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De spectaculis
Cyprian, SaintSpec 1 · spanish-geminiMore by Cyprian, Saint
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Original / primary: Spanish Gemini
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ARGUMENTO.
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El autor trata primero contra aquellos que intentaban defender los espectáculos públicos de los gentiles con la autoridad de las Escrituras, y aunque en ninguna parte están prohibidos por palabras explícitas de la Escritura, prueba sin embargo que están condenados por el interdicto de la idolatría, dado que no hay género de espectáculo que no esté consagrado a los ídolos. Después, a través de cada género de juegos, prosigue un poco más ampliamente que en la segunda Epístola a Donato sobre cuáles son los peligros al mirar, y especialmente de aquellos a quienes, dice, «se les transmite el magisterio de la obscenidad en simulacros de lujuria». Por último, enumera brevemente los espectáculos dignos de un hombre cristiano, con los cuales debería deleitarse merecidamente. Sin duda, ha imitado el libro de Tertuliano sobre los Espectáculos, que él mismo indica en algún lugar haber escrito tanto en griego como en latín, tan lleno de todo lo que contribuye a este propósito que puede servir como comentario cuando se trata de la diversidad de los espectáculos.
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I.
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CIPRIANO a la plebe que permanece en el Evangelio, salud. Así como me entristece bastante y aflige gravemente mi ánimo cuando no se me presenta ocasión de escribirles, pues es un perjuicio para mí no conversar con ustedes, así nada me devuelve tanta alegría y regocijo como cuando se presenta de nuevo la ocasión. Creo estar con ustedes cuando les hablo a través de las cartas. Aunque, por tanto, sepa que ustedes están seguros de que las cosas que digo son así y no duden en absoluto de la veracidad de mis palabras, sin embargo, el argumento también asegura la sinceridad del asunto. Pues, cuando no se deja pasar ninguna ocasión, se prueba el afecto. Aunque, por tanto, esté seguro de que ustedes no son menos graves en el actuar de la vida que fieles en el sacramento, sin embargo, puesto que no faltan defensores blandos y patronos indulgentes de los vicios que otorgan autoridad a los vicios y, lo que es peor, convierten la censura de las Escrituras celestiales en una defensa de los crímenes, como si el placer de los espectáculos se buscara para el descanso del alma: pues hasta tal punto se ha debilitado el vigor de la disciplina eclesiástica y de tal modo se precipita hacia lo peor por todo el languidecer de los vicios, que ya no se da excusa a los vicios, sino autoridad, me ha parecido bien no instruirlos ahora con pocas palabras, sino amonestarlos ya instruidos, no sea que, porque las heridas están mal vendadas, se rompa la cicatriz de la salud recobrada. Pues ningún mal se extingue más difícilmente que aquel que tiene fáciles retornos, mientras es afirmado por el consenso de la multitud y se halaga con una excusa.
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II.
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No hay vergüenza, no hay vergüenza, digo, en hombres fieles que reclaman para sí la autoridad del nombre cristiano, defender las vanas supersticiones de los gentiles mezcladas con los espectáculos a partir de las Escrituras celestiales y conferir autoridad divina a la idolatría. Pues, ¿cómo es que lo que se hace en honor de algún ídolo por los paganos es frecuentado como espectáculo por los fieles cristianos, y se afirma la idolatría gentil, y se pisotea la religión verdadera y divina en contumelia de Dios? Me invade la vergüenza de referir sus prescripciones y patrocinios en esta causa. ¿Dónde, dicen, están escritas esas cosas, dónde prohibidas? De lo contrario, también Elías es el auriga de Israel, y el mismo David danzó ante el arca. Leemos sobre nablas, cítaras, bronces, tímpanos, flautas, cítaras, coros. El Apóstol también, luchando, propone el certamen del cesto y de nuestra lucha contra las potestades espirituales de maldad. A su vez, cuando toma ejemplos del estadio, también coloca premios de coronas. ¿Por qué, pues, no le ha de ser lícito al hombre cristiano fiel mirar lo que fue lícito escribir en las Letras divinas? En este lugar, no sin razón diría que habría sido mucho mejor para ellos no conocer ninguna Letra que leer las Letras de este modo. Pues las palabras y los ejemplos que fueron puestos para la exhortación de la virtud evangélica son transferidos a la defensa de los vicios; puesto que no fueron escritas para que fueran contempladas, sino para que en nuestros ánimos se excitara una mayor instancia en las cosas provechosas, mientras que tanta es la que hay entre los paganos en las cosas no provechosas.
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III.
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El argumento es, por tanto, para excitar la virtud, no un permiso o libertad para mirar el error gentil, para que por esto el ánimo se encienda más hacia la virtud evangélica debido a los premios divinos, cuando se concede llegar a las ganancias eternas a través de la calamidad de todos los trabajos y dolores. Pues que Elías sea el auriga de Israel no patrocina mirar los juegos del circo: pues en ninguno de ellos corrió él en el circo. Y que David realizara coros en presencia de Dios no ayuda en nada a los fieles cristianos sentados en el teatro: pues no danzó distorsionando sus miembros con movimientos obscenos la fábula de la lujuria griega. Las nablas, cítaras, flautas, tímpanos, cítaras sirvieron al Señor, no a los ídolos. No se prescriba, pues, que se miren cosas ilícitas; por el artífice diablo, de santas han sido cambiadas en ilícitas. Prescriba, pues, a estos la vergüenza, aunque no puedan las santas Letras. Pues la Escritura provee más en algunas cosas al mandar. Habiendo sufrido la vergüenza, prohibió más porque calló. La verdad, si descendiera hasta esto, habría pensado muy mal de sus fieles. Pues también, a menudo, en los preceptos algunas cosas se callan más útilmente: a menudo amonestan mientras se prohíben. Así también se callan mientras están escritas en las Letras, y en lugar de los preceptos habla la severidad, y la razón enseña lo que la Escritura calló. Que cada uno delibere solo consigo mismo, y hable con la persona de su profesión, y nunca hará nada indecoroso. Pues tendrá más peso la conciencia que no se deberá a ningún otro sino a sí misma.
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IV.
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¿Qué ha prohibido la Escritura? Pues ha prohibido mirar lo que prohíbe hacer. Todos, digo, estos géneros de espectáculos condenó cuando eliminó la idolatría, madre de todos los juegos, de donde vinieron estos monstruos de vanidad y ligereza. Pues, ¿qué espectáculo sin ídolo? ¿qué juego sin sacrificio? ¿qué certamen no consagrado a un muerto? ¿Qué hace el fiel cristiano entre estas cosas? Si huye de la idolatría, ¿qué hace quien, siendo ya santo, toma placer de cosas criminales? ¿Por qué aprueba contra Dios las supersticiones que ama mientras las mira? Por lo demás, sepa que todos estos son inventos de los demonios, no de Dios. Impúdicamente exorciza en la Iglesia a los demonios cuyas voluptuosidades alaba en los espectáculos; y cuando, renunciando una vez a él, toda la cosa ha sido rescindida en el Bautismo, mientras va tras Cristo al espectáculo del diablo, renuncia a Cristo como si fuera al diablo. La idolatría, como ya dije, es la madre de todos los juegos; la cual, para que los fieles cristianos vengan a ella, los halaga a través del placer de los ojos y los oídos. Rómulo, para Conso, como si fuera el dios del consejo, consagró primero los juegos circenses por el rapto de las sabinas. Por lo demás, los restantes, cuando el hambre ocupó la Ciudad, fueron adquiridos para distracción del pueblo los juegos escénicos, dedicados después a Ceres y a Líber y a los restantes ídolos y muertos. Aquellos certámenes griegos, ya sea en cantos, o en cítaras, o en voces, o en fuerzas, tienen como presidentes a varios demonios, y cualquier otra cosa que mueva los ojos de los espectadores o deleite los oídos, si se busca con su origen e institución, presenta como causa o un ídolo o un demonio o un muerto. Así el diablo artífice, porque sabía que la idolatría por sí misma desnuda era horrorizada, la mezcló con los espectáculos, para que a través del placer pudiera ser amada.
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V.
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¿Qué necesidad hay de proseguir con más cosas, o de describir los géneros monstruosos de sacrificios en los juegos, entre los cuales a veces también el hombre se convierte en víctima por el latrocinio del sacerdote, mientras la sangre, recogida caliente de la garganta en una pátera espumante, mientras aún hierve, y como si fuera para un ídolo sediento, es arrojada cruelmente a la cara y se ofrece, y entre las voluptuosidades de los espectadores se eroga la muerte de algunos, para que a través del espectáculo sangriento se aprenda a ser cruel, como si fuera poco para el hombre su rabia privada, si no la aprendiera también públicamente? Para castigo del hombre, la fiera rabiosa es nutrida en delicias, para que bajo los ojos de los espectadores se enfurezca más cruelmente. El artífice educa a la bestia, que quizás habría sido más clemente si un maestro más cruel no le hubiera enseñado a ser feroz. Por tanto, para callar lo que la idolatría aprueba más ampliamente, ¡qué vanos son los certámenes mismos, las disputas en los colores, las contiendas en las carreras, los favores en los honores, alegrarse de que un caballo haya sido más veloz, entristecerse de que uno más lento, calcular los años de la bestia, conocer a los cónsules, aprender las edades, designar la prosapia, conmemorar a los abuelos mismos y a los bisabuelos! ¡Qué negocio tan ocioso todo esto, es más, qué torpe e ignominioso, este, digo, calculando de memoria toda la descendencia del género equino y refiriéndola con gran velocidad sin ofensa del espectáculo! Si preguntas por los padres de Cristo, no los sabe, de modo que es más infeliz saberlo. Y si pregunto de nuevo a qué espectáculo no sabe ir, o es más infeliz si lo sabe. Y si pregunto de nuevo por qué camino llegó a algún espectáculo, confesará que a través de lupanares, a través de los cuerpos desnudos de las prostitutas, a través de la lujuria pública, a través del deshonor público, a través de la lascivia vulgar, a través de la contumelia común de todos. A quien, para no objetarle lo que quizás cometió, vio sin embargo lo que no debía ser cometido, y llevó sus ojos al espectáculo de la idolatría a través de la lujuria, atreviéndose a llevar consigo al santo al lupanar, si hubiera podido; quien, apresurándose al espectáculo, despedido del Dominico y llevando aún consigo, como suele, la Eucaristía, este infiel llevó el cuerpo santo de Cristo entre los cuerpos obscenos de las meretrices, mereciendo más condenación por el camino que por el placer del espectáculo.
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VI.
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Pero, para hacer ya una transición de esta inmundicia desvergonzada de la escena, da vergüenza referir lo que se dice, da vergüenza también acusar lo que se hace, las astucias de los argumentos, las falacias de los adúlteros, las impudicias de las mujeres, los chistes escabrosos, los parásitos sórdidos, los mismos padres de familia togados, a veces estúpidos, a veces obscenos, en todo necios, en todo desvergonzados. Y aunque no se perdona a ningún hombre, género o profesión por el discurso de estos malvados, sin embargo, todos se reúnen para el espectáculo. El deshonor común deleita, ver o reconocer los ocios o aprender. Se concurre allí al pudor público del lupanar, al magisterio de la obscenidad, para que nada se haga menos en secreto que lo que se aprende en público; y entre las leyes mismas se enseña todo lo que las leyes prohíben. ¿Qué hace entre estas cosas el fiel cristiano a quien no le es lícito ni pensar en los vicios? ¿por qué se deleita con simulacros de lujuria, para que, depositada la vergüenza en ellos, se vuelva más audaz para los crímenes? Aprende también a hacer mientras se acostumbra a ver. Aquellas, sin embargo, a quienes su infelicidad insertó y postró en la servidumbre, ocultan las lujurias públicas y consuelan su deshonor desde las guaridas. Se avergüenzan de ser vistas incluso aquellas que vendieron su pudor. Pero este monstruo público se realiza ante todos los que ven, y se transita la obscenidad de las prostitutas. Se ha buscado cómo el adulterio podría ser admitido por los ojos. A este deshonor se sobrepone un deshonor digno. Un hombre roto en todos sus miembros, y un varón disuelto más allá de la blandura femenina, cuya arte sea expedir palabras con las manos; y por causa de un no sé quién, ni varón ni mujer, se conmueve toda la ciudad, para que se bailen las fabulosas lujurias de las antigüedades. Así se ama todo lo que no es lícito, de modo que lo que incluso la edad había escondido, se reduzca bajo la memoria de los ojos.
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VII.
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No es suficiente para la lujuria usar sus males presentes, si no hace suyo el espectáculo en el que también una edad superior había errado. No es lícito, digo, estar presentes a los fieles cristianos, no es lícito en absoluto, ni a aquellos a quienes Grecia envía a todas partes, instruidos en sus artes vanas, para el deleite de los oídos. Uno imita los clamores roncos de la trompeta bélica, otro modera los sonidos lúgubres inflando la flauta con el aliento, otro, contendiendo con los coros y con la voz canora del hombre con su propio aliento, que había aspirado esforzándose desde sus entrañas hacia las partes superiores del cuerpo, modula por los agujeros de las flautas; ahora derramado, y ahora cerrado por dentro y emitido al aire según ciertos pasos de los agujeros, ahora rompiendo el sonido en la articulación, se esfuerza por hablar con los dedos, ingrato al artífice que dio la lengua. ¿Qué hablaré de los cuidados cómicos e inútiles? ¿qué de aquellas grandes locuras de la voz trágica? ¿qué de los nervios unidos con el clamor? Estas cosas, aunque no estuvieran dedicadas a simulacros, no deberían ser visitadas ni miradas por los fieles cristianos; puesto que, aunque no tuvieran crimen, tienen en sí una vanidad máxima y poco congruente con los fieles.
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VIII.
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Pues aquella otra demencia de los restantes es una negociación manifiesta para hombres ociosos; y la primera victoria es que el vientre haya podido tener hambre más allá de la medida humana sobre el título de la flagiciosa feria de la voracidad coronada; la cara infeliz se alquila para los golpes de las heridas, para que el vientre más infeliz sea cebado. ¡Qué inmundos además esos combates, un varón yaciendo debajo de otro varón, implicado en abrazos deshonestos y nudos! En tal certamen, que vea o venza, el pudor sin embargo ha sido vencido. He aquí que otro salta desnudo, otro lanza al aire un disco de bronce con las fuerzas contenidas. Esta no es gloria, sino demencia. Finalmente, elimina al espectador, habrás devuelto la vanidad. Deben ser evitados estos espectáculos por los fieles cristianos, como ya hemos dicho frecuentemente, tan vanos, tan perniciosos, tan sacrílegos, de los cuales deberían ser custodiados tanto nuestros ojos como nuestros oídos. Rápidamente nos acostumbramos en esto a lo que oímos, a lo que vemos. Pues, cuando la mente del hombre es llevada a los vicios mismos, ¿qué hará si ha tenido ejemplos de la naturaleza del cuerpo lubricos que cae por sí misma? ¿qué hará si ha sido impulsada? Debe ser apartado, por tanto, el ánimo de estas cosas.
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IX.
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El cristiano tiene mejores espectáculos, si quiere; tiene verdaderas y provechosas voluptuosidades, si se ha reconocido a sí mismo. Y, para omitir aquellas que aún no pueden contemplar, tiene esta belleza del mundo, que vea y admire, contemple el orto del sol, revocando de nuevo el ocaso con turnos mutuos los días y las noches, el globo de la luna señalando el curso de los tiempos con sus incrementos y decrementos, los coros de los astros centelleantes y brillando asiduamente desde la suma movilidad, los miembros de todo el año divididos por turnos desde lo sumo hasta lo sumo, y los días mismos con las noches digeridos por los espacios de las horas, la mole de la tierra equilibrada con los montes, y los ríos profluentes con sus fuentes, los mares extensos con sus fluctuaciones y orillas, mientras tanto el aire medio, constante igualmente por la suma conspiración y nexos de concordia, vegetando todo con su tenuidad, ahora derramando lluvias con las nubes contraídas, ahora revocando la serenidad con la rareza rehecha, y en todas estas cosas sus propios habitantes, en el aire las aves, en las aguas los peces, en la tierra el hombre. Estas, digo, y otras obras divinas sean los espectáculos para los fieles cristianos. ¿Qué teatro construido por manos humanas podrá compararse con estas obras? Aunque se construya con grandes moles de piedras, las crestas de los montes son más altas, y aunque los techos artesonados resplandezcan con oro, serán vencidos por el fulgor de los astros. Nunca admirará las obras humanas quienquiera que se haya reconocido hijo de Dios. Se arroja de la cumbre de su generosidad quien puede admirar algo fuera del Señor.
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X.
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Que el fiel cristiano se aplique, digo, a las Escrituras sagradas; y allí encontrará espectáculos dignos de la fe. Verá a Dios instituyendo su mundo, y haciendo aquella admirable fábrica del hombre mejor que los demás animales. Contemplará al mundo en sus delitos, los justos naufragios, los premios de los piadosos y los suplicios de los impíos, los mares secados para el pueblo, y de la roca de nuevo ofrecidos al pueblo. Contemplará las mieses descendiendo del cielo, no impresas por el arado, los ríos exhibiendo tránsitos secos con los ejércitos de aguas refrenados. Verá en algunos la fe luchando con el fuego, las fieras superadas por la religión y convertidas en mansedumbre. Intuirá también las almas revocadas incluso de la misma muerte. Considerará también de los sepulcros los cuerpos admirables de ellos mismos, ya consumidos, reducidos a la vida, y en todas estas cosas verá ya un espectáculo mayor, aquel diablo, que había triunfado sobre todo el mundo, yaciendo bajo los pies de Cristo. ¡Qué espectáculo tan decoroso este, hermanos, qué placentero, qué necesario, mirar siempre su esperanza, y abrir los ojos a su salvación! Este es el espectáculo que se ve incluso habiendo perdido la luz. Este es el espectáculo que no exhibe el pretor o el cónsul, sino quien es el único y antes de todas las cosas y sobre todas las cosas, es más, de quien son todas las cosas, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, a quien la alabanza y el honor por los siglos de los siglos. Deseo que ustedes, hermanos, siempre estén bien. Amén.

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