Against Aristogeiton I
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Original / primary: Spanish Gemini
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Habiendo estado sentado desde hace tiempo, señores jueces, y escuchando la acusación de Licurgo, al igual que ustedes, consideraba que en lo demás hablaba bien, pero me he quedado asombrado al verle esforzarse en exceso, si es que ignora que la justicia de este proceso no se basa ni en los argumentos ya expuestos por él ni en los que yo voy a exponer, sino en la disposición que cada uno de ustedes tenga hacia el resentimiento o la tolerancia ante la maldad.
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Y yo supongo que la acusación y la abundancia de discursos deben hacerse por costumbre y para su audiencia, pero que este asunto ha sido juzgado hace tiempo por la naturaleza de cada uno desde su propio hogar; y ahora, si la mayoría de ustedes son de los que aman y protegen a los malvados, habremos recitado en vano, pero si son de los que los odian, este, si Dios quiere, pagará su castigo.
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Habiéndose dicho ya muchos discursos y todos ellos bien, no dudaré en decirles lo que a mí me parece. Pues a mí me parece que el presente proceso no se parece en nada a los demás. Obsérvenlo de esta manera: a todos los tribunales acuden los jueces para aprender del acusador y del acusado sobre el asunto por el que deberán emitir su voto, y las partes litigantes acuden cada una con el suyo para mostrar lo que es justo según las leyes.
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¿ Y cómo es el caso de este proceso? Ustedes, los que van a juzgar, han venido sabiendo más que nosotros, los acusadores, que este hombre es deudor al erario público, que está registrado en la Acrópolis y que no tiene derecho a hablar; de modo que cada uno de ustedes ocupa el lugar de acusador y conoce el asunto, sin necesidad de aprenderlo.
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Pero el que está siendo juzgado no tiene nada que contribuya a su salvación, ni argumentos justos sobre el asunto mismo, ni una vida humana digna, ni ningún otro bien; y por aquello por lo que incluso alguien que no hubiera cometido ninguna falta sentiría temor, por eso cree este que se salvará; pues en el exceso de su maldad tiene puesta su esperanza de salvación.
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Y siendo así las cosas, me parece que nadie se equivocaría al decir que ahora se juzga a Aristogitón, pero que ustedes también están siendo puestos a prueba y se juegan su reputación. Pues si se ve que se indignan y castigan ante delitos tan evidentes y graves, parecerá que han venido como lo que son: jueces y guardianes de las leyes;
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pero si resulta otra cosa, lo que nadie diría haber hecho él mismo, pero que se encontrará en los votos, temo que a algunos les parezca que ustedes adiestran a todo aquel que en la ciudad desea ser malvado. Pues todo malvado es débil por sí mismo; pero aquel a quien ustedes apoyan, ese se vuelve fuerte. Y esto es para quien recibe de ustedes el favor, negocio y poder, pero para ustedes, los que lo otorgan, es una vergüenza.
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Quisiera, señores atenienses, antes de hablar de los asuntos privados de este individuo, que ustedes se tomaran la molestia de examinar brevemente a cuánta vergüenza y descrédito ha llevado a la ciudad, públicamente, toda esta clase de bestias, de las cuales este es el centro, el último y el primero.
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Y dejaré lo demás; pero suben a las asambleas, en las que ustedes proponen a los oradores una muestra de juicio, no de maldad, habiendo preparado audacia, gritos, falsas acusaciones, sicofantía, desvergüenza y todo lo semejante, de lo cual uno no encontraría nada más contrario a la deliberación, y creo que tampoco nada más vergonzoso. Y con estas infamias superan a todos los bienes de la ciudad: a las leyes, a los presidentes, al programa, al buen orden.
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Si ustedes desean esto y estos hacen esto con su consentimiento, sigan por ese camino y hay que dejarlo; pero si creen que todavía ahora es necesario corregir esto, y mejorar lo que ha sido abandonado desde hace mucho tiempo y que estos han dejado en un estado vergonzoso y deplorable, deben, pasando por alto todas esas costumbres, juzgar hoy correctamente,
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valorando por encima de todo a la Eunomía, que ama la justicia y que salva a todas las ciudades y países; y a la implacable y venerable Justicia, de la que Orfeo, quien nos enseñó los ritos más sagrados, dice que está sentada junto al trono de Zeus y observa todo lo humano, considerando cada uno que mira hacia sí mismo al votar, guardándose y previendo no deshonrar a esta, de la cual cada uno de ustedes es epónimo cuando le toca juzgar, protegiendo todo lo bello, justo y conveniente de la ciudad, y habiendo recibido este día como un depósito bajo juramento de las leyes, de la constitución y de la patria.
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Pues si no mantienen este modo de actuar, sino que se sientan habiendo venido con la ingenuidad habitual, temo que el asunto se vuelva en contra y que, pareciendo nosotros acusar a Aristogitón, resultemos acusándolos a ustedes; pues cuanto más, habiendo nosotros demostrado la maldad de este, ustedes no se preocupen, tanto mayor será la vergüenza sobre ustedes. Y sobre esto, es suficiente.
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Y con toda franqueza, señores atenienses, les diré la verdad. Pues yo, al ver en las asambleas que ustedes me designaban y elegían para la acusación de este, me sentía molesto y, por Zeus y todos los dioses, no quería. Pues no ignoraba que quien hace algo así entre ustedes, también lo sufre al marcharse. Y si no es algo tan grande como para notarlo de inmediato, si hace muchas cosas así y no se detiene, pronto lo sabrá. Sin embargo, consideraba necesario obedecer a sus deseos.
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Por tanto, pensaba que Licurgo diría lo justo sobre la denuncia y las leyes, y veía que él convocaba a los testigos de la maldad de este; pero yo prefería decir lo que también conviene que consideren y examinen los que deliberan por la ciudad y las leyes, y ahora pasaré a esto. Concededme, señores atenienses, concededme y permitidme por Zeus, tal como soy y como he decidido, hablarles sobre esto; pues de otro modo no podría.
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Toda la vida de los hombres, señores atenienses, ya sea que habiten una gran ciudad o una pequeña, se rige por la naturaleza y por las leyes. De estas, la naturaleza es desordenada y propia de cada individuo, mientras que las leyes son comunes, ordenadas y las mismas para todos. La naturaleza, pues, si es malvada, a menudo desea cosas viles; por eso encontrarán que tales personas cometen errores.
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Pero las leyes desean lo justo, lo bello y lo conveniente, y buscan esto, y cuando se encuentra, se proclama como un mandato común, igual y semejante para todos, y eso es la ley. A la cual conviene que todos obedezcan por muchas razones, y sobre todo porque toda ley es un hallazgo y un regalo de los dioses, un decreto de hombres prudentes, una corrección de los errores voluntarios e involuntarios, y un pacto común de la ciudad, según el cual conviene que vivan todos los que están en la ciudad.
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Pero, ciertamente, que ahora Aristogitón ha sido condenado por todos los puntos justos de la denuncia, y que no hay ningún otro argumento aceptable para él, es fácil de enseñar. Pues habiendo dos razones por las que se establecen todas las leyes, la de que nadie haga nada que no sea justo, y la de que los que transgreden esto sean castigados para hacer mejores a los demás, este aparecerá culpable de ambas. Pues por lo que transgredió las leyes desde el principio, se han acumulado sus deudas; y por lo que no se atiene a ellas, ahora es llevado al castigo de ustedes, de modo que no queda ninguna excusa por la que alguien pudiera dejarlo libre.
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Pues tampoco se puede decir que la ciudad no sufre ningún daño por esto. Pues yo, que todo lo que la ciudad pierde en deudas, si ustedes aceptan los sofismas de este, y que, si acaso hay que perdonar a algunos de los deudores, hay que perdonar a los más moderados y mejores y a los que han contraído deudas por los delitos menos graves, no al más malvado y al que más ha errado y
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al que más justamente ha contraído deudas y por los delitos más graves(¿ pues qué podría haber más grave que la sicofantía y la ilegalidad, por las cuales este ha contraído deudas?) y que, aunque perdonen a todos los demás, no conviene, por supuesto, ceder ante el que usa la violencia( pues esto es, ciertamente, una hybris), y dejaré todo lo semejante; pero que todo el orden de la ciudad y de las leyes, señores atenienses, se perturba y se corrompe por causa de este, y esto creo que se los demostraré claramente.
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Y no diré nada nuevo, ni superfluo, ni propio, sino lo que todos ustedes saben igual que yo. Pues si alguno de ustedes desea examinar cuál es la causa y lo que hace que el consejo se reúna, que el pueblo suba a la asamblea, que los tribunales se llenen, que las magistraturas antiguas cedan voluntariamente a las nuevas, y que todo por lo que la ciudad se rige y se salva suceda, encontrará que las leyes son la causa de esto y el que todos obedezcan a ellas, pues una vez disueltas estas, y dada a cada uno la potestad de hacer lo que quiera, no solo la constitución desaparece, sino que nuestra vida no se diferenciaría en nada de la de las bestias.
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¿ Pues qué creen que haría este mismo si las leyes fueran disueltas, él que siendo estas soberanas es así? Puesto que, por tanto, se admite que las leyes, después de los dioses, salvan a la ciudad, es necesario que todos ustedes, de la misma manera que si estuvieran sentados como recaudadores de una contribución, honren y elogien al que obedece a estas como quien aporta la cuota completa de salvación a la patria, y castiguen al que desobedece.
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Pues es una contribución política y común todo lo que, habiéndolo ordenado las leyes, cada uno de nosotros hace. El que falta a esto, señores atenienses, les quita muchas cosas bellas, venerables y grandes, y corrompe lo que depende de él.
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De las cuales diré una o dos como ejemplo, las más conocidas. Que el consejo de los quinientos sea soberano de los asuntos secretos desde la débil barrera, y que los particulares no entren; que el consejo del Areópago, cuando se sienta en la Estoa Real y se rodea de cuerdas, esté en gran tranquilidad por sí mismo, y que todos se alejen; que todas las magistraturas, cuantas ejercen ustedes por sorteo, en cuanto el servidor dice' apártense', dominen fuera de las leyes sobre aquello para lo que fueron enviadas, y que ni siquiera los más insolentes usen la violencia; y otras diez mil.
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Pues todas las cosas venerables y bellas, y por las que la ciudad se adorna y se salva, la moderación, el respeto de los jóvenes hacia sus padres y sus mayores, el buen orden, superan a las cosas vergonzosas, a la desvergüenza, a la audacia, a la impudicia, gracias a la adición de las leyes. Pues la maldad es impetuosa, audaz y codiciosa, y, por el contrario, la nobleza es tranquila, tímida, lenta y teme ser perjudicada. Por tanto, es necesario mantener las leyes y hacerlas fuertes, ustedes que siempre juzgan; pues con estas, los buenos superan a los malvados.
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Si no, todo está disuelto, abierto, confundido, la ciudad se vuelve de los más malvados y desvergonzados. Pues díganme, por los dioses, si cada uno de los que están en la ciudad, habiendo tomado la audacia y desvergüenza de Aristogitón, y habiendo razonado lo mismo que este, que es posible decir y hacer hasta el final lo que uno quiera en una democracia, si desprecia el parecer de qué tipo de persona es el que hace esto, y nadie lo matará de inmediato por ninguno de sus delitos;
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si, habiendo pensado esto, el que no fue sorteado buscara ser igual al que fue sorteado, y el que no fue elegido al que fue elegido, y participara de lo mismo, y en general, ni joven ni mayor hiciera lo que le corresponde, sino que, habiendo expulsado todo lo ordenado de la vida, cada uno considerara su propia voluntad como ley, magistratura y todo; si hiciéramos esto,¿ es posible que la ciudad se rija?¿ Qué más?¿ Que las leyes sean soberanas?¿ Y cuánta violencia, hybris e ilegalidad creen que ocurriría en toda la ciudad cada día, y blasfemia en lugar de la actual buena fama y orden?
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Y¿ qué necesidad hay de decir que todo se adorna con las leyes y con el obedecer a estas? Pero ustedes mismos, siendo todos los atenienses sorteados recientemente, y sabiendo bien que todos desean ser sorteados para este tribunal, juzgan solos ante nosotros.¿ Por qué? Porque fueron sorteados, y luego fueron seleccionados; y esto lo dicen las leyes.¿ Y luego ustedes mismos, habiendo entrado según las leyes, dejarán libre a quien se esfuerza por decir o hacer algo contra las leyes?¿ Y no aparecerá ninguno de ustedes con bilis ni ira por lo que el hombre abominable y desvergonzado violenta las leyes?
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Tú, el más abominable de todos los hombres existentes, estando cerrada tu libertad de expresión no por barreras ni puertas, que uno podría abrir, sino por tantas y tan grandes deudas, y estando estas depositadas ante la diosa,¿ te esfuerzas por entrar dentro de estas y te acercas a aquello de lo que te expulsan las leyes? Estando excluido de todos los derechos en la ciudad, por el juicio de tres tribunales, por el registro de los tesmótetas, por otro de los ejecutores, por la acusación del consejo, que tú mismo persigues, casi con cadenas de hierro, te deslizas y rompes esto, y fabricando excusas y componiendo falsas acusaciones,¿ crees que derribarás los derechos comunes?
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Y ciertamente les diré un ejemplo grande y claro de que no conviene pasar por alto esto ni en lo más mínimo. Pues si alguien dijera ahora mismo que hay que separar a los oradores de los más jóvenes, o de los más ricos, o de los que han realizado liturgias, o de partes semejantes, sé bien que lo matarían por estar disolviendo el pueblo, y harían bien en hacerlo.
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Y, ciertamente, lo que ustedes quieran es menos grave que si alguien dijera que se permite hablar a los que usan la violencia, o a los que salen de la cárcel, o a aquellos cuyos padres mató el pueblo, o a los inhabilitados para ejercer magistraturas por sorteo, o a los que deben al erario público, o a los privados de derechos por completo, o a los más malvados, tanto en apariencia como en realidad; pues todo esto le ocurre a este, y se añade a quien es como este por naturaleza. Pues yo, señores atenienses, creo que él merece morir por lo que hace ahora, pero mucho más, o al menos no menos, por lo que es evidente que hará si obtiene de ustedes la potestad y la ocasión; lo cual no suceda.
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Lo cual es asombroso, si alguno de ustedes ignora que este no es útil para nada bello, bueno o digno de la ciudad( pues no sea, oh Zeus y dioses, que haya tal escasez de hombres en la ciudad como para hacer algo bello gracias a Aristogitón); pero para lo que alguien usaría a tal bestia, hay que rogar a los dioses que no suceda. Y si acaso ocurriera, es una mayor fortuna para la ciudad carecer de los que desean errar por medio de quien lo harán, que tener a este libre y listo para ellos.
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¿ Pues qué dudaría este, señores atenienses, de lo irreparable o grave, siendo un hombre abominable y lleno de enemistad hereditaria hacia el pueblo?¿ Y quién otro, más que él, derribaría la ciudad, si obtuviera potestad?¿ No ven que en su naturaleza y política no hay cálculo ni respeto alguno, sino que la insensatez lo guía, o más bien, que toda su política es insensatez? Lo cual es el mayor mal para quien lo posee, pero grave y difícil para todos, y para la ciudad, intolerable. Pues todo insensato se abandona a sí mismo y a la salvación que proviene del cálculo, y se salva, si acaso se salva, de lo paradójico y lo irracional.
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¿ Quién, pues, en su sano juicio, se uniría a él o uniría los intereses de la patria a este?¿ Quién no huiría tanto como fuera posible, y apartaría al que tiene esto, para no encontrarse nunca con ello ni siquiera sin querer? No es en la insensatez, señores atenienses, donde deben buscar con quién asociarse los que deliberan por la patria, sino en la inteligencia, en las buenas facultades mentales y en mucha previsión. Pues esto lleva a todos los hombres a la felicidad, mientras que aquella es de donde este debe alejarse.
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Y observen no mi discurso, sino mirando todas las costumbres de los hombres. Hay en todas las ciudades altares y templos de todos los dioses, y entre estos, de Atenea Pronoia, como una diosa buena y grande, y junto a Apolo en Delfos hay un templo bellísimo y grandísimo al entrar al santuario, quien siendo dios y adivino conoce lo mejor; pero no de la insensatez ni de la desvergüenza.
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Y, ciertamente, hay altares de la justicia, de la eunomía y del respeto para todos los hombres, los más bellos y sagrados en el alma misma de cada uno y en su naturaleza, y otros erigidos en común para que todos los honren; pero no de la desvergüenza, ni de la sicofantía, ni del perjurio, ni de la ingratitud, que son todas cosas que posee este.
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Sé, pues, que este evitará el camino recto y justo de la defensa, y dará vueltas alrededor injuriando, calumniando y prometiendo juzgar, introducir, entregar. Pero todo esto, si ustedes observan correctamente, es indigno de crédito.¿ Pues qué cosa de estas no ha sido refutada muchas veces ante todos?
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Y dejaré lo demás; pero, Aristogitón, me has juzgado siete veces, habiéndote alquilado a los que entonces actuaban a favor de Filipo, y has acusado dos veces a quienes rendían cuentas; y yo, siendo hombre, venero a Adrastea, y tengo mucha gratitud a los dioses y a todos ustedes, señores atenienses, que me han salvado; pero nunca has aparecido diciendo nada verdadero, sino que siempre has sido refutado por sicofante. Si, pues, estos, habiendo hecho nulas las leyes, te dejan libre hoy,¿ me refutarás ahora?¿ Sobre qué?
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Pues observen de esta manera. Este se esfuerza por hablar desde hace dos años sin tener derecho, pero habla, sin embargo. Luego, en esto,¿ vio al desdichado Focidio, al calderero del Pireo y al curtidor, y a todos los demás a quienes ha acusado ante ustedes, cometiendo injusticias contra la ciudad, y no me vio a mí, el orador contra quien luchaba, ni a Licurgo, ni a los demás, sobre quienes pronto dirá muchas cosas? Y, ciertamente, merece morir por ambas cosas: por esto, si teniendo algún delito contra nosotros nos dejaba libres y se dirigía contra los particulares, y por esto, si no teniendo nada, dirá esto para engañar y embaucar a ustedes.
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Si, pues, hay algún hombre así en la ciudad, tal que busca de toda manera a alguien a quien juzgar y calumniar, y no le importa si es justa o injustamente, no encontraría a nadie menos útil que este para sí mismo.¿ Por qué? Porque el que ha de acusar a los demás y juzgar a todos debe ser él mismo irreprochable, para que aquellos no escapen por causa de la maldad de este. Y de esto, nadie en la ciudad está más lleno de delitos más numerosos y mayores.
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¿ Qué es, pues, este? Un perro, por Zeus, dicen algunos, del pueblo.¿ De qué clase? De los que no muerden a los que acusa de ser lobos, pero que devoran ellos mismos las ovejas que dicen proteger.¿ Pues a cuál de los oradores ha hecho este algún daño tan grande como a los particulares, sobre quienes fue condenado por escribir decretos?¿ Y a qué orador ha juzgado desde que vuelve a hablar ahora? A ninguno; sino a muchos particulares. Pero, ciertamente, dicen que hay que sacrificar a los perros que prueban las ovejas, así que no se tardaría en sacrificarlo.
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No es, señores atenienses, útil en nada de lo que dice, sino que este ha visto un asunto abominable y desvergonzado. Pues injuriando en las asambleas y chocando temerariamente con todos, de aquellos a quienes engaña allí a todos ustedes en conjunto, al bajar de allí toma castigo de cada uno de ustedes, calumniando, pidiendo, cobrando dinero, no, por Zeus, a los oradores( pues estos saben cómo defenderse de él), sino a los particulares y a los inexpertos; y los que han sido golpeados lo saben.
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Pero, por Zeus, admitirán que esto es así, pero que hay que juzgar al hombre como útil para la ciudad, de modo que, pasando por alto todo esto, hay que salvarlo. Pero de lo que han tenido experiencia en la práctica, señores atenienses, nunca consideren esto por un discurso. Este no se les ha acercado en cinco años, desde que fue condenado a no hablar.¿ Quién, pues, en este tiempo lo ha echado de menos?¿ Qué cosa de la ciudad ha visto que falte por su ausencia?¿ Y qué, desde que habla ahora, ha mejorado? Pues a mí me parece lo contrario: que el tiempo que no se les acercó, la ciudad descansó de los males que este proporcionaba a todos, y desde que vuelve a hablar en la asamblea, está sitiada, al decir este siempre discursos facciosos y perturbadores en todas las asambleas.
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Quiero, pues, tocar también un discurso algo arriesgado y hablar con los que por esto lo aman; a quienes, qué clase de personas hay que considerar, considérenlo ustedes mismos, y yo no diría nada, excepto que no son sensatos al entregarse a este. De los que están ahora en el tribunal, supongo que no hay ninguno así; pues es justo, señores atenienses, bello y conveniente que yo hable y piense así sobre ustedes.
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Pero de los demás ciudadanos, para llevar la blasfemia a los menos posibles, supongo que solo el discípulo, o si quieren, su maestro, Filócrates el de Eleusis, es así, no porque no haya más( pues ojalá nadie más se alegrara con Aristogitón), sino porque lo que temo decir como una vergüenza sobre ustedes, no es justo que yo acuse públicamente a los demás ciudadanos; luego, también hará lo mismo y el discurso dicho ante uno.
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El examinar, pues, con precisión qué clase de naturaleza debe tener el que se alegra con Aristogitón, lo dejaré, para no verme obligado a decir y detallar muchas cosas blasfemas; pero digo esto. Si Aristogitón es malvado en absoluto, amargo, sicofante y tal como promete, doy, concedo, Filócrates, a ti, que eres tal, salvar al semejante; pues de todos los demás que piensan lo que deben y guardan las leyes, no creo que resulte nada por esto.
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Pero si es un mercader de maldad, revendedor y traficante, y casi teniendo balanzas y pesas vendía todo lo que alguna vez hizo,¿ por qué, insensato, lo afilas? Pues ni al cocinero le sirve de nada, supongo, un cuchillo que no corta, ni al que desea que por sí mismo ocurran problemas y males a todos, el sicofante que venderá esto no es útil para nada.
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Pero, ciertamente, que es así, te lo diré a ti que lo sabes. Recuerdas cómo vendió la acusación contra Hegemón; sabes cómo abandonó las acusaciones contra Demades. Al aceitero Agatón( pues esto es de hace poco), gritando y chillando y'¡ ay, ay!', poniéndolo todo patas arriba en las asambleas como si fuera necesario torturarlo, habiendo recibido lo que fuera, estando presente cuando era liberado, se quedó mudo. La acusación contra Democles, tras agitarla,¿ a dónde la dirigió? Otras diez mil, de las cuales para mí es un trabajo recordarlas todas, pero tú sé bien que tienes incluso las copias de ellas, haciendo negocios para él.
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¿ Quién, pues, es el que salvará a tal persona, malvado o bueno?¿ O por qué? Pues de los semejantes es un traidor, y de los buenos es enemigo por naturaleza y linaje; a menos que alguien piense que la semilla y la raíz de un sicofante y malvado, como un agricultor, debe existir en la ciudad. Esto no es bello, señores atenienses, y no creo, por los dioses, que sea santo; pues tampoco supongo que sus antepasados construyeran estos tribunales para ustedes para que injertaran en ellos a tales personas, sino lo contrario, para que los contuvieran, castigaran y nadie envidiara ni deseara la maldad.
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Y la maldad corre el riesgo de ser algo difícil de detener. Pues donde Aristogitón es juzgado por los delitos admitidos y no ha perecido hace tiempo,¿ qué hay que hacer o decir? Él, que ha llegado a tal punto de maldad que, habiendo sido denunciado ya, no dejaba de gritar, calumniar, amenazar, a quienes ustedes confiaban las cosas más grandes, a los generales, porque no le dieron dinero al pedirlo, diciendo que no elegiría ni a los encargados de los excrementos,
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no injuriando a aquellos, no( pues a aquellos les era posible, dando un poco de dinero, no escuchar esto de este), sino ultrajando su elección y haciendo una muestra de su propia maldad, destrozando las magistraturas sorteadas, pidiendo, cobrando dinero,¿ qué mal no proporcionando? Y estas últimas cosas, buscando meter a todos en confusión y sedición, exponiendo escritos falsos, y en general, habiendo nacido para el mal de todos, y siendo evidente que es así por su vida.
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Pues observen. Hay en total veinte mil atenienses. Cada uno de ellos anda por el ágora haciendo al menos una cosa, ya sea, por Hércules, de los asuntos comunes o de los privados. Pero este no, ni podría mostrar en qué consiste su vida de las cosas moderadas o bellas. No dedica su alma a ninguno de los bienes políticos; no se ocupa de ningún oficio, ni de agricultura, ni de ningún otro trabajo; no participa de ninguna filantropía, ni de ninguna relación con nadie;
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sino que camina por el ágora, como una víbora o un escorpión con el aguijón levantado, lanzándose aquí y allá, observando a quién, habiéndole causado una desgracia, una blasfemia o algún mal, y habiéndolo puesto en miedo, cobrará dinero. Ni siquiera frecuenta ninguna de las barberías, perfumerías o los demás talleres de la ciudad, ni uno solo; sino que es implacable, inestable, insociable, sin gratitud, sin amistad, sin nada de lo que un hombre moderado conoce; sino que, con quienes los pintores pintan a los impíos en el Hades, con estos, con maldición, blasfemia, envidia, sedición y disputa, anda.
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Luego, a quien ni siquiera es probable que los dioses del Hades reciban propicios, sino que sea empujado hacia los impíos por la maldad de su vida,¿ a este, habiéndolo tomado cometiendo injusticias, no solo no lo castigarán, sino que, considerándolo digno de mayores dones, lo dejarán libre que a los bienhechores?¿ Pues a quién han dado ustedes alguna vez, si debe algo al erario público, que no pagándolo participe de lo mismo? A nadie. No den, pues, tampoco a este ahora, sino castíguenlo y hagan de él un ejemplo para los demás.
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Y es digno, señores atenienses, escuchar también lo que queda; pues siendo cosas graves, que no tienen exceso, las que acaban de escuchar decir a Licurgo, lo que queda será digno de esto y de la misma naturaleza. Pues además de haber traicionado a su padre en la cárcel al marcharse de Eretria, como escucharon de Fedro, este impío y abominable no enterró al que había muerto, ni devolvió el entierro a los que lo enterraron, sino que incluso le puso un juicio.
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Y además de no haber apartado sus manos de su madre, como acaban de escuchar de los testigos, y a su propia hermana, no siendo de padre común, pero habiendo sido hija de aquella de cualquier modo( pues dejo esto), pero hermana al fin, la vendió para exportación, como dice la acusación del juicio que por esto le puso el buen hermano de este, el que ahora va a defenderlo también.
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Y además de estas cosas, escucharán otro asunto grave, oh tierra y dioses. Pues cuando, habiendo cavado la cárcel, huyó, entonces va hacia una mujer llamada Zobia, a la que, al parecer, había frecuentado alguna vez; y ella lo esconde y lo salva los primeros días, los que buscaban y pregonaban los Once, y después de esto, dándole ocho dracmas para el camino, una túnica y un manto, lo envió a Megara.
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A esta mujer, que le había hecho tales favores, cuando él respiraba mucho y brillante entre ustedes, quejándose ella y recordándole esto y pidiendo ser bien tratada, primero, abofeteándola y amenazándola, la echó de la casa, y como la mujer no cesaba, sino que hacía cosas de mujer y, acercándose a los conocidos, reclamaba, tomándola él mismo con sus propias manos, la llevó al mercado de metecos; y si no hubiera tenido pagado el meteco, habría sido vendida por causa de este, de cuya salvación ella había sido la causa.
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Y para que veáis que digo la verdad, llámame a aquel que no ha recibido el entierro de su padre, y al árbitro del juicio que este individuo entabló contra él por la venta de su hermana, y trae la acusación. Llámame, ante todo, al protector de Zobia, la mujer que lo acogió, y a los vendedores a quienes él la llevó. Vosotros, en cambio, os indignabais hace poco porque alguien acusaba a quienes aportaban el erano para su salvación. Es una criatura inmunda, inmunda, ciudadanos atenienses, y alguien con quien no se puede convivir. Lee los testimonios. TESTIMONIOS
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Entonces,¿ qué castigo podría ser suficiente contra alguien que ha hecho tantas y tales cosas?¿ Qué pena sería digna? Pues, para mí, la muerte me parece poca cosa.
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Diré, pues, una cosa más de sus propias maldades y dejaré el resto. Antes de salir de la cárcel, habiendo caído allí un hombre de Tanagra por una fianza, que tenía un documento, este se acercó y, mientras charlaba de cualquier cosa, le sustrajo el documento. Como el hombre lo acusaba y montaba un escándalo, diciendo que nadie más se lo había sustraído, llegó a tal grado de desvergüenza que intentó golpear al hombre.
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Aquel, que estaba fresco y recién llegado, sobrevivió a pesar de que él estaba curtido y llevaba mucho tiempo allí. Pero cuando llegó a tal extremo, le arrancó la nariz al hombre de un mordisco. Y entonces, el hombre, ocupado en la desgracia que le había ocurrido, dejó de buscar y rastrear el documento; pero más tarde encuentran el documento en un cofre cuya llave tenía este. Y después de esto, los que estaban en el recinto votan sobre él esto: que nadie comparta con él fuego, ni lámpara, ni bebida, ni comida, ni que reciba nada, ni que él mismo dé nada a nadie.
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Y para que veáis que digo la verdad, llámame al hombre cuya nariz este inmundo devoró al comerla. TESTIMONIO.¡ Un buen creador de obras ha resultado ser el orador para vosotros! Es digno, ciertamente, escuchar un discurso o un consejo de una boca que ha hecho tales cosas. Lee, pues, también este hermoso decreto sobre él. DECRETO
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¿ Acaso no os avergonzáis, ciudadanos atenienses, si aquellos que, por su maldad y sus crímenes extremos, han caído en el recinto, consideraron a este tan más malvado que ellos mismos como para declararlo alguien con quien no se puede convivir, y vosotros, habiendo las leyes expulsado a este de la ciudadanía, lo vais a mezclar entre vosotros?¿ Qué habéis alabado de sus actos o de su vida?¿ O qué no os ha causado repugnancia de todo ello?¿ No es impío?¿ No es cruel?¿ No es impuro?¿ No es un sicofante?
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Pero, sin embargo, haciendo tales cosas y siendo tal como es, grita siempre en todas las asambleas:« Yo soy el único que os es leal; todos estos están confabulados; habéis sido traicionados; solo queda la lealtad que hay en mí». Quiero, pues, examinar esta vehemente y gran lealtad suya, de dónde proviene y de qué le ha nacido, para que, si es tal, la uséis y confiéis en ella, y si no, os guardéis.
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¿ Acaso porque condenasteis a muerte a su padre y vendisteis a su madre, que perdió un juicio por deserción, por eso suponéis que él os es leal? Pero esto es absurdo,¡ por Zeus y los dioses! Pues si es leal a aquellos y conserva la ley de la naturaleza, que está establecida como una sola y la misma para todos, tanto para los hombres como para las bestias, la de amar a los padres,
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es evidente que es hostil a quienes han destruido a aquellos, tanto a las leyes como a la constitución de estos; pero si no tiene en cuenta nada de esto, me gustaría saber quién es el que, viendo que este ha traicionado la lealtad hacia sus padres, confía en la que ahora promete tener hacia el pueblo; pues yo, por mi parte, considero que es indigno de confianza y odioso para los dioses, no solo para los hombres, aquel que descuida a sus padres.
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Pero,¡ por Zeus!,¿ es porque condenasteis sus denuncias, y dos veces lo metisteis en la cárcel, tanto a él como a su hermano, por eso os es leal? Pero también esto es absurdo.¿ O es porque rechazasteis la magistratura que le tocó ejercer?
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¿ O porque lo condenasteis por ilegalidad?¿ O porque le impusisteis una multa de cinco talentos?¿ O porque lo señaláis con el dedo por ser el más malvado de todos los que existen?¿ O porque, permaneciendo las leyes y la constitución actuales, no hay forma de que se libre de estas infamias? Pero,¿ por qué os es leal? Porque, dice, es desvergonzado.¿ Y de qué otra cosa se le llamó desvergonzado a alguien sino cuando se atreve a decir cosas que ni existen ni podrían existir por pura desfachatez, que es lo que este hace?
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Considero, pues, que también sobre la denuncia, que Licurgo me pareció omitir, es mejor hablaros. Pues creo que debéis examinar a este y los derechos de este litigio como si estuvierais examinando una deuda privada. Si alguien acusara a otro de deber dinero, y este lo negara, si aparecieran los contratos según los cuales se prestó y los términos establecidos permanecieran, consideraríais al que lo niega un desvergonzado, evidentemente, y si estos hubieran sido destruidos, al que reclama; así es la naturaleza de estas cosas.
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Existen, pues, contratos de lo que Aristogitón debe a la ciudad: las leyes, según las cuales se inscriben todos los que son condenados, y el término es la tablilla que está junto a la diosa. Si, pues, esto ha sido destruido y la deuda ha sido borrada, nosotros desvariamos, o más bien mentimos; pero si todavía existe y existirá mientras no pague, este no dice nada verdadero, sino que comete una injusticia y hace cosas terribles al intentar hacer desaparecer los derechos comunes.
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Pues no es, si no debe todo lo que debía, que el juicio o el discurso sea ahora, sino si debe. O sufrirían cosas terribles los que están inscritos por una sola dracma si, porque son pequeñas y no han cometido ninguna injusticia, prevaleciera el deber contra ellos; pero si alguien ha cometido grandes injusticias, habiendo pagado una o dos cuotas, será ciudadano con plenos derechos. Además, hay tres deudas por las que está inscrito y por las que ha sido denunciado. Dos han sido hechas en el registro, pero una ni siquiera ha sido registrada, sino que persigue a Aristón de Alópece por conspiración.
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Sí, dice: pues injustamente me ha inscrito. Debes, pues, al parecer, pedir justicia. Por tanto, es necesario primero someterse y permanecer en lo que has sufrido.¿ O de quién pedirás justicia? Pues si te está permitido todo lo que a los demás,¿ qué injusticia has sufrido?
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Trae, pues, por los dioses, considerad también esto. Si condenas a Aristón por la conspiración,¿ qué pasará? Será borrado,¡ por Zeus!, y el otro será inscrito; pues esto dicen las leyes. Bien.¿ Entonces, desde este día, este deberá al erario, el que fue borrado, y aquel será ciudadano con plenos derechos, el que fue inscrito? Pues de lo que este pretende ahora, esto se deduce; pues si cuando ha sido inscrito no debe, cuando sea borrado, deberá, evidentemente. Pero esto no es así, no es así, sino que cuando sea borrado, entonces no deberá; por tanto, ahora debe.
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¿ Y qué? Si lo absuelve,¿ de quién recuperará la ciudad lo que ahora, no estando permitido, este hace?¿ Y de dónde, con lo que este se autoevalúa de muerte y prisión recorriendo el tribunal, unos recuperarán sus vidas y otros el no haber sufrido cosas terribles? Pues a quien las leyes no dan participación ni de los derechos iguales ni de los comunes, este se convierte en causa de males irreparables para otros, no ocurriendo esto de manera correcta ni política ni como conviene.
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Pero yo, al ver esto, me asombro,¿ qué creéis que es que el mundo se haya puesto patas arriba?¿ Si la tierra estuviera arriba y los astros abajo? No es posible que esto suceda, ni que suceda. Pero cuando, a quienes por las leyes no les está permitido, les está permitido por vuestras voluntades, cuando la maldad es honrada y lo bueno es rechazado, cuando lo justo y lo conveniente es derrotado por la envidia, entonces hay que considerar que todo se ha vuelto patas arriba.
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Ya he visto, pues, a algunos de los que litigaban que, al ser atrapados por los hechos mismos, y no teniendo cómo demostrar que no son injustos, unos se refugiaron en la moderación y sensatez de su vida, otros en las obras y liturgias de sus antepasados, otros en otras cosas tales por las que llevaron a los jueces a la compasión y la filantropía. Pero en este no veo que ninguno de estos lugares sea transitable, sino que todo es escarpado, barrancos,
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abismos.¿ Pues qué dirá en verdad? Lo que su padre ha hecho,¡ por Zeus! Pero vosotros habéis condenado a muerte a este en estos tribunales, como malvado, evidentemente, y digno de morir. Pero,¡ por Zeus!, si esto le es difícil, lo referente al padre, se refugiará en su propia vida como sensata y moderada.¿ Cuál?¿ Dónde ha vivido? Pues la que todos vosotros habéis visto, no es tal.
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Pero, amigo, se retirará a las liturgias.¿ Cuáles o dónde han ocurrido?¿ Las del padre? Pero no existen.¿ O las suyas? Encontraréis denuncias, detenciones, acusaciones, no liturgias. Pero,¡ por Zeus!, incluso sin esto, muchos parientes y hombres nobles se presentarán y pedirán por él. Pero ni existen ni han existido nunca; pues,¿ cómo, para alguien que ni siquiera es libre?
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Salvo que existe,¡ por Zeus!, existe un hermano suyo, el que está presente y le entabló el hermoso juicio. Sobre el cual,¿ qué necesidad hay de decir otras cosas? Es hermano suyo de madre y de padre y, además de los otros males, gemelo. Este— sobre lo demás guardo silencio, pero por lo que vosotros matasteis a la inmunda Teóride, la de Lemnos, la hechicera, tanto a ella como a todo su linaje,
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habiendo tomado estos fármacos y los encantamientos de la misma sirvienta que entonces denunció contra ella, de la cual este malvado ha sido engendrado, practica la magia y engaña y dice curar a los epilépticos, siendo él mismo epiléptico de toda maldad. Este, pues, lo salvará, el envenenador, la peste, a quien uno preferiría presagiar al verlo que querer hablarle, quien él mismo se ha autoevaluado de muerte cuando entabló tal juicio.
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¿ Qué queda, pues, ciudadanos atenienses? Lo que,¡ por Zeus!, es común a todos los que litigan por la naturaleza de los demás, y nadie trae esto por sí mismo de los que son juzgados, sino que cada uno de vosotros viene de casa con ello: compasión, perdón, filantropía. Pero de esto, ni es santo ni es lícito compartirlo con este inmundo.¿ Por qué? Porque cualquier ley que cada uno tenga por naturaleza contra todos, es justo que él mismo también la obtenga de cada uno.
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¿ Qué ley o qué voluntad parece tener Aristogitón contra todos vosotros?¿ Verlos prosperar y vivir en felicidad y buena reputación?¿ Y qué hará para vivir? Pues los males de los demás alimentan a este. Por tanto, quiere que todos estén en juicios y litigios y malas acusaciones; esto cultiva, esto trabaja.¿ Y qué clase de hombre, ciudadanos atenienses, sería llamado justamente el tres veces maldito, el enemigo común, el hostil a todos, a quien ni la tierra dé fruto ni lo reciba al morir?¿ No es este? Yo así lo creo.
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¿ De qué perdón o de qué compasión han gozado los que han sido víctimas de sus sicofantías por parte de este, a quienes este se evaluaba de muerte a todos en estos tribunales, y esto antes de que se emitiera el primer voto? Y en aquellos contra los que este malvado estaba tan cruel y amargamente dispuesto, a estos, los que os tocó, ciudadanos atenienses, haciendo lo justo, los salvabais, y a los que eran víctimas de sus sicofantías los absolvíais, y no le concedíais a este la quinta parte de los votos.
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Pero su amargura, su sed de sangre y su crueldad estaban presentes y eran examinadas. No se compadecía al ver niños, ni ancianas madres de algunos de los juzgados presentes. Entonces,¿ para ti perdón?¿ De dónde o de quién?¿ O compasión para tus hijos? Falta mucho para eso. Tú has traicionado la compasión hacia esto, Aristogitón, o más bien la has destruido por completo. No te refugies, pues, ante aquellos puertos que tú mismo has colmado de escollos; pues no es justo.
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Si, pues, escucharais también las blasfemias que decía contra vosotros recorriendo el ágora, lo odiaríais aún más, y justamente. Pues dice que muchos deben al erario, y que todos estos son iguales a él. Yo, por mi parte, admito que muchos son los que han tenido mala suerte, aunque solo sean dos; pues para cualquiera son más de lo debido, y nadie más debería deber. Sin embargo,¡ por los dioses!, no creo que estos sean iguales a este, ni mucho menos, sino todo lo contrario.
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Razonad, pues, así. Y no me supongáis, ciudadanos atenienses, que hablo ante vosotros como si debierais al erario; pues ni esto es ni que suceda, ni yo lo creo. Pero si alguien tiene algún amigo o conocido entre estos, quiero demostrar que es justo odiar a este por causa de aquel. Primero, porque a hombres sensatos, a quienes les ocurren fianzas y filantropías y deudas privadas, a quienes no les acompañan injusticias comunes, pero les ha sucedido tener mala suerte, los lleva al mismo rango y blasfemia que a sí mismo, no de manera correcta ni apropiada.
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Pues no es igual, Aristogitón, ni mucho menos, haber sido condenado por una acusación de ilegalidad tras haber escrito que tres ciudadanos fueran ejecutados sin juicio y tener que morir por ello, y que un amigo que ha salido fiador no pueda soportar una multa inesperada; no es igual, no. Después, porque la filantropía común que vosotros tenéis por naturaleza los unos hacia los otros, este la destruye y corrompe. Pues vosotros, ciudadanos atenienses, usando la filantropía que tenéis por naturaleza los unos hacia los otros, como las familias habitan sus propias casas, así habitáis la ciudad públicamente.
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¿ Cómo, pues, aquellas? Donde hay un padre y unos hijos adultos, y tal vez también hijos de estos, allí es necesario que haya muchas y nada iguales voluntades; pues la juventud no es de los mismos discursos ni obras que la vejez. Pero, sin embargo, los jóvenes, todo lo que hacen, si son moderados, lo hacen de tal manera que, sobre todo, intentan ocultarlo, y si no, ser evidentes queriendo hacer esto; y los mayores, a su vez, si ven algún gasto o bebida o juego más de lo moderado, lo ven de tal manera que parece que no lo han visto. Y de esto nacen todas las cosas que las naturalezas traen y nacen bien.
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De la misma manera, pues, vosotros, ciudadanos atenienses, habitáis la ciudad de forma familiar y filantrópica, unos viendo las obras de los que han tenido mala suerte de tal manera que, según el proverbio, viendo no ven y oyendo no oyen, y otros haciendo lo que hacen de tal manera que son evidentes, guardándose y avergonzándose. Y de esto permanece y se mantiene en la ciudad la concordia común y causa de todos los bienes.
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Esto, pues, Aristogitón, que está tan bien establecido por la naturaleza y por vuestras costumbres, lo mueve, lo destruye y lo trastorna, y lo que cada uno de los otros que han tenido mala suerte hace en silencio, esto este lo realiza casi colgándose cascabeles. Ni los pritanos, ni el heraldo, ni el presidente, ni la tribu que preside pueden dominar a este.
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Cuando, pues, alguno de vosotros, molesto por lo que este hace desenfrenadamente, dice que este hace esto, y esto debiendo al erario,¿ y qué?¿ Acaso no dice también fulano que debe? Cada uno mencionando al enemigo suyo; de modo que la maldad de este es la causa de las blasfemias que se dicen sobre los que no son iguales a este por causa de este.
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Queda, pues, ciudadanos atenienses, para los que quieren librarse de este, teniendo una injusticia clara y evidente por las leyes, sobre todo, evaluarlo de muerte, y si no, imponerle una multa de dinero tan grande que no pueda pagar; pues no hay otra forma de librarse de este, sabedlo claramente.
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Pues, en efecto, ciudadanos atenienses, de los demás hombres uno podría ver a los mejores y más moderados haciendo voluntariamente por la naturaleza misma todo lo que deben, y a los peores que estos, pero fuera de ser llamados demasiado malvados, por el miedo que os tienen y por dolerles las infamias y los discursos y los reproches, cuidándose de no errar; y dicen que las desgracias hacen sensatos a los más malvados y a los llamados impíos.
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Este Aristogitón, pues, ha superado tanto a todos los hombres en maldad que ni siquiera habiendo sufrido fue amonestado, sino que ha sido atrapado de nuevo en las mismas injusticias y ventajas. Y es digno de mucha más ira ahora que antes, en la medida en que entonces pensaba que solo debía escribir contra las leyes, y ahora hace de todo: acusar, hablar, calumniar, blasfemar, evaluarse de muerte, denunciar, hablar mal de los que tienen plenos derechos debiendo él mismo al erario; pues de esto no hay nada más terrible.
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Amonestar a este, pues, es locura; pues quien nunca cedió ni se inmutó ante los alborotos con los que todo el pueblo amonesta a los que lo molestan, pronto se preocuparía por el discurso de uno solo. Es incurable, incurable, ciudadanos atenienses, el asunto de este. Es necesario, pues, que todos, como los médicos, cuando ven un cáncer o una gangrena o alguno de los males incurables, lo cauterizan o lo cortan por completo, así vosotros debéis desterrar a esta fiera, arrojarla de la ciudad, eliminarla, sin esperar a sufrir algo que no debería suceder ni en privado ni en público, sino previniéndolo.
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Pues vedlo así. Quizás a ninguno de vosotros le ha mordido nunca una víbora ni una araña, y ojalá no le muerda; pero, sin embargo, todas esas cosas, cuando las veis, las matáis. De la misma manera, pues, ciudadanos atenienses, también cuando veáis a un sicofante y a un hombre de naturaleza amarga y de víbora, no esperéis a que cada uno de vosotros le muerda, sino que el que se encuentre con él siempre lo castigue.
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Licurgo, pues, invocaba a Atenea y a la madre de los dioses, y hacía bien. Yo, en cambio, invoco a vuestros antepasados y a las virtudes de aquellos, de los cuales ni el tiempo ha borrado el recuerdo, justificadamente; pues se gobernaban no entregándose a colaborar con los más malvados y sicofantes, ni practicando la envidia dentro de los muros los unos contra los otros, sino honrando a los sensatos y buenos, tanto de los oradores como de los ciudadanos privados, y odiando y castigando a los malvados y audaces. De lo cual todos se convirtieron en atletas de las hermosas obras.
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Y diré una cosa más y quiero terminar. Saldréis dentro de poco del tribunal, y os observarán los que están alrededor, tanto extranjeros como ciudadanos, y mirarán a cada uno de los que pasan y analizarán la fisonomía de los que han absuelto.¿ Qué diréis, pues, ciudadanos atenienses, si salís habiendo renunciado a las leyes?¿ Con qué rostros o con qué ojos miraréis a cada uno de ellos?
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¿ Y cómo iréis al Metroon, si queréis algo? Pues no iréis cada uno de vosotros como si las leyes fueran soberanas, si ahora no salís habiéndolas confirmado todos en común.¿ Y cómo, al subir a la Acrópolis en las neomenias, rogaréis a los dioses que den bienes a la ciudad y a cada uno para sí mismo, cuando, estando este allí y su padre el bueno, habéis decidido lo contrario a los juramentos y a los escritos de allí?
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¿ Qué diréis, ciudadanos atenienses, qué diréis si alguien os pregunta habiendo reconocido a los que han absuelto?¿ Qué diréis?¿ Que este os agrada?¿ Y quién será el que se atreva a decir esto?¿ Quién querrá heredar la maldad de este con maldición y mala reputación?¿ Acaso no cada uno de vosotros no ha absuelto? Por tanto, maldeciréis a los que han absuelto, dando cada uno esta garantía de que no es él mismo.