Pro C. Rabirio Perduellionis Reo Ad Quirites
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Original / primary: Spanish Gemini
1
Aunque, ciudadanos, no es mi costumbre al inicio de un discurso dar razón de por qué defiendo a cada cual, dado que siempre he considerado que con todos los ciudadanos tengo una causa de vinculación suficientemente justa ante sus peligros, sin embargo, en esta defensa de la vida, la reputación y todos los bienes de C. Rabirio, parece necesario exponer la razón de mi deber, puesto que la causa que me ha parecido más justa para defenderlo a él, debe pareceros a vosotros la misma para absolverlo.
2
Pues si bien la antigüedad de nuestra amistad, la dignidad del hombre, el sentido de humanidad y la constante costumbre de mi vida me han exhortado a defender a C. Rabirio, en verdad, lo que me ha obligado a hacerlo con el mayor celo ha sido la salvación de la república, el deber consular y, finalmente, el consulado mismo, que me fue encomendado por vosotros junto con la salvación de la república. Pues no han sido la culpa de un delito, ni el descrédito de su vida, ciudadanos, ni finalmente antiguas, justas y graves enemistades de los ciudadanos lo que ha llevado a C. Rabirio a este peligro capital, sino que se ha intentado derribar a un solo hombre, anciano, débil y solo, para que ese supremo auxilio de la majestad y del imperio que nos fue legado por nuestros antepasados fuera eliminado de la república, para que en adelante nada valieran la autoridad del senado, el imperio consular ni el consenso de los hombres de bien contra la peste y la ruina del Estado.
3
Por tanto, si es propio de un buen cónsul, al ver que todos los auxilios de la república son debilitados y socavados, prestar ayuda a la patria, acudir a la salvación y a los bienes comunes, implorar la lealtad de los ciudadanos y considerar su propia salvación como secundaria frente a la común, es también propio de ciudadanos buenos y valientes, como vosotros habéis demostrado ser en todos los momentos de la república, cerrar todos los caminos a las sediciones, fortalecer las defensas del Estado y considerar que el supremo imperio reside en los cónsules y el supremo consejo en el senado; y juzgar que quien haya seguido esto es digno de alabanza y honor más que de pena y castigo.
4
Por esta razón, el esfuerzo en esta defensa es principalmente mío, pero el afán por conservar a este hombre deberá ser compartido entre vosotros y yo. Pues debéis pensar, ciudadanos, que desde que hay memoria de hombres, no ha habido asunto mayor, más peligroso, más digno de ser previsto por todos vosotros, que no haya sido emprendido por un tribuno de la plebe, defendido por un cónsul ni llevado ante el pueblo romano. Pues en esta causa no se trata de otra cosa, ciudadanos, sino de que en adelante no haya en la república consejo público, ni consenso de los hombres de bien contra el furor y la audacia de los malvados, ni refugio ni defensa de salvación en los momentos extremos de la república.
5
Siendo esto así, en primer lugar, como es necesario hacer en tan gran lucha por la vida, la reputación y todos los bienes, pido paz y perdón a Júpiter óptimo máximo y a los demás dioses y diosas inmortales, por cuya ayuda y auxilio esta república es gobernada mucho más que por la razón y el consejo de los hombres, y les ruego que permitan que el día de hoy haya amanecido tanto para conservar la salvación de este hombre como para constituir la república. Después, a vosotros, ciudadanos, cuyo poder se acerca más al numen de los dioses inmortales, os ruego y suplico, puesto que al mismo tiempo la vida de C. Rabirio, hombre sumamente desgraciado e inocente, y la salvación de la república se confían a vuestras manos y votos, que apliquéis en la fortuna de este hombre la misericordia, y en la salvación de la república la sabiduría que acostumbráis.
6
Ahora, puesto que, T. Labieno, te has opuesto a mi diligencia con la estrechez del tiempo y me has forzado a salir del espacio acordado y establecido para la defensa hacia el límite de media hora, se obedecerá, lo cual es lo más injusto, a la condición del acusador y, lo cual es lo más miserable, al poder del enemigo. Aunque en esta prescripción de media hora me has dejado el papel de abogado y me has quitado el de cónsul, puesto que para defender será casi suficiente este tiempo para mí, pero para lamentar, poco.
7
A menos que tal vez pienses que debo responderte con más palabras sobre los lugares religiosos y los bosques sagrados que dijiste que fueron violados por él; en cuyo cargo nunca has dicho nada, salvo que ese crimen fue imputado a C. Rabirio por C. Macro. En lo cual me maravilla que recuerdes lo que el enemigo Macer imputó a C. Rabirio, pero que hayas olvidado lo que jueces justos y bajo juramento sentenciaron.
8
¿ O acaso hay que exponer un largo discurso sobre el peculado cometido o sobre el incendio del archivo? En cuyo cargo, un pariente de C. Rabirio, C. Curcio, fue liberado muy honrosamente en un juicio clarísimo por su virtud, mientras que el propio Rabirio nunca fue llamado a juicio por estos cargos, ni siquiera bajo la más mínima sospecha.¿ O hay que responder con más diligencia sobre el hijo de su hermana? A quien dijiste que fue asesinado por él, cuando se buscaba la excusa de un funeral familiar para retrasar el juicio. Pues,¿ qué es tan verosímil como que el marido de su hermana le fuera más querido que el hijo de su hermana, y tan querido que uno fuera privado de la vida cruelmente, mientras que para el otro se buscaban dos días para el aplazamiento del juicio?¿ O hay que decir más sobre esclavos ajenos retenidos contra la ley Fabia, o sobre ciudadanos romanos azotados o asesinados contra la ley Porcia, cuando C. Rabirio es honrado con tanto entusiasmo por toda Apulia, con singular voluntad por Campania, y cuando para repeler su peligro no solo han acudido hombres, sino casi las regiones mismas, movilizadas incluso mucho más ampliamente de lo que el nombre y los límites de su propia vecindad exigían? Pues,¿ por qué habría de preparar un largo discurso sobre aquello que está prescrito en la misma rogación de multa, que este no respetó ni su propia pudicia ni la ajena?
9
Es más, sospecho que la media hora me fue impuesta por Labieno para que no dijera más sobre la pudicia. Por tanto, comprendes que para estos cargos que requieren la diligencia de un abogado, esa media hora me ha sido demasiado larga. Esa otra parte sobre la muerte de Saturnino has querido que sea demasiado exigua y estrecha; la cual no implora ni exige el ingenio de un orador, sino el auxilio de un cónsul.
10
Pues sobre el juicio de alta traición, que sueles acusarme de haber eliminado, es mi crimen, no el de Rabirio.¡ Ojalá, ciudadanos, yo hubiera sido el primero o el único en eliminar eso de esta república! Ojalá esto, que él quiere que sea un crimen, fuera un testimonio propio de mi alabanza. Pues,¿ qué se puede desear que yo prefiriera más que haber eliminado en mi consulado al verdugo del foro y la cruz del campo? Pero esa alabanza es, en primer lugar, de nuestros antepasados, ciudadanos, quienes, expulsados los reyes, no retuvieron ningún vestigio de crueldad regia en un pueblo libre; y después, de muchos hombres valientes que quisieron que vuestra libertad no estuviera infestada por la amargura de los suplicios, sino fortificada por la suavidad de las leyes.
11
Por tanto,¿ cuál de nosotros es, al fin, popular, Labieno?¿ Tú, que crees que a los ciudadanos romanos se les debe aplicar el verdugo y las cadenas en la misma asamblea, que ordenas que en el Campo de Marte, en los comicios centuriados, en un lugar auspiciado, se fije y se erija una cruz para el suplicio de los ciudadanos?¿ O yo, que prohíbo que la asamblea sea contaminada por el contagio del verdugo, que digo que el foro del pueblo romano debe ser expiado de aquellos vestigios de nefando crimen, que defiendo que se debe conservar una asamblea casta, un campo sagrado, el cuerpo inviolado de todos los ciudadanos romanos y el derecho íntegro de la libertad?
12
¡ Un tribuno de la plebe verdaderamente popular, guardián y defensor del derecho y la libertad! La ley Porcia alejó las varas del cuerpo de todos los ciudadanos romanos, este misericordioso trajo de vuelta los azotes; la ley Porcia arrebató la libertad de los ciudadanos al lictor, Labieno, hombre popular, la entregó al verdugo; C. Graco promulgó una ley para que no se juzgara sobre la vida de los ciudadanos romanos sin vuestra orden, este popular forzó a que, sin vuestra orden, no se juzgara a un ciudadano romano por los duunviros, sino que, sin haber sido oído, el ciudadano romano fuera condenado a muerte.
13
Tú,¿ incluso me haces mención de la ley Porcia, de C. Graco, de la libertad de estos, de cualquier hombre popular, tú que has intentado violar la libertad de este pueblo, tentar su mansedumbre y cambiar su disciplina no solo con suplicios inusitados, sino también con la crueldad inaudita de tus palabras? Pues estas palabras tuyas, que te deleitan a ti, hombre clemente y popular,' Ve, lictor, ata las manos', no solo no son propias de esta libertad y mansedumbre, sino ni siquiera de las de Rómulo o Numa Pompilio; son los cantos de tortura de Tarquinio, el rey más soberbio y cruel, que tú, hombre suave y popular, conmemoras con tanto gusto:' Cúbrele la cabeza, cuélgale del árbol infausto', palabras que, ciudadanos, hace ya mucho tiempo que en esta república han sido suprimidas no solo por las tinieblas de la antigüedad, sino también por la luz de la libertad.
14
¿ O acaso, si esa acción fuera popular y tuviera alguna parte de equidad o derecho, C. Graco la habría dejado pasar? Sin duda, la muerte de tu tío te causó un dolor más grave que la de su hermano a C. Graco, y es para ti más amarga la muerte de ese tío a quien nunca viste que para él la de su hermano con quien había vivido en la mayor concordia, y con igual derecho vengas tú la muerte de tu tío como él perseguiría la de su hermano, si hubiera querido actuar de esa manera, y ese Labieno, vuestro tío, quienquiera que fuera, dejó tras de sí un deseo igual entre el pueblo romano que el que había dejado Ti. Graco.¿ O es tu piedad mayor que la de C. Graco, o tu ánimo, o tu consejo, o tus recursos, o tu autoridad, o tu elocuencia? Que si en él hubieran sido mínimas, aun así se considerarían máximas frente a tus facultades.
15
Cuando, en verdad, C. Graco superó a todos en todas estas cosas,¿ qué intervalo crees que hay entre tú y él? Pero C. Graco moriría mil veces de la muerte más amarga antes de que un verdugo se detuviera en su asamblea; a quien las leyes censorias y el domicilio de la ciudad quisieron alejar no solo del foro, sino también de este cielo y de este aire. Este se atreve a llamarse popular, y a mí ajeno a vuestros intereses, cuando él ha buscado todas las amarguras de los suplicios y de las palabras no de vuestra memoria y la de vuestros padres, sino de los monumentos de los anales y de los comentarios de los reyes, mientras que yo, con todos mis recursos, todos mis consejos, todos mis dichos y hechos, he rechazado y resistido a la crueldad. A menos que tal vez queráis que esta sea vuestra condición, la cual los esclavos, si no tuvieran la esperanza de libertad propuesta, no podrían soportar de ninguna manera.
16
Miserable es la ignominia de los juicios públicos, miserable la confiscación de bienes, miserable el exilio; pero, sin embargo, en toda calamidad se retiene algún vestigio de libertad. Si finalmente se propone la muerte, muramos en libertad; pero que el verdugo, la cobertura de la cabeza y el nombre mismo de la cruz estén lejos no solo del cuerpo de los ciudadanos romanos, sino también de su pensamiento, de sus ojos y de sus oídos. Pues de todas estas cosas, no solo el desenlace y el padecimiento, sino incluso la condición, la expectativa y la mención misma son indignas de un ciudadano romano y de un hombre libre.¿ O acaso la generosidad de los amos libera a nuestros esclavos de todo el miedo a estos suplicios con una sola vara; y a nosotros no nos protegerán de los azotes, del garfio y, finalmente, del terror de la cruz, ni nuestras hazañas, ni nuestra vida pasada, ni vuestros honores?
17
Por tanto, confieso e incluso, Labieno, proclamo y exhibo que tú has sido rechazado de esa acción cruel, inoportuna, no tribunicia sino regia, por mi consejo, virtud y autoridad. En cuya acción, aunque despreciaste todos los ejemplos de los antepasados, todas las leyes, toda la autoridad del senado, todas las religiones y los derechos públicos de los auspicios, sin embargo, no escucharás esto de mí en este tiempo tan exiguo que tengo; se nos dará tiempo libre para esa discusión.
18
Ahora hablaremos sobre el crimen de Saturnino y la muerte de tu ilustre tío. Argumentas que L. Saturnino fue asesinado por C. Rabirio. Pero eso ya lo demostró falso C. Rabirio con los testimonios de muchos, defendiéndolo Q. Hortensio con gran abundancia; yo, por mi parte, si fuera libre, asumiría este crimen, lo reconocería, lo confesaría.¡ Ojalá la causa me concediera esta facultad para poder proclamar esto: que L. Saturnino, enemigo del pueblo romano, fue muerto por la mano de C. Rabirio! Ese clamor no me conmueve, sino que me consuela, al indicar que hay algunos ciudadanos ignorantes, pero no muchos. Nunca, creedme, este pueblo romano que calla me habría hecho cónsul si pensara que yo me dejaría perturbar por vuestro clamor.¡ Cuánto más leve es ahora la aclamación!¿ Por qué no contenéis la voz, índice de vuestra estupidez, testigo de vuestra escasez?
19
— Gustosamente, digo, confesaría, si pudiera hacerlo de verdad o si fuera libre, que L. Saturnino fue asesinado por la mano de C. Rabirio, y consideraría ese hecho como hermosísimo; pero, puesto que no puedo hacerlo, confesaré aquello que valdrá menos para la alabanza, pero no menos para el crimen. Confieso que C. Rabirio tomó las armas con el fin de matar a Saturnino.¿ Qué pasa, Labieno?¿ Qué confesión más grave esperas de mí o qué mayor crimen contra él? A menos que pienses que hay alguna diferencia entre quien mata a un hombre y quien estuvo con un arma con el fin de matar a un hombre. Si fue un sacrilegio matar a Saturnino, no se pueden haber tomado las armas contra Saturnino sin crimen; si concedes que las armas fueron tomadas legalmente, es necesario que concedas que fue muerto legalmente.
20
Se hace un senadoconsulto para que los cónsules C. Mario y L. Valerio llamen a los tribunos de la plebe y a los pretores que les pareciera, y se ocupen de que el imperio del pueblo romano y su majestad sean conservados. Llaman a todos los tribunos de la plebe excepto a Saturnino, y a los pretores excepto a Glaucia; ordenan que quienes quieran que la república esté a salvo tomen las armas y los sigan. Todos obedecen; desde el templo de Sanco y los arsenales públicos se distribuyen armas al pueblo romano, siendo cónsul C. Mario. Aquí, para omitir el resto, te pregunto a ti mismo, Labieno. Cuando Saturnino ocupaba el Capitolio armado, estaba con él C. Glaucia, C. Saufeyo, incluso aquel Graco salido de las cadenas y del ergástulo; añadiré, puesto que así lo quieres, que estaba allí Q. Labieno, tu tío; en el foro, en cambio, C. Mario y L. Valerio Flaco, los cónsules, después todo el senado, y aquel senado que incluso vosotros mismos, que llamáis a estos padres conscriptos que ahora son a la envidia para poder desprestigiar más fácilmente a este senado, solíais alabar, cuando el orden ecuestre—¡ pero qué caballeros, dioses inmortales!, los de nuestros padres y de aquella época, que entonces poseían gran parte de la república y toda la dignidad de los juicios—, cuando todos los hombres de todos los órdenes que consideraban que su propia salvación estaba depositada en la salvación de la república hubieron tomado las armas:¿ qué debía hacer, al fin, C. Rabirio?
21
Sobre ti mismo, digo, Labieno, pregunto. Cuando los cónsules hubieron llamado a las armas según el senadoconsulto, cuando M. Emilio, príncipe del senado, se hubo apostado armado en el comicio, quien, aunque apenas podía caminar, pensaba que la lentitud de sus pies no sería un impedimento para perseguir, sino para huir, cuando finalmente Q. Escévola, consumido por la vejez, perdido por la enfermedad, manco y privado de todos sus miembros y débil, apoyado en un bastón, mostraba tanto la fuerza de su ánimo como la debilidad de su cuerpo, cuando L. Metelo, Ser. Galba, C. Serrano, P. Rutilio, C. Fimbria, Q. Cátulo y todos los que entonces eran consulares hubieron tomado las armas por la salvación común, cuando todos los pretores, toda la nobleza y la juventud acudían, los Cneo y Lucio Domicio, L. Craso, Q. Mucio, C. Claudio, M. Druso, cuando todos los Octavios, Metelos, Julios, Casios, Catones, Pompeyos, cuando L. Filipo, L. Escipión, cuando M. Lépido, cuando D. Bruto, cuando este mismo P. Servilio, bajo cuyo mando, Labieno, serviste, cuando este Q. Cátulo, entonces muy joven, cuando este C. Curión, cuando finalmente todos los hombres más ilustres estaban con los cónsules:¿ qué le convenía hacer, al fin, a C. Rabirio?¿ Encerrarse y esconderse en lo oculto y cubrir su cobardía con la protección de las sombras y las paredes, o dirigirse al Capitolio y allí congregarse con tu tío y los demás que huían hacia la muerte por la vileza de su vida, o unirse con Mario, Escauro, Cátulo, Metelo, Escévola, y finalmente con todos los hombres de bien, en la sociedad no solo de la salvación, sino también del peligro?
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Tú, finalmente, Labieno,¿ qué harías en tal asunto y tiempo? Cuando la razón de la cobardía te impulsara a la huida y a los escondites, la maldad y el furor de L. Saturnino te llamaran al Capitolio, y los cónsules te llamaran a la salvación y libertad de la patria,¿ qué autoridad, qué voz, qué partido seguirías, a qué imperio preferirías obedecer?' Mi tío', dice,' estuvo con Saturnino'.¿ Qué?¿ Tu padre con quién?¿ Qué?¿ Vuestros parientes, los caballeros romanos?¿ Qué?¿ Toda vuestra prefectura, región y vecindad?¿ Qué?¿ El campo piceno en su totalidad, siguió el furor tribunicio o la autoridad consular?
23
Por mi parte, afirmo esto: lo que tú ahora proclamas sobre tu tío, nadie hasta ahora ha confesado sobre sí mismo; nadie, digo, ha sido encontrado tan depravado, tan perdido, tan abandonado no solo de toda honestidad, sino incluso de la simulación de la honestidad, que confesara haber estado en el Capitolio con Saturnino. Pero vuestro tío estuvo. Que haya estado, y que haya estado sin ninguna fuerza, sin ninguna desesperación por sus asuntos, sin ninguna herida doméstica que lo obligara; que la familiaridad de L. Saturnino lo haya inducido a anteponer la amistad a la patria;¿ por eso debió C. Rabirio desertar de la república, no aparecer en esa multitud armada de hombres de bien, no obedecer la voz y el imperio de los cónsules?
24
Y sin embargo, vemos que en la naturaleza de las cosas hubo estas tres opciones: o estar con Saturnino, o con los hombres de bien, o esconderse. Esconderse era equivalente a la muerte más vergonzosa; estar con Saturnino, al furor y al crimen; la virtud, la honestidad y el pudor obligaban a estar con los cónsules.¿ Tú, pues, llevas a juicio el hecho de que C. Rabirio estuviera con aquellos a quienes habría sido un insensato si hubiera combatido, y un infame si hubiera abandonado? Pero C. Deciano, a quien tú mencionas a menudo, porque, cuando acusaba con gran entusiasmo de todos los hombres de bien a un hombre marcado por todos los signos de la infamia, P. Furio, se atrevió a quejarse en la asamblea sobre la muerte de Saturnino, fue condenado; y Sex. Titio, porque tuvo una imagen de L. Saturnino en su casa, fue condenado. Los caballeros romanos establecieron en aquel juicio que es un ciudadano malvado y que no debe ser retenido en la ciudad quien, con la imagen de un hombre sedicioso a la manera de un enemigo, honrara su muerte, o moviera a misericordia los deseos de los ignorantes, o significara su propia voluntad de imitar la maldad.
25
Por tanto, me parece extraño de dónde has encontrado tú, Labieno, esta imagen que tienes; pues, condenado Sex. Titio, no se encontró a nadie que se atreviera a tenerla. Lo cual, si tú lo hubieras oído o si por tu edad hubieras podido saberlo, nunca, ciertamente, habrías traído a la tribuna y a la asamblea esa imagen que, puesta en casa, trajo la peste y el exilio a Sex. Titio, ni habrías dirigido nunca tus naves hacia aquellos escollos hacia los que verías la nave naufragada de Sex. Titio y en los que verías el naufragio de los bienes de C. Deciano. Pero en todas estas cosas te equivocas por imprudencia. Pues has asumido una causa más antigua que tu memoria, causa que murió antes de que tú nacieras; y la causa en la que tú mismo habrías estado, si por tu edad hubieras podido, es la causa que llevas a juicio.
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¿ O no comprendes, en primer lugar, a qué hombres y a qué clase de varones muertos acusas de un crimen supremo, y después a cuántos de los que viven llevas al mayor peligro capital por el mismo crimen? Pues si C. Rabirio cometió un fraude capital porque tomó las armas contra L. Saturnino, a este le traerá alguna deprecación del peligro aquella edad que tenía entonces; pero a Q. Cátulo, padre de este, en quien hubo suma sabiduría, virtud eximia, humanidad singular, a M. Escauro, con aquella gravedad, aquel consejo, aquella prudencia, a los dos Mucios, a L. Craso, a M. Antonio, que entonces estuvo fuera de la ciudad con la guardia, cuyos consejos e ingenios fueron con mucho los mayores en esta ciudad, y a los demás dotados de igual dignidad, guardianes y gobernadores de la república,¿ cómo los defenderemos muertos?
27
¿ Qué diremos de aquellos hombres honradísimos y ciudadanos óptimos, los caballeros romanos, que entonces defendieron junto con el senado la salvación de la república?¿ Qué de los tribunos del tesoro y de los hombres de todos los demás órdenes que entonces tomaron las armas por la libertad común? Pero,¿ por qué hablo de todos ellos que obedecieron al imperio consular?¿ Qué será de la reputación de los cónsules mismos?¿ Condenaremos muerto a L. Flaco, hombre siempre diligente en la república, en el desempeño de las magistraturas, en el sacerdocio y en las ceremonias que presidía, por un crimen nefando y parricidio?¿ Añadiremos a esta mancha e ignominia de la muerte también el nombre de C. Mario?¿ Condenaremos muerto por crimen y parricidio nefando a C. Mario, a quien podemos llamar verdaderamente padre de la patria, progenitor, digo, de vuestra libertad y de esta república?
28
Y, en efecto, si T. Labieno pensó que se debía fijar una cruz en el Campo de Marte para C. Rabirio porque fue a las armas,¿ qué suplicio se ideará para quien lo llamó? Y si se dio fe a Saturnino, lo cual es dicho por ti muy a menudo, no la dio C. Rabirio, sino C. Mario, y el mismo la violó, si no se mantuvo en la fe.¿ Qué fe, Labieno, cómo pudo darse sin senadoconsulto?¿ Eres tan extranjero en esta ciudad, tan ignorante de nuestra disciplina y costumbre que desconoces esto, que pareces estar de viaje en una ciudad ajena, no ejerciendo una magistratura en la tuya?
29
'¿ Qué pueden ya dañar esas cosas a C. Mario', dice,' puesto que carece de sentido y de vida?'¿ Es así, en verdad?¿ Habría vivido C. Mario en tantos trabajos y peligros si no hubiera pensado en sí mismo y en su gloria con esperanza y ánimo más allá de lo que los límites de la vida exigían? Pero, creo, cuando hubo derrotado a innumerables tropas de enemigos en Italia y liberado a la república del asedio, pensaba que todo lo suyo moriría junto con él. No es así, ciudadanos; ni ninguno de nosotros se ocupa en los peligros de la república con alabanza y virtud sin que sea guiado por la esperanza de la posteridad y su fruto. Por tanto, cuando las mentes de los hombres de bien me parecen divinas y eternas por muchas otras causas, lo es sobre todo porque el ánimo de cada hombre óptimo y sapientísimo presiente de tal modo el futuro que parece no mirar nada que no sea sempiterno.
30
Por lo cual, ciertamente, doy fe de las mentes de C. Mario y de los demás varones sapientísimos y valientísimos ciudadanos, que me parecen haber emigrado de la vida de los hombres a la religión y santidad de los dioses, que considero que se debe luchar por su reputación, gloria y memoria no de otro modo que por los templos y santuarios patrios, y, si tuviera que tomar las armas por su alabanza, las tomaría no menos esforzadamente de lo que ellos las tomaron por la salvación común. Pues, ciudadanos, la naturaleza nos ha circunscrito un exiguo currículo de vida, pero inmenso de gloria. Por lo cual, si honramos a aquellos que ya han fallecido, nos dejaremos una condición de muerte más justa. Pero si ignoras a aquellos a quienes ya no podemos ver, Labieno,¿ piensas que no se debe consultar ni siquiera a estos a quienes ves?
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Digo que no hay nadie de todos estos que estuviera en Roma aquel día, día que tú llevas a juicio, y que fuera entonces joven, que no tomara las armas, que no siguiera a los cónsules. Todos aquellos de cuya edad puedes hacer conjetura de qué hicieron entonces son citados por ti en nombre de la vida de C. Rabirio. Pero Rabirio mató a Saturnino.¡ Ojalá lo hubiera hecho! No pediría el suplicio, sino que reclamaría el premio. Pues, si a Escaeva, esclavo de Q. Croton, que mató a L. Saturnino, se le dio la libertad,¿ qué premio habría sido justo dar a un caballero romano? Y, si C. Mario, porque había ordenado cortar las tuberías con las que se suministraba agua a los templos y sedes de Júpiter óptimo máximo, porque en la colina Capitolina de los ciudadanos malvados...
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... está. Por tanto, el senado no fue más diligente ni más inclemente en la investigación de esa causa, bajo mi gestión, que vosotros todos, cuando rechazasteis con vuestros ánimos, manos y voces la distribución del orbe de la tierra y aquel mismo campo campano.
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Lo mismo clamo, predico y denuncio yo que aquel que es el autor de este juicio. No queda ningún rey, ninguna raza, ninguna nación a la que debáis temer; no hay ningún mal adventicio, ningún mal extraño que pueda insinuarse en esta república. Si queréis que esta ciudad sea inmortal, si queréis que este imperio sea eterno, si queréis que la gloria permanezca sempiterna, debemos cuidarnos de nuestras propias codicias, de los hombres turbulentos y deseosos de novedades, de los males intestinos y de los consejos domésticos.
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Pero contra estos males vuestros antepasados os dejaron una gran defensa, aquella voz del cónsul:' quienes quieran que la república esté a salvo'. Favoreced esta voz, ciudadanos, y no quitéis con vuestro juicio ni arrebatéis a la república la esperanza de libertad, la esperanza de salvación, la esperanza de dignidad.
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¿ Qué haría yo si T. Labieno hubiera hecho una matanza de ciudadanos como L. Saturnino, si hubiera roto la cárcel, si hubiera ocupado el Capitolio con hombres armados? Haría lo mismo que hizo C. Mario: informaría al senado, os exhortaría a defender la república, y yo mismo, armado, resistiría armado con vosotros. Ahora, puesto que no hay sospecha de armas, no veo armas, no hay violencia, no hay matanza, no hay asedio del Capitolio y de la ciudadela, sino una acusación perniciosa, un juicio amargo, un asunto totalmente emprendido por un tribuno de la plebe contra la república, he pensado que no debéis ser llamados a las armas, sino exhortados a los votos contra el ataque a vuestra majestad. Por tanto, ahora os ruego, suplico y exhorto a todos. No es costumbre, el cónsul es...
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... teme; quien recibió estas cicatrices y marcas de virtud de frente por la república, teme recibir alguna herida en su reputación; quien nunca pudo ser movido de su lugar por las incursiones de los enemigos, teme ahora el ataque de los ciudadanos, al cual es necesario ceder.
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Y no pide ya de vosotros la facultad de vivir bien, sino de morir honestamente, y no se esfuerza tanto por disfrutar de su casa como por no ser privado del sepulcro patrio. No os ruega ni suplica otra cosa ya sino que no le privéis de un funeral legítimo y de una muerte doméstica, para que permitáis morir en la patria a quien nunca huyó de ningún peligro de muerte por la patria.
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He hablado hasta el tiempo que me ha sido prefijado por el tribuno de la plebe; os pido y suplico que consideréis esta defensa mía como fiel ante el peligro de un amigo y como consular ante la salvación de la república.
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Y, tanto para todo el pueblo romano, como en verdad para el orden ecuestre, es sumamente querido.