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De habitu virginum
Cyprian, SaintVirg 1 · spanish-geminiMore by Cyprian, Saint
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Original / primary: Spanish Gemini
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ARGUMENTO.
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Poncio, en la vida de san Cipriano, resume brevemente el argumento de este libro: «¿Quién, dice, refrenaría a las vírgenes hacia la disciplina de la modestia y el hábito digno de la santidad, como con ciertas riendas de la lección dominical?». Primero, para explicar el argumento con un poco más de detalle, celebra el encomio de la disciplina y prueba su utilidad con las Escrituras; luego, tras haber proseguido con la gloria, el decoro y los méritos de la virginidad, y de aquellas que habían prometido y dedicado su virginidad a Cristo, enseña que la continencia no consiste solo en la integridad de la carne, sino también en el honor del porte y el adorno: y que las riquezas no excusan el cuidado superfluo del adorno en aquellas que ya habían renunciado al siglo; más bien, puesto que el Apóstol prescribe a las mujeres casadas que el adorno debe moderarse con un fin justo, mucho más debe observarlo la virgen; y aunque sean ricas, deben pensar que, si bien deben usar las riquezas, es para las buenas artes, para aquello que Dios prescribe, a saber, gastarlas en los pobres. Después de esto, enseña a partir del Apocalipsis que las insignias de los adornos y vestidos convienen más a las mujeres prostituidas que a las vírgenes; y también deduce del capítulo III de Isaías cuánto ofenden a Dios tales adornos femeninos, tan variados y suntuosos. Y así, pasando del adorno superfluo a los diversos tipos de afeites, los prohíbe por completo no solo a las vírgenes, sino también a las casadas, como quienes no saldrán impunes por esforzarse en reformar, transfigurar y adulterar la hechura de Dios. Además, prohíbe también a las vírgenes aquellas cosas que por negligencia habían entrado en uso, tanto que no asistan a bodas como que no acudan a baños promiscuos. Finalmente, en un breve epílogo, tras haber expuesto en tres palabras, como se suele decir, qué bien contiene la virtud de la continencia y de qué mal carece, concluye el libro con este epifonema: «Perseverad con fortaleza, avanzad espiritualmente, llegad felizmente; solo recordadnos entonces cuando la virginidad comience a ser honrada en vosotras». [PAMELIO.]
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I.
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La disciplina, guardiana de la esperanza, vínculo de la fe, guía del camino de salvación, incentivo y alimento de la buena índole, maestra de la virtud, hace que permanezcamos siempre en Cristo y vivamos continuamente para Dios, y que lleguemos a las promesas celestiales y a los premios divinos. Es saludable seguirla, y letal rechazarla y descuidarla. En los Salmos habla el Espíritu Santo: «Mantened la disciplina, no sea que el Señor se irrite y perezcáis fuera del camino recto, cuando su ira se encienda pronto contra vosotros». Y de nuevo: «Pero al pecador le dijo Dios: ¿Por qué expones mis justificaciones y tomas mi testamento por tu boca? Tú, en cambio, odiaste la disciplina y echaste mis palabras a tus espaldas». Y leemos de nuevo: «El que rechaza la disciplina es un infeliz». Y de Salomón recibimos los mandatos de la Sabiduría que aconseja: «Hijo, no descuides la disciplina del Señor, ni desfallezcas cuando seas reprendido por él; pues a quien ama Dios, corrige». Si Dios corrige a quien ama, y lo corrige para enmendarlo, también los hermanos, y sobre todo los sacerdotes, no odian, sino que aman a aquellos a quienes corrigen para enmendarlos, cuando también Dios, por medio de Jeremías, predijo de antemano y significó nuestros tiempos diciendo: «Y os daré pastores según mi corazón, y os apacentarán apacentando con disciplina».
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II.
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Pero si en las Sagradas Escrituras se prescribe la disciplina frecuente y universalmente, y todo el fundamento de la religión y de la fe parte de la observancia y del temor, ¿qué nos conviene desear con más ansia, qué más querer y mantener, que el que, con las raíces más fuertemente fijadas y nuestros domicilios consolidados sobre la roca con robusta mole, permanezcamos inconcusos ante las tormentas y turbulencias del siglo, para que lleguemos a los dones de Dios mediante los preceptos divinos, considerando a la vez y sabiendo que nuestros miembros son templos de Dios, purificados de toda hez de la antigua contaminación por la santificación del lavacro vital, y que no es lícito que sean violados o profanados, puesto que quien viola, también él será violado? Nosotros somos los cultivadores y antístites de esos templos. Sirvamos a aquel de quien ya hemos comenzado a ser. Pablo dice en sus Epístolas, con las cuales nos formó para las carreras de la vida mediante los magisterios divinos: «No sois vuestros. Pues habéis sido comprados por un gran precio. Glorificad y llevad a Dios en vuestro cuerpo». Glorifiquemos y llevemos a Dios con un cuerpo puro y limpio y con una observancia mejor; y nosotros, que hemos sido redimidos por la sangre de Cristo, obedezcamos al imperio del Redentor mediante todos los obsequios de servidumbre, y pongamos empeño en que nada inmundo y profano sea introducido en el templo de Dios, no sea que, ofendido, abandone la sede que habita. Son palabras del Señor que salva y enseña, que cura a la vez y advierte: «He aquí, dice, que has sido hecho sano; ya no peques, no sea que te suceda algo peor». Da el tenor de vida, da la ley de la inocencia, después de haber conferido la salud; y no permite que después se vague con riendas libres y sueltas, sino que amenaza más gravemente a aquellos mismos a quienes había sanado, pues es, ciertamente, menor culpa haber delinquido antes cuando aún no conocías la disciplina de Dios, pero no hay perdón para delinquir más después de que comenzaste a conocer a Dios. Y, ciertamente, esto deben observarlo y cuidar tanto hombres como mujeres, tanto niños como niñas, toda edad y todo sexo, por la religión y la fe que debe a Dios, para que lo que se recibe santo y puro por la dignación del Señor, no sea mantenido con un temor menos solícito.
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III.
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Ahora nuestro discurso es para las vírgenes; cuya gloria es tanto más sublime cuanto mayor es el cuidado. Es esa flor del germen eclesiástico, decoro y adorno de la gracia espiritual, índole alegre, obra íntegra e incorrupta de alabanza y honor, imagen de Dios que responde a la santidad del Señor, porción más ilustre del rebaño de Cristo. Por ellas se alegra y en ellas florece largamente la gloriosa fecundidad de la Iglesia madre; y cuanto más copiosa virginidad añade a su número, tanto más aumenta el gozo de la madre. A ellas hablamos, a ellas exhortamos con afecto más que con potestad; no porque, siendo los últimos y mínimos y muy conscientes de nuestra humildad, reclamemos algo para la censura de la licencia, sino porque, más cautos ante la solicitud, tememos más por la infestación del diablo.
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IV.
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Pues no es vana esta cautela ni vacío el temor que consulta para el camino de la salvación, que guarda los preceptos dominicales y vitales, para que las que se han dedicado a Cristo, y retirándose de la concupiscencia carnal se han prometido a Dios tanto en carne como en mente, consumen su obra destinada a un gran premio, y no se esfuercen ya en adornarse ni en agradar a nadie más que a su señor, de quien esperan también la recompensa de la virginidad, diciendo él mismo: «No todos comprenden esta palabra, sino aquellos a quienes les ha sido dado. Pues hay eunucos que nacieron así del vientre de su madre, y hay eunucos que fueron hechos por los hombres, y hay eunucos que se castraron a sí mismos por el reino de los cielos». De nuevo también, mediante esta voz del Ángel, se muestra el don de la continencia, se predica la virginidad: «Estos son los que no se contaminaron con mujeres. Pues permanecieron vírgenes. Estos son los que siguen al Cordero adondequiera que vaya». Pues el Señor no promete la gracia de la continencia solo a los varones y pasa por alto a las mujeres, sino que, puesto que la mujer es porción del varón y de él fue tomada y formada, en casi todas las Escrituras Dios habla al protoplasto, porque son dos en una sola carne y en el varón se significa a la vez la mujer.
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V.
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Pero si la continencia sigue a Cristo, y la virginidad está destinada al reino de Dios, ¿qué tienen que ver ellas con el adorno terreno y con los ornamentos, con los cuales, mientras se esfuerzan en agradar a los hombres, ofenden a Dios, sin pensar que está predicho: «Los que agradan a los hombres han sido confundidos, porque Dios no los hizo», y que Pablo también predicó gloriosa y sublimemente: «Si quisiera agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo»? La continencia y la pudicia, en verdad, no consisten solo en la integridad de la carne, sino también en el honor del porte y el adorno, así como en el pudor, para que, según el Apóstol, la que no está casada sea santa en cuerpo y espíritu. Pablo nos instruye y enseña diciendo: «La soltera piensa en las cosas del Señor, cómo agradar a Dios; pero la que contrajo matrimonio piensa en las cosas de este mundo, cómo agradar a su marido». Así también la virgen y la mujer no casada piensa en las cosas del Señor, para ser santa en cuerpo y espíritu. La virgen no solo debe ser, sino también entenderse y creerse. Nadie, cuando vea a una virgen, debe dudar de si es virgen. Que la integridad te muestre igual en todo, y que el adorno del cuerpo no infame el bien de la mente. ¿Por qué procede adornada, por qué compuesta, como si tuviera o buscara marido? Que tema más bien agradar, si es virgen, y no busque el peligro de sí misma la que se guarda para cosas mejores y divinas. Las que no tienen marido, a quien simulen agradar, que perseveren íntegras y puras no solo en cuerpo, sino también en espíritu. Pues no es lícito que la virgen se atavíe para la apariencia de su forma ni que se gloríe de la carne y de su belleza, cuando no hay para ella lucha mayor que la que es contra la carne y la obstinada certidumbre de vencer y domar el cuerpo.
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VI.
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Pablo proclama con voz fuerte y sublime: «Pero lejos de mí gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me ha sido crucificado a mí, y yo al mundo»: ¡y la virgen en la Iglesia se gloría de la apariencia de la carne y de la belleza del cuerpo! Pablo añade y dice: «Pues los que son de Cristo, han crucificado su carne con sus vicios y concupiscencias»: ¡y la que profesa haber renunciado a las concupiscencias de la carne y a los vicios, se encuentra en los mismos a los que había renunciado! Eres sorprendida, virgen, eres descubierta. Jactas ser una cosa y afectas otra. Te manchas con las máculas de la concupiscencia carnal, cuando eres candidata de la integridad y del pudor. Clama, dice Dios a Isaías: «Toda carne es heno, y toda su claridad como la flor del heno. El heno se secó, y la flor cayó: pero la palabra del Señor permanece para siempre». A ningún cristiano le conviene, y sobre todo a la virgen no le conviene, computar claridad alguna de la carne y honor, sino solo apetecer la palabra de Dios, abrazar los bienes que han de permanecer para siempre. O si hay que gloriarse en la carne, entonces claramente cuando es torturada en la confesión del nombre, cuando la mujer se encuentra más fuerte que los hombres que torturan, cuando sufre fuegos o cruces o hierro o bestias para ser coronada. Esos son los preciosos collares de la carne, esos son los mejores ornamentos del cuerpo.
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VII.
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Pero hay algunas ricas y opulentas por la abundancia de facultades, que prefieren sus riquezas y sostienen que deben usar sus bienes. Sepan primero que es rica aquella que es rica en Dios, que es opulenta aquella que es opulenta en Cristo, que esos son los bienes que son espirituales, divinos, celestiales, que nos llevan a Dios, que permanecen con nosotros ante Dios en posesión perpetua. Por lo demás, cualesquiera que sean las cosas terrenas aceptadas en el siglo y que aquí han de permanecer con el siglo, deben ser despreciadas tanto como se desprecia el mundo mismo, cuyas pompas y delicias ya renunciamos cuando vinimos a Dios con un mejor tránsito. Juan nos despierta y exhorta, testificando con voz espiritual y celestial: «No améis, dice, el mundo ni las cosas que están en el mundo. Si alguien ama al mundo, no está la caridad del Padre en él; porque todo lo que hay en el mundo es concupiscencia de la carne, y concupiscencia de los ojos, y ambición del siglo, que no es del Padre, sino de la concupiscencia del siglo. Y el mundo pasará y su concupiscencia. Pero el que hiciere la voluntad de Dios, permanece para siempre, como también Dios permanece para siempre». Por tanto, se deben seguir las cosas eternas y divinas, y todo debe hacerse según la voluntad de Dios, para que sigamos las huellas de nuestro Señor y los magisterios divinos, quien advirtió y dijo: «No descendí del cielo para hacer mi voluntad, sino la voluntad de aquel que me envió». Pero si el siervo no es mayor que su señor y el liberado debe obsequio al libertador, nosotros, que deseamos ser cristianos, debemos imitar lo que Cristo dijo e hizo. Está escrito, y se lee y se escucha y se celebra en ejemplo nuestro por boca de la Iglesia: «El que dice que permanece en Cristo, debe caminar como él caminó». Hay que caminar, pues, con huellas iguales, hay que esforzarse con una marcha emuladora. Entonces la imitación de la verdad responde a la fe del nombre, y se da el premio al que cree si lo que se cree también se realiza.
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VIII.
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Te dices opulenta y rica. Pero Pablo sale al encuentro de tus riquezas, y prescribe con su voz que tu porte y adorno deben moderarse con un fin justo: «Que las mujeres, dice, se compongan con vergüenza y pudicia, no en cabellos trenzados, ni oro, ni perlas, o vestido precioso, sino como conviene a las mujeres que prometen castidad mediante la buena conversación». También Pedro consiente estos mismos preceptos y dice: «Que en la mujer no sea el adorno exterior del ornamento o del oro o del vestido, sino el adorno del corazón». Pero si ellos advierten que también las mujeres deben ser refrenadas y moderadas para la disciplina eclesiástica con religiosa observancia, las cuales suelen excusar sus adornos por el marido, ¡cuánto más es lícito que lo observe la virgen, para quien no cabe perdón alguno por su adorno, ni puede derivarse a otro la mentira de la culpa, sino que ella sola permanece en el crimen!
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IX.
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Te dices opulenta y rica. Pero no todo lo que es posible debe hacerse, ni los deseos prolijos y nacidos de la ambición del siglo deben extenderse más allá del honor y el pudor de la virginidad, cuando está escrito: «Todo es lícito, pero no todo conviene; todo es lícito, pero no todo edifica». Por lo demás, si tú te atavías más suntuosamente, y caminas notablemente por lo público, atraes los ojos de la juventud hacia ti, arrastras los suspiros de los adolescentes tras de ti, nutres la libido de codiciar, enciendes los fomentos de suspirar, de modo que, aunque tú misma no perezcas, sin embargo pierdes a otros, y te ofreces como espada y veneno a los que te ven, no puedes ser excusada como si fueras de mente casta y púdica. Te refuta el porte improbo y el adorno impúdico, y ya no puedes ser computada entre las jóvenes y vírgenes de Cristo, tú que vives de tal manera que puedes ser amada.
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X.
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Te dices opulenta y rica. Pero no conviene a una virgen jactarse de sus riquezas, cuando dice la Escritura divina: «¿Qué nos aprovechó la soberbia, o qué nos confirió la jactancia de las riquezas? Todas esas cosas pasaron como una sombra»; y el Apóstol advierte de nuevo y dice: «Y los que compran, que sean como si no compraran, y los que poseen como si no poseyeran, y los que usan este mundo, como si no lo usaran. Pues pasa la figura de este mundo». Pedro también, a quien el Señor encomienda sus ovejas para que las apaciente y cuide, sobre quien puso y fundó la Iglesia, niega ciertamente tener oro y plata, pero dice ser rico por la gracia de Cristo, ser opulento por su fe y virtud, con las cuales hacía muchas maravillas con milagro, con las cuales abundaba en bienes espirituales para la gracia de la gloria. No puede poseer estas riquezas, estos bienes, la que prefiere ser rica para el siglo que para Cristo.
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XI.
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Te dices opulenta y rica, y piensas que debes usar lo que Dios quiso que poseyeras. Úsalo, pero para cosas saludables; úsalo, pero para las buenas artes; úsalo, pero para aquello que Dios prescribe, que el Señor muestra. Que los pobres te sientan rica, que los indigentes te sientan opulenta; presta a Dios con tu patrimonio: alimenta a Cristo. Para que sea lícito llevar la gloria de la virginidad, para que suceda llegar a los premios del Señor, ruega con las oraciones de muchos. Encomienda allí tus tesoros donde ningún ladrón excave, adonde ningún salteador insidioso irrumpa. Compárate posesiones, pero más bien celestiales, donde tus frutos, constantes y perennes e inmunes a todo contacto de injuria secular, no los desgaste el orín, ni los abata el granizo, ni los queme el sol, ni los corrompa la lluvia. Pues delinques también en esto mismo contra Dios, si crees que las riquezas te fueron dadas por él para que no disfrutes de ellas saludablemente. Pues también Dios dio la voz al hombre, y sin embargo no por ello deben cantarse cosas amorosas ni torpes; y Dios quiso que el hierro fuera para el cultivo de la tierra, y no por ello deben hacerse homicidios; o porque Dios instituyó el incienso y el vino y el fuego, se debe sacrificar con ello a los ídolos; o porque abundan los rebaños de ganado en tus campos, deberás inmolar víctimas y hostias a los dioses. De lo contrario, el gran patrimonio es una tentación, a menos que el censo trabaje para buenos usos, para que cada uno, más opulento por su patrimonio, deba redimir más que aumentar los delitos.
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XII.
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Las insignias de los adornos y vestidos y los halagos de las formas no convienen sino a las mujeres prostituidas e impúdicas, y casi de ninguna es más precioso el porte que de aquellas cuyo pudor es vil. Así, en las Sagradas Escrituras, con las cuales el Señor quiso que fuéramos instruidos y advertidos, se describe la ciudad meretriz, compuesta más bellamente y adornada, y que perecerá con sus ornamentos y más bien por causa de esos mismos ornamentos. «Y vino, dice, uno de los siete Ángeles que tenían las siete copas, y se acercó a mí diciendo: Ven, te mostraré la condenación de la gran meretriz que está sentada sobre muchas aguas, con la cual fornicaron los reyes de la tierra. Y me llevó en espíritu. Y vi a una mujer sentada sobre una bestia; y aquella mujer estaba vestida con un palio púrpura y escarlata, y estaba adornada con oro y piedras preciosas y perlas, teniendo en su mano una copa llena de execraciones y de inmundicia y de la fornicación de toda la tierra». Que huyan las vírgenes castas y púdicas del porte de las incestuosas, del hábito de las impúdicas, de las insignias de los lupanares, de los adornos de las meretrices.
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XIII.
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Clama también Isaías, lleno del Espíritu Santo, e increpa y objurga a las hijas de Sion corrompidas por el oro y la plata y el vestido, que abundan en riquezas perniciosas y se alejan de Dios por las delicias del siglo: «Se exaltaron, dice, las hijas de Sion, y caminaron con cuello erguido, y arrastrando las túnicas con el guiño de los ojos y el caminar de los pies, y jugando al mismo tiempo con los pies. Y humillará Dios a las principales hijas de Sion, y revelará el Señor el hábito de ellas, y quitará el Señor la gloria de sus vestidos y sus ornamentos y los cabellos y los rizos y las lunetas y los discriminadores y los brazaletes y el botronato y los dextrales y los anillos y los pendientes y las sedas tejidas con oro y jacinto. Y en lugar de olor de suavidad habrá polvo, y en lugar de cinturón te ceñirás con cuerda, y en lugar de adorno de oro para la cabeza tendrás calvicie». Esto culpa Dios, esto denota. De aquí pronuncia que las vírgenes han sido corrompidas, de aquí que han desertado del culto verdadero y divino. Exaltadas cayeron, compuestas merecieron la torpeza y la fealdad. Vestidas de seda y púrpura no pueden vestir a Cristo. Adornadas con oro y perlas y collares perdieron los ornamentos del corazón y del pecho. ¿Quién no execraría y huiría de lo que fue ruina para otros? ¿Quién apetecería y asumiría lo que para la muerte de otro fue como espada y dardo? Si al beber una copa muriera aquel que había bebido, sabrías que es veneno lo que aquel bebió. Si, al recibir comida, el que la había recibido pereciera, sabrías que es letal lo que aceptado pudo matar, y no comerías ni beberías de donde vieras antes que otros perecieron. Ahora, ¡cuánta ignorancia de la verdad hay, cuánta demencia de ánimo, querer lo que siempre ha dañado y daña, y pensar que tú misma no perecerás de aquello de lo que sabes que otros perecieron!
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XIV.
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Pues Dios no hizo ovejas escarlatas o púrpuras, ni enseñó a teñir y colorear las lanas con jugos de hierbas y conchas, ni instituyó collares con piedras y perlas distintas de oro, tejidas en serie y dispuestas en numerosa compage, con los cuales ocultaras el cuello que él hizo, para que se cubra aquello que Dios formó en el hombre, y se vea desde arriba lo que el diablo inventó. ¿Acaso Dios quiso que se infirieran heridas a las orejas, con las cuales la infancia aún inocente y desconocedora del mal secular sea torturada, para que después de las cicatrices y cavernas de las orejas cuelguen granos preciosos, pesados aunque no por su peso, sí por la cantidad de las mercancías? Todas las cuales cosas los ángeles pecadores y apóstatas revelaron con sus artes cuando, devueltos a los contagios terrenos, se retiraron del vigor celestial. Ellos enseñaron también a pintar los ojos con negrura circundada y a infectar las mejillas con la mentira del rubor y a cambiar el cabello con colores adulterinos y a expugnar toda la verdad del rostro y de la cabeza con la impugnación de su corrupción.
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XV.
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Y, ciertamente, en este lugar, por el temor que la fe nos sugiere, por la dilección que la fraternidad exige, pienso que no solo las vírgenes o las viudas, sino también las casadas y todas las mujeres en absoluto deben ser advertidas de que la obra de Dios y su hechura y su plástica no deben ser adulteradas de ninguna manera mediante el uso de color amarillo, o polvo negro, o rubor, o cualquier medicamento que corrompa los lineamientos nativos. Dice Dios: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza». ¿Y alguien se atreve a cambiar y convertir lo que Dios hizo? Infieren manos a Dios cuando se esfuerzan en reformar y transfigurar lo que él formó, sin saber que obra de Dios es todo lo que nace, y del diablo todo lo que se cambia. Si algún artífice de pintura hubiera señalado el rostro de alguien y su apariencia y la cualidad del cuerpo con color emulador, y, una vez señalado y consumado el simulacro, otro infiriera manos para reformar lo ya formado, lo ya pintado, como si fuera más experto, parecería una grave injuria al primer artífice y una justa indignación. ¿Tú te crees que saldrás impune por la audacia de tan improba temeridad, por la ofensa a Dios artífice? Pues para que no seas impúdica ante los hombres e incesta con afeites halagadores, habiendo corrompido y violado lo que es de Dios, eres tenida por peor que una adúltera. Que pienses que te adornas, que pienses que te atavías, es una impugnación de la obra divina, es una prevaricación de la verdad.
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XVI.
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La voz del Apóstol que advierte es: «Purgad la vieja levadura, para que seáis una nueva masa, como sois ázimos. Pues también nuestra pascua, Cristo, ha sido inmolada. Celebremos, pues, la fiesta, no con la levadura vieja, ni con la levadura de malicia y nequicia, sino con los ázimos de sinceridad y verdad». ¿Acaso persevera la sinceridad y la verdad cuando lo que es sincero se contamina con adulterios de colores, y las verdades se cambian en mentira con los afeites adulterinos de los medicamentos? Tu Señor dice: «No puedes hacer un cabello blanco o negro»: ¿y tú, para vencer la voz de tu Señor, quieres ser más poderosa? Con audaz conato y sacrílego desprecio tiñes tus cabellos, te auguras ya cabellos flamígeros como mal presagio de lo futuro, y pecas, ¡oh nefasto!, con la cabeza, es decir, con la parte mejor del cuerpo. Y cuando está escrito del Señor: «Su cabeza y sus cabellos eran blancos como lana o nieve», tú execras la canicie, detestas la blancura que es semejante a la cabeza del Señor.
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XVII.
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¿No temes, te ruego, tú que eres así, que cuando llegue el día de la resurrección, tu artífice no te reconozca, te aparte y excluya cuando vengas a sus premios y promesas, increpando con el vigor de censor y juez y diga: «Esta obra no es mía, ni es nuestra imagen». Has contaminado la piel con falso medicamento, has cambiado el cabello con color adúltero, el rostro ha sido expugnado con la mentira, la figura ha sido corrompida, el semblante es ajeno. No podrás ver a Dios, cuando tus ojos no son los que Dios hizo, sino los que el diablo infectó. A él has seguido, has imitado los ojos rojos y pintados de la serpiente, ataviada por tu enemigo, para arder juntamente con él. ¿Estas cosas, te ruego, no deben ser pensadas por los siervos de Dios? ¿No deben ser temidas siempre, de día y de noche? Que vean las casadas qué se halagan a sí mismas por el estudio de agradar con el consuelo de los cónyuges; a quienes, mientras los presentan en su excusa, los atraen a la sociedad de una consensión criminosa. Las vírgenes, ciertamente, a quienes este discurso ahora consulta, que se han ataviado con artes de ese tipo, no pensaría que deban ser numeradas entre las vírgenes, sino que, como ovejas contagiadas y ganado morboso, deben ser apartadas del rebaño santo y puro de la virginidad, para que no contaminen a las demás con su contagio mientras viven juntas, para que no pierdan a otras las que han perecido.
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XVIII.
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Y puesto que buscamos el bien de la continencia, evitemos todas las cosas perniciosas e infestantes. Ni paso por alto aquellas que, mientras por negligencia entran en uso, han hecho para sí licencia de usurpación contra las costumbres púdicas y sobrias. A algunas no les da vergüenza asistir a las bodas, y en aquella libertad de sermones lascivos mezclar coloquios incestos, escuchar lo que no conviene, lo que no es lícito decir, ser observadas y estar presentes entre palabras torpes y banquetes temulentos con los cuales se enciende el fomento de las libidines, la esposa es animada a la paciencia del estupro, el esposo a la audacia. ¿Qué lugar tiene ella en las bodas si su ánimo no está para las bodas, o qué pueden ser allí voluptuosas y alegres las cosas cuando los estudios y los votos son diversos? ¿Qué se aprende allí, qué se ve? ¿Cuánto desfallece la virgen de su propósito, cuando la que había venido púdica se marcha impúdica? Aunque permanezca virgen en cuerpo y mente, con los ojos, los oídos, la lengua, disminuye lo que tenía.
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XIX.
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¿Qué decir, en verdad, de las que acuden a baños promiscuos, que prostituyen a los ojos curiosos para la libido los cuerpos dedicados al pudor y a la pudicia? Las que, cuando ven a los hombres y son vistas desnudas por los hombres torpemente, ¿no ofrecen ellas mismas el incentivo a los vicios? ¿No solicitan e invitan a la corrupción y a su injuria los deseos de los presentes? «Que vea él, dices, con qué mente viene allí, yo solo tengo el cuidado de refrescar el cuerpecito y lavarme». No te purga esa defensa, ni excusa el crimen de lascivia y petulancia. El lavado ensucia, ese no limpia, ni enmienda los miembros, sino que los mancha. Tú no miras a nadie impúdicamente, pero tú misma eres vista impúdicamente. No contaminas tus ojos con torpe deleite; pero, mientras deleitas a otros, tú misma eres contaminada. Haces un espectáculo del lavacro. Son más feos que el teatro a donde acudes. Allí se despoja toda vergüenza, junto con el vestido se pone el honor del cuerpo y el pudor, se revela la virginidad para ser denotada y contocada. Considera ya ahora si, cuando estás vestida, eres púdica entre los hombres, tal que a tu inverecundia aprovecha la audacia de la desnudez.
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XX.
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¡Así, pues, frecuentemente la Iglesia llora a sus vírgenes, así gime ante sus infames y detestables fábulas, así se extingue la flor de las vírgenes, se hiere el honor de la continencia y el pudor, se profana toda gloria y dignidad! Así se inserta el enemigo expugnador mediante sus artes; así el diablo se desliza con insidias que engañan por lo oculto. Así, mientras las vírgenes quieren adornarse más cultamente, mientras quieren vagar más libremente, dejan de ser vírgenes, corrompidas por un deshonor furtivo, viudas antes que casadas, no adúlteras del marido sino de Cristo; cuán grandes premios estaban destinadas las vírgenes, tan grandes suplicios sentirán por la virginidad perdida.
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XXI.
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Escuchadme, pues, vírgenes, como a un padre; escuchad, os ruego, a quien os teme a la vez que os advierte; escuchad a quien consulta fielmente por vuestras utilidades y comodidades. Sed tales cuales os hizo Dios artífice: sed tales cuales os instituyó la mano del Padre: que permanezca en vosotras el rostro incorrupto, el cuello puro, la forma sincera. No se infieran heridas a las orejas, ni la cadena preciosa de brazaletes y collares encierre los brazos o el cuello; que los pies estén libres de las esposas de oro, los cabellos no teñidos con color alguno, los ojos dignos de ver a Dios. Que se celebren los lavacros con mujeres, cuya lavación es púdica entre vosotras. Que se eviten las fiestas de bodas improbas y los banquetes lascivos, cuyo contagio es peligroso. Vence al vestido, tú que eres virgen: vence al oro, tú que vences a la carne y al siglo. No es de la misma persona no poder ser vencida por los mayores y encontrarse impar ante los menores. Estrecho y angosto es el camino que lleva a la vida, duro y arduo es el límite que tiende a la gloria. Por este límite del camino avanzan los mártires, van las vírgenes, caminan todos los justos. Evitad los caminos anchos y espaciosos. Allí hay halagos letales y voluptuosidades mortíferas. Allí el diablo halaga para engañar, sonríe para dañar, ilícita para matar. El primero, con el ciento, es el fruto de los mártires; el segundo, el sesenta, es el vuestro. Como entre los mártires no hay pensamiento de la carne y del siglo, ni pequeña y leve y delicada lucha, así también en vosotras, cuya recompensa es segunda para la gracia, sea también la virtud próxima para la tolerancia. No es fácil el ascenso a las grandes cosas. ¿Qué sudor sufrimos, qué trabajo, cuando intentamos ascender colinas y cumbres de montes? ¿Qué, para que ascendamos al cielo? Si atiendes al premio de la pollicitación, es menos lo que trabajas. La inmortalidad se da al perseverante, se promete la vida perpetua, el Señor promete el reino.
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XXII.
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Conservad, vírgenes, conservad lo que habéis comenzado a ser, conservad lo que seréis. Una gran recompensa os espera, un premio grande a la virtud, el don máximo de la castidad. ¿Queréis saber de qué mal carece y qué bien posee la virtud de la continencia? Multiplicaré, dice Dios a la mujer, tus tristezas y tus gemidos, y con dolor darás a luz hijos, y tu inclinación será hacia tu marido, y él te dominará. Vosotras estáis libres de esta sentencia, vosotras no teméis las tristezas y los gemidos de las mujeres. No tenéis temor alguno por el parto respecto a los hijos, ni el marido es vuestro señor, sino que vuestro señor y cabeza es Cristo, a semejanza y en lugar del varón. Vuestra suerte y condición es común. Es la voz del Señor en aquel pasaje que dice: Los hijos de este siglo engendran y son engendrados. Pero los que hayan sido considerados dignos de aquel siglo y de la resurrección de entre los muertos, no se casan ni contraen matrimonio. Pues ya no empezarán a morir: son iguales a los ángeles de Dios, al ser hijos de la resurrección. Lo que hemos de ser, vosotras ya habéis comenzado a serlo. Vosotras ya poseéis la gloria de la resurrección en este siglo, pasáis por el siglo sin el contagio del siglo. Mientras perseveráis castas y vírgenes, sois iguales a los ángeles de Dios. Solo hace falta que permanezca y dure sólida e intacta la virginidad, y que, como comenzó con fortaleza, perseverantemente continúe; que no busque adornos de collares o vestidos, sino de costumbres. Que mire a Dios y al cielo, y que no baje sus ojos, elevados hacia lo sublime, hacia la concupiscencia de la carne y del mundo, ni los deposite en las cosas terrenales.
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XXXIII.
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La primera sentencia ordenó crecer y engendrar, la segunda aconsejó la continencia. Cuando el mundo era aún inculto y vacío, nos propagábamos engendrando en abundancia por la fecundidad, y crecíamos para el aumento del género humano: cuando ya el orbe está lleno y el mundo colmado, los que pueden abrazar la continencia, viviendo a la manera de los eunucos, se castran por el reino. Ni esto lo manda el Señor, sino que lo exhorta; ni impone el yugo de la necesidad, cuando permanece libre el arbitrio de la voluntad. Pero al decir que hay muchas moradas junto a su Padre, muestra las estancias de una morada mejor. Vosotras buscáis estas moradas mejores, castrando los deseos de la carne, y obtenéis en los cielos el premio de una gracia mayor. Ciertamente, todos los que llegan a la divina fuente de la santificación del Bautismo, deponen allí al hombre viejo por la gracia del baño salvador, y renovados por el Espíritu Santo, son purificados de las manchas del contagio antiguo mediante un nuevo nacimiento. Pero a vosotras os corresponde una mayor santidad y verdad en este nacimiento renovado, pues en vosotras ya no existen los deseos de la carne y del cuerpo. Solo han permanecido en vosotras aquellas cosas que son de la virtud y del espíritu para la gloria. Es la voz del Apóstol, a quien el Señor llamó vaso de su elección, a quien Dios envió a proclamar los mandatos celestiales: El primer hombre, dice, es de la tierra, terreno; el segundo hombre es del cielo. Cual es el terreno, tales son también los terrenos; y cual es el celestial, tales son también los celestiales. Como hemos llevado la imagen del que es terreno, llevemos también la imagen del que es del cielo. Esta imagen la lleva la virginidad, la lleva la integridad, la lleva la santidad y la verdad; la llevan los que son conscientes de la disciplina de Dios, los que retienen la justicia con la religión, los estables en la fe, los humildes en el temor, los fuertes para toda tolerancia, los mansos para soportar la injuria, los prontos para hacer misericordia, los unánimes y concordes en la paz fraterna.
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XXIV.
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Cosas que vosotras, oh buenas vírgenes, debéis observar, amar y cumplir; vosotras que, libres para Dios y para Cristo, precedéis hacia el Señor, a quien os habéis consagrado, con una parte mayor y mejor. Las avanzadas en años, ejerced el magisterio sobre las más jóvenes: las menores de edad, ofreced estímulo a vuestras compañeras. Excitaos con exhortaciones mutuas, provocaos a la gloria con ejemplos de virtud que rivalicen entre sí. Perseverad con fortaleza, avanzad espiritualmente, llegad felizmente. Solo acordaos entonces de nosotros, cuando la virginidad comience a ser honrada en vosotras.

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