The Funeral Speech
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Original / primary: Spanish Gemini
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Puesto que la ciudad ha decidido enterrar públicamente a los que yacen en esta tumba, hombres que se mostraron valientes en la guerra, y me ha encargado pronunciar el discurso acostumbrado sobre ellos, consideré de inmediato cómo lograr el elogio apropiado; sin embargo, al examinar y reflexionar sobre cómo hablar dignamente de los fallecidos, descubrí que era una de las cosas imposibles. Pues,¿ cómo no habrán dejado una virtud insuperable para cualquier discurso aquellos que despreciaron el deseo innato de vivir que todos poseen y prefirieron morir noblemente antes que ver a Grecia desgraciada mientras vivían? No obstante, me parece que debo hablar de manera similar a quienes han hablado aquí en otras ocasiones.
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Que la ciudad se preocupa por los que mueren en la guerra se puede ver tanto por otras cosas como, sobre todo, por esta ley según la cual elige al que hablará en los funerales públicos. Pues, sabiendo que para los hombres valientes las posesiones de riquezas y el disfrute de los placeres de la vida son despreciados, y que todo su deseo está puesto en la virtud y en los elogios, pensaron que debían honrarlos con aquellas cosas de las que más podrían obtener esto, para que la buena fama que adquirieron viviendo les sea devuelta también una vez fallecidos.
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Si viera que solo la valentía, de entre las virtudes, les pertenecía, habiendo elogiado esto me habría desentendido de lo demás; pero puesto que también les sucedió haber nacido noblemente, haber sido educados con moderación y haber vivido con afán de honor, de lo cual eran razonablemente excelentes, me avergonzaría si pareciera omitir algo de esto. Comenzaré desde el origen de su linaje.
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Pues la nobleza de estos hombres ha sido reconocida por todos los hombres desde hace mucho tiempo. No solo es posible para cada uno referir su naturaleza a su padre y a sus antepasados más remotos, sino a toda la patria común que poseen, de la cual se reconoce que son autóctonos. Pues, únicos entre todos los hombres, habitaron desde donde nacieron y la entregaron a sus descendientes, de modo que uno podría suponer justamente que los extranjeros que llegan a las ciudades y son llamados ciudadanos de ellas son similares a los hijos adoptivos, mientras que estos son ciudadanos genuinos por nacimiento de la patria.
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Me parece también que el hecho de que los frutos de los que viven los hombres aparecieran primero entre nosotros, además de ser el mayor beneficio para todos, es una señal reconocida de que la tierra es la madre de nuestros antepasados. Pues todo lo que engendra trae consigo, por la propia naturaleza, el alimento para los que nacen de ella; lo cual ha hecho esta tierra.
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Lo que pertenece al linaje existe así para los antepasados de estos hombres a través del tiempo. En cuanto a la valentía y la demás virtud, dudo en decirlo todo, cuidándome de que no sobrevenga una longitud inoportuna al discurso; pero intentaré decir en resumen aquello que es útil recordar para los que lo saben y hermosísimo de escuchar para los que no, y que conlleva mucho celo y una longitud de discurso que no causa molestia.
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Pues los antepasados de la generación del tiempo presente, tanto los padres como los que están por encima de ellos, teniendo las denominaciones por las que son conocidos entre los de su linaje, nunca hicieron daño a nadie, ni griego ni bárbaro, sino que les correspondía, junto con todos los demás bienes, ser justos, y defendiéndose llevaron a cabo muchas y hermosas acciones.
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Pues vencieron al ejército de las Amazonas que vino de tal manera que lo expulsaron más allá del Fasis, y expulsaron la expedición de Eumolpo y de muchos otros no solo de su propio territorio, sino también del de los otros griegos, a quienes todos los que habitaban al oeste antes que nosotros ni resistieron ni pudieron detener. Y además, fueron llamados salvadores de los hijos de Heracles, quien salvaba a los demás, cuando vinieron a esta tierra como suplicantes, huyendo de Euristeo. Y además de todos estos y otros muchos y hermosos hechos, no pasaron por alto que las leyes de los difuntos fueran ultrajadas, cuando Creonte prohibía enterrar a los siete contra Tebas.
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Habiendo omitido muchas de las acciones referidas a los mitos, hice mención de estas, cada una de las cuales tiene discursos tan elegantes y numerosos que tanto los poetas de versos y de cantos como muchos de los escritores han hecho de aquellos hechos los temas de su propia música; pero diré ahora aquello que, por el valor de los hechos, no es menor que estos, pero por ser más reciente en el tiempo, aún no ha sido mitificado ni ha vuelto al rango heroico.
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Aquellos, solos, rechazaron dos veces al ejército que vino de toda Asia, tanto por tierra como por mar, y a través de sus propios peligros se convirtieron en causa de salvación común para todos los griegos. Y lo que voy a decir ya ha sido dicho por otros antes, pero es necesario que ni siquiera ahora se prive a aquellos hombres del elogio justo y bien merecido; pues con razón se consideraría que son tanto mejores que los que hicieron la expedición a Troya, cuanto que aquellos, siendo los mejores de toda Grecia, apenas tomaron un lugar de Asia tras diez años de asedio,
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mientras que estos, solos, rechazaron al ejército que vino de todo el continente, habiendo subyugado todo lo demás, y no solo se defendieron, sino que impusieron un castigo por los daños que hacían a los demás. Además, impidiendo las ambiciones entre los propios griegos, soportaron todos los peligros que sucedieron, asignándose a sí mismos donde estuviera la justicia, hasta que el tiempo nos ha llevado a la edad que vive ahora.
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Que nadie crea que, por estar falto de qué decir sobre cada uno de estos, he enumerado estos hechos. Pues si fuera el más incapaz de todos para encontrar qué decir, la virtud de ellos muestra por sí misma lo que es fácil y sencillo de recorrer. Pero prefiero, habiendo mencionado la nobleza y los mayores logros de los antepasados, unir lo más rápido posible el discurso a los hechos realizados por estos, para que, así como eran parientes por naturaleza, así haga comunes los elogios sobre ellos, suponiendo que esto sería grato también para aquellos y sobre todo para ambos, si no solo participaran de la naturaleza de la virtud mutua, sino también de los elogios.
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Es necesario, entre tanto, hacer una pausa y, antes de exponer los hechos realizados por estos hombres, invocar a la benevolencia a los que, siendo ajenos al linaje, han seguido el cortejo hasta la tumba. Pues si se me hubiera ordenado adornar la tumba con gastos de dinero o alguna otra exhibición de juegos ecuestres o gimnásticos, cuanto más entusiasta y generosamente hubiera preparado esto, tanto más me habría parecido haber hecho lo apropiado; pero habiendo sido elegido para elogiar con un discurso a estos hombres, si no encuentro a los oyentes bien dispuestos, temo hacer con mi entusiasmo lo contrario de lo que debo.
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Pues la riqueza, la rapidez, la fuerza y todo lo demás similar a esto tienen beneficios suficientes para quienes los poseen, y prevalecen en ellos, para quienes los tienen, aunque nadie más lo desee; pero la persuasión de los discursos necesita de la benevolencia de los oyentes, y con ella, aunque se diga moderadamente, trae gloria y procura favor, pero sin ella, aunque se exceda en hablar bien, se vuelve contra los oyentes.
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Teniendo, pues, mucho que decir por lo que estos serán justamente elogiados, puesto que estoy ante los hechos mismos, dudo qué decir primero; pues al presentárseme todos en un solo momento, hace difícil la elección de ellos. Sin embargo, intentaré hacer el mismo orden del discurso que fue el de la vida de estos.
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Pues estos, desde el principio, fueron destacados en todas las enseñanzas, practicando lo que corresponde a cada edad, y agradando a todos a quienes deben: padres, amigos, parientes. Por tanto, como reconociendo huellas, ahora el recuerdo de sus parientes y amigos se dirige a ellos a cada hora con el anhelo,
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recibiendo muchos recordatorios, en los cuales sabían que estos eran los mejores. Y cuando llegaron a la edad adulta, no solo hicieron su naturaleza conocida para los ciudadanos, sino para todos los hombres. Pues existe, existe el principio de toda virtud en la inteligencia, y el fin en la valentía; y con la primera se juzga qué es lo que debe hacerse, y con la segunda se salva. En ambos, estos destacaron mucho.
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Pues si surgía algún peligro común para todos los griegos, estos fueron los primeros en preverlo y muchas veces exhortaron a todos a la salvación, lo cual es prueba de una mente que piensa bien; y cuando la ignorancia entre los griegos estaba mezclada con maldad, cuando era posible evitar esto con seguridad, unos no previéndolo y otros fingiendo, aun así, cuando escucharon y quisieron hacer lo necesario, no guardaron rencor, sino que, poniéndose al frente y proporcionando todo con entusiasmo, tanto cuerpos como dinero y aliados, entraron en la prueba de la lucha, en la cual no escatimaron ni siquiera el alma.
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Por necesidad sucede, cuando ocurre una batalla, que unos sean derrotados y otros venzan; pero no dudaría en decir que me parece que los que mueren de ambos bandos no participan de la derrota, sino que ambos vencen por igual. Pues el vencer se juzga entre los vivos, como el destino lo entregue; pero lo que cada uno debía proporcionar para esto, todo el que permanece en su puesto lo ha hecho. Y si, siendo mortal, tuvo el destino marcado, ha sufrido lo que sucede por la fortuna, no ha sido derrotado en el alma por los enemigos.
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Creo, pues, que el hecho de que los enemigos no hayan pisado nuestra tierra, además de la insensatez de los contrarios, ha sido causado por la virtud de estos; pues habiendo tenido experiencia hombre a hombre los que entonces se enfrentaron allí, no quisieron volver a ponerse en lucha con los parientes de aquellos, suponiendo que se encontrarían con naturalezas similares, y que no es fácil obtener una fortuna similar. Y no menos demuestra que esto es así la paz que ha ocurrido; pues no es posible decir una excusa ni más verdadera ni más hermosa que el hecho de que el señor de los enemigos, habiendo admirado la virtud de los fallecidos, prefiera ser amigo de los parientes de aquellos antes que volver a asumir el peligro por todo.
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Y creo que, si alguien preguntara a los mismos que se alinearon si creen que han tenido éxito por sus propias virtudes o por la fortuna paradójica y difícil y por la experiencia y audacia del que los dirigía, no habría nadie tan desvergonzado ni audaz que reclamara para sí los hechos realizados. Pero, ciertamente, sobre aquello en lo que el destino, señor de todos, distribuyó el fin como quiso, es necesario que todos los demás sean absueltos de maldad, al ser hombres; pero sobre aquello en lo que el jefe de los enemigos superó a los que fueron destinados para esto, no a la mayoría ni de aquellos ni de los nuestros
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alguien podría culpar justamente; pero si acaso hay alguien de los hombres a quien corresponda quejarse de esto, se quejaría justamente de los destinados para esto por los tebanos, no de la mayoría ni de aquellos ni de los nuestros; quienes, habiendo recibido una fuerza que tenía un espíritu invencible e irrefutable y una ambición rival, no usaron correctamente ninguna de estas.
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Y lo demás es posible suponerlo según la opinión que cada uno tenga; pero lo que ha quedado claro para todos los hombres que existen es que la libertad de toda Grecia se salvaba en las almas de estos hombres; pues, al menos, cuando el destino los arrebató, ninguno de los demás resistió. Y que la envidia esté lejos del discurso, pero me parece que alguien diría la verdad al decir que la virtud de estos hombres era el alma de Grecia;
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pues al mismo tiempo que los alientos de estos se separaron de sus cuerpos, también el prestigio de Grecia ha sido arrebatado. Quizás parecerá que decimos una gran exageración, pero aun así debe decirse; pues así como, si alguien quitara la luz del mundo establecido, toda la vida que nos quedaría sería difícil y penosa, así, habiendo sido arrebatados estos hombres, todo el celo de los griegos de antes ha quedado en tinieblas y mucha mala fama.
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Y siendo razonablemente tales por muchas razones, no menos por la constitución política eran excelentes. Pues las dinastías a través de unos pocos infunden miedo a los ciudadanos, pero no producen vergüenza; cuando llega la lucha de la guerra, cada uno se salva fácilmente, sabiendo que, si complace a los señores con regalos o con cualquier otra relación, aunque se comporte de la manera más vergonzosa, el resto le resultará un pequeño oprobio;
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pero las democracias tienen muchas otras cosas hermosas y justas, de las cuales el que piensa bien debe aferrarse, y no es posible apartar la verdad de la libertad de expresión que depende de la verdad. Pues no es posible complacer a todos los que han hecho algo vergonzoso, ni solo el que dice la verdad como oprobio molesta; pues incluso los que no dirían nada difamatorio se alegran de escuchar cuando otro lo dice. Temiendo esto, todos soportaron razonablemente con la vergüenza de los oprobios posteriores el peligro que venía de los enemigos con fuerza, y prefirieron una muerte hermosa antes que una vida vergonzosa.
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Lo que en común pertenecía a estos hombres para querer morir hermosamente ha sido dicho: linaje, educación, costumbre de buenas prácticas, el fundamento de toda la constitución; lo que exhortó a cada uno por tribus a ser fuertes, lo diré ahora. Todos los erectidas sabían que su epónimo Erecteo, por salvar la tierra, entregó a sus propias hijas, a las que llaman Jacinto, a una muerte evidente. Consideraban, pues, vergonzoso que el que nació de inmortales hiciera todo por liberar la patria, y ellos mismos parecer que valoran más un cuerpo mortal que una gloria inmortal.
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Los egeidas no ignoraban a Teseo, hijo de Egeo, el primero en establecer la igualdad de palabra en la ciudad. Consideraban, pues, terrible traicionar su propósito, y preferían morir antes que vivir amando la vida mientras esta era destruida entre los griegos. Los pandiónidas habían recibido a Procne y Filomela, las hijas de Pandión, cómo castigaron a Tereo por el ultraje contra ellas. No consideraban, pues, que valiera la pena vivir si no parecían tener un espíritu pariente al de ellas, ante lo cual veían que Grecia era ultrajada.
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Los leóntidas habían oído contar las hijas de Leo, cómo se entregaron como sacrificio a los ciudadanos por la tierra. Cuando aquellas mujeres tuvieron tal valentía, no consideraban lícito parecer peores hombres que ellas. Los acamantidas recordaban los versos en los que Homero dice que Acamante fue enviado a Troya por causa de su madre Etra. Él intentaba todo peligro por salvar a su propia madre;¿ cómo no iban a soportar todo peligro los que estaban en casa por salvar a todos sus padres?
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A los oineidas no se les ocultaba que Sémele era de Cadmo, y de ella el que no es apropiado nombrar en esta tumba, y de él nació Oineo, quien era llamado su jefe. Siendo común a ambas ciudades el peligro presente, pensaban que debían extender toda lucha por ambos. Los cecrópidas sabían que su jefe, lo que se dice que es dragón y lo que es hombre, no era por otra cosa que por comparar su inteligencia con la de un hombre, y su fuerza con la de un dragón. Consideraban que les correspondía hacer cosas dignas de esto.
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Los hipotóntidas recordaban los matrimonios de Álope, de los cuales nació Hipotoonte, y conocían a su jefe; de los cuales, guardando lo apropiado para este momento, omito decir lo claro. Consideraban que debían ser vistos haciendo cosas dignas de esto. A los aiántidas no se les ocultaba que Áyax, privado de los premios al valor, consideró que la vida no valía la pena. Cuando el destino daba los premios a otro, entonces pensaban que debían morir defendiéndose de los enemigos, para no sufrir nada indigno de ellos. Los antioquidas no olvidaban que Antíoco era de Heracles. Consideraron, pues, que debían vivir dignamente de lo que tenían o morir hermosamente.
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Los parientes vivos de estos son dignos de lástima, privados de tales hombres y separados de mucha y humana convivencia, y los asuntos de la patria desolados y llenos de lágrimas y luto; pero ellos son felices por el juicio justo. Primero, en lugar de un poco de tiempo, dejan una gloria larga y eterna que no envejece, en la cual sus hijos serán criados como ilustres y sus padres serán cuidados en la vejez como admirados, teniendo la gloria de estos como consuelo para el luto.
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Luego, con los cuerpos libres de enfermedades y las almas libres de los dolores que los vivos tienen por lo sucedido, obtienen gran honor y mucho celo de lo acostumbrado. Pues a quienes toda la patria entierra públicamente, y solo ellos obtienen elogios comunes, y los añoran no solo parientes y ciudadanos, sino toda Grecia que deba ser nombrada, y ha compartido el luto la mayor parte del mundo habitado,¿ cómo no deben ser considerados felices?
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A quienes uno podría decir justamente que son asistentes de los dioses de abajo, teniendo el mismo rango que los anteriores hombres valientes en las islas de los bienaventurados. Pues nadie, habiendo visto, ha anunciado esto sobre ellos, sino que a quienes los vivos hemos supuesto dignos de los honores de arriba, adivinando por la gloria, creemos que ellos obtienen allí los mismos honores.
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Es quizás difícil aliviar las desgracias presentes con un discurso; pero es necesario intentar volver el alma hacia lo que consuela, ya que, habiendo engendrado a tales hombres y siendo ellos mismos nacidos de tales otros, es hermoso ser vistos soportando los males más elegantemente que los demás y ser iguales usando toda fortuna.
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Pues para aquellos esto sería lo más ordenado y honroso, y para toda la ciudad y para los vivos esto traería la mayor gloria. Es difícil para un padre y una madre ser privados de hijos y estar desolados de los cuidadores más cercanos en la vejez; pero es solemne ver que han adquirido honores que no envejecen y memoria de virtud públicamente, y que han sido dignos de sacrificios y juegos inmortales.
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Es doloroso para los hijos haber quedado huérfanos de padre; pero es hermoso heredar la gloria paterna. Y de este dolor encontraremos que el destino es la causa, al cual los hombres nacidos deben ceder, pero de lo honroso y hermoso, la elección de los que quisieron morir hermosamente. Yo, pues, no he considerado cómo decir muchas cosas, sino cómo decir las verdaderas. Ustedes, habiendo lamentado y hecho lo que corresponde como es debido y según la ley, váyanse.