Pro C. Rabirio Postumo
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Original / primary: Spanish Gemini
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Si hay alguien, jueces, que piense que C. Rabirio debe ser reprendido por haber confiado sus fortunas, especialmente sus bienes fundados y excelentemente constituidos, al poder y al capricho real, que añada a su juicio no solo mi opinión, sino también la de aquel mismo que los confió; pues, en efecto, su decisión no le desagrada a nadie más vehementemente que a él mismo. Aunque solemos hacer esto con frecuencia: ponderar las decisiones por sus resultados y decir que quien tuvo éxito previó mucho, y quien tuvo un resultado distinto, no previó nada. Si hubiera existido lealtad en el rey, nada se dice más sabio que lo de Póstumo; porque el rey engañó, nada se dice más insensato que esto, de modo que parece que no hay nada que hacer salvo que los sabios adivinen.
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Pero, sin embargo, si hay alguien, jueces, que piense que aquella esperanza vana de Póstumo, o su plan irreflexivo, o, por usar la palabra más grave, su temeridad, debe ser censurada, yo no me opongo a su opinión; no obstante, suplico esto: que, puesto que ve que las decisiones de este hombre han sido castigadas cruelísimamente por la fortuna misma, no piense que debe añadirse ninguna amargura a esas ruinas por las que este ha sido oprimido. Es suficiente no levantar a los hombres que han caído por imprudencia, pero urgir a los que yacen o empujar a los que se precipitan es ciertamente inhumano, especialmente, jueces, cuando esto ha sido dado casi por naturaleza al género humano: que, si por casualidad ha florecido alguna gloria en una familia, quienes son de ese linaje, puesto que las virtudes son celebradas por el discurso de los hombres y la memoria de los padres, las persiguen con avidez, si es que no solo en la gloria de la carrera militar el hijo de Paulo imitó a Escipión y al Máximo, sino también en la devoción de la vida y en el mismo género de muerte el hijo imitó a P. Decio. Sean, pues, jueces, las cosas pequeñas semejantes a las grandes.
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Pues fue, cuando éramos niños, el padre de este, C. Curcio, príncipe del orden ecuestre, un publicano valerosísimo y grandísimo, cuya magnitud de ánimo en la gestión de los negocios no habrían alabado tanto los hombres si no hubiera existido en él una benignidad increíble, de modo que en el aumento de su patrimonio parecía buscar no el botín de la avaricia, sino un instrumento para la bondad.
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Nacido de él, aunque nunca había visto a su padre, sin embargo, tanto por la naturaleza misma como guía, que vale muchísimo, como por los constantes discursos de sus allegados, fue conducido a la semejanza de la disciplina paterna. Realizó muchas cosas, contrajo muchos negocios, tuvo grandes participaciones en los asuntos públicos; confió en los pueblos; su actividad se desarrolló en muchas provincias; se entregó incluso a los reyes; a este mismo alejandrino le había prestado ya antes una gran suma de dinero; y mientras tanto nunca dejó de enriquecer a sus amigos, de enviarlos a los negocios, de darles participaciones, de aumentar su patrimonio, de sostenerlos con su crédito.¿ Qué más? Tanto por la magnitud de ánimo como por la liberalidad, había expresado la vida y la costumbre de su padre. Expulsado mientras tanto del reino Ptolomeo por planes dolosos, como dijo la Sibila, Póstumo se dio cuenta y vino a Roma. A este, necesitado y suplicante, este infeliz le prestó dinero, y no por primera vez; pues le había prestado cuando reinaba, estando ausente; y no pensaba que prestaba temerariamente, porque no era duda para nadie que este sería restituido en el reino por el senado y el pueblo romano.
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Al dar y prestar, sin embargo, avanzó más lejos y no solo prestó su propio dinero, sino también el de sus amigos, estúpidamente;¿ quién lo niega, o quién se atreverá ya a considerar bien aconsejado lo que resultó mal? Pero es difícil no llevar hasta el extremo lo que has emprendido con gran esperanza. El rey era suplicante, pedía mucho, prometía todo, de modo que Póstumo se veía obligado a temer perder lo que había prestado si hubiera establecido un límite al prestar. Nada, sin embargo, era más halagador que aquel, nada más benigno que este, de modo que pesaba más haber empezado que lo que permitía desistir.
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De aquí surge primero esa acusación; dicen que el senado fue corrompido.¡ Oh, dioses inmortales!¿ Es esta aquella deseada severidad de los juicios?¿ Nuestros corruptores dicen su causa; nosotros, que fuimos corrompidos, no la decimos?¿ Qué entonces?¿ Debo defender al senado en este lugar, jueces? Por mi parte, debo hacerlo en todo lugar; así de bien se ha merecido de mí ese orden; pero ni eso se trata en este momento ni ese asunto está unido a la causa de Póstumo. Aunque para el gasto del viaje, para aquella magnificencia del aparato y el séquito real, el dinero fue suministrado por Póstumo, y se hicieron los contratos en la finca albana de Cn. Pompeyo, cuando este había partido de Roma, sin embargo, aquel que daba no debía preguntar por qué aquel que recibía tomaba entonces. Pues no prestó a un ladrón, sino a un rey, y no a un rey enemigo del pueblo romano, sino a aquel cuyo regreso veía encomendado al cónsul por el senado, y no a un rey que fuera ajeno a este imperio, sino a aquel con quien había visto sellar un tratado en el Capitolio.
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Pero si el acreedor tiene la culpa, no aquel que usó impropiamente el dinero prestado, que sea condenado aquel que fabricó la espada y la vendió, no aquel que mató a algún ciudadano con esa espada. Por lo cual, ni tú, C. Memmio, debes hacer esto de querer que el senado, a cuya autoridad te dedicaste desde la juventud, se vea envuelto en tanta infamia, ni yo defender lo que no se trata. Pues la causa de Póstumo, sea cual sea, está separada del senado.
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Pero si demuestro que está separada también de Gabinio, ciertamente no tendrás nada que decir. Pues esta causa de' a dónde llegó ese dinero' es como un pequeño apéndice de una causa juzgada y condenada. Se han tasado las multas a A. Gabinio, y no se dieron fiadores ni se pagaron las multas universales al pueblo con sus bienes. La ley Julia ordena perseguir a aquellos a quienes llegó ese dinero que haya tomado el que fue condenado. Si esto es nuevo en la ley Julia, así como muchas cosas están escritas más severamente que en las leyes antiguas y más santamente, que se introduzca ciertamente también una costumbre nueva de este género de juicios;
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pero si este capítulo está trasladado con las mismas palabras que estuvo no solo en la Cornelia, sino también antes en la ley Servilia,¡ por los dioses inmortales!¿ Qué hacemos, jueces, o qué costumbre de nuevos juicios introducimos en la república? Pues esta costumbre era conocida por todos vosotros, pero, si el uso es el mejor maestro, para mí debe ser conocidísima. He acusado sobre dinero extorsionado, he sido juez, he sido pretor, he defendido a muchísimos; ninguna parte que pudiera aportar alguna facultad de aprender ha estado ausente de mí. Así sostengo que nadie jamás, en la causa de' a dónde llegó ese dinero', ha dicho su causa si no había sido llamado en la tasación de las multas. En las multas, sin embargo, nadie era llamado sino por los dichos de los testigos o por los libros de los particulares o por las cuentas de las ciudades.
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Por tanto, en la imposición de las multas solían estar presentes quienes temían algo sobre sí, y, cuando eran llamados, si parecía oportuno, solían responder inmediatamente; pero si habían temido la envidia reciente de aquel tiempo, respondían después. Cuando habían hecho esto, muchísimos a menudo vencieron. Esto, en verdad, es nuevo y antes de este tiempo totalmente inaudito. En las multas el nombre de Póstumo no está en ninguna parte. Digo en las multas; hace poco vosotros mismos fuisteis jueces en el caso de A. Gabinio;¿ acaso algún testigo llamó a Póstumo?¿ Testigo, además?¿ Acaso el acusador?¿ Acaso, finalmente, oísteis el nombre de Póstumo en todo aquel juicio?
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No es, pues, Póstumo un reo que resulte de esa causa que fue juzgada, sino que es un solo caballero romano arrebatado como reo por dinero extorsionado.¿ Con qué libros? Los que no fueron leídos en el juicio de Gabinio.¿ Con qué testigo? Por quien entonces no fue llamado en ninguna parte.¿ Con qué tasación de multas? En la cual no se hizo mención de Póstumo.¿ Con qué ley? Por la cual no está obligado. Aquí ya, jueces, es asunto de vuestro consejo, de vuestra sabiduría; debéis mirar qué os conviene, no cuánto os es permitido. Pues si buscáis qué es permitido, podéis quitar de la ciudad a quien queráis; la tablilla es la que da el poder; la misma oculta el capricho, cuya conciencia no hay nada que nadie deba temer, si no teme la suya propia.
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¡ Dónde está, pues, la sabiduría del juez? En esto, en que pondere no solo qué puede, sino también qué debe, y que recuerde no solo cuánto le ha sido permitido, sino también hasta dónde le ha sido encomendado. Se te da la tablilla, juez.¿ Por qué ley? La Julia sobre dinero extorsionado.¿ Sobre qué reo? Sobre un caballero romano. Pero ese orden no está obligado por esa ley. En aquel, dice, capítulo:' a donde llegó ese dinero'. No oíste nada sobre Póstumo cuando eras juez en el caso de Gabinio, nada cuando Gabinio fue condenado, cuando tasabas las multas contra él. Pero ahora oigo. Póstumo es, pues, reo por la ley por la que no solo él, sino también todo el orden está suelto y libre.
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Aquí yo ahora no os imploraré primero a vosotros, caballeros romanos, cuyo derecho es tentado en el juicio, sino a vosotros, senadores, cuya lealtad hacia este orden está en juego; la cual, ciertamente, como a menudo antes, también en esta misma causa ha sido conocida recientemente. Pues cuando el óptimo y preclaro cónsul, Cn. Pompeyo, refiriendo sobre esta misma cuestión, surgían algunas, pero muy pocas sin embargo, opiniones amargas, que ciertamente opinaban que los tribunos, que los prefectos, que los escribas, que todos los compañeros de los magistrados estuvieran obligados por esta ley, vosotros, vosotros, digo, mismos y el senado frecuente resistió, y, aunque entonces debido a los delitos de muchos aquel tiempo se había encendido incluso hasta el peligro de los inocentes, sin embargo, cuando extinguíais el odio hacia nosotros, no permitisteis que se pusiera fuego nuevo a este orden.
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Con este ánimo, pues, el senado.¿ Qué? Vosotros, caballeros romanos,¿ qué vais a hacer finalmente? Glaucia solía, hombre impuro, pero sin embargo agudo, advertir al pueblo que, cuando se leyera alguna ley, atendiera al primer verso. Si fuera' Dictador, cónsul, pretor, maestro de caballería', que no se preocupara; que supiera que nada le pertenecía; pero si fuera' Cualquiera después de esta ley', que viera que no fuera atado por alguna nueva cuestión.
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Ahora vosotros, caballeros romanos, ved. Sabéis que yo, nacido de vosotros, siempre he sentido todo a favor vuestro. No digo nada de esto sin gran cuidado y suma caridad hacia vuestro orden. Otros han abrazado a otros hombres y órdenes, yo siempre os he abrazado a vosotros. Advierto y predigo, con la causa y el asunto íntegros denuncio, pongo a todos los hombres y dioses por testigos: mientras podéis, mientras es permitido, proveed no establecer una condición más dura para vosotros y para vuestro orden de la que podáis soportar. Se extenderá este mal, creedme, más lejos de lo que pensáis.
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Al potentísimo y nobilísimo tribuno de la plebe, M. Druso, que proponía una nueva cuestión sobre el orden ecuestre:' Si alguien hubiera tomado dinero por juzgar un asunto', los caballeros romanos resistieron abiertamente.¿ Qué?¿ Querían que esto fuera permitido? En absoluto; ni pensaban que este género de tomar dinero fuera solo vergonzoso, sino también nefario. Y, sin embargo, disputaban así: que debían estar obligados por las leyes aquellos que por su propia decisión habían seguido esa condición de vida. Deleita el grado más amplio de la ciudad, la silla curul, los haces, los imperios, las provincias, los sacerdotios, los triunfos, finalmente la imagen misma transmitida a la memoria de la posteridad;
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que sea, al mismo tiempo, también alguna solicitud y un mayor miedo a las leyes y a los juicios. Nosotros nunca despreciamos esas cosas— así, en efecto, disputaban—, sino que hemos seguido esta vida quieta y ociosa; la cual, puesto que carece de honor, que carezca también de molestia. Tú eres juez caballero tanto como yo senador. Así es, pero tú buscaste eso, yo soy obligado a esto. Por lo cual, o que no me sea permitido ser juez, o no estar obligado por la ley senatorial.
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¿ Este derecho recibido de los padres lo perderéis vosotros, caballeros romanos? Advierto que no lo hagáis. Los hombres serán arrebatados a estos juicios por toda no solo envidia, sino discurso de los malvados, si no os cuidáis. Si ya se os anunciara en el senado que se dicen opiniones para que estéis obligados por estas leyes, pensaríais que hay que correr a la curia; si se propusiera la ley, volaríais a la tribuna. El senado quiso que vosotros, libres, fuerais libres de esta ley, el pueblo nunca os ató, habéis venido aquí sueltos; cuidaos de no salir constreñidos.
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Pues, si fuera en perjuicio de Póstumo, que no fue tribuno ni prefecto ni compañero de Gabinio desde Italia ni familiar,¿ de qué modo se defenderán en adelante los que de vuestro orden hayan estado implicados en estas causas con nuestros magistrados? Tú, dice, impulsaste a Gabinio a que redujera al rey. Mi lealtad no me permite ya actuar más gravemente sobre Gabinio. Pues a quien, tras tantas enemistades, recibí en gracia y defendí con sumo celo, no debo violarlo ahora que está afligido. Con quien si antes la autoridad de Cn. Pompeyo no me hubiera reducido a la gracia, ahora ya su fortuna me reduciría.
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Pero, sin embargo, cuando dices así que Gabinio partió a Alejandría por impulso de Póstumo, si no tienes fe en la defensa de Gabinio,¿ olvidas también tu acusación? Gabinio decía que había hecho eso por causa de la república, porque temía la flota de Arquelao, porque pensaba que el mar estaría lleno de piratas; decía incluso que eso le estaba permitido por ley. Tú, enemigo, lo niegas. Lo perdono, y tanto más cuanto que es contra aquel juicio. Vuelvo, pues, al crimen y a tu acusación.
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¿ Qué vociferabas? Que a Gabinio se le habían prometido diez mil talentos. Evidentemente, había que encontrar un autor muy halagador que rogara al hombre, como tú quieres, avarísimo, para que no despreciara mucho dos mil cuatrocientos sestercios. Gabinio hizo aquello, con cualquier plan que lo hiciera, ciertamente lo hizo suyo; cualquier mente que fuera aquella, fue de Gabinio. Si él, como decía, buscó la gloria, o, como tú quieres, el dinero, lo buscó para sí, no para Rabirio; pues Rabirio no había partido de Roma como compañero o seguidor de Gabinio, ni por la autoridad de Gabinio, cuyo negocio no era ese, sino por la autoridad de P. Léntulo, varón clarísimo, que partió del senado, con un plan cierto y una esperanza no dudosa.
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Pero fue administrador real. Y, en efecto, estuvo incluso bajo custodia real y casi se le arrebató la fuerza de su vida; muchas otras cosas que el capricho del rey, que la necesidad obligó a soportar, las soportó. De todas las cuales cosas una sola reprensión es que entrara en el reino, que se confiara al poder del rey. Pero si buscamos, estúpidamente. Pues,¿ qué hay más estúpido que un caballero romano de esta ciudad, ciudadano, digo, de esta república, que es la única que es y ha sido siempre libre, venir a ese lugar donde hay que obedecer a otro y ser esclavo?
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¿ Pero yo, sin embargo, no perdonaré en este Póstumo, hombre medianamente docto, en quien veo que los hombres más sabios han caído? Hemos sabido que un solo varón, fácilmente el más docto de toda Grecia, Platón, por la iniquidad de Dionisio, tirano de Sicilia, a quien se había confiado, estuvo envuelto en los mayores peligros y asechanzas; Calístenes, hombre docto, compañero de Alejandro Magno, muerto por Alejandro; Demetrio, que fue llamado Falereo, y noble y claro tanto por la república ateniense, que había gestionado excelentemente, como por su doctrina, en ese mismo reino egipcio fue privado de la vida al acercársele un áspid al cuerpo.
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Claramente confieso que no puede hacerse nada más insensato que venir a sabiendas a ese lugar donde vas a perder la libertad. Pero la estupidez de este mismo hecho la defiende ya otra estupidez superior, que hace que este crimen tan estúpido, que haya venido al reino, que se haya confiado al rey, parezca hecho sabiamente, si es que no es tanto de un estúpido siempre como de un sabio tardío, cuando ha sido impedido por su estupidez, expedirse de cualquier modo que pueda.
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Por lo cual, que permanezca y esté fijo aquello que no puede ser movido ni cambiado; en lo cual los justos dicen que Póstumo esperó, los injustos que pecó, él mismo confiesa incluso que enloqueció, porque confió su dinero y el de sus amigos al rey con tanto peligro de sus fortunas; esto, una vez emprendido y contraído, hubo que soportarlo para que alguna vez se vindicara a sí mismo y a los suyos. Por tanto, puedes objetar cuantas veces quieras que vistió el palio, que tuvo algunas insignias no de un hombre romano, cuantas veces digas algo de eso, tantas veces dirás una y la misma cosa: que este confió temerariamente el dinero al rey, que confió sus fortunas y su fama al capricho real.
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Lo había hecho temerariamente, confieso; el hecho ya no podía ser cambiado de ningún modo; o había que tomar el palio en Alejandría para que le fuera permitido estar en Roma con la toga, o todas las fortunas debían ser arrojadas, si hubiera retenido la toga. Por causa de delicias y placer, no solo a ciudadanos romanos conocidos, sino también a jóvenes nobles y a algunos senadores nacidos en alto lugar, no en sus jardines o suburbios, sino en Nápoles,
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en una ciudad celebérrima, los he visto a menudo con túnica oscura, y allí mismo muchos vieron a aquel L. Sila, imperator, con clámide. En verdad, la estatua de L. Escipión, que hizo la guerra en Asia y venció a Antíoco, la veis en el Capitolio no solo con clámide, sino también con sandalias; cuya impunidad fue no solo del juicio, sino también del discurso. Más fácilmente, ciertamente, la excusa de la necesidad defenderá a P. Rutilio Rufo; quien, cuando fue oprimido por Mitrídates en Mitilene, evitó la crueldad del rey con el cambio de vestiduras a las togadas. Por tanto,¿ aquel P. Rutilio, que fue documento para nuestros hombres de virtud, antigüedad, prudencia, hombre consular, tuvo zuecos y palio; y nadie pensó que eso debía ser asignado al hombre, sino al tiempo; el crimen de la vestidura traerá a Póstumo aquel en quien hubo esperanza de que pudiera alguna vez llegar a sus fortunas?
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Pues cuando se llegó a Alejandría, jueces, esta única razón fue propuesta por el rey a Póstumo para salvar el dinero, si hubiera asumido la administración y como la dispensación real. Eso, sin embargo, no podía hacerlo, a menos que fuera nombrado administrador— pues este nombre usa quien rige esas cosas—. El negocio parecía odioso a Póstumo, pero no había ninguna recusación en absoluto; molesto incluso el nombre mismo, pero el asunto tenía este nombre entre ellos, no lo había impuesto él aquí. Odiaba incluso aquella vestidura, pero sin ella no podía proteger ni aquel nombre ni aquel cargo. Por tanto, estaba presente la fuerza, como dice aquel poeta nuestro, que rompe y debilita las sumas fortunas.
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Moriría, dirás; pues eso sigue. Lo habría hecho ciertamente, si hubiera podido morir sin el mayor deshonor estando sus asuntos tan impedidos. No quieras, pues, convertir la fortuna en culpa, ni pensar que la injuria del rey es crimen de este, ni interpretar el plan por la necesidad ni la voluntad por la fuerza, a menos que, por ventura, pienses que deben ser censurados también aquellos que hayan caído en manos de enemigos o piratas, si obligados hacen algo de otro modo que como libres. Nadie de nosotros ignora, aunque no lo hayamos experimentado, la costumbre real. Pues estos son los imperios de los reyes:' observa y obedece a lo dicho' y, más allá de lo pedido, si algo más, y aquellas amenazas:' si te encuentro aquí a la luz del día siguiente, morirás'; que no solo debemos leer y mirar para deleitarnos, sino para aprender también a cuidarnos y huir.
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Pero de esto mismo surge el crimen. Pues dice que, cuando Póstumo recaudaba el dinero para Gabinio, recaudó para sí diezmos de los dineros imperados. No entiendo cómo es esto, si hizo una adición del diezmo, como suelen hacer nuestros recaudadores en el centésimo, o una deducción de la suma. Si una adición, once mil talentos llegaron a Gabinio. Pero no solo se te han objetado diez mil, sino que también han sido tasados por estos.
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Añado también esto:¿ cómo conviene, o con tan grave carga de tributos para recaudar tanto dinero, que se haya hecho una adición de mil talentos, o en tan gran recompensa de un hombre, como quieres, avarísimo, que se haya concedido una deducción de mil talentos? Pues ni fue de Gabinio remitir tanto de lo suyo, ni del rey permitir imponer tanto a los suyos. Pero habrá testigos, los legados alejandrinos. Ellos no dijeron nada contra Gabinio; más aún, ellos alabaron a Gabinio.¿ Dónde, pues, aquella costumbre, dónde la costumbre de los juicios, dónde los ejemplos?¿ Suele decir eso contra quien recaudó el dinero, quien no dijo nada contra aquel en cuyo nombre se recaudaba ese dinero?
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Vamos, si suele hacerlo quien no dijo,¿ acaso suele hacerlo también quien alabó? Con los mismos testigos, y ciertamente no producidos, sino leídos los dichos de los testigos, como si fuera una cosa prejuzgada, suele ser diferida a estas causas. Y dice también mi familiar y necesario que la misma causa tuvieron los alejandrinos para alabar a Gabinio que tuve yo para defender al mismo. Para mí, C. Memmio, la causa de defender a Gabinio fue la reconciliación de la gracia. Y, en verdad, no me arrepiento de tener enemistades mortales y amistades sempiternas.
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Pues si piensas que defendí la causa contra mi voluntad, para no ofender el ánimo de Cn. Pompeyo, nos ignoras vehementemente, tanto a él como a mí. Pues ni Pompeyo habría querido que yo hiciera nada contra mi voluntad por su causa, ni yo, a quien la libertad de todos los ciudadanos le había sido carísima, habría arrojado la mía. Ni, mientras fui enemiguísimo de Gabinio, no fui amiguísimo de Cn. Pompeyo, ni, después de que por su autoridad di aquel perdón que debí, hice nada simuladamente, para no hacer, con mi perfidia, injuria incluso a aquel mismo a quien había dado el beneficio. Pues no volviendo a la gracia con el enemigo no violaba a Pompeyo; si, reducido por él, hubiera vuelto insidiosamente, me habría engañado a mí mismo, ciertamente, sobre todo, pero después también a él.
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Y dejemos de hablar de mí; volvamos a esos alejandrinos.¡ Qué rostro tienen, qué audacia! Hace poco, inspeccionándoos vosotros en el juicio de Gabinio, a cada tercera palabra eran excitados; negaban que se hubiera dado dinero a Gabinio. Se leía repetidamente el testimonio de Pompeyo de que el rey le había escrito que no se había dado dinero a Gabinio sino para la causa militar. No se creyó, dice, entonces a los testigos alejandrinos.¿ Qué después? Se cree ahora.¿ Por qué razón? Porque ahora dicen lo que entonces negaban.
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¿ Qué entonces?¿ Es esa la condición de los testigos, que a quienes no se creyó negando, se les crea diciendo? Pero, si dijeron la verdad entonces con frente severísima, ahora mienten; si entonces mintieron, que nos enseñen con qué rostro suelen decir la verdad. Oíamos Alejandría, ahora la conocemos. De allí todas las prestidigitaciones, de allí, digo, todas las falacias, todos los argumentos de los mimos finalmente nacieron de ellos. Y no hay nada más lejano para mí, jueces, que ver los rostros de los hombres.
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Dijeron aquí hace poco con nosotros ante estos escaños,¡ con qué cejas renunciando a este crimen de diez mil! Ya conocéis la insulsez de los griegos; hacían gestos con los hombros entonces, creo, por la causa; ahora, ciertamente, no hay tiempo. Donde una vez alguien haya perjurado, no se debe creer en él después, incluso si jura por más dioses, especialmente, jueces, cuando en estos juicios no suele haber lugar ni siquiera para un nuevo testigo y por esa causa se retienen los mismos jueces que fueron sobre el reo, para que les sean conocidas todas las cosas y no pueda fingirse nada nuevo.
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' A dónde llegó ese dinero' no suelen ser condenados por juicios propios sobre el reo. Por tanto, si Gabinio hubiera dado fiadores o el pueblo hubiera recibido de sus bienes tanta suma como hubiera sido la de las multas, por mucho dinero que hubiera llegado a Póstumo de él, no sería recaudado; para que se pueda entender fácilmente que lo que, de ese dinero que hubiera llegado a algún reo que fue condenado, se haya hecho claro en aquel primer juicio que llegó a alguien, eso suele ser recaudado por este género de juicio. Ahora, en verdad,¿ qué se trata?¿ Dónde estamos en la tierra?¿ Qué tan perverso, tan prepostero puede ser dicho o pensado?
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Se acusa a quien no quitó al rey, como Gabinio fue juzgado, sino a quien prestó muchísimo dinero al rey. Por tanto,¿ dio a Gabinio quien no devolvió a este?¿ Así? Vamos, cede, cuando quien debió dinero a Póstumo no dio a este, sino a Gabinio, condenado Gabinio,¿ debe decir su causa aquel a quien llegó ese dinero o este? Pero tiene y oculta. Pues hay quienes hablan así.¿ Qué género de ostentación y gloria es ese finalmente? Si nunca hubiera tenido nada, sin embargo, si hubiera buscado, no habría causa por la que disimulara tener. Quien, en verdad, hubiera recibido dos patrimonios lujosos y copiosos y hubiera aumentado su patrimonio además con razones buenas y honestas,¿ qué causa habría finalmente por la que quisiera que se pensara que no tiene nada?
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¿ O, cuando prestaba inducido por intereses, hacía eso para tener lo más posible; después de que exigió lo que había prestado, para que se pensara que carecía? Codicia este nuevo género de gloria. Pues dominó, dice, en Alejandría. Más bien, en verdad, estuvo en el dominio más soberbio; soportó él mismo la custodia, vio a sus allegados en cadenas, la muerte estuvo a menudo ante sus ojos, desnudo y necesitado huyó finalmente del reino.
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Pero el dinero fue permutado alguna vez, las naves de Póstumo fueron llevadas a Puteoli, se oyeron y vieron las mercancías. Falaces, ciertamente, y coloreadas de papeles y telas y vidrio; con las cuales, cuando muchas naves hubieron estado llenas, no pudo prepararse el flete. Aquel desembarco de Puteoli, discurso de aquel tiempo, y el curso de los vectores y la ostentación, entonces el nombre de Póstumo, algo odioso entre los malvados por la opinión del dinero, llenó los oídos con esos discursos durante un verano, no más.
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Pero, en verdad, jueces, si queréis saber, a menos que la suma liberalidad de C. César hacia todos, increíble hacia este, hubiera existido, nosotros no tendríamos a este Póstumo hace tiempo en el foro. Él solo asumió las cargas de muchos amigos de este, y las que muchos hombres necesarios sostuvieron distribuidas en las prósperas fortunas de Póstumo, ahora, afligidas sus fortunas, las sostiene todas. Veis la sombra de un caballero romano y la imagen, jueces, conservada por el auxilio y la lealtad de un solo amigo. Nada puede ser arrebatado a este salvo este simulacro de la dignidad pristina que César solo protege y sostiene; la cual, ciertamente, en las más miserables cosas, debe ser atribuida a este, sin embargo, grandemente; a menos que esto pueda ser efectuado con virtud mediocre, que tan gran varón estime tanto a este, y especialmente afligido y ausente, y en tanta fortuna suya que mirar la ajena sea grande, y en tanta ocupación de las máximas cosas que gestiona y ha gestionado que ni olvidar a otros sea de admirar o, si recordara, pueda probar fácilmente que se ha olvidado.
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Muchas virtudes de C. César, grandes e increíbles, he conocido, ciertamente, pero las demás están propuestas a teatros mayores y casi populares. Tomar lugar en el campamento, instruir al ejército, expugnar ciudades, profligar la línea de los enemigos, soportar esta fuerza de fríos e inviernos que nosotros apenas soportamos con los techos de esta ciudad, perseguir al enemigo en esos mismos días cuando incluso las fieras se cubren en guaridas y todas las guerras descansan por derecho de gentes— son esas ciertamente grandes;¿ quién lo niega? Pero han sido excitadas por grandes premios y la memoria sempiterna de los hombres. Por lo cual es menos de admirar que haga esas cosas quien ha codiciado la inmortalidad.
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Esta es la verdadera alabanza, que no es celebrada por los carmina de los poetas, no por los monumentos de los anales, sino que es pesada por el juicio de los prudentes. A un caballero romano, viejo amigo suyo, estudioso, amante, observador de sí, no por capricho, no por torpes gastos de deseos y pérdidas, sino por la experiencia de ampliar el patrimonio, lo acogió cayendo, no permitió que se derrumbara, lo sostuvo y apoyó con el patrimonio, la fortuna, la lealtad, y hoy todavía lo sostiene y no permite que el amigo pendiente se derrumbe; ni el esplendor de su nombre deslumbra la línea de su ánimo, ni la altitud de la fortuna y la gloria ofende como las luces de su mente.
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Sean ciertamente grandes aquellas cosas que en verdad son grandes; sobre el juicio de mi ánimo, que sienta cada cual como quiera; yo, en efecto, antepongo esta liberalidad hacia los suyos en tantas riquezas, tanta fortuna, la memoria de la amistad, a todas las demás virtudes. La cual, ciertamente, vosotros, jueces, su bondad en un nuevo género, inusitada en varones claros y prepotentes, no solo no debéis despreciar y refutar, sino abrazar también y aumentar, y tanto más cuanto veis estos días tomados para debilitar su dignidad. De la cual nada puede ser quitado que no soporte fuertemente o restituya fácilmente; si oyera que un hombre amiguísimo ha sido despojado de honestidad, ni lo soportará sin gran dolor y habrá perdido aquello que no espere poder recuperar.
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Suficientemente muchas cosas deben ser estas para los hombres no injustos, demasiado incluso para vosotros, a quienes confiamos que sois justísimos. Pero para que se satisfaga a la sospecha o malvolencia o crueldad de todos: Póstumo oculta el dinero, las riquezas reales están latentes.¿ Hay alguien de tanto pueblo que quiera que los bienes de C. Rabirio Póstumo le sean adjudicados por un sestercio? Pero, miserable de mí,¡ con cuánto dolor dije esto!¡ Eh, Póstumo, tú eres hijo de C. Curcio, hijo por juicio y voluntad de C. Rabirio, por naturaleza de la hermana?¿ Tú, aquel liberal hacia todos los tuyos, cuya bondad enriqueció a muchos, que no derrochaste nada, que no llevaste nada a ningún capricho?¿ Tus bienes, Póstumo, son adjudicados por mí por un sestercio?¡ Oh, mi miserable y amargo pregón!
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Pero esto desea incluso el miserable, que sea condenado por vosotros, si los bienes se venden de modo que se pague a cada uno lo suyo. Ya no cuida otra cosa sino la lealtad, ni vosotros podéis arrebatarle nada más a este, si ya hubierais querido olvidar vuestra mansedumbre. Lo cual, jueces, os ruego y suplico que no hagáis, y tanto más, si el dinero adventicio es pedido a aquel a quien no se le devuelve el suyo. Pues contra aquel a quien la misericordia debía ayudar, se ha buscado la envidia.
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Pero ya, puesto que, como espero, cumplí la lealtad que te di, Póstumo, devolveré también las lágrimas que debo; las cuales, ciertamente, yo vi muchísimas tuyas en mi caso. Se mueve ante mis ojos la noche luctuosa para todos los míos, cuando tú te entregaste todo tú mismo con tus recursos a mí. Tú con compañeros, tú con protección, tú incluso con tanto peso de oro cuanto aquel tiempo pedía, sostuviste aquella partida, tú nunca faltaste a mis hijos estando yo ausente, nunca a mi esposa. Puedo excitar a muchos testigos de tu liberalidad reducidos a la patria, lo que a menudo oí que fue de gran ayuda para tu padre Curcio en el juicio de capital;
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Pero ahora temo todo; temo la envidia que despierta la bondad misma. Pues el llanto de tantos hombres indica cuán querido eres por los tuyos, y el dolor me debilita y me corta la voz. Os suplico, jueces, que a este hombre excelente, mejor que el cual nadie ha existido jamás, no le arrebatéis el nombre de caballero romano, ni el disfrute de esta luz, ni vuestra presencia. Él no os pide otra cosa sino que se le permita contemplar esta ciudad con ojos rectos y dejar su huella en este foro, lo cual la fortuna misma le habría arrebatado si los recursos de un solo amigo no hubieran acudido en su auxilio.