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Pro A. Cluentio
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Original / primary: Spanish Gemini
1
He observado, jueces, que todo el discurso del acusador se divide en dos partes: una de ellas me parecía apoyarse y confiar en gran medida en la ya inveterada impopularidad del juicio de Junio, mientras que la otra, solo por cumplir con la costumbre, tocaba con timidez y desconfianza el asunto de los cargos de envenenamiento, motivo por el cual se ha constituido este tribunal conforme a la ley. Por tanto, estoy decidido a mantener esta misma distribución de la impopularidad y de los cargos en mi defensa, de modo que todos comprendan que no he querido ocultar nada callando ni oscurecer nada hablando.
2
Pero cuando considero cómo debo esforzarme en cada uno de los dos aspectos, la primera parte, que es propia de vuestro juicio y de la legítima cuestión sobre el envenenamiento, me parece que será muy breve y no requerirá un gran esfuerzo oratorio; en cambio, la otra parte, que está muy alejada del juicio y que es más adecuada para asambleas sediciosamente agitadas que para juicios tranquilos y moderados, percibo cuánta dificultad y cuánto trabajo va a suponer en su exposición.
3
Sin embargo, en esta dificultad me consuela, jueces, el hecho de que estáis acostumbrados a escuchar los cargos de tal manera que buscáis su refutación por parte del orador, y no consideráis que debáis conceder al acusado más protección de la que el defensor pueda lograr y demostrar mediante sus palabras al purgar los cargos. En cuanto a la impopularidad, debéis discutir entre nosotros no lo que decimos, sino lo que es necesario decir. Pues en los cargos se ventila el peligro personal de Aulo Cluencio, mientras que en la impopularidad se trata de una causa común. Por esta razón, trataremos la primera parte de la causa de modo que os instruyamos, y la segunda de modo que os supliquemos; en la primera debemos contar con vuestra diligencia, en la segunda debemos implorar vuestra lealtad. Pues no hay nadie que pueda resistir la impopularidad sin vuestro apoyo y el de hombres como vosotros.
4
Por mi parte, en lo que a mí respecta, no sé hacia dónde dirigirme.¿ Debo negar que existió aquella infamia de un juicio corrompido?¿ Debo negar que ese asunto fue agitado en las asambleas, ventilado en los tribunales y mencionado en el Senado?¿ Debo arrancar de las mentes de los hombres una opinión tan arraigada, tan profundamente insertada y tan antigua? No es tarea de mi ingenio, sino de vuestra ayuda, jueces, socorrer a esta inocencia en medio de esta funesta fama, como si se tratara de una llama perniciosísima y de un incendio común.
5
Pues bien, así como en otros lugares la verdad tiene poco fundamento y poca fuerza, así en este lugar la falsa impopularidad debe ser débil. Que domine en las asambleas, pero que yazca en los tribunales; que prevalezca en las opiniones y conversaciones de los ignorantes, pero que sea rechazada por el ingenio de los prudentes; que tenga ímpetus repentinos y violentos, pero que envejezca con el paso del tiempo y el conocimiento de la causa; en fin, que se mantenga aquella definición de juicios justos que nos fue transmitida por nuestros antepasados, de modo que en los tribunales se castigue la culpa sin impopularidad y se deponga la impopularidad sin culpa.
6
Por esta razón, jueces, antes de comenzar a hablar sobre la causa misma, os pido esto: primero, lo que es más justo, que no traigáis aquí ningún prejuicio— pues no solo perderemos la autoridad, sino incluso el nombre de jueces, si no juzgamos aquí a partir de los hechos mismos, si traemos de casa juicios ya formados sobre las causas—; después, si habéis concebido alguna opinión en vuestras mentes, si la razón la desbarata, si el discurso la debilita, si, en fin, la verdad la arranca, que no os resistáis y que la abandonéis de vuestras mentes con voluntad o ecuanimidad; además, cuando yo hable y aclare cada punto, que no opongáis en silencio vuestros propios pensamientos, sino que esperéis hasta el final y me permitáis mantener mi orden de exposición; cuando haya terminado, entonces, si algo ha quedado omitido, podréis pedirlo.
7
Comprendo fácilmente, jueces, que me acerco a una causa que desde hace ocho años continuos se escucha desde la parte contraria y que, por la propia opinión tácita de los hombres, está casi convicta y condenada; pero si algún dios me granjea vuestra benevolencia para escucharme, haré ciertamente que comprendáis que no hay nada que el hombre deba temer tanto como la impopularidad, y nada que el inocente, una vez que ha caído en ella, deba desear tanto como un juicio justo, pues en este, finalmente, se encuentra algún límite y salida a la falsa infamia. Por esta razón, me sostiene una gran esperanza de que, si logro explicar lo que hay en la causa y alcanzarlo todo con mis palabras, este lugar y esta asamblea vuestra, que ellos pensaron que sería horrible y temible para Aulo Cluencio, sea finalmente el puerto y refugio de su fortuna miserable y tan zarandeada.
8
Aunque hay muchísimas cosas que me parece que debo decir sobre los peligros comunes de la impopularidad antes de hablar de la causa, sin embargo, para que vuestra expectación no se mantenga suspendida por más tiempo por mi discurso, abordaré el cargo con aquella súplica, jueces, que entiendo que debo usar con frecuencia: que me escuchéis como si en este momento esta causa se expusiera por primera vez, tal como se hace, y no como si ya se hubiera dicho muchas veces y nunca se hubiera probado. Pues en el día de hoy se ha dado por primera vez la potestad de aclarar ese antiguo cargo; antes de este tiempo, el error y la impopularidad han prevalecido en esta causa. Por esta razón, mientras respondo breve y claramente a la acusación de muchos años, os ruego, jueces, que me escuchéis, como habéis empezado a hacer, con benevolencia y atención.
9
Se dice que Aulo Cluencio corrompió un juicio con dinero para condenar a un enemigo inocente, Estacio Albio. Demostraré, jueces, primero, puesto que el núcleo de esa atrocidad e impopularidad fue que un inocente fue cercado con dinero, que nadie ha sido llamado nunca a juicio con cargos mayores ni testigos más graves; después, que se han dictado prejuicios sobre él por parte de los mismos jueces que lo condenaron, de tal modo que no solo no podría ser absuelto por ellos, sino ni siquiera por ningún otro. Cuando haya enseñado esto, entonces mostraré lo que entiendo que se requiere principalmente: que aquel juicio fue tentado con dinero no por Cluencio, sino contra Cluencio, y haré que comprendáis en toda esa causa qué es lo que el hecho mismo produjo, qué es lo que el error añadió y qué es lo que la impopularidad fraguó.
10
Por tanto, lo primero es aquello por lo que se puede entender que Cluencio debió confiar en gran medida en su causa, ya que se decidió a acusar apoyándose en cargos y testigos muy ciertos. En este punto debo, jueces, exponeros brevemente los cargos por los que Albio fue condenado. Te pido, Opiánico, que consideres que hablo contra la causa de tu padre a mi pesar, movido por la lealtad y el deber de la defensa. Pues si no puedo satisfacerte en el presente, tendré muchas oportunidades en el tiempo restante; si no satisfago a Cluencio ahora, no tendré después la potestad de hacerlo. Al mismo tiempo,¿ quién debería dudar en hablar contra un condenado y muerto en favor de un hombre indemne y vivo? Cuando la condena ya ha quitado a aquel contra quien se habla todo peligro de ignominia, y la muerte incluso el dolor; mientras que este, por quien hablamos, no puede recibir ninguna ofensa sin el más amargo sentimiento de ánimo y molestia, y sin el mayor deshonor y vileza de su vida.
11
Y para que comprendáis que Cluencio no fue movido por un ánimo acusatorio, ni por alguna ostentación o gloria, sino por injurias nefandas, asechanzas cotidianas y el peligro de vida puesto ante sus ojos, buscaré un comienzo un poco más lejano para demostrar el asunto; lo cual os ruego, jueces, que no lo toméis a mal; pues conocidos los principios, entenderéis mucho más fácilmente los extremos. Aulo Cluencio, el padre de este, jueces, fue un hombre que no solo era el principal del municipio de Larino, del cual era, sino también de aquella región y vecindad por su virtud, reputación y nobleza. Cuando murió siendo cónsules Sila y Pompeyo, dejó a este de quince años, y a una hija ya grande y casadera que poco tiempo después de la muerte de su padre se casó con Aulo Aurio Melino, su primo, un joven que entonces era considerado entre los suyos como honesto y noble. Cuando aquellas nupcias estaban llenas de dignidad,
12
llenas de concordia, de repente surgió la nefanda libido de una mujer importuna, unida no solo al deshonor sino también al crimen. Pues Sasia, la madre de este Habito— pues la llamaré madre en toda la causa, aunque siente hacia él un odio y una crueldad hostiles, madre, digo, y nunca oirá hablar de su crimen y monstruosidad de tal manera que pierda el nombre de la naturaleza; pues cuanto más amante y complaciente es el nombre mismo de madre, tanto más consideraréis que el crimen singular de aquella madre que desde hace muchos años y ahora mismo desea que su hijo sea asesinado es digno de mayor odio—. Esa madre de Habito, pues, cautivada por el amor hacia aquel joven Melino, su yerno, contra lo que era justo, y no por mucho tiempo, se contenía como podía en aquella codicia; después comenzó a arder de tal locura, a ser llevada tan inflamada por la libido, que ni el pudor, ni la piedad, ni la mancha de la familia, ni la fama de los hombres, ni el dolor del hijo, ni el pesar de la hija la apartaban de su codicia.
13
Seducía al joven, aún no fortalecido por el consejo y la razón, con todas aquellas cosas con las que esa edad puede ser capturada y deleitada. La hija, que no solo se angustiaba por aquel dolor común de mujer ante las injurias de un marido de ese tipo, sino que no podía soportar el nefando concubinato de su madre, del cual pensaba que ni siquiera podía quejarse sin cometer un crimen, deseaba que los demás ignoraran su tan gran mal; envejecía en el pesar y las lágrimas en los brazos y el regazo de este hermano suyo, que tanto la amaba.
14
¡ He aquí, sin embargo, un divorcio repentino que parecía ser el consuelo de todos los males! Cluentia se separa de Melino, no sin invitación ante tan grandes injurias, no de buen grado por parte del marido. Entonces, aquella egregia y preclara madre comenzó a exultar abiertamente de alegría, a triunfar de gozo, vencedora de su hija, no de su libido; no quiso que su fama fuera dañada por más tiempo por sospechas oscuras; ordena que aquel lecho nupcial que dos años antes había preparado para su hija que se casaba, sea adornado y tendido para ella en la misma casa, tras haber expulsado y echado a su hija. La suegra se casa con el yerno sin auspicios, sin testigos, con funestos presagios para todos.
15
¡ Oh, crimen de una mujer increíble y, fuera de esta única vez, inaudito en toda la vida!¡ Oh, libido desenfrenada e indómita!¡ Oh, audacia singular!¿ No habrá temido, si no la fuerza de los dioses y la fama de los hombres, al menos aquella misma noche y aquellas antorchas nupciales, no el umbral del dormitorio, no el lecho de la hija, no las paredes mismas, testigos de las nupcias anteriores? Lo rompió y lo pisoteó todo con codicia y furor; la libido venció al pudor, la audacia al temor, la locura a la razón.
16
El hijo soportó gravemente este deshonor común de la familia, del parentesco y del nombre; su molestia aumentaba además con las quejas cotidianas y el llanto incesante de su hermana; sin embargo, decidió que no debía hacer nada más grave ante tales injurias y tan gran crimen de su madre que no tratar con ella, para que aquello que no podía ver sin el mayor dolor de ánimo, si trataba con su madre, no fuera considerado no solo como visto, sino también como aprobado por su propio juicio.
17
Habéis escuchado el inicio de la enemistad que este tuvo con su madre. Cuando conozcáis el resto, entenderéis que esto ha tenido importancia para la causa. Pues no se me escapa que, sea cual sea la madre, apenas debería hablarse en el juicio de un hijo sobre la vileza de un progenitor. No sería idóneo para ninguna causa, jueces, si no viera esto que está puesto e insertado en los sentimientos comunes de los hombres y en la naturaleza misma, yo, que me he unido para defender los peligros de los hombres; entiendo fácilmente que los hombres no solo deben callar las injurias de sus padres, sino incluso soportarlas con ánimo ecuánime. Pero considero que deben soportarse las cosas que pueden soportarse, y callarse las que deben callarse.
18
Aulo Cluencio no vio en su vida ninguna calamidad, no afrontó ningún peligro de muerte, no temió ningún mal que no hubiera sido fraguado y provenido totalmente de su madre. Ella, en este momento, callaría todo y, si no pudiera por olvido, permitiría al menos que estuviera cubierto por su silencio; pero, en verdad, el asunto se trata de tal manera que de ninguna forma puede callar. Pues este mismo juicio, este peligro, aquella acusación, toda aquella abundancia de testigos que habrá, fue adornada desde el principio por la madre, es preparada por la madre en este momento y es comparada con todos sus recursos y riquezas. Ella misma, finalmente, voló hace poco de Larino a Roma para oprimir a este; la mujer audaz, adinerada y cruel está presente, instruye a los acusadores, prepara a los testigos, se alegra con la miseria y la suciedad de este, desea su ruina, desea derramar toda su sangre, con tal de verla derramada antes. Si no percibís todo esto en la causa, pensad que la llamamos así temerariamente; pero si son cosas abiertas y nefandas, deberéis perdonar a Cluencio porque permite que yo diga esto; no deberíais perdonarme a mí si callara.
19
Ahora expondré sumariamente por qué cargos fue condenado Opiánico, para que podáis percibir tanto la constancia de Aulo Cluencio como la razón de la acusación. Y primero mostraré cuál fue la causa de acusar, para que veáis que el mismo Aulo Cluencio lo hizo obligado por la fuerza y la necesidad.
20
Cuando hubo descubierto manifiestamente el veneno que el marido de su madre, Opiánico, le había preparado, y el asunto no se sostenía por conjetura sino por los ojos y las manos, y no podía haber duda alguna en la causa, acusó a Opiánico; diré después con cuánta constancia y diligencia; ahora he querido que sepáis esto: que este no tuvo otra causa para acusar sino la de evitar, con este único medio, el peligro de vida propuesto y las asechanzas cotidianas contra su cabeza. Y para que comprendáis que Opiánico fue acusado con cargos tales que ni el acusador debía temer ni el acusado esperar, os expondré pocos cargos de aquel juicio; conocidos los cuales, ninguno de vosotros se maravillará de que él, desconfiando de sus asuntos, se refugiara en Estayeno y en el dinero.
21
Hubo una tal Dinaea de Larino, suegra de Opiánico, que tuvo hijos: Marco y Numerio Aurio, y Cneo Magio, y una hija, Magia, casada con Opiánico. Marco Aurio, un jovencito, capturado en la guerra itálica cerca de Asculo, cayó en manos de Quinto Quincio Sergio, senador, aquel que fue condenado entre los sicarios, y estuvo con él en la ergástula. Numerio Aurio, su hermano, murió y dejó como heredero a su hermano Cneo Magio. Después murió Magia, esposa de Opiánico. Finalmente, murió el único hijo que le quedaba a Dinaea, Cneo Magio. Este hizo heredero a aquel joven Opiánico, hijo de su hermana, y le ordenó repartir con su madre Dinaea. Entretanto, llegó un informante a Dinaea, ni oscuro ni incierto, que le anunciaba que su hijo, Marco Aurio, vivía y estaba en el campo galo en servidumbre.
22
La mujer, habiendo perdido a sus hijos, cuando se le mostró la esperanza de recuperar a un solo hijo, convocó a todos sus parientes y allegados de su hijo y les pidió llorando que emprendieran el asunto, investigaran al joven y le restituyeran a ella aquel hijo que, sin embargo, la fortuna había querido que fuera el único que quedara de muchos. Cuando hubo empezado a hacer esto, fue oprimida por una enfermedad. Por tanto, hizo un testamento de tal modo que legaba a aquel hijo cuatrocientos mil sestercios e instituía como heredero al mismo Opiánico, su nieto; y murió pocos días después. Los parientes, sin embargo, tal como habían planeado con Dinaea viva, así, muerta ella, partieron al campo galo con el mismo informante para investigar a Marco Aurio.
23
Entretanto, Opiánico, como era, tal como encontraréis por muchas cosas, de singular crimen y audacia, a través de un tal galicano, amigo suyo, primero corrompió con dinero a aquel informante, después se encargó de que el mismo Marco Aurio fuera eliminado y asesinado, sin que le costara mucho. Aquellos, sin embargo, que habían partido para investigar y recuperar al pariente, envían cartas a Larino a los Aurios, los suyos y allegados de aquel joven, diciendo que la razón de investigar les era difícil, porque comprendían que el informante había sido corrompido por Opiánico. Estas cartas, Aulo Aurio, hombre valiente y emprendedor, noble en su casa y muy cercano a aquel Marco Aurio, las recita en el foro abiertamente ante muchos que escuchaban, estando presente Opiánico, y testifica con voz clarísima que él presentaría el nombre de Opiánico si se enteraba de que Marco Aurio había sido asesinado.
24
Entretanto, en poco tiempo, aquellos que habían partido al campo galo regresan a Larino; anuncian que Marco Aurio ha sido asesinado. Los ánimos no solo de los parientes, sino también de todos los larinates, son movidos por el odio hacia Opiánico y la misericordia hacia aquel joven. Por tanto, cuando Aulo Aurio, aquel que antes había denunciado, comenzó a perseguir al hombre con gritos y amenazas, huyó de Larino y se refugió en el campamento del clarísimo hombre, Quinto Quincio Metelo.
25
Después de aquella huida, testigo del crimen y de la conciencia, nunca se atrevió a confiarse a los juicios, nunca a las leyes, nunca desarmado a sus enemigos, sino que, a través de aquella fuerza y victoria de Lucio Sila, voló a Larino con hombres armados en medio del mayor temor de todos; eliminó a los cuatrunviros que los municipes habían hecho; dijo que él y otros tres además habían sido hechos por Sila y que por el mismo se le había ordenado que se encargara de proscribir y asesinar a aquel Aulo Aurio que le había mostrado la denuncia del nombre y el peligro de su cabeza, y al otro Aulo Aurio y a su hijo Lucio y a Sexto Vibio, de quien se decía que había sido usado como mediador en la corrupción de aquel informante. Por tanto, asesinados ellos crudelísimamente, los demás eran aterrorizados por él con no poco miedo a la proscripción y a la muerte. Siendo estas cosas reveladas en la causa y en el juicio,¿ quién hay que piense que él pudo ser absuelto? Y estas cosas son pequeñas; conoced el resto para que no os maravilléis de que Opiánico fuera condenado alguna vez, sino de que hubiera estado indemne durante algún tiempo.
26
Primero ved la audacia del hombre. Deseó llevar al matrimonio a Sasia, la madre de Habito, aquella cuyo marido, Aulo Aurio, había asesinado. Es difícil decir quién es más impúdico, si este que lo pide, o más cruel ella, si se casa; pero, sin embargo, conoced la humanidad y la constancia de ambos.
27
Opiánico pide que Sasia se case con él y lo intenta con gran esfuerzo. Ella, sin embargo, no se admira de la audacia, no desprecia la impudicia, no teme, en fin, aquella casa de Opiánico que rebosa con la sangre de su marido, sino que respondió que se abstenía de esas nupcias porque él tenía tres hijos. Opiánico, que había codiciado el dinero de Sasia, pensó que debía buscar en su casa un remedio para aquella demora que se oponía a las nupcias. Pues como tenía un hijo infante de Novia, y su otro hijo, nacido de Papia en Teano, que dista de Larino dieciocho millas, era educado junto a su madre, llama de repente al niño de Teano sin causa, lo cual no solía hacer antes sino en juegos públicos o días festivos. La madre, miserable, no sospechando ningún mal, lo envía. Él, tras haber simulado que partía a Tarento, ese mismo día el niño, habiendo sido visto sano en público a la hora undécima, murió antes de la noche y fue incinerado al día siguiente antes de que amaneciera.
28
Y este tan gran pesar lo anunció a la madre el rumor de los hombres antes que nadie de la familia de Opiánico. Ella, cuando hubo escuchado al mismo tiempo que se le había arrebatado no solo a su hijo sino también el deber de las exequias, vino a Larino exánime y allí hizo el funeral de nuevo, estando ya enterrado el hijo. No habían pasado aún diez días cuando aquel otro hijo infante es asesinado. Por tanto, Sasia se casa con Opiánico inmediatamente, con ánimo ya alegre y muy confirmada en la esperanza, y no es de extrañar, pues veía que no había sido deleitada con dones nupciales, sino con los funerales de sus hijos. Así, lo que los demás suelen ser más codiciosos de dinero por sus hijos, él consideró que era agradable perder a sus hijos por el dinero.
29
Siento, jueces, que por vuestra humanidad estáis vehementemente conmovidos por estos tan grandes crímenes demostrados brevemente por mí.¿ Con qué ánimo, pues, pensáis que estuvieron aquellos que no solo tuvieron que escuchar sobre estos asuntos, sino también juzgar? Vosotros escucháis sobre alguien de quien no sois jueces, sobre alguien a quien no veis, sobre alguien a quien ya no podéis odiar, sobre alguien que ha satisfecho a la naturaleza y a las leyes, a quien las leyes castigaron con el exilio y la naturaleza con la muerte; escucháis no de un enemigo, escucháis sin testigos, escucháis cuando las cosas que pueden decirse copiosamente se dicen breve y sucintamente. Aquellos escuchaban sobre alguien sobre quien debían emitir sentencias bajo juramento, sobre alguien cuyo rostro nefando y criminal contemplaban presente, sobre alguien a quien todos odiaban por su audacia, sobre alguien a quien consideraban digno de todo suplicio; escuchaban de los acusadores, escuchaban las palabras de muchos testigos, escuchaban cuando sobre cada punto hablaba grave y largamente Publio Canucio, hombre elocuentísimo.
30
Y¿ hay alguien que, cuando haya conocido esto, pueda sospechar que Opiánico fue oprimido en el juicio y cercado siendo inocente? Diré ahora el resto acumuladamente, jueces, para llegar a las cosas que son más cercanas y adjuntas a esta causa. Os ruego que tengáis en la memoria que no me he propuesto esto para acusar a Opiánico muerto, sino, cuando quiero persuadiros de esto, que el juicio no fue corrompido por este, usar esto como inicio y fundamento de la defensa: que Opiánico, hombre criminalísimo y nocentísimo, fue condenado. Quien, habiendo dado él mismo la copa a su esposa Cluentia, que fue tía de este Habito, ella exclamó de repente en medio de la bebida que moría con el mayor dolor y no vivió más de lo que habló; pues murió en el mismo discurso y vociferación. Y ante esta muerte repentina y la voz de la moribunda, todas las demás cosas que suelen ser indicios y vestigios de veneno estuvieron en el cuerpo de aquella muerta. Y con el mismo veneno asesinó a Cayo Opiánico, su hermano.
31
Y esto no es suficiente; aunque en el parricidio fraternal mismo no parece haberse omitido ningún crimen, sin embargo, para llegar a este nefando facinoro, se abrió camino antes con otros crímenes. Pues estando embarazada Auria, la esposa de su hermano, y pensándose que ya se acercaba el parto, asesinó a la mujer con veneno para que al mismo tiempo fuera asesinado aquello que había sido concebido del hermano. Después atacó al hermano; quien, habiendo agotado ya tarde aquella copa de muerte, mientras gritaba sobre su propia muerte y la de su esposa y deseaba cambiar su testamento, murió en la misma significación de esta voluntad. Así, asesinó a la mujer para que no fuera excluida de la herencia fraternal por su parto; a los hijos del hermano, sin embargo, los privó de la vida antes de que pudieran recibir esta luz de la naturaleza; para que todos comprendieran que nada podía estar cerrado, nada sagrado para aquel cuya audacia ni siquiera la custodia del cuerpo materno había podido proteger a los hijos del hermano.
32
Tengo en la memoria a una mujer milesia, cuando estaba en Asia, que, habiendo aceptado dinero de los segundos herederos, se había provocado el aborto con medicamentos, fue condenada por causa capital; y no sin injuria, pues había eliminado la esperanza del padre, la memoria del nombre, el subsidio del linaje, el heredero de la familia, el ciudadano designado para la república.¡ Cuánto más digno de mayor suplicio es Opiánico en la misma injuria! Si es que aquella, al haber llevado la fuerza a su propio cuerpo, se torturó a sí misma, este, sin embargo, realizó lo mismo mediante la muerte y tortura del cuerpo ajeno. Los demás no parecen poder cometer muchos parricidios en individuos singulares, Opiánico fue encontrado quien en un solo cuerpo asesinara a más.
33
Por tanto, cuando el tío de aquel joven Opiánico, Cneo Magio, hubo conocido esta costumbre y audacia suya, y él, estando afectado por una grave enfermedad, hiciera heredero a aquel hijo de su hermana, habiendo llamado a sus amigos y estando presente su madre Dinaea, interrogó a su esposa si estaba embarazada. Cuando ella respondió que lo estaba, le pidió que, muerto él, viviera junto a Dinaea— que entonces era suegra de aquella mujer— hasta que diera a luz y pusiera diligencia para que pudiera conservar y dar a luz a salvo lo que había concebido. Por tanto, le lega en ese testamento una gran cantidad de dinero del hijo si hubiera nacido alguno; del segundo heredero no lega nada. Veis lo que sospechó de Opiánico;
34
lo que juzgó no es oscuro. Pues a aquel cuyo hijo hacía heredero, no lo adscribió como tutor de los hijos. Conoced lo que hizo Opiánico para que entendáis que aquel Magio no había previsto lejos con su ánimo al morir. El dinero que había sido legado a la mujer por el hijo, si hubiera nacido alguno, Opiánico lo paga presente a la mujer, no debido, si esta solución de legados debe llamarse así y no precio del aborto. Con cuyo precio aceptado y muchos otros dones además que entonces se recitaban de las tablas de Opiánico, vencida por la avaricia, vendió al crimen de Opiánico aquella esperanza que contenía en su vientre, encomendada por su marido. Nada parece poder añadirse ya a esta improbitad;
35
atended el final. La mujer que por la obtestación de su marido no debió conocer ni siquiera casa alguna en aquellos diez meses sino la de su suegra, esta se casó con el mismo Opiánico al quinto mes después de la muerte de su marido. Nupcias que no fueron duraderas; pues no estaban unidas por la dignidad del matrimonio, sino por la sociedad del crimen.
36
¿ Qué? Aquella matanza de Asuvio de Larino, joven adinerado,¡ qué clara fue entonces cuando el asunto era reciente y qué celebrada en la conversación de todos! Hubo un tal Avilio de Larino de perdida nequicia y suma indigencia, dotado de cierto arte acomodado para excitar las libidines de los jovencitos. Quien, como se sumergió profundamente en la costumbre de Asuvio con halagos y asentimientos, Opiánico comenzó inmediatamente a esperar que con este Avilio, como si fuera alguna máquina acercada, podría capturar la juventud de Asuvio y conquistar sus fortunas patrias. La razón fue ideada en Larino, el asunto trasladado a Roma; pues pensaron que era más fácil iniciar el plan en la soledad, y más cómodo realizar el asunto de ese tipo en la multitud. Asuvio partió a Roma con Avilio. Opiánico siguió sus pasos. Ya cómo vivieron en Roma, en qué banquetes, en qué flagicios, con qué y cuán profusos gastos, no solo siendo consciente sino también conviva y ayudante Opiánico, es largo de decir para mí, especialmente apresurándome a otras cosas; conoced el final de esta simulada familiaridad.
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Cuando el joven estaba junto a cierta mujercilla y donde había pernoctado allí permanecía el día siguiente, Avilio, como estaba acordado, simula que está enfermo y que quiere hacer testamento. Opiánico trae ante él a selladores que no conocieran ni a Asuvio ni a Avilio y él mismo llama a aquel Asuvio; sellado el testamento en nombre de Asuvio, se marchan. Avilio se restablece al instante; Asuvio, sin embargo, en aquel breve tiempo, como si fuera a unos jardincillos, es conducido a unas areneras fuera de la puerta Esquilina y es asesinado.
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Quien, cuando ya se le echaba de menos uno y otro día y no se le encontraba en aquellos lugares donde por costumbre se le buscaba, y Opiánico decía en el foro de los larinates que él y sus amigos habían sellado recientemente su testamento, los libertos de Asuvio y algunos amigos, porque constaba que el día en que Asuvio fue visto por última vez Avilio había estado con él y había sido visto por muchos, invaden a este y ponen al hombre ante los pies de Quinto Manlio, que entonces era triunviro. Y allí inmediatamente, sin testigo, sin informante, aterrorizado por la conciencia del reciente maleficio, expone todo, tal como ha sido dicho por mí hace poco, y confiesa que Asuvio fue asesinado por él por consejo de Opiánico. Opiánico, que se escondía, es sacado de su casa por Manlio;
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el informante Avilio es tenido por otra parte ante él. Aquí,¿ qué buscáis ya el resto? A Manlio muchos lo conocíais; él no había pensado nunca en el honor desde la niñez, ni en los estudios de la virtud, ni en ningún fruto de buena reputación, sino que de un bufón petulante e improbo en las discordias de la ciudad había llegado a aquella columna a la que a menudo había sido llevado por los reproches de muchos, entonces por los sufragios del pueblo. Por tanto, entonces transige con Opiánico, recibe dinero de él, abandona la causa que había sido emprendida y tan manifiesta. Y entonces, en la causa de Opiánico, este cargo asuviano era comprobado tanto por muchos testigos como, en verdad, por el testamento de aquel; en el cual constaba que el nombre de Opiánico era el primero, el de aquel a quien vosotros decís que fue un miserable e inocente cercado por un juicio falso.
40
¿ Qué?¿ A tu abuela, Opiánico, Dinaea, de quien eres heredero, no la asesinó manifiestamente tu padre? A quien, cuando hubo traído a aquel médico suyo ya conocido y a menudo vencedor, por quien había asesinado a muchísimos, la mujer exclama que de ninguna manera quiere ser curada por él, bajo cuyo cuidado había perdido a todos los suyos. Entonces, de repente, aborda a un tal Lucio Clodio de Ancona, vendedor de fármacos ambulante que por casualidad había venido entonces a Larino, y transige con él por dos mil sestercios, lo cual ha sido demostrado por las tablas del mismo. Lucio Clodio, como se apresuraba, a quien le restaban muchos foros, tan pronto como fue introducido, realizó el asunto; con la primera bebida eliminó a la mujer y no permaneció después en Larino ni un punto de tiempo. Estando haciendo testamento esta misma Dinaea,
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Una vez que Oppianico hubo tomado las tablillas, quien había sido su yerno, borró con el dedo los legados y, tras haberlo hecho en muchos lugares, para que el testamento no pudiera ser refutado por las raspaduras tras su muerte, lo transcribió en otras tablillas y lo selló con sellos falsos. Paso por alto muchas cosas deliberadamente; pues temo que esto mismo parezca ser demasiado. Vosotros, sin embargo, debéis considerar que él fue semejante a sí mismo en las demás partes de su vida. Los decuriones, por unanimidad, juzgaron que él había corrompido las tablillas censorias públicas de Larinum; nadie ya trataba con él cuentas ni asunto alguno; nadie, de entre tantos parientes y afines, lo nombró jamás tutor de sus hijos; nadie lo juzgaba digno de acceso, de trato, de conversación o de banquete; todos lo despreciaban, todos lo aborrecían, todos huían de él como de alguna bestia inmensa y perniciosa y de una peste.
42
Sin embargo, jueces, Habito nunca habría acusado a este hombre tan audaz, tan nefando, tan nocivo, si hubiera podido omitir esto salvando su propia vida. Oppianico era enemigo de este, lo era, pero aun así era su padrastro; su madre era cruel y hostil hacia él, pero era su madre; en fin, nada tan alejado de una acusación como Cluentio, tanto por naturaleza como por voluntad y por el modo de vida establecido. Pero como se le había planteado esta condición: o acusar justa y piadosamente, o morir amarga e indignamente, prefirió acusar de cualquier modo que pudiera a morir de aquel modo.
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Y para que podáis percibir que esto es así, os expondré el crimen de Oppianico, descubierto y capturado en flagrante; a partir de lo cual entenderéis al mismo tiempo que ambas cosas, tanto para este el acusar como para aquel el ser condenado, fueron necesarias. En Larinum se llamaban' marciales' a ciertos ministros públicos de Marte, consagrados a ese dios según las antiguas instituciones y ritos de los larinates. Como su número era bastante grande, y como, del mismo modo que en Sicilia hay muchísimos' venerios', así aquellos en Larinum eran contados en la familia de Marte, de repente Oppianico comenzó a defender que todos ellos eran libres y ciudadanos romanos. Los decuriones de Larinum y todos los municipes lo tomaron a mal. Por tanto, pidieron a Habito que asumiera esa causa y la defendiera públicamente. Habito, aunque se había retirado de todo negocio de ese tipo, sin embargo, por el lugar, por la antigüedad de su linaje, por el hecho de que consideraba que no había nacido para sus propias conveniencias sino también para las de sus municipes y demás allegados, no quiso faltar a la gran voluntad de todos los larinates.
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Una vez asumida la causa y trasladada a Roma, se suscitaban diariamente grandes contiendas entre Habito y Oppianico por el celo de ambos en la defensa. Oppianico mismo era de naturaleza inmensa y amarga; la madre de Habito, hostil y enemiga de su hijo, inflamaba su demencia. Por otra parte, aquellos Magni consideraban que les interesaba que este fuera apartado de la causa de los marciales. Subyacía también otra causa mayor que conmovía al máximo la mente de Oppianico, hombre avarísimo y audacísimo.
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Pues Habito, hasta el tiempo de aquel juicio, nunca había hecho testamento; y es que no podía inducirse a legar nada de ese tipo a su madre ni omitir en absoluto el nombre de su progenitor en el testamento. Cuando Oppianico sabía esto— pues no era algo oscuro—, comprendía que, muerto Habito, todos sus bienes habrían de ir a parar a su madre; la cual, después, con el dinero aumentado por ella misma con mayor premio, privada de su hijo, sería asesinada con menor peligro. Por tanto, inflamado por estas cosas, conoced de qué manera intentó eliminar a Habito con veneno.
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C. y L. Lucio Fabricio fueron hermanos gemelos del municipio de Aletrinum, hombres semejantes entre sí tanto en aspecto como en costumbres, pero muy distintos de sus municipes; en quienes, qué esplendor hay, cuán casi uniforme, cuán constante y moderado es el modo de vida de casi todos, nadie de vosotros, según mi opinión, lo ignora. Oppianico siempre ha tratado a estos Fabricios con mucha familiaridad. Ya sabéis casi todos esto, qué fuerza tiene para unir amistades la semejanza de estudios y de naturaleza. Como ellos vivían de tal modo que consideraban que ninguna ganancia era vergonzosa, como todo fraude, todas las insidias y engaños a los jóvenes nacían de ellos, y como eran conocidos por todos los vicios y la maldad, Oppianico, como dije, se había aplicado con celo a su familiaridad desde hacía ya muchos años. Por tanto, entonces decidió así, por medio de C.
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Fabricio— pues L. había muerto— preparar insidias contra Habito. Habito estaba en aquel tiempo con salud débil. Usaba, además, de un médico no innoble, sino un hombre respetado, Cleofanto; cuyo esclavo, Diógenes, Fabricio comenzó a solicitar con esperanza y dinero para dar veneno a Habito. El esclavo, no poco astuto y, como la misma cosa declaró, honrado e íntegro, no despreció el discurso de Fabricio; refirió el asunto a su señor; Cleofanto, por su parte, habló con Habito. Habito comunicó inmediatamente el asunto con M. Marco Bebio, senador, su familiarísimo; quien, con qué fe, con qué prudencia, con qué diligencia fue, creo que recordáis. Le pareció bien que Habito comprara a Diógenes a Cleofanto, para que más fácilmente o fuera capturado el asunto por su delación o se conociera que era falso. Para no alargar, se compra a Diógenes, el veneno se prepara en pocos días; cuando muchos hombres buenos hubieron intervenido desde un lugar oculto, el dinero sellado que se daba por ese asunto es capturado en manos de Escamandro, liberto de los Fabricios.
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¡ Por los dioses inmortales!¿ Alguien dirá, conocidas estas cosas, que Oppianico fue engañado?¿ Quién fue llevado a juicio más audaz, quién más nocivo, quién más manifiesto?¿ Qué ingenio, qué facultad de hablar, qué defensa ideada por alguien pudo resistir a este único crimen? Al mismo tiempo,¿ quién hay que dude de que, conocido este asunto y capturado en flagrante, o bien la muerte debía ser afrontada por Cluentio o la acusación debía ser asumida?
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Considero suficientemente demostrado, jueces, que Oppianico fue acusado con tales crímenes que de ninguna manera pudo ser absuelto honestamente. Conoced ahora que aquel fue citado como reo de tal modo que, habiendo sido juzgado el asunto una y otra vez, llegó al juicio ya condenado. Pues Cluentio, jueces, primero presentó el nombre de aquel en cuyas manos había capturado el veneno. Ese era el liberto de los Fabricios, Escamandro. Un tribunal íntegro, ninguna sospecha de juicio corrompido; una causa simple en el juicio, un asunto cierto, un solo crimen fue traído. Aquí entonces C. Gayo Fabricio, aquel de quien hablé antes, quien al ver a su liberto condenado veía que aquel peligro se cernía sobre él, porque sabía que yo tenía vecindad con los aletrinates y gran trato con la mayoría de ellos, los trajo frecuentemente a mi casa. Quienes, aunque opinaban sobre el hombre tal como era necesario, sin embargo, porque era del mismo municipio, consideraban que era de su dignidad defenderlo con las cosas que pudieran, y me pedían que hiciera eso y que asumiera la causa de Escamandro, en cuya causa estaba contenido todo el peligro del patrono.
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Yo, que no podía negar asunto alguno a aquellos hombres tan tales y tan amantes de mí, ni consideraba que aquel crimen fuera tan grande y tan manifiesto, tal como ni siquiera aquellos mismos que me encomendaban entonces aquella causa lo consideraban, les prometí que haría todo lo que quisieran. El asunto comenzó a tratarse; es citado el reo Escamandro. Acusaba P. Publio Canucio, hombre ingenioso entre los primeros y ejercitado en el hablar; acusaba, ciertamente, aquel a Escamandro con tres palabras: que el veneno había sido capturado. Todos los dardos de toda la acusación eran lanzados contra Oppianico, se abría la causa de las insidias, se conmemoraba la familiaridad de los Fabricios, se exponía la vida y la audacia del hombre, finalmente toda la acusación, tratada de forma variada y grave, fue concluida al extremo con la captura manifiesta del veneno. Aquí yo entonces me levanté para responder,¡ con qué cuidado, dioses inmortales!
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¡ Con qué solicitud de ánimo, con qué temor! Siempre, ciertamente, comienzo a hablar con gran miedo; cuantas veces hablo, tantas veces me parece que vengo a juicio no solo de ingenio, sino también de virtud y de deber, para no parecer que profeso lo que no puedo, que es de impudencia, o no realizar lo que puedo, que es de perfidia o de negligencia. Entonces, en verdad, estuve tan perturbado que temía todas las cosas: si no hubiera dicho nada, parecer el más inexperto; si hubiera dicho muchas cosas en una causa de ese tipo, parecer el más impudente. Me recogí finalmente y decidí así: que debía actuarse con valentía; que a aquella edad en la que entonces estaba solía darse como alabanza, incluso si en causas menos firmes no hubiera faltado a los peligros de los hombres. Por tanto, lo hice; así luché, así me esforcé con toda razón, así recurrí a todas las cosas, en cuanto pude alcanzar, remedios y refugios de las causas, que he conseguido esto, que diré tímidamente, que nadie considerara que a aquella causa le faltó un patrono.
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Pero, cualquier cosa que yo había aprehendido, el acusador la arrancaba inmediatamente de mis manos. Si había preguntado qué enemistades tenía Escamandro con Habito, confesaba que ninguna, pero decía que Oppianico, de quien aquel había sido ministro, era y es el mayor enemigo de este. Si, por otra parte, había tratado aquello, que ningún beneficio vendría a Escamandro por la muerte de Habito, lo concedía, pero decía que todos los bienes de Habito vendrían a la esposa de Oppianico, hombre ejercitado en asesinar esposas. Cuando había usado aquella defensa que en las causas de los libertos siempre ha sido considerada la más honesta, que Escamandro era aprobado por su patrono, lo confesaba, pero preguntaba a quién era aprobado el patrono mismo.
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Cuando yo me había detenido con más palabras en que las insidias habían sido hechas a Escamandro por medio de Diógenes y que se había acordado entre ellos sobre otro asunto que Diógenes trajera un medicamento, no veneno; que esto podía sucederle a cualquiera: preguntaba por qué había venido a un lugar de ese tipo tan oculto, por qué solo, por qué con dinero sellado. Finalmente, en este punto la causa era presionada por testigos hombres honestísimos. M. Marco Bebio decía que Diógenes fue comprado por su consejo, que en su presencia Escamandro fue capturado con el veneno y el dinero. P. Publio Quintilio Varo, hombre dotado de suma religión y suma autoridad, decía que Cleofanto había hablado con él sobre las insidias que se hacían a Habito y sobre la solicitud de Diógenes, siendo el asunto reciente.
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Y en aquel juicio, cuando parecíamos defender a Escamandro, aquel era reo de palabra, pero en realidad y por el peligro, Oppianico era el reo en toda la acusación. Y no lo llevaba oscuramente ni podía disimularlo de modo alguno; estaba presente frecuentemente, abogaba, luchaba con todo celo y favor; finalmente— lo que fue para aquella causa el mayor mal— se sentaba en este mismo lugar, como si él mismo fuera el reo. Los ojos de todos los jueces no se dirigían a Escamandro, sino a Oppianico; su temor, su perturbación, su rostro suspendido e incierto, el frecuente cambio de color, lo que antes eran sospechosos, esto lo hacía abierto y manifiesto.
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Cuando se debía ir a deliberar, C. Gayo Junio, el instructor, preguntó al reo, según aquella ley Cornelia que entonces estaba vigente, si quería que se emitiera sentencia sobre él en secreto o en público. Por sentencia de Oppianico se respondió que, porque él decía que Junio era familiar de Habito, quería que se emitiera en secreto. Se fue a deliberar. Con todas las sentencias, excepto una que Staieno decía que era la suya, Escamandro fue condenado en la primera acción.¿ Quién era entonces de todos el que, condenado Escamandro, no considerara que se había hecho juicio sobre Oppianico?¿ Qué es lo que se juzgó con aquella condena, sino que el veneno que se daría a Habito había sido buscado?¿ Qué sospecha, además, por tenue que fuera, se atribuyó a Escamandro o pudo atribuirse para que se pensara que él por su propia voluntad había querido asesinar a Habito?
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Y hecho este juicio entonces, y Oppianico ya condenado en realidad y en reputación, aunque no todavía por ley y pronunciamiento, Habito no hizo inmediatamente reo a Oppianico. Quiso conocer si los jueces eran severos solo con aquellos a quienes habían descubierto que ellos mismos tenían veneno, o si también juzgaban dignos de castigo los consejos y conciencias de crímenes de ese tipo. Por tanto, hizo inmediatamente reo a C. Gayo Fabricio, a quien, por la familiaridad de Oppianico, consideraba que había sido cómplice de aquel crimen, y obtuvo que se le asignara el primer lugar por la conexión de la causa. Aquí entonces Fabricio no solo no trajo a mis vecinos y amigos aletrinates, sino que él mismo no pudo usar después ni defensores ni laudadores.
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Pues pensábamos que era de humanidad defender el asunto íntegro de un hombre no ajeno, por sospechoso que fuera, pero que intentar socavar lo ya juzgado era de impudencia. Por tanto, entonces aquel, forzado por la necesidad y la carencia, en una causa de ese tipo se refugió en los hermanos Cepasio, hombres industriosos y con tal ánimo que cualquier poder de hablar que se les hubiera dado, lo ponían en el honor y en el beneficio. Ya esto está casi inicuamente dispuesto, que en las enfermedades del cuerpo, cuanto más difícil es cada una, tanto más noble y mejor médico se busca, mientras que en los peligros de la vida, cuanto más difícil es cada causa, tanto más vil y oscuro patrono se emplea. A no ser que, tal vez, la causa de esto sea que los médicos no deben prestar nada más que su arte, mientras que los oradores deben prestar también su autoridad.
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Es citado el reo, se trata la causa; Canucio acusa con pocas palabras como sobre asunto juzgado; el mayor Cepasio comienza a responder con un proemio largo y traído de lejos. Al principio su discurso es escuchado atentamente. Oppianico erguía el ánimo ya abatido y oprimido; Fabricio mismo se alegraba; no entendía que los ánimos de los jueces no eran conmovidos por la elocuencia de aquel, sino por la impudencia de la defensa. Después de que comenzó a hablar sobre el asunto, añadía él mismo a las cosas que estaban en la causa nuevas heridas, de modo que, aunque lo hacía con celo, sin embargo, a veces no parecía defender, sino prevaricar. Por tanto, cuando pensaba que hablaba muy astutamente y cuando había extraído aquellas palabras gravísimas del más íntimo artificio:' Mirad, jueces, las fortunas de los hombres, mirad los dudosos y variados casos, mirad la vejez de C. Gayo Fabricio'— cuando hubo dicho este' mirad' a menudo por causa de adornar el discurso, miró él mismo. Pero C. Gayo Fabricio se había marchado de los escaños con la cabeza baja.
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Aquí los jueces reían, se indignaban y llevaban amargamente que la causa fuera arrebatada al patrono y que él no pudiera decir el resto de aquel lugar' mirad, jueces'; y no sucedió nada más cercano que el que lo persiguiera y, con el cuello torcido, lo redujera a los escaños para que pudiera terminar el resto. Así entonces Fabricio fue condenado primero por su propio juicio, que es lo más grave, después por la fuerza de la ley y las sentencias de los jueces.¿ Qué es lo que ya podemos decir más sobre la persona y la causa de Oppianico? Fue hecho reo ante los mismos jueces, cuando ya había sido condenado con estos dos juicios previos; por los mismos jueces, además, que habían juzgado sobre Oppianico con la condena de los Fabricios, le fue asignado el primer lugar. Fue acusado con crímenes gravísimos, y con aquellos que han sido dichos brevemente por mí y además con muchos que yo ahora omito todos; fue acusado ante aquellos que habían condenado a Escamandro, ministro de Oppianico, y a C. Fabricio, cómplice del maleficio.
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¡ Por los dioses inmortales!¿ Qué es más de admirar, que él fuera condenado o que se atreviera a responder en absoluto?¿ Pues qué pudieron hacer aquellos jueces? Quienes, si hubieran condenado a los inocentes Fabricios, sin embargo, en Oppianico debieron ser coherentes consigo mismos y consentir con los juicios superiores.¿ O es que ellos mismos habrían de rescindir sus propios juicios, cuando los demás suelen cuidar al juzgar de no discrepar de los juicios de otros?¿ Y aquellos que habían condenado al liberto de Fabricio, porque había sido ministro en el maleficio, y al patrono, porque había sido cómplice, habrían de absolver al mismo príncipe y arquitecto del crimen?¿ Y los que a los demás, sin haberse hecho ningún juicio previo, sin embargo los habían condenado por la causa misma, habrían de liberar a este a quien ya habían recibido condenado dos veces?
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Entonces, en verdad, aquellos juicios senatoriales, marcados no por falsa envidia sino por verdadera y señalada torpeza y cubiertos de oprobio e infamia, no habrían dejado lugar alguno a la defensa.¿ Pues qué responderían finalmente aquellos jueces, si alguien les preguntara:' Condenasteis a Escamandro,¿ con qué crimen?'' Ciertamente porque había querido asesinar a Habito con veneno por medio del esclavo del médico.''¿ Qué conseguía Escamandro con la muerte de Habito?'' Nada, pero era administrador de Oppianico.''¿ Y condenasteis a C. Gayo Fabricio, por qué así?'' Porque, cuando él mismo trataba familiarísimamente a Oppianico, y su liberto había sido capturado en el maleficio, no se probaba que él hubiera estado exento de aquel consejo.' Si, por tanto, hubieran absuelto al mismo Oppianico, condenado dos veces por sus propios juicios,¿ quién habría podido soportar tanta torpeza de los juicios, tanta inconstancia de las cosas juzgadas, tanta arbitrariedad de los jueces?
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Pero si veis esto, que ya ha sido manifestado con todo este discurso, que en aquel juicio era necesario que el reo fuera condenado, especialmente por los mismos jueces que habían hecho dos juicios previos, al mismo tiempo es necesario que veáis que no pudo haber causa alguna para que el acusador quisiera corromper el juicio. Pues pregunto de ti, T. Tito Atio, dejados ya todos los demás argumentos,¿ acaso consideras que también los Fabricios fueron condenados siendo inocentes, acaso dices también que aquellos juicios fueron corrompidos con dinero, en cuyos juicios uno fue absuelto solo por Staieno, y el otro incluso se condenó a sí mismo? Vamos, si son nocivos,¿ de qué maleficio?¿ Acaso se objetó algo más que el veneno buscado con el que Habito fuera asesinado?¿ Acaso se trató algo más en aquellos juicios que estas insidias hechas a Habito por Oppianico por medio de Fabricio? Nada, nada, digo, otra cosa encontraréis, jueces. Existe la memoria, están las tablillas públicas; refútame si miento; recita los dichos de los testigos, enseña en los juicios de aquellos qué, además de este veneno de Oppianico, fue objetado no solo en lugar de crimen, sino de mal dicho.
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Muchas cosas pueden decirse por las que fue necesario juzgar así, pero yo saldré al encuentro de vuestra expectación, jueces. Pues aunque soy escuchado por vosotros de tal modo que nunca creería que alguien haya sido escuchado más benigna ni más atentamente, sin embargo, vuestra expectación tácita, que me parece que me habla, me llama desde hace tiempo a otra parte:'¿ Qué entonces?¿ Niegas que aquel juicio fue corrompido?' No lo niego, pero confirmo que no fue corrompido por este.'¿ Por quién, pues, fue corrompido?' Opino, primero, si hubiera sido incierto cuál habría de ser el resultado de aquel juicio, sin embargo, sería más verosímil que lo hubiera corrompido aquel que hubiera temido ser condenado él mismo, que aquel que hubiera temido que el otro fuera absuelto; después, cuando no era dudoso qué era necesario juzgar, ciertamente aquel que desconfiaba de sí mismo por alguna razón, más que aquel que confiaba por toda razón; finalmente, ciertamente aquel que había fallado dos veces ante aquellos jueces, más que aquel que había probado su causa dos veces.
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Una cosa ciertamente nadie habrá tan enemiga de Cluentio que no me conceda que, si consta que aquel juicio fue corrompido, fue corrompido o por Habito o por Oppianico; si enseño que no fue por Habito, venzo que fue por Oppianico; si muestro que fue por Oppianico, purgo a Habito. Por lo cual, aunque he enseñado suficientemente que no hubo razón alguna para que este corrompiera el juicio, de lo cual se entiende que fue corrompido por Oppianico, sin embargo, conoced sobre aquello mismo por separado. Y yo no argumentaré aquellas cosas que son gravemente graves, que corrompió aquel que estuvo en peligro, aquel que temió, aquel que no tuvo esperanza de salvación en otra razón, aquel que siempre fue de singular audacia. Muchas cosas son de ese tipo; pero como tengo un asunto no dudoso, sino abierto y manifiesto, la enumeración de los argumentos singulares no es necesaria.
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Digo que Estacio Albio dio una gran suma de dinero al juez C. Gayo Elio Staieno para corromper el juicio.¿ Acaso alguien lo niega? A ti, Oppianico, apelo, a ti, T. Tito Atio, de los cuales uno deplora aquella condena con elocuencia, el otro con piedad tácita; atreveos a negar que el dinero fue dado por Oppianico al juez Staieno, negadlo, negadlo, digo, en mi lugar.¿ Por qué calláis?¿ Acaso no podéis negar lo que habéis repetido, lo que habéis confesado, lo que habéis arrebatado?¿ Con qué rostro, pues, hacéis mención de juicio corrompido, cuando confesáis que el dinero fue dado por esa parte del juez antes del juicio y arrebatado después del juicio?
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¿ De qué modo, pues, fueron gestionadas estas cosas? Repetiré un poco más arriba, jueces, y abriré todas las cosas que han permanecido en la larga oscuridad de tal modo que parezca que las veis con vuestros ojos. Os pido que, como hasta ahora me habéis escuchado atentamente, escuchéis también lo que queda; ciertamente no se dirá nada por mí que no parezca digno de esta asamblea y silencio, digno de vuestros estudios y oídos. Pues tan pronto como Oppianico comenzó a sospechar qué se cernía sobre él por el hecho de que Escamandro había sido hecho reo, inmediatamente se aplicó a la familiaridad de Staieno, hombre necesitado, audaz, ejercitado en corromper juicios, pero entonces juez. Y primero, con el reo Escamandro, había logrado tanto con dones y regalos que usaba de él como partidario más deseoso de lo que la fe del juez exigía.
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Después, sin embargo, cuando Escamandro fue absuelto por la sentencia de un solo Staieno, pero el patrono de Escamandro no fue liberado ni siquiera por su propia sentencia, pensó que debía socorrerse con remedios más agudos para su salvación. Entonces comenzó a pedir ayuda para su vida y sus fortunas a Staieno, como a un hombre agudísimo para idear, impudentísimo para osar, acérrimo para realizar— pues estas cosas él las tenía en parte y en mayor parte simulaba tenerlas—. Ya no ignoráis esto, jueces, que incluso las bestias, advertidas por el hambre, a menudo regresan al lugar donde alguna vez fueron alimentadas.
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Aquel Staieno, dos años antes, cuando había recibido la causa de los bienes de Safinio Atela, había dicho que corrompería el juicio con seiscientos mil sestercios. Cuando los hubo recibido del pupilo, los suprimió y, hecho el juicio, no los devolvió ni a Safinio ni a los compradores de los bienes. Cuando hubo derrochado ese dinero y no se hubo dejado nada no solo para sus deseos, sino ni siquiera para su necesidad, decidió que debía volver a las mismas rapiñas y supresiones judiciales. Por tanto, cuando vio a Oppianico ya perdido y degollado por dos juicios previos, lo excitó, abatido, con sus promesas y al mismo tiempo le prohibió desesperar de su salvación. Oppianico, por su parte, comenzó a rogar al hombre que le mostrara el modo de corromper el juicio.
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Aquel, sin embargo, como fue escuchado después del mismo Oppianico, negó que hubiera alguien en la ciudad, excepto él, que pudiera realizar eso. Pero al principio comenzó a mostrarse reacio, porque decía que buscaba la edilidad con hombres nobilísimos y que temía la envidia y la ofensa. Después, exorado al principio, pidió una suma de dinero muy grande, después llegó a lo que pudo ser concluido; ordenó que se le llevaran a su casa 640. 000 sestercios. Dinero que, tan pronto como le fue llevado, el hombre impurísimo comenzó inmediatamente a versar en su mente y pensamiento que nada era más útil para sus razones que el que Oppianico fuera condenado; que, absuelto aquel, ese dinero debía ser repartido entre los jueces o devuelto a él mismo; que, condenado, nadie lo reclamaría.
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Por tanto, idea un asunto singular. Y estas cosas, jueces, que son dichas como verdaderas por nosotros, las creeréis más fácilmente si con vuestros ánimos, tras un largo intervalo, hubierais querido recordar la vida y la naturaleza de C. Gayo Staieno; pues según es la opinión sobre las costumbres de cada uno, así puede juzgarse qué ha sido hecho o no hecho por él. Cuando era necesitado, suntuoso, audaz, astuto, perfidioso, y cuando veía en su casa, miserablemente, en lugares vacíos, tantos sestercios puestos, comenzó a volver su mente a toda malicia y fraude.'¿ Yo daré a los jueces?¿ Para mí mismo, pues, qué se buscará además del peligro y la infamia?¿ No idearé algo por lo que sea necesario que Oppianico sea condenado?¿ Qué, finalmente?— pues no hay nada que no pueda suceder— si algún azar lo arrebatara por casualidad del peligro,¿ no hay que devolverlo? Empujemos, pues, al que se precipita', dijo,' y derribemos al perdido'.
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Toma este consejo de prometer dinero a ciertos jueces muy ligeros, después suprimirlo para que, puesto que pensaba que los hombres graves juzgarían severamente por su propia voluntad, a aquellos que eran más ligeros los devolviera irritados contra Oppianico por la desatención. Por tanto, como siempre era prepostero y perverso, hace el inicio por Bulbo y, porque hacía tiempo que no había buscado nada, lo empuja ligeramente, triste y bostezante.'¿ Qué tú?', dice,'¿ me ayudas en algo, Bulbo, para que no sirvamos a la república gratis?'. Aquel, en verdad, tan pronto como escuchó esto' no gratis':' Seguiré a donde quieras', dice;'¿ pero qué traes?'. Entonces le promete cuarenta mil, si Oppianico fuera absuelto, y le ruega que llame a los demás con quienes acostumbraba hablar, y él mismo, fundador de todo el negocio, salpica a Gutta a este Bulbo.
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Por tanto, pareció nada amargo a aquellos que habían degustado alguna esperanza de su discurso. Había pasado un día y otro cuando el asunto parecía poco cierto; se deseaba un secuestrador y confirmador del dinero. Entonces Bulbo llama al hombre con rostro alegre, como más blandamente puede:'¿ Qué tú, Paeto?'— pues Staieno había elegido este sobrenombre para sí de las imágenes de los Elios para que, si se hubiera hecho ligur, no pareciera usar un sobrenombre más de su nación que de su linaje—' sobre lo que has hablado conmigo, preguntan de mí dónde está el dinero'. Aquí aquel estafador improbisimo, alimentado por la ganancia judicial, que ya incubaba con esperanza y ánimo aquel dinero que había fundado, contrae la frente— recordad el rostro y aquellos sus rostros fingidos y simulados— y, quien estaba hecho todo de fraude y mentira y quien había condimentado aquellos vicios que tenía por naturaleza también con estudio y cierto artificio de malicia, asegura bellamente que él ha sido desatendido por Oppianico y añade este testimonio, que aquel será condenado por su sentencia, cuando todos iban a emitirla en público.
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El rumor se había extendido en el consejo de que se había hecho cierta mención de dinero entre los jueces. El asunto no había sido tan oculto como debía ser ocultado, ni era tan abierto como debía ser abierto por causa de la república. En esa oscuridad y duda de todos, a Canucio, hombre perito, que había sentido por cierto olor de sospecha que Staieno había sido corrompido y no consideraba que el asunto estuviera terminado, le pareció bien pronunciar de repente:' Han hablado'. Aquí entonces Oppianico no temió en gran medida; consideraba que el asunto había sido terminado por Staieno.
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Iban a ir a deliberar 32 jueces. Con 16 sentencias se podía concluir la absolución. 40. 000 sestercios distribuidos a cada juez debían concluir ese número de sentencias para que, al cúmulo de la esperanza de mayores premios, se añadiera la decimoséptima sentencia del mismo Staieno. Y también por azar entonces, porque aquello había sido hecho de repente, Staieno mismo no estaba presente; defendía no sé qué causa ante un juez. Habito sufría esto fácilmente, Canucio fácilmente, pero no Oppianico ni su patrono L. Lucio Quincio; quien, como era en aquel tiempo tribuno de la plebe, hizo un gran clamor al juez de la cuestión C. Gayo Junio para que no se fuera a deliberar sin él; y como aquello le parecía que era hecho deliberadamente con más negligencia por los viatores, él mismo partió del juicio público al juicio privado de Staieno y ordenó por su potestad que aquel fuera despedido; él mismo llevó a Staieno a los escaños.
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Se levanta para deliberar, cuando Oppianico había dicho que quería que las sentencias se emitieran en público, que era la potestad entonces, para que Staieno pudiera saber qué debía a cada uno. Varios géneros de jueces; pocos venales, pero todos irritados. Como aquellos que han acostumbrado a recibir en el campo suelen ser enemiguísimos de aquellos candidatos cuyas monedas piensan que han sido suprimidas, así jueces de ese tipo habían venido entonces hostiles al reo; los demás consideraban que era nocivísimo, pero esperaban las sentencias de aquellos que pensaban que habían sido corrompidos para decidir a partir de ellos por quién parecía que el juicio había sido corrompido.¡ He aquí que te sucede tal sorteo que entre los primeros Bulbo y Staieno y Gutta debían juzgar! Suma expectación de todos sobre qué sentencias emitirían los jueces ligeros y venales. Y todos ellos condenan sin duda alguna.
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Aquí entonces fue inyectado a los hombres un escrúpulo y cierta duda sobre qué es lo que se había hecho. Después, los hombres sabios y de aquella antigua disciplina de los juicios, que ni podían absolver a un hombre nocivísimo ni querían condenar primero a aquel sobre quien había surgido sospecha de ser atacado con dinero sin que el asunto fuera conocido, dijeron que no estaba claro. Algunos, sin embargo, hombres severos que establecieron que debía mirarse con qué ánimo hacía cada uno cada cosa, aunque otros juzgaban lo verdadero habiendo aceptado dinero, sin embargo, pensaban que no menos debían ser coherentes con sus juicios superiores; por tanto, condenaron. Cinco en total fueron los que absolvieron a ese vuestro inocente Oppianico, llevados por imprudencia o misericordia o alguna sospecha o ambición.
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Condenado Oppianico, inmediatamente L. Lucio Quincio, hombre máximamente popular, que había acostumbrado a recoger todos los vientos de los rumores y de las asambleas, pensó que se le ofrecía la facultad para poder crecer por la envidia senatorial, porque consideraba que los juicios de ese orden ya eran menos aprobados por el pueblo. Se celebra una y otra asamblea vehemente y grave; el tribuno de la plebe gritaba que los jueces habían recibido dinero para condenar a un reo inocente; decía que se trataban las fortunas de todos; que no había juicios; que quien tuviera un enemigo adinerado, nadie podía estar incólume. Los hombres ignorantes de todo el negocio, que nunca habían visto a Oppianico, al considerar que un hombre óptimo y un hombre modestísimo había sido oprimido por dinero, inflamados por la sospecha, comenzaron a llamar el asunto al medio y a reclamar toda aquella causa.
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Y en aquel mismo momento, durante la noche, Staieno, convocado por Oppianico, acudió a la casa de Tito Ticio Annio, hombre honestísimo, allegado y amigo mío. Ya el resto es conocido por todos: cómo Oppianico trató con él sobre el dinero, cómo aquel dijo que lo devolvería, cómo todos los hombres de bien que entonces, por consejo, se habían ocultado cerca escucharon toda aquella conversación, cómo el asunto fue descubierto y llevado al foro, y cómo todo el dinero fue arrancado y arrebatado a Staieno. La figura de este Staieno, ya conocida y examinada por el pueblo, no estaba exenta de ninguna sospecha infame; los que estaban en la asamblea no comprendían que el dinero que él había declarado haber recibido en nombre del reo había sido retenido por él, pues, en efecto, no se les informaba. Percibían que en el juicio se había hecho mención de dinero, oían que un reo inocente había sido condenado y veían que había sido condenado por el voto de Staieno; juzgaban que aquello no lo había hecho él gratuitamente, pues conocían al hombre. Una sospecha similar recaía sobre Bulbo, sobre Gutta y sobre otros tantos.
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Por tanto, confieso— pues ya se puede confesar impunemente, especialmente en este lugar— que, dado que no solo la vida, sino incluso el nombre de Oppianico, era desconocido para el pueblo antes de aquel tiempo, y que, además, parecía indignísimo que un inocente hubiera sido engañado con dinero, y que luego esta sospecha se viera aumentada por la deshonestidad de Staieno y la vileza de algunos jueces similares a él, y que, además, la causa fuera defendida por Lucio Quincio, hombre dotado de gran poder y apto para inflamar los ánimos de la multitud, se había acumulado una enorme envidia e infamia sobre aquel juicio. Y recuerdo que en esta llama reciente fue arrojado entonces Cayo Junio, quien había presidido aquella cuestión, y que aquel hombre, de rango edilicio y ya designado pretor según la opinión de todos, fue eliminado del foro, y aun de la ciudadanía, no por un debate de argumentos, sino por el clamor de la gente.
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Y no me arrepiento de defender la causa de Aulo Cluencio en este momento más que en aquel. Pues la causa sigue siendo la misma, la cual no puede cambiar de ninguna manera; la iniquidad y la envidia del tiempo han retrocedido, de modo que lo que hubo de malo en el tiempo no perjudique en nada, y lo que hubo de bueno en la causa aproveche. Por eso, ahora percibo cómo soy escuchado, no solo por aquellos cuyo juicio y poder es, sino también por aquellos cuya opinión solo cuenta. Pero si hablara entonces, no sería escuchado, no porque el asunto fuera otro, sino porque el tiempo era distinto. Reconocedlo, pues, de este modo:¿ quién se atrevería entonces a decir que Oppianico fue condenado siendo inocente?¿ Quién se atreve ahora a negarlo?¿ Quién podría entonces argumentar que el juicio fue tentado por Oppianico con dinero?¿ Quién puede negarlo en este momento?¿ A quién le estaba permitido entonces enseñar que Oppianico fue hecho reo solo cuando había sido condenado por los dos juicios previos?¿ Quién es el que intenta invalidar esto en este momento?
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Por tanto, eliminada la envidia que el tiempo ha mitigado, mi discurso ha suplicado, vuestra lealtad y equidad han rechazado la disputa de la verdad,¿ qué queda además en la causa? Es un hecho que el dinero circuló en el juicio; se busca de dónde provino, si del acusador o del reo. El acusador dice esto:' Primero, acusaba con crímenes gravísimos, de modo que no había necesidad de dinero; segundo, llevaba a un condenado, de modo que ni siquiera con dinero podía ser rescatado; finalmente, incluso si hubiera sido absuelto, el estado de todas mis fortunas permanecería incólume'.¿ Qué dice el reo en contra?' Primero, temía la multitud misma de los crímenes y su atrocidad; segundo, sentía que, al haber sido condenados los Fabricios por la conciencia de mi crimen, yo estaba condenado; finalmente, había llegado a tal situación que todo el estado de mis fortunas dependía del peligro de un solo juicio'.
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Vamos, puesto que aquel tuvo muchas y graves causas para corromper el juicio y este ninguna, busquemos el origen del dinero mismo. Cluencio llevó sus libros de cuentas con la mayor diligencia. Este asunto tiene, ciertamente, la característica de que nada puede ocultarse en su patrimonio, ni añadido ni sustraído. Hace ocho años que esta causa se debate en esta meditación, mientras agitáis, tratáis e investigáis todo lo que pertenece a este asunto, tanto en los libros de este como en los de otros, y mientras tanto no encontráis rastro alguno del dinero de Cluencio.¿ Qué?¿ Debemos rastrear el dinero de Albio con huellas o podemos llegar a la guarida misma con vosotros como guías? Se retienen en un solo lugar 640. 000 sestercios, se retienen en poder de un hombre audacísimo, se retienen en poder de un juez;¿ qué más queréis?
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Pero, en efecto, Staienus no fue designado por Oppianico, sino por Cluencio para corromper el juicio.¿ Por qué, cuando se iba a deliberar, Cluencio y Cannucio permitían que estuviera ausente?¿ Por qué, cuando enviaban a deliberar, no reclamaban a Staienus, el juez a quien habían dado el dinero? Oppianico se quejaba, Quincio exigía; mediante el poder tribunicio se logró que no se fuera a deliberar sin Staienus. Pero condenó. Pues esta condena la había dado como rehén a Bulbo y a los demás para que pareciera abandonado por Oppianico. Por tanto, si de ahí viene la causa de corromper el juicio, si de ahí viene el dinero, de ahí Staienus, de ahí, en fin, todo el fraude y la audacia, y de aquí la honestidad, la vida honrada, ninguna sospecha de dinero, ninguna causa para corromper el juicio, permitid, una vez revelada la verdad y eliminado todo error, que la infamia de aquella vileza pase a donde residen los demás crímenes, y que la envidia se aparte finalmente de aquel a quien veis que la culpa nunca se acercó.
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Pero, en efecto, Oppianico dio dinero a Staienus no para corromper el juicio, sino para una conciliación de favor.¿ Te atreves a decir esto, Atio, tú, dotado de tal prudencia, e incluso de experiencia y ejercicio? Dicen que es sapientísimo aquel a quien se le ocurre por sí mismo lo que debe hacer; que se acerca mucho aquel que obedece a los buenos hallazgos de otro. En la estupidez ocurre lo contrario. Pues es menos estúpido aquel a quien no se le ocurre nada que aquel que aprueba lo que estúpidamente se le ocurrió a otro. Así, Staienus, en aquel momento, con el asunto reciente, cuando estaba presionado por la necesidad— ya fuera que lo ideó por sí mismo o, como decían entonces los hombres, que fue advertido por Publio Cetego—, dio esa fábula de la conciliación y el favor.
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Pues podéis recordar que este era entonces el discurso de los hombres: que Cetego, porque odiaba al hombre y porque no quería que su deshonestidad se mezclara en la república, y porque veía que aquel que había confesado haber recibido dinero del reo, siendo juez, a escondidas y fuera de orden, no podía estar a salvo, le había dado un consejo menos fiel. Si en esto Cetego fue deshonesto, me parece que quiso eliminar a un adversario; pero si la causa era de tal naturaleza que Staienus no podía negar haber recibido el dinero, y no había nada más peligroso ni más vergonzoso que confesar para qué asunto lo había recibido, el consejo de Cetego no debe ser reprendido.
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Pero otra fue entonces la causa de Staienus, y otra es ahora la tuya, Atio. Aquel, cuando estaba presionado por la situación, cualquier cosa que dijera, la diría más honestamente que si confesara lo que había sucedido; pero me asombra que tú hayas traído ahora eso mismo que entonces fue rechazado y expulsado.¿ Cómo podía entonces Cluencio volver a la amistad con Oppianico, o con su madre? El reo y el acusador estaban registrados en los archivos públicos; los Fabricios habían sido condenados; ni Albio podía escapar con otro acusador, ni Cluencio abandonar la acusación sin la ignominia de la calumnia.
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¿ O es que acaso prevaricaba? Pues eso también pertenece a la corrupción del juicio. Pero¿ qué necesidad había para ese asunto de un juez como intermediario? Y, en general,¿ por qué todo ese asunto se llevó a cabo a través de Staienus, un hombre ajeno a ambos, el más sórdido y vergonzoso, en lugar de a través de algún hombre de bien, amigo y allegado común? Pero¿ por qué discuto esto con más palabras como si fuera un asunto oscuro, cuando el dinero mismo que fue dado a Staienus, por su número y suma, muestra no solo cuánto fue, sino también para qué asunto fue? Digo que dieciséis jueces debían ser corrompidos para que Oppianico fuera absuelto; que 640. 000 sestercios fueron entregados a Staienus. Si, como tú dices, fue por causa de conciliar el favor,¿ qué valor tiene el añadido de esos cuarenta mil? Si, como nosotros decimos, fue para que se dieran cuarenta mil sestercios a dieciséis jueces, ni Arquímedes pudo haberlo calculado mejor.
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Pero, en efecto, se han hecho muchísimos juicios de que el juicio fue corrompido por Cluencio. Al contrario, antes de este tiempo, ese mismo asunto nunca fue llamado a juicio por su propio nombre. Tan agitado, tan largamente zarandeado ha sido ese asunto que hoy es la primera vez que esa causa ha sido defendida, hoy es la primera vez que la verdad, confiada en estos jueces, ha alzado su voz contra la envidia. Pero, sin embargo,¿ cuáles son esos muchos juicios? Pues yo me he confirmado para todo y me he preparado de tal manera que enseñara que los juicios que se dicen hechos después sobre aquel juicio, en parte fueron más parecidos a una ruina o a una tempestad que a un juicio y debate, en parte no tienen valor contra lo que se ha sostenido, en parte incluso están a favor de este, en parte son de tal naturaleza que nunca fueron llamados juicios ni considerados como tales.
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Aquí, más para observar la costumbre que porque vosotros no hagáis esto por vuestra propia voluntad, os pediré, jueces, que me escuchéis atentamente mientras discuto sobre cada uno de estos puntos. Fue condenado Cayo Junio, quien había presidido aquella cuestión; añade también esto, si te place: fue condenado cuando era juez de la cuestión. No solo a la causa, sino ni siquiera a la ley se le dio alivio alguno por parte del tribuno de la plebe. En el tiempo en que no se le permitía ser apartado de la cuestión para ningún otro cargo de la república, en ese mismo tiempo fue arrebatado de la cuestión.¿ Pero qué cuestión? Pues vuestros rostros, jueces, me invitan a que lo que había pensado que debía callar, me plazca ahora decirlo libremente.
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¿ Qué?¿ Fue aquello, al fin y al cabo, una cuestión, un debate o un juicio? Pensaré que lo fue. Que diga quien quiera hoy, de aquel pueblo excitado, a cuya voluntad se cedió entonces, sobre qué asunto Junio dio cuenta de su causa; a quienquiera que preguntes, responderá esto: porque recibió dinero, porque engañó a un inocente. Esta es la opinión. Pero, si fuera así, debería haber sido acusado bajo la ley por la que se acusa a los acusados. Pero él mismo juzgaba bajo esa ley. Quincio debería haber esperado unos pocos días. Pero no quería acusar como particular ni cuando la envidia ya se había calmado. Veis, por tanto, que toda la esperanza del acusador no estaba en la causa, sino en el tiempo y en el poder.
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Pidió una multa.¿ Bajo qué ley? Porque no había jurado sobre la ley, lo cual nunca fue un perjuicio para nadie, y porque Cayo Verres, pretor urbano, hombre santo y diligente, no tenía su subsortición en aquel código que entonces se presentaba tachado. Por estas causas fue condenado Cayo Junio, jueces, por las más leves e infundadas, que en absoluto debieron ser traídas a juicio. Por tanto, fue oprimido no por la causa, sino por el tiempo.
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¿ Pensáis que este juicio debe perjudicar a Cluencio?¿ Por qué causa? Si Junio no había hecho la subsortición según la ley o si en algún momento no había jurado sobre alguna ley,¿ por eso se juzgaba algo sobre Cluencio con su condena?' No', dice,' sino que aquel fue condenado por esas leyes porque había cometido un delito contra otra ley'. Los que confiesan esto,¿ pueden defender que aquel juicio fue el mismo?' Por tanto', dice,' el pueblo romano estaba entonces hostil contra Cayo Junio porque se pensaba que aquel juicio fue corrompido por él'.¿ Ha cambiado, pues, la causa en este momento?¿ Es otra la cosa, otra la razón de aquel juicio, otra la naturaleza de todo el negocio ahora que entonces? No creo que de las cosas que se hicieron haya podido cambiar nada.
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Entonces,¿ qué causa hay para que ahora nuestra defensa sea escuchada con tanto silencio, mientras que a Junio se le arrebató el poder de defenderse a sí mismo? Porque entonces en la causa no había nada más que envidia, error, sospecha, asambleas cotidianas excitadas sediciosa y popularmente. El tribuno de la plebe acusaba lo mismo en las asambleas que ante los tribunales; al juicio no solo venía de la asamblea, sino incluso con la asamblea misma. Aquellos escalones Aurelios parecían entonces construidos como un teatro para aquel juicio; cuando el acusador los había llenado con hombres excitados, no solo no había poder para que el reo hablara, sino ni siquiera para levantarse.
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Hace poco, ante Cayo Orcivio, mi colega, el lugar no fue establecido por los jueces para Fausto Sila sobre los dineros restantes, no porque pensaran que Sila estaba fuera de la ley o que la causa del dinero público fuera despreciada y abandonada, sino porque, acusando un tribuno de la plebe, no pensaron que pudiera debatirse en condiciones de igualdad.¿ Qué voy a comparar?¿ A Sila con Junio, o a este tribuno de la plebe con Quincio, o, en verdad, un tiempo con otro? Sila, con grandes recursos, parientes, aliados, allegados, muchísimos clientes, mientras que esto ante Junio era pequeño, débil y buscado y reunido por el esfuerzo propio; este tribuno de la plebe, modesto, prudente, no solo no sedicioso, sino incluso adversario de los sediciosos, aquel, en cambio, amargo, lleno de crímenes, hombre popular y turbulento; este tiempo, tranquilo y apaciguado, aquel, agitado por todas las tempestades de la envidia. Siendo esto así, en el caso de Fausto, sin embargo, aquellos jueces establecieron que el reo decía su causa en condiciones desiguales, cuando a su adversario le asistía el máximo poder de la autoridad para el derecho de acusación.
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Esta razón, ciertamente, vosotros, jueces, debéis considerarla diligentemente por vuestra sabiduría y humanidad, y percibir profundamente qué mal, cuánto peligro puede traer a cada uno de nosotros la fuerza tribunicia, especialmente cuando la envidia se ha acumulado y las asambleas han sido excitadas sediciosamente. Por Hércules, en los mejores tiempos, cuando los hombres se protegían no por la agitación popular, sino por su dignidad e inocencia, sin embargo, ni Publio Popilio ni Quinto Metelo, hombres ilustrísimos y amplísimos, pudieron sostener la fuerza tribunicia, y mucho menos en estos tiempos, con estas costumbres, con estos magistrados, podríamos estar a salvo sin vuestra sabiduría y sin los remedios de los juicios.
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Aquel juicio, por tanto, no fue parecido a un juicio, jueces, no lo fue, en el cual no se aplicó medida alguna, no se observó costumbre ni hábito, no se defendió la causa; aquello fue fuerza y, como ya he dicho a menudo, una ruina y una tempestad, y cualquier cosa antes que un juicio, debate o cuestión. Pero si hay alguien que piense que aquello fue un juicio y que se debe estar a lo juzgado en estas cosas, aun así debe separar esta causa de aquella. Pues de aquel, ya sea porque no había jurado sobre la ley o porque no había hecho la subsortición del juez según la ley, se dice que se pidió una multa; pero la razón de Cluencio no puede estar unida en ninguna parte con aquellas leyes por las que se pidió una multa a Junio.
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Pero, en efecto, también Bulbo fue condenado. Añade' de majestad', para que entiendas que este juicio no está unido con aquel. Pero este crimen le fue imputado a aquel. Lo confieso, pero también se hizo evidente por las cartas de Cayo Cosconio y los testimonios de muchos que una legión había sido solicitada por él en Iliria, crimen que era propio de aquella cuestión y asunto que se trataba bajo la ley de majestad. Pero esto le perjudicó sobremanera. Eso ya es adivinación; si se puede usar, mira si mi conjetura no es mucho más verdadera. Pues yo opino así: que Bulbo, porque fue llevado a juicio siendo un hombre despreciable, vil, deshonesto, contaminado por muchos crímenes, por eso fue condenado más fácilmente. Tú eliges de toda la causa de Bulbo lo que te conviene para decir que los jueces siguieron eso.
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Por lo cual, este juicio de Bulbo no debe perjudicar más a esta causa que los dos juicios mencionados por el acusador, el de Publio Popilio y el de Tiberio Gutta, quienes dijeron su causa sobre soborno, quienes fueron acusados por aquellos que ellos mismos habían condenado por soborno; a quienes yo no creo que hayan sido restituidos a su integridad porque hayan hecho evidente que aquellos recibieron dinero para juzgar, sino porque probaron a los jueces que, habiendo reprendido a otros en el mismo género en el que ellos mismos habían caído, debían acceder a las recompensas de la ley. Por lo cual, no creo que nadie dude de que aquella condena por soborno no puede estar unida en ninguna parte con la causa de Cluencio y vuestro juicio.
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¿ Qué decir de que Staienus fue condenado? No digo en este momento, jueces, lo que no sé si debería decirse, que aquel fue condenado por majestad; no recito los testimonios de hombres honestísimos que fueron dichos contra Staienus por aquellos que fueron legados, prefectos y tribunos militares de Manio Emilio, hombre ilustrísimo; con cuyos testimonios se hizo evidente que, sobre todo por su obra, cuando era cuestor, se había acumulado una sedición en el ejército; ni siquiera recito aquellos testimonios que fueron dichos sobre los 600. 000 sestercios que él, cuando los hubo recibido en nombre del juicio Safiniano, tal como después en el juicio de Oppianico, calló y retuvo.
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Omito tanto esto como otras muchísimas cosas que fueron dichas contra Staienus en aquel juicio; digo esto: que la misma controversia que ahora tengo con Atio la tuvieron entonces Publio y Lucio Cominio, caballeros romanos, hombres honestos y elocuentes, con Staienus, a quien acusaban. Los Cominios decían lo mismo que yo digo, que Staienus había recibido dinero de Oppianico para corromper el juicio; Staienus decía que lo había recibido por causa de conciliar el favor.

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