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Original / primary: Spanish Gemini
1
Si, padres conscriptos, por los méritos inmortales que habéis contraído conmigo, con mi hermano y con nuestros hijos, no os expreso mi gratitud con la plenitud que merecéis, os ruego y os suplico que no penséis que esto debe atribuirse a mi naturaleza, sino a la magnitud de vuestros beneficios. Pues,¿ qué elocuencia tan grande, qué abundancia de palabra, qué género de discurso tan divino e increíble podría existir, con el que alguien pudiera, no ya abarcar orando, sino enumerar contando, todos los méritos que habéis acumulado hacia nosotros? Vosotros, que me habéis devuelto a mi queridísimo hermano, a mí a mi hermano amantísimo, a nuestros hijos sus padres, a nosotros nuestros hijos; que nos habéis devuelto la dignidad, el orden, la fortuna, la amplísima república, la patria— de la que nada puede ser más grato— y, finalmente, a nosotros mismos.
2
Y si debemos tener por carísimos a nuestros padres, porque de ellos hemos recibido la vida, el patrimonio, la libertad y la ciudadanía; si debemos lo mismo a los dioses inmortales, por cuyo beneficio hemos conservado estas cosas y hemos sido acrecentados en otras; si al pueblo romano, por cuyos honores hemos sido colocados en el consejo más amplio, en el grado más alto de dignidad y en esta ciudadela de todas las tierras; si a este mismo orden, por el cual hemos sido honrados a menudo con decretos magníficos, es algo inmenso e infinito lo que os debemos a vosotros, que con vuestro singular celo y consenso nos habéis devuelto al mismo tiempo los beneficios de los padres, los dones de los dioses inmortales, los honores del pueblo romano y vuestros muchos juicios sobre mí, de modo que, debiendo mucho a vosotros, grandes cosas al pueblo romano, innumerables a mis padres y todo a los dioses inmortales, habiendo poseído estas cosas antes una por una a través de ellos, ahora las hemos recuperado todas a través de vosotros.
3
Por tanto, padres conscriptos, parece que hemos alcanzado a través de vosotros una cierta inmortalidad, algo que ni siquiera es posible desear para un hombre. Pues,¿ qué tiempo habrá jamás en que la memoria y la fama de vuestros beneficios hacia nosotros mueran? Vosotros, que en aquel mismo tiempo en que yo era retenido, asediado por la fuerza, el hierro, el miedo y las amenazas, poco después de mi partida me revocasteis a todos por moción de L. Ninnio, hombre valerosísimo y excelente, a quien aquel año pestífero tuvo como el más fiel y menos tímido defensor de mi salvación, si es que hubiera placido luchar; después de que no se os permitió el poder de decidir por aquel tribuno de la plebe que, no pudiendo por sí mismo desgarrar la república, se ocultó bajo el crimen ajeno, nunca callasteis sobre mí, nunca dejasteis de reclamar mi salvación a aquellos cónsules que la habían vendido.
4
Así pues, por vuestro celo y autoridad se logró que aquel mismo año, que yo había preferido que fuera fatal para mí antes que para la patria, tuviera ocho tribunos que promulgaran sobre mi salvación y recurrieran a vosotros muchas veces. Pues los cónsules, moderados y temerosos de las leyes, estaban impedidos por la ley, no por la que se había promulgado sobre mí, sino por la que se había dictado sobre ellos mismos, la cual mi enemigo promulgó para que, si hubieran revivido aquellos que casi destruyeron estas cosas, entonces yo regresara; con lo cual confesó dos cosas: que deseaba la vida de ellos y que la república estaría en gran peligro si, habiendo revivido los enemigos y asesinos de la república, yo no hubiera regresado. Y, sin embargo, aquel mismo año, cuando yo me había retirado, cuando el príncipe de la ciudad protegía su vida no con la salvaguarda de las leyes sino con muros, cuando la república estaba sin cónsules y privada no solo de padres perpetuos sino también de tutores anuales, cuando se os prohibía decir vuestras opiniones y se recitaba el decreto de mi proscripción, nunca dudasteis en unir mi salvación con la salvación común.
5
Pero después de que, por la singular y preeminente virtud del cónsul P. Léntulo, comenzasteis a vislumbrar la luz en la república desde la calígine y las tinieblas del año anterior en las calendas de enero, cuando la suma dignidad de Q. Metelo, hombre nobilísimo y excelente, cuando la virtud y la lealtad de casi todos los pretores y tribunos de la plebe hubieron socorrido a la república, cuando Cneo Pompeyo, por su virtud, gloria y hechos, fácilmente el primero de todas las gentes, de todos los siglos y de toda la memoria, consideró que podía venir con seguridad al senado, vuestro consenso sobre mi salvación fue tan grande que, aunque mi cuerpo estaba ausente, mi dignidad ya había regresado a la patria.
6
En aquel mes, ciertamente, pudisteis estimar qué diferencia había entre mí y mis enemigos. Yo abandoné mi salvación para que la república no se ensangrentara por mi causa con las heridas de los ciudadanos; ellos pensaron que mi regreso debía ser impedido no con los sufragios del pueblo romano, sino con un río de sangre. Por tanto, después no respondisteis nada a los ciudadanos, nada a los aliados, nada a los reyes; nada declararon los jueces con sus sentencias, nada el pueblo con sus sufragios, nada este orden con su autoridad; veíais un foro mudo, una curia sin lengua, una ciudad silenciosa y quebrantada.
7
En aquel tiempo, cuando se hubo marchado aquel que, bajo vuestra dirección, se había resistido a la matanza y al fuego, cuando visteis a hombres volando por toda la ciudad con hierro y antorchas, las casas de los magistrados atacadas, los templos de los dioses incendiados, los fasces del sumo varón y clarísimo cónsul rotos, el cuerpo santísimo del valerosísimo y excelente tribuno de la plebe no tocado y violado con la mano, sino herido con el hierro y acabado. Conmovidos por esta matanza, algunos magistrados, en parte por miedo a la muerte, en parte por desesperación de la república, se apartaron un poco de mi causa: quedaron los restantes a quienes ni el terror ni la fuerza, ni la esperanza ni el miedo, ni las promesas ni las amenazas, ni las armas ni las antorchas pudieron apartar de vuestra autoridad, de la dignidad del pueblo romano y de mi salvación.
8
El príncipe P. Léntulo, padre y dios de nuestra vida, fortuna, memoria y nombre, pensó que este sería el espécimen de su virtud, esta la prueba de su ánimo, esta la luz de su consulado, si me hubiera devuelto a mí mismo, a los míos, a vosotros y a la república. Quien, apenas designado, nunca dudó en expresar una opinión digna de sí mismo y de la república sobre mi salvación: cuando era vetado por un tribuno de la plebe, cuando se recitaba un decreto ilustre para que nadie recurriera a vosotros, para que nadie decretara, discutiera, hablara, fuera a pie o estuviera presente en la redacción, consideró que toda aquella proscripción, como dije antes, no era una ley, por la cual un ciudadano que había merecido excelentemente de la república era arrebatado nominalmente sin juicio junto con el senado de la república. Pero cuando asumió el cargo, no diré qué hizo primero, sino qué hizo en absoluto sino sancionar vuestra dignidad y autoridad para el futuro, una vez que yo fui conservado.
9
¡ Dioses inmortales, qué beneficio parece que me habéis dado, que este año P. Léntulo fuera cónsul del pueblo romano!¡ Cuánto mayor me habríais dado si lo hubiera sido el año anterior! Pues no habría necesitado medicina consular si no hubiera caído por una herida consular. Había oído de un hombre sapientísimo y excelente ciudadano y varón, Q. Cátulo, que no a menudo un solo cónsul había sido malvado, pero dos, nunca, excepto en aquel tiempo de Cinna; por lo cual solía decir que mi causa siempre sería firmísima mientras hubiera al menos un cónsul en la república; lo cual había dicho verdaderamente si aquello sobre los dos cónsules, que antes no había ocurrido en la república, hubiera podido permanecer perenne y propio. Pero si Q. Metelo hubiera sido cónsul enemigo en aquel tiempo,¿ dudáis de qué ánimo habría estado en conservarme, cuando veis que fue autor y suscriptor en mi restitución?
10
Pero fueron aquellos cónsules cuyas mentes estrechas, humildes y depravadas, cubiertas de tinieblas y suciedad, no pudieron ni mirar, ni sostener, ni comprender el nombre mismo del consulado, el esplendor de aquel honor, la magnitud de tan gran imperio; no cónsules, sino mercaderes de provincias y vendedores de vuestra dignidad; de los cuales uno me reclamaba a Catilina, su amante, ante muchos oyentes, y el otro a Cetego, su primo; estos dos, los más malvados desde que hay memoria de hombres, no solo me abandonaron, especialmente en una causa pública y consular, sino que me traicionaron, me atacaron y quisieron que fuera despojado de todo auxilio, no solo suyo, sino también vuestro y de los demás órdenes. De los cuales, sin embargo, uno no engañó ni a mí ni a nadie.
11
¿ Quién, en efecto, tendría alguna esperanza de bien en aquel cuyo primer tiempo de vida había sido abiertamente divulgado a todas las libidinosidades?¿ Quién no pudo apartar de la parte más sagrada de su cuerpo la impura intemperancia de los hombres?¿ Quién, cuando hubo consumido su propio patrimonio no menos enérgicamente que después el público, sostuvo la indigencia y la lujuria con lenocinio doméstico?¿ Quién, si no se hubiera refugiado en el altar del tribunado, no habría podido escapar a la fuerza del pretor, ni a la multitud de acreedores, ni a la proscripción de sus bienes?¿ Quién, en el cargo, si no hubiera presentado la ley sobre la guerra pirática, ciertamente, forzado por la indigencia y la maldad, habría hecho él mismo piratería, y con menor detrimento para la república que el que causó al moverse como un enemigo nefario y depredador dentro de los muros? Bajo cuya inspección y presencia el tribuno de la plebe presentó una ley para que no se obedeciera a los auspicios, para que no fuera lícito anunciar contra el concilio o los comicios, para que no fuera lícito interceder contra la ley, para que no valiera la ley Elia y Fufia, que nuestros mayores quisieron que fueran los subsidios más seguros de la república contra los furores tribunicios.
12
El mismo, después, cuando una multitud innumerable de hombres buenos había venido suplicante desde el Capitolio hacia él, vestidos de luto, y cuando los jóvenes nobilísimos y todos los caballeros romanos se habían arrojado a los pies del lenón impudiquísimo,¡ con qué rostro aquel libertino rizado repudió no solo las lágrimas de los ciudadanos, sino también las súplicas de la patria! Y no se contentó con eso, sino que subió a la asamblea y dijo cosas que, si su hombre Catilina hubiera revivido, no se habría atrevido a decir: que él pediría cuentas a los caballeros romanos por las Nonas de diciembre que habían ocurrido bajo mi consulado y por la colina Capitolina. Y no solo dijo eso, sino que increpó a quienes le convino; a Lucio Lamia, caballero romano, hombre de preeminente dignidad y, por familiaridad, amiguísimo de mi salvación, y por sus fortunas, amiguísimo de la república, el cónsul imperioso le ordenó salir de la ciudad. Y cuando vosotros habíais decidido cambiar de vestimenta y todos la habíais cambiado, y todos los hombres buenos ya lo habían hecho antes, él, ungido con perfumes y con la toga pretexta, que todos los pretores y ediles habían abandonado entonces, se burló de vuestra suciedad y del luto de la gratísima ciudad, e hizo lo que ningún tirano hizo jamás: que no dijera nada para que no gimiereis ocultamente vuestro mal, y que ordenara que no lloraseis abiertamente las incomodidades de la patria.
13
Cuando, en el circo Flaminio, no fue llevado a la asamblea por un tribuno de la plebe, sino por un archipirata ladrón, primero avanzó,¡ con qué autoridad aquel hombre!, lleno de vino, sueño y estupro, con el cabello mojado, el peinado compuesto, los ojos pesados, las mejillas flácidas: con voz reprimida y temulenta, dijo que a él, grave autoridad, le desagradaba vehementemente que se hubiera procedido contra ciudadanos no condenados.¿ Dónde nos ha estado oculta tanto tiempo esta autoridad tan grande?¿ Por qué en los lupanares y banquetes de este bailarín rizado ha estado ociosa tanto tiempo tan eximia virtud? Pues aquel otro, Cesonino Calvencio, se ha movido en el foro desde la adolescencia, cuando ninguna cosa lo recomendaba más que una tristeza simulada y astuta, ni el consejo, ni la abundancia de palabra, ni el estudio de la milicia, ni el de conocer a los hombres, ni la liberalidad. A quien, al pasar, si lo hubieras visto inculto, horrible y triste, aunque lo consideraras agreste e inhumano, sin embargo, no lo habrías pensado libidinoso y perdido.
14
Si te hubieras detenido en el foro con este hombre o con un tronco, no creerías que hubiera diferencia: sin sentido, sin sabor, un negocio sin lengua, lento e inhumano, dirías que es un capadocio recién arrebatado de un rebaño de esclavos. El mismo, en casa,¡ qué libidinoso, qué impuro, qué intemperante, con placeres no recibidos por la puerta, sino introducidos por una puerta falsa! Cuando, además, comienza a estudiar letras y la bestia inmensa a filosofar con los grieguillos, entonces es epicúreo, no profundamente dedicado a aquella disciplina, sea cual sea, sino capturado por una sola palabra: el placer. Tiene, además, maestros no de esos ineptos que discurren todo el día sobre el deber y la virtud, que exhortan al trabajo, a la industria, a asumir peligros por la patria, sino a aquellos que disputan que no debe haber ninguna hora vacía de placer, que en toda parte del cuerpo siempre debe haber algún gozo y deleite.
15
A estos usa como prefectos de sus libidinosidades; ellos rastrean y olfatean todos los placeres, ellos son los creadores e instructores de los banquetes, ellos mismos gastan y estiman los placeres y dan su opinión y juzgan cuánto parece que debe atribuirse a cada libido. Erudito en las artes de estos, despreció de tal modo a esta prudentísima ciudad que pensaba que todas sus libidinosidades y todos sus flagicios podían estar ocultos si tan solo hubiera traído su rostro importuno al foro. Él, de ninguna manera a mí— pues yo había conocido, por la afinidad de Pisón, cuán lejos había alejado a este de este género la relación materna de sangre transalpina—, sino a vosotros y al pueblo romano, no con consejo ni elocuencia, lo cual sucede a menudo en muchos, sino con arrugas y cejas, engañó.
16
Lucio Pisón,¿ te atreviste tú con ese ojo, no diré con ese ánimo, con esa frente, no vida, con tanta ceja— pues no puedo decir con tan grandes hechos—, a asociar con A. Gabinio los consejos de mi ruina?¿ No te llevaba a esa reflexión el olor de los perfumes de aquel, el aliento de vino, la frente marcada con las huellas del rizado, de que, habiendo sido semejante a él en su cosa, no te fuera lícito usar por más tiempo el tegumento de la frente para ocultar tan grandes flagicios?¿ Con este te atreviste a unirte para adjudicar la dignidad consular, el estado de la república, la autoridad del senado, las fortunas de un ciudadano que mereció excelentemente, mediante un pacto de provincias?¿ Siendo tú cónsul, por tus edictos y mandatos, no le fue lícito al senado del pueblo romano no solo con sus sentencias y autoridad, sino ni siquiera con el luto y el vestido socorrer a la república?
17
¿ Pensabas que eras cónsul en Capua, en cuya ciudad hubo antaño un domicilio de soberbia, como lo eras en aquel tiempo, o en Roma, en cuya ciudad todos los cónsules antes que vosotros obedecieron al senado?¿ Te atreviste tú, llevado al circo Flaminio con ese igual tuyo, a decir que siempre habías sido misericordioso? Con cuya palabra demostrabas que el senado y todos los hombres buenos, cuando apartaban la ruina de la patria, habían sido crueles. Tú, misericordioso, me entregaste a mí, tu pariente, a quien habías puesto primero como guardián de la prerrogativa en los comicios, a quien habías pedido la opinión en tercer lugar en las calendas de enero, encadenado a los enemigos de la república; tú a mi yerno, tu allegado, tú a mi pariente, mi hija, los rechazaste de tus rodillas con palabras soberbísimas y crudelísimas; y el mismo tú, con singular clemencia y misericordia, cuando yo, junto con la república, había caído no por un golpe tribunicio sino consular, fuiste de tal crimen y tal intemperancia que no permitiste que pasara ni una hora entre mi ruina y tu botín,¡ al menos mientras callaba aquel lamento y gemido de la ciudad!
18
Aún no se había hecho público que habían matado a la república cuando se resolvían para ti los arbitrios del funeral: al mismo tiempo mi casa era saqueada, ardía, los bienes eran llevados desde el Palatino al cónsul vecino, desde Tusculano al otro cónsul igualmente vecino, mientras, con los mismos obreros emitiendo su sufragio, con el mismo gladiador como proponente, con el foro vacío no solo de bienes sino también de hijos, con el pueblo romano ignorante de lo que se hacía, y con el senado oprimido y afligido, se donaban el tesoro, la provincia y las legiones a dos cónsules impíos y nefarios. Vosotros, cónsules, apuntalasteis con vuestra virtud las ruinas de estos cónsules, socorridos por la suma lealtad y diligencia de los tribunos de la plebe y de los pretores.
19
¿ Qué diré del preeminente varón, T. Anio, o quién hablará jamás con suficiente dignidad de tal ciudadano? Quien, al ver que un ciudadano malvado o, mejor dicho, un enemigo doméstico, si fuera lícito usar las leyes, debía ser quebrantado por un juicio, pero si la fuerza impedía y eliminaba los juicios mismos, la audacia debía ser superada por la virtud, el furor por la fortaleza, la temeridad por el consejo, la mano por las tropas, la fuerza por la fuerza, primero postuló sobre la violencia; después de que vio que los juicios habían sido eliminados por el mismo, se ocupó de que él no pudiera lograr todo por la fuerza; quien enseñó que ni las casas, ni los templos, ni el foro, ni la curia pueden ser defendidos sin la suma virtud y las máximas riquezas y tropas contra el latrocinio intestinos; quien, primero después de mi partida, apartó el miedo de los hombres buenos, la esperanza de los audaces, el temor de este orden y la servidumbre de la ciudad.
20
P. Sestio, quien siguió este plan con igual virtud, ánimo y lealtad por mi salvación, por vuestra autoridad y por el estado de la ciudad, nunca pensó que debiera evitar enemistades, fuerza, ataques o peligro de vida; quien recomendó la causa del senado, agitada por las asambleas de los malvados, de tal modo a la multitud con su diligencia que nada parecía tan popular como vuestro nombre, nada tan caro para todos en algún momento como vuestra autoridad; quien me defendió con todas las cosas con las que pudo como tribuno de la plebe, y además me sostuvo con los demás deberes, igual que si fuera mi hermano; de cuyo cliente, libertos, familia, tropas y cartas fui sostenido de tal modo que parecía no solo ayudante, sino también socio de mi calamidad.
21
Ya habéis visto los deberes y celos de los demás, cuán deseoso de mí fue C. Cestilio, cuán estudioso de vosotros, cuán poco variable fue en la causa.¿ Qué decir de M. Cispio? A quien yo mismo, como a su padre y hermano, siento cuánto debo; quien, aunque su voluntad había sido ofendida por mí en un juicio privado, olvidó la ofensa privada por la memoria de mi beneficio público. Ya T. Fadío, que fue mi cuestor, M. Curcio, de cuyo padre fui cuestor, no faltaron con su celo, amor y ánimo a esta necesidad. C. Mesio dijo muchas cosas sobre mí por causa de la amistad y de la república: promulgó una ley separadamente al principio sobre mi salvación.
22
Si Q. Fabricio hubiera podido completar contra la fuerza y el hierro lo que intentó hacer sobre mí, habríamos recuperado nuestro estado en el mes de enero; a quien la voluntad impulsó a mi salvación, la fuerza retardó, vuestra autoridad revocó. Ya, ciertamente, pudisteis estimar con qué ánimo estuvieron los pretores hacia mí, cuando L. Cecilio se esforzó privadamente en sostenerme con todas sus tropas, públicamente promulgó sobre mi salvación con casi todos sus colegas, y no dio poder a los saqueadores de mis bienes para acudir a juicio. M. Calidio, además, inmediatamente designado, declaró con su opinión cuán cara le era mi salvación.
23
Todos los deberes de C. Septimio, Q. Valerio, P. Craso, Sex. Quinctilio y C. Cornuto fueron sumos tanto hacia mí como hacia la república. Al recordarlos gustosamente, no paso por alto sin disgusto las cosas cometidas nefariamente contra mí por algunos. No es de mi tiempo recordar las injurias, las cuales, aunque pudiera vengarlas, preferiría olvidar: toda mi vida debe ser trasladada a otro lugar, para devolver la gratitud a quienes bien merecieron de mí, para proteger las amistades probadas por el fuego, para hacer la guerra con los enemigos abiertos, para perdonar a los amigos tímidos, para señalar a los traidores y para consolar el dolor de mi partida con la dignidad de mi regreso.
24
Y si no me quedara ningún otro deber en toda mi vida sino el de ser juzgado suficientemente agradecido hacia los mismos líderes, príncipes y autores de mi salvación, aun así pensaría que el exiguo tiempo de vida que me queda me ha sido dejado no solo para devolver, sino también para conmemorar la gratitud.¿ Cuándo podré yo, cuándo podrán todos los míos devolver la gratitud a este hombre y a sus hijos?¿ Qué memoria, qué fuerza de ingenio, qué magnitud de observancia podrá responder a tantos y tan grandes beneficios? Quien, primero, afligido y yacente, me tendió la fe y la diestra consular, quien me llamó de la muerte a la vida, de la desesperación a la esperanza, de la ruina a la salvación, quien tuvo tanto amor hacia mí y celo hacia la república que ideó cómo no solo aliviar mi calamidad, sino también honrarla. Pues,¿ qué más magnífico, qué más preclaro pudo sucederme que lo que vosotros decretasteis a propuesta suya, que todos de toda Italia, que quisieran la república a salvo, vinieran a restituirme y defenderme a mí solo, hombre quebrantado y casi disipado? Para que, con la misma voz con la que el cónsul había usado tres veces en total después de la fundación de Roma por la república universal ante aquellos que solo podían escuchar su voz, con la misma voz el senado excitara a todos los ciudadanos de todos los campos y pueblos y a toda Italia para defender la salvación de uno solo.
25
¿ Qué pude dejar más glorioso a mis descendientes que esto, que el senado juzgara que quien no me hubiera defendido como ciudadano, no había querido la república a salvo? Por tanto, vuestra autoridad y la eximia dignidad del cónsul valieron tanto que pensaba que cometía un deshonor y flagicio quien no viniera. Y el mismo cónsul, cuando aquella increíble multitud hubo venido a Roma y casi de la misma Italia, os convocó frecuentísimos al Capitolio. En aquel tiempo pudisteis entender cuánta fuerza tenía la bondad de la naturaleza y la verdadera nobleza. Pues Q. Metelo, enemigo y hermano de enemigo, vista vuestra voluntad, depuso todos los odios privados: a quien P. Servilio, varón clarísimo y, en verdad, excelente y amiguísimo mío, con una gravedad divina de su autoridad y discurso, revocó a los hechos y virtudes de su género y de la sangre común, para que tuviera en el consejo al hermano de entre los muertos, socio de mis cosas, y a todos los Metelos, preeminentes ciudadanos, casi excitados del Aqueronte, entre los cuales aquel Metelo Numídico, cuya partida de la patria antaño pareció honesta para todos, pero, sin embargo, luctuosa.
26
Por tanto, divinamente surgió no solo el defensor de mi salvación, que antes de este único beneficio había sido enemigo, sino también el suscriptor de mi dignidad. En aquel día, ciertamente, cuando erais cuatrocientos diecisiete, y todos los magistrados estaban presentes, disintió uno solo, aquel que había pensado que los conjurados debían ser excitados incluso de entre los muertos por su propia ley. Y en aquel día, cuando habíais juzgado con palabras gravísimas y muchísimas que la república había sido conservada por mis consejos, el mismo cónsul se ocupó de que lo mismo fuera dicho por los príncipes de la ciudad en la asamblea al día siguiente; cuando él mismo trató mi causa de la manera más adornada y logró, estando presente y escuchando toda Italia, que nadie pudiera escuchar la voz amarga e enemiga de los hombres buenos de parte de nadie contratado o perdido.
27
A esto, vosotros mismos añadisteis no solo ayudas para mi salvación, sino también ornamentos para mi dignidad: decretasteis que nadie impidiera la cosa por ninguna razón; que quien la hubiera impedido, lo llevarían grave y molestamente— que actuaría contra la república, la salvación de los hombres buenos y la concordia de los ciudadanos—, y que se recurriera a vosotros sobre él inmediatamente; y me ordenasteis incluso regresar, si calumniaban por más tiempo.¿ Qué?¿ Que se dieran gracias a quienes habían venido de los municipios?¿ Qué?¿ Que hasta aquel día, cuando las cosas hubieran regresado, se les pidiera que vinieran con igual celo?¿ Qué? Finalmente, en aquel día que P. Léntulo constituyó como natalicio para mí, para mi hermano y para nuestros hijos, no solo para nuestra memoria, sino también para la de un tiempo sempiterno, el día en que nos llamó a la patria en los comicios centuriados, que nuestros mayores quisieron que fueran llamados y tenidos como los comicios más justos, para que las mismas centurias que me habían hecho cónsul comprobaran mi consulado—
28
En aquel día,¿ qué ciudadano hubo que pensara que fuera lícito, cualquiera que fuera su edad o salud, no emitir su opinión sobre mi salvación?¿ Cuándo visteis tanta frecuencia en el campo, tanto esplendor de toda Italia y de todos los órdenes, cuándo visteis a los rogadores, diribidores y custodios con aquella dignidad? Por tanto, por el beneficio excelente y divino de P. Léntulo, no fuimos devueltos a la patria como algunos ciudadanos clarísimos, sino que fuimos traídos de vuelta con caballos insignes y carro dorado.
29
¿ Puedo yo parecer jamás suficientemente agradecido hacia Cneo Pompeyo? Quien no solo ante vosotros, que sentíais todos lo mismo, sino también ante el pueblo universal, dijo que la salvación del pueblo romano había sido conservada por mí y unida a la mía; quien recomendó mi causa a los prudentes, enseñó a los ignorantes y, al mismo tiempo, comprimió a los malvados con su autoridad y excitó a los buenos; quien exhortó y suplicó al pueblo romano por mí como por un hermano o un padre; quien, cuando él mismo se retenía en casa por miedo a la lucha y a la sangre, pidió a los tribunos anteriores que promulgaran y recurrieran sobre mi salvación; quien, en la colonia recién constituida, cuando él mismo ejercía el cargo, en la que no había ningún intercesor comprado, consignó la fuerza y la crueldad del privilegio con la autoridad de los hombres más honestos y en documentos públicos, y pensó que el príncipe de toda Italia debía implorar la salvaguarda para mi salvación; quien, habiéndome sido siempre amiguísimo, se esforzó incluso en hacerme amigos a sus allegados.
30
¿ Con qué deberes remuneraré los beneficios de T. Anio? Cuya razón, pensamiento y, finalmente, todo su tribunado no fue otra cosa que una constante, perpetua, fuerte e invicta defensa de mi salvación.¿ Qué hablaré de P. Sestio? Quien mostró su benevolencia y lealtad hacia mí no solo con el dolor de su ánimo, sino también con las heridas de su cuerpo. A vosotros, padres conscriptos, os he dado y os daré gracias individualmente: a todos juntos os las di al principio, tan adornadamente como pude, pero no puedo de ninguna manera. Y aunque hay en mí méritos principales de muchos, que no pueden ser silenciados de ninguna manera, sin embargo, no es de este tiempo y de mi temor intentar conmemorar los beneficios de cada uno hacia mí; pues es difícil no pasar por alto a alguien, y es un sacrilegio pasar por alto a cualquiera. Yo debo venerar a todos vosotros, padres conscriptos, en el número de los dioses. Pero así como en los mismos dioses inmortales no solemos venerar y rogar siempre a los mismos y a veces a otros, así en los hombres que han merecido divinamente de mí: toda mi edad será para predicar y recordar sus méritos hacia mí.
31
En el día de hoy, sin embargo, he decidido que se deben dar gracias nominalmente a los magistrados, y de los privados a uno solo, que por mi salvación había acudido a los municipios y colonias, había suplicado al pueblo romano y había dicho la opinión que vosotros, siguiendo, me devolvisteis mi dignidad. Vosotros me honrasteis siempre floreciente, y me defendisteis, mientras sufría, con el cambio de vestimenta y casi con vuestro luto, mientras fue lícito. En nuestra memoria, los senadores no solían cambiar de vestimenta ni siquiera en sus propios peligros: en mi peligro, el senado estuvo con la vestimenta cambiada mientras fue lícito por los edictos de aquellos que desnudaron mis peligros no solo de su salvaguarda, sino también de vuestra súplica.
32
Al ser objeto de estas cosas, cuando veía que debía luchar como privado con el mismo ejército que, como cónsul, había superado no con armas sino con vuestra autoridad, reflexioné muchas cosas conmigo mismo. El cónsul había dicho en la asamblea que pediría cuentas a los caballeros romanos por la colina Capitolina; unos eran increpados nominalmente, otros citados, otros relegados; los accesos a los templos habían sido eliminados no solo con guardias y mano, sino también con demolición. El otro cónsul, para no solo abandonarme a mí y a la república, sino también traicionarme a los enemigos de la república, se había obligado con pactos de sus recompensas. Había otro a las puertas con imperio por muchos años y un gran ejército, a quien no digo que haya sido enemigo mío, pero sé que calló cuando se decía que era enemigo.
33
Cuando se pensaba que había dos partes en la república, se pensaba que una me reclamaba por enemistades y la otra me defendía tímidamente por sospecha de matanza. Los que, sin embargo, parecían reclamarme, aumentaron en esto el miedo a la lucha, porque nunca, al negar, disminuyeron la sospecha y la preocupación de los hombres. Por lo cual, al ver al senado privado de líderes, a mí atacado por los magistrados, en parte traicionado, en parte abandonado, a los esclavos inscritos nominalmente bajo la simulación de colegios, a todas las tropas de Catilina casi revocadas por los mismos líderes a la esperanza de matanza e incendios, a los caballeros romanos movidos por el miedo a la proscripción, a los municipios por el de la devastación, a todos por el de la matanza, pude, pude, padres conscriptos, defenderme con fuerza y armas con muchos autores varones fortísimos, y no me faltó aquel mismo ánimo mío, no desconocido para vosotros. Pero veía que, si hubiera vencido al adversario presente, tendría que vencer a demasiados otros; si hubiera sido vencido, muchos hombres buenos tendrían que perecer incluso después de mí, tanto por mí como conmigo, y que los vengadores de la sangre tribunicia serían los presentes, y que las penas de mi muerte serían reservadas para el juicio y la posteridad.
34
No quise, habiendo defendido la salvación común sin hierro como cónsul, defender la mía con armas como privado, y preferí que los hombres buenos lloraran mis fortunas antes que desesperar de las suyas; y, si hubiera sido asesinado solo, me parecía vergonzoso, si con muchos, funesto para la república. Pero si pensara que me estaba propuesta una aflicción eterna, me habría castigado a mí mismo con la muerte antes que con un dolor sempiterno. Pero al ver que no me ausentaría de esta ciudad por más tiempo que la misma república, no pensé que yo debiera permanecer si ella era exterminada, y ella, tan pronto como fue revocada, me trajo de vuelta conmigo por igual. Conmigo se ausentaron las leyes, conmigo las cuestiones, conmigo los derechos de los magistrados, conmigo la autoridad del senado, conmigo la libertad, conmigo incluso la abundancia de frutos, conmigo todas las santidades y religiones de los dioses y de los hombres. Las cuales, si siempre estuvieran ausentes, lloraría más vuestras fortunas que desearía las mías; pero si alguna vez fueran revocadas, entendía que debía regresar junto con ellas.
35
Testigo certísimo de este sentimiento mío es este mismo que fue guardián de mi cabeza, Cneo Plancio, quien, habiendo depuesto todos los ornamentos y comodidades provinciales, colocó toda su cuestura en sostenerme y conservarme. Quien, si hubiera sido cuestor mío como comandante, habría estado en lugar de hijo; ahora ciertamente estará en lugar de padre, habiendo sido consorte no de mi imperio, sino de mi dolor.
36
Por tanto, padres conscriptos, puesto que he sido restituido a la República al mismo tiempo que la República misma, no solo no disminuiré nada de mi antigua libertad al defenderla, sino que incluso la acrecentaré. Pues, en efecto, si la defendía entonces cuando ella me debía algo,¿ qué debo hacer ahora cuando yo le debo a ella muchísimo? Porque,¿ qué es lo que podría quebrantar o debilitar mi ánimo, cuando veis que su propia calamidad es testimonio no solo de que no cometí delito alguno, sino incluso de mis beneficios divinos hacia la República? Pues fue provocada porque había defendido al Estado, y fue asumida por mi propia voluntad, para que el Estado, defendido por mí, no fuera llevado al extremo peligro por mi misma causa.
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Por mí no suplicaron al pueblo romano, como por Publio Popilio, hombre nobilísimo, sus hijos adolescentes, ni una multitud de parientes; no como por Quinto Metelo, hombre excelso y ilustrísimo, su hijo de juventud ya probada, ni Lucio y Cayo Metelo, cónsules, ni sus hijos, ni Quinto Metelo Nepote, que entonces aspiraba al consulado, ni los Lúculos, Servilios, Escipiones, ni los hijos de las Metelas, llorando y vestidos de luto, suplicaron al pueblo romano; sino un solo hermano, quien resultó ser para mí un hijo por su piedad, un padre por sus consejos y, como era, un hermano por su amor, quien con su aspecto descuidado, sus lágrimas y sus ruegos cotidianos, obligó a que se renovara el anhelo por mi nombre y se recordaran mis gestas. Y él, habiendo decidido que, si no me recuperaba a través de vosotros, correría la misma suerte y elegiría para sí el mismo domicilio de vida y de muerte, no temió, sin embargo, ni la magnitud del asunto, ni su propia soledad, ni la fuerza y las armas de mis enemigos.
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Otro fue el paladín de mi fortuna y defensor asiduo, con suma virtud y piedad, Cayo Pisón, mi yerno, quien despreció las amenazas de mis enemigos, las enemistades de mi pariente, su allegado, el cónsul, y quien, siendo cuestor, descuidó el Ponto y Bitinia por mi salvación. El Senado nunca decretó nada sobre Publio Popilio, nunca se hizo mención de Quinto Metelo en este orden: aquellos fueron restituidos finalmente mediante leyes tribunicias tras la muerte de sus enemigos, cuando uno de ellos había obedecido al Senado y el otro había huido de la violencia y la matanza. Pues Cayo Mario, quien en la memoria de los hombres actuales es el tercer consular antes que yo que fue expulsado por una tormenta civil, no solo no fue restituido por el Senado, sino que con su regreso casi destruyó al Senado entero. No hubo consenso de magistrados sobre ellos, ni convocatoria del pueblo romano para defender la República, ni movimiento en Italia, ni decretos de municipios y colonias.
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Por lo cual, puesto que vuestra autoridad me ha reclamado, el pueblo romano me ha llamado, la República me ha implorado y toda Italia casi me ha traído de vuelta sobre sus hombros, no permitiré, padres conscriptos, que, habiendo recuperado aquello que no estaba bajo mi control, no posea aquello que yo mismo puedo garantizar, especialmente cuando he recuperado lo que se había perdido, pero nunca perdí mi virtud ni mi lealtad.