Pro L. Murena
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Original / primary: Spanish Gemini
1
Las mismas súplicas que dirigí a los dioses inmortales, jueces, según la costumbre y las instituciones de nuestros antepasados, aquel día en que, tras tomar los auspicios en los comicios centuriados, proclamé cónsul a Lucio Licinio Murena, para que aquel hecho resultara bien y felizmente para mi lealtad, para mi magistratura y para el pueblo y la plebe romana, las dirijo ahora a los mismos dioses inmortales para que este mismo hombre obtenga el consulado junto con su seguridad, y para que vuestras mentes y pareceres concuerden con la voluntad y los votos del pueblo romano, y para que este hecho traiga a vosotros y al pueblo romano paz, tranquilidad, sosiego y concordia. Y si aquella solemne plegaria de los comicios, consagrada por los auspicios consulares, posee en sí misma tanta fuerza y carácter religioso como exige la dignidad de la república, he suplicado lo mismo: que para aquellos hombres a quienes este consulado fue otorgado a petición mía, el hecho resulte fausto, feliz y próspero.
2
Siendo esto así, jueces, y dado que todo el poder de los dioses inmortales ha sido transferido a vosotros o, ciertamente, compartido con vosotros, el mismo hombre encomienda al cónsul a vuestra lealtad, quien antes lo encomendó a los dioses inmortales, para que, mediante la voz del mismo hombre que lo declaró cónsul y lo defendió, proteja el beneficio del pueblo romano con vuestra seguridad y la de todos los ciudadanos. Y puesto que en este deber el celo de mi defensa ha sido reprochado por los acusadores, e incluso la misma asunción de la causa, antes de que comience a hablar en favor de Lucio Licinio Murena, diré unas pocas palabras en mi propia defensa, no porque en este momento sea para mí más importante la defensa de mi deber que la seguridad de este hombre, sino para que, una vez aprobado mi proceder por vosotros, pueda con mayor autoridad rechazar los ataques de los enemigos contra el honor, la fama y todos los bienes de este.
3
Y primero responderé sobre mi deber a Marco Catón, quien dirige su vida según una norma de razón segura y pondera diligentemente los momentos de todos los deberes. Catón niega que haya sido correcto que yo, siendo cónsul, autor de la ley sobre el soborno y habiendo ejercido el consulado con tanta severidad, me ocupara de la causa de Lucio Licinio Murena. Su reproche me conmueve profundamente, no solo para justificar mi proceder ante vosotros, jueces, a quienes se lo debo sobremanera, sino también ante el propio Catón, hombre gravísimo e íntegro.¿ Por quién, Marco Catón, es más equitativo que sea defendido un cónsul sino por un cónsul?¿ Quién puede o debe serme más cercano en la república que aquel a quien la república me es entregada ya para ser sostenida, tras haber sido sustentada por mis grandes trabajos y peligros? Y si en la reclamación de aquellas cosas que son mancipi, aquel que se obligó por nexo debe garantizar el peligro del juicio, ciertamente, con mayor razón, en el juicio de un cónsul electo, el cónsul que declaró al cónsul deberá ser, sobre todo, el garante del beneficio del pueblo romano y el defensor del peligro.
4
Y si, como suele suceder en algunas ciudades, se nombrara públicamente un patrono para esta causa, se le daría como defensor, sobre todo, a alguien investido del máximo honor, quien, poseyendo el mismo honor, aportaría a la defensa no menos autoridad que capacidad. Y si aquellos que entran en el puerto desde alta mar suelen advertir con gran celo a los que salen del puerto sobre las tormentas, los piratas y los lugares, porque la naturaleza nos lleva a favorecer a quienes se adentran en los mismos peligros que nosotros hemos superado,¿ con qué ánimo debo estar yo, que casi veo ya tierra tras una gran agitación, ante este hombre que veo que debe afrontar las mayores tormentas de la república? Por lo cual, si es propio de un buen cónsul no solo ver lo que sucede, sino también prever lo que sucederá, mostraré en otro lugar cuánto interesa a la seguridad común que haya dos cónsules en la república el primero de enero.
5
Y si esto es así, no debió llamarme tanto el deber hacia la fortuna de un amigo como la república al cónsul para defender la seguridad común. Pues en cuanto a que promulgué la ley sobre el soborno, ciertamente la promulgué de tal manera que no derogara la que yo mismo me había impuesto hace tiempo sobre la defensa de los peligros de los ciudadanos. Pues si confesara que se cometió un soborno y defendiera que eso se hizo correctamente, obraría mal, incluso si otro hubiera promulgado la ley; pero cuando defiendo que no se ha cometido nada contra la ley,¿ qué hay que impida mi defensa por el hecho de haber promulgado la ley?
6
Niega que sea propio de la misma severidad haber expulsado de la ciudad a Catilina, que tramaba la destrucción de la república dentro de los muros, con palabras y casi con autoridad, y ahora hablar en favor de Lucio Licinio Murena. Yo, en cambio, he ejercido siempre con gusto estas facetas de clemencia y misericordia que la naturaleza misma me enseñó, mientras que aquel papel de gravedad y severidad no lo busqué, sino que lo asumí impuesto por la república, tal como la dignidad de este mando exigía en el máximo peligro de los ciudadanos. Y si entonces, cuando la república requería fuerza y severidad, vencí a mi naturaleza y fui tan vehemente como me veía obligado, no como quería, ahora, cuando todas las causas me llaman a la misericordia y a la humanidad,¿ con cuánto celo debo servir a mi naturaleza y a mi costumbre? Y sobre el deber de mi defensa y sobre la razón de tu acusación, tal vez tengamos que hablar también en otra parte de nuestro discurso.
7
Pero, jueces, no menos que la acusación de Catón, me conmovía la queja de un hombre sapientísimo y muy distinguido, Servio Sulpicio, quien dijo con gran gravedad y amargura que yo, olvidando nuestra familiaridad y parentesco, defendía la causa de Lucio Licinio Murena contra él. A este, jueces, deseo satisfacer y tomaros como árbitros. Pues si bien es grave ser acusado justamente en la amistad, también, incluso si se es acusado falsamente, no debe ser ignorado. Yo, Servio Sulpicio, confieso que en tu candidatura te debí todos los celos y deberes por nuestra relación y creo haberlos cumplido. Nada te faltó de mi parte cuando buscabas el consulado que debiera ser exigido a un amigo, a un hombre influyente o a un cónsul. Aquel tiempo pasó; la situación ha cambiado. Así lo pienso, así me convenzo: que contra el honor de Murena te debí tanto cuanto te atreviste a pedirme, pero contra su seguridad no te debo nada.
8
Y es que, si te apoyé cuando buscabas el consulado, no debo ahora, cuando Murena mismo lo busca, ser su ayudante de la misma manera. Y esto no solo no puede ser censurado, sino que ni siquiera puede ser negado, que cuando nuestros amigos acusan, no defendamos incluso a los más extraños. Yo, en cambio, jueces, tengo con Murena una amistad grande y antigua, la cual, en un juicio de vida o muerte, no será destruida por Servio Sulpicio por el hecho de que haya sido superada por el mismo en la contienda por el honor. Y si esta causa no existiera, aun así, ya sea la dignidad del hombre o la amplitud del honor que ha alcanzado, me habría marcado con la máxima infamia de soberbia y crueldad si hubiera rechazado la causa de un hombre tan distinguido por sus propios méritos y por los del pueblo romano ante un peligro tan grande. Pues ya no me es lícito ni está en mi mano no emplear mi trabajo en aliviar los peligros de los hombres. Pues cuando se me han dado recompensas tan grandes por esta labor como a nadie antes, pienso que abandonar los trabajos que has asumido en la candidatura, una vez que la has alcanzado, es propio de un hombre astuto e ingrato.
9
Pero si es lícito desistir, si puedo hacerlo bajo tu autoridad, si no se incurre en ninguna infamia de pereza, ninguna torpeza de soberbia, ninguna culpa de inhumanidad, yo ciertamente desisto con gusto. Pero si la huida del trabajo demuestra desidia, el rechazo de los suplicantes soberbia, y el descuido de los amigos maldad, sin duda esta causa es de tal naturaleza que ningún hombre industrioso, misericordioso u oficioso podría abandonarla. Y de esto podrás conjeturar fácilmente por tu propio celo, Servio. Pues si consideras necesario responder incluso a los adversarios de tus amigos que consultan sobre derecho, y si consideras vergonzoso que, siendo tú el abogado, aquel mismo contra quien has venido pierda la causa, no seas tan injusto como para pensar que, cuando tus fuentes están abiertas incluso para tus enemigos, las nuestras deban estar cerradas para nuestros amigos.
10
Efectivamente, si tu familiaridad me hubiera alejado de esta causa, y si esto mismo hubiera sucedido a Quinto Hortensio y Marco Craso, hombres ilustrísimos, y asimismo a los demás de quienes entiendo que tu favor es muy valorado, en esta ciudad el cónsul electo no tendría defensor, en la cual nuestros antepasados quisieron que a nadie, ni al más humilde, le faltara un patrono. Yo, en verdad, jueces, me consideraría a mí mismo un malvado si hubiera faltado a un amigo, cruel si a un desdichado, soberbio si a un cónsul. Por lo cual, lo que debe darse a la amistad, será dado generosamente por mí, para tratar contigo, Servio, no de otra manera que si estuviera en ese lugar mi hermano, que me es queridísimo; lo que debe atribuirse al deber, a la lealtad, a la religión, lo moderaré de tal manera que recuerde que hablo contra el celo de un amigo por el peligro de un amigo.
11
Entiendo, jueces, que la acusación entera ha tenido tres partes, y que una de ellas se ha ocupado de la crítica a su vida, la otra de la contienda por la dignidad, y la tercera de los crímenes de soborno. Y de estas tres partes, aquella primera, que debía ser la más grave, fue tan débil y ligera que una especie de ley acusatoria, más que una verdadera facultad de difamar, obligó a aquellos a decir algo sobre la vida de Lucio Licinio Murena. Pues se ha objetado Asia; la cual no fue buscada por este para el placer y el lujo, sino recorrida en el trabajo militar. Si de joven no hubiera servido bajo su padre como general, parecería haber temido al enemigo o al mando de su padre, o haber sido rechazado por su progenitor.¿ O acaso, cuando los hijos suelen sentarse en los caballos de los triunfadores vestidos con la toga pretexta, debía este evitar adornar el triunfo de su padre con dones militares, para triunfar casi al mismo tiempo que su padre por las cosas realizadas en común?
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Este, en verdad, jueces, estuvo en Asia y fue un gran apoyo para un hombre fortísimo, su progenitor, en los peligros, consuelo en los trabajos y motivo de felicitación en la victoria. Y si Asia tiene cierta sospecha de lujo, no es el no haber visto nunca Asia lo que debe ser alabado, sino haber vivido en Asia con continencia. Por lo cual, no debía ser objetado a Murena el nombre de Asia, de la cual se estableció la alabanza de la familia, la memoria del linaje, el honor y la gloria para su nombre, sino algún crimen o deshonra cometido en Asia o traído de Asia. Haber servido en la guerra que entonces el pueblo romano no solo libraba como la mayor, sino como la única, fue de virtud; haber servido gustosísimamente bajo su padre como general fue de piedad; que el fin de sus servicios fuera la victoria y el triunfo de su padre fue de felicidad. En efecto, no hay lugar para la difamación en estos asuntos porque la alabanza lo ha ocupado todo.
13
Catón llama bailarín a Lucio Licinio Murena. Es un insulto, si se objeta con verdad, de un acusador vehemente; si es falso, de un difamador maledicente. Por lo cual, teniendo tú esa autoridad, no debes, Marco Catón, tomar un insulto de la calle o de algún reproche de bufones, ni llamar temerariamente bailarín al cónsul del pueblo romano, sino observar qué otros vicios debe tener necesariamente aquel a quien se le puede objetar eso con verdad. Pues nadie, casi, baila sobrio, a menos que esté loco, ni en soledad ni en un banquete moderado y honesto. El baile es el acompañante final de un banquete oportuno, de un lugar ameno y de muchas delicias.¿ Me tomas esto, que necesariamente debe ser el último de todos los vicios, y dejas aquello sin lo cual este vicio no puede existir en absoluto? No se muestra ningún banquete vergonzoso, ni amor, ni comensalía, ni libido, ni gastos, y, cuando no se encuentran esas cosas que tienen nombre de placer aunque sean viciosas,¿ en quien no puedes encontrar el lujo mismo, crees que encontrarás la sombra del lujo?
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Nada, pues, puede decirse contra la vida de Lucio Licinio Murena, nada, digo, en absoluto, jueces. El cónsul electo es defendido por mí de tal manera que no se puede presentar en su vida ningún fraude, ninguna avaricia, ninguna perfidia, ninguna crueldad, ninguna palabra insolente. Está bien; los fundamentos de la defensa han sido echados. Pues no con nuestras alabanzas, que usaré después, sino casi con la confesión de los enemigos, defendemos a un hombre bueno e íntegro. Una vez establecido esto, me es más fácil el acceso a la contienda por la dignidad, que fue la segunda parte de la acusación.
15
Veo que hay en ti, Servio Sulpicio, la máxima dignidad de linaje, integridad, industria y todos los demás adornos con los que es justo confiar para emprender la candidatura al consulado. Reconozco que son iguales en Lucio Licinio Murena, y tan iguales que ni él pudo ser vencido en dignidad por ti, ni te superó a ti en dignidad. Despreciaste el linaje de Lucio Licinio Murena, ensalzaste el tuyo. En este punto, si te tomas esto, que nadie nacido de buen linaje lo es a menos que sea patricio, haces que parezca que la plebe debe ser llamada de nuevo al Aventino. Pero si hay familias plebeyas amplias y honestas, tanto el bisabuelo de Lucio Licinio Murena como su abuelo fueron pretores, y su padre, tras haber triunfado de la manera más amplia y honesta después de su pretura, dejó a este un paso más fácil para alcanzar el consulado, porque este ya era debido al padre y era buscado por el hijo.
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Tu nobleza, Servio Sulpicio, aunque es máxima, es más conocida por los hombres letrados e historiadores, pero más oscura para el pueblo y los votantes. Pues su padre fue de rango ecuestre, su abuelo no fue celebrado por ninguna alabanza ilustre. Por tanto, la memoria de tu nobleza debe ser extraída no de la conversación reciente de los hombres, sino de la antigüedad de los anales. Por lo cual, yo siempre suelo agregarte a nuestro número, porque lograste con virtud e industria que, siendo hijo de un caballero romano, fueras considerado digno de la máxima amplitud. Y nunca me pareció que hubiera menos virtud en Quinto Pompeyo, hombre nuevo y fortísimo, que en el hombre nobilísimo Marco Emilio. Pues es del mismo ánimo y talento transmitir a sus descendientes, como hizo Pompeyo, la amplitud del nombre que no recibió y, como Escauro, renovar con su propia virtud la memoria casi muerta de su linaje.
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Aunque yo ya pensaba, jueces, que con mi trabajo se había logrado que a muchos hombres fuertes no se les objetara la falta de nobleza de linaje, lo cual intentaba al recordar no solo a los Curios, Catones, Pompeyos, aquellos antiguos hombres fortísimos, hombres nuevos, sino a estos recientes, a los Marios, Didios y Celios. Pero cuando yo, tras tanto intervalo, había roto esas barreras de la nobleza, de modo que el acceso al consulado en adelante, como fue entre nuestros antepasados, no estuviera más abierto a la nobleza que a la virtud, no pensaba que, cuando un cónsul electo de familia antigua e ilustre era defendido por un cónsul hijo de un caballero romano, los acusadores fueran a hablar sobre la novedad del linaje. Pues a mí mismo me sucedió que competí con dos patricios, uno malvadísimo y audacísimo, otro modestísimo y hombre óptimo; sin embargo, superé en dignidad a Catilina, en favor a Galba. Y si eso debiera ser un crimen para un hombre nuevo, ciertamente no me habrían faltado enemigos ni envidiosos.
18
Omitamos, pues, hablar del linaje, cuya dignidad es grande en ambos; veamos lo demás.' Buscó la cuestura conmigo y yo fui elegido antes'. No hay que responder a todo. Pues a ninguno de vosotros se os escapa que, cuando muchos iguales en dignidad son elegidos, pero uno solo puede obtener el primer lugar, el orden de dignidad y el de proclamación no es el mismo, debido a que la proclamación tiene grados, pero la dignidad es muy a menudo la misma para todos. Pero la cuestura de ambos fue de momento casi igual por sorteo. Este tuvo por la ley Ticia una provincia silenciosa y tranquila, tú aquella a la que, cuando los cuestores sortean, suele incluso aclamarse, la de Ostia, no tan grata e ilustre como trabajosa y molesta. El nombre de ambos se asentó en la cuestura. Pues el sorteo no os dio a vosotros ningún campo en el que la virtud pudiera correr y ser reconocida.
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El espacio de tiempo restante es llamado a la contienda. Fue tratado por ambos de manera muy distinta. Servio siguió aquí con nosotros esta milicia urbana llena de solicitud y disgusto de responder, escribir y precaver; aprendió el derecho civil, veló mucho, trabajó, estuvo a disposición de muchos, soportó la estupidez de muchos, toleró la arrogancia, absorbió la dificultad; vivió al arbitrio de otros, no al suyo. Gran alabanza y grata a los hombres es que un solo hombre se esfuerce en esa ciencia que será útil a muchos.
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¿ Qué hizo Murena mientras tanto? Fue legado de un hombre fortísimo y sapientísimo, un gran general, Lucio Licinio Lúculo; en cuya legación dirigió el ejército, llevó los estandartes, trabó combate, derrotó a grandes fuerzas de enemigos, tomó ciudades en parte por la fuerza, en parte por asedio, recorrió esa Asia llena y a la vez delicada de tal manera que no dejó en ella rastro de avaricia ni de lujo, se desenvolvió en la mayor guerra de tal manera que este realizó muchas y grandes cosas sin el general, ninguna sin este. Y aunque digo esto estando presente Lucio Licinio Lúculo, sin embargo, para que no parezca que tenemos licencia para inventar por nuestro peligro, todo está testificado en cartas públicas, en las cuales Lucio Licinio Lúculo le otorgó tanta alabanza como ni un general ambicioso ni uno envidioso debió atribuir a otro al compartir la gloria.
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La honestidad es máxima en ambos, máxima la dignidad; la cual yo, si Servio me lo permitiera, pondría en una alabanza igual y la misma. Pero no me lo permite; agita el asunto militar, ataca toda esta legación, piensa que el consulado es propio de la asiduidad y de estos trabajos cotidianos.' Habrías estado conmigo ante el ejército', dice;' tantos años no tocaste el foro; estuviste ausente tanto tiempo y, cuando vienes tras un largo intervalo,¿ compites en dignidad con quienes han vivido en el foro?'. Primero, esa asiduidad nuestra, Servio, no sabes cuánto aporta a veces fastidio a los hombres, cuánto hartazgo. A mí, ciertamente, me fue muy útil que el favor estuviera puesto ante los ojos; pero, sin embargo, superé el hartazgo de mí mismo con mi gran trabajo y tú también tal vez; pero, sin embargo, a ninguno de nosotros nos habría perjudicado la añoranza.
22
Pero para que, omitiendo esto, volvamos a la contienda de estudios y artes,¿ cómo puede dudarse de que aporta mucha más dignidad para alcanzar el consulado la gloria de la milicia que la del derecho civil? Tú velas de noche para responder a tus consultores, él para llegar a tiempo con el ejército a donde se dirige; a ti te despierta el canto de los gallos, a él el de las trompetas; tú instituyes una acción, él instruye una línea de batalla; tú previenes que tus consultores, él que las ciudades o los campamentos sean tomados; él sostiene y sabe cómo las fuerzas de los enemigos, tú cómo las aguas pluviales sean contenidas; él está ejercitado en extender los límites, y tú en regirlos. Y sin duda— pues hay que decir lo que siento— la virtud militar supera a todas las demás. Esta dio nombre al pueblo romano, esta dio gloria eterna a esta ciudad, esta obligó al orbe de la tierra a obedecer a este imperio; todos los asuntos urbanos, todos estos estudios nuestros preclaros y esta alabanza e industria forense yacen bajo la tutela y protección de la virtud bélica. Tan pronto como suena la sospecha de tumulto, nuestras artes callan al instante.
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Y puesto que me parece que besas esa ciencia del derecho como si fuera tu hijita, no permitiré que te muevas en tanto error como para pensar que ese no sé qué que aprendiste con tanto esfuerzo sea algo preclaro. Yo siempre te juzgué dignísimo del consulado y de todo honor por otras virtudes: continencia, gravedad, justicia, lealtad y todas las demás; que hayas aprendido ese derecho civil, no diré que perdiste el tiempo, pero diré esto: que no hay en esa disciplina ningún camino fortificado hacia el consulado. Pues todas las artes, que nos concilien el celo del pueblo romano, deben tener una dignidad admirable y una utilidad muy grata.
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La máxima dignidad está en aquellos que sobresalen por la alabanza militar; pues se piensa que todas las cosas que están en el imperio y en el estado de la ciudad son defendidas y fortalecidas por ellos; máxima también la utilidad, si es que podemos disfrutar de su consejo y peligro tanto con la república como con nuestros propios asuntos. Grave también es aquella facultad de hablar, llena de dignidad, que a menudo valió en la elección de un cónsul, el poder con el consejo y la oratoria conmover las mentes del senado, del pueblo y de aquellos que juzgan los asuntos. Se busca un cónsul que a veces reprima con su palabra los furores tribunicios, que doblegue al pueblo excitado, que resista al soborno. No es de extrañar si, por esta facultad, hombres a menudo incluso no nobles han alcanzado el consulado, especialmente cuando esta misma cosa produce muchísimos favores, amistades firmísimas y grandes celos. De los cuales, en ese artificio vuestro, Sulpicio, no hay nada.
25
Primero, la dignidad no puede estar en una ciencia tan tenue; pues los asuntos son pequeños, ocupados casi en letras individuales y puntuaciones de palabras. Luego, incluso si hubo alguna admiración en ese estudio entre nuestros antepasados, esta fue totalmente despreciada y rechazada al ser revelados vuestros misterios. Pocos sabían antiguamente si se podía actuar por ley o no; pues no tenían los fastos al alcance del pueblo. Estaban en gran poder quienes eran consultados; de quienes incluso se pedía el día como a los caldeos. Se encontró un escriba, Cneo Flavio, que pinchó los ojos de las cornejas y propuso los fastos al pueblo para que fueran aprendidos día a día, y robó la sabiduría de esos mismos cautos jurisconsultos. Por tanto, ellos, irritados, porque temieron que, al ser divulgada y conocida la razón de los días, se pudiera actuar por ley sin su trabajo, compusieron ciertas palabras para intervenir ellos mismos en todas las cosas.
26
Cuando esto podía hacerse bellísimamente:' Mi fundo sabino es'.' Más bien el mío', luego el juicio, no quisieron.' El fundo', dice,' que está en el campo que se llama sabino'. Bastante verboso; dime,¿ qué después?' Afirmo que ese es mío por el derecho de los quirites'.¿ Qué entonces?' Entonces ahí te llamo a tomar la mano por el derecho'. Aquel a quien se le reclamaba no tenía qué responder a este tan locuaz litigante. El mismo jurisconsulto pasa a modo de flautista latino.' De donde me llamaste a tomar la mano por el derecho, de ahí te revoco'. El pretor mientras tanto, para no creerse hermoso y feliz y decir algo por su propia voluntad, también para él se compuso un cántico absurdo con las demás cosas, pero sobre todo en aquello:' Estando presentes ambos supervivientes, digo este camino; id por el camino'. Estaba presente aquel sabio que enseñara a iniciar el camino.' Volved por el camino'. Volvían con el mismo guía. Esto ya entonces, entre aquellos barbudos, creo que parecía ridículo, que hombres, habiéndose detenido correctamente y en el lugar, fueran ordenados a irse para que, de donde se habían ido, volvieran inmediatamente al mismo lugar. Con las mismas necedades fueron maquilladas todas aquellas cosas:' Cuando te veo en el derecho' y estas:'¿ acaso dices por qué causa has reivindicado?'. Las cuales, mientras eran ocultas, eran necesariamente pedidas a quienes las poseían; pero después, divulgadas y manoseadas y examinadas en manos de todos, fueron halladas vacísimas de prudencia, pero llenísimas de fraude y estupidez.
27
Pues, aunque muchísimas cosas habían sido constituidas excelentemente por las leyes, la mayoría fueron corrompidas y depravadas por el ingenio de los jurisconsultos. Quisieron que todas las mujeres, por la debilidad de su juicio, estuvieran bajo la potestad de tutores; estos inventaron tipos de tutores que estuvieran contenidos por la potestad de las mujeres. No quisieron que los ritos sagrados perecieran; por el ingenio de estos, se encontraron ancianos para hacer coempciones con el fin de extinguir los ritos sagrados. En todo el derecho civil, finalmente, abandonaron la equidad, retuvieron las palabras mismas, de modo que, porque en los libros de alguien habían encontrado ese nombre como ejemplo, pensaron que todas las mujeres que hacían coempción debían llamarse' Gaias'. Ya aquello me suele parecer extraño, que tantos hombres, tan ingeniosos, después de tantos años, ni siquiera ahora hayan podido establecer si debía decirse' tercer día' o' pasado mañana',' juez' o' árbitro',' asunto' o' litigio'.
28
Por tanto, como dije, la dignidad nunca estuvo en esa ciencia consular, que consistía totalmente en cosas ficticias y fingidas, y el favor, mucho menos. Pues lo que está abierto a todos y es igualmente fácil para mí y para mi adversario, eso no puede ser grato de ninguna manera. Por tanto, no solo la esperanza de colocar beneficios, sino también aquello que durante algún tiempo fue'¿ es lícito consultar?', ya lo habéis perdido. Nadie puede ser considerado sabio en esa prudencia que no vale nada ni fuera de Roma ni en Roma cuando los asuntos están suspendidos. Nadie puede ser considerado perito porque en lo que todos saben no pueden de ninguna manera discrepar entre sí. Pero no se considera un asunto difícil porque está contenido en poquísimas y nada oscuras letras. Por tanto, si me habéis movido el disgusto, a mí, hombre sumamente ocupado, en tres días me proclamaré jurisconsulto. Pues las cosas que se hacen por escrito, todas están escritas, y sin embargo no hay nada tan estrechamente escrito que yo no pueda añadir'¿ sobre qué asunto se trata?'; las cosas que se consultan, en cambio, se responden con el mínimo peligro. Si respondes lo que debes, pareces haber respondido lo mismo que Servio; si de otra manera, pareces conocer y tratar incluso el derecho controvertido.
29
Por lo cual, no solo esa gloria militar debe ser antepuesta a vuestras fórmulas y acciones, sino que también la costumbre de hablar supera de lejos y mucho a ese ejercicio vuestro para el honor. Por tanto, me parece que la mayoría al principio prefirió mucho esto, después, cuando no pudieron alcanzarlo, se deslizaron sobre todo hacia aquello. Como dicen de los artistas griegos que son aulodos aquellos que no pudieron llegar a ser citarodos, así vemos nosotros que quienes no pudieron resultar oradores, llegan al estudio del derecho. Gran trabajo el de hablar, gran asunto, gran dignidad, pero máxima gratitud. Pues de vosotros se busca cierta salubridad, de los que hablan se busca la salvación misma. Luego, vuestras respuestas y decretos son a menudo destruidos hablando y no pueden ser firmes sin la defensa de la oratoria. En la cual, si hubiera progresado lo suficiente, hablaría con más parsimonia de su alabanza; ahora no digo nada de mí, sino de aquellos que son o fueron grandes en el hablar.
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Dos artes hay, pues, que pueden colocar a los hombres en el grado más amplio de dignidad, una la del general, otra la del buen orador. Pues por este se retienen los adornos de la paz, por aquel se repelen los peligros de la guerra. Las demás virtudes, sin embargo, valen mucho por sí mismas: justicia, lealtad, pudor, templanza; en las cuales todos entienden que tú, Servio, sobresales. Pero ahora discuto sobre los estudios aplicados al honor, no sobre la virtud innata de cada uno. Todos esos estudios nuestros son sacudidos de nuestras manos tan pronto como algún movimiento nuevo comienza a tocar a guerra. Pues, como dice un poeta ingenioso y autor muy bueno,' promulgadas las batallas, es expulsada del medio' no solo esa vuestra verbosa simulación de prudencia, sino también esa misma señora de las cosas, la' sabiduría'; se gestiona el asunto por la fuerza, se desprecia al orador, no solo al odioso en el hablar y locuaz, sino incluso al' bueno; se ama al soldado rudo', vuestro estudio, en cambio, yace totalmente.' No se reclama el asunto por el derecho, sino más bien por el hierro', dice. Y si esto es así, que ceda, opino, Sulpicio, el foro a los campamentos, el ocio a la milicia, el estilo a la espada, la sombra al sol; que sea, finalmente, en la ciudad la primera cosa aquella por la cual la ciudad misma es la primera de todas.
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Pero Catón demuestra que nosotros hacemos demasiado grandes las cosas con nuestras palabras y que hemos olvidado que toda aquella guerra mitridática fue librada contra mujercitas. Lo cual yo considero de manera muy distinta, jueces; y sobre ello disertaré poco; pues la causa no se contiene en esto. Pues si todas las guerras que libramos con los griegos deben ser despreciadas, que sea ridiculizado el triunfo del rey Pirro de Manio Curio, el de Filipo de Tito Flaminino, el de los etolios de Marco Fulvio, el del rey Perseo de Lucio Paulo, el del pseudofilipo de Quinto Metelo, el de los corintios de Lucio Mumio. Pero si estas guerras fueron gravísimas y las victorias de esas guerras gratísimas,¿ por qué las naciones asiáticas y aquel enemigo tuyo son despreciados? Y sin embargo, veo en los monumentos de las cosas antiguas que el pueblo romano libró la mayor guerra con Antíoco; cuya guerra, el vencedor Lucio Escipión, con la gloria ganada igual a la de su hermano Publio, la misma alabanza que aquel llevaba consigo por el nombre mismo tras oprimir África, este la asumió para sí por el nombre de Asia.
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En cuya guerra brilló la virtud egregia de Marco Catón, tu bisabuelo; con quien él, siendo, como yo me propongo, tal como veo que eres tú, nunca habría partido con Escipión si pensara que se debía guerrear contra mujercitas. Y el senado no habría actuado con Publio Africano para que partiera como legado de su hermano, cuando él mismo, poco antes, tras expulsar a Aníbal de Italia, echarlo de África y oprimir Cartago, había liberado a la república de los mayores peligros, si aquella guerra no fuera considerada grave y vehemente. Y si consideras diligentemente qué pudo hacer Mitrídates, qué realizó y qué hombre fue, a este rey antepondrás sin duda a todos con quienes el pueblo romano libró guerra. A quien Lucio Sila, con un ejército máximo y fortísimo, pugnaz y acerbo y no rudo general, por no decir otra cosa, tras haber invadido toda Asia con la guerra, lo despidió con la paz; a quien Lucio Murena, padre de este, tras haberlo hostigado y reprimido vehemente y vigilantísimamente, lo dejó en gran parte no oprimido; el cual rey, tras tomarse algunos años para confirmar sus planes y fuerzas de guerra, valió tanto en esperanza y esfuerzo que pensaba que uniría el Océano con el Ponto, las fuerzas de Sertorio con las suyas.
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Para esta guerra, habiendo sido enviados dos cónsules de tal modo que uno persiguiera a Mitrídates y el otro protegiera Bitinia, los desastres del primero, tanto por tierra como por mar, aumentaron enormemente tanto los recursos como el prestigio del rey; en cambio, las hazañas de Lucio Lúculo fueron tan grandes que no se puede mencionar una guerra mayor ni una llevada a cabo con mayor estrategia y valor. Pues, cuando todo el ímpetu de la guerra se había detenido ante las murallas de los cizicenos y Mitrídates había pensado que esa ciudad sería para él la puerta de Asia, por la cual, una vez fracturada y derribada, toda la provincia quedaría abierta, Lúculo logró que la ciudad de los aliados más fieles fuera defendida y que todas las fuerzas del rey se consumieran por la prolongación del asedio.¿ Qué decir?¿ Acaso crees que aquella batalla naval ante Ténedos, cuando la flota enemiga, inflada de esperanza y ánimo, se dirigía a Italia con rumbo decidido y bajo el mando de los más aguerridos jefes, se libró con un combate mediocre y una lucha insignificante? Dejo de lado las batallas, paso por alto los asedios a las ciudades; expulsado de su reino, finalmente tuvo tanto poder gracias a su estrategia y autoridad que, al unirse el rey de los armenios, se renovó con nuevos recursos y tropas. Y si ahora tuviera que hablar de las hazañas de nuestro ejército y de nuestro general, podría mencionar muchísimas y grandísimas batallas; pero no es eso lo que nos ocupa. Digo esto:
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Si esta guerra, si este enemigo, si aquel rey hubieran sido despreciables, ni el senado ni el pueblo romano habrían considerado que debía emprenderse con tanto cuidado, ni la habrían llevado a cabo durante tantos años, ni Lucio Lúculo habría obtenido tanta gloria, ni, ciertamente, el pueblo romano habría confiado con tanto entusiasmo el desenlace de esta guerra a Cneo Pompeyo. De todas sus batallas, que son innumerables, me parece la más encarnizada aquella que se libró contra el rey y se combatió con la mayor contienda. Tras escapar de esta batalla y refugiarse en el Bósforo, adonde el ejército no podía llegar, incluso en la extrema fortuna y en la huida, conservó, sin embargo, su nombre real. Por tanto, el propio Pompeyo, una vez ocupado el reino y expulsado el enemigo de todas las costas y de sus sedes conocidas, puso tanto empeño en la vida de un solo hombre que, aunque ya poseía por la victoria todo lo que había ocupado, adonde había llegado y lo que había esperado, no consideró la guerra terminada hasta que lo expulsó de la vida.¿ A este enemigo desprecias tú, Catón, contra el cual tantos generales han hecho la guerra durante tantos años y en tantas batallas, cuya vida, aun expulsado y desterrado, fue valorada en tanto que, al anunciarse su muerte, finalmente consideraron la guerra terminada? Por tanto, en esta guerra defendemos que Lucio Murena, legado de fortísimo ánimo, suma estrategia y máximo esfuerzo, fue reconocido, y que este servicio suyo tuvo tanta importancia para obtener el consulado como nuestra labor forense.
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Pero, en efecto, en la elección de la pretura, Servio fue proclamado primero.¿ Acaso pretendéis actuar con el pueblo como si fuera un contrato, de modo que, el lugar de honor que una vez ha dado a alguien, deba dárselo también en los honores restantes? Pues,¿ qué estrecho, qué Euripo pensáis que tiene tantos movimientos, tantas y tan variadas agitaciones y cambios de mareas, como perturbaciones y mareas tiene el sistema de los comicios? Un día de interrupción o una noche interpuesta a menudo lo perturba todo, y una pequeña ráfaga de rumor cambia a veces toda la opinión. A menudo, incluso sin ninguna causa abierta, sucede algo distinto a lo que se esperaba, de modo que a veces el propio pueblo se admira de que haya sucedido así, como si en realidad no lo hubiera hecho él mismo.
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Nada es más incierto que la multitud, nada más oscuro que la voluntad de los hombres, nada más falaz que todo el sistema de los comicios.¿ Quién pensó que Lucio Filipo, de suma inteligencia, laboriosidad, influencia y nobleza, podría ser superado por Marco Herenio?¿ Quién que Quinto Cátulo, sobresaliente en humanidad, sabiduría e integridad, lo sería por Cneo Malio?¿ Quién que Marco Escauro, hombre de la mayor gravedad, ciudadano egregio y fortísimo senador, lo sería por Quinto Máximo? No solo no se pensó que nada de esto sucedería así, sino que, incluso cuando sucedió, no se pudo entender por qué había ocurrido. Pues, así como las tempestades a menudo son provocadas por alguna señal cierta del cielo, y a menudo se desencadenan de forma imprevista sin ninguna razón cierta por alguna causa oscura, así en esta tempestad de los comicios populares a menudo puedes entender por qué señal ha sido provocada, y a menudo la causa es tan oscura que parece haber sido despertada por el azar.
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Pero, sin embargo, si hay que dar una explicación, dos cosas fueron vehementemente echadas de menos en la pretura, las cuales ambas beneficiaron mucho a Murena en el consulado: una, la expectativa de los juegos, que había crecido por algún rumor y por el entusiasmo y las conversaciones de los competidores; la otra, que aquellos a quienes había tenido como testigos de su generosidad y virtud en la provincia y en toda su legación aún no habían fallecido. La fortuna le reservó ambas cosas para su candidatura al consulado. Pues tanto el ejército de Lucio Lúculo, que se había reunido para el triunfo, estuvo presente en los comicios para Lucio Murena, como los juegos espléndidísimos que la candidatura a la pretura había echado de menos, la pretura los restituyó.
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¿ Te parecen pequeñas estas ayudas y apoyos al consulado: la voluntad de los soldados, que cuando vale por sí misma por su multitud, cuando por su influencia entre los suyos, entonces, al declarar a un cónsul, tiene también mucha autoridad ante todo el pueblo romano, el sufragio militar? Pues en los comicios consulares se eligen generales, no intérpretes de palabras. Por eso es grave aquel discurso:' Me curó cuando estaba herido, me premió con el botín; bajo este jefe tomamos el campamento, entablamos batalla; este nunca impuso al soldado más trabajo del que él mismo asumió; él mismo es tanto valiente como afortunado'.¿ Cuánto crees que vale esto para la fama y la voluntad de los hombres? Y, en efecto, si en esos comicios hay tanta religiosidad que hasta ahora siempre ha valido el presagio de la centuria prerrogativa,¿ qué tiene de extraño que en este caso haya valido la fama y el discurso de su buena fortuna? Pero si consideras más leves estas cosas, que son gravísimas, y antepones este sufragio urbano al militar, no desprecies tanto la elegancia de sus juegos y la magnificencia de la escena; las cuales le beneficiaron mucho. Pues,¿ qué diré de que el pueblo y la multitud de los ignorantes se deleitan enormemente con los juegos? Es menos sorprendente. Aunque para esta causa esto es suficiente; pues los comicios son del pueblo y de la multitud. Por eso, si al pueblo le causa placer la magnificencia de los juegos, no es de extrañar que esta le haya beneficiado a Lucio Murena ante el pueblo.
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Pero si nosotros mismos, que estamos impedidos por los negocios de la diversión común y podemos tener muchas otras diversiones incluso en medio de la ocupación, nos deleitamos y nos dejamos llevar por los juegos,¿ qué te vas a extrañar de la multitud indocta?
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Lucio Otón, hombre valiente, amigo mío, restituyó al orden ecuestre no solo la dignidad, sino también el placer. Por tanto, esta ley que se refiere a los juegos es la más grata de todas, porque al orden más honesto se le restituyó, junto con el esplendor, también el fruto del goce. Por eso, créeme, los juegos deleitan a los hombres, incluso a los que lo disimulan, no solo a los que lo confiesan; lo cual sentí en mi propia candidatura. Pues nosotros también tuvimos una escena competitiva. Pero si yo, que había dado tres juegos como edil, aun así me sentía conmovido por los juegos de Antonio,¿ tú, que por azar no habías dado ninguno, crees que esta misma escena de plata que ridiculizas no te perjudicó?
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Pero supongamos que todas estas cosas sean iguales, que la labor forense sea igual a la militar, el sufragio militar al urbano, que sea lo mismo haber dado los juegos más magníficos que no haber dado ninguno;¿ qué?¿ En la propia pretura no crees que hubo diferencia entre tu suerte y la suya? La suerte de este fue la que todos tus amigos deseábamos para ti, la de administrar justicia; en la cual la magnitud del negocio concilia la gloria, y la generosidad de la equidad, el favor; en cuya suerte un pretor sabio, como lo fue este, evita la ofensa mediante la equidad al decidir, y añade benevolencia mediante la suavidad al escuchar. Una provincia egregia y apta para el consulado, en la que la alabanza de la equidad, la integridad y la afabilidad se concluye al final con el placer de los juegos.
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¿ Cuál fue tu suerte? Triste, atroz, la cuestión de peculado, por una parte llena de lágrimas y miseria, por otra llena de acusadores y delatores; jueces que debían ser obligados contra su voluntad, retenidos contra su deseo; un escriba condenado, todo el orden hostil; la gratificación de Sila reprobada, muchos hombres valientes y casi una parte de la ciudadanía ofendida; pleitos juzgados severamente; a quien le agrada, lo olvida, a quien le duele, lo recuerda. Por último, tú no quisiste ir a la provincia. No puedo reprocharte en ti lo que aprobé en mí mismo, tanto como pretor como cónsul. Pero, sin embargo, la provincia trajo a Lucio Murena muchos buenos favores junto con una excelente reputación. Al partir, realizó una leva en Umbría; la república le dio la oportunidad de ejercer la generosidad, de la cual, al hacer uso, se ganó muchas tribus que se forman en los municipios de Umbría. Él mismo, además, en la Galia, logró con equidad y diligencia que nuestros hombres cobraran deudas que ya daban por perdidas. Tú, mientras tanto, en Roma, por supuesto, estuviste a disposición de tus amigos; lo confieso; pero, sin embargo, piensa que el entusiasmo de algunos amigos suele disminuir hacia aquellos de quienes comprenden que desprecian las provincias.
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Y puesto que he demostrado, jueces, que la dignidad para la candidatura al consulado fue igual, pero la fortuna de los negocios provinciales desigual en Murena y en Sulpicio, diré ahora más abiertamente en qué fue inferior mi amigo Servio, y diré ante vosotros, ahora que el tiempo ha pasado, lo que a él solo, cuando el asunto estaba intacto, le dije a menudo. Te he dicho muy a menudo, Servio, que no sabes buscar el consulado; y en esas mismas cosas que veía que hacías y decías con gran y valiente ánimo, solía decirte que me parecías más un valiente acusador que un sabio candidato. Primero, los terrores y amenazas de acusar que solías usar a diario son propios de un hombre valiente, pero apartan la opinión del pueblo de la esperanza de obtener el cargo y debilitan el entusiasmo de los amigos. No sé cómo sucede siempre esto— y no se ha observado en uno o dos, sino ya en muchos—: tan pronto como un candidato parece meditar una acusación, parece haber perdido la esperanza en el honor.
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¿ Qué entonces?¿ No es correcto perseguir una injuria recibida? Al contrario, es muy correcto; pero una cosa es el tiempo de buscar el cargo y otra el de perseguir. Yo quiero que un candidato, especialmente al consulado, sea conducido al foro y al campo con gran esperanza, gran ánimo y grandes recursos. No me gusta la investigación del candidato, presagio de derrota, no la comparación de testigos más que de votantes, no las amenazas más que las lisonjas, no la denuncia más que el saludo, especialmente cuando ahora, con esta nueva costumbre, casi todos corren a las casas de todos y por el rostro de los candidatos hacen conjeturas sobre cuánto ánimo y capacidad parece tener cada uno.
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'¿ Ves a aquel triste, abatido? Está postrado, desconfía, ha arrojado las armas'. Este rumor se extiende.'¿ Sabes que aquel piensa en una acusación, investiga a sus competidores, busca testigos? Buscad a otro ya, puesto que este mismo desconfía de sí'. Con rumores de este tipo, los amigos íntimos de los candidatos se debilitan, abandonan su entusiasmo; o abandonan el asunto seguro o reservan su labor y favor para el juicio y la acusación. Se añade a esto que el propio candidato no puede poner todo su ánimo y todo su cuidado, labor y diligencia en la candidatura. Pues se añade el pensamiento de la acusación, no un asunto pequeño, sino sin duda el mayor de todos. Pues es algo grande prepararte para poder expulsar de la ciudad a un hombre, especialmente a uno que no es pobre ni débil, que es defendido por sí mismo, por los suyos y, de hecho, incluso por extraños. Pues todos corremos a repeler los peligros y, los que no somos abiertamente enemigos, prestamos los servicios y el entusiasmo de los amigos más cercanos incluso a los más extraños en peligros de muerte.
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Por eso, habiendo experimentado la molestia de buscar, defender y acusar, he comprendido que en la búsqueda hay un entusiasmo encarnizado, en la defensa un deber, en la acusación un trabajo. Por tanto, establezco que de ninguna manera puede suceder que la misma persona prepare y organice diligentemente la acusación y la candidatura al consulado. Pocos pueden sostener una, nadie ambas. Tú, cuando te desviaste de la carrera de la candidatura y trasladaste tu ánimo a acusar, pensaste que podías cumplir con ambos negocios. Te equivocaste gravemente. Pues,¿ qué día hubo, después de que entraste en esa denuncia de acusación, que no consumieras por completo en ese plan? Exigiste una ley de soborno, que no te faltaba; pues la Calpurnia estaba escrita con la mayor severidad. Se cumplió con tu voluntad y dignidad. Pero toda esa ley, si tuvieras un reo culpable, quizás habría armado tu acusación; pero para la candidatura, fue un obstáculo.
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Se exigió con tu voz una pena más grave para la plebe; se conmovieron los ánimos de los más humildes. El exilio para nuestro orden; el senado cedió a tu petición, pero no de buen grado estableció una condición más dura para la fortuna común bajo tu autoría. Se añadió una pena a la excusa por enfermedad; se ofendió la voluntad de muchos que deben trabajar contra la comodidad de su salud o, por el inconveniente de la enfermedad, abandonar incluso los demás frutos de la vida.¿ Qué entonces?¿ Quién propuso esto? Aquel que obedeció a la autoridad del senado, a tu voluntad, en fin, lo propuso aquel a quien menos beneficiaba.¿ Consideras que aquello que el senado, con mi suma voluntad, rechazó en sesión numerosa, se te opuso de forma mediocre? Exigiste la confusión de los sufragios, la igualación del favor, de la dignidad, de los sufragios. Los hombres honestos y influyentes en sus vecindades y municipios llevaron gravemente que un hombre tal hubiera luchado para que se eliminaran todos los grados de dignidad y favor. También quisiste que los jueces fueran elegidos, para que los odios ocultos de los ciudadanos, que ahora se contienen en silenciosas discordias, estallaran contra las fortunas de cada uno de los mejores.
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Todo esto te abría el camino para acusar, pero te cerraba el de obtener el cargo. Y de todas, aquella es la herida que se infligió a tu candidatura, sin que yo callara, la mayor, sobre la cual el hombre más ingenioso y elocuente, Quinto Hortensio, dijo muchas cosas con gran gravedad. Por lo cual también se me ha dado un lugar más difícil para hablar, para que, habiendo hablado antes de mí tanto él como un hombre de suma dignidad, diligencia y facultad de hablar, Marco Craso, yo, al final, no desempeñara una parte de la causa, sino que hablara sobre todo el asunto lo que me pareciera. Por tanto, me ocupo casi de las mismas cosas y, en la medida en que puedo, jueces, salgo al paso de vuestra saciedad. Pero, sin embargo, Servio,¿ qué hacha crees que has asestado a tu candidatura cuando llevaste al pueblo romano a tal miedo que temió que Catilina fuera cónsul, mientras tú preparabas la acusación, habiendo dejado y abandonado la candidatura?
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En efecto, te veían investigar, a ti mismo triste, a tus amigos afligidos; observaban las observaciones, las testificaciones, las seducciones de testigos, las retiradas de los suscriptores, cosas por las cuales ciertamente los rostros de los candidatos suelen parecer más oscuros; mientras tanto, a Catilina, ágil y alegre, rodeado por un coro de jóvenes, vallado por delatores y sicarios, inflado tanto con la esperanza de los soldados como con las promesas de mi colega, como él mismo decía, rodeado por el ejército de colonos de Arretium y Faesulae; esta turba la distinguían hombres de un género muy distinto, golpeados por la calamidad de los tiempos de Sila. El rostro del propio Catilina estaba lleno de furor, sus ojos de maldad, su discurso de arrogancia, de tal modo que el consulado le parecía ya asegurado y guardado en casa. Despreciaba a Murena, contaba a Sulpicio como su acusador, no como su competidor; le denunciaba violencia, amenazaba a la república.
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Qué miedo se infundió a todos los hombres de bien por estas cosas y qué desesperación por la república, si aquel hubiera sido elegido, no queráis que os lo recuerde yo; recordadlo vosotros mismos. Pues recordáis cuando se difundieron las voces de aquel nefasto gladiador que se decía que había pronunciado en una asamblea doméstica, cuando negó que se pudiera encontrar un defensor fiel de los miserables a menos que fuera alguien que él mismo fuera miserable; que los heridos y miserables no debían creer en las promesas de los íntegros y afortunados; por lo cual, los que quisieran rellenar lo consumido y recuperar lo arrebatado, miraran qué debía él mismo, qué poseía, qué se atrevía; que no debía ser nada tímido y sí muy calamitoso aquel que fuera a ser el jefe y abanderado de los calamitosos.
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Entonces, pues, al oír estas cosas, recordáis que se hizo un senadoconsulto, a propuesta mía, para que no se celebraran los comicios al día siguiente, para que pudiéramos tratar estos asuntos en el senado. Por tanto, al día siguiente, en un senado numeroso, hice comparecer a Catilina y le ordené que dijera sobre estos asuntos, si quería, lo que me había sido comunicado. Y él, como siempre fue muy abierto, no se purgó, sino que se indicó y se enredó. Pues entonces dijo que había dos cuerpos en la república, uno débil con una cabeza enferma, otro firme sin cabeza; que a este, si se hubiera merecido así de él, no le faltaría cabeza mientras él viviera. El senado, numeroso, gimió, pero no decretó con la severidad necesaria para la indignidad del asunto; pues algunos no eran valientes al decretar porque no temían nada, otros porque temían todo. Salió del senado triunfante de alegría, quien no debería haber salido vivo de allí en absoluto, especialmente cuando ese mismo, pocos días antes, en el mismo orden, había respondido a Catón, hombre fortísimo, que amenazaba y denunciaba un juicio, que si se encendía algún incendio en sus fortunas, él no lo apagaría con agua, sino con ruina.
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Conmovido entonces por estas cosas, y porque sabía que hombres ya conjurados estaban siendo conducidos al campo con espadas por Catilina, bajé al campo con una firme escolta de hombres fortísimos y con aquella amplia y distinguida coraza, no la que me protegiera— pues sabía que Catilina no solía buscar el costado o el vientre, sino la cabeza y el cuello—, sino para que todos los hombres de bien se dieran cuenta y, al ver al cónsul en miedo y peligro, acudieran, como sucedió, a su ayuda y protección. Por tanto, cuando pensaban que tú, Servio, eras más flojo en la búsqueda, y veían a Catilina inflamado de esperanza y deseo, todos los que deseaban alejar esa peste de la república se dirigieron inmediatamente a Murena.
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Es, además, grande en los comicios consulares la repentina inclinación de las voluntades, especialmente cuando se ha volcado hacia un hombre de bien y adornado con muchas otras ayudas de la candidatura. Quien, habiendo buscado diligentemente con un padre y antepasados honestísimos, una adolescencia modestísima, una legación clarísima, una pretura probada en el derecho, grata en el cargo, adornada en la provincia, y habiendo buscado de tal modo que ni cedía ante quien amenazaba ni amenazaba a nadie,¿ es de extrañar que la repentina esperanza de Catilina de obtener el consulado haya sido una gran ayuda para este?
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Ahora me queda aquel tercer lugar del discurso, sobre los crímenes de soborno, purgado ya por los que hablaron antes de mí, y que yo, puesto que Murena así lo quiso, debo retomar; en cuyo lugar responderé a Cayo Postumo, amigo mío, hombre ilustrísimo, sobre las pruebas de los repartidores y sobre el dinero incautado; al joven ingenioso y bueno, Servio Sulpicio, sobre las centurias de los caballeros; a Marco Catón, hombre excelente en toda virtud, sobre su propia acusación, sobre el senadoconsulto, sobre la república.
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Pero antes me quejaré de la fortuna de Lucio Murena por unas pocas cosas que han conmovido repentinamente mi ánimo. Pues, cuando a menudo antes, jueces, tanto por las miserias de otros como por mis propios cuidados y trabajos cotidianos, consideraba afortunados a aquellos hombres que, alejados de los estudios de la ambición, siguieron el ocio y la tranquilidad de la vida, entonces, en estos peligros tan grandes y tan imprevistos de Lucio Murena, me he sentido tan afectado de ánimo que no puedo compadecer suficientemente ni la condición común de todos nosotros ni el desenlace y la fortuna de este. Quien primero, mientras intentó ascender un grado de dignidad de los honores continuos de su familia y antepasados, entró en peligro de perder tanto lo que le fue dejado como lo que él mismo ha ganado, y luego, por el estudio de una nueva alabanza, es llevado incluso al riesgo de su antigua fortuna.
56
Y siendo esto grave, jueces, lo más amargo es que tiene acusadores no que hayan descendido a acusar por odio de enemistades, sino por el estudio de acusar a las enemistades. Pues, por no mencionar a Servio Sulpicio, a quien entiendo que no le movió la injuria a Lucio Murena, sino la contienda por el honor, le acusa un amigo paterno, Cayo Postumo, antiguo, como él mismo dice, vecino y amigo, quien ha presentado muchas causas de amistad, pero no ha podido mencionar ninguna de enemistad. Le acusa Servio Sulpicio, hijo de un compañero, por cuyo ingenio todos los amigos paternos deberían estar más protegidos. Le acusa Marco Catón, quien, además de que nunca fue ajeno a Murena en nada, nació en esta ciudad con la condición de que sus recursos y su ingenio debieran ser protección para muchos incluso extraños, y apenas ruina para algún enemigo.
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Responderé, pues, primero a Postumo, quien no sé cómo me parece un candidato pretorio que se lanza al curso de los cónsules como un saltador a la carrera de cuadrigas. Si sus competidores no cometieron falta alguna, cedió a su dignidad cuando dejó de buscar el cargo; pero si alguno de ellos ha sobornado, es un amigo a quien buscar que persiga la injuria ajena más que la propia. Sobre los crímenes de Postumo, sobre el joven Servio.
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Vengo ahora a Marco Catón, que es el fundamento y la fuerza de toda la acusación; quien, sin embargo, es un acusador tan grave y vehemente que temo mucho más su autoridad que su acusación. En este acusador, jueces, primero suplicaré que la dignidad de Lucio Murena, que la expectativa del tribunado, que el esplendor y la gravedad de toda su vida no le perjudiquen, en fin, que no le dañen a este solo los bienes de Marco Catón que él ha obtenido para poder beneficiar a muchos. Publio Escipión había sido cónsul dos veces y había destruido los dos terrores de este imperio, Cartago y Numancia, cuando acusó a Lucio Cota. Había en él suma elocuencia, suma lealtad, suma integridad, autoridad tanta como en el imperio del pueblo romano, que se mantenía por su obra. A menudo he oído decir a los mayores que esta fuerza y dignidad eximia del acusador benefició mucho a Lucio Cota. Los hombres más sabios que juzgaban aquel asunto no quisieron que nadie cayera en un juicio de tal modo que pareciera abatido por las fuerzas excesivas del adversario.
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¿ Qué?¿ A Servio Galba— pues se ha transmitido a la memoria— no lo arrebató el pueblo romano de tu bisabuelo, hombre fortísimo y florentísimo, Marco Catón, que se inclinaba a su perdición? Siempre en esta ciudad, tanto el pueblo universal como los jueces sabios y que miran mucho hacia el futuro se han opuesto a los poderes excesivamente grandes de los acusadores. No quiero que el acusador traiga al juicio poder, ni alguna fuerza mayor, ni autoridad excelente, ni favor excesivo. Que todas estas cosas valgan para la salvación de los inocentes, para el apoyo de los impotentes, para el auxilio de los calamitosos, pero que en el peligro y en la perdición de los ciudadanos sean rechazadas.
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Pues si alguien dijera por casualidad que Catón no habría descendido a acusar si no hubiera juzgado antes la causa, establecerá una ley injusta y una condición miserable para los peligros de los hombres, si pensara que el juicio del acusador sobre el reo debe valer como algún prejuicio. Yo no puedo vituperar tu decisión, Catón, debido al juicio singular de mi ánimo sobre tu virtud; quizás podría conformar y enmendar ligeramente algunas cosas.' No pecas mucho', dice el maestro mayor al hombre fortísimo,' pero pecas; puedo dirigirte'. Pero yo no a ti; diría con mucha verdad que no pecas en nada y que no eres en nada de tal modo que parezcas alguien que debe ser corregido más que ligeramente inclinado. Pues la propia naturaleza te formó para la honestidad, la gravedad, la templanza, la magnitud de ánimo, la justicia, en fin, para todas las virtudes, un hombre grande y excelso. Se añadió a eso una doctrina no moderada ni suave, sino, como me parece, un poco más áspera y dura de lo que la verdad o la naturaleza permiten.
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Y puesto que no debemos tener este discurso ante una multitud ignorante o en alguna asamblea de gente del campo, discutiré con un poco más de audacia sobre los estudios de humanidad que son conocidos y agradables tanto para mí como para vosotros. En Marco Catón, jueces, sabed que estos bienes que vemos divinos y egregios son propios de él mismo; los que a veces echamos de menos, todos ellos no provienen de la naturaleza, sino del maestro. Pues hubo un hombre de suma inteligencia, Zenón, cuyos rivales de sus inventos son llamados estoicos. Sus sentencias y preceptos son de este tipo: que el sabio nunca se mueve por el favor, nunca perdona la falta de nadie; que nadie es misericordioso a menos que sea estúpido y ligero; que no es propio de un hombre ni ser rogado ni ser aplacado; que solo los sabios, aunque sean los más deformes, son hermosos, si son los más mendigos, ricos, si sirven en esclavitud, reyes; nosotros, en cambio, que no somos sabios, dicen que somos fugitivos, exiliados, enemigos, en fin, locos; que todos los pecados son iguales; que todo delito es un crimen nefasto, y que no delinque menos quien mata a un gallo, cuando no era necesario, que quien estrangula a su padre; que el sabio no opina nada, no se arrepiente de nada, no se equivoca en nada, nunca cambia de opinión.
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Esto, el hombre más ingenioso, Marco Catón, inducido por los maestros más eruditos, lo tomó, y no por causa de discutir, como la gran mayoría, sino para vivir así. Los publicanos piden algo; cuida de que el favor no tenga importancia. Vienen algunos suplicantes miserables y calamitosos; serás un malvado y nefasto si haces algo movido por la misericordia. Alguien confiesa que ha pecado y pide perdón por su falta;' es un crimen nefasto perdonar'.' Pero es una falta leve'.' Todos los pecados son iguales'. Has dicho algo:' está fijado y establecido'. No te has dejado llevar por la realidad, sino por la opinión;' el sabio no opina nada'. Te has equivocado en algo; piensa que se ha dicho mal. De esta disciplina nos vienen aquellas cosas:' dije en el senado que denunciaría el nombre del candidato consular'. Lo dijiste enfadado.' El sabio nunca se enfada', dice.' Pero por causa del tiempo'.' Es propio de un hombre malvado engañar con una mentira; cambiar de opinión es vergonzoso, ser rogado un crimen, compadecerse una infamia'.
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Pero los nuestros— pues confesaré, Catón, que yo también en la adolescencia, desconfiando de mi ingenio, busqué ayudas de la doctrina—, los nuestros, digo, los de Platón y Aristóteles, hombres moderados y templados, dicen que ante el sabio vale a veces el favor; que es propio de un hombre de bien compadecerse; que hay géneros distintos de delitos y penas desiguales; que hay ante un hombre constante lugar para perdonar; que el propio sabio a menudo opina algo que no sabe, se enfada a veces, es rogado y aplacado, y que lo que ha dicho a veces, si es más correcto así, lo cambia, se aparta de su opinión a veces; que todas las virtudes están moderadas por cierta mediocridad.
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Si alguna fortuna te hubiera llevado, Catón, con esa naturaleza tuya, ante estos maestros, no serías un hombre mejor ni más valiente ni más templado ni más justo— pues no puedes serlo—, sino un poco más inclinado a la lenidad. No acusarías, sin ser movido por enemistades, sin ser provocado por injuria, a un hombre honestísimo dotado de suma dignidad y honestidad; pensarías, cuando la fortuna te puso a ti y a Lucio Murena en la custodia del mismo año, que estabas unido a este por algún vínculo de la república; lo que dijiste atrozmente en el senado, o no lo habrías dicho o, si hubieras podido, lo interpretarías en una parte más suave. Y a ti mismo,
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cuanto auguro por opinión, ahora, tanto excitado por cierto ímpetu de ánimo y elevado por la fuerza de la naturaleza y el ingenio, como ardiendo por los recientes estudios de los preceptores, el uso lo doblará, el día lo suavizará, la edad lo mitigará. En efecto, esos mismos maestros tuyos y maestros de virtud me parecen haber prolongado los fines de los deberes un poco más lejos de lo que la naturaleza querría, para que, cuando hubiéramos luchado con el ánimo hasta el extremo, allí, sin embargo, donde debiéramos, nos detuviéramos.' No perdones nada'. Al contrario, algo, no todo.' No hagas nada por causa del favor'. Al contrario, resiste al favor cuando el deber y la lealtad lo pidan.' No te dejes conmover por la misericordia'. Sí, al disolver la severidad; pero, sin embargo, hay alguna alabanza de humanidad.' Permanece en tu opinión'. Sí, a menos que otra opinión mejor venza a la opinión.
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De este modo fue aquel Escipión a quien no le pesaba hacer lo mismo que tú, tener en casa al hombre más erudito, Panecio; con cuyo discurso y preceptos, aunque eran esos mismos que te deleitan, sin embargo, no se hizo más áspero, sino, como recibí de los ancianos, el más suave.¿ Quién, en cambio, fue más amable que Cayo Lelio, quién más agradable por ese mismo estudio tuyo, quién más grave, más sabio? Puedo decir estas mismas cosas sobre Lucio Filo, sobre Cayo Galo, pero ya te llevaré a tu casa.¿ Crees que alguien fue más cómodo, más común, más moderado para todo el sistema de humanidad que Catón, tu bisabuelo? Sobre cuya virtud sobresaliente, al hablar con verdad y gravedad, dijiste que tenías un ejemplo doméstico para imitar. Ese ejemplo te está propuesto en casa, pero, sin embargo, la similitud de su naturaleza pudo llegar más a ti, que has nacido de él, que a cualquiera de nosotros, pero aquel ejemplo me está propuesto para imitar tanto a mí como a ti. Pero si esparces su amabilidad y afabilidad sobre tu gravedad y severidad, esas cosas no serán mejores, que ahora son óptimas, pero ciertamente estarán condimentadas más agradablemente.
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Por tanto, para volver a lo que me propuse, quítame de la causa el nombre de Catón, elimina la violencia, prescinde de la autoridad que en los juicios o no debe valer nada o debe valer para la salvación, y enfréntate conmigo a los cargos mismos.¿ Qué acusas, Catón, qué aportas al juicio, qué argumentas? Acusas de soborno; no lo defiendo. Me reprendes porque defiendo lo mismo que castigué por ley. Castigué el soborno, no la inocencia; pero el soborno mismo lo acusaré incluso contigo, si quieres. Dijiste que, bajo mi presidencia, se hizo un senadoconsulto según el cual, si los candidatos recibían a gente que salía a su encuentro a cambio de dinero, si eran seguidos por personas contratadas, si se daban lugares en los espectáculos de gladiadores al vulgo por tribus y también si se daban banquetes al vulgo, se consideraría hecho contra la ley Calpurnia. Por tanto, el Senado juzga así: que estas cosas se consideran hechas contra la ley, si es que se han hecho; decreta lo que no es necesario, mientras complace a los candidatos. Pues se investiga vehementemente si se hizo o no; pero si se hizo, nadie puede dudar de que es contra la ley.
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Es, pues, ridículo dejar incierto lo que es dudoso y juzgar lo que para nadie puede ser dudoso. Y esto se decreta a petición de todos los candidatos, de modo que, según el senadoconsulto, no se pueda entender a quién interesa ni contra quién es. Por tanto, demuestra que Lucio Licinio Murena cometió esas cosas; entonces yo mismo te concederé que se cometieron contra la ley.' Muchos salieron a su encuentro cuando regresaba de la provincia'. Es costumbre que se haga cuando alguien solicita el consulado;¿ pero a quién no se sale a recibir cuando regresa?'¿ Qué multitud era esa?'. Primero, si no pudiera darte esa razón,¿ qué tiene de sorprendente que muchos hayan salido al encuentro de un hombre tal, un candidato consular, cuando llega? Lo que, si no se hubiera hecho, parecería más sorprendente.
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¿ Qué? Si añado además lo que no es ajeno a la costumbre, que muchos fueron invitados,¿ acaso sería criminal o sorprendente, en una ciudad en la que solemos ir a buscar a los hijos de los hombres más humildes casi de noche desde el extremo de la ciudad, que en ella los hombres no se hayan sentido molestos por acudir a la hora tercera al Campo de Marte, especialmente invitados en nombre de un hombre tal?¿ Qué? Si vinieron todas las corporaciones, de cuyo número muchos son jueces;¿ qué? Si muchos hombres muy honestos de nuestro orden;¿ qué? Si esa nación de candidatos, tan servicial, que no permite que nadie entre en la ciudad sin honores; si, finalmente, nuestro propio acusador, Póstumo, vino con su gran séquito,¿ qué tiene de sorprendente esa multitud? Omito a los clientes, vecinos, miembros de la tribu, todo el ejército de Lúculo que había venido por aquellos días para el triunfo; digo esto: que la concurrencia gratuita en ese deber no solo no ha faltado a la dignidad de nadie, sino ni siquiera a su voluntad. Pero muchos lo seguían. Demuestra que fue por dinero; concederé que es un crimen.
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Una vez eliminado esto,¿ qué reprendes?'¿ Qué necesidad hay', dice,' de seguidores?'.¿ Me preguntas a mí qué necesidad hay de lo que siempre hemos usado? Los hombres humildes tienen un solo medio para con nuestro orden, ya sea para merecer o para devolver un favor: este esfuerzo y acompañamiento en nuestras candidaturas. Pues no es posible ni se nos puede exigir a nosotros o a los caballeros romanos que sigan a sus amigos candidatos durante todo el día; si nuestra casa es frecuentada por ellos, si a veces somos escoltados al foro, si somos honrados con un espacio en la basílica, parecemos ser observados y cultivados diligentemente; esa asiduidad es propia de amigos humildes y desocupados, cuya abundancia no suele faltar a los hombres buenos y benéficos.
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No arrebates, pues, este fruto del deber al género inferior de hombres, Catón; permite que aquellos que esperan todo de nosotros tengan ellos también algo que puedan atribuirnos. Si no hay nada más que su propio sufragio, los humildes, aunque voten, no valen nada por su influencia. Finalmente, ellos mismos, como suelen decir, no pueden hablar por nosotros, no pueden avalar, no pueden invitar a su casa. Y todo esto nos lo piden a nosotros y no creen que pueda ser compensado con otra cosa que no sea su esfuerzo. Por tanto, se opusieron tanto a la ley Fabia, que trata sobre el número de seguidores, como al senadoconsulto que se hizo siendo cónsul Lucio Julio César. Pues no hay pena que pueda excluir la observancia de los humildes de esta antigua institución de deberes.
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Pero se dieron espectáculos por tribus y se invitó al banquete al vulgo. Aunque esto no fue hecho en absoluto por Murena, sino por sus amigos según la costumbre y la medida, sin embargo, advertido por el hecho mismo, recuerdo cuántos puntos nos han restado, Servio, estas quejas presentadas en el Senado. Pues,¿ qué tiempo hubo, en nuestra memoria o en la de nuestros padres, en el que esto, ya sea ambición o liberalidad, no haya sido así, que se diera lugar tanto en el circo como en el foro a amigos y miembros de la tribu? Estos hombres humildes obtenían estas recompensas y beneficios de sus tribus por antigua institución.
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Si un prefecto de ingenieros dio una vez lugar a los miembros de su tribu,¿ qué decidirán sobre los hombres principales que compraron tabernas enteras en el circo por causa de los miembros de su tribu? Todos estos cargos de seguidores, espectáculos y banquetes han sido lanzados por la multitud hacia tu excesiva diligencia, Servio, en los cuales, sin embargo, Murena es defendido por la autoridad del Senado.¿ Qué pues?¿ Acaso el Senado considera un crimen salir al encuentro? No, sino hacerlo por dinero. Pruébalo.¿ Acaso ser seguido por muchos? No, sino por contratados. Demuéstralo.¿ Acaso dar lugar para ver o invitar a un banquete? De ninguna manera, sino al vulgo, indiscriminadamente.¿ Qué es al vulgo? A todos. Por tanto, si Lucio Licinio Natta, un joven de altísima alcurnia, de quien vemos qué ánimo tiene ya y qué clase de hombre será, quiso estar en las centurias de los caballeros y ser influyente tanto para este deber de parentesco como para el tiempo futuro, eso no será un perjuicio o crimen para su padrastro, ni, si una virgen vestal, pariente y allegada suya, le cedió su lugar en los juegos de gladiadores, no solo ella actuó piadosamente, sino que él está libre de culpa. Todas estas son obligaciones de allegados, beneficios de los humildes, deberes de los candidatos.
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Pero Catón actúa conmigo de manera austera y estoica; niega que sea correcto atraer la benevolencia con comida, niega que el juicio de los hombres deba ser corrompido por placeres al encomendar magistraturas. Por tanto, si alguien invita a cenar por causa de la candidatura,¿ debe ser condenado?' Ciertamente', dice,'¿ tú me pides el mando supremo, tú la máxima autoridad, tú el timón de la república fomentando los sentidos de los hombres, suavizando los ánimos y empleando placeres?¿ Buscabas', dice,' un lenocinio de un grupo de juventud delicada, o el imperio del mundo del pueblo romano?'. Discurso horrible; pero el uso, la vida, las costumbres, la ciudad misma lo rechazan. Sin embargo, ni los lacedemonios, autores de esa vida y discurso, que se recuestan sobre madera en sus banquetes cotidianos, ni tampoco los cretenses, de los cuales nadie ha probado bocado jamás recostado, han conservado sus repúblicas mejor que los hombres romanos, que distribuyen los tiempos de placer y trabajo; de los cuales unos fueron destruidos por una sola llegada de nuestro ejército, y otros conservan su disciplina y leyes bajo la protección de nuestro imperio.
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Por tanto, no reprendas, Catón, con un discurso demasiado severo las instituciones de nuestros antepasados, que la realidad misma y la longevidad del imperio aprueban. Hubo un hombre erudito, honesto y noble entre nuestros padres, de la misma escuela: Quinto Tuberón. Este, cuando Quinto Máximo daba un banquete al pueblo romano en nombre de Publio Africano, su tío, fue invitado por Máximo para que preparara el triclinio, siendo Tuberón hijo de la hermana del mismo Africano. Y aquel, hombre eruditísimo y estoico, cubrió los lechos púnicos con pieles de cabrito y expuso vasijas de Samos, como si en verdad hubiera muerto Diógenes el Cínico y no se estuviera honrando la muerte del divino Africano; a quien, cuando Máximo lo elogiaba en su último día, dio gracias a los dioses inmortales porque aquel hombre hubiera nacido precisamente en esta república; pues era necesario que el imperio del mundo estuviera allí donde él estuviera. Al celebrar la muerte de este, el pueblo romano tomó a mal esta perversa sabiduría de Tuberón,
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y así, un hombre íntegro, un ciudadano excelente, siendo nieto de Lucio Paulo y, como dije, hijo de la hermana de Publio Africano, fue rechazado de la pretura por estas pieles de cabrito. El pueblo romano odia el lujo privado, ama la magnificencia pública; no ama los banquetes profusos, pero mucho menos la sordidez y la inhumanidad; distingue la razón de los deberes y los tiempos, la alternancia del trabajo y el placer. Pues lo que dices, que las mentes de los hombres no deben ser atraídas para encomendar una magistratura sino por la dignidad, esto mismo no lo observas tú, en quien reside la máxima dignidad.¿ Por qué, pues, pides a alguien que te apoye, que te ayude? Me pides que te presida, que me encomiende a ti.¿ Qué, finalmente?¿ Es necesario que yo sea pedido por ti, o más bien tú por mí para que yo trabaje y asuma el peligro por tu salvación?
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¿ Qué hay de que tienes un nomenclador? En eso ciertamente engañas y decepcionas. Pues, si es honesto ser llamado por tu nombre por tus ciudadanos, es vergonzoso que sean más conocidos por tu esclavo que por ti. Pero si ya los conoces,¿ acaso deben ser llamados por un monitor cuando solicitas, como si estuvieras inseguro?¿ Qué hay de que, cuando eres advertido, saludas como si tú mismo los conocieras?¿ Qué, después de que eres designado, saludas mucho más negligentemente? Si diriges todas estas cosas a la razón de la ciudad, son correctas; pero si quieres pesarlas según los preceptos de la disciplina, podrían resultar muy depravadas. Por tanto, ni deben ser arrebatados al pueblo romano esos frutos de los juegos, gladiadores y banquetes, que todos nuestros antepasados prepararon, ni debe ser quitada a los candidatos esa benignidad que significa más liberalidad que largueza.
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Pero la república te llevó a acusar. Creo, Catón, que viniste con ese ánimo y esa opinión; pero te equivocas por imprudencia. Lo que yo hago, jueces, lo hago por la amistad y la dignidad de Lucio Licinio Murena, y proclamo y doy testimonio de que lo hago por la paz, el ocio, la concordia, la libertad, la salvación y, finalmente, por la vida de todos nosotros.¡ Escuchad, escuchad al cónsul, jueces, no diré nada más arrogante, solo diré que piensa día y noche en la república! Lucio Sergio Catilina no despreció ni menospreció la república hasta el punto de pensar que con esa tropa que sacó consigo oprimiría a esta ciudad. El contagio de ese crimen se extiende más lejos de lo que cualquiera piensa, afecta a más personas. Dentro, dentro, digo, está el caballo de Troya; por el cual, siendo yo cónsul, nunca seréis oprimidos mientras dormís.
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Me preguntas si temo a Catilina. Nada, y me he ocupado de que nadie tema, pero digo que las tropas de aquel que veo aquí deben ser temidas; y no es tan temible ahora el ejército de Lucio Sergio Catilina como aquellos que se dice que han desertado de ese ejército. Pues no han desertado, sino que, dejados por él en acecho y emboscadas, han permanecido sobre nuestra cabeza y cuello. Estos quieren que tanto un cónsul íntegro como un buen comandante, unido por naturaleza y fortuna a la salvación de la república, sea derribado de la defensa de la ciudad y apartado de la custodia del Estado por vuestras sentencias. Su espada y audacia las rechacé en el campo, las debilité en el foro, las reprimí incluso en mi casa a menudo, jueces; si a estos les entregáis el otro cónsul, habrán conseguido mucho más con vuestras sentencias que con sus espadas. Es de gran importancia, jueces, lo que hice y logré a pesar de la oposición de muchos, que el primero de enero haya dos cónsules en la república.
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No penséis que usan planes mediocres o caminos habituales. No se busca una ley malvada, no una largueza perniciosa, no algún mal de la república jamás oído. Se han iniciado en esta ciudad planes, jueces, de destruir la ciudad, de asesinar a los ciudadanos, de extinguir el nombre romano. Y esto, ciudadanos, ciudadanos, digo, si es lícito llamarlos con este nombre, piensan y han pensado sobre su patria. Yo me enfrento diariamente a los planes de estos, debilito su audacia, resisto al crimen. Pero os advierto, jueces. Mi consulado está ya al final; no me sustraigáis al vicario de mi diligencia, no me quitéis a aquel a quien deseo entregar la república indemne para ser defendida de estos peligros tan grandes.
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Y ante estos males, jueces,¿ no veis qué otra cosa se añade? A ti, a ti apelo, Catón;¿ acaso no prevés la tempestad de tu año? Pues ya en la asamblea de ayer tronó la voz perniciosa del tribuno designado, tu colega; contra quien mucho ha previsto tu mente, mucho han previsto todos los hombres buenos que te llamaron a la candidatura del tribunado. Todo lo que se ha agitado durante este trienio, desde el tiempo en que sabéis que se inició el plan de asesinar al Senado por Lucio Sergio Catilina y Cneo Pisón, estalla en estos días, en estos meses, en este tiempo.
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¿ Qué lugar hay, jueces, qué tiempo, qué día, qué noche en la que yo no sea arrebatado y escape de las emboscadas y espadas de estos no solo por mi consejo, sino mucho más por el consejo divino? Y estos no quieren que yo sea asesinado en mi nombre, sino que el cónsul vigilante sea apartado de la defensa de la república. Y no menos querrían, Catón, quitarte también a ti de alguna manera, si pudieran; lo cual, créeme, hacen y traman. Ven cuánto ánimo hay en ti, cuánto ingenio, cuánta autoridad, cuánta defensa de la república; pero, cuando vean el poder tribunicio despojado de la autoridad y ayuda consular, entonces piensan que te oprimirán más fácilmente, desarmado y debilitado. Pues no temen que no se sustituya al cónsul. Ven que estará en poder de tus colegas; esperan que se les pueda exponer a Décimo Silano, hombre ilustre, sin colega, a ti sin cónsul, a la república sin defensa.
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En estos asuntos tan grandes y en estos peligros tan grandes es tu deber, Marco Catón, que me pareces haber nacido no para ti, sino para la patria, ver qué se hace, retener a un ayudante, defensor, socio en la república, un cónsul no codicioso, un cónsul, lo que este tiempo exige más, constituido por la fortuna para abrazar el ocio, por la ciencia para llevar la guerra, por el ánimo y la experiencia para sostener el negocio que quieras. Aunque todo el poder de este asunto reside en vosotros, jueces; vosotros tenéis toda la república en esta causa, vosotros la gobernáis. Si Lucio Sergio Catilina, con su consejo de hombres malvados que sacó consigo, pudiera juzgar sobre este asunto, condenaría a Lucio Licinio Murena, si pudiera asesinarlo, lo mataría. Pues los planes de aquel buscan que la república sea privada de ayuda, que se disminuya la abundancia de comandantes contra su furor, que se dé mayor facultad a los tribunos de la plebe, una vez alejado el adversario, para incitar a la sedición y la discordia.¿ Juzgarán, pues, los mismos hombres elegidos de los órdenes más amplios, los más honestos y sabios, lo que aquel gladiador más importuno, enemigo de la república, juzgaría?
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Creedme, jueces, en esta causa no solo dictaréis sentencia sobre Lucio Licinio Murena, sino también sobre vuestra propia salvación. Hemos llegado al extremo peligro; ya no hay nada de donde podamos recuperarnos o donde resistir si hemos caído. No solo no deben disminuirse las ayudas que tenemos, sino que deben compararse otras nuevas, si es posible. Pues el enemigo no está junto al Anio, lo cual pareció gravísimo en la guerra púnica, sino en la ciudad, en el foro—¡ dioses inmortales! esto no puede decirse sin gemido—, no falta incluso en ese santuario de la república, en la misma curia, digo, no falta un enemigo.¡ Que los dioses hagan que mi colega, hombre fortísimo, reprima armado este nefando latrocinio de Catilina! Yo, vestido con la toga, con vosotros y todos los hombres buenos como ayudantes, disiparé y reprimiré con mi consejo este peligro que la república, una vez concebido, está dando a luz.
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Pero,¿ qué sucederá finalmente si estas cosas, escapadas de nuestras manos, redundan en el año que sigue? Habrá un solo cónsul, y este ocupado no en administrar la guerra, sino en sustituir al colega. A este, los que van a impedir... esa peste inmensa e importuna de Catilina irrumpirá, con la cual amenaza; volará de repente a los campos suburbanos; el furor se moverá en la ciudad, el miedo en la curia, la conjuración en el foro, el ejército en el campo, la devastación en los campos; pero en todo lugar y sede temeremos el hierro y la llama. Todas estas cosas que se preparan desde hace mucho tiempo, si la república está adornada con sus defensas, serán reprimidas fácilmente tanto por los consejos de los magistrados como por la diligencia de los particulares.
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Siendo esto así, jueces, primero por causa de la república, que para nadie debe ser más importante que ninguna otra cosa, os advierto por mi suma diligencia en la república, conocida por vosotros, os exhorto por la autoridad consular, os conjuro por la magnitud del peligro, a que consultéis por el ocio, por la paz, por la salvación, por la vida vuestra y de los demás ciudadanos; después, yo mismo, movido por el deber de defensor y amigo, ruego y suplico, jueces, que no abruméis con una nueva lamentación la reciente felicitación de un hombre miserable y consumido tanto por enfermedad corporal como por dolor de ánimo, Lucio Licinio Murena. Hace poco, adornado con el máximo beneficio del pueblo romano, parecía afortunado, porque había traído el consulado por primera vez a una familia antigua, por primera vez a un municipio antiquísimo; ahora el mismo, en la miseria y la sordidez, consumido por la enfermedad, perdido en lágrimas y tristeza, es vuestro suplicante, jueces, invoca vuestra fe, implora vuestra misericordia, contempla vuestro poder y vuestros recursos.
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No queráis,¡ por los dioses inmortales!, jueces, privarlo con este asunto, con el que pensó que sería más honesto, de los honores obtenidos antes y de toda dignidad y fortuna. Y así os ruega y suplica Lucio Licinio Murena, jueces, si no ha dañado injustamente a nadie, si no ha violado los oídos o la voluntad de nadie, si para nadie, por decir lo menos, fue motivo de odio ni en casa ni en la milicia, que haya entre vosotros lugar para la modestia, que haya refugio para los hombres humildes, que haya ayuda para el pudor. La desposesión del consulado debe tener una gran misericordia, jueces; pues con el consulado se arrebata todo; el consulado mismo, en estos tiempos, no puede tener ninguna envidia; pues se opone solo a las asambleas de los sediciosos, a las emboscadas de los conjurados, a las armas de Catilina, finalmente a todo peligro y a toda injusticia.
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Por tanto, no veo qué deba ser envidiado a Murena o a cualquiera de nosotros en este ilustre consulado, jueces; pero lo que es digno de lástima, eso está ante mis ojos y vosotros podéis verlo y percibirlo. Si,¡ que Júpiter aparte el augurio!, lo habéis afligido con vuestras sentencias,¿ a dónde se volverá el miserable?¿ A casa?¿ Para ver esa imagen del hombre ilustrísimo, su padre, que hace pocos días vio laureada en su felicitación, la misma deformada por la ignominia y llorando?¿ O a su madre, que miserable, habiendo besado hace poco a su hijo cónsul, ahora se atormenta y está preocupada por si verá al mismo poco después despojado de toda dignidad?
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Pero,¿ por qué apelo a su madre o a su casa, a quien la nueva pena de la ley priva de casa, de padre y de la costumbre y vista de todos los suyos?¿ Irá, pues, al exilio el miserable?¿ A dónde?¿ A las partes de Oriente en las que fue legado durante muchos años, dirigió ejércitos, realizó grandes asuntos? Pero tiene un gran dolor, de donde has salido con honor, volver con ignominia.¿ O se esconderá en la parte contraria de la tierra, para que la Galia Transalpina, que hace poco lo vio con el máximo mando muy gustosamente, lo vea a él mismo llorando, sufriendo, exiliado? Además, en esa provincia,¿ con qué ánimo mirará a Cayo Murena, su hermano?¿ Cuál será el dolor de este, cuál el sufrimiento de aquel, cuál la lamentación de ambos, qué perturbación de fortuna y discurso, cuando, en los lugares donde hace pocos días mensajes y cartas habían celebrado que Murena había sido hecho cónsul y de donde huéspedes y amigos concurrían a Roma para felicitarlo, de repente aparezca él mismo como el mensajero de su propia calamidad!
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Si estas cosas son amargas, si miserables, si luctuosas, si ajenas a vuestra mansedumbre y misericordia, jueces, conservad el beneficio del pueblo romano, devolved el cónsul a la república, dad esto al pudor de él mismo, dadlo al padre muerto, dadlo al linaje y a la familia, dadlo también a Lanuvio, municipio honestísimo, que habéis visto frecuente y triste en toda esta causa. No queráis arrancar de los ritos patrios de Juno Sospita, a quien es necesario que todos los cónsules sacrifiquen, al cónsul doméstico y suyo. A quien yo os recomiendo, si la recomendación tiene algún momento o mi confirmación alguna autoridad, cónsul a cónsul, jueces, de tal manera que prometo y avalo que será muy deseoso del ocio, muy estudioso de los hombres buenos, muy acerbo contra la sedición, muy fuerte en la guerra, muy enemigo de esta conjuración que ahora debilita la república.