Against Aristogeiton II
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Original / primary: Spanish Gemini
1
Que este Aristogitón debe dinero al erario público y no goza de sus derechos civiles, y que las leyes prohíben expresamente que tales personas hablen, ha quedado claramente demostrado, ciudadanos atenienses. Es vuestro deber, a todos vosotros, impedir y frenar a quienes infringen la ley, pero sobre todo a quienes ocupan cargos públicos y se dedican a la política.
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Pues es por causa de estos que los asuntos públicos sufren daños, si son viles, y, por el contrario, obtienen los mayores beneficios, si son íntegros y están dispuestos a atenerse a las leyes. Porque si una vez permitís que quienes intentan actuar en nombre de los asuntos públicos infrinjan la ley y desprecien los derechos establecidos, es inevitable que todos los que participan de la ciudad sufran las consecuencias.
3
Pues, al igual que en los errores que ocurren durante la navegación, cuando uno de los marineros se equivoca, el daño es pequeño, pero cuando el timonel se desvía, provoca una desgracia común para todos los que viajan a bordo, de la misma manera, los errores de los particulares no afectan a la multitud, sino que recaen sobre ellos mismos, mientras que los de los magistrados y políticos alcanzan a todos.
4
Por eso Solón estableció castigos lentos para los particulares, pero rápidos para los magistrados y demagogos, suponiendo que para los primeros es posible obtener justicia incluso con el paso del tiempo, mientras que para los segundos no hay espera posible; pues no habrá nadie que los castigue una vez que la constitución haya sido derribada. Y contra estos principios de justicia no hay nadie, ni tan desvergonzado ni tan arrogante, que intente contradecirlos, salvo este Aristogitón y su propia maldad. Pero encontraremos que todas las magistraturas y los políticos, una vez que vosotros habéis dictado sentencia, se atienen a ellos.
5
Pues, cuando algunos de los que ocupan cargos son destituidos por votación, dejan de ser magistrados al instante y se les retiran las coronas; y aquellos tesmótetas que no pueden ascender al Areópago, abandonan su obstinación y se someten a vuestras decisiones. Y esto es razonable: pues, al igual que cuando ejercen el cargo creen que los particulares deben obedecerles, de la misma manera, cuando ellos mismos vuelven a ser particulares, deberían seguir justamente las leyes que gobiernan la ciudad.
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Además, todos los políticos, si queréis empezar a observar desde los tiempos antiguos, aparecen igualmente cediendo ante vuestras leyes. Dicen que Arístides, tras ser desterrado por sus antepasados, permaneció en Egina hasta que el pueblo lo readmitió, y que Milcíades y Pericles, tras ser condenados, el uno a treinta talentos y el otro a cincuenta, pagaron la multa antes de volver a hablar ante el pueblo.
7
Lo cual sería lo más terrible que podría suceder: que quienes hicieron muchos y grandes servicios a la ciudad no obtuvieran el privilegio de actuar contra las leyes establecidas, mientras que alguien que no ha hecho ningún bien, pero que ha cometido faltas excesivas, aparezca tan fácilmente habiendo obtenido de vosotros la potestad de infringir la ley, en contra de lo que es conveniente y justo.¿ Y qué necesidad hay de hablar de los antiguos? Considerad a los de vuestro propio tiempo, a ver si alguien ha sido tan desvergonzado alguna vez; pues no encontraríais a nadie, si quisierais examinarlo con precisión.
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Aparte de esto, cuando alguien presenta una acusación contra un decreto o una ley ante los tesmótetas, la ley o el decreto quedan sin efecto, y el que los propuso o redactó no se muestra descarado al forzar la situación, sino que se atiene a lo que vosotros decidáis, incluso si es el primero en capacidad de hablar o actuar entre vosotros. Sin embargo,¿ cómo no es absurdo que lo que todos vosotros reunidos habéis votado quede sin efecto por causa de las leyes, y que, en cambio, se considere que la voluntad de Aristogitón para infringir la ley debe ser más soberana que las leyes mismas?
9
De nuevo, cuando alguien que entabla una acción no obtiene la quinta parte de los votos, y las leyes ordenan que en lo sucesivo no presente acusaciones, ni detenga, ni conduzca a nadie, de la misma manera nadie de los que están sujetos a estas penas cree que deba actuar en contra de ellas. Pero para Aristogitón, al parecer, es el único de todos para quien ni tribunal ni ley es más soberano que su propia voluntad.
10
Y el hecho de que siempre hayan preservado todo esto nunca les ha causado arrepentimiento, ni a vosotros ni a vuestros antepasados. Pues la salvaguarda de la democracia consiste en superar a los enemigos, ya sea deliberando o luchando, y en someterse a las leyes, ya sea por elección o por necesidad. Y que esta es la forma en que debe actuarse, ha sido reconocido incluso por este mismo individuo.
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Pues cuando Hipérides propuso, tras las desgracias ocurridas a los griegos en Queronea y cuando la ciudad estaba en el mayor peligro por su propia existencia, que los privados de derechos civiles recuperaran sus derechos para que todos, en concordancia, lucharan con entusiasmo por la libertad si un peligro tan grande se cernía sobre la ciudad, él presentó una acusación de ilegalidad contra este decreto y litigó en el tribunal.
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Sin embargo,¿ cómo no es terrible que este Aristogitón no permitiera que ninguno de los ciudadanos obtuviera la restitución de sus derechos para la salvación de la patria, y que, en cambio, para su propia ilegalidad pretenda obtener de todos vosotros el mismo privilegio? Y, sin embargo, aquel decreto era mucho más legal y justo que el que ahora pretendes que estos voten a tu favor.
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Pues aquel era igual y común para todos los ciudadanos, mientras que el tuyo es desigual y solo para ti, preparando tu propia ventaja en la ciudad; y aquel era para evitar que se hiciera la paz bajo la condición de que un solo hombre se convirtiera en dueño de toda la constitución, mientras que el tuyo es para que, habiendo sido transmitidos los decretos y leyes de estos ciudadanos desde antiguo por los antepasados, se te conceda a ti solo la potestad de infringirlos sin miedo y de hacer lo que te plazca.
14
Me gustaría preguntarle gustosamente si consideró que la acusación del decreto era legal y justa o, por el contrario, injusta e ilegal. Pues si era perjudicial y dañina para el pueblo, por eso mismo merecería morir; pero si era conveniente y útil para la mayoría,¿ por qué ahora pretendes que estos voten lo contrario de lo que tú mismo redactaste? Pero ni aquello era justo ni esto es legal ni conveniente para vosotros.
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Veo, ciudadanos atenienses, que tenéis esta misma opinión respecto a vosotros mismos; pues ya habéis condenado a muchos particulares mediante acciones de denuncia. Sin embargo,¿ cómo no es terrible que, respecto a vosotros mismos, examinéis las leyes con precisión, pero que, respecto a los que se entrometen en todo, molestan a todos en común y pretenden estar por encima de los demás, seáis tan negligentes?
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Pues no es que algunos de vosotros penséis que, aunque las cosas deberían ser como yo digo, debido a la integridad de Aristogitón y a que os es útil, deba pasarse por alto que infrinja la ley. Que es un malvado y terriblemente injusto en su carácter, os lo ha demostrado suficientemente Licurgo, según creo, a partir de lo dicho anteriormente; y que tampoco es útil, cualquiera podría observarlo a partir de sus propias actuaciones políticas.
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Pues,¿ a quién ha llevado ante el tribunal de entre aquellos a quienes acusaba, y a quién ha condenado y derrotado?¿ O qué recurso económico os ha proporcionado?¿ O qué decreto ha redactado por el cual, tras haberos convencido, no hayáis preferido arrepentiros después? Pues es tan torpe y bárbaro en su carácter que, cuando os ve irritados por algo y más exaltados de lo debido, en ese momento, aprovechando vuestra ira, toma decisiones que se oponen a las circunstancias.
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Pero el que se dedica a la política en vuestro nombre no debe seguir las pasiones repentinas que os sobrevienen con ira, sino los razonamientos, los hechos y las circunstancias existentes; pues las primeras suelen cambiar rápidamente, mientras que los segundos permanecen y perduran por más tiempo; y él, sin considerar nada de esto, revela los secretos de la política, de modo que os veis obligados a hacer las mismas cosas válidas y, al poco tiempo, inválidas.
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Pero quizás, porque siempre elige insultar a todos, vociferar y criticar lo que se dice, por eso conviene salvarlo ahora. Pero esto, por Atenea, es una vergüenza para la ciudad, jueces, al ocurrir en la tribuna, y debido a la insensatez de estos, dedicarse a la política se ha vuelto algo ignominioso ante los ciudadanos íntegros. Y si, en efecto, a alguno de vosotros esto le resulta placentero, no os faltarán quienes hagan tales cosas, puesto que incluso ahora la tribuna está llena. Pues no es difícil criticar a los que han dado consejos, sino aconsejar y persuadir para que votéis algo de lo que es necesario.
20
Además de esto, si no os hubiera engañado ya antes usando estos mismos argumentos cuando litigó la anterior denuncia, ni aun así sería justo conceder algo en contra de las leyes existentes( pues no se debe infringir la ley concediendo a algunos lo que se exige hacer a los demás conforme a las leyes), pero, sin embargo, quizás habría sido más razonable confiar, perdonar y dejar pasar algo de tales cosas.
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Pero puesto que, tras haberlo absuelto entonces con las esperanzas admitidas, poco después castigasteis a este mismo individuo por no hacer ni decir lo mejor para el pueblo,¿ qué excusa os queda que sea apropiada si ahora os dejáis engañar? Pues de aquello de lo que ya habéis tenido experiencia por los hechos,¿ qué necesidad hay de creer en las palabras? Y de aquello de lo que aún no tenéis una prueba precisa ante vosotros mismos, quizás sea necesario juzgar a partir de lo que se dice.
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Yo me asombro de quienes son de tal parecer que confían sus asuntos privados a los que han demostrado ser íntegros en los tiempos pasados, pero confían los asuntos comunes de la política a los que han sido manifiestamente desenmascarados como viles. Y nadie pondría a un perro innoble y vil a guardar un rebaño; pero para los asuntos públicos, algunos dicen que hay que enviar a personas cualesquiera como guardianes, quienes, pretendiendo denunciar a los que delinquen, ellos mismos necesitan la mayor vigilancia.
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De los cuales, si tenéis sentido común, al reflexionar, dejaréis de lado a los que dicen de palabra que os aman, y vosotros mismos, por todos los medios, vigilaréis que no deis a nadie la potestad de invalidar las leyes, sobre todo cuando muchos pretenden poder hablar y redactar en nombre del pueblo. Pues es terrible que los antepasados se atrevieran a morir para que las leyes no fueran derribadas, y que vosotros ni siquiera castiguéis a los que delinquen contra ellas, y que hayáis votado erigir una estatua de bronce en el ágora al que redactó las leyes, Solón, mientras aparecéis despreciando las leyes mismas, por las cuales también a él le ha sucedido ser honrado sobremanera.
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¿ Y cómo no sería irracional lo que sucede, si al legislar os irritáis contra los malvados, pero habiendo atrapado a algunos in fraganti los dejáis impunes?¿ Y que el legislador, siendo uno solo, se gane el odio de todos los malvados por vosotros, mientras que vosotros, ni siquiera reunidos en común por vuestro propio bien, demostréis que odiáis a los malvados, sino que seáis derrotados por la maldad de un solo hombre?¿ Y que hayáis fijado la muerte como castigo si alguien presenta una ley que no existe, pero que permitáis que queden impunes los que llevan a los que existen al rango de leyes que no existen?
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Así podríais comprender con mayor precisión cuán gran bien es obedecer las leyes establecidas, y cuán gran mal es despreciarlas y no obedecerlas, si pusierais ante vuestros ojos y observarais los bienes que provienen de las leyes por un lado y los que resultan de la ilegalidad por otro. Pues encontraréis que los unos realizan las obras de la locura, la incontinencia y la codicia, mientras que los otros realizan las de la prudencia, la templanza y la justicia.
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Y es evidente; pues veríamos que las ciudades mejor gobernadas son aquellas en las que ha habido los mejores legisladores; pues las enfermedades en los cuerpos se detienen con los descubrimientos de los médicos, mientras que las ferocidades en las almas las destierran las reflexiones de los legisladores. Y, en general, no encontraremos nada ni solemne ni serio que no haya participado de la ley,
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puesto que incluso el cosmos entero, las cosas divinas y las llamadas estaciones, parecen estar gobernadas por la ley y el orden, si es que hay que creer en lo que se ve. Por tanto, exhortándoos a vosotros mismos, ciudadanos atenienses, defended las leyes y condenad a los que han elegido ser impíos contra lo divino. Y si hacéis esto, cumpliréis con vuestro deber y votaréis lo más excelente.