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Cartbonopatientiae
Cyprian, SaintCartbonopa 1 · spanish-geminiMore by Cyprian, Saint
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Original / primary: Spanish Gemini
1
ARGUMENTO.
1
El propio Cipriano expone así en pocas palabras la ocasión de este escrito hacia el final de su Epístola a Jubaiano: «Se conserva por nosotros paciente y suavemente la caridad del ánimo, el honor del colegio, el vínculo de la dilección, la concordia del sacerdocio. Por esto, incluso ahora, hemos redactado un librito sobre el Bien de la Paciencia, en la medida en que nuestra mediocridad pudo, permitiéndolo e inspirándolo el Señor, el cual te hemos transmitido por nuestra mutua dilección». Así pues, después de que al principio distinguiera la verdadera paciencia de la falsa de los filósofos, recomienda la paciencia cristiana a partir de la paciencia de Dios, de Cristo y de todos los justos. Después, prueba que ella no solo es útil, sino también necesaria, tanto por las Escrituras como por razones, y asimismo por los ejemplos de Job y Tobías; y para que el bien de la paciencia resplandezca más por el vicio opuesto, prosigue sobre cuán gran mal es la impaciencia. Por último, vitupera la codicia de la venganza y enseña que, según las Escrituras, la ultión debe permitirse a Dios más que arrogárnosla nosotros. Si en algún otro libro, ciertamente en este imita a Tertuliano, a saber, su libro sobre la Paciencia. [PAMEL.]
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I.
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Al hablar de la paciencia, hermanos queridísimos, y al pregonar sus utilidades y ventajas, ¿por dónde empezar mejor que por el hecho de que veo que la paciencia es necesaria incluso ahora para vuestra audiencia, de modo que ni siquiera esto mismo que oís y aprendéis podáis hacerlo sin paciencia? Pues entonces, y solo entonces, se aprende eficazmente el discurso y la razón saludable, si se escucha pacientemente lo que se dice. Y no encuentro, hermanos queridísimos, entre los demás caminos de la disciplina celestial por los que se dirige la secta para alcanzar divinamente los premios de nuestra esperanza y fe, qué sea más útil para la vida o mayor para la gloria que el que nosotros, que nos apoyamos en los preceptos dominicales con el obsequio del temor y la devoción, protejamos la paciencia sobre todo con toda nuestra observancia.
3
II.
3
Los filósofos también profesan seguirla. Pero allí la paciencia es tan falsa como falsa es la sabiduría. Pues ¿de dónde podría ser sabio o paciente quien no conoce ni la sabiduría ni la paciencia de Dios? Cuando él mismo amonesta y dice sobre aquellos que parecen sabios en el mundo: Destruiré la sabiduría de los sabios y reprobaré la prudencia de los prudentes. Asimismo, el bienaventurado apóstol Pablo, lleno del Espíritu Santo y enviado a llamar y formar a las Gentes, contesta e instruye diciendo: Mirad que nadie os despoje mediante la filosofía y la vana falacia, según la tradición de los hombres, según los elementos del mundo, y no según Cristo, porque en él habita toda la plenitud de la divinidad. Y en otro lugar: Nadie se engañe, dice. Si alguno de vosotros se cree sabio, hágase necio para este mundo, para que se haga sabio. Pues la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios. Pues está escrito: Reprenderé a los sabios en su astucia. Y de nuevo: El Señor conoció los pensamientos de los sabios, porque son necios. Por tanto, si la sabiduría no es verdadera allí, no puede haber verdadera paciencia. Pues si es sabio aquel que es humilde y manso, y vemos que los filósofos no son ni humildes ni mansos, sino que se complacen mucho en sí mismos, y por esto mismo que se complacen en sí mismos desagradan a Dios, aparece que allí no hay verdadera paciencia donde existe la insolente audacia de una libertad afectada y la desvergonzada jactancia de un pecho descubierto y seminudo.
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III.
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Nosotros, en cambio, hermanos queridísimos, que somos filósofos no de palabra sino de hecho, y que no preferimos la sabiduría por el vestido sino por la verdad, que conocemos la conciencia de las virtudes más que la jactancia, que no hablamos grandes cosas sino que vivimos, como siervos y cultores de Dios, ofrezcamos con obsequios espirituales la paciencia que aprendemos de los magisterios celestiales. Pues esta virtud es común para nosotros con Dios. De ahí comienza la paciencia, de ahí toma su principio su claridad y dignidad. El origen y la magnitud de la paciencia procede de Dios como autor. Debe ser amada por el hombre la cosa que es querida por Dios: la majestad divina recomienda el bien que ama. Si Dios es nuestro señor y padre, sigamos la paciencia del señor y padre por igual: porque también conviene que los siervos sean obedientes, y no es decoroso que los hijos sean degenerados.
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IV.
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¡Qué paciencia, en verdad, y cuán grande hay en Dios, que, soportando pacientemente los templos profanos, las figuras terrenales y los ritos sacrílegos instituidos por los hombres en contumelia de su majestad y honor, hace nacer el día y surgir la luz del sol por igual sobre buenos y malos, y cuando riega las tierras con lluvias, nadie es excluido de sus beneficios, de modo que prodiga lluvias indiscriminadas tanto a los justos como a los injustos! Vemos que, con inseparable igualdad de paciencia, por el mandato de Dios, los tiempos obedecen, los elementos sirven, los vientos soplan, las fuentes fluyen, las abundancias de las cosechas crecen, los frutos de las viñas maduran, los arbustos rebosan de pomos, los bosques reverdecen, los prados florecen, tanto para los nocivos como para los inocuos, para los religiosos y para los impíos, para los que dan gracias y para los ingratos. Y cuando Dios es exacerbado por ofensas frecuentes, es más, continuas, templa su indignación y espera pacientemente el día de la retribución una vez preestablecido. Y aunque tiene la venganza en su poder, prefiere mantener la paciencia durante mucho tiempo, soportando ciertamente con clemencia y difiriendo, para que, si es posible, la malicia prolongada durante mucho tiempo cambie alguna vez, y el hombre, revolcado en el contagio de los errores y crímenes, se convierta tarde a Dios, advirtiéndolo él mismo y diciendo: No quiero la muerte del que muere, sino que se convierta y viva. Y de nuevo: Convertíos a mí, dice el Señor. Y de nuevo: Convertíos al Señor vuestro Dios, porque es misericordioso, piadoso, paciente y de mucha misericordia, y quien flexiona la sentencia contra las malicias impuestas (Joel 2, 13). Lo cual, asimismo, el bienaventurado apóstol Pablo, conmemorándolo y revocando al pecador a la penitencia, propone y dice: ¿O acaso desprecias la opulencia de su bondad, su sustento y su paciencia, ignorando que la paciencia y la bondad de Dios te llevan a la penitencia? Tú, en cambio, según tu dureza y tu corazón impenitente, atesoras para ti ira en el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios, quien devolverá a cada uno según sus obras. Dijo que el juicio de Dios es justo porque es tardío, porque se difiere mucho y durante mucho tiempo, para que la larga paciencia de Dios consulte al hombre para la vida. Entonces se representa la pena al impío y al pecador, cuando ya la penitencia no puede aprovechar para el pecado.
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V.
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Y para que podamos entender más plenamente, hermanos queridísimos, que la paciencia es cosa de Dios, y que quienquiera que es suave, paciente y manso es imitador de Dios Padre, cuando el Señor daba preceptos para la salvación en su Evangelio, y sacando a la luz las advertencias divinas instruía a los discípulos hacia la perfección, puso y dijo: Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y llueve sobre justos e injustos. Pues si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿Acaso no hacen lo mismo los publicanos? ¿Y si saludáis solo a vuestros hermanos? ¿Qué hacéis de más? ¿Acaso no hacen lo mismo los étnicos? ¿Sed, pues, perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto. Así dijo que los hijos de Dios debían hacerse perfectos, así mostró y enseñó que los reparados por el nacimiento celestial deben consumarse, si la paciencia de Dios Padre permanece en nosotros, si la semejanza divina, que Adán había perdido por el pecado, se manifiesta y brilla en nuestros actos. ¡Qué gloria es hacerse semejante a Dios! ¡Qué y cuánta felicidad tener en las virtudes lo que pueda igualarse a las alabanzas divinas!
7
VI.
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Y esto, hermanos queridísimos, Jesucristo, Dios y Señor nuestro, no solo lo enseñó con palabras, sino que lo cumplió con hechos. Y porque había dicho que había descendido para hacer la voluntad del Padre, entre los demás milagros de sus virtudes con los que expresó los indicios de la majestad divina, conservó también la paciencia paterna con el tenor de la tolerancia. Todos sus actos, en fin, desde su mismo advenimiento, están marcados por la paciencia como compañera, porque primero, descendiendo de aquella sublimidad celestial a las cosas terrenales, el Hijo de Dios no desdeña revestirse de la carne del hombre y, aunque él mismo no era pecador, llevar los pecados ajenos. Depuesta la inmortalidad por un tiempo, permite hacerse mortal, para que el inocente sea destruido por la salvación de los nocivos. El Señor es bautizado por el siervo; y, habiendo de dar la remisión de los pecados, él mismo no desdeña lavar su cuerpo en el lavacro de la regeneración. Ayuna cuarenta días, por quien los demás son saciados: tiene hambre y siente la necesidad, para que los que habían estado en hambre de discurso y gracia sean saciados con el pan celestial. Se enfrenta con el diablo que lo tienta, y contento con haber vencido al enemigo, no intenta nada más allá de las palabras. No presidió a los discípulos con potestad dominical como a siervos, sino que, benigno y manso, los amó con caridad fraterna. Se dignó incluso lavar los pies de los Apóstoles, para que, mientras tal es el señor respecto a los siervos, enseñara con su ejemplo cuál debe ser el consiervo respecto a sus pares e iguales. Y no es de extrañar que haya sido tal respecto a sus pares obedientes, él que pudo soportar a Judas hasta el extremo con larga paciencia, tomar alimento con el enemigo, conocer al enemigo doméstico y no mostrarlo abiertamente, no rechazar el beso del traidor. ¡Y en los judíos, en verdad, qué ecuanimidad y qué paciencia al tolerarlos! Convencer a los incrédulos a la fe, fomentar con obsequio a los ingratos, responder suavemente a los que contradicen, soportar clementemente a los soberbios, ceder humildemente ante los que persiguen, querer recoger hasta la hora de la cruz y la pasión a los asesinos de los Profetas y a los siempre rebeldes contra Dios.
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VII.
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Y bajo la misma pasión y cruz, antes de que se llegara a la crueldad de la muerte y al derramamiento de sangre, ¡qué oprobios de convicciones escuchados pacientemente, qué ludibrios de contumelias tolerados, para recibir los esputos de los que insultaban, él que poco antes había formado con su esputo los ojos del ciego; y en cuyo nombre el diablo es ahora flagelado por sus siervos junto con sus ángeles, él mismo sufriera los azotes; fuera coronado con espinas quien corona a los mártires con flores eternas, fuera golpeado en la cara con palmas quien otorga palmas verdaderas a los que vencen, fuera despojado de su vestidura terrenal quien viste a los demás con el indumento de la inmortalidad, fuera alimentado con hiel quien dio el alimento celestial, fuera abrevado con vinagre quien propinó el cáliz saludable! Aquel inocente, aquel justo, es más, la inocencia misma y la justicia misma, es contado entre los facinerosos, y la verdad es oprimida por testimonios falsos, es juzgado quien ha de juzgar, y el Verbo de Dios es llevado callado al sacrificio. Y cuando ante la cruz del Señor se confunden los astros, se perturban los elementos, tiembla la tierra, la noche cierra el día, el sol, para no verse obligado a mirar el crimen de los judíos, retira sus rayos y sus ojos, él no habla, ni se mueve, ni profesa su majestad al menos bajo la misma pasión. Hasta el fin se toleran perseverante y continuamente todas las cosas, para que se consuma en Cristo la plena y perfecta paciencia.
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VIII.
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Y después de todas estas cosas, todavía acoge a sus asesinos, si convertidos vienen a él; y benigno y paciente con la paciencia saludable para conservar, no cierra su Iglesia a nadie. A aquellos adversarios, a aquellos blasfemos, a aquellos siempre enemigos de su nombre, si hacen penitencia del delito, si reconocen el crimen admitido, los admite no solo a la indulgencia del crimen, sino también al premio del reino celestial. ¿Qué puede decirse más paciente, qué más benigno? Es vivificado por la sangre de Cristo incluso quien derramó la sangre de Cristo. Tal es y tan grande la paciencia de Cristo; que si no fuera tal y tan grande, la Iglesia no tendría tampoco al apóstol Pablo.
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IX.
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Y si también nosotros, hermanos queridísimos, estamos en Cristo, si nos revestimos de él, si él es el camino de nuestra salvación, los que seguimos a Cristo con pasos saludables, caminemos por los ejemplos de Cristo, tal como instruye el apóstol Juan diciendo: Quien dice que permanece en Cristo, debe caminar como él caminó. Asimismo Pedro, sobre quien la Iglesia fue fundada por la dignidad del Señor, pone en su Epístola y dice: Cristo sufrió por nosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis sus huellas; quien no cometió pecado, ni se encontró engaño en su boca; quien cuando era maldecido, no maldecía, cuando sufría no amenazaba; sino que se entregaba al que lo juzgaba injustamente.
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X.
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Encontramos, en fin, también a los Patriarcas y Profetas y a todos los justos, que llevaban la figura de Cristo con la imagen que los precedía, que no custodiaron nada más en la alabanza de sus virtudes que el haber mantenido la paciencia con una ecuanimidad fuerte y estable. Así Abel, iniciando y dedicando el origen del martirio y la pasión del hombre justo, no resiste ni se resiste contra el hermano fratricida, sino que, humilde y manso, es muerto pacientemente. Así Abraham, creyendo en Dios e instituyendo primero la raíz y el fundamento de la fe, tentado en su hijo, no duda ni vacila, sino que obedece a los preceptos de Dios con toda la paciencia de la devoción. E Isaac, prefigurado a semejanza de la hostia dominical, cuando es ofrecido por su padre para ser inmolado, se encuentra paciente. Y Jacob, fugado por su hermano de su tierra, sale pacientemente, y con mayor paciencia, suplicante después, reduce a la concordia con dones pacíficos a quien era aún más impío y perseguidor. José, vendido por sus hermanos y relegado, no solo perdona pacientemente, sino que también imparte generosa y clementemente granos gratuitos a los que vienen. Moisés es despreciado frecuentemente por el pueblo ingrato y pérfido y casi apedreado, y sin embargo, suave y paciente, ruega al Señor por ellos. En David, en cambio, de quien nace la natividad de Cristo según la carne, ¡qué grande, maravillosa y cristiana paciencia, haber tenido a menudo en su mano que pudiera matar al rey Saúl que lo perseguía y deseaba matarlo, y sin embargo, haber preferido salvar a quien le estaba sometido y entregado, y no haber devuelto el mal al enemigo, sino haberlo vengado incluso después de muerto! Tantos Profetas, en fin, muertos, tantos mártires honrados con muertes gloriosas, que todos llegaron a las coronas celestiales por la alabanza de la paciencia. Pues no puede recibirse la corona de los dolores y pasiones, a menos que la paciencia preceda en el dolor y la pasión.
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XI.
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Cuán útil y necesaria sea, sin embargo, la paciencia, hermanos queridísimos, para que pueda conocerse más manifiesta y plenamente, piénsese en la sentencia de Dios que Adán, olvidadizo del precepto y transgresor de la ley dada, recibió al principio mismo del mundo y del género humano. Entonces sabremos cuán pacientes debemos ser en este siglo, nosotros que nacemos de tal modo que trabajamos con presiones y conflictaciones aquí: Porque escuchaste, dice, la voz de tu mujer, y comiste de aquel árbol del que solo te había mandado que no comieras, maldita será la tierra en todas tus obras: con tristeza y gemido comerás de ella todos los días de tu vida, espinas y abrojos te producirá, y comerás el pasto del campo; con el sudor de tu rostro comerás tu pan hasta que vuelvas a la tierra de la que fuiste tomado; porque tierra eres, y a la tierra irás. Todos estamos ligados y constreñidos por el vínculo de esta sentencia, hasta que, cumplida la muerte, salgamos de este siglo. Es necesario que estemos en tristeza y gemido todos los días de nuestra vida, es necesario que comamos el pan con sudor y trabajo.
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XII.
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De donde cada uno de nosotros, cuando nace y es acogido en el hospicio de este mundo, comienza el inicio con lágrimas, y aunque todavía ignorante y desconocedor de todo, no sabe otra cosa en aquel primer nacimiento que llorar. Por providencia natural se lamenta, y el alma ruda atestigua en su exordio mismo con llanto y gemido las ansiedades y trabajos de la vida mortal y las procelas del mundo en las que entra. Pues se suda mientras se vive y trabaja aquí. Y para los que sudan y trabajan no pueden acudir otros consuelos más que los de la paciencia: los cuales, siendo aptos y necesarios para todos en este mundo, lo son más para nosotros, que somos más sacudidos por el diablo que nos impugna; que, estando diariamente en la batalla, somos fatigados por las colluctaciones del enemigo inveterado y ejercitado; para quienes, además de las varias y asiduas luchas de las tentaciones, en el certamen de las persecuciones también deben abandonarse los patrimonios, debe sufrirse la cárcel, deben llevarse las cadenas, deben entregarse las almas, la espada, las bestias, los fuegos, las cruces, en fin, todos los géneros de tormentos y penas deben ser soportados con la fe y la virtud de la paciencia, instruyéndonos el Señor mismo y diciendo: Os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí: en el mundo, sin embargo, tendréis presión, pero confiad, porque yo he vencido al mundo. Si, en cambio, nosotros que hemos renunciado al diablo y al mundo, sufrimos más frecuente y violentamente las presiones e infestaciones del diablo y del mundo, ¿cuánto más debemos mantener la paciencia, con cuya ayuda y compañía toleremos todas las cosas infestadas?
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XIII.
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El precepto saludable de nuestro Señor y maestro es: Quien haya tolerado, dice, hasta el fin, este será salvo. Y de nuevo: Si permaneciereis, dice, en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad, y la verdad os liberará. Hay que tolerar y perseverar, hermanos queridísimos, para que, admitidos a la esperanza de la verdad y la libertad, podamos llegar a la verdad y la libertad misma; porque esto mismo de que somos cristianos es cosa de fe y esperanza; pero para que la esperanza y la fe puedan llegar al fruto de sí mismas, es necesaria la paciencia. Pues no seguimos la gloria presente, sino la futura, según lo que también el apóstol Pablo amonesta diciendo: Hemos sido salvados por la esperanza. La esperanza, sin embargo, que se ve, no es esperanza: pues lo que uno ve, ¿qué lo espera? Pero si esperamos lo que no vemos, lo esperamos mediante la paciencia. Por eso la expectación y la paciencia es necesaria para que cumplamos lo que hemos comenzado, y recibamos lo que creemos y esperamos cuando Dios lo represente. En fin, en otro lugar, el mismo apóstol instruye y enseña a los justos y operantes, y a los que esconden para sí tesoros celestiales con el incremento del interés divino, a que sean también pacientes diciendo: Por tanto, mientras tenemos tiempo, obremos lo que es bueno para todos, pero especialmente para los domésticos de la fe. Haciendo el bien, sin embargo, no desfallezcamos; pues a su tiempo segaremos. Amonesta a que nadie impaciente desfallezca en la operación, a que nadie, convocado o vencido por las tentaciones, desista en medio del camino de la alabanza y la gloria, y perezcan las cosas pasadas, mientras las que habían comenzado dejan de ser perfectas, tal como está escrito: La justicia del justo no lo liberará en cualquier día que se haya extraviado. Y de nuevo: Ten lo que tienes, para que otro no reciba tu corona. Cuya voz exhorta a perseverar paciente y fuertemente, para que quien se esfuerza hacia la corona con alabanza ya próxima, sea coronado durante la paciencia.
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XIV.
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La paciencia, sin embargo, hermanos queridísimos, no solo custodia los bienes, sino que también repele los adversos. Favoreciendo al Espíritu Santo y coheriendo a las cosas celestiales y divinas, se resiste contra los hechos de la carne y del cuerpo, por los cuales el alma es expugnada y capturada, con el propugnáculo de sus virtudes. Inspeccionemos, en fin, pocas cosas de muchas, para que de pocas se entiendan las demás. El adulterio, el fraude, el homicidio, es crimen mortal. Que la paciencia sea fuerte y estable en el corazón; y ni el cuerpo santificado y templo de Dios es contaminado por el adulterio, ni la inocencia dedicada a la justicia es infectada por el contagio del fraude, ni después de haber llevado la Eucaristía la mano es manchada con la espada y la sangre.
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XV.
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La caridad es el vínculo de la fraternidad, el fundamento de la paz, la tenacidad y firmeza de la unidad, que es mayor que la esperanza y la fe, que precede a las obras y a los martirios, que permanecerá siempre con nosotros eterna ante Dios en los reinos celestiales. Quítale la paciencia, y desolada no dura. Quítale la sustancia de sostener y tolerar, y no persevera con ninguna raíz ni fuerza. El apóstol, en fin, cuando hablaba de la caridad, le unió la tolerancia y la paciencia. La caridad, dice, es magnánima, la caridad es benigna, la caridad no tiene envidia, no se infla, no se irrita, no piensa el mal, ama todas las cosas, cree todas las cosas, espera todas las cosas, sostiene todas las cosas. Muestra de ahí que ella puede perseverar tenazmente porque sabe sostener todas las cosas. Y en otro lugar: Sosteniéndoos, dice, mutuamente en la dilección, siendo suficientes para conservar la unidad del espíritu en la conjunción de la paz. Probó que ni la unidad ni la paz pueden conservarse a menos que los hermanos se fomenten mutuamente con tolerancia mutua, y custodien el vínculo de la concordia con la paciencia intercediendo.
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XVI.
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¿Qué decir después, para que no jures ni maldigas, para que no repitas lo que te fue quitado, para que, recibida una bofetada, ofrezcas también la otra mejilla al que golpea, para que al hermano que peca contra ti no solo siete veces, sino setenta veces siete, sino que perdones todos los pecados en absoluto, para que ames a tus enemigos, para que hagas oración por los adversarios y perseguidores? ¿Podrás realizar estas cosas, si no mantienes la firmeza de la paciencia y la tolerancia? Lo cual vemos hecho en Esteban; quien, cuando era matado por los judíos con fuerza y piedras, no pedía para sí la venganza, sino el perdón para los asesinos diciendo: Señor, no les imputes este pecado. Así debía ser el primer mártir de Cristo, quien, precediendo con muerte gloriosa a los mártires que seguirían, no solo fuera predicador de la pasión dominical, sino también imitador de la suavidad más paciente. ¿Qué diré de la ira, de la discordia, de la simultaneidad, que no deben existir en el cristiano? Que la paciencia esté en el pecho, y estas no pueden tener lugar allí; o si intentan acercarse, excluidas rápidamente se marchan, para que el domicilio pacífico persevera en el corazón donde a Dios de la paz le deleita habitar. Amonesta, en fin, el Apóstol y enseña diciendo: No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios, en quien habéis sido sellados para el día de la redención. Toda amargura e ira e indignación y clamor y blasfemia sea quitada de vosotros. Pues si el cristiano ha salido del furor y la contención carnal, como de los torbellinos del mar, y ha comenzado ya a estar tranquilo y suave en el puerto de Cristo, no debe admitir ni ira ni discordia dentro del pecho, a quien no le sea lícito ni devolver mal por mal ni odiar.
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XVII.
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Asimismo, la paciencia es necesaria también para las varias incomodidades de la carne y los frecuentes y duros cruciatos del cuerpo, con los que el género humano es fatigado y sacudido diariamente. Pues, cuando en aquella primera transgresión del precepto la firmeza del cuerpo se fue con la inmortalidad, y con la muerte vino la debilidad, y no puede recuperarse la firmeza a menos que se haya recuperado también la inmortalidad, es necesario luchar y enfrentarse siempre en esta fragilidad y debilidad corpórea. Cuya lucha y enfrentamiento no puede sostenerse sino con las fuerzas de la paciencia. Para examinarnos y explorarnos, sin embargo, se nos importan diversos dolores, y se nos impone una múltiple cualidad de tentaciones, de pérdidas de facultades, de ardores de fiebres, de cruciatos de heridas, de pérdida de los queridos. Y nada distingue más entre los injustos y los justos, que el hecho de que en los adversos el injusto se queja y blasfema por la impaciencia, el justo es probado por la paciencia, tal como está escrito: En el dolor sostén, y en tu humildad ten paciencia, porque el oro y la plata se prueban en el fuego.
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XVIII.
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Así Job fue examinado y probado y llevado al máximo fastigio de la alabanza por la virtud de la paciencia. ¡Cuántos dardos del diablo lanzados contra él, cuántos tormentos aplicados! Se inflige la pérdida de la cosa familiar, se impone la orfandad de una numerosa prole. Rico en censo el señor, y más rico el padre en hijos, de repente no es ni señor ni padre. Se añade la vastedad de las heridas, y la pena devoradora de los gusanos consume también los miembros que se pudren y fluyen. Y, para que no quedara nada en absoluto que Job no experimentara en sus tentaciones, el diablo arma también a la esposa, usando aquel antiguo ingenio de su iniquidad, como si pudiera engañar y fallar a todos a través de la mujer, lo que hizo en el origen del mundo; y sin embargo, Job no es quebrantado por las graves y densas conflictaciones de modo que entre aquellas angustias y presiones suyas la bendición de Dios no sea predicada con la paciencia vencedora. Tobías también, después de las obras magníficas de su justicia y misericordia, tentado por la pérdida de los ojos, en cuanto toleró pacientemente la ceguera, en tanto mereció grandemente a Dios con la alabanza de la paciencia.
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XIX.
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Y, para que el bien de la paciencia resplandezca más, hermanos queridísimos, consideremos qué mal importa por el contrario la impaciencia. Pues, así como la paciencia es el bien de Cristo, así por el contrario la impaciencia es el mal del diablo; y así como en quien habita y permanece Cristo, se encuentra paciente, así siempre existe impaciente aquel cuya mente posee la iniquidad del diablo. Veamos, en fin, los orígenes mismos. El diablo soportó impacientemente al hombre hecho a imagen de Dios: de ahí que pereció primero y perdió. Adán, contra el precepto celestial, impaciente del alimento letal, cayó en la muerte, y no conservó la gracia recibida divinamente con la paciencia como custodia; y para que matara al hermano Caín, fue impaciente de su sacrificio y don; y que Esaú descendiera de los mayores a los menores, perdió sus primacías por la impaciencia de las lentejas. ¿Qué el pueblo judaico, pérfido e ingrato respecto a los beneficios divinos, no fue acaso el crimen de la impaciencia el que se alejara primero de Dios, mientras no puede soportar las demoras de Moisés que hablaba con Dios, se atrevió a pedir dioses profanos, para que nombrara como guías de su camino una cabeza bovina y una figura terrenal; y nunca cesó de la misma impaciencia, de modo que, siempre impaciente de la docilidad y de la advertencia divina, matando a sus Profetas y a todos los justos, saltara también a la cruz y a la sangre del Señor. La impaciencia también hace herejes en la Iglesia, y, a semejanza de los judíos, obliga a los rebeldes contra la paz y la caridad de Cristo a odios hostiles y furiosos. Y, para no ser largo enumerando cada cosa, todas las cosas en absoluto que la paciencia edifica con sus obras para la gloria, la impaciencia las destruye para la ruina.
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XX.
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Por tanto, hermanos queridísimos, y sopesados diligentemente los bienes de la paciencia y los males de la impaciencia, mantengamos con plena observancia la paciencia, por la cual permanecemos en Cristo, para que podamos venir con Cristo a Dios; la cual, copiosa y múltiple, no se concluye con un fin estrecho, ni se coarta con breves términos. La virtud de la paciencia se extiende ampliamente; y su ubertad y largueza procede ciertamente de la fuente de un solo nombre, pero, con venas que exudan, se difunde por muchos caminos de glorias; y nada puede aprovechar en nuestros actos para consumar la alabanza, a menos que reciba de ahí la firmeza de la consumación. La paciencia es la que nos recomienda y conserva ante Dios. Ella es la que templa la ira, la que frena la lengua, gobierna la mente, custodia la paz, rige la disciplina, rompe el ímpetu de la libido, comprime la violencia del tumor, extingue el incendio de la simultaneidad, coarta la potencia de los ricos, refocila la inopia de los pobres, protege en las vírgenes la bienaventurada integridad, en las viudas la laboriosa castidad, en los conjuntados y casados la caridad individua. Hace humildes en los prósperos, fuertes en los adversos, mansos contra las injurias y contumelias. Enseña a perdonar rápidamente a los que delinquen; si tú mismo delinques, a rogar mucho y durante mucho tiempo. Expugna las tentaciones, tolera las persecuciones, consuma las pasiones y los martirios. Ella es la que amuralla firmemente los fundamentos de nuestra fe: ella es la que sublimemente hace progresar los incrementos de la esperanza. Ella dirige el acto, para que podamos mantener el camino de Cristo, mientras caminamos por su tolerancia: ella hace que perseveremos como hijos de Dios, mientras imitamos la paciencia del Padre.
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XXI.
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Pero, puesto que sé que muchísimos, hermanos queridísimos, o por el peso de las injurias que angustian o por el dolor de aquellos que se lanzan y enfurecen contra ellos, desean ser vengados velozmente, tampoco debe callarse esto en la parte extrema, para que, constituidos en estos torbellinos del mundo fluctuante y en las persecuciones de los judíos o de los gentiles y también de los herejes, esperemos pacientemente el día de la ultión, y no nos apresuremos con querulante precipitación a la venganza de nuestro dolor, cuando está escrito: Espérame, dice el Señor, en el día de mi resurrección en testimonio, porque mi juicio es para las congregaciones de las gentes, para que recoja a los reyes y derrame sobre ellos mi ira. El Señor nos manda esperar y sostener con fuerte paciencia el día de la futura ultión. Quien también habla en el Apocalipsis diciendo: No selles las palabras de la profecía de este libro, porque ya el tiempo está cerca para que también los que perseveran en dañar dañen, y quien está en las suciedades se ensucie todavía, el justo, sin embargo, haga cosas más justas, asimismo el que es santo, cosas más santas. He aquí vengo pronto, y mi recompensa está conmigo, para devolver a cada uno según sus hechos. De donde también los mártires que claman y se apresuran a su venganza, con el dolor que irrumpe, son mandados a esperar todavía y a ofrecer paciencia para que los tiempos se consumen y los mártires se cumplan: Y cuando hubo abierto, dice, el quinto sello, vi bajo el altar de Dios las almas de los muertos por la palabra de Dios y su martirio, y clamaron con voz grande diciendo: ¿Hasta cuándo, Señor santo y verdadero, no juzgas y vindicas nuestra sangre de los que habitan en la tierra? Y les fueron dadas estolas blancas a cada uno, y se les dijo que descansaran por un breve tiempo todavía, hasta que se cumpla el número de sus consiervos y hermanos que después serán muertos por ejemplo de ellos.
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XXII.
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Cuándo llegará, sin embargo, la venganza divina por la sangre del justo, lo declara el Espíritu Santo a través del profeta Malaquías diciendo: He aquí que el día del Señor viene ardiendo como un horno; y todos los extranjeros y todos los impíos serán como paja, y el día que viene los incendiará, dice el Señor. Lo cual leemos también en los Salmos, donde se predice la venida del juez Dios, digno de ser venerado por la majestad de su censura: Dios vendrá manifiesto, nuestro Dios, y no callará. Fuego arderá ante él, y a su alrededor una tempestad inmensa. Convocará al cielo desde arriba y a la tierra desde abajo, para separar a su pueblo. Reunid para él a sus justos, a aquellos que disponen su alianza en los sacrificios; y los cielos anunciarán su justicia, porque Dios es juez. E Isaías anuncia lo mismo diciendo: He aquí que el Señor vendrá como fuego, y como tempestad sus carros, para retribuir la venganza con ira. Pues en el fuego del Señor serán juzgados, y por su espada serán heridos. Y de nuevo: El Señor Dios de los ejércitos saldrá y quebrantará la guerra, excitará el combate, y clamará sobre sus enemigos con fortaleza. He callado, ¿acaso callaré siempre?
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XXIII.
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¿Quién es, pues, este que dice que antes ha callado y que no callará siempre? Sin duda aquel que fue llevado como oveja al matadero, y como cordero ante el que lo esquila, sin voz no abrió su boca; sin duda aquel que no clamó, ni su voz fue oída en las plazas; sin duda aquel que no fue contumaz, ni contradijo, cuando ponía su espalda a los azotes y sus mejillas a las bofetadas, y no apartó su rostro de la inmundicia de los esputos; sin duda aquel que, cuando era acusado por los sacerdotes y los ancianos, no respondió nada y, ante el asombro de Pilato, mantuvo un silencio paciente. Este es quien, habiendo callado en su pasión, no callará después en la retribución. Este es nuestro Dios, es decir, no el Dios de todos, sino de los fieles y creyentes, quien, cuando venga manifiesto en su segunda venida, no callará. Pues, aunque antes estuvo oculto en la humildad, vendrá manifiesto en su poder.
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XXIV.
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Esperemos a este, hermanos queridísimos, nuestro juez y vengador, que vindicará consigo al pueblo de su Iglesia y al número de todos los justos desde el principio del mundo. Quien se apresura y se da demasiada prisa por su propia venganza, considere que aún no ha sido vengado aquel mismo que venga. Dios Padre ordenó que su Hijo fuera adorado, y el apóstol Pablo, recordando el precepto divino, lo establece y dice: Dios lo exaltó y le dio un nombre que está sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús toda rodilla se doble de los celestiales, terrestres e infernales. Y en el Apocalipsis, el Ángel se resiste a Juan cuando quiere adorarlo y dice: Mira no lo hagas, porque soy consiervo tuyo y de tus hermanos. Adora al Señor Jesús. ¡Qué clase de Señor es Jesús y qué grande es su paciencia!, que siendo adorado en los cielos, aún no es vengado en la tierra. Pensemos en su paciencia, hermanos queridísimos, en nuestras persecuciones y pasiones. Ofrezcamos a su venida un obsequio lleno de expectación. Y no nos apresuremos los siervos a ser defendidos antes que el Señor con una prisa irreligiosa e impúdica. Insistamos más bien, esforcémonos y, vigilando con todo el corazón y firmes en toda tolerancia, observemos los preceptos del Señor; para que, cuando llegue aquel día de ira y venganza, no seamos castigados con los impíos y pecadores, sino honrados con los justos y los que temen a Dios.

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