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De Imperio Cn. Pompei Ad Quirites
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Original / primary: Spanish Gemini
1
Aunque siempre he considerado que vuestra presencia frecuente es para mí lo más grato, y este lugar, el más amplio para actuar y el más distinguido para hablar, ciudadanos, sin embargo, mi propia voluntad no me ha impedido hasta ahora acceder a este camino de gloria que siempre ha estado abierto de par en par para todo hombre excelente, sino las razones de mi vida, asumidas desde mi juventud. Pues, como antes no me atrevía a tocar la autoridad de este lugar y decidía que nada debía traerse aquí que no fuera perfecto por el ingenio y elaborado por la industria, consideré que todo mi tiempo debía dedicarse a los tiempos de mis amigos.
2
Así, este lugar nunca estuvo vacío de quienes defendieran vuestra causa, y mi labor, ejercida con rectitud e integridad en los peligros de los particulares, ha obtenido de vuestro juicio el fruto más amplio. Pues, cuando debido a la dilación de los comicios fui proclamado pretor en primer lugar por todas las centurias, comprendí fácilmente, ciudadanos, tanto lo que juzgabais de mí como lo que prescribíais a los demás. Ahora, cuando hay en mí tanta autoridad como habéis querido que haya al confiarme honores, y tanta facultad para actuar como pudo aportar a un hombre vigilante la práctica cotidiana de hablar por el uso forense, ciertamente, si hay alguna autoridad en mí, la usaré ante aquellos que me la dieron y, si puedo lograr algo al hablar, lo mostraré sobre todo a aquellos que consideraron que también a esa actividad debía atribuirse fruto por su juicio.
3
Y veo que tengo derecho a alegrarme principalmente de esto: que en esta forma de hablar, inusual para mí desde este lugar, se me ha presentado una causa en la que a nadie puede faltarle elocuencia. Pues hay que hablar de la singular y extraordinaria virtud de Cneo Pompeyo; sin embargo, es más difícil encontrar el final que el principio de este discurso. Así, no debo buscar tanto la abundancia como la medida al hablar.
4
Y para que mi discurso parta de donde se deriva toda esta causa, una guerra grave y peligrosa es provocada contra vuestros ingresos y aliados por dos reyes poderosísimos, Mitrídates y Tigranes, de los cuales uno, abandonado, y el otro, provocado, consideran que se les ha presentado la ocasión para ocupar Asia. A los caballeros romanos, hombres honorabilísimos, les llegan diariamente cartas desde Asia, cuyos grandes intereses están en juego en la recaudación de vuestros impuestos; ellos, por la relación que tengo con ese orden, me han expuesto la causa de la república y los peligros de sus asuntos,
5
que las aldeas de Bitinia, que ahora es vuestra provincia, han sido incendiadas en gran número; que el reino de Ariobarzanes, que es limítrofe con vuestros ingresos, está totalmente en poder de los enemigos; que Lucio Lúculo, tras haber realizado grandes gestas, se retira de esa guerra; que quien le ha sucedido no está suficientemente preparado para administrar una guerra tan grande; que un solo general es reclamado y buscado por todos los aliados y ciudadanos para esa guerra, y que este mismo es el único temido por los enemigos, y nadie más.
6
Veis cuál es la causa; ahora considerad vosotros mismos qué debe hacerse. Primero, me parece que debo hablar sobre el género de la guerra, luego sobre su magnitud, y después sobre la elección del general. El género de esta guerra es el que más debería excitar e inflamar vuestros ánimos hacia el deseo de perseguirla. En ella está en juego la gloria del pueblo romano, que os fue transmitida por vuestros antepasados con gran suma en todos los asuntos y, sobre todo, en la materia militar; está en juego la salvación de los aliados y amigos, por la cual vuestros antepasados llevaron a cabo muchas y graves guerras; están en juego los ingresos más seguros y grandes del pueblo romano, cuya pérdida os obligará a buscar los ornamentos de la paz y los subsidios de la guerra; están en juego los bienes de muchos ciudadanos, por los cuales debéis velar tanto por su propia causa como por la de la república.
7
Y puesto que siempre habéis sido más deseosos de gloria que los demás pueblos y ávidos de alabanza, debéis borrar esa mancha concebida en la anterior guerra mitridática, que ya se ha asentado profundamente y se ha arraigado demasiado en el nombre del pueblo romano, porque aquel que en un solo día, en toda Asia, en tantas ciudades, con un solo mensaje y una sola señal, ordenó que todos los ciudadanos romanos fueran asesinados y masacrados, no solo no ha recibido hasta ahora un castigo digno de su crimen, sino que desde aquel tiempo reina ya por vigésimo tercer año, y reina de tal manera que no quiere ocultarse en los escondrijos del Ponto ni de Capadocia, sino emerger de su reino patrio y moverse en vuestros ingresos, esto es, a la luz de Asia.
8
En efecto, hasta ahora nuestros generales han luchado contra ese rey de tal manera que obtenían de él insignias de victoria, no la victoria misma. Triunfó Lucio Sila, triunfó Lucio Murena sobre Mitrídates, dos hombres fortísimos y sumos generales, pero triunfaron de tal modo que aquel, expulsado y vencido, seguía reinando. Sin embargo, debe atribuirse alabanza a aquellos generales por lo que hicieron, y perdón por lo que dejaron, debido a que la república llamó a Sila de esa guerra a Italia, y Sila llamó a Murena.
9
Mitrídates, por su parte, dedicó todo el tiempo restante no al olvido de la antigua guerra, sino a la preparación de una nueva. Quien después, tras haber construido y equipado grandísimas flotas y haber reunido ejércitos muy grandes de cualesquiera pueblos que pudo, y fingiendo que declaraba la guerra a los bosforanos, sus vecinos, envió legados y cartas hasta Hispania a aquellos jefes con los que entonces estábamos en guerra, para que, al llevarse a cabo la guerra por tierra y mar con un mismo plan por dos fuerzas enemigas en dos lugares muy distantes y sumamente diversos, vosotros, distraídos por una contienda doble, lucharais por el imperio.
10
Pero, sin embargo, el peligro de la otra parte, la sertoriana e hispana, que tenía mucho más fundamento y fuerza, fue repelido por el divino consejo y la singular virtud de Cneo Pompeyo; en la otra parte, los asuntos fueron administrados por Lucio Lúculo, hombre sumo, de tal manera que aquellos inicios de sus gestas, grandes y preclaros, parecen deberse no a su suerte sino a su virtud, mientras que estos últimos acontecimientos, que ocurrieron recientemente, parecen deberse no a su culpa sino a la fortuna. Pero hablaré de Lúculo en otro lugar, y hablaré de tal manera, ciudadanos, que no parezca que se le ha restado verdadera alabanza con mi discurso ni que se le ha añadido una falsa.
11
Sobre la dignidad y gloria de vuestro imperio, puesto que ese es el comienzo de mi discurso, ved qué ánimo pensáis que debéis adoptar. Nuestros antepasados a menudo hicieron guerras por nuestros mercaderes o navegantes tratados injustamente;¿ vosotros, con tantos miles de ciudadanos romanos asesinados con un solo mensaje y en un solo momento, qué ánimo debéis tener finalmente? Porque unos legados fueron llamados con demasiada soberbia, vuestros padres quisieron que Corinto, la luz de toda Grecia, fuera extinguida;¿ vosotros permitiréis que quede impune aquel rey que asesinó a un legado del pueblo romano, de rango consular, atormentado con cadenas, azotes y todo tipo de suplicios? Aquellos no toleraron la libertad disminuida de los ciudadanos romanos;¿ vosotros descuidaréis la vida arrebatada? Aquellos persiguieron el derecho de legación violado de palabra;¿ vosotros dejaréis sin castigo a un legado asesinado con todo tipo de suplicios?
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Ved no sea que, así como para ellos fue hermosísimo transmitiros tanta gloria del imperio, para vosotros sea vergonzosísimo no poder defender y conservar lo que habéis recibido.¿ Qué? El hecho de que la salvación de los aliados sea llamada al mayor peligro y riesgo,¿ con qué ánimo debéis soportarlo finalmente? El rey Ariobarzanes, aliado y amigo del pueblo romano, ha sido expulsado de su reino; dos reyes amenazan a toda Asia, no solo enemigos vuestros, sino también de vuestros aliados y amigos; todas las ciudades, toda Asia y Grecia, se ven obligadas a esperar vuestra ayuda debido a la magnitud del peligro; no se atreven a pediros un general determinado, especialmente cuando habéis enviado a otro, ni consideran que puedan hacerlo sin el mayor peligro.
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Pues ven y sienten esto mismo que vosotros: que hay un solo hombre en quien están todas las virtudes sumas, y que está cerca, por lo cual lo echan de menos aún más; con cuya llegada misma y nombre, aunque haya venido para la guerra marítima, comprenden que los ímpetus de los enemigos han sido reprimidos y retardados. Estos, puesto que no se les permite hablar libremente, os piden en silencio que los consideréis también dignos de que encomendéis su salvación a tal hombre, y esto aún más porque enviamos a las otras provincias hombres con mando de tal clase que, incluso si defienden de los enemigos, su llegada a las ciudades de los aliados no difiere mucho de una conquista hostil; a este lo oían antes, ahora lo ven presente con tanta templanza, tanta mansedumbre, tanta humanidad, que parecen ser los más felices aquellos entre quienes él permanece más tiempo.
14
Por lo cual, si por causa de los aliados, sin ser provocados por ninguna injuria propia, nuestros antepasados hicieron guerras contra Antíoco, contra Filipo, contra los etolios, contra los cartagineses,¡ cuánto más diligentemente os conviene a vosotros, provocados por injurias, defender la salvación de los aliados junto con la dignidad de vuestro imperio, especialmente cuando se trata de vuestros mayores ingresos! Pues los ingresos de las otras provincias, ciudadanos, son tales que apenas podemos estar contentos con ellos para defender las provincias mismas, pero Asia es tan rica y fértil que, por la abundancia de sus campos, la variedad de sus frutos, la magnitud de su pastoreo y la multitud de las cosas que se exportan, supera fácilmente a todas las tierras. Por tanto, esta provincia, ciudadanos, si queréis retener tanto la utilidad de la guerra como la dignidad de la paz, debe ser defendida no solo de la calamidad, sino también del miedo a la calamidad.
15
Pues en los demás asuntos, cuando llega la calamidad, entonces se recibe el detrimento; pero en los ingresos, no solo la llegada del mal, sino también el miedo mismo trae la calamidad. Pues cuando las fuerzas de los enemigos no están lejos, incluso si no se ha producido ninguna irrupción, sin embargo, se abandona el ganado, se deserta el cultivo de los campos, la navegación de los mercaderes se detiene. Así, no se puede conservar el ingreso ni del puerto, ni de los diezmos, ni de la escritura; por lo cual, a menudo, el fruto de todo un año se pierde por un solo rumor de peligro y un solo terror de guerra.
16
¿ Con qué ánimo, pues, pensáis que están tanto los que nos pagan los impuestos como los que los ejercen y exigen, cuando dos reyes con grandísimas fuerzas están cerca, cuando una sola incursión de caballería puede arrebatar en muy poco tiempo el ingreso de todo un año, cuando los publicanos consideran que tienen con gran peligro las grandísimas familias que poseen en las salinas, en los campos, en los puertos y en las aduanas?¿ Pensáis que podéis disfrutar de esas cosas, a menos que hayáis conservado a quienes os proporcionan el fruto, liberándolos no solo, como dije antes, de la calamidad, sino también del temor a la calamidad?
17
Y no debéis descuidar tampoco aquello que me había propuesto al final, cuando iba a hablar sobre el género de la guerra, que se refiere a los bienes de muchos ciudadanos romanos; de los cuales, por vuestra sabiduría, ciudadanos, debéis tener cuenta diligentemente. Pues tanto los publicanos, hombres honestísimos y distinguidísimos, han trasladado sus cuentas y recursos a aquella provincia, cuyos asuntos y fortunas deben ser objeto de vuestro cuidado. En efecto, si siempre hemos considerado que los ingresos son los nervios de la república, ciertamente diremos que el orden que los ejerce es el fundamento de los demás órdenes.
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Luego, de los otros órdenes, hombres activos e industriosos, parte negocian ellos mismos en Asia, por quienes debéis velar en su ausencia, y parte tienen grandes sumas de dinero colocadas en esa provincia. Es, por tanto, propio de vuestra humanidad evitar que un gran número de ciudadanos sufra una calamidad, y de vuestra sabiduría ver que la calamidad de muchos ciudadanos no puede estar separada de la república. En efecto, importa poco, en primer lugar, que vosotros recuperéis después los ingresos perdidos por los publicanos mediante la victoria; pues no tendrán la facultad de redimirlos debido a la calamidad, ni otros tendrán la voluntad debido al miedo.
19
Luego, lo que nos enseñó la misma Asia y ese mismo Mitrídates al inicio de la guerra asiática, eso ciertamente debemos retenerlo en la memoria, aleccionados por la calamidad. Pues entonces, cuando muchos perdieron grandes bienes en Asia, sabemos que en Roma, al impedirse el pago, el crédito se desplomó. Pues no pueden muchos en una sola ciudad perder sus bienes y fortunas sin que arrastren a otros muchos a la misma calamidad: de este peligro, proteged a la república. En efecto— creedme lo que vosotros mismos veis— este crédito y este sistema de dinero que se mueve en Roma, en el foro, está implicado y unido con esos dineros asiáticos; no pueden desplomarse aquellos sin que estos, sacudidos por el mismo movimiento, se hundan. Por lo cual, ved si debéis dudar en dedicar todo vuestro esfuerzo a esa guerra en la que se defienden la gloria de vuestro nombre, la salvación de los aliados, los mayores ingresos y las fortunas de muchísimos ciudadanos unidas a la república.
20
Puesto que he hablado sobre el género de la guerra, ahora diré pocas cosas sobre su magnitud. Pues puede decirse esto: que el género de la guerra es tan necesario que debe ser llevado a cabo, pero no es tan grande que deba ser temido. En esto hay que esforzarse al máximo para que, por casualidad, aquellas cosas que deben ser previstas con la mayor diligencia no parezcan despreciables. Y para que todos entiendan que atribuyo a Lucio Lúculo tanta alabanza como se debe a un hombre fuerte, sabio y gran general, digo que a su llegada las grandísimas fuerzas de Mitrídates estaban adornadas y equipadas con todas las cosas, y que la ciudad de Asia más ilustre y más amiga nuestra, la de los cícicos, fue oprimida por el mismo rey con una grandísima multitud y atacada vehementemente; la cual Lucio Lúculo, con su virtud, asiduidad y consejo, liberó de los sumos peligros del asedio.
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Que por el mismo general una gran y equipada flota, que era arrastrada hacia Italia por los jefes sertorianos inflamados de celo y odio, fue vencida y hundida; que además grandísimas fuerzas de los enemigos fueron destruidas en muchas batallas y que fue abierto a nuestras legiones el Ponto, que antes había estado cerrado al pueblo romano por todos sus accesos; que Sinope y Amiso, en cuyas ciudades estaban los domicilios del rey adornados y repletos de todas las cosas, y otras muchas ciudades del Ponto y de Capadocia, fueron tomadas en un solo acceso y llegada; que el rey, despojado de su reino patrio y ancestral, se refugió como suplicante ante otros reyes y otros pueblos; y que todas estas cosas fueron realizadas estando a salvo los aliados del pueblo romano e intactos los ingresos. Creo que esto es suficiente alabanza y, de tal manera, ciudadanos, que entendáis que por ninguno de aquellos que critican esta ley y causa ha sido alabado Lucio Lúculo de manera similar desde este lugar.
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Se preguntará quizás ahora cómo, siendo esto así, puede quedar una guerra grande. Conocedlo, ciudadanos; pues no parece que esto se pregunte sin causa. Primero, Mitrídates huyó de su reino de tal manera como se dice que huyó antaño aquella Medea del mismo Ponto, de quien cuentan que en su huida esparció los miembros de su hermano en aquellos lugares por donde su padre la perseguía, para que la recolección de los miembros dispersos y el dolor paterno retardaran la velocidad de la persecución. Así, Mitrídates, huyendo, dejó en el Ponto toda la grandísima fuerza de oro y plata y de todas las cosas hermosísimas que había recibido de sus antepasados y que él mismo había arrebatado de toda Asia en la guerra anterior y acumulado en su reino. Mientras los nuestros recogen todas estas cosas con demasiada diligencia, el rey mismo escapó de sus manos. Así, en el celo de la persecución, el dolor retardó a aquel, y la alegría retardó a estos.
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A este, en aquel temor y huida, lo acogió Tigranes, rey armenio, y lo confirmó cuando desconfiaba de sus asuntos, lo levantó cuando estaba abatido y lo recreó cuando estaba perdido. A cuyo reino, después de que Lucio Lúculo llegó con el ejército, se incitaron aún más pueblos contra nuestro general. Pues se había infundido miedo en aquellas naciones que el pueblo romano nunca pensó que debían ser provocadas por la guerra ni tentadas; había también otra opinión grave y vehemente que se había extendido por los ánimos de las naciones bárbaras: que nuestro ejército había sido llevado a esas costas con el fin de saquear un templo riquísimo y religiosísimo. Así, muchas y grandes naciones eran incitadas por un nuevo terror y miedo. Nuestro ejército, sin embargo, aunque había tomado una ciudad del reino de Tigranes y había tenido batallas favorables, estaba conmovido por la excesiva lejanía de los lugares y el deseo de los suyos.
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Aquí ya no diré más; pues fue aquello último que, desde esos lugares, nuestros soldados buscaran un regreso más rápido que un avance más largo. Mitrídates, por su parte, ya se había confirmado a sí mismo y a su banda con la ayuda de aquellos que habían acudido a él desde su propio reino y era ayudado por grandes auxilios adventicios de muchos reyes y naciones. Ya hemos sabido que esto suele suceder casi así: que las fortunas abatidas de los reyes atraen fácilmente las riquezas de muchos a la misericordia, y especialmente de aquellos que o son reyes o viven en un reino, de modo que el nombre real les parece grande y sagrado.
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Por tanto, el vencido pudo lograr tanto como nunca se atrevió a esperar cuando estaba incólume. Pues cuando se hubo retirado a su reino, no se contentó con lo que le había ocurrido contra toda esperanza, que fuera a tocar alguna vez aquella tierra después de haber sido expulsado, sino que hizo un ataque contra nuestro ejército, ilustre y vencedor. Permitidme en este lugar, ciudadanos, como suelen hacer los poetas que escriben sobre los asuntos romanos, pasar por alto nuestra calamidad, que fue tan grande que no llegó a oídos del general por un mensaje desde la batalla, sino por un rumor en la conversación. Aquí, en aquel mismo mal y gravísima ofensa de la guerra, Lucio
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Lúculo, quien sin embargo podría haber remediado en alguna parte esos inconvenientes, obligado por vuestra orden, que pensasteis que debía establecerse un límite a la duración del mando según el antiguo ejemplo, despidió a parte de los soldados que ya habían cumplido sus servicios y entregó la otra parte a Manio Glabrión. Paso por alto muchas cosas deliberadamente; pero observad vosotros por conjetura cuán grande pensáis que se ha hecho esa guerra que unen reyes poderosísimos, renuevan naciones agitadas, emprenden naciones intactas, y que nuestro nuevo general recibe tras haber sido expulsado el viejo ejército.
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Me parece que he hablado lo suficiente sobre por qué esta guerra era necesaria por su propio género y peligrosa por su magnitud. Resta que parezca que debo hablar sobre la elección del general para esa guerra y para ser puesto al frente de asuntos tan grandes.¡ Ojalá, ciudadanos, tuvierais tal abundancia de hombres fuertes e inocentes que esta deliberación os fuera difícil sobre a quién preferiríais poner al frente de asuntos tan grandes y de una guerra tan importante! Pero ahora, cuando hay un solo Cneo Pompeyo que ha superado con su virtud no solo la gloria de los hombres que ahora existen, sino también la memoria de la antigüedad,¿ qué cosa hay que pueda hacer dudar el ánimo de alguien en esta causa?
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Pues yo pienso así: que en un sumo general deben estar presentes estas cuatro cosas: conocimiento de la materia militar, virtud, autoridad y felicidad.¿ Quién, pues, fue o debió ser más conocedor que este hombre? Quien desde la escuela y las disciplinas de la niñez partió hacia la guerra más grande y contra los enemigos más encarnizados al ejército de su padre y a la disciplina militar, quien al final de su niñez fue soldado en el ejército de un sumo general, al inicio de su juventud fue él mismo general de un grandísimo ejército, quien luchó más veces con el enemigo que nadie ha concertado con un adversario, llevó a cabo más guerras que otros han leído, terminó más provincias que otros han codiciado, cuya juventud fue educada para el conocimiento de la materia militar no por preceptos ajenos sino por sus propios mandos, no por ofensas de la guerra sino por victorias, no por servicios sino por triunfos.¿ Qué género de guerra puede haber, finalmente, en el que no lo haya ejercitado la fortuna de la república? La civil, la africana, la transalpina, la hispana mezclada de ciudadanos y de las naciones más belicosas, la servil, la guerra naval, géneros variados y diversos tanto de guerras como de enemigos, no solo llevados a cabo por este solo hombre, sino también terminados, declaran que no hay nada puesto en el uso militar que pueda escapar al conocimiento de este hombre.
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Ahora bien,¿ qué discurso puede encontrarse igual a la virtud de Cneo Pompeyo?¿ Qué es lo que alguien puede aportar que sea digno de él, nuevo para vosotros o inaudito para alguien? Pues no son solo las virtudes militares las que se consideran comúnmente: labor en los negocios, fortaleza en los peligros, industria en el actuar, celeridad en el terminar, consejo en el prever, las cuales son tan grandes en este solo hombre como no lo fueron en todos los demás generales que hemos visto u oído. Testigo es Italia, que el mismo vencedor Lucio
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Sila confesó que fue liberada por la virtud y el subsidio de este; testigo es Sicilia, que, rodeada de peligros por todas partes, liberó no por el terror de la guerra sino por la celeridad de su consejo; testigo es África, que, oprimida por grandísimas fuerzas de enemigos, rebosó con la sangre de ellos mismos; testigo es la Galia, por la cual el camino a Hispania fue abierto a nuestras legiones mediante la matanza de los galos; testigo es Hispania, que ha visto muchísimas veces a muchísimos enemigos vencidos y postrados por este; testigo, de nuevo y más veces, Italia, que, cuando era oprimida por la guerra servil, odiosa y peligrosa, buscó ayuda de este cuando estaba ausente, guerra que fue atenuada y disminuida por su expectativa, y levantada y sepultada por su llegada.
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Testigos ahora, en verdad, todas las costas y todas las tierras, pueblos y naciones, finalmente todos los mares, tanto en conjunto como en cada costa, todos los golfos y puertos. Pues,¿ qué lugar en todo el mar ha tenido en estos años un refugio tan firme que estuviera seguro, o ha estado tan oculto que permaneciera escondido?¿ Quién navegó que no se expusiera al peligro de muerte o de servidumbre, al navegar o en invierno o en un mar repleto de piratas? Esta guerra tan grande, tan vergonzosa, tan antigua, tan ampliamente dividida y dispersa,¿ quién pensaría jamás que pudiera ser terminada o por todos los generales en un año o en todos los años por un solo general?
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¿ Qué provincia habéis tenido libre de piratas en estos años?¿ Qué ingreso os fue seguro?¿ A qué aliado defendisteis?¿ A quién servisteis de protección con vuestras flotas?¿ Cuántas islas pensáis que están desiertas, cuántas ciudades de los aliados han sido abandonadas por miedo o capturadas por los piratas? Pero,¿ por qué menciono cosas lejanas? Esto fue antaño, fue propio del pueblo romano hacer la guerra lejos de casa y defender las fortunas de los aliados con los baluartes del imperio, no sus propios techos.¿ Diré que el mar estuvo cerrado a vuestros aliados en estos años, cuando vuestros ejércitos nunca cruzaron desde Brundisium sino en el pleno invierno?¿ Me quejaré de que fueron capturados quienes venían a vosotros desde naciones extranjeras, cuando los legados del pueblo romano fueron rescatados?¿ Diré que el mar no fue seguro para los mercaderes, cuando doce fasces cayeron en poder de los piratas?
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¿ Mencionaré que Cnido, Colofón o Samos, ciudades nobilísimas, e innumerables otras fueron capturadas, cuando sabéis que vuestros puertos y aquellos puertos de los que obtenéis la vida y el aliento estuvieron en poder de los piratas?¿ O es que ignoráis que el puerto de Caieta, celebérrimo y repleto de naves, fue saqueado por los piratas ante la mirada del pretor, y que desde Miseno fueron arrebatados por los piratas los hijos de aquel mismo que antes había hecho la guerra contra los piratas? Pues,¿ por qué me quejaré del inconveniente de Ostia y de aquella mancha e ignominia de la república, cuando, casi ante vuestros ojos, la flota que estaba al mando de un cónsul del pueblo romano fue capturada y hundida por los piratas?¡ Oh, dioses inmortales!¿ Pudo la increíble y divina virtud de un solo hombre traer tanta luz a la república en tan poco tiempo, que vosotros, que hace poco veíais una flota de enemigos ante la boca del Tíber, ahora oigáis que no hay ninguna nave de piratas dentro de la boca del Océano?
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Y con qué celeridad se realizaron estas cosas, aunque lo veis, sin embargo, no debo pasarlo por alto al hablar. Pues,¿ quién jamás, por celo de atender negocios o de obtener ganancias, pudo en tan poco tiempo acudir a tantos lugares, realizar tantos viajes, como rápidamente navegó el ímpetu de tan gran guerra bajo el mando de Cneo Pompeyo? Quien, cuando el mar aún no era propicio para navegar, acudió a Sicilia, exploró África, desde allí vino con la flota a Cerdeña y fortificó estos tres subsidios de grano de la república con los más firmes refugios y flotas.
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Desde allí, cuando se hubo retirado a Italia, confirmadas las dos Hispanias y la Galia Transalpina con refugios y naves, enviadas también naves a la costa del mar Ilírico y a Acaya y a toda Grecia, adornó los dos mares de Italia con grandísimas flotas y firmísimos refugios; él mismo, sin embargo, tan pronto como partió de Brundisium, en el cuadragésimo noveno día añadió toda Cilicia al imperio del pueblo romano; todos los que fueron piratas en todas partes fueron parte capturados y asesinados, parte se entregaron al mando y poder de este solo hombre. El mismo, a los cretenses, cuando le habían enviado legados y suplicantes hasta Panfilia, no les quitó la esperanza de la rendición y les exigió rehenes. Así, una guerra tan grande, tan duradera, tan larga y ampliamente dispersa, guerra por la cual todos los pueblos y naciones eran oprimidos, Cneo Pompeyo la preparó al final del invierno, la emprendió al inicio de la primavera y la terminó a mediados del verano.
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Esta es la divina e increíble virtud del general.¿ Qué? Las demás que poco antes había comenzado a mencionar,¡ cuán grandes y cuán numerosas son! Pues no solo la virtud de guerrear debe buscarse en un sumo y perfecto general, sino que hay muchas artes excelentes que son auxiliares y compañeras de esta virtud. Y primero,¡ cuánta inocencia deben tener los generales, cuánta templanza luego en todos los asuntos, cuánta fe, cuánta facilidad, cuánto ingenio, cuánta humanidad! Consideremos brevemente cómo son estas cosas en Cneo Pompeyo. Pues todas son sumas, ciudadanos, pero pueden conocerse y entenderse mejor por la comparación con otros que por sí mismas.
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¿ A qué general podemos considerar en algún número, en cuyo ejército los centuriatos se vendan y se hayan vendido?¿ Qué puede pensar este hombre de grande o amplio sobre la república, quien el dinero sacado del erario para administrar la guerra lo ha repartido entre los magistrados por codicia de provincia o lo ha dejado en Roma en usura por avaricia? Vuestro murmullo hace, ciudadanos, que parezcáis reconocer quiénes han hecho esto; yo, sin embargo, no nombro a nadie; por lo cual nadie podrá enfadarse conmigo, a menos que quiera confesar antes sobre sí mismo. Por tanto, debido a esta avaricia de los generales,¿ quién ignora qué calamidades traen nuestros ejércitos a dondequiera que se llegue?
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Recordad los viajes que nuestros generales han hecho en estos años en Italia por los campos y ciudades de los ciudadanos romanos; entonces determinaréis más fácilmente qué pensáis que ocurre ante las naciones extranjeras.¿ Pensáis que han sido destruidas más ciudades de enemigos por las armas de vuestros soldados en estos años, o ciudades de aliados por sus cuarteles de invierno? Pues no puede contener al ejército el general que no se contiene a sí mismo, ni ser severo en juzgar quien no quiere que otros sean jueces severos con él. Aquí nos maravillamos de que este hombre sobresalga tanto a los demás,
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cuyas legiones llegaron a Asia de tal manera que se dice que no solo la mano de tan gran ejército, sino ni siquiera una huella, ha dañado a nadie pacificado. Ahora bien, sobre cómo pasan el invierno los soldados, diariamente llegan conversaciones y cartas; no solo no se ejerce fuerza contra nadie para que haga gastos en el soldado, sino que ni siquiera se permite nada a quien lo desea. Pues nuestros antepasados quisieron que los techos de los aliados y amigos fueran refugio del invierno, no de la avaricia.
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Vamos, considerad en los demás asuntos cuál es su templanza.¿ De dónde pensáis que se ha encontrado esa gran celeridad y ese viaje tan increíble? Pues no lo llevaron tan rápidamente a las tierras más lejanas una fuerza extraordinaria de remeros o un arte de gobernar inaudito o algunos vientos nuevos, sino que las cosas que suelen retrasar a los demás no lo retardaron a él. No lo llamó la avaricia del curso instituido hacia algún botín, no la libido hacia el placer, no la amenidad hacia la delectación, no la nobleza de la ciudad hacia el conocimiento, no, finalmente, la labor misma hacia el descanso; por último, las estatuas y cuadros y los demás ornamentos de las ciudades griegas que otros consideran que deben ser arrebatados, él consideró que ni siquiera debían ser vistos por él.
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Por tanto, todos miran ahora a Cneo Pompeyo en esos lugares como a alguien no enviado desde esta ciudad, sino caído del cielo; ahora finalmente comienzan a creer que hubo hombres romanos con tal continencia antaño, lo cual ya parecía increíble a las naciones extranjeras y falsamente transmitido a la memoria; ahora el esplendor de vuestro imperio ha comenzado a traer luz a aquellos pueblos; ahora entienden que no sin causa sus antepasados, cuando teníamos magistrados con tal templanza, prefirieron servir al pueblo romano que imperar sobre otros. Ahora bien, se dice que los accesos a él para los particulares son tan fáciles, y las quejas sobre las injurias de otros tan libres, que aquel que sobresale en dignidad a los príncipes parece ser igual a los más humildes en facilidad.
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Ahora, cuánto vale por su consejo, cuánto por la gravedad y abundancia de su hablar, en lo cual mismo hay una cierta dignidad imperial, vosotros, ciudadanos, lo habéis conocido a menudo desde este mismo lugar.¿ Cuánta fe pensáis que se tiene de él entre los aliados, la cual todos los enemigos de todos los géneros han juzgado como la más sagrada? Ya es de tanta humanidad que es difícil decir si los enemigos temieron más su virtud al luchar o amaron más su mansedumbre al ser vencidos.¿ Y alguien dudará de que se debe permitir esta guerra tan grande a este hombre que parece haber nacido por un consejo divino para terminar todas las guerras de nuestra memoria?
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Y puesto que la autoridad también tiene mucho peso en la dirección de las guerras y en el mando militar, a nadie le cabe duda de que ese mismo general es quien más puede en este aspecto. Por otra parte,¿ quién ignora cuánto influye en la dirección de las guerras lo que los enemigos y lo que los aliados piensen de nuestros generales, cuando sabemos que los hombres, en asuntos de tanta importancia, se dejan llevar por la opinión y la fama no menos que por cualquier razonamiento certero, ya sea para temer, despreciar, odiar o amar?¿ Qué nombre, pues, ha sido jamás más ilustre en el mundo, cuyas hazañas hayan sido iguales?¿ Sobre qué hombre habéis emitido vosotros, lo cual es lo que más contribuye a la autoridad, juicios tan grandes y tan notables?
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¿ O es que acaso pensáis que existe en algún lugar una costa tan desierta a la que no haya llegado la fama de aquel día en que todo el pueblo romano, con el foro abarrotado y llenos todos los templos desde los cuales se puede divisar este lugar, reclamó para sí a Cneo Pompeyo como general para la guerra común de todas las naciones? Por tanto, para no decir más ni confirmar con ejemplos de otros cuánto vale la autoridad en la guerra, tomemos los ejemplos de todas las cosas extraordinarias del mismo Cneo Pompeyo. El día en que fue nombrado por vosotros general para la guerra marítima, de repente sobrevino tal baratura, tras la extrema escasez y carestía de grano, gracias a la esperanza y al nombre de un solo hombre, cuanta apenas una paz duradera habría podido lograr en la mayor abundancia de cosechas.
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Ya aceptada la calamidad en el Ponto tras aquella batalla de la que os hablé hace poco a mi pesar, cuando los aliados se habían atemorizado, las fuerzas y el ánimo de los enemigos habían crecido y la provincia no contaba con una guarnición suficientemente firme, habríais perdido Asia, ciudadanos, si la Fortuna del pueblo romano no hubiera traído providencialmente a Cneo Pompeyo a aquellas regiones en el momento crítico de aquel tiempo. Su llegada contuvo a Mitrídates, inflado por una victoria inusual, y frenó a Tigranes, que amenazaba a Asia con grandes tropas.¿ Y alguien dudará de lo que logrará con su valor quien tanto ha logrado con su autoridad, o cuán fácilmente conservará a los aliados y los tributos con el mando y el ejército, quien los ha defendido con solo su nombre y su reputación?
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Vamos,¿ acaso no demuestra ese hecho cuánta autoridad tiene el mismo hombre ante los enemigos del pueblo romano, el que desde lugares tan lejanos y tan diversos, en tan poco tiempo, todos se hayan rendido a este solo hombre?¡ Que desde la misma Creta, legados de los cretenses, cuando nuestro general y su ejército estaban en su isla, vinieran a Cneo Pompeyo a tierras casi remotas y le dijeran que todas las ciudades de los cretenses querían rendirse a él!¿ Qué?¿ Acaso ese mismo Mitrídates no envió un legado al mismo Cneo Pompeyo hasta Hispania? A aquel a quien Pompeyo siempre consideró legado, aquellos a quienes les molestaba que fuera enviado a él prefirieron considerarlo espía antes que legado. Podéis, pues, determinar ya, ciudadanos, cuánta autoridad, ampliada después por muchas hazañas y por vuestros grandes juicios, debéis considerar que tendrá ante aquellos reyes y ante las naciones extranjeras.
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Resta hablar de la felicidad, que nadie puede garantizar por sí mismo, pero que podemos recordar y conmemorar en otro, como es justo que los hombres hablen sobre el poder de los dioses, con cautela y brevemente. Pues yo opino que a Máximo, a Marcelo, a Escipión, a Mario y a otros grandes generales se les encomendaron mandos y ejércitos no solo por su valor, sino también por su fortuna. Pues, ciertamente, a algunos hombres eminentes les acompañó divinamente una cierta fortuna para la grandeza, la gloria y el buen éxito de las grandes empresas. Sin embargo, sobre la felicidad de este hombre de quien ahora tratamos, usaré esta moderación al hablar: no para decir que la fortuna está puesta en su poder, sino para que parezca que recordamos lo pasado y esperamos lo venidero, para que nuestro discurso no parezca ni odioso ni ingrato a los dioses inmortales.
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Por tanto, no voy a enumerar cuántas hazañas realizó en la paz y en la guerra, en tierra y en mar, y con cuánta felicidad, de modo que a sus deseos no solo accedieron los ciudadanos, obedecieron los aliados y se sometieron los enemigos, sino que incluso los vientos y las tempestades le fueron favorables; diré esto muy brevemente: nadie ha sido jamás tan desvergonzado que se atreviera a pedir en silencio a los dioses inmortales tantas y tan grandes cosas como las que los dioses inmortales han otorgado a Cneo Pompeyo. Para que esto sea suyo y perpetuo, ciudadanos, tanto por el bien de la seguridad y el imperio comunes como por el del propio hombre, debéis, como hacéis, quererlo y desearlo.
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Por lo cual, siendo la guerra tan necesaria que no puede ser descuidada, tan grande que debe ser dirigida con el mayor esmero, y pudiendo vosotros poner al frente de ella a un general en quien reside una ciencia militar extraordinaria, un valor singular, una autoridad ilustrísima y una fortuna excelente,¿ dudáis, ciudadanos, de aprovechar este gran bien que os ha sido ofrecido y dado por los dioses inmortales para conservar y ampliar la república? Pues si Cneo en Roma
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Pompeyo fuera un particular en este momento, aun así debería ser elegido y enviado a una guerra tan importante; ahora, cuando a las demás grandes ventajas se añade también esta oportunidad de que esté presente en esos mismos lugares, de que tenga un ejército, de que pueda recibirlo inmediatamente de quienes lo tienen,¿ qué esperamos?¿ O por qué no, bajo la guía de los dioses inmortales, encomendamos también esta guerra real al mismo a quien se le han confiado las demás con la mayor seguridad de la república?
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Pero, en efecto, un hombre ilustrísimo, amante de la república, afectado por vuestros mayores beneficios, Quinto Cátulo, y asimismo Quinto Hortensio, dotado de los máximos ornamentos de honor, fortuna, valor e ingenio, disienten de este criterio. Confieso que la autoridad de ellos ha tenido y debe tener mucho peso ante vosotros en muchos lugares; pero en esta causa, aunque hayáis conocido las autoridades contrarias de hombres valerosos e ilustres, sin embargo, omitidas las autoridades, podemos investigar la verdad por el hecho mismo y por la razón, y esto más fácilmente porque esos mismos conceden que todo lo que he dicho hasta ahora es verdad: que la guerra es necesaria y grande, y que en Cneo
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Pompeyo reside todo.¿ Qué dice, pues, Hortensio? Que si todo debe ser atribuido a uno solo, Pompeyo es el más digno, pero que, sin embargo, no debe confiarse todo a uno solo. Ese discurso ya ha quedado obsoleto, refutado mucho más por los hechos que por las palabras. Pues tú mismo, Quinto Hortensio, hablaste mucho, con tu gran abundancia y singular facultad de oratoria, en el senado contra el valeroso Aulo Gabinio, cuando este promulgó la ley sobre el nombramiento de un solo general contra los piratas, y desde este mismo lugar también dijiste muchísimas palabras contra esa ley.
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¿ Qué? Entonces,¡ por los dioses inmortales!, si tu autoridad hubiera tenido más peso ante el pueblo romano que la seguridad y la verdadera causa del propio pueblo romano,¿ tendríamos hoy esta gloria y este imperio del mundo?¿ O acaso te parecía entonces que este era el imperio cuando los legados, cuestores y pretores del pueblo romano eran capturados, cuando se nos prohibía el abastecimiento público y privado desde todas las provincias, cuando todos los mares estaban tan cerrados para nosotros que ya no podíamos ocuparnos ni de los asuntos privados ni de los públicos de ultramar?
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¿ Qué ciudad hubo jamás antes, no digo la de los atenienses, de la que se dice que una vez dominó el mar bastante ampliamente, ni la de los cartagineses, que fueron muy poderosos con su flota y sus asuntos marítimos, ni la de los rodios, cuya disciplina naval y gloria han permanecido hasta nuestra memoria, qué ciudad, digo, fue antes tan débil o tan pequeña que no defendiera por sí misma sus puertos, sus campos y alguna parte de su región y costa marítima? Pero, por Hércules, durante algunos años continuos antes de la ley Gabinia, aquel pueblo romano, cuyo nombre ha permanecido invicto en las batallas navales hasta nuestra memoria, careció en gran y mayor parte no solo de utilidad, sino también de dignidad y de imperio.
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Nosotros, cuyos antepasados superaron al rey Antíoco y a Perseo con su flota y vencieron en todas las batallas navales a los cartagineses, hombres muy ejercitados y preparados en asuntos marítimos, nosotros no podíamos ya ser iguales a los piratas en ningún lugar. Nosotros, que antes no solo teníamos a Italia a salvo, sino que podíamos mantener a salvo a todos los aliados en las costas más lejanas con la autoridad de nuestro imperio, entonces, cuando la isla de Delos, situada tan lejos de nosotros en el mar Egeo, a donde todos acudían de todas partes con mercancías y cargas, llena de riquezas, pequeña, sin murallas, no temía nada, nosotros mismos carecíamos no solo de las provincias y de las costas marítimas de Italia y de nuestros puertos, sino incluso de la vía Apia. Y en aquellos tiempos,¿ no se avergonzaban los magistrados del pueblo romano de subir a este mismo lugar, cuando nuestros antepasados nos lo habían dejado adornado con despojos náuticos y botines de flotas!
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El pueblo romano pensó entonces, Quinto Hortensio, que tú y los demás que estaban en la misma opinión hablabais con buena intención y lo que sentíais; pero, sin embargo, en la seguridad común, el mismo pueblo romano prefirió obedecer a su dolor antes que a vuestra autoridad. Por tanto, una ley, un hombre, un año no solo os liberó de aquella miseria y vergüenza, sino que también hizo que por fin parecieseis verdaderamente imperar sobre todos los pueblos y naciones en tierra y mar.
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Por lo cual me parece aún más indigno que se haya opuesto hasta ahora,¿ diré a Gabinio o a Pompeyo o a ambos, lo cual es más cierto?, que Aulo Gabinio no fuera nombrado legado de Cneo Pompeyo, quien lo buscaba y solicitaba.¿ Acaso aquel que solicita para una guerra tan importante al legado que quiere no es digno de obtenerlo, cuando otros han llevado consigo a los legados que han querido para expoliar a los aliados y saquear las provincias, o acaso él mismo, por cuya ley se estableció la seguridad y la dignidad para el pueblo romano y para todas las naciones, debe estar privado de aquel general y de aquel ejército que se constituyó por su consejo y riesgo?¿ O acaso C.
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Falcidio, Quinto Metelo, Quinto Celio Latiniense, Cneo Léntulo, a quienes nombro a todos por causa de honor, cuando fueron tribunos de la plebe, pudieron ser legados al año siguiente;¿ en el caso de Gabinio son tan diligentes, quien en esta guerra que se libra por la ley Gabinia, en este general y ejército que él mismo constituyó a través de vosotros, debería tener incluso un derecho especial? Espero que los cónsules informen al senado sobre su nombramiento. Si dudan o se resisten, yo me ofrezco a informar; y no me impedirá la injusticia de nadie que, confiando en vosotros, defienda vuestro derecho y beneficio, ni escucharé nada más que la intercesión, sobre la cual, según creo, esos mismos que amenazan considerarán una y otra vez lo que es lícito. En mi opinión, ciudadanos, Aulo Gabinio es considerado el único socio de Cneo Pompeyo en la guerra marítima y en sus hazañas, porque uno presentó a vuestros sufragios que esa guerra fuera emprendida por uno solo, y el otro llevó a cabo lo que fue presentado y emprendido.
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Resta que parezca que debo hablar sobre la autoridad y opinión de Quinto Cátulo. Quien, cuando os preguntaba si, al ponerlo todo en manos de un solo Cneo Pompeyo, si algo le sucediera, en quién ibais a tener vuestra esperanza, obtuvo un gran fruto de su valor y dignidad, cuando todos casi a una voz dijisteis que en él mismo ibais a tener vuestra esperanza. Pues tal es el hombre que no hay asunto tan grande y tan difícil que él no pueda dirigir con su consejo, proteger con su integridad y concluir con su valor. Pero en esto mismo disiento vehementemente de él, en que cuanto más incierta y menos duradera es la vida de los hombres, tanto más la república, mientras los dioses inmortales lo permitan, debe disfrutar de la vida y el valor de un hombre eminente.
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Pero, en efecto, que no se haga nada nuevo contra los ejemplos e instituciones de los antepasados. No diré en este lugar que nuestros antepasados siempre obedecieron a la costumbre en la paz y a la utilidad en la guerra, y que siempre acomodaron los planes de nuevos consejos a los nuevos casos de los tiempos; no diré que dos guerras máximas, la púnica y la hispana, fueron concluidas por un solo general y que dos ciudades poderosísimas que amenazaban grandemente a este imperio, Cartago y Numancia, fueron destruidas por el mismo Escipión; no conmemoraré que hace poco os pareció a vosotros y a vuestros padres que la esperanza del imperio se pusiera en un solo Cayo Mario, para que él mismo dirigiera la guerra contra Yugurta, contra los cimbrios y contra los teutones; recordad cuántas cosas nuevas se han establecido con la máxima voluntad de Quinto Cátulo en el mismo Cneo Pompeyo, en quien Quinto Cátulo no quiere que se establezca nada nuevo.
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¿ Qué hay tan nuevo como que un joven particular reúna un ejército en un tiempo difícil para la república? Lo reunió.¿ Dirigirlo? Lo dirigió.¿ Gestionar el asunto de la mejor manera bajo su mando? Lo gestionó.¿ Qué hay tan contrario a la costumbre como que a un hombre muy joven, cuya edad estaba lejos del grado senatorial, se le diera el mando y un ejército, se le permitiera Sicilia y África y la dirección de la guerra en esa provincia? Fue en estas provincias de una inocencia, gravedad y valor singulares, concluyó la guerra más importante en África y trajo de vuelta un ejército victorioso.¿ Qué hay, en verdad, tan inaudito como que un caballero romano triunfe? Pero el pueblo romano no solo vio ese hecho, sino que también pensó que debía ser visto y celebrado con el entusiasmo de todos.
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¿ Qué hay tan inusitado como que, habiendo dos cónsules ilustrísimos y valerosísimos, un caballero romano fuera enviado a la guerra más importante y temible como procónsul? Fue enviado. En cuyo tiempo, habiendo alguien en el senado que dijera que' no debía enviarse a un hombre particular como procónsul', se dice que Lucio Filipo dijo que' él no lo enviaba como procónsul por su opinión, sino en lugar de los cónsules'. Se depositaba en él tal esperanza de gestionar bien la república que el deber de dos cónsules se confiaba al valor de un solo joven.¿ Qué hay tan singular como que, por decreto del senado, liberado de las leyes, se hiciera cónsul antes de que le fuera permitido obtener cualquier otro magistrado por las leyes?¿ Qué hay tan increíble como que por segunda vez un caballero romano triunfara por decreto del senado? Las cosas nuevas que se han establecido en todos los hombres desde que hay memoria no son tantas como estas que hemos visto en este solo hombre.
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Y estos tantos ejemplos, tan grandes y tan nuevos, han partido en el mismo hombre de la autoridad de Quinto Cátulo y de los demás hombres ilustrísimos de la misma dignidad. Por lo cual, vean que no sea muy injusto e intolerable que la autoridad de ellos sobre la dignidad de Cneo Pompeyo haya sido siempre aprobada por vosotros, y que vuestro juicio sobre el mismo hombre y la autoridad del pueblo romano sean desaprobados por ellos, especialmente cuando el pueblo romano ya puede defender su autoridad en este hombre incluso contra todos los que disienten, porque, reclamando esos mismos, vosotros elegisteis a uno solo de entre todos para ponerlo al frente de la guerra contra los piratas.
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Si hicisteis esto temerariamente y consultasteis poco a la república, rectamente intentan ellos dirigir vuestros afanes con sus consejos. Pero si entonces visteis más en la república, y vosotros, resistiéndose ellos, trajisteis por vosotros mismos dignidad a este imperio y seguridad al mundo, que esos príncipes confiesen por fin que deben obedecer tanto a sí mismos como a la autoridad de todo el pueblo romano. Y en esta guerra asiática y real, ciudadanos, no solo se requiere aquel valor militar que es singular en Cneo Pompeyo, sino que también se requieren otras virtudes del ánimo grandes y muchas. Es difícil en Asia, Cilicia, Siria y en los reinos de las naciones interiores que nuestro general se comporte de tal manera que no piense en otra cosa que en el enemigo y en la gloria. Además, incluso si hay algunos más moderados por pudor y templanza, nadie piensa que sean tales debido a la multitud de hombres codiciosos.
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Es difícil de decir, ciudadanos, cuánto odio nos tienen las naciones extranjeras debido a las libidinosas acciones e injusticias de aquellos a quienes hemos enviado con mando durante estos años. Pues,¿ qué templo pensáis que ha sido religioso para nuestros magistrados en aquellas tierras, qué ciudad santa, qué casa suficientemente cerrada y fortificada? Ya se buscan ciudades ricas y abundantes a las que se les pueda declarar la guerra por la oportunidad de saquearlas.
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Disputaría gustosamente esto en presencia de Quinto Cátulo y Quinto Hortensio, hombres sumos e ilustrísimos; pues conocen las heridas de los aliados, ven sus calamidades, escuchan sus quejas.¿ Pensáis que enviáis ejércitos para los aliados contra los enemigos, o bajo la simulación de enemigos contra los aliados y amigos?¿ Qué ciudad hay en Asia que pueda soportar no solo los ánimos y el orgullo de un general o legado, sino de un solo tribuno militar? Por lo cual, incluso si tenéis a alguien que parezca capaz de superar a los ejércitos reales en batalla campal, sin embargo, si no es el mismo que pueda contener sus manos, ojos y ánimo de las riquezas de los aliados, de sus esposas e hijos, de los ornamentos de los templos y ciudades, del oro y del tesoro real, no será idóneo para ser enviado a la guerra asiática y real.
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¿ Qué ciudad pensáis que ha estado pacificada y que sea rica, qué ciudad rica hay que parezca pacificada para ellos? La costa marítima, ciudadanos, reclamó a Cneo Pompeyo no solo por la gloria de su arte militar, sino también por la continencia de su ánimo. Pues veía que los pretores se enriquecían cada año con dinero público, salvo unos pocos, y que nosotros no conseguíamos nada más con el nombre de las flotas sino que, al recibir daños, parecíamos ser afectados por una mayor vergüenza. Ahora, con qué codicia parten los hombres a las provincias, con qué pérdidas y con qué condiciones, ignoran evidentemente aquellos que no piensan que todo debe ser confiado a uno solo. Como si, en verdad, no viéramos que Cneo Pompeyo es grande tanto por sus virtudes como por los vicios ajenos.
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Por lo cual no dudéis en confiar todo a este solo hombre, que entre tantos años ha sido el único encontrado a quien los aliados se alegraron de ver entrar en sus ciudades con un ejército. Pero si pensáis, ciudadanos, que esta causa debe ser confirmada con autoridades, tenéis como autor a un hombre peritísimo en todas las guerras y en las mayores empresas, Publio Servilio, cuyas hazañas han sido tan grandes en tierra y mar que, cuando deliberéis sobre la guerra, nadie debe ser para vosotros un autor más grave; está Cayo Curio, dotado de vuestros máximos beneficios y de las mayores hazañas, de sumo ingenio y prudencia, está Cneo Léntulo, en quien habéis reconocido que reside el máximo consejo y la máxima gravedad por vuestros más amplios honores, está Cayo Casio, de integridad, verdad y constancia singulares. Por lo cual, ved cómo podemos parecer capaces de responder con las autoridades de estos al discurso de aquellos que disienten.
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Siendo esto así, Cayo Manilio, primero alabo y apruebo vehementemente tu ley, tu voluntad y tu opinión; después te exhorto a que, con el pueblo romano como autor, te mantengas en tu opinión y no temas la fuerza ni las amenazas de nadie. Primero, creo que hay en ti suficiente ánimo y perseverancia; después, cuando vemos una multitud tan grande con tanto entusiasmo como la que vemos ahora de nuevo al nombrar al mismo hombre,¿ qué es lo que nos hace dudar sobre el asunto o sobre la capacidad de llevarlo a cabo? Yo, por mi parte, todo el entusiasmo, consejo, trabajo e ingenio que hay en mí, todo lo que puedo por este beneficio del pueblo romano y por este poder pretorio, todo lo que puedo por mi autoridad, fe y constancia, todo eso lo prometo y pongo a tu disposición y a la del pueblo romano para concluir este asunto, y pongo por testigos a todos los dioses,
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y especialmente a aquellos que presiden este lugar y templo, que perciben mejor que nadie las mentes de todos los que se acercan a la república, que no hago esto por ruego de nadie, ni porque piense que por esta causa puedo conciliarme el favor de Cneo Pompeyo, ni porque busque para mí, por la grandeza de nadie, ni protección contra peligros ni ayuda para mis honores, porque los peligros los repeleremos fácilmente, como corresponde a un hombre, protegidos por la inocencia, y el honor no lo buscaremos ni de uno solo ni de este lugar, sino de esa misma laboriosísima forma de vida nuestra, si vuestra voluntad lo permite.
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Por lo cual, si he emprendido algo en esta causa, ciudadanos, confirmo que todo lo he emprendido por causa de la república, y estoy tan lejos de parecer haber buscado algún favor personal, que entiendo que he emprendido muchas enemistades, unas ocultas y otras abiertas, que no eran necesarias para mí y que no son inútiles para vosotros. Pero he decidido, ciudadanos, estando dotado de este honor y afectado por vuestros tantos beneficios, que debo anteponer vuestra voluntad y la dignidad de la república y la seguridad de las provincias y de los aliados a todas mis conveniencias y planes.

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