Jerome

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CallistratusDesc 1 · spanish-geminiMore by Callistratus
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Original / primary: Spanish Gemini
1
Había una cueva cerca de las Tebas egipcias que, a semejanza de una siringa, se enroscaba naturalmente en espirales alrededor de los cimientos de la tierra. No se abría en línea recta ni se dividía en pasadizos directos, sino que, recorriendo la curva de la falda de la montaña, extendía espirales subterráneas que desembocaban en un laberinto difícil de encontrar. En ella estaba erigida una figura de Sátiro labrada en piedra. Se alzaba sobre un pedestal, preparando su cuerpo para la danza y levantando hacia atrás el tarso del pie derecho; sostenía una flauta y era el primero en levantarse ante su propio eco. Pues, aunque al oído no le llegaba melodía alguna de la flauta, ni esta emitía sonido, el arrebato de quien toca el instrumento había sido infundido en la piedra mediante el arte. Se podían ver las venas alzándose como si se llenaran de aliento, al Sátiro atrayendo el aire desde su pecho para responder al sonido de la flauta, y a la imagen deseando actuar, haciendo que la piedra cayera en una tensión agónica. Pues persuadía de que poseía en sí misma el poder de la respiración y una muestra de jadeo, habiendo hallado por sí misma, desde lo imposible, un camino. El cuerpo no participaba de la delicadeza, sino que la dureza de los miembros robaba la belleza, endureciendo la idea hacia una simetría de miembros varoniles. Pues, mientras que los cuerpos de una hermosa doncella son suaves, apropiados y de miembros delicados, el aspecto del Sátiro era áspero, como el de un demonio montañés que salta junto a Dioniso. Una hiedra lo coronaba, no una que hubiera arrancado su fruto del prado mediante el arte, sino que la piedra, desde su dureza, se derramaba en ramas que rodeaban la cabellera, deslizándose desde la frente hasta los tendones del cuello. A su lado estaba Pan, regocijándose con la música de flauta y abrazando a Eco, como si, creo yo, temiera que el Sátiro, al mover la flauta, provocara algún sonido musical y persuadiera a la ninfa de responder. Al contemplar esta imagen, creíamos que se trataba de la piedra etíope sonora de Memnón, que se alegraba ante la presencia de la Aurora al acercarse, pero que, al marcharse esta, herido por la angustia, gemía con lamento; y, siendo la única piedra gobernada por la presencia del placer y el dolor, abandonó su sordera natural para vencer su insensibilidad con el poder de la voz.
2
No solo las artes de los poetas y narradores son inspiradas por el entusiasmo que desciende de los dioses sobre sus lenguas, sino que también las manos de los artesanos, tomadas por las dádivas de espíritus más divinos, profetizan sus obras poseídas y llenas de locura. Pues Escopas, movido como por una inspiración, dejó que la posesión divina guiara la creación de la estatua.¿ Por qué no os narro desde el principio el entusiasmo de este arte? Había una estatua de una bacante hecha de piedra de Paros que se transformaba en una bacante real. Pues, permaneciendo en su orden natural, la piedra parecía transgredir la ley de las piedras; lo que se veía era realmente una imagen, pero el arte llevaba la imitación hacia lo que verdaderamente es. Podrías ver que, aun siendo sólida, se ablandaba hacia la representación de lo femenino, con la ferocidad corrigiendo la feminidad, y, careciendo del poder del movimiento, sabía cómo estar poseída por el frenesí báquico, y respondía desde dentro al dios que entraba. Al ver el rostro, nos quedamos mudos, pues tal era la muestra de sensibilidad que acompañaba a una sensibilidad ausente, y se manifestaba un entusiasmo báquico que desbordaba a la bacante sin que el entusiasmo la golpeara, y todas las pruebas de la pasión que trae consigo un alma poseída por el frenesí brillaban en ella, mezcladas por el arte con una lógica inefable. La cabellera estaba suelta para ser agitada por el céfiro y se dividía en flores de cabello, lo cual era lo que más desconcertaba a la razón: que, siendo piedra, cediera a la finura del cabello y obedeciera a las imitaciones de los rizos, y que, despojada de la condición vital, poseyera lo vital. Dirías que el arte también introdujo los principios del crecimiento, tan increíble era lo que se veía y tan visible lo increíble; no obstante, también mostraba manos activas, pues no agitaba el tirso báquico, sino que llevaba una víctima como si estuviera celebrando el evohé, símbolo de una locura más amarga— y esto era una figura de quimera de color lívido, pues la piedra también asumía lo muerto—, y dividía la imitación de la materia, siendo una sola, en muerte y vida, dejando a una con aliento y como si anhelara el Citerón, y a la otra muerta por el frenesí báquico y marchitando el apogeo de sus sentidos. Escopas, pues, al crear generaciones de imágenes sin alma, era un artífice de la verdad, y en los cuerpos se plasmaban los prodigios del alma; Demóstenes, quien modela en palabras, mostró estatuas de discursos, mezclando los fármacos del arte con los frutos de la inteligencia y la prudencia. Y sabréis de inmediato que la estatua propuesta para la contemplación no está privada de su movimiento interno, sino que, al mismo tiempo, domina y conserva en su carácter a su propio creador.
3
Y los discursos desean profetizar otros misterios del arte. Pues no me es lícito no llamar sagrados a los frutos del arte. Había un Eros, obra de Praxíteles, el Eros mismo, un niño floreciente y joven con alas y arcos. El bronce lo moldeaba, y como si estuviera moldeando a Eros, un dios tirano y grande, el propio bronce se volvía poderoso; pues no soportaba ser bronce en todo, sino que, en la medida en que era, se convertía en Eros. Podrías ver el bronce ablandándose y deleitándose en una carnosidad imposible y, por decirlo brevemente, cumpliendo con lo necesario, bastándose a sí mismo el arte. Era fluido sin carecer de suavidad, y teniendo un color acorde al bronce, se veía floreciente; privado de las obras del movimiento, estaba listo para mostrar movimiento, pues, aunque estaba erigido en una posición estática, engañaba como si dominara también el movimiento suspendido. Se enorgullecía con una sonrisa, irradiando algo ardiente y amable desde sus ojos, y era posible ver al bronce obedeciendo a la pasión y aceptando fácilmente la imitación de la sonrisa. Estaba erigido doblando la muñeca derecha hacia la coronilla, mientras que con la otra elevaba el arco e inclinaba el equilibrio de la base hacia la izquierda, pues levantaba la distensión del costado izquierdo hacia la comodidad del bronce, rompiendo la rigidez. Sus rizos sombreados, florecientes y ensortijados, irradiaban una flor de juventud. Y era maravilloso el bronce; pues, al verlo, un rubor resplandecía elevándose desde las puntas de los rizos, y al tocarlo, el cabello se levantaba, suavizándose ante la sensación. A mí, al contemplar el arte, me venía la creencia de que Dédalo también ejercitó un coro en movimiento y dotó de sentidos al oro, donde incluso Praxíteles puso en la imagen de Eros casi pensamientos y se las ingenió para que el ala cortara el aire.
4
Junto a una fuente estaba erigido un indio, una ofrenda dedicada a las ninfas; el indio era de piedra ennegrecida, tendiendo al color natural de su raza, y tenía una cabellera lozana y rizada que no brillaba con un negro puro, sino que desde las puntas rivalizaba con la flor de la concha tiria. Pues, como si el cabello, deleitándose y humedeciéndose con las ninfas vecinas, subiera desde las raíces más negro, hacia las puntas se tornaba púrpura. Los ojos, sin embargo, no concordaban con la piedra, pues alrededor de las pupilas rodeaba una blancura, transformándose la piedra en ese punto hacia un color más blanco, allí donde también el color de la naturaleza del indio se aclara. La embriaguez lo perturbaba, y el color de la piedra no ocultaba el estado de ebriedad, pues no tenía el artificio de sonrojar las mejillas, cubriendo el negro la embriaguez, sino que desde la postura denunciaba la pasión; pues estaba erigido desequilibrado y celebrando una comedia, incapaz de apoyar los pies, sino tembloroso y doblando la corva. La piedra, bajo el efecto de la pasión, parecía golpeada y como si se agitara, mostrando el temblor provocado por la embriaguez. La imagen del indio no tenía nada de delicadeza, ni estaba ejercitada en la gracia del color, sino que estaba articulada solo en la unión de los miembros. Estaba descubierto y desnudo, como si los cuerpos indios estuvieran acostumbrados a virilizarse ante el ardor de la plenitud.
5
Había un bosque y en él una fuente hermosísima de agua muy pura y transparente, y junto a ella estaba erigido Narciso hecho de piedra. Era un niño, o más bien un joven, de la edad de los Erotes, irradiando belleza como un relámpago desde el propio cuerpo. La figura era la siguiente: brillaba con cabellos dorados, en la frente el cabello se enroscaba en círculo, y en el cuello se derramaba hacia la espalda; no miraba con arrogancia pura, ni puramente alegre, pues en los ojos, por obra del arte, había nacido también tristeza, para que la imagen imitara la suerte junto con Narciso. Estaba vestido como los Erotes, a quienes también se asemejaba en el apogeo de su juventud. La figura que lo adornaba era la siguiente: un peplo blanquecino, del mismo color que el cuerpo de piedra, rodeaba en círculo, y prendido en el hombro derecho, bajaba por encima de la rodilla y terminaba, dejando libre solo el brazo desde el broche. Era tan suave y hecho a imitación del peplo, que incluso el color del cuerpo resplandecía, permitiendo que el brillo de los miembros saliera de la blancura del ropaje. Se erigió como si usara la fuente como espejo y derramara en ella la figura de su rostro, y esta, recibiendo los rasgos de él, lograba la misma creación de imagen, de modo que parecía que las naturalezas rivalizaban entre sí. Pues la piedra entera se transformaba hacia aquel niño real, y la fuente competía con los artificios del arte en la piedra, realizando en una figura incorpórea la semejanza del cuerpo del modelo y revistiendo la naturaleza del agua con una especie de carne mediante la sombra que descendía de la imagen. Y era tan vital y lleno de aliento la figura sobre las aguas, que uno pensaría que era el propio Narciso, quien, dicen, al llegar a la fuente y ver su forma sobre las aguas, murió ante las ninfas por haber amado y querido unirse a la imagen, y ahora se imagina en los prados floreciendo en las horas primaverales. Podrías ver cómo la piedra, siendo una, armonizaba el color y la estructura de los ojos, conservaba la historia de las costumbres, mostraba sentidos, revelaba pasiones y seguía el poder del cabello, disolviéndose en la curva del rizo. Lo que no se puede decir con palabras: una piedra relajada hacia la fluidez y ofreciendo un cuerpo opuesto a su esencia; pues, habiendo obtenido una naturaleza más sólida, enviaba una sensación de ternura, disolviéndose en una masa corporal más sutil. Sostenía también una siringa, con la cual ofrecía primicias a los dioses rurales y llenaba de música la soledad, si alguna vez deseaba conversar con salterios musicales. Al admirar a este Narciso, oh jóvenes, os lo he traído también a vosotros, retratándolo en el patio de las Musas. Y el discurso tiene lo que también tenía la imagen.
6
Deseo presentarte también con el discurso la obra de Lisipo, la cual el artífice, habiendo creado la más bella de las estatuas, la expuso a la vista de los sicionios; era el Kairós( la Ocasión) moldeado en una estatua de bronce, con el arte compitiendo con la naturaleza. El Kairós era un niño que florecía desde la cabeza hasta los pies, rectificando la flor de la juventud. Era hermoso de rostro, agitando un vello incipiente y dejando la cabellera suelta para que el céfiro la agitara hacia donde quisiera, y tenía un color floreciente, manifestando las flores con el brillo del cuerpo. Era en gran medida semejante a Dioniso; pues las frentes brillaban con gracias, y sus mejillas, enrojeciéndose hacia una flor de juventud, se embellecían arrojando un suave rubor sobre los ojos, y estaba erigido sobre una esfera, apoyado en las puntas de los pies y con los pies alados. El cabello no crecía de forma convencional, sino que la cabellera, arrastrándose sobre las cejas, dejaba caer el rizo sobre las mejillas, mientras que la parte posterior del Kairós estaba libre de rizos, mostrando solo el crecimiento natural del cabello. Nosotros, pues, golpeados por el estupor ante la vista, permanecíamos viendo el bronce maquinando obras de la naturaleza y saliendo de su propio orden; pues, siendo bronce, se sonrojaba, y siendo duro por naturaleza, se derramaba suavemente, cediendo al arte hacia donde quisiera, y, careciendo de sentido vital, certificaba tener el sentido habitante, y estaba realmente erigido, apoyando firmemente el tarso, y, estando de pie, mostraba tener el poder del impulso y engañaba tu ojo, como si dominara también el movimiento hacia adelante, y habiendo recibido del artífice también el cortar la extensión aérea, si quisiera, con las alas. Y nuestro asombro era tal, pero uno de los sabios en las artes, que sabía rastrear con una sensibilidad más técnica los prodigios de los artífices, aplicó también la razón a la obra, explicando el poder del Kairós conservado en el arte: pues el ala de los tarsos aludía a la rapidez, y cómo se lleva desenrollando el largo tiempo, montado sobre las horas, y la hora que florece, porque todo lo oportuno es hermoso y el Kairós es el único artífice de la belleza, y todo lo que ha perdido su flor está fuera de la naturaleza del Kairós, y la cabellera sobre la frente, porque al acercarse es fácil de agarrar, pero al pasar, el apogeo de las cosas se va con él y no es posible, habiéndolo descuidado, agarrar el Kairós.
7
En el Helicón, lugar sombreado consagrado a las Musas, junto a los arroyos del río Olmeio y la fuente de Pegaso, de color violeta, estaba erigida la estatua de Orfeo, el hijo de Calíope, junto a las Musas, hermosísima de ver; pues el bronce engendraba con el arte la belleza, señalando con el esplendor del cuerpo lo musical del alma, y lo adornaba una tiara persa salpicada de oro que se elevaba en altura desde la coronilla, y una túnica que bajaba desde los hombros hasta los pies estaba ceñida sobre el pecho con un talabarte de oro, y la cabellera era tan floreciente y señalaba algo vital y lleno de aliento, que engañaba la sensibilidad, pues incluso se agitaba al ser sacudida por los soplos del céfiro. Pues una parte, derramada sobre la espalda desde el cuello, y la otra, subiendo desde arriba sobre las cejas, dividida en dos, mostraba limpios los rayos de los ojos, y la sandalia estaba adornada con oro muy rubio y un peplo suelto bajaba por la espalda hasta el tobillo, y sostenía la lira, y esta tenía tantos sonidos como Musas; pues el bronce fingía también las cuerdas y, transformándose hacia la imitación de cada una, se dejaba llevar obedientemente, volviéndose casi vocal ante el mismo eco de los sonidos. Y bajo los pies, la base no tenía un cielo moldeado, ni Pléyades cortando el éter, ni giros de la Osa ajenos a los baños del Océano, sino que todo el género de las aves se detenía ante el canto, y todas las fieras de la montaña, y cuanto se alimenta en los rincones del mar, y el caballo era encantado, dominado por la melodía en lugar del freno, y el buey, dejando los pastos, escuchaba la música de la lira, y la naturaleza implacable de los leones se calmaba ante la armonía. Podrías ver también al bronce moldeando ríos que fluían desde las fuentes hacia las melodías, y una ola del mar elevándose por amor al canto, y piedras golpeadas por la sensibilidad musical, y toda planta estacional apresurándose desde las costumbres hacia la musa órfica, y nada era lo que sonaba, ni lo que despertaba la armonía de la lira, pero el arte manifestaba en los animales las pasiones del amor por la música y hacía que en el bronce aparecieran los placeres y revelaba inefablemente los encantos que florecían en la sensibilidad de los animales.
8
A Dédalo le era posible, si hay que creer en el prodigio de Creta, maquinar obras en movimiento y forzar al oro hacia la sensibilidad humana, pero las manos de Praxíteles preparaban las obras totalmente vitales. Había un bosque y Dioniso estaba erigido imitando la figura de un joven, tan suave, que el bronce se transformaba hacia la carne, y teniendo el cuerpo tan fluido y relajado, como si hubiera nacido de otra materia y no de bronce, el cual, siendo bronce, se sonrojaba, y no teniendo participación de vida, quería mostrar la idea de la vida, y al tocarlo tú, se levantaba ante el apogeo, y el bronce era realmente sólido, pero, ablandado por el arte hacia la carne, escapaba a la sensibilidad de la mano. Era floreciente, lleno de delicadeza, fluyendo de deseo, tal como Eurípides lo manifestó al darle forma en las Bacantes, y una hiedra lo coronaba rodeándolo en círculo. Como hiedra era el bronce, doblándose en ramas y levantando los rizos de los bucles derramados desde la frente, y lleno de sonrisa, lo cual estaba más allá de todo prodigio, el bronce fingía dejar pruebas de placer y la manifestación de las pasiones. Una piel de cervatillo lo cubría, no como Dioniso acostumbra a llevarla, sino que el bronce se transformaba hacia la imitación de la piel, y estaba erigido apoyando la izquierda en el tirso, y el tirso engañaba la sensibilidad y, hecho de bronce, se creía que resplandecía con algo verde y floreciente, cambiando hacia esta materia. El ojo era brillante como el fuego, de aspecto maníaco, pues el bronce manifestaba también lo báquico y parecía estar poseído por un dios, como si, creo yo, Praxíteles hubiera podido mezclar también el frenesí báquico.
9
Deseo narrarte también el prodigio de Memnón, pues el arte es realmente paradójico y superior a la mano humana. Había una imagen de Memnón, hijo de Titono, en Etiopía, hecha de piedra; sin embargo, no permanecía en sus límites propios siendo piedra, ni soportaba el silencio de la naturaleza, sino que, siendo piedra, tenía el poder de la voz: pues a veces saludaba a la Aurora que se levantaba, señalando con la voz la alegría y alegrándose ante la presencia de su madre, y a veces, al declinar hacia la noche, gemía algo lastimero y doloroso, angustiándose ante la ausencia. La piedra no carecía de lágrimas, sino que tenía estas sirviendo a su voluntad, y la imagen de Memnón me parecía diferir del cuerpo humano solo en que era guiada y dirigida por un alma y una intención similar. Tenía, al menos, mezcladas las cosas que causan dolor y, de nuevo, una sensibilidad de placer lo invadía, golpeado por ambas pasiones, y la naturaleza produjo la generación de las piedras sin voz y sordas, y que ni querían ser gobernadas por el dolor ni sabían alegrarse, sino que eran invulnerables a todas las suertes, pero a aquella piedra de Memnón el arte le entregó también el placer y mezcló la piedra con el dolor, y solo conocemos este arte que puso en la piedra pensamientos y voz. Pues Dédalo se jactaba hasta el movimiento y su arte tenía el poder de perturbar las materias y moverlas hacia la danza, pero era imposible y totalmente inalcanzable tratar las obras para que participaran de la voz, pero las manos de los etíopes, habiendo hallado caminos de lo imposible, vencieron también la falta de voz de la piedra. A aquel Memnón, según se dice, Eco le respondía cuando hablaba, y cuando gemía lastimeramente, le enviaba una melodía lastimera, y cuando se deleitaba, le devolvía el eco como una imitación. Aquella obra calmaba también las angustias de la Aurora y no permitía que buscara al niño, como si el arte de los etíopes le opusiera a Memnón, desaparecido por el destino.
10
Entonces,¿ creemos que el navío argonauta se volvió sonoro, el fabricado por las manos de Atenea, que también heredó la suerte entre los astros, y no creeremos en una estatua en la que Asclepio infunde los poderes, introduciendo la mente previsora, para convertir hacia su propia comunión la fuerza del habitante, pero concederemos que lo divino desciende a los cuerpos humanos, donde incluso podría ser manchado por las pasiones, y no creeremos si, para aquel en quien no hay descendencia de maldad, ha crecido junto a él? A mí, pues, no me parece que lo que se ve sea un tipo, sino un molde de la verdad. Pues mira cómo el arte no carece de carácter, sino que, habiendo retratado al dios, se transforma hacia él. Siendo materia, envía un pensamiento divino, y siendo obra de mano, realiza lo que no es posible para las creaciones, engendrando inefablemente pruebas del alma. Al contemplar el rostro, tu sensibilidad se esclaviza, pues no ha sido configurado hacia una belleza añadida, sino que, moviendo un ojo totalmente puro y propicio, te hace brillar una profundidad inefable de dignidad mezclada con pudor. Los rizos de la cabellera, fluyendo con gracias, unos se derraman sueltos floreciendo hacia la espalda, y otros, subiendo sobre la frente, se enroscan sobre los ojos. Y como si fueran regados por una causa vital, se enroscan ellos mismos hacia la curva de los rizos, no obedeciendo la materia a la ley del arte, sino pensando que configura a un dios y que debe dominar. La idea de la estatua, como la de las cosas que suelen corromperse, florece, pues lleva en sí misma la esencia de la salud, adquiriendo un apogeo imperecedero. Nosotros, pues, oh Peán, hemos comenzado para ti con discursos jóvenes y descendientes de la memoria; pues ordenas, creo; y estamos dispuestos a cantar también la ley, si nos otorgas salud.
11
¿ Has visto al joven en la acrópolis, al que Praxíteles erigió, o debo presentarte el asunto del arte? Era un niño suave y joven, con el bronce ablandándose hacia lo delicado y juvenil del arte, y estaba lleno de lujo y deseo, y mostraba la flor de la juventud, y todo era posible verlo transformándose hacia la voluntad del arte; pues era suave, teniendo la esencia luchando contra la suavidad, y era llevado hacia lo fluido, careciendo de fluidez, y el bronce salía totalmente de su propia naturaleza, trasladándose hacia el verdadero tipo. Privado de aliento, asumía lo vital, pues lo que la materia no recibió, ni tenía de forma innata, de esto el arte se procuraba el poder. Compartía las mejillas con un rubor, lo cual era paradójico, un rubor nacido del bronce, y era la flor de la edad infantil resplandeciendo, y la cabellera tenía rizos que subían sobre las cejas. El que coronaba el cabello con el talabarte y apartaba los cabellos de las cejas con la diadema, mantenía la frente libre de rizos. Y cuando examinábamos el arte parte por parte y los prodigios en ella, permanecíamos golpeados por el estupor, pues el bronce mostraba la carne bien nutrida y lustrosa y se adaptaba al movimiento del cabello, a veces enroscándose junto con los rizos ensortijados, y a veces desplegándose junto con el cabello que quería derramarse extendido por la espalda, y cuando el molde quería doblarse, se relajaba hacia la curva, y cuando quería tensar los miembros, se trasladaba hacia la tensión. El ojo era deseable, mezclado con pudor, lleno de gracia afrodisíaca, pues el bronce sabía envidiar lo amable y obedecía al ídolo que quería enorgullecerse. Estando inmóvil, este efebo te parecería participar del movimiento y prepararse para la danza.
12
Al entrar en un templo sagrado, algo grande, que traslada hacia sí la más bella representación, contemplo en los propileos del templo un centauro, no como un hombre según la imagen homérica, sino semejante a un monte boscoso. El centauro era un hombre que bajaba hasta el costado, terminando en una base de caballo de cuatro patas, pues la naturaleza, cortando al caballo y al hombre por la mitad, los ajustó en un solo cuerpo, separando algunos miembros y fabricando otros acordes entre sí; pues de la parte humana, cuanto se lleva desde la cintura hasta la punta de la base, lo quitó, y del cuerpo caballar, cuanto baja hasta el ombligo, cortándolo, lo unió al tipo humano, de modo que el caballo anhela la cabeza y los tendones del cuello, y cuanto se ensancha bajando hacia la espalda, y el hombre busca el apoyo desde el ombligo hasta la base. Siendo el cuerpo de tal modo, podrías ver también el espíritu flotando sobre la obra, y el cuerpo salvaje, y lo bestial floreciendo en el rostro, y la piedra imitando hermosamente la belleza del cabello, y todo apresurándose hacia el verdadero tipo.
13
Vi también a la muy celebrada Medea en los límites de los macedonios. Era una piedra que manifestaba la forma del alma, habiendo impreso en ella el arte lo que completa el alma, pues la manifestación denunciaba la razón, y el espíritu se levantaba, y la imagen pasaba hacia la disposición del dolor, y, por decirlo brevemente, lo que se veía era una explicación del drama que la rodeaba; pues la razón manifestaba los planes de la mujer por encima de la acción, y el espíritu, siendo descrito por el ímpetu de la ira, despertaba la naturaleza hacia la obra, introduciendo el impulso hacia la censura, y el dolor señalaba la compasión por los hijos, arrastrando débilmente la piedra desde el espíritu hacia la inteligencia materna. Pues la imagen no era implacable ni bestial, sino que se dividía hacia la muestra de espíritu y angustia, sirviendo a los planes de la naturaleza femenina. Pues era natural que, después de la ira, purificándose del espíritu, se volviera hacia la compasión y, entrando en la reflexión del mal, se compadeciera del alma. La imagen imitaba estas pasiones junto con el cuerpo, y era posible ver la piedra a veces llevando el espíritu en los ojos, y a veces mirando con tristeza y ablandándose hacia la severidad, como si el artífice hubiera llenado la imitación directamente desde el principio de la dramaturgia de Eurípides, en la que ella planea, despertando al mismo tiempo la inteligencia prudente, y enfurece el carácter hacia el espíritu, rompiendo los límites fijados por la naturaleza hacia los descendientes de la filogenia, y toca los discursos infantiles después de la matanza ilegal. Tenía también la mano portadora de espada, lista para servir al espíritu que se apresuraba hacia la mancha, y el cabello descuidado señalaba la aspereza, y un ropaje de luto era acorde al alma.
14
Había una imagen en las costas escitas, no solo para exhibición, sino también ejercitada no sin arte en la agonía de las bellezas de la pintura. Estaba moldeado en ella Atamante poseído por la locura. Era posible verlo desnudo, enrojeciendo la cabellera con sangre, con el cabello al viento, perturbado de mirada, lleno de estupor, y estaba armado no solo con locuras hacia la audacia, ni se había vuelto salvaje con los terrores destructores de espíritu de las Erinias, sino que también el hierro de la mano estaba proyectado, semejante a quien corre. Pues la imagen era realmente inmóvil, pero parecía no mantener la quietud, sino que, por la opinión del movimiento, perturbaba a los espectadores, mirando algo pálido y muerto por el miedo, y estaba presente Ino, temerosa, temblorosa, y había abrazado a un niño pequeño y acercaba el pecho a sus labios, goteando las fuentes nutritivas para los alimentados. La imagen se apresuraba hacia la punta de Escirón y el mar de la falda de la montaña, y el oleaje se ahuecaba para recibirlo, acostumbrado a ondear, y un céfiro poseía el cuerpo, calmando el mar con un soplo agudo, pues la cera imaginaba la sensibilidad, sabiendo crear también aliento y lanzar brisas marinas y llevar la imitación hacia las obras de la naturaleza. Saltaban también delfines marinos cortando el oleaje en la pintura, y la cera parecía respirar y humedecerse hacia la imitación del mar, transformándose hacia la misma esencia. En los límites del cuadro, una Anfitrite subía desde las profundidades, mirando algo salvaje y espantoso, y haciendo brillar un resplandor glauco desde los ojos, y las Nereidas estaban erigidas a su alrededor, y estas eran suaves y florecientes de ver, y goteando deseo afrodisíaco desde los ojos, y girando la danza sobre las puntas de las olas marinas, golpeaban. Y alrededor de ellas, el Océano de profundos remolinos se derramaba, habiendo aprendido también a ondear, casi con el movimiento del río.

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