De Optimo Genere Oratorum
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Original / primary: Spanish Gemini
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Se dice que hay géneros de oradores al igual que de poetas; esto es distinto, pues lo otro es múltiple. En efecto, de la poesía trágica, cómica, épica, lírica e incluso ditirámbica— que ha sido más tratada por los latinos—, cada una tiene lo suyo, diferente de las demás. Por tanto, tanto en la tragedia es vicioso lo cómico como en la comedia es vergonzoso lo trágico; y en las demás, cada una tiene su sonido propio y cierto, y una voz conocida para quienes entienden.
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Ahora bien, si alguien enumera varios géneros de oradores de tal modo que considera a unos grandes, graves o copiosos, a otros tenues, sutiles o breves, y a otros intermedios y como si fueran medios, habla algo sobre los hombres, pero poco sobre la materia. Pues en la materia se busca qué es lo óptimo, mientras que en el hombre se dice lo que es. Por tanto, es lícito llamar a Ennio el máximo poeta épico, si a alguien le parece así, a Pacuvio trágico y a Cecilio quizás cómico.
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No divido al orador por géneros; pues busco al perfecto. Ahora bien, hay un solo género de lo perfecto, y quienes se alejan de él no difieren en género, como Terencio de Accio, sino que no son iguales en el mismo género. Pues el mejor orador es aquel que, al hablar, enseña, deleita y conmueve los ánimos de los oyentes. Enseñar es un deber, deleitar es un honor, conmover es necesario.
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Que esto lo haga uno mejor que otro, debe concederse; pero eso ocurre no por género, sino por grado. Ciertamente, lo óptimo es uno solo y lo más próximo es lo que es más similar a él. De lo cual es evidente que lo que es más disímil de lo óptimo es lo peor. Pues, dado que la elocuencia consiste en palabras y en pensamientos, debe lograrse que, hablando pura y correctamente— lo cual es hablar en latín—, persigamos además la elegancia de las palabras, tanto las propias como las trasladadas: en las propias, que elijamos las más selectas; en las trasladadas, que, habiendo seguido la semejanza, usemos con moderación las ajenas.
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Ahora bien, hay tantos géneros de pensamientos como dije que hay de alabanzas. Pues son agudos para enseñar, ingeniosos para deleitar y graves para conmover. Pero también la estructura de las palabras produce dos cosas, el ritmo y la suavidad, y los pensamientos tienen su propia composición y un orden adaptado para probar la materia. Pero, de todas estas cosas, como en los edificios, la memoria es como el fundamento, y la acción es la luz.
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Por tanto, aquel en quien todas estas cosas sean máximas, será el orador más perfecto; en quien sean medias, mediocre; en quien mínimas, el peor. Y todos serán llamados oradores, como también se llama oradores a los malos pintores, y no diferirán entre sí por géneros, sino por facultades. Por tanto, no hay orador que no quiera ser semejante a Demóstenes; pero Menandro no quiso serlo de Homero; pues el género era otro. Eso no ocurre en los oradores, o, incluso si ocurre que uno, buscando la gravedad, evita la sutileza, mientras que otro quiere ser más agudo que adornado, incluso si está en un género tolerable, ciertamente no está en el óptimo, si es que lo óptimo es aquello que posee todas las alabanzas.
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He dicho esto más brevemente de lo que la materia requería, pero para lo que tratamos no era necesario hablar con más extensión; pues, siendo un solo género, buscamos cómo es. Es, pues, tal como floreció en Atenas; de donde la fuerza misma de los oradores áticos es desconocida, pero su gloria es conocida. Pues muchos vieron lo uno, que no hay nada vicioso en ellos, y pocos lo otro, que hay muchas cosas loables. Pues es vicioso en el pensamiento si algo es absurdo, ajeno, no agudo o insípido; en las palabras, si es impuro, abyecto, no apto, duro o rebuscado.
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Esto lo evitaron casi todos los que son contados como áticos o que hablan al estilo ático. Pero que aquellos que han tenido éxito hasta ese punto sean considerados sanos y secos, pero solo como los atletas; que puedan pasear por el xisto, pero que no busquen la corona en los Juegos Olímpicos. Como carecen de todo vicio, no se contentan con una salud como si fuera buena, sino que buscan fuerza en los músculos, sangre y hasta cierta suavidad en el color. Imitémoslos, si podemos; si no, más bien a aquellos que tienen una salud incorrupta, lo cual es propio de los áticos, que a aquellos cuya abundancia viciosa es tal como la que Asia ha producido en muchos. Lo cual, cuando lo hagamos—
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si es que logramos eso mismo; pues es algo muy grande— imitemos, si podemos, a Lisias y, sobre todo, su tenacidad; pues en muchos lugares es más grande, pero porque él escribió la mayoría de sus causas sobre asuntos privados, y estas mismas para otros y sobre cosas pequeñas, parece ser más parco, ya que él mismo se limó deliberadamente para los géneros de causas menores. Quien haga esto de tal modo que, si deseara ser más rico, no pudiera, que sea considerado ciertamente orador, pero de asuntos menores; sin embargo, un gran orador debe hablar a menudo también de ese modo en tal género de causas.
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Así sucede que Demóstenes ciertamente puede hablar con suma elevación, Lisias quizás no pueda. Pero si piensan que, al hablar en defensa de Milón, debió hacerse de la misma manera que si estuviéramos hablando de un asunto privado ante un solo juez, con el ejército formado en el foro y en todos los templos que rodean el foro, miden la fuerza de la elocuencia por su propia facultad, no por la naturaleza de la materia.
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Por lo cual, puesto que ya se ha extendido el discurso de algunos, que en parte dicen que ellos mismos hablan al estilo ático y en parte que ninguno de nosotros lo hace, ignoremos a los segundos; pues la materia misma les responde suficientemente, cuando o no son llamados a las causas o, si son llamados, son objeto de burla; pues si fueran objeto de risa, eso mismo sería propio de los áticos. Pero aquellos que quieren que nosotros hablemos al estilo ático, aunque ellos mismos no profesan ser oradores, si tienen oídos refinados y un juicio inteligente, son llamados, al igual que para juzgar una pintura, incluso los ignorantes, a juzgar con cierta habilidad;
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pero si ponen la inteligencia en el fastidio de escuchar y no les deleita nada excelso y magnífico, que digan que quieren algo sutil y pulido, y que desprecian lo grande y adornado; pero que dejen de decir que solo quienes hablan sutilmente hablan al estilo ático, es decir, como si fuera seco e íntegro. Hablar amplia, adornada y copiosamente con la misma integridad es propio de los áticos.¿ Qué?¿ Es dudoso si deseamos que nuestra oratoria sea solo tolerable o también admirable? Pues ya no buscamos qué es hablar al estilo ático, sino qué es hablar de la mejor manera.
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De lo cual se entiende que, puesto que los más destacados oradores griegos fueron los que estuvieron en Atenas, y el primero de ellos es fácilmente Demóstenes, si alguien imita a este, hablará tanto al estilo ático como de la mejor manera, de modo que, puesto que los áticos nos han sido propuestos para imitar, hablar bien sea hablar al estilo ático. Pero como había un gran error sobre qué clase de género de oratoria era ese, pensé que debía emprender una labor útil para los estudiosos, aunque para mí mismo no fuera necesaria.
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Pues traduje las oraciones más nobles de los dos elocuentísimos áticos, contrarias entre sí, las de Esquines y Demóstenes; y no traduje como intérprete, sino como orador, con los mismos pensamientos y sus formas como si fueran figuras, y con palabras adaptadas a nuestra costumbre. En las cuales no tuve por necesario devolver palabra por palabra, sino que conservé todo el género de las palabras y su fuerza. Pues no pensé que debía contárselas al lector, sino como pesarlas.
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Esta labor mía logrará que nuestros hombres entiendan qué exigir de aquellos que se dicen áticos y a qué fórmula de oratoria, por así decirlo, deben reducirlos.' Pero surgirá Tucídides; pues algunos admiran su elocuencia'. Eso ciertamente es correcto; pero no tiene nada que ver con el orador que buscamos. Pues una cosa es explicar los hechos narrando, otra argumentando acusar o disolver una acusación; una cosa es mantener al oyente narrando, otra incitarlo.' Pero habla hermosamente'.
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¿ Acaso mejor que Platón? Sin embargo, es necesario que el orador que buscamos explique las controversias forenses con un género de oratoria apto para enseñar, deleitar y conmover. Por lo cual, si alguien profesa que va a defender causas en el foro con el género de Tucídides, se alejará incluso de la sospecha de lo que se trata en el ámbito civil y forense; pero si alaba a Tucídides, que atribuya nuestra opinión a la suya.
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Incluso al mismo Isócrates, a quien el divino autor Platón hizo que fuera alabado admirablemente por Sócrates en el Fedro como casi su igual, y a quien todos los doctos llamaron el máximo orador, sin embargo, no lo incluyo en este número. Pues no se mueve en la batalla ni con espada, sino que su oratoria juega como con floretes. Por mi parte, para comparar lo mínimo con lo máximo, presento al par de gladiadores más noble, Esquines con Demóstenes, como si fuera Esernino, como dice Lucilio— no un hombre sucio, sino agudo y docto—, compuesto con Pacideiano, el mejor con mucho desde que nacieron los hombres. Pues no creo que pueda pensarse nada más divino que ese orador.
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A esta labor nuestra se oponen dos géneros de críticas. Uno es este:' Los griegos lo hacen mejor'. A lo cual habría que preguntar:¿ pueden ellos mismos hacerlo mejor en latín? El otro:'¿ Por qué leería estos antes que los griegos?'. Los mismos leen la Andria y los Sinéfebos, y no menos a Terencio y Cecilio que a Menandro, y no aceptan a la Andrómaca, la Antíopa o los Epígonos latinos; pero, sin embargo, leen a Ennio, Pacuvio y Accio antes que a Eurípides y Sófocles.¿ Cuál es, pues, su fastidio hacia las oraciones traducidas del griego, cuando no hay ninguno en los versos?
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Pero abordemos ya lo que hemos emprendido, si antes exponemos qué causa fue llevada a juicio. Cuando había una ley en Atenas: QUE NADIE HICIERA UN PLEBISCITO PARA QUE ALGUIEN FUERA CORONADO EN MAGISTRATURA ANTES DE HABER RENDIDO CUENTAS; y otra ley: QUE AQUELLOS QUE FUERAN CORONADOS POR EL PUEBLO DEBIERAN SER CORONADOS EN LA ASAMBLEA; LOS QUE POR EL SENADO, EN EL SENADO. Demóstenes fue curador de la reparación de los muros y los reparó con su propio dinero; por tanto, sobre esto Ctesifonte hizo un plebiscito, sin que aquel hubiera rendido cuentas, para que fuera coronado con una corona de oro y que esa donación se hiciera en el teatro con el pueblo convocado, lugar que no es de asamblea legítima, y que así se proclamara: QUE ÉL ES CORONADO POR VIRTUD Y BENEVOLENCIA QUE ÉL TENÍA HACIA EL PUEBLO ATENIENSE.
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A este Ctesifonte, pues, llevó a juicio Esquines, porque había escrito contra las leyes, para que fuera coronado sin haber rendido cuentas y en el teatro, y porque había escrito falsedades sobre su virtud y benevolencia, siendo que Demóstenes no era un hombre bueno ni había merecido bien de la ciudad. La causa misma se aleja, ciertamente, de la fórmula de nuestra costumbre, pero es grande. Pues tiene tanto una interpretación de las leyes bastante aguda en ambas partes como una contienda ciertamente grave sobre los méritos hacia la república.
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Por tanto, la causa fue para Esquines, cuando él mismo había sido acusado de pena capital por Demóstenes por haber mentido en una embajada, que, para vengarse del enemigo, se hiciera un juicio en nombre de Ctesifonte sobre los hechos y la fama de Demóstenes. Pues no habló tanto sobre las cuentas no rendidas como sobre el hecho de que un ciudadano malvado hubiera sido alabado como el mejor.
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Esta multa pidió Esquines a Ctesifonte cuatro años antes de la muerte de Filipo de Macedonia; pero el juicio se hizo algunos años después, cuando Alejandro ya poseía Asia; a cuyo juicio se dice que hubo una concurrencia de toda Grecia.¿ Pues qué hubo tan digno de ser visto o escuchado como la contienda de los máximos oradores en una causa gravísima, precisa e inflamada por enemistades?
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Cuyas oraciones si, como espero, las hubiera expresado utilizando todas sus virtudes, es decir, los pensamientos y sus figuras y el orden de las cosas, persiguiendo las palabras hasta el punto de que no se alejen de nuestra costumbre— las cuales, si no todas habrán sido traducidas del griego, sin embargo, nos hemos esforzado para que sean del mismo género—, habrá una regla a la que se dirijan las oraciones de aquellos que quieran hablar al estilo ático. Pero basta de nosotros. Pues alguna vez escuchemos al mismo Esquines hablando en latín.