Cartaddemetrianum
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Original / primary: Spanish Gemini
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ARGUMENTO.
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A Demetriano, procónsul de África, quien sostenía que a los cristianos debía imputárseles la responsabilidad de las guerras, el hambre y la peste con que entonces se veía afligido el orbe, por el hecho de que los dioses no eran adorados por ellos; responde bellamente (tras haber deducido que, por la senectud del mundo, todas las cosas se vuelven peores) que son más bien los mismos paganos la causa de tan grandes calamidades, porque no adoran a Dios y, además, hostigan a los cristianos con injustas persecuciones. Luego, cuando le reprocha los inusitados géneros de tormentos con que torturaba a los cristianos por encima de otros reos, no para obtener una confesión, sino una negación, arguye la impotencia de los dioses; tanto porque ellos mismos no pueden defenderse, y por tanto Demetriano, quien los vindicaba, debería ser adorado por ellos más bien que él adorarlos a ellos; como porque, expulsados por los cristianos de los cuerpos que poseían, confiesan qué son ellos mismos. Y ciertamente no se considera que las ruinas de los reyes, las pérdidas de riquezas y males similares que acompañaban divinamente a las persecuciones de los cristianos como vindicta, no sean tales vindictas por el hecho de que también fueran comunes a ellos, puesto que todas esas cosas son para ellos más bien un gozo que un castigo. Por consiguiente, mientras hay tiempo, exhorta a que vuelva en sí, o al menos por miedo al juicio y al fuego del infierno que arde siempre. Imita, por lo demás, en parte el Apologético y el libro a Escápula de Tertuliano, y en parte el Octavio de Minucio Félix. [PAMEL.]
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I.
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A ti, Demetriano, que frecuentemente ladrabas y obstaculizabas con boca sacrílega y palabras impías contra Dios, que es uno y verdadero, te había despreciado, juzgando más recatado y mejor despreciar con el silencio la impericia del que yerra que provocar con palabras la demencia del insensato. Y no lo hacía sin la autoridad del magisterio divino, pues está escrito: No digas nada a oídos del imprudente, no sea que, cuando lo oiga, se burle de tus sermones sensatos. Y de nuevo: No respondas al imprudente según su imprudencia, no sea que te hagas semejante a él. Y también se nos ordena guardar lo santo dentro de nuestra conciencia, y no exponerlo a ser hollado por cerdos y perros, hablando el Señor y diciendo: No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las hollen con sus pies y, volviéndose, os despedacen. Pues, cuando venías a mí a menudo, con más afán de contradecir que con deseo de aprender, y, resonando con voces clamorosas, preferías proferir impúdicamente lo tuyo antes que escuchar pacientemente lo nuestro, parecía inepto contender contigo, cuando sería más fácil y ligero refrenar con clamores los agitados oleajes de un mar turbulento que coaccionar tu rabia con tratados. Ciertamente es labor vana y sin efecto alguno ofrecer luz al ciego, discurso al sordo, sabiduría al bruto; pues ni el bruto puede sentir, ni el ciego admitir la luz, ni el sordo oír.
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II.
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Considerando esto, a menudo callé y vencí al impaciente con paciencia, pues no podía enseñar al indócil, ni comprimir al impío con la religión, ni cohibir al furioso con la lenidad. Pero, en verdad, cuando dices que muchos se quejan de que las guerras surgen con más frecuencia, de que la peste y el hambre se enfurecen, y de que las largas sequías suspenden las lluvias y los chubascos, y que se nos imputa a nosotros, no es oportuno callar más; no sea que empiece a ser ya no de recato, sino de desconfianza el que callemos, y mientras despreciamos refutar las falsas acusaciones, parezcamos reconocer el crimen. Respondo, pues, tanto a ti, Demetriano, como a los demás a quienes quizás tú has incitado, y sembrando odios contra nosotros con tus voces maldicientes, te has hecho muchos compañeros con la propagación de tu raíz y origen; a quienes, sin embargo, creo que admitirán la razón de nuestro discurso: pues quien fue movido al mal por una mentira engañosa, mucho más será movido al bien por la verdad que obliga.
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III.
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Dijiste que por nosotros sucede y que se nos debe imputar todo eso por lo que ahora el mundo es sacudido y oprimido, porque vuestros dioses no son adorados por nosotros. En esta parte, puesto que eres ignorante del conocimiento divino y ajeno a la verdad, debes saber en primer lugar que el mundo ya ha envejecido, que no se mantiene con aquellas fuerzas con las que antes se mantenía, ni vale con el vigor y el vigor con que antes prevalecía. Esto, incluso si nosotros calláramos y no presentáramos documentos de las Sagradas Escrituras y de las predicaciones divinas, el mundo mismo ya lo dice y atestigua su ocaso con la prueba de las cosas que decaen. No hay en invierno tanta abundancia de lluvias para nutrir las semillas, no hay en verano tanta flagrancia del sol para tostar los frutos, ni las siembras son tan alegres con la templanza primaveral, ni los otoños son tan fecundos con los frutos de los árboles. Menos costras de mármol se extraen de los montes excavados y fatigados, menos riquezas de plata y oro sugieren los metales ya agotados, y las venas pobres se acortan cada día y decrecen; falta el agricultor en los campos, el marinero en el mar, el soldado en los campamentos, la inocencia en el foro, la justicia en el juicio, la concordia en las amistades, la pericia en las artes, la disciplina en las costumbres. ¿Crees que puede existir tanta sustancia de una cosa que envejece cuanta pudo antes, cuando aún era nueva y floreciente con vigorosa juventud? Es necesario que disminuya todo lo que, estando ya próximo el fin, se dirige hacia el ocaso y los extremos. Así el sol en su ocaso lanza sus rayos con un esplendor menos claro e ígneo; así, declinando ya su curso, la luna se atenúa con cuernos gastados, y el árbol que antes había sido verde y fértil, con las ramas secándose, se vuelve después deforme por la estéril vejez; y la fuente que, con venas antes rebosantes, fluía largamente, desfalleciendo por la vejez, apenas destila con un sudor módico. Esta sentencia ha sido dada al mundo, esta es la ley de Dios: que todo lo nacido perezca, que lo crecido envejezca, que lo fuerte se debilite y lo grande disminuya, y que, cuando hayan sido debilitadas y disminuidas, terminen.
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IV.
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Imputas a los cristianos que las cosas disminuyan, envejeciendo el mundo. ¿Qué si también los ancianos imputaran a los cristianos que valen menos en la vejez, que no florecen como antes en el oído de los oídos, en la carrera de los pies, en la agudeza de los ojos, en el vigor de las fuerzas, en el jugo de las entrañas, en la mole de los miembros; y cuando antaño la vida longeva de los hombres procedía más allá de los ochocientos y novecientos años, apenas ahora se puede llegar al número centenario? Vemos canas en los niños, los cabellos faltan antes de que crezcan; ni la edad termina en la vejez, sino que comienza desde la vejez. Así, en su mismo nacimiento, la natividad se apresura hacia el fin; así, todo lo que ahora nace, degenera por la vejez del mundo mismo: de modo que nadie debe maravillarse de que las cosas hayan comenzado a faltar en el mundo, cuando todo el mundo mismo está ya en deficiencia y en el fin.
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V.
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Que, sin embargo, las guerras continúen con más frecuencia, que la esterilidad y el hambre acumulen la solicitud, que, enfureciéndose las enfermedades, la salud se quiebre, que el género humano sea devastado por la población de la peste, también esto debes saber que fue predicho: que en los tiempos postreros se multiplicarían los males y se variarían las adversidades, y que, acercándose ya el día del juicio, más y más se enciende la censura de Dios indignado sobre las plagas del género humano. Pues no, como tu falsa querella y tu impericia, ignorante de la verdad, jacta y clama, suceden estas cosas porque vuestros dioses no son adorados por nosotros, sino porque Dios no es adorado por vosotros. Pues, siendo él mismo el señor y rector del mundo, y siendo todas las cosas gobernadas por su arbitrio y asentimiento, y no pudiendo suceder nada a menos que él lo haya hecho o permitido que se haga, ciertamente, cuando suceden aquellas cosas que muestran la ira de Dios indignado, no suceden por nosotros, por quienes Dios es adorado, sino que son infligidas por vuestros delitos y méritos, por quienes Dios no es buscado ni temido en absoluto, ni, abandonadas las vanas supersticiones, se conoce la verdadera religión, para que, quien es Dios único para todos, sea adorado y rogado por todos.
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VI.
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Escucha, finalmente, a él mismo hablando, a él mismo instruyéndonos con voz divina y amonestándonos: Al Señor tu Dios adorarás, dice, y a él solo servirás. Y de nuevo: No tendrás otros dioses fuera de mí. Y de nuevo: No andéis tras dioses ajenos para servirles, y no los adoréis; y no me incitéis en las obras de vuestras manos para destruiros. El profeta, asimismo, lleno del Espíritu Santo, atestigua y denuncia la ira de Dios diciendo: Esto dice el Señor omnipotente: Por cuanto mi casa está desierta, y vosotros seguís cada uno a su casa, por eso el cielo se abstendrá del rocío, y la tierra sustraerá sus procreaciones, e induciré la espada sobre la tierra y sobre el trigo y sobre el vino y sobre el aceite, y sobre los hombres y sobre el ganado, y sobre todos los trabajos de sus manos. Otro profeta repite también y dice: Y haré llover sobre una ciudad, y sobre otra no haré llover. Una parte será regada, y la parte sobre la que no hiciere llover se secará. Y se congregarán dos y tres ciudades en una sola ciudad por causa de beber agua, y no se saciarán; y no os convertís a mí, dice el Señor.
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VII.
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He aquí que el Señor se indigna y se irrita, y amenaza porque no os convertís a él; y tú te maravillas o te quejas, en esta obstinación y desprecio vuestro, si desciende rara lluvia desde arriba, si la tierra se vuelve escuálida por la suciedad del polvo, si la gleba estéril apenas produce hierbas ayunas y pálidas, si el granizo que golpea debilita la viña, si el torbellino que subvierte arranca el olivo, si la sequedad detiene la fuente, si el aire pestilente corrompe el aura, si la salud morbosa consume al hombre, cuando todas estas cosas vienen provocando los pecados, y Dios se exacerba más cuando tales y tantas cosas no aprovechan nada. Pues que estas cosas suceden ya sea para disciplina de los contumaces o para castigo de los malos, lo declara el mismo Dios en las Sagradas Escrituras diciendo: Sin causa golpeé a vuestros hijos, no recibieron la disciplina. Y el profeta devoto y dedicado a Dios responde a estas mismas cosas y dice: Los azotaste, y no dolieron; los flagelaste, y no quisieron recibir la disciplina. He aquí que son infligidas divinamente las plagas, y no hay temor de Dios: he aquí que los azotes desde arriba y los flagelos no faltan, y no hay trepidación, no hay temor alguno. ¿Qué si no intercediera en las cosas humanas ni siquiera esta censura, cuánta mayor audacia habría aún en los hombres, con la impunidad segura de los crímenes?
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VIII.
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Te quejas de que ahora fuentes menos ricas y auras saludables y lluvia frecuente y tierra fértil te ofrezcan menos obsequio, de que los elementos no sirvan tanto a tus utilidades y voluptuosidades. Tú, en efecto, sirves a Dios, por quien todas las cosas te sirven; eres siervo de aquel cuyo asentimiento hace que todas las cosas te sirvan. Tú mismo exiges servidumbre de tu siervo, y obligas al hombre a que te obedezca y te sea sumiso. Y aunque tengáis la misma suerte de nacer, una sola condición de morir, materia de cuerpos semejante, razón de almas común, con igual derecho y par ley se venga a este mundo o se salga después del mundo, sin embargo, si no se te sirve según tu arbitrio, si no se obedece al obsequio de tu voluntad, imperioso y excesivo exactor de servidumbre, flagelas, azotas, con hambre, sed, desnudez, hierro incluso frecuentemente y cárcel afliges y crucias; ¿y no reconoces, miserable, al Señor tu Dios, cuando así ejerces tú mismo el dominio?
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IX.
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Meritoriamente, pues, al incursionar las plagas no faltan los flagelos ni los azotes de Dios: los cuales, como no promueven nada aquí, ni convierten a los individuos a Dios con tanto terror de calamidades, permanece después la cárcel eterna y la llama continua y el castigo perpetuo. Ni allí se escuchará el gemido de los que ruegan, porque tampoco aquí se escuchó el terror de Dios indignado, quien clama por el profeta y dice: Escuchad el sermón del Señor, hijos de Israel, porque el juicio es del Señor contra los habitantes de la tierra, por cuanto no hay misericordia, ni verdad, ni conocimiento de Dios sobre la tierra, sino execración, y mentira, y matanza, y hurto, y adulterio difundido sobre la tierra; mezclan sangre con sangre. Por tanto, la tierra se lamentará con todos sus habitantes, con las bestias del campo, con las serpientes de la tierra, con las aves del cielo, y faltarán los peces del mar, para que nadie juzgue, nadie reprenda. Dios dice que se indigna y se irrita porque el conocimiento de Dios no está en las tierras, y Dios no es reconocido ni temido. Dios increpa y acusa los delitos de mentiras, libidinosidades, fraudes, crueldad, impiedad, furor, y nadie se convierte a la inocencia. Suceden he aquí las cosas que fueron predichas antes por las palabras de Dios, ni nadie es amonestado por la fe de las cosas presentes para que consulte por el futuro. Entre las mismas adversidades, con las que el alma apenas coactada y concluida respira, hay tiempo para ser malos y en peligros tan grandes no juzgar más sobre sí mismos sino sobre otro. Os indignáis de que Dios se indigne, como si merecieras algo bueno viviendo mal, como si todas estas cosas que suceden no fueran aún menores y más leves que vuestros pecados.
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X.
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Tú que juzgas a otros, sé alguna vez también tu propio juez; mira las guaridas de tu conciencia, más aún, porque ya no hay temor ni pudor de delinquir, y se peca de tal modo como si más se agradara por los mismos pecados, tú que eres visto transparente y desnudo por todos, mírate también a ti mismo. Pues o estás inflado de soberbia, o eres rapaz por avaricia, o cruel por iracundia, o pródigo por el juego, o temulento por vinolencia, o envidioso por livor, o incesto por libido, o violento por crueldad: ¿y te maravillas de que la ira de Dios crezca para castigos del género humano, cuando crece diariamente lo que debe ser castigado? Te quejas de que surge un enemigo, como si, aun faltando el enemigo, pudiera haber paz entre las mismas togas. Te quejas de que surge un enemigo, como si, aun cuando las armas y peligros externos de los bárbaros sean comprimidos, no se desataran más feroz y gravemente dentro, por las calumnias e injurias de los ciudadanos poderosos, los dardos de la impugnación doméstica. Te quejas de la esterilidad y el hambre, como si la sequedad hiciera mayor hambre que la rapacidad, como si no creciera un ardor de indigencia más flagrante por los incrementos captados de las annonas y los cúmulos de precios. Te quejas de que el cielo se cierra con lluvias, cuando así se cierran los graneros en las tierras. Te quejas de que ahora nace menos, como si lo que ha nacido se ofreciera a los indigentes. Criminas la peste y la plaga, cuando por la misma peste y plaga han sido detectados o aumentados los crímenes de los individuos, mientras no se muestra misericordia a los enfermos, y la avaricia anhela y rapiña a los difuntos. Los mismos, tímidos para el obsequio de la piedad, temerarios para los lucros impíos, huyendo de los funerales de los que mueren, y apeteciendo los despojos de los muertos, para que aparezca que los miserables en su enfermedad fueron quizás abandonados para esto, para que no puedan, mientras son cuidados, escapar: pues quiso que pereciera el enfermo quien invade el censo del que perece.
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XI.
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Tan gran terror de calamidades no puede dar disciplina a la inocencia, y entre el pueblo que muere con frecuente matanza, nadie considera que es mortal. Se corre por todas partes, se arrebata, se ocupa. Ninguna disimulación de saquear, ninguna vacilación. Como si fuera lícito, como si fuera oportuno, como si aquel que no arrebata sintiera el daño y dispendio propio, así cada uno se apresura a arrebatar. En los ladrones hay de algún modo alguna vergüenza de los crímenes; aman las fauces apartadas y las soledades desiertas, y así se delinque allí, de modo que, sin embargo, el crimen de los delincuentes sea velado por las tinieblas y la noche. La avaricia se enfurece abiertamente, y, segura por su misma audacia, prostituye en la luz del foro las armas de la cupidicia abrupta. De ahí los falsarios, de ahí los venenosos, de ahí los sicarios en medio de la ciudad, tan precipitados para pecar como pecando impunemente. El crimen es admitido por el nocente, ni se encuentra inocente que vindique. Ningún temor del acusador o del juez. Los malos consiguen la impunidad, mientras los modestos callan, los conscientes temen, los que han de juzgar se venden. Y por eso, por el profeta, con divino Espíritu e instinto, se promueve la verdad de la cosa, con cierta y manifiesta razón se muestra que Dios puede prohibir las adversidades, pero que los méritos de los pecadores hacen que él no socorra: ¿Acaso, dice, no vale la mano del Señor para haceros salvos? ¿o ha gravado el oído para que no escuche? Pero vuestros pecados separan entre vosotros y Dios, y por vuestros delitos aparta su rostro de nosotros, para que no se apiade. Que los pecados, pues, y los delitos sean reputados, que las heridas de la conciencia sean pensadas; y cada uno dejará de quejarse de Dios o de nosotros, si entiende que merece lo que padece.
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XII.
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He aquí qué es eso mismo por lo que tenemos mayor discurso contigo, que nos infestáis siendo inocentes, que impugnáis y oprimís a los siervos de Dios en contumelia de Dios. Es poco que vuestra vida sea manchada por la variedad de vicios furiosos, por la iniquidad de crímenes feroces, por el compendio de sangrientas rapiñas, que la verdadera religión sea subvertida por falsas supersticiones, que Dios no sea buscado ni temido en absoluto; aún más, fatigáis a los siervos de Dios y a los dedicados a su majestad y nombre con injustas persecuciones. No es suficiente que tú mismo no adores a Dios; aún más, persigues con sacrílega infestación a los que lo adoran. No adoras a Dios, ni permites que sea adorado en absoluto; y, cuando los demás, que veneran no solo esos ineptos ídolos y simulacros hechos por mano de hombre, sino también ciertos portentos y monstruos, te agradan, solo te desagrada el adorador de Dios. Humean por todas partes en vuestros templos las piras de las víctimas y las hogueras de los ganados, y los altares de Dios o no son nada o están ocultos. Cocodrilos y cinocéfalos y piedras y serpientes son adorados por vosotros, y Dios solo en las tierras o no es adorado, o no es impune lo que es adorado: a los inocentes, justos, caros a Dios, privas de casa, despojas de patrimonio, oprimes con cadenas, incluyes en cárcel, castigas con espada, bestias, fuegos. Ni siquiera estás contento con el compendio de nuestros dolores y la simple y veloz brevedad de los castigos; aplicas largos tormentos a los cuerpos que han de ser lacerados, multiplicas numerosos suplicios a las entrañas que han de ser desgarradas; ni tu ferocidad e inmanidad puede estar contenta con los tormentos usados; la ingeniosa crueldad excogita nuevas penas.
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XIII.
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¿Qué es esta rabia insaciable de carnicería? ¿qué libido inexpleble de sevicia? ¿Por qué más bien no eliges para ti uno de los dos: ser cristiano o es crimen, o no lo es; si es crimen, ¿por qué no matas al que confiesa? si no es crimen, ¿por qué persigues al inocente? Pues debí ser torturado si negara. Si, temiendo tu castigo, ocultara con mentira engañosa lo que antes había sido y que no había adorado a tus dioses, entonces debí ser torturado, entonces debí ser obligado a la confesión del crimen por la fuerza del dolor; así como en las demás cuestiones son torturados los reos que niegan estar sujetos al crimen por el que son acusados, para que la verdad del facinor, que no es promovida por la voz del índice, sea expresada por el dolor del cuerpo. Ahora, en verdad, cuando confieso espontáneamente y clamo y atestiguo con voces frecuentes y repetidas una y otra vez que soy cristiano, ¿por qué aplicas tormentos al que confiesa y destruye a tus dioses, no en lugares ocultos y secretos, sino abiertamente, sino públicamente, sino en el foro mismo, escuchando los magistrados y presidentes; para que, aunque había sido poco lo que antes me incriminabas, haya crecido lo que debes odiar y castigar más, porque, mientras me pronuncio cristiano en lugar célebre y con el pueblo alrededor, ¿confundo tanto a vosotros como a vuestros dioses con clara y pública predicación?
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XIV.
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¿Por qué te vuelves a la debilidad del cuerpo? ¿por qué contendes con la imbecilidad de la carne terrena? Contiende con el vigor del ánimo, infringe la virtud de la mente, destruye la fe, vence con disceptación, si puedes, vence con razón: o si algo de numen y potestad tienen tus dioses, que ellos mismos surjan para su propia ultión, que ellos mismos se defiendan con su majestad; o qué pueden prestar a los que los adoran los que no pueden vindicarse de los que no los adoran. Pues si es más valioso el que vindica que el que es vindicado, tú eres mayor que tus dioses. Si, en cambio, eres mayor que aquellos a quienes adoras, no debes tú adorarlos a ellos, sino más bien ser adorado y temido por ellos como señor. Así vuestra ultión defiende a aquellos que han sido dañados, como también vuestra tutela custodia a los que han sido encerrados, para que no perezcan. Que te dé vergüenza adorar a aquellos que tú mismo defiendes, que te dé vergüenza esperar tutela de aquellos a quienes tú mismo proteges.
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XV.
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Oh, si quisieras oírlos y verlos cuando son adjurados por nosotros y torturados con flagelos espirituales, y son expulsados de los cuerpos obsesos con tormentos de palabras, cuando, aullando y gimiendo con voz humana, y sintiendo con potestad divina los flagelos y azotes, confiesan el juicio venidero! Ven y conoce que son verdaderas las cosas que decimos. Y porque dices que adoras así a los dioses, cree al menos a aquellos a quienes adoras; o si quisieras creer también a ti mismo, hablará de ti mismo, escuchándote tú, quien ahora ha obsesionado tu pecho, quien ahora ha cegado tu mente con la noche de la ignorancia. Nos verás ser rogados por aquellos a quienes tú ruegas, ser temidos por aquellos a quienes tú temes, a quienes tú adoras; verás estar bajo nuestra mano, encadenados y temblando, a los cautivos a quienes tú recibes y veneras como señores. Ciertamente, al menos así podrás ser confundido en esos errores tuyos cuando hayas visto y oído a tus dioses revelar inmediatamente qué son por nuestra interrogación y, aunque estéis presentes, no poder ocultar esas prestidigitaciones y falacias suyas.
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XVI.
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¿Qué ignavia de mente es, pues, más aún, qué ciega y estulta demencia de los desatinados, no querer venir a la luz desde las tinieblas y, encadenados con los lazos de la muerte eterna, no querer aceptar la esperanza de la inmortalidad, no temer a Dios que amenaza y dice: El que sacrifica a los dioses, será erradicado, a menos que sea al Señor solo. Y de nuevo: Adoraron a aquellos que hicieron sus dedos, y el hombre fue incurvado y el varón fue humillado, y no los perdonaré. ¿Por qué te humillas e inclinas ante dioses falsos? ¿Por qué incurvas tu cuerpo cautivo ante ineptos simulacros y figmentos terrenos? Dios te hizo recto; y aunque los demás animales sean pronos y deprimidos hacia la tierra con el sitio volviéndose, para ti el estado es sublime y el rostro está erguido hacia el cielo y hacia Dios arriba. Mira hacia allí, erige tus ojos hacia allí, busca a Dios en los supernos. Para que puedas carecer de los infiernos, levanta tu pecho suspendido hacia lo alto y lo celestial. ¿Por qué te tiendes en el lapso de la muerte, con la serpiente a la que adoras? ¿por qué caes en la ruina del diablo por ella misma y con ella misma? Conserva la sublimidad con la que naciste; persevera tal cual fuiste hecho por Dios. Con el estado del rostro y del cuerpo, estabiliza tu ánimo. Para que puedas conocer a Dios, conócete antes a ti mismo. Deja los ídolos que el error humano encontró. Conviértete a Dios; a quien si implorares, socorre. Cree en Cristo, a quien el Padre envió para vivificarnos y repararnos. Deja de dañar a los siervos de Dios y de Cristo con tus persecuciones, a quienes, siendo dañados, la ultión divina defiende.
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XVII.
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De ahí es que ninguno de nosotros, cuando es aprehendido, se resiste, ni se vindica contra vuestra injusta violencia, aunque nuestro pueblo sea excesivo y copioso. La seguridad de la ultión que ha de seguir hace pacientes. Los inocentes ceden a los nocentes: los insontes se aquietan ante penas y cruciatos, ciertos y confiados de que no permanezca inulto todo lo que padecemos; y cuanto mayor sea la injuria de la persecución, tanto más justa y grave sea la vindicta por la persecución; ni nunca se surge contra nuestro nombre por el crimen de los impíos, sin que la vindicta acompañe inmediatamente divinamente. Para que callemos las memorias antiguas, y no revolvamos con ningún pregón de voz las ultiones repetidas a menudo por los cultores de Dios, el documento de la cosa reciente es suficiente, porque tan rápidamente y porque en tanta celeridad tan grandemente ha seguido la defensa recientemente, con ruinas de cosas, pérdidas de riquezas, dispendio de soldados, disminución de campamentos. Ni alguien crea que esto ha sucedido por caso o piense que ha sido fortuito, cuando ya hace tiempo la Escritura divina ha puesto y dicho: A mí la vindicta, yo retribuiré, dice el Señor; y de nuevo el Espíritu Santo preamone y diga: No digas, me vindicaré de mi enemigo; sino espera al Señor, para que te sea de auxilio. De donde es claro y manifiesto que no por nosotros, sino por nosotros suceden todas esas cosas que descienden de la indignación de Dios.
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XVIII.
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Ni por ello alguien piense que los cristianos no son vindicados por las cosas que suceden, porque también ellos parecen ser restringidos por la incursión de los accidentes: el castigo por las adversidades del mundo lo siente aquel para quien toda la alegría y gloria está en el mundo; aquel se lamenta y llora, si le va mal en el siglo, para quien no puede irle bien después del siglo, cuyo fruto de vivir todo es captado aquí, cuyo consuelo todo termina aquí, cuya vida caduca y breve computa aquí alguna dulzura y voluptuosidad, cuando de aquí haya excedido, solo resta el castigo para el dolor. Por lo demás, ningún dolor hay para ellos por la incursión de los males presentes para quienes hay confianza de los bienes futuros. Finalmente, ni nos consternamos por las adversidades, ni nos quebramos ni nos dolemos, ni musitamos en ninguna clada de cosas o salud de cuerpos. Viviendo más por el espíritu que por la carne, vencemos la debilidad del cuerpo con la firmeza del ánimo. Por las mismas cosas que nos crucian y fatigan, sabemos y confiamos que somos probados y corroborados.
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XIX.
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¿Pensáis que padecemos las adversidades igual que vosotros, cuando veis que las mismas adversidades no son sostenidas igual por nosotros y por vosotros? Entre vosotros la impaciencia es siempre clamorosa y querulante; entre nosotros la paciencia fuerte y religiosa, quieta siempre y siempre grata a Dios es; ni nada reclama para sí aquí alegre o próspero, sino que, mítica y lenis y estable contra todos los turbiones del mundo fluctuante, espera el tiempo de la pollicitación divina. Pues mientras este cuerpo permanece, es necesario que sea común con los demás también la condición corporal común; ni se da que el género humano sea separado entre sí, a menos que se salga de aquí del siglo. Dentro de una casa somos contenidos entretanto buenos y malos. Lo que sea que suceda dentro de la casa lo padecemos con igual suerte, hasta que, completado el fin del tiempo temporal, seamos divididos a los hospicios eternos de la muerte o de la inmortalidad. No somos, pues, por ello comparables a vosotros e iguales porque, constituidos aún en este mundo y en esta carne, incurrimos paritariamente con vosotros en los incomodidades del mundo y de la carne: pues, siendo en el sentido del dolor todo lo que castiga, es manifiesto que no es partícipe de tu castigo aquel a quien veas no doler igual contigo.
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XX.
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Vigila entre nosotros el vigor de la esperanza y la firmeza de la fe; entre las mismas ruinas del siglo que decae, la mente está erguida y la virtud inmóvil, y la paciencia nunca no alegre, y el alma siempre segura de su Dios, así como por el profeta el Espíritu Santo habla y exhorta, corroborando con voz celestial la firmeza de nuestra esperanza y fe: La higuera, dice, no traerá fruto, y no habrá nacimientos en las viñas. Mentirá la obra del olivo, y los campos no prestarán alimento. Faltarán las ovejas del pábulo, y no habrá bueyes en los pesebres. Yo, en cambio, exultaré en el Señor, y me gozaré en Dios mi salvador. Al hombre de Dios y cultor de Dios, subnixo por la verdad de la esperanza y fundado por la estabilidad de la fe, niega ser conmovido por las infestaciones de este mundo y siglo. Aunque la viña falle y el olivo engañe, y el campo que arde con las hierbas muriendo por la sequedad se seque, ¿qué es esto para los cristianos? ¿qué para los siervos de Dios, a quienes el paraíso invita, a quienes toda gracia y abundancia del reino celestial espera? Exultan siempre en el Señor, y se alegran y se gozan en su Dios, y toleran fuertemente los males y adversidades del mundo, mientras prospectan los dones y prosperidades futuras. Pues quienes, expuesta la natividad terrena, hemos sido recreados y renacidos por el espíritu, y ya no vivimos para el mundo sino para Dios, no, a menos que hayamos venido a Dios, captaremos los dones y promesas de Dios. Y sin embargo, para arcendir a los enemigos e impetrar lluvias, y para quitar o templar las adversidades, rogamos siempre y fundimos preces, y por vuestra paz y salud, propiciando y placando a Dios, oramos día y noche continua e instantemente.
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XXI.
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Nadie, pues, se lisonjee de que para nosotros y para los profanos cultores de Dios y para los que se oponen a Dios sea entretanto, por la igualdad de la carne y del cuerpo, la condición común de los trabajos seculares, para que de esto opine que no todas esas cosas que suceden son infligidas a vosotros, cuando por la predicación del mismo Dios y la contestación profética ha sido predicho antes que vendría sobre los injustos la ira de Dios y que las persecuciones que nos dañarían humanamente no faltarían, sino que también las ultiones que defenderían divinamente a los dañados seguirían.
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XXII.
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¿Y qué cantidad de cosas suceden aquí entretanto por nosotros? Se da algo como ejemplo, para que se conozca la ira de Dios vengador. Por lo demás, queda atrás el día del juicio, que la Sagrada Escritura anuncia diciendo: Llorad, pues el día del Señor está cerca, y vendrá la destrucción por parte de Dios. Pues he aquí que viene el día del Señor, de indignación e ira inconsolable, para dejar desierto el orbe de la tierra y destruir de él a los pecadores. Y de nuevo: He aquí que viene el día del Señor, ardiendo como un horno, y todos los extranjeros y todos los inicuos serán como paja; y el día que viene los incendiará, dice el Señor. El Señor predice que los extranjeros serán incendiados y quemados, es decir, los ajenos al linaje divino y los profanos, los que espiritualmente no han renacido ni se han hecho hijos de Dios. Pues Dios habla en otro lugar de que solo pueden escapar aquellos que han renacido y han sido marcados con el signo de Cristo, cuando, enviando a sus ángeles para la devastación del mundo y la destrucción del género humano, amenaza más gravemente en el último momento diciendo: Id y herid, y no perdonéis con vuestros ojos. No tengáis piedad del anciano o del joven, y matad a las vírgenes, a los niños y a las mujeres, para que sean destruidos. Pero a todo aquel sobre quien esté escrito el signo, no lo toquéis. Qué sea este signo, y en qué parte del cuerpo esté puesto, lo manifiesta Dios en otro lugar diciendo: Pasa por en medio de Jerusalén, y marcarás una señal sobre las frentes de los hombres que gimen y se lamentan por las iniquidades que se cometen en medio de ellos. Y que este signo pertenece a la pasión y a la sangre de Cristo, y que aquel que se encuentra en este signo es reservado salvo e incólume, se comprueba también por el testimonio de Dios que dice: Y la sangre será para vosotros como señal sobre las casas en las que estéis; y veré la sangre, y os protegeré, y no habrá entre vosotros plaga de disminución cuando hiera la tierra de Egipto. Lo que precede en imagen antes de que el cordero fuera sacrificado, se cumple en Cristo, habiendo seguido después la verdad. Así como allí, al ser herido Egipto, el pueblo judío no pudo escapar sino por la sangre y el signo del cordero, así también, cuando el mundo comience a ser devastado y herido, quienquiera que sea hallado en la sangre y el signo de Cristo, solo él escapará.
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XXIII.
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Mirad, pues, mientras hay tiempo, hacia la verdadera y eterna salvación; y puesto que el fin del mundo ya está cerca, convertid vuestras mentes a Dios con el temor de Dios. Y que no os deleite en este siglo, entre los justos y los mansos, ese poder impotente y vano, cuando también en el campo, entre las mieses cultivadas y fértiles, dominan la cizaña y la avena. Y no digáis que los males ocurren porque vuestros dioses no son adorados por nosotros, sino sabed que esta es la censura de la ira de Dios, para que aquel que no es comprendido por sus beneficios, sea comprendido al menos por sus azotes. Buscad a Dios aunque sea tarde, porque Dios, previniendo desde hace mucho tiempo a través del Profeta, exhorta y dice: Buscad a Dios, y vivirá vuestra alma. Reconoced a Dios aunque sea tarde, porque Cristo, al venir, advierte y enseña esto diciendo: Esta es, empero, la vida eterna, que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a quien enviaste, Jesucristo. Creedle a aquel que no engaña en absoluto; creedle a aquel que predijo que todas estas cosas sucederían; creedle a aquel que dará a los que creen el premio de la vida eterna; creedle a aquel que impondrá a los incrédulos los suplicios eternos de los ardores del infierno.
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XXIV.
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¿Cuál será entonces la gloria de la fe, cuál la pena de la perfidia, cuando llegue el día del juicio? ¿Cuál la alegría de los creyentes, cuál la tristeza de los pérfidos, por no haber querido creer antes aquí, y no poder ya volver para creer? El infierno, siempre ardiente, quemará a los adictos, y una pena voraz con llamas vivaces; y no habrá de dónde puedan tener los tormentos ni descanso alguna vez ni fin. Las almas serán preservadas con sus cuerpos para el dolor en infinitos tormentos. Será contemplado allí por nosotros siempre aquel que aquí nos contempló por un tiempo, y el breve fruto de los ojos crueles en las persecuciones realizadas será compensado con una visión perpetua, según la fe de la Sagrada Escritura que dice: Su gusano no morirá, y su fuego no se extinguirá; y serán para visión de toda carne. Y de nuevo: Entonces estarán los justos en gran constancia contra aquellos que los angustiaron y que arrebataron sus trabajos. Viéndolos, se turbarán con un temor horrible, y se maravillarán ante la subitaneidad de la inesperada salvación, diciendo entre sí, teniendo arrepentimiento y gimiendo por la angustia del espíritu: Estos son a quienes tuvimos alguna vez en burla y en semejanza de oprobio. Nosotros, insensatos, considerábamos su camino como locura y su fin sin honor. ¡Cómo han sido contados entre los hijos de Dios, y su suerte está entre los santos! Por tanto, nos hemos extraviado del camino de la verdad, y la luz de la justicia no brilló para nosotros, y el sol no salió para nosotros. Nos hemos cansado en el camino de la iniquidad y de la perdición, hemos caminado por desiertos difíciles, pero ignoramos el camino del Señor. ¿Qué nos aprovechó la soberbia, o qué nos aportó la jactancia de las riquezas? Todas esas cosas pasaron como una sombra. Será entonces sin fruto de arrepentimiento el dolor de la pena, inútil el llanto e ineficaz la súplica. Creerán tarde en la pena eterna aquellos que no quisieron creer en la vida eterna.
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XXV.
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Procurad, pues, por vuestra seguridad y vuestra vida, mientras es posible. Os ofrecemos el don saludable de nuestro ánimo y consejo. Y puesto que no nos es lícito odiar, y así agradamos más a Dios mientras no devolvemos ninguna represalia por la injuria, os exhortamos, mientras hay facultad, mientras aún queda algo de este siglo, a satisfacer a Dios y a emerger de lo profundo de la tenebrosa superstición a la blanca luz de la verdadera religión. No envidiamos vuestras comodidades, ni ocultamos los beneficios divinos. A vuestros odios devolvemos benevolencia, y por los tormentos y suplicios que se nos infieren, os mostramos los caminos de la salvación. Creed y vivid; y vosotros que nos perseguís por un tiempo, alegraos eternamente con nosotros. Cuando se haya partido de aquí, ya no hay lugar para el arrepentimiento, ni efecto de satisfacción. Aquí la vida se pierde o se retiene; aquí se provee a la salvación eterna mediante el culto a Dios y el fruto de la fe. Y que nadie sea retrasado ni por sus pecados ni por sus años para venir a alcanzar la salvación: para quien permanece aún en este mundo, ningún arrepentimiento es tardío; el acceso a la indulgencia de Dios está abierto, y para quienes buscan y comprenden la verdad, el acceso es fácil. Tú, aunque sea en el mismo final y ocaso de la vida temporal, ruega por tus delitos e implora a Dios, que es uno y verdadero, con la confesión y la fe de su reconocimiento; el perdón se da al que confiesa, y al que cree se le concede la indulgencia saludable por la piedad divina, y se pasa a la inmortalidad en la misma muerte. Esta gracia la imparte Cristo, este don de su misericordia otorga, sometiendo la muerte con el trofeo de la cruz, redimiendo al creyente con el precio de su sangre, reconciliando al hombre con Dios Padre, vivificando al mortal con la regeneración celestial. A este, si es posible, sigámoslo todos, seamos contados por su sacramento y su signo. Él nos abre el camino de la vida, él nos hace volver al paraíso, él nos conduce a los reinos de los cielos. Con él viviremos siempre, hechos por él hijos de Dios; con él nos alegraremos siempre, reparados por su sangre. Seremos cristianos gloriosos junto con Cristo, bienaventurados por Dios Padre, regocijándonos siempre en la perpetua voluptuosidad ante la presencia de Dios, y dando gracias a Dios siempre. Pues no podrá sino estar siempre alegre y agradecido aquel que, habiendo estado expuesto a la muerte, se ha hecho seguro por la inmortalidad.