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De domo sua ad pontifices
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Original / primary: Spanish Gemini
1
Aunque muchas cosas han sido inventadas e instituidas divinamente por nuestros antepasados, pontífices, nada es más ilustre que el hecho de que hayan querido que los mismos hombres presidieran tanto las religiones de los dioses inmortales como la más alta magistratura del Estado, para que los ciudadanos más amplios y esclarecidos conservaran el Estado gestionando bien los asuntos públicos y las religiones interpretando sabiamente las religiones. Y si en algún momento una gran causa ha estado bajo el juicio y la potestad de los sacerdotes del pueblo romano, esta es ciertamente tan grande que toda la dignidad del Estado, la salvación, la vida, la libertad, los altares, los hogares, los dioses penates, los bienes, las fortunas y los domicilios de todos los ciudadanos parecen haber sido confiados y encomendados a vuestra sabiduría, a vuestra lealtad y a vuestra potestad.
2
A vosotros os corresponde decidir en el día de hoy si preferís en adelante despojar a los magistrados insensatos y perdidos de la protección de los ciudadanos malvados y criminales, o si preferís armarlos incluso con la religión de los dioses inmortales. Pues si esa ruina y llama del Estado defendiera con la religión divina aquel tribunado suyo pestífero y funesto, que no puede defender con la equidad humana, tendríamos que buscar otras ceremonias, otros sacerdotes de los dioses inmortales, otros intérpretes de las religiones; pero si, por el contrario, mediante vuestra autoridad y sabiduría, pontífices, se rescinden aquellas cosas que, por el furor de los malvados, fueron realizadas en el Estado, oprimidas por unos, abandonadas por otros y traicionadas por otros, habrá motivo para que podamos alabar justa y merecidamente el consejo de nuestros antepasados al elegir a los hombres más ilustres para los sacerdocios.
3
Pero puesto que aquel demente, si hubiera vituperado lo que yo he sentido en el Senado sobre la República durante estos días, pensó que tendría algún acceso a vuestros oídos, omitiré mi orden de hablar: responderé no al discurso de un hombre furioso, del cual él no puede hacer uso, sino a su insulto, cuya práctica ha fortalecido tanto con una petulancia intolerable como con una impunidad duradera. Y primero te pregunto a ti, hombre vesánico y furioso,¿ qué castigo tan grande por tus crímenes y flagicios te atormenta para que pienses que estos hombres tan eminentes— que sostienen la dignidad del Estado no solo con sus consejos sino también con su propia presencia— están irritados conmigo porque, al expresar mi opinión, vinculé la salvación de los ciudadanos con el honor de Cneo Pompeyo, y que ellos opinarían de manera distinta sobre la más alta religión en este momento de lo que opinaron cuando yo estaba ausente?
4
Fuiste, dice, superior ante los pontífices, pero ahora, puesto que te has trasladado al pueblo, es necesario que seas inferior.¿ Es así realmente?¿ Lo que es más vicioso en la multitud inexperta, la variedad y la inconstancia y el frecuente cambio de opiniones como si fueran tempestades, lo trasladas tú a estos hombres, a quienes la gravedad disuade de la inconstancia, y un derecho de las religiones cierto y definido, la antigüedad de los ejemplos y la autoridad de los escritos y monumentos disuaden de una opinión caprichosa?¿ Eres tú aquel, dice, de quien el Senado no pudo prescindir, a quien los hombres de bien lloraron, a quien la República deseó, y a quien, una vez restituido, pensábamos que la autoridad del Senado había sido restituida, la cual traicionaste apenas llegaste? No hablo todavía de mi opinión: primero responderé a tu impudicia.
5
A este, pues, funesta plaga de la República, a este ciudadano, con hierro y armas y el terror de los ejércitos y el crimen de los cónsules y las amenazas de los hombres más audaces, con la leva de esclavos, el asedio de los templos, la ocupación del foro, la opresión de la curia, obligaste a ceder su casa y su patria, para que los hombres de bien no lucharan con hierro contra los malvados,¿ a quien confiesas que fue deseado, llamado y revocado por el Senado, por todos los hombres de bien y por toda Italia para la causa de la conservación de la República? Pero, en efecto, no debiste venir al Senado al Capitolio en aquel día turbulento.
6
Yo, en verdad, ni vine ni salí de mi casa mientras el tiempo fue turbulento, cuando constaba que tus esclavos, preparados por ti desde hace mucho tiempo para la matanza de los hombres de bien, habían venido contigo al Capitolio armados con esa banda tuya de criminales y perdidos; cuando esto se me anunciaba, sabe que me quedé en casa y no di a ti ni a tus gladiadores la oportunidad de renovar la matanza. Después de que se me anunció que el pueblo romano se había reunido en el Capitolio debido al miedo y a la escasez de grano, y que los ministros de tus crímenes, aterrorizados, habían huido, habiendo perdido algunos sus espadas y habiendo sido arrebatadas otras, vine no solo sin tropas ni banda, sino incluso con pocos amigos.
7
¿ Acaso, cuando el cónsul P. Léntulo, que tanto bien hizo por mí y por la República, cuando Q. Metelo, que siendo mi enemigo, era tu hermano, y había antepuesto mi salvación y dignidad tanto a nuestra disensión como a tus ruegos, me llamaban al Senado, cuando una multitud tan grande de ciudadanos me llamaba nominalmente por su reciente servicio para que les agradeciera, no iba a venir, especialmente cuando constaba que tú ya habías partido de allí con tu banda de fugitivos? Aquí te atreviste incluso a llamarme a mí, guardián y defensor del Capitolio y de todos los templos, enemigo del Capitolio, porque, cuando dos cónsules celebraban el Senado en el Capitolio,¿ vine allí?¿ Hay algún momento en el que sea vergonzoso haber venido al Senado, o era tal el asunto que se trataba que debía repudiar el hecho mismo y condenar a quienes lo trataban?
8
Primero digo que es propio de un buen senador venir siempre al Senado, y no siento lo mismo que aquellos que establecen que no se debe venir al Senado en tiempos menos buenos, sin entender que esta perseverancia excesiva suya ha sido vehemente, grata y agradable para aquellos cuyo ánimo quisieron ofender. Pero, en efecto, algunos se marcharon por miedo, porque pensaban que no estaban seguros en el Senado. No los reprendo, ni pregunto si había algo que temer: creo que cada uno debe temer según su propio criterio.¿ Preguntas por qué yo no temí? Porque constaba que tú te habías ido de allí.¿ Por qué, cuando algunos hombres de bien pensaron que no podían estar seguros en el Senado, yo no sentí lo mismo?¿ Por qué, cuando yo había pensado que no podía estar seguro en absoluto en la ciudad, ellos permanecieron?¿ Acaso a otros les está permitido, y rectamente, no temer nada por sí mismos en mi miedo, y para mí solo será necesario temer tanto por mí como por los demás?
9
¿ O es que debo ser reprendido porque no condené con mi opinión a los dos cónsules?¿ Debía yo condenar precisamente a aquellos por cuya ley se logró que yo, sin haber sido condenado y habiendo merecido muy bien de la República, no sufriera el castigo de los condenados?¿ Debía yo, precisamente, repudiar con mi consejo el mejor consejo de aquellos cuyas faltas, debido a su extraordinaria voluntad de conservarme, no solo yo sino todos los hombres de bien deberían soportar, después de haber sido restituido a mi dignidad original por ellos?¿ Pero qué opinión expresé? Primero, la que el discurso del pueblo ya había fijado en nuestros ánimos antes; luego, la que había sido agitada en el Senado en los días anteriores; finalmente, la que el Senado, numeroso, siguió cuando estuvo de acuerdo conmigo: de modo que no fue traído por mí un asunto inesperado y reciente, ni, si hay algún vicio en la opinión, es mayor el de quien la expresó que el de todos los que la aprobaron.
10
Pero, en efecto, el juicio del Senado no fue libre debido al miedo. Si haces que hayan temido los que se marcharon, concede que no temieron los que permanecieron; pero si, por el contrario, sin aquellos que entonces estuvieron ausentes no se pudo decidir nada libremente, cuando todos estaban presentes, se comenzó a tratar sobre la revocación del decreto del Senado; todo el Senado reclamó. Pero pregunto en la opinión misma, puesto que yo soy su príncipe y autor, qué se reprende.¿ Acaso no hubo causa para tomar un nuevo consejo, o mis partes en esa causa no fueron las principales, o debíamos haber huido a otro lugar?¿ Qué causa pudo ser mayor que el hambre, que la sedición, que tus consejos y los de los tuyos, que, habiéndose presentado la oportunidad de incitar los ánimos de los inexpertos, pensaste que renovarías tus funestos latrocinios por causa del suministro de grano?
11
El grano, las provincias frumentarias en parte no lo tenían, en parte lo habían enviado a otras tierras, creo, debido a la avaricia de los vendedores, en parte, para que fuera más grato cuando hubieran ayudado en medio del hambre misma, lo mantenían cerrado bajo sus propias custodias, para enviarlo repentinamente como nuevo. El asunto no estaba en una opinión dudosa, sino en un peligro presente y puesto ante los ojos, y no lo preveíamos por conjetura, sino que ya lo veíamos por experiencia. Pues cuando el precio del grano se agravaba, de modo que ya se temía claramente la escasez y el hambre, no la carestía, se produjo una concurrencia al templo de la Concordia, llamando allí el cónsul Metelo al Senado. Si esto fue verdadero por el dolor de los hombres y el hambre, ciertamente los cónsules pudieron asumir la causa, ciertamente el Senado pudo tomar algún consejo; pero si la causa fue el grano, tú fuiste el instigador y agitador de la sedición,¿ no debíamos todos nosotros actuar para sustraer la materia a tu furor?
12
¿ Qué? Si fue ambas cosas, que tanto el hambre estimulaba a los hombres como tú surgías en esta úlcera como un bubón,¿ no debió aplicarse una medicina tanto mayor que pudiera sanar tanto ese mal nativo como este introducido? Había, pues, tanto una carestía presente como un hambre futura; no es suficiente; se produjo una lapidación. Si fue por el dolor de la plebe sin que nadie la incitara, un gran mal; si por el impulso de P. Clodio, el crimen habitual de un hombre malvado; si ambas cosas, que tanto el asunto era tal que por sí mismo incitaba los ánimos de la multitud, como que estaban preparados y armados los líderes de la sedición,¿ parece que la República misma imploró tanto el auxilio del cónsul como la fe del Senado? Y sin embargo, es evidente que fueron ambas cosas; nadie niega la dificultad del grano y la suma escasez de suministro, de modo que los hombres ya no temían una carestía duradera, sino claramente el hambre: no sospechéis, pontífices, que este enemigo del ocio y de la paz fuera a aprovechar esta causa para incendios, matanzas y rapiñas, a menos que lo hayáis visto.
13
¿ Quiénes son los hombres nombrados públicamente en el Senado por Q. Metelo, tu hermano, el cónsul, por quienes él dijo haber sido atacado con piedras e incluso golpeado? Nombró a L. Sergio y a M. Lolio.¿ Quién es ese Lolio? El que ni siquiera ahora está contigo sin hierro, el que, siendo tú tribuno de la plebe, no diré nada de mí, pero el que pidió que Cneo Pompeyo fuera asesinado.¿ Quién es Sergio? Escudero de Catilina, escolta de tu cuerpo, abanderado de la sedición, incitador de los taberneros, condenado por injurias, golpeador, lapidador, devastador del foro, asediador de la curia. Cuando tú, con estos y otros líderes de este tipo, en la carestía del grano preparabas ataques repentinos contra los cónsules, contra el Senado, contra los bienes y fortunas de los ricos por causa de los necesitados e inexpertos, cuando no podías tener salvación en el ocio, cuando tenías ejércitos de perdidos decuriados y descritos con líderes desesperados,¿ no debió el Senado prever que esa antorcha funesta no se adhiriera a esta materia tan grande de sedición?
14
Hubo, pues, causa para tomar un nuevo consejo: ved ahora si mis partes no fueron casi las principales.¿ A quién nombraban entonces aquel Sergio tuyo, aquel Lolio, aquellas otras plagas en aquella lapidación?¿ A quién decían que debía garantizar el grano?¿ No a mí?¿ Qué?¿ Aquella concurrencia nocturna de operarios no instituida por ti mismo me reclamaba el grano? Como si yo hubiera presidido el suministro de grano, o tuviera algún grano comprimido, o hubiera valido algo en ese género en absoluto por cuidado o potestad. Pero el hombre, inminente para la matanza, había publicado mi nombre a los operarios, lo había inyectado a los inexpertos. Cuando el Senado, muy numeroso, había decretado sobre mi dignidad en el templo de Júpiter óptimo máximo, disintiendo solo tú, repentinamente en ese mismo día una baratura inesperada siguió a la carísima carestía del grano.
15
Había quienes decían que los dioses inmortales— lo que yo siento— habían aprobado mi regreso con su numen; algunos, sin embargo, revocaban ese asunto a aquella razón y conjetura, quienes decían que, porque en mi regreso parecía estar situada la esperanza de ocio y concordia, mientras que en mi partida el miedo cotidiano a la sedición, ya casi disipado el miedo a la guerra, el precio del grano había cambiado; el cual, porque de nuevo se había vuelto más duro en mi regreso, era reclamado de mí, de quien los hombres de bien decían que con su llegada habría baratura. Yo, finalmente, no solo era nombrado por tus operarios por tu impulso, sino también, disipadas y dispersas tus tropas, por el pueblo romano en su totalidad, que entonces se había reunido en el Capitolio, cuando ese día me sentía menos bien, era llamado nominalmente al Senado.
16
Vine esperado; habiéndose expresado ya muchas opiniones, se me pidió mi opinión; dije la más saludable para la República, necesaria para mí. Se me pedía abundancia de grano, baratura del precio: no se tenía en cuenta si yo podía algo en ese asunto o no. Era reclamado por la expostulación de los hombres de bien: no podía soportar los insultos de los malvados. Delegué en un amigo más rico, no porque le impusiera esa carga por haber merecido tanto de mí— pues yo mismo habría sucumbido antes—, sino porque veía lo que todos, lo que nosotros prometíamos sobre Cneo Pompeyo, que él lo lograría muy fácilmente con su lealtad, consejo, virtud, autoridad y, finalmente, su felicidad.
17
Por tanto, ya sea que los dioses inmortales otorguen este fruto de mi regreso al pueblo romano, para que, del mismo modo que en mi partida hubo escasez de frutos, hambre, devastación, matanzas, incendios, rapiñas, impunidad de crímenes, fuga, miedo, discordia, así en mi regreso parezcan haber sido traídos conmigo la fertilidad de los campos, la abundancia de frutos, la esperanza de ocio, la tranquilidad de los ánimos, los juicios, las leyes, la concordia del pueblo, la autoridad del Senado, ya sea que yo mismo debiera garantizar algo con mi llegada, consejo, autoridad y diligencia por un beneficio tan grande del pueblo romano: garantizo, prometo, aseguro— no digo nada más, digo esto que es suficiente para este tiempo— que la República, en nombre del grano, no llegará a la crisis a la que estaba siendo llamada.
18
¿ Se reprende, pues, mi opinión en este deber, que fue principalmente mío? Nadie niega que el asunto fue el más grande y de suma peligrosidad, no solo por el hambre, sino también por la matanza, los incendios y la devastación, cuando a la causa de la carestía se acercaba ese especulador de las miserias comunes, que siempre inflamaba las antorchas de su crimen a partir de los males de la República. Niega que debiera decretarse nada a uno fuera de lo ordinario. Ya no te responderé como a los demás, que a Cneo Pompeyo se le han confiado muchísimas, peligrosísimas y grandísimas guerras por mar y tierra fuera de lo ordinario: si alguien se arrepiente de estas cosas, que se arrepienta de la victoria del pueblo romano.
19
No trato así contigo; este discurso puede ser tenido por mí con aquellos que disputan que ellos, si algún asunto debe ser delegado a uno, lo delegarían preferentemente a Cneo Pompeyo; pero que no dan nada a nadie fuera de lo ordinario; que, dado que se le ha dado a Pompeyo, suelen adornarlo y protegerlo por la dignidad del hombre. Me veo impedido de alabar la opinión de estos por los triunfos de Cneo Pompeyo, con los cuales él, habiendo sido llamado fuera de lo ordinario para defender la patria, aumentó el nombre del pueblo romano y honró el imperio: apruebo la constancia, de la cual yo también debí hacer uso, con la cual él, siendo autor, llevó a cabo la guerra fuera de lo ordinario contra Mitrídates y Tigranes.
20
Pero con ellos puedo, sin embargo, disputar algo:¿ pero qué impudicia tan grande es la tuya para que te atrevas a decir que no se debe dar nada a nadie fuera de lo ordinario? Tú, que con una ley nefaria hiciste público a Ptolomeo, rey de Chipre, hermano del rey alejandrino, que reinaba con el mismo derecho, sin conocer la causa, y obligaste al pueblo romano con un crimen, cuando enviaste a su reino los bienes, fortunas y el patrocinio de este imperio, con cuyo padre, abuelo y antepasados habíamos tenido alianza y amistad, pusiste a M. Catón al frente de la deportación de este dinero y, si defendía su derecho, de la guerra.
21
Dirás:¡ qué hombre!¡ El más santo, el más prudente, el más fuerte, el más amigo de la República, con una virtud, consejo y razón de vida admirables para la alabanza y casi singulares! Pero,¿ qué te importa a ti, que niegas que sea verdad que alguien sea puesto al frente de cualquier República fuera de lo ordinario? Y en esto solo refuto tu inconstancia: a quien tú en ese asunto no presentarías por su dignidad, sino que retirarías por tu crimen, a quien habías expuesto a tus Sergios, Lolios, Titios y demás líderes de matanzas e incendios, a quien habías dicho que fue verdugo de ciudadanos, príncipe de la muerte de los no condenados, autor de crueldad, a este le otorgaste este honor y mando fuera de lo ordinario nominalmente por tu propuesta. Y fuiste de tal intemperancia que no pudiste ocultar la razón de ese crimen tuyo:
22
Leíste en la asamblea cartas que decías que te habían sido enviadas por C. César, cuando incluso argumentaste que esto era señal de amor, porque usaba solo los cognómenes y no añadía proconsul o tribuno de la plebe; luego, que te felicitaba porque habías removido a M. Catón de tu tribunado, y porque le habías quitado la libertad de hablar en el futuro sobre los poderes extraordinarios. Cartas que o bien él nunca te envió, o, si las envió, no quiso que fueran leídas en la asamblea. Pero, tanto si él las envió como si tú las fingiste, ciertamente tu consejo sobre el honor de Catón quedó patente con la lectura de esas cartas.
23
Pero omito a Catón, cuya virtud, dignidad y, en ese negocio que llevó a cabo, lealtad y continencia parecían cubrir la impropiedad tanto de la ley como de tu acción:¿ qué?¿ A un hombre, el más vergonzoso, criminal y contaminado desde que nacieron los hombres, quién le dio esa rica y fértil Siria, quién la guerra con las gentes más pacíficas, quién el dinero destinado a comprar tierras, arrebatado de las entrañas del erario, quién el mando infinito? A quien, ciertamente, cuando le habías dado Cilicia, cambiaste el pacto y transferiste Cilicia al pretor también fuera de lo ordinario: a Gabinio, ampliado el precio, le diste Siria nominalmente.¿ Qué?¿ A un hombre detestable, cruel, falaz, marcado con las manchas de todos los crímenes y libidinos, L. Pisón, no le entregaste pueblos libres, liberados por muchos decretos del Senado, incluso por una ley reciente de su propio yerno, encadenados y constreñidos?¿ No compartiste con él el erario, cuando la recompensa de tu beneficio y el precio de la provincia te habían sido pagados con mi sangre?
24
¿ Es así realmente?¿ Tú las provincias consulares, que C. Graco, que fue el único más popular, no solo no arrebató al Senado, sino que incluso sancionó por ley que fuera necesario que se constituyeran anualmente por el Senado, las rescindiste por la ley Sempronia decretadas por el Senado, y las diste fuera de lo ordinario sin sorteo nominalmente no a los cónsules, sino a las plagas de la República: nosotros, porque pusimos al frente de la cosa más grande, casi ya desesperada, a un hombre supremo, elegido a menudo para los extremos peligros de la República,¿ seremos reprendidos por ti?¿ Qué, finalmente? Si lo que entonces promulgaste, constituiste, prometiste y vendiste en aquellas tinieblas y nubes y tormentas de la República, cuando habías arrojado al Senado de los timones, habías expulsado al pueblo de la nave, y tú mismo, como archipirata, navegabas con velas desplegadas con la banda más impura de piratas— si hubieras podido llevar a cabo lo que entonces promulgaste, constituiste, prometiste y vendiste,¿ qué lugar del orbe terráqueo habría quedado vacío de los haces extraordinarios y del mando Clodiano?
25
Pero despertado finalmente el dolor de ánimo de Cneo Pompeyo— diré, escuchándome él mismo, lo que sentí y siento, con cualquier ánimo que vaya a escucharlo— despertado, digo, finalmente el dolor de ánimo de Cneo Pompeyo, demasiado tiempo escondido y profundamente oculto, acudió repentinamente a la República, y levantó a la ciudad, quebrada por los males, disminuida y debilitada, abatida por el miedo, hacia alguna esperanza de libertad y dignidad original.¿ Este hombre no debía ser puesto al frente del suministro de grano fuera de lo ordinario? Ciertamente, tú al glotón más sucio, al catador de tus libidinos, al hombre más necesitado y criminal, Sex. Clodio, socio de tu sangre, que con su lengua incluso alienó a tu hermana de ti, entregaste todo el grano privado y público, todas las provincias frumentarias, todos los contratistas, todas las llaves de los graneros por tu ley; por cuya ley primero nació la carestía, luego la escasez. Amenazaba el hambre, los incendios, las matanzas, el saqueo: tu furor amenazaba las fortunas y bienes de todos.
26
Se queja también la inoportuna plaga, desde la boca más impura de Sex. Clodio, de que el suministro de grano ha sido arrebatado,¡ y que la República ha implorado en los sumos peligros el auxilio de aquel hombre de quien recordaba haber sido a menudo salvada y ampliada! A Clodio no le place que se proponga nada fuera de lo ordinario.¿ Qué? Sobre lo que dices que propusiste sobre mí, patricida, fratricida, sororicida,¿ no lo propusiste fuera de lo ordinario?¿ O sobre la plaga del ciudadano, como ya han juzgado todos los dioses y hombres, del conservador de la República, como tú mismo confiesas, no solo no condenado sino ni siquiera acusado, te fue permitido proponer no una ley sino un privilegio nefasto, llorando el Senado, gimiendo todos los hombres de bien, repudiados los ruegos de toda Italia, oprimida y capturada la República: a mí, implorando el pueblo romano, pidiéndolo el Senado, exigiéndolo los tiempos de la República,¿ no me fue permitido expresar mi opinión sobre la salvación del pueblo romano?
27
En cuya opinión, si la dignidad de Cneo Pompeyo fue aumentada unida a la utilidad común, ciertamente debería ser alabado si pareciera que voté a favor de su dignidad, quien había traído ayuda y auxilio a mi salvación. Que dejen, que dejen los hombres de esperar que yo, restituido, pueda ser derribado por las mismas máquinas por las que antes derribaron mi posición. Pues,¿ qué par de amistad consular fue alguna vez más unido en esta ciudad que lo que fuimos entre nosotros yo y Cneo Pompeyo?¿ Quién habló más ilustremente ante el pueblo romano sobre su dignidad, quién más a menudo en el Senado?¿ Qué trabajo tan grande, qué simultaneidad, qué contención, que yo no haya asumido por su dignidad?¿ Qué honor de él hacia mí, qué predicación sobre mi alabanza, qué remuneración de benevolencia ha sido omitida? Esta nuestra unión,
28
esta conspiración en gestionar bien la República, esta sociedad más agradable de la vida y de todos los deberes, ciertos hombres la rompieron con discursos fingidos y crímenes falsos, cuando los mismos le advertían que me temiera, que se guardara de mí, y los mismos me decían a mí que él era el más enemigo mío, de modo que ni yo podía pedir con suficiente audacia lo que debía pedirle, ni él, ulcerado por tantas sospechas de ciertos hombres y por el crimen, me prometía con suficiente largueza lo que mi tiempo exigía.
29
La recompensa de mi error ha sido grande, pontífices, de modo que no solo me pesa mi estupidez, sino que también me avergüenza, quien, cuando no algún tiempo repentino mío, sino antiguos trabajos asumidos y previstos mucho antes me habían unido con el hombre más fuerte y esclarecido, he permitido ser distraído de tal amistad, y no he entendido a quiénes debía resistir como enemigos abiertos o a quiénes no debía creer como amigos insidiosos. Por tanto, que dejen de inflarme finalmente con las mismas palabras:¿ qué quiere ese para sí?¿ No sabe cuánto vale por su autoridad, qué cosas ha hecho, con qué dignidad ha sido restituido?¿ Por qué adorna a aquel por quien fue abandonado?
30
Yo, en verdad, no me considero abandonado entonces, sino casi entregado, y no considero que deba ser revelado lo que se hizo contra mí en aquella llama de la República, ni cómo, ni por quiénes. Si fue útil para la República que yo solo absorbiera por todos aquella calamidad indignísima, también es útil esto, ocultar y callar por cuyo crimen fue fraguado. Eso, en verdad, es propio de un hombre ingrato callar, y por tanto proclamaré con mucho gusto que Cneo Pompeyo, con estudio y autoridad, igual que cada uno de vosotros, con recursos, contención, ruegos y, finalmente, peligros, trabajó principalmente por mi salvación. Este, P. Léntulo, cuando tú no pensabas en otra cosa día y noche sino en mi salvación, participó en todos tus consejos; este fue para ti el autor más grave para instituir, el socio más fiel para preparar, el ayudante más fuerte para realizar el asunto; este visitó los municipios y las colonias; este imploró el auxilio de toda Italia que lo deseaba, este fue el príncipe de la opinión en el Senado; y el mismo, cuando hubo expresado su opinión, entonces también suplicó al pueblo romano por mi salvación.
31
Por lo cual puedes omitir ese discurso que has usado, que después de aquella opinión que yo había expresado sobre el grano los ánimos de los pontífices habían cambiado; como si estos pensaran sobre Cneo Pompeyo de otra manera de lo que yo pienso, o ignoraran qué debía hacerse por mí según la expectativa del pueblo romano, según los méritos de Cneo Pompeyo hacia mí, según la razón de mi tiempo, o incluso, si por casualidad mi opinión ofendió el ánimo de algún pontífice, lo cual sé con certeza que es de otra manera, fuera a constituir de otro modo el pontífice sobre la religión o el ciudadano sobre la República de lo que le obligó el derecho de las ceremonias o la salvación de la ciudad.
32
Entiendo, pontífices, que he dicho más cosas fuera de la causa de lo que la opinión o mi voluntad habrían permitido; pero cuando deseaba estar purificado ante vosotros, también vuestra benevolencia al escucharme atentamente hizo avanzar mi discurso. Pero compensaré esto con la brevedad de aquel discurso que pertenece a la causa misma y a vuestro conocimiento; la cual, como está distribuida en el derecho de la religión y en el derecho de la República, omitiré la parte de la religión, que es mucho más verbosa, y hablaré sobre el derecho de la República.
33
¿ Qué es, en efecto, tan arrogante como intentar enseñar al colegio de pontífices sobre la religión, sobre las cosas divinas, ceremonias y sagrados, o tan estúpido como, si alguien ha encontrado algo en vuestros libros, contárselo a vosotros, o tan curioso como querer saber aquellas cosas sobre las cuales nuestros antepasados quisieron que solo vosotros fuerais consultados y supierais? Niego que, por derecho público, por las leyes que usa esta ciudad, cualquier ciudadano haya podido ser afectado por cualquier calamidad de este tipo sin juicio: digo que este derecho existió en esta ciudad incluso cuando había reyes, que esto nos ha sido transmitido por nuestros antepasados, que esto es, finalmente, propio de una ciudad libre, que nada sobre la cabeza de un ciudadano o sobre sus bienes pueda ser quitado sin el juicio del Senado o del pueblo o de aquellos que hayan sido constituidos jueces sobre cada asunto.
34
¿ Ves que no arranco de raíz todas tus acciones ni hago aquello, que es evidente, que no hiciste nada en absoluto por derecho, que no fuiste tribuno de la plebe, que hoy eres patricio? Hablo ante los pontífices, los augures están presentes: me muevo en medio del derecho público.¿ Qué es, pontífices, el derecho de adopción? Ciertamente, que adopte aquel que ya no pueda procrear hijos, y que, cuando pudo, lo haya intentado. Qué causa tenga cada uno para la adopción, qué razón de linajes y dignidad, qué de los sagrados, suele ser preguntado por el colegio de pontífices.¿ Qué es de esto lo que se ha preguntado en esa adopción tuya? Adopta a un senador de veinte años, incluso menor.¿ Por causa de hijos? Pero puede procrear; tiene esposa, tendrá hijos de ella;¿ desheredará, pues, el padre al hijo?
35
¿ Qué?¿ Por qué perecen los sagrados de la gens Clodia, lo que depende de ti? Toda cuya noción de los pontífices, cuando eras adoptado, debió ser: a menos que por casualidad se te haya preguntado si querías perturbar la República con sediciones y por esa causa ser adoptado, no para que fueras su hijo, sino para que fueras tribuno de la plebe y destruyeras la ciudad desde sus cimientos. Respondiste, creo, que querías hacerlo así. A los pontífices les pareció una buena causa: la aprobaron. No se preguntó la edad de quien adoptaba, como en Cneo Aufidio, M. Pupio, de los cuales ambos, en nuestra memoria, a edad muy avanzada, uno adoptó a Orestes, el otro a Pisón, cuyas adopciones, como otras innumerables, siguieron las herencias del nombre, del dinero y de los sagrados. Tú no eres Fonteyo, quien debías ser, ni heredero del padre, ni habiendo perdido los sagrados paternos viniste a estos adoptivos. Así, perturbados los sagrados, contaminadas las gentes, tanto la que abandonaste como la que profanaste, dejado el derecho legítimo de los quirites de tutelas y herencias, te hiciste hijo de aquel contra el derecho divino de quien por edad pudiste ser padre.
36
Hablo ante los pontífices: niego que esa adopción haya sido hecha por derecho pontificio: primero porque vuestras edades son tales que quien te adoptó pudo ser por edad incluso en lugar de hijo tuyo, o de la edad que fue: luego porque suele preguntarse la causa de adoptar, para que adopte aquel que lo que la naturaleza ya no puede alcanzar lo busque por derecho legítimo y pontificio, y adopte de tal modo que no se disminuya nada ni de la dignidad de los linajes ni de la religión de los sagrados: aquello, principalmente, que no se aplique ninguna calumnia, ningún fraude, ningún dolo: para que esta simulada adopción de hijo parezca imitar lo más posible aquella verdad de los hijos que deben ser tomados.
37
¿ Qué mayor calumnia hay que venir un adolescente imberbe, bien sano y casado, diciendo que quiere adoptar como hijo a un senador del pueblo romano; que todos sepan y vean, sin embargo, que no es para que aquel hijo sea instituido, sino para que salga de los patricios y pueda ser hecho tribuno de la plebe, por eso es adoptado? Y no oscuramente; pues el adoptado es emancipado inmediatamente, para que no sea hijo de quien adoptó.¿ Por qué, pues, adoptaba? Aprobad el género de adopción: ya habrán perecido los sagrados de todos, cuyos custodios debéis ser, ya no quedará ningún patricio.¿ Por qué, pues, alguien querría que no se le permitiera ser tribuno de la plebe, que la petición del consulado fuera más estrecha para él, cuando puede venir a un sacerdocio, porque para un patricio no hay ese lugar, no venir? Como a cada uno le haya ocurrido algo por lo que sea más cómodo ser plebeyo, por similar razón será adoptado.
38
De este modo, el pueblo romano en breve tiempo no tendrá ni rey de los sacrificios, ni flámines, ni salios, y, en una parte, ni siquiera los restantes sacerdotes, ni los autores de los comicios centuriados y curiados; y es necesario que los auspicios del pueblo romano perezcan si no se eligen magistrados patricios, puesto que no hay interrex, el cual, por su propia naturaleza, debe ser patricio y ser designado por patricios. He dicho ante los pontífices que esa adopción, al no haber sido aprobada por ningún decreto de este colegio y al haberse realizado contra todo el derecho pontificio, debe considerarse nula; y, al ser anulada, comprendes que todo tu tribunado se ha venido abajo.
39
Vengo a los augures, cuyos libros, si es que existen algunos ocultos, no escudriño; no soy curioso en investigar el derecho de los augures; conozco lo que he aprendido junto con el pueblo, lo que a menudo se ha respondido en las asambleas. Niegan que sea lícito tratar con el pueblo cuando se ha observado el cielo. El día en que se dice que se presentó ante ti la ley curiada,¿ te atreves a negar que se observó el cielo? Está presente aquí un hombre dotado de singular virtud, constancia y gravedad, M. Bíbulo: sostengo que este cónsul, en ese mismo día, observó el cielo.¿ Invalidas, pues, los actos de C. César, un hombre valerosísimo? En absoluto; pues ya no me interesa en nada, exceptuando aquellos dardos que, a partir de sus acciones, fueron lanzados contra mi propio cuerpo.
40
Pero estos asuntos sobre los auspicios, que ahora menciono muy brevemente, fueron realizados por ti. Tú, en tu tribunado ya precipitado y debilitado, te erigiste repentinamente en defensor de los auspicios; tú presentaste a M. Bíbulo ante la asamblea, tú presentaste a los augures; a ti, que los interrogabas, los augures respondieron que, cuando se ha observado el cielo, no se puede tratar con el pueblo; a ti, que le preguntabas, M. Bíbulo respondió que él había observado el cielo, y lo mismo dijo en la asamblea, presentado por tu hermano Apio, que tú no habías sido tribuno en absoluto, porque habías sido adoptado contra los auspicios. En fin, toda tu actuación en los meses posteriores consistió en decir que todo lo que C. César había hecho, por haber sido realizado contra los auspicios, debía ser rescindido por el senado; y decías que, si esto se hacía, tú mismo llevarías sobre tus hombros a la ciudad al guardián de la ciudad. Ved la locura del hombre: durante su propio tribunado, se veía atado por los actos de César.
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Si tanto los pontífices por el derecho de los sacrificios como los augures por la religión de los auspicios derriban todo tu tribunado,¿ qué más buscas?¿ Acaso algún derecho del pueblo y de las leyes aún más evidente? Quizás a la sexta hora del día me quejé en el juicio, mientras defendía a C. Antonio, mi colega, sobre ciertos asuntos de la república que me parecieron pertinentes a la causa de aquel desgraciado. Hombres malvados llevaron esto a ciertos hombres valientes de una manera muy distinta a como yo lo había dicho. A la novena hora de ese mismo día fuiste adoptado. Si en las demás leyes es necesario que transcurran tres mercados, y en la adopción basta con tres horas, no critico nada; pero si se deben observar las mismas normas, el senado juzgó, mediante las leyes de M. Druso, que el pueblo no estaba obligado por aquellas que se habían promulgado contra la ley Cecilia y Didia.
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Ya comprendes que, por todo tipo de derecho, ya sea en los asuntos sagrados, en los auspicios o en las leyes, tú no has sido tribuno de la plebe. Pero no dejo todo esto sin motivo. Pues veo que algunos hombres ilustrísimos, príncipes de la ciudad, han juzgado en varios lugares que tú pudiste tratar legítimamente con la plebe; quienes incluso sobre mí mismo, al decir que la república había sido enterrada con tu propuesta, decían, sin embargo, que ese funeral, aunque hubiera sido triste y amargo, había sido convocado legítimamente; decían que, puesto que habías propuesto eso sobre mí, un ciudadano que tanto había merecido de la república, habías convocado el funeral de la república, lo cual habías hecho legítimamente por haberlo propuesto con los auspicios intactos. Por lo cual, a mi parecer, nos será lícito no invalidar aquellas acciones con las cuales ellos aprobaron tu tribunado constituido mediante tales acciones.
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Sé, ciertamente, tribuno de la plebe con tanto derecho y ley como lo fue este mismo P. Servilio, hombre ilustrísimo y amplísimo en todos los aspectos:¿ con qué derecho, con qué costumbre, con qué precedente promulgaste una ley nominalmente sobre la vida de un ciudadano no condenado? Las leyes sagradas prohíben, las Doce Tablas prohíben que se impongan leyes a ciudadanos particulares; pues eso es un privilegio. Nadie lo ha hecho jamás; nada es más cruel, nada más pernicioso, nada que esta ciudad pueda soportar menos. Ese nombre tan desgraciado de proscripción y toda la amargura del tiempo de Sila,¿ qué tiene que sea especialmente notable para el recuerdo de la crueldad? Creo que el castigo impuesto nominalmente a ciudadanos romanos sin juicio.
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Por tanto,¿ daréis vosotros, pontífices, con vuestro juicio y autoridad, este poder al tribuno de la plebe, para que pueda proscribir a quien quiera? Pues pregunto qué es otra cosa sino proscribir el que queráis y ordenéis que M. Tulio no esté en la ciudad y que sus bienes sean míos: pues de hecho, aunque con otras palabras, eso es lo que propuso.¿ Es esto un plebiscito?¿ Es esta una ley, esta una propuesta?¿ Podéis vosotros permitir esto, puede la ciudad soportar que ciudadanos individuales sean eliminados de la ciudad mediante versículos individuales? Por mi parte, ya he cumplido; no temo ninguna fuerza, ningún ataque; he saciado los ánimos de los envidiosos, he calmado los odios de los malvados, he hartado incluso la perfidia y el crimen de los traidores; en fin, sobre mi causa, que parecía estar expuesta a la envidia por parte de ciudadanos perdidos, ya todas las ciudades, todos los órdenes, todos los dioses y los hombres han juzgado.
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Debéis velar por vosotros mismos, pontífices, por vuestros hijos y por los demás ciudadanos, de acuerdo con vuestra autoridad y sabiduría. Pues, dado que los juicios del pueblo han sido establecidos por nuestros antepasados de manera tan moderada, primero para que la pena capital no se combine con una multa, luego para que nadie sea acusado sin un día fijado, para que el magistrado acuse tres veces antes de imponer una multa o juzgar, dejando pasar un día entre cada una, y que la cuarta acusación sea con un día fijado con tres mercados de antelación, el día en que se celebrará el juicio; además, se han concedido muchas cosas para apaciguar y para la misericordia de los reos, luego el pueblo es suplicable, el sufragio es fácil para la salvación, y finalmente, si algún asunto suspendió ese día por los auspicios o por una excusa, toda la causa y el juicio quedaron anulados: siendo esto así en el derecho, donde hay un crimen, donde hay un acusador, donde hay testigos,¿ qué hay más indigno que el hecho de que, sobre la vida, los hijos y todos los bienes de alguien que ni siquiera fue citado, ni convocado, ni acusado, sicarios, indigentes y perdidos, contratados para ello, emitan su voto y se considere que eso es una ley?
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Y si esto pudo hacerse contra mí, a quien protegían el honor, la dignidad, la causa y la república, y cuyos bienes, en fin, no eran codiciados, a quien nada perjudicaba salvo el cambio de estado y la inclinación de los tiempos comunes,¿ qué será, finalmente, de aquellos cuya vida está alejada del honor popular y de esta ilustre influencia, pero cuyos bienes son tan grandes que demasiados nobles indigentes y derrochadores los codician?
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Conceded esta licencia al tribuno de la plebe y observad por un momento con vuestros ánimos a la juventud, y especialmente a aquellos que parecen acechar ya con codicia el poder tribunicio: se encontrarán colegios enteros de tribunos de la plebe, una vez consolidado este derecho, que se reúnan para tratar sobre los bienes de los hombres más ricos, especialmente cuando se ofrece el botín popular y la esperanza de repartos. Pero,¿ qué propuso el escritor de leyes, experto y astuto?¿ Que queráis y ordenéis que se prohíba a M. Tulio el agua y el fuego? Cruel, nefando, intolerable sin juicio ni siquiera en el ciudadano más malvado; no propuso que se prohíba.¿ Qué entonces? Que se haya prohibido.¡ Oh, escoria, oh portento, oh crimen!¿ Te escribió Clodio esta ley, más sucia que su propia lengua, para que se haya prohibido a quien no se le ha prohibido? Nuestro Sexto, con tu venia, puesto que ya eres dialéctico y también saboreas esto,¿ puede lo que no se ha hecho ser llevado ante el pueblo, sancionado con palabras o confirmado con votos para que se considere hecho?
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Con este escritor, con este consejero, con este ministro, el más impuro no solo de los bípedos sino también de los cuadrúpedos, has perdido la república; y tú no eras tan insensato ni tan loco como para no saber que era Clodio quien actuaba contra las leyes, y otros quienes solían escribir las leyes; pero no tuviste poder sobre ellos ni sobre los demás en quienes hubiera algo de modestia; no pudiste utilizar a los mismos escritores de leyes que los demás, ni a los arquitectos de las obras, ni invitar al pontífice que quisieras; finalmente, ni siquiera en la sociedad del botín pudiste encontrar a un comprador o fiador fuera del número de tus gladiadores, o, en fin, a alguien que emitiera su voto en esa proscripción tuya que no fuera un ladrón y un sicario.
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Por tanto, cuando tú, floreciente y poderoso, revoloteabas por el medio del foro como una prostituta popular, aquellos amigos tuyos, protegidos y felices por ser amigos tuyos, que se habían confiado al pueblo, eran rechazados de tal manera que incluso perdían tu casa del Palatino; quienes habían venido al juicio, ya fueran acusadores o reos, eran condenados si tú lo pedías. Finalmente, incluso aquel novicio ligur, tu venal suscriptor y coacusador, cuando fue rechazado por el testamento y el juicio de M. Papirio, su hermano, dijo que quería perseguir su muerte: presentó el nombre de Sex. Propercio: no se atrevió a acusar al socio de la dominación ajena y del crimen por miedo a la calumnia.
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Hablamos, pues, de esta ley, que parece haber sido propuesta legítimamente,¿ de la cual, cada parte que alguien tocó con el dedo, con la voz, con el voto, dondequiera que fue, se marchó rechazado y convicto?¿ Qué pasa si esa proscripción está escrita con tales palabras que se disuelve a sí misma? Pues dice: porque M. Tulio presentó un falso decreto del senado. Si, por tanto, presentó un falso decreto del senado, entonces la propuesta es válida: si no lo presentó, es nula.¿ Te parece suficientemente juzgado por el senado que yo no solo no fingí la autoridad de ese orden, sino que incluso fui el único, después de la fundación de la ciudad, que obedeció al senado con la mayor diligencia?¿ De cuántas maneras demuestro que esa ley, como la llamas, no es ley?¿ Qué? Si incluso propusiste sobre varias cosas en una sola votación,¿ acaso crees que puedes obtener lo que M. Druso, aquel hombre ilustrísimo, con M. Escauro y L. Craso como consejeros, no obtuvo en sus leyes, tú, hombre de todos los crímenes y estupros, con los Decimos y Clodios como autores?
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Propusiste sobre mí que no fuera recibido, no que me fuera, a quien tú mismo no podías decir que no le estaba permitido estar en Roma.¿ Qué dirías, pues?¿ Condenado? Ciertamente no.¿ Expulsado?¿ Cómo fue lícito? Pero, sin embargo, ni siquiera está escrito que me fuera; la pena es para quien me reciba, lo cual todos ignoraron; la expulsión no existe en ninguna parte. Pero supongamos que sea así:¿ qué? La ejecución de las obras públicas,¿ qué?¿ La inscripción del nombre te parece otra cosa que el expolio de mis bienes? Aparte de que ni siquiera eso pudiste hacerlo mediante la ley Licinia, para que tú mismo te otorgaras la curaduría.¿ Qué? Esto mismo que ahora haces ante los pontífices, que tú consagraste mi casa, que tú hiciste un monumento en mis edificios, que tú dedicaste una estatua, y que hiciste eso a partir de una pequeña propuesta,¿ te parece una y la misma cosa que lo que propusiste nominalmente sobre mí mismo?
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Tan ciertamente es una sola cosa como lo que tú mismo propusiste en una sola ley, que el rey de Chipre, cuyos antepasados fueron siempre aliados y amigos de este pueblo, fuera puesto bajo subasta con todos sus bienes y que los exiliados fueran devueltos a Bizancio. Al mismo, dice, le encomendé el asunto sobre ambas cosas.¿ Qué? Si le hubiera encomendado el asunto de exigir cistóforos en Asia, de ir desde allí a Hispania, de pedir el consulado cuando hubiera salido de Roma, y de obtener la provincia de Siria cuando hubiera sido elegido,¿ sería un solo asunto, puesto que escribía sobre un solo hombre?
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Pero si el pueblo romano ya hubiera sido consultado sobre ese asunto y no hubieras hecho todo a través de esclavos y ladrones,¿ no podría haber sucedido que al pueblo le agradara lo del rey de Chipre y le desagradara lo de los exiliados bizantinos?¿ Cuál es, pregunto, otra fuerza y sentido de la ley Cecilia y Didia sino esta, que el pueblo no tenga la necesidad, en varios asuntos unidos, de aceptar lo que no quiere o de rechazar lo que quiere?¿ Qué? Si lo propusiste por la fuerza,¿ es ley, sin embargo?¿ O puede parecer que se ha hecho algo legítimamente que consta que se hizo por la fuerza?¿ O acaso, si en tu misma propuesta, con la ciudad ya tomada, se lanzaron piedras, si no se llegó a las manos, por eso pudiste llegar a esa mancha y ruina de la ciudad sin la mayor violencia?
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Cuando en el tribunal Aurelio inscribías abiertamente no solo a hombres libres sino también a esclavos, incitados de todos los barrios, evidentemente no preparabas la violencia; cuando con tus edictos ordenabas cerrar las tabernas, no buscabas la violencia de la multitud inexperta, sino la modestia y prudencia de los hombres honestos; cuando llevabas armas al templo de Cástor, no maquinabas otra cosa sino que no se pudiera hacer nada por la fuerza; cuando, en verdad, arrancaste y retiraste los escalones de Cástor, entonces, para que te fuera lícito actuar con modestia, rechazaste a los hombres audaces del acceso y la subida de ese templo; cuando ordenaste que estuvieran presentes aquellos que habían hablado sobre mi salvación en la asamblea de hombres buenos, y dispersaste su defensa con manos, hierro y piedras, entonces ciertamente demostraste que la violencia te desagradaba sobremanera.
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Pero esta furiosa violencia del demente tribuno de la plebe pudo ser superada y quebrantada fácilmente por la virtud o la multitud de los hombres buenos.¿ Qué? Cuando se le daba Siria a Gabinio, Macedonia a Pisón, a ambos un mando infinito, una enorme cantidad de dinero, para que te permitieran todo, te ayudaran, te prepararan una banda, tropas, sus centuriones probados, dinero, familias, te apoyaran en sus asambleas criminales, se burlaran de la autoridad del senado, amenazaran a los caballeros romanos con la muerte y la proscripción, me aterraran con amenazas, me anunciaran matanza y lucha, llenaran mi casa, repleta de hombres buenos, con sus amigos por miedo a la proscripción, me despojaran de la compañía de los hombres buenos, me privaran de la protección del senado, prohibieran al orden más amplio no solo luchar por mí, sino incluso llorar y suplicar con vestiduras cambiadas,¿ ni siquiera entonces había violencia?
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Entonces,¿ por qué cedí, o qué miedo hubo? No hablaré de mí: supongamos que soy tímido por naturaleza:¿ qué? Aquellos miles de hombres valientísimos,¿ qué? Nuestros caballeros romanos,¿ qué? El senado,¿ qué? En fin, todos los hombres buenos, si no había violencia,¿ por qué me acompañaron llorando en lugar de retenerme con reproches o abandonarme con ira?¿ Acaso temía esto, si se tratara conmigo según la costumbre y la institución de los antepasados, que pudiera resistir estando presente?
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Acaso, si se hubiera fijado un día,¿ debía temer un juicio o un privilegio sin juicio?¿ Un juicio? Una causa tan vergonzosa, ciertamente, un hombre que, si ya fuera desconocida, no podría explicarla hablando.¿ O porque no podía probar la causa? Cuya bondad es tan grande que ella misma no solo se probó a sí misma, sino que incluso me probó a mí, ausente, por sí misma.¿ O el senado, o todos los órdenes, o aquellos que volaron desde toda Italia para reclamarme, habrían sido más lentos estando yo presente para retenerme y conservarme, en esa causa que el mismo parricida dice ahora que fue tal que se queja de que fui esperado y reclamado por todos para mi dignidad original?
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¿ O es que en el juicio no hubo peligro y temí el privilegio, no fuera que, si se me impusiera una multa estando yo presente, nadie intercediera?¿ Tan falto estaba yo de amigos o tan desnuda la república de magistrados?¿ Qué? Si se hubieran convocado las tribus,¿ habrían aprobado la proscripción, no diré contra mí, que tanto merecí por mi salvación, sino contra cualquier ciudadano en absoluto?¿ O, si yo hubiera estado presente, aquellas viejas tropas de conspiradores y tus soldados perdidos e indigentes y la nueva banda de cónsules criminales habrían perdonado mi cuerpo? Quienes, habiendo cedido a la crueldad y al crimen de todos ellos, ni siquiera ausente pude saciar sus mentes con mi duelo.
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Pues,¿ qué os había hecho mi desgraciada esposa, a quien vejasteis, arrebatasteis, lacerasteis con toda crueldad?¿ Qué mi hija, cuyos llantos continuos y lutos eran agradables para vosotros, y conmovían las mentes y los ojos de todos los demás?¿ Qué mi pequeño hijo, a quien, mientras estuve ausente, nadie vio sino llorando y consumido: qué había hecho para que quisierais matarlo tantas veces mediante emboscadas?¿ Qué mi hermano? Quien, habiendo llegado de la provincia bastante después de mi partida y pensando que no debía vivir si yo no era restituido, cuando su dolor, su suciedad increíble e inaudita parecía miserable a todos los mortales,¡ cuántas veces escapó de vuestro hierro y de vuestras manos!
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Pero,¿ por qué reprocho vuestra crueldad que aplicasteis contra mí mismo y contra los míos, vosotros que contra mis paredes, mis techos, mis columnas y mis postes lanzasteis una guerra hostil y nefanda, imbuida de todo odio? Pues no creo que tú, cuando después de mi partida hubieras devorado con esperanza y avaricia las fortunas de todos los ricos, los frutos de todas las provincias, los bienes de los tetrarcas y de los reyes, estuvieras cegado por la codicia de mi plata y mi mobiliario: no creo que aquel cónsul campano, con su colega bailarín, cuando a uno le habías regalado toda Acaya, Tesalia, Beocia, Grecia, Macedonia y toda la barbarie, los bienes de los ciudadanos romanos, y al otro le habías entregado Siria, Babilonia, los persas, las naciones más íntegras y pacíficas, para ser saqueadas, fueran tan codiciosos de mis umbrales, mis columnas y mis puertas.
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Ni tampoco aquella banda y tropas de Catilina pensaron que iban a saciar su hambre con los escombros y ladrillos de mis techos; sino que, como solemos destruir las ciudades de los enemigos, y no de todos los enemigos, sino de aquellos con quienes hemos emprendido una guerra amarga y de exterminio, no movidos por el botín sino por el odio, porque, contra aquellos hacia quienes nuestras mentes se han inflamado por su crueldad, parece que siempre reside alguna guerra incluso en sus techos y sedes.
62
Nada se había propuesto sobre mí; no se me había ordenado estar presente, no había estado ausente por citación; era incluso, a tu juicio, un ciudadano incólume, cuando mi casa en el Palatino, mi villa en Tusculano, la otra, eran transferidas al otro cónsul— ciertamente los llamaban cónsules—, las columnas de mármol de mis edificios eran llevadas ante la suegra del cónsul a la vista del pueblo romano, mientras que a la finca del cónsul vecino no se transferían el ajuar o los ornamentos de la villa, sino incluso los árboles, cuando la villa misma era destruida hasta los cimientos, no por codicia de botín— pues,¿ qué había de botín?— sino por odio y crueldad. La casa ardía en el Palatino, no por un incendio fortuito, sino provocado; los cónsules banqueteaban y se complacían en la felicitación de los conspiradores, cuando uno decía haber sido el favorito de Catilina y el otro el primo de Cetego.
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Esta violencia, pontífices, este crimen, este furor, lo aparté de las cervices de todos los hombres buenos oponiendo mi cuerpo, y recibí con mi cuerpo todo el ataque de las discordias, toda la fuerza de los malvados reunida durante mucho tiempo, que, inveterada por un odio comprimido y tácito, estallaba ya al haber encontrado líderes tan audaces. Contra mí solo fueron lanzadas las antorchas consulares por manos tribunicias, contra mí se adhirieron todos los dardos nefandos de la conspiración que yo había rechazado antaño. Lo cual si, como les pareció a muchos hombres valientísimos, hubiera querido luchar con fuerza y armas contra la violencia, o habría vencido con gran matanza de los malvados, pero, sin embargo, de ciudadanos, o, habiendo muerto todos los hombres buenos, lo cual era lo más deseado por ellos, habría perecido junto con la república.
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Veía, con el senado y el pueblo romano vivos, un rápido regreso para mí con la mayor dignidad, y no entendía que pudiera suceder por más tiempo que no me fuera lícito estar en esa república que yo mismo había salvado. Lo cual si no fuera lícito, había oído y leído que hombres ilustrísimos de nuestra ciudad se habían arrojado en medio de los enemigos hacia una muerte segura por la salvación del ejército:¿ dudaría yo por la salvación de toda la república, estando en mejor condición que los Decios, porque ellos no pudieron ser ni siquiera oyentes de su gloria, mientras que yo pude ser incluso espectador de mi alabanza? Por tanto, tu furor quebrantado hacía vanos tus ataques; pues la amargura de mi caída había recibido toda la fuerza de todos los malvados; no había lugar para una nueva crueldad en una injuria tan inmensa y en tantas ruinas.
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Catón había sido el siguiente.¿ Qué podías hacer? No era posible que el modo que había habido para los amores fuera el mismo para la injuria.¿ Qué podías hacer?¿ Expulsarlo por el dinero de Chipre? El botín habrá perecido. Otra no faltará; solo hay que alejarlo de aquí. Así, M. Catón, odiado, es relegado a Chipre como si fuera por un beneficio. Son expulsados dos, a quienes los malvados no podían ver, uno mediante un honor vergonzoso, el otro mediante una calamidad honrosísima.
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Y para que sepáis que ese hombre siempre ha sido enemigo no de los hombres sino de las virtudes, expulsado yo, alejado Catón, se volvió contra aquel mismo de quien decía en las asambleas, como autor y ayudante, que todo lo que hacía y había hecho, lo había hecho y lo hacía: a Cn. Pompeyo, a quien veía que, a juicio de todos, era con mucho el príncipe de la ciudad, no pensaba que le daría perdón por más tiempo a su furor. Quien, habiendo arrebatado de su custodia mediante emboscadas al hijo del rey amigo, un enemigo cautivo, y habiendo provocado a un hombre valientísimo con esa injuria, esperó poder enfrentarse con él con las mismas tropas con las que yo no había querido luchar por peligro de los hombres buenos, y al principio, ciertamente, con los cónsules como ayudantes; después Gabinio rompió el pacto, pero Pisón permaneció en su fidelidad.
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Qué matanzas, qué lapidaciones, qué huidas hizo ese hombre entonces, con qué facilidad, mediante el hierro y las emboscadas cotidianas, cuando ya había sido abandonado por el firme núcleo de sus tropas, privó a Cn. Pompeyo del foro y de la curia y lo mantuvo en su casa, lo habéis visto: de lo cual podéis juzgar cuán grande fue aquella fuerza naciente y congregada, cuando esta ha aterrorizado a Cn. Pompeyo ya dispersa y extinguida.
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Esto vio al expresar su opinión en las calendas de enero un hombre prudentísimo y muy amigo de la república, de mí y también de la verdad, L. Cotta, quien no consideró que debiera promulgarse una ley sobre mi regreso; quien dijo que yo había velado por la república, que había cedido ante la tempestad, que había sido más amigo de vosotros y de los demás ciudadanos que de mí mismo, que había sido expulsado por la fuerza, las armas, la disensión de los hombres y la matanza instituida y por una nueva dominación; que nada se había podido promulgar sobre mi vida, que nada estaba escrito legítimamente o podía tener valor, que todo se había hecho contra las leyes y la costumbre de los antepasados, temeraria, turbulenta, por la fuerza, por el furor. Que si esa fuera una ley, ni a los cónsules les sería lícito referirse al senado ni a él expresar su opinión; y que, al hacerse ambas cosas, no debía decretarse que se promulgara una ley sobre mí, para que no se juzgara que aquella que no era nada, era ley. Ninguna opinión pudo ser más verdadera, más grave, mejor, más útil para la república; pues, al señalarse el crimen y el furor del hombre, se apartaba una mancha similar de la república para el futuro.
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Y esto no lo dejaron de ver Cn. Pompeyo, quien expresó una opinión muy honrosa sobre mí, y vosotros, pontífices, que me defendisteis con vuestras opiniones y autoridades, que esa ley no es nada, y que es más bien una llama del tiempo, una prohibición del crimen, una voz del furor; pero previsteis que no redundara alguna vez en nosotros una envidia popular si parecíamos haber sido restituidos sin el juicio del pueblo. Y con el mismo propósito el senado siguió la opinión de M. Bíbulo, hombre valientísimo, para que vosotros decidierais sobre mi casa, no porque dudara de que por parte de ese hombre nada se había hecho según las leyes, las religiones o el derecho, sino para que no surgiera alguna vez en tanta abundancia de malvados alguien que dijera que en mis edificios residía alguna religión. Pues que esa ley no es nada, lo juzgó el senado tantas veces cuantas expresó su opinión sobre mí. Puesto que, ciertamente, por aquel escrito de ese hombre se le prohibía expresar su opinión,
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Y este asunto lo vio aquel par similar, Pisón y Gabinio, hombres temerosos de las leyes y de los juicios, cuando el senado, muy concurrido, les exigía diariamente que se refirieran sobre mí, decían que no desaprobaban el asunto, sino que estaban impedidos por la ley de ese hombre. Esto era verdad; pues estaban impedidos, pero por la ley que ese mismo hombre había promulgado sobre Macedonia y Siria. Esta ley, P. Léntulo, ni como particular ni como cónsul pensaste nunca que fuera ley. Pues, refiriéndose los tribunos de la plebe, tú, cónsul designado, expresaste a menudo tu opinión sobre mí; desde las calendas de enero, hasta que el asunto se completó, te referiste sobre mí, promulgaste la ley, la propusiste; de lo cual, si esa fuera ley, nada te sería lícito. Pero incluso Q. Metelo, tu colega, hombre ilustrísimo, juzgó que la ley que hombres ajenos a P. Clodio consideraban que era ley, Pisón y Gabinio, esa ley no era nada, el hermano de P. Clodio, cuando se refirió al senado sobre mí junto contigo.
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Pero, en verdad, aquellos que temieron las leyes de Clodio,¿ cómo observaron las demás? El senado, ciertamente, cuyo juicio es el más grave sobre el derecho de las leyes, tantas veces cuantas fue consultado sobre mí, tantas veces juzgó que aquella no era nada. Lo cual tú mismo, Léntulo, viste en la ley que propusiste sobre mí. Pues no fue promulgada de tal manera que me fuera lícito venir a Roma, sino para que viniera; pues no quisiste proponer lo que era lícito para que fuera lícito, sino que yo estuviera en la república más bien de modo que pareciera convocado por el mando del pueblo romano que restituido para administrar la ciudad.
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A este, incluso tú, peste portentosa, te has atrevido a llamar exiliado,¿ cuando estabas señalado por tantos crímenes y fechorías que hacías que todo lugar al que ibas fuera muy parecido al exilio? Pues,¿ qué es un exiliado? El nombre mismo, por sí solo, es de calamidad, no de torpeza.¿ Cuándo es, pues, vergonzoso? En realidad, cuando es castigo de un pecado, pero en la opinión de los hombres, incluso si es castigo de un condenado.¿ Por tanto, sufro el nombre por mi pecado o por una sentencia juzgada?¿ Por pecado? Ya ni siquiera tú te atreves a decir eso, a quien esos satélites tuyos llaman el feliz Catilina, ni ninguno de ellos que solían hacerlo. No solo ya no hay nadie tan inexperto que diga que lo que hice en el consulado fueron pecados, sino que no hay nadie tan enemigo de la patria que no confiese que la patria fue conservada por mis consejos.
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Pues,¿ qué consejo hay en la tierra, común o tan pequeño, que no haya juzgado sobre mis hechos lo que para mí era lo más deseado y hermoso? El consejo supremo del pueblo romano y de todos los pueblos, naciones y reyes es el senado: decretó que todos los que quisieran que la república estuviera a salvo vinieran a defenderme solo a mí, y demostró que la república no habría podido mantenerse si yo no hubiera existido, ni que habría ninguna si yo no hubiera regresado.
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Próximo a esta dignidad está el orden ecuestre: todas las sociedades de todos los asuntos públicos hicieron decretos amplísimos y honrosísimos sobre mi consulado y sobre mis hechos. Los escribas, que se ocupan con nosotros de las cuentas y monumentos públicos, no quisieron que su juicio y decreto sobre mis beneficios a la república fuera oscuro. No hay en esta ciudad colegio, ni paganos ni montanos, puesto que nuestros antepasados quisieron que la plebe urbana también tuviera pequeñas asambleas y, por así decirlo, ciertos concilios, que no hayan decretado amplísimamente no solo sobre mi salvación sino también sobre mi dignidad.
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Pues,¿ qué recordaré aquellos decretos divinos e inmortales de los municipios, de las colonias y de toda Italia, con los cuales me parece haber ascendido al cielo como por escalones, no solo haber regresado a la patria?¡ Aquel día, en verdad, que fue cuando tú, P. Léntulo, proponías la ley sobre mí, el pueblo romano mismo vio y sintió cuán grande era y con cuánta dignidad! Pues consta que nunca el Campo de Marte floreció en comicios con tanta celebridad, con tanto esplendor de todo género de hombres, edades y órdenes. Omito el juicio único y el consenso único de las ciudades, naciones, provincias, reyes, en fin, del orbe de la tierra sobre mis méritos hacia todos los mortales:¿ cuál fue mi llegada y entrada en la ciudad?¿ Acaso la patria me recibió como debió recibir la luz y la salvación devuelta y restituida a sí misma, o como a un tirano cruel, lo que vosotros, los gregarios de Catilina, solíais decir de mí?
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Por tanto, aquel único día, en el que el pueblo romano me honró desde la puerta hasta el Capitolio y desde allí a casa, acompañado por su celebridad y alegría, fue para mí de tanta satisfacción que tu criminal violencia me parece no solo no haber tenido que ser repelida, sino incluso haber tenido que ser provocada. Por lo cual, aquella calamidad, si así debe llamarse, quemó todo este género de maldición, para que nadie se atreva ya a criticar mi consulado, aprobado por tantos, tan grandes y tan honrosos juicios, testimonios y autoridades. Pero si en esa maldición tuya no solo no me imputas ninguna deshonra, sino que incluso ilustras mi alabanza,¿ qué puede haber más demente que tú, ya sea que se diga o se finja? Pues con una sola maldición concedes que la patria fue salvada por mí dos veces: una, cuando hice lo que todos no niegan que debe ser encomendado a la inmortalidad, si es posible, y tú pensaste que debía ser castigado con suplicio; otra, cuando recibí con mi cuerpo tu ataque y el de muchos otros inflamado contra todos los hombres buenos, para no llevar al peligro, armado, a la ciudad que había salvado desarmado.
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Esto no fue en mí el castigo de un pecado, sino el de un juicio.¿ De quién?¿ Quién me interrogó jamás bajo ley alguna?¿ Quién me acusó?¿ Quién me citó a juicio?¿ Puede, pues, un no condenado soportar la pena de un condenado?¿ Es esto tribunicio, es esto popular? Aunque,¿ dónde puedes llamarte popular, si no es cuando has actuado en favor del pueblo? Pero, dado que este derecho ha sido transmitido por nuestros antepasados, de modo que ningún ciudadano romano pueda perder ni su libertad ni su ciudadanía a menos que él mismo se haya hecho autor de ello— lo cual tú mismo pudiste aprender en tu propia causa( pues creo que, aunque en aquella adopción no se hizo nada legalmente, sin embargo, fuiste interrogado sobre si eras autor de que P. Fonteyo tuviera sobre ti el poder de vida y muerte, como sobre un hijo)—, pregunto: si hubieras negado o callado, si aun así las treinta curias lo hubieran ordenado,¿ habría sido válida esa orden? Ciertamente no.¿ Por qué? Porque el derecho ha sido establecido por nuestros antepasados, que no fueron populares de manera fingida y falaz, sino verdadera y sabiamente, de tal modo que ningún ciudadano romano puede perder su libertad contra su voluntad.
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Es más, incluso si los decenviros hubieran juzgado injustamente un sacramento sobre la libertad, quisieron que, cuantas veces quisiera alguien, en este género solo pudiera revisarse el asunto juzgado; pero la ciudadanía, nadie la perderá jamás contra su voluntad por ninguna orden del pueblo. Los ciudadanos romanos que partían hacia las colonias latinas no podían hacerse latinos a menos que se hubieran hecho autores y hubieran dado su nombre; los que eran condenados por causas capitales no perdían esta ciudadanía antes de ser recibidos en aquella a la que habían venido con el fin de cambiar de suelo. Y para que esto se hiciera, no lo hacían mediante la privación de la ciudadanía, sino mediante la interdicción de techo, agua y fuego.
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El pueblo romano, bajo la propuesta del dictador L. Sila, privó de la ciudadanía a los municipios en los comicios centuriados; les privó también de sus tierras. Sobre las tierras fue válido, pues era potestad del pueblo; sobre la ciudadanía, no valió ni siquiera tanto tiempo como valieron aquellas armas de la época silana.¿ O es que acaso L. Sila, vencedor tras recuperar la república, no pudo arrebatar la ciudadanía a los volaterranos en los comicios centuriados, cuando todavía estaban en armas, y hoy los volaterranos no solo disfrutan de esta ciudadanía junto con nosotros, sino que son los mejores ciudadanos?¿ Pudo P. Clodio, con la república derribada, arrebatar la ciudadanía a un hombre consular convocando un concilio y contratando bandas no solo de indigentes, sino también de esclavos, con Fidulio como jefe, quien afirma que ese día no estuvo en Roma?
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Y si no estuvo,¿ qué hay más audaz que tú, que has grabado su nombre?¿ Qué hay más desesperado que tú, que ni siquiera mintiendo pudiste inventar un autor mejor? Pero si él fue el primero en votar, lo cual pudo hacer fácilmente, él que por falta de techo pernoctaba en el foro,¿ por qué no jura que estuvo en Cádiz, cuando tú has probado que estuviste en Interamna?¿ Crees tú, pues, hombre popular, que nuestra ciudadanía y libertad deben estar protegidas por un derecho tal que, si a petición de un tribuno de la plebe, cien Fidulios dijeran que quieren y ordenan, cada uno de nosotros pueda perder la ciudadanía? Entonces, nuestros antepasados no fueron populares, pues sancionaron sobre la ciudadanía y la libertad derechos que ni la violencia de los tiempos, ni el poder de los magistrados, ni los decretos de los pretores, ni finalmente la potestad de todo el pueblo romano, que en las demás cosas es máxima, pueden socavar.
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Pero tú, además, destructor de la ciudadanía, promulgaste una ley sobre injurias públicas muy grata a un tal Menulla de Anagni, quien por esa ley te puso una estatua en mi casa, de modo que el lugar mismo, ante tan gran injuria tuya, refutara la ley y la inscripción de la estatua; lo cual fue para los habitantes de Anagni un dolor mucho mayor que los crímenes que aquel mismo gladiador había cometido en Anagni.
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¿ Qué? Si ni siquiera está escrito en esa misma propuesta que Fidulio dice no haber votado, y tú, para adornar los actos de tu ilustre tribunado con la dignidad de un hombre, te has apropiado de un autor... pero, aun así, si no promulgaste nada contra mí para que dejara de estar no solo en el número de los ciudadanos, sino también en el lugar en el que los honores del pueblo romano me colocaron,¿ violarás aun así con tu voz a quien, tras el nefando crimen de los cónsules anteriores, ves honrado por tantos juicios del senado, del pueblo romano y de toda Italia, a quien ni siquiera entonces, cuando yo estaba ausente, podías negar que fuera senador por tu ley?¿ Dónde habías promulgado que se me prohibiera el agua y el fuego? Lo que C. Graco promulgó sobre P. Popilio, Saturnino sobre Metelo, hombres sediciosísimos sobre ciudadanos óptimos y valerosos: no promulgaron que se me hubiera prohibido, lo cual no podía ser promulgado, sino que se me prohibiera.¿ Dónde evitaste que el censor me eligiera para el senado en mi lugar? Lo cual está escrito en las leyes sobre todos, incluso sobre aquellos que, condenados, han sido interdictos.
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Busca esto de Clodio, el escritor de tus leyes, ordena que esté presente; se esconde por completo, pero, si ordenas que sea buscado, encontrarán al hombre escondiéndose en casa de tu hermana con la cabeza gacha. Pero si a tu padre, un ciudadano, por mi fe, excelente y diferente a vosotros, nadie en su sano juicio lo llamó jamás exiliado, quien, cuando el tribuno de la plebe hubo promulgado sobre él, no quiso estar presente debido a la iniquidad de aquel tiempo de Cinna, y le fue abrogado el mando— si en él la pena legítima no tuvo deshonra debido a la violencia de los tiempos,¿ en mí, a quien nunca se le citó a juicio, que no fui reo, que nunca fui citado por un tribuno de la plebe, pudo haber pena de condenado, especialmente aquella que ni siquiera en la misma propuesta estaba prescrita?
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Y mira qué diferencia hay entre aquel caso tan inicuo de tu padre y esta fortuna y condición nuestra. A tu padre, un ciudadano óptimo, hijo de un hombre ilustrísimo, quien si viviera, dada su severidad, tú ciertamente no vivirías, L. Filipo, el censor, lo omitió al pasar lista en el senado. Pues no podía decir nada por lo cual no fueran válidos los actos realizados en aquella república, en la cual él mismo había querido ser censor en aquellos mismos tiempos: a mí, L. Cotta, hombre consular, bajo juramento en el senado, dijo que si él hubiera sido censor cuando yo estaba ausente, me habría nombrado senador en mi lugar.
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¿ Quién puso a un juez en mi lugar?¿ Quién de mis amigos hizo testamento durante mi ausencia que no me atribuyera lo mismo que si yo estuviera presente?¿ Quién dudó en recibirme y ayudarme, no solo como ciudadano, sino como aliado, contra tu ley? Finalmente, todo el senado, mucho antes de que se promulgara la ley sobre mí, decidió que se debían dar gracias a las ciudades que habían recibido a M. Tulio—¿ solo eso? Más aún— como ciudadano que había merecido óptimamente de la república.¿ Y tú, un solo ciudadano pestífero, niegas que sea ciudadano aquel a quien, expulsado, todo el senado consideró siempre no solo ciudadano, sino ciudadano excelente?
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Pero, en verdad, como dicen los anales del pueblo romano y los monumentos de la antigüedad, aquel Cesón Quincio y M. Furio Camilo y C. Servilio Ahala, aunque habían merecido óptimamente de la república, sin embargo, sufrieron la violencia y la ira del pueblo incitado, y condenados en los comicios centuriados, tras haber huido al exilio, fueron restituidos a su antigua dignidad por el mismo pueblo apaciguado. Y si a estos condenados la calamidad no solo no disminuyó la gloria de su ilustrísimo nombre, sino que incluso la honró( pues aunque es más deseable terminar el curso de la vida sin dolor y sin injuria, sin embargo, aporta más a la inmortalidad de la gloria ser echado de menos por sus ciudadanos que no haber sido violado nunca),¿ obtendrá en mí, sin juicio alguno del pueblo, habiendo sido restituido por los juicios más amplios de todos, un lugar para el insulto o el crimen?
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P. Popilio fue siempre un ciudadano fuerte y constante en la mejor causa; sin embargo, en toda su vida nada hay más ilustre para su alabanza que la calamidad misma; pues,¿ quién recordaría ya que mereció bien de la república, si no hubiera sido expulsado por los malvados y restituido por los buenos? El mando de Q. Metelo en la milicia fue ilustre, su censura excelente, toda su vida llena de gravedad; sin embargo, la calamidad de aquel tiempo propagó la alabanza de este hombre a la memoria eterna. Y si para aquellos que fueron expulsados injustamente, pero bajo leyes, y traídos de vuelta tras la muerte de sus enemigos por propuestas tribunicias, no por autoridad del senado, ni por comicios centuriados, ni por decretos de Italia, ni por el deseo de la ciudadanía, la injuria de los enemigos no fue una deshonra,¿ en mí, que partí íntegro, estuve ausente junto con la república, regresé con la mayor dignidad estando tú vivo, con tu hermano como extraño, con uno de los cónsules trayéndome de vuelta y el otro pretor consintiendo, crees que tu crimen debe ser mi deshonra?
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Y si el pueblo romano, incitado por la ira o la envidia, me hubiera expulsado de la ciudadanía y luego, recordando mis beneficios a la república, se hubiera arrepentido y hubiera corregido su temeridad e injuria con mi restitución, ciertamente nadie habría sido tan insensato como para pensar que tal juicio del pueblo debía ser para mí más una deshonra que una dignidad. Pero ahora, cuando nadie me ha llamado a juicio del pueblo, cuando no he podido ser condenado al no haber sido acusado, y finalmente, cuando ni siquiera he sido expulsado de tal manera que, si luchara, no pudiera vencer, y por el contrario, siempre he sido defendido, engrandecido y honrado por el pueblo romano,¿ qué razón hay para que alguien se anteponga a mí con su misma razón popular?
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¿ O es que acaso piensas que el pueblo romano es aquel que consiste en los que son contratados por dinero, los que son impulsados a ejercer violencia contra los magistrados, a sitiar el senado, a desear diariamente matanzas, incendios, rapiñas? Pueblo al que, sin embargo, no podías frecuentar sino con las tabernas cerradas, y al que habías puesto al frente a jefes como Lentidio, Lolio, Plaguleyo, Sergio.¡ Oh, qué aspecto y dignidad la del pueblo romano, a quien reyes, naciones extranjeras y pueblos lejanos temen, una multitud de hombres reunida de esclavos, de contratados, de criminales, de indigentes!
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Aquella fue la belleza del pueblo romano, aquella la forma que viste en el campo entonces, cuando incluso tú tuviste poder de hablar contra la autoridad y el entusiasmo del senado y de toda Italia. Aquel pueblo es señor de reyes, vencedor y emperador de todas las naciones, a quien aquel día ilustrísimo, malvado, viste cuando todos los jefes de la ciudadanía, todos los hombres de todos los órdenes y edades, consideraban que no emitían su voto sobre un ciudadano, sino sobre la salvación de la ciudadanía, cuando finalmente los hombres habían venido al campo no con las tabernas, sino con los municipios cerrados.
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A este pueblo, si entonces los cónsules hubieran estado en la república o no hubieran existido en absoluto, me habría resistido sin esfuerzo alguno a tu furia precipitada y a tu impío crimen. Pero no quise emprender la causa pública contra la fuerza armada sin protección pública, no porque me desagradara la fuerza de P. Escipión, hombre valerosísimo, contra Ti. Graco, un hombre privado, sino porque el hecho de Escipión fue inmediatamente defendido, e incluso honrado, por el cónsul P. Mucio, quien se consideraba que había sido más lento en la gestión de la república, mediante muchos decretos del senado: yo, o bien debí luchar contra los cónsules tras haberte matado, o bien, estando tú vivo, luchar contra ti y contra aquellas armas.
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Había en aquel tiempo muchas otras cosas que temer. Por mi fe, la república habría llegado a manos de los esclavos; tanto odio de los buenos retenía a los hombres impíos de aquella antigua conjuración, grabado en sus mentes nefandas. Aquí tú me prohíbes incluso gloriarme; dices que no se deben soportar las cosas que suelo predicar sobre mí, y como hombre ingenioso introduces incluso una conversación urbana y encantadora, que suelo decir que soy Júpiter, y que repito que Minerva es mi hermana. No soy tan insolente por decir que soy Júpiter, como ignorante por pensar que Minerva es hermana de Júpiter; pero, aun así, yo me adjudico a una hermana virgen, tú no puedes sostener que tu hermana sea virgen. Pero mira no sea que tú suelas llamarte Júpiter, lo que tú con derecho podrías llamar a la misma hermana y esposa.
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Y puesto que repruebas esto, que dices que suelo predicar sobre mí mismo con demasiada gloria,¿ quién ha oído jamás que yo hablara de mí si no es obligado y por necesidad? Pues si, cuando se me reprochan robos, sobornos, libertinajes, suelo responder que la patria fue salvada por mis consejos, peligros y trabajos, no se me debe considerar tanto que me glorio de mis hechos como que confieso sobre lo que se me reprocha. Pero si antes de estos tiempos durísimos de la república nunca se me reprochó otra cosa que la crueldad de aquel único tiempo, cuando alejé la ruina de la patria,¿ qué?¿ Me correspondía no responder a este insulto o responder con humildad?
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Yo, en verdad, siempre pensé que interesaba a la república retener con palabras el esplendor y la dignidad de aquel hecho hermosísimo que, por autoridad del senado y consentimiento de todos los buenos, había realizado por la salvación de la patria, especialmente cuando me había sido lícito, bajo juramento, decir ante el pueblo romano que por mi obra esta ciudad y esta república estaban a salvo. Ya se ha extinguido aquel insulto de crueldad, pues me ven no como a un tirano cruel, sino como al padre más bondadoso, deseado, reclamado y buscado por el entusiasmo de todos los ciudadanos.
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Ha surgido otro: se me reprocha aquel alejamiento mío: a cuyo crimen no puedo responder sin mi mayor alabanza. Pues,¿ qué debo decir, pontífices?¿ Que huí por conciencia de pecado? Pero aquello que se me reprochaba no solo no era un pecado, sino que era la cosa más hermosa desde que existen los hombres.¿ Que temí el juicio del pueblo? Pero eso ni siquiera fue propuesto, y, si lo hubiera sido, me habría ido con gloria duplicada.¿ Que me faltó la protección de los buenos? Es falso.¿ Que temí la muerte? Es vergonzoso.
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Debo decir, pues, lo que no diría si no fuera obligado— pues nunca dije nada sobre mí con altivez por causa de buscar alabanza más que por alejar un crimen—, digo, pues, y lo digo con la mayor voz que puedo: cuando la fuerza incitada de todos los perdidos y conjurados, con el tribuno de la plebe como jefe, con los cónsules como autores, con el senado afligido, con los caballeros romanos aterrorizados, con toda la ciudadanía suspensa y preocupada, no hacía tanto un ataque contra mí como a través de mí contra todos los buenos, vi que, si hubiera vencido, quedarían tenues reliquias de la república, y si hubiera sido vencido, no quedarían ninguna. Lo cual, tras haberlo juzgado, lloré el alejamiento de mi miserable esposa, la soledad de mis queridísimos hijos, la caída de mi hermano ausente, amantísimo y óptimo, las ruinas repentinas de una familia muy establecida; pero antepuse a todas estas cosas la vida de mis ciudadanos, y preferí que la república cayera por mi alejamiento a que pereciera por la muerte de todos. Esperé, lo cual sucedió, que yo, caído, pudiera ser levantado por hombres valerosos vivos; si hubiera perecido junto con los buenos, de ninguna manera la república podría ser recreada.
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Recibí, pontífices, un dolor grande e increíble: no lo niego, ni me adjudico esa sabiduría que algunos buscaban en mí, quienes decían que yo estaba con el ánimo demasiado roto y afligido.¿ Acaso podía yo, cuando era arrancado de tanta variedad de cosas, que omito por eso porque ni siquiera ahora puedo recordarlas sin llanto, negar que soy hombre y repudiar el sentido común de la naturaleza? Entonces, en verdad, no diría que aquel hecho mío fue loable ni que algún beneficio partió de mí hacia la república, si es que hubiera dejado por causa de la república aquellas cosas de las que pudiera prescindir con ánimo tranquilo, y considerara esa dureza de ánimo, como la del cuerpo, que cuando se quema no siente, más bien estupor que virtud.
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Soportar tantos dolores de ánimo, y sufrir estando la ciudad en pie lo que les sucede a los vencidos cuando la ciudad es tomada, y verse ya arrancado del abrazo de los suyos, ver destruidos los techos, saqueadas las fortunas, perder finalmente la patria por causa de la patria, ser despojado de los beneficios más amplios del pueblo romano, ser precipitado desde el grado más alto de dignidad, ver a los enemigos con la toga pretexta pidiendo los arbitrios del funeral sin que aún se haya llorado la muerte: sufrir todo esto por causa de conservar a los ciudadanos, y hacerlo sintiendo dolor, no es ser tan sabio como aquellos que no se preocupan por nada, sino ser tan amante de los tuyos y de ti mismo como exige la humanidad común, esa alabanza es ilustre y divina. Pues quien abandona con ánimo tranquilo, por causa de la república, aquellas cosas que nunca consideró queridas y agradables, no declara ninguna benevolencia insigne hacia la república; pero quien abandona por causa de la república aquellas cosas de las que es arrancado con sumo dolor, a ese le es querida la patria, cuya salvación antepone al cariño de los suyos.
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Por lo cual, que se rompa esa furia y peste, oirá esto de mí, puesto que me ha provocado: dos veces salvé la república, yo que, cónsul con toga, vencí a los armados, y, como privado, cedí ante los cónsules armados. De ambos tiempos obtuve el mayor fruto: del anterior, porque por autoridad del senado vi al senado y a todos los buenos con la vestimenta cambiada por causa de mi salvación; del posterior, porque tanto el senado como el pueblo romano y todos los mortales, privada y públicamente, juzgaron que sin mi regreso la república no podía estar a salvo.
100
Pero este regreso mío, pontífices, está contenido en vuestro juicio. Pues si vosotros me colocáis en mi casa, lo cual siempre habéis hecho en toda mi causa con vuestros entusiasmos, consejos, autoridades y sentencias, veo clara y siento que estoy restituido; pero si mi casa no solo no me es devuelta, sino que además ofrece al enemigo un monumento de mi dolor, de su crimen, de la calamidad pública,¿ quién habrá que piense que este regreso es más que una pena eterna? En vista de casi toda la ciudad está mi casa, pontífices; en la cual, si permanece aquel no monumento de virtud, sino sepulcro inscrito con el nombre del enemigo, hay que mudarse a otro lugar antes que habitar en esa ciudad en la que vea trofeos erigidos sobre mí y sobre la república.

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