Pro M. Caelio
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Original / primary: Spanish Gemini
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Si alguien, jueces, estuviera presente por casualidad ahora, ignorante de nuestras leyes, juicios y costumbres, se asombraría sin duda de que sea tan grande la atrocidad de esta causa, que en días festivos y juegos públicos, habiéndose interrumpido todos los negocios forenses, se celebre solo este juicio, y no dudaría de que se acusa a un reo de un crimen tan grande que, de ser descuidado, la ciudad no podría sostenerse. Pero cuando oiga que existe una ley que ordena juzgar diariamente a los ciudadanos sediciosos y malvados que hayan sitiado el senado armados, que hayan ejercido violencia contra los magistrados, que hayan atacado a la república: no desaprobaría la ley, pero buscaría el crimen que se ventila en el juicio; cuando oiga que ningún crimen, ninguna audacia, ninguna violencia es llamada a juicio, sino que un joven de ilustre ingenio, laboriosidad y prestigio es acusado por el hijo de aquel a quien él mismo llama y ha llamado a juicio, y que es atacado por recursos de cortesana: no reprocharía la piedad de Atratino mismo, pensaría que la lascivia femenina debe ser reprimida, y los consideraría a ustedes trabajadores, a quienes, estando ociosos, ni siquiera en el ocio común se les permite estarlo.
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Pues si quisieran atender diligentemente y juzgar verdaderamente sobre toda esta causa, determinarán así, jueces, que nadie habría descendido a esta acusación si le fuera lícito elegir, y que, una vez descendido, no habría tenido esperanza alguna, a menos que se apoyara en la intolerable lascivia y en el odio demasiado amargo de alguien. Pero yo perdono a Atratino, joven humanísimo y excelente, mi allegado, quien tiene la excusa de la piedad, de la necesidad o de la edad. Si quiso acusar, lo atribuyo a la piedad; si fue obligado, a la necesidad; si esperó algo, a la puerilidad. A los demás no solo no hay que perdonarles nada, sino que hay que resistirles con firmeza.
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Y a mí, ciertamente, me parece, jueces, que este inicio de la defensa de la juventud de M. Marco Celio conviene sobremanera, para responder primero a lo que los acusadores han dicho con el fin de deformar la causa de este y de quitarle y despojarle de su dignidad. Se ha objetado al padre de diversas maneras, diciendo que él mismo era poco espléndido o que fue tratado con poca piedad por su hijo. Sobre la dignidad de M. Marco Celio, incluso sin mi discurso, él mismo responde tácitamente ante los conocidos y los de mayor edad; pero aquellos a quienes, por su vejez, no les es igualmente conocido porque hace tiempo que se relaciona menos en el foro y con nosotros, que tengan esto por cierto: que cualquier dignidad que pueda haber en un caballero romano, que ciertamente puede ser la máxima, esa ha sido siempre tenida en M. Marco Celio como suma y hoy día es tenida no solo por los suyos, sino también por todos aquellos a quienes ha podido ser conocido por alguna razón.
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Por otra parte, que sea hijo de un caballero romano no debió ser puesto como motivo de crimen por los acusadores, ni por ustedes que juzgan, ni por nosotros que defendemos. Pues lo que dijeron sobre la piedad, esa es, ciertamente, nuestra estimación, pero el juicio es sin duda del padre. Qué opinamos nosotros lo oirán de los jurados; qué sienten los padres, lo declaran las lágrimas de la madre y su increíble dolor, la desolación del padre y esta tristeza presente que ven y su luto.
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Pues en cuanto a lo que se objetó de que el joven no era apreciado por sus conciudadanos, a nadie, jueces, han tenido los prestutianos mayores honores estando presente que a M. Marco Celio estando ausente; a quien, incluso ausente, cooptaron en el orden más amplio y le otorgaron, sin que él lo pidiera, lo que negaron a muchos que lo pedían. Y ellos mismos han enviado ahora a hombres selectísimos, tanto de nuestro orden como caballeros romanos, con una embajada a este juicio y con un elogio gravísimo y ornamentadísimo. Me parece haber echado los fundamentos de mi defensa, que son firmísimos si se apoyan en el juicio de los suyos. Pues no podría estar suficientemente recomendada a ustedes la edad de este, si no solo desagradara a su padre, tal hombre, sino también a un municipio tan ilustre y tan grave. Por mi parte,
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para volver a mí, desde estas fuentes he fluido hacia la fama de los hombres, y este trabajo mío forense y mi modo de vida han derivado hacia la estimación de los hombres un poco más ampliamente por la recomendación y el juicio de los míos. Pues lo que se ha objetado sobre su pudor y lo que ha sido celebrado por todos los acusadores no con crímenes, sino con voces y maldiciones, eso nunca lo llevará M. Marco Celio tan amargamente como para arrepentirse de no haber nacido deforme. Pues esas maldiciones son comunes para todos aquellos cuya forma y aspecto en la juventud fue liberal. Pero una cosa es maldecir, otra acusar. La acusación desea un crimen, para definir el asunto, para señalar al hombre, probarlo con argumentos, confirmarlo con testigos; la maldición, en cambio, no tiene otro propósito que la injuria; la cual, si se lanza con petulancia, se llama ultraje; si con más ingenio, urbanidad.
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Esta parte de la acusación, ciertamente, me ha admirado y me ha molestado que fuera dada preferentemente a Atratino. Pues ni convenía, ni aquella edad lo exigía, ni, como podían observar, el pudor del excelente joven permitía que él se ocupara en tal discurso. Hubiera querido que alguno de ustedes, más robustos, hubiera asumido este lugar de maldecir; habríamos refutado con bastante más libertad, fuerza y según nuestra costumbre esa licencia de maldecir. Contigo, Atratino, trataré más suavemente, porque tanto tu pudor modera mi discurso como debo proteger mi beneficio hacia ti y hacia tu padre. Sin embargo, quiero que estés advertido de esto,
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primero, que todos piensen que eres tal como eres, para que cuanto más lejos estás de la torpeza de las cosas, tanto más te apartes de la libertad de las palabras; después, que no digas de otro aquellas cosas que, cuando te sean falsamente respondidas, te sonrojarías. Pues,¿ quién es aquel a quien no se le abre ese camino, quién es aquel que no pueda maldecir a esta edad y a esta dignidad tan petulantemente como quiera, incluso si es sin sospecha alguna, pero no sin argumento? Pero la culpa de esas partes es de aquellos que quisieron que tú actuaras; la alabanza es de tu pudor, porque veíamos que decías eso a tu pesar, y de tu ingenio, porque lo dijiste con ornato y cortesía.
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Pero para todo ese discurso la defensa es breve. Pues mientras la edad de M. Marco Celio pudo dar lugar a esa sospecha, estuvo protegida primero por su propio pudor, después también por la diligencia y disciplina de su padre. Quien, cuando le dio la toga viril— no diré nada en este lugar sobre mí; que sea tanto como ustedes estiman; diré esto, que este fue conducido por su padre continuamente a mí—, nadie vio a este M. Marco Celio en aquella flor de la edad si no era con su padre, o conmigo, o en la castísima casa de M. Marco Craso, mientras se educaba en las artes más honestas.
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Pues en cuanto a que la familiaridad de Catilina fue objetada a Celio, debe estar lejos de esa sospecha. Pues saben que siendo este joven, Catilina buscó el consulado conmigo. Si alguna vez se acercó a él o si se apartó de mí— aunque muchos buenos jóvenes apoyaron a aquel hombre vil y malvado—, entonces que se estime que Celio fue demasiado familiar de Catilina. Pero sabemos y vimos que después estuvo incluso entre sus amigos.¿ Quién lo niega? Pero yo defiendo en este lugar aquel tiempo de la edad que es por sí mismo débil y, por la lascivia de otros, peligroso. Fue asiduo conmigo cuando yo era pretor; no conocía a Catilina; aquel pretor obtenía entonces África. Siguió entonces el año en que Catilina dijo su causa sobre las pecunias repetundas. Este estaba conmigo; ni siquiera vino como abogado de aquel. A continuación fue el año en que yo busqué el consulado; Catilina lo buscaba conmigo. Nunca se acercó a él, nunca se apartó de mí.
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Tantos años, pues, habiéndose relacionado en el foro sin sospecha, sin infamia, apoyó a Catilina que buscaba por segunda vez.¿ Hasta qué límite, pues, crees que debió ser custodiada aquella edad? Para nosotros, antaño, un año estaba constituido para contener el brazo con la toga, y para que usáramos túnicas en el ejercicio y juego campestre, y la misma era, si habíamos comenzado a ganar estipendios inmediatamente, la razón castrense y militar. En cuya edad, a menos que alguien se defendiera a sí mismo por su propia gravedad y castidad y tanto por la disciplina doméstica como también por un cierto bien natural, de cualquier modo que hubiera sido custodiado por los suyos, sin embargo, no podía escapar a la verdadera infamia. Pero quien hubiera mantenido aquellos primeros inicios de la edad íntegros e inviolados, sobre su fama y pudor, cuando ya se hubiera fortalecido y fuera un hombre entre hombres, nadie hablaba.
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Pero apoyó a Catilina, cuando ya Celio estaba desde hacía algunos años en el foro. Y muchos hicieron lo mismo de todo orden y de toda edad. Pues aquel tenía, como creo que recuerdan, muchísimas señales no expresadas, sino esbozadas, de las máximas virtudes. Se relacionaba con muchos hombres malvados; y, ciertamente, simulaba estar dedicado a los mejores hombres. Había en él muchos incentivos de lascivia; había también ciertos estímulos de laboriosidad y trabajo. Ardían los vicios de la lascivia en él; florecían también los estudios de la cosa militar. Y yo no creo que haya habido nunca en la tierra tal monstruo, tan forjado de estudios y deseos de la naturaleza tan contrarios, diversos y que luchan entre sí.
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¿ Quién fue en cierto tiempo más agradable a los hombres más ilustres, quién más unido a los más viles?¿ Quién fue alguna vez ciudadano de mejores partidos, quién enemigo más detestable para esta ciudad?¿ Quién más contaminado en los placeres, quién más paciente en los trabajos?¿ Quién más avaro en la rapacidad, quién más pródigo en la largueza? Aquellas cosas, ciertamente, jueces, fueron admirables en aquel hombre: captar a muchos con la amistad, protegerlos con obsequio, compartir con todos lo que tenía, servir a los tiempos de todos los suyos con dinero, prestigio, trabajo del cuerpo, incluso con crimen, si fuera necesario, y audacia, girar su naturaleza y dirigirla según el tiempo y torcerla y doblarla hacia aquí y hacia allá, vivir severamente con los tristes, alegremente con los relajados, gravemente con los ancianos, amablemente con la juventud, audazmente con los criminales, lujuriosamente con los lascivos.
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Con esta naturaleza tan variada y múltiple, cuando él había reunido a hombres malvados y audaces de todas las tierras, también retenía a muchos hombres fuertes y buenos con una cierta apariencia de virtud simulada. Y nunca habría surgido de él un ímpetu tan malvado de destruir este imperio, si tanta inmensidad de tantos vicios no se apoyara en ciertas raíces de facilidad y paciencia. Por lo cual, que esa condición sea rechazada, jueces, y que el crimen de la familiaridad con Catilina no se adhiera. Pues es común con muchos y con algunos buenos. A mí mismo, a mí, digo, casi me engañó una vez, cuando me parecía un buen ciudadano y deseoso de cada uno de los mejores y un amigo firme y fiel; cuyos crímenes descubrí con los ojos antes que con la opinión, con las manos antes que con la sospecha. Si en sus grandes grupos de amigos estuvo también Celio, es más para que él mismo se moleste de haberse equivocado, así como a veces yo también me arrepiento de mi error en el mismo hombre, que para que tema el crimen de esa amistad.
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Por tanto, su discurso ha caído desde las maldiciones de la impudicia hasta la envidia de la conjuración. Pues han expuesto, y eso sin embargo vacilante y superficialmente, que este fue partícipe de la conjuración por su amistad con Catilina; en lo cual no solo el crimen no se adhería, sino que apenas se adhería el discurso del elocuente joven. Pues,¿ qué furor tan grande en Celio, qué herida tan grande en sus costumbres y naturaleza o en su situación y fortuna?¿ Dónde, finalmente, se ha oído el nombre de Celio en esa sospecha? Hablo demasiado sobre un asunto poco dudoso; sin embargo, digo esto: no solo si hubiera sido socio de la conjuración, sino si no hubiera sido el mayor enemigo de ese crimen, nunca habría querido recomendar su juventud preferentemente con la acusación de la conjuración.
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Lo cual no sé si debo responder de manera similar sobre el soborno y sobre los crímenes de esos compañeros y secuestradores, ya que he caído en esto. Pues nunca Celio habría sido tan insensato como para que, si se hubiera manchado con ese infinito soborno, acusara a otro de soborno, ni buscara en otro la sospecha de aquel hecho cuya perpetua licencia desearía para sí mismo, ni, si pensara que debía sufrir una vez el peligro del soborno, acusaría él mismo a otro por segunda vez del crimen de soborno. Lo cual, aunque lo hace sin sabiduría y a mi pesar, sin embargo, es de tal índole su deseo que parece más bien atacar la inocencia de otro que pensar tímidamente sobre sí mismo.
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Pues en cuanto a que se ha objetado la deuda, se han reprochado los gastos, se han exigido las cuentas, vean cuán poco respondo. Quien está bajo la potestad del padre no confecciona cuentas. Nunca hizo préstamo alguno en absoluto. Se ha objetado un gasto de un solo género, el de la habitación; dijeron que habita por treinta mil. Ahora finalmente entiendo que la ínsula de P. Clodio está en venta, en cuyas pequeñas habitaciones habita este por diez, según creo, mil. Ustedes, en cambio, mientras quieren complacer a aquel, han acomodado su mentira al tiempo de él.
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Han reprochado que se haya mudado de casa de su padre. Lo cual, ciertamente, a esta edad no debe ser reprochado en absoluto. Quien, habiendo conseguido una victoria, para mí molesta pero para él gloriosa, por una causa pública y pudiendo buscar magistraturas por su edad, no solo con el permiso de su padre sino incluso con su consejo, se mudó de allí y, como la casa del padre estaba lejos del foro y para poder visitar más fácilmente nuestras casas y ser él mismo honrado por los suyos, alquiló una casa no grande en el Palatino. En cuyo lugar puedo decir lo que el clarísimo varón, M. Marco Craso, dijo hace poco cuando se quejaba de la llegada del rey Ptolomeo: Ojalá no en el bosque Pelio... y más lejos me sería lícito tejer este poema: pues nunca la errante Medea, con el ánimo enfermo, herida por un amor salvaje, nos exhibiría esta molestia. Así, pues, jueces, encontrarán lo que, cuando llegue a ese lugar, mostraré: que esta migración palatina ha sido para este joven la causa, ya sea de todos sus males o, más bien, de los rumores.
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Por lo cual, aquellas cosas que entendía que ya se estaban preparando y fingiendo desde el discurso de los acusadores, confiado en su prudencia, jueces, no las temo. Pues decían que habría un testigo senador que diría que fue golpeado por Celio en los comicios pontificios. A quien preguntaré, si comparece, primero por qué no hizo nada inmediatamente, después, si prefirió quejarse de ello antes que actuar, por qué producido por ustedes antes que por sí mismo, por qué prefirió quejarse tanto tiempo después antes que continuamente. Si me responde a esto aguda y sutilmente, entonces preguntaré finalmente de qué fuente emana ese senador. Pues si él mismo surge y nace de sí mismo, tal vez, como suelo, me conmoveré; pero si es un arroyo buscado y conducido por la misma cabeza de su acusación, me alegraré, cuando su acusación se apoye en tanto prestigio y tantos recursos, de que se haya encontrado un solo senador que quisiera complacerlos. Sobre el testigo Fufio.
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Ni, sin embargo, temo ese otro género de testigos nocturnos. Pues ha sido dicho por ellos que habrá quienes digan que sus esposas, regresando de una cena, fueron manoseadas por Celio. Serán hombres graves los que se atreverán a decir esto bajo juramento, cuando deben confesar que nunca, ni siquiera con un encuentro y una cita, comenzaron a experimentar sobre tan grandes injurias. Pero todo el género de este ataque, jueces, ya lo prevén con sus ánimos y, cuando sea inferido, deberán repelerlo. Pues M. Marco Celio no es acusado por los mismos por quienes es atacado; abiertamente se lanzan dardos contra él, secretamente se suministran.
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Y yo no digo eso para que sea odioso para aquellos para quienes esto debería ser incluso glorioso. Cumplen con su deber, defienden a los suyos, hacen lo que los hombres más fuertes suelen hacer; heridos se duelen, irritados se enfurecen, luchan provocados. Pero es de su sabiduría, jueces, no, si la causa es justa para hombres fuertes atacar a M. Marco Celio, que por ello piensen ustedes también que hay causa justa para atender al dolor ajeno antes que a su propia fe. Ya ven qué multitud hay en el foro, qué géneros, qué estudios, qué variedad de hombres. De esta abundancia,¿ cuántos creen que hay que, cuando creen que hombres poderosos, prestigiosos y elocuentes quieren algo, suelen ofrecerse voluntariamente, prestar ayuda, prometer testimonio?
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Si de este género algunos se lanzaran por casualidad a este juicio, excluyan su deseo, jueces, con su sabiduría, para que al mismo tiempo parezca que han provisto a la salvación de este, a su religión y, contra las peligrosas potencias de los hombres, a la condición de todos los ciudadanos. Por mi parte, los apartaré de los testigos y no permitiré que la verdad de este juicio, que no puede ser cambiada de ninguna manera, se coloque en la voluntad de los testigos, la cual puede ser fingida muy fácilmente, y sin ningún esfuerzo ser doblada y distorsionada. Actuaremos con argumentos, refutaremos los crímenes con señales más claras que toda luz; el asunto luchará con el asunto, la causa con la causa, la razón con la razón.
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Por tanto, permito fácilmente que aquella parte de la causa sobre las sediciones napolitanas, sobre la agresión de los alejandrinos en Puteoli, sobre los bienes de Palla, haya sido perorada grave y ornamentadamente por M. Marco Craso. Hubiera querido que se hubiera dicho por el mismo también sobre Dión. Sobre el cual, sin embargo,¿ qué es lo que esperan? Que aquel que lo hizo o no teme o incluso lo confiesa; pues es rey; quien, en cambio, se dijo que fue ayudador y cómplice, P. Asicio, fue liberado por juicio.¿ Qué es, pues, un crimen de tal índole que quien lo cometió no lo niega, quien lo negó fue absuelto, para que lo tema aquí quien estuvo lejos no solo del hecho, sino incluso de la sospecha de complicidad? Y, si a Asicio la causa le aprovechó más de lo que le dañó la envidia,¿ le perjudicará a este tu maldición, quien no ha sido salpicado ni siquiera por la infamia de ese hecho?
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Pero Asicio fue liberado por prevaricación. Es muy fácil responder a ese lugar, especialmente para mí, por quien esa causa fue defendida. Pero Celio considera que la causa de Asicio es excelente; de cualquier modo que sea, piensa que está separada de la suya. Y no solo Celio, sino también los jóvenes humanísimos y doctísimos, dotados de los estudios más rectos y las mejores artes, Tito y Cayo Coponio, quienes de todos fueron los que más se dolieron de la muerte de Dión, quienes estaban unidos tanto por el estudio de la doctrina y la humanidad como también por la hospitalidad de Dión. Dión habitaba con Tito, como oyeron, le era conocido en Alejandría. Qué piensen tanto este como su hermano, dotado de sumo esplendor, sobre M. Marco Celio, lo oirán de ellos mismos, si son producidos.
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Por tanto, que esto sea removido, para que finalmente vengamos a aquello en lo que se apoya la causa. Pues advertí, jueces, que mi allegado, L. Herenio, era escuchado por ustedes muy atentamente. En lo cual, aunque en gran parte estaban cautivados por su ingenio y por un cierto género de decir, sin embargo, a veces temía que aquel discurso sutil y conducido para incriminar se acercara a sus ánimos suave y lentamente. Pues dijo muchas cosas sobre la lujuria, muchas sobre la lascivia, muchas sobre los vicios de la juventud, muchas sobre las costumbres y, en el resto de la vida, era manso y en esta suavidad de humanidad, de la que casi todos ya se deleitan, solía desenvolverse muy agradablemente, pero en esta causa fue un tío muy triste, censor, maestro; reprendió a M. Marco Celio, como nunca nadie lo hizo un padre; disertó mucho sobre la incontinencia y la intemperancia.¿ Qué buscan, jueces? Los perdonaba a ustedes que escuchaban atentamente, porque yo mismo temblaba ante aquel género de discurso tan triste, tan áspero.
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Y la primera parte fue aquella que menos me movía, que Celio hubiera sido allegado de mi conocido Bestia, que hubiera cenado con él, que hubiera frecuentado su casa, que hubiera apoyado su pretura. No me mueven estas cosas que son claramente falsas; pues dijo que cenaron juntos aquellos que o están ausentes o a quienes es necesario decir lo mismo. Ni, ciertamente, me conmueve que dijera que Celio era su compañero en las Lupercales. Una cierta sociedad feroz y claramente pastoril y rústica de los Lupercos germanos, cuya reunión silvestre fue instituida antes que la humanidad y las leyes, si es que los compañeros no solo presentan los nombres entre sí, sino que también conmemoran la sociedad al acusar,¡ para que no parezca que temen que alguien lo ignore por casualidad!
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Pero omito esto; respondo a aquello que más me movió. La reprensión de las delicias fue larga, incluso más suave, y tuvo más de disputa que de atrocidad, por lo cual también fue escuchada más atentamente. Pues P. Clodio, amigo mío, cuando se lanzaba gravísima y vehementísimamente y actuaba todo inflamado con palabras tristísimas, con voz máxima, aunque aprobaba su elocuencia, sin embargo, no temía; pues en algunas causas lo había visto litigando en vano. A ti, en cambio, Balbo, respondo primero precariamente, si es lícito, si es justo que sea defendido por mí aquel que no rechazó banquete alguno, que estuvo en los jardines, que tomó ungüentos, que vio Bayas.
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Por mi parte, he visto y oído a muchos en esta ciudad, no solo a quienes habían probado este género de vida con los labios y lo habían tocado con las extremidades de los dedos, como se dice, sino a quienes habían dedicado toda su juventud a los placeres, haber emergido finalmente y haberse recibido a la buena cosecha, como se dice, y haber sido hombres graves e ilustres. Pues se da, por consentimiento de todos, algún juego a esta edad, y la naturaleza misma derrama los deseos de la juventud. Los cuales, si brotan de tal manera que no socavan la vida de nadie, no derriban la casa de nadie, suelen ser tenidos por fáciles y tolerables.
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Pero me parecías querer inflamar alguna envidia contra Celio desde la infamia común de la juventud. Por tanto, todo aquel silencio que fue tributado a tu discurso fue por esa causa, porque, propuesto un solo reo, pensábamos en los vicios de muchos. Es fácil acusar la lujuria. El día me faltaría ya si intentara exponer lo que se puede decir en ese sentido; sobre las corruptelas, sobre los adulterios, sobre la protervia, sobre los gastos, el discurso es inmenso. Aunque te propongas a nadie como reo, sino a esos vicios, el asunto mismo puede ser acusado copiosa y gravemente. Pero es de su sabiduría, jueces, no ser apartados del reo ni, los aguijones que tenga su severidad y gravedad, cuando el acusador los haya erigido contra el asunto, contra los vicios, contra las costumbres, contra los tiempos, emitirlos contra el hombre y contra el reo, cuando este no por su crimen, sino por el vicio de muchos, ha sido llamado a un cierto odio injusto.
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Por tanto, yo no me atrevo a responder a tu severidad como corresponde. Pues era mi deber suplicar una vacación para la juventud y pedir perdón. No, digo, me atrevo; no uso refugios de la edad, renuncio a los derechos concedidos a todos; solo pido que, si existe una envidia común en este tiempo de deuda, petulancia, lascivia de la juventud, que veo que es grande, sin embargo, que no dañen a este los pecados ajenos, que no dañen los vicios de la edad y de los tiempos. Y yo mismo, que pido esto, no rehúso responder diligentísimamente a los crímenes que se confieren propiamente contra este. Son, sin embargo, dos crímenes, el del oro y el del veneno; en los cuales se ventila una y la misma persona. Oro tomado de Clodia, veneno buscado para ser dado a Clodia, como se dice. Todos los sueños son otros, no crímenes, sino maldiciones, de una disputa petulante más que de una cuestión pública.' Adúltero, impúdico, secuestrador' es ultraje, no acusación. Pues no hay fundamento de estos crímenes, no hay sedes; son voces contumeliosas emitidas temerariamente por un acusador irritado sin autor alguno. De estos dos crímenes veo al autor,
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veo la fuente, veo un nombre y una cabeza ciertos. Necesitó oro; lo tomó de Clodia, lo tomó sin testigo, lo tuvo tanto tiempo como quiso. Veo la máxima señal de una cierta egregia familiaridad. Quiso matar a la misma; buscó veneno, solicitó esclavos, preparó la poción, constituyó el lugar, lo trajo a escondidas. Veo de nuevo un gran odio que surgió con una crudelísima ruptura. Todo el asunto en esta causa, jueces, lo tenemos con Clodia, mujer no solo noble, sino también conocida; sobre la cual yo no diré nada, sino por causa de repeler el crimen.
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Pero entiendes, por tu sobresaliente prudencia, Cn. Domicio, que tenemos el asunto solo con ella. La cual, si no dice que prestó oro a Celio, si no argumenta que el veneno fue preparado por este para ella, hacemos petulantemente si nombramos a la madre de familia de manera distinta a como exige la santidad de las matronas. Pero si, eliminada esa mujer, no les queda a ellos ni crimen alguno ni recursos para atacar a M. Celio,¿ qué otra cosa debemos hacer nosotros, los patronos, sino repeler a los que atacan? Lo cual, ciertamente, haría más vehementemente, si no mediaran mis enemistades con el marido de esa mujer— quise decir hermano; siempre me equivoco aquí—. Ahora actuaré moderadamente y no progresaré más lejos de lo que mi fe y la causa misma me obliguen: pues nunca pensé que debía tener enemistades femeninas, especialmente con aquella a quien todos siempre consideraron amiga de todos más que enemiga de alguien.
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Pero, sin embargo, preguntaré primero a ella misma si prefiere que trate con ella severa, grave y antiguamente, o relajada, suave y urbanamente. Si de aquel modo y manera austera, debo excitar a alguien desde los infiernos de aquellos barbudos, no con esta barbita con la que ella se deleita, sino con aquella horrible que vemos en las estatuas antiguas y en las imágenes, que reprenda a la mujer y que hable por mí para que ella no se enoje conmigo por casualidad. Que surja, pues, de esta misma familia alguien y preferentemente aquel Ciego; pues sentirá el mínimo dolor quien no verá a esa. Quien, ciertamente, si surgiera, actuará y hablará así:' Mujer,¿ qué tienes tú con Celio, qué con un hombre jovencito, qué con un extraño?¿ Por qué fuiste tan familiar como para prestar oro, o tan enemiga como para temer veneno?¿ No habías visto a tu padre, no habías oído que tu tío, tu abuelo, tu bisabuelo, tu tatarabuelo, tu trastatarabuelo fueron cónsules;
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no sabías, finalmente, que habías tenido el matrimonio de Q. Metelo, varón clarísimo y fortísimo y amantísimo de la patria, quien, tan pronto como había sacado el pie del umbral, superaba a casi todos los ciudadanos en virtud, gloria y dignidad? Cuando te habías casado desde un linaje amplísimo en una familia clarísima,¿ por qué Celio te fue tan unido?¿ Pariente, afín, familiar de tu marido? Nada de eso.¿ Qué fue, pues, sino una cierta temeridad y lascivia?¿ Acaso no te advertía, si nuestras imágenes varoniles no te conmovían, ni siquiera mi progenie, aquella Q. Claudia, de ser rival de la alabanza doméstica en la gloria femenina, ni aquella virgen vestal Claudia que, abrazada a su padre triunfante, no permitió que fuera arrastrado del carro por un enemigo tribuno de la plebe?¿ Por qué te movieron los vicios fraternales más que los bienes paternos y abuelos y repetidos desde nosotros tanto en varones como también en mujeres?¿ Acaso por eso yo rompí la paz de Pirro para que tú golpearas diariamente los tratados de los amores más torpes, por eso conduje el agua para que tú la usaras incestuosamente, por eso construí el camino para que tú lo celebraras acompañada de hombres extraños?'
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Pero,¿ por qué yo, jueces, he introducido una persona tan grave que temo que el mismo Apio se convierta de repente y comience a acusar a Celio con aquella su gravedad censoria? Pero veré esto más tarde y de tal manera, jueces, que confío en que probaré la vida de M. Marco Celio incluso ante los jueces más severos. Tú, en cambio, mujer— pues ya hablo contigo misma sin ninguna persona introducida—, si piensas probar las cosas que haces, que dices, que insinúas, que tramas, que arguyes, es necesario que rindas y expongas la razón de tanta familiaridad, de tanta costumbre, de tanta unión. Los acusadores, ciertamente, lanzan las lascivias, los amores, los adulterios, Bayas, las actas, los banquetes, las comensaciones, los cantos, las sinfonías, los navíos, y significan también que no dicen nada sin que tú lo quieras. Las cuales, puesto que tú, con no sé qué mente desenfrenada y precipitada, quisiste que fueran llevadas al foro y al juicio, o debes aclararlas y enseñar que son falsas, o confesar que no se debe creer nada ni a tu crimen ni a tu testimonio.
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Pero si prefieres que actúe con mayor urbanidad, lo haré así contigo. Apartaré a ese viejo severo y casi rústico; de entre estos tuyos, pues, tomaré a alguien, y preferiblemente al hermano menor, que es el más urbano de ese género; el cual te quiere muchísimo, y quien, debido a no sé qué timidez, creo, y a ciertos miedos nocturnos vanos, siempre dormía contigo, siendo un muchachito, junto a su hermana mayor. Imagina que él te habla:'¿ Por qué te alborotas, hermana?¿ Por qué desvarías?¿ Por qué, empezando con gritos, haces de un asunto pequeño uno grande? Has mirado a un joven vecino; su lozanía, la estatura de su rostro y sus ojos te han impulsado; has querido verlo más a menudo; has estado alguna vez en los mismos jardines; has visto que esa noble mujer tiene a ese hijo de familia, de padre ahorrador y tenaz, encadenado a tus recursos. No puedes; él se resiste, te rechaza, te repele, no considera que tus regalos valgan tanto. Dirígete a otro. Tienes jardines junto al Tíber y preparados diligentemente en ese lugar al que toda la juventud acude para nadar; de ahí puedes elegir condiciones cada día;¿ por qué eres molesta con este que te desprecia?'
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Vuelvo ahora a ti, Celio, a mi vez, y asumo la autoridad y severidad paterna. Pero dudo a qué padre tomar preferiblemente:¿ a algún Cecilio vehemente y duro? Pues ahora, por fin, mi ánimo arde, ahora mi corazón se llena de ira.¿ O a aquel otro:'¡ Oh infeliz, oh malvado!¡ Férreos son esos padres!¿ Qué voy a decir yo, qué querría? Todo lo cual haces tú con tus viles actos para que yo quiera en vano, apenas soportable'. Tal padre diría:'¿ Por qué te has trasladado a esa vecindad de meretrices?¿ Por qué, conocidas sus seducciones, no te has alejado?¿ Por qué has conocido a cualquier otra mujer ajena?¡ Desparrama y disipa; por mí te está permitido! Si careces de algo, a ti te dolerá, no a mí. A mí me basta con lo que queda de mi edad para deleitarme'.
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A este triste y recto anciano le respondería Celio que no se había apartado del camino inducido por ninguna pasión.¿ Qué prueba hay? Ningún gasto, ninguna pérdida, ningún préstamo. Pero hubo rumores.¿ Quién puede escapar de eso, especialmente en una ciudad tan maledicente?¿ Te extrañas de que el vecino de esa mujer haya sido mal visto, cuando su propio hermano no pudo escapar de las habladurías de los malintencionados? Pero con un padre indulgente y clemente, como es aquel:'¿ Rompió las puertas? Se restaurarán.¿ Rasgó la vestidura? Se remendará'. La causa de Celio es facilísima.¿ Qué habría, en efecto, en lo que no pudiera defenderse fácilmente? Ya no digo nada contra esa mujer; pero, si hubiera alguna distinta de ella, que no se ofreciera a todos, que no tuviera siempre a alguien decretado públicamente, cuyos caprichos frecuentaran por derecho propio sus jardines, su casa, Bayas, que incluso alimentara a jóvenes y sostuviera con sus gastos la parsimonia de los padres; si una viuda viviera libremente, una descarada con insolencia, una rica con prodigalidad, una libidinosa al modo de una meretriz,¿ pensaría yo que es un adúltero quien la hubiera saludado con un poco más de libertad?
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Dirá alguien:'¿ Es esta, pues, tu disciplina?¿ Así instruyes a los jóvenes?¿ Por esta causa te confió y entregó este padre a este muchacho, para que pasara su juventud en el amor y en los placeres, y para que tú defendieras esta vida y estos estudios?' Yo, jueces, si alguien ha tenido tal fortaleza de ánimo y tal índole de virtud y continencia que rechazara todos los placeres y consumiera todo el curso de su vida en el trabajo del cuerpo y en la tensión del espíritu, a quien no deleitaran el descanso, ni el esparcimiento, ni los estudios de sus iguales, ni los juegos, ni el banquete, y no pensara que nada en la vida es deseable sino lo que estuviera unido con la gloria y con la dignidad, a este, en mi opinión, lo considero dotado y adornado con ciertos bienes divinos. De este género creo que fueron aquellos Camilos, Fabricios, Curios y todos aquellos que hicieron estas cosas tan grandes a partir de las más pequeñas.
40
Pero estos géneros de virtudes no solo en nuestras costumbres, sino apenas ya en los libros se encuentran. Los papeles también que contenían aquella severidad antigua han quedado obsoletos; y no solo entre nosotros, que hemos seguido esta secta y modo de vida más con hechos que con palabras, sino también entre los griegos, hombres doctísimos, a quienes, cuando no podían actuar, les estaba permitido, sin embargo, hablar y escribir honesta y magníficamente, han surgido otros preceptos al cambiar los tiempos de Grecia.
41
Por tanto, algunos dijeron que los sabios hacen todo por causa del placer, y los hombres eruditos no se han retraído de esta torpeza de lenguaje; otros pensaron que la dignidad debía unirse con el placer, para unir mediante la facultad de hablar cosas que se oponen máximamente entre sí; aquel único camino recto hacia la gloria con trabajo, que ellos aprobaron, casi solos han quedado ya en las escuelas. Pues la naturaleza misma nos ha engendrado muchos halagos con los que la virtud adormecida cabeceara a veces; ha mostrado muchos caminos resbaladizos a la juventud en los que apenas podría insistir o entrar sin alguna caída y tropiezo; ha dado una variedad de cosas muy placenteras con la que no solo esta edad, sino también la ya fortalecida, pudiera ser capturada.
42
Por lo cual, si por casualidad encontráis a alguien que desprecie con los ojos la belleza de las cosas, que no sea capturado por ningún olor, ni tacto, ni sabor, que excluya de sus oídos toda suavidad, a este hombre yo quizás, y pocos, lo considerarán con los dioses propicios, pero la mayoría, sin embargo, con los dioses irritados. Por tanto, que este camino desierto e inculto y ya cerrado por frondas y matorrales sea abandonado. Que se dé algún juego a la edad; que la juventud sea más libre; que no se niegue todo a los placeres; que no siempre venza esa verdadera y recta razón; que venza a veces la codicia y el placer a la razón, siempre que en este género se mantenga esa prescripción y moderación. Que la juventud sea ahorradora de su pudor, que no despoje el ajeno, que no malgaste el patrimonio, que no sea destruida por la usura, que no irrumpa en la casa y familia de otro, que no infiera afrenta a los castos, mancha a los íntegros, infamia a los buenos, que no aterre a nadie con violencia, que no participe en asechanzas, que carezca de crimen. Por último, cuando haya obedecido a los placeres, haya dado algo de tiempo al juego de la edad y a estas vanas codicias de la juventud, que se revoque alguna vez al cuidado de la cosa doméstica, de la cosa forense y de la cosa pública, para que parezca que ha desechado por saciedad y despreciado por experiencia aquellas cosas que antes no había percibido con la razón.
43
Y muchos, ciertamente, tanto en nuestra memoria como en la de nuestros padres y antepasados, jueces, fueron hombres sumos y ciudadanos ilustrísimos cuyas virtudes eximias, una vez calmadas las codicias de la juventud, surgieron ya en la edad fortalecida. De entre ellos no me place nombrar a nadie; recordadlo vosotros mismos. Pues no quiero unir ni el más mínimo error de ningún hombre fuerte e ilustre con la máxima gloria. Lo que si quisiera hacer, muchos hombres sumos y muy adornados serían proclamados por mí, cuyos, en parte, excesiva libertad en la juventud, en parte, lujo profuso, magnitud de deuda ajena, gastos, pasiones serían nombrados, los cuales, encubiertos después por muchas virtudes, cualquiera que quisiera los defendería con la excusa de la juventud.
44
Pero, en verdad, en M. Marco Celio— pues hablaré ya con más confianza sobre sus estudios honestos, puesto que me atrevo a confesar libremente algunas cosas confiado en vuestra sabiduría— no se encontrará ningún lujo, ningún gasto, ninguna deuda ajena, ninguna pasión por banquetes y libertinajes. Ese vicio, ciertamente, del vientre y de la gula, no solo no lo disminuye la edad a los hombres, sino que incluso lo aumenta. Los amores, en cambio, y las delicias que se llaman, que no suelen ser molestas por mucho tiempo a los dotados de un ánimo más firme— pues maduran y se marchitan rápidamente—, nunca lo tuvieron ocupado ni impedido.
45
Habéis escuchado cuando hablaba por sí mismo, habéis escuchado antes cuando acusaba— hablo por causa de defender, no de gloriarme— el género de oratoria, la facultad, la abundancia de sentencias y palabras, que, dada vuestra prudencia, habéis percibido. Y en ello no solo veíais brillar su ingenio, que a menudo, incluso si no es alimentado por la industria, vale sin embargo por sus propias fuerzas, sino que había, si la benevolencia no me engañaba por casualidad, una razón instruida tanto por las buenas artes como elaborada con cuidado y vigilias. Y, sin embargo, sabed, jueces, que esas pasiones que se objetan a Celio y estos estudios sobre los que discuto no pueden estar fácilmente en el mismo hombre. Pues no puede suceder que un ánimo entregado a la pasión, al amor, al deseo, a la codicia, a menudo impedido por una excesiva abundancia, incluso a veces por la escasez, pueda sostener esto que sea que nosotros hacemos al hablar, de cualquier modo que lo hagamos, no solo actuando sino también pensando.
46
¿ O pensáis vosotros que hay alguna otra causa por la que, en tantos premios de la elocuencia, tanto placer de hablar, tanta gloria, tanta gratitud, tanto honor, sean tan pocos y siempre hayan sido los que se dedican a este trabajo? Deben ser aplastados todos los placeres, deben ser abandonados los estudios de deleite, el juego, la broma, el banquete, el discurso de los familiares debe ser casi abandonado. Por lo cual, en este género, el trabajo ofende a los hombres y los disuade del estudio, no porque falten los ingenios o la doctrina infantil.
47
¿ Acaso este, si se hubiera entregado a esa vida, habría llamado a juicio a un hombre consular siendo muy joven?¿ Este, si huyera del trabajo, si estuviera retenido por los placeres, se dedicaría diariamente a esta batalla, buscaría enemistades, llamaría a juicio, sufriría el peligro de la vida, él mismo, ante la mirada del pueblo romano, lucharía ya durante tantos meses o por su salvación o por su gloria?¿ Acaso esa vecindad no huele a nada, no dice nada la fama de los hombres, no hablan finalmente las mismas Bayas? Aquellas, en verdad, no solo hablan, sino que resuenan, que la pasión de una sola mujer ha caído hasta tal punto que ella no solo no busca la soledad y las tinieblas y estos encubrimientos de los flagicios, sino que se alegra en las cosas más torpes con la mayor frecuencia y la luz más clara.
48
Pero si hay alguien que piense que incluso los amores meretricios están prohibidos a la juventud, ese es ciertamente muy severo— no puedo negarlo—, pero se aleja no solo de la licencia de este siglo, sino también de la costumbre de los antepasados y de lo permitido.¿ Cuándo, en efecto, no se ha hecho esto, cuándo ha sido reprendido, cuándo no ha sido permitido, cuándo, finalmente, ha sido que lo que es lícito no fuera lícito? Aquí yo definiré el asunto mismo, no nombraré a ninguna mujer; solo lo dejaré en medio.
49
Si alguna mujer no casada hubiera abierto su casa a la codicia de todos y se hubiera colocado abiertamente en la vida meretricia, hubiera instituido usar banquetes de hombres ajenos, si hiciera esto en la ciudad, si en los jardines, si en esa celebridad de Bayas, si finalmente se comportara así, no solo en el caminar, sino en el adorno y el acompañamiento, no con la fogosidad de los ojos, no con la libertad de los discursos, sino también con el abrazo, el beso, los actos, la navegación, los banquetes, de modo que no solo parezca una meretriz, sino también una meretriz descarada y procaz: con esta, si algún joven hubiera estado por casualidad,¿ acaso este te parecería a ti, L. Lucio Herenio, un adúltero o un amante, haber querido asaltar el pudor o satisfacer la pasión?
50
Olvido ya tus injurias, Clodia, depongo la memoria de mi dolor; lo que fue hecho cruelmente por ti contra los míos estando yo ausente, lo descuido; que no se diga esto contra ti lo que he dicho. Pero te pregunto a ti misma, puesto que tanto los acusadores dicen tener de ti el crimen como a ti misma como testigo de ese crimen. Si hubiera alguna mujer de ese modo como la que describí hace poco, distinta de ti, con vida y modo de vida meretricio,¿ acaso te parecería muy torpe o muy flagicioso que un joven hubiera tenido alguna relación con ella? Si tú no eres esa, como yo prefiero,¿ qué es lo que objetan a Celio? Pero si quieren que seas tú,¿ qué es por lo que nosotros, si tú lo desprecias, debemos temer este crimen? Por lo cual, danos el camino y la razón de la defensa. Pues o tu pudor defenderá que nada más insolente fue hecho por M. Marco Celio, o tu impudicia dará a este y a los demás una gran facultad para defenderse.
51
Pero puesto que mi discurso parece haber emergido ya de los bajíos y haber pasado los escollos, se me muestra un curso restante muy fácil. Pues hay dos crímenes de sumos delitos en una sola mujer: el del oro que se dice que fue tomado de Clodia, y el del veneno que acusan que Celio preparó por causa de matar a la misma Clodia. Tomó el oro, como decís, para darlo a los esclavos de L. Luceyo, mediante los cuales fuera asesinado Dio el alejandrino, que entonces vivía en casa de Luceyo.¡ Gran crimen, ya sea en asechar a los legados o en solicitar a los esclavos para asesinar al huésped del señor, un plan lleno de maldad, lleno de audacia!
52
En este crimen, ciertamente, primero pregunto esto: si Clodia dijo por qué tomaba el oro, o si no lo dijo. Si no lo dijo,¿ por qué lo dio? Si lo dijo, se vinculó a sí misma con el mismo crimen de conciencia.¿ Te atreviste tú a sacar oro de tu armario, te atreviste a despojar a esa Venus tuya de sus adornos, siendo tú la despojadora de los demás, cuando sabías para qué gran delito se buscaba este oro, para la muerte de un legado, para la mancha de maldad sempiterna de L. Lucio Luceyo, hombre santísimo e integérrimo? Tu mente liberal no debió ser consciente de este gran crimen, tu casa popular no debió ser ministra, tu Venus hospitalaria, finalmente, no debió ser ayudante.
53
Vio esto Balbo; dijo que Clodia había sido engañada, y que Celio le había llevado eso, que buscaba oro para el adorno de los juegos. Si era tan familiar de Clodia como tú quieres que sea cuando dices tantas cosas sobre su pasión, dijo ciertamente para qué quería el oro; si no era tan familiar, no lo dio. Así, si Celio te dijo la verdad, oh mujer inmoderada, tú diste el oro sabiendo que era para un delito; si no se atrevió a decir, no lo diste.¿ Qué voy a resistir ahora con argumentos a este crimen, que son innumerables? Puedo decir que las costumbres de M. Marco Celio están lejísimos de la atrocidad de tal crimen; que no se debe creer en absoluto que a un hombre tan ingenioso y tan prudente no le haya venido a la mente que un asunto de tal crimen no debe ser confiado a esclavos desconocidos y ajenos. Puedo también, por la costumbre de los demás patronos y la mía, preguntar al acusador dónde se reunió Celio con los esclavos de Luceyo, cuál fue su acceso; si por sí mismo,¡ qué temeridad! Si por otro,¿ por quién? Puedo recorrer todas las guaridas de las sospechas hablando; no se encontrará causa, no lugar, no facultad, no cómplice, no esperanza de realizar, no de ocultar el maleficio, no razón alguna, no rastro del mayor delito.
54
Pero estas cosas que son propias del orador, que a mí no por mi ingenio sino por este ejercicio y uso de hablar me habrían podido traer algún fruto, cuando parecían ser presentadas elaboradas por mí mismo, las dejo todas por causa de brevedad. Pues tengo, jueces, a quien vosotros podáis permitir fácilmente que sea socio de vuestra religión y juramento, a L. Lucio Luceyo, hombre santísimo y testigo gravísimo, quien no habría dejado de oír, ni descuidado, ni soportado que tal crimen fuera inferido contra su fama y sus fortunas por M. Marco Celio.¿ Acaso aquel hombre dotado de tal humanidad, de tales estudios, de tales artes y doctrina, habría podido descuidar el peligro de aquel mismo a quien por estos mismos estudios quería, y, lo que aceptaría severamente si fuera intentado contra un hombre ajeno, lo habría omitido cuidar en su huésped? Lo que, si se hubiera enterado de que fue hecho por desconocidos, le dolería,¿ lo descuidaría si fuera intentado por sus propios esclavos? Lo que reprendería si fuera hecho en campos o lugares públicos,¿ lo llevaría suavemente si fuera comenzado en la ciudad y en su casa? Lo que no pasaría por alto en el peligro de algún rústico,¿ pensaría un hombre erudito que debe ser disimulado en las asechanzas contra un hombre doctísimo?
55
Pero¿ por qué os retengo más tiempo, jueces? Percibid la religión y autoridad del mismo bajo juramento y conoced diligentemente todas las palabras del testimonio. Lee. El testimonio de L. Lucio Luceyo.¿ Qué esperáis más?¿ Acaso pensáis que la causa misma y la verdad pueden enviar alguna voz por sí mismas? Esta es la defensa de la inocencia, este es el discurso de la causa misma, esta es la única voz de la verdad. En el crimen mismo no hay sospecha, en el asunto no hay nada de argumento, en el negocio que se dice que fue hecho no hay rastro de discurso, lugar, tiempo; nadie es nombrado testigo, nadie cómplice, todo el crimen es presentado desde una casa enemiga, infame, cruel, facinerosa, libidinosa. La casa, en cambio, que se dice que fue tentada por ese crimen nefario, está llena de integridad, dignidad, oficio, religión; de cuya casa se os recita la autoridad vinculada por juramento, para que el asunto se ponga en contienda como algo que no debe ser dudado en absoluto: si una mujer temeraria, procaz, irritada parece haber fingido el crimen, o un hombre grave, sabio y moderado parece haber dicho el testimonio religiosamente.
56
Queda, pues, el crimen sobre el veneno; del cual yo no puedo encontrar ni el principio ni desenredar el final.¿ Cuál fue, en efecto, la causa por la que Celio quisiera dar veneno a esa mujer?¿ Para no devolver el oro?¿ Acaso lo pidió?¿ Para que el crimen no se adhiriera?¿ Acaso alguien lo objetó?¿ Acaso alguien, finalmente, habría hecho mención, si este no hubiera denunciado el nombre de nadie? Incluso habéis escuchado a L. Lucio Herenio decir que no habría sido molesto para Celio con una palabra, si este no hubiera denunciado de nuevo por el mismo asunto a su familiar absuelto.¿ Es creíble, pues, que tal crimen haya sido cometido sin causa alguna?¿ Y vosotros no veis que se finge el crimen del mayor delito para que parezca que fue la causa de emprender otro crimen?
57
¿ A quién, finalmente, se lo confió, qué ayudante usó, qué socio, qué cómplice, a quién confió tal crimen, a quién se confió a sí mismo, a quién confió su salvación?¿ A los esclavos de la mujer? Pues así fue objetado.¿ Y era tan demente aquel a quien vosotros ciertamente atribuís ingenio, incluso si el resto lo quitáis con un discurso enemigo, que confiara todas sus fortunas a esclavos ajenos?¿ Pero a qué esclavos?— pues importa mucho eso mismo—¿ A aquellos que entendía que no usaban la condición común de servidumbre, sino que vivían más libre, más suelta y más familiarmente con la señora?¿ Quién, en efecto, no ve esto, jueces, o quién ignora que, en una casa de ese modo en la que la madre de familia viva al modo meretricio, en la que no se haga nada que deba ser llevado fuera, en la que se muevan pasiones inusitadas, lujos, todos los vicios y flagicios finalmente inauditos, aquí los esclavos no son esclavos, a quienes todo se confía, por quienes se hace, que se mueven en los mismos placeres, a quienes se confían cosas ocultas, a quienes llega también algo de los gastos y lujos cotidianos?¿ Eso, pues, no lo veía Celio?
58
Si, en efecto, era tan familiar de la mujer como vosotros queréis, sabía que esos esclavos también eran familiares de la señora. Pero si no tenía tanta costumbre como la que vosotros inducís,¿ qué familiaridad tan grande pudo tener con sus esclavos? Del veneno mismo, en cambio,¿ qué razón se finge?¿ Dónde fue buscado, de qué modo preparado, de qué pacto, a quién, en qué lugar entregado? Dicen que lo tuvo en casa y que probó su fuerza en un esclavo preparado para ese mismo asunto; por cuya rapidísima muerte fue comprobado el veneno por este.
59
¡ Oh dioses inmortales!¿ Por qué a veces en los mayores crímenes de los hombres o consentís o reserváis para otro día las penas del fraude presente? Pues vi, vi y bebí aquel dolor, el más amargo de mi vida, cuando Q. Quinto Metelo era arrancado del seno y regazo de la patria, y cuando aquel hombre que pensó que había nacido para este imperio, al tercer día después de que hubiera florecido en la curia, en los rostros, en la cosa pública, en la edad más íntegra, en el mejor estado, con las mayores fuerzas, era arrebatado indignísimamente de todos los buenos y de toda la ciudad. En cuyo tiempo, ciertamente, él muriendo, cuando ya su mente estaba oprimida por otras partes, reservaba el último sentido para la memoria de la cosa pública, cuando mirándome llorar significaba con voces interrumpidas y moribundas qué tormenta se me avecinaba, qué tempestad a la ciudad, y golpeando a menudo la pared que había sido común a él con Q. Quinto Catulo, nombraba frecuentemente a Catulo, a menudo a mí, muchísimas veces a la cosa pública, de modo que no tanto le dolía morir como ser despojado de su protección tanto la patria como también a mí.
60
A quien, ciertamente, si ninguna fuerza de un crimen repentino lo hubiera eliminado,¿ de qué modo habría resistido aquel a su hermano furioso, siendo consular, quien, siendo cónsul, dijo ante el senado que lo mataría con su propia mano cuando empezaba a enfurecerse y tronar?¿ De esta casa, pues, surgida, esa mujer se atreverá a hablar sobre la rapidez del veneno?¿ No temerá a la casa misma de que emita alguna voz, no temerá a las paredes cómplices, no se horrorizará de aquella noche funesta y luctuosa? Pero vuelvo al crimen; pues esta mención de los hechos de aquel clarísimo y fortísimo hombre debilitó mi voz con el llanto y obstruyó mi mente con el dolor.
61
Pero, sin embargo, no se dice de dónde fue el veneno, de qué modo fue preparado. Dicen que fue dado a este P. Publio Licinio, joven pudoroso y bueno, familiar de Celio; que se había concertado con los esclavos que vinieran a los baños Senias; que Licinio vendría al mismo lugar y les entregaría la cajita de veneno. Aquí, primero, pregunto esto: qué importaba que fuera llevado al lugar concertado, por qué aquellos esclavos no vinieron a casa de Celio. Si permanecía tanta costumbre de Celio, tanta familiaridad con Clodia,¿ qué sospecha habría si el esclavo de la mujer hubiera sido visto en casa de Celio? Pero si, en cambio, ya subyacía una enemistad, se había extinguido la costumbre, había surgido el divorcio, de ahí esas lágrimas, sin duda, y esta es la causa de todos estos crímenes y delitos.
62
' Al contrario', dice,' cuando los esclavos hubieron denunciado a la señora todo el asunto y el maleficio de Celio, la mujer ingeniosa ordenó a estos que prometieran todo a Celio; pero para que el veneno, cuando fuera entregado por Licinio, pudiera ser comprendido manifiestamente, ordenó concertar el lugar en los baños Senias, para enviar allí a amigos que se escondieran, luego de repente, cuando hubiera venido Licinio y entregara el veneno, saltaran y comprendieran al hombre'. Todas las cuales cosas, jueces, tienen una razón facilísima de reprender.¿ Por qué, en efecto, había concertado preferiblemente los baños públicos? En los cuales no encuentro qué escondite pudiera haber para hombres con toga. Pues si estuvieran en el vestíbulo de los baños, no se esconderían; pero si quisieran arrojarse al interior, ni podrían hacerlo suficientemente cómodos calzados y vestidos, y quizás no serían recibidos, a menos que, por casualidad, la mujer poderosa se hubiera hecho familiar del bañero por aquel intercambio de un cuadrante.
63
Y yo, ciertamente, esperaba vehementemente quiénes serían esos hombres buenos testigos de este veneno manifiestamente atrapado; pues ninguno ha sido nombrado hasta ahora. Pero no dudo que sean muy graves, que primero sean familiares de tal mujer, luego que hayan asumido esa provincia de ser empujados a los baños, lo que ella, por muy poderosa que sea, nunca habría obtenido de hombres honestísimos y llenos de dignidad. Pero¿ qué hablo yo de la dignidad de esos testigos? Conoced su virtud y diligencia.' Se escondieron en los baños'.¡ Testigos egregios!' Luego saltaron temerariamente'.¡ Hombres temperantes! Pues así fingís: cuando Licinio hubiera venido, tuviera la cajita en la mano, intentara entregarla, aún no la hubiera entregado, entonces de repente hubieran volado esos ilustres testigos sin nombre; Licinio, en cambio, cuando ya hubiera extendido la mano para entregar la cajita, la hubiera retraído y se hubiera lanzado a la fuga desde aquel repentino ímpetu de los hombres.¡ Oh gran fuerza de la verdad, que contra los ingenios, la astucia, la solercia de los hombres y contra las fingidas asechanzas de todos, se defiende fácilmente por sí misma!
64
¡ Como si toda esta fábula de la poetisa vieja y de muchísimas fábulas fuera sin argumento, cómo no puede encontrar ningún final!¿ Qué, en efecto? Esos tantos hombres— pues es necesario que no hayan sido pocos para que Licinio pudiera ser comprendido fácilmente y el asunto fuera más testificado por los ojos de muchos—¿ por qué dejaron escapar a Licinio de sus manos?¿ Qué menos, en efecto, pudo ser comprendido Licinio cuando se retrajo para no entregar la cajita, que si la hubiera entregado? Pues estaban colocados para comprender a Licinio, para que Licinio fuera tenido manifiestamente o cuando retuviera el veneno o cuando lo hubiera entregado. Este fue todo el plan de la mujer, esta la provincia de esos que fueron rogados; a quienes, ciertamente, por qué dices que saltaron temerariamente y antes de tiempo, no lo encuentro. Habían sido rogados para esto, habían sido colocados para este asunto, para que el veneno, para que las asechanzas, el delito finalmente mismo, fuera comprendido manifiestamente.
65
¿ Pudieron saltar más a tiempo que cuando Licinio hubiera venido, cuando tuviera en la mano la cajita de veneno? La cual, cuando ya había sido entregada a los esclavos, si hubieran salido de repente de los baños los amigos de la mujer y hubieran comprendido a Licinio, él imploraría la fe de los hombres y negaría rotundamente que esa cajita hubiera sido entregada por él.¿ A quién, de qué modo, lo reprenderían ellos?¿ Dirían que lo vieron? Primero, atraerían hacia sí el crimen del mayor delito; luego, dirían que vieron lo que, en el lugar donde habían sido colocados, no habrían podido ver. A tiempo, pues, se mostraron, cuando Licinio hubiera venido, preparara la cajita, extendiera la mano, entregara el veneno. Finales de mimo, pues, ya, no de fábula; en el cual, cuando no se encuentra el cierre, alguien huye de las manos, luego los escabeles suenan, se levanta el telón.
66
Pregunto, en efecto, por qué esa mano mulieril dejó escapar de sus manos a Licinio, titubeante, vacilante, cediendo, intentando huir, por qué no lo comprendieron, por qué no expresaron el crimen de tal delito con la confesión misma, con los ojos de muchos, con la voz finalmente del delito.¿ Acaso temían que tantos no pudieran superar a uno, los fuertes al débil, los ágiles al aterrorizado? No se encontrará ningún argumento en el asunto, ninguna sospecha en la causa, ningún final del crimen. Por tanto, esta causa ha sido trasladada totalmente desde los argumentos, desde la conjetura, desde esos signos con los que la verdad suele ser ilustrada, a los testigos. A quienes, ciertamente, jueces, espero no solo sin ningún temor, sino también con alguna esperanza de deleite.
67
El ánimo se apresura ya a ver, primero, a los jóvenes elegantes, familiares de la mujer rica y noble, luego a los hombres fuertes colocados por la emperatriz en las asechanzas y en la guardia de los baños. De entre ellos preguntaré cómo se escondieron o dónde, si fue aquel lecho o el caballo de Troya el que llevó y cubrió a tantos hombres invictos que hacían la guerra mulieril. Aquello, en verdad, obligaré a responder: por qué tantos hombres y tales no comprendieron a este, siendo uno y tan débil como veis, o estando de pie o siguiéndolo mientras huía; quienes nunca, ciertamente, si procedieran a ese lugar, se explicarán. Por mucho que quieran ser ingeniosos en los banquetes, habladores, a veces incluso elocuentes ante el vino, otra es la fuerza del foro, otra la del triclinio, otra la razón de los escaños, otra la de los lechos; no es el mismo el aspecto de los jueces y de los comensales; la luz, finalmente, es muy otra la del sol, otra la de las lámparas. Por lo cual, sacudiremos todas las delicias de esos, todas las ineptitudes, si salen. Pero que me escuchen, que dediquen otro esfuerzo, que entren en otra gratitud, que se ostenten en otras cosas, que florezcan ante esa mujer con venustez, que dominen con gastos, que se peguen, que yazcan, que sirvan; a la cabeza, en cambio, del inocente y a sus fortunas, que perdonen.
68
Pero esos esclavos fueron manumitidos por sentencia de los parientes, hombres nobilísimos y clarísimos. Por fin encontramos algo que se dice que esa mujer hizo por sentencia y autoridad de sus parientes, hombres fortísimos. Pero deseo saber qué tiene de argumento esa manumisión; en la cual o se buscó el crimen para Celio o se eliminó la cuestión o, siendo los esclavos conscientes de muchas cosas, se pagó el premio con la causa.
69
Aquí, incluso,¿ nos extrañamos si a aquella cajita fingida le siguió una fábula obscenísima? No hay nada que no parezca caer en una mujer de ese modo. El asunto ha sido oído y muy celebrado en los discursos. Percibís con el ánimo, jueces, desde hace tiempo qué quiero o más bien qué no quiero decir. Lo cual, incluso si es hecho, ciertamente no fue hecho por Celio— pues¿ qué importaba?—, es quizás por algún joven no tan insulso como desvergonzado. Pero si es fingido, no es ciertamente una mentira modesta, pero sin embargo no es infeliz; lo cual, ciertamente, nunca el discurso y la opinión de los hombres habrían comprobado, si todo lo que se dijera con alguna torpeza no pareciera encajar aptamente en ella.
70
Ha sido dicha por mí la causa, jueces, y perorada. Ya entendéis qué juicio sostenéis, qué asunto ha sido confiado a vosotros. Preguntáis sobre la violencia. Qué ley pertenece al imperio, a la majestad, al estado de la patria, a la salvación de todos, qué ley Q. Quinto Catulo trajo en tiempos casi extremos de la cosa pública por la disensión armada de los ciudadanos, y qué ley extinguió las reliquias humeantes de la conjuración una vez calmada aquella llama de mi consulado, con esta ley ahora la juventud de Celio es reclamada no para las penas de la cosa pública, sino para las pasiones y delicias de una mujer.
71
Y en este mismo punto se proclama la condena de M. Camurto y C. Ceserno.¡ Oh, estupidez!¿ Debo llamarlo estupidez o una desvergüenza singular?¿ Osáis, viniendo de parte de esa mujer, hacer mención de esos hombres?¿ Osáis despertar el recuerdo de un crimen tan grande, no extinguido ciertamente, pero sí reprimido por el paso del tiempo? Pues,¿ por qué crimen y pecado perecieron ellos? Sin duda, porque persiguieron el dolor y la injuria de esa misma mujer mediante el nefando estupro de Vetio. Por tanto,¿ se ha renovado la causa de Camurto y Ceserno para que el nombre de Vetio fuera escuchado en el proceso y para que se refiriera aquella vieja historia de la tesorería? Quienes, aunque ciertamente no estaban sujetos a la ley sobre la violencia, estaban sin embargo implicados en tal fechoría que parecían no poder ser liberados de los lazos de ninguna ley.
72
Pero,¿ por qué es llamado M. Celio a este juicio? A quien no se le imputa ningún crimen propio de la cuestión, ni tampoco ninguno de tal naturaleza que esté separado de la ley y, a la vez, vinculado a vuestra severidad. Su primera juventud estuvo dedicada a la disciplina y a aquellas artes con las que nos instruimos para este ejercicio forense, para emprender la gestión de la cosa pública, para el honor, la gloria y la dignidad. Tuvo, además, amistades con hombres de mayor edad cuya laboriosidad y continencia deseaba imitar, y estudios con sus iguales de tal modo que parecía buscar el mismo camino de gloria que los mejores y más nobles.
73
Cuando ya había añadido un poco de fuerza a su edad, partió hacia África como contubernal del procónsul Q. Pompeyo, hombre castísimo y muy diligente en todo deber; en cuya provincia, además de haber asuntos y posesiones paternas, existía también una cierta experiencia provincial que no sin causa era atribuida por nuestros antepasados a esta edad. Se marchó de allí muy aprobado por el juicio de Pompeyo, como conoceréis por su propio testimonio. Quiso, según la vieja costumbre y el ejemplo de aquellos jóvenes que después resultaron ser hombres eminentes y ciudadanos ilustres en el Estado, que su laboriosidad fuera conocida por el pueblo romano a partir de alguna acusación destacada.
74
Hubiera preferido que el deseo de gloria lo hubiera llevado a otra parte; pero ya pasó el tiempo de esta queja. Acusó a C. Antonio, mi colega, a quien, pobre de él, la memoria de su preclaro beneficio a la república no le sirvió de nada, y le perjudicó la opinión de un crimen planeado. Después, no cedió ante ninguno de sus iguales en cuanto a ocuparse en el foro, en los negocios y en las causas de sus amigos, ni en cuanto a valerse de su influencia entre los suyos. Todo lo que hombres vigilantes, sobrios y laboriosos pueden conseguir, él lo alcanzó con trabajo y diligencia.
75
En este giro, por así decirlo, de su edad— pues no ocultaré nada, confiado en vuestra humanidad y sabiduría—, la fama del joven se detuvo un poco ante las metas por el nuevo conocimiento de esa mujer y por la infeliz vecindad y la insolencia de los placeres, los cuales, cuando han estado encerrados durante mucho tiempo y reprimidos y constreñidos en la primera edad, a veces se desbordan y se lanzan de repente todos a la vez. De cuya vida, o diré mejor, de cuya conversación— pues de ninguna manera era tanto como la gente decía—, emergió de ello lo que fuera y se lanzó y se elevó por completo, y tanto dista de la infamia de aquella familiaridad que ahora aleja de sí mismo las enemistades y el odio de la misma.
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Y para que ese rumor interpuesto de placeres y desidia muriera— lo hizo contra mi voluntad, por Hércules, y oponiéndome mucho, pero aun así lo hizo—, presentó una acusación por cohecho contra mi amigo; a quien, una vez absuelto, persigue y vuelve a llamar; no obedece a ninguno de nosotros, es más violento de lo que yo quisiera. Pero no hablo de la sabiduría, que no corresponde a esta edad; hablo del ímpetu del ánimo, del deseo de vencer, del ardor de la mente por la gloria; estudios que en estas edades nuestras ya deberían ser más contenidos, pero que en la juventud, como en la hierba, indican cuál será la madurez de la virtud y qué frutos de laboriosidad habrá. En efecto, los jóvenes de gran ingenio siempre han tenido que ser frenados más que incitados hacia la gloria; hay que podar más cosas en esa edad, si es que florece con los elogios del ingenio, que injertar.
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Por lo cual, si a alguien le parece que su fuerza, ferocidad o pertinacia al asumir o llevar enemistades ha hervido demasiado, si a alguien le ofende algo de estos detalles mínimos, si el tipo de púrpura, si las cuadrillas de amigos, si el esplendor, si el brillo, ya se habrán enfriado, ya la edad, ya los asuntos, ya el tiempo habrán mitigado todo. Conservad, pues, para la república, jueces, a un ciudadano estudioso de las buenas artes, de los buenos partidos y de los buenos hombres. Os prometo esto y respondo por él ante la república, si es que nosotros mismos hemos cumplido con la república, que nunca estará separado de nuestros principios. Lo cual prometo confiado en nuestra familiaridad y porque él mismo se ha obligado ya a las leyes más estrictas.
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Pues no puede ser un ciudadano turbulento en la república quien, al decir que un hombre consular había violado la república, lo llamó a juicio; no puede ser un repartidor de sobornos impune quien no permite que ni siquiera un absuelto por cohecho lo esté realmente. Tiene la república, jueces, de M. Celio, dos acusaciones que son o rehenes de peligro o prendas de buena voluntad. Por lo cual os ruego y os conjuro, jueces, a que en la misma ciudad en la que hace pocos días fue absuelto Sex. Clodio, a quien habéis visto durante dos años como ministro o jefe de sedición, un hombre sin bienes, sin fe, sin esperanza, sin hogar, sin fortuna, manchado en su boca, lengua, mano y en toda su vida, que incendió con sus manos templos sagrados, el censo del pueblo romano y los archivos públicos, que destruyó el monumento de Cátulo, derribó mi casa e incendió la de mi hermano, que en el Palatino y ante los ojos de la ciudad incitó a los esclavos a la matanza y a incendiar la ciudad: en esa ciudad no permitáis que él, absuelto por influencia femenina, sea entregado a la lujuria de una mujer, M. Celio, para que no parezca que la misma mujer, con su cónyuge y hermano, ha rescatado a un ladrón infamísimo y oprimido a un joven honestísimo.
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Y cuando hayáis puesto ante vuestros ojos la juventud de este, considerad también la vejez de este hombre desgraciado que se apoya en este hijo único, descansa en su esperanza y teme por la suerte de este solo; a quien, suplicante ante vuestra misericordia, esclavo de vuestro poder, abatido no tanto a vuestros pies como a vuestras costumbres y sentimientos, sustentad, ya sea por el recuerdo de vuestros padres o por la alegría de vuestros hijos, para que en el dolor ajeno sirváis a vuestra propia piedad o indulgencia. No queráis, jueces, que este hombre, que ya por la naturaleza misma se está extinguiendo, se apague más prematuramente por vuestra herida que por su propio destino, ni que a este, que florece ahora por primera vez con el tallo ya firme de la virtud, lo derribéis como por algún torbellino o tempestad repentina.
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Conservad el hijo para el padre y el padre para el hijo, para que no parezca que habéis despreciado una vejez ya casi desesperada o que no solo no habéis nutrido, sino que habéis derribado y afligido una juventud llena de la mayor esperanza. Si lo conserváis para nosotros, para los suyos y para la república, lo tendréis adicto, entregado y obligado a vosotros y a vuestros hijos, y vosotros, jueces, recogeréis los frutos abundantes y duraderos de todos sus esfuerzos y trabajos.