Lucullus
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Original / primary: Spanish Gemini
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El gran talento de L. Lúculo y su gran dedicación a las mejores artes, así como toda la doctrina liberal y digna de un hombre noble que él había asimilado, carecieron por completo de aplicación en los asuntos urbanos en los tiempos en que más pudo florecer en el foro. Pues, en efecto, siendo muy joven, habiendo perseguido con gran gloria las enemistades paternas junto a su hermano, dotado de igual piedad y laboriosidad, partió hacia Asia como cuestor y allí, durante muchísimos años, estuvo al frente de la provincia con una gloria admirable; después, ausente, fue nombrado edil y acto seguido pretor( pues el premio de la ley permitía mayor celeridad), luego fue a África y de allí al consulado, el cual desempeñó de tal modo que todos admiraban su diligencia y reconocían su talento. Después, enviado por el senado a la guerra mitridática, no solo superó toda la opinión que se tenía sobre su virtud, sino también la gloria de sus predecesores.
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Y esto fue tanto más admirable cuanto que de él no se esperaba gran gloria militar, pues había consumido su juventud en la labor forense y el largo tiempo de su cuestura en Asia, mientras Murena hacía la guerra en el Ponto, en la paz de Asia. Pero una cierta magnitud increíble de ingenio no echó en falta la disciplina de la experiencia. Así pues, habiendo consumido todo el viaje y la navegación parte preguntando a los expertos y parte leyendo sobre las gestas, llegó a Asia hecho un general, habiendo partido de Roma siendo un novato en asuntos militares. Pues poseía una memoria divina de los hechos— Hortensio tenía una mayor de las palabras—, pero cuanto más útiles son los hechos que las palabras en la gestión de los negocios, tanto más sobresaliente era aquella memoria. Dicen que fue singular en Temístocles, a quien consideramos fácilmente el principal de Grecia; de quien se dice que, incluso ante alguien que le prometía enseñarle el arte de la memoria que entonces se introducía por primera vez, respondió que prefería aprender a olvidar, creo porque se le quedaba grabado en la memoria todo lo que había oído y visto. Dotado de tal ingenio, Lúculo había añadido también aquella disciplina que Temístocles había despreciado; así pues, tal como consignamos en letras lo que queremos confiar a los monumentos, así tenía él las cosas esculpidas en su mente.
3
Fue, por tanto, un general tan grande en todo tipo de guerra, en batallas, asedios, combates navales y en todo el instrumental y aparato bélico, que aquel rey, el más grande después de Alejandro, confesaba que este era un jefe más grande que cualquiera de los que había leído. En el mismo hubo tanta prudencia en establecer y moderar las ciudades, tanta equidad, que hoy Asia se mantiene gracias a las instituciones de Lúculo y a seguir, por así decirlo, sus huellas. Pero, aunque con gran utilidad para la república, sin embargo, durante más tiempo del que yo hubiera querido, tanta fuerza de virtud y talento estuvo ausente, peregrinando lejos de la vista tanto del foro como de la curia. Es más, cuando regresó victorioso de la guerra mitridática, por la calumnia de sus enemigos triunfó tres años más tarde de lo que debía; pues nosotros, siendo cónsules, introdujimos casi en la ciudad el carro de tan ilustre varón. Qué provecho habrían reportado entonces su consejo y autoridad en los asuntos más importantes, lo diría si no tuviera que hablar de mí mismo, lo cual en este momento no es necesario; así pues, le privaré más bien del testimonio debido antes que compartirlo con mi propia alabanza.
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Pero lo que en Lúculo debió ser decorado con la gloria popular, eso ha sido celebrado casi tanto en letras griegas como latinas. Nosotros, en cambio, conocimos a menudo por él mismo aquellas cosas externas junto a muchos, y estas interiores junto a pocos. Pues Lúculo se dedicó con mayor entusiasmo tanto a todo género de letras como a la filosofía de lo que pensaban quienes lo ignoraban, y no solo al comenzar su edad, sino también durante algunos años como cuestor y en la misma guerra, en la que la ocupación de los asuntos militares suele ser tan grande que no queda mucho ocio para un general bajo las mismas tiendas de campaña. Cuando, además, se consideraba que Antíoco, discípulo de Filón, sobresalía entre los filósofos por su ingenio y saber, lo tuvo consigo tanto como cuestor como, años después, como general, y, poseyendo aquella memoria que dije antes, conociendo a menudo por el oído lo que hubiera podido recordar incluso habiéndolo oído una sola vez. Se deleitaba, además, maravillosamente con la lectura de los libros sobre los que oía hablar.
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Y temo a veces que, al querer amplificar la gloria de tales personajes, incluso la disminuya. Pues hay muchos que no aman en absoluto las letras griegas, más aún los que no aman la filosofía, y otros que, incluso si no desaprueban estas cosas, piensan que la discusión sobre tales asuntos no es tan decorosa para los principales de la ciudad. Yo, sin embargo, habiendo sabido que M. Catón aprendió letras griegas en su vejez, y hablando las historias de P. Africano de que en aquella noble embajada, que realizó antes de su censura, Panecio fue el único compañero, no requiero ya ningún otro aval ni de las letras griegas ni de la filosofía.
6
Resta que responda a quienes no quieren que personajes tan graves se vean involucrados en conversaciones de este tipo. Como si fuera necesario que los encuentros de hombres ilustres fueran silenciosos, o sus conversaciones lúdicas, o sus coloquios sobre asuntos más ligeros. Pues, en efecto, si en cierto libro la filosofía ha sido alabada por nosotros con verdad, ciertamente su tratamiento es dignísimo de todo hombre excelente y amplísimo, y no hay nada más que debamos cuidar nosotros, a quienes el pueblo romano ha colocado en este grado, sino no restar nada de la obra pública a los estudios privados. Pero si, cuando debíamos cumplir con nuestro deber, no solo nunca retiramos nuestra labor de la asamblea popular, sino que ni siquiera escribimos una sola letra que no fuera forense,¿ quién reprochará nuestro ocio, en el cual no solo no queremos que nosotros mismos nos entorpezcamos y languidezcamos, sino que nos esforzamos por ser útiles a la mayor cantidad de personas? La gloria, en verdad, no solo no creemos que disminuya, sino que incluso pensamos que aumenta la de aquellos a cuyas alabanzas populares e ilustres añadimos también estas otras menos conocidas y menos divulgadas.
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Hay también quienes niegan que en aquellos que discuten en nuestros libros existiera el conocimiento de las cosas sobre las que se discute. Quienes me parecen envidiar no solo a los vivos, sino también a los muertos. Resta un género de detractores, a quienes no les agrada el método de la Academia. Lo cual llevaríamos más gravemente si alguien aprobara alguna disciplina de filosofía aparte de la que él mismo sigue; nosotros, sin embargo, puesto que solemos decir lo contrario a todos los que creen saber, no podemos rechazar que otros disientan de nosotros. Aunque nuestra causa es fácil, pues queremos encontrar la verdad sin ninguna contención y la buscamos con el máximo cuidado y estudio. Pues aunque todo conocimiento está obstruido por muchas dificultades y existe tal oscuridad en las cosas mismas y tal debilidad en nuestros juicios, que no sin causa los más antiguos y doctos desconfiaron de poder encontrar lo que deseaban, sin embargo, ni ellos desfallecieron ni nosotros dejaremos, fatigados, el estudio de investigar. Y nuestras discusiones no hacen otra cosa sino que, al hablar y escuchar en ambas partes, se extraiga y, por así decirlo, se exprese algo que sea verdad o que se acerque lo más posible a ello.
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Y entre nosotros y aquellos que creen saber no hay ninguna diferencia, salvo que ellos no dudan de que sean verdaderas las cosas que defienden, mientras que nosotros tenemos muchas cosas probables, que podemos seguir fácilmente, pero afirmar apenas podemos. Somos, además, más libres y sueltos en esto, porque tenemos íntegra la potestad de juzgar y no estamos obligados por ninguna necesidad a defender todas las cosas que han sido prescritas y, por así decirlo, ordenadas. Pues los demás, primero, están atados antes de haber podido juzgar qué era lo mejor; después, en el tiempo más débil de la edad, o bien obedeciendo a algún amigo o cautivados por el discurso de alguien a quien escucharon primero, juzgan sobre cosas desconocidas y, arrastrados como por una tempestad hacia cualquier disciplina, se adhieren a ella como a una roca.
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Pues lo que dicen, que creen todo en aquel a quien juzgan haber sido sabio, lo aprobaría si los rudos e indoctos hubieran podido juzgar eso mismo( pues establecer quién es sabio parece ser, en gran medida, propio del sabio). Pero, aun pudiendo, o bien juzgaron habiendo oído todas las cosas y conocidas también las opiniones de los demás, o bien, habiendo oído la cosa una sola vez, se entregaron a la autoridad de uno solo; pero no sé cómo la mayoría prefiere errar y defender con mayor combatividad la opinión que han amado que buscar sin pertinacia qué es lo que se dice con mayor constancia. Sobre estas cosas, otras veces hemos buscado y discutido mucho, y una vez en la villa de Hortensio que está en Baulos, cuando Catulo y Lúculo y nosotros mismos habíamos llegado al día siguiente de haber estado en casa de Catulo. A donde, por cierto, llegamos incluso más temprano, porque se había acordado que, si había viento, Lúculo navegaría hacia su villa de Nápoles y yo hacia la de Pompeya. Así pues, después de haber hablado poco en el xisto, nos sentamos en el mismo espacio.
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Aquí Catulo dijo:' Aunque ayer se explicó casi lo que se buscaba, de modo que toda la cuestión parece haber sido tratada, sin embargo, espero aquellas cosas que prometiste, Lúculo, que dirías habiendo sido oídas de Antíoco'.' Por mi parte', dijo Hortensio,' hice más de lo que hubiera querido; pues toda la cuestión, Catulo, debía haberse mantenido íntegra para Lúculo. Y, sin embargo, tal vez se ha mantenido; pues por mi parte se dijeron las cosas que estaban a mano, pero de Lúculo deseo las más recónditas'. Entonces él dijo:' No ciertamente, Hortensio, me perturba tu expectativa, aunque nada es tan adversario para quienes quieren agradar; pero como no me preocupa mucho si lo que digo será aprobado, por eso me perturba menos. Pues diré cosas que no son mías, y en las que, si no resultan ser verdaderas, preferiría ser vencido que vencer. Pero, por Hércules, tal como está ahora la causa, aunque en el discurso de ayer fue debilitada, sin embargo, me parece ser verísima. Hablaré, pues, como hablaba Antíoco. Pues el asunto me es conocido; pues escuchaba a aquel con ánimo vacío y con gran estudio, y sobre el mismo asunto incluso más a menudo: para que incluso haga una expectativa mayor de mí que la que acaba de hacer Hortensio'. Como así había comenzado, erguimos nuestros ánimos para escuchar.
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LUC. Pero él dijo:' Cuando estaba en Alejandría como cuestor, estuvo Antíoco conmigo, y ya antes en Alejandría era familiar de Antíoco Heráclito de Tiro, quien había escuchado a Clitómaco durante muchos años y a Filón, un hombre ciertamente aprobado y noble en esa filosofía que ahora, casi abandonada, se está revocando; con quien escuchaba a menudo a Antíoco discutiendo— pero a ambos suavemente—; y, en efecto, aquellos dos libros de Filón, de los que ayer habló Catulo, habían sido traídos entonces a Alejandría y entonces habían llegado por primera vez a manos de Antíoco; y el hombre, suavísimo por naturaleza( pues nada podía ser más apacible que él), comenzó sin embargo a enfadarse. Me maravillaba; pues nunca antes lo había visto. Pero él, implorando la memoria de Heráclito, preguntaba de él si le parecían aquellas cosas de Filón o si alguna vez las había oído de Filón o de cualquier otro académico. Lo negaba, sin embargo, reconocía el escrito de Filón; y eso, ciertamente, no podía dudarse, pues estaban presentes mis familiares, hombres doctos, P. y C. Selio y Tetrilio Rogo, quienes decían haber oído eso en Roma sobre Filón y haber copiado de él mismo aquellos dos libros'.
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Entonces también les dijo Antíoco lo que ayer recordó Catulo que su padre había dicho a Filón y otras cosas más; y no se contuvo de publicar incluso un libro contra su propio maestro, que se titula Sosus. Entonces, pues, tanto cuando escuchaba con entusiasmo a Heráclito discutiendo contra Antíoco como también a Antíoco contra los académicos, dediqué mi atención a Antíoco más diligentemente, para conocer toda la causa por él. Así pues, durante muchos días, habiendo llamado a Heráclito y a muchos doctos, y entre ellos al hermano de Antíoco, Aristo, y además a Aristo y a Dión, a quienes aquel, después de su hermano, atribuía mucho, consumimos mucho tiempo en esa única discusión. Pero esa parte que era contra Filón debe omitirse; pues es un adversario menos acerbo aquel que niega que los académicos digan en absoluto esas cosas que fueron defendidas ayer; aunque miente, sin embargo, es un adversario más suave. Vengamos a Arcesilao y a Carnéades'.
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Cuando hubo dicho esto, comenzó de nuevo así:' Primero me parecéis'( y me llamaba por mi nombre)' al nombrar a los antiguos físicos, hacer lo mismo que suelen hacer los ciudadanos sediciosos cuando presentan a algunos hombres ilustres de la antigüedad de quienes dicen que fueron populares, para que ellos mismos parezcan ser semejantes a ellos. Remontan a P. Valerio, quien fue cónsul el primer año tras la expulsión de los reyes, conmemoran a los demás que promulgaron leyes populares sobre las provocaciones cuando eran cónsules; luego a estos más conocidos, C. Flaminio, quien siendo tribuno de la plebe promulgó una ley agraria algunos años antes de la segunda guerra púnica contra la voluntad del senado y después fue hecho cónsul dos veces, L. Casio, Q. Pompeyo. Aquellos, ciertamente, suelen incluir incluso a P. Africano en el mismo número; y dicen que los dos hermanos más sabios y clarísimos, P. Craso y P. Escévola, fueron los autores de las leyes de Tib. Graco, uno ciertamente como vemos abiertamente, el otro como sospechan más oscuramente. Añaden también a C. Mario; y sobre este, ciertamente, no mienten en nada. Expuestos los nombres de tantos y tan grandes varones, dicen seguir su institución'.
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Del mismo modo vosotros, al querer perturbar la república como aquellos, queréis perturbar la filosofía ya bien constituida, presentando a Empédocles, Anaxágoras, Demócrito, Parménides, Jenófanes, incluso a Platón y a Sócrates. Pero ni Saturnino, para nombrar a nuestro enemigo preferentemente, tuvo nada semejante a aquellos antiguos, ni la calumnia de Arcesilao debe compararse con la modestia de Demócrito. Y, sin embargo, aquellos físicos muy raramente, cuando se quedan atascados en algún lugar, exclaman como incitados por la mente, Empédocles ciertamente hasta el punto de que a veces me parece que delira, que todo está oculto, que no sentimos nada, no discernimos nada, no podemos encontrar nada en absoluto tal como es; la mayor parte, sin embargo, me parecen a mí que todos ellos afirman incluso demasiado ciertas cosas y profesan saber más de lo que saben.
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Pero si ellos dudaron entonces en asuntos nuevos como si estuvieran naciendo,¿ pensamos que nada ha sido explicado en tantos siglos por los más altos ingenios y los mayores estudios?¿ No es cierto que, cuando ya se habían constituido las disciplinas más graves de los filósofos, entonces surgió, como en la mejor república Tib. Graco para perturbar el ocio, así Arcesilao para derribar la filosofía constituida y esconderse en la autoridad de aquellos que habían negado que se pudiera saber o percibir nada? Del número de los cuales debe ser retirado tanto Platón como Sócrates, el uno porque dejó una disciplina perfectísima, los peripatéticos y académicos difiriendo en los nombres pero coincidiendo en la realidad, de quienes los mismos estoicos disintieron más en palabras que en sentencias; Sócrates, en cambio, restándose a sí mismo en la discusión, atribuía más a aquellos a quienes quería refutar; así, al decir una cosa y sentir otra, solía usar gustosamente esa disimulación que los griegos llaman ironía; la cual dice Fannio que también existió en Africano, y que por eso no debe considerarse viciosa en él, puesto que fue la misma en Sócrates.
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Pero hayan sido aquellas cosas antiguas, si queréis, desconocidas:¿ es que no se ha hecho nada, puesto que han sido investigadas, después de que Arcesilao, como se piensa, oponiéndose a Zenón, que no encontraba nada nuevo sino que enmendaba a los superiores mediante la inmutación de palabras, mientras quiere derribar las definiciones de este, intentó cubrir de tinieblas las cosas más claras? Cuya razón, al principio no muy aprobada( aunque floreció tanto con la agudeza del ingenio como con un admirable encanto de hablar), fue retenida próximamente solo por Lácides, pero después completada por Carnéades, quien es el cuarto desde Arcesilao; pues escuchó a Hegesino, quien había escuchado a Evandro, discípulo de Lácides, cuando Lácides había sido de Arcesilao. Pero el mismo Carnéades la mantuvo durante mucho tiempo, pues vivió noventa años, y quienes lo habían escuchado florecieron mucho. De los cuales, la mayor laboriosidad estuvo en Clitómaco( lo declara la multitud de libros), no menos ingenio en Agnón, elocuencia en Charmadas, suavidad en Melantio de Rodas; pero se consideraba que Metrodoro de Estratonicea conocía bien a Carnéades.
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Ya vuestro Filón dedicó su atención a Clitómaco durante muchos años. Pero, vivo Filón, no faltó el patrocinio de la Academia. Pero, lo que ahora comenzamos a hacer, discutir contra los académicos, algunos de los filósofos, y ciertamente no mediocres, pensaban que no debía hacerse en absoluto, y que no había ninguna razón para discutir con quienes no aprobaban nada, y reprendían a Antípatro el estoico, quien había sido muy activo en ello; y decían que no era necesario definir qué era el conocimiento o la percepción o, si queremos palabra por palabra, la comprensión, que ellos llaman catalepsia; y decían que quienes querían persuadir de que había algo que pudiera ser comprendido y percibido lo hacían ignorantemente, debido a que no había nada más claro que la evidencia— como los griegos, llamémosla nosotros si place perspicuidad o evidencia, y fabriquemos palabras si es necesario, y que no piense solo él( me llamaba bromeando) que esto le está permitido—, pero, sin embargo, pensaban que no se podía encontrar ningún discurso más ilustre que la evidencia misma, y consideraban que no debían definirse aquellas cosas que eran tan claras. Otros, en cambio, negaban que ellos hubieran dicho nada antes por esta evidencia, pero pensaban que debía decirse contra las cosas que se decían en contra, para que nadie fuera engañado.
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La mayoría, sin embargo, no desaprueba las definiciones incluso de las cosas evidentes y piensan que es un asunto idóneo sobre el que investigar y hombres dignos con quienes discutir. Filón, en cambio, mientras mueve algunas cosas nuevas, porque apenas podía sostener las cosas que se decían contra la pertinacia de los académicos, miente abiertamente, como fue reprendido por el padre Catulo, y como enseñó Antíoco, se mete él mismo en lo que temía. Pues, al negar así que hubiera algo que pudiera ser comprendido( pues queremos que eso sea lo captable), si eso fuera, tal como Zenón definía, tal representación( pues ya hemos gastado bastante esta palabra por fantasía en el discurso de ayer)— la representación, pues, impresa de aquello de donde era, tal como no podría ser de aquello de donde no era( lo cual nosotros, de Zenón, quien dice que puede percibirse como verdadero lo que estaba así impreso en el ánimo de aquello de donde... de donde no era, definimos rectísimamente; pues,¿ cómo puede ser comprendido algo, para que confíes plenamente en que eso ha sido percibido y conocido, que es tal cual podría ser incluso falso?)—, esto, al debilitarlo y quitarlo Filón, quita el juicio de lo desconocido y lo conocido; de lo cual se deduce que nada puede ser comprendido. Así, imprudente, se revuelve hacia donde menos quiere. Por lo cual, todo discurso contra la Academia es emprendido por nosotros, para que retengamos esa definición que Filón quiso derribar; la cual, si no obtenemos, concedemos que nada puede ser percibido.
19
Comencemos, pues, por los sentidos. Cuyos juicios son tan claros y ciertos que, si se diera opción a nuestra naturaleza y algún dios requiriera de ella si está contenta con sus sentidos íntegros e incorruptos o si pide algo mejor, no veo qué más buscaría. Y, en verdad, en este lugar no hay que esperar a que responda sobre el remo sumergido o sobre el cuello de la paloma; pues no soy quien diga que cualquier cosa que se ve es tal como se ve; Epicuro habrá visto esto y otras muchas cosas. A mi juicio, sin embargo, hay tanta verdad en los sentidos, si están sanos y fuertes y se eliminan todas las cosas que obstaculizan e impiden. Así pues, queremos a menudo cambiar la luz y la posición de aquellas cosas que contemplamos, y contraemos o dilatamos los intervalos, y hacemos muchas cosas hasta que la vista misma dé fe de su juicio. Lo cual sucede igual en las voces, en el olor, en el sabor, de modo que no hay nadie de nosotros que requiera un juicio más agudo en los sentidos de cada género.
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Aplicada, en verdad, la ejercitación y el arte, como los ojos se mantienen por la pintura y los oídos por los cantos,¿ quién hay que no vea cuánta fuerza hay en los sentidos? Cuántas cosas ven los pintores en las sombras y en la eminencia que nosotros no vemos; cuántas cosas que nos escapan en el canto oyen los ejercitados en ese género, quienes al primer soplo del flautista dicen que es Antíopa o Andrómaca, cuando nosotros ni siquiera lo sospechamos. No es necesario hablar del gusto y el olfato, en los cuales la inteligencia, aunque es viciosa, es sin embargo alguna.¿ Qué decir del tacto y, ciertamente, de aquel que los filósofos llaman interior, del dolor o del placer, en el cual los cirenaicos piensan que solo está el juicio de lo verdadero, porque se siente?
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¿ Puede, pues, alguien decir que entre el que sufre y el que está en placer no hay diferencia, o no está locamente loco el que así lo siente? Y, sin embargo, tales como son estas cosas que decimos que se perciben por los sentidos, tales siguen aquellas que se dicen que no se perciben por los sentidos mismos, sino de algún modo por los sentidos, como estas:' aquello es blanco, esto dulce, aquello sonoro, esto bien oliente, esto áspero': ya tenemos estas cosas comprendidas por el ánimo, no por los sentidos.' Aquel', a continuación,' es un caballo, aquel un perro'. La serie restante sigue después, uniendo cosas mayores, como estas que abarcan lo que es como una comprensión completa de las cosas:' si es hombre, es animal mortal partícipe de la razón'. De cuyo género se imprimen en nosotros las nociones de las cosas, sin las cuales no puede entenderse, ni buscarse, ni discutirse nada.
22
Pero si fueran falsas las nociones( pues tú parecías llamar nociones a las ennoias)— si, pues, fueran ellas falsas o impresas por representaciones de tal modo que las representaciones no pudieran distinguirse de las falsas,¿ de qué modo, finalmente, usaríamos estas, de qué modo veríamos qué es consentáneo a cada cosa y qué repugna? A la memoria, ciertamente, que no solo contiene la filosofía sino todo el uso de la vida y todas las artes, no se le deja lugar alguno. Pues,¿ qué memoria puede haber de las cosas falsas, o qué recuerda alguien que no comprende y retiene con el ánimo?¿ Qué arte, en verdad, puede haber sino la que no consta de una o dos, sino de muchas percepciones del ánimo? La cual, si la sustraes,¿ cómo distinguirás al artífice del ignorante? Pues no diremos fortuitamente que este es artífice y aquel no, sino cuando vemos que uno retiene las cosas percibidas y comprendidas y el otro no. Y siendo el género de las artes tal que una solo contempla la cosa con el ánimo, otra que trabaja algo y hace,¿ de qué modo puede el geómetra contemplar las cosas que o no son nada o no pueden distinguirse de las falsas, o aquel que usa las cuerdas completar los números y componer versos? Lo cual sucederá también en artes semejantes, cuya obra entera está en hacer y actuar. Pues,¿ qué es lo que puede ser hecho por arte si aquel que tratará el arte no ha percibido muchas cosas?
23
El conocimiento de las virtudes confirma, en verdad, sobremanera que muchas cosas pueden ser percibidas y comprendidas. En las cuales solo decimos que reside también la ciencia, la cual nosotros pensamos que no es solo comprensión de las cosas, sino que es también estable e inmutable, y asimismo la sabiduría, arte de vivir, que tiene de por sí constancia; esa constancia, sin embargo, si no tiene nada percibido y conocido, pregunto de dónde ha nacido o de qué modo. Pregunto también, aquel hombre bueno, que decidió soportar todo tormento, ser desgarrado por un dolor intolerable antes que traicionar su deber o su fe, por qué se impuso a sí mismo leyes tan graves, cuando no tenía nada comprendido, percibido, conocido, establecido sobre por qué debía ser así. De ningún modo, pues, puede suceder que alguien estime tanto la equidad y la fe que por causa de conservarlas no rechace ningún suplicio, a menos que haya asentido a aquellas cosas que no pueden ser falsas.
24
La sabiduría misma, en verdad, si se ignorará a sí misma si es sabiduría o no,¿ de qué modo obtendrá primero el nombre de sabiduría? Después,¿ de qué modo se atreverá a emprender alguna cosa o actuar con confianza, cuando no habrá nada cierto que seguir? Cuando, en verdad, dudará qué es el extremo y último de los bienes, ignorando a qué se refiere todo,¿ cómo podrá ser sabiduría? Y también es claro aquello, que es necesario establecer un inicio que la sabiduría siga cuando comience a hacer algo, y que ese inicio sea acomodado a la naturaleza. Pues de otro modo la apetencia( pues queremos que sea la horme con la que somos impulsados a actuar y apetecemos lo que ha sido visto) no puede moverse.
25
Aquello, sin embargo, que mueve, primero debe ser visto y creído; lo cual no puede suceder si aquello que ha sido visto no podrá distinguirse de lo falso.¿ De qué modo, pues, puede moverse el ánimo a apetecer, si aquello que se ve no se percibe si es acomodado a la naturaleza o ajeno? Asimismo, si no ocurre al ánimo qué es de su deber, no hará nunca nada en absoluto, no será impulsado nunca a ninguna cosa, nunca se moverá. Pero si va a hacer algo alguna vez, es necesario que le parezca verdadero aquello que ocurre.
26
¿ Qué decir de que, si esas cosas son verdaderas, toda la razón es eliminada como una cierta luz y lumbrera de la vida:¿ persistiréis aun así en esa depravación? Pues el inicio de buscar lo trajo la razón, la cual perfeccionó la virtud, cuando la razón misma fue confirmada buscando; la búsqueda, sin embargo, es la apetencia de conocimiento y el fin de la búsqueda es el hallazgo; pero nadie encuentra cosas falsas, ni las cosas que permanecen inciertas pueden ser encontradas, sino cuando las cosas que antes estaban como envueltas son abiertas, entonces se dicen encontradas: así mantiene tanto el inicio de buscar como el final de percibir y comprender. Así pues, la conclusión del argumento, que es en griego apodeixis, se define así:' razón que conduce desde las cosas percibidas a aquello que no se percibía'.
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Pero si todas las representaciones fueran de tal modo como dicen ellos, que pudieran ser incluso falsas y ninguna noción pudiera distinguirlas,¿ de qué modo diremos que alguien ha concluido algo o ha encontrado algo, o cuál sería la fe del argumento concluido? La filosofía misma, en verdad, que debe progresar con razones,¿ qué final tendrá?¿ Qué será de la sabiduría, en verdad, que no debe dudar ni de sí misma ni de sus decretos( que los filósofos llaman dogmas), de los cuales ninguno podrá ser traicionado sin crimen; pues cuando se traiciona un decreto, se traiciona la ley de lo verdadero y lo recto, de cuyo vicio suelen nacer tanto las traiciones de las amistades como las de las repúblicas; no puede, pues, dudarse que ningún decreto del sabio pueda ser falso ni que baste con que no sea falso, sino que debe ser también estable, fijo y ratificado, lo cual ninguna razón pueda mover; tales cosas, sin embargo, no pueden ser ni parecer ser según la razón de aquellos que niegan que esas representaciones de las cuales han nacido todos los decretos tengan nada que ver con las falsas.
28
De esto ha nacido aquello que pedía Hortensio, que dijerais que al menos eso mismo ha sido percibido por el sabio, que nada puede ser percibido. Pero a Antípatro, que pedía esto mismo, cuando decía que a quien afirmaba que nada puede ser percibido le era consentáneo decir al menos que eso mismo puede ser percibido, aunque otras cosas no pudieran, Carnéades resistía más agudamente. Pues decía que estaba tan lejos de ser consentáneo, que incluso repugnaba sobremanera. Pues quien negara que hubiera algo que fuera percibido, no exceptuaba nada; así, era necesario que ni siquiera eso mismo que no había sido exceptuado pudiera ser comprendido y percibido de modo alguno.
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Antíoco parecía acercarse más estrechamente a ese lugar. Pues, puesto que los académicos tenían ese decreto( pues ya sentís que llamo a esto dogma), que nada puede ser percibido, no debían ellos fluctuar en su decreto como en las demás cosas, especialmente cuando en ello consistía el todo: pues esta era la regla de toda la filosofía, la constitución de lo verdadero y lo falso, de lo conocido y lo desconocido; cuya razón, puesto que la emprendían y querían enseñar qué representaciones debían aceptarse y cuáles repudiarse, ciertamente debían haber percibido esto mismo, de lo cual era todo juicio de lo verdadero y lo falso; pues, en efecto, son dos estas cosas máximas en la filosofía, el juicio de lo verdadero y el fin de los bienes, y no puede ser sabio quien ignore el inicio de conocer o el extremo de apetecer, de modo que no sepa de dónde parte o a dónde debe llegar; estas cosas, sin embargo, tenerlas dudosas y no confiar en ellas de modo que no puedan ser movidas, dista mucho de la sabiduría. De este modo, pues, era más bien de pedir a ellos que dijeran que esto al menos, que nada puede ser percibido, ha sido percibido. Pero sobre la inconstancia de toda la sentencia de ellos— si es que puede haber alguna sentencia de alguien que no aprueba nada— creo que se ha dicho bastante.
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Sigue una discusión, ciertamente copiosa pero un poco abstrusa— pues tiene bastante de física, de modo que temo concederle mayor libertad y licencia a quien va a hablar en contra;¿ qué podría pensar que hará con las cosas ocultas y oscuras quien intenta arrebatar la luz?—, pero se podía discutir sutilmente con qué artificio, por así decirlo, la naturaleza fabricó primero a todo animal y luego, sobre todo, al hombre, qué fuerza había en los sentidos, de qué modo las primeras impresiones nos impulsaban y luego, a partir de estas, seguía el impulso, y entonces cómo dirigíamos los sentidos a percibir las cosas. Pues la mente misma, que es la fuente de los sentidos y es ella misma un sentido, tiene una fuerza natural que dirige hacia aquello por lo que es movida. Por tanto, unas impresiones las capta de tal modo que las usa inmediatamente, otras las guarda como si las almacenara, de donde surge la memoria; las demás, en cambio, las construye mediante semejanzas, a partir de las cuales se forman los conceptos de las cosas, que los griegos llaman tanto ennoiai como prolepseis; cuando a esto se añade la razón, la conclusión argumentativa y la multitud de cosas innumerables, entonces aparece la percepción de todo ello y esa misma razón perfecta llega por esos grados a la sabiduría.
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Siendo, pues, la mente humana muy apta para el conocimiento de las cosas y la constancia de la vida, abarca sobre todo el conocimiento y esa katalepsis, que, como dije, traduciendo palabra por palabra, llamaremos comprensión, tanto porque la ama por sí misma( pues nada hay más dulce para ella que la luz de la verdad) como también por su utilidad. Por lo cual, utiliza los sentidos y crea artes como si fueran otros sentidos, y refuerza la filosofía misma hasta el punto de convertirla en virtud, de la cual, como única cosa, toda la vida depende. Por tanto, quienes niegan que algo pueda ser comprendido arrebatan estos mismos instrumentos u ornamentos de la vida, o más bien destruyen toda la vida desde sus cimientos y privan al animal mismo de su alma, de modo que resulta difícil hablar de su temeridad tanto como el caso exige.
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Y, en verdad, no puedo determinar suficientemente cuál es su plan o qué quieren. Pues a veces, cuando les dirigimos un discurso de este tipo, que si lo que se discute es verdadero, entonces todo será incierto, responden:'¿ Qué nos importa eso a nosotros?¿ Es acaso culpa nuestra? Acusa a la naturaleza, que, como dice Demócrito, ha ocultado profundamente la verdad en el abismo'. Otros, en cambio, más elegantemente, que incluso se quejan de que los acusamos de decir que todo es incierto, intentan enseñar y distinguir cuánto hay de diferencia entre lo incierto y aquello que no puede ser percibido. Tratemos, pues, con estos que hacen tales distinciones, y dejemos a aquellos que dicen que todo es incierto, como si el número de estrellas sea par o impar, como a unos desesperados. Pues quieren( y esto es lo que notaba que a ustedes les movía especialmente) que haya algo probable y, por así decirlo, verosímil, y que usan eso como regla tanto en la vida práctica como en la investigación y la discusión.
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¿ Qué regla de lo verdadero y lo falso es esa, si no tenemos ninguna noción de lo verdadero y lo falso porque no pueden distinguirse? Pues si la tenemos, debe haber una diferencia, como entre lo recto y lo torcido, así entre lo verdadero y lo falso. Si no hay diferencia, no hay regla, ni puede aquel a quien la visión de lo verdadero y lo falso le es común tener juicio alguno o marca alguna de verdad en absoluto. Pues cuando dicen que solo eliminan esto, que algo pueda parecer verdadero de tal modo que no pueda parecer falso de la misma manera, pero que conceden lo demás, actúan infantilmente. Pues al eliminar aquello por lo que todo se juzga, niegan eliminar lo restante; como si alguien que hubiera privado a otro de la vista dijera que no le ha quitado las cosas que se pueden ver. Pues, al igual que aquellas se reconocen solo por los ojos, así las demás por las impresiones, pero por una marca propia de lo verdadero, no por una común de lo verdadero y lo falso. Por lo cual, ya sea que propongas una impresión probable, o una probable y que no sea impedida, como quería Carnéades, o cualquier otra cosa que sigas, tendrás que volver a esa impresión de la que tratamos.
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Si en ella, sin embargo, hay comunidad con lo falso, no habrá juicio, porque lo propio no puede ser marcado con un signo común. Pero si no hay nada común, tengo lo que quiero; pues busco aquello que me parezca verdadero de tal modo que no pueda parecer falso de la misma manera. Se encuentran en un error similar cuando, forzados por el clamor de la verdad, quieren distinguir lo evidente de lo percibido e intentan mostrar que hay algo evidente, verdadero, impreso en el alma y en la mente, y que, sin embargo, no puede ser percibido ni comprendido. Pues¿ de qué modo dirás que algo es evidentemente blanco, cuando puede suceder que lo que es negro parezca blanco, o cómo llamaremos a esas cosas evidentes o impresas sutilmente, cuando es incierto si se mueve verdadera o vanamente? Así, no queda ni color, ni cuerpo, ni verdad, ni argumento, ni sentido, ni nada evidente.
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De esto suele suceder que, sea lo que sea que digan, algunos les pregunten:'¿ Entonces comprendes eso?'. Pero quienes preguntan así son objeto de burla por parte de ellos. Pues no los presionan para refutar que nadie pueda contender ni afirmar nada sobre ninguna cosa sin una marca cierta y propia de esa cosa que cada uno dice que le agrada.¿ Qué es, pues, ese probable suyo? Pues si se confirma lo que a cada uno se le ocurre y a primera vista parece probable,¿ qué hay más ligero que eso? Pero si dicen que siguen lo que les parece tras alguna inspección y consideración cuidadosa, aun así no tendrán salida,
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primero porque se anula la fe por igual en todas esas impresiones entre las cuales no hay diferencia; después, cuando dicen que puede suceder al sabio que, habiendo hecho todo y examinado diligentemente, surja algo que parezca verosímil y esté lejísimos de lo verdadero, si acceden en gran parte, como suelen decir, a la verdad misma o se acercan lo más posible, podrán confiar en sí mismos. Pues para confiar, deberá serles conocido el distintivo de lo verdadero; al estar este oscurecido y oprimido,¿ qué verdad creerán finalmente estar alcanzando?¿ Qué puede decirse, sin embargo, tan absurdamente como cuando hablan así:' esto es ciertamente un signo o argumento de esa cosa, y por eso lo sigo, pero puede suceder que lo que se significa sea falso o no sea nada en absoluto'. Pero hasta aquí sobre la percepción; pues si alguien quiere socavar lo que se ha dicho, la verdad misma se defenderá fácilmente incluso estando nosotros ausentes.
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Conocido suficientemente lo que ya ha sido explicado, diremos ahora unas pocas palabras sobre el asentimiento y la aprobación, que los griegos llaman synkatathesis, no porque no sea un tema amplio, sino porque los fundamentos fueron echados hace poco. Pues cuando explicábamos qué fuerza había en los sentidos, al mismo tiempo se revelaba que muchas cosas son comprendidas y percibidas por los sentidos, lo cual no puede suceder sin asentimiento. Después, como la mayor diferencia entre lo inanimado y el animal es que el animal hace algo( pues no se puede ni siquiera pensar qué sea algo que no actúa), o se le debe quitar el sentido o se le debe devolver el asentimiento que está en nuestro poder.
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Y, en verdad, el alma es arrebatada de algún modo a aquellos que no quieren que sintamos ni asentamos. Pues así como es necesario que la balanza se incline al poner pesos en el platillo, así el alma cede ante lo evidente. Pues de la misma manera que ningún animal puede no apetecer lo que parece adecuado a su naturaleza( los griegos lo llaman oikeion), así no puede no aprobar una cosa evidente que se le presenta. Aunque, si son verdaderas aquellas cosas sobre las que se ha discutido, no tiene sentido hablar de asentimiento en absoluto; pues quien percibe algo, asiente inmediatamente. Pero esto también sigue, que ni la memoria puede consistir sin asentimiento, ni los conceptos de las cosas, ni las artes; y lo que es más importante, que haya algo en nuestro poder, en aquel que no asentirá a ninguna cosa, no existirá.
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¿ Dónde está, pues, la virtud, si nada está situado en nosotros mismos? Pero es sobre todo absurdo que los vicios estén en su poder y que nadie peque sino por asentimiento, y que esto mismo no esté en la virtud, cuya constancia y firmeza entera consiste en aquellas cosas a las que ha asentido y que ha aprobado. Y, en general, es necesario que algo sea visto antes de que actuemos y que se asienta a lo que ha sido visto. Por tanto, quien elimina la visión o el asentimiento, elimina toda acción de la vida.
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Veamos ahora lo que suelen discutir en contra. Pero antes pueden conocer los fundamentos, por así decirlo, de todo su razonamiento. Componen, pues, primero un arte sobre lo que llamamos impresiones, y definen tanto su fuerza como sus géneros, en ellos qué clase de cosa es lo que puede ser percibido y comprendido, con las mismas palabras que los estoicos. Después exponen aquellas dos cosas que, por así decirlo, contienen toda esta cuestión: que las cosas que parecen de tal modo que otras pueden parecer de la misma manera y no hay diferencia entre ellas, no es posible que unas sean percibidas y otras no; y que no hay diferencia no solo si son del mismo modo en todo aspecto, sino también si no pueden ser distinguidas. Puestas estas premisas, toda la causa es comprendida por ellos mediante la conclusión de un solo argumento. Esa conclusión compuesta es así:' de las cosas que se ven, unas son verdaderas y otras falsas; y lo que es falso no puede ser percibido, pero lo que ha sido visto como verdadero, todo ello es tal que algo falso del mismo modo puede también parecerlo'; y que las impresiones que son de tal modo que no hay diferencia entre ellas, no puede suceder que unas puedan ser percibidas y otras no;' no hay, pues, ninguna impresión que pueda ser percibida'.
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Lo que asumen para concluir lo que quieren, de ello piensan que se les conceden dos cosas( pues nadie se opone); estas son: que las impresiones que son falsas no pueden ser percibidas; y la otra: que entre las impresiones en las que no hay diferencia, no puede haber unas tales que puedan ser percibidas y otras que no. Lo restante, en cambio, lo defienden con un discurso largo y variado, que son también dos cosas: una, que de las cosas que se ven, unas son verdaderas y otras falsas; la otra, que toda impresión que provenga de lo verdadero es tal que también puede provenir de lo falso.
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Estas dos proposiciones no las pasan por alto, sino que las dilatan de tal modo que aplican no poco cuidado y diligencia. Pues las dividen en partes, y ciertamente grandes, primero en los sentidos, luego en lo que se deriva de los sentidos y de toda costumbre, la cual quieren que sea oscurecida; luego llegan a la parte de que ni siquiera por la razón y la conjetura pueda ser percibida cosa alguna. Pero estas cosas universales las cortan aún más minuciosamente. Pues, como vieron en la discusión de ayer sobre los sentidos, hacen lo mismo con el resto, y en cada una de las cosas, que distribuyen en las más pequeñas, quieren lograr que a todas las impresiones que parecen verdaderas se añadan falsas que no difieran en nada de las verdaderas; siendo tales, no pueden ser comprendidas.
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Yo juzgo esta sutileza ciertamente muy digna de la filosofía, pero muy alejada de la causa de quienes discuten así. Pues las definiciones y particiones y el discurso que usa las luces de estas, así como las semejanzas y desemejanzas y su distinción fina y aguda, son de hombres que confían en que son verdaderas, firmes y ciertas aquellas cosas que defienden, no de quienes claman que esas cosas no son más verdaderas que falsas. Pues¿ qué harían si, cuando han definido algo, alguien les preguntara si esa definición puede transferirse a cualquier otra cosa? Si dijeran que puede,¿ qué tendrían que decir de por qué esa es una definición verdadera? Si lo negaran, habría que confesar, puesto que la definición verdadera no puede transferirse a lo falso, que lo que se explica por esa definición puede ser percibido; lo cual ellos no quieren en absoluto. Lo mismo podrá decirse en todas las partes.
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Pues si dicen que ven claramente aquellas cosas sobre las que discuten y que no son impedidos por ninguna comunidad de impresiones, confesarán que las comprenden; pero si niegan que las impresiones verdaderas puedan distinguirse de las falsas,¿ cómo podrán avanzar más? Pues se les opondrá, tal como se ha opuesto. Pues el argumento no puede concluirse a menos que las cosas que se han tomado para concluir estén tan probadas que no puedan existir falsas del mismo modo. Por tanto, si la razón, apoyada y progresada por cosas comprendidas y percibidas, logra esto, que nada puede ser comprendido,¿ qué puede encontrarse que se contradiga más a sí mismo? Y cuando la naturaleza misma del discurso preciso profesa esto, que va a revelar algo que no aparece, y para lograrlo más fácilmente va a utilizar los sentidos y lo que es evidente,¿ cuál es el discurso de esos que quieren que todo no tanto sea como parezca? Pero se convencen sobre todo cuando asumen estas dos cosas como congruentes, siendo tan vehementemente repugnantes: primero, que hay ciertas impresiones falsas( lo cual, al quererlo, declaran que hay algunas verdaderas), después, en el mismo lugar, que no hay diferencia entre las impresiones falsas y las verdaderas. Pero primero habías asumido como si hubiera diferencia: así, lo posterior es convencido por lo anterior, y lo superior por lo posterior.
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Pero avancemos más y actuemos de modo que no parezca que nos hemos halagado a nosotros mismos, y sigamos lo que dicen de tal modo que no dejemos nada en lo pasado. Primero, pues, esa evidencia que dijimos tiene una fuerza suficientemente grande para indicar por sí misma las cosas que son tal como son. Pero, sin embargo, para que permanezcamos más firmes y constantes en lo evidente, se necesita una mayor arte o diligencia, para que no seamos apartados de lo que es claro por sí mismo por ciertos prestigios y engaños. Pues quien quiso ayudar a los errores de Epicuro, a aquellos que parecen perturbar el conocimiento de lo verdadero, y dijo que es propio del sabio separar la opinión de la evidencia, no logró nada; pues no eliminó de ninguna manera el error de la opinión misma.
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Por lo cual, como dos causas se oponen a las cosas evidentes y claras, deben prepararse otros tantos auxilios en contra. Pues se oponen, primero, porque no fijan ni dirigen suficientemente sus mentes hacia lo que es evidente, para que puedan reconocer con cuánta luz están rodeadas; lo segundo es que, algunos, circunscritos y engañados por interrogaciones falaces y capciosas, cuando no pueden disolverlas, se apartan de la verdad. Es necesario, pues, tener a mano lo que puede responderse en favor de la evidencia, de lo cual ya hemos hablado, y estar armados para poder oponernos a sus interrogaciones y disipar sus engaños, lo cual he decidido hacer a continuación.
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Expondré, pues, por géneros sus argumentos, puesto que ellos mismos suelen no hablar confusamente. Primero intentan mostrar que muchas cosas pueden parecer ser lo que no son en absoluto, cuando las mentes se mueven vanamente, del mismo modo en las cosas que no son que en las que son.' Pues cuando decís', dicen,' que ciertas impresiones son enviadas por Dios, como las que se ven en sueños y las que se declaran por oráculos, auspicios y entrañas'( pues dicen que esto es aprobado por los estoicos, contra quienes discuten)— preguntan de qué modo Dios puede hacer probables las impresiones falsas que existen, pero no puede hacer que las que se acercan muy de cerca a lo verdadero sean tales, o si puede hacer también esas, por qué no puede hacer aquellas que, sin embargo, son muy difíciles de distinguir, y si estas, por qué no aquellas entre las cuales no hay diferencia en absoluto.
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' Después, cuando la mente se mueve por sí misma, como lo declaran tanto las cosas que pintamos con el pensamiento como las que ven los que duermen o los furiosos,¿ no es verosímil que la mente se mueva también de tal modo que no solo no distinga si esas impresiones son verdaderas o falsas, sino que no haya diferencia alguna entre ellas?', como si alguien temblara y palideciera, ya sea por sí mismo por algún movimiento de la mente o por una cosa terrible presentada desde fuera, de modo que no hubiera nada que distinguiera ese temblor y palidez, ni que hubiera diferencia alguna entre lo interno y lo externo.' Por último, si no hay impresiones probables que sean falsas, otra es la razón; pero si las hay,¿ por qué no también las que no se distinguen fácilmente, por qué no de modo que no haya diferencia alguna, especialmente cuando ustedes mismos dicen que el sabio en el furor se abstiene de todo asentimiento, porque no aparece distinción alguna en las impresiones'.
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Ante todas estas visiones vanas, Antíoco decía muchas cosas y la discusión sobre esta única cosa era de un día entero. Yo, sin embargo, no creo que deba hacer lo mismo, sino decir los puntos principales. Y primero, ciertamente, debe reprenderse esto, que usan un género de interrogación muy capcioso, género que no suele aprobarse en absoluto en filosofía, cuando se añade o se quita algo poco a poco y gradualmente: lo llaman sorites, que forman un montón añadiendo un solo grano, un género ciertamente vicioso y capcioso. Pues así ascienden:' si tal impresión es presentada por Dios al que duerme de modo que sea probable,¿ por qué no también de modo que sea muy verosímil; por qué después no de modo que sea difícilmente distinguible de lo verdadero, después de modo que ni siquiera se distinga, por último de modo que no haya diferencia entre esto y aquello'. Si llegas aquí concediéndote yo cada cosa, habrá sido mi vicio, pero si tú mismo has avanzado por tu propia voluntad, el tuyo.
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¿ Quién te concedería que Dios puede hacer todo o que lo hará si puede?¿ Cómo asumes, además, que si algo puede ser semejante a otra cosa, sigue que también pueda ser difícilmente distinguible, después que ni siquiera distinguible, por último que sea lo mismo?¿ Y si los lobos son semejantes a los perros, dirás al final que son los mismos? Y, ciertamente, algunas cosas no honestas son semejantes a las honestas, y las no buenas a las buenas, y las no artísticas a las artísticas:¿ por qué dudamos, pues, en afirmar que no hay diferencia entre estas?¿ No vemos siquiera las contradicciones? Pues no hay nada que pueda ser transferido de su género a otro género; pero si se lograra que no hubiera diferencia entre las impresiones de géneros diferentes, se encontrarían cosas que estarían tanto en su género como en el ajeno;
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¿ cómo puede suceder eso? De todas las visiones vanas hay una sola refutación, ya sea que se formen por el pensamiento, lo cual concedemos que suele suceder, ya sea en el sueño, por el vino o por la locura. Pues diremos que de todas las impresiones del mismo modo falta la evidencia, que debemos mantener con uñas y dientes. Pues¿ quién, cuando se imagina algo y lo pinta con el pensamiento, no siente, tan pronto como se ha movido y se ha revocado a sí mismo, qué diferencia hay entre lo evidente y lo vano? La misma razón es la de los sueños.¿ Acaso crees que Ennio, cuando había paseado en los jardines con su vecino Ser. Galba, dijo' me pareció que paseaba con Galba'? Pero cuando soñó, narró así:' me pareció que el poeta Homero estaba presente', y lo mismo en Epicarmo:' pues me parecía soñar que yo estaba muerto'. Por tanto, tan pronto como despertamos, despreciamos esas impresiones y no las tenemos como las que realizamos en el foro.
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' Pero mientras se ven, la especie de las cosas que vemos despiertos es la misma en los sueños.' Primero, hay diferencia, pero omitamos eso; pues decimos esto, que no es la misma la fuerza ni la integridad de los que duermen y de los que están despiertos, ni en la mente ni en el sentido. Ni siquiera los ebrios hacen lo que hacen con la misma aprobación que los sobrios: dudan, vacilan, se revocan a veces y asienten más débilmente a lo que parece, y cuando han dormido, comprenden cuán ligeras fueron esas impresiones. Lo cual sucede también a los locos, de modo que incluso al empezar a enloquecer sienten y dicen que les parece algo que no es, y cuando se relajan sienten y dicen aquello de Alcmeón:' pero mi corazón no concuerda de ninguna manera con la mirada de mis ojos'.
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' Pero el sabio mismo se contiene en el furor para no aprobar lo falso como verdadero.' Y en otras ocasiones, ciertamente, a menudo, si por casualidad hay alguna pesadez o lentitud en sus sentidos, o son más oscuras las cosas que se ven, o se excluye por la brevedad del tiempo para percibir. Aunque todo esto, que el sabio a veces retiene el asentimiento, está en contra de ustedes. Pues si no hubiera diferencia entre las impresiones, o siempre lo retendría o nunca. Pero de todo este género se puede percibir la ligereza del discurso de quienes desean confundir todo. Buscamos el juicio de la gravedad, la constancia, la firmeza, la sabiduría, y usamos ejemplos de soñadores, furiosos, ebrios:¿ atendemos a esto, en todo este género, cuán inconstantemente hablamos? Pues no presentaríamos a los oprimidos por el vino o el sueño o a los privados de mente tan absurdamente, como para decir a veces que hay diferencia entre las impresiones de los que están despiertos y los sobrios y los sanos y los que están afectados de otra manera, y a veces que no hay diferencia.
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¿ Ni siquiera ven esto, que hacen incierto todo lo que no quieren?( llamo inciertas a las que los griegos llaman adela). Pues si la cosa se comporta de tal modo que no hay diferencia si a alguien le parece de una manera como a un loco o a un sano,¿ quién podría estar seguro de su propia salud? Querer lograr eso es una locura no pequeña. Las semejanzas, en verdad, de los gemelos o de los sellos impresos en anillos las persiguen infantilmente. Pues¿ quién de nosotros niega que hay semejanzas, cuando aparecen en muchísimas cosas? Pero si es suficiente para eliminar el conocimiento que muchas cosas sean semejantes a muchas,¿ por qué no están contentos con eso, especialmente cuando nosotros lo concedemos, y por qué sostienen más bien lo que la naturaleza de las cosas no permite, que cada cosa no sea tal cual es en su propio género, y que no haya en dos o más, sin diferencia alguna, ninguna comunidad? Como si los huevos de los huevos y las abejas de las abejas fueran muy semejantes:¿ por qué luchas, pues, o qué quieres en los gemelos? Pues se concede que son semejantes, con lo cual podrías haber estado contento;
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tú, en cambio, quieres que sean absolutamente los mismos, no semejantes, lo cual no puede suceder de ninguna manera. Luego te refugias en los físicos, aquellos que son más objeto de burla en la Academia, de los cuales ni siquiera tú te abstendrás ya, y dices que Demócrito dice que hay innumerables mundos, y ciertamente algunos de tal modo entre sí no solo semejantes, sino por todas partes perfecta y absolutamente tan iguales que no hay diferencia alguna entre ellos, y en ellos, ciertamente, innumerables hombres. Después pides que, si un mundo es tan igual a otro mundo que no hay diferencia alguna entre ellos, se te conceda que en este nuestro mundo también algo sea tan igual a otra cosa que no difiera en nada, que no haya diferencia.' Pues¿ por qué', dirás,' de aquellos átomos, de donde Demócrito afirma que todo nace, en los mundos restantes y en ellos ciertamente innumerables, no solo pueden existir, sino que existen innumerables Q. Lutacio Cátulo, en este mundo tan grande no puede crearse otro Cátulo?'. Primero, ciertamente, me llamas a Demócrito;
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a quien no asiento, más bien puede ser que me equivoque, lo que es enseñado lúcidamente por los físicos más refinados, que las propiedades individuales de las cosas individuales existen. Pues haz que aquellos antiguos Servilios, que fueron gemelos, sean tan semejantes como se dice,¿ crees acaso que fueron también los mismos?' No eran reconocidos fuera': pero en casa;' no por los extraños': pero por los suyos.¿ O no vemos que esto sucede por el uso, que a quienes nunca hubiéramos pensado que podíamos distinguir, los distinguíamos tan fácilmente tras aplicar la costumbre que ni siquiera parecían semejantes en lo más mínimo?
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Aquí puedes luchar, no me opondré, es más, concederé que ese mismo sabio, de quien es toda esta conversación, cuando le ocurran cosas semejantes que no tenga distinguidas, retendrá el asentimiento y nunca asentirá a ninguna impresión a menos que sea tal que no pueda ser falsa. Pero también tiene un arte para las demás cosas con la que puede distinguir lo verdadero de lo falso, y para esas semejanzas debe aplicarse el uso: como la madre distingue a los gemelos por la costumbre de los ojos, así tú distinguirás si te acostumbras.¿ Ves cómo está en el proverbio la semejanza de los huevos entre sí? Sin embargo, hemos aceptado esto, que en Delos había muchos, estando aquellas cosas a salvo, que solían criar muchísimas gallinas por causa de ganancia; ellos, cuando habían examinado un huevo, solían decir qué gallina lo había puesto.
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Y eso no es contra ustedes; pues para ustedes sería suficiente no distinguir esos huevos; pues no por ello asentiría más a que este es aquel que si entre ellos no hubiera diferencia alguna. Pues tengo una regla, que juzgo verdaderas aquellas impresiones tales que no puedan ser falsas; de esta no me es lícito apartarme ni un dedo, como dicen, para no confundir todo; pues no solo el conocimiento, sino también la naturaleza de lo verdadero y lo falso será eliminada si no hay nada que diferencie. De modo que también es absurdo lo que a veces suelen decir, que cuando las impresiones se imprimen en las almas, no dicen ustedes que no hay diferencia entre las impresiones mismas, sino entre las especies y ciertas formas de ellas. Como si, en verdad, las impresiones no se juzgaran por la especie; las cuales no tendrán fe alguna al eliminarse la marca de lo verdadero y lo falso.
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Eso, en verdad, es muy absurdo lo que dicen, que siguen lo probable si no son impedidos por nada. Primero,¿ cómo pueden no ser impedidos, cuando lo falso no dista de lo verdadero? Después,¿ qué juicio hay de lo verdadero, cuando es común a lo falso? De esto ha nacido necesariamente la epoche, es decir, la retención del asentimiento, en la cual Arcesilao se mantuvo mejor, si son verdaderas las cosas que algunos piensan sobre Carnéades. Pues si nada puede ser percibido, lo cual a ambos les pareció, debe eliminarse el asentimiento; pues¿ qué hay tan fútil como aprobar algo no conocido? A Carnéades, además, escuchábamos ayer que solía caer en eso a veces, al decir que el sabio opinará, es decir, que pecará. Para mí, por otra parte, no es tan cierto que haya algo que pueda ser comprendido, sobre lo cual ya discuto desde hace demasiado tiempo, como que el sabio no opina nada, es decir, que nunca asiente a una cosa falsa o desconocida.
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Resta aquello que dicen, que por causa de encontrar la verdad se debe decir contra todo y a favor de todo. Quiero, pues, ver qué han encontrado.' No solemos', dice,' mostrarlo'.¿ Qué misterios son esos, finalmente, o por qué ocultan su opinión como si fuera algo vergonzoso?' Para que quienes escuchen', dice,' se dejen llevar por la razón más que por la autoridad'.¿ Qué si ambos, es acaso peor? Una cosa, sin embargo, no ocultan, que no hay nada que pueda ser percibido.¿ O acaso en eso la autoridad no obstaculiza nada? A mí, ciertamente, me parece que muchísimo. Pues¿ quién habría seguido esas cosas tan abierta y claramente perversas y falsas, si no hubiera habido en Arcesilao, y mucho mayor en Carnéades, tanta abundancia de cosas y fuerza de decir?
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Esto decía Antíoco casi tanto en Alejandría entonces como muchos años después, mucho más asertivamente, en Siria cuando estaba conmigo poco antes de morir. Pero ya confirmada la causa, no dudaré en aconsejarte, hombre muy amigo( y me llamaba así) y algunos años menor de edad.¿ Tú, cuando has exaltado la filosofía con tantas alabanzas y has conmovido a nuestro Hortensio que disentía, sigues esa filosofía que confunde lo verdadero con lo falso, nos despoja de juicio, nos priva de toda aprobación, nos priva de los sentidos? Y a los cimerios, ciertamente, a quienes algún dios o la naturaleza o la situación del lugar que habitaban les había quitado la vista del sol, sin embargo, les quedaban fuegos de cuya luz les era lícito usar: estos, en cambio, a quienes tú apruebas, con tantas tinieblas derramadas, no nos dejaron ni siquiera una chispa para distinguir; a quienes si siguiéramos, estaríamos atados con tales cadenas que no podríamos movernos.
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Pues al eliminar el asentimiento, eliminaron todo movimiento de las almas y toda acción de las cosas; lo cual no solo no puede hacerse rectamente, sino que no puede hacerse en absoluto. Procura también que no sea a ti solo a quien menos le sea lícito defender esa opinión.¿ Acaso tú, cuando has revelado las cosas más ocultas y las has traído a la luz y has dicho bajo juramento que las has comprendido( lo cual también me era lícito a mí, que había conocido esas cosas por ti), negarás que haya cosa alguna que pueda ser conocida, comprendida y percibida? Mira, te ruego, una y otra vez, que no sea disminuida por ti mismo la autoridad de esas cosas tan hermosas.
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Cuando hubo dicho esto, terminó. Hortensio, sin embargo, admirado profundamente( lo que, por cierto, había hecho continuamente mientras hablaba Lúculo, hasta el punto de levantar a menudo las manos: y no es de extrañar, pues creo que nunca se ha hablado contra la Academia con mayor sutileza), comenzó también a exhortarme, ya fuera en broma o porque así lo sentía( pues no lo entendía bien), a que desistiera de mi opinión. Entonces Catulo me dijo:' Si el discurso de Lúculo, que ha sido pronunciado con memoria, precisión y abundancia, te ha hecho cambiar de parecer, guardo silencio y no creo que deba disuadirte de que cambies de opinión si así te parece. Pero no te aconsejaría que te dejaras llevar por su autoridad. Pues no solo te advirtió', dijo sonriendo,' que tuvieras cuidado de que algún tribuno de la plebe malintencionado, de los cuales ves que siempre habrá abundancia, no te atrapara y te cuestionara en una asamblea cómo eres coherente contigo mismo cuando, al mismo tiempo, niegas que se pueda encontrar nada cierto y dices haber descubierto lo mismo. Te ruego que no dejes que esto te asuste. En cuanto a la causa misma, preferiría que discreparas de él; pero si cedes, no me extrañaré mucho: pues recuerdo que el propio Antíoco, después de haber pensado de otra manera durante muchos años, en cuanto le pareció oportuno, abandonó su opinión'.
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Cuando Catulo hubo dicho esto, todos me miraron. Entonces yo, no menos conmovido de lo que suelo estar en causas mayores, comencé un discurso de este tipo:' Catulo, el discurso de Lúculo sobre el asunto mismo me conmovió de tal manera que, aunque no desconfiaba de que se pudiera responder a un hombre culto, elocuente, preparado y que no omite nada de lo que podría decirse a favor de esa causa, su autoridad, sin embargo, me conmovía claramente, si tú no hubieras opuesto la tuya, no menor. Por tanto, procederé, si antes digo unas pocas palabras sobre mi reputación'.
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Pues si yo, llevado por alguna ostentación o por afán de competir, me he aplicado a esta filosofía por encima de todas, creo que no solo mi estupidez, sino también mis costumbres y mi naturaleza deben ser condenadas. Pues si en las cosas más pequeñas se reprueba la obstinación y se castiga incluso la calumnia,¿ querría yo luchar con otros de manera combativa o engañar tanto a los demás como a mí mismo sobre todo el estado y el propósito de toda mi vida? Por tanto, si no considerara absurdo hacer en tal disputa lo que a veces suele hacerse cuando se discute sobre la república, juraría por Júpiter y los dioses penates que ardo en deseos de encontrar la verdad y que siento lo que digo.
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¿ Cómo puedo no desear encontrar la verdad, cuando me alegro si he encontrado algo parecido a la verdad? Pero así como juzgo que esto es lo más hermoso, ver las verdades, así es lo más vergonzoso aprobar lo falso como verdadero. Sin embargo, no soy de los que nunca aprueban nada falso, que nunca asienten, que no opinan nada; pero buscamos sobre el sabio. Yo mismo, en verdad, soy un gran opinador( pues no soy sabio) y dirijo mis pensamientos no hacia esa pequeña Cinosura,' en la que confían los fenicios como guía en alta mar', como dice Arato, y por eso gobiernan más directamente porque mantienen la que' se mueve en un círculo interior y breve'— sino hacia el Helicé y las clarísimas Osa Mayor, es decir, hacia estas razones de aspecto más amplio, no limadas hasta la finura; de ahí resulta que yerro y vago más ampliamente. Pero no se pregunta sobre mí, como dije, sino sobre el sabio. Pues esas representaciones, cuando han golpeado agudamente la mente o el sentido, las acepto y a veces incluso asiento a ellas. Pero no las percibo: pues creo que nada puede ser percibido. No soy sabio; por tanto, cedo a las representaciones y no puedo resistirme. El sabio, sin embargo, considera que esta es la mayor fuerza de Arcesilao, asintiendo a Zenón, evitar ser capturado, ver que no sea engañado; pues nada hay más alejado de esa reflexión que tenemos sobre la gravedad del sabio que el error, la ligereza y la temeridad.¿ Qué diré, pues, sobre la firmeza del sabio? A quien, ciertamente, tú también, Lúculo, concedes que no opina nada. Puesto que esto es aprobado por ti, para tratar contigo de manera prepostera( pronto volveré al orden), considera primero qué fuerza tiene esta conclusión:
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' Si el sabio asintiera alguna vez a algo, alguna vez también opinaría; pero nunca opinará; por tanto, no asentirá a nada'. Arcesilao aprobaba esta conclusión; pues confirmaba tanto la primera como la segunda premisa. Carnéades a veces concedía esa segunda, que se asiente alguna vez; así se seguía también que se opina, lo cual tú no quieres, y con razón, según me parece. Pero esa primera, que si el sabio fuera a asentir también opinaría, los estoicos y su partidario Antíoco dicen que es falsa; pues puede distinguir lo falso de lo verdadero y lo que no puede ser percibido de lo que puede.
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Para nosotros, sin embargo, incluso si algo pudiera ser percibido, la costumbre misma de asentir parece peligrosa y resbaladiza. Por lo cual, puesto que consta que es tan vicioso asentir a algo falso o desconocido, debe sostenerse toda asentimiento, para que no se precipite si avanza temerariamente. Pues tan cercanos están los falsos a los verdaderos y aquellos que no pueden ser percibidos a los que pueden( si es que existen tales; pues ya veremos), que el sabio no debería exponerse a un lugar tan precipitado. Pero si asumo que no hay nada que pueda ser percibido y acepto lo que tú me das, que el sabio no opina nada, se llegará a la conclusión de que el sabio retendrá todos los asentimientos, por lo que debes ver si prefieres eso o que el sabio opine algo.' Ninguna de las dos', dirás,' intentemos'. Intentemos, pues, que nada puede ser percibido; pues sobre eso es toda la controversia.
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Pero antes, unas pocas palabras con Antíoco, quien aprendió estas mismas cosas que yo defiendo con Filón durante tanto tiempo que constaba que nadie había aprendido más tiempo, y escribió sobre estos asuntos con mucha agudeza, y el mismo no acusó estas cosas con más vehemencia en su vejez de lo que las había defendido antes. Por muy agudo que haya sido, como lo fue, sin embargo, su autoridad se ve debilitada por la inconstancia. Pues pregunto qué día fue ese que le mostró esa marca de lo verdadero y lo falso que había negado durante muchos años.¿ Ideó algo? Dice lo mismo que los estoicos.¿ Se arrepintió de haber pensado aquello?¿ Por qué no se trasladó a otros, y especialmente a los estoicos? Pues esa disensión era propia de ellos.¿ Por qué se arrepentía de Mnesarco, de Dárdano, que eran entonces los jefes de los estoicos en Atenas? Nunca abandonó a Filón, sino después de que él mismo comenzó a tener quienes lo escucharan.
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¿ De dónde, pues, fue repentinamente revivida la antigua Academia? Parece haber querido retener la dignidad del nombre, mientras se apartaba de la cosa misma. Había quienes decían que lo hacía por causa de la gloria, esperando incluso que aquellos que lo siguieran fueran llamados antioquianos; a mí, sin embargo, me parece más bien que no pudo soportar el ataque de todos los filósofos. Pues sobre los demás hay algunas cosas comunes entre ellos; esta es la única opinión de los académicos que nadie de los demás filósofos aprueba. Por tanto, cedió, y como aquellos que no soportan el sol bajo los nuevos, así él, cuando se sofocaba, siguió la sombra de los antiguos, como la de los balcones, así la de los académicos.
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También solía usar como argumento, cuando le placía que nada puede ser percibido, cuando preguntaba a aquel Dionisio Heracleota si había comprendido con esa marca cierta con la que decís que se debe asentir, aquello que había sostenido durante muchos años y creído a su maestro Zenón, que lo honesto es el único bien, o lo que había defendido después, que el nombre de honesto es vacío y que el placer es el sumo bien— quien, a partir de la opinión cambiada de aquel, quería enseñar que nada puede ser marcado en nuestras mentes por la verdad que no pueda serlo de la misma manera por lo falso, él se encargó de que el argumento que él mismo había tomado de Dionisio, otros lo tomaran de él. Pero sobre esto más en otro lugar; ahora a lo que ha sido dicho por ti, Lúculo.
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Y primero, veamos qué tal es lo que dijiste al principio, que nosotros conmemoramos a los antiguos filósofos de manera similar a como los sediciosos suelen nombrar a hombres ilustres, pero populares. Ellos, cuando tratan asuntos que no son buenos, quieren parecerse a los buenos; nosotros, en cambio, decimos que nos parecen verdaderas las cosas que vosotros mismos concedéis que han complacido a los filósofos más nobles. Anaxágoras dijo que la nieve era negra.¿ Me soportarías si yo dijera lo mismo? Tú, ni siquiera si dudara. Pero,¿ quién es?¿ Acaso este sofista( pues así llamaban a los que filosofan por causa de ostentación o ganancia)? Fue de la mayor gloria tanto de gravedad como de ingenio.
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¿ Qué diré de Demócrito? A quien podemos comparar con él no solo en magnitud de ingenio sino también de ánimo, quien se atrevió a comenzar así:' hablo sobre el universo': no exceptúa nada sobre lo que no se pronuncie, pues¿ qué puede haber fuera del universo?¿ Quién no antepone a este filósofo a Cleantes, Crisipo y los demás de edad inferior, que comparados con él me parecen de quinta clase? Y él no dice esto que nosotros, que no negamos que haya algo verdadero, negamos que pueda ser percibido; él niega claramente que haya algo verdadero; dice que los sentidos no son claros, sino tenebrosos( pues así los llama). Aquel que más lo admiró, Metrodoro de Quíos, al principio del libro que es sobre la naturaleza, dice:' niego que sepamos si sabemos algo o si no sabemos nada, ni siquiera eso mismo de que no sabemos o sabemos, ni en absoluto si hay algo o si no hay nada'.
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Empédocles te parece que delira: pero a mí me parece que emite un sonido muy digno de las cosas de las que habla.¿ Acaso él nos ciega o nos priva de los sentidos, si considera que hay poca fuerza en ellos para juzgar las cosas que están sujetas a ellos? Parménides y Jenófanes, aunque con versos menos buenos, increpan sin embargo con versos la arrogancia de aquellos que, cuando no se puede saber nada, se atreven a decir que saben. Y decía que de ellos debían ser removidos Sócrates y Platón;¿ por qué, acaso puedo decir algo más cierto sobre alguien? Ciertamente me parece haber vivido con ellos, tantos sermones hay escritos de los cuales no puede dudarse que a Sócrates no le pareció que se pudiera saber nada; exceptuó solo una cosa, saber que no sabía nada, nada más.¿ Qué diré de Platón, que ciertamente no habría perseguido estas cosas en tantos libros si no las hubiera aprobado; pues no hubo razón para perseguir la ironía de otro, especialmente la perpetua.
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¿ Te parezco, no como Saturnino, nombrar solo a hombres ilustres, sino también imitar nunca a menos que sea famoso o noble? Y sin embargo, tenía a los que son molestos para vosotros pero pequeños, Estilbón, Diodoro, Alexino, cuyas son ciertas sofismas retorcidos y agudos( pues así se llaman las pequeñas conclusiones falaces). Pero,¿ por qué los recogeré, cuando tengo a Crisipo, que se piensa que sostiene el pórtico de los estoicos: cuántas cosas dijo él contra los sentidos, cuántas contra todo lo que se aprueba en la costumbre?' Pero él mismo lo disuelve'. A mí, ciertamente, no me lo parece, pero que lo haya disuelto: ciertamente no habría recogido tantas cosas que nos engañaran con gran probabilidad, si no viera que no se le puede resistir fácilmente.
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¿ Qué parecen los cirenaicos, filósofos nada despreciables, que niegan que haya algo que pueda ser percibido desde fuera, que solo perciben aquello que sienten por el tacto íntimo, como el dolor o el placer; y que no saben de qué color o de qué sonido es algo, sino solo que se sienten afectados de alguna manera? Bastante sobre los autores. Aunque me habías preguntado si no pensaba que después de aquellos antiguos, en tantos siglos, se podría haber encontrado la verdad, buscando con tantos ingenios y tantos estudios. Lo que se haya encontrado, lo veré poco después, bajo tu propio juicio. Que Arcesilao no luchó contra Zenón por causa de envidia, sino que quiso encontrar la verdad, se entiende así.
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Nadie de los anteriores no solo había expresado, sino ni siquiera dicho que el hombre puede no opinar nada, y no solo que puede, sino que es necesario para el sabio. La opinión pareció a Arcesilao verdadera y honesta y digna del sabio; preguntó a Zenón tal vez qué sucedería si el sabio no pudiera percibir nada ni fuera propio del sabio opinar. Él, creo, que no opinaría nada, puesto que habría algo que pudiera ser percibido.¿ Qué sería, pues, eso?' Una representación', creo.'¿ Qué clase de representación, pues?'. Entonces, que él definió así: de aquello que estaba impreso, marcado y formado tal como era. Después, se preguntó también si la representación verdadera era de tal clase como la falsa. Aquí Zenón vio agudamente que no hay ninguna representación que pueda ser percibida, si fuera tal desde lo que es, de la misma manera que desde lo que no es. Arcesilao estuvo correctamente de acuerdo en que se añadiera a la definición, pues ni lo falso puede ser percibido ni lo verdadero si fuera tal como lo falso; se dedicó, sin embargo, a esas disputas para enseñar que no hay ninguna representación tal desde la verdad que no pueda ser de la misma manera desde lo falso.
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Esta es la única contienda que ha permanecido hasta ahora. Pues aquello, que el sabio no asentirá a nada, no pertenecía a esta controversia. Pues era posible' no percibir nada y sin embargo opinar'; lo cual se dice que fue aprobado por Carnéades: yo, ciertamente, creyendo más a Clitómaco que a Filón o Metrodoro, creo que esto fue más discutido que aprobado por él. Pero omitamos eso. Ciertamente, eliminada la opinión y la percepción, sigue la retención de todos los asentimientos, de modo que si demuestro que nada puede ser percibido, tú concedas que nunca asentirás.
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¿ Qué es, pues, lo que puede ser percibido, si ni siquiera los sentidos anuncian la verdad? Los cuales tú, Lúculo, defiendes con un lugar común. Para que no pudieras hacer eso, por eso ayer, en un lugar no necesario, dije tantas cosas contra los sentidos; tú, sin embargo, dices que no te conmueves ni por el remo roto ni por el cuello de la paloma. Primero,¿ por qué? Pues tanto en el remo siento que no es lo que parece, como en la paloma que parecen verse más colores y no ser más que uno. Después,¿ no dijimos nada más?' Que permanezcan todas esas cosas; esta causa se desgarra; Epicuro dice que sus sentidos son veraces'. Por tanto, siempre tienes un autor, y uno que defiende su causa con gran peligro; pues a eso reduce Epicuro el asunto, que si un solo sentido ha mentido una vez en la vida, no se debe creer a ninguno nunca.
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Esto es ser verdadero, confiar en sus testigos e insistir en lo importado; por tanto, el epicúreo Timágoras niega que a él, cuando se había torcido el ojo, le hubieran parecido dos llamas de la lámpara; pues dice que el engaño es de la opinión, no de los ojos: como si se preguntara qué es, no qué parece. Así este, ciertamente, semejante a sus mayores; tú, en cambio, que dices que unas representaciones de los sentidos son verdaderas y otras falsas,¿ cómo las distingues? Y deja, te ruego, los lugares comunes; esas cosas nacen en casa.' Si', dices,' un dios te preguntara, estando tus sentidos sanos e íntegros,¿ deseas algo más, qué responderías?'. Ojalá preguntara: oirás qué mal nos tratarían. Pues, aunque veamos cosas verdaderas,¿ qué tan lejos vemos? Yo veo desde este lugar la finca de Catulo en Cumas; veo la región de Pompeya, no veo la propia Pompeya, y no hay nada interpuesto que estorbe, pero la vista no puede extenderse más lejos.¡ Oh, qué perspectiva tan espléndida! Vemos Pozzuoli; pero a nuestro amigo P. Avianio, tal vez caminando en el pórtico de Neptuno, no lo vemos.
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' Pero aquel no sé quién, que suele ser nombrado en las escuelas, veía a mil ochocientos estadios de distancia'. Algunas aves ven más lejos; respondería, pues, audazmente a ese dios vuestro que no estoy satisfecho con estos ojos. Dice que veo más agudamente que esos peces, tal vez, que ni son vistos por nosotros( y ahora mismo están bajo nuestros ojos) ni ellos pueden mirarnos; por tanto, así como a ellos se les interpone el agua, a nosotros se nos interpone el aire denso.' Pero no deseamos más'.¿ Qué, crees que el topo desea la luz? Ni me quejaría tanto con el dios de que veo poco lejos, como de que veo lo falso.¿ Ves esa nave? Nos parece que está quieta; pero a los que están en la nave, esta villa parece moverse. Busca la razón de por qué parece así; la cual, por más que la encuentres, lo cual no sé si podrás, no habrás demostrado que tienes un testigo verdadero, sino que no sin causa dice un falso testimonio.
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¿ Qué diré de la nave? Pues vi que despreciabas el remo: tal vez buscas cosas mayores.¿ Qué puede haber más grande que el sol, que los matemáticos confirman que es más de dieciocho veces mayor que la tierra?¡ Qué pequeño nos parece! A mí, ciertamente, como de un pie; Epicuro, sin embargo, piensa que puede ser incluso menor de lo que parece, pero no mucho; ni siquiera piensa que sea mucho mayor, o que sea tan grande como parece, para que los ojos o no mientan nada o no mucho— mienten, sin embargo:¿ dónde está, pues, aquello de' una vez'?— pero dejemos a este crédulo, que nunca piensa que los sentidos mienten, que ni siquiera ahora, cuando ese sol, que es llevado con tanta velocidad que su rapidez ni siquiera puede ser pensada, sin embargo nos parece estar quieto.
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Pero para disminuir la controversia, ved, os ruego, cuán pequeña es la disputa. Hay cuatro capítulos que concluyen que no hay nada que pueda ser conocido, percibido o comprendido, sobre lo cual es toda esta cuestión. De los cuales el primero es que hay alguna representación falsa, el segundo que no puede ser percibida, el tercero que no puede suceder que entre las representaciones no haya diferencia, de modo que unas puedan ser percibidas y otras no, el cuarto que no hay ninguna representación verdadera proveniente del sentido a la que no se le haya puesto otra representación que no difiera en nada de ella y que no pueda ser percibida. De estos cuatro capítulos, todos conceden el segundo y el tercero; el primero no lo da Epicuro, vosotros, con quienes es el asunto, también lo concedéis; toda la lucha es sobre el cuarto.
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Quien, pues, veía a P. Servilio Gémino, si pensaba que veía a Quinto, caía en una representación de tal clase que no podía ser percibida, porque ninguna marca distinguía lo verdadero de lo falso; eliminada esa distinción,¿ qué marca tendría en C. Cotta, que fue cónsul dos veces con Gémino, para reconocerlo, que no pudiera ser falsa? Niegas que haya tanta semejanza en la naturaleza de las cosas; luchas en absoluto, pero con un adversario fácil. Que no sea, ciertamente: puede verse, sin duda; engañará, pues, al sentido. Y si una semejanza ha engañado una vez, habrá hecho dudosas todas las cosas; pues eliminado ese juicio con el que se debe reconocer, incluso si será el mismo a quien veas el que te parecerá, sin embargo no juzgarás con esa marca con la que dices que se debe juzgar para que no pueda ser falsa de la misma clase.
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Cuando, pues, puede parecerte P. Gémino que es Quinto,¿ qué tienes de explorado por qué no puede parecerte Cotta quien no es, puesto que parece ser algo que no es? Dices que todas las cosas son de su propio género, que nada es lo mismo que otra cosa. Eso es estoico y no muy creíble, que no hay ningún pelo en todas las cosas tal como es otro pelo, ningún grano. Estas cosas pueden ser refutadas, pero no quiero luchar; pues para lo que se trata no importa si la cosa vista no difiere en todas sus partes o si no puede ser distinguida incluso si difiere. Pero si la semejanza de los hombres no puede ser tan grande,¿ ni siquiera la de las estatuas? Dime:¿ Lisipo, con el mismo bronce, la misma temperatura, el mismo cielo, agua y todas las demás cosas, no podría hacer cien Alejandros de la misma clase?¿ Con qué noción, pues, los distinguirías?
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¿ Qué si en cera de tal clase imprimo cien sellos con este anillo, qué distinción podrá haber en el reconocimiento?¿ O tendrás que buscar algún anillero, puesto que encontraste al gallinero de Delos, que conociera los huevos? Pero empleas el arte como abogada incluso para los sentidos:' el pintor ve lo que nosotros no vemos' y' cuando el flautista ha soplado, el canto es reconocido por el experto'.¿ Qué, esto no parece valer contra ti, si sin grandes artificios, a los que pocos acceden, ciertamente de nuestro género, no podemos ni ver ni oír? Ya aquellas cosas espléndidas, con cuánto artificio la naturaleza había fabricado nuestros sentidos y la mente y toda la construcción del hombre—
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¿ Por qué no temeré la temeridad de opinar?¿ Puedes afirmar también esto, Lúculo, que hay alguna fuerza, con prudencia y consejo, por supuesto, que ha formado o, por usar tu palabra, que ha fabricado al hombre?¿ Qué clase de fábrica es esa, dónde aplicada, cuándo, por qué, de qué modo? Esas cosas se tratan ingeniosamente, se discuten incluso elegantemente; finalmente, que parezcan, ciertamente, pero que no se afirmen. Pero sobre los físicos pronto, y ciertamente por esa causa, para que tú, que dijiste hace poco que yo haría eso, no parezcas haber mentido. Pero para venir a las cosas que son más claras, derramaré ahora todas las cosas, sobre las cuales se han llenado volúmenes no solo por los nuestros sino también por Crisipo( de quien los estoicos suelen quejarse, mientras buscaba afanosamente todas las cosas contra los sentidos y la perspicuidad y contra toda costumbre y contra la razón, respondiéndose a sí mismo, siendo inferior, y por tanto, que por él fue armado Carnéades);
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esas son de tal clase, que han sido tratadas diligentemente por ti. Decías que las representaciones de los que duermen, de los ebrios y de los locos son más débiles que las de los que están despiertos, sobrios y sanos.¿ De qué modo? Porque cuando Ennio se despertaba, no decía que había visto a Homero, sino que le había parecido, mientras que Alcmeón decía:' pero mi corazón no concuerda en absoluto conmigo'; cosas similares sobre los ebrios. Como si alguien negara que quien se ha despertado no sueña, y que aquel cuya locura ha cesado piensa que no fueron verdaderas las cosas que le parecieron en la locura. Pero no se trata de eso; se pregunta cómo parecían en el momento en que parecían. A menos que no pensemos que Ennio escuchó así todo aquello' oh piedad del alma', si es que lo soñó, como si lo escuchara despierto. Pues despierto pudo pensar que esas representaciones eran, como eran, sueños; pero al que duerme le parecían tan reales como al que está despierto.¿ Qué, Iliona en ese sueño' madre, te llamo', no creyó acaso que su hijo había hablado de tal manera que incluso al despertar lo creía?¿ De dónde, pues, aquel' ven, quédate, espera, escucha; repíteme esas mismas cosas':¿ acaso parece tener menos fe en las representaciones que el que está despierto?
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¿ Qué diré de los locos: qué clase de hombre fue finalmente tu pariente Catulo Tuditano, alguien sanísimo piensa que son tan ciertas las cosas que ve como él pensaba que eran las que le parecían?¿ Qué aquel que' veo, te veo; vive, Ulises, mientras puedas', no exclamó acaso dos veces que veía, cuando no veía en absoluto; qué Hércules en Eurípides, cuando atravesaba con flechas a los hijos de Euristeo como si fueran los suyos, cuando mataba a su esposa, cuando intentaba incluso matar a su padre, no se conmovía con lo falso como si fuera verdadero; qué tu propio Alcmeón, que niega que su corazón concuerde con sus ojos, no exclamó acaso en el mismo lugar, excitada la locura,' de dónde surge esta llama' y aquello a continuación' avanza, avanza, están presentes, me buscan'; qué cuando implora la fe de la virgen:' dame auxilio, aleja de mí la peste, esta fuerza flamígera que me atormenta, las azules ceñidas de serpientes avanzan, me rodean con antorchas ardientes',¿ acaso dudas de que le parece ver estas cosas? E igualmente lo demás:' Apolo de cabellos largos tensa el arco dorado, apoyado en la luna, Diana lanza la antorcha desde la izquierda':
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¿ quién creería más estas cosas si existieran de lo que creía porque le parecían? Pues aparece ya que el corazón concuerda con los ojos. Todas estas cosas se presentan para que se logre aquello, de lo cual nada puede ser más cierto, que entre las representaciones verdaderas y falsas no hay diferencia para el asentimiento del alma. Vosotros, sin embargo, no hacéis nada, cuando refutáis esas cosas falsas de los locos o de los que sueñan con el recuerdo de ellos mismos. Pues no se pregunta qué clase de recuerdo suele hacerse de los que se han despertado o de los que han dejado de estar locos, sino qué clase de visión tuvieron los que estaban locos o los que soñaban en el momento en que eran movidos.
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Pero me alejo de los sentidos;¿ qué es lo que puede ser percibido por la razón? Decís que la dialéctica ha sido inventada como una especie de árbitro y juez de lo verdadero y lo falso.¿ De qué verdadero y falso, y en qué asunto?¿ Juzgará el dialéctico en geometría qué es verdadero o falso, o en letras, o en música? Pero no conoce esas cosas. En filosofía, pues:¿ qué importa al sol cuán grande es?¿ Qué tiene para poder juzgar qué es el sumo bien?¿ Qué juzgará, pues? Qué conjunción o disyunción es verdadera, qué se ha dicho ambiguamente, qué se sigue y qué repugna a qué cosa: si juzga estas cosas y otras similares, juzga sobre sí misma; pero prometía más. Pues juzgar estas cosas no es suficiente para las demás, que son muchas y grandes en la filosofía.
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Pero puesto que ponéis tanto en ese arte, ved que no haya nacido contra vosotros; la cual, avanzando festivamente al principio, enseña los elementos del habla y la comprensión de los ambiguos y la razón de concluir, luego, añadidos pocos, llega a los sorites, un lugar ciertamente resbaladizo y peligroso, que tú decías hace poco que es un género de interrogación vicioso.¿ Qué, pues, es culpa nuestra ese vicio? La naturaleza de las cosas no nos dio ninguna cognición de los límites, para que podamos establecer en cualquier cosa hasta dónde, y esto no solo en el montón de trigo, de donde viene el nombre, sino en ninguna cosa en absoluto, interrogados poco a poco, si es rico, pobre, famoso, oscuro, muchas, pocas, grandes, pequeñas, largas, breves, anchas, estrechas, no tenemos cuánto, añadiendo o quitando, responder con certeza.
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' Pero los sorites son viciosos'. Rompedlos, pues, si podéis, para que no sean molestos; pues lo serán si no tenéis cuidado.' Se ha tenido cuidado', dice;' pues place a Crisipo, cuando se interroga gradualmente, por ejemplo, si tres son pocos o muchos, callar mucho antes de llegar a muchos'( eso es lo que es llamado por ellos' hysychazein').' Por mí, puedes incluso roncar', dice Carnéades,' no solo callar. Pero,¿ qué aprovecha? Pues sigue quien te despierte del sueño y te pregunte de la misma manera:'¿ en qué número te callaste, si añado uno a ese número, serán muchos?'. Avanzarás de nuevo hasta donde parezca.¿ Qué más? Pues confiesas esto, que no puedes responder ni el último de los pocos ni el primero de los muchos. El error de este género fluye de tal manera que no veo a dónde no pueda llegar.
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' Nada me daña', dice;' pues yo, como un auriga astuto, antes de llegar al final, detendré los caballos, y más aún si el lugar hacia donde se dirigen los caballos es precipitado. Así me detengo', dice,' y no respondo más al que interroga capciosamente'. Si tienes lo que es claro y no respondes, eres soberbio; si no tienes, ni siquiera tú percibes. Si porque son oscuras, lo concedo; pero niegas que avances hasta las oscuras; insistes, pues, en las cosas ilustres. Si solo para callar, no logras nada; pues,¿ qué importa al que quiere atraparte si te enreda callando o hablando? Pero si respondes sin duda hasta nueve, por ejemplo, que son pocos, e insistes en el décimo, incluso de las cosas ciertas e ilustres retienes el asentimiento; no me dejas hacer esto mismo en las oscuras. Por tanto, ese arte no te ayuda en nada contra los sorites, que no enseña qué es lo primero o lo último al aumentar o disminuir.
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¿ Qué, que ese mismo arte, como tejiendo la tela de Penélope, elimina al final las cosas superiores:¿ es eso culpa vuestra o nuestra? Ciertamente, el fundamento de la dialéctica es que todo lo que se enuncia( a lo cual llaman axioma, que es como un enunciado) es verdadero o falso.¿ Qué, pues, son estas cosas verdaderas o falsas:' si dices que mientes y dices eso verdadero,¿ mientes o dices verdad?'. Estas, ciertamente, decís que son inexplicables; lo cual es más odioso que aquellas cosas que decimos que no son comprendidas y no percibidas— pero omito esto, pregunto aquello: si esas cosas no pueden ser explicadas y no se encuentra ningún juicio de ellas, para que podáis responder si son verdaderas o falsas,¿ dónde está esa definición, que un enunciado es lo que es verdadero o falso? Tomadas las cosas, añadiré que de ellas deben seguirse unas y reprobarse otras que estén en el género contrario.
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¿ Cómo juzgas, pues, que esto está bien concluido:' si dices que es de día y dices la verdad, es de día; pero dices que es de día y dices la verdad; por tanto, es de día'? Ciertamente aprobáis el género y decís que está concluido con toda rectitud, y por eso, al enseñar, transmitís ese primer modo de concluir. O bien aprobaréis cualquier cosa que se concluya del mismo modo, o esa ciencia vuestra no es nada. Mira, pues, si vas a aprobar esta conclusión:' si dices que mientes y dices la verdad, mientes; pero dices que mientes y dices la verdad; por tanto, mientes'.¿ Cómo puedes no aprobar esto, habiendo aprobado la anterior del mismo género? Estas son cosas de Crisipo, no resueltas ni siquiera por él mismo.¿ Qué haría, en efecto, ante esta conclusión:' si es de día, es de día; pero es de día; por tanto, es de día'? Cedería, sin duda; pues la misma lógica de la implicación, una vez que has concedido lo anterior, te obliga a conceder lo inferior.¿ En qué difiere, pues, esta de aquella conclusión:' si mientes, mientes; pero mientes; por tanto, mientes'? Niegas que puedas aprobar o desaprobar esto;¿ por qué, entonces, sí lo otro? Si la ciencia, si la razón, si el método, si la fuerza misma de la conclusión tiene valor, es la misma en ambos casos.
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Pero este es su último recurso: exigen que se exceptúen estos casos inexplicables. Creo que deberían consultar a algún tribuno; de mí nunca obtendrán esa excepción. Pues bien, cuando de Epicuro, que desprecia y se burla de toda la dialéctica, no obtienen que conceda que es verdadero lo que expresamos así:' o vivirá mañana Hermarco o no vivirá'— cuando los dialécticos establecen que todo lo que está disyuntado así, como' o esto o lo otro', no solo es verdadero sino también necesario( mira cuán cauto es aquel a quien estos consideran lento:' si en efecto', dice,' concediera que uno de los dos es necesario, será necesario que mañana Hermarco viva o no viva; pero no existe en la naturaleza de las cosas tal necesidad')—, cuando los dialécticos, es decir, Antíoco y los estoicos, luchan contra esto, pues él derriba toda la dialéctica: porque si una disyunción de contrarios( y llamo contrarios a aquellos en los que uno afirma y el otro niega) puede ser falsa, ninguna es verdadera.
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¿ Qué disputas tienen conmigo, en efecto, quienes sigo su propia disciplina? Cuando ocurría algo de este tipo, Carneades solía bromear así:' si he concluido correctamente, mantengo mi posición; si de forma viciosa, que me devuelvan la mina'; pues de ese estoico había aprendido la dialéctica, y esta era la especialidad de los dialécticos. Sigo, pues, los caminos que aprendí de Antíoco, y no encuentro cómo juzgar que' si es de día, es de día' es verdadero por la razón de que así lo aprendí, que todo lo que es en sí mismo una implicación es verdadero, y no juzgar que' si mientes, mientes' es de la misma manera una implicación en sí misma: o bien esto y aquello, o si no esto, tampoco juzgaré aquello. Pero para que dejemos todos esos aguijones y todo ese tortuoso género de disputa y mostremos quiénes somos, una vez explicada toda la opinión de Carneades, esas cosas de Antíoco se derrumbarán por completo. Y ciertamente no diré nada de tal manera que alguien sospeche que es fingido; lo tomaré de Clitómaco, quien estuvo hasta la vejez con Carneades, hombre agudo como cartaginés y muy estudioso y diligente; y hay cuatro libros suyos sobre la suspensión del asentimiento, y estas cosas que diré ahora están tomadas del primero.
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A Carneades le parece que hay dos géneros de representaciones; en uno, esta división: que hay representaciones que pueden ser percibidas y otras que no pueden serlo; en el otro, en cambio, que hay representaciones probables y otras no probables. Por tanto, lo que se diga contra los sentidos y contra la evidencia pertenece a la primera división, mientras que contra la segunda no debería decirse nada. Por lo cual, le parece que no existe tal representación que conlleve la percepción, pero sí muchas que conllevan la aprobación. Pues sería contra la naturaleza si nada fuera probable; sigue la destrucción de toda la vida que tú, Lúculo, recordabas. Por tanto, también hay que aprobar muchas cosas mediante los sentidos, con tal de que se mantenga esto: que no haya en ellas nada tal que no pueda haber también algo falso que no difiera en nada de ello; así, cualquier cosa que se presente con apariencia probable, si no se ofrece nada que sea contrario a esa probabilidad, el sabio la usará, y así se gobernará toda la razón de la vida. Pues también aquel que es presentado por vosotros como sabio sigue muchas cosas probables no comprendidas ni percibidas ni asentidas, sino semejantes a la verdad, las cuales, si no las aprobara, toda la vida se destruiría.
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¿ Qué, en efecto, al subir a una nave, tiene el sabio comprendido y percibido en su mente que navegará según su deseo?¿ Cómo puede? Pero si ya partiera de este lugar hacia Puteoli, en una buena nave, con un buen timonel y con esta tranquilidad, le parecería probable que llegará allí a salvo. Por tanto, tomará decisiones de actuar y de no actuar basándose en representaciones de este tipo, y le será más fácil aprobar que la nieve es blanca de lo que era para Anaxágoras, quien no solo negaba que fuera así, sino que, porque sabía que el agua de la que se había formado era negra, negaba incluso que la blancura misma pudiera ser vista.