Pro S. Roscio Amerino
Choose a text
id="mobileReaderAuthor" class="mobile-reader-author" href="/authors/cicero-marcus-tullius" aria-label="More works by Cicero, Marcus Tullius">
—
⋯
Original / primary: Spanish Gemini
1
Creo, jueces, que os sorprende el motivo por el cual, estando presentes tantos oradores eminentes y hombres nobilísimos, me he levantado yo precisamente, alguien que no puede compararse con los que están sentados ni por edad, ni por talento, ni por autoridad. Todos estos que veis presentes en esta causa consideran que una injusticia fraguada con un crimen inaudito debe ser defendida, pero ellos mismos no se atreven a defenderla debido a la iniquidad de los tiempos. Así sucede que están presentes porque siguen su deber, pero callan porque evitan el peligro.
2
¿ Qué, pues?¿ Soy yo el más audaz de todos? En absoluto.¿ O acaso soy mucho más cumplidor que los demás? Ni siquiera de esa alabanza estoy tan ávido como para querer arrebatársela a otros.¿ Qué motivo, pues, me impulsó por encima de los demás a asumir la causa de Sexto Roscio? Porque, si alguno de esos que veis presentes, en quienes reside la máxima autoridad y prestigio, hubiera dicho una sola palabra sobre la república, algo que es necesario hacer en esta causa, se habría considerado que había dicho mucho más de lo que realmente dijo.
3
Yo, en cambio, aunque diga libremente todo lo que debe decirse, mi discurso no podrá salir ni difundirse entre el pueblo de la misma manera. Además, porque el dicho de los demás no puede ser oscuro debido a su nobleza y prestigio, ni se les puede perdonar un dicho temerario debido a su edad y prudencia. Si yo digo algo con mayor libertad, podrá ser considerado oculto porque aún no he accedido a la vida pública, o bien se podrá perdonar a mi juventud; aunque, en realidad, no solo la razón de perdonar, sino incluso la costumbre de comprender, ha sido ya eliminada de la ciudad.
4
Se añade también aquella otra causa: que a los demás quizás se les haya pedido que hablaran de tal modo que consideraran que podían hacerlo sin faltar a su deber; a mí, en cambio, me han instado aquellos que pueden mucho ante mí por amistad, beneficios y dignidad, cuya benevolencia hacia mí no debía ignorar, ni su autoridad despreciar, ni su voluntad descuidar.
5
Por estas razones he comparecido como defensor en esta causa, no elegido como el de mayor talento, sino dejado como el único de todos que podía hablar con el menor peligro, no para que Sexto Roscio sea defendido con una protección suficientemente firme, sino para que no quede totalmente desamparado. Quizás os preguntéis cuál es ese terror y qué miedo tan grande impide que tantos y tan ilustres hombres quieran defender, como acostumbran, la causa de la vida y los bienes de otro. Que hasta ahora lo ignoréis no es de extrañar, puesto que los acusadores han omitido deliberadamente mencionar el asunto que ha provocado este juicio.
6
¿ Cuál es ese asunto? Los bienes del padre de este Sexto Roscio, que ascienden a seis millones de sestercios, los cuales el joven más poderoso en este momento de nuestra ciudad, Lucio Cornelio Crisógono, dice haber comprado por dos mil sestercios al fortísimo y clarísimo Lucio Sila, a quien nombro por causa de honor. Él os exige, jueces, que, puesto que se ha apoderado sin derecho alguno de un dinero ajeno tan cuantioso y excelente, y puesto que la vida de Sexto Roscio parece obstaculizar y estorbar ese dinero, eliminéis toda sospecha de su ánimo y le quitéis el miedo; pues no cree poder obtener el patrimonio tan amplio y copioso de este inocente mientras él esté a salvo, y espera que, una vez condenado y desterrado, podrá derrochar y consumir en el lujo lo que ha obtenido mediante el crimen. Pide que arranquéis de su ánimo ese escrúpulo que le estimula y punza día y noche, y que os declaréis ayudantes de esta presa suya tan nefaria.
7
Si os parece una petición justa y honesta, jueces, yo, por el contrario, presento una petición breve y, según me persuado, bastante más justa. Primero, pido a Crisógono que se contente con nuestro dinero y bienes, y que no busque nuestra sangre y nuestra vida; después, a vosotros, jueces, que resistáis a la maldad de los audaces, aliviéis la calamidad de los inocentes y alejéis en la causa de Sexto Roscio el peligro que se cierne sobre todos.
8
Pero si se encontrara alguna causa del crimen, o sospecha del hecho, o cualquier cosa, por mínima que sea, por la cual parezca que ellos siguieron algún motivo al presentar la acusación, y finalmente, si encontráis alguna otra causa fuera de esa presa que he mencionado, no nos negamos a que la vida de Sexto Roscio sea entregada a su capricho. Pero si no se trata de otra cosa que de que no les falte nada a aquellos para quienes nada es suficiente, si se lucha en este momento solo para que la condena de Sexto Roscio se añada como un colmo a esa rica y excelente presa,¿ no es, entre muchas cosas indignas, esto lo más indigno, que se os considere idóneos para que, mediante vuestras sentencias y juramento, consigan lo que antes ellos mismos acostumbraban a conseguir con el crimen y el hierro?¿ Vosotros, que habéis sido elegidos de la ciudad al senado por vuestra dignidad, y del senado a este tribunal por vuestra severidad, que hombres sicarios y gladiadores os pidan esto, no solo que eviten los castigos que deberían temer y horrorizarse ante vosotros por sus fechorías, sino también que se marchen de este juicio adornados y enriquecidos con los despojos?
9
Sobre estos asuntos tan grandes y atroces, comprendo que no puedo hablar con suficiente comodidad, ni quejarme con suficiente gravedad, ni gritar con suficiente libertad. Pues mi talento es un impedimento para la comodidad, mi edad para la gravedad y los tiempos para la libertad. A esto se añade el máximo temor que me atribuyen la naturaleza y mi pudor, así como vuestra dignidad, la fuerza de los adversarios y los peligros de Sexto Roscio. Por lo cual os ruego y suplico, jueces, que escuchéis mis palabras atentamente y con buena voluntad.
10
Confiando en vuestra lealtad y sabiduría, he asumido más carga de la que entiendo que puedo soportar. Si aliviáis esta carga en alguna parte, la llevaré como pueda con estudio y diligencia, jueces; pero si soy abandonado por vosotros, lo que no espero, aun así no desfalleceré de ánimo y llevaré hasta el final lo que he emprendido mientras pueda. Y si no puedo llevarlo hasta el final, prefiero ser oprimido por la carga del deber que abandonar por perfidia o deponer por debilidad de ánimo aquello que una vez me fue impuesto con lealtad.
11
A ti también, Marco Marcio Fanio, te pido encarecidamente que, tal como te mostraste ante el pueblo romano cuando presidías este mismo tribunal, tal te muestres ahora ante nosotros y ante la república. Ves qué multitud de hombres se ha reunido para este juicio; comprendes cuál es la expectativa de todos los mortales, qué deseo de que se realicen juicios agudos y severos. Después de un largo intervalo, este es el primer juicio que se celebra entre sicarios, mientras que entretanto se han cometido asesinatos indignísimos y gravísimos; todos esperan que este tribunal, bajo tu pretura, sea digno de los manifiestos crímenes y de la sangre cotidiana.
12
La misma vociferación que los acusadores han acostumbrado a usar en otros juicios, la usamos nosotros en este momento al defender la causa. Pedimos a ti, Marco Marcio Fanio, y a vosotros, jueces, que castiguéis los crímenes con la mayor severidad, que resistáis con la mayor firmeza a los hombres más audaces, y que penséis que, a menos que mostréis en esta causa cuál es vuestro ánimo, el deseo, el crimen y la audacia de los hombres llegarán a tal punto que no solo en secreto, sino aquí mismo en el foro, ante tu tribunal, Marco Marcio Fanio, ante vuestros pies, jueces, entre los mismos escaños, habrá asesinatos.
13
Pues,¿ qué otra cosa se intenta con este juicio sino que se permita que eso suceda? Acusan aquellos que han invadido los bienes de este, defiende aquel a quien no le han dejado nada más que la calamidad; acusan aquellos a quienes benefició la muerte del padre de Sexto Roscio, defiende aquel a quien la muerte del padre le trajo no solo luto, sino también indigencia; acusan aquellos que desearon intensamente degollar a este mismo, defiende aquel que incluso ha venido a este mismo juicio con protección para no ser asesinado allí mismo ante vuestros ojos; finalmente, acusan aquellos a quienes el pueblo reclama, defiende aquel que es el único que queda de su nefaria matanza.
14
Y para que podáis entender más fácilmente, jueces, que los hechos son más indignos que lo que estamos diciendo, os expondremos desde el principio cómo se desarrolló el asunto, para que podáis conocer más fácilmente tanto las miserias de este hombre inocentísimo como las audacias de aquellos, y la calamidad de la república.
15
Sexto Roscio, padre de este, fue un ciudadano de Ameria, el primero con mucho en su municipio y en toda la vecindad por linaje, nobleza y dinero, y además floreciente por la gracia y hospitalidad de hombres nobilísimos. Pues tenía con los Metelos, los Servilios y los Escipiones no solo hospitalidad, sino también trato doméstico y costumbre, familias a las que, como es justo, nombro por su honestidad y prestigio. Por tanto, de todos sus bienes, solo esto le dejó a su hijo; pues el patrimonio lo poseen unos ladrones domésticos que lo arrebataron por la fuerza, mientras que la fama y la vida del inocente son defendidas por los huéspedes y amigos paternos.
16
Él, que siempre había sido partidario de la nobleza, en este último tumulto, cuando la dignidad y la seguridad de todos los nobles estaban en peligro, defendió esa parte y causa con su trabajo, estudio y autoridad más que los demás en esa vecindad. Pues consideraba justo luchar por la honestidad de aquellos por quienes él mismo era contado entre los más honestos de los suyos. Después de que se estableció la victoria y nos retiramos de las armas, cuando se proscribía a los hombres y se capturaba en todas partes a los que se consideraba que habían sido adversarios, él estaba frecuentemente en Roma y se movía diariamente en el foro y en boca de todos, más para parecer que se alegraba por la victoria de la nobleza que para temer que le ocurriera alguna calamidad por ella.
17
Tenía viejas enemistades con dos Roscios de Ameria, de los cuales veo a uno sentado en los escaños de los acusadores y oigo que el otro posee tres de las fincas de este; si hubiera podido evitar estas enemistades tanto como solía temerlas, viviría. Pues no temía sin razón, jueces. Pues esos dos son Tito Tito Roscio, de los cuales uno tiene el sobrenombre de Capitón, y este que está presente es llamado Magno, hombres de tal clase: uno es considerado un viejo y noble gladiador de muchas palmas, y este, en cambio, se unió recientemente a ese lanista, y quien antes de esta lucha era un novato, por lo que sé, superó fácilmente al propio maestro en crimen y audacia.
18
Pues mientras este Sexto Roscio estaba en Ameria, y ese Tito Roscio en Roma, mientras este hijo estaba constantemente en las fincas y se había dedicado por voluntad de su padre a la economía familiar y a la vida rústica, y aquel, en cambio, estaba frecuentemente en Roma, Sexto Roscio es asesinado regresando de una cena cerca de los baños Palatinos. Espero que por esto mismo no sea oscuro a quién pertenece la sospecha del crimen; pero lo que hasta ahora es sospechoso, si el hecho mismo no lo hace evidente, juzgadlo como partícipe de la culpa.
19
Asesinado Sexto Roscio, el primero en anunciarlo en Ameria es un tal Malio Glaucia, hombre insignificante, liberto, cliente y familiar de ese Tito Tito Roscio, y lo anuncia no a la casa del hijo, sino a la de Tito Tito Capitón, el enemigo; y aunque fue asesinado después de la primera hora de la noche, al primer amanecer este mensajero llegó a Ameria; en diez horas nocturnas voló cincuenta y seis millas en carruajes, no solo para ser el primero en llevar la noticia deseada al enemigo, sino también para mostrar la sangre del enemigo lo más reciente posible y el arma extraída poco antes del cuerpo.
20
En los cuatro días en que ocurrieron estos hechos, el asunto se traslada a Crisógono en el campamento de Lucio Sila en Volaterra; se demuestra la magnitud del dinero; la bondad de las fincas— pues dejó trece fundos que casi todos tocan el Tíber—; se recuerda la indigencia y soledad de este; demuestran que, como el padre de este Sexto Roscio, hombre tan espléndido y lleno de gracia, fue asesinado sin dificultad, este hombre incauto, rústico y desconocido en Roma podría ser eliminado fácilmente; para ese asunto prometen su ayuda.
21
Para no alargarme, jueces, se forma la sociedad. Cuando ya no se hacía mención de la proscripción, cuando incluso los que antes habían temido regresaban y ya se consideraban libres de peligros, el nombre de Sexto Roscio, hombre muy devoto de la nobleza, se inscribe en las listas; Crisógono se convierte en el comprador; tres fincas, las más nobles, se entregan como propias a Capitón, que las posee hoy; sobre el resto de todos los bienes, ese Tito Tito Roscio, en nombre de Crisógono, como él mismo dice, hace un ataque. Sé con certeza, jueces, que todo esto se hizo sin que Lucio Sila lo supiera.
22
Y no es de extrañar, cuando al mismo tiempo repara lo que ha pasado y prepara lo que parece que se avecina, cuando tiene solo el poder de establecer la paz y de dirigir la guerra, cuando todos miran hacia uno solo, uno solo gobierna todo, cuando está tan ocupado con tantos y tan grandes asuntos que no puede respirar libremente, si no advierte algo, especialmente cuando tantos observan su ocupación y acechan el momento para que, tan pronto como él mire hacia otro lado, tramen algo de este tipo. A esto se añade que, por muy afortunado que sea, como lo es, nadie puede estar en una gran familia sin tener a ningún esclavo ni liberto malvado.
23
Entretanto, ese Tito Roscio, el mejor de los hombres, procurador de Crisógono, llega a Ameria, invade las fincas de este, expulsa a este miserable, perdido por el luto, que aún no había cumplido todos los ritos debidos al funeral paterno, desnudo de su casa y de sus hogares paternos y de sus dioses penates, jueces, y él mismo se convierte en dueño de un dinero amplísimo. Quien había sido muy necesitado en sus propios asuntos, era, como suele suceder, insolente en los ajenos; se llevaba muchas cosas abiertamente a su casa, otras muchas las retiraba en secreto, no pocas las regalaba generosa y profusamente a sus ayudantes, el resto lo vendía en una subasta establecida.
24
Esto pareció tan indigno a los amerinos que en toda la ciudad hubo llantos y gemidos. Pues muchas cosas se presentaban a la vez ante sus ojos: la muerte crudelísima de un hombre florentísimo, Sexto Roscio, y la indigencia indignísima de su hijo, a quien ese nefario ladrón no le había dejado ni siquiera el camino al sepulcro paterno, la compra flagiciosa de los bienes, la posesión, los hurtos, las rapiñas, las donaciones. No había nadie que no prefiriera que todo ardiera antes que ver a Tito Tito Roscio jactándose y dominando en los bienes de Sexto Roscio, hombre óptimo y honestísimo.
25
Por tanto, se hace inmediatamente un decreto de los decuriones para que los diez principales partan hacia Lucio Sila y le enseñen qué hombre fue Sexto Roscio, se quejen de la maldad e injusticias de aquellos, y rueguen que quiera conservar tanto la fama del muerto como los bienes del hijo inocente. Y el decreto mismo, os ruego, conocedlo. DECRETO DE LOS DECURIONES. Los legados llegan al campamento. Se entiende, jueces, lo que ya dije antes, que estos crímenes y fechorías se hacen sin que Lucio Sila lo sepa. Pues inmediatamente Crisógono se acerca a ellos y envía a hombres nobles que pidan que no se acerquen a Sila, y prometan que Crisógono hará todo lo que quieran.
26
Pero él había temido tanto que prefería morir antes que Sila fuera informado de estos asuntos. Los hombres antiguos, que juzgaban a los demás por su propia naturaleza, cuando él aseguraba que borraría el nombre de Sexto Roscio de las listas y entregaría las fincas vacías al hijo, y cuando Tito Tito Roscio Capitón, que estaba entre los diez legados, prometía que así sería, creyeron; regresaron a Ameria sin haber logrado el asunto. Y al principio empezaron a diferir y procrastinar el asunto diariamente, después a no hacer nada con bastante lentitud y a engañar, finalmente, lo que se entendió fácilmente, a preparar emboscadas a la vida de este Sexto Roscio y a no creer que podían poseer por más tiempo el dinero ajeno con el dueño a salvo.
27
Cuando este sintió esto, por consejo de amigos y parientes, huyó a Roma y se dirigió a Cecilia, hermana de Nepote, hija de Baliárico, a quien nombro por causa de honor, de quien su padre se había servido mucho; en cuya mujer, jueces, incluso ahora, lo que todos siempre han pensado, permanecen como por ejemplo las huellas del antiguo deber. Ella recibió en su casa a Sexto Roscio, necesitado, expulsado de su casa y de sus bienes, huyendo de las armas y amenazas de los ladrones, y ayudó al huésped oprimido y ya desesperado por todos. Por su virtud, lealtad y diligencia, sucedió que este fuera registrado más bien vivo entre los acusados que muerto entre los proscritos.
28
Pues después de que ellos entendieron que la vida de Sexto Roscio era custodiada con suma diligencia y que no se les daba ninguna oportunidad de cometer el asesinato, tomaron la decisión, llena de crimen y audacia, de presentar el nombre de este por parricidio, de preparar para ese asunto a algún acusador veterano que pudiera decir algo sobre ese asunto, en el cual no hubiera ninguna sospecha, finalmente, que, puesto que no podían con el crimen, lucharan con el tiempo mismo. Así hablaban los hombres:' que como los juicios no se habían hecho durante tanto tiempo, debía ser condenado el primero que fuera llevado a juicio; que a este le faltarían defensores debido a la gracia de Crisógono; que nadie hablaría sobre la venta de los bienes y sobre esa sociedad; que por el nombre mismo de parricidio y la atrocidad del crimen, este sería eliminado sin dificultad, al no ser defendido por nadie'.
29
Impulsados por esta decisión y, más bien, por esta demencia, a quien ellos mismos, cuando querían, no pudieron asesinar, a ese os entregaron para ser degollado.¿ De qué me quejaré primero o por dónde empezaré, jueces, o qué ayuda o de quiénes la pediré?¿ Imploraré la fe de los dioses inmortales, del pueblo romano o la vuestra, que tenéis la máxima potestad en este momento?
30
El padre asesinado nefariamente, la casa asediada por los enemigos, los bienes arrebatados, poseídos, saqueados, la vida del hijo infestada, a menudo atacada con hierro y emboscadas.¿ Qué parece faltar de crimen en tantas fechorías? Sin embargo, acumulan y aumentan esto con otros actos nefarios, fingen un crimen increíble, preparan testigos contra este y acusadores con dinero; le ofrecen esta condición al miserable: que elija si prefiere dar el cuello a Tito Tito Roscio o morir cosido en un saco con la mayor deshonra. Pensaron que le faltarían defensores; faltan; pero quien hable libremente, quien defienda con lealtad, lo que es suficiente en esta causa, no falta ciertamente, jueces.
31
Y quizás al asumir la causa he actuado temerariamente impulsado por la juventud; puesto que una vez que la he asumido, aunque por Hércules todas las amenazas, terrores y peligros se ciernan por todas partes, acudiré y me someteré. Está decidido y deliberado decir todo lo que considero que pertenece a la causa, no solo decirlo, sino decirlo voluntariamente, audazmente y libremente; no surgirá ninguna cosa tan grande, jueces, que pueda ejercer sobre mí una fuerza de miedo mayor que la lealtad.
32
Pues,¿ quién tiene el ánimo tan disoluto que, al ver esto, pueda callar y descuidar? A mi padre, cuando no estaba proscrito, lo degollasteis, una vez asesinado lo registrasteis en el número de los proscritos, a mí me expulsasteis de mi casa por la fuerza, poseéis mi patrimonio.¿ Qué más queréis?¿ Habéis venido incluso a los escaños con hierro y armas para que aquí o lo degolléis o lo condenéis?
33
Tuvimos recientemente en la ciudad a un hombre con mucho el más audaz, Cayo Fimbria, y, lo que es constante entre todos, a menos que entre aquellos que ellos mismos también están locos, el más loco. Él, después de haber cuidado en el funeral de Cayo Mario que Quinto Escévola fuera herido, hombre santísimo y adornadísimo de nuestra ciudad, sobre cuya alabanza ni este lugar es para decir mucho ni se pueden decir más cosas de las que el pueblo romano retiene en su memoria, acusó a Escévola después de que supo que podía vivir. Cuando se le preguntaba qué iba a acusar finalmente a aquel a quien por su dignidad nadie podría alabar suficientemente bien, dicen que el hombre, como era furioso, respondió:' porque no recibió todo el arma en el cuerpo'. De lo cual el pueblo romano no vio nada más indigno, excepto la muerte del mismo hombre, que pudo tanto que, al ser asesinado, perdió y afligió a todos; a quienes, porque quería salvar mediante un acuerdo, él mismo fue asesinado por ellos.
34
¿ No es esto muy similar a aquel dicho y hecho de Fimbria? Acusáis a Sexto Roscio.¿ Por qué? Porque escapó de vuestras manos, porque no permitió que lo asesinaran. Aquello, porque se hizo contra Escévola, parece más indigno; esto, porque lo hace Crisógono, no es soportable. Pues,¡ por los dioses inmortales!,¿ qué hay en esta causa que necesite defensa?¿ Qué lugar requiere el talento del defensor o desea mucho la elocuencia del orador? Expliquemos toda la causa, jueces, y considerémosla expuesta ante nuestros ojos; así entenderéis muy fácilmente qué cosa contiene todo el juicio, sobre qué asuntos debemos hablar y qué os conviene seguir.
35
Tres son las cosas, en cuanto puedo estimar, que obstaculizan en este momento a Sexto Roscio: la invención del crimen de los adversarios, la audacia y la potencia. El acusador Erucio asumió la invención del crimen, los Roscios se adjudicaron las partes de la audacia, Crisógono, en cambio, aquel que puede mucho, lucha con la potencia. Entiendo que debo hablar sobre todas estas cosas.¿ Qué es, pues?
36
No de la misma manera sobre todas, debido a que esa primera cosa pertenece a mi deber, pero las dos restantes os las impuso el pueblo romano; yo debo diluir el crimen, vosotros debéis resistir a la audacia y extinguir y oprimir la potencia perniciosa e intolerable de hombres de tal clase en el primer momento posible.
37
Sexto Roscio es acusado de haber asesinado a su padre.¡ Un crimen malvado, dioses inmortales!, y nefario, y de tal clase que en ese único mal parece que todos los crímenes están comprendidos. Pues si, lo que es dicho brillantemente por los sabios, la piedad es a menudo herida por el rostro,¿ qué castigo suficientemente agudo se encontrará para aquel que ofreció la muerte a su progenitor? Por quien, si el asunto lo exigiera, las leyes divinas y humanas obligaban a morir a uno mismo.
38
En este mal tan grande, tan atroz, tan singular, que ha surgido tan raramente que, si alguna vez se oye, se cuenta como algo parecido a un portento y prodigio,¿ con qué argumentos, Cayo Erucio, crees que debe usar el acusador?¿ No es mostrar la audacia singular de aquel que es llamado al crimen, y sus costumbres feroces y naturaleza inhumana, y su vida dedicada a todos los vicios y fechorías, finalmente, todo arruinado y perdido para la perdición? De los cuales tú no has aportado nada contra Sexto Roscio ni siquiera por causa de objeción.
39
Sexto Roscio asesinó a su padre.¿ Qué hombre?¿ Un jovencito corrompido e inducido por hombres malvados? Tiene más de cuarenta años. Un viejo sicario, evidentemente, hombre audaz y a menudo versado en el asesinato. Pero esto ni siquiera habéis oído que lo diga el acusador.¿ El lujo, pues, impulsó al hombre a este crimen, sin duda, y la magnitud de la deuda y los deseos indomables del ánimo? Erucio lo purgó del lujo cuando dijo que este ni siquiera había estado en ningún banquete. Nunca debió nada.¿ Qué deseos, además, pueden existir en aquel que, como el mismo acusador objetó, siempre vivió en el campo y vivió cultivando la tierra? Cuya vida es la más alejada del deseo y unida al deber.
40
¿ Qué cosa, pues, objetó tanto furor a Sexto Roscio?' Al padre', dice,' no le agradaba'.¿ Al padre no le agradaba?¿ Por qué causa? Pues es necesario que esa también haya sido justa, grande y clara. Pues así como es increíble que la muerte fuera ofrecida al padre por el hijo sin muchísimas y máximas causas, así no es verosímil que el hijo fuera odioso al progenitor sin causas muchas, grandes y necesarias.
41
Volvamos, pues, de nuevo a lo mismo y preguntemos qué vicios tan grandes hubo en el hijo único por los cuales desagradaba al padre. Pero es evidente que no hubo ninguno.¿ El padre, pues, estaba loco, al odiar sin causa a aquel a quien había engendrado? Pero él fue el más constante de todos. Por tanto, eso ya es evidente ciertamente, si ni el padre estaba loco ni el hijo era un perdido, que no hubo causa de odio para el padre ni de crimen para el hijo.
42
' No sé', dice,' cuál fue la causa del odio; entiendo que hubo odio porque antes, cuando tenía dos hijos, quería que aquel otro que murió estuviera con él todo el tiempo, a este lo había relegado a las fincas rústicas'. Lo que le sucedía a Erucio en una acusación mala y trivial, lo mismo me sucede a mí en una causa óptima. Él no encontraba cómo confirmar un crimen inventado, yo no encuentro la razón para debilitar y diluir cosas tan leves.
43
¿ Qué dices, Erucio?¿ Sexto Roscio había entregado tantas fincas, tan hermosas, tan fructíferas, a su hijo para ser cultivadas y cuidadas por causa de relegación y castigo?¿ Qué?¿ Esto los padres de familia que tienen hijos, especialmente hombres de ese orden de los municipios rústicos, no consideran que es lo más deseable para ellos que sus hijos sirvan al máximo a la economía familiar y consuman la mayor parte de su trabajo y estudio en el cultivo de las fincas?
44
¿ O lo había alejado de tal modo que estuviera en el campo y solo fuera alimentado en la villa, para que careciera de todas las comodidades?¿ Qué? Si consta que este no solo estaba al frente del cultivo de las fincas, sino que solía disfrutar de ciertos fundos estando el padre vivo,¿ aún así esta vida suya rústica será llamada por ti relegación y alejamiento? Ves, Erucio, cuánto dista tu argumentación del hecho mismo y de la verdad. Lo que los padres hacen por costumbre, eso lo repruebas como si fuera nuevo; lo que se hace por benevolencia, eso lo criminalizas como hecho por odio; lo que el padre concedió al hijo por causa de honor, eso dices que lo hizo por causa de castigo.
45
Y esto no es que no lo entiendas, sino que hasta tal punto no tienes qué argumentar, que no solo piensas que debes hablar contra nosotros, sino también contra la naturaleza de las cosas, contra la costumbre de los hombres y contra las opiniones de todos. Pero, en efecto, cuando tenía dos hijos, a uno no lo apartaba de sí, al otro permitía que estuviera en el campo. Te ruego, Erucio, que tomes esto a bien; pues no lo diré por causa de reproche, sino por causa de advertencia.
46
Si la fortuna no te dio nacer de un padre cierto del cual pudieras entender cuál era el ánimo paterno hacia los hijos, al menos la naturaleza ciertamente te dio que no tuvieras poca humanidad; a eso se añadió el estudio de la doctrina para que ni siquiera fueras ajeno a las letras.¿ Qué te parece, finalmente, para que vengamos a las fábulas, que aquel viejo Ceciliano valore menos a Eutico, el hijo rústico, que a aquel otro, Querestrato?— pues, en mi opinión, tiene este nombre—,¿ que a uno lo tenga consigo en la ciudad por causa de honor, y al otro lo haya relegado al campo por causa de castigo?
47
'¿ Por qué te vas a esas necedades?', dirás. Como si fuera difícil para mí nombrar a muchos, para no ir más lejos, ya sean mis compañeros de tribu o mis vecinos que desean que sus hijos, a quienes valoran muchísimo, sean agricultores constantes. Pero tomar hombres conocidos es odioso, cuando es incierto si quieren ser nombrados, y nadie será más conocido para vosotros de lo que es este Eutico, y ciertamente no importa nada para el asunto si nombro a este joven cómico o a alguien del campo de Veyes. Pues creo que estas cosas han sido inventadas por los poetas para que viéramos nuestras costumbres reflejadas en personas ajenas y una imagen expresada de la vida cotidiana.
48
Vamos ahora, vuelve el ánimo, si quieres, a la verdad y considera no solo en Umbría y en esa vecindad, sino en estos antiguos municipios, qué estudios son los más alabados por los padres de familia; ya entenderás ciertamente que por falta de crímenes has atribuido la máxima alabanza de Sexto Roscio a vicio y culpa. Y no solo esto hacen los hijos por voluntad de los padres, sino que yo mismo conozco a muchísimos y, si no me falla el ánimo, cada uno de vosotros, que ellos mismos están encendidos por el estudio que concierne al cultivo de la tierra, y consideran que esta vida rústica, que tú piensas que debe ser un oprobio y un crimen, es la más honesta y la más dulce.
49
¿ Qué piensas, con qué estudio y con qué inteligencia está este mismo Sexto Roscio en los asuntos rústicos? Como oigo de estos parientes suyos, hombres honestísimos, no eres tú más astuto en ese artificio acusatorio que él en el suyo. Pero, en mi opinión, puesto que así le parece a Crisógono, que no le dejó ninguna finca, podrá olvidar el artificio y deponer el estudio. Lo cual, aunque es miserable e indigno, lo llevará con ánimo ecuánime, jueces, si puede obtener la vida y la fama por vosotros; esto, en verdad, es lo que no se puede soportar, si ha llegado a esta calamidad por la bondad y multitud de las fincas y porque las cultivó con estudio, eso será para él la mayor desgracia, como si fuera poca miseria que cultivó para otros y no para sí, a menos que también el hecho de que cultivó sea un crimen.
50
Ciertamente, Erucio, serías un acusador ridículo si hubieras nacido en aquellos tiempos en que se llamaba desde el arado a quienes debían ser cónsules. Pues quien piensa que estar al frente del cultivo de la tierra es una vergüenza, ciertamente juzgarías a aquel Atilio, a quien los que fueron enviados encontraron esparciendo la semilla con su propia mano, como un hombre torpísimo y deshonesto. Pero, por Hércules, nuestros antepasados pensaban de manera muy distinta tanto de él como de los demás hombres tales, y por tanto nos dejaron una república máxima y floreciente de una cosa mínima y tenue. Pues cultivaban sus campos con estudio, no codiciaban los ajenos; con estas cosas, tanto campos como ciudades y naciones, aumentaron la república y este imperio y el nombre del pueblo romano.
51
No expongo esto con el fin de compararlo con los asuntos que ahora investigamos, sino para que se comprenda que, dado que entre nuestros antepasados los hombres más eminentes y célebres, que en todo momento debían estar al timón del Estado, dedicaban sin embargo una parte considerable de su esfuerzo y tiempo al cultivo de los campos, debe perdonarse a aquel hombre que confiesa ser un campesino, puesto que ha vivido siempre en el campo de forma constante, sobre todo cuando no había nada que pudiera hacer que fuera más grato para su padre, más placentero para sí mismo o, en realidad, más honorable.
52
El odio acérrimo del padre hacia el hijo se demuestra, a mi juicio, Erucio, por el hecho de que permitía que este estuviera en el campo.¿ Acaso hay algo más?' Ciertamente lo hay', dice,' pues tenía la intención de desheredarlo'. Entiendo; ahora dices algo que viene al caso; pues aquello, creo, tú también concedes que es trivial e insustancial:' No asistía a los banquetes con su padre'. Naturalmente, pues ni siquiera venía a la ciudad sino en muy raras ocasiones.' Casi nadie invitaba a este a su casa'. No es de extrañar, pues no vivía en la ciudad ni tenía intención de volver a ella.
53
Pero tú también comprendes que estas cosas son frívolas; veamos aquello con lo que empezamos, de lo cual no puede encontrarse de ninguna manera un argumento más seguro de odio.' El padre pensaba desheredar al hijo'. Dejo de preguntar por qué causa; pregunto cómo lo sabes; aunque te correspondía a ti decir y enumerar todas las causas, y ese era el deber de un acusador seguro que, al acusar de un crimen tan grande, explicara todos los vicios y pecados del hijo por los cuales un padre, inflamado, pudo haber sido inducido a vencer a la naturaleza misma, a arrancar de su ánimo aquel amor profundamente arraigado, a olvidarse, en fin, de que era padre; cosas que no creo que hubieran podido suceder sin grandes pecados de este.
54
Pero te concedo que pases por alto aquellas cosas que, al callar, concedes que no existen; aquello, sin embargo, el haber querido desheredarlo, ciertamente debes demostrarlo.¿ Qué aduces, pues, por lo cual pensemos que eso sucedió? En verdad no puedes decir nada; inventa algo al menos de manera adecuada para no parecer que haces abiertamente lo que haces, burlarte de la fortuna de este desgraciado y de la dignidad de estos hombres tan ilustres.' Quiso desheredar a su hijo'.¿ Por qué causa?' No lo sé'.¿ Lo desheredó?' No'.¿ Quién lo impidió?' Lo pensaba'.¿ Lo pensaba?¿ A quién se lo dijo?' A nadie'.¿ Qué es otra cosa que abusar del juicio, de las leyes y de vuestra majestad para el lucro y el capricho, sino acusar de esta manera y objetar lo que no solo no puedes demostrar, sino que ni siquiera intentas?
55
No hay ninguno de nosotros, Erucio, que no sepa que tú no tienes enemistades con Sexto Roscio; todos ven por qué causa vienes como enemigo de este; saben que te ha movido el dinero de este.¿ Qué es, pues? Sin embargo, debías ser tan codicioso de lucro que consideraras que la reputación de estos y la ley Remmia debían tener algún valor.
56
Es útil que haya muchos acusadores en la ciudad para que la audacia sea contenida por el miedo; pero, sin embargo, esto es útil de tal manera que no seamos claramente burlados por los acusadores. Alguien es inocente, pero, aunque está lejos de la culpa, no carece de sospecha; aunque es lamentable, sin embargo, puedo perdonar de alguna manera a quien acusa a este. Pues, como tiene algo que puede decir de manera criminal y sospechosa, no parece que se burle abiertamente y calumnie a sabiendas. Por lo cual, todos permitimos fácilmente que haya tantos acusadores como sea posible, porque el inocente, si es acusado, puede ser absuelto, y el culpable, si no ha sido acusado, no puede ser condenado; es más útil, sin embargo, que el inocente sea absuelto a que el culpable no responda por su causa. Se contratan públicamente alimentos para los gansos y se crían perros en el Capitolio para que avisen si vienen ladrones. Pero no pueden distinguir a los ladrones, sin embargo, avisan si alguien ha venido al Capitolio de noche y, porque eso es sospechoso, aunque son bestias, sin embargo, pecan más bien en la parte que es más cautelosa. Pero si también de día los perros ladraran cuando alguien viniera a saludar a los dioses, creo que se les romperían las piernas, porque son feroces incluso cuando no hay sospecha.
57
La razón de los acusadores es muy similar. Algunos de vosotros sois gansos que solo gritan, no pueden dañar; otros sois perros que pueden tanto ladrar como morder. Vemos que se os proporcionan alimentos; vosotros, sin embargo, debéis atacar principalmente a los que lo merecen. Esto es muy grato para el pueblo. Después, si queréis, incluso cuando sea verosímil que alguien haya cometido un delito, ladrad ante la sospecha; eso también puede concederse. Pero si actuáis de tal manera que acusáis a alguien de haber matado a su padre y no podéis decir ni por qué ni cómo, y solo ladraréis sin sospecha, nadie os romperá las piernas, pero, si conozco bien a estos, fijarán en vuestra cabeza aquella letra a la que sois tan enemigos que incluso odiáis todas las calendas, de tal manera que después no podáis acusar a nadie más que a vuestras propias fortunas.
58
¿ Qué me has dado para defender, buen acusador?¿ Qué les has dado a estos para sospechar?' Temía que fuera desheredado'. Entiendo, pero nadie dice por qué causa debió temer.' El padre lo tenía en mente'. Demuéstralo. No hay nada; no hay nadie con quien haya deliberado, a quien haya informado, de dónde les vino a la mente sospechar eso. Cuando acusas de esta manera, Erucio,¿ no dices abiertamente:' Sé lo que he recibido, no sé qué decir; solo he mirado aquello que Crisógono decía, que nadie sería defensor de este, que en este tiempo nadie se atrevería a decir una palabra sobre la compra de bienes y sobre esa sociedad'? Esta falsa opinión te impulsó a ese fraude; por Hércules, no habrías dicho una palabra si hubieras pensado que alguien te respondería.
59
Valía la pena, si os habéis fijado, jueces, considerar su negligencia al acusar. Creo que, cuando vio qué hombres estaban sentados en estos escaños, preguntó si este o aquel iba a defender; de mí ni siquiera sospechó, porque antes no he defendido ninguna causa pública. Después de que encontró que ninguno de los que pueden y suelen hacerlo, comenzó a ser tan negligente que, cuando le venía a la mente, se sentaba, luego paseaba, a veces incluso llamaba a un esclavo, creo, para ordenarle la cena, absolutamente como si abusara de vuestra asamblea y de este encuentro como si fuera una soledad absoluta. Terminó finalmente, se sentó; yo me levanté.
60
Pareció respirar porque no era otro quien hablaba. Comencé a hablar. Hasta tal punto noté, jueces, que él bromeaba y se ocupaba de otras cosas antes de que nombrara a Crisógono; a quien, tan pronto como toqué, el hombre se irguió inmediatamente, pareció asombrarse. Comprendí qué le había picado. Lo nombré una segunda y una tercera vez. Después, los hombres no dejaron de correr de un lado a otro, creo, para anunciar a Crisógono que había alguien en la ciudad que se atrevía a hablar contra su voluntad; que la causa se trataba de manera distinta a como él pensaba, que se descubría la compra de bienes, que la sociedad era gravemente perturbada, que su favor y poder eran ignorados, que los jueces prestaban atención diligentemente, que al pueblo le parecía un asunto indigno.
61
Puesto que estas cosas te han fallado, Erucio, y puesto que ves que todo ha cambiado, que la causa a favor de Sexto Roscio, si no de manera adecuada, al menos se dice libremente, que ves que aquel a quien dabas por perdido es defendido, que ves que juzgan aquellos a quienes esperabas que traicionarían, restitúyenos finalmente tu antigua astucia y prudencia, confiesa que has venido aquí con la esperanza de que pensabas que esto sería un bandidaje, no un juicio. Se trata una causa por parricidio; el acusador no ha dado razón de por qué causa el hijo mató al padre.
62
Lo que en los delitos más pequeños y en estos pecados más leves que son más frecuentes y ya casi cotidianos se investiga sobre todo y en primer lugar, cuál fue la causa del mal, eso Erucio no piensa que deba investigarse en el parricidio. En cuyo crimen, jueces, incluso cuando muchas causas parecen haberse reunido en un solo lugar y coincidir entre sí, sin embargo, no se cree a la ligera, ni el asunto se sopesa con una conjetura leve, ni se escucha a un testigo incierto, ni el asunto se juzga por el ingenio del acusador. Es necesario que se demuestren muchos delitos cometidos anteriormente, una vida del hombre perdidísima, y además una audacia singular, y no solo audacia, sino suma furia y demencia. Aunque todo esto sea así, sin embargo, deben existir huellas expresas del crimen, dónde, por qué razón, por quiénes, en qué tiempo se cometió el delito. Si estas no son muchas y manifiestas, ciertamente un asunto tan criminal, tan atroz, tan nefando no puede ser creído.
63
Grande es, en efecto, la fuerza de la humanidad; mucho vale la comunión de sangre; la naturaleza misma protesta contra sospechas de este tipo; es un portento y un monstruo certísimo que haya alguien con apariencia y figura humana que haya superado tanto en inmanidad a las bestias que, por quienes ha visto esta suavísima luz, los haya privado indignísimamente de la luz, cuando incluso a las fieras las concilian entre sí el parto, la crianza y la naturaleza misma.
64
No hace tantos años dicen que un tal Tito Celio de Terracina, hombre no oscuro, habiendo cenado, se fue a dormir a la misma habitación con sus dos hijos adolescentes, y fue encontrado por la mañana degollado. Como no se encontraba ningún esclavo ni libre a quien perteneciera esa sospecha, y siendo los dos hijos adolescentes que dormían cerca quienes decían que ni siquiera se habían enterado, se presentaron los nombres de los hijos por parricidio.¿ Qué podía ser tan sospechoso?¿ Que ninguno de los dos se hubiera enterado?¿ Y que alguien se hubiera atrevido a cometerse en esa habitación precisamente en el momento en que estaban allí dos hijos adolescentes que podían sentir y defender fácilmente? Además, no había nadie en quien esa sospecha encajara.
65
Sin embargo, cuando se hizo evidente a los jueces que, abierta la puerta, fueron encontrados durmiendo, los adolescentes fueron absueltos en el juicio y liberados de toda sospecha. Pues nadie pensaba que hubiera alguien que, habiendo violado todas las leyes divinas y humanas con un crimen nefando, hubiera podido conciliar el sueño inmediatamente, debido a que quienes han cometido un crimen tan grande no solo no pueden descansar sin preocupación, sino que ni siquiera pueden respirar sin miedo.
66
Veis que aquellos que los poetas nos han transmitido que tomaron castigo de su madre por causa de vengar al padre, aunque se diga que lo hicieron por órdenes y oráculos de los dioses inmortales, sin embargo, las Furias los agitan y no les permiten detenerse nunca, porque ni siquiera los piadosos pudieron estar sin crimen. Así es el asunto, jueces: la sangre paterna y materna posee una gran fuerza, una gran necesidad, una gran religión; de la cual, si se ha concebido alguna mancha, no solo no puede ser lavada, sino que llega hasta el ánimo de tal manera que le sigue una suma furia y demencia.
67
No penséis, como veis a menudo en las fábulas, que aquellos que han cometido algo impía y criminalmente son agitados y aterrorizados por las antorchas ardientes de las Furias. Su propia culpa y su propio terror atormentan más que nada a cada uno, su propio crimen agita a cada uno y lo afecta con demencia, sus malos pensamientos y las conciencias de su ánimo los aterrorizan; estas son las Furias constantes y domésticas de los impíos que día y noche reclaman los castigos de los padres a los hijos más criminales.
68
Esta magnitud del delito hace que, a menos que se presente un parricidio casi manifiesto, no sea creíble, a menos que haya una juventud vergonzosa, una vida manchada por todos los flagelos, gastos derrochados con deshonra y oprobio, una audacia desenfrenada, una temeridad tal que no se aleje mucho de la locura. A esto debe añadirse el odio al padre, el miedo al castigo paterno, amigos malvados, esclavos cómplices, tiempo adecuado, lugar oportunamente captado para ese asunto; casi diré que los jueces deben ver las manos manchadas con sangre paterna si van a creer un crimen tan grande, tan inmenso, tan amargo.
69
Por lo cual, cuanto menos creíble es esto, a menos que se demuestre, tanto más debe ser castigado si se convence. Por tanto, como puede entenderse por muchas cosas que nuestros antepasados no solo pudieron más que las demás naciones con las armas, sino también con el consejo y la sabiduría, sobre todo por este hecho, que inventaron un castigo singular para los impíos. En lo cual, considerad cuánto superaron en prudencia a aquellos que se dice que fueron los más sabios entre los demás.
70
Se dice que la ciudad más prudente de los atenienses lo fue mientras dominó los asuntos; además, dicen que el más sabio de esa ciudad fue Solón, aquel que escribió las leyes que usan incluso hoy. Cuando se le preguntaba por qué no había establecido ningún castigo para quien hubiera matado a su padre, respondió que pensaba que nadie lo haría. Se dice que actuó sabiamente al no sancionar nada sobre aquello que no se había cometido antes, para no parecer que prohibía tanto como que advertía.¡ Cuánto más sabiamente nuestros antepasados! Quienes, al comprender que no hay nada tan sagrado que la audacia no viole alguna vez, idearon un castigo singular para los parricidas para que aquellos a quienes la naturaleza misma no había podido retener en el deber, fueran apartados del delito por la magnitud del castigo. Quisieron que fueran cosidos vivos en un saco y así arrojados al río.
71
¡ Oh, singular sabiduría, jueces!¿ No parecen haber eliminado y arrebatado de la naturaleza de las cosas a este hombre a quien de repente quitaron el cielo, el sol, el agua y la tierra, para que, quien hubiera matado a aquel de quien él mismo había nacido, careciera de todas esas cosas de las que se dice que todo ha nacido? No quisieron arrojar el cuerpo a las fieras para no usar bestias más inmensas que también hubieran tocado tal crimen; no así arrojarlos desnudos al río para que, cuando fueran llevados al mar, no contaminaran el mismo mar por el cual se cree que se expían las demás cosas que han sido violadas; en fin, no dejaron ninguna parte de nada tan vil ni tan vulgar.
72
Pues,¿ qué es tan común como el aliento para los vivos, la tierra para los muertos, el mar para los que flotan, la orilla para los arrojados? Así viven, mientras pueden, de modo que no pueden extraer aliento del cielo, así mueren de modo que la tierra no toque sus huesos, así son arrojados por las olas de modo que nunca sean lavados, así, finalmente, son arrojados de modo que ni siquiera muertos descansen en las rocas.¿ Crees, Erucio, que puedes probar ante hombres tales el crimen de un delito tan grande, para el cual se ha establecido un castigo tan insigne, si ni siquiera has presentado la causa del delito? Si acusaras a este ante los mismos compradores de bienes y Crisógono presidiera ese juicio, aun así habrías venido más diligente y preparado.
73
¿ No ves qué se trata, o ante quiénes se trata? Se trata de un parricidio que no puede emprenderse sin muchas causas; se trata, sin embargo, ante hombres prudentísimos que comprenden que nadie comete ni el más mínimo delito sin causa. Sea, no puedes presentar la causa. Aunque debería haber ganado inmediatamente, sin embargo, cederé de mi derecho y te concederé en esta causa lo que no concedería en otra, confiado en la inocencia de este. No pregunto de ti por qué causa Sexto Roscio mató a su padre, pregunto cómo lo mató. Así pregunto de ti, Cayo Erucio:¿ cómo?, y trataré contigo de tal manera que en mi turno te daré la potestad de responder o de interrumpir, o incluso, si quieres, de preguntar.
74
¿ Cómo lo mató?¿ Golpeó él mismo o dio a otros para que mataran? Si argumentas que él mismo, no estuvo en Roma; si dices que lo hizo a través de otros, pregunto¿ a quiénes?¿ Esclavos o libres? Si libres,¿ qué hombres?¿ De Ameria o estos sicarios de la ciudad? Si de Ameria,¿ quiénes son?¿ Por qué no se nombran? Si de Roma,¿ de dónde los conocía Roscio, que no vino a Roma en muchos años ni estuvo nunca más de tres días?¿ Dónde los encontró?¿ Con quién habló?¿ Cómo los persuadió?' Dio el precio';¿ a quién se lo dio?¿ A través de quién se lo dio?¿ De dónde o cuánto dio?¿ No se suele llegar a la cabeza del delito por estas huellas? Y al mismo tiempo haz que te venga a la mente cómo has descrito la vida de este; que este hombre ha sido fiero y rústico, que nunca ha hablado con ningún hombre, que nunca se ha detenido en la ciudad.
75
En lo cual paso por alto aquello que podía ser para mí el mayor argumento para la inocencia de este, que en las costumbres rústicas, en el sustento árido, en esta vida horrible e inculta, no suelen nacer delitos de este tipo. Como no puedes encontrar todo fruto ni árbol en todo campo, así no todo crimen nace en toda vida. En la ciudad se crea el lujo, de la lujuria es necesario que surja la avaricia, de la avaricia que brote la audacia, de ahí nacen todos los crímenes y delitos; esta vida rústica, sin embargo, a la que tú llamas agreste, es maestra de parsimonia, diligencia y justicia.
76
Pero dejo esto de lado; pregunto aquello: ese hombre que, como tú mismo dices, nunca estuvo entre los hombres,¿ a través de qué hombres pudo cometer este crimen tan grande, tan oculto, estando ausente sobre todo? Muchas cosas son falsas, jueces, que sin embargo pueden argumentarse sospechosamente; en estos asuntos, si se encuentra sospecha, concederé que hay culpa. Sexto Roscio es asesinado en Roma, cuando el hijo estaba en el campo de Ameria. Creo que envió cartas a algún sicario que no conocía a nadie en Roma. Llamó a alguien.¿ A quién o cuándo? Envió un mensajero.¿ A quién o ante quién? Indujo a alguien con precio, favor, esperanza, promesas. Nada de esto puede siquiera inventarse; y sin embargo se trata la causa por parricidio.
77
Queda que lo haya cometido a través de esclavos.¡ Oh, dioses inmortales, asunto lamentable y calamitoso!¿ Qué? En tal crimen, lo que suele ser para la salvación del inocente, que prometa esclavos para el interrogatorio,¿ no se le permite hacer a Sexto Roscio? Vosotros que acusáis a este tenéis a todos sus esclavos; no ha quedado para Sexto Roscio ni un solo esclavo, administrador del sustento cotidiano, de tan gran familia. Te llamo ahora a ti, Publio Escipión, a ti, Marco Metelo; siendo vosotros abogados, siendo vosotros quienes actúan, Sexto Roscio ha pedido varias veces a los adversarios dos esclavos paternos para el interrogatorio;¿ recordáis que Tito Roscio se negara?¿ Qué?¿ Dónde están esos esclavos? Siguen a Crisógono, jueces; están con él en honor y en precio. Incluso ahora pido que se les interrogue, este ruega y suplica.
78
¿ Qué hacéis?¿ Por qué os negáis? Dudad incluso ahora, jueces, si podéis, por quién ha sido asesinado Sexto Roscio,¿ por aquel que por su muerte vive en la indigencia y en las emboscadas, a quien ni siquiera se le permite la potestad de investigar sobre la muerte de su padre, o por aquellos que huyen del interrogatorio, poseen los bienes, viven en la matanza y de la matanza? Todo, jueces, en esta causa es lamentable e indigno; sin embargo, no puede presentarse nada más amargo ni más inicuo:¡ al hijo no se le permite tener interrogatorio sobre los esclavos paternos por la muerte paterna!¿ Ni siquiera tanto tiempo será dueño de los suyos mientras se investigue sobre la muerte del padre a partir de ellos? Vendré, y no mucho después, a este lugar; pues todo esto pertenece a los Roscios, de cuya audacia prometí que hablaría entonces, cuando hubiera disuelto los crímenes de Erucio.
79
Ahora, Erucio, vengo a ti. Es necesario que convenga contigo, si ese delito pertenece a este, que o bien lo hizo él mismo con su mano, lo cual niegas, o a través de algunos libres o esclavos.¿ Libres? A quienes no puedes mostrar cómo pudo encontrarlos, ni por qué razón inducirlos, ni dónde, ni a través de quiénes, ni con qué esperanza o qué precio. Yo, por el contrario, muestro que Sexto Roscio no solo no hizo nada de eso, sino que ni siquiera pudo hacerlo, porque no estuvo en Roma en muchos años ni se alejó nunca a la ligera de sus propiedades. Parecía quedarte el nombre de los esclavos, a donde, como a un puerto, arrojado por las demás sospechas, pudieras refugiarte; donde golpeas un escollo de tal manera que no solo ves que el crimen rebota de este, sino que comprendes que toda la sospecha recae sobre vosotros mismos.
80
¿ Qué es, pues, a lo que el acusador ha recurrido por falta de argumentos?' Era un tiempo', dice,' tal que los hombres eran asesinados comúnmente con impunidad; por lo cual tú pudiste hacer esto sin ningún problema debido a la multitud de sicarios'. A veces me pareces, Erucio, querer conseguir dos cosas con una sola paga, inundarnos con el juicio, pero acusar a aquellos mismos de quienes recibiste la paga.¿ Qué dices?¿ Eran asesinados comúnmente?¿ Por quiénes y por quiénes?¿ No piensas que has sido traído aquí por los compradores de bienes?¿ Qué después?¿ No sabemos que en esos tiempos fueron casi los mismos los compradores de cuellos y de bienes?
81
Aquellos, en fin, que entonces corrían armados día y noche, que estaban en Roma constantemente, que en todo momento se ocupaban en el botín y en la sangre,¿ objetarán a Sexto Roscio la amargura y la iniquidad de aquel tiempo y pensarán que aquella multitud de sicarios, en la que ellos mismos eran líderes y jefes, servirá para este crimen? Quien no solo no estuvo en Roma, sino que ignoró absolutamente qué se hacía en Roma, debido a que estuvo en el campo constantemente, como tú mismo confiesas.
82
Temo ser molesto para vosotros, jueces, o parecer desconfiar de vuestros ingenios si hablo más tiempo sobre asuntos tan claros. La acusación de Erucio, creo, ha sido disuelta por completo; a menos que esperéis que disuelva aquellas cosas que objetó sobre el peculado y sobre asuntos ficticios de ese tipo, inauditos para nosotros antes de este tiempo y nuevos; que me pareció que declamaba de otro discurso que preparaba contra otro acusado; así, no pertenecían ni al crimen de parricidio ni a quien defiende la causa; sobre los cuales, puesto que argumenta con una palabra, basta con negar con una palabra. Si hay algo que reserva para los testigos, allí también nos encontrará, como en la misma causa, más preparados de lo que pensaba.
83
Vengo ahora a donde no me lleva la codicia, sino la lealtad. Pues si me gustara acusar, acusaría a otros de quienes pudiera crecer; lo cual es seguro que no haré, mientras sea posible elegir. Pues me parece más eminente quien llega a un lugar más alto por su propia virtud, no quien asciende por el inconveniente y la calamidad de otro. Dejemos de escudriñar finalmente las cosas que son vanas; busquemos el delito allí donde está y puede encontrarse; ahora comprenderás, Erucio, con cuántas sospechas se refuta un crimen seguro, aunque no diré todo y tocaré ligeramente cada cosa. Pues no lo haría si no fuera necesario, y eso será señal de que lo hago a disgusto, que no perseguiré más lejos de lo que la salvación de este y mi lealtad exigirán.
84
Tú no encontrabas ninguna causa en Sexto Roscio; pero yo la encuentro en Tito Roscio. Pues tengo el asunto contigo, Tito Roscio, puesto que te sientas ahí y confiesas abiertamente ser adversario. Sobre Capitón veremos después, si, como oigo que está preparado, comparece como testigo; entonces reconocerá también otras palmas suyas de las que ni siquiera sospecha que he oído. Aquel Lucio Casio, a quien el pueblo romano consideraba el juez más veraz y sabio, solía preguntar repetidamente en las causas' a quién le había beneficiado'. Así es la vida de los hombres, que nadie intenta acercarse al delito sin esperanza y beneficio.
85
A este investigador y juez lo evitaban y temían aquellos a quienes se les creaba peligro, porque, aunque era amigo de la verdad, sin embargo, por naturaleza no parecía tan inclinado a la misericordia como aplicado a la severidad. Yo, aunque preside esta investigación un hombre fortísimo contra la audacia y clementísimo con la inocencia, sin embargo, me permitiría fácilmente hablar a favor de Sexto Roscio, ya sea investigando aquel mismo juez acérrimo o ante los jueces casianos, cuyo nombre mismo temen incluso ahora aquellos a quienes se les debe decir la causa.
86
Pues en esta causa, cuando veían que aquellos poseían una inmensa cantidad de dinero y este estaba en la suma mendicidad, no preguntarían a quién le había beneficiado, sino que, siendo eso evidente, añadirían el crimen y la sospecha más bien al botín que a la indigencia.¿ Qué si se añade a lo mismo que antes eras pobre?¿ Qué si avaro?¿ Qué si audaz?¿ Qué si enemigo acérrimo de aquel que fue asesinado?¿ Acaso hay que buscar la causa que te llevó a tal crimen?¿ Qué, pues, de esto puede negarse? La pobreza del hombre es de tal tipo que no puede disimularse y brilla tanto más cuanto más se oculta.
87
Muestras tu avaricia al haber formado una sociedad sobre las fortunas de tu conciudadano y pariente con un extraño. Cuán audaz eres, para olvidar otras cosas, todos pudieron comprenderlo por aquí, porque de toda la sociedad, esto es, de tantos sicarios, solo tú fuiste encontrado que te sentaras con los acusadores y no solo mostraras tu rostro, sino que incluso lo ofrecieras. Es necesario que concedas que tuviste enemistades con Sexto Roscio y grandes controversias de bienes familiares.
88
Queda, jueces, que dudemos esto, quién mató más bien a Sexto Roscio,¿ aquel a quien por su muerte llegaron las riquezas, o aquel a quien la mendicidad, aquel que antes era pobre, o aquel que después se hizo indigente, aquel que ardiendo de avaricia se lanza hostil contra los suyos, o aquel que siempre vivió de tal manera que no conocía ningún lucro, sino solo el fruto que había ganado con trabajo, aquel que es el más audaz de todos los compradores, o aquel que por la insolencia del foro y de los juicios teme no solo los escaños, sino incluso la ciudad misma, finalmente, jueces, lo que en mi opinión pertenece más al asunto,¿ el enemigo o el hijo?
89
Si hubieras encontrado estas cosas, Erucio, tantas y tan grandes en el acusado,¡ cuánto tiempo hablarías!¡ Cómo te jactarías! Por Hércules, el tiempo te faltaría antes que el discurso. Pues en cada cosa hay tal materia que podrías consumir días enteros. Y yo no puedo; pues no me despojo tanto, aunque no me atribuyo nada, como para pensar que tú puedes hablar más copiosamente que yo. Pero yo quizás, debido a la multitud de defensores, sea contado en el rebaño, la batalla de Cannas te hizo un acusador bastante bueno. Hemos visto muchos caídos no en el lago Trasimeno, sino en el Servilio.
90
¿ Quién no fue herido allí con hierro frigio? No es necesario recordar a todos los Curcios, Marios, en fin, los Memmios a quienes ya la edad apartaba de las batallas, finalmente al mismo Príamo anciano, a Antistio, a quien no solo la edad sino también las leyes prohibían luchar. Ya los que nadie nombra por su ignominia, son seiscientos los que acusaban entre los sicarios y por envenenamientos; quienes todos, en lo que a mí respecta, quisiera que vivieran. Pues no hay nada malo en que haya tantos perros como sea posible allí donde hay mucho que observar y mucho que guardar.
91
Pero, como sucede, la fuerza de la guerra y el tumulto a menudo causan muchas cosas a los comandantes imprudentes. Mientras aquel que administraba la suma de los asuntos estaba ocupado en otras cosas, había mientras tanto quienes sanaban sus propias heridas; quienes, como si una noche eterna se hubiera derramado sobre el Estado, así se precipitaban en las tinieblas y mezclaban todo; de quienes me asombra que no se haya quemado también los escaños, de modo que no quedara rastro de los juicios; pues eliminaron tanto a los acusadores como a los jueces. Esto es de provecho, que vivieron de tal manera que no pudieron matar a todos los testigos, si quisieran; pues, mientras haya género humano, no faltará quien los acuse; mientras haya ciudad, se harán juicios. Pero, como comencé a decir, tanto Erucio, si tuviera en la causa estas cosas que recordé, podría decirlas por mucho tiempo, como yo, jueces, puedo; pero tengo en mente, como dije antes, pasar ligeramente y solo rozar cada asunto, para que todos comprendan que no acuso por estudio, sino que defiendo por deber.
92
Veo, pues, que hay muchísimas causas que impulsaban a ese; veamos ahora si hubo alguna facultad de emprender el delito.¿ Dónde fue asesinado Sexto Roscio? En Roma.¿ Qué? Tú, Tito Roscio,¿ dónde estabas entonces? En Roma. Pero,¿ qué importa? Y otros muchos. Como si ahora se tratara de quién de tan gran multitud mató, y no se investigara esto, si es más verosímil que quien fue asesinado en Roma haya sido asesinado por aquel que estuvo constantemente en Roma en ese tiempo, o por aquel que no se acercó a Roma en muchos años.
93
Vamos ahora a considerar también las demás facultades. Había entonces una multitud de sicarios, lo que recordó Erucio, y los hombres eran asesinados con impunidad.¿ Qué?¿ Cuál era esa multitud? Creo que, o de aquellos que estaban ocupados en los bienes, o de aquellos que eran contratados por ellos para matar a alguien. Si piensas en aquellos que codiciaban lo ajeno, tú estás en ese número que eres rico con nuestro dinero; pero si en aquellos a quienes llaman con un nombre más leve asesinos, busca bajo cuya fe y clientela están; créeme, encontrarás a alguien de tu sociedad; y, cualquier cosa que digas en contra, compárala con nuestra defensa; así la causa de Sexto Roscio se comparará más fácilmente con la tuya.
94
Dices:'¿ Qué importa, si he sido asiduo en Roma?'. Yo responderé:' Pero yo no lo he sido en absoluto'. Confieso que soy un sector, pero también lo son muchos otros. Pero yo, como tú mismo argumentas, soy agricultor y rústico. No por ello, si me he mezclado en un grupo de sicarios, soy un sicario. Pero yo, ciertamente, que ni siquiera conozco a ningún sicario, estoy muy lejos de un crimen de este tipo. Hay muchísimas cosas que se pueden decir para que se entienda que tuviste la mayor oportunidad de cometer el delito; las cuales no solo omito porque no me gusta acusarte a ti mismo, sino aún más porque, si quisiera rememorar aquellas matanzas que se cometieron entonces con el mismo método con el que fue asesinado Sex. Roscio, temo que mi discurso parezca extenderse a más personas.
95
Veamos ahora brevemente, al igual que el resto, lo que se ha hecho después de la muerte de Sex. Roscio por tu parte, T. Tito Roscio; lo cual es tan abierto y manifiesto que, por Hércules, jueces, me resulta desagradable decirlo. Pues temo, sea cual sea tu condición, T. Tito Roscio, que parezca haber querido salvar a este de tal manera que no te haya perdonado en absoluto. Cuando temo esto y deseo perdonarte en alguna medida, en lo que puedo hacerlo manteniendo mi lealtad, vuelvo a cambiar mi voluntad; pues me viene a la mente tu rostro.¿ Te has arrogado tú, precisamente, esas funciones, cuando tus demás socios huían y se ocultaban, para que este juicio pareciera no hacerse sobre el botín de ellos, sino sobre el delito de este, y para que estuvieras presente en el juicio y te sentaras con el acusador? En lo cual no consigues otra cosa sino que tu audacia e impudicia sean conocidas por todos los mortales.
96
Asesinado Sex. Roscio,¿ quién es el primero en anunciarlo en Ameria? Mallio Glaucia, a quien ya he nombrado antes, tu cliente y allegado.¿ Qué sentido tuvo que fuera él precisamente quien lo anunciara, lo cual, si no habías tramado ya antes ningún plan sobre su muerte y sus bienes y no habías contraído ninguna sociedad ni de crimen ni de recompensa con hombre alguno, no te concernía en absoluto a ti más que a nadie?' Mallio lo anuncia por iniciativa propia'.¿ Qué le interesaba a él, pregunto?¿ O es que, cuando no había venido a Ameria por este motivo, ocurrió por casualidad que anunciara primero lo que había oído en Roma?¿ Por qué motivo había venido a Ameria?' No puedo', dice,' adivinarlo'. Llevaré el asunto hasta tal punto que no haya necesidad de adivinación.¿ Por qué razón se lo anunció primero a T. Tito Roscio Capitón? Cuando en Ameria estaban la casa, la esposa y los hijos de Sex. Roscio, cuando había tantos parientes y allegados que se llevaban muy bien,¿ por qué razón ocurrió que ese cliente tuyo, mensajero de tu crimen, se lo anunciara precisamente a T. Tito Roscio Capitón?
97
Fue asesinado al regresar de una cena; aún no amanecía cuando se supo en Ameria.¿ Qué significa esta increíble carrera, qué significa esta celeridad y prisa tan grandes? No pregunto quién lo golpeó; no hay nada, Glaucia, que debas temer; no te registro, por si acaso tenías algún hierro, no te escudriño; creo que nada tiene que ver conmigo; puesto que encuentro por cuyo consejo fue asesinado, no me preocupo por cuya mano fue golpeado. Solo tomo esto que tu crimen abierto y el hecho manifiesto me dan:¿ Dónde o de dónde oyó Glaucia?¿ Quién lo supo tan rápido? Supongamos que lo oyó inmediatamente;¿ qué cosa le obligó a recorrer tanto camino en una sola noche?¿ Qué necesidad le apremiaba tanto para que, si hacía el viaje a Ameria por su propia voluntad, partiera de Roma a esa hora y no descansara ninguna parte de la noche?
98
¿ Acaso en asuntos tan claros hay que buscar argumentación o hacer conjeturas?¿ No os parece, jueces, que estáis viendo con vuestros propios ojos estas cosas que habéis oído?¿ No veis a aquel desgraciado, ignorante de su suerte, regresando de una cena, no veis las emboscadas tendidas, el ataque repentino?¿ No se mueve ante vuestros ojos Glaucia en la matanza?¿ No está presente ese T. Tito Roscio?¿ No coloca él mismo en el carro a aquel Automedonte, mensajero de su crimen más amargo y de su nefasta victoria?¿ No ruega que pase esa noche en vela, que se esfuerce por su honor, que se lo anuncie a Capitón cuanto antes?
99
¿ Qué era lo que quería que Capitón supiera primero? No lo sé, salvo que veo esto: que Capitón es socio en estos bienes; de trece fundos, veo que posee los tres más nobles.
100
Oigo además que esta sospecha no se dirige ahora por primera vez contra Capitón; que muchas son sus palmas infames, pero que esta es la primera con cintas que se le trae a Roma; que no hay modo de matar a un hombre del que él no haya matado a alguno, a muchos con hierro, a muchos con veneno. Tengo incluso que decir a quién, contra la costumbre de los antepasados, arrojó desde el puente al Tíber siendo menor de sesenta años. Lo cual, si comparece, y de hecho cuando comparezca— pues sé que comparecerá—, lo oirá. Que venga simplemente, que despliegue ese volumen suyo que a él le resulta claro