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Original / primary: Spanish Gemini
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Cayo Trebacio, tu deseo me ha apartado del curso mismo de las obras más importantes que había comenzado a escribir y de estos libros, ya bastante numerosos, que he publicado en poco tiempo. Pues cuando estabas conmigo en mi villa de Tusculum y cada uno de nosotros, por separado, hojeaba en la biblioteca los libros que quería para su estudio, diste con ciertos Tópicos de Aristóteles, que él mismo ha explicado en varios libros. Movido por este título, me pediste inmediatamente que te explicara el sentido de esos libros;
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y cuando te hube expuesto que en esos libros estaba contenida la disciplina de encontrar argumentos, inventada por Aristóteles para que pudiéramos llegar a ellos con razón y método sin error alguno, me pediste, con la modestia que te caracteriza en todo, pero con un ardor que pude percibir fácilmente, que te los transmitiera. Sin embargo, cuando te hube aconsejado, no tanto por evitarme el trabajo como porque consideraba que te interesaba, que los leyeras tú mismo o que recibieras todo el método de algún retórico muy docto, hiciste ambas cosas, según supe por ti. Pero la oscuridad de los libros te hizo desistir;
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y aquel gran retórico, según creo, respondió que ignoraba esas obras aristotélicas. De hecho, no me sorprendió en absoluto que un filósofo no fuera conocido por un retórico, cuando es ignorado por los propios filósofos, salvo por muy pocos; a quienes menos se les debe perdonar, puesto que no solo deberían haberse sentido atraídos por las cosas que él dijo e inventó, sino también por la increíble abundancia y suavidad de su elocuencia.
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Por tanto, no pude seguir negándome por más tiempo ante tus reiteradas peticiones, aunque temieras ser una carga para mí— pues lo percibía fácilmente—, para que no pareciera que se cometía una injusticia contra un intérprete del derecho. Pues, como tú habías escrito a menudo muchas cosas para mí y para los míos, temí que, si yo me negaba, pareciera ingrato o arrogante. Pero mientras estuvimos juntos, tú eres el mejor testigo de lo ocupado que estuve;
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pero cuando me separé de ti para partir hacia Grecia, al no poder servirme ni la república ni mis amigos, ni poder moverme honestamente entre las armas, ni siquiera si me fuera permitido hacerlo con seguridad, al llegar a Velia y ver a ti y a los tuyos, advertido por esta deuda, no quise faltar ni siquiera a tu callada insistencia. Así pues, como no tenía los libros conmigo, escribí esto de memoria durante la navegación y te lo envié desde el camino, para que, con mi diligencia en cumplir tus encargos, te animara también a ti, aunque no necesites quien te lo recuerde, a rememorar nuestros asuntos. Pero ya es hora de pasar a lo que hemos instituido.
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Como todo método diligente de razonar tiene dos partes, una de invención y otra de juicio, Aristóteles fue, a mi parecer, el principal en ambas. Los estoicos, sin embargo, se esforzaron en la segunda; pues siguieron diligentemente los caminos del juicio con esa ciencia que llaman dialéctica, pero abandonaron por completo el arte de la invención, que se llama tópica, la cual era más útil para la práctica y, por el orden de la naturaleza, ciertamente anterior.
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Nosotros, en cambio, puesto que en ambas hay una utilidad suma y pensamos seguir ambas si hay tiempo libre, comenzaremos por la que es anterior. Así pues, al igual que la invención de las cosas ocultas es fácil si se demuestra y se marca el lugar, así, cuando queremos investigar algún argumento, debemos conocer los lugares; pues así fueron llamados por Aristóteles esas especies de sedes desde las cuales se extraen los argumentos.
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Por tanto, se puede definir el lugar como la sede de un argumento, y el argumento como la razón que da fe a una cosa dudosa. Pero de estos lugares en los que se incluyen los argumentos, unos residen en el asunto mismo del que se trata, otros se toman de fuera. En el asunto mismo, ya sea del todo, de sus partes, de su nombre o de aquellas cosas que están de algún modo relacionadas con aquello sobre lo que se pregunta. De fuera, en cambio, se toman aquellas cosas que están lejos y son muy distantes.
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Pero para todo aquello sobre lo que se diserta, se emplea a veces la definición, que despliega como si fuera un ovillo lo que se investiga; la fórmula de tal argumento es: El derecho civil es la equidad establecida para aquellos que son de la misma ciudad para obtener sus bienes; el conocimiento de esa equidad es útil; luego el conocimiento del derecho civil es útil;—
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a veces la enumeración de las partes, que se trata de este modo: Si no ha sido hecho libre ni por censo, ni por vindicta, ni por testamento, no es libre; y no hay ninguna de esas cosas; luego no es libre;— a veces la notación, cuando se extrae algún argumento de la fuerza de una palabra de este modo: Cuando la ley ordena que el fiador de un ciudadano sea un ciudadano solvente, ordena que sea solvente para el solvente; pues este es el solvente, como dice L. Elio, llamado así por dar dinero.
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También se extraen argumentos de aquellas cosas que están de algún modo relacionadas con aquello sobre lo que se pregunta. Pero este género se divide en varias partes. Pues a unas las llamamos conjugadas, a otras del género, a otras de la forma, a otras de la semejanza, a otras de la diferencia, a otras de lo contrario, a otras de los adjuntos, a otras de los antecedentes, a otras de los consecuentes, a otras de los repugnantes, a otras de las causas, a otras de los efectos, a otras de la comparación de los mayores, iguales o menores.
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Se llaman conjugadas aquellas que provienen de palabras del mismo género. Son palabras del mismo género las que, nacidas de una sola, se cambian de diversas maneras, como sabio, sabiamente, sabiduría. Esta conjugación de palabras se llama syzygia, de la cual es un argumento de este tipo: Si el campo es de pasto común, es lícito pastar. Del género se extrae así:
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puesto que toda la plata ha sido legada a la mujer, no puede ser que el dinero que se dejó contado en casa no esté legado; pues la forma nunca se separa del género mientras conserva su nombre, y el dinero contado conserva el nombre de plata; luego parece estar legado.
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De la forma del género, a la que a veces, para que se entienda más claramente, se puede llamar parte, de este modo: Si el dinero fue legado a Fabia por su marido, si ella fuera matrona de ese marido; si ella no había entrado bajo su potestad, no se debe nada. Pues el género es esposa; sus dos formas: una de las matronas, que son las que entraron bajo potestad; otra de aquellas que solo son consideradas esposas. Como Fabia estaba en esta parte, el legado no parece ser para ella.
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De la semejanza de este modo: Si las casas se han derrumbado o sufren desperfectos de las cuales se ha legado el usufructo, el heredero no debe restaurarlas ni repararlas, no más que restaurar un esclavo si hubiera perecido aquel cuyo usufructo se había legado. De la diferencia:
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no porque el marido haya legado a la esposa toda la plata que fuera suya, por eso están legadas las que estaban en créditos. Pues difiere mucho si la plata está guardada en un cofre o si se debe en los libros de cuentas.
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De lo contrario, en cambio, así: La mujer a quien el marido legó el usufructo de sus bienes, habiendo dejado las bodegas de vino y aceite llenas, no debe pensar que eso le pertenece. Pues se legó el uso, no el abuso. Esas cosas son contrarias entre sí.
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De los adjuntos: Si una mujer que nunca sufrió una disminución de su estatus hizo testamento, no parece que por edicto del pretor se deba dar la posesión conforme a esas tablas. Pues se añade que, conforme al edicto, la posesión parece darse conforme a las tablas de los esclavos, de los exiliados, de los niños.
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De los antecedentes, consecuentes y repugnantes de este modo; de los antecedentes: Si el divorcio ocurrió por culpa del marido, aunque la mujer haya enviado el mensaje de divorcio, sin embargo, no conviene que permanezca nada en favor de los hijos. De los consecuentes:
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si la mujer, habiéndose casado con alguien con quien no tenía derecho a matrimonio, envió el mensaje de divorcio; puesto que los nacidos no siguen al padre, no conviene que permanezca nada en favor de los hijos. De los repugnantes:
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si el padre de familia legó el usufructo de las esclavas a la esposa y no lo legó al segundo heredero, muerto el hijo, la mujer no perderá el usufructo. Pues lo que una vez se ha dado a alguien por testamento, no puede ser arrebatado en contra de la voluntad de aquel a quien se dio. Pues es repugnante aceptar correctamente y devolver contra la voluntad. De las cosas eficientes de este modo:
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Es derecho de todos añadir una pared recta a una pared común, ya sea sólida o arqueada. Pero quien haya prometido por daños temidos al demoler una pared común, no deberá responder por lo que el arco haya causado de desperfecto. Pues el daño no ocurrió por culpa de quien demolió, sino por culpa de la obra que fue construida de tal manera que no podía ser suspendida.
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De las cosas efectuadas de este modo: Cuando la mujer entra bajo la potestad del marido, todo lo que fue de la mujer se vuelve del marido en concepto de dote. De la comparación, en cambio, valen todas las que son de este tipo: Lo que vale en un asunto mayor, que valga en uno menor, como si en la ciudad no se regulan los límites, tampoco se impida el agua en la ciudad. Asimismo, al contrario: Lo que vale en el menor, que valga en el mayor. Se puede invertir el mismo ejemplo. Asimismo: Lo que vale en un asunto igual, que valga en este que es igual; como: Puesto que la autoridad del uso de un fundo es de dos años, que lo sea también de las casas. Pero en la ley no se mencionan las casas y son de todas las demás cosas cuyo uso es anual. Que valga la equidad, que desea derechos iguales en causas iguales.
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Las que se toman de fuera, en cambio, se extraen principalmente de la autoridad. Por tanto, los griegos llaman a tales argumentaciones atechnous, es decir, carentes de arte, como si respondieras así: Puesto que P. Escévola dijo que el límite de las casas es solo aquel por el cual se proyectaba el tejado para cubrir la pared común, desde cuyo tejado el agua fluía hacia la casa de aquel que lo había proyectado, que a ti te parece que ese es el derecho.
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Por tanto, con estos lugares que han sido expuestos para encontrar todo argumento, como si fueran ciertos elementos, se da la significación y la demostración para encontrar.¿ Es, pues, suficiente hasta aquí? Para ti, tan agudo y tan ocupado, creo que sí. Pero puesto que he recibido a un hombre ávido en estos banquetes de aprendizaje, lo tomaré de tal manera que prefiero que quede algo de sobras a permitir que te vayas de aquí sin estar saciado.
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Puesto que cada uno de esos lugares que he expuesto tiene sus propios miembros, sigámoslos con la mayor sutileza, y primero hablemos de la definición misma. La definición es un discurso que explica qué es lo que se define. Hay dos géneros principales de definiciones: uno de las cosas que son, otro de las que se entienden.
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Llamo cosas que son a aquellas que pueden ser vistas y tocadas, como un fundo, una casa, una pared, un canalón, un esclavo, un ganado, un ajuar, provisiones y demás; de este género a veces ustedes deben definir algunas. Llamo, por el contrario, cosas que no son a aquellas que no pueden ser tocadas ni señaladas, pero que pueden ser vistas por la mente y entendidas, como si definieras la usucapión, la tutela, la gens, la agnación, de las cuales no subyace ningún cuerpo, por así decirlo, pero hay una cierta conformación señalada e impresa en la inteligencia, a la que llamo noción. Esta a menudo debe ser explicada en la argumentación mediante la definición.
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Y además, hay definiciones de particiones y otras de divisiones; de particiones, cuando la cosa que se propone se desmembra como en miembros, como si alguien dijera que el derecho civil es lo que consiste en leyes, senadoconsultos, sentencias judiciales, autoridad de los jurisconsultos, edictos de los magistrados, costumbre y equidad. La definición de divisiones, en cambio, abarca todas las formas que están bajo ese género que se define de este modo: La enajenación es la entrega de una cosa mancipable a otro por nexo o por cesión ante el pretor entre aquellos a quienes el derecho civil permite hacerlo. Hay otros géneros de definiciones, pero para el propósito de este libro no tienen importancia; solo hay que decir cuál es el modo de la definición.
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Así pues, los antiguos enseñan: cuando hayas tomado las cosas que son comunes a la cosa que quieres definir con otras, prosigue hasta que se haga propia, de modo que no pueda transferirse a ninguna otra cosa. Como esto: La herencia es dinero. Común todavía; pues hay muchos géneros de dinero. Añade lo que sigue: que llega a alguien por la muerte de otro. Todavía no es una definición; pues de muchas maneras se puede poseer el dinero de los muertos sin herencia. Añade una palabra: legalmente; ahora la cosa parecerá separada de la comunidad, de modo que la definición explicada sea así: La herencia es el dinero que llega a alguien legalmente por la muerte de otro. Todavía no es suficiente; añade: y que no haya sido legado por testamento ni retenido por posesión; está terminado. Y también como aquello: Los gentiles son entre sí los que tienen el mismo nombre. No es suficiente. Los que han nacido de hombres libres. Ni siquiera eso es suficiente. Cuyos antepasados ninguno fue esclavo. Falta todavía. Que no han sufrido disminución de estatus. Esto quizás sea suficiente. Pues no veo que Escévola el pontífice haya añadido nada a esta definición. Y este método vale en ambos géneros de definiciones, ya sea que se deba definir lo que es, o lo que se entiende.
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Hemos mostrado cuál era el género de las particiones y divisiones, pero hay que decir más claramente en qué difieren entre sí. En la partición hay como miembros, como la cabeza, los hombros, las manos, los costados, las piernas, los pies y demás del cuerpo; en la división hay formas, que los griegos llaman eide, y los nuestros, si es que alguien trata esto por casualidad, llaman especies, no mal dicho, pero inútil para cambiar los casos al hablar. Pues no querría, ni siquiera si pudiera decirse en latín, decir de las especies y a las especies; y a menudo hay que usar estos casos; pero querría formas y de las formas. Sin embargo, como con ambos términos se significa lo mismo, no creo que deba descuidarse la comodidad al hablar.
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Definen el género y la forma de este modo: El género es la noción que pertenece a varias diferencias; la forma es la noción cuya diferencia puede referirse a la cabeza del género y como a su fuente. Llamo noción a lo que los griegos llaman tanto ennoia como prolepsis. Es el conocimiento inserto y concebido en la mente de cada uno que necesita ser aclarado. Las formas son, pues, aquellas en las que el género se divide sin omisión alguna; como si alguien dividiera el derecho en ley, costumbre y equidad. Quien piensa que las formas son lo mismo que las partes, confunde el arte y, turbado por una cierta semejanza, no distingue con suficiente agudeza lo que debe ser separado.
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A menudo también los oradores y poetas definen mediante la traslación de una palabra por semejanza con cierta suavidad. Pero yo no me apartaré de sus ejemplos a menos que sea necesario. Aquilio, mi colega y amigo, cuando se trataba de las costas, que ustedes quieren que sean todas públicas, solía definir, ante la pregunta de aquellos a quienes esto concernía, qué era la costa, como donde el flujo se retiraba; esto es, como quien quisiera definir la juventud como la flor de la edad, y la vejez como el ocaso de la vida; pues usando la traslación se apartaba de las palabras propias de las cosas y de las suyas. En lo que respecta a las definiciones, hasta aquí; veamos lo demás.
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La partición debe usarse de tal manera que no dejes ninguna parte; como si quisieras partir las tutelas, lo harías ignorantemente si omitieras alguna. Pero si partes las fórmulas de las estipulaciones o de los juicios, no es vicioso omitir algo en un asunto infinito. Lo cual es vicioso en la división. Pues el número de formas que se subordinan a cada género es cierto; la distribución de las partes es a menudo más infinita, como la derivación de arroyos desde una fuente.
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Por tanto, en las artes oratorias, una vez propuesto el género de la cuestión, se añade absolutamente cuántas son sus formas. Pero cuando se enseña sobre los ornamentos de las palabras o de las sentencias, que llaman schemata, no se hace lo mismo. Pues el asunto es más infinito; para que también de esto se entienda qué queremos que sea la diferencia entre partición y división. Aunque los vocablos parecían valer casi lo mismo, sin embargo, porque las cosas diferían, quisieron que los nombres de las cosas fueran distintos.
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Muchas cosas también se toman de la notación. Esta es, cuando el argumento se extrae de la fuerza del nombre; lo que los griegos llaman etymologian, es decir, la verdad de la palabra a partir de la palabra; nosotros, en cambio, huyendo de la novedad de una palabra no lo suficientemente adecuada, llamamos a este género notación, porque las palabras son notas de las cosas. Por tanto, Aristóteles llama a esto symbolon, que en latín es nota. Pero cuando se entiende lo que se significa, hay que esforzarse menos por el nombre.
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Muchas cosas, pues, se extraen en la disputa por la notación a partir de la palabra, como cuando se pregunta qué es el postliminio— no digo qué son las cosas del postliminio; pues eso caería en la división, que es tal: Por postliminio regresan estas cosas: el hombre, el barco, la mula de carga, el caballo, la yegua que suele recibir las riendas—; sino cuando se pregunta la fuerza del postliminio mismo y se nota la palabra misma; en lo cual nuestro Servio, según creo, piensa que no hay nada que notar excepto post, y quiere que liminium sea una producción de la palabra, como en finitimo, legitimo, aeditimo no hay más timum que en meditullio tullium; Escévola, en cambio,
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piensa que la palabra está unida, de modo que en ella haya tanto post como limen; de modo que, las cosas que fueron enajenadas por nosotros, cuando llegaron al enemigo, salieron de su propio umbral, por así decirlo, y cuando regresaron de allí después al mismo umbral, parecen haber regresado por postliminio. Con este género también se puede defender la causa de Mancino, que regresó por postliminio; que no fue entregado, puesto que no fue recibido; pues ni la entrega ni la donación pueden entenderse sin la aceptación.
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Sigue ese lugar que consiste en aquellas cosas que están de algún modo relacionadas con aquello sobre lo que se ambiciona; el cual acabo de decir que está distribuido en varias partes. Cuyo primer lugar es de la conjugación, que los griegos llaman syzygian, cercano a la notación, de la cual se acaba de hablar; como si entendiéramos por agua de lluvia solo aquella que viéramos recogida por la lluvia, vendría Mucio, quien, porque las palabras pluvia y pluendo eran conjugadas, diría que debe impedirse toda agua que hubiera crecido por la lluvia.
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Pero cuando el argumento se extraiga del género, no será necesario buscarlo desde la cabeza. A menudo se puede incluso más cerca, siempre que lo que se toma sea superior a aquello a lo que se toma; como el agua de lluvia en el último género es la que, viniendo del cielo, crece con la lluvia, pero en uno más cercano, en el que está contenido como el derecho de impedir, el género es el agua de lluvia dañina: las formas de ese género son la dañina por vicio del lugar y por mano, de las cuales una es ordenada por el árbitro a ser contenida, la otra no es ordenada.
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Se trata también cómodamente esta argumentación que se toma del género, cuando se siguen las partes desde el todo de este modo: Si hay dolo malo, cuando se hace una cosa y se simula otra, se puede enumerar de qué modos se hace, luego incluir en alguno de ellos aquello que argumentas que se hizo con dolo malo; cuyo género de argumento suele parecer especialmente firme.
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Sigue la semejanza, que se extiende ampliamente, pero más para los oradores y filósofos que para ustedes. Aunque todos los lugares son de todas las disputas para suministrar argumentos, sin embargo, en unas disputas ocurren más abundantemente y en otras más estrechamente. Por tanto, que los géneros te sean conocidos; pero dónde usarlos, las cuestiones mismas te lo recordarán.
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Pues hay semejanzas que llegan a donde quieren desde varias comparaciones de este modo: Si el tutor debe responder por su fidelidad, si el socio, si aquel a quien has encargado, si aquel que ha recibido una confianza, debe también el procurador. Esta que llega a donde quiere desde varias se llama inducción, que en griego se nombra epagoge, de la cual Sócrates hizo mucho uso en sus conversaciones.
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El otro género de semejanza se toma por comparación, cuando una cosa se compara con una, lo igual con lo igual de este modo: Del mismo modo que, si en la ciudad hay controversia sobre los límites, porque los límites parecen ser más de los campos que de la ciudad, no puedes obligar a un árbitro a regular los límites, así, si el agua de lluvia daña en la ciudad, puesto que el asunto es todo más de los campos, no puedes obligar a un árbitro a impedir el agua de lluvia.
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Del mismo lugar de la semejanza también se toman ejemplos, como Craso usó en la causa Curiana muchísimos ejemplos, quien había instituido herederos por testamento de tal manera que, si naciera un hijo en diez meses y este muriera antes de llegar a su propia tutela, habrían obtenido la herencia. Esta conmemoración de ejemplos valió, y ustedes suelen usarla mucho al responder.
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Pues los ejemplos ficticios tienen fuerza de semejanza; pero esos son más oratorios que suyos; aunque ustedes también suelen usarlos, pero de este modo: Imagina que alguien ha dado por mancipación lo que no puede darse por mancipación.¿ Acaso por eso se hizo suyo de quien recibió?¿ O acaso quien dio por mancipación se obligó por ello a algo? En este género se permite a los oradores y filósofos que incluso las cosas mudas hablen, que los muertos sean despertados de los infiernos, que se diga algo que no puede suceder de ninguna manera para aumentar o disminuir el asunto, lo que se llama hyperbole, y muchas otras cosas maravillosas. Pero el campo de ellos es más amplio. Sin embargo, de los mismos lugares, como dije antes, se extraen argumentos tanto en las mayores como en las menores cuestiones.
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Sigue a la semejanza la diferencia, cosa muy contraria a la anterior; pero es de la misma encontrar lo disímil y lo similar. De este género son estas: No, del mismo modo que lo que debes a una mujer, pagas correctamente a la misma mujer sin la autorización del tutor, de igual modo, lo que debes a un pupilo o pupila, puedes pagar correctamente de la misma manera.
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A continuación está el lugar que se dice por lo contrario. Hay varios géneros de contrarios; uno de aquellos que en el mismo género difieren mucho, como sabiduría y estupidez. Se dicen del mismo género aquellos a los que, al proponerse, ocurren como desde una región ciertos contrarios, como la lentitud a la rapidez, no la debilidad. De estos contrarios surgen argumentos tales: Si huimos de la estupidez, sigamos la sabiduría y la bondad si la malicia. Estos que son contrarios del mismo género se llaman adversos.
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Pues hay otros contrarios, que podemos llamar privativos en latín, los griegos llaman steretika. Pues anteponiendo' in', la palabra se priva de la fuerza que tendría si' in' no se hubiera antepuesto, dignidad indignidad, humanidad inhumanidad, y demás del mismo género, cuyo tratamiento es el mismo que el de los anteriores que llamé adversos.
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Pues hay otros géneros de contrarios, como los que se comparan con algo, como el doble y el simple, muchos y pocos, largo y breve, mayor y menor. También están aquellos muy contrarios que se llaman negantes; esos apofatika en griego, contrarios a los que afirman: Si esto es, aquello no es.¿ Para qué hace falta un ejemplo? Que solo se entienda que, al buscar un argumento, no todos los contrarios convienen a los contrarios.
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De los adjuntos, ciertamente puse un ejemplo hace poco, muchas cosas que se adjuntarían, que deberían ser asumidas si hubiéramos decidido que por edicto se diera la posesión conforme a esas tablas que hubiera instituido aquel que no tuviera capacidad para testar. Pero este lugar vale más para las causas conjeturales, que se tratan en los juicios, cuando se pregunta qué es, qué ha sucedido, qué sucederá o qué puede suceder en absoluto.
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Y la forma del lugar mismo es tal. Pero este lugar advierte que se pregunte qué sucedió antes del asunto, qué con el asunto, qué después del asunto.' Nada de esto al derecho; a Cicerón', decía nuestro Galo, si alguien le había referido algo tal, para que se preguntara sobre el hecho. Tú, sin embargo, permitirás que ningún lugar del arte instituido sea omitido por mí; para que, si piensas que no hay que escribir nada más que lo que te concierne, no parezcas amarte demasiado. Es, pues, en gran parte este lugar oratorio, no solo no de los jurisconsultos, sino ni siquiera de los filósofos.
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Antes del asunto, pues, se preguntan cosas que son tales: preparativos, conversaciones, lugar, cita, banquete; con el asunto, en cambio: ruido de pies, estrépito de hombres, sombras de cuerpos y si hay algo de ese tipo; pero después del asunto: palidez, rubor, titubeo, si hay otras señales de perturbación y conciencia, además fuego apagado, espada ensangrentada y demás cosas que pueden mover sospecha del hecho.
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A continuación está el lugar propio de los dialécticos de los consecuentes, antecedentes y repugnantes. Pues los conjuntos, de los cuales se habló hace poco, no siempre suceden; los consecuentes, en cambio, siempre. Pues llamo consecuentes a aquellos que siguen necesariamente a la cosa; asimismo los antecedentes y repugnantes. Pues cualquier cosa que sigue a cualquier cosa, eso se adhiere a la cosa necesariamente; y cualquier cosa que repugna, es de tal modo que nunca puede adherirse. Como este lugar se distribuye tripartitamente, en consecución, antecesión y repugnancia, el lugar para encontrar el argumento es simple, el de tratarlo es triple. Pues¿ qué importa, cuando has tomado esto, que el dinero contado se deba a la mujer a quien se ha legado toda la plata, si concluyes el argumento de este modo: Si el dinero acuñado es plata, ha sido legado a la mujer. Es, pues, el dinero acuñado plata. Luego ha sido legado; o de aquel modo: Si el dinero contado no ha sido legado, el dinero contado no es plata. Es, pues, el dinero contado plata; luego ha sido legado; o de aquel modo: No es a la vez plata legada y no es dinero contado legado. Pero la plata legada es. Luego el dinero contado ha sido legado?
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Llaman los dialécticos a esa conclusión del argumento, en la que, cuando has tomado lo primero, sigue lo que está anexo, el primer modo de conclusión; cuando niegas lo que está anexo, de modo que también aquello a lo que estaba anexo deba ser negado, ese se llama segundo modo de concluir; cuando, en cambio, niegas algunas cosas conjuntas y has tomado de ellas una o varias, de modo que lo que queda deba ser eliminado, ese se llama tercer modo de conclusión.
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De aquí aquellas conclusiones de los retóricos a partir de los contrarios, que ellos mismos llaman enthymemata; no porque toda sentencia no se llame enthymema por nombre propio, sino, como Homero, por excelencia, hace que el nombre común de los poetas sea el suyo entre los griegos, así, cuando toda sentencia se llama enthymema, porque la que se hace a partir de los contrarios parece la más aguda, solo ella poseyó propiamente el nombre común. De ese género son estas:¡ temer esto, no poner lo otro en temor!¿ condenas a aquella a quien no acusas de nada, crees que merece bien la que crees que merece mal?¿ lo que sabes no sirve de nada; lo que no sabes daña?
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Este género de disertar toca en absoluto también sus disputas al responder, pero más las de los filósofos, para quienes es común con los oradores esa conclusión a partir de sentencias repugnantes que los dialécticos llaman tercer modo, y los retóricos enthymema. Los restantes modos de los dialécticos son más, que consisten en disyunciones: O esto o aquello; esto, pues; luego no aquello. Asimismo: O esto o aquello; no esto, pues; luego aquello. Estas conclusiones son válidas porque en la disyunción no puede haber más de una verdad.
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Y de esas conclusiones que escribí arriba, la anterior se llama cuarto modo por los dialécticos, la posterior quinto. Luego añaden la negación de las conjunciones así: No esto y aquello; esto, pues; luego no aquello. Este modo es el sexto. El séptimo, en cambio: No esto y aquello; no esto, pues; luego aquello. De estos modos nacen conclusiones innumerables, en lo cual está casi toda la dialéctica. Pero ni siquiera estas que he expuesto son necesarias para esta institución.
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El siguiente es el lugar de las cosas eficientes, que se llaman causas; luego de las cosas efectuadas por las causas eficientes. Los ejemplos de estas, como los de los demás lugares, los puse ciertamente hace poco del derecho civil; pero estas se extienden más ampliamente. Pues hay dos géneros de causas; uno, que por su fuerza hace ciertamente lo que está sujeto a esa fuerza, como el fuego enciende; otro, que no tiene la naturaleza de efectuar pero sin el cual no puede efectuarse, como si alguien quisiera decir que el bronce es la causa de la estatua, porque sin él no puede efectuarse.
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De este género de causas, sin las cuales no se efectúa, otras son quietas, que no hacen nada, estúpidas de algún modo, como el lugar, el tiempo, la materia, las herramientas y demás del mismo género; otras, en cambio, aplican una cierta precursión para efectuar y aportan ciertas cosas que ayudan por sí mismas, aunque no sean necesarias, como: El encuentro había traído la causa al amor, el amor al crimen. De este género de causas que dependen de la eternidad, el destino es tejido por los estoicos. Y así como dividí los géneros de aquellas causas sin las cuales no se puede efectuar, así también pueden dividirse las eficientes. Pues hay otras causas que efectúan claramente sin que nada ayude, otras que quieren ser ayudadas, como: La sabiduría hace sabios por sí sola; si hace felices o no por sí sola es una cuestión.
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Por lo cual, cuando en una disputa ocurra una causa que efectúa algo necesariamente, se podrá sin duda concluir lo que se efectúa a partir de esa causa. Cuando, en cambio, sea tal la causa que en ella no haya necesidad de efectuar, no sigue una conclusión necesaria. Y ese género de causas que tiene fuerza de efectuar necesariamente no suele traer error; este, en cambio, sin el cual no se efectúa, a menudo confunde. Pues no porque los hijos no puedan existir sin padres, por eso en los padres estuvo la causa necesaria de engendrar.
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Por tanto, aquello sin lo cual algo no sucede debe distinguirse cuidadosamente de aquello en lo que ciertamente sucede. Pues lo primero es como el« ojalá no hubiera sido en el bosque del Pelión...», pues si no hubieran caído a tierra las vigas de abeto, aquella Argo no se habría construido, y sin embargo no hubo en esas vigas una fuerza necesaria para producirla. Pero cuando el rayo que surca el cielo con su zigzagueante fuego es lanzado contra la nave de Áyax, la nave se incendia necesariamente.
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Y existe además una diferencia entre las causas, pues unas son tales que producen su obra, por así decirlo, sin ninguna apetencia del ánimo, sin voluntad, sin opinión, como por ejemplo que todo lo que ha nacido perezca; otras, en cambio, producen su efecto por voluntad, por perturbación del ánimo, por hábito, por naturaleza, por arte o por azar: por voluntad, como tú cuando lees este librito; por perturbación, como si alguien temiera el desenlace de estos tiempos; por hábito, como quien se irrita fácil y rápidamente; por naturaleza, como que un vicio crezca día a día; por arte, como que alguien pinte bien; por azar, como que alguien navegue con éxito. Nada de esto ocurre sin causa ni nada en absoluto; pero las causas de este tipo no son necesarias.
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Sin embargo, de todas las causas, en unas hay constancia y en otras no. En la naturaleza y en el arte hay constancia, en las demás ninguna. Pero, aun así, de aquellas causas que no son constantes, unas son manifiestas y otras permanecen ocultas. Son manifiestas las que afectan a la apetencia del ánimo y al juicio; permanecen ocultas las que están sujetas a la fortuna. Pues, como nada sucede sin causa, esto mismo es el desenlace de la fortuna; la causa es oscura y se produce de forma latente. Además, las cosas que suceden son en parte ignoradas y en parte voluntarias; ignoradas, las que se han producido por necesidad; voluntarias, las que se han producido por deliberación.
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Lo que es fortuna, en cambio, es ignorado o voluntario. Pues lanzar un dardo es cuestión de voluntad, herir a quien no querías es cuestión de fortuna. De donde se deriva aquel aries que se presenta en vuestras acciones:« Si el dardo escapó de la mano más que si fue lanzado». También las perturbaciones del ánimo caen en la ignorancia y la imprudencia; las cuales, aunque son voluntarias— pues se eliminan mediante la reprensión y la advertencia—, tienen sin embargo movimientos tan grandes que lo que es voluntario parece a veces necesario o, ciertamente, ignorado.
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Por tanto, una vez explicado todo el lugar de las causas, de su diferencia surge una gran abundancia de argumentos, tanto para los oradores como para los filósofos, en las causas importantes; en las vuestras, en cambio, si no más rica, quizás sí más sutil. Pues los juicios privados sobre las cosas más importantes me parece que dependen de la prudencia de los jurisconsultos. Pues están presentes a menudo, son llamados a consultas y proporcionan las armas a los abogados diligentes que recurren a su prudencia.
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Por tanto, en todos aquellos juicios en los que se añade« de buena fe», y donde además« como conviene que se actúe bien entre personas de bien», y principalmente en el arbitraje de la causa dotal, en el que se dice« lo que sea más equitativo y mejor», deben estar preparados para ellos. Ellos han transmitido el dolo malo, la buena fe, lo equitativo y bueno, qué debe prestarse un socio a otro, qué debe prestarse quien ha gestionado negocios ajenos a aquel cuyos eran esos negocios, qué debe prestarse quien ha dado un mandato y aquel a quien se le ha dado, qué debe prestarse el marido a la mujer y la mujer al marido. Será posible, pues, una vez conocidos diligentemente los lugares de los argumentos, que no solo los oradores y filósofos, sino también los expertos en derecho, disputen copiosamente sobre sus consultas.
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Conectado con este lugar de las causas está aquel lugar que se deriva de los efectos. Pues, así como la causa indica qué es lo que se ha producido, así lo que se ha producido demuestra cuál ha sido la causa. Este lugar suele proporcionar a los oradores y poetas, y a menudo también a los filósofos, pero a aquellos que pueden hablar con elegancia y abundancia, una maravillosa riqueza de expresión, cuando anuncian qué sucederá a partir de cada cosa. Pues el conocimiento de las causas produce el conocimiento de los acontecimientos.
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Queda el lugar de la comparación, cuyo género y ejemplo se han expuesto arriba como los de los demás; ahora debe explicarse su tratamiento. Se comparan, pues, aquellas cosas que se dicen mayores, menores o iguales; en las cuales se observan estos aspectos: número, especie, fuerza y, en ciertos casos, la afección hacia algunas cosas.
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Por número se compararán así: que los bienes más numerosos se antepongan a los menos numerosos, los males menos numerosos a los más numerosos, los bienes más duraderos a los más breves, los que se han extendido lejos y ampliamente a los limitados, aquellos de los que se propagan más bienes y aquellos que muchos imitan y realizan. Por especie, en cambio, se comparan de modo que se antepongan las cosas que son deseables por sí mismas a aquellas que lo son por otra cosa, y las innatas e inherentes a las asumidas y adventicias, las íntegras a las contaminadas, las placenteras a las menos placenteras, las honestas incluso a las útiles, las fáciles a las laboriosas, las necesarias a las no necesarias, las propias a las ajenas, las raras a las vulgares, las deseables a aquellas de las que puedes prescindir fácilmente, las perfectas a las inacabadas, el todo a las partes, las que usan la razón a las que carecen de ella, las voluntarias a las necesarias, las animadas a las inanimadas, las naturales a las no naturales, las artificiales a las no artificiales.
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La fuerza, en cambio, se observa en la comparación de este modo: la causa eficiente es más grave que la no eficiente; las cosas que se bastan a sí mismas son mejores que las que necesitan de otras; las que están en nuestro poder que las que están en el de otros; las estables que las inciertas; las que no pueden ser arrebatadas que las que pueden serlo. La afección hacia algunas cosas es de este tipo: las ventajas de los principales son mayores que las de los demás; asimismo, las que son más placenteras, las que son aprobadas por la mayoría, las que son alabadas por todos los mejores. Y así como estas son mejores en la comparación, así son peores las que son contrarias a ellas.
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La comparación de los iguales, en cambio, no tiene elevación ni sumisión; pues es igualitaria. Muchas cosas, sin embargo, se comparan por la igualdad misma; las cuales se concluyen generalmente así: Si ayudar a los ciudadanos con consejo y auxilio debe ponerse en la misma alabanza, deben tener igual gloria quienes aconsejan y quienes defienden; pero lo primero es así; por tanto, lo que sigue también. Es perfecta toda la preceptiva para encontrar argumentos, de modo que, cuando hayas partido de la definición, de la partición, de la notación, de los conjugados, del género, de las formas, de la semejanza, de la diferencia, de los contrarios, de los adjuntos, de los consecuentes, de los antecedentes, de los repugnantes, de las causas, de los efectos, de la comparación de mayores, menores e iguales, no deba buscarse ninguna otra sede de argumento.
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Pero puesto que desde el principio dividimos de tal manera que dijimos que unos lugares residen en el asunto mismo sobre el que se debate, de los cuales se ha dicho lo suficiente, y otros se toman extrínsecamente, hablemos poco de ellos, aunque no pertenezcan en absoluto a vuestras disputas; pero, sin embargo, completemos todo el asunto, ya que hemos empezado. Pues tú no eres alguien a quien no le deleite nada más que el derecho civil, y puesto que esto se escribe para ti de tal manera que también llegará a manos de otros, esforcémonos para que podamos ser de la mayor utilidad posible a aquellos a quienes deleitan los estudios rectos.
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Esta argumentación, pues, que se dice carente de arte, se basa en el testimonio. Llamamos ahora testimonio a todo lo que se toma de alguna cosa externa para generar fe. La persona, sin embargo, no es de cualquier tipo, sino que tiene el peso del testimonio; pues para generar fe se busca la autoridad; pero la autoridad la aporta la naturaleza o el tiempo. La autoridad de la naturaleza reside al máximo en la virtud; en el tiempo, en cambio, hay muchas cosas que aportan autoridad: el ingenio, la riqueza, la edad, la fortuna, el arte, la experiencia, la necesidad, y a veces también la concurrencia de cosas fortuitas. Pues consideran dignos de crédito tanto a los ingeniosos como a los opulentos y a los probados por el paso del tiempo; quizás no rectamente, pero la opinión del vulgo apenas puede cambiarse y a ella dirigen todo tanto quienes juzgan como quienes opinan. Pues quienes sobresalen en estas cosas que he dicho, parecen sobresalir por la virtud misma.
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Pero también en las demás cosas que acabo de enumerar, aunque en ellas no hay ninguna especie de virtud, a veces se confirma la fe si se aplica algún arte— pues es grande la fuerza de la ciencia para persuadir— o la experiencia; pues generalmente se cree a quienes han experimentado. También la necesidad genera fe, la cual nace tanto de los cuerpos como de los ánimos. Pues lo que dicen los fatigados por azotes, tormentos o fuego, parece decirlo la verdad misma, y lo que dicen los afectados por perturbaciones del ánimo, dolor, codicia, ira o miedo, porque tienen la fuerza de la necesidad, aportan autoridad y fe.
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De este género son también aquellas cosas de las que a veces se descubre la verdad: la infancia, el sueño, la imprudencia, la embriaguez, la locura. Pues a menudo los niños han indicado algo, ignorando a qué se refería, y a través del sueño, el vino y la locura muchas cosas han sido reveladas a menudo. Muchos también han caído imprudentemente en asuntos odiosos, como le ocurrió hace poco a Estayeno, quien dijo cosas ante hombres de bien que escuchaban a escondidas con una pared de por medio, cosas que, al ser reveladas y llevadas a juicio, hicieron que fuera condenado por ley capital. Algo parecido hemos recibido sobre el lacedemonio Pausanias.
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La concurrencia de cosas fortuitas es tal que, si se ha intervenido por azar, cuando se estaba haciendo o diciendo algo que no debía ser revelado. En este género está también aquella multitud de sospechas de traición lanzadas contra Palamedes; género que a veces la verdad apenas puede refutar. De este género es también la fama del vulgo, una especie de testimonio de la multitud. Las cosas que generan fe por virtud son bipartitas; de las cuales una vale por naturaleza y la otra por industria. Pues la virtud de los dioses sobresale por naturaleza, la de los hombres, en cambio, por industria.
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Estos son generalmente los testimonios divinos: primero el de la palabra— pues los oráculos han sido llamados así por eso mismo, porque en ellos reside la palabra de los dioses—; después el de las cosas, en las que residen, por así decirlo, ciertas obras divinas: primero el mundo mismo y todo su orden y ornato; después los vuelos y cantos de las aves en el aire; luego los sonidos y ardores del mismo aire y los prodigios de muchas cosas en la tierra e incluso la premonición descubierta a través de las entrañas; también muchas cosas significadas por visiones a los que duermen. De estos lugares suelen tomarse a veces testimonios de los dioses para generar fe.
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En el hombre, la opinión de la virtud vale muchísimo. La opinión es, sin embargo, no solo que tengan virtud quienes la tienen, sino también quienes parecen tenerla. Por tanto, a aquellos a quienes ven dotados de ingenio, de estudio, de doctrina y cuya vida es constante y probada, como la de Catón, Lelio, Escipión y otros muchos, creen que son tales como ellos mismos quieren parecer; y no solo consideran que son tales quienes se ocupan de los honores del pueblo y de la cosa pública, sino también los oradores, filósofos, poetas e historiadores, de cuyos dichos y escritos a menudo se busca autoridad para generar fe.
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Expuestos todos los lugares de argumentación, lo primero que debe entenderse es que no hay ninguna disputa en la que no intervenga algún lugar, ni que casi todos los lugares incidan en toda cuestión, y que para ciertas cuestiones son más aptos unos lugares y para otras otros. Hay dos géneros de cuestiones: uno infinito y otro definido. Definido es lo que los griegos llaman hipótesis, nosotros causa; infinito es lo que ellos llaman tesis, nosotros podemos denominar propuesta.
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La causa se distingue por personas, lugares, tiempos, acciones y negocios determinados, ya sea en todos o en la mayoría de ellos; la propuesta, en cambio, en alguno de ellos o en varios, pero no en los más importantes. Por tanto, la propuesta es parte de la causa. Pero toda cuestión es sobre alguna de las cosas por las que se contienen las causas, ya sea una, varias o, a veces, todas.
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De las cuestiones« sobre cualquier cosa», hay dos géneros: uno de conocimiento y otro de acción.
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De conocimiento son aquellas cuyo fin es la ciencia, como si se preguntara si el derecho proviene de la naturaleza o de alguna especie de condición y pacto de los hombres. De acción, en cambio, son ejemplos de este tipo: si es propio del sabio acceder a la cosa pública. Las cuestiones de conocimiento son tripartitas; se pregunta si es, qué es o de qué clase es. Lo primero se explica por conjetura, lo segundo por definición, lo tercero por la distinción entre lo justo y lo injusto. El método de la conjetura está distribuido en cuatro partes, de las cuales una es cuando se pregunta si algo es; la segunda, de dónde ha surgido; la tercera, qué causa lo ha producido; la cuarta, en la que se pregunta sobre la mutación de la cosa. Si es, así: si hay algo honesto, si hay algo equitativo en verdad; o si estas cosas solo existen en la opinión. De dónde ha surgido: como cuando se pregunta si la virtud puede ser producida por la naturaleza o por la doctrina. La causa eficiente se pregunta así: por qué cosas se produce la elocuencia. Sobre la mutación, así: si la elocuencia puede convertirse por alguna mutación en falta de elocuencia.
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Cuando se pregunta qué es, debe explicarse la noción, la propiedad, la división y la partición. Pues estos son los atributos de la definición; se añade también la descripción, que los griegos llaman carácter. La noción se pregunta así: si es equitativo lo que es útil para quien tiene más poder. La propiedad así: si la aflicción cae solo en el hombre o también en las bestias. La división y, del mismo modo, la partición así: si hay tres géneros de bienes. La descripción, cómo es el avaro, cómo el adulador y el resto del mismo género, en los cuales se describe tanto la naturaleza como la vida.
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Cuando se pregunta de qué clase es algo, se pregunta de forma simple o comparada. De forma simple: si debe buscarse la gloria; de forma comparada: si debe anteponerse la gloria a las riquezas. Los géneros de las simples son tres: sobre lo que debe buscarse y evitarse, sobre lo justo y lo injusto, sobre lo honesto y lo vergonzoso. Las comparaciones, en cambio, son dos: una sobre lo mismo y lo otro, la otra sobre lo mayor y lo menor. Sobre lo que debe buscarse y evitarse, de este tipo: si deben buscarse las riquezas, si debe evitarse la pobreza. Sobre lo justo y lo injusto: si es equitativo vengarse de quienquiera que hayas recibido una injuria. Sobre lo honesto y lo vergonzoso:¿ es honesto morir por la patria?
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Del otro género, que era bipartito, uno es sobre lo mismo y lo otro: qué diferencia hay entre un amigo y un adulador, entre un rey y un tirano; el otro sobre lo mayor y lo menor, como si se preguntara si vale más la elocuencia o la ciencia del derecho civil. Hasta aquí sobre las cuestiones de conocimiento.
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Quedan las de acción, cuyos géneros son dos: uno referido al deber, el otro a generar, calmar o eliminar por completo una perturbación del ánimo. Referido al deber, así, como cuando se pregunta si deben tenerse hijos. Para mover los ánimos, las exhortaciones a defender la cosa pública, a la alabanza, a la gloria; de cuyo género son las quejas, las incitaciones y las miseraciones lastimeras; y, a su vez, el discurso que extingue la ira, que arrebata el miedo, que comprime la alegría desbordante, que enjuga la aflicción. Como estos géneros existen en las cuestiones de propuesta, los mismos se trasladan a las causas.
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A continuación debe verse qué lugares son adecuados para cada cuestión. Todos ellos, ciertamente, para la mayoría, pero unos más aptos para unas y otros para otras, como dije. Para la conjetura, pues, son sumamente aptos los que pueden tomarse de las causas, de los efectos y de los adjuntos. Para la definición, en cambio, pertenece el método y la ciencia de definir. Y a este género es limítrofe aquello que dijimos que se llama sobre lo mismo y lo otro, género que es una especie de definición; pues si se pregunta si es lo mismo la pertinacia y la perseverancia, debe juzgarse mediante definiciones.
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Los lugares que convienen a la cuestión de ese género son el consecuente, el antecedente y el repugnante; también los adjuntos a aquellos que se toman de las causas y los efectos. Pues si a esta cosa le sigue aquella, pero a esta otra no le sigue, o si a esta cosa le antecede aquella, pero a esta otra no le antecede; o si a esta cosa le repugna, pero a aquella no le repugna; o si de esta cosa es esta causa y de aquella otra; o si de una cosa se ha producido esto y de otra aquello: de cualquiera de estos se puede encontrar si aquello sobre lo que se pregunta es lo mismo o algo distinto.
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Al tercer género de cuestión, en el que se pregunta de qué clase es, caen en la comparación aquellas cosas que poco antes se enumeraron en el lugar de la comparación. En aquel género en el que se pregunta sobre lo que debe buscarse y evitarse, se aplican aquellas cosas que son ventajas o desventajas, ya sean del ánimo, del cuerpo o externas. Asimismo, cuando se pregunta sobre lo honesto y lo vergonzoso, todo el discurso debe dirigirse a los bienes o males del ánimo.
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Cuando se diserta sobre lo justo y lo injusto, se recogerán los lugares de la equidad. Estos se distinguen de forma bipartita: por naturaleza y por institución. La naturaleza tiene dos partes: la atribución a cada uno de lo suyo y el derecho de vengarse. La institución de la equidad, en cambio, es tripartita; una parte es legítima, la otra conveniente, la tercera confirmada por la antigüedad de la costumbre. Y también se dice que la equidad es tripartita; una pertenece a los dioses superiores, otra a los manes, la tercera a los hombres. La primera se llama piedad, la segunda santidad, la tercera justicia o equidad. Sobre la propuesta se ha dicho lo suficiente, a continuación deben decirse menos cosas sobre la causa. Pues la mayoría de las cosas son comunes con la propuesta.
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Tres son, pues, los géneros de causas: judicial, deliberativa y laudatoria. Sus fines declaran ellos mismos qué lugares deben usarse. Pues el fin de la judicial es el derecho, de donde también proviene su nombre. Las partes del derecho se expusieron entonces junto con las de la equidad. El fin de la deliberativa es la utilidad, cuyas partes son las que se acaban de exponer sobre las cosas que deben buscarse. El fin de la laudatoria es la honestidad, sobre la cual también se ha hablado antes.
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Pero las cuestiones definidas se instruyen con sus propios lugares, por así decirlo... las cuales se dividen en acusación y defensa; en las que surgen estos géneros: que el acusador argumente sobre la persona del hecho, el defensor oponga algo de tres tipos: o que no se ha hecho, o, si se ha hecho, que ese hecho tiene otro nombre, o que se ha hecho por derecho. Por tanto, la primera se llame negatoria o conjetural, la segunda definitiva, la tercera, por molesto que sea este nombre, llámese jurídica. Los argumentos propios de estas causas, tomados de los lugares que hemos expuesto, han sido explicados en los preceptos oratorios.
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La refutación de la acusación, en la que está la repulsión del crimen, puesto que en griego se llama stasis, llámese en latín estado; en el cual se detiene primero la defensa, como si se hubiera reunido para oponerse. Y en las deliberaciones y alabanzas también surgen los mismos estados. Pues a menudo se niega que vayan a suceder aquellas cosas que alguien ha dicho en su opinión que sucederán, si o bien no pueden suceder en absoluto o no pueden suceder sin suma dificultad; en cuya argumentación surge el estado conjetural;
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o cuando se diserta sobre la utilidad, la honestidad, la equidad y sobre aquellas cosas que son contrarias a estas, incurren los estados de derecho o de nombre; lo cual ocurre también en las alabanzas. Pues o se puede negar que se haya hecho aquello que se alaba, o que no debe ser calificado con el nombre con que el laudador lo ha calificado, o que no es en absoluto loable lo que no se ha hecho rectamente o por derecho. De todos estos géneros se sirvió César de forma demasiado impúdica contra mi Catón.
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Pero la contienda que se produce a partir del estado, los griegos la llaman krinomenon; a mí me place, puesto que te escribo a ti, que se llame« sobre lo que se trata». Aquellas cosas, en cambio, por las que se contiene este« sobre lo que se trata», llámense continencias, como si fueran los fundamentos de la defensa, sin los cuales no habría defensa. Pero puesto que nada debe ser más firme que la ley en la discusión de las controversias, debe ponerse empeño en que utilicemos la ley como ayudante y testigo. En cuyo asunto surgen otros estados, por así decirlo, nuevos, pero llámense discusiones legítimas.
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Pues entonces se defiende que la ley no dice lo que el adversario quiere, sino otra cosa. Eso ocurre cuando el escrito es ambiguo, de modo que puedan aceptarse dos sentencias diferentes. Entonces se opone al escrito la voluntad del escritor, de modo que se pregunte si deben valer más las palabras o la sentencia. Entonces se aporta una ley contraria a la ley. Esos son los tres géneros que pueden causar controversia en todo escrito. Ya es evidente que no más en las leyes que en los testamentos, en las estipulaciones y en las demás cosas que se tratan por escrito, pueden surgir las mismas controversias. Los tratamientos de estos se explican en otros libros.
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Y no solo las acciones perpetuas, sino también las partes del discurso se ayudan de los mismos lugares, en parte propios y en parte comunes; como en los principios, en los que debe lograrse mediante lugares propios que los que escuchan sean benevolentes, dóciles y atentos; asimismo, que las narraciones miren a sus fines, es decir, que sean claras, breves, evidentes, creíbles, moderadas y con dignidad. Las cuales, aunque deben estar en todo el discurso, son sin embargo más propias de la narración.
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La fe que sigue a la narración, puesto que se logra persuadiendo, se ha dicho en aquellos lugares en los que se trata de todo el método de hablar cuáles son los lugares que más valen para persuadir. La peroración, en cambio, tiene otras cosas y sobre todo la amplificación, cuyo efecto debe ser este: que los ánimos se perturben o se tranquilicen y, si ya estaban afectados de tal modo antes, que el discurso aumente sus movimientos o los calme.
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Para este género, en el que se perturban la misericordia, la ira, el odio, la envidia y las demás afecciones del ánimo, se proporcionan preceptos en otros libros, que podrás leer conmigo cuando quieras. Para aquello que había sentido que querías, debe haberse satisfecho cumplidamente tu voluntad.
100
Pues para no omitir nada que perteneciera a encontrar un argumento en todo el método, he abarcado más de lo que deseabas y he hecho lo que suelen hacer a menudo los vendedores generosos, que, cuando han vendido una casa o un fundo con los utensilios y talas reservados, conceden sin embargo algo al comprador que parece estar puesto de forma apta y en su lugar para adornar; así, nosotros hemos querido añadir a lo que debíamos darte, por así decirlo, como mancipio, ciertos ornamentos no debidos.