Orator
Choose a text
id="mobileReaderAuthor" class="mobile-reader-author" href="/authors/cicero-marcus-tullius" aria-label="More works by Cicero, Marcus Tullius">
—
⋯
Original / primary: Spanish Gemini
1
He dudado mucho y durante mucho tiempo, Bruto, sobre qué sería más difícil o más importante: negarte algo a ti, que me lo pides con frecuencia, o llevar a cabo lo que me pides. Pues me parecía sumamente duro negárselo a alguien a quien amo de forma única y de quien siento que soy muy querido, especialmente cuando pide cosas justas y desea cosas excelentes; y, por otra parte, apenas consideraba que fuera propio de quien teme la censura de los doctos y prudentes emprender un asunto tan grande, que no solo sería difícil de alcanzar por la capacidad, sino incluso de abarcar con el pensamiento.
2
¿ Qué hay, en efecto, más importante que, habiendo tanta diferencia entre los buenos oradores, juzgar cuál es la mejor especie y, por así decirlo, figura de elocuencia? Puesto que me lo pides con frecuencia, lo abordaré no tanto con la esperanza de lograrlo como con la voluntad de intentarlo; pues prefiero, habiendo complacido tu afán, que eches de menos mi prudencia a que, si no lo hiciera, eches de menos mi benevolencia.
3
Buscas, pues, y ya con frecuencia, qué género de elocuencia apruebo más y cómo me parece aquel al que nada se puede añadir, al que yo juzgo como el más alto y perfecto. En esto temo que, si logro lo que quieres y describo al orador que buscas, ralentice el estudio de muchos, quienes, debilitados por la desesperación, no querrán intentar lo que desconfían poder alcanzar.
4
Pero es justo que todos intenten todo, aquellos que han deseado cosas grandes y que deben ser buscadas con gran esfuerzo. Pero si a alguien le falta por azar su propia naturaleza o esa fuerza de un ingenio sobresaliente, o si está menos instruido en las disciplinas de las grandes artes, que mantenga, sin embargo, el curso que pueda; pues es honroso, al seguir a los primeros, situarse en los segundos o terceros puestos. Pues en los poetas no hay lugar solo para Homero, por hablar de los griegos, o para Arquíloco, o para Sófocles, o para Píndaro, sino también para los que son segundos o incluso inferiores a los segundos;
5
y, en verdad, en la filosofía, la grandeza de Platón no disuadió a Aristóteles de escribir, ni el propio Aristóteles, con una ciencia y abundancia admirables, extinguió el estudio de los demás. Y no solo los hombres excelentes no fueron disuadidos de los mejores estudios, sino que ni siquiera los artesanos se apartaron de sus artes, quienes no pudieron imitar la belleza del Ialisio, que vimos en Rodas, o de la Venus de Cos, ni, intimidados por la estatua de Júpiter Olímpico o por la del Doríforo, los demás dejaron de intentar qué podían lograr o hasta dónde podían avanzar; cuya multitud fue tan grande, y tan grande su alabanza en su propio género, que, aunque admirábamos lo más alto, aprobábamos, sin embargo, lo inferior.
6
En los oradores, en cambio, entre los griegos ciertamente, es admirable cuánto sobresale uno solo entre todos; y, sin embargo, existiendo Demóstenes, hubo muchos oradores grandes y célebres, y los había habido antes, y no faltaron después. Por lo cual no hay razón para que la esperanza de quienes se han dedicado al estudio de la elocuencia se quebrante o su industria languidezca; pues ni se debe desesperar de aquello mismo que es lo mejor, y en las cosas sobresalientes son grandes aquellas que están más próximas a las mejores.
7
Y yo, al imaginar al orador supremo, perfilaré a uno tal como quizás nadie fue. Pues no busco quién fue, sino qué es aquello a lo que nada puede ser más sobresaliente, lo cual, en la continuidad del discurso, no aparece a menudo y, no sé si nunca, pero en alguna parte resplandece a veces, en unos más densamente, en otros quizás más raramente.
8
Pero yo establezco esto: que no hay nada en ningún género tan bello que no sea más bello aquello de donde, como de una fuente, se expresa esa imagen; lo cual no puede ser percibido ni por los ojos, ni por los oídos, ni por ningún sentido, sino que lo abarcamos solo con el pensamiento y la mente. Por tanto, tanto en las estatuas de Fidias, de las cuales no vemos nada más perfecto en ese género, como en esas pinturas que he mencionado, podemos, sin embargo, imaginar cosas más bellas; y, en verdad, aquel artista, cuando hacía la forma de Júpiter o de Minerva,
9
no contemplaba a alguien de quien extraer la semejanza, sino que en su mente residía una especie de belleza excepcional, a la cual, mirando y fijado en ella, dirigía su arte y su mano. Así pues, como en las formas y figuras hay algo perfecto y excelente, a cuya especie pensada se refieren las cosas por imitación y que no cae bajo los ojos, así vemos con el espíritu la especie de la elocuencia perfecta, y buscamos su efigie con los oídos.
10
A estas formas de las cosas las llama ideas aquel autor y maestro más grave no solo del entender sino también del decir, Platón, y dice que no nacen, sino que siempre son y están contenidas por la razón y la inteligencia; las demás cosas nacen, perecen, fluyen, se deslizan y no permanecen más tiempo en un mismo estado. Cualquier cosa, pues, sobre la que se discuta con razón y método, debe ser reducida a la última forma y especie de su género.
11
Y veo que esta primera incursión mía, no extraída de las disputas oratorias sino repetida desde la filosofía misma, y ciertamente antigua y algo oscura, tendrá algo de censura o, al menos, de admiración. Pues o se admirarán de qué tiene que ver esto con lo que buscamos— a quienes satisfará el asunto mismo una vez conocido, de modo que no parezca haber sido buscado desde lejos sin causa— o censurarán que indaguemos caminos inusitados y abandonemos los trillados.
12
Yo, sin embargo, entiendo que a menudo parezco decir cosas nuevas, cuando digo cosas muy antiguas pero inauditas para la mayoría, y confieso que yo, como orador, si es que lo soy o quienquiera que sea, no he surgido de las escuelas de los retóricos, sino de los espacios de la Academia; pues esos son los campos de entrenamiento de los discursos múltiples y variados, en los cuales se imprimieron primero las huellas de Platón. Pero tanto por las disputas de este como de otros filósofos, el orador ha sido agitado al máximo y ayudado; pues toda la riqueza y, por así decirlo, el bosque del decir ha sido extraído de ellos, aunque no lo suficientemente instruido para las causas forenses, las cuales, como ellos mismos solían decir, dejaron a las Musas más rústicas.
13
Así, esta elocuencia forense, despreciada y repudiada por los filósofos, careció ciertamente de muchos y grandes apoyos, pero, adornada con palabras y sentencias, tuvo su exhibición ante el pueblo y no temió el juicio y la censura de unos pocos: así, a la elocuencia popular le faltó la doctrina de los doctos, y a la elocuencia de los disertantes, la elegancia de la doctrina.
14
Quede sentado, pues, en primer lugar, lo que se entenderá mejor después, que sin la filosofía no puede ser formado el orador que buscamos, no para que en ella estén todas las cosas, sino para que ayude como la palestra al histrión; pues las cosas pequeñas a menudo se comparan muy rectamente con las grandes. Pues nadie puede hablar más amplia y copiosamente sobre cosas grandes y variadas sin la filosofía;—
15
si es que incluso en el Fedro de Platón, Sócrates dice que Pericles superó a los demás oradores porque fue oyente del físico Anaxágoras; de quien considera que, además de haber aprendido otras cosas excelentes y magníficas, fue rico y fecundo y conocedor, lo cual es lo máximo de la elocuencia, de qué modos de discurso podían ser movidas cada una de las partes de los ánimos; lo cual mismo puede pensarse de Demóstenes, de cuyas epístolas
16
se puede entender cuán frecuente fue oyente de Platón; ni, en verdad, sin la disciplina de los filósofos podemos discernir el género y la especie de cada cosa, ni explicarla definiéndola, ni dividirla en partes, ni juzgar qué es verdadero y qué falso, ni discernir las consecuencias, ver las contradicciones, distinguir las ambigüedades.¿ Qué diré sobre la naturaleza de las cosas, cuyo conocimiento proporciona gran riqueza al discurso, sobre la vida, sobre los deberes, sobre la virtud, sobre las costumbres?¿ Puede acaso decirse o entenderse algo de esto sin una gran disciplina de esas mismas cosas?
17
A estas tantas y tan grandes cosas deben aplicarse innumerables ornamentos; los cuales, en aquel tiempo, eran enseñados solo por aquellos que eran contados como maestros del decir; de lo cual resulta que nadie alcanza esa elocuencia verdadera y absoluta, porque una es la disciplina del entender y otra la del decir, y la doctrina de las cosas se busca en unos y la de las palabras en otros.
18
Por tanto, M. Antonio, a quien la época de nuestros padres atribuía incluso los primeros puestos de la elocuencia, hombre por naturaleza muy agudo y prudente, en el libro que dejó, el único, dice que ha visto a muchos disertantes, pero a ningún orador en absoluto. Residía, evidentemente, en su mente la especie de elocuencia que discernía con el espíritu, pero que no veía en la realidad misma. Un hombre, además, de ingenio muy agudo— pues así fue—, echando de menos muchas cosas tanto en sí mismo como en los demás, no veía a nadie que pudiera ser llamado rectamente elocuente; y si él no consideró elocuentes ni a sí mismo ni a L. Craso,
19
tenía ciertamente comprendida en su mente una cierta forma de elocuencia, a la cual, como no le faltaba nada, no podía incluir en esa forma a aquellos a quienes les faltaba algo o más cosas. Indaguemos, pues, a este, Bruto, si podemos, a quien Antonio nunca vio o que nunca existió en absoluto; a quien, si no podemos imitar y expresar, lo cual aquel mismo decía que apenas estaba concedido a un dios, al menos podremos decir, quizás, cómo debe ser.
20
Hay en total tres géneros de decir, en cada uno de los cuales algunos florecieron, pero muy pocos, lo que es lo que queremos, en todos por igual. Pues hubo los grandilocuentes, por así decirlo, con una amplia gravedad de sentencias y majestad de palabras, vehementes, variados, copiosos, graves, instruidos y preparados para conmover y transformar los ánimos— lo cual otros lograban con un discurso áspero, triste, horrible y no perfecto ni concluido, otros con uno ligero, estructurado y terminado—, y, por el contrario, los tenues, agudos, que enseñan todas las cosas y las hacen más claras, no más amplias, limados con un discurso sutil y preciso; y en el mismo género, unos astutos, pero impolutos y deliberadamente parecidos a los rudos e inexpertos, otros, en la misma sequedad, más elegantes, es decir, ingeniosos, florecientes incluso y ligeramente adornados.
21
Hay, además, un género intermedio entre estos y, por así decirlo, templado, que no usa ni la agudeza de los últimos ni el rayo de los primeros, vecino de ambos, no excelente en ninguno, partícipe de ambos o, si buscamos la verdad, más bien carente de ambos; y este fluye en un solo tono, como dicen, al hablar, sin aportar nada más que facilidad y equilibrio, o añade algunos adornos, como flores en una corona, y distingue todo el discurso con ornamentos moderados de palabras y sentencias.
22
Quienesquiera que hayan alcanzado la fuerza de cada uno de estos géneros han tenido un gran nombre entre los oradores. Pero hay que preguntarse si han logrado lo que queremos. Pues vemos que ha habido algunos que decían las mismas cosas de forma adornada y grave, y las mismas de forma astuta y sutil.¡ Y ojalá pudiéramos encontrar en los latinos la imagen de tal orador! Sería excelente no buscar cosas externas, estar contentos con las domésticas.
23
Pero yo mismo, que en aquel discurso nuestro que está expuesto en el Bruto atribuí mucho a los latinos, ya sea para exhortar a otros o porque amaba a los míos, recuerdo que prefiero a uno solo sobre todos, Demóstenes, a quien querría adaptar a la elocuencia que siento, no a la que yo mismo haya conocido en alguien. Nadie ha existido más grave, ni más astuto, ni más templado. Por tanto, debemos amonestar a aquellos cuyo discurso inexperto se ha extendido, que desean ser llamados áticos o quieren hablar ellos mismos ático, para que admiren a este sobre todo, a quien creo que ni las mismas Atenas fueron más áticas; que aprendan qué es ser ático y que no midan la elocuencia por sus propias fuerzas, sino por la debilidad de ellos mismos.
24
Ahora, en efecto, cada uno alaba tanto cuanto espera poder imitar. Pero, sin embargo, no considero ajeno enseñar a aquellos dotados de un buen afán pero de un juicio menos firme cuál es la alabanza propia de los áticos. Siempre la prudencia de los oyentes ha sido la moderadora de la elocuencia de los oradores. Pues todos los que quieren ser aprobados observan la voluntad de quienes escuchan y se conforman y adaptan totalmente a su arbitrio y asentimiento.
25
Por tanto, Caria, Frigia y Misia, porque son mínimamente pulidas y mínimamente elegantes, adoptaron un género de dicción apto para sus oídos, opulento y, por así decirlo, grasiento, que sus vecinos, los rodios, con el mar no tan ancho de por medio, nunca aprobaron; Grecia, mucho menos, y los atenienses, en verdad, lo repudiaron por completo; cuyo juicio siempre fue prudente y sincero, de modo que no podían escuchar nada que no fuera incorrupto y elegante. Cuando el orador servía a su religión, no se atrevía a poner ninguna palabra insolente, ninguna odiosa.
26
Por tanto, este, a quien dijimos que superó a los demás, en aquel discurso pro Ctesifonte, con mucho el mejor, desde el principio más sumiso, luego, mientras discute sobre las leyes, más preciso, después encendiendo poco a poco a los jueces, cuando los vio ardiendo, en el resto se exaltó con más audacia. Y, sin embargo, en esto mismo, examinando diligentemente los pesos de todas las palabras, Esquines censura algunas y las agita, y burlándose dice que son duras, odiosas, intolerables; incluso pregunta al mismo, cuando lo llama bestia, si aquellas son palabras o portentos; de modo que, para Esquines, ni siquiera Demóstenes parece hablar ático.
27
Es fácil, en efecto, señalar alguna palabra ardiente, por así decirlo, y burlarse de ella cuando los incendios de los ánimos ya se han extinguido. Por tanto, purgándose, Demóstenes bromea: niega que en eso estén puestas las fortunas de Grecia, si usó esta o aquella palabra, si extendió la mano hacia aquí o hacia allá.¿ De qué modo, pues, sería escuchado un misio o un frigio en Atenas, cuando incluso Demóstenes es agitado como afectado? Cuando, en verdad, con voz inclinada y aullante, al modo asiático, hubiera comenzado a cantar,¿ quién lo soportaría o, más bien, quién no ordenaría que fuera retirado?
28
A los oídos finos y religiosos de los áticos, pues, quienes se adaptan, deben ser considerados como los que hablan ático. Sus géneros son varios; estos sospechan que solo uno es el que es. Piensan, en efecto, que quien habla de forma horrible e inculta, siempre que lo haga de forma elegante y clara, es el único que habla ático. Se equivocan en lo de' único'; en lo de' ático', no se engañan.
29
Según el juicio de ellos, si solo eso es ático, ni siquiera Pericles habló ático, a quien se le atribuían los primeros puestos sin controversia; quien, si usara un género tenue, nunca habría sido llamado por el poeta Aristófanes como alguien que hace brillar, tronar y confundir a Grecia. Que hable, pues, ático aquel escritor tan encantador y pulido, Lisias— pues,¿ quién podría negarlo?—, mientras entendamos que esto es ser ático en Lisias, no porque sea tenue y sin adornos, sino porque no tiene nada insolente o inepto; hablar, en cambio, de forma adornada, grave y copiosa, o es de los áticos o Esquines y Demóstenes no son áticos.
30
He aquí, además, algunos que se profesan ser tucididios: un género nuevo e inaudito de inexpertos. Pues quienes siguen a Lisias, siguen a un cierto abogado, no ciertamente amplio y grande, pero sí sutil y elegante, y que puede sostenerse brillantemente en las causas forenses. Tucídides, en cambio, narra hechos y guerras y batallas, gravemente ciertamente y con propiedad, pero nada puede ser transferido de él al uso forense y público. Esas mismas asambleas tienen tantas sentencias oscuras y ocultas que apenas se entienden; lo cual es un vicio, o el mayor, en el discurso civil.
31
¿ Qué perversidad es, pues, tan grande en los hombres, que, habiéndose inventado los frutos, se alimenten de bellotas?¿ Acaso el sustento de los hombres pudo ser cultivado por beneficio de los atenienses, y el discurso no pudo?¿ Quién, además, de los retóricos griegos ha tomado algo de Tucídides?' Pero ha sido alabado por todos'. Lo confieso; pero como un explicador de hechos prudente, severo, grave; no para que manejara causas en los juicios, sino para que narrara guerras en las historias; por tanto, nunca ha sido contado como orador,
32
ni, en verdad, si no hubiera escrito historia, su nombre existiría, especialmente habiendo sido honrado y noble. Sin embargo, nadie imita la gravedad de sus palabras ni de sus sentencias, sino que, cuando han hablado cosas mutiladas y entrecortadas, que pudieron hacer incluso sin maestro, se creen ser tucidides genuinos. He encontrado incluso a quien deseaba ser parecido a Jenofonte, cuyo discurso es, ciertamente, más dulce que la miel, pero muy alejado del estrépito forense.
33
Refirámonos, pues, a aquel a quien queremos iniciar y formar con esa elocuencia que Antonio no conoció en nadie. Una obra grande, en verdad, y ardua, Bruto, intentamos; pero no considero difícil nada para quien ama. Amo, y siempre he amado, tu ingenio, tus estudios, tus costumbres. Me enciendo, además, cada día más, no solo por el deseo, por el cual, ciertamente, me consumo, requiriendo nuestros encuentros, la costumbre de la vida, tus doctísimos discursos, sino también por la increíble fama de tus virtudes admirables, que, diferentes en especie, se unen en la prudencia.
34
¿ Qué hay tan distante como la afabilidad de la severidad?¿ Quién, sin embargo, ha sido considerado más santo o más dulce que tú?¿ Qué hay tan difícil como ser amado por todos al juzgar las controversias de la mayoría? Logras, sin embargo, que a aquellos mismos contra quienes fallas, los despidas justos y apaciguados. Por tanto, haces que, aunque no hagas nada por causa de favor, todo lo que haces sea, sin embargo, grato. Por tanto, de todas las tierras, solo la Galia no arde en un incendio común; en la cual disfrutas tú mismo, cuando eres reconocido en la luz de Italia y te mueves en la flor o en la fuerza de los mejores ciudadanos.¡ Y qué grande es eso, que en las mayores ocupaciones nunca interrumpes los estudios de la doctrina, siempre o escribes tú mismo algo o me llamas a escribir!
35
Por tanto, he abordado esto inmediatamente después de terminar el Catón— al cual nunca habría tocado, temiendo tiempos enemigos de la virtud, si no hubiera considerado un sacrilegio no obedecerte a ti, que me exhortabas y excitabas la memoria de aquel, querida para mí—, pero testifico que, rogado por ti y recusando, me he atrevido a escribir esto. Quiero que el crimen sea común entre tú y yo, para que, si no puedo sostener una cuestión tan grande, la culpa del peso injusto impuesto sea tuya, y la de haberlo aceptado, mía; en lo cual, sin embargo, la alabanza del regalo dado a ti compensará el error de nuestro juicio.
36
Pero en todo asunto es lo más difícil exponer la forma, que en griego se llama carácter, de lo mejor, porque a unos les parece mejor una cosa y a otros otra.' Me deleito con Ennio', dice alguien, porque no se aparta de la costumbre común de las palabras;' con Pacuvio', dice otro: todos sus versos son adornados y elaborados, los del otro mucho más descuidados; haz lo mismo con Accio; pues los juicios son variados, como en los griegos, y no es fácil la explicación de qué forma sobresale más. En las pinturas, a unos les deleitan las cosas horribles, incultas, ocultas y opacas; a otros, por el contrario, las nítidas, alegres y brillantes.¿ Qué hay por lo cual puedas expresar algún precepto o fórmula, cuando cada cosa sobresale en su propio género y los géneros son muchos? Yo no fui rechazado de este intento por esta religión y pensé que en todas las cosas hay algo óptimo, incluso si estuviera oculto, y que eso puede ser juzgado por quien sea conocedor de esa cosa.
37
Pero puesto que hay muchos géneros de discursos y son diversos y no todos caen en una sola forma, los de las alabanzas, escritos e historias y tales persuasiones, como la que Isócrates hizo en el Panegírico y muchos otros que han sido llamados sofistas, y la forma de los demás escritos de cosas que están lejos de la contienda forense y de todo ese género que en griego se llama epidíctico, porque está preparado como para ser inspeccionado por causa de deleite, no los abarcaré en este momento; no porque deban ser descuidados; pues esa es como la nodriza de ese orador a quien queremos formar y sobre el cual nos esforzamos por decir algo más exquisito. De esta se alimenta tanto la riqueza de las palabras como su construcción y el número disfruta de una libertad más libre.
38
Se da también permiso a la concinnidad de las sentencias y se conceden los ámbitos de palabras precisos, ciertos y circunscritos, y se elabora deliberadamente, no desde emboscadas, sino abierta y públicamente, para que las palabras respondan a las palabras como medidas y pares, para que se comparen frecuentemente las cosas que luchan y se comparen las contrarias, y para que los extremos terminen por igual y refieran el mismo sonido al caer; lo cual, en la verdad de las causas, hacemos mucho más raramente y, ciertamente, más ocultamente. En el Panatenaico, sin embargo, Isócrates confiesa que se ha esforzado por esto; pues no había escrito para la contienda de los juicios, sino para el placer de los oídos.
39
Dicen que trataron esto primero Trasímaco de Calcedonia y Gorgias de Leontinos, luego Teodoro de Bizancio y muchos otros, a quienes Sócrates llama en el Fedro' artífices de palabras'; de los cuales muchas cosas son bastante agudas, pero, como si estuvieran naciendo por primera vez, son menudas y parecidas a versículos y demasiado pintadas. Por lo cual son más admirables Heródoto y Tucídides; cuya época, aunque había coincidido con los tiempos de aquellos a quienes he nombrado, ellos mismos estuvieron, sin embargo, muy lejos de tales delicias o, más bien, ineptitudes. Pues uno fluye sin tropiezos como un río calmado, el otro es llevado más incitado y canta sobre asuntos bélicos incluso de cierto modo bélico; y por estos, como dice Teofrasto, la historia fue movida por primera vez para que se atreviera a hablar más rica y adornadamente que los anteriores.
40
A la época de estos sucedió Isócrates, quien, más que los demás del mismo género, es alabado siempre por nosotros, no sin que tú, Bruto, te opongas a veces, suave y eruditamente; pero quizás me concedas, si has conocido algo que alabar en él. Pues cuando le parecía que Trasímaco estaba cortado en números menudos y Gorgias, quienes, sin embargo, son transmitidos como los primeros en haber unido las palabras con cierto arte, y Teodoro, en cambio, demasiado rígido y no lo suficientemente, por así decirlo, redondo, él fue el primero en instituir el dilatar con palabras y llenar las sentencias con números más suaves; en lo cual, al enseñar a aquellos que surgieron como príncipes tanto en el decir como en el escribir, su casa fue considerada como la escuela de la elocuencia.
41
Por tanto, así como yo, cuando era alabado por nuestro Catón, soportaba fácilmente ser censurado por los demás, así Isócrates parece deber despreciar los juicios de otros por el testimonio de Platón. Pues está, como sabes, como en la última página del Fedro, Sócrates hablando con estas mismas palabras:' Isócrates es todavía joven, oh Fedro, pero me place decir qué auguro de él'.'¿ Qué, finalmente?', dijo aquel.' Me parece de mayor ingenio que para ser comparado con los discursos de Lisias, además, tiene mayor disposición hacia la virtud; de modo que no será nada extraño si, cuando avance en edad, o bien en este género de discursos al que ahora se dedica supere tanto como a los demás niños a todos los que alguna vez han tocado los discursos, o, si no se contenta con estos, con algún movimiento divino del ánimo desee cosas mayores; pues hay en la mente de este hombre una cierta naturaleza de filosofía'.
42
Esto augura Sócrates sobre el joven. Pero esto escribe Platón sobre el anciano, y escribe siendo su igual, y, ciertamente, siendo el agitador de todos los retóricos, admira a este solo; que me permitan, pues, errar a mí, que no amo a Isócrates, junto con Sócrates y con Platón. Dulce, pues, es el género de discurso, suelto y fluido, agudo en sentencias, sonoro en palabras, que es propio de los sofistas en ese género epidíctico que dijimos, más apto para la pompa que para la lucha, dedicado a los gimnasios y a la palestra, despreciado y expulsado del foro. Pero porque la elocuencia educada con los nutrimentos de este se colorea y fortalece después a sí misma, no fue ajeno decir sobre los, por así decirlo, pañales del orador. Pero esto es de juegos y pompa; nosotros, en cambio, vengamos ya a la batalla y a la contienda.
43
Puesto que tres cosas deben ser vistas por el orador: qué decir, y en qué lugar, y de qué modo, se debe decir en absoluto qué es lo óptimo en cada una, pero de forma algo distinta a como se suele decir al transmitir el arte. No pondremos preceptos, pues no hemos asumido eso, sino que esbozaremos la especie y la forma de la elocuencia excelente; y no expondremos con qué cosas se prepara, sino cómo nos parece ser.
44
Y dos cosas brevemente primero; pues no son tan insignes para la mayor alabanza como necesarias y, sin embargo, comunes a casi todos. Pues tanto encontrar como juzgar qué decir son cosas grandes, ciertamente, y como el alma en el cuerpo, pero más propias de la prudencia que de la elocuencia: en cuya causa, sin embargo, la prudencia está vacía. Que conozca, pues, este orador, a quien queremos que sea el supremo, los lugares de los argumentos y de las razones.
45
Pues puesto que, cualquier cosa que esté en controversia o en contienda, en ella se pregunta si es, qué es o cuál es: si es, por signos; qué es, por definiciones; cuál es, por las partes de lo recto y lo torcido; las cuales, para que pueda usarlas el orador, no el vulgar sino este excelente, que aparte siempre, si puede, la controversia de las personas y tiempos propios; pues es lícito discutir más ampliamente sobre el género que sobre la parte, de modo que lo que sea aprobado en el universo sea necesario que sea aprobado en la parte;
46
esta cuestión, pues, trasladada de las personas y tiempos propios a la razón del género universal, se llama tesis. En esta, Aristóteles ejercitó a los jóvenes, no al modo de los filósofos de discutir tenuemente, sino a la abundancia de los retóricos en ambas partes, para que pudiera decirse más adornada y abundantemente; y él mismo transmitió los lugares— así los llama— como notas de los argumentos de donde todo discurso pudiera ser traído a ambas partes.
47
Hará, pues, este nuestro— pues no buscamos a algún declamador de escuela o a un vocero del foro, sino al más docto y perfecto—, que, puesto que se transmiten lugares ciertos, los recorra todos, use los aptos, hable por géneros; de lo cual emanan también los que se llaman lugares comunes. Ni, en verdad, usará imprudentemente esta abundancia, sino que pesará y elegirá todas las cosas; pues no siempre ni en todas las causas los momentos de los argumentos son de los mismos lugares.
48
Aplicará, pues, el juicio y no solo encontrará qué decir, sino que también lo pesará. Pues nada es más fértil que los ingenios, especialmente aquellos que han sido cultivados por disciplinas. Pero así como las cosechas fecundas y abundantes no solo producen frutos, sino también hierbas muy enemigas de los frutos, así a veces de esos lugares nacen algunas cosas ligeras o ajenas a las causas o no útiles. De las cuales, a menos que se aplique una gran elección por el juicio del orador,
49
¿ de qué modo aquel se mantendrá y habitará en los bienes suyos, o ablandará las cosas duras, u ocultará las que no podrán ser disueltas y las oprimirá por completo, si fuera lícito, o apartará los ánimos, o aportará otra cosa que, opuesta, sea más probable que aquella que se opondrá?
50
Y ahora,¿ con qué diligencia colocará las cosas que haya encontrado? Puesto que eso era lo segundo de las tres. Hará, sin duda, vestíbulos honrados y accesos ilustres a la causa; y cuando haya ocupado los ánimos con la primera agresión, debilitará y excluirá las contrarias; de las más firmes, pondrá unas al principio y otras al final, y amontonará las más ligeras.
51
Y en las dos primeras partes del decir, describimos sumaria y brevemente cómo debía ser. Pero, como se dijo antes, en estas partes, aunque son graves y grandes, hay menos de arte y de trabajo; cuando, en cambio, haya encontrado qué y en qué lugar decir, eso es con mucho lo máximo: ver de qué modo; pues es sabido, lo que nuestro Carnéades solía decir, que Clitómaco decía las mismas cosas, pero Charmadas las decía incluso del mismo modo. Pero si en la filosofía importa tanto cómo dices, donde se mira la cosa, no se pesan las palabras,¿ qué, finalmente, debe pensarse en las causas, que son moderadas totalmente por el discurso?
52
Lo cual, ciertamente, yo, Bruto, sentía por tus cartas, que no preguntabas eso, qué orador querría yo que fuera el supremo en encontrar y en colocar, sino que me parecías buscar qué género de discurso mismo juzgaba yo como el mejor: un asunto difícil, dioses inmortales, y el más difícil de todos. Pues cuando el discurso es blando y tierno y tan flexible que sigue hacia donde lo tuerzas, entonces también las naturalezas variadas y las voluntades han hecho géneros de decir que distan mucho entre sí:
53
a otros les agrada la fluidez y volubilidad de las palabras, quienes ponen la elocuencia en la rapidez del discurso; a otros les deleitan los intervalos distintos y puntuados, las pausas y respiraciones:¿ qué puede ser tan diverso? Sin embargo, en ambos hay algo excelente. Otros se esfuerzan en la suavidad y equilibrio y en un género de decir puro y, por así decirlo, cándido; he aquí algunos que siguen una cierta dureza y severidad en las palabras y una, por así decirlo, tristeza del discurso; y lo que dividimos hace poco, que unos querían parecer graves, otros tenues, otros templados, se encuentran tantos géneros de oradores como dijimos que había de discursos.
54
Y puesto que he comenzado ya a aumentar este deber más acumuladamente de lo que fue pedido por ti— pues a ti, que preguntabas solo sobre el género de discurso, te respondí también brevemente sobre el encontrar y el colocar—, ni ahora diré solo sobre el modo de discurso, sino también sobre la acción: así no faltará ninguna parte, ya que, ciertamente, no hay nada que decir en este lugar sobre la memoria, que es común a muchas artes.
55
De qué modo, en cambio, se diga, eso está en dos cosas, en el actuar y en el elocuente. Pues la acción es como una cierta elocuencia del cuerpo, cuando consiste en la voz y el movimiento. Las mutaciones de la voz son tantas como las de los ánimos, que son movidos principalmente por la voz. Por tanto, aquel perfecto, a quien nuestro discurso indica desde hace tiempo, como quiera parecer afectado y quiera mover el ánimo del oyente, así aplicará un sonido de voz cierto; sobre lo cual diría más, si este fuera el tiempo de enseñar o si tú preguntaras esto. Diría también sobre el gesto, con el cual está unido el rostro; sobre todas estas cosas apenas se puede decir cuánto importa de qué modo las use el orador.
56
Pues, a menudo, personas sin elocuencia han obtenido frutos gracias a la dignidad de su actuación, mientras que muchos elocuentes han sido considerados faltos de elocuencia por la deformidad de su puesta en escena; de modo que no sin razón Demóstenes otorgó el primer, el segundo y el tercer lugar a la actuación. Si, en efecto, no hay elocuencia sin ella, y esta, a su vez, es tan poderosa sin la elocuencia, ciertamente tiene el mayor peso en el discurso. Por tanto, aquel que aspire a la primacía de la elocuencia querrá hablar con vehemencia cuando la voz esté tensa, con suavidad cuando esté contenida, parecer grave cuando esté inclinada y lastimero cuando esté quebrada.
57
Es, en efecto, admirable cierta naturaleza de la voz, de cuyos tres sonidos fundamentales— el inflexo, el agudo y el grave— resulta una variedad tan grande y tan dulce, perfeccionada en los cantos. Existe, además, en el hablar un cierto canto más oscuro, no ese epílogo de los retóricos de Frigia y Caria que es casi una canción, sino aquel al que se refieren Demóstenes y Esquines cuando uno le reprocha al otro las inflexiones de su voz; Demóstenes llega incluso a decir que aquel a quien a menudo califica de haber tenido una voz dulce y clara, sollozaba.
58
En este punto, me parece que también debe notarse algo para el estudio de la búsqueda de la dulzura en las voces: la propia naturaleza, como si modulase el discurso humano, ha colocado en cada palabra un acento agudo, ni más de uno, ni más allá de la tercera sílaba desde la última; por lo cual la industria debe seguir a la naturaleza como guía para el placer de los oídos.
59
Ciertamente, la bondad de la voz es algo que debe desearse; pues no depende de nosotros, pero su manejo y uso sí. Por tanto, ese orador principal variará y cambiará: seguirá todos los grados de los sonidos, tanto intensificándolos como relajándolos. Y usará el movimiento de tal manera que nada sobre. En el gesto, una postura erguida y elevada; un caminar poco frecuente y no muy largo; un desplazamiento moderado y también raro; nada de blandura en el cuello, nada de agudeza en los dedos, ni un movimiento de las articulaciones que caiga al compás; moderándose más bien con todo el tronco y con una flexión varonil de los costados, con la proyección del brazo en las tensiones y su contracción en los momentos de relajación.
60
El rostro, en verdad, que después de la voz es lo que más puede,¡ cuánta dignidad y cuánta gracia aportará! En él, una vez que hayas logrado que no haya nada inepto o afectado, hay una gran moderación de los ojos. Pues así como el rostro es la imagen del alma, los ojos son sus indicadores; el modo tanto de la alegría como, a su vez, de la tristeza, será templado por los propios asuntos de los que se trate.
61
Pero ya debe expresarse la imagen de aquel orador perfecto y de la máxima elocuencia. El nombre mismo indica que este sobresale en esto único, es decir, en el discurso, y que lo demás yace en él; pues no es el inventor, ni el compositor, ni el actor quien ha abarcado todo esto, sino que tanto en griego se le llamó' rhetor' por el hablar, como en latín' eloquens'; pues de las demás cosas que hay en el orador, cada uno reclama para sí alguna parte, pero la mayor fuerza del decir, es decir, del elocuente, se le concede solo a este.
62
Aunque, en efecto, algunos filósofos han hablado con elegancia— si es cierto que Teofrasto encontró el nombre a partir de la divinidad del hablar, y Aristóteles desafió al mismo Isócrates, y dicen que las Musas hablaron a través de la voz de Jenofonte, y Platón sobresalió con mucho sobre todos los que han escrito o hablado tanto en dulzura como en gravedad—, sin embargo, el discurso de estos no tiene ni los nervios ni los aguijones oratorios y forenses.
63
Hablan con los doctos, cuyos ánimos prefieren calmar antes que incitar, y hablan sobre asuntos tranquilos y nada turbulentos con el fin de enseñar, no de cautivar, de modo que, en el hecho mismo de que busquen algún deleite al hablar, a algunos les parece que hacen más de lo necesario. Por tanto, no es difícil distinguir de este género esta elocuencia de la que ahora se trata.
64
El discurso de los filósofos es blando y sombrío, no está instruido con sentencias ni palabras populares, ni está sujeto a ritmos, sino que es más libre y suelto; no tiene nada de iracundo, nada de envidioso, nada de atroz, nada de lastimero, nada de astuto; es casto, recatado, una virgen incorrupta en cierto modo. Por eso se llama conversación más que discurso. Aunque toda locución es discurso, la locución del orador único está marcada con este nombre propio.
65
Parece que debe distinguirse más la semejanza de los sofistas, de los que hablé arriba, quienes quieren perseguir todas las mismas flores que el orador emplea en las causas. Pero se diferencian en esto: que, como su propósito no es perturbar los ánimos, sino más bien calmarlos, y no tanto persuadir como deleitar, lo hacen más abiertamente que nosotros y más frecuentemente, buscan sentencias más ingeniosas que probables, a menudo se alejan del asunto, entretejen fábulas, transfieren las palabras más profundamente y las disponen como los pintores la variedad de los colores, refieren pares a pares, opuestos a contrarios, y muy a menudo definen los extremos de manera similar.
66
A este género es cercana la historia, en la que se narra con elegancia y a menudo se describe una región o una batalla; se interponen también discursos y exhortaciones, pero en estos se busca un discurso arrastrado y fluido, no este discurso contorsionado y agudo. De estos, no de otra manera que de los poetas, debe separarse esta elocuencia que buscamos. Pues incluso los poetas plantearon la cuestión de qué era aquello en lo que ellos mismos se diferenciaban de los oradores: parecían diferenciarse principalmente por el número y el verso, pero ahora, entre los oradores, el número mismo ya ha proliferado.
67
Pues cualquier cosa que cae bajo alguna medida de los oídos, incluso si está lejos del verso— pues eso es ciertamente un vicio del discurso—, se llama número, que en griego se dice' rhythmos'. Por tanto, veo que a algunos les ha parecido que la locución de Platón y Demócrito, aunque esté lejos del verso, sin embargo, porque se lleva con más ímpetu y utiliza los más claros brillos de las palabras, debe considerarse más un poema que la de los poetas cómicos; entre los cuales, a excepción de que son versículos, no hay nada distinto del discurso cotidiano. Y, sin embargo, eso no es lo máximo del poeta, aunque es más loable por ello, porque persigue las virtudes del orador, aunque esté más restringido por el verso.
68
Yo, sin embargo, aunque la voz de algunos poetas es grandiosa y adornada, establezco que en ella hay una licencia mayor que en nosotros para crear y unir palabras, y además algunos de ellos sirven a la voluntad de las palabras más que a las cosas; y, en verdad, si hay algo único entre ellos que sea similar— y eso es el juicio y la elección de las palabras—, no por ello puede dejar de entenderse la disimilitud de las demás cosas; pero eso no es dudoso y, si tiene alguna cuestión, esto mismo no es necesario para lo que se ha propuesto. Por tanto, el orador debe ser explicado por nosotros, separado de la elocuencia de los filósofos, de la de los sofistas, de la de los historiadores y de la de los poetas, para ver cómo será.
69
Será, pues, elocuente— pues buscamos a este bajo la autoridad de Antonio— aquel que en el foro y en las causas civiles hablará de tal manera que pruebe, que deleite, que conmueva. Probar es una necesidad, deleitar es una cuestión de suavidad, conmover es una cuestión de victoria: pues esto es lo único de entre todo lo que más puede para ganar las causas. Pero tantos son los géneros de decir como los deberes del orador: sutil al probar, moderado al deleitar, vehemente al conmover; en esto último reside toda la fuerza del orador.
70
Deberá, pues, ser de gran juicio y de suma facultad aquel moderador y, por así decirlo, templador de esta variedad tripartita; pues juzgará qué es lo que cada caso necesita y podrá hablar de cualquier modo que la causa lo exija. Pero la sabiduría es el fundamento de la elocuencia, al igual que de las demás cosas. Pues, como en la vida, así en el discurso no hay nada más difícil que ver qué es lo que conviene. Los griegos llaman a esto' prepon', nosotros llamemos, ciertamente, decoro; sobre lo cual se enseñan muchas cosas excelentes y es un asunto digno de conocimiento; por ignorancia de esto se peca no solo en la vida, sino muy a menudo también en los poemas y en el discurso.
71
El orador debe ver qué es lo que conviene no solo en las sentencias, sino también en las palabras. Pues no toda fortuna, no todo honor, no toda autoridad, no toda edad, y, en verdad, ni todo lugar, ni tiempo, ni auditorio debe ser tratado con el mismo género de palabras o de sentencias, y siempre, en cada parte del discurso, al igual que en la vida, debe considerarse qué es lo que conviene; lo cual está basado tanto en el asunto del que se trata como en las personas, tanto de los que hablan como de los que escuchan.
72
Por tanto, los filósofos suelen tratar este lugar, que se extiende larga y ampliamente, en los deberes— no cuando disputan sobre lo recto mismo, pues eso es ciertamente uno solo—, los gramáticos en los poetas, los elocuentes en todo género y parte de las causas.¡ Pues qué indecoroso es, cuando hablas ante un solo juez sobre goteras, usar palabras amplísimas y lugares comunes, y sobre la majestad del pueblo romano hablar de manera sumisa y sutil! Aquí, en todo el género, pero en la persona, otros pecan, ya sea la suya, la de los jueces o incluso la de los adversarios, y no solo en el asunto, sino a menudo en la palabra; aunque sin el asunto no hay fuerza en la palabra, sin embargo, la misma cosa a menudo se prueba o se rechaza al ser expresada con una palabra u otra.
73
Y en todas las cosas debe verse hasta qué punto; pues aunque cada cosa tiene su medida, sin embargo, ofende más el exceso que la falta; en lo cual Apeles decía que también pecaban aquellos pintores que no sentían qué era lo suficiente. Este es un gran lugar, Bruto, lo cual no se te escapa, y requiere otro gran volumen; pero para lo que se trata, eso es suficiente. Cuando decimos que esto conviene— lo cual siempre usamos en todos los dichos y hechos, mínimos y máximos—, cuando decimos, digo, que esto conviene y aquello no conviene, y que aparezca en todas partes cuán grande sea y que se ponga en otro lugar y que sea algo totalmente distinto, ya sea que digas' convenir' o' deber'; pues' deber' declara la perfección del deber,
74
lo cual siempre debe usarse y por todos,' convenir' es como ser apto y acorde al tiempo y a la persona; lo cual vale tanto en los hechos muy a menudo como en los dichos, finalmente en el rostro, en el gesto y en el caminar, y, por el contrario,' desconvenir'; lo cual, si el poeta lo evita como el mayor vicio, quien peca también cuando atribuye el discurso de un hombre honrado a uno malvado o necio, o el de un sabio a uno necio; si, finalmente, aquel pintor vio que, cuando Calcas estaba triste al sacrificar a Ifigenia, Ulises más triste, Menelao afligido, había que cubrir la cabeza de Agamenón, puesto que no podía imitar con el pincel aquel dolor supremo; si, finalmente, el actor busca qué es lo que conviene,¿ qué debemos pensar que debe hacer el orador? Pero, como esto es tan grande, que el orador vea qué hace en las causas y en sus miembros, por así decirlo: lo que sí es evidente es que no solo las partes del discurso, sino también las causas enteras deben ser tratadas con una forma de decir distinta a otra.
75
Sigue que se busque la nota y la fórmula de cada género: una obra grande y ardua, como ya hemos dicho a menudo; pero al comenzar debíamos considerar qué hacíamos, ahora, ciertamente, hacia dondequiera que seamos llevados, sin duda hay que desplegar las velas. Y primero debemos formar a aquel a quien llaman, ciertamente, el único Ático.
76
Es sumiso y humilde, imitando la costumbre, diferenciándose de los no elocuentes más en el asunto que en la opinión. Por tanto, quienes lo escuchan, aunque ellos mismos sean incapaces de hablar, confían, sin embargo, en que pueden hablar de esa manera. Pues la sutileza del discurso parece ser imitable para quien lo piensa, pero no hay nada menos para quien lo experimenta. Aunque no es de mucha sangre, debe tener, sin embargo, algún jugo, para que, incluso si carece de esas fuerzas máximas, esté, por así decirlo, con salud íntegra.
77
Primero, pues, liberémoslo como de las cadenas de los números. Pues hay ciertos números oratorios, como sabes, sobre los cuales hablaremos pronto, que deben observarse con cierta razón, pero en otro género de discurso, en este deben abandonarse por completo. Que sea algo suelto, pero no vago, para que parezca caminar libremente, no errar licenciosamente. Que descuide también unir las palabras con las palabras, por así decirlo. Pues tiene, como si fueran hiatos y encuentros de vocales, algo blando y que indica una negligencia no desagradable de alguien que se preocupa más por el asunto que por las palabras.
78
Pero habrá que ver sobre el resto, cuando estos dos le sean más libres, el circuito y la conglutinación de las palabras. Pues esas cosas mismas, contraídas y pequeñas, no deben tratarse negligentemente, sino que hay una cierta negligencia que es diligente. Pues así como se dice que algunas mujeres están sin adornos, como si eso mismo conviniera, así este discurso sutil deleita incluso sin estar compuesto; pues se produce algo en ambos, por lo cual es más gracioso, pero no para que se note. Entonces se eliminará todo adorno distinguido, como el de las perlas,
79
ni siquiera se aplicarán los rizos; los cosméticos que fingen blancura y rubor serán rechazados por completo; solo quedará la elegancia y la limpieza. El discurso será puro y latino, se dirá de manera lúcida y clara, se examinará qué es lo que conviene; faltará una sola cosa, la que Teofrasto cuenta como cuarta en las alabanzas del discurso: aquel adorno dulce y abundante. Se pondrán sentencias agudas y frecuentes, y no sé de dónde sacadas de lo oculto; y— lo que dominará en este orador— será recatado el uso del mobiliario oratorio, por así decirlo.
80
Pues el mobiliario es, en cierto modo, nuestro, el que está en los adornos, unos de las cosas, otros de las palabras. El adorno de las palabras, sin embargo, es doble: uno de las simples, otro de las colocadas. El simple se aprueba en las palabras propias y usadas, lo que suena mejor o explica mejor el asunto; en las ajenas, o transferido y hecho de otra parte como prestado, o hecho por él mismo y nuevo, o antiguo e inusitado; pero incluso las inusitadas y antiguas están en las propias, a menos que las usemos raramente.
81
Las palabras colocadas, sin embargo, tienen adorno si producen alguna concinnidad, que no permanezca si se cambian las palabras, permaneciendo la sentencia; pues los adornos de las sentencias que permanecen, incluso si cambias las palabras, son ciertamente muchísimos, pero los que sobresalen son menos. Por tanto, aquel orador tenue, con tal de que sea elegante, no será audaz en crear palabras, y será recatado y parco en transferirlas, y más humilde en los adornos antiguos y en los demás de palabras y sentencias; quizás más frecuente en la traslación, que todo discurso usa muy frecuentemente, no solo de los urbanos, sino también de los rústicos: si es que es de ellos que la vid brote, que los campos tengan sed, que las cosechas sean alegres, que los trigos sean lujuriantes.
82
Nada de esto es poco audaz, sino que o es similar a aquello de donde transfieres, o si la cosa no tiene nombre propio, parece tomado por causa de enseñar, no de jugar. Este orador sumiso usará este adorno un poco más libremente que los demás, pero no tan licenciosamente como si usara el género de decir más amplio; por tanto, aquel indecoro, que debe entenderse qué clase es a partir del decoro, aparece aquí también, cuando alguna palabra se transfiere más profundamente y se pone en un discurso humilde, lo cual en otro convendría.
83
Pero aquella concinnidad, que ilumina la colocación de las palabras con esos brillos que los griegos llaman, como si fueran algunos gestos del discurso,' schemata', palabra que ellos mismos transfieren también a los adornos de las sentencias, la emplea este sutil, a quien algunos llaman correctamente Ático, excepto por el hecho de que es el único, pero un poco más parcamente; pues así como en la preparación de los banquetes, alejándose de la magnificencia, querrá parecer no solo parco sino también elegante, y elegirá de qué usar;
84
pues la mayoría de las cosas son aptas para la parsimonia de este mismo orador de quien hablo. Pues aquellas cosas de las que hablé antes deben ser evitadas por este agudo: los pares referidos a pares y concluidos de manera similar y cayendo de la misma manera y con el cambio de letra, como si fueran gracias buscadas, para que no aparezca una concinnidad elaborada y una cierta caza de deleite manifiestamente descubierta;
85
y asimismo, si algunas iteraciones de palabras requieren alguna tensión y clamor, serán ajenas a esta sumisión del discurso; podrá usar las demás promiscuamente, con tal de que relaje y divida la continuación de las palabras y use las palabras más usadas, las traslaciones más blandas; asumirá también aquellos brillos de las sentencias que no serán vehementemente ilustres. No hará que la república hable, ni despertará a los muertos de los infiernos, ni, acumulando muchas cosas, las encadenará en una sola complexión. Estas son cosas de fuerzas más valientes y no deben esperarse ni pedirse de este a quien formamos; pues será, como en la voz, así también en el discurso, más suprimido.
86
Pero la mayoría de esas cosas convendrán también a esta tenuidad, aunque usará los mismos adornos de manera más áspera; pues a tal introducimos. Se añadirá una actuación no trágica ni de escena, sino con una moderada agitación del cuerpo, logrando mucho, sin embargo, con el rostro; no este con el que dicen que se tuerce la boca, sino aquel con el que significan ingenuamente con qué sentido pronuncian cada cosa.
87
A este género de discurso se le rociarán también sales, que valen muchísimo en el decir; de las cuales hay dos géneros, uno de agudezas, otro de dicacidad. Usará ambos; pero uno al narrar algo con gracia, otro al lanzar y enviar lo ridículo, cuyos géneros son muchos; pero ahora hacemos otra cosa.
88
Advertimos, sin embargo, que el orador usará lo ridículo de tal manera que no sea demasiado frecuente para que no sea bufonesco, ni subobsceno para que no sea mímico, ni petulante para que no sea impropio, ni sobre la calamidad para que no sea inhumano, ni sobre el crimen para que la risa no ocupe el lugar del odio, ni ajeno a su propia persona, a la de los jueces o al tiempo. Pues estas cosas se refieren a aquel indecoro.
89
Evitará también las cosas buscadas y no las inventadas en el momento, sino las traídas de casa, que por lo general son frías. Se ahorrará también las amistades y las dignidades, evitará las injurias insanables, solo fijará a los adversarios, pero no siempre ni a todos ni de toda manera. Exceptuadas estas cosas, usará la sal y las agudezas de tal manera que yo no he conocido a nadie tal entre esos nuevos Áticos, cuando eso es ciertamente lo más Ático.
90
Yo juzgo esta la forma del orador sumiso, pero, sin embargo, grande y genuino Ático; puesto que todo lo que es salado o saludable en el discurso, eso es propio de los Áticos. De los cuales, sin embargo, no todos son agudos: Lisias lo es bastante e Hipérides, Demades se dice que más que los demás, Demóstenes se considera menos; de lo cual, ciertamente, nada me parece más urbano, pero no fue tan dicaz como agudo; es, sin embargo, aquello de un ingenio más agudo, esto de una mayor arte.
91
Hay otro más abundante y algo más robusto que este humilde del que se ha hablado, pero más sumiso que aquel del que ya se hablará, el más amplio. En este género hay el mínimo de nervios, pero el máximo de suavidad. Pues es más lleno que este desmenuzado, pero más sumiso que aquel adornado y copioso.
92
A este le convienen todos los adornos del decir y hay muchísimo de suavidad en esta forma de discurso. En la cual muchos florecieron entre los griegos, pero Demetrio de Falero, a mi juicio, superó a los demás, cuyo discurso, cuando fluye de manera sedada y plácida, entonces lo iluminan como ciertas estrellas las palabras transferidas e inmutadas. Digo transferidas, como ya a menudo, las que por semejanza se transfieren de otra cosa por causa de suavidad o de escasez; inmutadas, en las cuales, en lugar de la palabra propia, se sustituye otra que signifique lo mismo, tomada de alguna cosa consecuente.
93
Lo cual, aunque se hace transfiriendo, sin embargo, transfirió de otra manera cuando dijo Ennio' estoy privada de ciudadela y de ciudad', de otra manera si hubiera dicho' ciudadela' en lugar de' patria'; y cuando dice' la África horrible tiembla con un terrible tumulto' en lugar de' los africanos', inmutadamente' África': esto los retóricos lo llaman' hypallage', porque las palabras se conmutan como por palabras, los gramáticos lo llaman' metonimia',
94
porque los nombres se transfieren; Aristóteles, sin embargo, añade a la traslación también esto mismo y la abusión, que llama' katachresis', como cuando decimos' ánimo menudo' en lugar de' pequeño'; y abusamos de palabras cercanas, si es necesario o porque deleita o porque conviene. Ahora, cuando han fluido continuamente varias traslaciones, se hace claramente otro discurso; por tanto, este género los griegos lo llaman' alegoría': correctamente por el nombre, mejor por el género aquel que llama a todas esas cosas traslaciones. Phalereus frecuenta esto al máximo y son dulcísimas; y aunque hay mucha traslación en él, sin embargo, las inmutaciones no son en ninguna parte más frecuentes.
95
En el mismo género de discurso— pues hablo de aquella moderada y templada— caen todos los brillos de las palabras, muchos también de las sentencias; las disputas amplias y eruditas serán explicadas por el mismo y los lugares comunes se dirán sin tensión.¿ Qué más? De las escuelas de los filósofos salen tales casi; y si no está comparado allí presente aquel más fuerte, por sí mismo este que digo será aprobado.
96
Pues hay también un género de discurso distinguido y floreciente, pintado y pulido, en el que se enlazan todos los encantos de las palabras, todos los de las sentencias. Todo esto fluyó de las fuentes de los sofistas al foro, pero despreciado por los sutiles, rechazado por los graves, se asentó en esa mediocridad de la que hablo.
97
El tercero es aquel amplio, copioso, grave, adornado, en el que ciertamente hay la máxima fuerza. Este es, en efecto, cuyo adorno del decir y cuya copia las gentes admiraron y permitieron que la elocuencia valiera muchísimo en las ciudades, pero esta elocuencia, que se llevaba con gran carrera y sonido, a la que todos admiraban, a la que se asombraban, a la que desconfiaban poder alcanzar. De esta elocuencia es tratar los ánimos, de esta es conmoverlos de toda manera. Esta a veces rompe, a veces se insinúa en los sentidos; inserta nuevas opiniones, arranca las arraigadas.
98
Pero hay mucha diferencia entre este género de decir y los superiores. Quien en aquel sutil y agudo se esforzó para hablar astuta y agudamente, y no pensó en nada más profundo, con esto solo perfeccionado es un gran orador, y si no el máximo; y de ninguna manera se moverá en terreno resbaladizo y, si una vez se ha asentado, nunca caerá. Aquel medio, sin embargo, al que llamo moderado y templado, si al menos ha instruido ese' suficiente' suyo, no temerá los casos dudosos e inciertos del decir; incluso si alguna vez tiene menos éxito, como sucede a menudo, sin embargo, no correrá un gran peligro: pues no puede caer desde alto.
99
Pero, en verdad, este nuestro, a quien ponemos como principal, grave, agudo, ardiente, si ha nacido solo para esto o en esto solo se ha ejercitado o ha estudiado solo este género y no ha templado su copia con aquellos dos géneros, es el más despreciable. Pues aquel sumiso, porque habla aguda y astutamente, ya es sabio, el medio es dulce, pero este copiosísimo, si no es nada más, suele parecer apenas sano. Pues quien no puede hablar nada tranquilamente, nada suavemente, nada partida, definida, distinta y agudamente, especialmente cuando las causas en parte deben ser tratadas totalmente de ese modo y en parte de alguna manera, si él comenzó a inflamar sin oídos preparados, parece enfurecerse ante los sanos y, como si estuviera ebrio, bacanalizar entre los sobrios.
100
Tenemos, pues, Bruto, a quien buscamos, pero en el ánimo; pues si lo hubiera agarrado con la mano, ni él mismo con su tanta elocuencia me habría persuadido de que lo dejara ir. Pero ciertamente ha sido encontrado aquel elocuente, a quien nunca vio Antonio.¿ Quién es, pues, ese? Lo abarcaré brevemente, lo discutiré más ampliamente. Es, en efecto, elocuente aquel que puede hablar sutilmente de las cosas humildes, gravemente de las altas y templadamente de las medianas. Nadie, dirás, fue jamás así.