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Brutus
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Original / primary: Spanish Gemini
1
Cuando, al salir de Cilicia, llegué a Rodas y allí me dieron la noticia de la muerte de Quinto Hortensio, sentí un dolor mayor de lo que todos habrían imaginado. Pues, al perder a un amigo, me veía privado no solo de una grata convivencia, sino también de la unión de muchos servicios mutuos, y me dolía que, con el fallecimiento de tal augur, se hubiera visto disminuida la dignidad de nuestro colegio; y en esta reflexión recordaba tanto el hecho de haber sido cooptado por él en el colegio, en el cual, bajo juramento, había emitido un juicio sobre mi dignidad, como el haber sido inaugurado por el mismo, por lo cual, según las instituciones de los augures, debía honrarlo como a un padre.
2
Aumentaba además mi pesar el hecho de que, en una gran escasez de ciudadanos sabios y buenos, un hombre egregio y estrechamente unido a mí por la comunidad de todos nuestros planes hubiera desaparecido en un momento sumamente inoportuno para la República, dejándonos una triste añoranza de su autoridad y prudencia; y me dolía que no hubiera perdido, como muchos pensaban, a un adversario o detractor de mis méritos, sino más bien a un socio y compañero de una labor gloriosa.
3
En efecto, si en el estudio de las artes más ligeras se ha transmitido a la memoria que poetas ilustres se dolieron por la muerte de poetas contemporáneos,¿ con qué ánimo, pues, debía yo sobrellevar el fallecimiento de aquel con quien era más glorioso competir que no tener adversario alguno? Especialmente cuando no solo nunca fue obstaculizada mi carrera por él ni la suya por mí, sino que, por el contrario, siempre nos ayudamos mutuamente comunicándonos, aconsejándonos y favoreciéndonos.
4
Pero puesto que él, habiendo gozado de una felicidad constante, partió de la vida en un momento más oportuno para él que para sus conciudadanos, y murió cuando, de vivir, podría haber lamentado la República más fácilmente que haberla ayudado, y vivió tanto tiempo como le fue permitido vivir bien y felizmente en el Estado: lamentemos nuestro inconveniente y pérdida, si es que es necesario, pero sigamos la oportunidad de su muerte con benevolencia más que con compasión, de modo que, cuantas veces pensemos en tan ilustre y dichoso varón, parezcamos amarlo a él más que a nosotros mismos.
5
Pues si nos duele el hecho de que ya no nos sea permitido disfrutar de él, ese es un mal nuestro que debemos sobrellevar con moderación, para no parecer que lo referimos no a la amistad, sino a una utilidad doméstica; pero si nos angustiamos como si a él mismo le hubiera ocurrido alguna desgracia, no interpretamos su suma felicidad con un ánimo suficientemente agradecido.
6
En efecto, si Quinto Hortensio viviera, tal vez echaría de menos el resto de las cosas junto con los demás ciudadanos buenos y valientes, pero este dolor lo soportaría él solo, o bien por encima de los demás o junto con unos pocos, al ver el foro del pueblo romano, que había sido como el teatro de su ingenio, despojado y privado de una voz erudita y digna de oídos romanos y griegos.
7
Por mi parte, me angustia el ánimo al ver que la República carece de las armas del consejo, del ingenio y de la autoridad, que yo había aprendido a manejar, a las que me había acostumbrado y que eran propias tanto de un varón preeminente en el Estado como de una ciudad bien educada y bien constituida. Y si hubo algún momento en la República en que la autoridad y el discurso de un buen ciudadano pudieron arrancar las armas de las manos de ciudadanos iracundos, ese fue, sin duda, cuando el patrocinio de la paz fue excluido, ya sea por el error de los hombres o por el miedo.
8
Así nos ha sucedido a nosotros mismos que, aunque había otras cosas mucho más dignas de lamentar, sin embargo, nos dolía esto: que en el momento en que nuestra edad, tras haber cumplido con los asuntos más importantes, debería refugiarse como en un puerto, no de inercia ni de pereza, sino de un ocio moderado y honesto, y cuando nuestra propia oratoria ya encanecía y tenía su propia madurez y casi vejez, entonces se tomaron esas armas que ni siquiera aquellos que habían aprendido a usarlas gloriosamente encontraban cómo usar de manera saludable.
9
Por tanto, me parecen haber vivido afortunada y felizmente, tanto en otras ciudades como especialmente en la nuestra, aquellos a quienes les fue permitido disfrutar tanto de la autoridad y la gloria de sus hazañas como también de la alabanza de su sabiduría. Su memoria y recuerdo fueron ciertamente gratos en medio de nuestras mayores y más graves preocupaciones, cuando hace poco habíamos caído en ello a partir de cierta conversación.
10
Pues mientras paseaba por el xisto y estaba ocioso en casa, vino a verme Marco Bruto, como solía, junto con Tito Pomponio, hombres tan unidos entre sí y tan queridos y gratos para mí que, con su presencia, toda la preocupación que me angustiaba sobre la República se calmó. Después de saludarlos, dije:¿ Qué hay de nuevo, Bruto y Ático?¿ Hay finalmente alguna novedad? Nada, ciertamente, dijo Bruto, que tú quieras oír o que yo me atreva a decir con certeza.
11
Entonces Ático dijo: Venimos a ti con la intención de que hubiera silencio sobre la República y de oír algo de ti antes que causarte cualquier molestia. Vosotros, en verdad, dije, Ático, tanto me alivian de mi preocupación estando presentes como me han dado grandes consuelos estando ausente. Pues, reconfortado primero por vuestras cartas, me he revocado a mis estudios anteriores. Entonces él dijo: Leí con mucho gusto la carta que Bruto te envió desde Asia, en la cual me pareció que te aconsejaba prudentemente y te consolaba con mucha amistad.
12
Con razón, dije, me pareció; pues sabe que con esas cartas fui revocado de la prolongada perturbación de toda mi salud como para volver a ver la luz. Y así como después de aquella calamidad de Cannas el pueblo romano se levantó primero con la batalla de Marcelo en Nola y después le siguieron muchas cosas prósperas, así, tras los gravísimos infortunios de nuestros asuntos y los comunes, nada me ocurrió antes de la carta de Bruto que yo deseara o que aliviara en alguna parte mis inquietudes.
13
Entonces Bruto dijo: Eso quise lograr ciertamente y obtengo un gran fruto, si es que he logrado lo que quería en un asunto tan importante. Pero deseo saber qué cartas de Ático te han deleitado. Esas, en verdad, dije, Bruto, no solo me han traído deleite, sino también, como espero, salud.¿ Salud? dijo él.¿ Qué género de cartas tan ilustre fue ese?¿ Podría, dije, haber tenido alguna salutación más grata o más apta para este tiempo que la de aquel libro con el que él me habló aquí y me despertó como si estuviera postrado?
14
Entonces él dijo:¿ Te refieres, sin duda, a aquel en el que él ha abarcado toda la memoria de los hechos brevemente y, como a mí me pareció, con gran diligencia? A ese mismo libro, dije, Bruto, me refiero al decir que me fue de salud. Entonces Ático dijo: Es muy grato para mí lo que dices; pero,¿ qué tuvo finalmente ese libro que pudiera ser para ti nuevo o de tanta utilidad?
15
Muchas cosas, dije, fueron nuevas para mí, y me proporcionó la utilidad que buscaba, al ver todo de un vistazo tras haber explicado el orden de los tiempos. Cuando comencé a tratar estos asuntos con entusiasmo, el propio ejercicio de las letras fue saludable para mí y me recordó, Pomponio, que debía tomar de ti mismo algo para reponerme y remunerarte con un regalo si no igual, al menos grato: aunque aquel precepto de Hesíodo es alabado por los doctos, que ordena devolver la misma medida que has recibido o incluso más abundante, si puedes.
16
Yo, por mi parte, ciertamente mediré mi voluntad hacia ti, pero parece que aún no puedo darte la cosa misma; y te pido que me perdones por ello. Pues no hay frutos nuevos, como suelen tener los agricultores, de donde pueda devolverte lo que recibí— así todo el fruto ha sido reprimido y la flor de la antigua fertilidad se ha secado por la sequía— ni de los almacenados, que yacen en las tinieblas y a los cuales nos ha sido obstruido todo acceso, que casi solo a nosotros estaba abierto. Sembraremos, pues, algo como en un suelo inculto y abandonado; que cultivaremos con tanta diligencia que podamos aumentar con creces la generosidad de tu regalo: con tal de que nuestro ánimo pueda lograr lo mismo que el campo, que, cuando ha descansado muchos años, suele producir frutos más abundantes. Entonces él dijo:
17
Yo, en verdad, esperaré lo que prometes, y no lo exigiré sino cuando te sea cómodo, y me será muy grato si lo pagas. A mí también, dijo Bruto, me queda esperar lo que prometes a Ático, aunque tal vez yo te lo pida como procurador voluntario suyo, ya que él mismo, a quien debes, dice que no te lo exigirá para no causarte molestias.
18
Pero, en verdad, dije, Bruto, no te pagaré a ti, a menos que antes me asegures que nadie más, cuya petición sea, lo reclamará en ese nombre. Por Hércules, dijo, no me atrevería a prometerte eso. Pues veo que este, que dice que no lo hará, será un cobrador no molesto para ti, pero sí asiduo y tenaz. Entonces Pomponio dijo: Yo, en verdad, creo que Bruto no miente. Pues me parece que ya me atreveré a llamarte, ya que después de un largo intervalo he notado por primera vez que estás un poco más alegre.
19
Por tanto, ya que este ha declarado que exigirá lo que se me debe, yo te pido lo que debes a este.¿ Qué es eso? dije. Que escribas algo, dijo; pues hace mucho tiempo que tus escritos han callado. Pues desde que publicaste aquellos libros sobre la República, no hemos recibido nada tuyo después; y nosotros mismos nos hemos sentido impulsados e inflamados por ellos a comprender la memoria de nuestros asuntos. Pero eso, cuando puedas; y te ruego que puedas.
20
Ahora, en verdad, dijo, si tienes el ánimo libre, exponnos lo que buscamos.¿ Qué es eso? dije. Lo que comenzaste hace poco en el Tusculano sobre los oradores, cuándo empezaron a existir, quiénes fueron y cómo fueron. Cuando yo le conté esta conversación a tu Bruto, o mejor dicho al nuestro, dijo que quería oírla con gran interés. Por tanto, hemos elegido este día, al saber que estabas libre. Por lo cual, si te es cómodo, expón lo que habías comenzado, tanto a Bruto como a mí.
21
Yo, en verdad, dije, si puedo, os satisfaré. Podrás, dijo: relaja solo un poco el ánimo o, si puedes, libéralo.¿ No es, pues, de aquí de donde se derivó la conversación, Pomponio, porque yo había hecho mención de que había oído a Bruto defender la causa de Deiotaro, el más fiel y excelente rey, de manera muy adornada y copiosa? Sé, dijo, que la conversación se derivó de ese inicio y que tú, lamentando la suerte de Bruto, habías llorado la vastedad de los juicios y del foro. Lo hice, dije, ciertamente, y a menudo lo hago.
22
Pues, Bruto, al mirarte a ti, a menudo me viene a la mente el temor de qué curso tendrá algún día tu naturaleza admirable, tu exquisita doctrina y tu singular industria. Pues cuando te habías ocupado en las causas más importantes y cuando nuestra edad ya te cedía y te bajaba los fasces, de repente, en el Estado, al caer otras cosas, también esa misma elocuencia sobre la que empezamos a discutir enmudeció.
23
Entonces él dijo: Por causa de las demás cosas, dijo, me duele y creo que se debe doler; pero el estudio mismo y el ejercicio de hablar me deleitan no tanto por el fruto y la gloria: lo cual ninguna cosa me arrebatará, especialmente teniéndote a ti tan interesado en mí. Pues nadie puede hablar bien si no entiende con prudencia; por lo cual, quien se dedica a la verdadera elocuencia, se dedica a la prudencia, de la cual nadie puede carecer con ánimo tranquilo ni siquiera en las mayores guerras.
24
Hablas excelentemente, dije, Bruto, y por eso me deleito más en esa alabanza de hablar, porque las demás cosas que antaño fueron consideradas hermosísimas en el Estado, no hay nadie tan humilde que no piense que puede alcanzarlas o que ya las ha alcanzado; no veo que nadie se haya hecho elocuente por la victoria. Pero para que la conversación se explique más fácilmente, si os parece, hagámoslo sentados. Cuando a ellos les pareció lo mismo, nos sentamos en el prado junto a la estatua de Platón.
25
Aquí dije: Alabar, pues, la elocuencia y exponer cuánta fuerza tiene y cuánta dignidad aporta a quienes la han alcanzado, no es nuestro propósito en este lugar ni es necesario. Pero esto sí lo afirmaría sin ninguna duda: ya sea que se obtenga por algún arte, por algún ejercicio o por la naturaleza, es la cosa más difícil de todas. Pues de las cinco cosas de las que se dice que consta, cada una de ellas es por sí misma un gran arte. Por lo cual, se puede estimar cuánta fuerza y cuánta dificultad tiene la concurrencia de cinco artes máximas.
26
Testigo es Grecia, que, aunque está inflamada por el estudio de la elocuencia y desde hace mucho tiempo sobresale en ella y supera a los demás, sin embargo, tiene todas las artes más antiguas y mucho antes no solo inventadas, sino también perfeccionadas, que esta fuerza y copia de hablar elaborada por los griegos. Al contemplarla, me vienen a la mente, Ático, y casi brillan tus Atenas, ciudad en la que primero se alzó el orador y en la que primero se comenzó a confiar el discurso a los monumentos y a las letras.
27
Sin embargo, antes de Pericles, de quien se conservan algunos escritos, y de Tucídides, que no fueron cuando Atenas nacía, sino cuando ya era adulta, no hay letra alguna que tenga algún adorno y que parezca ser de un orador. Aunque existe la opinión de que también aquel que vivió muchos años antes que ellos, Pisístrato, y un poco mayor incluso Solón, y después Clístenes, valieron mucho en el hablar para aquellos tiempos.
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Unos años después de esta época, como puede verse por los monumentos áticos, estuvo Temístocles, de quien consta que sobresalió tanto en prudencia como también en elocuencia; después Pericles, quien, aunque florecía en todo género de virtud, fue sin embargo el más ilustre por esta alabanza. También consta que Cleón, en aquellos tiempos, ciudadano turbulento ciertamente, pero sin embargo elocuente, fue tal.
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Casi contemporáneos de esta época fueron Alcibíades, Critias y Terámenes; qué género de hablar floreció en aquellos tiempos se puede entender sobre todo por los escritos de Tucídides, quien vivió entonces. Eran grandes en palabras, densos en sentencias, breves en la compresión de los asuntos y, por esa misma razón, a veces un tanto oscuros.
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Pero cuando se entendió cuánta fuerza tenía un discurso preciso y hecho de cierta manera, entonces también surgieron de repente muchos maestros de elocuencia. Entonces Gorgias de Leontinos, Trasímaco de Calcedonia, Protágoras de Abdera, Pródico de Ceos e Hipias de Élide estuvieron en gran honor; y otros muchos en los mismos tiempos profesaban enseñar, con palabras ciertamente arrogantes, cómo la causa inferior— así hablaban— podía hacerse superior mediante el discurso.
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A estos se opuso Sócrates, quien solía refutar sus instituciones con cierta sutileza de disputa. De sus riquísimos discursos surgieron hombres doctísimos; y se dice que entonces se inventó la filosofía, no aquella sobre la naturaleza, que había sido más antigua, sino esta, en la que se disputa sobre las cosas buenas y malas y sobre la vida y las costumbres de los hombres. Puesto que este género se aleja de lo que hemos propuesto, dejemos a los filósofos para otro momento; volvamos a los oradores, de quienes nos hemos desviado.
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Surgió, pues, ya siendo ancianos aquellos que dijimos hace poco, Isócrates, cuya casa estuvo abierta para toda Grecia como una especie de escuela y taller de elocuencia; gran orador y maestro perfecto, aunque careció de la luz forense y alimentó dentro de sus paredes una gloria que, a mi juicio, nadie ha alcanzado después. Él mismo escribió muchas cosas excelentemente y enseñó a otros; y, aunque hizo las demás cosas mejor que sus predecesores, fue el primero en entender que también en la prosa, mientras evitaras el verso, se debía mantener, sin embargo, una medida y un ritmo.
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Pues antes de él no había ninguna estructura de palabras ni conclusión según un ritmo, o, si la había, no parecía que se hubiera buscado a propósito— lo cual quizás sea una alabanza, pero, sin embargo, se hacía más por naturaleza y azar entonces, nunca por alguna razón o por alguna observación.
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La propia naturaleza comprende y concluye la sentencia con cierta circunscripción de palabras, la cual, cuando está ceñida con palabras aptas, cae también la mayoría de las veces rítmicamente. Pues los propios oídos juzgan qué es pleno y qué es vacío, y la comprensión de las palabras se termina por la respiración como por alguna necesidad; en lo cual no solo es vergonzoso desfallecer, sino también esforzarse.
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Entonces fue Lisias, quien ciertamente no se ocupó en causas forenses, pero fue un escritor extraordinariamente sutil y elegante, a quien casi te atreverías a llamar orador perfecto. Pues a Demóstenes podrías llamarlo fácilmente perfecto y a quien no le falta nada en absoluto. No se pudo encontrar nada agudo en las causas que escribió, nada, por así decirlo, astuto, nada sagaz, que él no viera; nada que se pudiera decir con sutileza, nada con precisión, nada con claridad, con lo que se pudiera hacer algo más pulido; nada, por el contrario, grande, nada impetuoso, nada adornado ya sea por la gravedad de las palabras o de las sentencias, con lo que algo fuera más elevado.
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A este le siguieron Hipérides, Esquines, Licurgo, Dinarco y aquel de quien no existen escritos, Demades, y otros muchos. Pues esta época derramó esta abundancia; y, según mi opinión, aquel jugo y sangre incorrupta de los oradores fue hasta esta época, en la que había un brillo natural, no teñido.
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Pues Falereo sucedió a aquellos ancianos, un joven ciertamente muy erudito de todos ellos, pero no tanto instruido en las armas como en la palestra. Por tanto, deleitaba más a los atenienses de lo que los inflamaba. Pues había salido al sol y al polvo, no como de una tienda militar, sino como de las sombras del doctísimo Teofrasto.
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Este fue el primero en inflexionar el discurso y lo hizo suave y tierno, y prefirió parecer dulce, como lo fue, antes que grave; pero con esa suavidad con la que inundaba los ánimos, no con la que los traspasaba, y tanto que dejaba el recuerdo de su elegancia, no, como escribió Eupolis sobre Pericles, dejando también aguijones con deleite en los ánimos de aquellos por quienes había sido escuchado.
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Ves, pues, incluso en esa misma ciudad, en la que la elocuencia nació y se crió,¿ cuán tarde salió a la luz? Si es que antes de la época de Solón y Pisístrato no se ha transmitido a la memoria que nadie fuera elocuente. Pero estos, según es la edad del pueblo romano, deben parecer ancianos, y según se cuentan los siglos de los atenienses, jóvenes. Pues aunque florecieron reinando Servio Tulio, sin embargo, Atenas ya existía mucho más tiempo del que Roma existe hasta el día de hoy. Y, sin embargo, no dudo que el discurso siempre tuvo gran fuerza.
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Pues ni siquiera en los tiempos troyanos Homero habría atribuido tanta alabanza en el hablar a Ulises y a Néstor, de los cuales quiso que uno tuviera fuerza y el otro suavidad, si ya entonces no hubiera habido honor para la elocuencia; ni el propio poeta habría sido tan adornado en el hablar y claramente un orador. Cuyos tiempos, aunque son inciertos, fueron sin embargo muchos años antes de Rómulo; si es que no fue posterior al antiguo Licurgo, por quien la disciplina de los lacedemonios fue ceñida por leyes.
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Pero el estudio de ese género y una mayor fuerza se reconoce en Pisístrato. Finalmente, a este le siguió en el siglo próximo Temístocles, para nosotros muy antiguo, para los atenienses no tan viejo. Pues fue cuando Grecia ya reinaba, mientras que nuestra ciudad fue liberada del dominio regio no hace mucho. Pues aquella gravísima guerra de los volscos, en la que participó Coriolano exiliado, fue casi al mismo tiempo que la guerra de los persas, y similar fue la fortuna de los varones ilustres;
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si es que ambos, habiendo sido ciudadanos egregios, expulsados por la injuria de un pueblo ingrato, se dirigieron a los enemigos y calmaron el intento de su ira con la muerte. Pues aunque para ti, Ático, es de otra manera sobre Coriolano, concede sin embargo que me adhiera a este género de muerte. Pero él, riendo, dijo: A tu arbitrio, en verdad; puesto que se ha concedido a los retóricos mentir en las historias para que puedan decir algo con más agudeza. Pues como tú ahora sobre Coriolano, así Clitarco y Estratocles fingieron sobre Temístocles.
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Pues a quien Tucídides, que era ateniense, nacido de alto linaje y varón supremo, y un poco posterior en edad, escribió que murió de enfermedad y fue enterrado secretamente en Ática, añadió que hubo sospecha de que se dio muerte con veneno: a este dicen ellos que, tras haber sacrificado un toro, recogió la sangre en una pátera y, al beberla, cayó muerto. Pues esta muerte pudieron adornarla retórica y trágicamente, mientras que aquella muerte vulgar no ofrecía materia para el adorno. Por lo cual, puesto que te cuadra tanto que todo fue igual en Temístocles y Coriolano, puedes tomar también la pátera de mí, incluso te ofreceré la víctima, para que Coriolano sea claramente otro Temístocles.
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Sea, en verdad, dije, como quieras, sobre eso; y yo en adelante tocaré la historia con más cautela escuchándote a ti, a quien puedo alabar como el autor más religioso de los asuntos romanos. Pero entonces, casi Pericles, hijo de Jantipo, de quien hablé antes, fue el primero en aplicar la doctrina; la cual, aunque entonces no había ninguna de hablar, sin embargo, educado por Anaxágoras el físico, había trasladado fácilmente el ejercicio de la mente de las cosas recónditas y abstrusas a las causas forenses y populares. Atenas se alegró sobremanera con su suavidad, admiró su fertilidad y copia, y temió su misma fuerza de hablar y su terror.
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Esta época, pues, fue la primera en Atenas que trajo un orador casi perfecto. Pues ni en quienes constituyen la República, ni en quienes llevan guerras, ni en quienes están impedidos y encadenados por la dominación de reyes, suele nacer el deseo de hablar. La elocuencia es compañera de la paz y socia del ocio, y como una alumna de una ciudad ya bien constituida.
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Por tanto, dice Aristóteles que, al ser eliminados los tiranos en Sicilia, los asuntos privados se reclamaban en juicios después de un largo intervalo, entonces por primera vez, porque aquel pueblo era agudo y de naturaleza polémica, los sicilianos Córax y Tisias escribieron el arte y los preceptos— pues antes nadie solía hablar por vía ni arte, aunque muchos hablaban con precisión y orden—; y que las disputaciones sobre asuntos ilustres habían sido escritas y preparadas por Protágoras, que ahora se llaman lugares comunes;
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que lo mismo hizo Gorgias, quien escribió alabanzas y vituperios de cosas singulares, porque juzgaba que esto era lo más propio del orador, poder aumentar la cosa alabando y afligirla de nuevo vituperando; que Antifonte de Ramnunte tuvo escritas cosas similares; de quien Tucídides, autor rico, escribió que nadie jamás abogó mejor en ninguna causa capital, cuando se defendía a sí mismo;
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pues Lisias solía profesar al principio que el arte de hablar existía; después, porque Teodoro era más sutil en el arte, pero más seco en los discursos, comenzó a escribir discursos para otros y eliminó el arte; de manera similar, Isócrates al principio negó que el arte de hablar existiera, pero solía escribir discursos para otros, para que los usaran en los juicios; pero como a menudo era llamado él mismo a juicio por ello, porque casi cometía contra la ley' por la cual alguien era engañado en un juicio', dejó de escribir discursos para otros y se trasladó totalmente a componer artes.
49
Y ves los partos y fuentes de los oradores de Grecia, antiguos para la razón de nuestros anales, ciertamente recientes para ellos mismos. Pues antes de que la ciudad de los atenienses se deleitara con esta alabanza de hablar, ya había hecho muchas cosas memorables tanto en asuntos domésticos como bélicos. Pero este estudio no era común a Grecia, sino propio de Atenas.
50
Pues¿ quién sabe que hubiera un orador argivo, corintio o tebano en aquellos tiempos? a menos que quieras sospechar algo de Epaminondas, hombre docto. De un lacedemonio, en verdad, hasta este tiempo he oído que no hubo ninguno. Homero transmite que el mismo Menelao era dulce, pero que decía pocas cosas. La brevedad, sin embargo, es una alabanza a veces en alguna parte del hablar, pero no tiene alabanza en la elocuencia universal.
51
Pero, en verdad, fuera de Grecia hubo grandes estudios de hablar y los máximos honores tenidos por esta alabanza hicieron ilustre el nombre de los oradores. Pues una vez que la elocuencia fue sacada del Pireo, recorrió todas las islas y viajó por toda Asia de tal manera que se manchó con costumbres externas y perdió toda aquella salubridad y casi salud de la dicción ática y casi desaprendió a hablar. De aquí los oradores asiáticos, no despreciables ciertamente ni en rapidez ni en copia, pero poco precisos y demasiado redundantes; los rodios, más sanos y más similares a los áticos.
52
Pero sobre los griegos hasta aquí; pues estas mismas cosas quizás habrían sido innecesarias. Entonces Bruto dijo: Eso, en verdad, no sabría decir cuán necesario fue; ciertamente para mí fueron gratas y no solo no largas, sino incluso más breves de lo que querría. Muy bien, dije, pero vengamos a los nuestros, de quienes es difícil entender más de lo que se puede sospechar por los monumentos.
53
Pues¿ quién pensaría que a Lucio Bruto, aquel príncipe de vuestra nobleza, le faltó la rapidez del ingenio? quien conjeturó tan aguda y astutamente sobre besar a su madre por el oráculo de Apolo; quien cubrió su suma prudencia con la simulación de la estupidez; quien expulsó a un rey poderosísimo, hijo de un rey ilustrísimo, y vinculó a la ciudad, liberada de un dominio perpetuo, con magistraturas anuales, leyes y juicios; quien abrogó el imperio a su colega para quitar de la ciudad la memoria del nombre real: lo cual ciertamente no se habría podido lograr si no hubiera sido persuadido por el discurso.
54
Vemos asimismo que, pocos años después de expulsados los reyes, cuando la plebe se había asentado cerca de la orilla del Anio, al tercer miliario, y había ocupado aquel monte que fue llamado Sagrado, Marco Valerio, dictador, calmó las discordias hablando, y por ello se le tuvieron los máximos honores y fue el primero en ser llamado Máximo por esa misma causa. Ni siquiera creo que Lucio Valerio Potito no pudiera hacer algo hablando, quien, tras la envidia decenviral, mitigó a la plebe incitada contra los padres con sus leyes y contiones.
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Podemos sospechar que Apio Claudio fue elocuente, porque revocó al senado ya inclinado a la paz de Pirro; podemos sospechar de Cayo Fabricio, porque fue enviado como orador a Pirro para recuperar a los cautivos; de Tiberio Coruncanio, porque por los comentarios de los pontífices parece haber valido muchísimo en ingenio; de Manio Curio, porque él, siendo tribuno de la plebe, cuando el interrey Apio el Ciego, hombre elocuente, celebraba los comicios contra las leyes, al no aceptar un cónsul de la plebe, obligó a los padres a convertirse en autores: lo cual fue muy grande sin haber sido aún promulgada la ley Menia.
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Se puede sospechar algo también del ingenio de Marco Popilio, quien, siendo cónsul y al mismo tiempo haciendo un sacrificio público con la laena, pues era flamen carmentalis, al ser anunciada la incitación y sedición de la plebe contra los padres, tal como estaba vestido con la laena, vino a la contio y calmó la sedición tanto con autoridad como con discurso. Pero que estos fueran considerados oradores o que hubiera entonces algún premio a la elocuencia, no me parece haber leído nada: solo me guío por conjetura para sospechar.
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Se dice también que Cayo Flaminio, aquel que siendo tribuno de la plebe promulgó la ley sobre la división individual de las tierras gálicas y picenas, y que siendo cónsul fue muerto en Trasimeno, valió ante el pueblo hablando. Quinto Máximo Verrucoso también fue considerado orador en aquellos tiempos y Quinto Metelo, aquel que fue cónsul con Lucio Veturio Filón en la segunda guerra púnica. Pero el primero de quien existe memoria y de quien se ha transmitido que fue elocuente y que así fue considerado, es Marco Cornelio Cetego, de cuya elocuencia es autor, y ciertamente idóneo en mi opinión, Quinto Ennio, especialmente cuando él mismo lo escuchó y escribe sobre él muerto: por lo cual no hay sospecha de que haya mentido por causa de amistad.
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Está, pues, así en su noveno anal, creo: se añade el orador Cornelio Cetego de boca suave, colega de Tuditano, hijo de Marco— y lo llama orador y le atribuye suavidad de boca, la cual ahora ciertamente no está tanto en la mayoría( pues ya algunos oradores ladran, no hablan), pero esa es ciertamente la máxima alabanza de la elocuencia— este fue llamado por aquellos populares de antaño, los hombres que vivían entonces y pasaban su tiempo, la flor elegida del pueblo— bien, en verdad;
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pues así como el ingenio es el adorno del hombre, así la elocuencia es la luz del ingenio mismo, por la cual aquellos hombres llamaron excelentemente a un varón excelente la flor del pueblo— y la médula de la Suada. A la que los griegos llaman Peitho, cuyo hacedor es el orador, a esta la llamó Ennio Suada, queriendo que Cetego fuera su médula, de modo que, como Eupolis escribió que la diosa se había sentado en los labios de Pericles, este haya dicho que nuestro orador fue la médula de ella.
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Pero este Cetego fue cónsul con Publio Tuditano en la segunda guerra púnica y cuestor con estos cónsules fue Marco Catón, hace apenas 140 años antes de mi consulado; y eso mismo, si no fuera conocido por el testimonio de un solo Ennio, la antigüedad, como quizás a otros muchos, lo habría sepultado en el olvido. Pero cuál fue el discurso de aquella época se puede entender por los escritos de Nevio. Pues en estos consulados, como está escrito en los antiguos comentarios, murió Nevio; aunque nuestro Varrón, diligentísimo investigador de la antigüedad, piensa que se ha errado en esto y prolonga la vida de Nevio más tiempo. Pues Plauto murió con Publio Claudio y Lucio Porcio, veinte años después de los cónsules que dije antes, siendo Catón censor.
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A este Cetego le siguió en edad Catón, quien fue cónsul nueve años después de él. Nosotros lo tenemos como muy antiguo, quien murió siendo cónsules Lucio Marcio y Manio Manilio, 86 años antes de mi consulado. Y, en verdad, no tengo a nadie más antiguo cuyos escritos crea que deban presentarse, a menos que a alguien le deleite por casualidad este mismo discurso de Apio el Ciego sobre Pirro y algunas laudaciones de los muertos.
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Y, por Hércules, esas existen ciertamente: pues las propias familias conservaban sus ornamentos y monumentos, tanto para su uso, en caso de que alguien del mismo linaje hubiera muerto, como para el recuerdo de las glorias domésticas y para ilustrar su propia nobleza. Sin embargo, la historia de nuestros asuntos se ha vuelto más defectuosa debido a estos elogios. Pues se han escrito muchas cosas en ellos que no sucedieron: triunfos falsos, consulados de más, linajes incluso falsos y transiciones a la plebe, cuando hombres de condición más humilde se infiltraban en un linaje ajeno del mismo nombre; como si yo dijera que desciendo de M'. Tulio, quien fue cónsul con Servio Sulpicio diez años después de la expulsión de los reyes, siendo patricio.
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Las oraciones de Catón, por otra parte, son casi tan numerosas como las del ático Lisias, de quien creo que hay muchísimas— pues es ático, ya que ciertamente nació, murió y desempeñó todo cargo ciudadano en Atenas, aunque Timeo lo reclama para Siracusa casi como por la ley Licinia y Mucia— y, en cierto modo, hay una semejanza no pequeña entre ellos mismos. Son agudos, elegantes, ingeniosos, breves; pero aquel griego es más afortunado en todo tipo de elogio. Pues tiene ciertos estudiosos de su obra que no buscan tanto la plenitud del cuerpo como la esbeltez, a quienes, con tal de que la salud sea buena, la misma delgadez deleita— aunque en Lisias hay a menudo también músculos, de tal modo que nada podría ser más vigoroso; pero es ciertamente más enjuto en todo su género—, pero tiene, sin embargo, sus admiradores, que se regocijan mucho con esta misma sutileza suya.
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Pero,¿ quién de nuestros oradores, al menos de los que hay ahora, lee a Catón?¿ O quién lo conoce en absoluto?¡ Pero qué hombre, por los dioses! Dejo de lado al ciudadano, al senador o al general; pues aquí buscamos al orador:¿ quién fue más grave que él al elogiar?¿ Más mordaz al vituperar?¿ Más agudo en sus sentencias?¿ Más sutil al enseñar y explicar? Sus oraciones, que hasta ahora he podido encontrar y leer, superan las ciento cincuenta y están repletas de palabras y asuntos ilustres. Que elijan de ellas lo que sea digno de notación y elogio: todas las virtudes oratorias se encontrarán en ellas.
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Y, en verdad,¿ qué flor o qué luz de la elocuencia no poseen sus Orígenes? Le faltan admiradores, tal como desde hace muchos siglos le faltaron a Filisto de Siracusa y al propio Tucídides. Pues así como a las sentencias concisas de estos, a veces incluso no lo suficientemente claras por su brevedad y excesivo ingenio, les perjudica Teopompo con la elevación y altura de su discurso( lo mismo que Demóstenes a Lisias), así esta oratoria de los posteriores, como exagerada con mayor altitud, ha obstruido las luces de Catón.
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Pero tal es la ignorancia entre los nuestros, que estos mismos que se deleitan con la antigüedad en los griegos y con esa sutileza que llaman ática, ni siquiera conocen esto en Catón. Quieren ser de Hipérides y de Lisias. Lo alabo.
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Pero¿ por qué no quieren ser Catones? Dicen que se regocijan con el género de hablar ático. Eso, ciertamente, con sabiduría;¡ y ojalá lo imitaran, no solo los huesos sino también la sangre! Es grato, sin embargo, que lo deseen.¿ Por qué, pues, se ama a Lisias y a Hipérides, mientras que se ignora profundamente a Catón? El lenguaje de este es más antiguo y tiene ciertas palabras más ásperas. Pues así hablaban entonces. Cambia eso, que entonces él no pudo, y añade números y, para que el discurso sea más apto, compone y como que ensambla las propias palabras, lo que ni siquiera los antiguos griegos hicieron habitualmente: entonces no antepondrás a nadie a Catón.
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Los griegos piensan que el discurso se adorna si usan cambios de palabras, a los que llaman tropos, y formas de sentencias y de discurso, que llaman esquemas: no es verosímil cuán frecuente y distinguido es Catón en ambos géneros. Y, en verdad, no ignoro que este orador aún no está lo suficientemente pulido y que debe buscarse algo más perfecto; puesto que es tan antiguo para la razón de nuestros tiempos, que no existe escrito de nadie que sea más antiguo y digno de lectura. Pero la antigüedad se ocupa con mayor honor en todas las artes que en esta única arte de hablar. Pues¿ quién de los que observan estas cosas menores no entiende que las estatuas de Canaco son más rígidas de lo que imitan la verdad; las de Calamis, ciertamente duras, pero aun así más suaves que las de Canaco; las de Mirón, aunque aún no llevadas lo suficiente a la verdad, ya son, sin embargo, tales que no dudarías en llamarlas bellas; y las de Policleto, aún más bellas y ya claramente perfectas, como a mí al menos me suelen parecer? La razón es similar en la pintura; en la cual elogiamos las formas y los trazos de Zeuxis, Polignoto, Timantes y de aquellos que no usaron más de cuatro colores; pero en Aeción, Nicómaco, Protógenes y Apeles, todo es ya perfecto. Y no sé si en todas las demás cosas sucede lo mismo: pues nada es a la vez inventado y perfecto; ni debe dudarse de que hubo poetas antes que Homero, lo cual puede entenderse por esos cantos que se entonan en sus obras, tanto en los banquetes de los feacios como en los de los pretendientes.¿ Qué, dónde están nuestros antiguos versos? Aquellos que antaño cantaban los faunos y los vates, cuando ni los riscos de las Musas... ni nadie era estudioso de dichos doctos antes que él, dice él mismo sobre sí, y no miente al jactarse: pues así es el asunto. Pues la Odisea latina es como una obra de Dédalo y las fábulas de Livio no son lo suficientemente dignas como para ser leídas de nuevo.
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Y, sin embargo, este Livio, que fue el primero en representar una fábula siendo cónsules C. Claudio, hijo de Cecos, y M. Tuditano, el mismo año antes de que naciera Ennio, y quinientos catorce años después de la fundación de Roma, según dice este, a quien seguimos. Pues hay controversia entre los escritores sobre el número de años. Accio, sin embargo, escribió que Livio fue capturado en Tarento por Q. Máximo en su quinto consulado, treinta años después de lo que Atticus escribe que representó esa fábula y de lo que nosotros encontramos en los antiguos comentarios,
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y que representó la fábula once años después, siendo cónsules C. Cornelio y Q. Minucio, en los juegos de la Juventud, que Salinator había prometido en la batalla de Sena. En lo cual fue tan grande el error de Accio, que siendo cónsules estos, Ennio habría tenido cuarenta años: si Livio hubiera sido contemporáneo suyo, fue bastante menor aquel que representó la fábula por primera vez que aquellos que habían representado muchas antes de estos cónsules, tanto Plauto como Nevio.
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Si estas cosas parecen menos aptas para este discurso, Bruto, asígnalas a Atticus, quien me inflamó con el estudio de seguir las edades y los tiempos de los hombres ilustres. Yo, en verdad, dijo Bruto, me deleito con esa especie de notación de los tiempos y considero que esa diligencia es adecuada para lo que has instituido: distinguir los géneros de los oradores por edades.
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Correctamente, dije, Bruto, lo entiendes.¡ Y ojalá existieran aquellos cantos que, según dejó escrito Catón en sus Orígenes, fueron cantados muchos siglos antes de su época en los banquetes por cada uno de los convidados sobre las glorias de los hombres ilustres! Sin embargo, la guerra púnica de aquel a quien Ennio enumera entre los vates y faunos, deleita como una obra de Mirón.
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Que Ennio sea, ciertamente, como es sin duda, más perfecto; quien, si despreciara a aquel, como finge, no habría dejado de lado, al seguir todas las guerras, esa primera guerra púnica, la más encarnizada. Pero él mismo dice por qué lo hace.' Otros', dice,' escribieron el asunto en versos'— y escribieron de forma brillante, incluso si menos pulida que tú. Y, en verdad, no debe parecerte de otro modo a ti, que o bien tomaste muchas cosas de Nevio, si lo confiesas, o, si lo niegas, las hurtaste.
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Con este Catón fueron mayores de edad C. Flaminio, C. Varrón, Q. Máximo, Q. Metelo, P. Léntulo, P. Craso, quien fue cónsul con el Africano mayor. Hemos recibido que el propio Escipión no fue falto de elocuencia. Su hijo, en verdad, aquel que adoptó a este Escipión menor de Paulo, si hubiera tenido buena salud, habría sido considerado entre los primeros oradores; lo indican tanto sus pequeñas oraciones como cierta historia griega escrita dulcísimamente.
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Y en el mismo número estuvo Sex. Elio, ciertamente el más experto de todos en derecho civil, pero también preparado para hablar. De los menores, sin embargo, C. Sulpicio Galo, quien más que todos los nobles estudió las letras griegas; y este fue considerado en el número de los oradores y fue adornado y elegante en las demás cosas. Pues ya existía una costumbre de hablar algo más untuosa y espléndida. Pues siendo pretor este y celebrando los juegos a Apolo, cuando hubo representado la fábula de Tiestes, Ennio murió, siendo cónsules Q. Marcio y Cn. Servilio.
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Eran en los mismos tiempos Ti. Graco, hijo de P., quien fue dos veces cónsul y censor, cuya oración griega existe ante los rodios; de quien consta que fue tanto grave como elocuente. También dicen que P. Escipión Nasica, quien fue llamado Corculum, quien asimismo fue dos veces cónsul y censor, fue considerado elocuente, hijo de aquel que recibió los objetos sagrados; dicen también de L. Léntulo, quien fue cónsul con C. Figulo. Dicen que Q. Nobilior, hijo de M., ya entregado por institución patria al estudio de las letras— quien incluso donó la ciudadanía a Q. Ennio, que había servido con su padre en Etolia, cuando como triunviro había fundado una colonia— y T. Annio Lusco, colega de este Q. Fulvio, no fueron faltos de elocuencia;
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y también L. Paulo, padre del Africano, sostenía fácilmente el papel de ciudadano principal hablando. Y, en verdad, incluso entonces, vivo Catón, quien salió de la vida a los ochenta y cinco años, cuando precisamente ese mismo año había hablado ante el pueblo contra Ser. Galba con suma contención, oración que también dejó escrita—
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pero, vivo Catón, muchos oradores menores de edad florecieron al mismo tiempo. Pues tanto A. Albino, aquel que escribió la historia en griego, quien fue cónsul con L. Lúculo, fue culto y elocuente; y mantuvo con este un lugar también Ser. Fulvio y, junto con él, Ser. Fabio Píctor, bien experto tanto en derecho como en letras y antigüedad; y Quinto Fabio Labeón fue adornado con casi las mismas glorias. Pues Q. Metelo, aquel cuyos cuatro hijos fueron consulares, fue considerado entre los primeros elocuentes, quien habló en favor de L. Cotta cuando el Africano lo acusaba; de quien hay también otras oraciones y la que fue expuesta contra Ti. Graco en los anales de C. Fannio.
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Entonces el propio L. Cotta fue considerado un veterano; pero C. Lelio y P. Africano fueron los primeros elocuentes, de quienes existen oraciones, de las cuales se puede juzgar sobre los talentos de los oradores. Pero entre estos, precediéndolos un poco en edad, Ser. Galba superó sin controversia en elocuencia; y, sin duda, él fue el primero de los latinos en tratar esas obras propias y casi legítimas de los oradores, de modo que se saliera del propósito para adornar, para deleitar los ánimos, para conmover, para aumentar el asunto, para usar miseraciones y lugares comunes. Pero no sé cómo, las oraciones de este, de quien consta que superó en elocuencia, son más exiguas y huelen más a antigüedad que las de Lelio o Escipión o incluso las del propio Catón, y por eso se han secado, de modo que apenas aparecen ya.
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Sobre el talento del propio Lelio y de Escipión, aunque la fama es tal que se atribuye muchísimo a ambos, la gloria de hablar es, sin embargo, más ilustre en Lelio. Pero la oración de Lelio sobre los colegios no es mejor que la de muchas que quieras de Escipión; no porque aquella de Lelio sea más dulce o porque se pueda decir algo más augusto sobre la religión, sino que, sin embargo, aquel es mucho más antiguo y áspero que Escipión; y, aunque hay voluntades variadas al hablar, me parece que Lelio se deleita más con la antigüedad y usa voluntariamente palabras incluso un poco más arcaicas.
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Pero es costumbre de los hombres no querer que el mismo destaque en más cosas. Pues así como nadie puede aspirar al Africano en gloria bélica, en la cual encontramos que Lelio fue excelente en la guerra de Viriato: así, aunque ambos son los primeros en talento, letras, elocuencia y, finalmente, sabiduría, sin embargo, ceden voluntariamente los primeros puestos a Lelio. Y no me parece que haya sido atribuido así solo por el juicio de los demás, sino también por el consentimiento de ellos mismos entre sí.
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Había en absoluto entonces una costumbre, que como era mejor en las demás cosas, así era más humana en esto mismo, de modo que fueran fáciles en atribuir a cada uno lo suyo. Mantengo en la memoria haber oído a P. Rutilio Rufo en Esmirna, cuando decía que, siendo joven, le sucedió que, por decreto del senado, P. Escipión y D. Bruto, según creo, cónsules, investigaran sobre un asunto atroz y grande. Pues habiéndose cometido una matanza en el bosque de Sila y habiendo sido asesinados hombres conocidos, y siendo acusada la familia, y en parte también los hijos de la sociedad que había comprado las minas de pez a los censores P. Cornelio y L. Mumio, el senado había decretado que los cónsules conocieran y decidieran sobre ese asunto.
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Que Lelio había hablado por los publicanos con precisión, como siempre solía, y con elegancia. Cuando los cónsules, tras oír el asunto, hubieron pronunciado, por parecer del consejo, que se hablara MÁS, pocos días después Lelio habló de nuevo mucho más diligentemente y mejor, y de nuevo el asunto fue pospuesto por los cónsules de la misma manera. Entonces Lelio, cuando los socios lo hubieron acompañado a casa y le hubieron dado las gracias y rogado que no se fatigara, habló así: que lo que había hecho por causa de ellos lo había hecho con estudio y precisión, pero que él consideraba que esa causa podía ser defendida más grave y vehementemente por Ser. Galba, porque él era más atroz y agudo al hablar. Por tanto, por autoridad
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de C. Lelio, los publicanos trasladaron la causa a Galba; él, sin embargo, porque debía suceder a aquel hombre, la recibió con recato y vacilación. Hubo un día, como si fuera de aplazamiento, que Galba dedicó por completo a considerar y componer la causa; y cuando llegó el día de la audiencia y el propio Rutilio, a petición de los socios, había venido por la mañana a casa de Galba para advertirle y llevarlo al tiempo de hablar, hasta que le fue anunciado que los cónsules habían bajado, habiendo excluido a todos, estuvo ensayando en una cierta bóveda con esclavos letrados, a quienes solía dictar cosas distintas al mismo tiempo. Entretanto, cuando le fue anunciado que era el momento, salió a la plaza con tal color y tales ojos que habrías pensado que había actuado la causa, no que la había ensayado.
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Añadía también, y pensaba que eso pertenecía al asunto, que aquellos escritores habían salido maltratados con Galba; con lo cual significaba que él había sido vehemente e incendiado no solo al actuar, sino también al meditar.¿ Para qué decir más? Con gran expectación, con muchísimos oyentes, ante el propio Lelio, Galba habló de tal manera aquella causa, con tanta fuerza y tanta gravedad, que casi ninguna parte del discurso pasó en silencio. Por tanto, habiéndose empleado muchas quejas y mucha miseración, los socios, con la aprobación de todos, fueron liberados de la investigación aquel día.
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De esta narración de Rutilio se puede sospechar que, siendo dos las sumas glorias en un orador, una la de disputar sutilmente para enseñar, otra la de actuar gravemente para conmover los ánimos de los oyentes, y que aprovecha mucho más quien inflama al juez que quien enseña, la elegancia estaba en Lelio y la fuerza en Galba. La cual fuerza fue conocida sobre todo cuando, habiendo sido asesinados los lusitanos por el pretor Ser. Galba contra la fe dada, según se creía, y siendo incitado el pueblo por el tribuno de la plebe L. Libón, quien presentaba una rogativa contra Galba similar a un privilegio, M. Catón, en suma vejez, como dije antes, dijo muchas cosas contra Galba al persuadir la ley; oración que trasladó a sus Orígenes, pocos días o meses antes de morir.
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Entonces, pues, no rechazando nada, Galba, por sí mismo e implorando la fe del pueblo romano, recomendaba llorando tanto a sus propios hijos como al hijo de C. Galo, cuya orfandad y llanto fue maravillosamente miserable debido al recuerdo reciente de su clarísimo padre; y él se libró entonces de la llama, conmovida la misericordia del pueblo por los niños, tal como el mismo Catón dejó escrito. Y también veo que el propio Libón no fue falto de elocuencia, como puede entenderse por sus oraciones.
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Cuando hube dicho esto y descansado un poco:¿ Qué causa hay, pues, Bruto, dije, si tanta virtud hubo en el orador Galba, por qué no aparece ninguna en sus oraciones? Lo cual no puedo admirar en aquellos que no dejaron nada escrito. Pues no es la misma, dije, Bruto, la causa de no escribir y de no escribir tan bien como hablaron. Pues vemos que otros oradores por inercia no escribieron nada, para que no se añadiera también el trabajo doméstico al forense— pues la mayoría de las oraciones se escriben ya pronunciadas, no para que sean pronunciadas—; otros no se esfuerzan por ser mejores—
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pues ninguna cosa aprovecha tanto para hablar como la escritura—: pero no desean el recuerdo de su talento para el futuro, cuando piensan que han obtenido una gloria de hablar suficientemente grande y que esta parecerá aún mayor si sus escritos no llegan al arbitrio de los que juzgan; otros, porque piensan que pueden hablar mejor de lo que pueden escribir, lo cual sucede a menudo a hombres muy ingeniosos y no suficientemente doctos, como al propio Galba.
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A quien tal vez la fuerza no solo del ingenio sino también del ánimo y un cierto dolor natural lo incendiaba al hablar y hacía que su discurso fuera incitado, grave y vehemente; luego, cuando ocioso tomaba el estilo y todo movimiento del ánimo lo había abandonado como el viento, el discurso se volvía lánguido. Lo cual no suele suceder a aquellos que buscan un género de hablar más refinado, debido a que la prudencia nunca falta al orador, usando la cual él puede hablar y escribir de la misma manera; el ardor del ánimo no siempre está presente, y cuando este se asienta, toda esa fuerza y como llama del orador se extingue.
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Por esta razón, pues, parece que el espíritu de Lelio respira incluso en sus escritos, mientras que la fuerza de Galba parece haber muerto. Hubo también en el número de los oradores mediocres los hermanos L. y Sp. Mumio, de quienes existen las oraciones de ambos; Lucio, ciertamente, simple y antiguo, Espurio, sin embargo, no más adornado, pero sí más estricto; pues fue docto por la disciplina de los estoicos. Muchas son las oraciones de Sp. Albino. Hay también las de L. y C. Aurelio Orestes, a quienes veo que estuvieron en algún número de oradores. P. también
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Popilio, además de ser un ciudadano excelente, no fue falto de elocuencia; Cayo, en verdad, su hijo, fue elocuente, y Cayo Tuditano, además de estar cultivado y pulido en toda su vida y modo de vivir, su género de discurso también fue considerado elegante. Y en el mismo género fue considerado aquel que, habiendo recibido una injuria, quebró a Ti. Graco con paciencia, M. Octavio, ciudadano muy constante en las mejores cosas. Pero, en verdad, M. Emilio Lépido, quien fue llamado Porcina, casi en los mismos tiempos que Galba, pero un poco menor de edad, fue considerado un sumo orador y fue, como aparece por sus oraciones, un escritor ciertamente bueno.
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En este orador latino me parece que apareció por primera vez esa ligereza de los griegos, la comprensión de las palabras y ya un estilo, por así decirlo, artífice. A este solían escuchar con estudio dos jóvenes ingeniosísimos y casi de la misma edad, C. Carbo y Ti. Graco; sobre quienes ya habrá lugar de hablar cuando haya dicho pocas cosas sobre los mayores. Pues Q. Pompeyo no fue un orador despreciable en aquellos tiempos, quien obtuvo los sumos honores siendo un hombre conocido por sí mismo, sin ninguna recomendación de sus antepasados.
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Entonces L. Casio pudo mucho, no por elocuencia, pero sí al hablar; hombre popular no por liberalidad, como otros, sino por su misma tristeza y severidad, cuya ley tabellaria resistió durante mucho tiempo el tribuno de la plebe M. Antio Briso, ayudado por el cónsul M. Lépido; y ese asunto fue motivo de vituperio para P. Africano, porque se pensaba que Briso había sido disuadido de su sentencia por su autoridad. Entonces los dos Cepiones ayudaban mucho a sus clientes con consejo y lengua, pero más con autoridad y gracia. Los escritos de Sex. Pompeyo no son demasiado exiguos, aunque es similar a los antiguos, y están llenos de prudencia. P. Craso
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fue un orador muy probado en casi los mismos tiempos, quien valió tanto por ingenio como por estudio y tuvo también ciertas disciplinas domésticas. Pues se había vinculado por afinidad con aquel sumo orador, Ser. Galba, a cuya hija había casado con su hijo Cayo, y siendo hijo de P. Mucio y teniendo como hermano a P. Escévola, había conocido el derecho civil en casa. En él consta que hubo suma industria y máxima gracia, cuando era consultado muchísimo y hablaba.
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A las edades de estos se añadieron los dos C. Fannio, hijos de C. y M.; de los cuales el hijo de Cayo, quien fue cónsul con Domicio, dejó una oración sobre los socios y el nombre latino contra C. Graco, ciertamente buena y noble. Entonces Atticus:¿ Qué entonces?¿ Es esa de Fannio? Pues había una opinión variada cuando éramos niños. Unos decían que había sido escrita por C. Persio, hombre letrado, aquel a quien Lucilio significa que es muy docto; otros, que muchos nobles habían contribuido a esa oración lo que cada uno había podido.
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Entonces yo: He oído, en verdad, esas cosas de los mayores, dije, pero nunca fui inducido a creerlo; y creo que esa sospecha existió por esta causa, porque Fannio había sido considerado entre los oradores mediocres, mientras que la oración era incluso la mejor de todas las oraciones de aquel tiempo. Pero no es de tal clase que parezca confundida por muchos— pues hay un solo sonido de toda la oración y el mismo estilo—, ni Graco habría callado sobre Persio cuando Fannio le había objetado sobre Menelao de Maratón y sobre los demás; especialmente cuando Fannio nunca fue considerado falto de lengua. Pues tanto defendió causas como su tribunado, gestionado por el arbitrio y autoridad de P. Africano, no fue oscuro. El otro, sin embargo, C. Fannio, hijo de M., yerno de C. Lelio, más áspero tanto en costumbres como en el mismo género de hablar.
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Este, por institución de su suegro, a quien no apreciaba mucho porque no había sido cooptado en el colegio de augures, especialmente cuando aquel había preferido a Q. Escévola, su yerno menor de edad— a quien, sin embargo, Lelio, excusándose, le dijo que no había otorgado aquello al yerno menor, sino a su hija mayor—, este, sin embargo, por institución de Lelio, había escuchado a Panecio. Toda su facultad al hablar puede percibirse en su historia escrita no inelegantemente, que no es ni demasiado falta de elocuencia ni perfectamente elocuente.
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Mucio, sin embargo, el augur, hablaba por sí mismo lo que era necesario, como sobre las pecunias repetundas contra T. Albucio. Este no estuvo en el número de los oradores, pero superó en inteligencia del derecho civil y en todo género de prudencia. L. Celio Antípatro fue un escritor, como veis, brillante para aquellos tiempos, muy experto en derecho, y maestro de muchos, incluso de L. Craso.
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Ojalá en Ti. Graco y Cayo Carbo hubiera habido tal mente para gestionar bien la república, cual ingenio hubo para hablar bien: ciertamente nadie habría superado a estos hombres en gloria. Pero uno de ellos fue asesinado por la propia república debido a su tribunado turbulentísimo, al que había accedido irritado contra los buenos por la envidia del tratado de Numancia; el otro se vengó de la severidad de los jueces con una muerte voluntaria debido a su perpetua ligereza en la razón popular. Pero ambos fueron sumos oradores.

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