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Hymn to Artemis
CallimachusArte 1 · spanish-geminiMore by Callimachus
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Original / primary: Spanish Gemini
1
A Ártemis( pues no es ligero para quienes cantan olvidarla)
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himnodiamos, a ella a quien le importan los arcos y la caza de liebres
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y el coro espacioso y divertirse en los montes,
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cuando, sentada en las rodillas de su padre,
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siendo aún niña, decía estas palabras a su progenitor:
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dame, papá, conservar la virginidad eterna,
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y muchos nombres, para que Febo no compita conmigo.
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Dame flechas y arco— no te pido, padre, el carcaj
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ni el gran arco; los Cíclopes me fabricarán
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al instante las flechas, y para mí un arco bien curvado;
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sino que me permitas llevar una túnica con borde
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hasta la rodilla, para matar fieras salvajes.
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Dame sesenta coritas oceánides,
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todas de nueve años, todas aún niñas sin cinturón.
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Dame como servidoras veinte ninfas amnisiadas,
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que me cuiden bien las botas y, cuando ya no
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lance a linces ni a ciervos, mis veloces perros,
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y dame todos los montes; y asígname la ciudad que quieras
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la que desees; pues es raro que Ártemis baje a la ciudad;
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habitaré en los montes, y me mezclaré con las ciudades de los hombres
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solo cuando las mujeres, afligidas por los dolores
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del parto, me llamen como auxiliadora, a quienes las Moiras
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me asignaron socorrer desde que nací,
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puesto que mi madre, al darme a luz, no sufrió
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al llevarme, sino que sin esfuerzo me dejó de sus queridos miembros.
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Así habló la niña y quiso tocar la barba
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de su padre, y extendió muchas veces en vano sus manos
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hasta que pudiera tocarla. El padre asintió riendo,
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y dijo acariciándola: Cuando las diosas me den tales hijos,
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poco me preocuparé de la celosa Hera
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enfurecida. Vamos, hija, todo lo que voluntariamente
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pides, y aún más cosas te dará tu padre.
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Te concederé treinta ciudades y no una sola torre,
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treinta ciudades, que no sabrán honrar a otro dios,
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sino solo a ti, y llamarse de Ártemis.
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Y muchas ciudades medirás en común
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en el continente y en las islas; y en todas habrá
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altares y bosques de Ártemis. Y serás también en las calles
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y en los puertos la guardiana. Así, habiendo dicho esto,
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ratificó su palabra con la cabeza. Y la joven se dirigió
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al blanco monte cretense coronado de bosque;
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de allí al Océano; y eligió a muchas ninfas,
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todas de nueve años, todas aún niñas sin cinturón.
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Y se alegró mucho el río Cérato, y se alegró Tetis,
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porque enviaban a sus hijas como compañeras de la hija de Leto.
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Allí fue en busca de los Cíclopes; los encontró
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en la isla de Lípari( Lípari ahora, pero entonces era
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su nombre Meligúnide) junto a los yunques de Hefesto,
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de pie alrededor de un bloque de metal; pues se apresuraba una gran obra;
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estaban fabricando un abrevadero para los caballos de Poseidón.
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Las ninfas se asustaron al ver a los terribles monstruos
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semejantes a los riscos del Osa, y bajo la ceja de todos
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ojos de un solo globo, iguales a un escudo de cuatro pieles de buey,
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mirando terriblemente de reojo, y cuando oyeron el estruendo
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del yunque resonando, y el gran soplo
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de los fuelles y su pesado gemido; pues bramaba el Etna,
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bramaba Trinacria, morada de los sicanos, bramaba la vecina
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Italia, y Cirno lanzaba un gran grito,
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cuando ellos levantaban los mazos sobre sus hombros
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y golpeaban con fuerza el bronce hirviente del horno o el hierro
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con gran esfuerzo.
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Por eso las oceánides no soportaron
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ni verlos de cerca ni recibir el estruendo en sus oídos.
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No es de extrañar; pues ni siquiera las hijas de los dioses, ya no tan pequeñas,
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los miran nunca sin estremecerse.
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Pero cuando alguna de las jóvenes desobedece a su madre,
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la madre llama a los Cíclopes para su hija,
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a Arges o a Estéropes; y desde el fondo de la casa
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viene Hermes, cubierto de ceniza ardiente;
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al instante asusta a la niña, y ella se mete
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en el regazo de su madre, poniéndose las manos sobre los ojos.
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Pero tú, niña, incluso antes, siendo aún de tres años,
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cuando Leto te trajo en sus brazos,
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mientras Hefesto te llamaba para darte regalos de nacimiento,
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y Brontes te sentó en sus robustas rodillas,
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te agarraste de su gran pecho y de su velluda melena,
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y arrancaste el pelo con fuerza; y esa parte sin pelo, incluso ahora,
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permanece en medio de su pecho, como cuando una zorra
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se instaló en la sien de un hombre y se apoderó de su pelo.
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Por eso, muy audaz, les dijiste entonces:
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Cíclopes, fabricadme también a mí un arco cidonio
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y flechas y un carcaj hueco para los dardos;
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pues yo también soy hija de Leto, igual que Apolo.
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Y si yo con mis flechas cazo una fiera solitaria o algún monstruo
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o animal, los Cíclopes se lo comerán.
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Dijiste; y ellos lo cumplieron; y al instante te armaste, diosa,
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y rápidamente volviste a por tus perros; y llegaste a la morada
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arcadia de Pan. Él cortaba la carne de un lince
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del Ménalo, para que sus perras paridas tuvieran alimento.
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Y el barbudo te dio dos perros de patas firmes
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y tres de orejas caídas, y uno moteado, que a los leones
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arrastrándolos ellos mismos, cuando los agarraban por el cuello,
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los llevaban aún vivos a la guarida, y te dio siete
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más rápidos que los vientos, los cinosúridas, que para perseguir
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son los más veloces, tanto a cervatillos como a la liebre que no cierra los ojos,
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y para señalar la guarida del ciervo y del puercoespín donde están sus nidos,
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y para seguir el rastro de la gacela.
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Desde allí, al partir( y también los perros te seguían),
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encontraste, al avanzar por el monte Parrasio,
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ciervas saltando, una gran presa; ellas en las orillas

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