De lapsis
Choose a text
id="mobileReaderAuthor" class="mobile-reader-author" href="/authors/cyprian-saint" aria-label="More works by Cyprian, Saint">
—
⋯
Original / primary: Spanish Gemini
1
ARGUMENTO.
1
Cipriano había prometido frecuentemente que, tan pronto como se restableciera la paz de la Iglesia, escribiría algo más certero sobre la situación de los lapsos: por tanto, en este libro cumple sus promesas. Y en primer lugar, tras poner ante los ojos con alegría la paz tan inesperada de la Iglesia, la constancia de los confesores y de los demás que permanecieron en la fe, y luego con sumo dolor las ruinas de los lapsos, y explicadas las causas de la persecución pasada, a saber, el descuido de la disciplina y los pecados de los fieles; reprende gravemente a los lapsos porque, ante las primeras palabras del enemigo que amenazaba, sacrificaron a los ídolos y no se retiraron, como aconsejaba Cristo: asimismo, porque, ya manchados por los sacrificios, contra la ley del Evangelio, antes de haber expiado sus delitos y antes de haber hecho la exomologesis del crimen, inferían violencia al cuerpo y a la sangre del Señor, y extorsionaban la comunión y la paz a ciertos presbíteros sin el juicio del obispo. Por consiguiente, a algunos de los lapsos que habían comulgado indignamente, aterrorizados por la venganza divina (mencionando de paso a los libellatici, para que no se excusaran del crimen), y animados por el ejemplo de aquellos que, aunque no estaban atados por el crimen del sacrificio o del libelo, sin embargo, puesto que al menos pensaron en ello, confesando esto mismo dolorosa y sencillamente ante los sacerdotes de Dios, hacían la exomologesis; exhorta a muchos a la confesión del delito, a la penitencia pública y a la plena satisfacción. Finalmente, advierte que se evite a los novacianos, refutando su herejía con algunas Escrituras.
2
I.
2
HE AQUÍ, hermanos queridísimos, que la paz ha sido devuelta a la Iglesia y, lo que hace poco parecía difícil a los incrédulos y pérfidos, e imposible, nuestra seguridad ha sido reparada por la ayuda y la venganza divina. Las mentes vuelven a la alegría y, disipada la tempestad de la presión y la nube, han refulgido la tranquilidad y la serenidad. Deben darse alabanzas a Dios y celebrarse sus beneficios y dones con acción de gracias, aunque nuestra voz no haya cesado de dar gracias ni siquiera en la persecución. Pues no puede tanto el enemigo como para que nosotros, que amamos al Señor con todo el corazón, el alma y la fuerza, no proclamemos siempre y en todas partes sus bendiciones y alabanzas con gloria. Ha llegado el día deseado por los votos de todos y, tras la horrible y sombría oscuridad de la larga noche, el mundo ha brillado radiante con la luz del Señor.
3
II.
3
Contemplamos con miradas alegres a los confesores, ilustres por el pregón de su buen nombre y gloriosos por las alabanzas de su virtud y fe, y adhiriéndonos a ellos con santos besos, los abrazamos con un deseo insaciable tras haberlos echado de menos tanto tiempo. Está presente la cohorte cándida de los soldados de Cristo, que quebraron la feroz turbulencia de la persecución con una firme lucha, preparados para la paciencia de la cárcel, armados para la tolerancia de la muerte. Resististeis valientemente al siglo, ofrecisteis un espectáculo glorioso a Dios, fuisteis ejemplo para los hermanos que habrían de seguir. La voz religiosa habló de Cristo, en quien confesó haber creído una vez. Las manos ilustres, que no se habían acostumbrado sino a las obras divinas, resistieron a los sacrificios sacrílegos. La boca santificada por los alimentos celestiales, después del cuerpo y la sangre del Señor, rechazó los contagios profanos y los restos de los ídolos. De aquel velo impío y malvado con que allí eran veladas las cabezas cautivas de los que sacrificaban, vuestra cabeza permaneció libre. La frente, pura con el signo de Dios, no pudo llevar la corona del diablo, se reservó para la corona del Señor. ¡Con qué alegría os recibe en su seno la madre Iglesia al volver de la batalla! ¡Qué dichosa, qué gozosa abre sus puertas para que entréis en filas unidas, trayendo trofeos del enemigo derrotado! Con los hombres triunfantes vienen también las mujeres, que luchando contra el siglo, vencieron también a su sexo. Vienen también las vírgenes, con la gloria duplicada de su milicia, y los niños que superan sus años con virtudes. Asimismo, la multitud restante de los que permanecieron sigue vuestra gloria, acompaña vuestros pasos con insignias de alabanza próximas y casi unidas. La misma sinceridad de corazón hay en ellos, la misma integridad de una fe tenaz. Apoyados en las raíces inconmovibles de los preceptos celestiales y fortalecidos por las tradiciones evangélicas, no los aterrorizaron los exilios prescritos, ni los tormentos destinados, ni las pérdidas de los bienes familiares, ni los suplicios del cuerpo. Se fijaban días para poner a prueba la fe. Pero quien recuerda haber renunciado al siglo, no conoce ningún día del siglo; ni cuenta ya los tiempos terrenos quien espera la eternidad de Dios.
4
III.
4
Nadie, hermanos queridísimos, nadie mutile esta gloria, nadie debilite la incorrupta firmeza de los que permanecieron con maligna detracción. Cuando pasó el día fijado para los que negaban, quienquiera que no se haya declarado dentro del plazo, confesó ser cristiano. El primer título de victoria es confesar al Señor al ser apresado por manos de los gentiles: el segundo grado de gloria es reservarse para el Señor retirándose con cautelosa huida. Aquella es una confesión pública, esta privada. Aquel vence al juez del siglo, este, contento con Dios como su juez, guarda una conciencia pura con la integridad del corazón. Allí, la fortaleza es más pronta; aquí, la solicitud es más segura. Aquel, al acercarse su hora, fue hallado ya maduro; este, tal vez, fue diferido, quien, habiendo abandonado su patrimonio, se retiró porque no iba a negar: ciertamente habría confesado si él también hubiera sido detenido.
5
IV.
5
Estas coronas celestiales de los mártires, estas glorias espirituales de los confesores, estas máximas y eximias virtudes de los hermanos que permanecieron, las entristece una sola pesadumbre: que el violento enemigo haya derribado con la matanza de su devastación una parte arrancada de nuestras entrañas. ¿Qué haré en este lugar, hermanos queridísimos? fluctuando con un variado oleaje de la mente, ¿qué o cómo diré? Se necesitan más lágrimas que palabras para expresar el dolor con que debe llorarse la llaga de nuestro cuerpo, con que debe lamentarse la múltiple pérdida de un pueblo antaño numeroso. Pues, ¿quién es tan duro o de hierro, quién tan olvidado de la caridad fraterna, que, constituido entre las multiformes ruinas de los suyos y los restos lúgubres y deformados por mucha suciedad, pueda mantener los ojos secos, y no, al brotar inmediatamente el llanto, expresar sus gemidos primero con lágrimas que con voz? Sufro, hermanos, sufro con vosotros, y no me halaga para aliviar mis dolores mi propia integridad y salud privada, cuando el pastor es herido más en la herida de su rebaño. Con cada uno uno mi pecho, participo de los pesos luctuosos del duelo y del funeral. Lloro con los que lloran, lloro con los que se lamentan, creo yacer con los que yacen. Con aquellos dardos del enemigo que avanza, mis miembros han sido golpeados al mismo tiempo, las espadas furiosas han atravesado mis entrañas. El ánimo no puede haber estado inmune y libre del ataque de la persecución. En los hermanos postrados, el afecto también me ha postrado a mí.
6
V.
6
Sin embargo, hermanos queridísimos, debe tenerse en cuenta la verdad, y la oscura tiniebla de la persecución hostil no debe haber cegado de tal modo la mente y el sentido, que no haya quedado nada de luz y claridad desde donde puedan percibirse los preceptos divinos. Si se conoce la causa de la calamidad, se encuentra también el remedio de la herida. El Señor quiso probar a su familia; y porque una larga paz había corrompido la disciplina entregada a nosotros divinamente, la censura celestial levantó la fe yacente y casi, por así decirlo, dormida; y aunque merecíamos más por nuestros pecados, el Señor clementísimo moderó todo de tal manera que todo esto que ha sucedido pareciera una exploración más que una persecución.
7
VI.
7
Cada uno se afanaba en aumentar su patrimonio y, olvidados de lo que los creyentes habían hecho antes bajo los Apóstoles o de lo que siempre debían hacer, se entregaban con insaciable ardor de codicia a ampliar sus facultades. No había religión devota en los sacerdotes, no fe íntegra en los ministros, no misericordia en las obras, no disciplina en las costumbres. Barba corrompida en los hombres, forma maquillada en las mujeres, ojos adulterados después de las manos de Dios, cabellos teñidos con mentira. Fraudes astutos para engañar los corazones de los sencillos, voluntades dolosas para circunvenir a los hermanos. Unir el vínculo del matrimonio con infieles, prostituir a los gentiles los miembros de Cristo. No solo jurar temerariamente, sino incluso perjurar: despreciar a los superiores con soberbio tumor; maldecir con boca venenosa, disentir mutuamente con odios pertinaces. Muchos obispos, que deberían ser exhortación y ejemplo para los demás, despreciada la procuración divina, se hicieron procuradores de asuntos seculares, abandonada la cátedra, desierta la plebe, vagando por provincias ajenas, acechando mercados de negociación lucrativa, queriendo tener plata en abundancia mientras los hermanos pasaban hambre en la Iglesia, arrebatando fundos con fraudes insidiosos, aumentando el préstamo con intereses multiplicados. ¿Qué no merecíamos sufrir tales personas por pecados de este tipo, cuando ya desde hace tiempo la censura divina había premonizado y dicho: Si abandonaren mi ley y no caminaren en mis juicios, si profanaren mis justificaciones y no observaren mis preceptos, visitaré con vara sus crímenes y con azotes sus delitos.
8
VII.
8
Estas cosas nos fueron anunciadas y predichas de antemano. Pero nosotros, olvidados de la ley dada y de la observancia, hicimos esto por nuestros pecados, para que, mientras despreciamos los mandatos del Señor, viniéramos a remedios más severos para la corrección del delito y la prueba de la fe. Ni siquiera tarde nos convertimos al temor del Señor, para que soportáramos paciente y fuertemente esta corrección nuestra y prueba divina. Ante las primeras palabras del enemigo que amenazaba, un número máximo de hermanos traicionó su fe; y no fue postrado por el ímpetu de la persecución, sino que se postró a sí mismo con una caída voluntaria. ¿Qué, pregunto, había venido inaudito, qué nuevo, para que, como si hubieran surgido cosas desconocidas e inesperadas, el sacramento de Cristo fuera disuelto con temeridad precipitada? ¿Acaso no anunciaron esto los Profetas antes y los Apóstoles después? ¿Acaso no predicaron, llenos del Espíritu santo, las presiones de los justos y las injurias siempre de los gentiles? ¿Acaso no dice la Escritura divina, armando siempre nuestra fe y corroborando a los siervos de Dios con voz celestial: Adorarás al Señor tu Dios, y a él solo servirás (Deut. VI, 13; Matth. IV, 10). ¿Acaso, mostrando la ira de la indignación divina y premonizando el miedo al castigo, no dice de nuevo: Adoraron a los que hicieron sus dedos; y el hombre fue curvado y el varón humillado, y no los perdonaré. Y de nuevo Dios habla diciendo: El que sacrifica a los dioses será erradicado, excepto al Señor solo. En el Evangelio también, después, el Señor, maestro en palabras y consumador en hechos, enseñando qué debía hacerse, y haciendo todo lo que había enseñado, ¿acaso no premonizó de antemano todo lo que ahora se hace y se hará? ¿Acaso no estableció de antemano tanto los suplicios eternos para los que niegan como los premios saludables para los que confiesan?
9
VIII.
9
A algunos, ¡oh impiedad!, se les olvidó todo y se les borró de la memoria. No esperaron al menos a ser apresados para subir, a ser interrogados para negar. Muchos fueron vencidos antes de la batalla, postrados sin lucha; ni siquiera se dejaron esto, que parecieran sacrificar a los ídolos contra su voluntad. Correr voluntariamente al foro, apresurarse por propia voluntad a la muerte, como si desearan esto desde hace tiempo, como si abrazaran la ocasión dada que siempre habían deseado. ¿Cuántos fueron diferidos allí por los magistrados al caer la tarde? ¿Cuántos, para que no se difiriera su muerte, incluso lo rogaron? ¿Qué violencia puede alegar tal persona, con la cual purgue su crimen, cuando él mismo hizo más violencia para perecer? ¿Acaso, cuando se vino voluntariamente al Capitolio, cuando se accedió voluntariamente al obsequio del funesto crimen, no vaciló el paso, se nubló la vista, temblaron las entrañas, cayeron los brazos? ¿Acaso el sentido no se aturdió, la lengua se trabó, el discurso falló? ¿Pudo estar allí el siervo de Dios, y hablar y renunciar a Cristo, quien ya había renunciado al diablo y al siglo? ¿Acaso aquel altar al que se acercó para morir no fue una pira para él? ¿Acaso no debía horrorizarse y huir del altar del diablo, que había visto humear y oler con fétido hedor, como si fuera el funeral y la tumba de su propia vida? ¿Qué ofrenda, miserable, qué víctima impones para inmolar contigo? Tú mismo viniste a la ara como ofrenda, tú mismo como víctima; inmolaste allí tu salvación, tu esperanza, tu fe, las quemaste en aquellos fuegos funestos.
10
IX.
10
Y para muchos no fue suficiente su propia perdición. El pueblo fue impulsado a la ruina con exhortaciones mutuas, la muerte fue propinada recíprocamente con un cáliz letal; y, para que no faltara nada al cúmulo del crimen, también los niños, puestos o atraídos por las manos de sus padres, perdieron los pequeños lo que habían conseguido en el primer inicio de su nacimiento. ¿Acaso ellos, cuando llegue el día del juicio, no dirán: Nosotros no hicimos nada malo, ni, abandonada la comida y la bebida del Señor, corrimos voluntariamente a los contagios profanos. Nos perdió la perfidia ajena, sentimos a nuestros padres como parricidas. Ellos nos negaron a la Iglesia como madre, ellos a Dios como padre; para que, mientras, pequeños e improvidentes y desconocedores de tan gran crimen, somos unidos por otros al consorcio de los crímenes, fuéramos capturados por el fraude ajeno.
11
X.
11
Ni hay, ¡oh dolor!, alguna causa justa y grave que excuse tan gran crimen. Había que abandonar la patria y hacer la pérdida del patrimonio. Pues, ¿a quién, al nacer y al morir, no se le debe abandonar alguna vez la patria y hacer la pérdida de su patrimonio? Que no se abandone a Cristo, que se tema la pérdida de la salvación y de la sede eterna. He aquí que el Espíritu santo clama por el profeta: Apartaos, apartaos, salid de allí, y no toquéis lo inmundo. Salid de en medio de ella, separaos, los que lleváis los vasos del Señor. ¡Y los que son vasos del Señor y templo de Dios, para no ser obligados a tocar lo inmundo y a ser contaminados y violados por comidas feroces, no salen de en medio ni se retiran! En otro lugar también se escucha una voz desde el cielo, premonizando lo que conviene que hagan los siervos de Dios diciendo: Sal de ella, pueblo mío, para que no seas partícipe de sus delitos y para que no seas alcanzado por sus plagas. Quien sale y se retira, no se hace partícipe del delito; pero es alcanzado por las plagas quien es hallado socio del crimen. Y por eso el Señor mandó retirarse y huir en la persecución, y, para que eso se hiciera, tanto lo enseñó como lo hizo. Pues, como la corona desciende de la dignación de Dios, y no puede ser recibida si no ha llegado la hora de tomarla, quienquiera que, permaneciendo en Cristo, se retira mientras tanto, no niega la fe, sino que espera el tiempo: pero quien cayó al no retirarse, permaneció para negar.
12
XI.
12
No debe disimularse, hermanos queridísimos, la verdad, ni debe callarse la materia y causa de nuestra herida. El amor ciego a su patrimonio engañó a muchos, ni pudieron estar preparados o expeditos para retirarse aquellos a quienes sus facultades ataron como grilletes. Aquellos fueron los vínculos para los que permanecían, aquellas las cadenas con las que tanto la virtud fue retardada, como la fe oprimida, y la mente atada, y el alma excluida, para que fueran presa y comida para la serpiente que devora la tierra, según la sentencia de Dios, los que se adherían a las cosas terrestres. Y por eso el Señor, maestro de los bienes y premonizando para el futuro: Si quieres, dice, ser perfecto, ve, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; y ven, sígueme. Si los ricos hicieran esto, no perecerían por sus riquezas; depositando el tesoro en el cielo, no tendrían ahora al enemigo y expugnador doméstico. El corazón, el ánimo y el sentido estarían en el cielo, si el tesoro estuviera en el cielo: ni podría ser vencido por el siglo quien no tuviera en el siglo de dónde ser vencido. Seguiría al Señor suelto y libre, como hicieron a menudo los Apóstoles y muchos bajo los Apóstoles y algunos, que, abandonando sus cosas y sus padres, se adhirieron a Cristo con vínculos indivisibles.
13
XII.
13
Pero, ¿cómo pueden seguir a Cristo los que están detenidos por el vínculo del patrimonio? ¿O cómo buscan el cielo, y ascienden a lo sublime y alto los que están gravados por codicias terrenas? Creen poseer los que más bien son poseídos, siervos de su censo, ni dueños de su dinero, sino más bien mancipados al dinero. Este tiempo, estos hombres señala el Apóstol diciendo: Los que quieren hacerse ricos, caen en tentación y en lazo y en deseos muchos inútiles y nocivos, que hunden al hombre en la perdición y en la ruina. Pues la raíz de todos los males es la codicia, la cual algunos codiciando se extraviaron de la fe y se insertaron en muchos dolores. Pero, ¿con qué premios nos invita el Señor al desprecio de la cosa familiar? ¿Con qué recompensas compensa estas pequeñas y exiguas pérdidas de este tiempo? No hay nadie, dice, que deje casa o campo, o padres o hermanos, o mujer o hijos, por el reino de Dios, y no reciba siete veces tanto en este tiempo, y en el siglo venidero la vida eterna. Conocidas estas cosas y comprobadas sobre la verdad del Señor que promete, no solo no debe temerse tal pérdida, sino que debe desearse, predicando y advirtiendo de nuevo el mismo Señor: Bienaventurados seréis cuando os persiguieren, y os separaren y os expulsaren, y maldijeren vuestro nombre como malvado por el Hijo del hombre. Alegraos en aquel día y exultad; he aquí que vuestra recompensa es mucha en los cielos.
14
XIII.
14
Pero después habían venido los tormentos, y graves cruciatos amenazaban a los que se resistían. ¿Puede quejarse de los tormentos quien fue vencido por los tormentos? ¿Puede alegar la excusa del dolor quien fue vencido en el dolor? Puede tal persona rogar y decir: «Ciertamente quise luchar valientemente, y, recordando mi sacramento, tomé las armas de la devoción y de la fe; pero en la lucha me vencieron varios cruciatos y largos suplicios. La mente permaneció estable y la fe fuerte, y el alma luchó largo tiempo inmóvil contra las penas que atormentaban: pero, cuando, recrudeciendo la crueldad del durísimo juez, ya fatigado, unas veces los azotes desgarraban, otras los garrotes contundían, otras el potro extendía, otras la garra excavaba, otras la llama quemaba, la carne me abandonó en la lucha, la debilidad de las entrañas cedió, ni el ánimo sino el cuerpo desfalleció en el dolor.» Tal causa puede progresar pronto hacia el perdón. Tal excusa puede ser miserable. Así perdonó el Señor alguna vez a Casto y a Emilio; así, vencidos en la primera lucha, los devolvió vencedores en la segunda batalla, para que fueran más fuertes contra los fuegos los que antes habían cedido ante los fuegos, y de donde habían sido vencidos, de allí vencieran. Aquellos suplicaban no con la misericordia de las lágrimas sino de las heridas, ni solo con voz lamentable, sino con la laceración del cuerpo y el dolor. Manaba sangre en lugar de llanto, y en lugar de lágrimas fluía cruor de las entrañas semiustuladas.
15
XIV.
15
Ahora, en verdad, ¿qué heridas pueden mostrar los vencidos, qué llagas de las entrañas abiertas, qué tormentos de los miembros, donde no cayó la fe luchando, sino que la perfidia se adelantó a la lucha? Ni la necesidad del crimen excusa al oprimido donde el crimen es de la voluntad. Ni digo esto para cargar las causas de los hermanos, sino para instigar más a los hermanos a la oración de satisfacción: pues, como está escrito: Los que os llaman felices, os envían al error, y turban las sendas de vuestros pies, quien palpa al que peca con halagos aduladores, suministra el incentivo para pecar; ni reprime los delitos, sino que los nutre. Pero quien redarguye al hermano con consejos más fuertes y al mismo tiempo lo instruye, lo promueve a la salvación. A los que amo, dice el Señor, redarguyo y castigo. Así conviene también al sacerdote de Dios no engañar con obsequios engañosos, sino proveer con remedios saludables. Es un médico inexperto el que toca con mano indulgente los senos hinchados de las heridas, y mientras guarda el virus incluido en los profundos recesos de las entrañas, lo exagera. La herida debe ser abierta y cortada, y, amputadas las putrefacciones, curada con un remedio más fuerte. Aunque el enfermo impaciente grite y clame y se queje por el dolor, dará gracias después cuando sienta la salud.
16
XV.
16
Pues ha surgido, hermanos queridísimos, un nuevo género de calamidad; y, como si la tempestad de la persecución hubiera enfurecido poco, se añadió al cúmulo, bajo el título de misericordia, un mal engañoso y una perdición blanda. Contra el vigor del Evangelio, contra la ley del Señor y de Dios, por la temeridad de algunos se relaja la comunión a los incautos, una paz irrita y falsa, peligrosa para los que la dan y que no aprovechará en nada a los que la reciben. No buscan la paciencia de la salud, ni la verdadera medicina de la satisfacción. La penitencia ha sido sacudida de los pechos, la memoria del gravísimo y extremo delito ha sido eliminada. Se cubren las heridas de los que mueren, y la llaga letal, clavada en las altas y profundas entrañas, se oculta disimulando el dolor. Volviendo de los altares del diablo, se acercan al santo del Señor con manos sucias e infectadas por el hedor. Casi eructando todavía las comidas mortíferas de los ídolos, con las fauces exhalando todavía su maldad y oliendo a contagios funestos, invaden el cuerpo del Señor, cuando la Escritura divina sale al encuentro, y clama y dice: Todo el que esté limpio comerá carne, y cualquier alma que haya comido de la carne del sacrificio saludable que es del Señor, y su inmundicia esté sobre él, perecerá esa alma de su pueblo. El Apóstol también testifica y dice: No podéis beber el cáliz del Señor y el cáliz de los demonios, no podéis comulgar de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios. El mismo amenaza y denuncia a los contumaces y pervicaces diciendo: Quienquiera que comiere el pan o bebiere el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor.
17
XVI.
17
Despreciadas todas estas cosas y menospreciadas, antes de haber expiado los delitos, antes de haber hecho la exomologesis del crimen, antes de haber purgado la conciencia con el sacrificio y la mano del sacerdote, antes de haber aplacado la ofensa del Señor indignado y que amenaza, se infiere violencia a su cuerpo y a su sangre, y delinquen ahora más contra el Señor con las manos y la boca, que cuando negaron al Señor. Piensan que es paz lo que algunos venden con palabras falaces. No es paz aquella, sino guerra; ni se une a la Iglesia quien se separa del Evangelio. ¿Por qué llaman beneficio a la injuria? ¿Por qué llaman impiedad con el nombre de piedad? ¿Por qué se simulan comulgar a aquellos que deben llorar continuamente y rogar a su Señor, interceptada la lamentación de la penitencia? Son para tales lapsos lo que el granizo para los frutos, lo que el astro turbio para los árboles, lo que la pestilente devastación para los rebaños, lo que la tempestad salvaje para los navíos. Quitan el consuelo de la esperanza eterna, derriban el árbol desde la raíz, serpentean con discurso morboso hacia el contagio letal, estrellan la nave contra los escollos para que no llegue al puerto. Esta facilidad no concede la paz sino que la quita, ni otorga la comunión, sino que impide la salvación. Esta es otra persecución y otra tentación, por la cual el enemigo sutil se enfurece con una devastación oculta para impugnar a los que todavía son lapsos, para que la lamentación cese, para que el dolor calle, para que la memoria del delito se desvanezca, para que se comprima el gemido de los pechos, se detenga el llanto de los ojos, y no suplique al Señor, gravemente ofendido, con una larga y plena penitencia, cuando está escrito: Recuerda de dónde has caído, y haz penitencia.
18
XVII.
18
Nadie se engañe, nadie se decepcione. Solo el Señor puede compadecerse. Solo él puede otorgar el perdón a los pecados que han sido cometidos contra él, quien llevó nuestros pecados, quien sufrió por nosotros, a quien Dios entregó por nuestros pecados. El hombre no puede ser mayor que Dios; ni el siervo puede remitir o donar con su indulgencia lo que ha sido cometido con un delito más grave contra el Señor, para que al lapso no se le añada también esto al crimen si no sabe que está predicho: Maldito el hombre que tiene esperanza en el hombre. Debe rogarse al Señor, debe aplacarse al Señor con nuestra satisfacción, quien dijo que negaría al que lo niega, quien solo recibió todo juicio del Padre. Creemos ciertamente que los méritos de los mártires y las obras de los justos pueden mucho ante el juez, pero cuando llegue el día del juicio, cuando, tras el ocaso de este siglo y del mundo, el pueblo de Dios esté ante el tribunal de Cristo.
19
XVIII.
19
Por lo demás, si alguien, temerario con una precipitación apresurada, piensa que puede dar la remisión de los pecados a todos, o se atreve a rescindir los preceptos del Señor, no solo no aprovecha nada sino que daña a los lapsos. Es haber provocado la ira, no haber guardado la sentencia, ni pensar que primero debe suplicarse la misericordia de Dios, sino, despreciado el Señor, presumir de su propia facultad. Bajo el altar de Dios las almas de los mártires muertos claman con gran voz diciendo: ¿Hasta cuándo, Señor, santo y verdadero, no juzgas y vengas nuestra sangre de los que habitan en la tierra? Y se les ordena todavía descansar y tener paciencia. ¿Y alguien piensa que alguien puede hacerse bueno remitiendo y donando pecados por todas partes queriendo ir contra el juez, o que antes de ser vengado él mismo puede defender a otros? Los mártires mandan que se haga algo; pero si es justo, si es lícito, si no debe hacerse por el sacerdote de Dios contra el mismo Señor, si la aquiescencia del que obedece es fácil y pronta, si la moderación del que pide ha sido religiosa. Los mártires mandan que se haga algo; pero, si lo que mandan no está escrito en la ley del Señor, antes es que sepamos que ellos han obtenido de Dios lo que piden, entonces hacer lo que mandan. Pues no puede verse inmediatamente como concedido por la majestad divina lo que ha sido prometido por una pollicitación humana.
20
XIX.
20
Pues también Moisés pidió por los pecados del pueblo, y sin embargo no recibió el perdón para los que pecaban cuando lo pidió: Ruego, dijo, Señor, este pueblo ha cometido un gran delito, y se han hecho dioses de oro; y ahora, si perdonas sus pecados, perdónalos; si no, bórrame del libro que escribiste. Y dijo el Señor a Moisés: Si alguien ha pecado ante mí, lo borraré de mi libro. Aquel amigo de Dios, aquel que habló a menudo cara a cara con el Señor, no pudo obtener lo que pidió, ni aplacó con su súplica la ofensa de Dios indignado. Dios alaba y predica a Jeremías diciendo: Antes de formarte en el vientre te conocí, y antes de que salieras del vientre te santifiqué, y te puse como profeta entre las gentes. Y al mismo que suplicaba y oraba frecuentemente por los pecados del pueblo, le dijo: No ores por este pueblo, y no pidas por ellos en súplica y oración, porque no escucharé en el tiempo en que me invoquen, en el tiempo de su aflicción. ¿Pero qué hay más justo que Noé, quien cuando la tierra estaba llena de pecados, fue hallado solo justo en la tierra? ¿Qué más glorioso que Daniel? ¿Qué más robusto en la firmeza de la fe para hacer martirios, más feliz en la dignación de Dios, que tantas veces venció cuando luchaba, y sobrevivió cuando vencía? ¿Qué Job más pronto en las obras, más fuerte en las tentaciones, más paciente en el dolor, más sumiso en el temor, más verdadero en la fe? Sin embargo, Dios dijo que no concedería, aunque estos rogaran. Cuando el profeta Ezequiel suplicaba por el delito del pueblo, dijo: La tierra, cualquier tierra que haya pecado contra mí para delinquir un delito, extenderé mi mano sobre ella, y quebrantaré el sustento del pan e enviaré sobre ella hambre, y quitaré de ella al hombre y a las bestias. Aunque estuvieran estos tres varones en medio de ella, Noé, Daniel y Job, no librarán a sus hijos ni a sus hijas, ellos solos serán salvos. Hasta tal punto no todo lo que se pide está en el prejuicio del que pide sino en el arbitrio del que da; ni la sentencia humana usurpa y se venga nada, si no asiente también la censura divina.
21
XX.
21
En el Evangelio el Señor habla diciendo: Quien me haya confesado ante los hombres, también yo lo confesaré ante mi Padre que está en los cielos. Pero quien me haya negado, también yo lo negaré. Si no niega al que niega, tampoco confiesa al que confiesa. El Evangelio no puede consistir en parte y vacilar en parte: o es necesario que ambos valgan, o que ambos pierdan la fuerza de la verdad: si los que niegan no serán reos del crimen, tampoco los que confiesan recibirán el premio de la virtud. Por lo demás, si la fe que venció es coronada, es necesario que la perfidia vencida sea castigada. Así, los mártires, o no pueden nada si el Evangelio puede ser disuelto, o si el Evangelio no puede ser disuelto, no pueden hacer contra el Evangelio los que se hacen mártires del Evangelio. Nadie, hermanos queridísimos, nadie infame la dignidad de los mártires, nadie destruya sus glorias y coronas. Permanece incólume el vigor de la fe incorrupta; ni puede decir o hacer algo contra Cristo quien tiene toda su esperanza, fe, virtud y gloria en Cristo. No pueden ser autores de que se haga por los obispos contra el mandato de Dios quienes ellos mismos hicieron los mandatos de Dios. ¿Acaso alguien es mayor que Dios o más clemente que la bondad divina, que quiera que sea como no hecho lo que Dios permitió que sucediera, o que piense que podemos ser salvados por su ayuda como si Dios tuviera menos potestad para proteger a su Iglesia?
22
XXI.
22
A no ser que estas cosas hayan sucedido sin que Dios lo supiera, o que todas estas cosas hayan venido sin que él lo permitiera, cuando la Escritura divina enseña a los indóciles y amonesta a los olvidadizos, la cual habla diciendo: ¿Quién entregó a Jacob a la rapiña y a Israel a los que lo saqueaban? ¿No fue Dios, contra quien pecaron? Y no quisieron caminar en sus caminos ni escuchar su ley: y sobrellevó sobre ellos la ira de su animación. Y en otro lugar testifica y dice: ¿Acaso no vale la mano de Dios para salvar, o ha gravado el oído para no escuchar? Pero vuestros pecados separan entre vosotros y Dios, y por vuestros delitos aparta el rostro de vosotros para no compadecerse. Reputemos más bien nuestros delitos, revolviendo nuestros actos y los secretos del ánimo, ponderemos los méritos de la conciencia. Que vuelva a nuestro corazón que no hemos caminado en los caminos del Señor y que hemos rechazado la ley de Dios, que nunca hemos querido observar sus preceptos y sus amonestaciones saludables.
23
XXII.
23
¿Qué bien puedes sentir de él, qué temor crees que hubo en él, qué fe crees que tuvo quien ni el miedo pudo corregir, a quien la persecución misma no reformó? La cerviz alta y erguida no se ha flexionado ni porque cayó. El ánimo hinchado y soberbio no se ha roto ni porque fue vencido. Yaciendo, se maravilla de los que están en pie e íntegros, herido; y porque no recibe inmediatamente el cuerpo del Señor con manos manchadas, o bebe la sangre del Señor con boca contaminada, el sacrílego se irrita contra los sacerdotes. Y, ¡oh tu demasiada, furioso, demencia! Te irritas contra quien se esfuerza por apartar de ti la ira de Dios; amenazas a quien suplica por ti la misericordia del Señor, quien siente tu herida que tú mismo no sientes, quien derrama lágrimas por ti, que quizás tú mismo no derramas. Sigues cargando y acumulando el crimen; y siendo tú mismo implacable con los antístites y sacerdotes de Dios, ¿piensas que el Señor puede ser aplacado respecto a ti?
24
XXIII.
24
Aceptad más bien y admitid lo que decimos. ¿Por qué los oídos sordos no escuchan los preceptos saludables que advertimos? ¿Por qué los ojos ciegos no ven el camino de la penitencia que mostramos? ¿Por qué la mente golpeada y alienada no percibe los remedios vitales que aprendemos y enseñamos de las Escrituras celestiales? O si para algunos incrédulos es menor la fe en las cosas futuras, que se sientan al menos intimidados por las presentes. He aquí los suplicios de aquellos que negaron, ¿qué tristes finales de ellos lamentamos? Ni siquiera aquí pueden estar sin castigo, aunque aún no haya llegado el día del castigo. Algunos son castigados mientras tanto, para que los demás sean corregidos. Los tormentos de unos pocos son ejemplos para todos.
25
XXIV.
25
Uno de estos que subió voluntariamente al Capitolio para negar, enmudeció después de haber negado a Cristo. El castigo comenzó allí donde comenzó también el crimen; de modo que ya no podía rogar quien no tenía palabras para la misericordia de las súplicas. Otra, establecida en los baños (pues esto le faltaba a su crimen y a sus males, que se dirigiera inmediatamente a los baños habiendo perdido la gracia del lavatorio vital), allí, presa de un espíritu inmundo, desgarró con los dientes la lengua con la que había comido impíamente o hablado. Después de haber tomado el alimento sacrílego, la rabia de su boca se armó para su propia perdición. Ella misma fue su propia verdugo, y no pudo sobrevivir mucho tiempo después: atormentada por dolores de vientre y de entrañas, desfalleció.
26
XXV.
26
Recibid, estando yo presente y siendo testigo, lo que sucedió. Unos padres que huían por azar, mientras consultaban poco por estar aterrorizados, dejaron a su pequeña hija bajo el cuidado de una nodriza; la nodriza, al ser abandonada, la llevó ante los magistrados. Ellos, ante el ídolo donde el pueblo confluía, le dieron pan mezclado con vino, lo cual sobraba de la inmolación de los que perecían, puesto que por su edad aún no podía comer carne. La madre recibió a la hija después. Pero la niña no pudo hablar ni indicar el crimen cometido, como tampoco pudo entenderlo antes ni evitarlo. Por ignorancia, pues, ocurrió que la madre la llevara consigo mientras nosotros sacrificábamos. Pero la niña, mezclada con los santos, impaciente ante nuestra plegaria y oración, comenzó a ser sacudida ahora por el llanto, ahora a ser agitada fluctuante por el ardor de su mente, y como si un verdugo la obligara, el alma ruda, en sus años aún simples, confesaba con los indicios que podía la conciencia del hecho. Pero cuando, cumplidos los ritos solemnes, el diácono comenzó a ofrecer el cáliz a los presentes, y al llegar su turno entre los demás, la pequeña, por instinto de la majestad divina, apartó su rostro, apretó su boca cerrando los labios, y rechazó el cáliz. Sin embargo, el diácono insistió y, aunque ella se resistía, le infundió del sacramento del cáliz. Entonces sigue el sollozo y el vómito. La Eucaristía no pudo permanecer en el cuerpo y la boca violados. La bebida santificada en la sangre del Señor brotó de las entrañas contaminadas. ¡Tanta es la potestad del Señor, tanta su majestad! Los secretos de las tinieblas fueron detectados bajo su luz, y ni siquiera los crímenes ocultos engañaron al sacerdote de Dios.
27
XXVI.
27
Esto respecto a la infante que aún no tenía edad para expresar el crimen ajeno que pesaba sobre ella. Pero aquella que, de edad avanzada y constituida en años más adultos, se deslizó ocultamente mientras nosotros sacrificábamos, tomándose para sí no alimento sino una espada, y admitiendo dentro de sus fauces y pecho como ciertos venenos letales, comenzó después a ser angustiada y a ser oprimida por el alma que hervía. Y habiendo sufrido la presión no ya de la persecución, sino de su propio delito, cayó palpitando y temblando. No quedó impune por mucho tiempo ni oculto el crimen de la conciencia disimulada. La que había engañado al hombre, sintió a Dios como vengador. Y cuando cierta mujer intentó abrir con manos indignas su arca, en la que estaba lo santo del Señor, fue aterrorizada por el fuego que surgió de allí para que no se atreviera a tocarlo. Y ciertamente otro, porque él mismo, manchado por el sacrificio, se atrevió a recibir ocultamente una parte con los demás celebrada por el sacerdote, no pudo comer ni tocar lo santo del Señor, y encontró que llevaba ceniza en sus manos abiertas. Por el documento de uno se mostró que el Señor se retira cuando es negado, y que no aprovecha para la salvación lo que se toma por los que no lo merecen, cuando la gracia saludable se transforma en ceniza al huir la santidad. ¡Cuántos, no haciendo penitencia diariamente, ni confesando la conciencia de su delito, son llenados por espíritus inmundos, cuántos, privados de sentido hasta la locura de la mente, son sacudidos por el furor de la demencia! Y no es necesario ir por los finales de cada uno, cuando por las multiformes ruinas del orbe el castigo de los delitos es tan variado como numerosa la multitud de los delincuentes. Que cada uno considere, no lo que otro ha sufrido, sino lo que él mismo merece sufrir. Y que no crea haber escapado si el castigo lo ha diferido mientras tanto, pues debe temer más lo que la ira del juez Dios le ha reservado.
28
XXVII.
28
Ni se engañen a sí mismos para no hacer penitencia aquellos que, aunque no contaminaron sus manos con nefandos sacrificios, sin embargo, contaminaron su conciencia con libelos. Y aquella profesión del que niega es una contestación del cristiano que reniega de lo que había sido. Dijo haber hecho lo que otro cometió al hacerlo. Y como está escrito: No podéis servir a dos señores, sirvió al señor secular quien obedeció su edicto; obedeció más al imperio humano que a Dios. Habrá visto él si publicó ante los hombres con menor deshonor o crimen lo que admitió. Sin embargo, no podrá huir ni evitar a Dios como juez, cuando dice el Espíritu Santo en los Salmos: Tus ojos vieron mi imperfección, y en tu libro todos serán escritos. Y de nuevo: El hombre ve la apariencia, pero Dios ve el corazón. El mismo Señor también advierte y previene diciendo: Y sabrán todas las iglesias que yo soy el escrutador de los riñones y del corazón. Él observa lo oculto, y considera los secretos y lo escondido. Ni puede alguien escapar a los ojos de Dios que dice: ¿Soy yo Dios que se acerca, y no Dios desde lejos? Si el hombre se escondiere en lugares ocultos, ¿acaso no lo veré yo? ¿No lleno yo el cielo y la tierra? Él ve los corazones y los pechos de cada uno, y va a juzgar, no solo sobre los hechos, sino también sobre nuestras palabras y pensamientos, y contempla las mentes y voluntades de todos concebidas en los mismos escondrijos del pecho aún cerrado.
29
XXVIII.
29
Finalmente, cuán mayores en fe y mejores en temor son aquellos que, aunque no constreñidos por ningún crimen de sacrificio o libelo, puesto que sin embargo pensaron en esto, confesándolo dolorosa y simplemente ante los sacerdotes de Dios, hacen exomologesis de su conciencia, exponen el peso de su ánimo, buscan el remedio saludable aunque sea para heridas pequeñas y módicas, sabiendo que está escrito: Dios no es burlado. Dios no puede ser burlado ni circunvenido, ni engañado por astucia alguna que falle. Más aún, delinque quien, pensando en Dios según el hombre, cree escapar al castigo del crimen si no admitió el crimen públicamente. Cristo dice en sus preceptos: Quien se haya avergonzado de mí, el hijo del hombre se avergonzará de él. ¿Y se cree cristiano quien se avergüenza o teme ser cristiano? ¿Cómo puede estar con Cristo quien se avergüenza o teme pertenecer a Cristo? Claramente habrá pecado menos al no ver los ídolos, ni profanar la santidad de la fe bajo los ojos del pueblo que rodea e insulta, no contaminando sus manos con sacrificios funestos, ni manchando su boca con alimentos criminales. Esto aprovecha para que sea menor la culpa, no para que la conciencia sea inocente. Puede llegar más fácilmente al perdón del crimen. Sin embargo, no está inmune del crimen. Y que no cese en hacer penitencia y en suplicar la misericordia del Señor, para que lo que parece ser menos en la cualidad del delito, no se acumule en la satisfacción descuidada.
30
XXIX.
30
Confiesen cada uno, os ruego, hermanos dilectísimos, su delito, mientras aún el que delinquió está en el siglo, mientras su confesión puede ser admitida, mientras la satisfacción y la remisión hecha por los sacerdotes es grata ante el Señor. Convirtámonos al Señor con toda la mente; y, expresando la penitencia del crimen con verdaderos dolores, supliquemos la misericordia de Dios. Que el alma se postre ante Él, que la tristeza le satisfaga, que toda esperanza descanse en Él. Él mismo dice cómo debemos rogar: Volveos, dice, a mí de todo vuestro corazón, y juntamente con ayuno y llanto y lamento; y rasgad vuestros corazones, y no vuestras vestiduras (Joel II, 12). Volvamos al Señor de todo corazón. Aplaquemos su ira y ofensa con ayunos, llantos, lamentos, como Él mismo advierte.
31
XXX.
31
¿Pensamos que lamenta de todo corazón, que suplica al Señor con ayunos, llantos y lamentos, quien desde el primer día del crimen celebra diariamente baños con mujeres, quien, alimentado con banquetes abundantes y distendido por una gordura más amplia, eructa sus indigestiones al día siguiente, y no comunica sus comidas y bebidas con la necesidad de los pobres? ¿Quién camina alegre y feliz, cómo llora su propia muerte? Y como está escrito: No corromperéis la figura de vuestra barba, ¿se arranca la barba y se acicala el rostro? ¿Y se esfuerza ahora en agradar a alguien quien desagrada a Dios? ¿O gime y llora aquella a quien le sobra tiempo para ponerse el adorno de una vestidura preciosa y no pensar en la vestidura de Cristo que perdió, recibir preciosos ornamentos y collares elaborados, y no llorar las pérdidas del adorno divino y celestial? Tú, aunque te pongas indumentarias extranjeras y vestiduras de seda, estás desnuda. Aunque te adornes con oro y perlas y gemas, sin el decoro de Cristo eres deforme. Y tú que tiñes tus cabellos, deja ya de hacerlo en medio de los dolores; y tú que pintas los delineamientos de tus ojos con el trazo de polvo negro, lava ya tus ojos con lágrimas. Si hubieras perdido a alguien querido de los tuyos por el final de la mortalidad, gemirías dolorosamente y llorarías, con el rostro inculto, la vestidura cambiada, el cabello descuidado, el semblante nublado, con la boca abatida mostrarías indicios de pesar. Has perdido tu alma, miserable, muerta espiritualmente, comenzaste a sobrevivir aquí para ti misma y, caminando, a llevar tu propio funeral; ¡y no lloras agudamente, no gimes continuamente, no te escondes ni por la vergüenza del crimen ni por la continuación de la lamentación! He aquí heridas de pecado aún peores, he aquí delitos mayores, haber pecado y no satisfacer, haber delinquido y no llorar los delitos.
32
XXXI.
32
Ananías, Azarías, Misael, ilustres y nobles jóvenes, no descansaron en hacer exomologesis a Dios ni siquiera entre las llamas y los incendios del horno que hervía. Aunque bien conscientes de sí mismos y habiendo merecido a menudo al Señor con el obsequio de la fe y el temor, sin embargo, no dejaron de mantener la humildad y satisfacer al Señor ni siquiera entre los mismos gloriosos martirios de sus virtudes. Habla la Escritura divina: De pie, dice, Azarías oró, y abrió su boca, y hacía exomologesis a Dios juntamente con sus compañeros en medio del fuego. Daniel también, después de la múltiple gracia de su fe e inocencia, después de la dignación del Señor repetida a menudo respecto a sus virtudes y alabanzas, se esfuerza aún en merecer a Dios con ayunos, se revuelca en saco y ceniza, haciendo exomologesis dolorosamente y diciendo: Señor Dios grande y fuerte y temible, que guardas tu testamento y misericordias para los que te aman y conservan tus mandatos; hemos pecado, hemos admitido un crimen, hemos sido impíos, hemos transgredido, y hemos abandonado tus preceptos y tus juicios; no hemos escuchado las palabras de tus siervos los Profetas que hablaron en tu nombre sobre nuestros reyes y todas las gentes y sobre toda la tierra. Para ti, Señor, la justicia, pero para nosotros la confusión.
33
XXXII.
33
¡Esto hicieron los mansos, esto los simples, esto los inocentes al merecer la majestad de Dios; y ahora rehúsan satisfacer y rogar al Señor quienes negaron al Señor! Os ruego, hermanos, acceded a los remedios saludables, obedeced a los consejos mejores; con nuestras lágrimas juntad vuestras lágrimas, con nuestro gemido copulad vuestros gemidos. Os rogamos, para que podamos rogar a Dios por vosotros. Volvemos las mismas súplicas primero hacia vosotros, con las cuales oramos a Dios por vosotros para que se apiade. Haced penitencia plena, probad la tristeza de un ánimo que duele y se lamenta.
34
XXXIII.
34
Ni os mueva el error imprudente o el estupor vano de algunos, quienes, al estar retenidos en un crimen tan grave, fueron golpeados por la ceguera del ánimo, de modo que ni entienden los delitos ni los lloran. Esta es una plaga mayor del Dios que se indigna, como está escrito: Y les dio Dios espíritu de compunción. Y de nuevo: No recibieron el amor de la verdad para ser salvos; y por eso Dios les enviará la operación del error, para que crean a la mentira, para que sean juzgados todos los que no creyeron a la verdad, sino que se complacen en la injusticia. Complaciéndose injustamente y dementes por la alienación de una mente compungida, desprecian los preceptos del Señor, descuidan el remedio de la herida, no quieren hacer penitencia. Imprudentes antes del crimen admitido, obstinados después del crimen, ni estables antes, ni suplicantes después. Cuando debían estar de pie, yacieron; cuando deben yacer y postrarse ante Dios, opinan que están de pie. Se tomaron la paz por sí mismos sin que nadie se la diera. Seducidos por una falsa promesa y unidos a apóstatas y pérfidos, aceptan el error por la verdad. Consideran válida la comunicación de los que no comunican; creen a los hombres contra Dios, quienes no creyeron a Dios contra los hombres.
35
XXXIV.
35
Huid de hombres de este tipo tanto como podáis, evitad con saludable precaución a los que se adhieren a contactos perniciosos. Su discurso se extiende como el cáncer, su coloquio se transmite como contagio, la persuasión dañina y venenosa mata peor que la misma persecución. Allí sobrevive la penitencia que satisfaga; pero los que quitan la penitencia del crimen, cierran el camino de la satisfacción. Así sucede que, mientras por la temeridad de algunos se promete o se cree una salvación falsa, se quita la esperanza de la verdadera salvación.
36
XXXV.
36
Vosotros, en cambio, hermanos dilectísimos, cuyo temor hacia Dios es propenso, y aunque el ánimo esté constituido en la ruina, es memorioso de su mal, observad vuestros pecados arrepintiéndoos y doliéndoos, reconoced el gravísimo crimen de la conciencia, abrid los ojos del corazón al entendimiento de vuestro delito, sin desesperar de la misericordia del Señor, pero sin reclamar ya el perdón. Dios, en cuanto a la piedad de padre, es siempre indulgente y bueno; en cuanto a la majestad de juez, es temible. Cuán grandes cosas delinquimos, tan grandemente lloremos. Que no falte una medicina diligente y larga para una herida profunda. Que la penitencia no sea menor que el crimen. ¿Piensas acaso que el Señor puede ser aplacado rápidamente, a quien negaste con palabras pérfidas, a quien preferiste anteponer el patrimonio, cuyo templo violaste con contagio sacrílego? ¿Piensas que fácilmente se apiada de ti, a quien dijiste que no era tuyo? Es necesario orar más intensamente y rogar, pasar el día en duelo, llevar las noches en vigilias y llantos, ocupar todo el tiempo en lamentaciones lacrimosas, estar postrados en el suelo, revolcarse en ceniza y cilicio y suciedad, después de haber perdido la vestidura de Cristo no querer ya ninguna otra, después del alimento del diablo preferir el ayuno, aplicarse a obras justas, con las cuales se purgan los pecados, insistir frecuentemente en limosnas, con las cuales se liberan de la muerte del alma. Que Cristo reciba lo que el adversario arrebataba. Ni debe ya tenerse ni amarse el patrimonio, por el cual uno fue engañado y vencido. Cosa que debe evitarse como enemigo, huirse como ladrón, temerse como espada y veneno por los que poseen: solo para esto aprovechará lo que quedó, para que de allí se redima el crimen y la culpa. Que la obra se haga sin vacilación y largamente, que todo el censo se erogue en remedio de la herida, que con nuestras riquezas y facultades se preste al Señor que va a juzgarnos. Así floreció la fe bajo los Apóstoles: así el primer pueblo de los creyentes guardó los mandatos de Cristo. Eran prontos, eran generosos, daban todo para ser distribuido por los Apóstoles, y no redimían tales delitos.
37
XXXVI.
37
Si alguien hiciera la súplica de todo corazón, si gimiera con verdaderas lamentaciones y lágrimas de penitencia, si inclinara al Señor al perdón de su delito con obras justas y continuas, puede apiadarse de tales quien también manifestó su misericordia diciendo: Cuando convertido gimieres, entonces serás salvo, y sabrás dónde has estado. Y de nuevo: No quiero la muerte del que muere, dice el Señor, tanto como que se vuelva y viva. Y el profeta Joel declara la piedad del Señor, advirtiéndolo el mismo Señor: Volveos, dice, al Señor vuestro Dios, porque es misericordioso y piadoso y paciente y de mucha misericordia, y quien flexiona la sentencia contra las maldades impuestas. Él puede dar indulgencia, Él puede desviar su sentencia. Al que hace penitencia, al que obra, al que ruega, puede perdonar clementemente, puede dar por aceptado lo que por tales hayan pedido los mártires y hecho los sacerdotes. O si alguien lo moviera más con sus satisfacciones, si aplacara su ira, si la ofensa del que se indigna con justa deprecación, Él da también armas de nuevo con las cuales se arme el que fue vencido, repara y corrobora las fuerzas con las cuales la fe restaurada se vegete. Repetirá su combate el soldado, repetirá la batalla, provocará al enemigo, y ciertamente hecho más fuerte para la batalla por el dolor. Quien así haya satisfecho a Dios, quien por la penitencia de su hecho, quien por la vergüenza del delito, haya concebido más virtud y fe del mismo dolor de su caída, escuchado y ayudado por el Señor, hará alegre a la Iglesia que recientemente había entristecido; y ya no solo merecerá el perdón de Dios, sino también la corona.