Pro T. Annio Milone
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Original / primary: Spanish Gemini
1
Aunque temo, jueces, que sea vergonzoso sentir miedo al comenzar a hablar en defensa de un hombre valerosísimo, y que sea del todo impropio que, mientras el propio Tito Annio está más preocupado por la salvación de la República que por la suya propia, yo no pueda aportar a su causa una grandeza de ánimo equivalente, sin embargo, esta nueva forma de un nuevo juicio aterra mis ojos, los cuales, dondequiera que se posan, buscan la antigua costumbre del foro y el modo tradicional de los juicios. Pues vuestra asamblea no está rodeada por la corona de ciudadanos como solía estarlo; no estamos rodeados por la habitual concurrencia.
2
Esas defensas que veis ante todos los templos, aunque han sido colocadas contra la violencia, no dejan de causar algún terror al orador, de modo que, aun estando protegidos por defensas saludables y necesarias en el foro y en el juicio, no podemos dejar de sentir cierto temor. Si pensara que estas han sido dispuestas contra Milón, cedería ante las circunstancias, jueces, pues no creería que, entre tanta fuerza de armas, hubiera lugar para la oratoria. Pero me reconforta y restaura el criterio de Cneo Pompeyo, hombre sapientísimo y justísimo, quien ciertamente no consideraría conforme a su justicia entregar a las armas de los soldados a aquel a quien él mismo había confiado al veredicto de los jueces, ni armar con la autoridad pública la temeridad de una multitud exaltada.
3
Por tanto, esas armas, centuriones y cohortes no nos anuncian peligro, sino protección, y nos exhortan no solo a estar tranquilos, sino también a mantener el ánimo firme, prometiendo no solo ayuda para mi defensa, sino incluso silencio. La multitud restante, la que es verdaderamente ciudadana, está totalmente de nuestra parte, y ninguno de ellos, a quienes veis observando desde todas partes, desde donde se puede divisar alguna parte del foro, y esperando el desenlace de este juicio, deja de pensar que hoy se lucha no solo por la virtud de Milón, sino por sí mismos, por sus hijos, por la patria y por sus fortunas. Un solo grupo nos es adverso y hostil: el de aquellos a quienes el furor de Publio Clodio alimentó con rapiñas, incendios y toda clase de ruinas públicas; quienes incluso ayer, en la asamblea, fueron incitados a dictaros con sus gritos lo que debíais juzgar. Si su clamor llegara a producirse, deberá advertiros que conservéis a aquel ciudadano que siempre despreció a ese tipo de hombres y sus máximos gritos en favor de vuestra salvación.
4
Por tanto, mantened el ánimo, jueces, y deponed el miedo, si es que tenéis alguno. Pues si alguna vez habéis tenido el poder de juzgar sobre hombres buenos y valientes, si alguna vez sobre ciudadanos bien merecedores, si, en fin, alguna vez se ha dado a hombres elegidos de los órdenes más ilustres la oportunidad de declarar con hechos y votos sus sentimientos hacia ciudadanos valientes y buenos, que a menudo habían manifestado con el rostro y las palabras, es ciertamente en este momento cuando tenéis todo ese poder para decidir si nosotros, que siempre hemos estado dedicados a vuestra autoridad, debemos llorar siempre como desgraciados, o si, tras haber sido vejados durante mucho tiempo por los ciudadanos más perdidos, finalmente seremos restaurados por vosotros y por vuestra lealtad, virtud y sabiduría.
5
¿ Qué puede decirse o imaginarse, jueces, que sea más laborioso, más angustioso y más ejercitado que lo que nos ocurre a nosotros dos, que, atraídos a la vida pública por la esperanza de los más altos premios, no podemos librarnos del miedo a los más crueles suplicios? Por mi parte, siempre pensé que Milón debía soportar las demás tempestades y tormentas, al menos en aquellos oleajes de las asambleas, porque siempre había sentido a favor de los buenos contra los malvados; pero en un juicio y en este consejo, donde hombres ilustres de órdenes unidos juzgan, nunca creí que los enemigos de Milón fueran a tener esperanza alguna de extinguir no solo su salvación, sino también de quebrantar su gloria a través de tales hombres.
6
Sin embargo, en esta causa, jueces, no abusaremos del tribunado de Tito Annio ni de todas las acciones realizadas por la salvación de la República para la defensa de este crimen. A menos que veáis con vuestros propios ojos que las asechanzas fueron tendidas a Milón por Clodio, no vamos a suplicar que nos perdonéis este crimen por sus muchos y brillantes méritos hacia la República, ni vamos a pedir que, porque la muerte de Publio Clodio haya sido vuestra salvación, la atribuyáis por ello a la virtud de Milón más que a la felicidad del pueblo romano. Pero si sus asechanzas resultan más claras que esta luz, entonces, finalmente, os suplicaré y os conjuraré, jueces, a que, si hemos perdido todo lo demás, al menos se nos deje esto: que sea lícito defender la vida de la audacia y las armas de los enemigos sin castigo.
7
Pero antes de llegar a la parte de mi discurso que es propia de vuestra investigación, me parece que debo refutar aquello que ha sido repetidamente aireado por los enemigos en el senado, por los malvados en la asamblea y hace poco por los acusadores, para que, eliminado todo error, podáis ver claramente el asunto que viene a juicio. Dicen que no es lícito contemplar la luz a quien confiesa haber matado a un hombre.¿ En qué ciudad, por fin, discuten esto hombres tan necios? Ciertamente en aquella que vio el primer juicio capital de Marco Horacio, hombre valerosísimo, quien, aun no siendo la ciudad libre, fue absuelto por los comicios del pueblo romano, a pesar de confesar que había matado a su hermana con su propia mano.
8
¿ O es que hay alguien que ignore que, cuando se investiga sobre un hombre asesinado, se suele negar que el hecho haya ocurrido en absoluto o defender que se hizo justa y legalmente? A menos que penséis que Publio Africano estaba loco cuando, al ser interrogado sediciosamente en la asamblea por el tribuno de la plebe Cayo Carbón sobre qué pensaba de la muerte de Tiberio Graco, respondió que le parecía haber sido muerto legalmente. Pues ni aquel Servilio Ahala, ni Publio Nasica, ni Lucio Opimio, ni Cayo Mario, ni el senado bajo mi consulado podrían ser considerados no nefarios si fuera un sacrilegio matar a ciudadanos malvados. Por tanto, jueces, no sin causa los hombres más doctos han transmitido a la memoria, incluso en fábulas ficticias, que aquel que mató a su madre para vengar a su padre fue absuelto, ante las opiniones divididas de los hombres, no solo por una sentencia divina, sino también por la de la diosa más sabia.
9
Y si las Doce Tablas quisieron que el ladrón nocturno fuera muerto impunemente de cualquier modo, y el diurno si se defendía con un arma,¿ quién hay que piense que debe castigarse a alguien, sea como sea que haya sido muerto, cuando ve que a veces las propias leyes nos tienden la espada para matar a un hombre? Y, sin embargo, si hay algún momento para matar legalmente a un hombre, lo cual ocurre en muchos casos, ciertamente ese es no solo justo, sino también necesario, cuando se repele la violencia con violencia. Cuando un tribuno militar en el ejército de Cayo Mario, pariente de aquel general, intentaba arrebatar la castidad a un soldado, fue muerto por aquel a quien intentaba violentar; pues el joven honrado prefirió actuar peligrosamente a sufrir vergonzosamente. Y aquel hombre excelso lo liberó del peligro, eximiéndolo de culpa.
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Pero,¿ qué muerte puede ser injusta contra un insidiador y un bandido?¿ Qué significan nuestras escoltas, qué significan nuestras espadas? Ciertamente no sería lícito tenerlas si no fuera lícito usarlas de ninguna manera. Existe, pues, jueces, esta ley no escrita, sino innata, que no hemos aprendido, recibido o leído, sino que hemos arrebatado, bebido y extraído de la propia naturaleza, para la cual no hemos sido instruidos, sino hechos, no educados, sino imbuídos, de modo que, si nuestra vida hubiera caído en alguna asechanza, en la violencia y en las armas de bandidos o enemigos, todo medio honesto de salvarse sería legítimo.
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Pues las leyes callan entre las armas y no piden ser esperadas, cuando aquel que quisiera esperar tendría que sufrir un castigo injusto antes de poder reclamar uno justo. Aunque la propia ley, muy sabiamente y de algún modo tácitamente, da el poder de defenderse, al prohibir no que un hombre sea muerto, sino que se tenga un arma con el fin de matar a un hombre, de modo que, al buscarse la causa y no el arma, quien hubiera usado un arma para defenderse no sea juzgado por haberla tenido con el fin de matar a un hombre. Por tanto, que esto permanezca en la causa, jueces; pues no dudo que os probaré mi defensa si recordáis lo que no podéis olvidar: que un insidiador puede ser muerto legalmente.
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Sigue aquello que los enemigos de Milón dicen con mucha frecuencia: que el senado juzgó que la matanza en la que Publio Clodio fue muerto fue hecha contra la República. En realidad, el senado la aprobó no solo con sus votos, sino también con su entusiasmo.¡ Cuántas veces ha sido tratada esa causa por nosotros en el senado, con qué asentimientos de todo el orden, y no fueron ni silenciosos ni ocultos!¿ Cuándo, en un senado muy concurrido, se encontraron cuatro o a lo sumo cinco que no aprobaran la causa de Milón? Lo declaran aquellas asambleas moribundas de este tribuno de la plebe quemado, en las que diariamente me acusaba envidiosamente de mi poder, diciendo que el senado decretaba no lo que sentía, sino lo que yo quería. Si a esto hay que llamarlo poder, en lugar de una autoridad moderada en causas justas debido a grandes méritos hacia la República, o una cierta gratitud entre los buenos debido a estos mis servicios, que se llame así, ciertamente, siempre que la usemos para la salvación de los buenos contra la locura de los perdidos.
13
Pero esta investigación, aunque no es injusta, el senado nunca pensó que debiera constituirse; pues ya existían leyes, existían investigaciones tanto sobre el asesinato como sobre la violencia, y la muerte de Publio Clodio no causaba al senado tanto dolor y luto como para que se constituyera una nueva investigación. Pues,¿ quién puede creer que el senado pensó que debía constituirse un nuevo juicio sobre la muerte de aquel a quien se le había arrebatado al senado el poder de juzgar sobre su incesto?¿ Por qué, pues, el senado decretó que el incendio de la curia, el ataque a la casa de Marco Lépido y este mismo asesinato fueron hechos contra la República? Porque ninguna violencia ejercida en una ciudad libre entre ciudadanos es jamás contra la República—
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pues no es que deba desearse una defensa contra la violencia, pero a veces es necesaria—, a menos que, ciertamente, aquel día en que Tiberio Graco fue muerto, o aquel en que lo fue Cayo, o las armas de Saturnino, no hayan herido a la República, incluso si fueron reprimidas en interés de la misma. Por tanto, yo mismo decreté, cuando constaba que el asesinato se había cometido en la Vía Apia, que quien se había defendido no había actuado contra la República, sino que, al haber violencia y asechanzas en el asunto, reservé el crimen para el juicio y señalé el hecho. Y si se hubiera permitido al senado, a través de aquel furioso tribuno de la plebe, hacer lo que sentía, no tendríamos ninguna nueva investigación. Pues decretaba que se investigara según las leyes antiguas, solo que fuera de lo ordinario. La propuesta fue dividida a petición de no sé quién— pues no es necesario que yo exponga las infamias de todos— y así el resto de la autoridad del senado fue anulada por una intercesión comprada.
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Pero, en efecto, Cneo Pompeyo juzgó sobre el hecho y la causa con su propia ley: pues propuso una ley sobre el asesinato que se había cometido en la Vía Apia, en el cual Publio Clodio había sido muerto.¿ Qué propuso, pues? Ciertamente, que se investigara.¿ Qué más debe investigarse?¿ Si ocurrió? Pero consta.¿ Por quién? Pero es evidente. Vio, pues, que incluso en la confesión del hecho se podía emprender una defensa jurídica. Y si no hubiera visto que podía ser absuelto quien confesaba, al ver que nosotros confesábamos, nunca habría ordenado investigar ni os habría dado esta letra tan saludable en el juicio, sino aquella otra triste. A mí, en verdad, Cneo Pompeyo no solo me parece que no juzgó nada más grave contra Milón, sino que incluso estableció lo que vosotros debíais observar al juzgar. Pues quien no dio un castigo a la confesión, sino una defensa, consideró que debía investigarse la causa de la muerte, no la muerte misma.
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Ahora bien, él mismo dirá ciertamente lo que hizo por su propia voluntad, si pensó que debía atribuirse a Publio Clodio o a las circunstancias. En su propia casa, un hombre nobilísimo, defensor del senado y en aquellos tiempos casi su patrono, tío de este nuestro juez valerosísimo, Marco Catón, el tribuno de la plebe Marco Druso, fue asesinado. El pueblo no fue consultado sobre su muerte, no se decretó ninguna investigación por el senado.¿ Qué luto, hemos recibido de nuestros padres, hubo en esta ciudad cuando aquella violencia nocturna fue infligida a Publio Africano mientras descansaba en su casa?¿ Quién no gimió entonces, quién no ardió de dolor, a quien todos deseaban que fuera inmortal, si fuera posible, al ver que ni siquiera se esperó a su muerte natural?¿ Acaso se propuso alguna investigación sobre la muerte de Africano? Ciertamente ninguna.
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¿ Por qué así? Porque los hombres ilustres no son asesinados con un crimen distinto al de los oscuros. Que haya diferencia entre la dignidad de la vida de los más altos y los más bajos; la muerte infligida por un crimen debe ser castigada por las mismas leyes y penas. A menos que, por ventura, sea más parricida quien mata a un padre consular que a uno humilde, o que la muerte de Publio Clodio sea más atroz porque fue muerto en los monumentos de sus antepasados— pues esto es lo que dicen a menudo esos hombres—,¡ como si aquel Apio el Ciego hubiera construido el camino no para que el pueblo lo usara, sino para que sus descendientes pudieran cometer latrocinios impunemente!
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Por tanto, en esa misma Vía Apia, cuando Publio Clodio mató a un ilustrísimo caballero romano, Marco Papirio, aquel crimen no debió ser castigado— pues un hombre noble había matado a un caballero romano en sus propios monumentos—;¡ ahora el nombre de esa misma Vía Apia provoca tantas tragedias! La que antes, ensangrentada por el asesinato de un hombre honesto e inocente, permanecía en silencio, ahora es invocada frecuentemente, después de haber sido imbuida con la sangre de un bandido y parricida. Pero,¿ por qué recuerdo aquello? Fue capturado en el templo de Cástor un esclavo de Publio Clodio, a quien él había colocado para matar a Cneo Pompeyo. Le fue arrebatada de las manos la daga mientras confesaba. Pompeyo se alejó después del foro, se alejó del senado, se alejó de la vida pública; se protegió con su puerta y sus paredes, no con la justicia de las leyes y los juicios.
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¿ Acaso se propuso alguna ley, se decretó alguna nueva investigación? Y, sin embargo, si algún asunto, si algún hombre, si algún momento fue digno, ciertamente todo esto fue lo máximo en aquella causa. Un insidiador estaba colocado en el foro y en el mismo vestíbulo del senado; se preparaba la muerte de aquel hombre en cuya vida se apoyaba la salvación de la ciudad; en un momento de la República en el que, si él hubiera muerto, no solo esta ciudad, sino todas las naciones habrían caído. A menos que, porque el hecho no se consumó, no debiera ser castigado, como si las leyes castigaran el resultado de los hechos y no las intenciones de los hombres. Hubo menos de qué dolerse al no haberse consumado el hecho, pero ciertamente no menos que castigar.
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¡ Cuántas veces yo mismo, jueces, escapé de las armas de Publio Clodio y de sus manos ensangrentadas! Si de ellas no me hubiera salvado mi fortuna o la de la República,¿ quién, por fin, habría propuesto una investigación sobre mi muerte? Pero somos necios al atrevernos a comparar a Druso, a Africano, a Pompeyo y a nosotros mismos con Publio Clodio. Aquello fue tolerable: nadie puede soportar con ánimo ecuánime la muerte de Publio Clodio. El senado llora, el orden ecuestre se lamenta, toda la ciudad está consumida por la vejez, los municipios están de luto, las colonias están afligidas, los campos mismos añoran a un ciudadano tan benéfico, tan saludable, tan manso.
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No fue esa la causa, jueces, ciertamente, no fue por la que Pompeyo pensó que debía proponer una investigación, sino que, hombre sabio y dotado de una mente alta y divina, vio muchas cosas: que aquel le había sido enemigo, y Milón familiar; si en la alegría común de todos él también se alegrara, temió que pareciera más débil la fe de la gratitud reconciliada. Vio también muchas otras cosas, pero sobre todo esto: que, por muy atrozmente que él mismo hubiera propuesto la ley, vosotros, sin embargo, juzgaríais valientemente. Por tanto, eligió de los órdenes más florecientes a las mismas lumbreras, y no, como algunos dicen, seleccionó a mis amigos al elegir a los jueces. Pues el hombre más justo no pensó en esto, ni podría haberlo logrado al elegir a hombres buenos, incluso si lo hubiera deseado. Pues mi gratitud no se limita a las familiaridades, que no pueden extenderse ampliamente, debido a que las costumbres de vida no pueden compartirse con muchos; pero, si podemos algo, es porque la República nos unió con los buenos. De entre ellos, al elegir a los mejores hombres y considerar que eso pertenecía sobre todo a su lealtad, no pudo elegir a quienes no fueran partidarios míos.
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En cuanto a que quiso sobre todo que tú, Lucio Domicio, presidieras esta investigación, no buscó otra cosa que justicia, gravedad, humanidad y lealtad. Propuso que fuera necesario que fuera consular: creo que porque consideraba que el deber de los principales era resistir tanto a la ligereza de la multitud como a la temeridad de los perdidos. Te eligió a ti preferentemente entre los consulares: pues habías dado las mayores pruebas de cuánto despreciabas las locuras populares desde tu juventud.
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Por tanto, jueces, para llegar finalmente a la causa y al crimen, si ni toda confesión de un hecho es inusitada, ni sobre nuestra causa el senado ha juzgado nada de otro modo a como nosotros queríamos, y el propio proponente de la ley, aunque no había controversia sobre el hecho, quiso sin embargo que hubiera una discusión jurídica, y han sido elegidos jueces y se ha puesto al frente de la investigación quien discuta esto justa y sabiamente, queda, jueces, que ya no debáis investigar otra cosa que quién tendió asechanzas a quién. Para que podáis verlo más fácilmente mediante argumentos, mientras os expongo brevemente el hecho, os ruego que prestéis atención diligentemente.
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Publio Clodio, al haber decidido vejar a la República con todo tipo de crímenes y ver que los comicios habían sido arrastrados de tal manera el año anterior que no podría ejercer la pretura durante muchos meses, él, que no buscaba el grado de honor, como los demás, sino que quería evitar a Lucio Paulo como colega, ciudadano de singular virtud, y buscaba un año entero para despedazar la República, abandonó repentinamente su año y se trasladó al siguiente, no, como suele ocurrir, por alguna religión, sino para tener, como él mismo decía, un año pleno e íntegro para ejercer la pretura, esto es, para destruir la República.
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Se le presentaba que su pretura sería manca y débil siendo Milón cónsul; además, veía que este era elegido cónsul con el máximo consenso del pueblo romano. Se dirigió a sus competidores, pero de tal manera que él solo gobernaba toda la candidatura, incluso contra la voluntad de ellos, y que sostenía toda la elección sobre sus propios hombros, como solía decir. Convocaba a las tribus, se interponía, inscribía una nueva tribu Colina mediante el reclutamiento de los ciudadanos más perdidos. Cuanto más agitaba él, tanto más se fortalecía este día a día. Cuando el hombre, preparadísimo para todo crimen, vio que el hombre valerosísimo, su mayor enemigo, era el cónsul más seguro, y entendió que esto había sido declarado a menudo no solo con discursos, sino también con los votos del pueblo romano, comenzó a actuar abiertamente y a decir claramente que Milón debía ser asesinado.
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Había traído de los Apeninos a esclavos agrestes y bárbaros, con los que había despoblado los bosques públicos y vejado Etruria, a quienes veíais. El asunto no era nada oscuro. Pues decía abiertamente que el consulado no podía ser arrebatado a Milón, pero la vida sí. Lo señaló a menudo en el senado, lo dijo en la asamblea; incluso a Marco Favonio, hombre valerosísimo, que le preguntaba con qué esperanza se enfurecía estando vivo Milón, le respondió que este moriría en tres o a lo sumo cuatro días; cuya voz fue transmitida inmediatamente por Favonio a este Marco Catón.
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Mientras tanto, sabiendo Clodio— pues no era difícil saberlo por los de Lanuvio— que Milón tenía un viaje solemne, legítimo y necesario el día trece antes de las calendas de febrero a Lanuvio para nombrar al flamen, ya que Milón era dictador de Lanuvio, él mismo partió repentinamente de Roma el día anterior para tender asechanzas a Milón ante su finca, lo cual se entendió por el hecho; y partió de tal manera que abandonó una asamblea turbulenta en la que su furor era necesario, la cual se celebró ese mismo día, asamblea que, de no haber querido estar presente en el lugar y momento del crimen, nunca habría abandonado.
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Milón, por su parte, habiendo estado en el senado ese día hasta que fue disuelto, vino a casa, cambió su calzado y vestimenta, se demoró un poco mientras su esposa, como suele ocurrir, se preparaba, y luego partió a la hora en que Clodio, si es que iba a venir a Roma ese día, ya podría haber regresado. Clodio se encuentra con él, ligero, a caballo, sin carruaje, sin impedimenta, sin acompañantes griegos, como solía, sin esposa, lo cual casi nunca ocurría: mientras este insidiador, que había preparado aquel viaje para cometer el asesinato, viajaba con su esposa en un carruaje, envuelto en una capa, con un gran y pesado séquito de criadas y muchachos, femenino y delicado.
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Se encuentra con Clodio ante su finca hacia la hora undécima o poco después. Inmediatamente, varios hombres con armas hacen un ataque contra él desde un lugar elevado; los que estaban de frente matan al cochero. Cuando este, tras haberse quitado la capa, saltó del carruaje y se defendía con ánimo firme, los que estaban con Clodio, con las espadas desenvainadas, unos corren hacia el carruaje para atacar a Milón por la espalda, otros, pensando que este ya estaba muerto, comienzan a matar a sus esclavos que estaban detrás; de los cuales, los que fueron de ánimo fiel hacia su señor y presentes, unos fueron muertos, otros, al ver que se luchaba junto al carruaje y ser impedidos de socorrer a su señor, y al oír del propio Clodio y creer realmente que Milón estaba muerto, los esclavos de Milón hicieron aquello— pues lo diré abiertamente, no para derivar el crimen, sino como sucedió— sin que el señor lo ordenara, lo supiera o estuviera presente, lo que cada uno hubiera querido que sus propios esclavos hicieran en tal situación.
30
Esto sucedió tal como lo he expuesto, jueces: el insidiador fue superado, la violencia fue vencida por la violencia o, mejor dicho, la audacia fue oprimida por la virtud. No digo nada de lo que la República ha conseguido, nada de lo que vosotros, nada de lo que todos los buenos: ciertamente, nada de eso aprovecha a Milón, quien nació con este destino: que ni siquiera pudo salvarse a sí mismo sin salvar a la vez a la República y a vosotros. Si eso no pudo hacerse legalmente, no tengo nada que defender. Pero si esto lo ha prescrito la razón a los doctos, la necesidad a los bárbaros, la costumbre a las naciones y la propia naturaleza a las fieras, para que siempre repelan toda violencia con cualquier medio posible de su cuerpo, de su cabeza, de su vida, no podéis juzgar este hecho como malvado sin juzgar al mismo tiempo que todos los que han caído en manos de bandidos deben perecer por sus armas o por vuestras sentencias.
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Y si hubiera pensado así, ciertamente para Milón era más deseable ofrecer el cuello a Publio Clodio, no buscado por él una vez ni por primera vez entonces, que ser degollado por vosotros porque no se habría entregado a él para ser degollado. Pero si ninguno de vosotros piensa así, esto es lo que ahora viene a juicio: no si fue muerto, lo cual confesamos, sino si justa o injustamente, lo cual se ha preguntado a menudo en muchas causas. Consta que se tendieron asechanzas, y eso es lo que el senado juzgó que fue hecho contra la República; es incierto por parte de quién fueron tendidas. Sobre esto, pues, se propuso que se investigara. Así, tanto el senado señaló el hecho, no al hombre, como Pompeyo propuso una investigación sobre el derecho, no sobre el hecho.¿ Acaso viene, pues, otra cosa a juicio que quién tendió asechanzas a quién? Ciertamente nada: si este a aquel, que no quede impune; si aquel a este, entonces seamos absueltos de crimen.
32
¿ De qué modo, pues, puede probarse que Clodio tendió asechanzas a Milón? Es suficiente, en esa fiera tan audaz y nefaria, enseñar que tenía una gran causa, una gran esperanza propuesta en la muerte de Milón, y grandes utilidades. Por tanto, que aquel principio casiano de«¿ a quién benefició?» valga en estas personas, aunque los buenos no son impulsados al fraude por ningún beneficio, los malvados a menudo por uno pequeño. Y, sin embargo, muerto Milón, Clodio lograba esto: no solo ser pretor sin un cónsul con el que no pudiera hacer nada criminal, sino también ser pretor con aquellos cónsules con los que, si no ayudándole, al menos consintiendo, ciertamente esperaría poder eludir en esos sus furores pensados: cuyos intentos, como él mismo calculaba, ni desearían reprimir, si pudieran, al considerar que le debían un beneficio tan grande, y, si quisieran, tal vez apenas podrían romper la audacia de un hombre malvadísimo, ya fortalecida por la antigüedad.
33
¿ O es que, jueces, solo vosotros lo ignoráis, vosotros vivís como huéspedes en esta ciudad, vuestros oídos peregrinan y no se ocupan en este discurso difundido de la ciudad, qué leyes, si es que deben llamarse leyes y no antorchas de la ciudad, pestes de la República, iba a imponernos a todos y a marcarnos? Exhibe, exhibe, te ruego, Sexto Clodio, aquel libro de vuestras leyes que dicen que arrebataste de la casa y que, en medio de las armas y la turba nocturna, levantaste como un Paladio, para que, evidentemente, pudieras entregar un regalo y un instrumento tan brillante del tribunado a alguien, si lo hubieras encontrado, que ejerciera el tribunado a tu arbitrio. Y me miró con aquellos ojos con los que solía mirar cuando amenazaba a todos con todo.¡ Me conmueve, ciertamente, la lumbrera de la curia!¿ Qué?¿ Crees que estoy enfadado contigo, Sexto, cuyo enemigo has castigado mucho más cruelmente de lo que era de mi humanidad pedir? Tú arrojaste el cadáver ensangrentado de Publio Clodio de la casa, tú lo echaste a la vía pública, tú, despojado de imágenes, exequias, pompa y elogio, lo dejaste medio quemado con leña infeliz para ser desgarrado por los perros nocturnos. Por lo cual, aunque hiciste algo nefario, sin embargo, puesto que descargaste tu crueldad en mi enemigo, no puedo alabarte, pero ciertamente no debo enfadarme.
34
Habéis oído, jueces, cuánto le interesaba a Clodio que Milón fuera asesinado: volved ahora vuestros ánimos, a su vez, hacia Milón.¿ Qué le interesaba a Milón que Clodio fuera asesinado?¿ Qué razón había para que Milón, no diré que lo admitiera, sino que lo deseara? Clodio se oponía a la esperanza del consulado de Milón. Pero se lograba a pesar de su oposición, es más, se lograba más por ello, y no utilizaba a nadie mejor como valedor que a Clodio. Valía ante vosotros, jueces, la memoria de los méritos de Milón hacia mí y hacia la República, valían nuestras súplicas y lágrimas, con las que yo sentía entonces que os conmovíais maravillosamente, pero valía mucho más el miedo a los peligros inminentes. Pues,¿ qué ciudadano había que se propusiera una pretura de Publio Clodio sin el máximo miedo a una revolución? Pero veíais que sería desenfrenada, a menos que hubiera un cónsul que se atreviera y pudiera contenerla. Siendo Milón el único que el pueblo romano sentía que era tal,¿ quién dudaría en liberar con su voto a la República del miedo y del peligro? Pero ahora, eliminado Clodio, Milón debe esforzarse con los medios habituales para defender su dignidad; aquella gloria singular y concedida solo a él, que aumentaba diariamente al romper los furores clodianos, ha caído ya con la muerte de Clodio. Vosotros habéis conseguido no temer a ningún ciudadano; él ha perdido el ejercicio de su virtud, el apoyo de su consulado, la fuente perenne de su gloria. Por tanto, el consulado de Milón, que no podía ser socavado estando vivo Clodio, ha comenzado a ser tentado finalmente muerto. Por tanto, la muerte de Clodio no solo no le aprovecha nada, sino que incluso le perjudica.
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Pero valió el odio, actuó enfadado, actuó como enemigo, fue vengador de su injuria, castigador de su dolor.¿ Qué? Si esto, no digo que fuera mayor en Clodio que en Milón, sino que en aquel era máximo y en este nulo,¿ qué más queréis? Pues,¿ por qué Milón habría de odiar a Clodio, semilla y materia de su gloria, más allá de este odio civil con el que odiamos a todos los malvados? Aquel tenía motivos para odiar: primero al defensor de mi salvación, luego al vejador de su furor, al domador de sus armas, finalmente incluso a su acusador; pues Clodio fue reo de Milón por la ley Plotia mientras vivió.¿ Con qué ánimo, por fin, creéis que aquel tirano soportó esto?¡ Cuánto odio el suyo y, en un hombre injusto, cuán justo también!
36
Queda que ahora la naturaleza y la costumbre de aquel lo defiendan, mientras que a este estas mismas cosas lo acusen. Nada nunca por la violencia Clodio, todo por la violencia Milón.¿ Qué? Yo, jueces, cuando cedí de la ciudad ante vuestro llanto,¿ temí el juicio, no a los esclavos, no las armas, no la violencia?¿ Cuál habría sido, pues, la causa justa de mi restitución, si no hubiera sido injusta la de mi expulsión? Me había citado a juicio, creo, me había impuesto una multa, había intentado una acción de alta traición, y a mí, evidentemente, en una causa o mala o mía, no también brillantísima y vuestra,¿ se me debía temer el juicio? No quise que mis ciudadanos, salvados por mis consejos y peligros, fueran expuestos por mí a las armas de esclavos, de ciudadanos indigentes y de facinerosos.
37
Pues vi, vi a este mismo Quinto Hortensio, lumbrera y ornamento de la República, ser casi asesinado por mano de esclavos cuando me defendía; en cuya turba, Cayo Vibieno, senador, hombre óptimo, al estar junto a él, fue tan maltratado que perdió la vida. Por tanto,¿ cuándo descansó después aquella daga suya que había recibido de Catilina? Esta ha sido dirigida contra nosotros, esta no permití que os fuera expuesta por mí, esta tendió asechanzas a Pompeyo, esta ensangrentó la Vía Apia, monumento de su nombre, con el asesinato de Papirio, esta misma, tras un largo intervalo, fue vuelta de nuevo contra mí; recientemente, como sabéis, casi me mata junto a la Regia.
38
¿ Qué hay de parecido en Milón? Cuya violencia toda fue siempre esta: que Publio Clodio, al no poder ser arrastrado a juicio, no mantuviera a la ciudad oprimida por la violencia. Si hubiera querido matarlo,¡ cuántas y cuán frecuentes fueron las ocasiones, cuán brillantes!¿ Pudo, cuando defendía su casa y sus dioses penates mientras aquel la atacaba, vengarse legalmente?¿ Pudo, cuando Publio Sestio, ciudadano egregio y hombre valerosísimo, su colega, fue herido?¿ Pudo, cuando Quinto Fabricio, hombre óptimo, al proponer una ley sobre mi regreso, fue expulsado, tras una matanza crudelísima en el foro?¿ Pudo, cuando la casa de Lucio Cecilio, pretor justísimo y valerosísimo, fue atacada?¿ Pudo aquel día en que se propuso la ley sobre mí, cuando la concurrencia de toda Italia, que mi salvación había provocado, reconoció gustosa la gloria de aquel hecho, de modo que, incluso si Milón lo hubiera hecho, toda la ciudad se habría apropiado de esa alabanza como suya?
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¿ Y qué tiempo era aquel? Un hombre ilustrísimo y valeroso, el cónsul P. Léntulo, enemigo de Clodio, vengador de aquel crimen, paladín del senado, defensor de vuestra voluntad, patrono del consenso público, restaurador de mi seguridad; siete pretores, ocho tribunos de la plebe, adversarios de aquel y defensores míos; Cneo Pompeyo, autor y guía de mi regreso, enemigo de aquel, cuya sentencia sobre mi seguridad siguió todo el senado por ser la más grave y distinguida, y quien exhortó al pueblo romano; el cual, tras haber decretado mi regreso en Capua, dio él mismo la señal a toda Italia, que lo deseaba y reclamaba su lealtad, para que acudiera a Roma a restituirme; en fin, el odio de todos los ciudadanos ardía contra aquel por el deseo de mi presencia, de modo que, quien lo hubiera matado entonces, no habría sido juzgado por su impunidad, sino recompensado.
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Entonces Milón se contuvo y nunca llevó a P. Clodio ante los tribunales por violencia.¿ Y qué? Cuando Milón era un ciudadano privado y estaba acusado ante el pueblo por P. Clodio, cuando se produjo un ataque contra Cneo Pompeyo mientras hablaba en favor de Milón,¿ qué ocasión, y no solo ocasión, sino qué motivo hubo entonces para acabar con él? Recientemente, cuando M. Antonio había traído la mayor esperanza de salvación a todos los hombres de bien y, siendo un joven nobilísimo, había asumido con gran valentía una parte importantísima de la república, y tenía ya atrapada a aquella fiera que esquivaba las redes de la justicia,¡ qué momento, qué ocasión fue aquella, dioses inmortales! Cuando aquel, huyendo, se escondió en la oscuridad de una escalera,¿ fue acaso un gran mérito para Milón acabar con aquella peste sin que le supusiera envidia alguna, y para M. Antonio una gloria inmensa?
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¿ Y qué decir de las veces que hubo oportunidad en los comicios en el Campo de Marte? Cuando aquel irrumpió en los recintos, ordenó desenvainar espadas y lanzar piedras, y luego, aterrorizado de repente por el semblante de Milón, huyó hacia el Tíber, mientras vosotros y todos los hombres de bien hacíais votos para que Milón se sintiera libre de usar su valor.¿ Aquel a quien no quiso matar con el beneplácito de todos, lo quiso matar con la queja de algunos; aquel a quien no se atrevió a matar con derecho, en el lugar adecuado, en el momento oportuno y sin peligro, no dudó en matarlo injustamente, en un lugar inadecuado, en un momento ajeno y con peligro de su propia vida?
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Especialmente, jueces, cuando la disputa por el honor más alto y el día de los comicios estaban cerca, momento en el cual— pues sé cuán tímida es la ambición y cuán grande y ansioso es el deseo del consulado— tememos todo lo que puede ser criticado abiertamente e incluso lo que puede ser pensado en secreto; nos horrorizamos ante el rumor, la fábula falsa, inventada y ligera, y observamos los rostros y los ojos de todos. Pues nada es tan blando, tan tierno, tan frágil o flexible como la voluntad y el sentir de los ciudadanos hacia nosotros, quienes no solo se enfurecen ante la deshonestidad de los candidatos, sino que a menudo se muestran desdeñosos incluso ante sus acciones correctas.
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¿ Acaso Milón, proponiéndose para sí aquel día del Campo de Marte tan esperado y deseado, venía a aquellos augustos auspicios de las centurias con las manos ensangrentadas, exhibiendo y confesando su crimen y su fechoría?¡ Qué increíble resulta esto en él, y qué indudable resulta lo mismo en Clodio, quien pensaba que reinaría una vez muerto Milón!¿ Y qué decir de lo que es la esencia de la audacia, jueces?¿ Quién ignora que la mayor incitación a pecar es la esperanza de impunidad?¿ En quién residía, pues, esta esperanza?¿ En Milón, que incluso ahora es reo de un acto glorioso o, al menos, necesario, o en Clodio, que había despreciado de tal modo los juicios y el castigo que nada le deleitaba que fuera justo por naturaleza o permitido por las leyes?
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Pero,¿ por qué argumento, por qué discuto más? A ti, Q. Petilio, apelo, ciudadano óptimo y valeroso; a ti, M. Catón, invoco, a quienes una suerte divina me ha dado como jueces. Vosotros oísteis de M. Favonio que Clodio le había dicho, y lo oísteis estando Clodio vivo, que Milón moriría en tres días. El hecho ocurrió tres días después de lo que él había dicho. Si él no dudó en revelar lo que pensaba,¿ podéis vosotros dudar de lo que hizo?
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¿ Cómo, pues, no le falló el día? Ya lo he dicho. No era difícil conocer los sacrificios establecidos del dictador de Lanuvio. Vio que era necesario que Milón partiera hacia Lanuvio ese mismo día en que partió: por tanto, se adelantó.¿ Pero qué día? Aquel en el que, como dije antes, hubo una asamblea insensatísima provocada por su propio tribuno de la plebe mercenario: día que él, de no haber estado apresurándose hacia un crimen premeditado, nunca habría abandonado. Por tanto, para él no había ni siquiera motivo para el viaje, sino incluso motivo para quedarse; para Milón no había posibilidad de quedarse, y para salir no solo tenía motivo, sino necesidad.¿ Qué pasaría si, así como él supo que Milón estaría en el camino ese día, Milón ni siquiera pudo sospechar lo mismo de Clodio?
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Primero pregunto,¿ cómo pudo saberlo? Lo cual vosotros no podéis preguntar lo mismo respecto a Clodio. Pues, aunque no hubiera preguntado a nadie más que a T. Patina, su íntimo amigo, pudo saber que ese mismo día era necesario que el flamen fuera nombrado por el dictador Milón en Lanuvio. Pero había muchísimos otros de quienes pudo saberlo fácilmente: todos los de Lanuvio, por supuesto.¿ De dónde averiguó Milón el regreso de Clodio? Que lo haya averiguado— ved lo que os concedo—, que incluso haya corrompido a un esclavo, como dijo mi amigo Q. Arrio. Leed los testimonios de vuestros testigos. Dijo C. Causinio Schola, de Interamna, íntimo amigo y compañero de Clodio, que P. Clodio iba a quedarse ese día en su finca de Alba, pero que de repente se le anunció que el arquitecto Ciro había muerto, y que por eso decidió partir repentinamente a Roma. Esto mismo dijo el compañero de P. Clodio, C. Clodio.
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Ved, jueces, cuántas cosas han quedado resueltas con estos testimonios. Primero, Milón queda ciertamente libre de haber partido con el plan de tender una emboscada a Clodio en el camino: por supuesto, si aquel no iba a encontrarse con él en absoluto. Después— pues no veo por qué no he de defender también mi propia causa—, sabéis, jueces, que hubo quien, al proponer este decreto, dijo que el asesinato fue cometido por mano de Milón, pero por consejo de alguien superior. Evidentemente, hombres despreciables y perdidos me describían a mí como un bandido y asesino. Sus propios testigos los desmienten al negar que Clodio hubiera regresado a Roma ese día de no haber oído lo de Ciro. He respirado, he sido liberado; no temo parecer haber planeado algo que ni siquiera pude sospechar.
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Ahora seguiré con el resto; pues se me ocurre esto: entonces ni siquiera Clodio pensó en una emboscada, puesto que iba a quedarse en Alba. Si es que no hubiera salido de la villa para cometer el asesinato. Pues veo que aquel que se dice que anunció la muerte de Ciro, no anunció eso, sino que Milón se acercaba. Pues,¿ qué iba a anunciar sobre Ciro, a quien Clodio había dejado muriendo al salir de Roma? Firmé el testamento al mismo tiempo, estuve presente; el testamento, por lo demás, lo había hecho público y nos había escrito a él y a mí como herederos.¿ Aquel a quien había dejado exhalando el último suspiro el día anterior a la hora tercera, se le anunciaba muerto al día siguiente recién a la hora décima?
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Vamos, supongamos que fue así:¿ qué motivo hubo para que se apresurara a Roma, para que se lanzara a la noche?¿ Qué urgencia le traía el hecho de ser heredero? Primero, no había razón para que fuera necesario apresurarse; después, si la hubiera,¿ qué era, al fin y al cabo, lo que podía conseguir esa noche, pero perdería si hubiera llegado a Roma a la mañana siguiente? Y sin embargo, así como para él la llegada nocturna a la ciudad debía ser evitada más que buscada, así para Milón, si fuera un emboscador, si supiera que aquel iba a acercarse a la ciudad de noche, le habría correspondido acechar y esperar.
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Si lo hubiera matado de noche: lo habría matado en un lugar lleno de emboscadas y de bandidos. Nadie habría dejado de creerle si lo negara, a quien todos quieren ver a salvo incluso confesándolo. El crimen habría sido sostenido primero por aquel mismo lugar, ocultador y receptor de bandidos, luego ni la muda soledad lo habría denunciado ni la oscura noche habría mostrado a Milón; además, muchos violados, despojados y expulsados de sus bienes por él, muchos que incluso temían esto, caerían bajo sospecha, y en fin, toda Etruria sería citada como rea.
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Y aquel día, ciertamente, regresando de Aricia, Clodio se desvió hacia su finca en Alba. Aunque Milón supiera que aquel había estado en Aricia, debió sospechar, sin embargo, que, incluso si quisiera regresar a Roma ese día, se desviaría a su villa que tocaba el camino.¿ Por qué no se encontró con él antes para que aquel no se quedara en la villa, ni se apostó en el lugar al que aquel iba a llegar de noche?
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Veo hasta ahora, jueces, que todo es coherente: que a Milón le era incluso útil que Clodio viviera, y para aquel, la muerte de Milón era lo más deseado para lo que había codiciado; que el odio de aquel hacia este era acérrimo, y ninguno de este hacia aquel; que la costumbre de aquel era perpetua en ejercer violencia, y la de este solo en repelerla; que la muerte fue denunciada y proclamada abiertamente por aquel contra Milón, y nada se oyó nunca de Milón; que el día de la partida de este era conocido por aquel, y el regreso de aquel era desconocido por este; que el viaje de este era necesario, y el de aquel incluso más bien ajeno; que este había proclamado que saldría ese día, y aquel había disimulado que regresaría ese día; que este no había cambiado su plan en nada, y aquel había fingido un motivo para cambiar el suyo; que este, si tendiera una emboscada, debía esperar la noche cerca de la ciudad, y aquel, incluso si no temiera a este, aun así debía temer la llegada nocturna a la ciudad.
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Veamos ahora lo que es la esencia,¿ cuál de los dos lugares, aquel mismo donde se encontraron, era más apto para una emboscada?¿ Es esto, jueces, algo que deba dudarse y pensarse durante más tiempo?¿ Pensaba Milón que sería superior ante la finca de Clodio, donde, debido a aquellas locas construcciones, se movían fácilmente mil hombres valientes, en un lugar elevado y prominente del adversario, y por esa razón había elegido ese lugar preferentemente para la lucha, o fue más bien esperado en ese lugar por aquel que había planeado atacar con la esperanza del lugar mismo? La cosa habla por sí misma, jueces, lo cual siempre tiene el mayor peso.
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Si no oyerais estos hechos, sino que los vierais pintados, aun así aparecería quién era el emboscador y quién no pensaba en ningún mal, cuando uno viajaba en carruaje envuelto en una capa, sentado junto a su esposa.¿ Qué de esto no es lo más impedido?¿ La vestimenta, el vehículo o el acompañante?¿ Qué menos dispuesto para la lucha, cuando estaba enredado por la capa, impedido por el carruaje y casi constreñido por su esposa? Ved ahora a aquel, primero saliendo de la villa, de repente:¿ por qué? Por la tarde:¿ qué necesidad hay? Tarde:¿ cómo conviene, especialmente a esas horas? Se desvía a la villa de Pompeyo.¿ Para ver a Pompeyo? Sabía que estaba en Alsio;¿ para inspeccionar la villa? Había estado en ella mil veces.¿ Qué era, pues? Demora y evasión: mientras este llegaba, no quiso abandonar el lugar.
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Vamos ahora, comparad el viaje del bandido ligero con los impedimentos de Milón. Aquel siempre antes iba con su esposa, entonces sin ella; nunca si no era en carruaje, entonces a caballo; sus acompañantes eran grieguillos, a dondequiera que iba, incluso cuando se apresuraba hacia el campamento etrusco, entonces no había nada de frivolidades en su séquito. Milón, que nunca lo hacía, entonces por casualidad llevaba a los músicos de su esposa y grupos de esclavas; aquel que siempre llevaba consigo prostitutas, siempre efebos, siempre cortesanas, entonces no llevaba a nadie, a menos que dijeras que era un hombre elegido por otro hombre.¿ Por qué, pues, fue vencido? Porque no siempre el viajero es asesinado por el bandido, a veces también el bandido es asesinado por el viajero; porque, aunque Clodio estaba preparado contra los desprevenidos, el propio Clodio, sin embargo, había caído ante hombres.
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Y, en verdad, Milón nunca estuvo tan desprevenido contra aquel como para no estar suficientemente preparado. Siempre pensaba él mismo cuánto le interesaba a P. Clodio que él muriera, cuánto odio le tenía aquel y cuánto se atrevía aquel. Por eso, sabiendo que su vida estaba puesta como premio y casi sentenciada, nunca la arrojaba al peligro sin protección y sin guardia. Añadid los azares, añadid los resultados inciertos de las luchas y el Marte común, que a menudo derriba y abate al que ya despoja y se exulta, a manos de un abatido; añadid la ignorancia de un jefe que ha comido, bebido y bosteza, quien, al haber dejado al enemigo bloqueado a sus espaldas, no pensó nada en sus últimos acompañantes, contra los cuales, al haber caído encendidos de ira y desesperando de la vida de su señor, quedó atrapado en aquellos castigos que los esclavos fieles buscaron de él por la vida de su señor.
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¿ Por qué, pues, los manumitió? Temía, por supuesto, que se delatara, que no pudieran soportar el dolor, que fueran obligados por tormentos a confesar que P. Clodio fue asesinado por los esclavos de Milón en la Vía Apia.¿ Qué necesidad hay de terror?¿ Qué buscas?¿ Si lo mató? Lo mató.¿ Con derecho o sin él? Nada para el torturador: pues la investigación del hecho es en el potro, la del derecho en el juicio. Lo que, por tanto, debe buscarse en la causa, hagámoslo aquí; lo que quieres que se encuentre mediante tormentos, lo confesamos. Pero por qué los manumitió, si buscas eso más que por qué no los recompensó con premios suficientemente amplios, no sabes criticar el hecho de un enemigo.
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Pues dijo este mismo que siempre dice todo con constancia y valentía, M. Catón, y lo dijo en una asamblea turbulenta, que sin embargo fue calmada por su autoridad, que no solo por la libertad, sino también por todos los premios, eran dignísimos quienes habían defendido la vida de su señor. Pues,¿ qué premio es suficientemente grande para esclavos tan benevolentes, tan buenos, tan fieles, gracias a los cuales vive? Aunque eso, en verdad, no es tanto como el hecho de que, gracias a ellos, no sació la mente y los ojos de su cruelísimo enemigo con su propia sangre y heridas. A quienes, de no haberlos manumitido, habrían tenido que ser entregados a tormentos, siendo los salvadores de su señor, vengadores del crimen, defensores de su muerte. Este, en verdad, no tiene nada en estos males que soporte menos penosamente que el hecho de que, incluso si a él mismo le sucede algo, se les haya pagado, sin embargo, el premio merecido.
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Pero las investigaciones presionan a Milón, las cuales se han llevado a cabo ahora en el atrio de la Libertad.¿ Sobre qué esclavos?¿ Preguntas? Sobre los de P. Clodio.¿ Quién los reclamó? Apio.¿ Quién los presentó? Apio.¿ De dónde? De Apio.¡ Dioses buenos!¿ Qué puede hacerse con más severidad? Clodio se acercó casi a los dioses, más cerca que cuando había penetrado hasta ellos mismos, sobre cuya muerte se investiga como si se tratara de ceremonias violadas. Pero, sin embargo, nuestros antepasados no quisieron que se investigara sobre el señor, no porque no pudiera encontrarse la verdad, sino porque parecía indigno y más triste para los señores que la muerte misma: cuando se investiga sobre el reo a partir del esclavo del acusador,¿ puede encontrarse la verdad?
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Vamos, en verdad,¿ cuál era o cómo era la investigación? Oye tú, Rufio, por ejemplo, ten cuidado de no mentir:¿ Clodio tendió una emboscada a Milón? La tendió; cruz segura. No la tendió: libertad esperada.¿ Qué hay más cierto que esta investigación? Aunque fueron arrebatados repentinamente a la investigación, los demás son separados y arrojados a arcas para que nadie pueda hablar con ellos: estos, después de haber estado cien días en poder del acusador, fueron presentados por ese mismo acusador.¿ Qué puede decirse que sea más íntegro, qué más incorrupto que esta investigación?
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Pero si aún no lo veis con suficiente claridad, cuando el hecho mismo brilla con tantos y tan claros argumentos y señales, que Milón regresó a Roma con mente pura e íntegra, no imbuido de ningún crimen, no aterrorizado por ningún miedo, no anonadado por ninguna conciencia, recordad, por los dioses inmortales, cuál fue la rapidez de su regreso, qué entrada en el foro con la curia ardiendo, qué grandeza de ánimo, qué semblante, qué discurso. Y, en verdad, no se confió solo al pueblo, sino también al senado, y no solo al senado, sino también a las guardias públicas y a las armas, y no solo a estas, sino también al poder de aquel a quien el senado había confiado toda la república, toda la juventud de Italia, todas las armas del pueblo romano: a quien ciertamente nunca se habría entregado este, si no confiara en su causa, especialmente ante alguien que escucha todo, teme mucho, sospecha muchas cosas y cree algunas. Grande es la fuerza de la conciencia, jueces, y grande en ambos sentidos, de modo que no teman quienes no han cometido nada y piensen que el castigo está siempre ante los ojos quienes han pecado.
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Y, en verdad, no sin razón cierta la causa de Milón fue siempre aprobada por el senado; los hombres más sabios veían la razón del hecho, la presencia de ánimo, la constancia de la defensa.¿ O es que habéis olvidado, jueces, ante aquella reciente noticia de la muerte de Clodio, no solo los discursos y opiniones de los enemigos de Milón, sino también los de algunos ignorantes? Decían que no regresaría a Roma.
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Pues, o bien había hecho aquello con ánimo iracundo y alterado, de modo que, encendido por el odio, masacrara a su enemigo, pensaban que había considerado la muerte de P. Clodio de tanto valor como para carecer de patria con ánimo ecuánime, al haber saciado su odio con la sangre de su enemigo; o bien, si había querido liberar a la patria con su muerte, no dudaría un hombre valiente en que, al haber traído la salvación al pueblo romano con su propio peligro, cediera con ánimo ecuánime a las leyes, se llevara consigo la gloria sempiterna, y os dejara disfrutar de esto que él mismo había salvado. Muchos hablaban incluso de Catilina y de aquellos monstruos: irrumpirá, ocupará algún lugar, hará la guerra a la patria.¡ Miserables a veces los ciudadanos que mejor han merecido de la república, en quienes los hombres no solo olvidan las cosas más gloriosas, sino que incluso sospechan las nefandas!
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Por tanto, fueron falsas aquellas cosas que ciertamente habrían resultado verdaderas si Milón hubiera admitido algo que no pudiera defender honesta y verazmente.¿ Y qué? Aquello que después fue acumulado contra él, lo cual habría abatido la conciencia incluso de delitos mediocres,¡ cómo lo soportó, dioses inmortales!¿ Lo soportó? Más bien,¡ cómo lo despreció y lo tuvo por nada, lo cual ni un culpable con el mayor ánimo ni un inocente, a menos que fuera un hombre valientísimo, habría podido descuidar! Se indicaba que podía ser descubierta una multitud de escudos, espadas, jabalinas, incluso frenos; decían que no había barrio en la ciudad, ni callejón en el que no se hubiera alquilado una casa para Milón; armas transportadas por el Tíber a la villa de Ocriculo, casa en la colina Capitolina llena de escudos, todo lleno de teas preparadas para incendios de la ciudad: esto no solo fue denunciado, sino casi creído, y no fue repudiado hasta que fue investigado.
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Yo elogiaba, en verdad, la increíble diligencia de Cneo Pompeyo, pero diré, como siento, jueces. Se ven obligados a oír demasiadas cosas y no pueden hacer otra cosa aquellos a quienes se ha confiado toda la república. Incluso hubo que escuchar a un tal Licinio, sacrificador del Circo Máximo, diciendo que los esclavos de Milón, emborrachados en su casa, le habían confesado que habían conspirado para asesinar a Cneo Pompeyo, y luego, más tarde, que él había sido golpeado con una espada por uno de ellos para que no delatara. Se le comunica a Pompeyo en sus jardines; soy convocado entre los primeros; por parecer de los amigos, traslada el asunto al senado. No podía dejar de estar anonadado por el miedo ante tal sospecha de aquel, mi salvador y el de la patria, pero, sin embargo, me maravillaba que se creyera al sacrificador, que se escuchara la confesión de los esclavos, que una herida en el costado que parecía un pinchazo de aguja fuera aprobada como golpe de gladiador.
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Pero, según entiendo, Pompeyo se cuidaba más de lo que temía, no solo de lo que había que temer, sino de todo, para que vosotros no temierais algo. Se anunciaba que la casa de C. César, hombre ilustrísimo y valeroso, había sido atacada durante muchas horas de la noche: nadie lo había oído en un lugar tan concurrido, nadie lo había sentido; sin embargo, se escuchaba. No podía sospechar que Cneo Pompeyo, hombre de una virtud sobresaliente, fuera tímido; no pensaba que la diligencia asumida por toda la república fuera excesiva. Recientemente, en el Capitolio, con el senado muy concurrido, se encontró un senador que decía que Milón estaba armado. Se desnudó en el templo más sagrado, puesto que la vida de tal ciudadano y hombre no daba fe, para que, callando él, el hecho mismo hablara. Todo fue descubierto como falso y maliciosamente inventado: aunque todavía ahora se teme a Milón.
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Ya no tememos este crimen de Clodio, sino tus sospechas, Cneo Pompeyo— pues te apelo a ti y con voz tal que puedas oírme—, tus sospechas, digo, horrorizamos. Si temes a Milón, si piensas que este piensa nefariamente sobre tu vida ahora o que ha tramado algo alguna vez, si la leva de Italia, como han repetido algunos de tus reclutadores, si estas armas, si las cohortes capitolinas, si las guardias, si las vigilias, si la juventud elegida que custodia tu cuerpo y tu casa está armada contra el ataque de Milón, y todas esas cosas están constituidas, preparadas e intentadas contra este solo, ciertamente se juzga que hay en él una gran fuerza y un ánimo increíble y no las fuerzas y recursos de un solo hombre, si es que contra este solo se ha elegido al jefe más sobresaliente y se ha armado toda la república.
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Pero,¿ quién no entiende que todas las partes de la república, enfermas y vacilantes, te han sido confiadas para que las sanes y confirmes con estas armas? Pues si se le hubiera dado lugar a Milón, te habría probado a ti mismo, sin duda, que ningún hombre ha sido nunca más querido para otro hombre que tú para él; que nunca huyó de ningún peligro por tu dignidad, habiendo luchado muchísimas veces contra aquella misma peste asquerosa por tu gloria; que su tribunado fue gobernado por tus consejos para mi seguridad, que te había sido carísima; que después fue defendido por ti en peligro de muerte, ayudado en la petición de la pretura; que siempre esperó tener dos amigos queridísimos, tú por tu beneficio, yo por el suyo. Si no probara esto, si esa sospecha tuya se hubiera arraigado tan profundamente que no pudiera ser arrancada de ningún modo, si, en fin, Italia no fuera a descansar de la leva, ni la ciudad de las armas sin la ruina de Milón, él mismo, sin dudarlo, habría cedido de la patria, él que así nació y así se acostumbró; sin embargo, te invocaría a ti, Magno, antes, como hace ahora también.
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Ves cuán variable y mudable es la razón de la vida, cuán vaga y voluble la fortuna, cuántas infidelidades en las amistades, cuán aptas para el momento las simulaciones, cuántas huidas de los más cercanos en los peligros, cuántas timideces. Habrá, habrá ciertamente aquel tiempo y brillará aquel día alguna vez, cuando tú, con tus asuntos a salvo, como espero, pero quizás en algún movimiento de los tiempos comunes, que debemos saber por experiencia cuán a menudo ocurre, eches de menos la benevolencia de un amigo queridísimo, la lealtad de un hombre gravísimo y la grandeza de ánimo de un hombre valientísimo, el único nacido después de los hombres.
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Aunque,¿ quién puede creer esto, que Cneo Pompeyo, peritísimo del derecho público, de la costumbre de los antepasados y, en fin, de la república, cuando el senado le confió que viera que la república no sufriera ningún detrimento, versículo con el cual siempre han estado suficientemente armados los cónsules incluso sin que se les dieran armas, habría esperado el juicio en sus consejos para castigar a quien eliminaba los juicios mismos por la fuerza? Pompeyo ha juzgado suficientemente, suficientemente, que esas cosas son falsamente atribuidas a Milón, quien propuso la ley por la cual, como yo siento, Milón debería ser absuelto por vosotros, y como todos confiesan, debería ser permitido.
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El hecho de que se siente en aquel lugar y rodeado de aquellas tropas de guardias públicos, declara suficientemente que no os infunde terror— pues,¿ qué hay menos digno de él que obligaros a que condenéis a aquel contra quien él mismo puede actuar tanto por costumbre de los antepasados como por su propio derecho?—, sino que está para proteger, para que entendáis que, contra aquella asamblea de ayer, podéis juzgar libremente lo que sentís.
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Y, en verdad, jueces, no me mueve el crimen de Clodio, ni soy tan demente ni tan ignorante y ajeno a vuestro sentir como para no saber qué sentís sobre la muerte de Clodio. Sobre la cual, si ya no quisiera diluir el crimen como lo he diluido, aun así, a Milón le estaría permitido gritar abiertamente y mentir gloriosamente con impunidad: he matado, he matado, no a Espurio Melio, quien al aliviar el precio del grano y con pérdidas de su patrimonio, porque parecía abrazar demasiado a la plebe, cayó bajo sospecha de aspirar al reino, no a Tiberio Graco, quien abrogó el magistrado de su colega mediante sedición, cuyos asesinos llenaron el orbe de la tierra con la gloria de su nombre, sino a aquel— pues se atrevería a decir, al haber liberado a la patria con su peligro— cuyo nefando adulterio sorprendieron las mujeres más nobles en los cojines más sagrados;
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aquel cuyo suplicio el senado juzgó a menudo que debía ser expiado con religiones solemnes; aquel de quien L. Lúculo, bajo juramento, dijo haber descubierto, tras realizar investigaciones, que había cometido un nefando estupro con su hermana germana; aquel que exterminó con armas de esclavos a un ciudadano a quien el senado, a quien el pueblo romano, a quien todas las naciones habían juzgado conservador de la ciudad y de la vida de los ciudadanos; aquel que dio reinos, los quitó, repartió el orbe de la tierra con quienes quiso; aquel que, tras realizar muchísimas matanzas en el foro, obligó a un ciudadano a irse a casa con fuerza y armas por su singular virtud y gloria; aquel para quien nada fue nunca nefando ni en el crimen ni en la lujuria; aquel que incendió el templo de las ninfas para extinguir la memoria pública del censo impresa en las tablas públicas;
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aquel, en fin, para quien ya no había ley, ni derecho civil, ni límites de posesiones, que no buscaba las fincas ajenas mediante calumnia de litigios, ni mediante injustas reivindicaciones y sacramentos, sino mediante campamentos, ejército y el despliegue de estandartes; que no solo a los etruscos— pues a ellos los había despreciado profundamente—, sino a este P. Vario, ciudadano valientísimo y óptimo, juez nuestro, intentó expulsar de sus posesiones con armas y campamentos, que recorría las villas y jardines de muchos con arquitectos y reglas de diez pies, que había limitado la esperanza de sus posesiones desde el Janículo hasta los Alpes, que, al no haber conseguido de un caballero romano espléndido y valiente, M. Paconio, que le vendiera una isla en el lago Prilio, de repente transportó en barcas a esa isla madera, cal, cemento y arena, y, observándolo el dueño desde la otra orilla, no dudó en construir un edificio en terreno ajeno; que a este T. Furfanio,¡ qué hombre, dioses inmortales!—
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pues,¿ qué diré yo de la mujercilla Scantia, qué del joven P. Aponio? A ambos les amenazó con la muerte si no cedían ante él la posesión de sus jardines—; pero que se atrevió a decirle a T. Furfanio que, si no le daba la cantidad de dinero que pedía, introduciría un muerto en su casa, con cuya envidia tendría que arder un hombre tal; que expulsó de la posesión de una finca a su hermano Apio, hombre unido a mí por una fidelísima gratitud, estando ausente; que comenzó a levantar una pared a través del vestíbulo de su hermana, a poner cimientos de tal modo que no solo privó a su hermana del vestíbulo, sino de todo acceso y umbral.
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Aunque estas cosas ya parecían tolerables, aunque arremetía equitativamente contra la república, contra los privados, contra los lejanos, contra los cercanos, contra los ajenos, contra los suyos, pero no sé cómo, por el uso, la increíble paciencia de la ciudad ya se había endurecido y vuelto callosa: pero lo que ya se acercaba y amenazaba,¿ de qué modo podríais haberlo repelido o soportado? Si hubiera obtenido el mando, omito a los aliados, naciones extranjeras, reyes, tetrarcas; pues haríais votos para que se lanzara contra ellos antes que contra vuestras posesiones, vuestras casas, vuestras riquezas:¿ digo riquezas? De vuestros hijos, por los dioses, y de vuestras esposas, nunca habría contenido sus desenfrenadas lujurias.¿ Pensáis que se fingen estas cosas que son evidentes, que son conocidas por todos, que se sostienen, que iba a reclutar un ejército de esclavos en la ciudad, mediante los cuales poseería toda la república y los asuntos privados de todos?
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Por lo cual, si sosteniendo una espada ensangrentada gritara T. Annio:¡ Acudid, os lo ruego, y escuchad, ciudadanos! He matado a P. Clodio, sus furores, que ya no podíamos frenar con ninguna ley, con ningún juicio, los he repelido de vuestras cervices con este hierro y esta diestra, para que, por mí solo, el derecho, la equidad, las leyes, la libertad, el pudor y la castidad permanecieran en la ciudad,¡ ciertamente habría que temer cómo soportaría eso la ciudad! Ahora, pues,¿ quién hay que no apruebe, que no elogie, que no diga y sienta que T. Annio, el único después de la memoria de los hombres, ha sido quien más ha aprovechado a la república, y que ha llenado de la mayor alegría al pueblo romano, a toda Italia y a todas las naciones? No puedo juzgar cuán grandes fueron aquellos antiguos gozos del pueblo romano: sin embargo, nuestra época ha visto ya muchas victorias clarísimas de los más grandes generales, de las cuales ninguna trajo una alegría tan duradera ni tan grande.
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Guardad esto en la memoria, jueces. Espero que vosotros y vuestros hijos veáis muchos bienes en la república: en ellos siempre pensaréis así, que, estando vivo P. Clodio, no habríais visto nada de eso. Hemos sido llevados a la mayor esperanza y, como confío, la más verdadera, de que este mismo año, siendo cónsul un hombre tan grande, reprimida la licencia de los hombres, quebrantadas las codicias, establecidas las leyes y los juicios, será saludable para la ciudad.¿ Hay, pues, alguien tan demente que piense que esto podría haber ocurrido estando vivo P. Clodio?¿ Y qué? Aquello que poseéis, privado y vuestro, dominando un hombre furioso,¿ qué derecho de posesión perpetua habríais podido tener? No temo, jueces, que, inflamado por el odio de mis enemistades, parezca vomitar estas cosas contra él más gustosamente que más verazmente. Pues, aunque él debía ser mi enemigo principal, sin embargo, aquel era enemigo de todos de tal modo que, en el odio común, mi odio se movía casi por igual. No se puede decir lo suficiente, ni siquiera pensar, cuánto crimen, cuánta ruina hubo en aquel.
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Prestad atención, jueces. Imaginad en vuestras mentes— pues nuestros pensamientos son libres y contemplan lo que desean tal como percibimos lo que vemos—, imaginad, pues, en vuestro pensamiento la imagen de esta situación mía: si pudiéramos lograr que absolvierais a Milón, pero bajo la condición de que P. Clodio resucitara.¿ Por qué os habéis asustado con vuestro semblante?¿ De qué modo os afectaría él vivo, a quienes muerto os ha golpeado con una vana idea?¿ Qué? Si el propio Cneo Pompeyo, que posee tal virtud y fortuna que siempre ha podido hacer lo que nadie más que él, si él, digo, hubiera podido convocar una investigación sobre la muerte de P. Clodio o resucitarlo de los infiernos,¿ cuál pensáis que habría preferido hacer? Incluso si por amistad quisiera evocarlo de los infiernos, por el bien de la república no lo habría hecho. Por tanto, estáis sentados como vengadores de una muerte cuya vida, si pensarais que puede ser restituida por vosotros, no querríais, y se ha convocado una investigación sobre el asesinato de alguien que, si pudiera resucitar por la misma ley, esa ley nunca habría sido promulgada. Si él fuera, pues, su asesino,¿ temería al confesar el castigo de aquellos a quienes habría liberado?
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Los griegos rinden honores divinos a aquellos hombres que mataron a tiranos.¡ Lo que yo he visto en Atenas, lo que en otras ciudades de Grecia!¡ Qué ritos sagrados instituidos para tales hombres, qué cantos, qué poemas! Son consagrados casi a la religión y a la memoria de la inmortalidad.¿ Vosotros, al conservador de un pueblo tan grande, al vengador de un crimen tan grande, no solo no le otorgaréis honores, sino que permitiréis que sea arrastrado al suplicio? Confesaría, confesaría, digo, si lo hubiera hecho, y con gran ánimo y de buen grado, que lo hizo por la libertad de todos, lo cual no solo no debería ser confesado, sino incluso proclamado con orgullo.
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En efecto, si no niega aquello por lo que no pide nada más que ser perdonado,¿ dudaría en confesar aquello por lo que incluso debería pedir premios de alabanza? A menos que crea que es más grato para vosotros haber sido defensor de su propia vida que de la vuestra; especialmente cuando, en tal confesión, si quisierais ser agradecidos, obtendría los más amplios honores. Pero si el hecho no fuera aprobado por vosotros— aunque¿ cómo podría la propia salvación no ser aprobada por alguien?—, aun así, si la virtud de un hombre valerosísimo hubiera resultado poco grata a los ciudadanos, se retiraría con gran ánimo y constancia de una ciudad ingrata. Pues¿ qué habría más ingrato que alegrarse los demás, mientras llora solo aquel por quien los demás se alegran?
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Aunque siempre hemos tenido este ánimo todos al oprimir a los traidores de la patria, de modo que, puesto que nuestra gloria iba a ser futura, considerábamos también nuestro el peligro y la impopularidad. Pues¿ qué alabanza habría de atribuírseme a mí mismo, cuando me atreví a tanto en mi consulado por vosotros y vuestros hijos, si pensara que lo que intentaba lo habría de lograr sin mis mayores luchas?¿ Qué mujer no se atrevería a matar a un ciudadano malvado y pernicioso si no temiera el peligro? Quien, habiendo sido expuesto a la impopularidad, a la muerte y al castigo, no defiende la república con menos energía, ese debe ser considerado verdaderamente un hombre. Es propio de un pueblo agradecido colmar de premios a los ciudadanos que han merecido bien de la república, y de un hombre valiente no dejarse conmover ni siquiera por los suplicios para arrepentirse de haber actuado con valentía.
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Por esta razón, T. Anio utilizaría la misma confesión que Ahala, que Nasica, que Opimio, que Mario, que nosotros mismos, y, si la república fuera agradecida, se alegraría; si fuera ingrata, aun así, en una situación grave, se apoyaría en su propia conciencia. Pero la gratitud por este beneficio, jueces, la Fortuna del pueblo romano, vuestra felicidad y los dioses inmortales consideran que se les debe a ellos. Y, en verdad, nadie puede pensar de otro modo, a menos que crea que no existe ninguna fuerza ni poder divino, a quien no conmueven ni la magnitud de nuestro imperio, ni el sol, ni el movimiento de los cielos y de los astros, ni las vicisitudes y órdenes de las cosas, ni, lo que es más importante, la sabiduría de nuestros antepasados, quienes cultivaron los ritos, las ceremonias y los auspicios de la manera más sagrada y nos los transmitieron a nosotros, sus descendientes.
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Existe, existe ciertamente esa fuerza, y no es posible que en estos cuerpos y en esta fragilidad nuestra haya algo que prospere y sienta, y no lo haya en este movimiento de la naturaleza tan grande y tan ilustre. A menos que, tal vez, no lo crean porque no aparece ni se ve, como si pudiéramos ver nuestra propia mente con la que pensamos, con la que prevemos, con la que hacemos y decimos estas mismas cosas, y sentir claramente cómo es o dónde está. Esa fuerza, pues, que a menudo ha traído increíbles felicidades y riquezas a esta ciudad, extinguió y eliminó aquella ruina, a quien primero infundió la idea de que se atreviera a provocar con violencia y a atacar con el hierro a un hombre valerosísimo, y de que fuera vencido por aquel a quien, si hubiera vencido, habría tenido impunidad y licencia eterna.
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No es por consejo humano, ni siquiera moderado, jueces, que ese asunto fue llevado a cabo por el cuidado de los dioses inmortales. Por Hércules, las mismas regiones que vieron caer a esa bestia parecen haberse conmovido y haber retenido su derecho sobre él. Pues a vosotros os imploro y doy testimonio ahora, colinas y bosques de Alba, y a vosotros, digo, y a vuestros altares derruidos, aliados y contemporáneos de los ritos del pueblo romano, que él, con ciega locura, tras talar y destruir los bosques más sagrados, había oprimido con locas moles de cimientos; vuestras religiones florecieron entonces, vuestra fuerza prevaleció, la cual él había profanado con todo crimen; y tú, desde tu monte elevado Latiar, santo Júpiter, cuyos lagos, bosques y fronteras él había manchado a menudo con todo tipo de nefando estupro y crimen, finalmente abriste los ojos para castigarlo: a vosotros, a vosotros, ante vuestra presencia, le fueron pagados los castigos, tardíos, pero justos y debidos.
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A menos que tal vez digamos que esto también sucedió por casualidad, que ante el mismo santuario de la Buena Diosa, que está en la finca de T. Sercio Galo, un joven muy honesto y distinguido, ante la misma Buena Diosa, digo, cuando hubo entablado batalla, recibiera esa primera herida con la que encontró una muerte atroz, para que no pareciera absuelto por aquel juicio nefando, sino reservado para este castigo ejemplar. Y, en verdad, la misma ira de los dioses infundió esta locura a sus secuaces para que, sin imágenes, sin cantos ni juegos, sin exequias, sin lamentos, sin elogios, sin funeral, cubierto de sangre y barro, despojado de la celebración de aquel último día a la que incluso los enemigos suelen ceder, fuera arrojado y quemado. Creo que no era lícito que las figuras de los hombres más ilustres aportaran algo de decoro a aquel parricida atroz, ni que su muerte fuera lacerada en ningún lugar más que en aquel donde su vida había sido condenada.
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Dura, por mi fe, me parecía ya la fortuna del pueblo romano y cruel, que permitía que él insultara a esta república durante tantos años. Había profanado con estupro las religiones más sagradas, había quebrantado los decretos más graves del senado, se había redimido abiertamente con dinero de los jueces, había vejado al senado en su tribunado, había rescindido lo hecho por consenso de todos los órdenes para la salvación de la república, me había expulsado de la patria, había saqueado mis bienes, había incendiado mi casa, había vejado a mis hijos y a mi esposa, había declarado una guerra nefanda a Cneo Pompeyo, había causado matanzas de magistrados y particulares, había incendiado la casa de mi hermano, había devastado Etruria; instaba, presionaba; la ciudad, Italia, las provincias, los reinos no podían contener su locura; ya se estaban grabando en casa leyes que nos entregaran a nuestros propios esclavos; no había nada de nadie, que él hubiera deseado, que no pensara que sería suyo este año.
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Nadie se oponía a sus planes excepto Milón. A aquel mismo que podía oponerse, lo creía vinculado a sí mismo por un nuevo favor; decía que el poder de César era el suyo; había despreciado el ánimo de los hombres de bien en mi desgracia: Milón era el único que presionaba. Aquí los dioses inmortales, como dije arriba, dieron a aquel perdido y furioso la idea de que tendiera una emboscada a este. De otro modo, esa peste no pudo perecer; nunca la república se habría vengado por su propio derecho. El senado, creo, lo habría limitado como pretor. Ni siquiera cuando solía hacer eso, en privado, había logrado algo con esto mismo.
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¿ O habrían sido valientes los cónsules al reprimir al pretor? Primero, muerto Milón, habría tenido a sus propios cónsules; después,¿ quién sería un cónsul valiente bajo aquel pretor por quien recordara que la virtud consular había sido vejada cruelmente siendo tribuno? Lo habría oprimido todo, lo poseería, lo tendría; con una nueva ley, que fue encontrada en su poder junto con las demás leyes clodianas, habría convertido a nuestros esclavos en sus libertos; finalmente, si los dioses inmortales no lo hubieran impulsado a esa idea de que un hombre afeminado intentara matar a un hombre valerosísimo, hoy no tendríais ninguna república.
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¿ O aquel pretor, aquel verdadero cónsul, si es que estos templos y estas mismas murallas hubieran podido permanecer tanto tiempo vivo él y esperar su consulado, aquel finalmente no habría hecho ningún mal vivo, cuando muerto uno de sus secuaces incendió la curia?¿ Qué hemos visto más miserable, qué más amargo, qué más luctuoso?¿ Que el templo de la santidad, de la amplitud, de la mente, del consejo público, la cabeza de la ciudad, el altar de los aliados, el puerto de todas las naciones, la sede concedida por todo el pueblo a un solo orden, fuera incendiado, destruido, profanado, y que eso no fuera hecho por una multitud ignorante, aunque eso mismo fuera miserable, sino por uno solo? Quien, habiendo osado tanto como incinerador por un muerto,¿ qué no habría osado como abanderado por un vivo? Arrojó el cuerpo preferentemente a la curia, para que muerto incendiara la que vivo había derribado.
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Y hay quienes se quejan de la Vía Apia, callan sobre la curia, y quienes piensan que el foro pudo ser defendido por él respirando,¿ a cuyo cadáver no resistió la curia? Resucitad, resucitad a él mismo, si podéis, de los muertos:¿ romperéis el ímpetu del vivo cuyas furias apenas soportáis estando insepulto? A menos que hayáis soportado a aquellos que corrieron con antorchas a la curia, con fasces al templo de Cástor, que revolotearon con espadas por todo el foro. Visteis al pueblo romano ser masacrado, una asamblea ser perturbada por espadas, cuando se escuchaba en silencio a M. Celio, tribuno de la plebe, hombre valerosísimo en la república, firmísimo en la causa emprendida, y dedicado a la voluntad de los hombres de bien, a la autoridad del senado, y en esta desgracia o fortuna de Milón, con una fe singular, divina e increíble.
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Pero ya he dicho bastante sobre la causa, y quizás demasiado fuera de ella.¿ Qué resta sino rogaros y suplicaros, jueces, que otorguéis a un hombre valerosísimo esa misericordia que él mismo no implora, pero que yo, incluso resistiéndose él, imploro y exijo? No por esto le perdonéis menos si en el llanto de todos nosotros no habéis visto ninguna lágrima de Milón, si veis su semblante siempre igual, su voz, su discurso estable y no cambiado: no sé si debe ser ayudado mucho más. Pues, en efecto, si en los combates de gladiadores y en la condición y fortuna de hombres de la clase más baja solemos odiar incluso a los tímidos y suplicantes que ruegan que se les deje vivir, y deseamos que se salven los valientes y audaces que se ofrecen con ardor a la muerte, y nos compadecemos más de aquellos que no requieren nuestra misericordia que de los que la exigen,¡ cuánto más debemos hacerlo con ciudadanos valerosísimos!
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A mí, jueces, me anonadan y me matan estas palabras de Milón que escucho asiduamente y en las que participo a diario. Que se despidan, dice, que se despidan mis ciudadanos; que estén a salvo, que estén florecientes, que sean felices; que permanezca esta ciudad ilustre y mi patria queridísima, de cualquier modo que se haya portado conmigo; que mis ciudadanos, ya que a mí no me es permitido estar con ellos, disfruten de la república tranquila sin mí, pero, sin embargo, por mi causa. Yo me retiraré y me iré. Si no me ha sido permitido disfrutar de una buena república, al menos careceré de una mala, y tan pronto como toque una ciudad bien gobernada y libre, en ella descansaré.
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¡ Oh, en vano, dice, mis esfuerzos emprendidos, oh esperanzas falaces, oh mis pensamientos vanos! Yo, cuando siendo tribuno de la plebe, oprimida la república, me entregué al senado que había recibido como extinguido, a los caballeros romanos cuyas fuerzas eran débiles, a los hombres de bien que habían abandonado toda autoridad ante las armas clodianas,¿ podía pensar que alguna vez me faltaría la protección de los hombres de bien? Yo, cuando te— pues conmigo habla muy a menudo— había devuelto a la patria,¿ podía pensar que no habría lugar para mí en la patria?¿ Dónde está ahora el senado al que seguimos, dónde aquellos caballeros romanos, aquellos, dice, tuyos?¿ Dónde el entusiasmo de los municipios, dónde las voces de Italia, dónde finalmente tu voz y defensa, M. Tulio, que fue de ayuda para tantos?¿ A mí solo, que tantas veces me ofrecí a la muerte por ti, no puede ayudarme nada?
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Y, en verdad, no habla de esto, jueces, como yo ahora, llorando, sino con este mismo semblante que veis. Pues niega haber hecho lo que hizo por ciudadanos ingratos, pero no niega haberlo hecho por los tímidos y por los que observan todos los peligros. Recuerda que hizo suya a la plebe y a la multitud más baja, que bajo el mando de P. Clodio amenazaba vuestras fortunas, para que vuestra vida estuviera más segura, de modo que no solo la doblegara con su virtud, sino que también la aplacara con sus tres patrimonios, y no teme que, habiendo aplacado a la plebe con regalos, no os haya conciliado a vosotros con sus méritos singulares hacia la república. Dice que la benevolencia del senado hacia él ha sido a menudo percibida en estos mismos tiempos, y que las muestras de afecto, los entusiasmos y las conversaciones vuestras y de vuestros órdenes, los llevará consigo, cualquiera que sea el curso que tome la fortuna.
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Recuerda también que solo le faltó la voz del pregonero, la cual no deseó en absoluto, pero que, con todos los votos del pueblo, lo que él único deseaba, fue declarado cónsul; ahora finalmente, si estas armas han de ser contra él, dice que le obstaculiza la sospecha de un crimen, no el delito del hecho. Añade esto, que ciertamente es verdad, que los hombres valientes y sabios no suelen buscar tanto los premios de las buenas acciones como las acciones mismas; que él no ha hecho nada en su vida sino de la manera más ilustre, si es que nada es más preferible para un hombre que liberar a la patria de peligros.
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Que son felices aquellos para quienes ese asunto ha sido un honor por parte de sus ciudadanos, y sin embargo no son miserables aquellos que han superado a sus ciudadanos con un beneficio. Pero, aun así, de todos los premios de la virtud, si se debiera tener en cuenta el valor de los premios, el premio más amplio es la gloria; que esta es la única que consolaría la brevedad de la vida con la memoria de la posteridad, que haría que estuviéramos presentes estando ausentes, que viviéramos estando muertos; que esta es, finalmente, por cuyos peldaños parece que los hombres ascienden incluso al cielo.
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Sobre mí, dice, hablará siempre el pueblo romano, siempre todas las naciones, ninguna antigüedad enmudecerá jamás. Es más, en este mismo tiempo, cuando todas las antorchas de la impopularidad son lanzadas contra mí por mis enemigos, sin embargo, en toda reunión de hombres somos celebrados con agradecimientos y felicitaciones y en toda conversación. Omito los días festivos de Etruria, celebrados e instituidos. Este es el centésimo día desde la muerte de P. Clodio y, creo, el segundo. Dondequiera que están los límites del imperio del pueblo romano, por allí ha viajado ya no solo la fama sobre él, sino también la alegría. Por tanto, dónde esté este cuerpo, dice, no me preocupa, ya que en todas las tierras se mueve ya y siempre habitará aquí la gloria de mi nombre.
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Esto tú conmigo a menudo estando ellos ausentes, pero escuchando los mismos, esto yo contigo, Milón: a ti, ciertamente, con ese ánimo que tienes, no puedo alabarte lo suficiente, pero, cuanto más divina es esa virtud tuya, con mayor dolor me separo de ti. Y, en verdad, si me eres arrebatado, no me queda al menos esa queja para consolarme de poder enfadarme con aquellos de quienes habré recibido tan gran herida. Pues no serán mis enemigos quienes te arrebaten de mí, sino mis amigos más cercanos, no los que alguna vez merecieron mal de mí, sino siempre los mejores. Ningún dolor tan grande me infligiréis jamás, jueces— aunque¿ quién puede ser tan grande?—, pero ni siquiera este para que olvide cuánto me habéis apreciado siempre. Si os ha invadido el olvido o si habéis ofendido en algo contra mí,¿ por qué no se paga eso en mi cabeza antes que en la de Milón? Pues habré vivido ilustremente si me sucede algo antes de ver este mal tan grande.
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Ahora me sostiene un solo consuelo, que a ti, T. Anio, no te ha faltado ningún deber de amor, de dedicación, de piedad por mi parte. Yo busqué las enemistades de los poderosos por ti; yo a menudo expuse mi cuerpo y mi vida a las armas de tus enemigos; yo me arrojé como suplicante ante muchos por ti; mis bienes, mis fortunas y las de mis hijos las puse en común con tus tiempos; finalmente, en este mismo día, si se prepara alguna fuerza, si ha de haber alguna lucha por la vida, me ofrezco.¿ Qué resta ya?¿ Qué tengo que hacer por tus méritos hacia mí sino considerar mi fortuna la que sea la tuya? No rehúso, no me niego, y os suplico, jueces, que los beneficios que habéis otorgado a mí, o los aumentéis con la salvación de este, o veáis que van a perecer con su ruina.