De provinciis consularibus
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Original / primary: Spanish Gemini
1
Si alguno de vosotros, padres conscriptos, espera saber qué provincias voy a proponer que se asignen, que considere por sí mismo qué hombres son los que, preferiblemente, deben ser retirados de las provincias: no dudará de lo que me conviene sentir, una vez que haya reflexionado sobre lo que me es necesario sentir. Y si yo fuera el primero en expresar esta opinión, ciertamente la alabaríais; si fuera el único, sin duda me perdonaríais; incluso si la opinión os pareciera un poco menos útil, aun así concederíais algún perdón a mi dolor. Pero ahora, padres conscriptos, me embarga un placer no pequeño, ya sea porque esto es lo que más conviene a la república, que se asignen Siria y Macedonia, de modo que mi dolor no disienta en nada de la utilidad común, o porque tengo como autor a P. Servilio, quien expresó su opinión antes que yo, un hombre ilustrísimo y de una fidelidad y benevolencia singulares, tanto hacia la república en general como hacia mi propia seguridad.
2
Pero si él, tanto hace poco como siempre que tuvo ocasión y potestad de hablar, consideró que Gabinio y Pisón, dos prodigios y casi ruinas de la república, debían ser señalados no solo por su opinión, sino también por la gravedad de sus palabras, tanto por otras causas como, sobre todo, por aquel insigne crimen suyo y su cruel hostilidad hacia mí,¿ con qué ánimo debo estar yo hacia ellos, cuya seguridad entregaron como prenda para satisfacer sus propias codicias? Pero yo, al expresar esta opinión, no cederé a mi dolor, no seré esclavo de mi ira. Con el mismo ánimo con que cada uno de vosotros debe estar hacia ellos, estaré yo: apartaré de mi opinión aquel sentimiento especial y propio de mi dolor, que sin embargo vosotros siempre habéis considerado que compartíais conmigo, y lo reservaré para el momento de la venganza.
3
Hay cuatro provincias, padres conscriptos, sobre las cuales entiendo que se han expresado opiniones hasta ahora: las dos Galias, que en este tiempo vemos unidas bajo un solo mando, y Siria y Macedonia, que aquellos cónsules pestíferos ocuparon, contra vuestra voluntad y estando vosotros oprimidos, como premios por una república pervertida. Debemos asignar dos según la ley Sempronia.¿ Qué hay que nos haga dudar sobre Siria y Macedonia? Dejo de lado que quienes ahora las poseen las obtuvieron de tal manera que no las tocaron antes de haber condenado a este orden, de haber exterminado vuestra autoridad de la ciudad, de haber vejado de la manera más infame y cruel la fe pública, la seguridad perpetua del pueblo romano, y a mí y a todos los míos.
4
Dejo de lado todos los asuntos domésticos y urbanos, que son tan graves que ni siquiera Aníbal deseó tanto mal a esta ciudad como ellos han causado. Vengo a las provincias mismas; de las cuales Macedonia, que antes estaba protegida no por torres sino por los trofeos de muchísimos generales, que desde hacía mucho tiempo estaba pacificada por muchas victorias y triunfos, es tan vejada por los bárbaros, a quienes se les arrebató la paz por causa de la avaricia, que los tesalonicenses, situados en el regazo de nuestro imperio, se ven obligados a abandonar la ciudad y fortificar la ciudadela, y que aquella vía militar nuestra que atraviesa Macedonia hasta el Helesponto no solo está infestada por las incursiones de los bárbaros, sino también marcada y señalada por los campamentos tracios. Así, aquellas gentes que, para disfrutar de la paz, habían entregado una suma de dinero a nuestro ilustre general para que pudieran rellenar sus casas agotadas, nos han declarado una guerra casi justa a cambio de la paz comprada.
5
Y ahora, aquel ejército nuestro, reunido mediante una leva soberbia y una recluta durísima, ha perecido por completo. Digo esto con gran dolor: de manera lamentable los soldados del pueblo romano han sido capturados, asesinados, abandonados y dispersados, consumidos por la incuria, el hambre, la enfermedad y la devastación, de modo que, lo que es más indigno, el crimen del general contra la patria y el ejército parece haber sido expiado. Y esta Macedonia, con las naciones vecinas ya domadas y la barbarie reprimida, pacificada por sí misma y tranquila, la protegíamos con una guarnición tenue y una mano exigua, incluso sin mando, mediante legados en nombre mismo del pueblo romano; la cual ahora ha sido tan vejada por el mando consular y el ejército que apenas puede recuperarse con una paz duradera; mientras tanto,¿ quién de vosotros no ha oído, quién ignora, que los aqueos pagan una enorme suma de dinero a L. Pisón cada año, que todo el ingreso y el portazgo de los dirracinos ha sido convertido para el lucro de este solo hombre, que la ciudad de los bizantinos, fidelísima a vosotros y a este imperio, ha sido vejada al modo de un enemigo? A donde él, después de que no pudo extraer nada de los necesitados, nada por ninguna fuerza de los miserables, envió cohortes a los cuarteles de invierno; puso al frente de ellos a quienes pensó que serían los más diligentes satélites de sus crímenes, ministros de sus codicias.
6
Omito la administración de justicia en una ciudad libre contra las leyes y los decretos del senado, dejo de lado los asesinatos, paso por alto las lujurias, de las cuales existe un testimonio amarguísimo, tanto para el recuerdo insigne de la infamia y casi para el justo odio hacia nuestro imperio, que consta que las vírgenes más nobles se arrojaron a los pozos y con una muerte voluntaria evitaron la infamia necesaria; y no omito esto porque no sean cosas gravísimas, sino porque ahora hablo sin testigo. Pero,¿ quién ignora que la ciudad misma de los bizantinos estaba repleta y adornada con estatuas? Las cuales ellos, agotados por los gastos y las guerras más grandes, cuando sostenían todos los ataques mitridáticos y todo el Ponto armado, hirviendo hacia Asia y brotando por su boca, repelido y bloqueado por sus propios cuellos, entonces, digo, los bizantinos mantuvieron y custodiaron santísimamente aquellas estatuas y los demás ornamentos de la ciudad.
7
Bajo tu mando, el más infeliz y detestable, Caesonino Calvente, la ciudad libre, y liberada por sus eximios beneficios por el senado y el pueblo romano, fue tan despojada y desnudada que, si C. Virgilio, legado, hombre valiente e inocente, no hubiera intervenido, los bizantinos no tendrían ni una sola estatua de su gran número.¿ Qué templo en Acaya, qué lugar o bosque en toda Grecia fue tan santo en el que quede algún simulacro, algún ornamento? Compraste a un bajísimo tribuno de la plebe, entonces en aquel naufragio de esta ciudad, que tú mismo, que debías gobernar, habías derribado, entonces, digo, compraste con gran dinero que te fuera lícito administrar justicia sobre los pueblos libres contra los decretos del senado y contra la ley de tu yerno: lo que compraste lo vendiste de tal manera que o no administrabas justicia o arruinabas a ciudadanos romanos con sus bienes.
8
De nada de esto hablo, padres conscriptos, ahora sobre el hombre mismo: discuto sobre la provincia. Por tanto, paso por alto todas aquellas cosas que a menudo habéis oído y tenéis en vuestras mentes, incluso si no las oís ahora. No hablo nada de esta audacia suya urbana, que él, presente, fijó en vuestras mentes y ojos; no discuto nada sobre su soberbia, nada sobre su contumacia, nada sobre su crueldad; que permanezcan ocultas aquellas sus lujurias tenebrosas, que cubría con la frente y las cejas, no con pudor y templanza: discuto sobre lo que se trata respecto a la provincia.¿ No os someteréis a esto?¿ Permitiréis que permanezca más tiempo? Cuya fortuna, tan pronto como tocó la provincia, compitió con su maldad de tal manera que nadie podría juzgar si era más descarado o más infeliz.
9
¿ O es que en Siria debe retenerse más tiempo a aquella Semíramis? Cuyo viaje a la provincia fue de tal modo que el rey Ariobarzanes contrataba a vuestro cónsul para cometer asesinatos como si fuera algún tracio; después, su llegada a Siria tuvo primero la destrucción de la caballería, luego fueron masacradas las mejores cohortes. Por tanto, en Siria, bajo aquel general, nunca se hizo otra cosa que pactos de dinero con tiranos, decisiones, saqueos, latrocinios, asesinatos, mientras abiertamente el general del pueblo romano, con el ejército formado, extendiendo la mano derecha, no exhortaba a los soldados a la gloria, sino que gritaba que todo estaba comprado y por comprar para él.
10
Y ahora, a los miserables publicanos—¡ y miserable yo también por las miserias y el dolor de aquellos que tanto merecieron de mí!— los entregó en servidumbre a los judíos y sirios, naciones nacidas para la servidumbre. Decidió desde el principio, y en ello perseveró, no administrar justicia al publicano; rescindió los pactos hechos sin ninguna injusticia; eliminó las custodias; liberó a muchos de los que pagaban impuestos y tributos; en cualquier ciudad en la que él estuviera o a la que llegara, prohibió que hubiera un publicano o un esclavo de un publicano.¿ Para qué decir más? Sería considerado cruel si hubiera tenido el mismo ánimo hacia los enemigos que el que tuvo hacia los ciudadanos romanos, especialmente hacia aquel orden que siempre ha sido sostenido por la benignidad de los magistrados en favor de su dignidad.
11
Por tanto, padres conscriptos, veis que los publicanos no han sido afligidos y arruinados casi por la temeridad de su inversión o por la ignorancia de gestionar el negocio, sino por la avaricia, la soberbia y la crueldad de Gabinio: a quienes, ciertamente, es necesario que vosotros ayudéis en estos apuros del erario, aunque ya no podáis ayudar a muchos, que por culpa de aquel enemigo del senado, el más hostil al orden ecuestre y a todos los hombres de bien, han perdido no solo sus bienes sino también su honestidad, a quienes ni la parsimonia, ni la continencia, ni la virtud, ni el trabajo, ni el esplendor pudieron proteger contra la audacia de aquel glotón y saqueador.
12
¿ Qué?¿ Permitiremos que perezcan aquellos que incluso ahora se sostienen con los subsidios de su patrimonio o la liberalidad de sus amigos?¿ O si alguien no pudo disfrutar de lo público por culpa del enemigo, este está protegido por la ley censoria misma: a quien no permite disfrutar aquel que es, aunque no se le llame, un enemigo,¿ no es oportuno que se le lleve ayuda? Retened, pues, en la provincia más tiempo a aquel que hace pactos sobre los aliados con los enemigos, sobre los ciudadanos con los aliados, que incluso piensa que él es más valioso que su colega porque aquel os engañó con su tristeza y su rostro, mientras que él mismo nunca simuló ser menos vil de lo que era. Pisón, por su parte, se jacta de otra manera de haber logrado en poco tiempo que C. Gabinio no fuera considerado el único más vil de todos.
13
¿ No pensaríais que estos deben ser arrancados de las provincias, si no debieran ser retirados en algún momento?¿ Y retendríais estas dobles plagas de los aliados, estas ruinas de los soldados, estas ruinas de los publicanos, estas devastaciones de las provincias, estas manchas del imperio? Pero vosotros mismos, el año anterior, los llamabais a estos mismos, cuando habían llegado a las provincias: momento en el cual, si vuestro juicio hubiera sido libre y el asunto no se hubiera dilatado tantas veces ni al final arrebatado de vuestras manos, habríais restituido, lo que deseabais, vuestra autoridad, llamando a aquellos por quienes se había perdido, y arrebatándoles esos mismos premios que habían obtenido por el crimen y la ruina de la patria.
14
Y si por aquel castigo escaparon entonces gracias a los recursos de otros, no a los suyos, contra vuestra voluntad, al menos sufrieron otro mucho mayor y más grave. Pues,¿ qué castigo más grave pudo ocurrirle a un hombre en quien hay algún pudor, si no por la fama, al menos por el miedo al suplicio, que no ser creído en aquellas cartas que anunciaban que la república había sido bien gestionada en la guerra? Esto decidió el senado, cuando en sesión numerosa denegó la suplicación a Gabinio: primero, que a un hombre contaminado con crímenes y flagicios no se le debe creer nada; segundo, que por un traidor, y a quien había reconocido como enemigo presente de la república, no pudo haber sido bien gestionada la república; finalmente, que ni siquiera los dioses inmortales querían que se abrieran sus templos y se les suplicara en nombre de un hombre impurísimo y criminal. Por tanto, aquel otro o es un hombre docto y sutilmente educado por sus griegos, con quienes ahora se da banquetes en la exostra, antes solía hacerlo detrás del telón, o tiene amigos más prudentes que Gabinio, de quien no se presentan cartas.
15
¿ Tendremos, pues, a estos generales? De los cuales uno no se atreve a hacernos saber por qué es llamado general, y el otro, si los correos no han cesado, es necesario que en pocos días se arrepienta de atreverse: cuyos amigos, si es que hay alguno, o si puede haber amigos para una bestia tan inmensa y tan detestable, usan este consuelo, que este orden también denegó la suplicación a T. Albucio. Lo cual es primero desemejante, que el asunto en Cerdeña fuera gestionado contra unos ladronzuelos vestidos con pieles por un propretor con una sola cohorte auxiliar, y que la guerra con las mayores naciones de Siria y tiranos fuera terminada con un ejército y mando consular. Después, Albucio, lo que pedía al senado, se lo había decretado él mismo en Cerdeña antes; pues constaba que el hombre griego y ligero había triunfado casi en la provincia misma, y por tanto el senado señaló esta temeridad suya denegándole la suplicación.
16
Pero que disfrute ciertamente de este consuelo y piense que esta insigne ignominia( puesto que ha sido marcada a uno solo además de él) es más leve, siempre que espere el final de aquel con cuyo ejemplo se consuela, especialmente cuando en Albucio no hubo las lujurias de Pisón ni la audacia de Gabinio y, sin embargo, cayó por este único golpe: la ignominia del senado.
17
Y sin embargo, quien decreta las dos Galias a los dos cónsules, retiene a ambos; pero quien decreta una Galia y o Siria o Macedonia, sin embargo retiene a uno y hace una condición desigual en el igual crimen de ambos. Haré, dice, aquellas pretorias, para que se suceda a Pisón y Gabinio inmediatamente.¡ Si este lo permitiera! Pues entonces el tribuno podrá interceder, ahora no puede. Por tanto, yo mismo, que ahora decreto Siria y Macedonia a los cónsules que serán designados, decretaré las mismas como pretorias, para que también los pretores tengan provincias anuales y veamos cuanto antes a aquellos a quienes no podemos ver con ánimo ecuánime. Pero, creedme, nunca se les sucederá, a menos que se presente con aquella ley por la cual no sea lícito interceder sobre las provincias. Por tanto, perdido este tiempo, debéis esperar un año entero; transcurrido el cual, se propaga la calamidad de los ciudadanos, la angustia de los aliados, la impunidad de los hombres más criminales.
18
Pero si ellos fueran hombres óptimos, aun así yo en mi opinión no pensaría que todavía debe sucederse a C. César. Sobre lo cual diré, padres conscriptos, lo que siento, y no temeré aquella interpelación de mi familiarísimo, por la cual hace poco fue interrumpido mi discurso. Dice el hombre óptimo que yo no debería ser más enemigo de Gabinio que de César: que toda aquella tempestad a la que cedí fue excitada por impulso y ayuda de César. A lo cual, si primero respondiera así, que tengo en cuenta la utilidad común, no mi dolor,¿ podría probarlo, cuando digo que hago lo que podría hacer siguiendo el ejemplo de los ciudadanos más valientes e ilustres?¿ O es que Ti. Graco— hablo del padre, cuyos hijos ojalá no hubieran degenerado de la gravedad paterna!— obtuvo tanta alabanza, quienes como tribuno de la plebe fue el único de todo aquel colegio en ayuda de L. Escipión, siendo su mayor enemigo y el de su hermano Africano, y juró en la asamblea que no había vuelto a la amistad, sino que le parecía ajeno a la dignidad del imperio que, mientras Escipión triunfaba, los líderes de los enemigos fueran conducidos,¿ que el mismo que había triunfado fuera conducido?
19
¿ Quién estuvo más lleno de enemigos que C. Mario? L. Craso, M. Escauro eran ajenos, todos enemigos de Metelo: pero ellos no solo no lo retiraban de la Galia con sus opiniones, sino que le decretaban la provincia fuera de orden por razón de la guerra gálica. La guerra en la Galia ha sido gestionada de manera máxima; han sido domadas por César naciones máximas, pero todavía no vinculadas por leyes, todavía no por derecho cierto, todavía no por una paz suficientemente firme. Vemos la guerra afectada y, para decir la verdad, casi terminada, pero de tal manera que, si el mismo que la comenzó persigue los extremos, veamos ya todo perfecto; si se le sucede, existe el peligro de que oigamos que los restos de la guerra máxima han sido restaurados y renovados. Por tanto, yo, senador— enemigo, si así lo queréis, del hombre—, debo ser amigo, como siempre he sido, de la república.
20
¿ Qué? Si depongo las enemistades mismas por causa de la república,¿ quién me reprenderá finalmente con derecho? Especialmente cuando yo siempre he considerado que los ejemplos de todos mis consejos y hechos deben ser buscados en los hechos de los hombres más grandes.¿ O es que aquel M. Lépido, que fue dos veces cónsul y pontífice máximo, no fue alabado no solo por el testimonio de la memoria, sino también por las letras de los anales y la voz del sumo poeta porque, el día que fue hecho censor, volvió inmediatamente a la amistad con su colega M. Fulvio, hombre enemiguísimo, para que defendieran el oficio común de la censura con ánimo y voluntad comunes?
21
Y para dejar de lado las antiguas, que son innumerables,¿ tu padre, Filipo, no volvió a la amistad con sus mayores enemigos en un mismo tiempo? A quienes todos ellos los reconcilió la misma república que los había alienado.
22
Omito muchas cosas, porque veo aquí presentes a estas luces y ornamentos de la república, P. Servilio y M. Lúculo.¡ Ojalá también L. Lúculo estuviera sentado allí!¿ Qué enemistades fueron más graves en la ciudad que las de los Lúculos y Servilio? Las cuales, en hombres valientísimos, no solo las extinguió la utilidad de la república y la dignidad de ellos mismos, sino que también las condujo a la amistad y la costumbre.¿ Qué?¿ Q. Metelo Nepote, siendo cónsul en el templo de Júpiter óptimo máximo, conmovido tanto por vuestra autoridad como por la increíble gravedad de hablar de aquel P. Servilio,¿ no volvió a la amistad conmigo, estando ausente, con su mayor beneficio?¿ O puedo yo ser enemigo de aquel cuyos oídos son celebrados diariamente por mis cartas, fama y noticias con nuevos nombres de gentes, naciones y lugares?
23
Ardo, creedme, padres conscriptos— lo que vosotros mismos pensáis de mí y hacéis vosotros mismos—, con un increíble amor a la patria, amor que me obligó a ayudar en otro tiempo ante peligros máximos inminentes con riesgo de mi vida y, de nuevo, cuando veía que todas las armas estaban dirigidas por todas partes contra la patria, a someterme y a recibir el golpe uno por todos. Este mi ánimo antiguo y perenne hacia la república me reduce, me reconcilia, me restituye a la amistad con C. César.
24
Que los hombres piensen finalmente lo que quieran: yo no puedo ser no amigo de nadie que merezca bien de la república. Pues, en efecto, si a aquellos que quisieron destruir todo esto con fuego y hierro no solo les declaré enemistades sino también la guerra, cuando en parte sus familiares y en parte incluso yo, defendiéndolos, fuimos liberados de juicios capitales,¿ por qué la misma república que pudo inflamarme hacia los amigos no puede aplacarme hacia los enemigos?¿ Qué odio tuve con P. Clodio, sino que pensaba que sería un ciudadano pernicioso para la patria, quien, encendido por la más vergonzosa lujuria, había violado dos cosas santísimas, la religión y el pudor, con un solo crimen?¿ Es, pues, dudoso, por las cosas que él hizo y hace diariamente, que yo, al atacarlo, he mirado más por la república que por mi tranquilidad, y que algunos, al defenderlo, han mirado más por su tranquilidad que por la común?
25
Confieso que discrepé de C. César en la república y que sentí con vosotros; pero ahora asiento a los mismos vosotros con quienes sentía antes. Pues vosotros, a quienes L. Pisón no se atreve a enviar cartas sobre sus asuntos, que condenasteis las cartas de Gabinio con una nota insigne y una ignominia nueva, decretasteis suplicaciones a C. César en número como a nadie por una guerra, y en honor como absolutamente a nadie.¿ Por qué, pues, esperaría a algún hombre que me reduzca a la amistad con él? Me redujo el orden amplísimo, y el orden que es autor y príncipe tanto del consejo público como de todos mis consejos. Os sigo, padres conscriptos, os obedezco, os asiento, quienes, mientras no apreciabais mucho los consejos de C. César en la república, me veíais también menos unido a él: después de que cambiasteis vuestras mentes y voluntades por sus hechos, me visteis no solo ser compañero de vuestra opinión sino también su alabador.
26
Pero,¿ qué es lo que en esta causa los hombres admiran y reprenden más de mi consejo, cuando yo mismo antes decreté muchas cosas que pertenecían más a la dignidad del hombre que a la necesidad de la república? Decreté una suplicación de quince días por mi opinión. Para la república bastaban tantos días como para C. Mario; para los dioses inmortales no era pequeña la misma gratulación que por las guerras máximas; por tanto, aquel cúmulo de días fue tributado a la dignidad del hombre.
27
En lo cual yo, bajo cuyo consulado se decretó por primera vez una suplicación de diez días a Cn. Pompeyo tras la muerte de Mitrídates y la finalización de la guerra mitridática, y por cuya opinión se duplicó por primera vez la suplicación consular— pues me disteis la razón cuando, leídas las cartas del mismo Pompeyo, terminadas todas las guerras marítimas y terrestres, decretasteis una suplicación de diez días—, admiré la virtud y la magnitud de ánimo de Cn. Pompeyo, porque, siendo él mismo preferido a todos los demás con todo honor, tributaba un honor más amplio a otro del que él mismo había obtenido. Por tanto, en aquella suplicación que yo decreté, el asunto mismo fue tributado a los dioses inmortales y a las instituciones de los mayores y a la utilidad de la república, pero la dignidad de las palabras, el honor y la novedad y el número de días fueron concedidos a la alabanza y gloria de César mismo.
28
Se nos informó hace poco sobre el estipendio del ejército: no solo lo decreté, sino que también trabajé para que vosotros lo decretarais, respondí a los que disentían en muchas cosas, estuve presente en la redacción. Entonces también tributé al hombre más de lo que no sé qué necesidad. Pues pensaba que él podía retener el ejército incluso sin este subsidio de dinero con el botín ya obtenido y terminar la guerra; pero no pensé que aquel decoro y ornamento del triunfo debiera ser disminuido por nuestra parsimonia. Se trató sobre los diez legados, a quienes otros no daban en absoluto, otros buscaban ejemplos, otros diferían el tiempo, otros daban sin ningún ornamento de palabras: en ese asunto también hablé de tal manera que todos entendieran que hacía lo que sentía por causa de la república más abundantemente por la dignidad de César mismo.
29
Pero yo mismo ahora, al decretar las provincias, que gestioné todos aquellos asuntos en silencio, soy interpelado, cuando en las causas anteriores los ornamentos del hombre fueron de ayuda, en esta nada más que la razón de la guerra, nada más que la suma utilidad de la república me mueve. Pues César mismo,¿ qué hay por lo que quiera demorarse en la provincia, sino para entregar a la república terminadas aquellas cosas que fueron afectadas por él? La amenidad, creo, de los lugares, la belleza de las ciudades, la humanidad y el encanto de aquellos hombres y naciones, la codicia de victoria, la propagación de los límites del imperio lo retienen.¿ Qué puede encontrarse más áspero que aquellas tierras, qué más inculto que las ciudades, qué más inmenso que las naciones, qué, además, más preferible que tantas victorias, qué más lejos que el Océano?¿ O es que el regreso a la patria tiene alguna ofensa?¿ Acaso ante el pueblo por el que fue enviado, o ante el senado por el que fue adornado?¿ O es que los días aumentan su deseo, o más bien el olvido, y aquel laurel obtenido con grandes peligros pierde su verdor con un largo intervalo? Por tanto, si algunos no aprecian al hombre, no hay nada por lo que lo llamen de la provincia: lo llaman a la gloria, al triunfo, a la gratulación, al sumo honor del senado, a la gracia del orden ecuestre, al cariño del pueblo.
30
Pero si él no se apresura a disfrutar de esta fortuna tan eximia por la utilidad de la república, para terminar todas aquellas cosas,¿ qué debo hacer yo, senador, a quien, incluso si él quisiera otra cosa, le correspondería consultar por la república? Yo, en verdad, entiendo así, padres conscriptos, que nosotros en este tiempo, al decretar las provincias, debemos tener en cuenta la paz perpetua. Pues,¿ quién no siente esto, que todas las demás cosas están vacías para nosotros de todo peligro e incluso de sospecha de guerra?
31
Desde hace mucho tiempo vemos aquel mar inmenso, cuya furia no solo los cursos marítimos sino también las ciudades y las vías militares ya estaban retenidas, por la virtud de Cn. Pompeyo, ser retenido por el pueblo romano desde el Océano hasta el último Ponto como un puerto seguro y cerrado; aquellas naciones, que por el número de hombres y la multitud misma podían redundar en nuestras provincias, ser en parte cortadas y en parte reprimidas por el mismo, de modo que Asia, que antes terminaba nuestro imperio, ahora esté rodeada por tres nuevas provincias. Puedo hablar de toda región, de todo género de enemigos: no hay nación que no haya sido o bien eliminada de tal manera que apenas exista, o bien domada de tal manera que descanse, o bien pacificada de tal manera que se alegre de nuestra victoria y mando.
32
La guerra gálica, padres conscriptos, ha sido gestionada bajo el mando de C. César, antes solo repelida. Nuestros generales siempre pensaron que aquellas naciones debían ser rechazadas más bien con la guerra que provocadas. Aquel mismo C. Mario, cuya divina y eximia virtud ayudó a los grandes lutos y funerales del pueblo romano, reprimió las máximas fuerzas de los galos que influían en Italia, no penetró él mismo hasta sus ciudades y sedes. Hace poco, aquel compañero de mis trabajos, peligros y consejos, C. Pomptino, hombre valientísimo, rompió en batallas la guerra de los alóbroges que surgió de repente y fue excitada por esta conjuración criminal, y domó a quienes habían provocado, y contento con esa victoria, liberada la república del miedo, descansó. Veo que la razón de C. César ha sido muy otra; pues no pensó que debía guerrear solo con aquellos a quienes ya veía armados contra el pueblo romano, sino que toda la Galia debía ser reducida a nuestra jurisdicción.
33
Por tanto, luchó con las naciones más agudas y las máximas batallas de los germanos y helvecios de manera felicísima, a las demás las aterrorizó, las obligó, las domó, las acostumbró a obedecer al mando del pueblo romano, y las regiones y gentes que ninguna letra, ninguna voz, ninguna fama nos había hecho conocidas antes, estas las recorrieron nuestro general y nuestro ejército y las armas del pueblo romano. Antes solo teníamos un sendero de la Galia, padres conscriptos; las demás partes estaban retenidas por gentes o enemigas de este imperio o infieles o desconocidas o ciertamente inmensas, bárbaras y belicosas; naciones que nunca hubo nadie que no deseara que fueran rotas y domadas. Nadie pensó sabiamente sobre nuestra república, ya desde el principio de este imperio, que no pensara que la Galia debía ser temida sobre todo por este imperio; pero por la fuerza y la multitud de aquellas gentes nunca antes se luchó con todas. Siempre resistimos provocados: ahora finalmente se ha logrado que el extremo de nuestro imperio y de aquellas tierras fuera el mismo.
34
La naturaleza había fortificado Italia con los Alpes antes, no sin algún numen divino; pues si aquel acceso hubiera estado abierto a la inmensidad y multitud de los galos, esta ciudad nunca habría ofrecido domicilio y sede al sumo imperio.¡ Que ya se asienten! Pues no hay nada más allá de aquella altitud de los montes hasta el Océano que sea de temer para Italia. Pero, sin embargo, uno y otro verano puede, ya sea por miedo, por esperanza, por castigo, por premios, por armas o por leyes, atar toda la Galia con vínculos sempiternos: pero si se dejan las cosas sin pulir y amargas, aunque han sido cortadas, sin embargo se levantarán algún día y reverdecerán para renovar la guerra.
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Por tanto, que la Galia esté bajo la tutela de aquel a cuya fe, virtud y felicidad ha sido encomendada. Quien, si adornado con los premios más amplios de la Fortuna no quisiera hacer más a menudo el peligro de esa diosa, si se apresurara a volver a la patria, a los dioses penates, a aquella dignidad que ve propuesta para sí en la ciudad, a sus hijos amadísimos, a su ilustrísimo yerno, si deseara ser llevado al Capitolio como vencedor con aquel insigne laurel, si finalmente temiera algún azar, que ya no puede añadirle tanto como quitarle, aun así nos correspondería querer que todas aquellas cosas fueran terminadas por el mismo por quien fueron derrotadas: cuando, en verdad, él hace tiempo que ha satisfecho su gloria, pero todavía no la de la república, y prefiere, sin embargo, llegar más tarde a los frutos de sus trabajos que no completar el cargo asumido de la república, no debemos llamar al general encendido para gestionar bien la república ni perturbar e impedir toda la razón de la guerra gálica casi ya explicada.
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Pues aquellas opiniones de hombres ilustrísimos no deben ser aprobadas en absoluto, de los cuales uno decreta la Galia ulterior con Siria, el otro la citerior. Quien la ulterior, perturba todas aquellas cosas sobre las que discurrí hace poco; al mismo tiempo muestra que él tiene aquella ley que niega que sea ley, y que la parte de la provincia que no puede ser intercedida, esta la arranca, la que tiene defensor, no la toca; al mismo tiempo hace también esto, que lo que le fue dado por el pueblo, eso no lo viole, lo que el senado dio, eso el senador se apresure a quitar. El otro tiene la razón de la guerra gálica, cumple el oficio de buen senador, la ley que no piensa, esa también la guarda; pues predefine el día al sucesor. Aunque a mí nada me parece más ajeno a la dignidad y disciplina de los mayores que el que, quien debe tener la provincia el primero de enero, parezca tenerla desposada, no decretada.
37
Habrá estado en todo el consulado sin provincia quien, antes de ser designado, tuvo la provincia decretada.¿ Sorteará o no? Pues es absurdo no sortear, y no tener lo que has sorteado.¿ Partirá con paludamento?¿ A dónde? A donde no será lícito llegar antes de un día cierto. En enero, en febrero no tendrá provincia: el primero de marzo le nacerá de repente la provincia.
38
Y, sin embargo, Pisón permanecerá en la provincia con estas sentencias. Y si bien esto es grave, nada es más grave que aquello: que se ordene multar a un comandante con la reducción de su provincia es un ultraje, y no solo para un hombre de la más alta jerarquía, sino incluso para uno de rango medio; hay que procurar que esto no suceda. Comprendo, padres conscriptos, que muchos de ustedes han decretado honores extraordinarios y casi singulares para C. César. Si lo hicieron por gratitud, porque así lo merecía, fueron sabios y divinos; si lo hicieron además para que estuviera lo más unido posible a este orden, fueron sabios y divinos. Este orden nunca ha acogido con sus honores y beneficios a nadie que haya considerado una dignidad más valiosa que aquella que había obtenido a través de ustedes. Nadie aquí ha podido ser nunca un líder si ha preferido ser un demagogo. Pero los hombres, ya sea por desconfianza en sí mismos debido a su propia indignidad, o por la envidia de los demás, al ser apartados de la unión con este orden, a menudo se han visto obligados, casi por necesidad, a arrojarse desde este puerto a aquellos oleajes; si, tras esa agitación y carrera popular, una vez gestionada bien la cosa pública, vuelven la mirada hacia la curia y desean ser encomendados a esta amplísima dignidad, no solo no deben ser rechazados, sino incluso buscados.
39
Somos advertidos por un hombre valerosísimo y el mejor cónsul que se recuerda, para que procuremos que la Galia Citerior no sea asignada, contra nuestra voluntad, a nadie después de los cónsules que ahora serán designados, y que no sea retenida perpetuamente en el futuro por aquellos que ataquen a este orden mediante un método popular y turbulento. Aunque no menosprecio este golpe, padres conscriptos, especialmente advertido por un cónsul sapientísimo y un guardián diligente de la paz y el ocio, sin embargo, considero que es mucho más temible si disminuyo el honor de hombres ilustrísimos y poderosísimos o si rechazo su celo hacia este orden. Pues no puedo ser inducido de ninguna manera a sospechar que C. Julio, habiendo sido adornado por el senado con todos los asuntos extraordinarios o nuevos, entregue por sus manos esta provincia a quien ustedes menos deseen, a través de cuyo orden él mismo ha alcanzado la más amplia gloria, y que no le deje ni siquiera la libertad. Finalmente, no sé con qué ánimo estará cada uno: veo lo que espero. Debo garantizar esto como senador, en la medida de lo posible, para que ningún hombre ilustre o poderoso parezca poder estar justamente enfadado con este orden.
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Y esto, incluso si fuera el mayor enemigo de C. César, lo sentiría por el bien de la cosa pública. Pero no considero ajeno, para que no sea interrumpido a menudo por algunos o reprendido por la opinión de los silenciosos, explicar brevemente cuál es mi relación y causa con César. Y primero omito aquel tiempo de familiaridad y trato que tuve con él, que tuvo mi hermano y que tuvo C. Varrón, nuestro primo, desde la juventud de todos nosotros. Después de que me introduje profundamente en la cosa pública, discrepé de él de tal manera que, en la disyunción de la opinión, permanecimos unidos por la amistad.
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Aquel cónsul llevó a cabo los asuntos de los que quiso que yo fuera partícipe; si yo discrepaba menos de ellos, sin embargo, su juicio debía serme grato. Él me pidió que aceptara el triunvirato; quiso que estuviera entre los tres consulares más cercanos a él; me ofreció la legación que yo quisiera, con el honor que yo quisiera. Todo lo cual rechacé, no con ánimo ingrato, sino con cierta obstinación de criterio. No discuto cuán sabiamente; pues a muchos no les parecerá bien; ciertamente, con constancia y valentía, pues pudiendo protegerme con los recursos más firmes contra la maldad de mis enemigos y repeler los ataques populares con una protección popular, preferí aceptar cualquier fortuna, soportar la violencia y la injusticia, antes que disentir de sus mentes santísimas o apartarme de mi posición. Pero no solo debe ser agradecido quien recibió un beneficio, sino también aquel que tuvo la potestad de recibirlo. Yo no consideraba que aquellos ornamentos con los que él me adornaba fueran adecuados para mí ni convenientes a los asuntos que había realizado; ciertamente sentía que él me tenía con ánimo amistoso en el mismo lugar que al príncipe de los ciudadanos, su yerno.
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Trasladó a la plebe a mi enemigo, ya sea enfadado conmigo porque veía que yo no podía unirme a él ni siquiera en los beneficios, o bien persuadido. Ni siquiera esto fue una injusticia. Pues después, no solo me persuadió, sino que me pidió que fuera su legado. Ni siquiera eso acepté; no porque lo considerara ajeno a mi dignidad, sino porque no sospechaba que tanta maldad contra la cosa pública se cernía por parte de los cónsules siguientes. Por tanto, hasta ahora tengo más que temer que mi soberbia sea reprendida en su liberalidad, que su injusticia en nuestra amistad.
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¡ He aquí aquella tempestad, tinieblas de los hombres de bien y miedo repentino e imprevisto, sombras de la cosa pública, ruina e incendio de la ciudad, terror inyectado a César sobre sus actos, miedo a la matanza para todos los hombres de bien, la maldad de los cónsules, la codicia, la indigencia, la audacia! Si no fui ayudado, no debí serlo; si fui abandonado, tal vez se proveyó a sí mismo; si incluso fui atacado, como algunos piensan o quieren, se violó la amistad, recibí una injusticia, debí ser enemigo, no lo niego: pero si ese mismo hombre quiso entonces que yo estuviera a salvo cuando ustedes me echaban de menos como a un hijo queridísimo, y si ustedes mismos pensaban que la voluntad de César no era ajena a mi salvación, y si tengo como testigo de esa voluntad a su yerno, quien también incitó a Italia en los municipios, al pueblo romano en la asamblea y a ustedes, siempre deseosos de mi bienestar, en el Capitolio para mi salvación, si finalmente Cneo Pompeyo es mi testigo sobre la voluntad de César y su garante sobre la mía,¿ no les parece que, tanto por el recuerdo del último tiempo como por la memoria del más reciente, debería, si no puedo arrancarlo de la naturaleza de las cosas, al menos borrar de mi ánimo aquel tristísimo tiempo intermedio?
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Yo, en verdad, si no me está permitido por algunos jactarme de haber cedido mi dolor y mis enemistades a la cosa pública, si esto parece propio de un hombre grande y muy sabio, usaré esto, que no vale tanto para obtener alabanza como para evitar la censura: que soy un hombre agradecido y que me conmueve no solo tan grandes beneficios, sino incluso la benevolencia moderada de los hombres. Pido a algunos hombres valerosísimos y que han merecido muy bien de mí que, si no quise que fueran partícipes de mis trabajos y contratiempos, no quieran ellos que yo sea socio de sus enemistades, especialmente cuando esos mismos me han concedido que pueda defender, ya por mi propio derecho, incluso aquellos actos de César que antes ni ataqué ni defendí.
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Pues los hombres más importantes de la ciudad, con cuyo consejo conservé la cosa pública y con cuya autoridad evité aquella unión con César, dicen que las leyes Julias y las demás propuestas bajo aquel consulado fueron promulgadas ilegalmente: los mismos decían que aquella proscripción de mi cabeza fue propuesta contra la salvación de la cosa pública, pero a salvo los auspicios. Por tanto, un hombre de la más alta autoridad y elocuencia dijo gravemente que aquel infortunio mío fue un funeral para la cosa pública, pero un funeral justo y convocado. Para mí mismo es, en general, muy honorífico que mi partida sea llamada funeral de la cosa pública: no repruebo lo demás, pero lo asumo para lo que siento. Pues si se atrevieron a decir que aquello fue propuesto legalmente, lo cual no pudo hacerse por ningún precedente, ni fue permitido por ninguna ley, porque nadie había observado el cielo,¿ estaban olvidados entonces, cuando aquel que lo había hecho fue hecho plebeyo por ley curiada, de que se decía que el cielo había sido observado? Si él no pudo ser plebeyo en absoluto,¿ cómo pudo ser tribuno de la plebe? Y si su tribunado es válido, no hay nada que pueda ser nulo de los actos de César,¿ no parecerán válidos no solo su tribunado, sino también sus asuntos más perniciosos, conservada la religión de los auspicios, promulgados legalmente?
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Por lo cual, o deben decidir que la ley Elia permanece, que la ley Fufia no ha sido abrogada, que no está permitido promulgar leyes en todos los días fastos; que, cuando se promulga una ley, está permitido observar el cielo, anunciar presagios, interceder; que el juicio y la nota censoria y aquel magisterio de las costumbres más severo no han sido eliminados de la ciudad por leyes nefandas; que si un patricio fue tribuno de la plebe, fue contra las leyes sagradas, y si un plebeyo, contra los auspicios; o deben concederme que no busque en los asuntos buenos aquellos derechos que ellos mismos no buscan en los perdidos, especialmente cuando se le ha ofrecido a C. César en varias ocasiones la condición de que promulgara los mismos asuntos de otra manera, condición bajo la cual buscaban los auspicios y aprobaban las leyes; en Clodio, la razón de los auspicios es la misma, todas las leyes han sido derribadas y la ciudad perdida.
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Lo último es esto. Yo, si tuviera enemistades con C. César, debería, sin embargo, en este momento velar por la cosa pública y reservar las enemistades para otro tiempo; podría incluso, siguiendo el ejemplo de los hombres más importantes, deponer las enemistades por causa de la cosa pública. Pero como nunca hubo enemistades y la opinión de la injusticia ha sido extinguida por el beneficio, mi opinión, padres conscriptos, es que si se trata de la dignidad de César, la atribuiré al hombre; si de cierto honor, velaré por la concordia del senado; si de la autoridad de sus decretos, mantendré la constancia del orden al adornar al mismo comandante; si de la razón perpetua de la guerra gálica, proveeré a la cosa pública; si de algún deber privado mío, demostraré que no soy ingrato. Y esto quisiera probarlo a todos, padres conscriptos; pero llevaré con mucha ligereza si por casualidad no lo pruebo a aquellos que protegieron a mi enemigo resistiéndose a su autoridad, o a aquellos, si es que hay alguno, que critiquen mi reconciliación con su enemigo, cuando ellos mismos no han dudado en reconciliarse tanto con mi enemigo como con el suyo.