuas y son del mismo bronce, parecen ser lo mismo las partes que el todo, pero falsamente, pues quizás son lo mismo las partes en cuanto a tal sustancia, no también en cuanto a cantidad. Resta, sin embargo, dar las diferencias de la distribución de la voz y del todo. Difieren, sin embargo, en que el todo, ciertamente, consiste de partes, la voz, en cambio, no consiste de aquellas cosas que significa; y la división del todo se hace, ciertamente, en partes, la de la voz, en cambio, no se hace en partes, sino en aquellas cosas que la voz misma significa: de donde resulta que, eliminada una parte, el todo perece, eliminada una cosa que la voz significa significando muchas, esa voz permanece. Ahora, pues, puesto que se han dicho las diferencias de la división por sí misma, trátese la distribución del género. Primero debe definirse qué es el género. El género es lo que se predica de muchos que difieren en especie en lo que es, la especie, en cambio, es lo que colocamos bajo el género. La diferencia, porque proponemos que una cosa dista de otra. Y es, ciertamente, género aquello que conviene responder al que pregunta qué es cada cosa, diferencia aquello que se responde rectísimamente a la pregunta de qué clase. Pues cuando alguien pregunta: ¿qué es el hombre?, rectamente animal. ¿Qué clase es el hombre?, convenientemente se responde racional. Se divide, sin embargo, el género a veces en especies, a veces en diferencias, si las especies en las que es necesario que el género se divida carecen de nombres, como cuando digo que de los animales unos son racionales, otros irracionales. Racional e irracional son diferencias. Pero puesto que de esta especie que es animal racional no hay un solo nombre, por eso ponemos la diferencia en lugar de la especie, y la acoplamos al género superior, pues toda diferencia que viene al género propio hace una especie. De donde resulta que cierta materia es género, forma la diferencia. Cuando, sin embargo, la especie se llama por nombres propios, no se hace la división recta del género en diferencias, sino en especies, de donde es que la definición se recoja de muchos términos. Pues si todas las especies se llamaran por sus nombres, de dos solos términos se haría toda definición, como cuando digo: ¿qué es el hombre?, ¿qué necesidad tendría yo de decir animal racional mortal, si animal racional fuera llamado por nombre propio, cuando unido también a la diferencia restante, es decir, mortal, completaría la definición del hombre con la razón más verdadera y con una conclusión íntegra? Ahora, sin embargo, para las definiciones íntegras de las especies es necesaria la división, y quizás en lo mismo versa la razón de la división y de la definición. Pues unidas las divisiones se compone una definición. Pero puesto que unas cosas son equívocas, otras unívocas, y las que son unívocas, esas mismas las recibimos en las secciones de los géneros, las que, en cambio, son equívocas, en estas la división es solo de la significación, debe verse primero qué es equívoco, qué unívoco, para que, cuando estos hayan engañado, no resolvamos el nombre equívoco como en especies, así en significativas, de donde resulta que de nuevo es necesaria la definición para la división. Pues qué es equívoco, qué unívoco lo recogemos por definición. Son, sin embargo, las diferencias unas por sí mismas, otras, en cambio, por accidente; y de estas unas son consecuentes inmediatamente, otras abandonan inmediatamente. Las que abandonan son de este tipo, como dormir, estar sentado, estar de pie, estar despierto; las consecuentes, en cambio, como cabellos rizados, si no han sido admitidos por el calamistro, y ojos glaucos, si no están turbados por alguna debilidad extrínseca. Pero estas no deben tomarse para la división del género. Ni son cómodas para las definiciones, pues todo lo que es apto para la división del género, lo mismo lo congregamos rectísimamente para las definiciones. Aquellas, en cambio, que son por sí mismas, solo ellas son aptas para la división del género. Pues estas informan y perfeccionan la sustancia de cada uno, como la racionalidad y la mortalidad del hombre. Pero estas, cómo podamos probar si son de aquel género de las que abandonan inmediatamente, o de las consecuentes, o de las que permanecen en la sustancia, debe verse de este modo. Pues no basta saber cuáles tomamos en la división, si no se conoce también cómo reconozcamos rectísimamente las mismas que deben tomarse y las que deben rechazarse. Debe verse, por tanto, primero si la diferencia propuesta puede estar presente en todo y siempre en el sujeto; lo cual si se separa ya sea en acto o por razón, esta debe separarse de la división del género. Pues si a menudo se separan en acto y por razón, son de aquel género que abandonan inmediatamente, como estar sentado, que más frecuentemente, ciertamente, se separa, y se divide del sujeto en el acto mismo. Las que, en cambio, se separan del sujeto solo por razón, esas son de las diferencias consecuentes, como el ser de ojos glaucos lo separamos del sujeto por razón, como cuando digo: es un animal de ojos glaucos, como cualquier hombre; que si este no fuera de este tipo, ninguna cosa le prohibiría ser hombre. Otra cosa, a su vez, es lo que no puede separarse por razón, que si fuera separado, la especie se destruiría, como cuando decimos que está presente en el hombre que solo él pueda contar, o aprender geometría; que si esta posibilidad se separa del hombre, el hombre mismo no permanece. Pero estas no son inmediatamente de aquellas diferencias que están presentes en la sustancia. Pues no por eso es hombre, porque puede hacer estas cosas, sino porque es racional y mortal. Estas, por tanto, diferencias por las que consiste la especie, ellas mismas se colocan tanto en la definición de la especie, como la del hombre, como en la división de su género, que contiene la especie, como el hombre mismo; y universalmente debe decirse que cualesquiera diferencias sean de este tipo, de modo que no solo no pueda haber especies fuera de estas, sino que por ellas solas sea, estas deben tomarse o en la división del género, o en la definición de la especie. Puesto que, sin embargo, hay algunas que difieren, que no deben ponerse contra sí mismas en las divisiones, como en el animal racional y bípedo, pues nadie dice que de los animales unos son racionales, otros tienen dos pies, por eso porque racional y bípedo, aunque difieran, ninguna oposición, sin embargo, los disjunta entre sí. Consta que cualesquiera que difieren entre sí por alguna oposición, solo esas diferencias puestas bajo el género puede el género mismo disjuntarlas. Son, sin embargo, las oposiciones cuatro, o como contrarias, como el bien al mal; o como hábito y privación, como la vista y la ceguera. Aunque hay también algunas cosas en las que hay dificultad para discernir si deben colocarse en las contrarias o en la privación y el hábito, como son el movimiento, el reposo, la salud, la enfermedad, la vigilia, el sueño, la luz, las tinieblas. Pero estas en otra ocasión, ahora debe hablarse de las oposiciones restantes. La tercera oposición es la que es según la afirmación y la negación, como Sócrates vive, Sócrates no vive. La cuarta según la relación, como padre, hijo, señor, siervo. Según cuáles, por tanto, de estas cuatro oposiciones se haga la división del género, debe mostrarse con la razón más recta. Pues es manifiesto que tanto las oposiciones son cuatro, como que los géneros y las especies se separan por los opuestos. Ahora, pues, debe decirse según qué oposición de estas cuatro o cómo conviene que la especie se disjunte del género, y la primera, ciertamente, sea la oposición de contradicción. Llamo, sin embargo, oposición de contradicción a la que se propone por afirmación y negación. En esta, por tanto, la negación por sí misma no hace ninguna especie. Pues cuando digo hombre, o caballo, o algo de este tipo, son especies. Cualquier cosa, sin embargo, que alguien profiera por negación no declara una especie. Pues no ser hombre no es una especie; pues toda especie constituye el ser. La negación, en cambio, cualquier cosa que propone la disjunta de aquello que es ser, como cuando digo hombre, como si hubiera dicho algo. Cuando, en cambio, no hombre, destruí la sustancia del hombre por negación. Así, por tanto, la división del género en especies carece por sí misma de negación. Es necesario, sin embargo, a menudo componer la especie por negación, cuando aquello que queremos asignar como especie con un nombre simple no se llama con ningún vocablo, como cuando digo: de los números impares unos son primos, como tres, cinco, siete; otros no primos, como nueve: y a su vez de las figuras unas son rectísimas, y de los colores unos son blancos, otros negros, otros ni blancos ni negros. Por tanto, cuando no se ha puesto un nombre a las especies, es necesario proferirlas por negación. Esto, por tanto, lo obliga a veces la necesidad, no la naturaleza. Y por eso, cuantas veces hacemos la sección por negación, primero debe decirse o la afirmación, o el nombre simple, como es de los números: unos son primos, otros no primos. Pues si primero se dice la negación, se hace más lento el intelecto de aquella cosa que proponemos. Pues cuando primero dices que hay algunos números primos, cuando hayas enseñado cuáles son primos por ejemplo o definición, cuáles no son primos, pronto el oyente lo entiende. Si, en cambio, hicieras lo contrario, o no conocerás ninguno de repente, o conocerás ambos más lentamente. La división, en verdad, que ha sido hallada por la naturaleza más abierta del género, debe conducir más bien a lo más inteligible. Además, también es anterior la afirmación, posterior, en cambio, la negación. Lo que es primero, en la división también debe ordenarse primeramente. Es necesario también que siempre lo finito sea anterior a lo infinito, como lo igual a lo desigual, la virtud a los vicios, lo cierto a lo incierto, lo estable y fijo a lo inestable y mutable. Pero todas las cosas que se profieren o por una parte definida del discurso o por afirmación, son más finitas que o el nombre con una partícula negativa, o toda la negación. Por tanto, la división debe hacerse por lo finito más bien que por lo infinito. Pero si a alguien se le prepara por esto alguna ansiedad o son quizás más oscuros de lo que él desea, nada para mí que prometo una cognición fácil. Pues no proponemos que estas cosas sean leídas y aprendidas por los rudos de toda la técnica, sino por los imbuidos y que han progresado casi hasta un lugar ulterior. Quién, sin embargo, sea el orden de esta obra, es decir, dialéctica, cuando debía hablarte sobre el orden de la disciplina peripatética, lo expuse diligentemente. Estas cosas, ciertamente, se han dicho sobre la oposición que constituye la afirmación y la negación. Aquella, en cambio, que se hace según el hábito y la privación, ella también parece ser semejante a la superior. Pues la privación niega de algún modo el hábito, pero difiere en que la negación puede ser siempre, ciertamente, la privación, en cambio, no siempre, sino entonces cuando es posible tener el hábito; esto, en verdad, ya nos lo enseñaron las categorías. Por tanto, se entiende que la privación es una cierta forma. Pues no solo priva, sino que también dispone a cada uno privado en torno a sí mismo. Pues ni la ceguera priva al ojo solo de luz, sino que ella misma también dispone al privado de luz según sí misma; pues el ciego se dice de algún modo como dispuesto y afectado hacia la privación, esto también lo atestigua Aristóteles en la Física. De donde resulta que usamos frecuentemente la diferencia de privación para la división del género. Pero aquí también debe hacerse del mismo modo que en la contradicción. Pues primero debe ponerse el hábito que es semejante a la afirmación, después, en cambio, la privación que a la negación. Algunas veces, sin embargo, ciertas privaciones se profieren con el vocablo de hábito, como huérfano, ciego, viudo. Algunas veces con la partícula de privación, como cuando decimos finito infinito, igual desigual. Pero en estas, igual y finito deben ponerse primero en la división, las privaciones, en cambio, segundas. Y sobre la oposición de privación y hábito baste con lo dicho. De la oposición de los contrarios, en cambio, se duda quizás si parece ser según la privación y el hábito, como blanco y negro, o si lo blanco es ciertamente privación de lo negro, y lo negro de lo blanco. Pero esto en otra ocasión. Ahora, sin embargo, debe tratarse como si fuera otro género de oposición, tal como está dispuesto en las categorías por el mismo Aristóteles. En los contrarios, sin embargo, hay mucha división de los géneros. Pues casi todas las diferencias las deducimos en contrarios. Pero puesto que de los contrarios unos carecen de medio, otros son mediados, así también debe hacerse la división, como de los colores, unos son negros, otros son blancos, otros neutros. Se haría, sin embargo, toda definición y toda división por dos términos, si (como se dijo arriba) la indigencia que a menudo existe en el nombre no lo prohibiera. De qué modo ambas se harían por dos términos, será manifiesto de este modo: pues cuando decimos que de los animales unos son racionales, otros irracionales, animal racional tiende a la definición del hombre. Pero puesto que de animal racional no hay un solo nombre, pongámosle el nombre de letra a. A su vez, de la letra a, que es animal racional, unos son mortales, otros inmortales. Queriendo, por tanto, dar la definición del hombre diremos: el hombre es a mortal. Pues si la definición del hombre es animal racional mortal, y animal racional se significa por la letra a, lo mismo siente a mortal como si se dijera animal racional mortal, pues a (como se dijo) significa animal racional. Así, por tanto, por la letra a y mortal se hizo la definición del hombre por dos términos. Que si se encontraran nombres también en todas las cosas, siempre se haría toda la definición por dos términos. La división también, puestos los nombres, puesto que siempre se corta en dos términos, es manifiesto, si alguien impone nombre al género y a la diferencia cuando falta, como cuando decimos: de las figuras unas son triláteras, otras son equiláteras, otras teniendo dos lados iguales, otras son totalmente desiguales. Esta triple división, por tanto, si se profiriera, se haría doble. De las figuras que son triláteras, unas son iguales, otras desiguales. De las desiguales, unas tienen solo dos lados iguales, otras tres desiguales, es decir, todas, y cuando decimos de todas las cosas, unas son buenas, otras son malas, otras indiferentes, que ciertamente no son ni buenas ni malas, y si se dijera así, resultaría una división gemela. De todas las cosas unas son diferentes, otras indiferentes. De las diferentes unas son buenas, otras malas. Así, por tanto, toda división se cortaría en gemela, si no faltaran vocablos a las especies y a las diferencias. La cuarta oposición, sin embargo, dijimos que es la que es según lo relativo, como padre, hijo, señor, siervo, doble, medio, sensible, sentido. Estas, por tanto, no tienen ninguna diferencia sustancial por la que discrepen entre sí, más bien tienen una cognación de este tipo por la que se refieren recíprocamente, y sin sí mismas no pueden ser. No debe hacerse, por tanto, la división del género en partes relativas, sino que toda sección de este tipo debe separarse del género. Pues ni siervo ni señor es especie del hombre, ni medio o doble del número. Puesto que, por tanto, hay cuatro diferencias de oposiciones de afirmación y negación, si no es necesario, siempre, sin embargo, debe rechazarse la división de la relación, y deben tomarse las de privación y hábito, y las de los contrarios. Máximamente, sin embargo, la contrariedad debe ponerse en las diferencias, y no menos también la privación, por eso porque algo parece oponerse contra el hábito contrario, como es finito e infinito. Aunque, en efecto, la privación sea infinito, sin embargo, se forma por la imaginación de lo contrario. Pues es una cierta forma (como se dijo). Digno, sin duda, de investigación es si los géneros se dividen rectamente en especies o en diferencias. Pues la definición de la división es la distribución del género en especies próximas. Es necesario, por tanto, según la naturaleza de la división y según la definición, que la disgregación del género se haga siempre en especies propias. Pero esto a veces no puede hacerse por la causa que arriba dimos. Pues muchas especies no tienen nombres. Y por eso, puesto que unos son géneros primeros, otros últimos, otros medios, primero, ciertamente, como sustancia, último como animal, medio como cuerpo, pues el cuerpo es género del animal, la sustancia del cuerpo. Pero así como tampoco sobre la sustancia puede encontrarse nada que valga en lugar de género, así tampoco bajo el animal, pues el hombre es especie, no género. Por lo cual parecerá más antigua la división de la especie, si no hay indigencia de nombres, que si no abundamos en todas estas, conviene separar los géneros primeros hasta los últimos en diferencias. Esto, sin embargo, se hace de este modo, que primero disgreguemos el género en sus diferencias, no en las del posterior; y a su vez el posterior en las suyas, pero no en las del posterior. Pues no son las mismas las diferencias del cuerpo que las del animal. Si alguien, en efecto, dijera: de la sustancia una cosa es corporal, otra incorporal, habrá hecho rectamente la división, pues estas diferencias son propias de la sustancia. Si alguien, en verdad, dijera así: de las sustancias unas son animadas, otras inanimadas, este no segregó rectamente las diferencias de las sustancias. Pues estas son las diferencias del cuerpo, no de la sustancia, es decir, del segundo género, no del primero. Por lo cual es manifiesto que la división de los géneros primeros debe hacerse según las diferencias propias, no según las del género posterior. Cuantas veces, sin embargo, el género se resuelve o en diferencias o en especies, después de hecha la división, pronto deben añadirse las definiciones o los ejemplos. Pero si alguien no abunda en definiciones, basta añadir ejemplos, como cuando decimos: de los cuerpos unos son animales, añadamos, como hombres o fieras; otros inanimados, como piedras. Es necesario, sin embargo, que la división también, como el término, no sea ni disminuida ni superflua. Pues ni deben ponerse más especies que las que están bajo el género, ni menos, para que la división, como el término, se convierta en sí misma. Pues el término se convierte así: la virtud es el hábito óptimo de la mente; a su vez, el hábito óptimo de la mente es la virtud. Así también la división, todo género será algo de aquellas cosas que son, la especie es el género propio; a su vez, cualquier especie es el género propio. Se hace, sin embargo, la división del mismo género de múltiples maneras, como de todos los cuerpos, y cualesquiera que son de alguna magnitud. Pues así como distribuimos el círculo en semicírculos, y en aquellos que los griegos llaman τομεῖς, nosotros podemos decir divisiones, y separamos el tetrágono, a veces trazada por el ángulo, por el diámetro en triángulos, a veces en paralelogramos, a veces en tetrágonos. Así también el género, como cuando decimos: de los números unos son pares, otros impares, y a su vez otros primos, otros no primos; y de los triángulos unos son equiláteros, otros teniendo solo dos lados iguales, otros totalmente desiguales en lados, y a su vez de los triángulos unos son rectángulos, otros teniendo tres ángulos agudos, otros de uno obtuso. Así, por tanto, sea múltiple la división de un género. Aquello, sin embargo, es utilísimo saber, puesto que el género es de algún modo una semejanza de muchas especies, que muestre la conveniencia sustancial de todas ellas, y por eso el género es colectivo de muchas especies. Las especies, en cambio, de un género son disyuntivas las cuales, puesto que se informan por diferencias (como se dijo), por eso bajo un género no pueden ser menos de dos especies, pues toda diferencia consiste en la pluralidad de los que difieren. Pero sobre la división del género y de la especie se han dicho muchísimas cosas. A los que insisten en este camino, por tanto, se abre una facultad más pronta a través de la división del género para la definición de la especie. Es necesario, sin embargo, no solo aprender qué diferencias tomamos para la definición, sino abarcar el arte de la definición misma con una cognición diligentísima. Y aquello, ciertamente, si alguna definición puede demostrarse, y cómo puede encontrarse por demostración, y cualesquiera cosas que sobre ella han sido tratadas más sutilmente por Aristóteles en los Analíticos posteriores, las omitiré. Solo seguiré la regla de definir. Pues de las cosas unas son superiores, otras inferiores, otras medias. Ninguna definición abarca las superiores, por eso porque no pueden encontrarse géneros superiores a ellas. Además, las inferiores, como son los individuos, ellas también carecen de diferencias específicas. Por lo cual ellas también han sido excluidas de la definición. Las medias, por tanto, que tienen géneros y se predican de otras cosas, o de géneros, o de especies, o de individuos, pueden caer bajo la definición. Dada, por tanto, una especie de este tipo que tenga género y se predique de los posteriores, primero tomo su género, y divido las diferencias de aquel género, y añado la diferencia al género, y veo si aquella diferencia unida con el género puede ser igual a aquella especie que emprendí circunscribir con la definición; que si fuera menor la especie, aquella diferencia que hace poco habíamos puesto con el género la ponemos como género, y la separamos en sus otras diferencias, y a su vez unimos estas dos diferencias al género superior; y si igualó a la especie, se dirá que es la definición de la especie; si fuera menos, separamos la segunda diferencia a su vez en otras. Las cuales todas unimos con el género, y a su vez especulamos si todas las diferencias con el género son iguales a aquella especie que se define, y finalmente distribuimos las diferencias en diferencias tantas veces hasta que todas unidas al género describan la especie con una definición igual. Ejemplos, sin embargo, harán más clara la noción de esta cosa de este modo: Si nos es propuesto definir el nombre, el vocablo de nombre se predica de muchos nombres, y de algún modo es una especie que contiene bajo sí individuos. Defino, por tanto, el nombre así: tomo su género que es voz, y divido: de las voces unas son significativas, otras, en cambio, mínimamente; la voz no significativa nada al nombre, pues el nombre significa. Tomo, por tanto, la diferencia que es significativa, y la uno con el género, es decir, con la voz, y digo voz significativa, y entonces miro si este género y la diferencia son iguales al nombre. Pero todavía no son iguales, pues puede ser voz significativa y no ser nombre. Pues hay ciertas voces que designan dolor, otras que las pasiones del ánimo naturalmente, que no son nombres, como las interjecciones. A su vez, la voz significativa misma la divido en otras diferencias: de las voces significativas unas son según la posición de los hombres, otras naturalmente, y la voz que significa naturalmente nada al nombre, la voz, en cambio, que significa según la posición de los hombres conviene al nombre. Por lo cual uno estas dos diferencias, significativa y según la posición, con la voz, es decir, con el género, y digo: el nombre es voz significativa según el placer. Pero a su vez no se me iguala al nombre. Pues también los verbos son voces significativas y según la posición. Por tanto, no es la definición solo del nombre. Distribuyo de nuevo la diferencia que es según la posición, y digo: según la posición de las voces significativas unas son con tiempo, otras sin tiempo, y la diferencia, ciertamente, con tiempo no se une al nombre, por eso porque es de los verbos consignificar tiempos, de los nombres, en cambio, mínimamente. Resta, por tanto, que convenga aquella diferencia que es sin tiempo. Uno, por tanto, estas tres diferencias al género, y digo: el nombre es voz significativa a placer sin tiempo. Pero a su vez no me ocurre la conclusión plena de la definición, pues puede ser voz significativa, y según la posición y sin tiempo, y no ser nombre uno, sino nombres unidos que es discurso, como Sócrates con Platón y sus discípulos, pero aunque sea imperfecto, ciertamente, este discurso, sin embargo, es discurso. Por lo cual la última diferencia que es sin tiempo debe dividirse con otras diferencias también, y diremos: de las voces significativas según la posición sin tiempo unas son cuya parte fuera significa algo, esto pertenece al discurso, otras cuya parte fuera no significa nada, esto pertenece al nombre. Pues la parte del nombre nada designa fuera. Se hace, por tanto, la definición así: el nombre es voz significativa según placer sin tiempo, cuya ninguna parte separada significa fuera. ¿Ves, por tanto, qué recta definición se ha constituido? Pues porque dije voz, separé el nombre de los demás sonidos; porque añadí significativa, separé el nombre de las voces no significativas; porque según placer y sin tiempo, la propiedad del nombre fue disjunta de las voces que significan naturalmente y de los verbos; porque propuse que sus partes fuera no significan nada, lo separé del discurso, cuyas partes separadas significan algo fuera: de donde resulta que cualquier nombre que sea, se encierre en aquella definición, y dondequiera que se adapte este discurso de definición, no dudes que eso es nombre. Aquello también debe decirse, que el género en la división es el todo, en la definición es parte, y así la definición es como si las partes unieran un cierto todo, y así la división es como si el todo se resolviera en partes, y la división del género es semejante a la división del todo, la definición a la composición del todo. Pues en la división del género el animal es el todo del hombre. Pues dentro de sí comprende al hombre. En la definición, en cambio, es parte, pues el género con otras diferencias unidas compone la especie, como cuando digo de los animales unos son racionales, otros irracionales, y a su vez de los racionales unos son mortales, otros inmortales, animal racional es el todo, y a su vez racional mortal, y estas tres son del hombre. Si, en verdad, en la definición dijera: el hombre es animal racional mortal, estas tres cosas unen un solo hombre. Por lo cual se encuentra parte del hombre mismo, tanto el género como la diferencia. Así, por tanto, en la división el género es el todo, la especie parte. Del mismo modo también las diferencias son el todo, las especies en las que aquellas se dividen son las partes. En la definición, en cambio, tanto el género como las diferencias son partes. La especie definida, el todo; pero baste esto hasta aquí. Ahora hablemos de aquella división que es del todo en partes. Pues esta era la segunda división después de la división del género. Pues lo que decimos todo, lo significamos de múltiples maneras. Pues todo es lo que es continuo, como cuerpo o línea, o algo de este tipo. Decimos también todo lo que no es continuo, como todo el rebaño, o todo el pueblo, o todo el ejército. Decimos también todo lo que es universal, como hombre o caballo. Pues estos son todos de sus partes, es decir, de los hombres o de los caballos, de donde también llamamos a cada uno hombre particular. Se dice también todo lo que consiste de ciertas virtudes, como del alma una es la potencia de saber, otra de sentir, otra de vegetar: son partes, pero no especies. Tantas maneras, por tanto, como se dice todo, debe hacerse la división del todo, primero, ciertamente, si fuera continuo, en aquellas partes de las cuales se percibe que consiste el todo mismo. Pues de otra manera no se hace la división. Pues dividirás el cuerpo del hombre así en sus partes, en cabeza, manos, tórax y pies, y si de algún otro modo según las partes propias se hace la división recta. De los cuales, sin embargo, es múltiple la composición, múltiple también es la división, como el animal se separa, ciertamente, en partes aquellas que tienen partes similares a sí mismas, en carnes y huesos, a su vez en aquellas que no tienen partes similares a sí mismas, en manos y pies. Del mismo modo también el barco y la casa. También resolvemos el libro en versos, y estos en sermones, estos, en cambio, en sílabas, las sílabas en letras. Así sucede que las sílabas y las letras, y los nombres, y los versos, parecen ser ciertas partes de todo el libro, de otro modo, sin embargo, aceptadas, no son partes del todo, sino partes de las partes. Es necesario, sin embargo, no especular todo como si dividiera en acto, sino como por ánimo y razón, como dividimos el vino mezclado con agua en vinos mezclados con agua, esto en acto; dividimos también en vino y agua, de los cuales está mezclado, esto por razón, pues estas cosas ya mezcladas no pueden separarse en acto. Se hace, sin embargo, la división del todo en materia y forma. Pues de otra manera consiste la estatua de sus partes, de otra de materia y forma, es decir, de bronce y especie. Similarmente, sin embargo, también deben dividirse aquellos todos que no son continuos, del mismo modo también aquellos que son universales, como de los hombres unos están en Europa, otros en África, otros en Asia. De aquel todo también que consiste de virtudes, de este modo debe hacerse la división. Del alma una parte está en los arbustos, otra en los animales, y a su vez de la que está en los animales, una es racional, otra es sensible. Y a su vez estas se disipan en otras divisiones. Pero el alma no es género de estas, sino todo, pues estas son partes del alma, pero no como en cantidad, sino como en alguna potestad y virtud. Pues de estas potencias se une la sustancia del alma; de donde resulta que una división de este tipo tiene algo semejante, tanto de la división del género como de la del todo. Pues que cualquier parte de la cual sea, su predicación sigue a esa alma, se refiere a la división del género, cuya especie dondequiera que esté, la sigue pronto el género; lo que, en cambio, no toda alma se une a todas las partes, sino a unas otras, esto es necesario referirlo a la naturaleza del todo. Resta, por tanto, que tratemos sobre la división de la voz en significaciones. Se hace, sin embargo, la división de la voz de tres modos. Pues se divide en significaciones múltiples, como equívoca o ambigua. Pues un nombre significa muchas cosas, como perro. A su vez un discurso muchas, como cuando digo que los griegos vencieron a los troyanos. De otro modo, en cambio, según el modo, pues estas no significan muchas cosas, sino de muchas maneras, como cuando decimos infinito, significa, ciertamente, una cosa, cuyo término no pueda encontrarse. Pero esto lo decimos o según la medida, o según la multitud, o según la especie: según la medida, como es que el mundo es infinito, pues por magnitud decimos infinito; según la multitud, como es que la división de los cuerpos es infinita, pues significamos una multitud infinita de divisiones. A su vez según la especie, como decimos que las figuras son infinitas, pues son infinitas las especies de las figuras. Decimos también infinito algo según el tiempo, como decimos que el mundo es infinito, cuyo término según el tiempo no pueda encontrarse. Del mismo modo también decimos que Dios es infinito, cuyo término de la vida suprema no pueda encontrarse según el tiempo. Así, por tanto, esta voz no significa muchas cosas por sí misma, sino que se predica de muchas maneras sobre cada una, significando ella, sin embargo, una sola, otro, en cambio, es el modo según la determinación. Cuantas veces, en efecto, se dice cualquier voz sin determinación, hace duda en el intelecto, como es hombre, pues esta voz significa muchas cosas. Pues ninguna inteligencia del oyente concluida por definición es arrastrada por muchos flujos, y traducida por errores. Pues ¿qué entiende cada oyente, donde aquello que dice hablando no lo concluye con ninguna determinación? Pues a menos que alguien defina así diciendo: "Todo hombre camina", o ciertamente "cierto hombre camina", y con este nombre si así sucede lo designe, el intelecto del oyente no tiene lo que entienda racionalmente. Hay también otras determinaciones, como si alguien dijera: "que me dé", lo que debe dar nadie lo entiende a menos que se añada el intelecto y la cierta razón de la determinación, o si alguien dijera: "ven a mí", a dónde venga o cuándo venga a menos que por determinación no se conoce. Es, sin embargo, todo ambiguo dudable, no todo, sin embargo, dudable es ambiguo. Pues estas cosas que se han dicho son dudables, ciertamente, no, sin embargo, ambiguas. Pues en las ambiguas ambos el oyente se arbitra a sí mismo haber entendido racionalmente, como cuando alguien dice: "oigo que los griegos vencieron a los troyanos", uno piensa que los griegos vencieron a los troyanos, otro que los troyanos a los griegos, y esto ambos lo entienden racionalmente por los sermones del que dice esto mismo. Cuando, en cambio, digo: "dame", lo que debas dar nadie lo entiende racionalmente por los sermones mismos el oyente. Pues lo que yo no dije, él más bien sospechará que ver perspicazmente por alguna razón aquello que no ha sido proferido antes. Tantas maneras, por tanto, como se hace la división de la voz, o por significancias, o por el modo de las significaciones, o por las determinaciones, en aquellas que se dividen según la significancia, no solo deben dividirse las significaciones, sino también debe demostrarse por definición que son cosas diversas las que se significan. Pues Aristóteles enseñó diligentemente estas cosas en los Tópicos, como en aquellas cosas que se dicen buenas, unas son buenas, como aquellas que retienen la cualidad del bien, otras que ellas mismas, ciertamente, no se dicen por ninguna cualidad, sino porque hacen una cosa buena, por eso se dicen buenas. Es necesario, sin embargo, ejercitar máximamente este arte, como el mismo Aristóteles dice, contra las importunidades sofísticas. Pues si no hay ninguna cosa sujeta que la voz signifique, no se dice que sea designativa; si, en verdad, es una cosa la que la voz significa, se dice simple; que si muchas, múltiple, es decir, que significa muchas cosas. Deben dividirse, por tanto, estas rectamente, para que no seamos atrapados en algún silogismo. Si, en verdad, el discurso es anfibológico, es decir, sucede ambiguo, como algunas veces son posibles de ambos modos las cosas que se significan, como aquello que dije arriba, pues pudo suceder que los griegos vencieran a los troyanos, y los troyanos superaran a los griegos: hay, en verdad, otras cosas que son imposibles, como cuando digo que el hombre come pan, significa, ciertamente, que el hombre come pan, a su vez que el pan al hombre, pero esto es imposible; por tanto, cuantas veces se llega a la contención, deben dividirse las posibles y las imposibles. Cuantas veces a la verdad, deben decirse solo las posibles, deben dejarse las imposibles. Puesto que son muchas las especies de las voces que significan muchas cosas, por tanto debe decirse que unas tienen la significación de la multiplicidad en la partícula, otras en todo el discurso. Y de aquellas que tienen en la partícula, la parte misma se dice equívoca. Todo el discurso mismo, en cambio, es múltiple según la equivocidad. Aquella, en verdad, que retiene la multiplicidad de la significación en todo el discurso (como se dijo arriba) se denomina ambigua. Se dividen, sin embargo, las significaciones de los equívocos o según la equivocidad de los discursos o por definición, como cuando digo: "el hombre vive", se entiende tanto el verdadero como el pintado. Se divide, sin embargo, de este modo: "el animal racional mortal vive", lo cual es verdadero; "la simulación del animal, racional, mortal, vive", lo cual es falso. Se divide también por cualquier adición que determine, o del género, o del caso, o de algún artículo, como cuando digo: "Canna se ensució con la sangre de los romanos", y demuestra tanto el cálamo como el río; pero dividimos así, por el artículo, ciertamente, como para que digamos: "este Canna se ensució con la sangre de los romanos"; o por género, como "Canna estuvo lleno de sangre de los romanos"; o por caso, o por número. Pues en aquel es solo singular, en aquel plural, y de los demás, ciertamente, del mismo modo. Son, sin embargo, otras según el acento, otras según la ortografía. Según el acento, ciertamente, como pone, pone. Según la ortografía, como queror y quaeror, de la inquisición y de la querella. Y a su vez estas se dividen según la ortografía misma, o según la acción y la pasión: que quaeror de la inquisición es pasivo, queror, en cambio, de la querella es del agente. De los discursos ambiguos debe hacerse la división, o por adición, como "oigo que los troyanos son vencidos, que los griegos vencieron"; o por disminución, como "oigo que los griegos vencieron"; o por división, como "los griegos vencieron, los troyanos fueron vencidos"; o por alguna transmutación, como cuando se dice: "oigo que los troyanos vencieron a los griegos", digamos así: "oigo que los griegos vencieron a los troyanos". Pues esta ambigüedad se resuelve por cualquiera de sus modos. No obstante, no debe dividirse así toda significación de las voces como la del género. Pues en el género se enumeran todas las especies. En la ambigüedad, en cambio, bastan tantas cuantas pueden ser útiles para aquel sermón que une uno u otro discurso. Y sobre la división de la voz, ciertamente, se ha dicho suficientemente. Es, sin embargo, también sobre la división del género y del todo propuesto y expedito. Por lo cual se ha tratado diligentísimamente sobre todas las particiones por sí mismas. Ahora diremos sobre aquellas divisiones que se hacen por accidente. De estas, sin embargo, es precepto común que todo lo que se divide de ellas se disgregue en opuestos, como cuando dividimos el sujeto en accidentes, no decimos "de los cuerpos unos son blancos, otros dulces", que no son opuestos, sino "de los cuerpos unos son blancos, otros negros, otros neutros". Del mismo modo también en las otras divisiones según accidente debe dividirse, y aquello debe examinarse máximamente, para que no se diga nada más, o menos, como sucede en la división del género. Pues no debe dejarse ningún accidente de la misma oposición que esté presente en aquel sujeto que no se diga en la división, ni tampoco añadirse algo que no pueda estar presente en el sujeto. La secta posterior de la prudencia peripatética examinó las diferencias de las divisiones con la razón más diligente, y disjuntó y distribuyó la división por sí misma de aquella que es según accidente y ellas mismas entre sí. Los más antiguos, en cambio, usaban indiferentemente, tanto el accidente por el género, como los accidentes por especies o diferencias. De donde nos pareció una utilidad muy oportuna, tanto producir las comuniones de estas divisiones, como disgregarlas por diferencias propias. Y sobre toda la división, cuanto permitía la brevedad de la introducción, lo expresamos diligentemente.
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Qué grandes frutos aporta a los estudiosos la ciencia de dividir, y cuán honrado ha sido siempre este conocimiento en la disciplina peripatética, lo enseña tanto el libro sobre la división editado por el anciano Andrónico, el más diligente, como este mismo, aprobado por el gravísimo filósofo Plotino, y repetido por Porfirio en los comentarios al libro de Platón que se titula El Sofista, y la utilidad de la introducción a las Categorías elogiada por el mismo a través de esto. Dice, en efecto, que será necesaria la pericia del género, la especie, la diferencia, lo propio y el accidente, tanto por muchas otras cosas como por la utilidad que es máxima al dividir. Por lo cual, puesto que es de máximo uso y doctrina facilísima, yo también, transmitiendo esto a oídos romanos, como casi todas las cosas, a modo de introducción, y habiendo realizado sobre el mismo asunto una exposición competente y sutil, y con moderada brevedad, lo he escrito, para que no se infunda en las mentes de los lectores la ansiedad de un discurso recortado y de sentencias no perfectas; ni piense el inexperto, rudo e insolente en estas cosas que las mentes de los oyentes tienen una locuacidad superflua; ni ninguna envidia, lo cual es arduo por naturaleza y desconocido para los nuestros, oscurezca con mordaces críticas lo que para nosotros ha sido digerido con gran trabajo y utilidad para los lectores; den más bien camino a los estudios, ya perdonando, ya incluso aprobando, antes que frenar las buenas artes mientras repudian con obstinada desvergüenza todo lo que es nuevo. ¿Quién, en efecto, no vería que el mayor valor para la falta de buenas artes es que nunca haya en las mentes de los hombres la desesperación de desagradar? Pero baste esto. Ahora debe dividirse el nombre mismo de la división, y según cada vocablo deben transmitirse las propiedades y partes de cada uno de los propósitos. La división, en efecto, se dice de muchas maneras. Existe, pues, la división del género en especies. Existe, a su vez, la división cuando el todo se divide en sus partes propias. Existe otra, cuando una voz que significa muchas cosas recibe una sección en sus significaciones propias. Además de estas tres, existe otra división que se dice que se hace según el accidente. De esta, sin embargo, hay un triple modo: uno cuando separamos el sujeto en accidentes, otro cuando dividimos el accidente en sujetos, el tercero cuando cortamos el accidente en accidentes: esto sucede así si ambos parecen estar en el mismo sujeto. Pero deben añadirse ejemplos de todas estas, hasta que resplandezca la razón de toda esta división. Dividimos el género en especies cuando decimos que de los animales unos son racionales, otros irracionales; de los racionales unos son mortales, otros inmortales. O cuando decimos que de los colores unos son blancos, otros negros, otros medios. Es necesario, sin embargo, que toda división del género en especies se haga o en dos partes, o en más. Pero ni las especies del género pueden ser infinitas, ni menos de dos. Por qué sucede esto, debe demostrarse más adelante. El todo se divide en partes cuantas veces resolvemos cada cosa en aquellas de las que está compuesto, como cuando digo que de la casa una cosa es el techo, otra la pared, otra el cimiento, y que el hombre se une por alma y cuerpo. Y cuando decimos que las partes del hombre son Catón, Virgilio, Cicerón y cada uno de los que, siendo particulares, sin embargo, unen y componen la fuerza del hombre total. Pues ni el hombre es género, ni los hombres individuales son especies, sino partes por las que se une el hombre total. La división de la voz en sus significaciones propias se hace cuantas veces se abre una voz que significa muchas cosas, y se muestra su pluralidad de significación, como cuando digo perro, que es un nombre, y designa a este cuadrúpedo ladrador, y al celestial que brilla junto al pie morboso de Orión. Existe también otro perro marino, que creciendo hasta una inmoderada magnitud corporal, es llamado azul. Pero de esta división hay un modo doble. Pues o un nombre significa muchas cosas, o un discurso ya compuesto de nombres y verbos; y el nombre, en efecto, significa muchas cosas, como lo que propuse arriba. El discurso, en cambio, designa muchas, como digo que tú, Eácida, puedes vencer a los romanos. Y la división del nombre por sus significaciones propias se llama partición de la equivocación, la distribución del discurso en significaciones propias es la discreción de la ambigüedad que los griegos llaman ἀμφιβολίαν, de modo que el nombre que significa muchas cosas se predique como equívoco; el discurso, en cambio, que designa muchas, como anfibológico y ambiguo. De aquellas cosas que se dividen según el accidente, la división del sujeto en accidentes es como cuando decimos que de todos los hombres unos son negros, otros cándidos, otros de color medio. Estos, en efecto, son accidentes para los hombres, no especies de los hombres, y el hombre es el sujeto de estos, no el género de ellos. La sección del accidente en sujetos sucede, como es que de todas las cosas que se buscan, unas están situadas en el alma, otras en los cuerpos. Pues para el alma y el cuerpo lo que se busca es un accidente, no un género, y estas no son especies del bien que está situado en el alma y en el cuerpo, sino sujetos. La división del accidente en accidentes es, como de todos los cándidos, unos son duros, como la margarita, otros líquidos, como la leche. Pues el licor, la blancura y la dureza son aquí accidentes. Pero lo blanco ha sido separado en duro y líquido. Cuando, por tanto, decimos así, separamos el accidente en otros accidentes, pero esta clase de división siempre se permuta recíprocamente en la otra. Podemos, en efecto, decir que de las cosas que son duras, unas son negras, otras blancas, y a su vez de las que son líquidas, unas son blancas, otras negras. Pero estas, a su vez, las dividimos convertidas: de las que son negras, unas son líquidas, otras duras, y de las que son blancas, unas líquidas, otras, en cambio, duras. Difiere, sin embargo, esta clase de división de todas las que se han dicho arriba. Pues ni podemos repartir la significación en voces, cuando la voz se discierne en significaciones propias. Ni las partes se dividen en el todo, aunque el todo se separe en partes, ni las especies se cortan en géneros, aunque el género se divida en especies. Que lo que se dijo arriba de que esta división se hace así, si ambos coincidieran en estar en el mismo sujeto, es claro si se observa con atención. Pues cuando decimos que de las cosas que son duras unas son blancas, otras negras, como la piedra y el ébano, es manifiesto que en el ébano están ambas, la dureza y la negrura. En las demás también el lector diligente lo encontrará. A aquellos, sin embargo, por quienes se busca la suma operación de la verdad, les debe ser entendido primero cuál es la propiedad de todas estas a la vez, y por qué diferencias se segregan entre sí una a una. Pues toda división de la voz, del género y del todo se llama división según sí misma. Las otras tres, en cambio, se ponen en la distribución del accidente. La diferencia de esta clase de división según sí misma es, pues, que difiere la división del género de la división de la voz, porque la voz, en efecto, se separa en significaciones propias. El género, en cambio, no se desune en significaciones, sino en ciertas procreaciones de sí mismo de algún modo, y el género es siempre el todo de la especie propia, como más universal en la naturaleza. La equivocación, en cambio, se dice que es más universal en la cosa significada, el todo en la voz, no también el todo en la naturaleza. De aquel modo también se divide de la distribución de la voz, porque las cosas que están bajo esa voz no tienen nada en común excepto solo el nombre. Las que, en cambio, se colocan bajo el género, reciben tanto el nombre del género como la definición. Además, tampoco la distribución de la voz es la misma entre todos. Pues lo que entre nosotros se llama perro, siendo muchas sus significaciones en la lengua romana, se predica quizás simplemente en la bárbara; cuando las cosas que entre nosotros se llaman con un solo nombre, ellos quizás las significan con más nombres. La división y distribución del género permanece la misma entre todos. De donde resulta que la división de la voz pertenece a la posición y a la costumbre, la del género, en cambio, a la naturaleza. Pues lo que es igual entre todos, es de la naturaleza. De la costumbre, en cambio, es lo que se permuta entre algunos. Y estas, en efecto, son las diferencias del género, de la distribución y de la voz. La sección del género también se separa de la distribución del todo, porque la división del todo se hace según la cantidad. Pues las partes que unen toda la sustancia se separan en acto, o por razón del ánimo y el pensamiento. La distribución del género, en cambio, se perfecciona por la cualidad. Pues cuando haya colocado al hombre bajo el animal, entonces se ha hecho la división por cualidad. Pues qué clase de animal es el hombre, por eso, puesto que se forma por cualidad. De donde, respondiendo qué clase de animal es el hombre, o responderá racional, o ciertamente mortal. Además, todo género es naturalmente anterior a sus especies propias, el todo, en cambio, es posterior a sus partes propias. Las partes que unen el todo anteceden a la perfección de su compuesto, unas solo por naturaleza, otras también por razón del tiempo. De donde resulta que el género lo resolvemos en lo posterior, el todo, en cambio, en lo anterior. De aquí también se dice verdaderamente que, si el género se destruye, las especies perecen inmediatamente. Si la especie ha sido destruida, el género no perecido consiste en la naturaleza. Lo contrario sucede en el todo. Pues si la parte del todo perece, no será el todo, del cual una parte sea destruida. Pero si el todo perece, las partes permanecen distribuidas, como si alguien quitara el techo de una casa íntegra, interrumpió el todo que fue antes. Pero destruido el techo, las paredes y los cimientos consistirán. Además, también el género es materia para las especies. Pues así como el bronce, aceptada la forma, pasa a ser estatua, así el género, aceptada la diferencia, pasa a ser especie. La multitud de las partes del todo es materia, la forma, en cambio, es la composición de esas mismas partes. Pues así como la especie consiste del género y la diferencia, así el todo consiste de las partes, de donde resulta que el todo difiere de cada una de sus partes por la composición misma de las partes, la especie, en cambio, del género, por la conjunción de la diferencia. Además, también la especie es siempre lo mismo que el género, como el hombre es lo mismo que el animal, y la virtud es lo mismo que el hábito. La parte, en cambio, no es siempre lo mismo que el todo. Pues ni la mano es lo mismo que el hombre, ni la pared lo mismo que la casa. Y en estas cosas que tienen partes disímiles, esto es claro. Pero no del mismo modo en las que tienen partes similares, como en una varilla de bronce, cuyas partes, porque son continuas y son del mismo bronce, parecen ser lo mismo las partes que el todo, pero falsamente, pues quizás las partes son lo mismo en esta clase de sustancia, no también en cantidad. Resta, sin embargo, dar las diferencias de la distribución de la voz y del todo. Difieren, sin embargo, en que el todo, en efecto, consiste de partes, la voz, en cambio, no consiste de aquellas cosas que significa; y la división del todo se hace en partes, la de la voz, en cambio, no se hace en partes, sino en aquellas cosas que la voz misma significa: de donde resulta que, eliminada una parte, el todo perece, eliminada una cosa que la voz significa designando muchas, esa voz permanece. Ahora, pues, puesto que se han dicho las diferencias de la división según sí misma, trátese la distribución del género. Primero debe definirse qué es género. Género es lo que se predica de muchas cosas que difieren en especie en lo que es, la especie, en cambio, es la que colocamos bajo el género. Diferencia, porque proponemos que una cosa dista de otra. Y es, en efecto, género lo que conviene responder al que pregunta qué es cada cosa, diferencia lo que se responde rectísimamente a la pregunta de qué clase. Pues cuando alguien pregunta, ¿qué es el hombre?, rectamente animal. ¿Qué clase es el hombre?, convenientemente se responde racional. Se divide, sin embargo, el género unas veces en especies, otras en diferencias, si las especies con las que debe dividirse el género carecen de nombres, como cuando digo que de los animales unos son racionales, otros irracionales. Racional e irracional son diferencias. Pero puesto que de esta especie que es animal racional no hay un solo nombre, por eso ponemos la diferencia en lugar de la especie, y la acoplamos al género superior, pues toda diferencia viniendo al género propio hace una especie. De donde resulta que cierta materia es el género, forma la diferencia. Cuando, sin embargo, la especie se llama con nombres propios, no se hace la división recta del género en diferencias, sino en especies, de donde es que la definición se recoja de muchos términos. Pues si todas las especies fueran llamadas por sus nombres, de dos solos términos se haría toda definición, como cuando digo, ¿qué es el hombre?, ¿qué me sería necesario decir animal racional mortal, si animal racional fuera llamado por nombre propio, cuando la diferencia restante también, esto es, mortal, unida, perfeccionara la definición del hombre con verísima razón e íntegra conclusión? Ahora, sin embargo, para las definiciones íntegras es necesaria la división de las especies, y quizás en lo mismo se versa la razón de la división y de la definición. Pues de las divisiones unidas se compone una definición. Pero puesto que unas cosas son equívocas, otras unívocas, y las que son unívocas, las recibimos en las secciones de los géneros, las que, en cambio, son equívocas, en estas la división es solo de la significación, debe verse primero qué es equívoco, qué unívoco, para que cuando estos hayan engañado, no resolvamos el nombre equívoco como en especies, así en significativas, de donde resulta que a la división es necesaria la definición. Pues qué sea equívoco, qué unívoco lo recogemos por definición. Son, sin embargo, las diferencias unas por sí mismas, otras, en cambio, por accidente; y de estas unas son consecuentes inmediatamente, otras abandonan inmediatamente. Las que abandonan son de esta clase, como dormir, estar sentado, estar de pie, vigilar; las consecuentes, en cambio, como cabellos rizados, si no han sido admitidos por el calamistro, y ojos glaucos, si no están turbados por alguna debilidad externa. Pero estas no deben tomarse para la división del género. Ni son cómodas para las definiciones, pues todo lo que es apto para la división del género, lo mismo lo congregamos rectísimamente para las definiciones. Aquellas, en cambio, que son por sí mismas, son las únicas aptas para la división del género. Estas, en efecto, informan y perfeccionan la sustancia de cada uno, como la racionalidad y la mortalidad del hombre. Pero estas, cómo podamos probar si son de aquel género de las que abandonan inmediatamente, o de las consecuentes, o de las que permanecen en la sustancia, de este modo debe verse. Pues no basta saber cuáles tomamos en la división, si no se conoce también cómo reconozcamos rectísimamente las mismas que deben tomarse y las que deben rechazarse. Debe verse, por tanto, primero si la diferencia propuesta puede estar en todo y siempre en el sujeto; lo cual si ella misma se separa o por acto o por razón, esta debe separarse de la división del género. Pues si a menudo se separan tanto por acto como por razón, son de aquel género que abandonan inmediatamente, como estar sentado, que se separa más frecuentemente, y se divide por el acto mismo del sujeto. Las que, en cambio, se separan del sujeto solo por razón, esas son de las diferencias consecuentes, como ser de ojos glaucos lo separamos del sujeto por razón, como cuando digo, es un animal de ojos glaucos, como cualquier hombre; que si este no fuera de esta clase, ninguna cosa le prohibiría ser hombre. Otra cosa, a su vez, es lo que no pueda separarse por razón, que si fuera separado, la especie se destruiría, como cuando decimos que está en el hombre que solo él pueda numerar, o aprender geometría; que si esta posibilidad se separa del hombre, el hombre mismo no permanece. Pero estas no son inmediatamente de aquellas diferencias que están en la sustancia. Pues no por eso el hombre es hombre, porque puede hacer estas cosas, sino porque es racional y mortal. Estas diferencias, pues, por las que consiste la especie, ellas mismas se colocan tanto en la definición de la especie, como la del hombre, como en la división de su género, que contiene la especie, como el hombre mismo; y universalmente debe decirse que, cualesquiera diferencias sean de esta clase, de modo que no solo no pueda haber nada fuera de estas especies, sino que por ellas solas sea, estas deben tomarse o en la división del género, o en la definición de la especie. Puesto que, sin embargo, hay algunas que difieren, que no deben ponerse contra sí mismas en las divisiones, como en el animal racional y bípedo, pues nadie dice que de los animales unos son racionales, otros tienen dos pies, por eso porque racional y bípedo, aunque difieran, no se separan por ninguna oposición entre sí. Consta que cualesquiera cosas que difieren entre sí por alguna oposición, esas solas diferencias puestas bajo el género pueden desunir el género mismo. Son, sin embargo, las oposiciones cuatro, o como contrarias, como el bien y el mal; o como hábito y privación, como la vista y la ceguera. Aunque hay también algunas cosas en las que hay dificultad para discernir si deben colocarse en las contrarias o en la privación y el hábito, como son el movimiento, el reposo, la salud, la enfermedad, la vigilia, el sueño, la luz, las tinieblas. Pero esto en otra ocasión, ahora debe decirse de las restantes oposiciones. La tercera oposición es la que es según la afirmación y la negación, como Sócrates vive, Sócrates no vive. La cuarta según la relación, como padre, hijo, señor, siervo. Según cuáles, pues, de estas cuatro oposiciones se haga la división del género, debe mostrarse con rectísima razón. Es manifiesto, en efecto, tanto que las oposiciones son cuatro, como que los géneros y las especies se separan por los opuestos. Ahora, pues, debe decirse según qué oposición de estas cuatro o de qué modo conviene que la especie se desuna del género, y la primera, en efecto, sea la oposición de contradicción. Llamo, sin embargo, oposición de contradicción a la que se propone por afirmación y negación. En esta, pues, la negación por sí misma no hace ninguna especie. Pues cuando digo, hombre, o caballo, o algo de esta clase, son especies. Cualquier cosa, sin embargo, que alguien profiera por negación no declara una especie. Pues no ser hombre, no es especie; pues toda especie constituye el ser. La negación, en cambio, cualquier cosa que propone la desune de lo que es ser, como cuando digo, hombre, como si hubiera dicho algo. Cuando, en cambio, no hombre, destruí la sustancia del hombre por la negación. Así, pues, por sí misma la división del género en especies carece de negación. Es necesario, sin embargo, a menudo componer la especie por negación, cuando la cosa que queremos asignar como especie con nombre simple no es llamada por ningún vocablo, como cuando digo, de los números impares unos son primos, como tres, cinco, siete; otros no primos, como nueve: y a su vez de las figuras unas son rectísimas, y de los colores unos son blancos, otros negros, otros ni blancos ni negros. Por tanto, cuando no se ha puesto un nombre a las especies, es necesario proferirlas por negación. Esto, pues, lo obliga a veces la necesidad, no la naturaleza. Y por eso, cuantas veces hacemos la sección por negación, primero debe decirse o la afirmación, o el nombre simple, como es de los números; unos son primos, otros no primos. Pues si primero se dijera la negación, se hace más lento el intelecto de la cosa que proponemos. Pues cuando primero dices que hay algunos números primos, cuando hayas enseñado qué clase son los primos por ejemplo o definición, qué clase no son primos, el oyente lo entiende pronto. Si, en cambio, hicieras lo contrario, o no conocerás ninguno de repente, o conocerás ambos más tarde. La división, en verdad, que ha sido hallada por la naturaleza más abierta del género, debe conducir más bien a las cosas más inteligibles. Además, también es anterior la afirmación, posterior, en cambio, la negación. Lo que, sin embargo, es primero, en la división también debe ordenarse primeramente. Es necesario también que siempre las cosas finitas sean anteriores a las infinitas, como lo igual a lo desigual, la virtud a los vicios, lo cierto a lo incierto, lo estable y fijo a lo inestable y mutable. Pero todas las cosas que se proferen o por una parte definida del discurso o por afirmación, son más finitas que o el nombre con una partícula negativa, o toda la negación. Por lo cual la división debe hacerse más bien por lo finito que por lo infinito. Pero si a alguien se le prepara por esto alguna ansiedad o son quizás más oscuros de lo que él desea, nada para mí que prometo una cognición fácil. Pues no proponemos que lean y aprendan esto los rudos en toda esta arte, sino los imbuidos y los que han progresado casi hasta un lugar ulterior. Quién, sin embargo, sea el orden de esta obra, esto es, dialéctica, cuando debía decirme sobre el orden de la disciplina peripatética, lo expuse diligentemente. Estas cosas, en efecto, se han dicho sobre la oposición que constituye la afirmación y la negación. Aquella, en cambio, que se hace según el hábito y la privación, ella misma también parece ser consímil a la superior. Niega, en efecto, de algún modo la privación al hábito, pero difiere en que la negación siempre, en efecto, puede ser, la privación, en cambio, no siempre, sino entonces cuando es posible tener el hábito; esto, sin embargo, ya nos lo enseñaron las categorías. Por lo cual se entiende que la privación es una cierta forma. Pues no solo priva, sino que también dispone a cada uno privado en torno a sí misma. Pues ni la ceguera priva al ojo solo de luz, sino que ella misma también según sí misma dispone al privado de luz; pues el ciego se dice que está de algún modo como dispuesto y afectado hacia la privación, esto también lo atestigua Aristóteles en la Física. De donde resulta que usamos frecuentemente la diferencia de la privación para la división del género. Pero aquí también debe hacerse del mismo modo que en la contradicción. Pues primero debe ponerse el hábito que es consímil a la afirmación, después, en cambio, la privación que es a la negación. A veces, sin embargo, algunas privaciones se proferen con el vocablo de hábito, como huérfano, ciego, viudo. A veces con la partícula de privación, como cuando decimos finito infinito, igual desigual. Pero en estas, igual y finito deben ponerse primero en la división, las privaciones, en cambio, segundas. Y sobre la oposición de la privación y el hábito baste lo dicho. La oposición de los contrarios, en cambio, se duda quizás si parece ser según la privación y el hábito, como blanco y negro, o si blanco es privación de negro, y negro de blanco. Pero esto en otra ocasión. Ahora, sin embargo, debe tratarse como si fuera otro género de oposición, tal como está dispuesto en las categorías por el mismo Aristóteles. En los contrarios, sin embargo, hay mucha división de los géneros. Pues casi todas las diferencias las deducimos en contrarios. Pero puesto que de los contrarios unos carecen de medio, otros son mediados, así también debe hacerse la división, como de los colores, unos son negros, unos son blancos, otros neutros. Se haría, sin embargo, toda definición y toda división con dos términos, si (como se dijo arriba) la indigencia que a menudo existe en el nombre no lo prohibiera. De qué modo, sin embargo, ambas se harían con dos términos, será manifiesto de este modo: pues cuando decimos que de los animales unos son racionales, otros irracionales, animal racional tiende a la definición del hombre. Pero puesto que de animal racional no hay un solo nombre, pongámosle el nombre letra a. A su vez, de la letra a, que es animal racional, unos son mortales, otros inmortales. Queriendo, pues, dar la definición del hombre diremos, el hombre es letra a mortal. Pues si la definición del hombre es animal racional mortal, animal racional, en cambio, se significa por la letra a, lo mismo siente a mortal como si se dijera animal racional mortal, pues a (como se dijo) significa animal racional. Así, pues, con la letra a y mortal se hizo la definición del hombre con dos términos. Que si se encontraran nombres también en todas las cosas, con dos términos siempre se haría toda la definición. La división también, puestos los nombres, puesto que siempre se corta en dos términos, es manifiesto, si alguien impone nombre al género y a la diferencia cuando falta, como cuando decimos: De las figuras unas son triláteras, otras son equiláteras, otras teniendo dos lados iguales, otras son totalmente desiguales. Esta triple división, pues, si se profiriera, se haría doble. De las figuras que son triláteras, unas son iguales, otras desiguales. De las desiguales unas tienen solo dos lados iguales, otras tres desiguales, esto es, todos, y cuando decimos de todas las cosas, unas son buenas, otras son malas, otras indiferentes, que ciertamente no son ni buenas ni malas, y si se dijera así, resultaría una división gemela. De todas las cosas unas son diferentes, otras indiferentes. De las diferentes unas son buenas, otras malas. Así, pues, toda división se cortaría en gemela, si a las especies y a las diferencias no les faltaran vocablos. La cuarta oposición, en cambio, dijimos que es la que es según algo, como padre, hijo, señor, siervo, doble, medio, sensible, sentido. Estas, pues, no tienen ninguna diferencia sustancial por la que discrepen entre sí, sino más bien tienen una cognación de esta clase por la que se refieren recíprocamente, y sin sí mismas no puedan ser. No debe, pues, hacerse la división del género en partes relativas, sino que toda esta clase de sección debe separarse del género. Pues ni siervo o señor es especie del hombre, ni medio o doble del número. Puesto que, pues, hay cuatro diferencias de oposiciones de afirmación y negación, si no es necesario, siempre, sin embargo, debe rechazarse la división de la relación, las de privación y hábito, y las de contrarios deben tomarse. Máximamente, sin embargo, la contrariedad debe ponerse en las diferencias, y no menos también la privación, por eso porque cierta cosa parece oponerse contra el hábito contrario, como es finito e infinito. Aunque, en efecto, infinito sea privación, sin embargo, se forma por la imaginación de lo contrario. Es cierta cosa, en efecto (como se dijo), una forma. Digno, en verdad, es de investigación si los géneros deben dividirse rectamente en especies o en diferencias. Pues la definición de la división es la distribución del género en especies próximas. Conviene, pues, según la naturaleza de la división y según la definición, que la disgregación del género se haga siempre en especies propias. Pero esto a veces no puede hacerse por la causa que arriba dimos. Pues muchas especies no tienen nombres. Y por eso, puesto que hay algunos géneros primeros, otros últimos, otros medios, primero, en efecto, como sustancia, último como animal, medio como cuerpo, pues cuerpo es género de animal, sustancia de cuerpo. Pero así como tampoco sobre la sustancia puede hallarse nada que valga para colocarse en lugar de género, así tampoco bajo animal, pues hombre es especie, no género. Por lo cual parecerá más antigua la división de la especie, si no hay indigencia de nombres, que si no abundamos en todas estas cosas, conviene separar los géneros primeros hasta los últimos en diferencias. Esto, sin embargo, se hace de este modo, que primero disgreguemos el género en sus diferencias, no en las del posterior; y a su vez el posterior en las suyas, pero no en las del posterior. Pues no son las mismas las diferencias del cuerpo que las del animal. Si alguien, en efecto, dijera: de la sustancia una cosa es corporal, otra incorporal, rectamente habrá hecho la división, pues estas diferencias son propias de la sustancia. Si alguien, en cambio, dijera así, de las sustancias unas son animadas, otras inanimadas, este no segregó rectamente las diferencias de las sustancias. Pues estas son las diferencias del cuerpo, no de la sustancia, esto es, del segundo género, no del primero. Por lo cual es manifiesto que la división de los géneros primeros debe hacerse según las diferencias propias, no según las del género posterior. Cuantas veces, sin embargo, el género se resuelve o en diferencias o en especies, después de hecha la división, deben añadirse inmediatamente las definiciones o los ejemplos. Pero si alguien no abunda en definiciones, basta añadir ejemplos, como cuando decimos, de los cuerpos unos son animales, añadamos, como hombres o fieras; otros inanimados, como piedras. Conviene, sin embargo, que la división, así como el término, no sea ni disminuida, ni superflua. Pues ni deben ponerse más especies que las que están bajo el género, ni menos, para que la división, así como el término, se convierta en sí misma. Pues el término se convierte así: la virtud es el mejor hábito de la mente; a su vez, el mejor hábito de la mente es la virtud. Así también la división, todo género será algo de aquellas cosas que son, la especie es género propio; a su vez, cualquier especie es género propio. Se hace, sin embargo, la división del mismo género de múltiples maneras, como de todos los cuerpos, y cualesquiera cosas que son de alguna magnitud. Pues así como distribuimos el círculo en semicírculos, y en aquellos que los griegos llaman τομεῖς, nosotros podemos decir divisiones, y separamos el tetrágono unas veces trazada por el ángulo, por el diámetro en triángulos, otras en paralelogramos, otras en tetrágonos. Así también el género, como cuando decimos, de los números unos son pares, otros impares, y a su vez otros primos, otros no primos; y de los triángulos unos son equiláteros, otros teniendo solo dos lados iguales, otros totalmente desiguales en lados, y a su vez de los triángulos unos son rectángulos, otros teniendo tres ángulos agudos, otros uno obtuso. Así, pues, la división de un género sea múltiple. Aquello, sin embargo, es utilísimo saber, puesto que el género es de algún modo una semejanza de muchas especies, que muestre la conveniencia sustancial de todas ellas, y por eso el género es colectivo de muchas especies. Las especies de un género, en cambio, son disyuntivas las cuales, puesto que se informan por diferencias (como se dijo), por eso bajo un género no pueden ser menos de dos especies, pues toda diferencia consiste en la pluralidad de las cosas que difieren. Pero sobre la división del género y de la especie se han dicho muchísimas cosas. Este camino, pues, para los que insisten, se abre más pronta la facultad hacia la definición de la especie por la división del género. Conviene, sin embargo, no solo aprender qué diferencias tomamos para la definición, sino abarcar el arte de la definición misma con la más diligente cognición. Y aquello, en efecto, si puede demostrarse alguna definición, y de qué modo pueda hallarse por demostración, y cualesquiera cosas que sobre ella han sido tratadas más sutilmente en los Analíticos posteriores por Aristóteles, las omitiré. Solo seguiré la regla de definir. Pues de las cosas unas son superiores, otras inferiores, otras medias. La definición, en efecto, no abarca las superiores, por eso porque no pueden hallarse géneros superiores a ellas. Además, las inferiores, como son los individuos, ellos mismos también carecen de diferencias específicas. Por lo cual ellos mismos también han sido excluidos de la definición. Las medias, pues, que tienen géneros, y se predican de otras cosas, o de géneros, o de especies, o de individuos, pueden caer bajo la definición. Dada, pues, una especie de esta clase que tenga género, y se predique de las posteriores, primero tomo su género, y divido las diferencias de aquel género, y añado la diferencia al género, y veo si esa diferencia unida con el género puede ser igual a aquella especie que asumí circunscribir con la definición; que si la especie fuera menor, aquella diferencia que hace poco habíamos puesto con el género la ponemos de nuevo como género, y la separamos en sus otras diferencias, y a su vez unimos estas dos diferencias al género superior; y si igualó a la especie, se dirá que es la definición de la especie; si fuera menos, separamos de nuevo la segunda diferencia en otras. Las cuales todas unimos con el género, y a su vez observamos si todas las diferencias con el género son iguales a aquella especie que se define, y finalmente distribuimos tantas veces las diferencias en diferencias hasta que todas unidas al género describan la especie con una definición igual. De esta cosa harán más clara la noticia los ejemplos de este modo: Si nos es propuesto definir nombre, el vocablo de nombre se predica de muchos nombres, y de algún modo es una especie que contiene bajo sí individuos. Defino, pues, nombre así: tomo su género que es voz, y divido: de las voces unas son significativas, otras, en cambio, mínimamente; la voz no significativa nada al nombre, pues el nombre significa. Tomo, pues, la diferencia que es significativa, y la uno con el género, esto es, con la voz, y digo voz significativa, y entonces miro si este género y la diferencia son iguales al nombre. Pero aún no son iguales, pues puede ser voz significativa, y no ser nombre. Pues hay ciertas voces que designan dolor, otras que las pasiones del ánimo naturalmente, que no son nombres, como las interjecciones. A su vez, divido la voz significativa misma en otras diferencias: de las voces significativas unas son según la posición de los hombres, otras naturalmente, y la voz, en efecto, que significa naturalmente nada al nombre, la voz, en cambio, que significa según la posición de los hombres conviene al nombre. Por lo cual uno estas dos diferencias, significativa y según la posición, con la voz, esto es, con el género, y digo: nombre es voz significativa según el placer. Pero a su vez no se me iguala al nombre. Pues hay también verbos que son voces significativas y según la posición. No es, pues, la definición solo del nombre. Distribuyo de nuevo la diferencia que es según la posición, y digo: según la posición de las voces significativas unas son con tiempo, otras sin tiempo, y la diferencia, en efecto, con tiempo no se une al nombre, por eso porque de los verbos es consignificar tiempos, de los nombres, en cambio, mínimamente. Resta, pues, que convenga aquella diferencia que es sin tiempo. Uno, pues, estas tres diferencias al género, y digo: nombre es voz significativa a placer sin tiempo. Pero a su vez no me ocurre la conclusión plena de la definición, pues puede ser voz y significativa, y según la posición y sin tiempo, y no ser nombre uno, sino nombres unidos que es discurso, como Sócrates con Platón y sus discípulos, pero aunque sea imperfecto este discurso, sin embargo, es discurso. Por lo cual la última diferencia que es sin tiempo debe dividirse también en otras diferencias, y diremos, de las voces significativas según la posición sin tiempo unas son cuya parte significa algo fuera, esto pertenece al discurso, otras cuya parte nada significa fuera, esto pertenece al nombre. Pues la parte del nombre nada designa fuera. Se hace, pues, la definición así: Nombre es voz significativa según el placer sin tiempo, cuya ninguna parte significa fuera separada. ¿Ves, pues, cuán recta definición ha sido constituida? Pues porque dije voz, separé el nombre de los demás sonidos; porque añadí significativa, separé el nombre de las voces no significativas; porque según el placer y sin tiempo, la propiedad del nombre fue desunida de las voces que significan naturalmente y de los verbos; porque propuse que sus partes nada significan fuera, separé del discurso, cuyas partes separadas significan algo fuera: de donde resulta que cualquier nombre que sea, sea encerrado por esa definición, y dondequiera que se adapte este discurso de la definición, no dudes que eso es nombre. También debe decirse que el género en la división es el todo, en la definición es parte, y así la definición es como si las partes unieran un cierto todo, y así la división es como si el todo se resolviera en partes, y es similar la división del género a la división del todo, la definición a la composición del todo. Pues en la división del género animal es el todo del hombre. Pues dentro de sí comprende al hombre. En la definición, en cambio, es parte, pues la especie compone el género unido con otras diferencias, como cuando digo de los animales unos son racionales, otros irracionales, y a su vez de los racionales unos son mortales, otros inmortales, animal racional es el todo, y a su vez racional mortal, y estas tres cosas son del hombre. Si, en cambio, en la definición dijera, el hombre es animal racional mortal, estas tres cosas unen un solo hombre. Por lo cual se encuentra parte del hombre mismo, y género, y diferencia. Así, pues, en la división el género es el todo, la especie parte. Del mismo modo también las diferencias son el todo, las especies en las que aquellas se dividen son las partes. En la definición, en cambio, tanto el género como las diferencias son partes. La especie definida, en cambio, el todo; pero esto hasta aquí. Ahora digamos sobre aquella división que es del todo en partes. Esta, en efecto, era la segunda división después de la división del género. Pues lo que decimos todo, lo significamos de múltiples maneras. Pues todo es lo que es continuo, como cuerpo o línea, o algo de esta clase. Decimos también todo lo que no es continuo, como todo el rebaño, o todo el pueblo, o todo el ejército. Decimos también todo lo que es universal, como hombre o caballo. Estos, en efecto, son todos de sus partes, esto es, de los hombres o de los caballos, de donde también decimos a cada hombre particular. Se dice también todo lo que consiste de ciertas virtudes, como del alma una es la potencia de saber, otra de sentir, otra de vegetar: son partes, pero no especies. De tantas maneras, pues, como se dice todo, debe hacerse la división del todo, primero, en efecto, si fuera continuo, en aquellas partes de las que se percibe que consiste el todo mismo. Pues de otro modo no se hace la división. Pues el cuerpo del hombre así lo divides en sus partes, en cabeza, manos, tórax y pies, y si de algún otro modo según las partes propias se hace la división recta. De los cuales, sin embargo, es múltiple la composición, múltiple también es la división, como el animal se separa, en efecto, en las partes que tienen partes similares a sí, en carnes y huesos, a su vez en las que no tienen partes similares a sí, en manos y pies. Del mismo modo también la nave y la casa. El libro también lo resolvemos en versos, y estos en sermones, estos, en cambio, en sílabas, las sílabas en letras. Así sucede que las sílabas y las letras, y los nombres, y los versos, parecen ser ciertas partes de todo el libro, sin embargo, tomadas de otro modo no son partes del todo, sino partes de las partes. Conviene, sin embargo, no observar todas las cosas como si dividieran en acto, sino como por ánimo y razón, como el vino mezclado con agua lo dividimos en vinos mezclados con agua, esto en acto; dividimos también en vino y agua, de los cuales está mezclado, esto por razón, pues estas cosas ya mezcladas no pueden separarse en acto. Se hace, sin embargo, la división del todo en materia y forma. Pues de otro modo consiste la estatua de sus partes, de otro de materia y forma, esto es, de bronce y especie. Del mismo modo, sin embargo, también deben dividirse aquellos todos que no son continuos, del mismo modo también los que son universales, como de los hombres unos están en Europa, otros en África, otros en Asia. De aquel todo también que consiste de virtudes, de este modo debe hacerse la división. Del alma una parte está en los vegetales, otra en los animales, y a su vez de la que está en los animales, una es racional, otra es sensible. Y a su vez estas se disipan en otras sub divisiones. Pero el alma no es género de estas, sino todo, pues estas son partes del alma, pero no como en cantidad, sino como en alguna potestad y virtud. Pues de estas potencias se une la sustancia del alma; de donde resulta que esta clase de división tenga algo similar, tanto de la división del género como de la división del todo. Pues que cualquier parte de la que sea, la predicación de esa alma la sigue, se refiere a la división del género, cuyo dondequiera que haya estado la especie, el género la sigue inmediatamente; lo que, en cambio, no toda alma se une a todas las partes, sino unas a otras, esto es necesario referirlo a la naturaleza del todo. Resta, pues, que tratemos sobre la división de la voz en significaciones. Se hace, sin embargo, la división de la voz de tres modos. Se divide, en efecto, en muchas significaciones, como equívoca o ambigua. Pues un nombre significa muchas cosas, como perro. A su vez un discurso, como cuando digo que los griegos vencieron a los troyanos. De otro modo, en cambio, según el modo, pues estas no significan muchas cosas, sino de muchas maneras, como cuando decimos infinito, significa, en efecto, una sola cosa, cuyo término no pueda hallarse. Pero esto lo decimos o según la medida, o según la multitud, o según la especie: según la medida, como es que el mundo sea infinito, pues decimos infinito por la magnitud; según la multitud, como es que la división de los cuerpos sea infinita, pues significamos una infinita multitud de divisiones. A su vez según la especie, como decimos infinitas figuras, pues infinitas son las especies de las figuras. Decimos también infinito algo según el tiempo, como decimos infinito el mundo, cuyo término según el tiempo no pueda hallarse. Del mismo modo también decimos infinito a Dios, cuyo término de la vida suprema no pueda hallarse según el tiempo. Así, pues, esta voz no significa muchas cosas según sí misma, sino que se predica de modo múltiple sobre cada una, significando, sin embargo, ella una sola, otro, en cambio, es el modo según la determinación. Cuantas veces, en efecto, se dice cualquier voz sin determinación, hace duda en el intelecto, como es hombre, pues esta voz significa muchas cosas. Pues no concluida por ninguna definición, la inteligencia del que escucha es arrebatada por muchos flujos, y es traducida por errores. Pues ¿qué entiende cada oyente, cuando aquello que dice al hablar no lo concluye con ninguna determinación? Pues a menos que alguien defina así diciendo: Todo hombre camina, o ciertamente algún hombre camina, y si así sucede designe con este nombre, el intelecto del que escucha no tiene qué entender racionalmente. Hay también otras determinaciones, como si alguien dijera, dame, lo que debe dar nadie lo entiende a menos que se añada el intelecto y cierta razón de determinación, o si alguien dijera, ven a mí, a dónde venga o cuándo venga no se conoce a menos que sea por determinación. Es, sin embargo, todo ambiguo dubitable, no todo, sin embargo, dubitable es ambiguo. Pues estas cosas que se han dicho son dubitables, en efecto, no, sin embargo, ambiguas. Pues en las ambiguas cada uno de los que escuchan se considera a sí mismo haber entendido racionalmente, como cuando alguien dice, oigo que los griegos vencieron a los troyanos, uno piensa que los griegos vencieron a los troyanos, otro que los troyanos a los griegos, y esto ambos lo entienden racionalmente por los discursos del que habla mismo. Cuando, en cambio, digo, dame, lo que debes dar ningún oyente lo entiende racionalmente por los discursos mismos. Pues lo que yo no dije, él más bien sospechará antes que por alguna razón vea perspicazmente aquello que no ha sido proferido antes. De tantos modos, pues, como se hace la división de la voz, o por significancias, o por el modo de las significaciones, o por determinaciones, en aquellas que se dividen según la significancia, no solo deben dividirse las significaciones, sino también debe demostrarse por definición que son diversas cosas las que se significan. Aristóteles, en efecto, prescribió esto diligentemente en los Tópicos, como en aquellas cosas que se dicen buenas, unas son buenas, como las que retienen la cualidad de bien, otras que ellas mismas, en efecto, no se dicen por ninguna cualidad, sino porque hacen una cosa buena, por eso se dicen buenas. Conviene, sin embargo, ejercitar máximamente esta arte, como dice el mismo Aristóteles, contra las importunidades sofísticas. Pues si ninguna cosa sujeta fuera la que significa la voz, no se dice que sea designativa; si, en cambio, fuera una sola cosa la que significa la voz, se dice simple; que si muchas, múltiple, esto es, que significa muchas cosas. Deben dividirse, pues, rectamente estas cosas, para que no seamos capturados en algún silogismo. Si, en cambio, el discurso es anfibológico, esto es, sucede ambiguo, como a veces son posibles de ambos modos las cosas que se significan, como aquello que dije arriba, pues pudo suceder que los griegos vencieran a los troyanos, y los troyanos superaran a los griegos: hay, en cambio, otras que son imposibles, como cuando digo que el hombre come pan, significa, en efecto, que el hombre come pan, a su vez que el pan al hombre, pero esto es imposible; por tanto, cuantas veces se llega a la contención, deben dividirse las posibles y las imposibles. Cuantas veces a la verdad, deben decirse solo las posibles, las imposibles deben dejarse. Puesto que son muchas las especies de las voces que significan muchas cosas, por tanto debe decirse que unas tienen la significación de la multiplicidad en la partícula, otras en todo el discurso. Y de aquellas que la tienen en la partícula, la parte misma se dice equívoca. Todo el discurso mismo, en cambio, es múltiple según la equivocación. Aquella, en cambio, que retiene la multiplicidad de la significación en todo el discurso (como se dijo arriba) se llama ambigua. Se dividen, sin embargo, las significaciones de los equívocos o según la equivocación de los discursos o por definición, como cuando digo, el hombre vive, se entiende tanto el verdadero como el pintado. Se divide, sin embargo, de este modo, animal racional mortal vive, lo cual es verdadero; la simulación de animal, racional, mortal, vive, lo cual es falso. Se divide también por cualquier adición que determine, o del género, o del caso, o de algún artículo, como cuando digo: Canna se ensució con la sangre de los romanos, y demuestra tanto la caña como el río; pero dividimos así, por el artículo, en efecto, para que digamos, este Canna se ensució con la sangre de los romanos; o por el género, como Canna estuvo lleno de la sangre de los romanos; o por el caso, o por el número. Pues en aquel es solo singular, en aquel plural, y de los otros, en efecto, del mismo modo. Son, sin embargo, otras según el acento, otras según la ortografía. Según el acento, en efecto, como pone, pone. Según la ortografía, como queror y quaeror, de la inquisición y de la querella. Y a su vez estas se dividen según la ortografía misma, o según la acción y la pasión: que quaeror de la inquisición es pasivo, queror, en cambio, de la querella es del agente. De los discursos ambiguos debe hacerse la división, o por adición, como oigo que los troyanos son vencidos, que los griegos vencieron; o por disminución, como oigo que los griegos vencieron; o por división, como los griegos vencieron, los troyanos fueron vencidos; o por alguna transmutación, como cuando se dice, oigo que los troyanos vencieron a los griegos, digamos así, oigo que los griegos vencieron a los troyanos. Esta ambigüedad, en efecto, se resuelve por cualquiera de sus modos. No obstante, no debe dividirse así toda significación de las voces como la del género. En el género, en efecto, se enumeran todas las especies. En la ambigüedad, en cambio, bastan tantas cuantas pueden ser útiles para aquel discurso que une uno u otro discurso. Y sobre la división de la voz, en efecto, se ha dicho suficientemente. Existe, sin embargo, también sobre la división del género y del todo lo propuesto y expedito. Por lo cual sobre todas las particiones según sí mismas se ha tratado diligentísimamente. Ahora diremos sobre aquellas divisiones que se hacen por accidente. De estas, sin embargo, es precepto común, que cualquier cosa de ellas que se divida se disgregue en opuestos, como cuando dividimos el sujeto en accidentes, no decimos de los cuerpos unos son blancos, otros dulces, que no son opuestos, sino de los cuerpos unos son blancos, otros negros, otros neutros. Del mismo modo también en las otras divisiones según accidente debe dividirse, y aquello debe observarse máximamente, para que no se diga nada más, o menos, como sucede en la división del género. Pues no conviene que se deje algún accidente de la misma oposición que esté en aquel sujeto que no se diga en la división, ni tampoco que se añada algo que no pueda estar en el sujeto. La posterior secta de la prudencia peripatética observó las diferencias de las divisiones con la más diligente razón, y desunió y distribuyó la división por sí misma de aquella que es según el accidente y ellas mismas entre sí. Los más antiguos, en cambio, usaban indiferentemente, tanto el accidente por el género, como los accidentes por las especies o las diferencias. De donde nos pareció una utilidad muy oportuna, tanto dar a conocer las comuniones de estas divisiones, como disgregarlas por sus diferencias propias. Y sobre toda división, cuanto permitía la brevedad de la introducción, lo expresamos diligentemente.