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Against Vatinius
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Original / primary: Spanish Gemini
1
Si solo hubiera querido atender, Vatinio, a lo que exigía la indignidad, habría hecho lo que a estos les complacía sobremanera: dejarte marchar en silencio, a ti, cuyo testimonio, debido a la bajeza de tu vida y a tus miserias domésticas, se consideraba de nulo valor; pues ninguno de ellos pensaba que debieras ser refutado como un adversario serio ni interrogado como un testigo digno de crédito. Pero fui hace poco un poco más intemperante de lo que debí; pues por el odio hacia ti, en el cual, aunque debería superar a todos debido a tu crimen contra mí, sin embargo, soy vencido por casi todos, me sentí tan incitado que, aunque te despreciaba no menos de lo que te odiaba, quise, no obstante, dejarte marchar vejado antes que despreciado.
2
Por lo cual, para que no te sorprendas de que te dispense este honor, el de interrogar a quien nadie considera digno de trato, de acceso, de sufragio, de ciudadanía ni de la luz, ninguna causa me habría impulsado a ello si no fuera para comprimir esa ferocidad tuya, quebrar tu audacia y retardar tu locuacidad, enredada por mis breves interrogatorios. Pues debiste, Vatinio, aun si hubieras caído bajo sospecha falsamente ante P. Sestio, perdonarme, no obstante, si en un peligro tan grande para un hombre que tanto bien ha merecido de mí, quise atender tanto a su tiempo como a su voluntad.
3
Pero que ayer mentiste al testificar, al afirmar que no habías tenido conversación alguna con Albinovano, no solo sobre acusar a Sestio, sino sobre ningún otro asunto, lo indicaste imprudentemente hace poco, al decir que T. Claudio se había comunicado contigo y te había pedido consejo para acusar a P. Sestio, y que Albinovano, a quien antes habías dicho que apenas conocías, había ido a tu casa y hablado mucho contigo; finalmente, que tú habías dado a Albinovano los discursos escritos de P. Sestio, que él ni conocía ni podía encontrar, y que estos fueron leídos en este juicio. En esto confesaste una cosa: que los acusadores fueron instruidos y sobornados por ti; en la otra, refutaste tu propia inconstancia, implicada tanto con ligereza como con perjurio, al decir que quien habías afirmado que te era totalmente ajeno había estado en tu casa, y que a quien habías juzgado desde el principio como un prevaricador, le habías dado los libros que te había pedido para acusar.
4
Eres demasiado vehemente y feroz por naturaleza: no crees que sea lícito que salga de la boca de nadie una palabra que no resulte agradable y honorífica a tus oídos. Viniste enfadado con todos; lo cual yo, apenas te vi, antes de que empezaras a hablar, mientras Gellio, la nodriza de todos los sediciosos, prestaba testimonio, lo sentí y lo preví. Pues de repente te introdujiste como una serpiente desde sus escondrijos, con los ojos saltones, el cuello hinchado y las cervices tumefactas, de modo que para mí se renovó aquel tu...
5
Defendí a mi antiguo amigo, pero, sin embargo, conocido tuyo, cuando en esta ciudad la forma de ataque que tú usas ahora suele ser criticada a veces, pero la defensa nunca. Pero te pregunto por qué no habría de defender a C. Cornelio:¿ acaso Cornelio propuso alguna ley contra los auspicios, descuidó la ley Elia o la Fufia, ejerció violencia contra un cónsul, ocupó un templo con hombres armados, expulsó por la fuerza a un intercesor, profanó las religiones, vació el erario o saqueó la república? Todas estas son tuyas, tuyas: a Cornelio no se le objetó nada de ese tipo. Se decía que había leído un códice: se defendía con el testimonio de sus colegas, diciendo que no lo había leído para recitarlo, sino para revisarlo. Constaba, sin embargo, que Cornelio había disuelto el concilio aquel día y obedecido a la intercesión. Tú, en cambio, a quien la defensa de Cornelio desagrada,¿ qué causa presentarás a tus patronos o qué rostro mostrarás? A ellos ya les prescribes cuán vergonzoso será para ellos si te defienden, cuando tú has pensado que la defensa de Cornelio debía ser objetada entre mis maldiciones.
6
Pero recuerda esto, Vatinio: poco después de esa defensa mía, que dices que desagradó a los hombres de bien, fui hecho cónsul de la manera más magnífica que se recuerda, con la suma voluntad de todo el pueblo romano y con el singular entusiasmo de todos los mejores, y que he conseguido viviendo honestamente todo aquello que tú, vaticinando impudentemente, dijiste a menudo que esperabas. Pues, en cuanto a que me objetaste mi partida, y que quisiste renovar el luto y el gemido de aquellos para quienes aquel día fue el más amargo, que fue el mismo que para ti el más alegre, solo te responderé esto: que, cuando tú y las demás pestes de la república buscabais un pretexto para las armas, y cuando, mediante mi nombre, deseabais arrebatar las fortunas de los ricos, absorber la sangre de los principales de la ciudad y saciar vuestra crueldad y el odio duradero que ya teníais inveterado contra los buenos, preferí quebrar vuestro crimen y vuestro furor cediendo antes que resistiendo.
7
Por lo cual te pido que me perdones, Vatinio, por haber perdonado a la patria a la que había salvado, y, si yo soporto que tú seas un destructor y vejador de la república, que tú soportes que yo sea su conservador y guardián. Además, increpas la partida de aquel hombre a quien ves que fue revocado por el deseo de todos los ciudadanos y, finalmente, por el luto de la propia república. Pero dijiste que los hombres no se esforzaron por mi regreso por mi causa, sino por la de la república:¡ como si cualquier hombre de espíritu excelente que ha entrado en la vida pública considerara algo más deseable que ser amado por sus ciudadanos por causa de la república!
8
Sin duda, mi naturaleza áspera, mi difícil acceso, mi rostro grave, mis respuestas soberbias, mi vida insolente; nadie requería mi trato, nadie mi humanidad, nadie mi consejo, nadie mi auxilio; por cuya ausencia, para decir lo mínimo, el foro estuvo triste, la curia muda, y finalmente todos los estudios de las buenas artes callaron. Pero supongamos que nada se hizo por mi causa: admitamos que todos aquellos senadoconsultos, órdenes del pueblo, decretos de toda Italia, de todas las sociedades y de todos los colegios sobre mí se hicieron por causa de la república.¿ Qué, pues, hombre ignorante de la gloria sólida y de la verdadera dignidad, pudo sucederme más excelente?¿ Qué más deseable para la inmortalidad de la gloria y para la memoria sempiterna de mi nombre que el que todos mis ciudadanos juzgaran que la salvación de la ciudad estaba unida a mi propia salvación?
9
Lo cual te devuelvo, pues así como dijiste que yo era querido por el senado y el pueblo romano no tanto por mi causa como por la de la república, así yo digo que tú, aunque eres el más detestable por toda tu maldad e inhumanidad, eres odiado por la ciudad no tanto por tu nombre como por el de la república. Y para llegar finalmente a ti, que esto sea lo último sobre mí. Lo que cada uno de nosotros diga de sí mismo no debe ser ciertamente requerido: lo que los hombres de bien digan, eso es de máximo momento y peso.
10
Hay dos momentos en los que los juicios de nuestros ciudadanos sobre nosotros deben ser observados: uno el del honor, otro el de la salvación. El honor fue otorgado a pocos con tal voluntad del pueblo romano como a mí; la salvación, a nadie le fue devuelta con tanto entusiasmo de la ciudad. Sobre ti, en cambio, hemos experimentado lo que los hombres sienten en el honor, y lo esperamos en la salvación. Pero, sin embargo, para no compararme con estos principales de la ciudad que están presentes por P. Sestio, sino contigo, con un hombre no solo impudentísimo, sino también el más sórdido y bajo, te pregunto a ti mismo, hombre arrogantísimo y mi mayor enemigo, Vatinio:¿ qué crees que ha sido mejor y más excelente para esta ciudad, para esta república, para esta urbe, para estos templos, para el erario, para la curia, para estos hombres que ves, para los bienes, fortunas e hijos de estos, para los demás ciudadanos, y finalmente para los santuarios, auspicios y religiones de los dioses inmortales: que yo naciera ciudadano en esta ciudad o tú? Cuando me hayas respondido esto, ya sea tan impudentemente que los hombres apenas puedan apartar sus manos de ti, o tan dolorosamente que finalmente esas cosas que están hinchadas se rompan, entonces responde con memoria a lo que te preguntaré sobre ti mismo.
11
Y permitiré que ese tiempo tan oscuro del inicio de tu juventud quede oculto. Puedes, impunemente por mi parte, haber perforado paredes en tu juventud, haber robado a tus vecinos, haber golpeado a tu madre: que tu indignidad tenga este premio, que la bajeza de tu juventud quede cubierta por tu oscuridad y tus miserias. Pediste la cuestura con P. Sestio, cuando este no hablaba de nada más que de lo que hacía, tú decías que pensabas en ejercer un segundo consulado. Te pregunto si retienes en la memoria que, cuando P. Sestio fue hecho cuestor por todos los sufragios, tú entonces apenas, contra la voluntad de todos, no por beneficio del pueblo sino del cónsul, te adheriste al final.
12
En esa magistratura, cuando con gran clamor te había tocado por sorteo la provincia de las aguas,¿ fuiste enviado por mí, como cónsul, a Puteoli para prohibir que de allí se exportara oro y plata? En ese negocio, cuando pensaste que no habías sido enviado como custodio para contener las mercancías, sino como recaudador para repartirlas, y cuando escudriñabas con gran rapacidad las casas, almacenes y naves de todos, y enredabas a los hombres que hacían negocios con juicios inicuos, aterrorizabas a los mercaderes que salían de la nave y demorabas a los que subían,¿ retienes en la memoria que en la asamblea de Puteoli se te pusieron las manos encima y que las quejas de los puteolanos fueron llevadas ante mí, como cónsul? Después de la cuestura,¿ saliste como legado a la Hispania Ulterior con C. Cosconio, procónsul? Cuando ese viaje a Hispania suele hacerse casi a pie, o, si alguien quiere navegar, hay una ruta de navegación establecida,¿ viniste a Cerdeña y de allí a África?¿ Estuviste, lo cual no te estaba permitido hacer sin senadoconsulto, en el reino de Hiempsal, estuviste en el reino de Mastanesoso, viniste al estrecho a través de Mauritania?¿ A quién conoces que haya llegado jamás a esa provincia como legado hispánico por esos itinerarios?
13
Fuiste hecho tribuno de la plebe— pues¿ qué te voy a preguntar sobre tus infamias hispánicas y tus robos más sórdidos?—. Te pregunto primero, en general,¿ qué género de maldad y crimen omitiste en esa magistratura? Y ya desde ahora te prescribo que no mezcles tus miserias con el esplendor de los hombres más ilustres. Todo lo que te pregunte, te lo preguntaré sobre ti mismo, y no te extraeré de la dignidad de un hombre amplísimo, sino de tus tinieblas; y todos mis dardos serán lanzados contra ti de tal modo que nadie sea herido a través de tu costado, como sueles decir; se clavarán en tus pulmones y en tus entrañas.
14
Y puesto que los principios de todas las cosas grandes se derivan de los dioses inmortales, quiero que me respondas tú, que sueles decirte pitagórico y pretender el nombre de un hombre doctísimo para tus costumbres inhumanas y bárbaras, qué tanta depravación de mente te poseyó, qué tanto furor, que, habiendo emprendido ritos inauditos y nefarios, habiendo solido evocar las almas de los infiernos y sacrificar a los dioses manes con las entrañas de los niños, despreciaste los auspicios con los que esta ciudad fue fundada, con los que toda la república y el imperio se mantienen, y al inicio de tu tribunado denunciaste al senado que las respuestas de los augures y la arrogancia de ese colegio no serían impedimento para tus acciones.
15
Después de esto, pregunto:¿ guardaste en ello la fe?¿ Acaso alguna vez te trajo demora para convocar el concilio y proponer la ley, sabiendo que ese día se había observado el cielo? Y puesto que este es el único punto que dices tener en común con César, te separaré de él, no solo por causa de la república, sino también de César, para que ninguna mancha de tu suma indignidad parezca salpicada sobre su dignidad. Primero pregunto:¿ acaso tú permites tu causa al senado, como hace César? Después,¿ cuál es la autoridad de quien se defiende con el hecho de otro, no con el suyo? Después— pues alguna vez brotará de mí la voz verdadera y diré sin vacilación lo que siento—, si C. César hubiera sido más violento en alguna cosa, si la magnitud de la contienda, el afán de gloria, su espíritu sobresaliente, su excelente nobleza lo hubieran impulsado a algo, lo cual en aquel hombre sería tolerable y debería ser olvidado por las grandísimas cosas que hizo después,¿ eso te lo tomarás tú, bribón, y se oirá la voz de Vatinio, el ladrón y sacrílego, exigiendo que se le conceda lo mismo que a César?
16
Pues así te pregunto. Fuiste tribuno de la plebe— sepárate del cónsul—: tuviste nueve colegas hombres valientes. De ellos, tres eran los que sabías que observaban el cielo diariamente, a quienes te burlabas, a quienes decías que eran particulares; de los cuales ves a dos sentados con la toga pretexta—¡ tú, que vendiste la toga pretexta edilicia que habías confeccionado en vano!—; del tercero sabes que, tras aquel asediado y afligido tribunado, alcanzó la autoridad consular siendo un hombre joven. Los seis restantes fueron, de los cuales algunos sentían claramente contigo, otros mantenían un curso medio: todos tuvieron leyes promulgadas, entre ellas muchas mi allegado, incluso bajo mi parecer, C. Cosconio, nuestro juez, a quien te deshaces cuando ves con la toga edilicia.
17
Quiero que me respondas si alguien de todo el colegio se atrevió a proponer una ley excepto tú solo.¿ Qué tanta audacia hubo en ti, qué tanta fuerza, que lo que tus nueve colegas consideraron que debían temer, eso tú, emergido del fango, el más ínfimo de todos en todas las cosas, consideraste que debía ser despreciado, desdeñado y ridiculizado?¿ Acaso conoces a algún tribuno de la plebe, desde la fundación de la ciudad, que haya actuado con la plebe cuando constaba que se había observado el cielo?
18
Al mismo tiempo quiero también que respondas esto: cuando eras tribuno de la plebe, existían todavía en la república la ley Elia y la Fufia, leyes que muchas veces debilitaron y reprimieron los furores tribunicios, contra las cuales nadie jamás intentó actuar excepto tú— leyes que, ciertamente, un año después, sentados en el templo no cónsules sino traidores de esta ciudad y pestes, ardieron junto con los auspicios, con las intercesiones y con todo el derecho público—:¿ dudaste alguna vez en actuar contra esas leyes con la plebe y convocar el concilio?¿ Acaso has oído que algún tribuno de la plebe, de todos los que fueron sediciosos, haya sido tan audaz como para convocar un concilio contra la ley Elia o la Fufia?
19
Pregunto también esto:¿ intentaste, quisiste, finalmente pensaste— pues es un asunto de tal naturaleza que, si solo te viene a la mente, no hay nadie que piense que eres indigno de cualquier tortura—, pensaste en ese tu intolerable no reino— pues deseas oír eso—, sino latrocinio, ser augur en lugar de Q. Metelo, para que cualquiera que te viera sintiera un doble dolor y gemido, tanto por la ausencia del ciudadano más ilustre como por el honor del más sórdido y malvado?¿ Acaso pensaste que la república no estaba debilitada, ni la ciudad sacudida, sino que esta urbe estaba capturada y pervertida, cuando tú eras tribuno, para que pudiéramos soportar a un Vatinio augur?
20
En este punto pregunto: si, lo que habías deseado, hubieras sido hecho augur— en cuya reflexión nosotros, que te odiábamos, apenas podíamos soportar el dolor, mientras que aquellos a quienes eras un deleite apenas podían contener la risa—: pero pregunto, si a las demás heridas con las que pensaste que la república había sido destruida, hubieras infligido también esta plaga mortífera de tu augurado,¿ habrías decretado, lo que todos los augures han decretado desde Rómulo, que es nefasto actuar con el pueblo cuando Júpiter fulgura, o, porque tú siempre habías actuado así, habrías disuelto los auspicios siendo augur?
21
Y para no hablar más tiempo de tu augurado— lo cual hago a disgusto al recordar las ruinas de la república; pues ni tú mismo pensaste jamás que, estando en pie no solo la majestad de estos, sino incluso la ciudad, serías augur—: pero, sin embargo, para dejar tus sueños y venir a tus crímenes, quiero que me respondas: cuando llevabas al cónsul M. Bibulo— no diré que sintiendo bien sobre la república, para que tú, hombre poderoso, no te enfades conmigo, que discrepaste de él, sino ciertamente un hombre que no avanzaba a ninguna parte, que no tramaba nada en la república, solo discrepando de espíritu de tus acciones—, cuando tú llevabas a ese cónsul a cadenas y tus colegas ordenaban que fuera enviado desde la tabla Valeria,¿ hiciste ante los rostros un puente con tribunales continuos, por el cual el cónsul del pueblo romano, el más moderado y constante, privado de auxilio, excluidos sus amigos, por la fuerza incitada de hombres perdidos, en un espectáculo vergonzoso y miserable, fuera llevado no a la cárcel, sino al suplicio y a la muerte?
22
Pregunto si alguien antes que tú fue tan nefario que hiciera eso, para saber si eres imitador de crímenes antiguos o inventor de nuevos; y el mismo tú, con estos y tales consejos y crímenes, en nombre de C. César, hombre clementísimo y óptimo, pero con tu crimen y audacia, habiendo expulsado a M. Bibulo del foro, la curia, los templos y todos los lugares públicos, manteniéndolo encerrado en casa, y cuando la vida del cónsul no estaba protegida por la majestad del imperio, ni por el derecho de las leyes, sino por la guardia de la puerta y la custodia de las paredes,¿ enviaste a un viador que sacara a M. Bibulo de su casa por la fuerza, para que, lo que siempre se ha respetado en los particulares, eso, siendo tú tribuno de la plebe, no pudiera ser el exilio de la casa para un cónsul?
23
Al mismo tiempo respóndeme tú, que nos llamas tiranos a nosotros que consentimos sobre la salvación común,¿ fuiste no tribuno de la plebe, sino un tirano intolerable, no sé de qué fango y de qué tinieblas, que primero intentaste pervertir esa república que fue constituida con auspicios inventados, habiendo suprimido los mismos auspicios, después, las leyes más santas, la Elia y la Fufia digo, que vivieron en la ferocidad de los Gracos, en la audacia de Saturnino, en la confluencia de Druso, en la contienda de Sulpicio, en el cruor de Cinna, incluso entre las armas de Sila, tú solo las hollaste y las tuviste por nada, que expusiste a un cónsul a la muerte, lo asediaste encerrado, intentaste sacarlo de sus techos, que en esa magistratura no solo emergiste de la mendicidad, sino que incluso nos asustas ya con tus riquezas?
24
Fuiste de tal crueldad que intentaste quitar y destruir a hombres elegidos y principales de la ciudad con tu rogativa, cuando produjiste en la contienda a L. Vetio, quien había confesado en el senado que había estado con arma, que había querido ofrecer con sus propias manos la muerte a Cn. Pompeyo, ciudadano sumo e ilustrísimo, y lo colocaste como delator en los rostros, en aquel, digo, templo y lugar augurado, donde los demás tribunos de la plebe solían producir a los principales de la ciudad para buscar su autoridad. Allí tú quisiste que el delator Vetio ofreciera su lengua y su voz a tu crimen y demencia.¿ Dijo L. Vetio en tu contienda, interrogado por ti, que había tenido como autores, impulsores y socios de aquel crimen a aquellos hombres, sin los cuales, si fueran eliminados de la ciudad, lo que tú tramabas en ese tiempo, la ciudad no podría mantenerse? A M. Bibulo, con cuya reclusión no estabas contento, habías querido matar, lo habías despojado del consulado, deseabas privarlo de la patria; a L. Lúculo, cuyas gestas envidiabas más vehementemente, porque tú mismo habías mirado desde niño a las alabanzas imperatorias, a C. Curión, enemigo perpetuo de todos los malvados, autor del consejo público, sumamente libre en la defensa de la libertad común, junto con su hijo, príncipe de la juventud, más unido a la república de lo que se debía exigir a esa edad, quisiste destruir;
25
A L. Domicio, cuya dignidad y esplendor deslumbraban, creo, los ojos de Vatinio— a quien odiabas por el odio común hacia los buenos, y en el futuro, por la esperanza de todos que hay y había sobre él, temías desde hacía tiempo—, a L. Léntulo, este nuestro juez, flamen marcial, porque era en ese tiempo competidor de tu Gabinio, quisiste oprimir con el mismo indicio de Vetio: quien si hubiera vencido entonces aquella mancha y peste, lo cual no le fue permitido por tu crimen, la república no habría sido vencida. Incluso quisiste agregar al hijo de este, con el mismo indicio y crimen, a la muerte de su padre: a L. Paulo, que entonces obtenía Macedonia como cuestor,¡ qué ciudadano, qué hombre! que había exterminado por las leyes a dos nefarios traidores de la patria, enemigos domésticos, hombre nacido para conservar la república, lo congregaste en el mismo indicio de Vetio y en este mismo número.
26
Entonces,¿ de qué me quejaré de mí? Que incluso debo darte gracias porque no pensaste que yo debía ser separado del número de los ciudadanos más valientes. Pero,¿ cuál fue ese tu furor tan grande que, cuando Vetio ya había perorado a tu arbitrio y había señalado a las luces de la ciudad y había descendido de los rostros, lo revocaste de repente, conversaste con él viendo el pueblo romano, y luego preguntaste a quiénes otros podía nombrar?¿ Inculcaste que nombrara a C. Pisón, mi yerno, quien en la suma abundancia de óptimos jóvenes no dejó a nadie atrás en igual continencia, virtud y piedad, y asimismo a M. Laterense, hombre que piensa día y noche sobre la alabanza y la república?¿ Promulgaste, impurísimo enemigo, una cuestión sobre tantos hombres amplísimos y tales, un indicio para Vetio, premios amplísimos? Repudiadas estas cosas por el clamor de todos los mortales, no por su voluntad,¿ quebraste en la cárcel el cuello al mismo Vetio, para que no quedara ningún indicio de un delator corrompido y para que no se exigiera una cuestión sobre ese crimen contra ti mismo?
27
Y puesto que usurpas a menudo que propusiste la ley sobre el rechazo de los consejos alternos, para que todos entiendan que ni siquiera pudiste hacer algo correctamente sin crimen, pregunto: cuando la ley había sido promulgada equitativamente al inicio de la magistratura, habiendo propuesto ya muchas otras,¿ esperaste hasta que C. Antonio fuera hecho reo ante Cn. Léntulo Clodiano, y, después de que él fue hecho reo, propusiste inmediatamente contra aquel que hubiera sido hecho reo después de tu ley, para que un hombre consular, excluido miserablemente, fuera despojado en un punto de tiempo del beneficio y la equidad de tu ley?
28
Dirás que tuviste familiaridad con Q. Máximo.¡ Excelente defensa de tu crimen! Pues la suma alabanza de Máximo es, ciertamente, habiendo tomado enemistades, asumida la causa, elegido el juez y el consejo, no haber querido dar a su enemigo una condición más cómoda de rechazo. Máximo no hizo nada ajeno a su virtud o a aquellos hombres ilustrísimos, Paulos, Máximos, Africanos, cuya gloria, renovada por la virtud de este, no solo esperamos, sino que ya vemos; tu fraude, tu maleficio, tu crimen es ese, que tú postergaste lo que habías promulgado en nombre de la misericordia para el tiempo de la crueldad. Y ahora, ciertamente, C. Antonio se consuela de su miseria con esta única cosa: que prefirió oír que las imágenes de su padre y de su hermano y la hija de su hermano estaban colocadas no en la familia, sino en la cárcel, antes que verlas.
29
Y puesto que desprecias las riquezas de otros y te glorías intolerablemente de tus propias riquezas, quiero que me respondas:¿ hiciste tratados siendo tribuno de la plebe con ciudades, con reyes, con tetrarcas; erogaste dinero del erario por tus leyes; arrebataste partes en ese tiempo carísimas, en parte de César, en parte de los publicanos? Siendo esto así, pregunto de ti si te hiciste rico de paupérrimo en ese mismo año en que se propuso la ley sobre las concusiones, la más severa, para que todos pudieran entender que por ti no solo fueron despreciados nuestros actos, a quienes llamas tiranos, sino también la ley de tu amiguísimo; ante quien tú sueles incluso difamarnos a nosotros, que le somos amiguísimos, cuando tú le dices mal contumeliosamente tantas veces cuantas dices que eres su pariente.
30
Y también deseo saber de ti con qué consejo o con qué mente hiciste que en el banquete de Q. Arrio, mi allegado, te recostaras con toga oscura.¿ A quién viste jamás, a quién oíste?¿ Con qué ejemplo, con qué costumbre lo hiciste? Dirás que no aprobaste aquellas suplicaciones. Muy bien: que no haya habido suplicaciones.¿ Ves que no te pregunto nada sobre la causa de aquel año, nada sobre lo que parece que tienes en común con los hombres sumos, sino sobre tus propios crímenes? Que no haya habido suplicación. Dime quién cenó jamás vestido de luto. Pues el banquete es tan fúnebre que es un servicio del funeral, siendo los banquetes mismos de dignidad.
31
Pero omito el banquete del pueblo romano, día festivo con plata, vestiduras, todo aparato y ornato digno de verse:¿ quién jamás en luto doméstico, quién en funeral familiar cenó con toga oscura?¿ A quién, saliendo de los baños, se le dio jamás, excepto a ti, una toga oscura? Cuando tantos miles de hombres se recostaban, cuando el mismo dueño del banquete, Q. Arrio, estaba vestido de blanco, tú te introdujiste funesto en el templo de Cástor con C. Fibulo vestido de luto y tus demás furias.¿ Quién no gimió entonces, quién no dolió la caída de la república?¿ Qué otro discurso hubo en aquel banquete sino que esta ciudad tan grande y grave estaba sometida no solo a tu furor, sino también a tu burla?
32
¡ Ignorabas esta costumbre!¿ Nunca habías visto un banquete?¿ Nunca habías estado de niño o joven entre los cocineros?¿ No habías saciado hace poco tu antigua hambre del banquete magníficísimo de Fausto, joven nobilísimo?¿ A quién viste recostarse vestido de luto?¿ Al dueño con toga oscura y a sus amigos antes del convite?¿ Qué tanta demencia te poseyó que, si no hubieras hecho lo que no fue lícito, si no hubieras violado el templo de Cástor, el nombre del banquete, los ojos de los ciudadanos, la costumbre antigua, la autoridad de quien te había invitado, considerabas poco haber testificado que no consideras aquellas suplicaciones?
33
Pregunto también esto, que admitiste siendo particular, en lo cual ciertamente ya no te será lícito decir que tu causa está unida a la de los hombres ilustrísimos:¿ fuiste demandado por la ley Licinia y Junia?¿ Edicto C. Memmio pretor, según esa ley, que comparecieras al trigésimo día? Cuando llegó ese día,¿ hiciste lo que en esta república no solo nunca se hizo antes, sino que en toda la memoria es totalmente inaudito?¿ Apelaste a los tribunos de la plebe para no decir tu causa— dije más levemente; aunque eso mismo fuera nuevo e intolerable—, sino que apelaste nominalmente a la peste de aquel año, a la furia de la patria, a la tempestad de la república, a Clodio? Quien, sin embargo, no pudiendo impedir el juicio con derecho, con costumbre, con potestad, volvió a esa su fuerza y furor, y se ofreció como líder a tus soldados. En lo cual, para que no pienses que algo ha sido dicho por mí contra ti más que preguntado por ti, no me impondré ninguna carga de testimonio: guardaré lo que veo que debe ser dicho por mí en breve tiempo desde ese mismo lugar, y no te argüiré, sino que, como hice en las demás cosas, te preguntaré.
34
Pregunto de ti, Vatinio,¿ acaso alguien en esta ciudad, después de la fundación de la urbe, apeló a los tribunos de la plebe para no decir su causa?¿ Acaso algún reo subió al tribunal de su juez y lo perturbó por la fuerza, disipó los escaños, derribó las urnas, finalmente cometió todas esas cosas en la perturbación del juicio, por cuya causa los juicios fueron constituidos?¿ Sabes que entonces huyó Memmio, que tus acusadores fueron arrebatados de tus manos y de las de los tuyos, que los jueces de las cuestiones fueron expulsados de los tribunales cercanos, que en el foro, a la luz, viendo el pueblo romano, la cuestión, los magistrados, la costumbre de los mayores, las leyes, los jueces, el reo, la pena fueron suprimidos?¿ Sabes que todas estas cosas fueron notadas y testificadas en las tablas públicas por la diligencia de C. Memmio? Y pregunto también esto: cuando, después de haber sido demandado, regresaste de la legación— para que nadie piense que evitaste los juicios—, y decías que habías preferido decir tu causa cuando te era lícito lo que quisieras,¿ cómo fue consecuente que, no habiendo querido usar el refugio de la legación, te refugiaras con una apelación impudentísima a un auxilio nefario?
35
Y puesto que se hizo mención de tu legación, quiero oír de ti con qué senadoconsulto fuiste hecho legado. Por tu gesto entiendo lo que respondes: por tu ley, dices.¿ Eres, pues, el parricida más cierto de la patria?¿ Habías mirado a que los padres conscriptos fueran eliminados de raíz de la república?¿ Ni siquiera esto dejabas al senado, lo que nadie quitó jamás, que los legados fueran legados por la autoridad de ese orden?¿ Tan sórdido te pareció el consejo público, tan afligido el senado, tan miserable y postrada la república que no pudiera elegir, según la costumbre de los mayores, mensajeros de paz y guerra, oradores, intérpretes, autores de consejo bélico, ministros de la función provincial?
36
Habías arrebatado al senado la potestad de decretar la provincia, el juicio de elegir al imperator, la dispensación del erario: cosas que el pueblo romano nunca apeteció para sí, que nunca intentó quitar al senado la gobernación del consejo sumo. Vamos, se hizo algo de esto en otros: raramente, pero sin embargo se hizo que el pueblo eligiera al imperator:¿ quién oyó jamás legados sin senadoconsulto? Antes que tú nadie, después lo hizo continuamente lo mismo en dos prodigios de la república Clodio; por lo cual debes ser castigado con mayor mal, porque no solo con tu hecho sino también con tu ejemplo heriste a la república, y no solo tú eres malvado sino que también quisiste enseñar a otros. Por todas estas cosas,¿ sabes que fuiste notado por el juicio de los hombres más severos, los sabinos, los hombres más valientes, los marsos y pelignos, tus tribules, y que después de la fundación de Roma nadie excepto tú, tribul, perdió la tribu Sergia?
37
Y deseo oír también esto de ti:¿ por qué, cuando yo propuse la ley sobre el ambite según senadoconsulto, la propuse sin fuerza, la propuse salvos los auspicios, la propuse salva la ley Elia y Fufia, tú no piensas que esa es una ley, especialmente cuando yo obedezco tus leyes, de cualquier modo que hayan sido propuestas; cuando mi ley prohíbe claramente que durante dos años, quien pretenda o vaya a pretender, dé gladiadores a menos que sea por testamento en día preestablecido,¿ qué tanta demencia hay en ti que en la misma pretensión te atreves a dar gladiadores?¿ Acaso piensas que se puede encontrar un tribuno de la plebe semejante a ese tu certísimo gladiador que se interponga para que no seas reo por mi ley?
38
Y si desprecias y menosprecias todo esto, porque te has persuadido, como pregonas abiertamente, de que, a pesar de los dioses y de los hombres, conseguirás todo lo que quieras gracias a un amor increíble que C. César siente por ti,¿ has oído acaso, o alguien te ha contado, que C. César dijo hace poco en Aquilea, al mencionarse ciertos asuntos, que le había molestado mucho que C. Alfio fuera pasado por alto, pues sabía que era un hombre de suma lealtad y probidad, y que también le disgustaba mucho que se hubiera nombrado pretor a alguien que había disentido de sus planes? Entonces, alguien preguntó qué pensaba de Vatinio; él respondió que Vatinio no había hecho nada gratis durante su tribunato; y que quien lo había puesto todo en el dinero, debía estar dispuesto a carecer de honores.
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Pero si él mismo, que permitió fácilmente que te precipitaras al abismo por causa de aumentar su propia dignidad, a riesgo tuyo y sin falta alguna por su parte, te juzga, sin embargo, indigno de todo honor; si tus vecinos, tus parientes y tus compañeros de tribu te odian tanto que consideran tu derrota como su propio triunfo; si nadie te mira sin soltar un gemido, nadie te menciona sin maldecirte; si te evitan, huyen de ti, no quieren oír hablar de ti y, al verte, te detestan como a un mal augurio; si tus parientes te rechazan, tus compañeros de tribu te maldicen, tus vecinos te temen, tus allegados se avergüenzan y, finalmente, hasta los tumores han abandonado tu rostro impúdico para instalarse en otros lugares; si eres el odio público del pueblo, del senado y de todos los hombres del campo,¿ qué razón hay para que desees la pretura antes que la muerte, especialmente cuando quieres ser popular y no hay nada con lo que puedas complacer más al pueblo?
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Pero para que pueda escuchar por fin con qué elocuencia respondes a mis preguntas, concluiré ya mi interrogatorio y, para terminar, te preguntaré unas pocas cosas sobre la causa misma. Pregunto:¿ qué vanidad, qué ligereza tan grande ha habido en ti para que en este juicio elogiases a T. Annio con las mismas palabras con las que los hombres de bien y los buenos ciudadanos acostumbran a elogiarlo, cuando hace poco, instigado por esa misma furia detestable, declaraste contra él ante el pueblo un testimonio falso con tanto entusiasmo?¿ O acaso tendrás esta opción y potestad: que, cuando veas a los sicarios de Clodio y a esa banda de hombres malvados y perdidos, digas de Milón, como dijiste en la asamblea, que ha sitiado la república con gladiadores y bestiarios, pero que, cuando te encuentres ante hombres de tal talla, no te atrevas a vituperar a un ciudadano de singular virtud, lealtad y constancia?
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Pero, puesto que elogias tanto a T. Annio y salpicas con tu elogio una pequeña mancha a un hombre tan ilustre— pues T. Annio prefiere estar en el número de aquellos a quienes tú vituperas—, pregunto, sin embargo: dado que en la administración de la república hubo entre T. Annio y P. Sestio una alianza en todos sus planes— lo cual ha sido declarado no solo por el juicio de los hombres de bien, sino también por el de los malvados; pues ambos están acusados por la misma causa y el mismo delito, uno tras ser citado por aquel a quien tú mismo sueles confesar a veces que es más malvado que tú, y el otro por tus planes, aunque con la ayuda de aquel—, pregunto:¿ cómo puedes separar con tu testimonio a quienes unes en el delito? Lo último que quisiera que me respondieras es esto: cuando decías muchas cosas sobre la prevaricación de Albinovano,¿ dijiste acaso que no te parecía bien ni que fuera oportuno que Sestio fuera acusado de violencia?¿ Que debía haber sido acusado bajo cualquier otra ley o por cualquier otro delito?¿ Dirías también que la causa de Milón, un hombre valerosísimo, se considera unida a la de este?¿ Que las acciones que Sestio realizó en mi favor son gratas a los hombres de bien? No voy a refutar la inconstancia de tu discurso y de tu testimonio— pues sobre las acciones de este que dices que son aprobadas por los hombres de bien, has testificado con muchísimas palabras; y a aquel con quien unes su causa y su peligro, lo has ensalzado con los mayores elogios—: pero pregunto esto:¿ crees que P. Sestio debe ser condenado bajo la ley por la que niegas que debiera haber sido acusado en absoluto? O, si no quieres que se te consulte en tu testimonio, para que no parezca que te he atribuido autoridad alguna,¿ dirías que has testificado sobre violencia contra alguien a quien negaste que debiera haber sido acusado en absoluto de violencia?

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