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In L. Calpurnium Pisonem
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Original / primary: Spanish Gemini
fr1
¡ Oh, dioses inmortales!¡ Qué día ha amanecido para mí, padres conscriptos, tan anhelado, al ver este portento de este lugar, este monstruo de la ciudad, este prodigio del Estado!
fr2
Por mi parte, nada deseaba más; vosotros quizás hubierais preferido oír que ese individuo había sido consumido por el tormento o sumergido en las olas.
fr3
La perturbación de su mente, una especie de tiniebla derramada por sus crímenes y las antorchas ardientes de las Furias lo han incitado.
fr4
¿ En qué escollo no ha encallado ese hombre, contra qué dardo no se ha precipitado?
fr5
¿ Qué se ha atrevido a negar o, mejor dicho, qué no ha confesado?
fr6
¿ Qué hay más inerte, más sórdido, más inicuo, más afeminado, más estúpido, más abstruso que él?
fr7
Turbulento, sedicioso, faccioso, pernicioso.
fr8
¿ Qué mínima muestra de ingenio hay en ti?¿ De ingenio, digo? Más bien de hombre ingenuo y libre: tú, que por tu propio color desprecias a la patria, por tu lenguaje a tu linaje y por tus costumbres a tu nombre.
fr9
Esto no pretende menospreciar a Plasencia, de donde él suele gloriarse de proceder; ni mi naturaleza me lleva a ello, ni la dignidad del municipio, que tanto ha merecido de mí, lo permite.
fr10
Este, al partir de su casa, se estableció por azar en Plasencia, y pocos años después ascendió a esa ciudadanía, pues entonces la tenía. Pues primero empezó a ser considerado galo, luego galicano y, finalmente, placentino.
fr11
Hubo un tal ínsubro, a la vez mercader y pregonero: cuando este llegó a Roma con su hija, se atrevió a dirigirse a un joven noble, hijo de aquel hombre tan ladrón que fue Cesonino, y le entregó a su hija. Dicen que lo llamaban Calvencio. Entregó a su hija a un hombre voluble y advenedizo.
fr12
Aquel abuelo ínsubro adoptó al mayor para sí.
fr13
Tu padre tuvo un suegro más distinguido que Cayo Pisón en aquel mi duelo. Pues a él entregué a mi hija, a quien yo, si hubiera tenido entonces el poder sobre todos, habría elegido preferentemente por encima de cualquier otro.
fr14
Que tu madre, traída no sé de qué tierras, te haya parido como a una bestia de su vientre, no como a un hombre. La que te arrojó de su útero como a una fiera, no como a un hombre.
fr15
Cuando todo tu parentesco es transportado en un carro.
fr16
Todo eso es simulado, fingido, maquillado.
fr17
Creí que era un hombre austero, creí que era serio, creí que era grave, pero veo a un adúltero, veo a un libertino, veo a alguien que oculta sus pasiones bajo el amparo de las paredes, en la sordidez de sus amigos, en las tinieblas. Creí que era grave, veo a un adúltero, veo a un libertino.
fr18
Y nadie se atrevía a sentarse junto a Gabinio ni a hablarle en la curia.
fr19
¿ Qué decir de que el infeliz, cuando no podía hablar, no podía callar?
1
¿ Ya ves, bestia, ya sientes cuál es la queja de los hombres sobre tu rostro? Nadie se queja de que un tal Siro, del rebaño de los recién llegados, haya sido hecho cónsul. Pues no nos engañaron ese color servil, ni las mejillas velludas, ni los dientes podridos; los ojos, las cejas, la frente, en fin, todo el rostro, que es una especie de lenguaje silencioso de la mente, esto es lo que impulsó a los hombres al engaño, esto es lo que engañó, defraudó e indujo a aquellos a quienes era desconocido. Pocos conocíamos esos vicios tuyos tan sucios, pocos la lentitud de tu ingenio, el estupor y la debilidad de tu lengua. Nunca se había oído tu voz en el foro, nunca se había hecho prueba de tu consejo, ningún hecho ni ilustre ni siquiera conocido, ni en la guerra ni en la paz. Te arrastraste hasta los honores por el error de los hombres, por la recomendación de unas imágenes ahumadas, de las cuales no tienes nada parecido salvo el color.
2
¿ Él se gloriaba ante mí de haber obtenido todas las magistraturas sin rechazo? A mí me está permitido proclamar eso sobre mí con verdadera gloria; pues el pueblo romano otorgó todos los honores a mí, un hombre nuevo. Pues cuando tú fuiste hecho cuestor, incluso quienes nunca te habían visto, confiaban ese honor a tu nombre. Fuiste hecho edil; Pisón fue hecho por el pueblo romano, no ese Pisón. Asimismo, la pretura fue otorgada a tus antepasados. Aquellos muertos eran conocidos; a ti, vivo, nadie te conocía aún. Cuando el pueblo romano me hacía cuestor entre los primeros, edil el primero, pretor el primero por todos los votos, otorgaba el honor al hombre, no al linaje; a las costumbres, no a mis antepasados; a la virtud demostrada, no a una nobleza de oídas.
3
Pues,¿ qué diré de mi consulado, ya sea sobre cómo lo obtuve o cómo lo ejercí?¡ Desdichado de mí!¡ Compararme ahora con esta peste y esta lacra! Pero no diré nada con el fin de comparar, y sin embargo abarcaré lo que está más alejado. Tú fuiste proclamado cónsul— no diré nada más grave de lo que todos confiesan— en tiempos difíciles para la República, con cónsules disidentes, cuando no rechazabas a aquellos por quienes eras nombrado cónsul, que no te consideraban digno de la luz, a menos que hubieras resultado ser más vil que Gabinio. A mí, toda Italia, todos los órdenes, la ciudad entera me declaró cónsul, no por votación, sino por aclamación. Pero omito cómo fuimos hechos cada uno de nosotros; que la fortuna sea dueña del campo. Es más magnífico decir cómo ejercimos el consulado que cómo lo obtuvimos.
4
Yo, en las calendas de enero, liberé al senado y a todos los hombres de bien del miedo a la ley agraria y a las mayores dádivas. Yo conservé el campo campano, si no convenía dividirlo, y si convenía, lo reservé para mejores autores. Yo, en el caso de Cayo Rabirio, acusado de alta traición cuarenta años antes de mi consulado, sostuve y defendí la autoridad del senado interpuesta contra la envidia. Yo, a jóvenes buenos y valientes, pero que habían usado de tal condición de fortuna que, si hubieran obtenido magistraturas, parecerían dispuestos a trastornar el estado de la República, los privé de las elecciones por mis enemistades, sin ninguna mala voluntad del senado.
5
Yo mitigué con mi paciencia y complacencia a Antonio, mi colega, ávido de provincia y que tramaba muchas cosas en la República. Yo, la provincia de la Galia, equipada y adornada por autoridad del senado con ejército y dinero, la cual intercambié con Antonio porque así pensaba que lo exigían los tiempos de la República, la deposité en la asamblea ante la protesta del pueblo romano. Yo ordené a Lucio Catilina, que tramaba la matanza del senado y la destrucción de la ciudad no oscuramente sino abiertamente, que saliera de la ciudad para que, a quien no podíamos por las leyes, pudiéramos estar a salvo por las murallas. Yo arranqué de las manos nefandas de los conjurados los dardos que, al final del mes de mi consulado, estaban dirigidos a las gargantas de la ciudad. Yo atrapé, saqué y extinguí las antorchas ya encendidas para el incendio de esta ciudad.
6
A mí, Quinto Cátulo, príncipe de este orden y autor del consejo público, me nombró padre de la patria en un senado muy concurrido. A mí, este varón clarísimo que se sienta junto a ti, Lucio Gelio, dijo ante estos que me era debida la corona cívica por parte de la República. A mí, siendo ciudadano privado, el senado me abrió los templos de los dioses inmortales con un género singular de suplicación, no como a muchos por haber gestionado bien, sino como a nadie por haber conservado la República. Yo, cuando en la asamblea, al dejar la magistratura, fui prohibido por un tribuno de la plebe de decir lo que había decidido, y cuando él solo me permitía jurar, juré sin ninguna duda que la República y esta ciudad estaban a salvo por mi sola obra.
7
A mí, el pueblo romano entero, en aquella asamblea, no me donó la felicitación de un solo día, sino la eternidad y la inmortalidad, cuando aprobó mi juramento, tan grande y tal, con una sola voz y consenso. En cuyo tiempo, mi regreso a casa desde el foro fue tal que nadie, salvo quien estuviera conmigo, parecía estar en el número de los ciudadanos. Y así fue ejercido mi consulado, de modo que no hice nada sin el consejo del senado, nada sin la aprobación del pueblo romano, que siempre defendí la curia en la tribuna, al pueblo en el senado, que uní a la multitud con los príncipes y al orden ecuestre con el senado. He expuesto brevemente mi consulado.
8
¡ Atrévete ahora, oh furia, a hablar del tuyo! Cuyo inicio fueron los juegos compitalicios, hechos entonces por primera vez después de los cónsules Lucio Julio y Cayo Marcio contra la autoridad de este orden; los cuales Quinto Metelo— hago una injusticia al varón más valiente, muerto, al comparar a aquel, de quien pocos iguales ha tenido esta ciudad, con esta bestia inoportuna—, pero aquel cónsul designado, cuando un tribuno de la plebe había ordenado con su auxilio que los maestros hicieran los juegos contra el decreto del senado, prohibió que se hicieran siendo privado y obtuvo aquello que aún no podía por poder, por autoridad. Tú, cuando el día de las compitalias cayó en las calendas de enero, permitiste que Sexto Clodio, que nunca antes había vestido la toga pretexta, hiciera los juegos y revoloteara con la pretexta, un hombre impuro y digno no solo de tu rostro sino también de tu ojo.
9
Por tanto, puestos estos cimientos de tu consulado, tres días después, bajo tu inspección y silencio, ante el fatal portento y prodigio de la República, la ley Elia y Fufia fue derribada, baluartes y murallas de la tranquilidad y el ocio; los colegios, no solo los que el senado había suprimido, fueron restituidos, sino que innumerables otros nuevos fueron incitados de toda la hez de la ciudad y de la servidumbre. Por el mismo hombre, versado en estupros inauditos y nefandos, fue suprimida aquella antigua maestra de la pudor y la modestia, la censura, mientras tú, entretanto, tú, sepulcro de la República, que dices haber sido cónsul en Roma, nunca significaste con una palabra tu opinión en tales naufragios de la ciudad.
10
No digo aún lo que hiciste, sino lo que permitiste que se hiciera. Y en verdad no importa mucho, especialmente en un cónsul, si él mismo atormenta a la República con leyes perniciosas y asambleas impías, o si permite que otros la atormenten.¿ O puede haber alguna excusa para un cónsul, no diré que piense mal, sino que esté sentado, vacilante, durmiendo en el mayor movimiento de la República? Durante casi cien años habíamos mantenido la ley Elia y Fufia, cuatrocientos el juicio y la nota censoria. Leyes que nadie impío se atrevió, aunque pudo, a derribar, cuya potestad de disminuir, para que no se juzgara sobre nuestras costumbres cada cinco años, nadie tan excesivamente petulante intentó; estas son, oh verdugo, las que fueron sepultadas en el preámbulo de tu consulado.
11
Sigue los días contiguos a estos funerales. Ante el tribunal Aurelio, sin que tú siquiera parpadearas, lo cual ya sería un crimen, sino incluso mirando con ojos más alegres de lo que solías, se realizaba la leva de esclavos por parte de aquel que nunca consideró que fuera vergonzoso para sí hacer o sufrir nada. Las armas en el templo de Cástor, oh traidor de todos los templos, se colocaban viéndolo tú, por parte de aquel ladrón para quien ese templo fue, siendo tú cónsul, ciudadela de ciudadanos perdidos, receptáculo de los antiguos soldados de Catilina, castillo del latrocinio forense, sepulcro de todas las leyes y religiones. No solo mi casa, sino todo el Palatino estaba lleno de senadores, caballeros romanos, de toda la ciudad, de toda Italia, cuando tú no solo ante él— pues omito las cosas domésticas, que pueden ser negadas; conmemoro estas que son públicas— no solo, digo, ante él a quien habías dado la primera tabla de la prerrogativa en tus comicios, a quien pedías la opinión en el senado en tercer lugar, nunca aspiraste, sino que no solo no estuviste presente en todos los consejos que se preparaban para oprimirme, sino que incluso los presidiste crudelísimamente.
12
A mí, en presencia de mi yerno, tu pariente,¿ qué te atreviste a decir? Que Gabinio estaba en la miseria más sórdida, que no podía estar sin provincia, que tenía esperanza en el tribuno de la plebe si unía sus consejos con él, que del senado, en verdad, había desesperado; que tú obedecías a la codicia de este, tal como yo había hecho con mi colega; que no había razón para que implorara la protección de los cónsules; que cada uno debía velar por sí mismo. Y apenas me atrevo a decir esto; temo que haya alguien que aún no vea la insignificante iniquidad de ese hombre, envuelta en los tegumentos de su frente; sin embargo, lo diré. Él mismo ciertamente lo reconocerá y recordará con algún dolor sus flagicios.
13
Recuerdas, carroña, cuando había ido a ti a la quinta hora aproximadamente con Cayo Pisón, que saliste de no sé qué tugurio con la cabeza envuelta y en sandalias, y cuando con ese aliento fétido nos habías exhalado la más repugnante taberna, usaste la excusa de la salud, diciendo que solías curarte con ciertos medicamentos vinulentos. Cuando aceptamos esa causa— pues,¿ qué podíamos hacer?—, permanecimos un poco en aquel hedor y humo de tus tabernas; de donde nos echaste respondiendo de la manera más impía y eructando de la manera más vergonzosa.
14
El mismo, casi dos días después, llevado a la asamblea por aquel a quien ofrecías una daga como tu consulado, cuando fuiste interrogado sobre qué pensabas de mi consulado, grave autor, creo que algún Calatino o Africano o Máximo y no Cesonino Semiplacentino Calvencio, respondes con una ceja levantada hacia la frente y la otra bajada hacia la barbilla, que la crueldad no te agradaba. Aquí te alabó aquel hombre, el más digno de tus alabanzas.¿ Tú, verdugo, cónsul en la asamblea, condenas al senado por crueldad? Pues no a mí, que obedecí al senado; pues aquella relación había sido saludable y diligente por parte del cónsul, la animadversión, en verdad, y el juicio del senado. Cuando repruebas estas cosas, muestras qué clase de cónsul habrías sido tú, si hubiera ocurrido así, en aquel tiempo. Por Hércules, habrías pensado que Catilina debía ser ayudado con estipendio y grano. Pues,¿ qué diferencia hubo entre Catilina y aquel a quien tú vendiste la autoridad del senado, la salud de la ciudad, toda la República por el premio de una provincia?
15
Pues lo que yo, cónsul, prohibí a Lucio Catilina intentar, eso ayudaron los cónsules a Publio Clodio a hacer. Aquel quiso matar al senado, vosotros lo eliminasteis; incendiar las leyes, vosotros las abrogasteis; destruir la patria, vosotros la afligisteis.¿ Qué fue hecho por vosotros, cónsules, sin armas? Aquella mano de conjurados quiso incendiar la ciudad, vosotros la casa de aquel por quien la ciudad no fue incendiada. Y ni siquiera ellos, si hubieran tenido un cónsul como vosotros, habrían pensado en el incendio de la ciudad; pues no quisieron privarse de sus techos, sino que pensaron que, estando estos en pie, no habría domicilio para su crimen. Ellos buscaron la matanza de los ciudadanos, vosotros la servidumbre. Aquí sois incluso más crueles; pues en este pueblo, antes de vosotros cónsules, la libertad había estado tan arraigada que prefería morir antes que servir.
16
Aquello, en verdad, gemelo a los consejos de Catilina y Léntulo, que me expulsasteis de mi casa, obligasteis a Cneo Pompeyo a retirarse a la suya. Pues ni estando yo en pie y permaneciendo en la guardia de la ciudad, ni resistiendo Cneo Pompeyo, vencedor de todas las naciones, pensaron jamás que ellos podrían destruir la República. De mí, en verdad, incluso exigisteis penas con las que expiarais los manes de los conjurados muertos; vertisteis sobre mí todo el odio incluido en los sentidos nefandos de los impíos. Si no hubiera cedido a su furor, habría sido sacrificado en el sepulcro de Catilina, siendo vosotros los líderes.¿ Qué mayor indicio esperáis de que no hubo diferencia entre vosotros y Catilina que el hecho de que incitasteis a esa misma mano de los restos exánimes de Catilina, que recogisteis a todos los perdidos de todas partes, que vertisteis la cárcel sobre mí, que armasteis a los conjurados, que quisisteis exponer mi cuerpo y la vida de todos los hombres de bien al hierro y al furor de ellos?
17
Pero ya vuelvo a aquella tu preclara asamblea.¿ Eres tú aquel a quien le desagrada la crueldad? Que, cuando el senado había decretado que su luto y dolor debían ser declarados con el cambio de vestimenta, cuando veías a la República afligirse por el luto del orden más amplio,¡ oh, nuestro misericordioso!¿ Qué haces? Lo que ningún tirano en ninguna barbarie. Pues omito aquello, que un cónsul ordene que no se obedezca un decreto del senado, lo cual no puede ser ni hecho ni pensado nada más vergonzoso; vuelvo a la misericordia de aquel a quien le parece que el senado fue demasiado cruel en la conservación de la patria.
18
Se atrevió a ordenar, con aquel su igual, a quien sin embargo deseaba superar en todos los vicios, que el senado volviera a la vestimenta contra lo que él mismo había decretado.¿ Qué tirano en Escitia hizo esto, de no permitir llorar a aquellos a quienes afligía con luto? Dejas el dolor, quitas las insignias del dolor; arrebatas las lágrimas no consolando, sino amenazando. Que si los padres conscriptos no hubieran cambiado la vestimenta por consejo público, sino por deber privado o misericordia, aun así, que esto no les fuera permitido por los interdictos de tu potestad era una crueldad no soportable; cuando, en verdad, el senado lo había decretado en pleno y todos los demás órdenes ya lo habían hecho antes, tú, cónsul extraído de una taberna tenebrosa con aquella bailarina rapada, prohibiste al senado del pueblo romano llorar el ocaso y la muerte de la República. Pero preguntaba también hace poco sobre mí qué necesidad había tenido de su auxilio; por qué no había resistido a mis enemigos con mis fuerzas. Como si, en verdad, no solo yo, que a muchos a menudo fui de auxilio, sino cualquiera hubiera sido tan desvalido que pensara que estaría más seguro con él no solo como defensor, sino como abogado o testigo.
19
Yo, por supuesto, quería apoyarme en el consejo o protección de esa bestia y carne podrida, buscaba de este cadáver arrojado alguna ayuda u ornamento. Yo buscaba entonces un cónsul, un cónsul, digo, no aquel a quien no podría encontrar en este cerdo, que protegiera una causa tan grande de la República con su gravedad y consejo, sino que, como un tronco o un poste, si tan solo hubiera estado en pie, pudiera sostener al menos el título de consulado. Pues siendo toda aquella mi causa consular y senatorial, había tenido necesidad del auxilio tanto del cónsul como del senado; de los cuales uno había sido convertido por vosotros, cónsules, incluso para mi perdición, y el otro había sido arrebatado profundamente de la República. Y sin embargo, si buscas mi consejo, ni yo habría cedido y la patria misma me habría retenido en su abrazo, si hubiera tenido que luchar contra aquel gladiador sepulturero y contra ti y contra tu colega.
20
Pues otra fue la causa del varón más preclaro, Quinto Metelo, a quien yo, por mi juicio, uno con la alabanza de los dioses inmortales; quien pensó que debía ceder ante aquel Cayo Mario, varón fortísimo y cónsul y seis veces cónsul, y sus legiones invictas, para no luchar con las armas.¿ Qué lucha, pues, habría tenido yo de este modo?¿ Con Cayo Mario, por supuesto, o con algún igual, o con otro Epicuro barbudo, con otro cónsul farolero de Catilina? Ni, por Hércules, huí de tu ceja ni de los címbalos de tu colega, ni fui tan tímido que, habiendo gobernado la nave en los mayores torbellinos y olas de la República y habiéndola colocado a salvo en el puerto, temiera la nubecilla de tu frente o el aliento contaminado de tu colega.
21
Yo vi otros vientos, vislumbré otras tormentas con el ánimo, ante otras tempestades inminentes no cedí, sino que dos veces me ofrecí uno solo por la salud de todos. Por tanto, con mi partida entonces, todas aquellas espadas nefandas cayeron de las manos más crueles, cuando en verdad tú,¡ oh, insensato y loco!, cuando todos los hombres de bien, escondidos y encerrados, se afligían, los templos gemían, los techos mismos de la ciudad lloraban, abrazaste a aquel animal funesto concebido de nefandos estupros, de cruor civil, de toda la inoportunidad de los crímenes, y en el mismo templo, en el mismo lugar y vestigio, arrebataste los arbitrios del tiempo no solo mío, sino del funeral de la patria.
22
¿ Qué diré de los banquetes de aquellos días, qué de tu alegría y felicitación, qué de las intemperantes borracheras con tus sórdidos rebaños?¿ Quién te vio sobrio en aquellos días, quién haciendo algo que fuera digno de un hombre libre, quién, en fin, en público? Cuando la casa de tu colega resonaba con cantos y címbalos, y cuando él mismo bailaba desnudo en el banquete; en el cual, mientras giraba aquel círculo saltatorio, ni siquiera entonces temía la rueda de la fortuna. Este, en cambio, no tan refinado glotón ni tan músico, yacía en el hedor y el cieno de sus griegos; lo cual, en verdad, en aquellos lutos de la República, se consideraba como algún banquete de lápitas o centauros; en el cual nadie puede decir si este bebió más, o vomitó, o derramó.
23
¿ Harás tú también mención del consulado o te atreverás a decir que fuiste cónsul en Roma?¿ Qué?¿ Crees que el consulado consiste en los lictores y en la toga pretexta?¿ Crees, perro clodiano, que el consulado se declara con estos insignias, que quisiste que estuvieran incluso en Sexto Clodio siendo tú cónsul? El cónsul debe serlo por el ánimo, por el consejo, por la fe, por la gravedad, por la vigilancia, por el cuidado, en fin, por todo el cargo del consulado, protegiendo todo deber, y mayormente, lo que el nombre mismo prescribe, consultando por la República.¿ O he de pensar que es cónsul quien no pensó que el senado estuviera en la República, y contaré como cónsul sin ese consejo, sin el cual ni siquiera los reyes pudieron estar en Roma? Pues ya omito aquellas cosas. Cuando se realizaba la leva de esclavos en el foro, las armas se llevaban al templo de Cástor a plena luz y abiertamente, y ese templo, quitado el acceso y arrancados los escalones, era retenido por las armas por los restos de los conjurados y por el prevaricador de Catilina antaño, luego vengador, cuando los caballeros romanos eran relegados, los hombres de bien eran expulsados del foro a pedradas, al senado no solo no se le permitía ayudar a la República, sino ni siquiera llorar, cuando el ciudadano a quien este orden, con el asentimiento de Italia y de todas las naciones, había juzgado conservador de la patria, era expulsado sin juicio, sin ley, sin costumbre, por la servidumbre y las armas, no diré con vuestro auxilio, lo cual es verdad que se puede decir, sino ciertamente con vuestro silencio:¿ alguien pensará que hubo cónsules en Roma?
24
¿ Qué ladrones, pues, si es que vosotros sois cónsules, qué salteadores, qué enemigos, qué traidores, qué tiranos serán nombrados? Grande es el nombre, grande la apariencia, grande la dignidad, grande la majestad del cónsul; no la abarcan las estrecheces de tu pecho, no la recibe esa levedad, no la egestad de ánimo; no la sostiene la debilidad de ingenio, no la insolencia de las cosas prósperas, una persona tan grande, tan grave, tan severa. La Seplasia, por Hércules, como oía decir, en cuanto te vio, repudió al cónsul campano. Había oído hablar de los Decios Magios y había recibido algo sobre aquel Vibellio de la tauro; en los cuales, si no hubo aquella moderación que suele haber en nuestros cónsules, al menos hubo pompa, hubo apariencia, hubo un caminar al menos digno de la Seplasia y de Capua.
25
Gabinio, en fin, si hubieran visto a un duunviro, esos vuestros perfumistas lo habrían reconocido más pronto. Eran aquellos cabellos peinados y goteantes bordes de rizos y mejillas fluidas y pintadas, dignas de Capua, pero de aquella antigua; pues esta, en verdad, que ahora es, rebosa de multitud de hombres espléndidísimos, varones fortísimos, ciudadanos óptimos y para mí amiguísimos. De los cuales, en Capua, nadie te vio vestido con la pretexta que no gimiera por el deseo de mí, de quien recordaban que, por mi consejo, tanto la República entera como aquella misma ciudad habían sido salvadas. Me habían donado una estatua dorada, me habían elegido como único patrón, pensaban que de mí tenían la vida, las fortunas, los hijos, me habían defendido tanto presente contra tu latrocinio con sus decretos y legados, como ausente, refiriéndolo el príncipe Cneo Pompeyo y arrancando del cuerpo de la República los dardos de tus crímenes, me habían revocado.
26
¿ O eras cónsul entonces cuando en el Palatino mi casa ardía, no por algún azar, sino por fuegos arrojados instigándote tú?¿ Hubo algún incendio mayor en esta ciudad al que no haya socorrido el cónsul? Pero tú, en aquel mismo tiempo, estabas sentado cerca de tu suegra, cerca de mis edificios, cuya casa habías abierto para agotar la mía, no como extintor, sino como autor del incendio, y casi tú mismo, cónsul, servías las antorchas ardientes a las furias clodianas.¿ O acaso en el tiempo restante alguien te consideró cónsul, alguien te obedeció, alguien se levantó cuando venías a la curia, alguien pensó que debía responderte cuando consultabas?¿ Debe contarse aquel año, en fin, en la República, cuando el senado había enmudecido, los juicios habían callado, los hombres de bien se afligían, la fuerza de vuestro latrocinio revoloteaba por toda la ciudad y no un ciudadano de la ciudad, sino la ciudad misma había cedido ante tu crimen y furor y el de Gabinio?
27
Y ni siquiera entonces emergiste, sucio Cesonino, de las misérrimas sordideces de tu naturaleza, cuando la virtud del varón clarísimo, despertada al fin, buscó rápidamente tanto al verdadero amigo y ciudadano que mejor había merecido, como a su antigua costumbre; ni aquel varón permitió que en aquella República que él mismo había decorado y aumentado, permaneciera por más tiempo la peste de vuestros crímenes, cuando sin embargo aquel, sea como sea, que es vencido en impiedad solo por ti, Gabinio, se recogió a sí mismo apenas, pero se recogió sin embargo, y contra su Clodio primero simuladamente, luego no de buena gana, al extremo sin embargo luchó verdadera y vehementemente por Cneo Pompeyo. En cuyo espectáculo, en verdad, era admirable la equidad del pueblo romano. Cualquiera de ellos que hubiera perecido, como un lanista en un par de este tipo, pensaba que se obtenía ganancia, y una ganancia inmortal, en verdad, si ambos hubieran caído.
28
Pero aquel, sin embargo, hacía algo; protegía la autoridad del varón supremo. Él mismo era un criminal, era un gladiador, pero luchaba con un criminal y con un gladiador igual. Tú, por supuesto, hombre religioso y santo, no quisiste romper el pacto que habías hecho con mi sangre en la negociación de las provincias. Pues aquel adúltero sororio se había guardado para sí que, si te entregaba la provincia, si el ejército, si el dinero arrebatado de las entrañas de la República, te ofrecieras como socio y ayudante de todos sus crímenes. Por tanto, en aquel tumulto, rotos los fasces, golpeado él mismo, diariamente dardos, piedras, huidas, atrapado finalmente con hierro ante el senado aquel de quien constaba que había sido colocado para asesinar a Cneo Pompeyo.
29
¿ Alguien oyó no solo alguna acción o relación, sino una voz en absoluto o tu queja?¿ Te consideras cónsul, tú, bajo cuyo imperio, quien había salvado la República por autoridad del senado, quien había encadenado todas las partes de todas las naciones con tres triunfos, él mismo se estableció que no podía estar en público, él mismo, en fin, en Italia a salvo?¿ O erais cónsules entonces cuando, sobre cualquier cosa que empezabais a decir una palabra o a referir al senado, todo el orden reclamaba y mostraba que no ibais a hacer nada, a menos que hubierais referido antes sobre mí? Cuando vosotros, aunque estabais retenidos por el pacto, sin embargo decíais que deseabais, pero que estabais impedidos por la ley.
30
Qué ley que no parecía ley para los hombres privados, grabada por esclavos, cortada por la fuerza, impuesta por el latrocinio, suprimido el senado, expulsados del foro todos los hombres de bien, capturada la República, contra todas las leyes, escrita sin ninguna costumbre, esta que decían temer,¿ pueden los fastos soportar que se llamen cónsules, no diré de los ánimos de los hombres, sino de cualquier fasto? Pues si no pensabais que aquella era ley, la cual era contra todas las leyes, la proscripción tribunicia de un ciudadano no condenado y de integridad de cabeza y bienes, y sin embargo estabais retenidos por el pacto,¿ quién pensará que fuisteis no solo cónsules, sino libres, cuya mente fue oprimida por el premio, la lengua atada por la recompensa? Pero si vosotros solos pensabais que aquella era ley,¿ alguien pensará que fuisteis entonces cónsules o que sois ahora consulares, quienes de esa ciudad en la que queréis estar en el número de los príncipes no conocéis las leyes, no las instituciones, no las costumbres, no los derechos?
31
¿ O, cuando partíais vestidos con la paludamenta hacia las provincias ya compradas o arrebatadas, alguien os consideró cónsules? Por tanto, creo, si no con su frecuencia, al menos con buenos augurios os acompañaban como cónsules, no con los más tristes como enemigos o traidores, al adornar y celebrar vuestra salida.¿ Tú también, monstruo inmanísimo y foedísimo, te atreviste a poner mi partida, aquel testigo de tu crimen y crueldad, en lugar de maldición y contumelia? En cuyo tiempo, en verdad, padres conscriptos, recibí el fruto inmortal de vuestro amor y juicio hacia mí; quienes no con murmuración, sino con voz y clamor, rompisteis el furor y la petulancia del hombre abyecto y semivivo.
32
¿ Tú pondrás en lugar de maldición el luto del senado, el deseo del orden ecuestre, el squalor de Italia, la taciturnidad anual de la curia, el silencio perpetuo de los juicios y del foro, y todas aquellas otras cosas que mi partida infligió como heridas a la República? Que si hubiera sido calamitosísima, sin embargo, más digna de misericordia que de contumelia y más unida con gloria que con oprobio se pensaría, y aquel dolor mío, al menos, se consideraría vuestro crimen y deshonor. Cuando, en verdad— quizás esto que voy a decir parezca maravilloso de oír, pero ciertamente diré lo que siento—, cuando he sido afectado por tantos beneficios de vosotros, padres conscriptos, y por tantos honores, no solo no considero aquella calamidad, sino que, si algo puede estar separado de la República para mí, lo cual apenas puede, privadamente para aumentar mi nombre, considero que aquella fortuna debió ser deseada y buscada por mí.
33
Y para comparar tu día más alegre con mi día más triste,¿ cuál, en fin, piensas que es más deseable para un hombre bueno y sabio, salir así de la patria que todos sus ciudadanos rueguen por su salud, incolumidad, regreso, lo cual me sucedió a mí, o, lo que ocurrió al partir tú, que todos te execraran, te desearan el mal, quisieran que ese fuera tu único y perpetuo camino? A mí, por los dioses, en tanto odio de todos los mortales, especialmente justo y debido, cualquier huida sería más deseable que cualquier provincia. Pero sigue adelante. Pues si aquel mi tiempo más turbulento supera a tu tiempo más tranquilo,¿ qué compararé con el resto, que en ti estuvo lleno de deshonor, en mí de dignidad?
34
A mí, en las calendas de enero, que fue el primer día que amaneció para la República después de mi muerte y ocaso, el senado muy concurrido, con el concurso de Italia, refiriéndolo el varón clarísimo y fortísimo, Publio Léntulo, me revocó consintiendo y con una sola voz. A mí, el mismo senado, ante las naciones extranjeras, ante nuestros legados y magistrados, con su autoridad y cartas consulares, no, como tú, ínsubro, te atreviste a decir, privado de patria, sino, como el senado llamó en aquel mismo tiempo, me recomendó como ciudadano y conservador de la República. Para la conservación de mi sola cabeza, el senado pensó que debía implorarse el auxilio de todos los ciudadanos de toda Italia que quisieran que la República estuviera a salvo, con la voz y cartas del cónsul. Para la causa de conservar mi cabeza, toda Italia se reunió en Roma en un solo tiempo como si fuera por una señal dada. Sobre mi salud fueron las asambleas más célebres y gratísimas de Publio Léntulo, varón preclarísimo y óptimo cónsul, de Cneo Pompeyo, ciudadano clarísimo e invictísimo, y de los demás príncipes de la ciudad.
35
El senado decretó sobre mí, bajo el patrocinio de Cneo Pompeyo y siendo él el principal impulsor de esa sentencia, que si alguien hubiera impedido mi regreso, fuera considerado en el número de los enemigos; y con tales palabras fue declarada esa autoridad del senado sobre mí, que para nadie se ha redactado un triunfo más honorífico que la salvación y restitución para mí. Cuando todos los magistrados, excepto un pretor de quien no cabía esperar otra cosa— el hermano de mi enemigo— y excepto dos tribunos comprados a precio de piedra, hubieron promulgado sobre mí, el cónsul Publio Léntulo presentó la ley ante los comicios centuriados, siguiendo el parecer de su colega Quinto Metelo, a quien la misma república que había separado en su tribunado, unió en su consulado gracias a la virtud y sabiduría de un hombre excelente y justísimo.
36
¿ Qué me importa decir cómo fue aceptada esa ley? Oigo de ustedes que a ningún ciudadano le pareció una excusa suficientemente justa para no asistir; que nunca en comicios algunos hubo una multitud de hombres tan grande ni más espléndida; esto ciertamente veo, como indican las tablas públicas, que ustedes fueron los rogadores, ustedes los escrutadores, ustedes los custodios de las tablillas, y que lo que no hacen en los honores de sus propios allegados, ya sea por excusa de edad o de cargo, eso lo hicieron por su propia voluntad en mi salvación, sin que nadie se lo pidiera.
37
Compara ahora, nuestro Epicuro sacado de la pocilga y no de la escuela, compara, si te atreves, tu ausencia con la mía. Obtuviste una provincia consular con los límites que la ley de tu codicia, no la ley de tu suegro, había pactado. Pues, bajo la ley de César, justísima y óptima, los pueblos libres eran clara y verdaderamente libres; bajo esa ley, en cambio, que nadie consideró ley salvo tú y tu colega, toda Acaya, Tesalia, Atenas y la Grecia entera te estaban sometidas; tenías un ejército tan grande como el que no te había dado el senado o el pueblo romano, sino el que tu propia lascivia había reclutado; habías agotado el erario.
38
¿ Qué hechos realizaste con tu mando, tu ejército y tu provincia consular?¡ Pregunto qué hechos realizó! Pues, apenas llegó, inmediatamente— aún no menciono los saqueos, ni el dinero exigido, ni las capturas, ni las requisas, ni las muertes de aliados, ni las matanzas de huéspedes, ni la perfidia, ni la crueldad, ni los crímenes que proclamo; pronto, si parece oportuno, discutiré con él como con un ladrón, como con un sacrílego, como con un sicario—; ahora compararé mi fortuna expoliada con la floreciente fortuna del comandante.¿ Quién obtuvo jamás una provincia con un ejército sin haber enviado ninguna carta al senado? Y una provincia tan grande con un ejército tan numeroso, especialmente Macedonia, a la que alcanzan tantas naciones bárbaras que siempre para los comandantes macedonios los límites de la provincia han sido los mismos que los de sus espadas y jabalinas; de la cual algunos regresaron con mando pretorio, y nadie con mando consular, que estuviera a salvo,¡ sin haber triunfado! Esto es nuevo; mucho más lo otro. Este buitre de esa provincia ha sido llamado, si a los dioses les place, comandante.
39
¿ Ni siquiera entonces, nuestro Paulo, te atrevías a enviar tablillas a Roma con el laurel? He enviado, dice.¿ Quién las leyó alguna vez, quién pidió que fueran leídas? Pues ya no me importa si tú, oprimido por la conciencia de tus crímenes, nunca te atreviste a escribir a ese orden al que habías despreciado, al que habías afligido, al que habías destruido, o si tus amigos ocultaron las tablillas y ellos mismos con su silencio condenaron tu temeridad y audacia; y casi prefiero que parezca que no tuviste pudor alguno al enviar cartas, pero que tus amigos tuvieron más pudor y sensatez, a que parezca que fuiste más pudoroso de lo que sueles, o que tu hecho no fue condenado por el juicio de tus amigos.
40
Pero si no hubieras cerrado para siempre la curia para ti con tus nefandas afrentas a este orden,¿ qué se había hecho o realizado en tu provincia sobre lo cual debieras escribir al senado con alguna felicitación?¿ El vejamen de Macedonia, o la vergonzosa pérdida de ciudades, o el saqueo de los aliados, o la despoblación de los campos, o la fortificación de Tesalónica, o el asedio de la vía militar, o la destrucción de nuestro ejército por el hierro, el hambre, el frío, la pestilencia? Tú, en verdad, que no escribiste nada al senado, así como en la ciudad fuiste hallado más vil que Gabinio, así en la provincia fuiste, sin embargo, un poco más humilde que él.
41
Pues aquel glotón y devorador, nacido para su abdomen y no para la alabanza y la gloria, cuando hubo privado de sus fortunas a los caballeros romanos en la provincia, a los publicanos unidos a nosotros tanto en voluntad como en dignidad, y a muchos de su fama y su vida, cuando no había hecho nada con aquel ejército sino despoblar ciudades, devastar campos y agotar casas, se atrevió— pues,¿ qué no se atrevería él?— a pedir al senado una suplicación por carta.¡ Oh dioses inmortales!¿ Acaso tú también, y más aún ustedes, gemelos abismos y escollos de la república, ustedes deprimen mi fortuna y ensalzan la suya, cuando sobre mí se han hecho esos senadoconsultos en mi ausencia, se han celebrado esas asambleas, ha habido ese movimiento de todos los municipios y colonias, esos decretos de los publicanos, de los colegios, y finalmente de todos los géneros y órdenes, que no solo yo nunca me atrevería a desear, sino que ni siquiera podría imaginar, mientras que ustedes han cargado con las marcas eternas de la más vergonzosa infamia?
42
¿ Acaso yo, si viera a ti y a Gabinio crucificados, sentiría mayor alegría por la laceración de sus cuerpos de la que siento por la de su fama? No debe considerarse castigo aquel al que pueden estar sujetos, por algún azar, incluso hombres buenos y valientes. Y esto, de hecho, lo dicen también esos filósofos voluptuosos tuyos: a quienes ojalá escucharas como debían ser escuchados; nunca te habrías sumergido en tantos flagelos. Pero escuchas en los pesebres, escuchas en los estupros, escuchas en la comida y el vino. Pero esos mismos que definen los males por el dolor y los bienes por el placer, dicen que el sabio, incluso si fuera encerrado en el toro de Falaris y tostado con fuegos encendidos, diría, sin embargo, que eso es agradable y que no se conmovería ni lo más mínimo. Quisieron que la fuerza de la virtud fuera tal que un hombre bueno nunca pudiera no ser feliz.
43
¿ Cuál es, pues, la pena, cuál el castigo? En mi opinión, aquel que no puede suceder a nadie sino al culpable: el fraude cometido, la mente impedida y oprimida, el odio de los buenos, la marca infamante del senado, la pérdida de la dignidad. Ni me parece que aquel Marco Régulo, a quien los cartagineses, tras cortarle los párpados, mataron manteniéndolo despierto atado a una máquina, fuera afectado por un castigo, ni Cayo Mario, a quien Italia, salvada por él, vio sumergido en los pantanos de Minturno, y África, vencida por el mismo, vio expulsado y náufrago. Pues esos son dardos de la Fortuna, no de la culpa; el castigo, en cambio, es la pena del pecado. Y ciertamente yo, si alguna vez les deseara males, lo cual he hecho a menudo, en lo que los dioses inmortales escucharon mis ruegos, no desearía enfermedad, ni muerte, ni tortura. Esa es la execración tiestea de un poeta que conmueve los ánimos de la plebe, no de los sabios, para que tú, expulsado por un naufragio en algún lugar, colgado eviscerado, fijado en rocas ásperas, como dice aquel, esparciendo rocas con podredumbre, sanie y sangre negra.
44
No me sentiría molesto en absoluto si hubiera sucedido así; pero eso, sin embargo, sería humano. Marco Marcelo, que fue tres veces cónsul, de suma virtud, piedad y gloria militar, pereció en el mar; quien, sin embargo, por su virtud vive en la gloria y la alabanza. Esa muerte debe considerarse en una cierta fortuna, no en un castigo.¿ Cuál es, pues, la pena, cuál el castigo, cuáles las rocas, cuáles las cruces? Ser dos comandantes en las provincias del pueblo romano, tener ejércitos, ser llamados comandantes; que uno de ellos haya estado tan frenado por la conciencia de sus crímenes y fraudes que, de esa provincia que ha sido la única de todas más triunfal, no se haya atrevido a enviar ninguna carta al senado. De esa provincia, de la cual hace poco un hombre adornado con toda dignidad, Lucio Torcuato, tras grandes hechos realizados, fue llamado comandante por el senado a propuesta mía, de donde en estos pocos años hemos visto los justísimos triunfos de Cneo Dolabela, Cayo Curión y Marco Lúculo, de esa, siendo tú comandante, no llegó ningún mensaje al senado; del otro, cartas enviadas, leídas, y se informó al senado.
45
¡ Dioses inmortales!¿ Acaso yo desearía que mi enemigo fuera marcado con esa ignominia con la que nadie jamás lo fue, que el senado, que ya ha llegado a tal costumbre de benevolencia que otorga nuevos honores a quienes han servido bien a la república, tanto en número de días como en género de palabras, no creyera a las cartas de este único hombre que las anunciaba, y se las negara cuando las pedía? De estas cosas me alimento, de estas me deleito, de estas disfruto, porque este orden opina de ustedes no de otra manera que de los más acérrimos enemigos, porque los caballeros romanos, porque los demás órdenes, porque toda la ciudad los odia, porque no hay hombre bueno, ni finalmente ciudadano, que solo recuerde ser ciudadano, que no huya de ustedes con los ojos, los rechace con los oídos, los desprecie con el ánimo, y finalmente se horrorice con el solo recuerdo de su consulado.
46
Esto siempre he buscado de ustedes, esto he deseado, esto he rogado; han sucedido incluso más cosas de las que querría; pues que perdieran el ejército, nunca, por Hércules, lo deseé. Eso también sucedió fuera de mi deseo, pero muy conforme a mi voluntad. Pues nunca me había venido a la mente desearles la furia y la locura en la que cayeron. Y sin embargo, era algo que debía desearse. Pero se me había escapado que estos son los castigos más ciertos de los dioses inmortales contra los impíos y malvados. No crean, padres conscriptos, como ven en la escena, que los hombres malvados son aterrorizados por el impulso de los dioses con antorchas furiales ardientes; el fraude de cada uno, su propio crimen, su propia maldad, su propia audacia los derriba de la salud y la mente; estas son las furias de los impíos, estas sus llamas, estas sus antorchas.
47
Yo no te consideraría insensato, ni furioso, ni privado de mente, ni más demente que aquel trágico Orestes o Atamante, que te hayas atrevido primero a hacer— pues eso es lo principal— y luego, hace poco, presionando Torcuato, hombre santísimo y gravísimo, a confesar que habías dejado la provincia de Macedonia, a la que habías transportado un ejército tan grande, sin ningún soldado. Dejo de lado la pérdida de la mayor parte del ejército; que esto sea parte de tu infelicidad; pero¿ qué causa puedes aducir para el licenciamiento del ejército?¿ Qué potestad tuviste, qué ley, qué senadoconsulto, qué derecho, qué ejemplo?¿ Qué otra cosa es estar furioso?¿ No reconocer a los hombres, no reconocer las leyes, no el senado, no la ciudad? Ensangrentar el propio cuerpo es leve; mayor es esta vulneración de su vida, de su fama, de su salvación.
48
Si hubieras licenciado a tu familia, lo cual no concerniría a nadie más que a ti mismo, tus amigos pensarían que debes ser encadenado;¿ habrías licenciado tú el baluarte de la república, la custodia de la provincia, sin orden del pueblo romano y del senado, si hubieras estado en tu sano juicio? He aquí al otro, que ya había derrochado el mayor botín que había agotado de las fortunas de los publicanos, de los campos y ciudades de los aliados, cuando parte de ese botín lo habían devorado sus profundas lascivias, parte una nueva e inaudita suntuosidad, parte incluso en aquellos lugares donde todo lo saqueó, compras para construir este monte Tusculano; cuando ya carecía de recursos, cuando aquella su intolerable edificación se había detenido, se vendió a sí mismo, sus fasces, el ejército del pueblo romano, el numen y la prohibición de los dioses inmortales, las respuestas de los sacerdotes, la autoridad del senado, las órdenes del pueblo romano, el nombre y la dignidad del imperio al rey egipcio.
49
Cuando los límites de la provincia eran tan grandes como había querido, como había deseado, como había comprado con el precio de mi cabeza y mi peligro, no pudo contenerse en ellos; sacó el ejército de Siria.¿ Qué derecho tenía fuera de la provincia? Se ofreció como compañero mercenario al rey alejandrino.¿ Qué hay más vergonzoso que esto? Vino a Egipto, trabó combate con los alejandrinos.¿ Cuándo este orden o el pueblo había emprendido esta guerra? Tomó Alejandría.¿ Qué otra cosa esperamos de su furia sino que envíe cartas al senado sobre tan grandes hechos realizados?
50
Si este estuviera en su sano juicio, si no pagara con furia y locura las penas más graves a la patria y a los dioses inmortales,¿ se habría atrevido— dejo de lado salir de la provincia, sacar el ejército, hacer la guerra por su propia voluntad, entrar en un reino sin orden del pueblo romano o del senado, lo cual, además de muchísimas leyes antiguas, la ley Cornelia de majestad y la Julia de concusión prohíben claramente—? Pero omito esto; si no estuviera furioso al máximo,¿ se atrevería a apropiarse de la provincia que Publio Léntulo, amiguísimo de este orden, tenía tanto por autoridad del senado como por sorteo, habiendo interpuesto una religión, sin duda alguna la habría depuesto, cuando, incluso si la religión no lo impidiera, la costumbre de los antepasados, los ejemplos y las gravísimas penas de las leyes lo prohibirían?
51
Y puesto que hemos comenzado a hacer una comparación de fortunas, omitamos el regreso de Gabinio, a quien, aunque él mismo se lo cortó, yo, sin embargo, espero ver el rostro del hombre; comparemos, si te place, tu regreso con el mío. Y el mío, ciertamente, fue tal que desde Brundisio hasta Roma vio un cortejo perpetuo de toda Italia. Pues no hubo región alguna, ni municipio, ni prefectura o colonia de la cual no hayan venido públicamente a felicitarme.¿ Qué diré de mis llegadas, qué de las efusiones de hombres desde las ciudades, qué de los concursos desde los campos de padres de familia con sus esposas e hijos, qué de esos días que fueron celebrados por todos como si fueran fiestas solemnes de los dioses inmortales ante mi llegada y regreso?
52
Aquel único día fue para mí, ciertamente, como una inmortalidad, el día en que regresé a la patria, cuando vi al senado salir y a todo el pueblo romano, cuando la misma Roma, casi arrancada de sus cimientos, pareció avanzar para abrazar a su salvador. La cual me recibió de tal manera que no solo todos los hombres y mujeres de todos los géneros, edades y órdenes, de toda fortuna y lugar, sino que incluso las mismas murallas y los techos de la ciudad y los templos parecían alegrarse. En los días siguientes, en esa misma casa de la que tú me habías expulsado, que habías saqueado, que habías incendiado, los pontífices, los cónsules, los padres conscriptos me instalaron y decretaron, lo que antes a nadie, que se construyera mi casa con dinero público.
53
Tienes mi regreso. Compara ahora a tu vez el tuyo, ya que, habiendo perdido el ejército, no trajiste nada a casa a salvo excepto ese rostro tuyo de siempre.¿ Quién sabe por dónde viniste con tus lictores laureados?¿ Qué meandros, mientras perseguías todas las soledades, qué desvíos y rodeos buscaste?¿ Qué municipio te vio, qué amigo te invitó, qué huésped te miró?¿ No era la noche para ti como el día, la soledad como la concurrencia, la taberna como la ciudad, no para que pareciera que regresaba un noble comandante de Macedonia, sino que era traído un muerto infame? A Roma misma,¡ oh deshonra de la familia, no diré Calpurnia sino Calventia, y no de esta ciudad sino del municipio placentino, y no del linaje paterno sino de la parentela de bragas!¿ Cómo entraste?¿ Quién, no diré de estos o de los demás ciudadanos, sino de tus propios legados, vino a tu encuentro?
54
Pues conmigo estaba Lucio Flaco, hombre muy indigno de tu legación y más digno de aquellos consejos con los que estuvo unido a mí en mi consulado para conservar la república; conmigo estaba entonces cuando alguien narraba que habías sido visto no lejos de la puerta con los lictores errando; sé asimismo que un hombre valiente entre los primeros, experto en la guerra y en la cosa militar, mi familiar, Quinto Marcio, por cuya labor de legados habías sido llamado comandante en la batalla cuando habías estado lejos, estuvo ocioso en casa ante esa llegada tuya.
55
Pero¿ por qué enumero a quienes no vinieron a tu encuentro?¿ Por qué digo que no vino casi nadie, ni siquiera de la nación más oficiosa de los candidatos, cuando estaban advertidos y rogados por él mismo y muchos días antes? Las túnicas estuvieron listas para los lictores en la puerta; al recibirlas, ellos arrojaron las capas y ofrecieron una nueva tropa a su comandante. Así, este, tres años después, se introdujo en la ciudad como comandante macedonio desde un ejército tan grande de una provincia tan grande, que el regreso de ningún negociante, por oscuro que fuera, fue jamás más desierto. En lo cual, sin embargo, él, que estaba preparado para defenderse, me reprendió. Cuando yo dije que había entrado por la puerta Celimontana, el hombre pronto me desafió a una apuesta si no hubiera entrado por la Esquilina; como si yo debiera saber eso o alguno de ustedes lo hubiera oído o importara por qué puerta entraste, siempre que no fuera por la triunfal, que es la puerta que siempre estuvo abierta para los procónsules macedonios antes que para ti; tú fuiste hallado, estando dotado de mando consular, que no triunfaste desde Macedonia.
56
Pero han oído, padres conscriptos, la voz del filósofo. Negó haber sido nunca codicioso de triunfo.¡ Oh crimen, oh peste, oh mancha! Cuando extinguías el senado, vendías la autoridad de este orden, entregabas tu consulado al tribuno de la plebe, destruías la república, entregabas mi cabeza y mi salvación por el único precio de una provincia, si no codiciabas el triunfo,¿ de qué cosa, finalmente, defenderás que ardías de codicia? Pues a menudo he visto a quienes, pareciéndoles a mí y a los demás más codiciosos de provincia, cubrían y ocultaban su codicia bajo el nombre de triunfo. Esto decía Décimo Silano, cónsul en este orden, esto decía también mi colega. Pues nadie puede codiciar un ejército y pedirlo abiertamente sin pretextar la codicia de triunfo.
57
Pero si el senado y el pueblo romano te hubieran obligado a emprender la guerra, a dirigir el ejército, sin que tú lo buscaras o incluso rechazándolo, aun así sería de ánimo estrecho y humilde despreciar el honor y la dignidad de un justo triunfo. Pues así como es propio de la ligereza buscar un rumor vano y perseguir todas las sombras incluso de una falsa gloria, así es propio de un ánimo que huye de la luz y el esplendor repudiar la justa gloria, que es el fruto más honesto de la verdadera virtud. Cuando, en verdad, no solo sin que el senado lo pidiera y obligara, sino estando invicto y oprimido, no solo sin ningún entusiasmo del pueblo romano, sino sin que nadie diera su sufragio libre, esa provincia fue para ti el precio de una ciudad destruida y perdida por ti, y cuando de todos tus crímenes esta fue la condición: que si entregabas toda la república a ladrones nefandos, Macedonia te sería entregada por esa razón con los límites que quisieras: cuando agotabas el erario, cuando privabas a Italia de su juventud, cuando cruzabas el mar vastísimo en invierno, si despreciabas el triunfo,¿ qué te arrebataba, ladrón insensatísimo, sino la codicia tan ciega de botín y rapiñas?
58
Ya no es posible para Cneo Pompeyo usar tu consejo; pues erró; no había probado esa filosofía tuya; el hombre estúpido ya ha triunfado tres veces. Craso, me avergüenzo de ti.¿ Qué es lo que, habiendo terminado tú la guerra más temible, quisiste que esa corona laureada te fuera decretada con tanto empeño por el senado? Publio Servilio, Quinto Metelo, Cayo Curión, Lucio Afranio,¿ por qué no escucharon a este hombre tan docto, tan erudito, antes de ser inducidos a ese error? Para el mismo Cayo Pomptino, mi allegado, ya no es posible; pues está impedido por las religiones asumidas.¡ Oh estúpidos Camilos, Curios, Fabricios, Calatinos, Escipiones, Marcelos, Máximos!¡ Oh demente Paulo, rústico Mario, padres de estos dos cónsules de ningún consejo, que triunfaron!
59
Pero puesto que no podemos cambiar lo pasado,¿ por qué este hombrecillo, Epicuro formado de arcilla y lodo, deja de dar estos preclaros preceptos de sabiduría al clarísimo y sumo comandante, su yerno? Aquel hombre, créeme, se deja llevar por la gloria; arde, se inflama con la codicia de un justo y gran triunfo. No ha aprendido esas mismas cosas que tú. Envía un librito a él y, si ya pudieras reunirte con él en persona, medita con qué palabras comprimas y extingas su codicia encendida. Tendrás influencia ante un hombre que vuela por la codicia de gloria siendo tú moderado y constante, ante un indocto siendo erudito, ante el yerno siendo suegro. Pues dirás, como eres un hombre hecho para persuadir, armonioso, perfecto, pulido de la escuela:¿ Qué es, César, lo que te deleita tanto con las suplicaciones decretadas ya tantas veces y por tantos días? En las cuales los hombres son llevados por el error, las cuales los dioses descuidan; quienes, como dijo nuestro divino Epicuro, no suelen ser propicios ni iracundos con nadie. No darás fe, ciertamente, cuando discutas esto; pues a ti le parecerá que están y han estado iracundos.
60
Te volverás a la otra escuela; disertarás sobre el triunfo:¿ Qué tiene, finalmente, ese carro, qué los comandantes encadenados ante el carro, qué las imágenes de las ciudades, qué el oro, qué la plata, qué los legados a caballo y los tribunos, qué el clamor de los soldados, qué toda esa pompa? Son vanidades, créeme, deleites casi de niños, buscar aplausos, ser llevado por la ciudad, querer ser visto. De cuyas cosas no hay nada que puedas tener como sólido, nada que puedas referir al placer del cuerpo.
61
¿ Por qué no me miras a mí, que, de la provincia de la que Tito Flaminino, Lucio Paulo, Quinto Metelo, Tito Didio y otros innumerables, movidos por la ligereza y la codicia, triunfaron, regresé de tal manera que en la puerta Esquilina pisé el laurel macedonio, y yo mismo llegué sediento a la puerta Celimontana con quince hombres mal vestidos; en cuyo lugar un liberto había alquilado para el preclaro comandante una casa dos días antes de este día; la cual, si no hubiera estado vacía, habría colocado mi tienda en el Campo de Marte. Mientras tanto, César, despreciados los platos triunfales, el dinero permanece en casa y permanecerá. Presenté las cuentas al erario continuamente, como tu ley ordenaba, y en ninguna otra cosa obedecí tu ley. Si conocieras esas cuentas, entenderás que a nadie le han sido más útiles las letras que a mí. Pues están redactadas tan hábilmente y con tanta cultura que el escriba en el erario que las recibió, tras haber revisado las cuentas, murmuró para sí mismo frotándose la cabeza con la mano izquierda: la cuenta, por Hércules, aparece, el dinero οἴχεται. Con este discurso no dudo que puedas revocar a aquel que ya está subiendo al carro.
62
¡ Oh tinieblas, oh lodo, oh suciedad, oh tú que te has olvidado de tu linaje paterno y apenas recuerdas el materno! Así, no sé qué es eso tan roto, humilde, abatido, sórdido, incluso inferior a lo que parece digno de un pregonero de Milán, tu abuelo. Lucio Craso, hombre sapientísimo de nuestra ciudad, escudriñó casi con sondas los Alpes para que, donde no había enemigo, buscara allí alguna causa de triunfo; con la misma codicia ardió Cayo Cotta, hombre dotado de sumo ingenio, sin enemigo cierto. Ninguno de ellos triunfó, porque a uno le impidió ese honor su colega, y al otro la muerte. Hace poco te burlaste de la codicia de triunfar de Marco Pisón, de la cual dijiste que estabas muy lejos. Quien, incluso si había llevado una guerra menos grande, como fue dicho por ti, sin embargo no pensó que ese honor debía ser despreciado. Tú, más erudito que Pisón, más prudente que Cotta, más abundante en consejo, ingenio y sabiduría que Craso, desprecias aquellas cosas que aquellos idiotas, como tú los llamas, consideraron preclaras.
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Si los reprendes porque fueron codiciosos de la corona laureada, cuando habían llevado guerras pequeñas o nulas, tú, habiendo sometido tantas naciones, habiendo realizado tantos hechos, no debiste despreciar en absoluto el fruto de tus trabajos, los premios de los peligros, las insignias de la virtud. Y ciertamente no los despreciaste, aunque seas más sabio que Temista, sino que no quisiste que tu rostro de hierro fuera azotado por el reproche del senado. Ya ves— puesto que fui tan enemigo de mí mismo que me comparé contigo— que tanto mi partida, como mi ausencia y mi regreso han superado tanto a los tuyos que a mí todas esas cosas me han dado una gloria inmortal, y a ti te han infligido una turpitud sempiterna.
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¿ Acaso también en esta vida cotidiana, asidua y urbana, vas a anteponernos tu esplendor, tu gracia, tu celebridad doméstica, tu labor forense, tu consejo, tu auxilio, tu autoridad, tu sentencia senatorial, o, para decirlo con más verdad, a cualquier hombre ínfimo y despreciable? Vamos, el senado te odia— lo cual concedes que hace con derecho— como afligidor y destructor no solo de su dignidad y autoridad, sino de todo su orden y nombre; los caballeros romanos no pueden verte, de cuyo orden, siendo tú cónsul, fue relegado un hombre preclarísimo y adornadísimo, Lucio Elio; la plebe romana desea tu perdición, en cuya infamia has vertido lo que habías hecho contra mí a través de ladrones y esclavos; toda Italia te execra, cuyos decretos y ruegos tú mismo has repudiado soberbiamente.
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Haz la prueba de un odio tan grande y tan universal, si te atreves. Se acercan los juegos más preparados y magníficos desde la memoria de los hombres, cuales no solo nunca han existido, sino que no puedo sospechar de ninguna manera que puedan hacerse en el futuro. Entrégate al pueblo, confíate a los juegos.¿ Temes el silbido?¿ Dónde están tus escuelas?¿ Temes que se te aclame? Ni siquiera eso es algo que deba preocupar a un filósofo.¿ Temes que no se te pongan las manos encima? Pues el dolor es un mal, como tú discutes; la estimación, el deshonor, la infamia, la turpitud son palabras y necedades. Pero de esto no dudo; no se atreverá a acercarse a los juegos. No entrará en un banquete público por causa de dignidad, a menos que tal vez para cenar con Publio Clodio, es decir, con sus amores, sino claramente por causa de su ánimo; nos dejará los juegos a nosotros, los idiotas.
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Pues suele en sus disputas anteponer los placeres del abdomen al deleite de los ojos y los oídos. Pues porque ese hombre les parezca a ustedes solo malvado, cruel, antaño raterillo, ahora en verdad incluso rapaz, porque sea sórdido, porque sea contumaz, porque sea soberbio, porque sea falaz, porque sea perfidioso, porque sea impudente, porque sea audaz, sepan que no hay nada más lujurioso, nada más libidinoso, nada más protervo, nada más vil. Pero no piensen en esa lujuria en él.
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Pues hay una que, aunque toda es viciosa y vergonzosa, es sin embargo más digna de un hombre ingenuo y libre. Nada hay en él lujoso, nada elegante, nada exquisito— alabaré a mi enemigo—, es más, ni siquiera nada costoso en gran medida fuera de sus libídines. Ningún trabajo de cincel, copas grandísimas, y ellas, para no parecer que desprecia a los suyos, placentinas; mesa servida no con mariscos o pescados, sino con mucha carne medio rancia. Sirven siervos sucios, algunos incluso ancianos; el mismo cocinero, el mismo portero; ningún panadero en casa, ninguna despensa; el pan y el vino del mercader y de la cuba; griegos apiñados de cinco en cinco en los lechos, a menudo más; él solo; se bebe hasta que se sirve desde la cuba. Cuando oyó el canto del gallo, piensa que su abuelo ha revivido; ordena retirar la mesa.
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Dirá alguien:¿ De dónde te es conocido esto? No, por Hércules, describiré a nadie por causa de afrenta, especialmente a un hombre ingenioso y erudito, a cuyo género no puedo estar iracundo aunque quisiera. Hay un griego que vive con él, un hombre, para decir la verdad— pues así lo he conocido— humano, pero solo mientras está con otros o consigo mismo. Este, cuando vio a aquel joven ya entonces con ese rostro iracundo contra los dioses, no desdeñó su amistad, siendo especialmente buscado; se entregó a su trato de tal manera que vivía absolutamente con él y casi nunca se apartaba de él. No hablo ante indoctos, sino, como yo creo, en un grupo de hombres eruditísimos y humanísimos. Han oído ciertamente decir que los filósofos epicúreos miden todas las cosas que son deseables para el hombre por el placer; si rectamente o no, nada nos importa o, si nos importa, nada a este tiempo; pero, sin embargo, es un género de discurso resbaladizo para un joven que no entiende agudamente y a menudo precipitado.
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Por tanto, este semental, tan pronto como oyó que el placer era tan alabado por el filósofo, no indagó nada, así excitó todos sus sentidos voluptuosos, así relinchó ante este discurso de aquel, que no pensó que había encontrado un maestro de virtud, sino un autor de libídine. El griego al principio distinguía y dividía cómo se decían aquellas cosas; este, cojo, como dicen, de la pelota; retener lo que había recibido, testificar, querer sellar tablillas, pensar que Epicuro hablaba elocuentemente. Dice, además, creo, que no puede entender ningún bien quitados los placeres del cuerpo.
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¿ Qué más? El griego, fácil y muy encantador, no quiso ser demasiado combativo contra un comandante del pueblo romano. Es, además, este de quien hablo, no solo pulido en filosofía, sino también en los demás estudios que dicen que los epicúreos suelen descuidar; además, hace un poema tan festivo, tan armonioso, tan elegante, que nada puede hacerse más agudo. En lo cual puede reprenderlo quien quiera, solo que levemente, no como a un malvado, no como a un audaz, no como a un impuro, sino como a un grecuelo, como a un adulador, como a un poeta. Llegó, sin embargo, o más bien cayó en él el griego y advenedizo, engañado por el mismo ceño que tantos sabios y tan gran ciudad. No podía revocarse, implicado por la familiaridad, y al mismo tiempo temía la fama de inconstancia. Rogado, invitado, obligado, escribió tantas cosas a él sobre él mismo que expresó todas sus libídines, todos sus estupros, todos los géneros de cenas y banquetes, finalmente sus adulterios, con versos delicadísimos,
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en los cuales, si alguien quisiera, podría contemplar la vida de este como en un espejo; de los cuales recitaría muchas cosas leídas y oídas por muchos, si no temiera que este mismo género de discurso que ahora uso fuera ajeno a la costumbre de este lugar; y al mismo tiempo no quiero que se quite nada al que escribió. Quien, si hubiera tenido mejor fortuna al encontrar un discípulo, tal vez podría haber sido más austero y grave; pero el azar lo indujo a esta costumbre de escribir muy indigna de un filósofo, si es que la filosofía, como se dice, contiene la disciplina de la virtud, del deber y del bien vivir; quien la profesa me parece sostener una persona gravísima.
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Pero el mismo azar, ignorante de lo que profesaba al llamarse filósofo, manchó a ese animal impurísimo y desenfrenado con su cieno y sus inmundicias. Él, que hace poco había elogiado las gestas de mi consulado— elogio que, viniendo de un hombre tan infame, me resultaba casi infame a mí mismo—, me dijo:« No fue esa envidia la que te perjudicó, sino tus versos. Se dictó un castigo demasiado severo contra ti, cónsul, ya fuera por mal poeta o por libre. Pues escribiste: cedant arma togae( que las armas cedan ante la toga).¿ Y qué? Ese asunto te provocó aquellas olas». Pero supongo que en aquel elogio que, siendo tú cónsul, se grabó en el sepulcro de la República, no estaba escrito en ninguna parte:« Que queráis y ordenéis que, porque Marco Cicerón haya hecho un verso, sino porque lo haya reivindicado». Sin embargo,
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puesto que no tenemos en ti a un Aristarco, sino a un Fálaris gramático, que no pone una nota ante un mal verso, sino que persigue al poeta con las armas, deseo saber qué es lo que finalmente repruebas en ese verso: cedant arma togae. Dices:« Dices que el máximo comandante va a ceder ante tu toga».¿ Qué voy a enseñarte ahora, asno, sobre letras? No hacen falta palabras, sino palos. No me refería a esta toga con la que estoy vestido, ni a las armas como el escudo o la espada de un solo comandante, sino que, dado que la toga es el emblema de la paz y del ocio, y las armas, en cambio, del tumulto y de la guerra, hablé al modo de los poetas y quise que se entendiera que la guerra y el tumulto cederían ante la paz y el ocio.
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Pregúntaselo a ese poeta griego, tu allegado; él aprobará el género mismo, lo reconocerá y no se extrañará de que tú no sepas nada. Pero dices:« En aquel otro te atascas: concedat laurea laudi( que el laurel ceda ante el mérito)». Pues, por Hércules, te estoy agradecido; pues me habría atascado si tú no me hubieras sacado del apuro. Porque, cuando tú, tímido y tembloroso, arrojaste con tus propias manos, las más ladronas, el laurel arrancado de los sangrientos fasces ante la puerta Esquilina, juzgaste que el laurel había cedido no solo ante el mérito más grande, sino incluso ante el más pequeño. Y, sin embargo, con ese discurso, malvado, quieres que se entienda que Pompeyo se hizo enemigo mío por ese verso, para que, si el verso me perjudicó, parezca que la ruina me fue buscada por aquel a quien ese verso ofendió.
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Omito que ese verso no tuvo nada que ver con él; que no fue mi intención, tras haberlo honrado tanto como pude en muchos discursos y escritos, violarlo con un solo verso. Pero supongamos que se ofendió al principio;¿ acaso no compensó con un versículo tantos volúmenes míos de alabanzas hacia él? Y si se hubiera sentido molesto,¿ habría sido aquel hombre tan cruel contra la vida de alguien— no diré de un amigo íntimo, ni de alguien que tanto mereció por su gloria, ni por la República, ni de un consular, ni de un senador, ni de un ciudadano, ni de un hombre libre— por un verso?¿ Entiendes qué dices, ante quiénes lo dices y de quién hablas? Quieres involucrar a hombres ilustrísimos en tu crimen y el de Gabinio, y no ocultamente; pues hace poco dijiste que yo me enfrentaba con aquellos a quienes despreciaba, y no tocaba a los que podían más, con quienes debería estar enfadado. De los cuales— pues,¿ quién no entiende a quiénes te refieres?—, aunque la causa de todos no es la misma, sin embargo, es aprobada por mí.
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Cneo Pompeyo, a pesar de muchos que se oponían a su afecto y amor hacia mí, siempre me quiso, siempre me juzgó dignísimo de su unión, siempre quiso que yo estuviera no solo a salvo, sino también en la posición más alta y distinguida. Vuestros fraudes, vuestro crimen, vuestras acusaciones de mis supuestas emboscadas y de sus peligros, inventadas nefandamente, junto con las de aquellos que, por la licencia de la familiaridad, habían instalado el domicilio de sus discursos más infames en sus oídos por vuestro impulso, vuestras codicias de provincias hicieron que yo fuera excluido y que todos los que deseaban que yo, que su gloria y que la República estuvieran a salvo, fueran apartados de su conversación y de su acceso;
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cosas por las cuales se logró que a él no se le permitiera claramente atenerse a su propio juicio, cuando ciertos hombres no habían alienado su afecto de mí, sino que habían retrasado su ayuda.¿ Acaso no vino a ti Lucio Léntulo, que entonces era pretor, no Quinto Sanga, no Lucio Torcuato padre, no Marco Lúculo? Todos los cuales, y muchos mortales más, habían venido a rogarle y suplicarle a su villa de Alba que no abandonara mi fortuna, unida a la salvación de la República. Él los remitió a ti y a tu colega para que asumierais la causa pública, para que lo refirierais al Senado; él decía que no quería luchar contra un tribuno de la plebe armado sin una decisión pública; que tomaría las armas cuando los cónsules defendieran la República según un decreto del Senado.¿ Recuerdas, desgraciado, qué respondiste?
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En lo cual todos ellos, pero Torcuato más que los demás, estaban furiosos por la contumacia de tu respuesta: que tú no eras tan valiente como el propio Torcuato lo había sido en su consulado o yo; que no había necesidad de armas ni de contienda; que yo podía salvar la República por segunda vez si cedía; que habría una matanza infinita si me resistía. Luego, al final, que ni él, ni su yerno, ni su colega faltarían al tribuno de la plebe.¿ Aquí tú, enemigo y traidor, dices que yo debería ser más enemigo de otros que de ti? Yo sé que C.
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César no pensó lo mismo que yo sobre la República; pero, sin embargo, lo que ya he dicho a menudo sobre él ante estos oyentes, él quiso que yo fuera socio de todo su consulado y de aquellos honores que compartió con los más cercanos, me lo ofreció, me invitó, me lo pidió. No me dejé llevar a la causa por un deseo quizás excesivo de constancia; no exigía ser queridísimo para aquel a quien yo ni siquiera por sus beneficios le había entregado mi opinión. Se consideraba que el asunto se llevaba a la contienda siendo tú cónsul, sobre si lo que él había hecho el año anterior debía permanecer o ser rescindido.¿ Qué más voy a decir? Si él pensó que había en mí solo tanta fuerza y virtud que lo que él mismo había hecho se vendría abajo si yo me hubiera resistido,¿ por qué no voy a perdonarle si antepuso su salvación a la mía?
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Pero dejo de lado lo pasado. Como Cneo Pompeyo me abrazó con todos sus esfuerzos, trabajos y peligros de su vida, cuando visitaba los municipios por mí, imploraba la lealtad de Italia, se sentaba frecuentemente junto al cónsul Publio Léntulo, autor de mi salvación, garantizaba la opinión del Senado, en las asambleas se declaraba no solo defensor de mi salvación, sino incluso suplicante por mí, unió a esta voluntad a aquel de quien sabía que podía mucho, que no era mi enemigo, a C. César, como socio y ayudante suyo. Ya ves que yo no debería ser enemigo tuyo, sino hostil, y que no debería estar enfadado con aquellos a quienes describes, sino ser su amigo; de los cuales uno, lo cual recordaré, siempre fue tan amigo mío como de sí mismo, el otro, lo cual olvidaré, fue en algún momento más amigo de sí mismo que de mí.
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Luego, esto sucede así: que los hombres valientes, incluso si han luchado cuerpo a cuerpo con el hierro, sin embargo, deponen ese odio de la contienda junto con la misma lucha y las armas. Y él nunca pudo odiarme, ni siquiera cuando discrepábamos. La virtud, a la que tú no conoces ni de vista, tiene esto: que su aspecto y belleza deleitan a los hombres valientes incluso cuando se encuentra en el enemigo. Por mi parte, diré de corazón, padres conscriptos, lo que siento y lo que ya os he dicho a menudo ante vosotros. Si C. César nunca hubiera sido mi amigo, si siempre estuviera enfadado, si siempre despreciara mi amistad y se mostrara implacable e inexpiable conmigo, aun así, habiendo hecho tantas cosas y haciéndolas a diario, no podría no ser su amigo; cuyo mando, no el muro de los Alpes contra el ascenso y el paso de los galos, no el foso del Rin desbordado por aquellos remolinos, opongo y antepongo a las naciones más salvajes de los germanos;

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