Hymn to Delos
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Original / primary: Spanish Gemini
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¿ A qué tiempo, alma mía, o cuándo, si es que alguna vez, cantarás
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a Delos, la nodriza de Apolo? Ciertamente todas
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las Cícladas, que son las más sagradas de las islas, yacen en el mar,
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ricas en himnos; pero Delos desea llevarse la primacía
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de las Musas, porque a Febo, el señor de los cantos,
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lo bañó, lo envolvió en pañales y lo alabó primero como dios.
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Como las Musas odian al aedo que no canta a Pimplea,
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así Febo odia a quien se olvida de Delos.
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Ahora repartiré una parte de mi canto a Delos, para que Apolo
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Cintio me alabe por cuidar de su querida nodriza.
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Ella es ventosa y sin caminos, como si fuera azotada por el mar,
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más frecuentada por aves marinas que por caballos,
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está anclada en el ponto; y el mar, que gira a su alrededor,
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arranca mucha espuma del agua del mar Icario;
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por eso la habitaron pescadores que navegan el mar.
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Pero no es indigno para ella ser mencionada entre las primeras,
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cuando hacia el Océano y hacia la titánide Tetis
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las islas se reúnen, y ella siempre marcha a la cabeza.
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Detrás, la fenicia Cirno sigue sus huellas,
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no despreciable, y Macris, la abántide de los elopios,
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y la encantadora Cerdeña, y aquella en la que nadó Cipris
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desde el agua por primera vez, y ella la salva en lugar de un puerto.
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Aquellas están protegidas por murallas que las cubren,
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pero Delos lo está por Apolo;¿ qué baluarte es más firme?
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Las murallas y las piedras podrían caer bajo el azote
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del Bóreas estrimonio; pero un dios es siempre inamovible;
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querida Delos, tal es el protector que te rodea.
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Y si demasiados cantos giran en torno a ti,
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¿ cómo te entretejeré?¿ Qué te resulta grato escuchar?
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¿ O cómo el gran dios, golpeando las montañas
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con una espada de tres puntas, que los Telquines le fabricaron,
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labraba las islas marinas, y desde abajo todas
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las arrancó de raíz y las hizo rodar hacia el mar?
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Y a unas las fijó en el fondo, para que se olviden de la tierra,
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desde la base; pero a ti no te oprimió la necesidad,
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sino que flotabas libre por los mares, y tu nombre era
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Asteria en la antigüedad, puesto que saltaste al profundo foso
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desde el cielo, huyendo del matrimonio de Zeus, igual que una estrella.
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Hasta entonces, Leto, la de oro, no se había mezclado contigo,
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hasta entonces eras Asteria y aún no te llamabas Delos;
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muchas veces, desde la rubia ciudad de Trecén,
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los marineros que iban hacia Éfira, dentro del golfo Sarónico,
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te observaron, y al regresar de Éfira
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algunos ya no te vieron allí, pues tú, junto al estrecho y agudo
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paso del Euripo que fluye con estrépito, habías corrido,
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y habiendo rechazado el agua del mar de Calcis ese mismo día,
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habías nadado hasta el cabo Sunio de los atenienses,
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o hacia Quíos o hacia el pecho de la isla bañado por el agua
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de Partenia( pues aún no existía Samos), donde las ninfas
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vecinas de Anceo, las Micalesíades, te hospedaron.
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Y cuando ofreciste a Apolo un suelo natal,
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los navegantes te dieron este nombre a cambio,
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porque ya no flotabas invisible, sino que en las olas
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del mar Egeo habías hundido las raíces de tus pies.
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Tampoco temiste a Hera, que estaba irritada; ella, contra todas
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las parturientas que daban a luz hijos de Zeus,
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se enfurecía terriblemente, y especialmente contra Leto, porque ella sola
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estaba a punto de dar a luz a Zeus un hijo más querido que Ares.
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Por eso ella misma vigilaba desde el interior del éter,
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apresurándose por algo grande e inefable, y retenía a Leto
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que sufría los dolores del parto; y dos guardianes se sentaban
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observando la tierra, uno el suelo del continente,
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sentado sobre la alta cumbre del Hemo tracio,
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el impetuoso Ares vigilaba con sus armas, y sus caballos
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pernoctaban junto a la cueva de siete entradas del Bóreas;
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la otra, sobre las islas extensas, era la guardiana,
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la hija de Taumante, que se había lanzado sobre Mimas.
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Allí, en todas las ciudades a las que Leto se dirigía,
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permanecían amenazantes y se negaban a recibirla.
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Huyó Arcadia, huyó el monte sagrado de Auge,
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Partenio, y huyó el viejo Feneo detrás.
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Huyó toda la tierra de Pélope que se inclina hacia el Istmo,
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excepto Egialo y Argos; pues esos caminos
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no los pisó, ya que Hera se había adjudicado el Ínaco.
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Huyó también Aonia en su carrera, y la seguían
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Dirce y Estrofia, que tenían las manos en el Ismeno
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de negra corriente, su padre, y la seguía muy atrás
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el Asopo de pesadas rodillas, pues había sido golpeado por el rayo.
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La ninfa Melia, autóctona, se detuvo tras girar
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en el coro y tuvo la mejilla pálida
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jadeando junto a una encina de su misma edad, al ver la cabellera
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sacudida del Helicón. Mis diosas, decidme, Musas,
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¿ es verdad que entonces nacieron las encinas cuando las ninfas?
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Las ninfas se alegran cuando la lluvia hace crecer a las encinas,
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y las ninfas lloran cuando ya no hay hojas en las encinas.
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Contra ellas, Apolo, que estaba en el regazo de su madre, se irritó terriblemente,
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y profirió una amenaza no ineficaz contra Tebas:
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Tebas,¿ por qué, desdichada, pones a prueba tu destino inminente?
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No me fuerces todavía a profetizar contra mi voluntad.
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Aún no me preocupa el asiento del trípode en Pitón,
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ni ha muerto todavía la gran serpiente, sino que aún aquella
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bestia de terribles fauces, bajando desde el Pleisto,
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rodea el nevado Parnaso con nueve anillos;
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pero, no obstante, diré algo más cortante que el laurel.
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Huye lejos; pronto te alcanzaré bañando en sangre
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mi arco; tú has obtenido los hijos de una mujer de mala lengua.
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Tú no serás mi querida nodriza, ni el Citerón
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lo será; que yo sea de los puros y para los puros.
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Así habló. Y Leto, dándose la vuelta, se marchó de nuevo.
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Pero cuando las ciudades aqueas la rechazaron